Un mural impulsado por la Biblioteca Popular Cachilo convirtió una esquina del oeste rosarino en un espacio donde la memoria, la literatura y las historias del barrio quedaron pintadas para todos
La pared que aprendió a reunir
El invierno hizo todo lo posible por vaciar la esquina. El cielo gris, el viento y el frío parecían una invitación a quedarse en casa. Sin embargo, de a poco empezaron a llegar chicos con pinceles, abuelas envueltas en bufandas, vecinos con el mate bajo el brazo, artistas, promotoras de lectura y familias enteras. Frente a la enorme pared de Presidente Perón y Rouillón ya no había andamios ni bocetos: el mural estaba terminado. Lo que faltaba era recorrer la historia que había quedado pintada allí.
La celebración comenzó como empiezan las cosas en la Biblioteca Popular Cachilo: jugando. El actor, payaso y malabarista Nicolás Romero y la actriz y clown Carolina Anzola animaron la jornada con humor, improvisaciones y complicidad con el público. No hubo protocolo ni solemnidad. Hubo rondas, risas, canciones y una comunidad que se reconocía frente a una obra construida por sus propias manos.
Entonces tomó la palabra Claudia Martínez. Miró a los vecinos reunidos pese al frío y comenzó por nombrarlos.
—Triángulo, Villa Urquiza, Barrio Godoy... estos son los barrios que nos convocan esta tarde. Estamos congregados acá los valientes, los que nos bancamos el frío porque nos gusta jugar.
Las primeras risas aflojaron la tarde. Después llegó la frase que resumió el espíritu del encuentro.
—Nos bancamos un montón de cosas, pero estamos en la calle. Y eso está muy, muy bueno.
No era un comentario al pasar. La calle había sido el escenario de todo el proyecto. Allí sucedieron los talleres, las conversaciones entre generaciones y el trabajo colectivo que terminó convertido en mural. Allí, dijo Martínez, los vecinos vuelven a tener nombre, oficio, historia y sueños.
Desde hacía meses, la Biblioteca Popular Cachilo venía trabajando esa idea en sus espacios de promoción de lectura. Los relatos de abuelos y abuelas, las historias del barrio, los juegos compartidos, las canciones, los libros censurados durante la última dictadura y los dibujos realizados por niños y niñas fueron construyendo un universo que primero circuló alrededor de una mesa y después encontró un lugar definitivo sobre una pared de veintiún metros.
"La escucha, el intercambio, la emoción, los juegos que se jugaron y dibujaron quisimos ofrecerlos al espacio público como una huella comunitaria", dijo Martínez.
Y enseguida llegó la frase que terminó convirtiéndose en una declaración de principios.
—Aquí, en esta esquina, la memoria se planta y cuenta.Una pared que se recorre como un barrio
Después de los discursos, Ariel Gabiniz se acercó al micrófono. Primero eligió el más bajo. Después, al advertir que el otro le quedaba demasiado alto, cambió entre risas. El gesto, mínimo, rompió cualquier distancia entre el artista y el público. Como el mural, la escena estaba construida desde la cercanía.
El muralista rosarino insistió desde el comienzo en correrse del centro de la escena. Su tarea, explicó, había sido poner un saber técnico al servicio de un proceso colectivo que llevaba meses de construcción.
—Mi convocatoria fue nada más que para un saber técnico, que es acompañar a los niños y niñas de la biblioteca a realizar esta tarea, que era un mural grupal, colectivo.
Lo esencial había ocurrido mucho antes: en los talleres de lectura, en las mesas compartidas entre chicos, abuelas y abuelos, y en los dibujos nacidos de esas conversaciones sobre el barrio, los juegos y la memoria.
Su desafío consistió en trasladar esos dibujos a una pared de veintiún metros sin perder la fuerza de sus trazos.
—Más difícil que dibujar a Picasso es dibujar la impronta de un niño que libremente dibuja lo que siente, lo que cree, lo que le parece.
La frase resumía una de las claves del proyecto. El mural no reinterpretó los dibujos infantiles: los amplió. Cambiaron las dimensiones, no la identidad. Las líneas temblorosas, las proporciones inesperadas y la libertad de cada trazo permanecieron intactas sobre la pared.No hubo proyectores ni recursos digitales. Todos esos dibujos se pintaron a mano alzada. Más tarde, los chicos descubrieron con sorpresa sus propios nombres —Dante, Estrella, Ámbar P. y Ámbar B., Leonel, Maggie, Alyssa, Augusto, Sofía, Lucas, Emilia, Juli, Rubí, Inés, Martu...— escritos en un cartel blanco. Habían surgido a través de la técnica de pintura mágica, realizada con cúrcuma, una propuesta que les permitió revelar palabras ocultas a través del color.
La pared que aprendió a reunir
El invierno hizo todo lo posible por vaciar la esquina. El cielo gris, el viento y el frío parecían una invitación a quedarse en casa. Sin embargo, de a poco empezaron a llegar chicos con pinceles, abuelas envueltas en bufandas, vecinos con el mate bajo el brazo, artistas, promotoras de lectura y familias enteras. Frente a la enorme pared de Presidente Perón y Rouillón ya no había andamios ni bocetos: el mural estaba terminado. Lo que faltaba era recorrer la historia que había quedado pintada allí.
La celebración comenzó como empiezan las cosas en la Biblioteca Popular Cachilo: jugando. El actor, payaso y malabarista Nicolás Romero y la actriz y clown Carolina Anzola animaron la jornada con humor, improvisaciones y complicidad con el público. No hubo protocolo ni solemnidad. Hubo rondas, risas, canciones y una comunidad que se reconocía frente a una obra construida por sus propias manos.
Entonces tomó la palabra Claudia Martínez. Miró a los vecinos reunidos pese al frío y comenzó por nombrarlos.
—Triángulo, Villa Urquiza, Barrio Godoy... estos son los barrios que nos convocan esta tarde. Estamos congregados acá los valientes, los que nos bancamos el frío porque nos gusta jugar.
Las primeras risas aflojaron la tarde. Después llegó la frase que resumió el espíritu del encuentro.
—Nos bancamos un montón de cosas, pero estamos en la calle. Y eso está muy, muy bueno.
No era un comentario al pasar. La calle había sido el escenario de todo el proyecto. Allí sucedieron los talleres, las conversaciones entre generaciones y el trabajo colectivo que terminó convertido en mural. Allí, dijo Martínez, los vecinos vuelven a tener nombre, oficio, historia y sueños.
Desde hacía meses, la Biblioteca Popular Cachilo venía trabajando esa idea en sus espacios de promoción de lectura. Los relatos de abuelos y abuelas, las historias del barrio, los juegos compartidos, las canciones, los libros censurados durante la última dictadura y los dibujos realizados por niños y niñas fueron construyendo un universo que primero circuló alrededor de una mesa y después encontró un lugar definitivo sobre una pared de veintiún metros.
"La escucha, el intercambio, la emoción, los juegos que se jugaron y dibujaron quisimos ofrecerlos al espacio público como una huella comunitaria", dijo Martínez.
Y enseguida llegó la frase que terminó convirtiéndose en una declaración de principios.
—Aquí, en esta esquina, la memoria se planta y cuenta.Una pared que se recorre como un barrio
Después de los discursos, Ariel Gabiniz se acercó al micrófono. Primero eligió el más bajo. Después, al advertir que el otro le quedaba demasiado alto, cambió entre risas. El gesto, mínimo, rompió cualquier distancia entre el artista y el público. Como el mural, la escena estaba construida desde la cercanía.
El muralista rosarino insistió desde el comienzo en correrse del centro de la escena. Su tarea, explicó, había sido poner un saber técnico al servicio de un proceso colectivo que llevaba meses de construcción.
—Mi convocatoria fue nada más que para un saber técnico, que es acompañar a los niños y niñas de la biblioteca a realizar esta tarea, que era un mural grupal, colectivo.
Lo esencial había ocurrido mucho antes: en los talleres de lectura, en las mesas compartidas entre chicos, abuelas y abuelos, y en los dibujos nacidos de esas conversaciones sobre el barrio, los juegos y la memoria.
Su desafío consistió en trasladar esos dibujos a una pared de veintiún metros sin perder la fuerza de sus trazos.
—Más difícil que dibujar a Picasso es dibujar la impronta de un niño que libremente dibuja lo que siente, lo que cree, lo que le parece.
La frase resumía una de las claves del proyecto. El mural no reinterpretó los dibujos infantiles: los amplió. Cambiaron las dimensiones, no la identidad. Las líneas temblorosas, las proporciones inesperadas y la libertad de cada trazo permanecieron intactas sobre la pared.No hubo proyectores ni recursos digitales. Todos esos dibujos se pintaron a mano alzada. Más tarde, los chicos descubrieron con sorpresa sus propios nombres —Dante, Estrella, Ámbar P. y Ámbar B., Leonel, Maggie, Alyssa, Augusto, Sofía, Lucas, Emilia, Juli, Rubí, Inés, Martu...— escritos en un cartel blanco. Habían surgido a través de la técnica de pintura mágica, realizada con cúrcuma, una propuesta que les permitió revelar palabras ocultas a través del color.
Para Gabiniz, esa fidelidad no era sólo una decisión estética, sino una forma de entender el trabajo comunitario: los chicos no debían convertirse en espectadores de una obra hecha por artistas, sino reconocerse como sus autores.
El muralista también destacó un gesto que podría haber pasado inadvertido. Al preparar la pared encontraron un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y una inscripción que recordaba a los 30.000 desaparecidos. En lugar de cubrirlos, decidieron incorporarlos a la composición. La memoria que traía el proyecto dialogó así con otra memoria que ya habitaba esa esquina.
Entre los nuevos símbolos apareció además el árbol de La planta de Bartolo, el clásico cuento de Laura Devetach donde los libros crecen como frutos para que cualquiera pueda leerlos. Para Gabiniz, esa imagen sigue teniendo una vigencia particular: cuando el acceso a la cultura vuelve a ser motivo de preocupación, sembrar libros, historias y espacios comunitarios también es una forma de resistencia.
Antes de terminar, hizo una invitación sencilla. Convocó a todos los que hubieran dado "aunque sea una pinceladita" a reunirse frente al mural para una foto colectiva.
Niños, abuelos, muralistas, promotoras de lectura, vecinos y familias fueron ocupando lentamente toda la extensión de la pared.
La imagen decía lo mismo que la obra: nadie podía señalar un fragmento como propio, porque el mural había dejado de pertenecer a una sola persona para convertirse en una creación compartida.Pintar como dibuja un niño
El mural no se mira de un solo golpe de vista. Se camina. Como las calles que representa, invita a detenerse en cada esquina, descubrir un detalle y seguir avanzando. Entre juegos, árboles, barriletes, vías del tren y bicicletas, reconstruye un territorio donde la memoria colectiva se entrelaza con la literatura, la historia y la infancia.
Sobre la pared, las calles dejaron de llamarse como en un plano de Rosario. Los niños decidieron rebautizarlas con los nombres de los autores y autoras que más los acompañaron en los talleres de lectura de la Biblioteca Popular Cachilo: Elsa Bornemann, María Elena Walsh, Laura Devetach, Beatriz Doumerc, Javier Villafañe, Isol, Liliana Bodoc, Graciela Montes, Adela Basch, María Teresa Andruetto, Pablo Bernasconi e Iris Rivera.
En una de las esquinas aparecen otros nombres imprescindibles para la memoria argentina: Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Francisco "Paco" Urondo, Roberto Santoro y Héctor Germán Oesterheld, escritores perseguidos, asesinados o desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.
La elección no fue casual. Como explicó Laura Alcaraz, integrante del equipo de promoción de lectura de la biblioteca, el proyecto nació atravesado por los cincuenta años del golpe de Estado de 1976 y por el deseo de recuperar los libros prohibidos, censurados o quemados. Pero también buscó rescatar otra memoria: la del barrio, la de las familias y la de los juegos que pasaron de una generación a otra.
Esa superposición atraviesa toda la obra. Allí aparecen las bicicletas que evocan la intervención urbana de Fernando Traverso; la bandera de los pueblos originarios; la fachada de Aire Libre Radio Comunitaria y de la propia Biblioteca Popular Cachilo; la antigua laguna del Lolo, donde muchos vecinos aprendieron a pescar ranas; las vías del tren; las huertas; y la rayuela, como la que los jóvenes de Parada Oeste realizaron en la esquina de Virasoro y Teniente Agneta.
No hay pantallas ni teléfonos celulares. Hay sogas, bolitas, barriletes hechos con papel de diario, elásticos, escondidas, rondas, pelotas y chicos trepados a un tobogán. Son los mismos juegos que aparecieron una y otra vez en las conversaciones entre abuelos y nietos durante los talleres y que terminaron ocupando un lugar central en la pared. No como una postal nostálgica, sino como una invitación a seguir jugando.Cuando el mural empezó a ser del barrio
La ceremonia terminó, pero casi nadie se fue. Los chicos siguieron buscando sus dibujos sobre la pared. Los adultos señalaban escenas que reconocían de inmediato. Unos hablaban de las vías del tren; otros, de la laguna que alguna vez ocupó ese rincón del oeste rosarino. Los recuerdos empezaron a cruzarse entre personas que, hasta hacía un rato, eran apenas vecinos reunidos para una inauguración.
Inés, una de las niñas que participó del proyecto, recorría el mural con una mezcla de sorpresa y orgullo. En los talleres había dibujado una ronda de chicos leyendo. Al pasar ese boceto a la pared, uno de los personajes terminó pareciéndose a Laura, una de las promotoras de lectura de la biblioteca.
—Cuando llegué ya estaban nuestras ilustraciones en la pared. Empezamos pintando la ropa, después la cara, el pelo y, al final, los detalles.
Recordó el proceso como si todavía estuviera frente al muro.
—Me encantó. Siempre tienen ideas muy lindas. Hace un tiempo habíamos hecho una huerta; ahora esto. Y está bueno que participemos los chicos junto con las abuelas y que todo tenga que ver con los juegos.
A pocos metros, Mari Pintus seguía recorriendo la obra como quien vuelve sobre una conversación que todavía continúa. Cada escena tenía detrás una historia escuchada durante los talleres.
La pesca de ranas nació de los relatos sobre las antiguas inundaciones y la laguna del Lolo. Los barriletes aparecieron porque muchos abuelos recordaban haberlos construido con hojas de diario cuando no había dinero para comprar juguetes. Las bolitas, la rayuela, la soga, el elástico y los picados también encontraron su lugar en la pared.
Frente al dibujo de la laguna, un vecino interrumpió la charla.
—Yo jugaba ahí.
No agregó nada más.
Tampoco hacía falta.
El mural ya estaba haciendo aquello para lo que había sido pensado: devolver historias a quienes las habían vivido y despertar la curiosidad de quienes las escuchaban por primera vez.
Desde ese sábado, quienes pasen por Presidente Perón y Rouillón encontrarán mucho más que una obra de arte. Verán una esquina donde las calles llevan nombres de escritores, donde los barriletes siguen volando, donde las bicicletas recuerdan a los ausentes y donde un "Te quiero, abuela" quedó escrito para siempre sobre el cemento.
Hace apenas unas semanas, ese muro era una superficie vacía donde empezaban a aparecer los primeros fondos de color. Hoy es un mapa afectivo del oeste rosarino. Un mapa donde las calles llevan nombres elegidos por las infancias, donde los recuerdos de los abuelos encontraron un lugar junto a los juegos de hoy y donde la literatura dejó de estar encerrada en los libros para ocupar una esquina entera.
Quizás esa sea la mayor conquista de la Biblioteca Popular Cachilo: no haber terminado un mural, sino haber conseguido que una pared empezara a hacer preguntas.
¿Quién fue Rodolfo Walsh?
¿Por qué hay bicicletas?
¿Dónde quedaba la laguna?
¿Quién era Bartolo?
¿Por qué esos barriletes están hechos con diarios?
Cada respuesta volverá a poner en circulación una historia, un libro, un recuerdo o una conversación.
Desde ese sábado, esa memoria dejó de pertenecer solamente a quienes habían participado de los talleres. Pasó a formar parte del paisaje cotidiano del barrio.
El acto fue terminando de a poco, como terminan las reuniones de barrio: nadie parecía tener apuro por irse. Algunos seguían buscando un dibujo conocido; otros se detenían frente a la laguna, las vías del tren o las bicicletas. Los chicos señalaban con orgullo las figuras que alguna vez habían dibujado sobre una hoja y ahora ocupaban varios metros de pared. Los más grandes encontraban, entre colores y juegos, escenas que también les pertenecían.
La tarde seguía siendo gris y fría.
Sobre el mural, sin embargo, brillaba un sol enorme, como esos que dibujan los chicos sin preocuparse demasiado por el pronóstico.
Porque algunas paredes dividen.
Otras, como esta, aprendieron a reunir.Ver también: Memorias colectivas sobre una pared: la revolución barrial de la Biblioteca Popular Cachilo
Fotos: Amalia Di Santo
El muralista también destacó un gesto que podría haber pasado inadvertido. Al preparar la pared encontraron un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo y una inscripción que recordaba a los 30.000 desaparecidos. En lugar de cubrirlos, decidieron incorporarlos a la composición. La memoria que traía el proyecto dialogó así con otra memoria que ya habitaba esa esquina.
Entre los nuevos símbolos apareció además el árbol de La planta de Bartolo, el clásico cuento de Laura Devetach donde los libros crecen como frutos para que cualquiera pueda leerlos. Para Gabiniz, esa imagen sigue teniendo una vigencia particular: cuando el acceso a la cultura vuelve a ser motivo de preocupación, sembrar libros, historias y espacios comunitarios también es una forma de resistencia.
Antes de terminar, hizo una invitación sencilla. Convocó a todos los que hubieran dado "aunque sea una pinceladita" a reunirse frente al mural para una foto colectiva.
Niños, abuelos, muralistas, promotoras de lectura, vecinos y familias fueron ocupando lentamente toda la extensión de la pared.
La imagen decía lo mismo que la obra: nadie podía señalar un fragmento como propio, porque el mural había dejado de pertenecer a una sola persona para convertirse en una creación compartida.Pintar como dibuja un niño
El mural no se mira de un solo golpe de vista. Se camina. Como las calles que representa, invita a detenerse en cada esquina, descubrir un detalle y seguir avanzando. Entre juegos, árboles, barriletes, vías del tren y bicicletas, reconstruye un territorio donde la memoria colectiva se entrelaza con la literatura, la historia y la infancia.
Sobre la pared, las calles dejaron de llamarse como en un plano de Rosario. Los niños decidieron rebautizarlas con los nombres de los autores y autoras que más los acompañaron en los talleres de lectura de la Biblioteca Popular Cachilo: Elsa Bornemann, María Elena Walsh, Laura Devetach, Beatriz Doumerc, Javier Villafañe, Isol, Liliana Bodoc, Graciela Montes, Adela Basch, María Teresa Andruetto, Pablo Bernasconi e Iris Rivera.
En una de las esquinas aparecen otros nombres imprescindibles para la memoria argentina: Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Francisco "Paco" Urondo, Roberto Santoro y Héctor Germán Oesterheld, escritores perseguidos, asesinados o desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar.
La elección no fue casual. Como explicó Laura Alcaraz, integrante del equipo de promoción de lectura de la biblioteca, el proyecto nació atravesado por los cincuenta años del golpe de Estado de 1976 y por el deseo de recuperar los libros prohibidos, censurados o quemados. Pero también buscó rescatar otra memoria: la del barrio, la de las familias y la de los juegos que pasaron de una generación a otra.
Esa superposición atraviesa toda la obra. Allí aparecen las bicicletas que evocan la intervención urbana de Fernando Traverso; la bandera de los pueblos originarios; la fachada de Aire Libre Radio Comunitaria y de la propia Biblioteca Popular Cachilo; la antigua laguna del Lolo, donde muchos vecinos aprendieron a pescar ranas; las vías del tren; las huertas; y la rayuela, como la que los jóvenes de Parada Oeste realizaron en la esquina de Virasoro y Teniente Agneta.
No hay pantallas ni teléfonos celulares. Hay sogas, bolitas, barriletes hechos con papel de diario, elásticos, escondidas, rondas, pelotas y chicos trepados a un tobogán. Son los mismos juegos que aparecieron una y otra vez en las conversaciones entre abuelos y nietos durante los talleres y que terminaron ocupando un lugar central en la pared. No como una postal nostálgica, sino como una invitación a seguir jugando.Cuando el mural empezó a ser del barrio
La ceremonia terminó, pero casi nadie se fue. Los chicos siguieron buscando sus dibujos sobre la pared. Los adultos señalaban escenas que reconocían de inmediato. Unos hablaban de las vías del tren; otros, de la laguna que alguna vez ocupó ese rincón del oeste rosarino. Los recuerdos empezaron a cruzarse entre personas que, hasta hacía un rato, eran apenas vecinos reunidos para una inauguración.
Inés, una de las niñas que participó del proyecto, recorría el mural con una mezcla de sorpresa y orgullo. En los talleres había dibujado una ronda de chicos leyendo. Al pasar ese boceto a la pared, uno de los personajes terminó pareciéndose a Laura, una de las promotoras de lectura de la biblioteca.
—Cuando llegué ya estaban nuestras ilustraciones en la pared. Empezamos pintando la ropa, después la cara, el pelo y, al final, los detalles.
Recordó el proceso como si todavía estuviera frente al muro.
—Me encantó. Siempre tienen ideas muy lindas. Hace un tiempo habíamos hecho una huerta; ahora esto. Y está bueno que participemos los chicos junto con las abuelas y que todo tenga que ver con los juegos.
A pocos metros, Mari Pintus seguía recorriendo la obra como quien vuelve sobre una conversación que todavía continúa. Cada escena tenía detrás una historia escuchada durante los talleres.
La pesca de ranas nació de los relatos sobre las antiguas inundaciones y la laguna del Lolo. Los barriletes aparecieron porque muchos abuelos recordaban haberlos construido con hojas de diario cuando no había dinero para comprar juguetes. Las bolitas, la rayuela, la soga, el elástico y los picados también encontraron su lugar en la pared.
Frente al dibujo de la laguna, un vecino interrumpió la charla.
—Yo jugaba ahí.
No agregó nada más.
Tampoco hacía falta.
El mural ya estaba haciendo aquello para lo que había sido pensado: devolver historias a quienes las habían vivido y despertar la curiosidad de quienes las escuchaban por primera vez.
Desde ese sábado, quienes pasen por Presidente Perón y Rouillón encontrarán mucho más que una obra de arte. Verán una esquina donde las calles llevan nombres de escritores, donde los barriletes siguen volando, donde las bicicletas recuerdan a los ausentes y donde un "Te quiero, abuela" quedó escrito para siempre sobre el cemento.
Hace apenas unas semanas, ese muro era una superficie vacía donde empezaban a aparecer los primeros fondos de color. Hoy es un mapa afectivo del oeste rosarino. Un mapa donde las calles llevan nombres elegidos por las infancias, donde los recuerdos de los abuelos encontraron un lugar junto a los juegos de hoy y donde la literatura dejó de estar encerrada en los libros para ocupar una esquina entera.
Quizás esa sea la mayor conquista de la Biblioteca Popular Cachilo: no haber terminado un mural, sino haber conseguido que una pared empezara a hacer preguntas.
¿Quién fue Rodolfo Walsh?
¿Por qué hay bicicletas?
¿Dónde quedaba la laguna?
¿Quién era Bartolo?
¿Por qué esos barriletes están hechos con diarios?
Cada respuesta volverá a poner en circulación una historia, un libro, un recuerdo o una conversación.
Desde ese sábado, esa memoria dejó de pertenecer solamente a quienes habían participado de los talleres. Pasó a formar parte del paisaje cotidiano del barrio.
El acto fue terminando de a poco, como terminan las reuniones de barrio: nadie parecía tener apuro por irse. Algunos seguían buscando un dibujo conocido; otros se detenían frente a la laguna, las vías del tren o las bicicletas. Los chicos señalaban con orgullo las figuras que alguna vez habían dibujado sobre una hoja y ahora ocupaban varios metros de pared. Los más grandes encontraban, entre colores y juegos, escenas que también les pertenecían.
La tarde seguía siendo gris y fría.
Sobre el mural, sin embargo, brillaba un sol enorme, como esos que dibujan los chicos sin preocuparse demasiado por el pronóstico.
Porque algunas paredes dividen.
Otras, como esta, aprendieron a reunir.Ver también: Memorias colectivas sobre una pared: la revolución barrial de la Biblioteca Popular Cachilo
Fotos: Amalia Di Santo


























