domingo, 14 de febrero de 2016

Periodistas de investigación: el arduo camino que conduce a la verdad

El autor de La piñata derriba mitos y dice que el cine, ahora sí, devela la trama secreta de una pesquisa
Por: Hugo Alconada Mon
"¿Cómo es el trabajo diario de un periodista de investigación?" Antes o después, la pregunta suele aflorar en las conversaciones en las que algunos colegas y yo solemos participar. La respuesta siempre sorprende a la audiencia. Porque nuestro trabajo tiene muy poco del romanticismo o el misterio que tantas veces retrata el cine y mucho de perseverancia. Se trata de picar piedras hasta encontrar algo valioso en esa cantera.

Por supuesto, solemos vivir momentos inusuales. Para obtener los cables secretos de WikiLeaks, por ejemplo, el primer paso fue hallar a un muchacho de traje gris y zapatillas azules en una estación de subte en Londres. Y para acceder a la información sensible del caso Siemens, pasé muchos días dentro de una habitación de hotel, en Munich, a la espera de una llamada.

El día a día de una investigación periodística, sin embargo, se acerca más a lo que refleja Spotlight (En primera plana en la traducción local) que a los clichés que presenta cualquier película de espías. Debemos llamar a las fuentes potenciales sabiendo que el 90 por ciento de ellas se negarán a responder, hasta que alguien decida romper el silencio. Debemos golpear todas las puertas sabiendo que incluso las víctimas, en principio interesadas en difundir lo que han padecido, muchas veces -por temor o desconfianza- callan, mientras sus victimarios se siembran datos falsos, cazan fuentes, amenazan a víctimas o compran abogados, fiscales y jueces. Ocurre.

A menudo, también, el mayor desafío del periodismo de investigación es simplemente aguantar la presión. Ya sea la ejercida por los anunciantes (si la pesquisa los compromete) o el propio medio periodístico, cuando para anticiparse a la competencia decide quemar una investigación antes de que esté convenientemente cerrada, o cuando prefiere matar el caso por temor o cálculo político o económico. Aunque la peor de todas es la presión social.

Spotlight -cuyo tema es la investigación con que el Boston Globe, en 2002, denunció una serie de abusos contra menores cometidos por sacerdotes católicos- refleja esas presiones con crudeza. En un momento de la película de Tom McCarthy, los periodistas temen que el otro diario de la ciudad, el Herald, publique un informe sobre los abusos, pero con un enfoque errado que les regale a los investigados una desmentida fácil. Deben lidiar, además, con el cálculo mezquino de ciudadanos que prefieren reducir el caso a unas pocas "manzanas podridas".

Pero la clave es el sistema. Así lo subraya el entonces editor del Globe, Marty Baron -hoy al frente de The Washington Post- en una escena decisiva del film, y así debe ser en toda redacción que pretenda investigar.

Pensemos en ejemplos cercanos. Ricardo Jaime puede ser visto como una "oveja descarriada" del kirchnerismo o puede ser entendido como un peón en un tablero más amplio que incluye a Amado Boudou, Julio De Vido, Lázaro Báez y Néstor Kirchner, entre muchos otros. El kirchnerismo, a su vez, puede interpretarse como apenas una etapa de la vida política argentina o como el reflejo de algo más profundo, un modo de hacer política en el que cambian los nombres, pero los vicios se repiten.

Spotlight sale al cruce de otra película sobre periodistas, Todos los hombres del Presidente (Alan J. Pakula, 1976), que reveló al gran público la idea de una megafuente (Garganta Profunda) que desde entonces se convirtió en el sueño dorado al que aspira cualquier periodista y llevó a políticos, empresarios y ciudadanos a creer que detrás de toda gran revelación periodística siempre hay un gran informante. No es así.

Spotlight refleja cómo un puñado de periodistas recopilaron todas las piezas que pudieron y armaron una base de datos sobre un inmenso rompecabezas -del que ni siquiera sabían cuantas piezas tenía- en conversaciones mantenidas con infinidad de fuentes, en archivos judiciales y bibliotecas y, en especial, en la calle.

Muchas investigaciones locales recorrieron esa senda: la del tráfico de armas a Ecuador y Croacia durante la presidencia de Carlos Menem, llevada adelante en los años 90 por Daniel Santor; la del atentado que voló una fábrica militar en Río Tercero, que en esa misma década realizó Jorge Urien Berri en La Nación.

Durante la extenuante investigación del caso Ciccone, viajé innumerables veces a Mar del Plata, jueves de por medio, durante meses, para tomar contacto con alrededor de 200 fuentes, mientras competía por las primicias con otros colegas, en especial con Nicolás Wiñazki, de Clarín.

El contacto con una fuente no supone conversar por teléfono cinco minutos; hay que invertir horas en una, dos, diez o más reuniones con las mismas personas. A veces son más de 300 conversaciones con un mismo informante, como me ocurrió en el "caso Antonini". O viajar 300 kilómetros para tener una conversación, cara a cara, durante apenas cinco minutos. El esfuerzo choca a veces contra la nada misma. He llamado a 205 personas con el mismo apellido para que el 206° me dijese que quien estaba buscando era su hermano, fallecido dos años antes. Otras veces el premio llega en una sola frase: "Hola, estaba esperando su llamada". Y entonces sí, la omertá, el código de silencio mafioso, comienza a resquebrajarse.

Desde ahora, a aquel interrogante sobre cómo es nuestro oficio responderé, sencillamente, con otra pregunta: "¿Usted vio Spotlight?".

Las voces de la redacción
Walter V. Robinson
Editor del Boston Globe
"Spotlight es un pequeño milagro, captura lo que hicimos y cómo lo hicimos; es sobre el periodismo poco glamoroso, sin explosiones de autos ni escenas de sexo"

Sascha Pfeiffer
Periodista del Boston Globe
"Nuestra investigación duró más o menos dos años de nuestras vidas y produjimos más de 1000 noticias. Me enseñó la importancia de cuestionar las autoridades, los riesgos de confiar a ciegas en instituciones poderosas "
Fuente: La Nación 

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