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jueves, 27 de agosto de 2026

Omar Ruben Rada Silva 1943 - 2026

La última vez que Ruben Rada habló de su propia muerte no pidió silencio. Pidió música.

En 2010, durante una visita a Berlín, un periodista de Búsqueda quiso saber cómo le gustaría ser recordado cuando ya no estuviera. Rada pensó un instante y contestó con esa mezcla tan suya de desparpajo, humor y lucidez: "Como un loco. Que se divirtió, que fusionó y que dejó, como Picasso o como Dalí, algunos buenos cuadros".

No habló de premios. No habló de homenajes. No habló de la gloria. Habló de divertirse.

Y varios años antes había dejado escrito algo todavía más preciso. En Muriendo de plena, una canción de Quién va a cantar, el disco que lo convirtió en una estrella popular de dimensión masiva, había imaginado su propio velorio:

"Cuando yo me muera no quiero llanto ni pena / prefiero que se me vele / bailando una rica plena".

El miércoles 26 de agosto de 2026, a las 15.30, Ruben Rada murió en Montevideo, a los 83 años, después de casi un mes de internación en terapia intensiva por una neumonía bilateral y sus complicaciones.

La familia lo comunicó con un mensaje breve. Había peleado un mes. Había peleado hasta donde pudo.

Después, como si la canción hubiera sido una profecía, los tambores empezaron a sonar.

En el Palacio Legislativo, donde se realizó el velatorio, Muriendo de plena salió por los parlantes. Y por un momento el dolor tuvo que compartir el espacio con otra cosa: el movimiento. Los hijos de Rada —Lucila, Julieta y Matías— cantaron y bailaron. También Natalia Oreiro, Ricardo Mollo, Jorge Nasser y otros artistas se dejaron llevar por el ritmo.

En Palermo, en Isla de Flores, donde el candombe no necesita presentación ni permiso, la despedida tomó otra forma: tambores, comparsas, gente en la calle.

Era difícil imaginar una despedida más fiel.

Rada había pedido que lo velaran bailando.

Y eso hicieron.

Omar Ruben Rada Silva había nacido el 16 de julio de 1943, en un Montevideo que todavía estaba lejos de saber cuánto iba a cambiar su música.

Tenía diez años cuando empezó a hacer imitaciones en la comparsa Morenada. Lo llamaban Zapatito, una broma por la talla 43 que calzaba aquel niño flaco que ya entendía que arriba de un escenario podía convertirse en otra cosa.

Aunque, en realidad, nunca dejó de ser él mismo.

Muchos años después, cuando le preguntaban por sus personajes, lo explicaría de una manera sencilla: podía pintarse de verde o de azul, podía disfrazarse, podía interpretar a un rey o a Richie Silver, pero siempre era Rada.

Ese fue quizás el personaje más extraordinario que creó.

Rada.

El Negro.

El cantante que podía hacer reír y, un segundo después, cantar una melodía capaz de dejar a una sala entera en silencio.

El percusionista que podía convertir un tambor en una batería.

El compositor que, sin haber pasado por una formación musical académica, escuchaba una canción completa dentro de su cabeza y después se la transmitía a los músicos tarareando, haciendo sonidos, inventando palabras, imitando instrumentos.

No sabía leer la música como un académico.

La escuchaba como un animal.

Y la música parecía hablarle en todos los idiomas.

Antes de ser una estrella fue hombre de la noche.

Cantó como crooner, animó cafés concert, hizo imitaciones y encontró en los escenarios montevideanos un laboratorio donde aprender algo que ninguna escuela podía enseñar: cómo entrar en contacto con una audiencia.

Después llegaron los Hot Blowers. Jazz. Dixieland. Humor. Rock and roll. 

Allí apareció Richie Silver, ese alter ego con el que Rada jugaba a ser un crooner de otra época y demostraba que su talento no tenía una sola forma.

Podía ser un cantante de soul, un rockero, un payaso, un showman, un percusionista... Y podía hacer todo eso sin dejar de ser un músico profundamente ligado al candombe.

A comienzos de los años sesenta, el joven Rada todavía no sabía que estaba participando de algo mucho más grande que una serie de bandas.

La revolución estaba por empezar. Con Eduardo Mateo y El Kinto llegó el candombe beat. Hoy la fórmula parece sencilla. Entonces no lo era.

El candombe era una tradición. El rock venía de otra parte. La bossa nova hablaba otro idioma. Las guitarras eléctricas parecían pertenecer a otro universo. Rada y Mateo los pusieron a convivir.

El Kinto electrificó el candombe, incorporó batería, guitarras, tumbadoras y una sensibilidad urbana que convirtió el ritmo ancestral en una música nueva.

No fue simplemente una banda. Fue una idea.

La idea de que la música uruguaya podía mirar al mundo sin dejar de hablar en español. La idea de que el candombe no tenía por qué quedar encerrado en el desfile o en el tablado. La idea de que el tambor podía entrar en una canción de rock.

De ahí salieron Mejor me voy, Don Pascual, Pippo, Suena blanca espuma, Muy lejos te vas y muchas otras canciones que con el tiempo se convertirían en piezas fundacionales de la música popular uruguaya.

Rada todavía no era una leyenda.

Pero ya estaba ayudando a construir el territorio donde después otros músicos iban a caminar.

Hubo una puerta que no se abrió. 

Los Shakers, los hermanos Fattoruso, la beatlemanía rioplatense, Buenos Aires. Rada llegó a grabar algunos temas y viajó con ellos. Pero apareció un límite que no era musical.

Era racial.

Su color de piel no coincidía con la imagen que algunos productores querían para un megaéxito beat. A veces la historia de una música también se escribe con las puertas que alguien decidió cerrar. Rada, sin embargo, encontró otra manera de entrar. No tuvo una carrera. Tuvo muchas.

En los primeros años setenta apareció Totem. Y ahí el Negro se convirtió en frontman (lider). No simplemente en cantante: en frontman. El escenario parecía haber sido diseñado para él.

Totem, de 1971, y Descarga, de 1972, dejaron una serie de canciones que todavía conservan la electricidad de aquellos años: Dedos, Heloísa, Biafra, Negro, Orejas, De este cielo santo, Todo mal, Descarga.

En Negro, Rada parecía mirarse en un espejo: "Negro que vivís cantando, negro que vivís soñando...". No había victimización. Había afirmación, orgullo y ritmo. Mucho ritmo. 

Y había una conciencia cada vez más clara de que su lugar en la música también significaba ocupar un espacio para la comunidad afrodescendiente del Uruguay.

Rada nunca dejó de hablar de eso. Pero tampoco permitió que su identidad se convirtiera en una cárcel.

Su música podía viajar. Y viajó.

Su carrera solista había empezado en 1969 con Las manzanas. Parecía entonces el comienzo de una carrera. Con el tiempo se descubriría que era apenas el primer capítulo. Más de 35 discos como solista. Más de 60 registros si se cuentan sus diferentes proyectos y colaboraciones.

Una discografía imposible de resumir porque parece escrita por varios músicos.

Radeces. La Rada. En familia. Adar Nebur. La yapla mata. Pa’ los uruguayos. Terapia de murga. Montevideo. Black. Quién va a cantar. Alegre caballero. Bailongo. Tango, milonga y candombe. Negro rock. Confidence. Gamurgatrónica.

Y entre un disco y otro, como si nada, Rada cambiaba de piel: Candombe, Rock, Pop, Jazz, Funk, Soul, Tango, Milonga, Murga, Flamenco, Samba, Salsa, Cha-cha-chá, Música para niños, Música instrumental, canciones de amor, de humor, políticas, absurdas. Canciones que parecían simples y escondían una idea enorme. 

En 1975 grabó Radeces. Ahí estaba Malísimo, una canción que Rada consideraba su mejor letra.

Y estaba Ayer te vi. Un riff. Un candombe. Una madrugada.

Una frase que parecía salir directamente de las calles de Montevideo: "No te vas a morir porque a vos te dé la gana / y vení a candombear a las tres de la mañana".

Rada había encontrado una de sus claves.

El candombe podía ser fiesta. Pero también podía ser memoria. Podía hablar del barrio. Podía hablar de la raza. Podía hablar de la noche. Podía hablar de la vida. Después vino S.O.S. Y después, Estados Unidos. Y entonces Opa.

Hugo Fattoruso, Osvaldo Fattoruso, Ringo Thielman y Rada. La música se volvió todavía más grande. 
Jazz-rock de vanguardia. Improvisación. Candombe. Funk. Música afroamericana. Una sensación casi espacial. African Bird. Montevideo.

En esta última, Rada canta en falsete una melodía que quedó para siempre en la memoria de la música uruguaya. Opa parecía tocar desde otro lugar. Rada, en cambio, seguía teniendo los pies en Montevideo. Esa era su magia.

Podía cantar sobre un groove que parecía venir de Nueva York y, de pronto, hacer aparecer una calle de Palermo.

A mediados de los setenta volvió a Buenos Aires. Y allí ocurrió algo fundamental. Lo adoptamos.

Rada dejó de ser solamente el músico uruguayo de culto, el hombre que había participado de El Kinto, Totem y Opa.

Y se convirtió en una figura popular.

En los años ochenta grabó discos que todavía funcionan como una especie de mapa de su etapa argentina: La banda, La Rada, En familia, Adar Nebur, La yapla mata, Pa’ los uruguayos, Terapia de murga.

En Buenos Aires podía ser un músico sofisticado y, al mismo tiempo, profundamente popular. En Obras Sanitarias, la catedral rockera de aquellos años, quedó registrado La cosa se pone negra. 

Y allí está la prueba que ninguna estadística puede reemplazar. La gente. El público porteño cantando. El público gritando. El público pidiendo: "Tocá, che Negro Rada". Y Rada tocando, a más no poder.

En La yapla mata estaba Tengo un candombe para Gardel. Era imposible imaginar una canción más rioplatense. Los muchachos de la barra callejera. La vereda. Los tambores. Gardel. Una muchacha que pasa. El calor de abril.

Rada entendía algo que pocos artistas de una orilla consiguen entender: que Uruguay y Argentina podían tener fronteras, pero compartían demasiadas canciones como para respetarlas.

Por eso podía cantarle a Gardel desde el candombe.

Por eso podía ser uruguayo en Buenos Aires sin dejar de ser profundamente argentino para el público que lo había adoptado.

Por eso, décadas después, músicos argentinos de generaciones diferentes seguirían hablando de él con la reverencia que se tiene por los artistas que enseñaron algo sin proponérselo.

Rada nunca dejó de ser un músico de amigos. Hugo Fattoruso. Eduardo Mateo. Litto Nebbia. Mercedes Sosa. Fernando Cabrera. Javier Malosetti. Claudio Taddei. Fito Páez. Y muchos y muchas más.

Podía grabar La luna llena con Mercedes Sosa y hacer que dos voces enormes compartieran un mismo paisaje. 

Podía cantar Te abracé en la noche con Fernando Cabrera y reducirlo todo a una guitarra y dos voces.

Podía volver a encontrarse con Hugo Fattoruso para cantar Candombe para Figari.

Podía hacer una salsa alucinógena. Una milonga. Un soul. Un funk. Una canción infantil.

Rada nunca parecía preguntarse si una música pertenecía a su mundo. Si le gustaba, entraba. En 1994 volvió a Uruguay después de 25 años.

Regresó con Montevideo, grabado en Nueva York, y con una banda en la que aparecían músicos jóvenes que después serían fundamentales. Los hermanos Ibarburu. Gustavo Montemurro.

Y alrededor de ellos una nueva generación. Rada ya era una figura histórica. Pero todavía no había llegado su momento de mayor popularidad. Llegaría en el año 2000. Y sería un disco pop.

Quién va a cantar fue producido por Cachorro López, uno de los nombres centrales del pop latinoamericano de aquel momento.

Rada entendió que podía hacer algo que durante años había sido sospechado como una traición por cierta parte del ambiente musical uruguayo: podía hacer música comercial.

Y lo hizo. Con Cha-cha muchacha. Muriendo de plena. Quién va a cantar. No me queda más tiempo. Mi país. El Negro llegó a las radios. Llegó a las casas. Llegó a gente que quizá nunca había escuchado Totem. Gente que no sabía qué era Opa. Gente que jamás había visto un tablado.

Rada se convirtió en una estrella pop. Y no pidió disculpas. 

Había pasado demasiados años escuchando que un artista debía sufrir para ser auténtico.

Él pensaba otra cosa. También había que comer. También había que vivir. También estaba permitido querer que una canción fuera un éxito. Por esos mismos años apareció otro Rada. El de los niños.

Rada para Niños fue mucho más que una colección de canciones infantiles. Fue otra forma de popularidad. Otra manera de entrar en las casas. Rada entendía a los chicos sin tratarlos como adultos pequeños ni como espectadores de segunda. 

Cuando actuaba para niños que no podían pagar una entrada, decía que el espectáculo debía ser exactamente el mismo.  

Las mismas luces. El mismo sonido. El mismo amor. Tal vez porque él sabía perfectamente lo que significaba crecer con poco. No había que explicarle la pobreza. La había vivido. Y quizá por eso tampoco aceptaba romantizarla.

En algún momento de su vida llegó a decir que estaba cansado.

Del escenario. De los viajes. De ser patrón. De tener que conseguir sonido, luces, pagar músicos, resolver problemas, mirar cuentas. Quería grabar. Quería estar cerca de sus hijos. Quería tocar la batería con algún amigo. Quería subirse a un escenario como un músico más.

Nunca llegó a retirarse del todo. O quizás nunca pudo. Porque la música era el lugar donde Rada volvía a encontrarse consigo mismo.

En 2018 presentó Parte de la historia en el Teatro Solís. Después llegó al Sodre. Era un viaje por El Kinto, Totem y Opa. Una mirada hacia atrás. Pero no era nostalgia.

Rada nunca fue un hombre demasiado interesado en quedarse mirando el pasado.

Tomaba las canciones viejas y las volvía a poner en movimiento. Ahora, sus hijos estaban allí: Lucila, Julieta y Matías.

El hombre que había comenzado tocando tambores siendo un niño había terminado construyendo una banda familiar. 

Y todavía podía cantar. Todavía podía bailar. Todavía podía hacer que una canción de cincuenta años pareciera nueva.

Había hecho también casi todo lo demás: Cine, televisión, radio, humor, conducción...

Fue actor en El Chevrolé y prestó su voz a Frozono en Los increíbles. Apareció en Gasoleros, Telecataplum, El show del mediodía y Porque te quiero así. Condujo Radar, El teléfono, La puerta grande y Décadas. Fue jurado de La voz.

Ganó siete premios Gardel. Decenas de premios en su país. Fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. Recibió la Medalla Delmira Agustini. 

Pero antes, en 2011, se convirtió en el primer uruguayo en recibir el Grammy Latino a la Excelencia Musical.

Pero los premios, incluso los más importantes, cuentan apenas una parte.

La verdadera medida de Rada estaba en otra parte. Estaba en sus canciones: El negro chino, Candombe pa’l Fatto, Botija de mi país, Las manzanas, Negro, Descarga, Mandanga dance, Quién va a cantar, Te abracé en la noche, Ayer te vi, Tengo un candombe para Gardel, Muriendo de plena...

En esa capacidad casi inagotable de transformar una melodía en una escena.

Rada podía cantar una milonga con la gravedad de un cantor veterano y, al rato, aparecer como Richie Silver, disfrazado de crooner, haciendo un soul con ecos de Barry White. Podía cantar Sinatra, Charly García, Alfredo Zitarrosa y Atahualpa Yupanqui.

Podía grabar con Peke 77 y reconocerse en un músico de una generación que había nacido mucho después que él. Podía entrar en el trap sin parecer un invitado extraño. 

Porque Rada no perseguía las modas. Las absorbía. Su cabeza musical era una galaxia.

Así lo definió Mauricio Ubal al despedirlo en nombre de la Academia Nacional de Letras. 

Pero hay otra palabra que quizás explique mejor el fenómeno. Swing. Rada tenía swing. Cuando cantaba, tocaba, hablaba, cuando se reía o hacía un personaje. Incluso cuando discutía.

Era un artista que nunca perdió el barrio aunque recorriera el mundo. Nunca dejó de ser aquel niño de Palermo aunque cantara en Nueva York. Nunca dejó de ser uruguayo aunque se convirtiera en uno de los ídolos populares de nuestro país.

Nunca dejó de ser negro aunque durante décadas la industria intentara decirle qué aspecto debía tener un éxito.

Y nunca dejó que el reconocimiento lo transformara en estatua.

Su hija Lucila lo explicó después del velatorio con una frase que quizás resume mejor que cualquier homenaje la dimensión de lo que acaba de suceder. "Tenemos una familia mucho más grande ahora, que es todo un país".

Había visto llegar a miles de personas al Palacio Legislativo. Había visto la red de afecto alrededor de su familia. Había visto que el hombre que había sido su padre también había sido, de algún modo, un padre musical para generaciones enteras.

Por eso pidió que no dejaran morir sus ganas de vivir. Que escucharan sus canciones. Que las pasaran a sus hijos. Que alguien triste, alguien deprimido, alguien que estuviera pasando un mal momento, pudiera encontrar en ellas una razón para seguir.

Que Rada fuera un papá para todo Uruguay, pidió. Para siempre. El miércoles 26 de agosto, el Negro dejó de respirar. Pero la música no se terminó. Los tambores salieron a la calle.

En el Palacio Legislativo sonó Muriendo de plena. Y aquellos versos que alguna vez parecieron una provocación se transformaron en instrucciones para una despedida. No hubo manera de cumplirlas literalmente. 

Hubo llanto, pena, mucho dolor. Pero también hubo baile. Porque Rada tenía razón en algo fundamental: la tristeza no podía contar toda la historia.

Su vida había sido demasiado grande para terminar en silencio.

Y que, en algún lugar a las tres de la mañana, vuelva a escucharse aquella vieja certeza:

Negro, no te vas a morir porque a vos te dé la gana.

Vamos a candombear.

Aportes: Búsqueda, La Diaria, Archivo Señales

jueves, 8 de enero de 2026

Armando "Monyo" Néstor Mettler Demerlier 1929 - 2026

A los 96 años falleció Armando Néstor Mettler Demerlier, uno de los grandes innovadores de Entre Ríos, inventor incansable y creador de la primera radio y del primer sistema de televisión por cable de Gualeguaychú. Su vida estuvo marcada por la curiosidad, la ciencia y un espíritu pionero que transformó la comunicación en la ciudad, dejando una huella indeleble en la historia tecnológica y cultural de la región.

Infancia y formación familiar
Mettler nació el 18 de julio de 1929 en Gualeguaychú, hijo de Ernesto Rodolfo Mettler y Catalina Jeroma, integrantes de una familia de origen suizo, proveniente del cantón de Saint Gallen, fronterizo con Alemania. Su bisabuelo llegó a Argentina con Aarón Castellanos, participando en la colonización de Santa Fe, mientras que su abuelo arribó al país a los cuatro años. Desde entonces, la familia se caracterizó por su espíritu aventurero, inventivo y pionero.

Armando fue el mayor de seis hermanos, cuatro varones y dos mujeres. Durante su infancia vivió en Larroque, donde cursó sus primeros estudios en la Escuela N.º 54 "Córdoba". El almacén de ramos generales de su padre, que también vendía maquinaria agrícola, marcó su vocación técnica y científica desde los primeros años. "Mi padre vendía maquinarias que llegaban en grandes cajones y había que armarlas. Así aprendí a ser amigo de las herramientas y descubrí mi pasión por la ciencia y la inventiva", recordaba.

Desde joven mostró gran curiosidad y capacidad técnica. Estudió fotografía, encuadernación, radio, televisión y energía solar. Montó un taller de electricidad donde reparaba arranques de autos, dínamos y alternadores, experiencias que luego aplicó a sus inventos y a la instalación de televisores y antenas.

Primeros contactos con la mecánica y la televisión
En una entrevista, Armando relató que durante su infancia, la vida en Larroque estaba profundamente ligada al campo: camiones cargados de granos cruzaban el pueblo, la actividad era constante y el taller de su padre, anexo al almacén, estaba siempre lleno de maquinaria para armar. "A los catorce años ya dirigía el taller con cuatro operarios adultos a cargo. Además, ya estaba recibido en radio y televisión", contaba.

Su primer contacto con un televisor fue casi por casualidad. "Compré un televisor Admiral importado de Estados Unidos, que fue el primero de Gualeguaychú. En aquel tiempo, ni siquiera había corriente alterna en la ciudad, así que tuvimos que hacer un convertidor de corriente continua a alterna para que funcionara", explicaba. También recordó los desafíos de la baja tensión eléctrica: la televisión funcionaba mejor después de las doce de la noche, cuando las vidrieras se apagaban y la tensión aumentaba.
La llegada de la televisión a Gualeguaychú
En 1953, Mettler protagonizó un acontecimiento que quedaría grabado para siempre en la memoria colectiva de Gualeguaychú: trajo desde Estados Unidos un televisor Admiral, uno de los más avanzados de su tiempo. La ciudad, sin embargo, aún funcionaba con corriente continua, incompatible con el equipo. Fiel a su espíritu inquieto y creativo, lejos de desistir, diseñó y construyó con sus propias manos un convertidor que permitió ponerlo en funcionamiento.

"Cuando comenzamos a captar las primeras imágenes, fue una sensación imborrable hasta hoy", contaba, evocando cómo él y un grupo de amigos entusiastas colocaban el televisor en su taller y observaban las primeras transmisiones. En su taller, ubicado en la calle Camila Nievas, entre Urquiza y 25 de Mayo, vecinos curiosos llenaban la cuadra. 

Un año antes ya había comenzado a fabricar las célebres antenas "Camet" —sigla de Casa Mettler—, que pronto se difundieron por todo el país. Cuando finalmente logró captar la señal de Canal 7 desde Buenos Aires, decidió colocar el televisor en la vidriera de su taller, en la entonces calle Perú N° 8, para compartir el hallazgo con sus vecinos.
 
La respuesta fue inmediata y multitudinaria: noche tras noche, una cuadra entera se reunía frente al local para presenciar, por primera vez, imágenes en movimiento llegadas desde cientos de kilómetros. La concurrencia fue tal que debieron intervenir inspectores y policías para ordenar el tránsito. Así, gracias a la curiosidad y la audacia de Mettler, Gualeguaychú descubrió la televisión.

En un decreto del Ente Nacional de Comunicaciones se dejó constancia de que Armando Néstor Mettler figuró originalmente como socio de Alejandro Romay en la licenciataria del actual Canal 9 Litoral, con sede en Paraná, señal creada por el llamado "zar de la televisión" —apodo icónico de Romay— en 1985. Sin embargo, tras sucesivos aumentos de capital de la empresa, Mettler no ejerció el derecho de acrecer previsto por la Ley de Sociedades Comerciales, al igual que otros socios minoritarios, quedando así desvinculado del emprendimiento. De este modo, su participación formó parte de la etapa fundacional del canal, aunque no se proyectó en el tiempo.

El nacimiento de la radio: LP4, LT41 y FM Sur
El paso a la radio comenzó con transmisiones experimentales en 1963 con LP4 Radio Gualeguaychú. La primera transmisión pública, durante el aniversario de la ciudad, fue el 18 de octubre de 1964 con LT 4 Radio Gualeguaychú, operando solo por un día. La persistencia de Mettler permitió que, en 1972, finalmente obtuviera la licencia de LT 41 Radio La Voz del Sur Entrerriano, inaugurando la AM el 1° de septiembre de 1973. Más tarde fundaría FM Sur, la primera emisora de frecuencia modulada de la ciudad.

"Los equipos de la radio siempre fueron de excelente calidad, porque entendí que la mejor forma de hacer buena radio era con buenos equipos. Hacíamos transmisiones de exteriores que para la época eran sumamente novedosas", recordaba. Por LT41 pasaron voces históricas de la ciudad, como Ángel Vicente Araoz, Chichito Lapalma, Pablo Amores, Teresita Ferrari y Carmelo Muñoz. También recordó los viajes en casillas rodantes para transmitir carreras de Fórmula 5 en Concepción del Uruguay y Gualeguay, siempre en directo.

Con el tiempo, Mettler se fue cansando de "lidiar con la radio; se hizo complicado y en 1995 surgió la posibilidad de vender las radios a una gente de Rosario con experiencia y recorrido. Fue una decisión difícil, pero creo que correcta". Desde entonces, reconocía: "Escucho poca radio, casi nada. No porque haya malos periodistas, sino porque a mí siempre me gustó ser parte de la radio". Quien adquirió LT41 La Voz del Sur Entrerriano y la FM Stereo Sur fue Eduardo Carlos Gurovici, periodista proveniente de la histórica LT2 y de Canal 3 de Rosario, donde ocupó cargos gerenciales.
Canal 8, cable y la televisión por suscripción
En 1964, ante la cantidad de televisores y problemas con las antenas, Mettler impulsó la televisión por cable, convirtiéndose en uno de los primeros sistemas del mundo junto con Alemania y Canadá, y en el primer canal de cable de Argentina y Sudamérica. "Traje cables de Canadá en 1964 que todavía están funcionando", contaba.

Su creatividad resolvió un desafío fundamental: en lugar de instalar miles de antenas individuales de veinte metros, construyó una antena colectiva de casi 200 metros para distribuir la señal por cable al vecindario. Esta idea fue el precursor del video cable local.

En 2014, logró finalmente la autorización del canal de aire Canal 8 Telechú, con cobertura de Gualeguaychú, Larroque y Urdinarrain. Sin embargo, lamentaba la falta de cumplimiento de los grandes multimedios y su enojo era con Cablevisión, del Grupo Clarín que se negaba a cumplir con la Lay Audiovisual que obligaba a ubicar en la grilla los canales locales: "Son consecuencias de la monstruosidad, la irresponsabilidad y la indolencia que tienen los grandes grupos comunicacionales. Estos grupos no son controlados de manera debida y esa situación, que viola la ley, ocurre porque no hay controles ni responsabilidades. Ni siquiera me dejan extender cables en la ciudad. Así es la realidad".

Reflexiones sobre medios y comunicación
Mettler era consciente del valor de los contenidos y la responsabilidad en la comunicación. "Hoy el acceso a la tecnología es mucho más fácil que antes, pero los contenidos son más chabacanos y triviales. No hay que descender en la calidad de las ideas; hay que ser liberal y abierto a todos los pensamientos, pero cuidando las formas que son parte de las esencias", reflexionaba.

Para él, la autonomía del pensamiento y la firmeza en los valores eran esenciales. "Tenemos que tomar conciencia del hecho extraordinario de los medios de comunicación que están al alcance de las manos y de la clase de contenido que vamos a poner a disposición de las audiencias", afirmaba.

Vida cotidiana, hábitos y longevidad
Mettler mantenía hábitos estrictos y saludables. Terminaba de cenar y trabajaba en sus inventos hasta la medianoche, despertando siempre a la misma hora. "Hay que respetar la naturaleza, caminar, tener orden y escuchar al cuerpo. Debe hacer cincuenta años que no tomo ningún medicamento", contaba. La memoria y la estabilidad de los movimientos eran, para él, indicadores fundamentales de salud.

Además, mantenía su pasión por los vehículos y las casillas rodantes, algunas equipadas con televisores para poder viajar sin perder contacto con la señal. Siempre estuvo activo, combinando trabajo, curiosidad y disciplina.
Innovaciones y patentes
Inventor incansable, Armando registró 12 patentes, entre ellas un motor de bajo consumo con tres patentes. También desarrolló proyectos vinculados a energías limpias y al cuidado del medio ambiente. "A veces me siento fuera de foco, pero no por atrasado, sino por adelantado. Varias cosas tendrían que estar hechas, pero en Argentina cuesta encontrar gente con capital y conocimiento suficiente", reflexionaba.

Legado y cierre
Armando "Monyo" Mettler falleció el 7 de enero de 2026, dejando una huella imborrable en la historia tecnológica, cultural y comunicacional de Gualeguaychú y la provincia de Entre Ríos. Trajo la televisión, fundó la primera radio AM y FM de la ciudad, desarrolló innovaciones técnicas y patentes, y mantuvo siempre un compromiso ético con la comunicación.

Su historia demuestra que la curiosidad, la perseverancia y la pasión por la ciencia pueden transformar no solo la tecnología, sino también la vida de toda una comunidad. Como él mismo dijo: "Por la historia nos pusimos en un lugar privilegiado".

Con su muerte, Gualeguaychú despide a uno de los constructores silenciosos de su identidad comunicacional, un hombre que convirtió la pasión por la electrónica en historia viva de la radio y la televisión local.

Ver también: Canal 8 Telechú de Gualeguaychú fue habilitado por la AFSCA, Una telenovela espera la incorporación de canal local en la grilla de Cablevisión para salir al aire

Fuentes: El Argentino, AhoraElDía, Archivo Señales

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Néstor Sappietro 1962–2025

Las causas que no se rinden
El periodista, escritor y docente rosarino Néstor Sappietro murió este miércoles a los 63 años. Se fue una voz singular y profundamente querida de la cultura rosarina, un narrador de historias mínimas y esenciales que encontró en la radio, la escritura, la docencia y la creación audiovisual un territorio propio desde el cual decir el mundo sin alzar la voz, pero sin retroceder un paso.

Néstor Sappietro fue periodista, escritor y realizador audiovisual. Su trayectoria estuvo marcada por una relación profunda con la radio, el periodismo narrativo y la producción cultural independiente, siempre desde una mirada sensible y comprometida con las historias invisibilizadas.

En radio desarrolló gran parte de su obra. Entre 1991 y 1994 condujo y produjo Rebeldes, soñadores y fugitivos, emitido por FM Latina y FM Río. Más tarde fue productor y columnista de Apuntes, programa emitido por LT8 Radio Rosario y Radio Nacional Rosario entre 1997 y 2004, que obtuvo el Martín Fierro al mejor programa periodístico del Interior del país. También fue columnista de Sobre la hora (FM Red TL, 2003–2004) y de Radiohistorias, ciclo que se emite por Radio Universidad Rosario desde 2004, ganador del Martín Fierro 2006 como mejor programa periodístico y del Martín Fierro 2009 como mejor programa documental en radio del Interior.

Su labor periodística incluyó colaboraciones en diversos medios gráficos. Escribió en los periódicos El Puente (Rosario), La Tarde (Victoria, Entre Ríos) y El Eslabón, además de la revista Postales de la ciudad de Alcorta. También integró la Agencia de Noticias Pelota de Trapo desde 2007 y colaboró con la revista Voces de Santa Fe desde 2008. Sus crónicas y notas circularon además en distintos portales y espacios digitales.

Desde 1993 integró el grupo de producciones audiovisuales Octaedro, con el que realizó numerosos documentales periodísticos. Entre ellos se destacan María Soledad, burdel y esperanza, La página final —ganador del Martín Fierro 1993 al mejor trabajo testimonial del Interior del país—, Carasucia, El caso Maders, el poder que mata, Amurado, tango en Rosario, De escuelas y barriletes —mención al mejor video sobre Derechos Humanos en el Festival Latinoamericano de Video—, El Rosario de Galtieri, La resistencia, crónica de una pasión rosarina, Rosario, segundo tiempo, Operación rescate y Liliana y Eduardo… Las luces de la memoria, declarado de interés cultural por la Legislatura de Santa Fe y el Concejo Municipal de Rosario.

En el campo de la escritura, publicó cuadernillos con sus crónicas, presentados en salas de Rosario en 2001, y colaboró en los libros La ciudad goleada I y II y Orgullo portuario, junto al periodista Carlos del Frade. Esa obra dispersa —radial, gráfica, audiovisual— dialoga con sus libros Crónicas de las causas aparentemente perdidas, donde condensó una poética propia: relatos breves, nacidos para ser escuchados, que defienden la dignidad de la vida común y la persistencia de la esperanza.

Sappietro fue, ante todo, un hombre de la escucha. De esa paciencia aprendida en la calle, en los barrios, en los trabajos y en la radio nacieron sus Crónicas de las causas aparentemente perdidas, relatos breves que pusieron en primer plano la dignidad del hombre común, los sueños modestos, las derrotas que no resignan pelea. "Tenía una manera inconfundible de contar: sensible, honesta, sin concesiones, capaz de convertir lo cotidiano en una causa digna de ser defendida", lo definió su amigo Carlos del Frade, con quien compartió proyectos, micrófonos y una ética común.

Emilio Lenski, que ya no está, dejó también su voz en algunos relatos de las Causas aparentemente perdidas de Néstor Sappietro, cuando Aire Libre Radio Comunitaria producía el programa de tango El Berretín de Olaieta. En esas grabaciones, la radio volvió a ser fogón: la palabra dicha, el tiempo de la escucha, la respiración justa. No eran lecturas, eran encuentros donde la voz de Emilio abrazaba historias pequeñas y necesarias, devolviéndoles esa dignidad silenciosa que sólo existe cuando alguien se toma el trabajo de contar y otro el de escuchar.

A mitad de este año, en julio, Sappietro había presentado el segundo volumen de Causas aparentemente perdidas, junto a la reedición del primero. Lo hizo como vivía: rodeado de amigos, con música, lecturas y tiempo compartido. Allí volvió a contar que esas crónicas habían nacido en la radio, pensadas para ser escuchadas antes que leídas, escritas con palabras simples y la medida justa de tres minutos al aire. Una página A4 como límite y como desafío: presentar un personaje, narrar una vida, cerrar una historia sin traicionar su verdad.

Las suyas eran historias de barrio, de bohemia, de pelea cotidiana. Personajes que casi nunca entran en la agenda de los grandes medios, pero que en su prosa encontraban abrigo y nombre. Eternos perdedores, decía, solo en apariencia. Porque mientras se siga luchando, ninguna causa está del todo perdida.

Ganador de cuatro premios Martín Fierro, impulsor del grupo de realización audiovisual Octaedro, asesor legislativo durante la expropiación de la Guido y Spano, Sappietro nunca tuvo un lugar cómodo en los márgenes del sistema mediático. Tal vez por eso encontró su sitio más estable y más hondo en las aulas de las escuelas secundarias, donde ejerció la docencia como otra forma de militancia cultural.

Hijo de un poeta tanguero, heredó del tango esa melancolía digna que atraviesa su escritura. Admirador de Roberto Arlt, de Hamlet Lima Quintana, de los rebeldes con causa, fue también un apasionado del fútbol, de Central, de Los 11 de Azcuénaga, síntesis perfecta de su identidad barrial. Le gustaba decir que el amor era lo mejor que podía pasarnos en esta breve aventura cósmica que es la vida.

Carlos del Frade lo despidió con palabras atravesadas por la bronca y el amor. Lo llamó "el mejor cuentista de las radios rosarinas", un tipo valiente y honesto, más cercano al Polillita Da Silva que al goleador rutilante, cerebral y certero frente al arco. Recordó a sus hijos, Lautaro y Julián, su orgullo mayor; a Claudia, la madre de ellos, acompañándolo hasta el final; a Morita, su última compañera perruna; y a ese Sappietro que pedía explicaciones metafísicas apoyado en la baranda de su balcón, rodeado de plantas.

Estaba escribiendo una novela. Planeaba un viaje a Europa con amigos. Seguía creyendo en la justicia poética, en el peronismo sentimental, en las libretas cósmicas donde las desgracias pudieran equilibrarse con un poco menos de pena. Nada de eso llegó a terminarse. Pero dejó libros, audios, videos, clases, entrevistas y una forma de estar en el mundo que no se archiva.

Sus textos —como sus clases, como sus crónicas radiales— quedan como materiales indispensables para una ciudad que a veces parece olvidar a quienes la narran con honestidad. Difundir su obra es, quizás, una manera concreta de seguir defendiendo esas causas que Sappietro llamó "aparentemente perdidas", pero que siguen respirando en cada lector y oyente que se reconoce en ellas.

No hay preparación posible para la muerte. Pero quedan las palabras dichas, las historias contadas, las mesas compartidas. Y queda la certeza de que, mientras alguien vuelva a abrir una de sus crónicas, Néstor Sappietro seguirá entrando al estudio, al aula o al bar con ese paso tranquilo de los que saben que todavía hay algo para decir.

No hay punto final.

Algunas Causas Aparentemente Perdidas
Descubrimiento del C.A.P.
Por: Néstor Sappietro
El periodista caminaba sin rumbo en busca de una nota que pudiera conmoverlo. Necesitaba sentir que no todo estaba perdido, que todavía quedaban cosas por hacer... 
"Todavía quedan cosas por hacer" 
Le sonaba a frase hecha, a un reflejo de voluntarismo que esta vez no le alcanzaba. 
Pensando en eso, y también en la ferocidad del invierno que llegaba para recordarle que el agujero de su suela gastada estaba creciendo inexorablemente, se encontró frente a una puerta de chapa que tenía estampada la sigla C.A.P.... Debajo, entre paréntesis, podía leerse: Causas Aparentemente Perdidas... 
Sin dudarlo, ingresó al lugar... Causas Aparentemente Perdidas... 

El hombre que había bebido tantas veces el brebaje de la derrota, y tan pocas el de la gloria, supo que lo que hubiera ahí dentro, seguro, tenía que ver con él. 

Después de atravesar el pasillo se encontró con un tipo de voz aguda, pelo rubio, nariz fina y patilla corta, de chaqueta militar zurcida y botas remendadas. Ese rostro era muy parecido a otro que tantas veces había recortado del "Billiken", cada 20 de junio, en su paso por la escuela primaria, pero no podía ser más que una casualidad. 

El hombre le preguntó quién era y qué andaba buscando. El periodista se confesó un perdedor de la primera hora. 

En la libreta de sus días de gloria tenía anotados unos pocos y borrosos apuntes, como por ejemplo: "Hoy Clarisa me miró" "Esta tarde Clarisa agradeció con una sonrisa cuando le presté la goma de borrar"... En ese punto terminan las referencias a Clarisa, lo que hace suponer que la cosa no fue más allá. También se podían encontrar un despeje en el medio del área en un picadito de barrio y otras referencias por el estilo. A la libreta de los días de gloria del periodista le sobraban páginas en blanco. El hombre con cara de prócer traicionado comprendió que esos antecedentes eran suficientes para dejarlo pasar a la sala grande. 

Allí, el periodista se encontró con una muchedumbre que andaba de un lado para el otro. 

Un tornero anarquista, un escritor con faltas de ortografía, un gordito que siempre quiso jugar de 9 en el equipo del barrio, un loco con un espejo que solo reflejaba mezquindades, el hombre que creía en el horóscopo, viejas máquinas de escribir, un "canilla" que inventaba los titulares de los diarios... También se encontró con una sala de video donde podía verse al gato Silvestre acorralando a Twity entre dos panes de miga, al Coyote atrapando por fin al correcaminos, al grupo familiar de la serie "Bonanza" resignando "La Ponderosa" en manos de los Siux y los Apaches. Reivindicaciones que los presentes aplaudían al son del bombo de "Tito el esperanzador" que batía su parche como telón de fondo. Tomó nota de todo lo que pudo. 

La tarde se había ido con la velocidad que tienen los momentos más gratos. El periodista salió del lugar después de haber escuchado historias que no constan en ningún registro oficial. Relatos que tienen que ver con la capacidad de insistir, ésa que tan solo conocen los que pierden una y otra vez, y una y otra vez se levantan con la misma entereza necia y rebelde, aunque Clarisa jamás llegue a estar entre sus brazos, y aunque su gambeta siempre encuentre un pie que la desaire. 

Mientras se alejaba, no podía dejar de pensar que hay una información que no aparece en los medios masivos ni en los libros de historia, que tal vez los guionistas nos hayan engañado siempre, ocultándonos ese último capítulo en el que los eternos perdedores cambian su suerte. Tal vez el C.A.P. sea ese espacio que existe en la imaginación de cada uno de nosotros donde vive la utopía... 

Si es así las causas aparentemente perdidas gozan de buena salud aunque les pese a los globalizadores del nuevo orden... 

Si es así, siempre habrá alguien por ahí postulando la posibilidad de contradecir al viento. 

Gente necesaria (por Néstor Sappietro)
El 15 de septiembre de 1923, nacía en Morón, provincia de Buenos Aires, uno de los tipos necesarios e imprescindibles de nuestra cultura, Hamlet Lima Quintana.

Hace ya unos cuantos años, en un lugar de Buenos Aires llamado "Liber Arte" que solía frecuentar el poeta Hamlet Lima Quintana, tuve la maravillosa posibilidad de hacer una nota con él, una charla sin apuro, con todo el tiempo. Allí nos paseamos por unas cuantas vivencias de su vida. Nos habló de su amor por Rosario, que fue el único lugar donde pudo trabajar cuando estaba prohibido y plagado de deudas. Agradecía por esos días al "pelado" Reinoso (con i latina), que alguna vez lo sacó por la puerta de atrás de una peña cuando venía la cana para llevárselo. Contó las anécdotas vividas junto a tipos como Raúl González Tuñón, y esa romántica relación con los ladrones de aquel tiempo. Habló de su pasaje por el periodismo, el trabajo en agencias de noticias, y también como redactor de Clarín, y decía que lo ponían de muy mal humor las formas del periodismo moderno.

"Los diarios están mal escritos...", sostenía, "... de tanto apelar al poder de síntesis andan empobreciendo las ideas de la gente...".

Ante cada inquietud que le planteaba, el poeta respondía con una maravillosa contundencia.

"El que no es rebelde, que se quede en la cama dispuesto a morir. La rebeldía debe ser una condición humana. La injusticia, el manoseo, la indignidad y la humillación son moneda cotidiana. Por eso, el hombre debe ser rebelde desde que se levanta hasta que se acuesta a dormir... y a lo mejor en el sueño, también se deba ser rebelde...".

Así hablaba, escribía y vivía Hamlet.

Habían pasado un par de horas y el hombre andaba por su tercera ginebra. Además, solía fumar dos atados de cigarrillo por día. Por eso resultaba sorprendente escucharlo decir que le quitaba la piel al pollo para cuidarse del colesterol.

Este hombre, que escribió 23 libros de poemas, cuatro de cuentos y relatos, una biografía de Osvaldo Pugliese y más de cuatrocientas canciones, solo parecía tenerle temor a que le falte tiempo para terminar su obra.

"La obra no puede parar...", repetía, casi como una obsesión.

Mi amigo, el "colo" Belmonte, a quien le tocó recorrer cada pueblo de la provincia de Santa Fe interpretando "La Forestal" junto a Hamlet, se avergonzaba de sentir cansancio, viendo a ese hombre de casi setenta años que subía al colectivo después de cada actuación como si nada.

Mostraba la vitalidad de un pibe de veinte, como empecinado en desafiar a la aburrida lógica y al implacable tiempo.

La charla terminó con un autorretrato que nos dejó en la mesa como yapa:

"...Yace casi feliz y hecho un fantoche,
un Hamlet que habitó en Lima Quintana,
muere de mucho olvido por las noches,
resucita cantando en las mañanas...".

Este señor de figura quijotesca no creía en la muerte, de quien decía: "...es una gran farsante...".

Y lo avalaba asegurando que: "...Los hombres culminan ciclos, pero la vida no se puede interrumpir, como no se puede interrumpir la primavera...".

Quizás, en honor a esas palabras, su obra más reconocida lleva por título Zamba para no morir.

"...En el hijo se puede volver siempre...", decía Hamlet.

Y la obra que alumbró, podemos asegurar, estará condenada por siempre a mojarle la oreja a todos los olvidos.

Maestro (por Néstor Sappietro)
Decía Julio Cortázar que "las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse como se cansan y se enferman los hombres o los caballos...".

Esto sucede con el uso de algunas expresiones que todos conocemos. Por ejemplo: "justicia", "democracia", "pobreza"...

Las utilizamos más de una vez sintiendo que estamos cayendo en el abismo del lugar común, donde un eco extraño las repite con distintas voces que las han vaciado de contenido tiempos de mentira y decepción.

Esta degradación no alcanza, afortunadamente, a la palabra maestro.

Aunque los detractores se empecinan, desde el ultraje diario, nada han logrado hacer.

Todavía, el desfalco que ha sufrido nuestro idioma no ha podido con lo que significa para la gente llamar a alguien: "maestro".

Es uno de los códigos en común que trasciende las edades, y es un rango que no se otorga a cualquiera.

Podríamos mencionar unos cuantos apellidos que llegaron a la categoría de maestro en el deporte, la ciencia, la cultura...

Es el título máximo que otorga la voz de la gente: Favaloro, Zitarrosa, Fioravanti, Pugliese, Quinquela, Gardel, Borges, María Elena Walsh, Maradona, Leguisamo...

Los jóvenes la usan para darle la más alta jerarquía a sus ídolos: "Es un maestro", dicen, cuando se refieren a Charly García, el Indio Solari, el Flaco Spinetta...

No existe una distinción mayor, ni más entrañable.

Si convocara desde lo más íntimo a los que me han marcado algún camino de coherencia y de integridad, nombraría entonces a Rodolfo Walsh, Roberto Arlt, Juan Gelman, Osvaldo Soriano, el Mono Ardizzone...

Nada mejor se me ocurre que decirles maestros.

Así lo llamábamos, también, a don Héctor, el director técnico del equipo de fútbol de "Los once de Azcuénaga".

Algo debe suceder, entonces, para que en medio de tanta palabra devaluada, uno diga "maestro" y sienta que hace un homenaje a la virtud.

Una virtud que abarca desde el corazón que restauró Favaloro, hasta la seño de la escuela marginal que le entrega al pibito de ojos oscuros una suma y una resta para pelear la dignidad que le corresponde.
Huellas (por Néstor Sappietro)
Mi viejo escribía tangos.

Cuando me preguntan a qué se dedicaba, me gusta decir que escribía letras de tango.

Él tuvo una tornería, fue vendedor de repuestos de autos, tuvo un kiosco y otro montón de rebusques.

Pero yo digo que escribía letras de tango.

En casa había un combinado Ranser que sonaba en el living donde Gardel tenía un lugar de privilegio.

Los sábados venía don Julio y miraban Grandes valores del tango.

Le gustaba la noche, los asados y andar contra el viento.

Canaya y comunista en una familia toda de Ñuls y de Perón.

Era, por sobre todo, un tanguero.

Yo, en cambio, andaba con rebeldías inútiles.

Escuchaba Queen, Los Beatles, Pink Floyd, y despreciaba el bandoneón.

Sosteníamos una batalla encarnizada.

Una noche me encontró cantando Sui Generis frente al espejo.

Me miró con una tristeza infinita y se fue en silencio.

Creo que ese día pensó que yo era un caso perdido.

Con los años entendí que había cumplido uno de sus sueños.

El tiempo no nos alcanzó para muchas cosas.

Pero me sobraron huellas para conocerlo.

Dejame creer que te llega mi abrazo.

Dale, dejame creer.

A Emilio Lenski (por Néstor Sappietro)
Me tocó conocerlo a Emilio Lenski en los últimos años de su vida y me alcanzó para quererlo y admirarlo por toda la pasión que le ponía a su oficio. Conocí poca gente con tamaña pasión.

Tuve la fortuna de hacer junto a él un video en el que Emilio debía representar a un desocupado. Esa mañana fría, que tanto perjudicaba a sus fueyes malheridos, llegó con la taza enlozada para el mate cocido, un overol gastado, una gorra y un atado de Imparciales, porque decía que era el más común en las fábricas.

Nadie le había pedido el vestuario, sin embargo se tomó el laburo de prepararlo.

Habíamos filmado toda la mañana y parte de la tarde. Nosotros queríamos parar, Emilio no.

Llegamos a una fábrica deshabitada, con los vidrios rotos, buscando la escena del hombre al que le destruyeron su lugar de trabajo. Corría mayo de 2001 y se veía venir la debacle que estallaría en diciembre.

Bajamos para intentar hacer algunas tomas. Un guardia de seguridad que había en la puerta nos dijo que no podíamos filmar en ese lugar.

Emilio había visto todo desde el auto. Cuando llegamos, desanimados, a él le brillaban los ojos. Se le había ocurrido algo.

"Ustedes solo enciendan la cámara y encuadren el portón de rejas", nos dijo.

Le hicimos caso. El portón de rejas había quedado entreabierto y Emilio caminó muy despacio hacia él.

El guardia, al ver la situación, se apresuró a cerrarle el portón casi en la cara, gritando: "Les dije que no se puede entrar".

Entonces Emilio encendió un cigarrillo. Se quedó mirando hacia adentro los vidrios rotos, el lugar donde alguna vez habían estado los tornos, el ruido de las máquinas, la gente.

Tiró el cigarrillo con bronca y tristeza, y salió del encuadre.

Caminó hacia el auto y nos preguntó si habíamos filmado todo. Cuando le contestamos que sí, empezó a reírse a carcajadas.

"Ese otario…", nos dijo, refiriéndose al guardia de seguridad. "Nunca se va a enterar de que trabajó en una película".

Emilio había imaginado la escena tal como sucedió y así fue, enterita, en el video.

Ese era Emilio: un tipo ingenioso, entrañable, apasionado, tierno.

De esos que se hacen extrañar.

Porque es inevitable extrañar las mañanas en las que aparecía por el estudio asegurando que estaba fumando menos y se bajaba un atado de Virginia Slim, mientras me regalaba secuencias de la vida de Chaplin, de Discépolo, de Florencio Parravicini o de Homero Manzi.

Emilio solía contar que su padre ejerció el oficio de sastre, que le tocó en la vida revestir lo de afuera, y que quizás por eso a él, con su oficio de actor, le tocó revestir lo de adentro.

Y la pucha si lo hizo.

Más de cinco mil funciones teatrales, videos, radio, grabaciones en CD, docencia, dirección teatral, trabajos comunitarios.

Le puso su máscara de actor a grandes obras: El violinista sobre el tejado, Chocá los cinco, Sabés quería decirte, Stéfano, La Forestal, Andrés Eloy Blanco, el Bolívar de la pluma, Bautismo de Arlequín, Pedroni, la espiga y la paloma y Oficio de actor (obra que recibió la mención Estrella de Mar en 1994).

Podemos asegurar que se encargó de revestir nuestra parte de adentro como un sastre de almas.

También decía Emilio que siempre entendió que su trabajo era un acto de amor y que, a pesar del tiempo —que a veces se encarga de descorazonarnos—, logró preservar su capacidad de dar y jamás logró colmar su capacidad de asombro.

Hizo funciones para 35 mil personas y también para 3 espectadores, y estaba orgulloso de eso.

"No creo en las crisis del teatro", decía. "Creo que las llamadas crisis del teatro son las crisis temporarias del hombre. He sido más tiempo otro que yo mismo, pero eso no me ha apartado de la realidad ni de mi necesidad de ser solidario con la cicatriz ajena".

Esta ciudad suele ser mezquina con sus artistas. Emilio fue un tipo que dio mucho más de lo que le devolvieron.

Elsie, su gran compañera, escribió para despedirlo —hace hoy 16 años— algo que nos gustaría usar para cerrar esta crónica:

"Emilio ya es uno de esos duendes que se escapan por las rendijas de los teatros. Sólo les pido un cariñoso recuerdo para él, que no podía vivir sin ternura".

Diego y el sueño de los sin jeta (por Néstor Sappietro)
–Pelu, si vas a jugar… después de las cinco, cuando caiga el sol…

Eran las dos de la tarde en Villa Fiorito, y la Tota cumplía con el rito maternal de la advertencia.

Pelusa contestaba: "Sí, mami, quedate tranquila…", y salía de su casa con el Negro, con el Beto o con quien fuera, para estar a las dos y cuarto dándole a la pelota bajo el rayo del sol.

Ese pibe al que las hermanas le juntaban las monedas que costaba el bondi para que pudiera ir a practicar.

"Mi viejo tenía menos fondo que una cancha de paddle".

El que hacía jueguito con cualquier cosa: una naranja, bollitos de papel o trapos.

"Al que tenía una de cuero en Fiorito lo mirábamos como si fuera un astronauta".

El que se pasaba las noches de lluvia corriendo tachitos y gambeteando goteras.

"Caía más agua adentro que afuera, y éramos ocho durmiendo en una sola pieza".

Ese pibe iba a seguir desafiando al sol.

Cuando Pelusa empezó a ser el Diego.

Cuando de ser el Cebollita que hacía malabares con la pelota en los entretiempos pasó a ser el hombre más conocido de la tierra.

Entonces se volvió incontrolable.

Su zurda comenzó a jugarle una revancha a la pobreza y uno no sabe bien en qué momento se transformó en una metáfora de la Argentina.

En el ’82 un general borracho mandaba a los pibes a morir al sur, y Diego en esos días terminaba expulsado en un Mundial en el que lo cagaron a patadas y al que habíamos ido convencidos de que éramos los mejores del mundo.

Después se iba a transformar en un dios napolitano que haría sucumbir, a puro talento, a la Italia del norte rica y poderosa.

Era el tiempo de la consagración.

El Mundial de México y su obra cumbre.

Otra vez desafiando al sol, en el estadio Azteca, cuando media docena de ingleses quedaron desparramados buscando su orgullo en el verde césped.

Ese saltito de Diego levantando el puño derecho fue uno de los instantes más felices en la vida de los argentinos.

Que el fútbol y la patria no se mezclan es una gilada.

Al menos lo fue ese 22 de junio.

Maradona empezó a enfrentarse a los poderosos simplemente diciendo lo que pensaba.

Lo que uno comenta en la cocina o en el bar.

Havelange y Blatter, los dueños del fútbol del mundo, eran descuartizados ante cada micrófono que le ponían a Diego.

El Papa tampoco se salvó.

"Fui al Vaticano y vi los techos de oro. Y después escuché al Papa decir que la Iglesia se preocupaba de los chicos pobres… ¡Pero vendé el techo, fiera, hacé algo!".

El poder lo usaba y después le soltaba la mano.

Igual que a nosotros.

La poesía se siguió escribiendo.

Un pase gol a Caniggia, con el tobillo hecho un globo violeta, para eliminar a Brasil.

La puteada a los italianos cuando silbaban el himno.

El llanto de la eliminación.

Y empezaron a pasarle las facturas.

Vinieron con los tapones de punta.

La droga, la suspensión, la resurrección, la enfermera rubia llevándolo de la mano, la efedrina.

Y la historia reciente.

Y los programas de la tarde.

Y su nombre que siempre vende.

Demasiada vida para un solo hombre.

Como Pelusa, los argentinos vivimos de la esperanza al desencanto.

Nuestra historia está plagada de dealers que nos llenaron de merca las narices.

Y otra vez nos tiran el achique.

Y otra vez quedamos en off-side.

Demasiado verso para un solo país.

Más allá de las contradicciones nuestras y las del Diego, desde ese lugar donde residen las causas aparentemente perdidas, seguiremos creyendo obstinadamente en los corazones rebeldes.

En los que intentan el caño y la rabona para gambetear de una buena vez al stopper que nos boicotea los sueños.

Aunque el árbitro esté comprado.

Aunque nos sigan embarrando la cancha.

Son las dos de la tarde y en alguna casa de estos parajes del sur Pelusa vuelve a abrir aquella puerta.

–Si vas a jugar… después de las cinco, cuando caiga el sol…

–Sí, mami, quedate tranquila… quedate tranquila.
Mesas (por Néstor Sappietro)
Las reuniones navideñas que juntaban a la familia en la casa de la abuela tenían una consigna clara, que nuestros mayores desobedecían puntualmente una y otra vez.

El abuelo, desde la cabecera, decía:

"En la mesa no se habla de política".

Nosotros, los pibes, no sentíamos que la medida nos afectara.

Nada decía el mandato acerca de tirar cohetes ni cañitas voladoras, entonces lo tomábamos como otra de las cuestiones de adultos que no llegábamos a entender.

Sin embargo, a pesar de la voz potente y amenazante del abuelo, entrada la noche, cuando el alcohol incorporaba sus efectos a la velada, la desobediencia empezaba a hacerse sentir.

Todos sabíamos que en algún momento, por cualquier cosa que no viniera a cuento, la charla amena se convertiría en una sucesión de frases que nos habíamos aprendido de memoria.

Todos los años se discutía lo mismo.

No había análisis profundos ni discursos.

Solo frases que se disparaban de un lado y del otro y encendían viejos rencores que nunca terminaron de apagarse.

—Vos no tenés memoria… ¿te olvidaste de quién nacionalizó los ferrocarriles? ¿Quién fue? Perón fue… Te olvidaste. Lo que pasa es que vos no tenés memoria…

El tío de Arroyito, indignado, respondía:

—¡Claro que tengo memoria! Sobraba la guita. Les vendíamos hasta el maíz podrido. Con eso compró los ferrocarriles. A los ingleses les vino bárbaro. En un año los tenían que devolver y nosotros se los compramos. No contés la historia por la mitad, que los pibes escuchan y aprenden mal…

Entonces saltaba el otro tío:

—¡Callate, gorilón! ¿Gracias a quién te compraste una casa? ¿Gracias a quién tenés un oficio? ¡Gorilón! ¡Desagradecido!

Y la cosa seguía.

Las mismas sentencias.

Que a uno lo rajaron de la empresa porque no se puso el brazalete negro.

Que se construyeron un montón de escuelas.

Que hacían asado con el parquet.

Que estadista.

Que demagogo.

Que nacional y popular.

Que fascista.

Hasta que el tío de Arroyito se levantaba de la mesa, llamaba a sus pibes, a la tía Ñata, y decía:

"Mejor me voy a mi casa, por respeto al abuelo".

"Pero sí, tomátelas…", se escuchaba del otro lado, a modo de despedida.

Después, la mesa se hacía toda silencio.

Aquella mesa terminó de despoblarse con los años.

Nosotros fuimos creciendo.

Las discusiones políticas pasaron a la clandestinidad.

Se trasladaron a mesas más pequeñas.

Vinieron días en los que decir lo que pensabas podía costarte mucho más que el enojo del abuelo.

Después llegó la democracia.

Se exhumaron algunas de las viejas pasiones.

Las mesas transitaron tiempos de ilusión, desencanto, esperanza y apatía.

Llegué a extrañar las reuniones en la casa de la abuela.

Hoy, más allá del lado en el que uno esté —porque siempre se está de algún lado—, vuelvo a escuchar algunas de las frases que amenizaban aquellas reuniones.

Me ha tocado estar en mesas donde aparecieron los duendes del tío de Arroyito, la tía Ñata, mi abuelo, mi viejo y los tíos peronistas.

Y, a decir verdad, después de la clandestinidad, después del desencanto y después de la indiferencia, uno no puede dejar de celebrar estos días de mesas que habilitan la discusión.

Que desafían al silencio.

Y aunque por ahí la mesa se vuelva ruido.

Y aunque todavía no nos alcancen las nueces.

Aunque alguna pata siga estando chueca.

Y aunque nos sobren ausencias.

Aunque sea por un día, juguemos a creer que los deseos se cumplen.

Juguemos a creer en un futuro más justo.

Juguemos a creer que la memoria le ganará la pulseada eterna a todos los olvidos.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Roberto Salvador Trapani 1954–2025

El hombre que hizo música con lo descartado y risa con lo imprescindible

Roberto Salvador Trapani nació en 1954 en Carreras, un pueblo del sur de la provincia de Santa Fe donde las historias todavía se cuentan mirando a los ojos y el tiempo se mide por la cercanía entre las personas. Creció entre el trabajo artesanal y el contacto cotidiano con la gente: la talabartería de su padre fue su primer escenario y, sin saberlo, su primera escuela artística. Allí aprendió a escuchar, a observar los gestos mínimos, a percibir el pulso humano detrás de cada relato. Ese ejercicio de escucha marcaría toda su vida.

El cine y la radio fueron para él ventanas tempranas hacia el arte. La música apareció pronto y se quedó para siempre: siendo muy joven integró bandas locales, explorando sonidos, ensayando sin método pero con intuición. No se trataba aún de una vocación definida, sino de un juego serio, de una curiosidad insistente que buscaba forma.
En 1982 llegó a Rosario "después de andar un rato largo", como solía decir, para estudiar Locución. En esa ciudad que empezaba a sacudirse el silencio de la dictadura, Salvador encontró un campo fértil para la experimentación y el encuentro. Se formó en la carrera de Locución, referenciándose con figuras como Susana Tealdi y Quique Pesoa, y muy pronto el teatro irrumpió con fuerza en su vida. De la mano de Mirko Buchín, y luego junto a Norberto Campos, Mario Vidoletti, Sergio D’Angelo y Pepe Jiménez, comenzó un recorrido escénico que abarcó teatro teatral, infantil, callejero y clown, en un contexto artístico vibrante, atravesado por la urgencia expresiva de la posdictadura.

Fue en ese cruce donde Salvador encontró su lenguaje. "No nací para esto", decía con humildad, pero entendió que había hallado una herramienta poderosa para decir sin palabras. La respuesta del público, la posibilidad de comunicar a través del cuerpo, la música, los silencios y el humor, le revelaron un camino. No se trataba de explicar el mundo, sino de abrirlo.
Su trabajo artístico se consolidó en una fusión singular de clown y música, dando forma a lo que él mismo definía como "humor excéntrico musical". Salvador se convirtió en un referente del movimiento de los Excéntricos Musicales del Nuevo Circo, no por adhesión a una estética, sino por la coherencia de una búsqueda: transformar lo cotidiano en asombro, lo descartado en belleza, lo simple en ceremonia.

En 1991 fundó junto a su compañera de vida, la actriz y directora Elena Guillén, el grupo teatral Los Estrellados. El proyecto se centró en la investigación de la técnica del clown y en la construcción de instrumentos no convencionales. Allí nacieron personajes entrañables como Caramelino e Iván Mitrenko, y se afianzó una poética que lo acompañaría hasta el final. Desde entonces, Salvador no dejó de viajar: sus espectáculos se presentaron en teatros y festivales de toda la Argentina, América Latina y Europa.
Como luthier, construía sus propios instrumentos excéntricos a partir de materiales de descarte: griferías, latas, botellas, caracolas, llaves, objetos olvidados que bajo sus manos volvían a cantar. Su dominio del serrucho musical —interpretado con una sensibilidad y afinación extraordinarias— lo volvió mundialmente reconocido. En su taller, además, creaba pequeños autómatas y artefactos sonoros, sosteniendo una ética de trabajo que condensaba en una frase que lo definía: "Intento el esplendor de la ruina".
Ante el estreno de Concierto Estrafalario, Salvador Trapani recordó sus primeros pasos en el teatro: "Tuve la fortuna de tener un primer contacto con el teatro con el maestro Mirko Buchín, que me dio herramientas que todavía uso. Trabajé con mi amigo, el Mago Marzelo, haciendo magia mientras yo hacía payasadas. Así empecé a foguearme: fue acción pura, en jardines de infantes, escuelas, plazas, temporadas en la Costa Atlántica". Destacó que de esos años aprendió la esencia del payaso: lo lúdico, el juego, aquello que hay que garantizar, salvo que la obra tenga un texto y desarrollo más estructurado. "Yo transito más lo musical, la canción, la poesía y algunos juegos de interacción con instrumentos, donde el público participa. En este caso, se alinearon planetas familiares, porque estaba Elena dirigiendo el trabajo. Yo estoy más acostumbrado a salir al ruedo, a la acción brutal, pero acá hubo guion, entradas, salidas y unos diálogos mínimos", explicó.

En el guion, escrito junto a Elena Guillén, reaparece Iván Mitrenko, un clásico personaje de Trapani. Se trata de un músico excéntrico, desesperado ante un grave problema, que invoca a Euterpe, la musa de la música, para que lo ayude. Ella lo asiste, pero no puede enviarle una orquesta completa, solo un músico. Así llega Solfeo, con su piano, y a partir de ahí se desarrolla la historia: el concierto sale adelante gracias a este enviado de los dioses griegos y se arma el Concierto Estrafalario.
A lo largo de su extensa trayectoria creó y participó en innumerables obras, entre ellas Teddy Voldo contra viento y marea (1992), Lavanda (1993), El sexo de los ángeles (1994), Caramelino Allegro Andante (1995), Concierto Desconcierto (1996), Desconcierto Grosso (1997, junto a Esteban Sesso), L’Invention (1999), La Royalle (2002), Concierto Estrafalario, Salvatrap y los Inmejorables, Dios los cría, Re-ciclo, La licuadora y La noche del off. Como director teatral realizó, entre otras, Las Barrenderris y En la red sin red. En los últimos años participó en Vuela alto mamá, producción del Teatro Municipal La Comedia de Rosario, y ¿Qué hago con Gertrudis?, en Microteatro Rosario.

Como músico fue invitado como solista por la Orquesta de Cámara Municipal de Rosario y colaboró en presentaciones y grabaciones con compositores contemporáneos, interpretando obras de Astor Piazzolla, Erik Satie, Heitor Villa-Lobos, Giuseppe Verdi, Antonio Carlos Jobim, entre otros, siempre adaptadas a su instrumentación singular.
La docencia fue otra de sus grandes pasiones. Fue profesor nacional de Expresión Corporal, integró la primera promoción de egresados de Locución del ISET Nº18 y se desempeñó allí como docente de Expresión Corporal y Actuación Dramática. En los últimos años dictó el seminario "Humor en movimiento para la comunicación". Su impronta pedagógica, creativa y gozosa lo convirtió en un educador profundamente querido y respetado por colegas y estudiantes.

Salvador Trapani no fue ajeno a su tiempo. Acompañó activamente la lucha por los derechos humanos, colaboró con Abuelas de Plaza de Mayo Rosario, participó de TeatroxlaIdentidad, defendió la educación pública y los humedales. Su humor, lejos de ser evasivo, fue una forma de resistencia, una manera delicada pero firme de intervenir en el mundo.
Desde 2024 atravesaba un linfoma no Hodgkin que lo obligó a frenar su intensa actividad artística. Tras dos ciclos de quimioterapia, el equipo médico recomendó un tratamiento de última generación cuya provisión fue demorada por su obra social, IAPOS. La medicación llegó recién después de un reclamo judicial, cuando su estado de salud ya se había agravado de manera irreversible. La pregunta sobre esa demora —sobre lo que pudo haber sido— queda abierta como una herida colectiva.

Salvador Trapani falleció el sábado 13, a las 23.09, a los 70 años, internado en el Sanatorio Parque, rodeado del amor de su familia, amistades y compañeres. "Peleó como un titán", expresó Elena Guillén, acompañada de sus hijos Juan (en la foto con Salvador) y Augusto.
Las expresiones que siguieron a su deceso no fueron gestos de circunstancia. Fueron, más bien, la confirmación de una vida profundamente enlazada con su tiempo, con su ciudad y con las luchas que eligió acompañar. En cada mensaje apareció no solo el artista extraordinario, sino el hombre íntegro, el compañero generoso, el maestro atento, alguien que supo estar cuando hacía falta estar.

Las palabras de Chiqui González, ex ministra de Cultura de la provincia de Santa Fe, resonaron con especial densidad, como una lectura amorosa y política de su paso por el mundo. No solo por la historia compartida, sino porque supieron nombrar con precisión aquello que Salvador Trapani fue para una generación y para una ciudad. Habló de una partida suave, "con el alma comedida", y de un hombre mágico, capaz de habitar el mundo sin estridencias, con una ética del cuidado y de la belleza que no hacía concesiones. Dijo que lo tuvimos por un tiempo, como se tiene un regalo y no una pertenencia, y que ese tiempo alcanzó para que su asombro, su maravilla y su niñez eterna cambiaran la vida de quienes lo cruzaron.
En ese decir apareció también la dimensión más profunda del artista: la de alguien que no solo producía obras, sino que abría mundos. Chiqui escribió que Salvador estaba ahí para permitir que "el mundo poético nos atravesara", para recordar que el arte no es ornamento sino experiencia transformadora. Lo definió como un hombre tan mágico como generoso, capaz de construir música extraordinaria con las cosas y con las almas del camino. Evocó su ideología sólida, su belleza intacta y sin concesiones, y esa sonrisa que nunca se cerraba del todo, como si siempre estuviera a punto de comenzar un juego.

Tal vez lo más conmovedor de ese mensaje fue la imposibilidad misma del adiós. Chiqui dijo que no podía despedirlo, que estaba afinando el corazón para celebrarlo. Y en esa imagen —tan propia de Salvador— quedó cifrado el modo en que su ausencia empieza a transformarse en presencia colectiva. Porque Trapani, escribió, no se va del todo: pasa a las imágenes compartidas, a las auras de lo noble y exquisito, a los territorios de la levedad. Sigue pasando por la esquina en bicicleta, con Elena, con sus hijos brotando de la ternura, sin pedir perdón por la molestia. Como quien entiende que el arte verdadero no irrumpe: acompaña.
Salvador Trapani con Andrea Fiorino
Desde Abuelas de Plaza de Mayo Rosario, el reconocimiento tuvo la hondura de los vínculos construidos en el hacer cotidiano. Lo nombraron amigo entrañable de la casa y agradecieron su presencia constante, su sí permanente para acompañar TeatroxlaIdentidad y cada actividad donde el arte podía sumar a la memoria y a la lucha. Hablaron de belleza y de luz compartidas, de un compromiso que no fue ocasional ni declamativo, sino sostenido en el tiempo, entendiendo el arte como una forma activa de acompañamiento y reparación.

La voz de Jorge Fandermole aportó la mirada de un par, de un músico que reconoció en otro músico una manera amorosa de pasar por el mundo. Lo llamó entrañable amigo y gigantesco artista, celebró su vida y su capacidad de transformar en belleza cualquier cosa a su paso. Habló de asombro, de emoción, de una presencia que se vuelve parte de quienes lo conocieron. En sus palabras apareció también la dimensión barrial, cercana, la del vecino que sabe que hay personas que, aun cuando se van, siguen habitando los gestos cotidianos de una comunidad.
Quique Pesoa se preguntó quién tocará ahora el serrucho Trapani. "Aquí te quedas, en la magia del éter", escribió. Recordó cómo la inoperancia, la malicia y el mercado se interpusieron hasta en la posibilidad de un tratamiento médico, y expresó la impotencia ante lo que pudo haber sido distinto. Pero también destacó lo que queda: su arte, su amor, su pasión y, por supuesto, el serrucho que lo hizo único. "Hasta siempre, Salvador Trapani", cerró con la emoción de quien sabe que se va un gigante.

Desde la ONG ambiental El Paraná NO se toca, lo recordaron como un artista que hacía resplandecer lo cotidiano y que, aun en tiempos turbulentos, lograba hacernos reír. Destacaron su calidad humana, su presencia y su humor, "que es otro modo de revolución y resistencia", y agradecieron haber compartido encuentros en los que su arte brilló, como en las legendarias peñas mojarreras. "Abrazo inmenso a su compañera Elena y a sus hijos. Vuela alto, hasta siempre", escribieron. 
Un amigo, Elías Alarcón, evocó la sensación mágica de subir al "auto volador" de Salvador, un Citroën 3CV, en plenos años 90, cuando apenas tenía seis años, y cómo él contaba que había pasado cerca de la luna. Resaltó la capacidad de Trapani de soñar fuerte aun en la decadencia, y cómo las herramientas más cansadas de trabajar se convertían en melodías y sonidos dulces en sus manos. Agradeció su ejemplo de regenerar lo descartado, su humor, sus marcas y su arte inspirador. "Un lujo haber sido testigo de tu energía en este mundo. Buen viaje, querido Salvador Trapani", concluyó.

Desde el Frente 4 de Abril de AMSAFE Rosario, Salvador fue recordado como maestro y compañero. Abrazaron a su esposa Elena Guillén, a sus hijos, a su familia y a sus amistades, y destacaron a un artista de la ciudad que llevó su conocimiento, su magia y su creatividad por muchos países sin perder nunca la pertenencia. "Para él todos los aplausos", escribieron, nombrando a un ser humano excepcional que entendió la enseñanza como un acto de generosidad y el saber como una práctica colectiva.
A ese entramado se sumaron la Asociación Argentina de Actores y Actrices, y muchas más voces de distintos espacios culturales, colectivos ambientales, organizaciones sociales y educativas. Todas coincidieron en lo mismo, dicho de múltiples maneras: gratitud, admiración, amor. Se habló de su capacidad para hacer resplandecer lo cotidiano, de su humor como forma de resistencia, de su presencia como un regalo. En ese coro plural quedó claro que Salvador Trapani no se va en soledad: se queda en una memoria común, en una ética del hacer, en una manera de estar en el mundo donde el arte, la ternura y el compromiso no se separan.

Cuenta una asistente que en la sala velatoria, mientras se proyectaban imágenes de sus espectáculos, niñas y niños permanecían sentados en el piso, extasiados frente a su trabajo. Esa escena acaso condense mejor que cualquier definición lo que fue Salvador Trapani: un hombre que despertó asombro, que hizo del arte un acto de ternura y que dejó, en cada gesto, una música que todavía sigue sonando.
Fotos: Mamu Beltrame, Salvador Trapani

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