martes, 3 de marzo de 2026

Scaglione y Manzano desembarcan en España: se asocian con accionistas de Prisa para competir por una nueva señal de TV

Un consorcio, integrado por un grupo de socios españoles de Prisa y por el grupo propietario de Telefe, ha concurrido al concurso público de televisión en abierto convocado en España, donde pretenden crear una cadena dedicada íntegramente a actualidad, según han desvelado a EFE este martes fuentes conocedoras.

El consorcio se presenta con el nombre de SIETE un acrónimo que significa Servicios Integrados de Entretenimiento Televisivo y está conformado por un grupo de accionistas españoles que tienen un 15 % de Prisa y por el grupo Telefe, que participa en un 25 %, según las fuentes.

Cadena dedicada íntegramente a la actualidad
Lo que pretende es crear una cadena dedicada íntegramente a la actualidad y, a falta de decidirse el nombre definitivo, las fuentes apuntan a que es posible que sea La Séptima.

Telefe es la cadena líder de TV en Argentina, que pertenecía al grupo Paramount Skydance y que fue comprada el año pasado por los empresarios Gustavo Scaglione, dueño de Televisión Litoral y el Multimedios La Capital, entre otros, y José Luis Manzano.

Este grupo de accionistas, que tienen un 15 % de Prisa, están liderados por Andrés Varela Entrecanales, que a su vez lidera el grupo Alconaba, que tiene alrededor de un 7 % de Prisa.

Sin embargo, grupo Alconaba como tal no participa en este consorcio.

Telefe es la cadena líder en televisión abierta en Argentina.

López confirma que se presentan Mediaset y SIETE
El ministro de Transformación Digital y para la Función Pública, Óscar López, ha confirmado este lunes que las dos empresas que se han presentado al concurso público para la televisión digital terrestre en abierto son Mediaset y "un operador nuevo", llamado SIETE.

El ministro, que ha comparecido este martes en el Pabellón España, de red.es, en el MWC de Barcelona, no ha dado más detalles sobre este proceso, ni sobre quiénes integran SIETE.

Antes de que se cerrara el plazo para concurrir a este concurso, este grupo de accionistas españoles de Prisa habían planteado que se presentarían al concurso si lo hacían con algún grupo internacional de referencia. Tras los contactos con posibles socios, finalmente llegaron a un acuerdo con el grupo Telefe.

Este grupo de accionistas decidió concurrir después de que Prisa rechazara el pasado mes de febrero un proyecto de TV para concurrir a este concurso, en un proceso que culminó con la dimisión del presidente de Prisa Media, Carlos Núñez.

Plan técnico de la televisión digital terrestre
El nuevo canal se enmarca en el plan técnico de la televisión digital terrestre (TDT), que se aprobó en 2025 para adaptarse a los estándares digitales y que contempla la adjudicación, mediante un concurso público, de una nueva licencia para un canal de televisión en abierto.

Este plan tuvo que ser actualizado como consecuencia del cambio tecnológico que se ha producido en España, después de que todas las emisiones de la TDT hayan pasado a ser de alta definición.

Cuanto mejor es la tecnología, se requiere menos espectro radioeléctrico y el espacio que se libera debe ocuparse, ya que la legislación española establece que no puede haber espacio libre.

La resolución del concurso tiene un plazo de 1 año a contar desde el pasado 15 de octubre y, una vez se adjudique la licencia, el ganador tendrá que iniciar las emisiones en el plazo máximo de seis meses. La adjudicación del canal será para un período de quince años, susceptible de prorrogarse otros tantos, según las bases de la convocatoria publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) por el Ministerio de Transformación Digital y para la Función Pública.

Con respecto a este anuncio de que accionistas rebeldes de Prisa están entre los aspirantes a hacerse con el nuevo canal, el presidente del grupo, Joseph Oughourlian, ha asegurado este martes que desechó la posibilidad de optar a un canal de televisión en abierto en España porque "La TDT española es ruinosa. La milonga que nos vendieron no existe. Estoy esperando que vengan y me digan que tenía razón" y ha defendido que no ha recibido "ofertas importantes" por Prisa", dijo. De esta manera, Oughourlian arremetió sobre el plan de los "accionistas rebeldes" sobre la licitación de un canal de la TDT que provocó una reestructuración dentro de PRISA Media, entre ellos la salida de Carlos Núñez (ex CEO) o Pepa Bueno (directora de El País), entre otros pesos pesados del organigrama.

Justo hoy se conocía que un consorcio formado por un grupo de accionistas con el 15% de PRISA, liderados por Andrés Varela Entrecanales, junto a accionistas de Telefe, irán al concurso de una de las cadenas de TDT que licenciará el Gobierno de Pedro Sánchez.

Oughourlian ha destacado que no duda de que su relación con esos socios de la compañía va a "mejorar mucho, sobre todo si se hacen con ese canal", porque se darán cuenta. "Estoy deseando que se adjudiquen el canal, que se lo lleven con su dinero, no con el mío, y que vean la dificultad de operar un nuevo canal de televisión", ha incidido Oughourlian.
Fuentes: Agencia EFE, Señales

lunes, 2 de marzo de 2026

Ciencia In-Sumisa: universidad pública, censura y disputa por el conocimiento

El miércoles 25 de febrero se presentó Ciencia In-Sumisa en el Salón de los Espejos de la Sede de la UNR (Maipú 1065). La actividad reunió a docentes, investigadores, estudiantes y público general en un espacio de intercambio y reflexión colectiva. El libro, escrito por Guillermo Folguera, Damián Verzeñassi, Paula Blois, Alejandro Vallini y Lisandro Ferrazini, cuenta con prólogo de Anabel Pomar y fue editado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario. En Señales repasamos las intervenciones de los autores y los principales temas abordados durante la presentación.

Esa tarde, el médico Damián Verzeñassi —especialista en medicina integral y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario— habló con la seguridad de quien ve la ciencia no como algo neutral, sino como una herramienta política, y lo dice sin vueltas. Desde el primer momento, dejó en claro que esto no era solo la presentación de un libro. Era un acto colectivo, algo que iba mucho más allá.

Dijo que para quienes impulsaron la obra era una enorme alegría compartir ese momento en la casa que sienten propia: la Universidad Pública de Rosario, la Universidad Nacional de Rosario. La definió como una institución que alberga todas las voces y que permite que quienes practican una ciencia crítica —una ciencia que pone en discusión los modelos hegemónicos— puedan hacerlo con libertad, incluso en un espacio tan simbólico como la sede de gobierno universitario. Allí, subrayó, presentar Ciencia In-Sumisa era también una declaración.

El libro, explicó, tiene un recorrido propio de lo que llamó "ciencia digna en estos tiempos". Fue concebido como una herramienta para las comunidades, para los pueblos que defienden sus territorios frente al avance de modelos agroindustriales "adictos a venenos" y a tecnologías que, sostuvo, ponen en riesgo la habitabilidad. No habló en abstracto: recordó que al día siguiente el Senado de la Nación pretendía discutir la Ley de Glaciares, una norma que consideró extraordinaria para el país. Que una universidad pública ofreciera ese espacio de debate, señaló, también era una forma de defender tanto la educación pública como un sistema jurídico que garantice el derecho a vivir dignamente.

Antes de ceder la palabra, hizo una pausa para agradecer una presencia que juzgó fundamental. Aunque —aclaró— él mismo había pedido que no se lo mencionara porque debía viajar de inmediato a Buenos Aires, Verzeñassi quiso reconocer al rector de la Universidad Nacional de Rosario y vicepresidente del Consejo Interuniversitario Nacional, el profesor Pablo Franco Bartolacci, por haber demorado su partida para acompañar la presentación. Le agradeció no solo la presencia, sino haber permitido que la UNR, a través del Centro de Estudios Interdisciplinarios y su espacio editorial, publicara el libro. Extendió el reconocimiento al profesor Darío Maiorana, director del Centro, por impulsar la edición.

En ese contexto, la presentación adquiría otra dimensión. Verzeñassi vinculó la defensa de los glaciares con la pelea por el financiamiento universitario. Recordó que la ley de financiamiento aprobada por el Parlamento, fruto de la resistencia y la lucha social, volvía a estar en jaque por decisiones del gobierno actual. No era casualidad —advirtió— que los mismos actores que impulsan reformas regresivas en materia laboral intentaran también avanzar sobre normas que protegen los glaciares, fundamentales para garantizar el derecho al agua dulce, y sobre el presupuesto universitario. Ahogar financieramente a las universidades, señaló, es limitar la posibilidad de producir conocimiento científico al servicio de la sociedad y de generar espacios como el que esa tarde reunía a la comunidad académica y a organizaciones sociales.

La escena, entonces, no era solo académica: era política en el sentido de la defensa de derechos. Verzeñassi agradeció nuevamente al rector y al público, consciente de que la disputa por el sentido de la ciencia y por el rol de la universidad pública se libra también en actos como ese.
Ciencia, poder y nombres propios
Luego llegó el turno de la periodista Anabel Pomar, licenciada en Comunicación Social, especializada en temáticas ambientales y autora del prólogo del libro. Desde el comienzo habló atravesada por la emoción. Confesó que el momento la conmovía profundamente, que se le mezclaban sensaciones y también tristezas, pero que la reconfortaba la existencia de espacios como ese y la presencia de quienes acompañan la lucha de los pueblos fumigados.

Se presentó no solo como periodista ambiental, formada en la universidad pública —"soy periodista gracias a eso", dijo— sino también como vecina fumigada. Celebró que la misma universidad que la formó decidiera publicar un libro sobre una problemática que la afecta en carne propia y sobre la que, además, informa. En ella, explicó, los roles de periodista y activista se entrelazan: los textos que integran el libro le permiten contar mejor lo que ocurre en los territorios y, al mismo tiempo, elaborar estrategias más sólidas para exigir lo que considera urgente e impostergable: que cesen las fumigaciones y el envenenamiento.

Recordó el momento en que le propusieron escribir el prólogo. La noticia la impactó, pero el contexto le dio aún más sentido: supo que se trataba de dos textos que otra universidad había censurado. Como periodista y activista, dijo, no dudó en aceptar. Para ella era un honor personal, pero también una oportunidad de acompañar a quienes no se callan y de confrontar aquello que intentó silenciarse.

Se preguntó qué era lo que generaba tanto temor en quienes buscaron censurar. Uno de los artículos cuestionados mencionaba a la empresa Syngenta como una corporación que se enriquece vendiendo venenos. Pomar fue tajante: no había allí ninguna falsedad. El texto, explicó, entrevistaba al entonces CEO de la compañía transnacional, Antonio Aracre, cuya actividad principal es la comercialización de agroquímicos, algunos de los cuales —señaló— están prohibidos en otros países por su peligrosidad, aunque se utilizan en Argentina.

La censura pretendía, en definitiva, que no se mencionara esa responsabilidad. Pomar aprovechó la tribuna para reiterarlo: Syngenta se enriquece vendiendo venenos que dañan los territorios, y Aracre, como CEO en ese momento, es responsable de esa política empresarial. Nombrar, insistió, es un acto de honestidad periodística.

Esa tarde, bajo el techo de la universidad pública, el libro dejó de ser solo un objeto impreso para convertirse en símbolo. En las palabras de Verzeñassi y Pomar, la ciencia crítica, el periodismo ambiental y la defensa de los territorios aparecieron entrelazados en una misma trama: la disputa por el derecho a la salud, al agua, a la información y a una universidad que no renuncie a incomodar al poder.

Paula Blois retomó la palabra con una pregunta que, más que académica, sonó existencial. Se preguntó por qué, si la intención era ofrecer una mirada crítica, no podían sostenerse nombres y apellidos que —según dijo— eran irreemplazables. Si se está hablando de daños concretos, de enfermedades, de muertes, ¿cómo aceptar que no se pueda nombrar a quienes ocupan lugares de responsabilidad? Incluso atendiendo a las reglas epistemológicas y metodológicas de las ciencias sociales, la prohibición le resultaba inquietante.

Confesó que la interpelaba especialmente por su propia formación. Sospechaba que para algunos colegas no era un asunto grave: el texto seguiría siendo crítico y denunciaría igual, aun sin nombres propios. Tal vez —arriesgó— muchos pensaron que se trataba de un capricho. Que podían quitarse los nombres y publicar sin mayores conflictos. Lamentó que el artículo tuviera que quedar afuera, aunque comprendía que otros autores hubieran decidido continuar con la publicación. De hecho, el libro colectivo finalmente vio la luz bajo el título Bienestar, Ambiente y Agronegocio.

Sin embargo, para Blois el punto era otro y más profundo: revisar para qué y por qué se investiga. Son preguntas que, dijo, suelen aparecer en las aulas, en el debate cotidiano, pero que al momento de llevar adelante un trabajo "en serio" parecen ceder frente a otras prioridades. Ganan las reglas que tranquilizan conciencias, que permiten cumplir con protocolos formales y evitar conflictos. Gana, quizás, la idea de que transformar la realidad no es parte de la labor académica. Esa noción —advirtió— también forma parte de la formación en ciencias sociales y debería ser revisada.

En ese sentido, Ciencia In-Sumisa representaba algo más que la publicación de dos artículos excluidos. Era el resultado de una censura, sí, pero también de una decisión consciente: no ser parte de ese mecanismo. Para Blois, aceptar ciertas condiciones implica volverse funcional, cómplice. Intentó definir esa sensación con una palabra que se le escapó por un momento y que, cuando finalmente apareció, condensó su crítica: "parasitaria". Le daba la impresión de que ciertos análisis académicos terminan siendo parasitarios de la realidad: viven de ella, la describen, pero no hacen nada por transformarla.

Con esa reflexión, cedió el micrófono a su compañero Guillermo Folguera.

Folguera comenzó agradeciendo. Dijo que era una alegría estar allí, aun cuando la censura hubiera sido el camino que los llevó a ese encuentro. Agradeció a la Universidad Nacional de Rosario, al Grupo de Salud Socioambiental, a quienes hicieron posible la actividad y hasta a quienes los acercaron en auto. El tono combinaba gratitud con una indignación que no intentó disimular.

Anunció que quería compartir dos anécdotas breves, atravesadas por el enojo pero también por la convicción de que lo ocurrido podía convertirse en semilla de otras cosas. Recordó que el libro Veneno abre con una escena que, meses después, cobraría un significado todavía más elocuente.
Cuando la ciencia incomoda
Cuando, junto a Blois, fueron a entrevistar a Antonio Aracre —entonces CEO de Syngenta, antes de desempeñarse como jefe de asesores del gobierno de Alberto Fernández y antes de convertirse en panelista en medios afines a Javier Milei—, el empresario sabía que uno de los temas centrales sería la atrazina. No se trataba de un detalle técnico: en ámbitos médicos, recordó Folguera, la sustancia está asociada al cáncer de mama. Todos, dijo, conocen a alguien que padeció o murió por esa enfermedad; el dolor y la rabia que provoca no son abstracciones.

Al entrar a la oficina, Aracre les ofreció café. Ante la negativa, lanzó una frase que pretendía ser un chiste: "Miren que no tiene atrazina". Folguera lo definió sin eufemismos como un chiste inadmisible. En esa ligereza —reflexionó— había algo más que torpeza: la manifestación de alguien que se permite banalizar lo que para otros es tragedia.

Meses más tarde, durante una gira de presentaciones que los llevó por unas cincuenta localidades —incluida Rosario—, la censura volvió a hacerse presente de otra forma. En Concepción del Uruguay, mientras difundían Veneno y cerraban los encuentros con la lectura de una carta que Meche había escrito a Antonella para dar voz a víctimas directas de los agrotóxicos, recibieron la noticia de que el Consejo General de Educación de la provincia de Entre Ríos prohibía la charla.

La actividad finalmente se realizó de manera clandestina, con más de cuatrocientas personas. Hubo que cambiar de escuela: la directora de la institución prevista inicialmente decidió no ceder el espacio. Otra directora, en cambio, sí lo hizo. Pero las presiones no terminaron allí. Cada docente que planeaba asistir recibió llamados del Consejo General de Educación advirtiendo que, de participar, sería sumariado.

Para Folguera, esas escenas —el chiste liviano en una oficina corporativa y la prohibición de una charla en una escuela pública— no eran episodios aislados. Eran expresiones de una misma trama donde el conocimiento, cuando incomoda, encuentra límites impuestos por el poder. Y, al mismo tiempo, demostraban que frente a cada intento de silenciamiento surge también una red de complicidades virtuosas: docentes que abren puertas, comunidades que se organizan, universidades que sostienen espacios insumisos.

Guillermo Folguera retomó el hilo con una imagen contundente: hasta Concepción del Uruguay llegaban —dijo— los tentáculos de Syngenta y del agronegocio. No era una metáfora exagerada. Lo demostraba, según él, lo que había ocurrido con el artículo que dio origen a Veneno.

El texto ya había atravesado todo el proceso de evaluación académica cuando, desde la Editorial Teseo —que había asumido la publicación del libro colectivo dirigido por integrantes de la Universidad Nacional de Quilmes— llegó el correo final. Folguera admitió que poco sabía sobre la editorial, más allá de tener algún ejemplar en su biblioteca. Pero fue esa editorial la que comunicó lo que Paula Blois ya había detallado: si no eliminaban los nombres de Syngenta y de Antonio Aracre, el artículo no podía formar parte del libro.

Frente a ese ultimátum, recordó, se miraron y se hicieron una pregunta elemental: si se borraban los nombres, ¿qué sentido tenía el artículo? Cambiar Syngenta por "Batata" y Aracre por "Lauchín" —ironizó— vaciaba de contenido político el trabajo. Y sin esa dimensión, perdía también su potencia transformadora. ¿Qué les estaban pidiendo realmente? ¿Qué idea de ciencia sostenían quienes avalaban esa decisión?

La pregunta se amplió. No solo interpelaba a la editorial, sino también a los coordinadores académicos y a los colegas —muchos de ellos amigos— que optaron por continuar con la publicación aun sin ese capítulo. ¿Qué imaginan que es la actividad científica?, se preguntó. ¿A quién le sirve una ciencia que debe callar nombres propios?

Folguera deslizó que no esperaba nada de Syngenta en ese episodio. Dudaba incluso de que hubiera mediado un llamado telefónico directo. Le parecía más probable un mecanismo de autocensura, de temor internalizado. "No necesitan llamar", sugirió: los tentáculos se anticipan. De Aracre, dijo, tal vez sí se enteró, pero lo describió como alguien que sigue su camino, ganando dinero y hablando para quien pague mejor. De Teseo, insistió, poco podía decir.

La interpelación más dura la dirigió hacia la universidad pública involucrada. ¿Qué hace una universidad nacional, con investigadores del Conicet de todo el país, que presenta un libro como herramienta clave de lucha contra el agronegocio, exigiendo borrar nombres propios y desactivar el contenido político básico de un artículo? La pregunta no buscaba un culpable individual, sino exponer una concepción de ciencia.
¿Qué ciencia tenemos y cuál necesitamos?
De allí pasó a un plano más amplio. ¿Qué ciencia tenemos y qué ciencia necesitamos, en tiempos de Javier Milei y más allá de Milei? Habló del desfinanciamiento y del achicamiento del Estado, pero también de algo más sutil: un proceso de domesticación. Según él, la derecha argentina —a veces explícita, a veces camuflada en versiones más moderadas o incluso en el progresismo— ha sabido operar en ese terreno.

Nombró entonces a Lino Barañao, ex ministro de Ciencia y Tecnología, y recordó declaraciones en las que sostenía que el compromiso ético de un científico era crear una empresa y poner su trabajo al servicio del mercado. También evocó la exaltación de Bioceres como emblema de la producción científica de las últimas décadas, una compañía vinculada a figuras como Hugo Sigman y Gustavo Grobocopatel, y asociada al desarrollo del trigo transgénico HB4.

Para Folguera, Bioceres hizo negocios durante años utilizando infraestructura y recursos humanos del Conicet y de universidades públicas —mencionó especialmente a la Universidad Nacional del Litoral— para luego capitalizar esos desarrollos en el mercado. Denunció el impacto ambiental de esa tecnología y el avance del desmonte en un país que describió como ya devastado. A su juicio, el balance de esa alianza entre ciencia pública y negocio privado merecería responsabilidades mucho más severas.

Pero su intervención no quedó solo en la denuncia. Señaló que, por suerte, no todo es eso. Frente a esa concepción de ciencia orientada al mercado, existe otra. Existe un Grupo de Salud Socioambiental que, al enterarse de las condiciones impuestas, dijo "no es con nosotros". Y existe una universidad pública que abre sus puertas para que esos debates se den sin tachaduras ni eufemismos.

En esa tensión —entre una ciencia domesticada y otra que se asume insumisa— Folguera situó el sentido profundo del libro presentado esa tarde. No era solo una compilación de artículos excluidos: era una toma de posición sobre qué conocimiento producir, para quién y con qué consecuencias.

Guillermo Folguera cerró su intervención ampliando el horizonte. Dijo que, frente a la trama de silenciamientos y presiones, también existen otras presencias: "hay Anabeles, hay Meches, hay Sabrinas, hay Paren de Fumigar, hay otras cosas". No todo es captura corporativa; hay resistencias, hay comunidades organizadas, remarcó.

Sostuvo que la ciencia se debe —hacia adentro y hacia afuera— una conversación seria y franca que trascienda la discusión meramente presupuestaria, la pregunta por de dónde salen los recursos. Recordó entonces una anécdota compartida el día anterior en otra charla, que para él sintetizaba el núcleo del debate.

En la Universidad Nacional de Catamarca, alguien le preguntó al investigador Horacio Machado Aráoz, referente en estudios críticos sobre extractivismo, cuándo iba a cambiar la ciencia. La respuesta fue directa: cambiará cuando cambien los científicos y las científicas; cuando la sociedad los tome del cogote y los obligue a hacerlo. Folguera retomó esa idea para proponer una ciencia de puertas abiertas, en diálogo real con la sociedad.

Celebró que el rector hubiera apoyado la actividad y que el debate se diera en una universidad pública. Pero insistió en que el desafío es más profundo: revisar no solo las fuentes de financiamiento, sino la propia lógica de autorreproducción académica. Aprender a escuchar a las víctimas, a quienes han sido despojados por lo que llamó un modelo de muerte. Mirar críticamente el pasado, revisar el presente y proyectar el futuro con una convicción clara: ninguna censura puede conducir a buen puerto.

Tras ese cierre, tomó la palabra Alejandro Vallini, médico pediatra e integrante de la Comisión de Salud Socioambiental de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud, coautor —junto a Alessandro Farracini— del segundo capítulo de Ciencia In-Sumisa.

Vallini comenzó con una confesión que descomprimió el ambiente: le cuesta muchísimo hablar en público. Cada duda o pausa, pidió, debía leerse en esa clave. Tenía previsto presentar el contenido del capítulo de manera más ordenada, pero las intervenciones previas lo llevaron a otro punto de partida.

Cuando fueron convocados a escribir, explicó, la invitación llegó al Instituto de Salud Socioambiental por el recorrido realizado con los campamentos sanitarios y por su forma particular de analizar los problemas de salud. La primera reunión fue virtual. Desde el inicio, aclaró, nunca fue un objetivo del equipo producir una publicación científica en los términos clásicos de la ciencia formal. Para ellos, lo central era generar información a partir del conocimiento que ya tenían las poblaciones relevadas.
No necesitamos más papers, necesitamos herramientas
Su propuesta inicial fue concreta: poner en una publicación académica el trabajo realizado en cuarenta localidades durante diez años, relevando perfiles de morbi-mortalidad referida. No por el prestigio de publicar, sino porque una universidad pública podía ofrecer la plataforma ideal para visibilizar las voces de quienes abrieron sus puertas y respondieron preguntas sobre sus padecimientos.

Allí enlazó con la discusión sobre lo "funcional" que puede volverse incluso una publicación crítica. La respuesta que recibieron fue clara: necesitaban "datos científicos duros". En términos prácticos, se les pedía identificar qué agrotóxico causaba qué daño específico en la salud.

Desde su perspectiva, ese encuadre resultaba insuficiente. La salud —explicó— es mucho más que el hecho fenoménico de la enfermedad. En esa misma reunión intentaron explicitar que su abordaje se inscribe en la salud comunitaria, en la epidemiología crítica, en una mirada socioambiental que entiende los problemas como complejos.

Si se reduce el análisis al binomio veneno-enfermedad, advirtió, se invisibiliza el entramado más amplio del impacto del agronegocio. ¿Cómo medir, por ejemplo, el costo en términos de salud del calentamiento global, que la Organización Mundial de la Salud proyecta como uno de los principales desafíos sanitarios hacia 2050? ¿Qué indicador captura el miedo de un niño que escucha el motor de un avión fumigador y se encierra, sin poder jugar en el patio de la escuela? ¿Cómo se cuantifica el deterioro del tejido social, el conflicto interpersonal, la violencia institucional o el sufrimiento compartido por quien padece y quien acompaña?

Esa complejidad —evocó, citando a Jaime Breilh— acerca a las comunidades al polo de la enfermedad y las aleja del polo de la salud. Pero no puede medirse si se limita la discusión a la relación lineal entre tóxico y patología. La reunión, sin embargo, terminó con una consigna reiterada: se necesitan datos duros.

Ante eso, decidieron escribir lo que consideraban necesario escribir. El artículo, explicó Vallini, avanza precisamente sobre esa tensión. Critica con dureza la cooptación de agencias reguladoras, de poderes estatales y de mecanismos formales de investigación por parte del poder económico y corporativo de las empresas que sostienen el agronegocio.

Así, el segundo capítulo no solo discute sustancias o estadísticas, sino el modo en que se produce conocimiento y quién define qué cuenta como evidencia válida. En esa disputa, como a lo largo de toda la jornada, volvió a aparecer la misma pregunta de fondo: ¿para quién y para qué se hace ciencia?

Alejandro Vallini profundizó entonces en el núcleo crítico de su capítulo. Explicó que, a través de ejemplos concretos, describen cómo las corporaciones desacreditan a investigadores que se animan a alzar la voz. No se trata solo de censuras explícitas —como la exclusión de un artículo o la exigencia de borrar nombres propios—, sino también de mecanismos más sutiles: la autocensura, la delimitación de líneas de financiamiento, la definición de qué temas reciben apoyo y cuáles quedan al margen.

Recordó que, dentro de los sistemas formales de investigación, nadie es completamente libre de investigar lo que desea. Sin financiamiento no hay proyectos, y las prioridades de financiamiento no son neutras. A lo largo del capítulo, señaló, intentaron poner en discusión cuál es la ciencia que hoy rige y sobre la que se apoyan los organismos reguladores para decidir qué sustancias se aprueban y cuáles no.

El texto recorre aspectos duros de la toxicología clásica y la contrapone con perspectivas críticas. Y, aunque el artículo es severo en su cuestionamiento, fue construido —subrayó— cumpliendo los estándares académicos exigidos. Decidieron demostrar, con evidencia publicada y validada por la ciencia hegemónica, la relación entre determinados grupos de enfermedades y la exposición a ciertos productos químicos.

No eligieron esas patologías al azar ni por ser las más citadas en la bibliografía. Las seleccionaron porque, a lo largo de cuarenta campamentos sanitarios, fueron las que las comunidades señalaban como más significativas en su experiencia cotidiana. Había, dijo, una necesidad ética de devolverles al menos un texto académico donde pudieran encontrar alguna explicación —según lo que la propia ciencia reconoce— de lo que estaban viviendo.

Ese era el recorrido del artículo. Y, precisamente por ser tan crítico con los procesos de construcción de la "verdad única" aceptada científicamente, no podían permitir que formara parte de un libro que reproducía, en los hechos, aquello que denunciaba. Lo que estaba ocurriendo —fuera por autocensura editorial, por presión externa o por temor internalizado— era una demostración del poder corporativo operando sobre la producción de conocimiento. Éticamente, concluyó, no podían avalarlo con su participación.

Invitó a leer el texto. Intentaron escribirlo en un lenguaje accesible, replicable, para que quienes durante diez años les abrieron las puertas sintieran que alguien los escucha desde la universidad pública. Habló desde su identidad: docente universitario y médico de hospital público. Su investigación, afirmó, nace de lo que les sucede a esas personas y del intento de transformar una realidad que hoy las hace padecer.

Tras su intervención, Verzeñassi retomó la palabra para subrayar el proceso colectivo detrás del capítulo. Recordó que ninguno de los miembros del Instituto de Salud Socioambiental pertenece a la carrera de investigador del Conicet. En el mundo académico, dijo, eso implica no formar parte de la "primera clase" universitaria. Por eso, recibir la invitación de un equipo de investigadores del Conicet —con trayectoria reconocida— para integrar un libro colectivo fue una sorpresa y un honor. También un desafío: estar a la altura.

En las primeras reuniones, cuando les respondieron que lo que proponían era interesante pero que necesitaban "ciencia" en el sentido más clásico del término, se abrió otra pregunta: ¿cómo escribir en los códigos de la ciencia hegemónica sin renunciar a lo que querían decir? No estaban formados —ni habían elegido formarse— para producir artículos en el molde de la "ciencia normal". Sin embargo, asumieron el reto.

Destacó especialmente el trabajo riguroso de búsqueda de bibliografía científica validada, capaz de sostener con estándares formales las relaciones entre problemas de salud y sustancias químicas. Información que existe, que está publicada, pero que muchas veces queda confinada a escritorios y computadoras de equipos de investigación, sin traducirse en decisiones políticas.

Después de múltiples correcciones, recibieron la confirmación: ahora sí el texto tenía los "datos duros" requeridos. La expectativa de publicar en ese libro era grande. Por eso, cuando llegó el aviso de que se exigía eliminar nombres propios y alterar el contenido de otro capítulo que denunciaba mecanismos de cooptación y silenciamiento, no hubo dudas. No podían permitir que su propio trabajo apareciera en un libro que, en la práctica, se convertía en ejemplo de aquello que estaban criticando.

Así, la decisión de retirarse no fue impulsiva, sino coherente con el diagnóstico que el mismo capítulo formulaba: que la disputa por la verdad científica no es solo teórica, sino atravesada por relaciones de poder que condicionan qué puede decirse, cómo y hasta dónde.

El cierre avanzó sobre un punto sensible. Aclaró que está convencido de que ni Antonio Aracre ni Syngenta tenían siquiera conocimiento del libro para el que habían sido convocados. La decisión —según quedó explícito en un intercambio— fue de la propia editorial, que argumentó no poder arriesgarse a futuras demandas. "Funciona así", dijo. También funciona así: el temor a litigios como mecanismo disciplinador.

Lisandro Ferrazini, el tercer autor del capítulo, no pudo estar presente porque se encontraba cursando su residencia en cardiología. Pero, subrayó, entre los tres no hubo ninguna vacilación. No hicieron una reunión para deliberar qué convenía hacer. La conversación fue breve: ocurrió esto, y la respuesta fue unánime. No había nada que discutir. La única pregunta fue si ya se había avisado que el capítulo no se publicaría.

Quiso destacar públicamente esa convicción compartida. Para él, es un honor transitar la vida con compañeros y compañeras cuya coherencia está tan profundamente arraigada.
Un libro que es toma de posición
Después vino la pregunta práctica: ¿qué hacer? Mientras Guillermo y Paula evaluaban la posibilidad de enviar su artículo a alguna revista —porque, como investigadores, también necesitan publicar—, él propuso esperar un poco. Si podían ganar tiempo, tal vez podrían editar un libro propio, aunque fuera con solo dos capítulos. La ventaja de no pertenecer al circuito académico tradicional, bromeó, es poder darse el lujo de afirmar que dos capítulos alcanzan para hacer un libro. Le sumaron un prólogo y quedó completo.

Gabriel Keppl, otro integrante del instituto, asumió con enorme generosidad la edición y el diseño de la tapa. Luego surgió otra idea: ¿por qué no proponer la publicación a la universidad? Se contactaron con el director del Centro de Estudios Interdisciplinarios, Darío Maiorana, y le explicaron el recorrido del proyecto. No tenían recursos para imprimirlo, pero preguntaron si era posible una edición digital.

La respuesta fue afirmativa. Y hubo un gesto que consideró necesario reconocer: ante la sugerencia de que quizá quisiera leer el texto antes de decidir, la respuesta fue que no hacía falta; que enviaran el original y se publicaría. En un contexto donde abundan presiones y cautelas, ese respaldo institucional resultó significativo. Más aún cuando, al informarle al rector que el libro saldría con esas características, la decisión fue acompañada sin condiciones.

No quiso extenderse sobre el contenido del libro, sino subrayar lo que esa cadena de decisiones permitió: construir colectivamente una ciencia digna, al servicio de las comunidades, que no se arrodille ante las corporaciones y que esté dispuesta a dar la discusión crítica desde el interior mismo del sistema tecnocientífico.

Así nació Ciencia In-Sumisa. El título, contó, surgió casi como un juego de palabras que condensaba varias ideas. Pero el propósito fue claro desde el inicio: que el trabajo de ambos equipos no quedara archivado como un "paper" más para engrosar currículums y evaluaciones, sino que se transformara en herramienta.

Una herramienta para comunidades que muchas veces luchan en soledad. Para aquellas que, en algunos casos, logran el acompañamiento de abogados y abogadas comprometidos en procesos judiciales. Una herramienta que les permita acceder a información científica, sostener argumentos y reclamar que quienes padecen problemas de salud en territorios afectados por fumigaciones y agronegocios sean reconocidos como víctimas de un modelo que —concluyó— los ha puesto a todos dentro de una lógica profundamente dañina.

El cierre retomó el sentido político y ético del proyecto. Ciencia In-Sumisa, dijo, es en realidad una oferta que hacen desde la universidad pública a quienes consideran su verdadera razón de ser. Recordó que, cuando eran estudiantes, con cierta soberbia juvenil afirmaban que la universidad existía para los estudiantes. Hoy, con otra perspectiva, piden disculpas por aquella afirmación: la razón de ser de la universidad pública es el pueblo, la comunidad, los pueblos que resisten en soledad en territorios que están perdiendo habitabilidad.

Agradeció a cada persona presente, y especialmente a Anabel por el prólogo —ese texto sobre los "tentáculos" que los conmovió hasta las lágrimas—, a Guillermo y a Paula por la confianza, la espera y el acompañamiento en todo el proceso. Extendió el reconocimiento a todo el equipo de Salud Socioambiental, y realizó una mención especial a Mercedes "Meche" Méndez, enfermera del Hospital Garrahan y referente de la lucha y la dignidad de los trabajadores y trabajadoras de la salud, destacando el rol clave que cumple esa institución y su comunidad laboral en el cuidado de quienes han perdido la salud.

También agradeció la presencia de Carlos González Quintana, uno de los abogados que impulsa el juicio por las fumigaciones en Pergamino, un proceso que no apunta solo contra aplicadores directos sino contra toda la cadena de responsabilidades que permitió la exposición y el daño a vecinos y vecinas. El libro —subrayó— fue pensado como una herramienta que ojalá fortalezca ese tipo de luchas, ofreciendo respaldo científico a quienes buscan justicia.

Hubo otro reconocimiento significativo: el vínculo reciente con la Federación Argentina Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud. En veintiún años de trayectoria del espacio de Salud Socioambiental, es la primera vez que esa federación —que nuclea a estudiantes de ciencias de la salud interesados en investigación en todo el país— se acerca para formarse también en estos temas. Celebró esa iniciativa, no surgida desde el propio instituto sino desde los y las estudiantes, y agradeció la presencia de su presidente.

La presentación del libro, explicó, forma parte de un conjunto de actividades destinadas a acompañar el desarrollo del juicio en curso. Y, antes de abrir el intercambio de preguntas, remarcó un punto central: como todo lo que han producido, el libro es de acceso gratuito. Puede descargarse desde el repositorio académico de la Universidad Nacional de Rosario. El deseo es que, así como el póster "Cuerpo-Territorio" circuló mucho más allá de lo imaginado, Ciencia In-Sumisa también viaje, se comparta y acompañe a quienes históricamente no solo no han sido escuchados, sino que han sido silenciados y perseguidos.

Con ese llamado a la circulación, al debate y a la construcción colectiva, cerró agradeciendo a todas y todos los presentes.

Escuchá las intervenciones de los autores:

Lee el libro completo:

domingo, 1 de marzo de 2026

El acampe azucarero: despidos, silencio y resistencia en el corazón de Jujuy

Durante más de cien días, frente a los portones del Ingenio Ledesma, un grupo de trabajadores sostiene un acampe que ya se volvió parte del paisaje en el barrio Ingenio Ledesma, en la ciudad de Libertador, Jujuy. Allí, en el ramal jujeño, denuncian despidos arbitrarios, persecución sindical y lo que consideran un silencioso avance contra los derechos laborales. Hablan de complicidad patronal, de abandono estatal y también sindical. Y advierten que lo que ocurre con ellos puede ser el anticipo de la reforma laboral que, temen, terminará amenazando al conjunto de la clase trabajadora.

Leonardo Jerez es uno de los despedidos y una de las voces visibles de la protesta charló con Señales. La comunicación con él no fue sencilla. El sábado anterior había sido imposible establecer contacto. Recién una hora después de terminado el programa logró enviar un mensaje con disculpas: desde temprano un temporal feroz había azotado la zona. La carpa no resistió, estaban completamente mojados, sin luz, sin baterías en los celulares y sin señal. En esas condiciones, cualquier intento de comunicación era inviable. La escena, más que una anécdota, describía con crudeza el día a día del acampe.
Días de resistencia
Cuando finalmente pudo relatar la situación, precisó el número: 113 días de permanencia frente a la fábrica. "Hoy son 113 días de acampe, afuera del ingenio", contó, marcando el tiempo como quien lleva la cuenta de una resistencia prolongada. Sostener la carpa —explicó— es complicado, y lo es aún más en términos económicos. La mayoría de quienes permanecen allí son despedidos; algunos fueron delegados, otros simples trabajadores. Todos atraviesan situaciones difíciles, ya sea por la pérdida del salario o por la desocupación. "Es complicado, es difícil el día a día del acampe azucarero", resumió.

El reclamo es claro: la reincorporación. Buscan que el gobierno intervenga y que la empresa asuma responsabilidades. Para Jerez, resulta inadmisible que "una empresa tan grande como Ledesma despida a trabajadores así, porque sí". Asegura que la mayoría de los despidos fueron sin causa.

Hubo gestiones formales. Presentaron notas ante la empresa y en dos oportunidades ingresaron a dialogar con representantes. La respuesta fue una negativa sostenida en lo que, según les dijeron, es una política interna: no reincorporar. "Ellos no están de acuerdo con una reincorporación, es la política de la empresa", afirmó. También acudieron a la Secretaría de Trabajo provincial. Allí quedaron en llamarlos, en avisarles. Pero la llamada nunca llegó. Hasta ahora, dice Jerez, no hubo ninguna respuesta concreta. Esperan que el Estado propicie una instancia de diálogo y se haga cargo de la "situación de vulnerabilidad total" que atraviesan los despedidos.
La ausencia sindical
El silencio, sostiene, es el dato más elocuente. "El silencio es síntoma de que están vendiendo los derechos de los trabajadores", lanzó, apuntando directamente a la burocracia sindical. En más de tres meses de acampe, asegura, no han recibido apoyo del gremio que los representa, el SOEAIL. Tampoco de los municipios ni del Concejo Deliberante. Sectores que, a su entender, podrían intervenir, pero no lo hacen. Cuando habla de silencio como síntoma, aclara, se refiere a quienes deberían velar por sus derechos y no lo están haciendo.

La cifra que circula ronda los 300 despidos. Según su relato, fueron arbitrarios y persecutorios. Muchos de los afectados estaban vinculados a la actividad sindical o social. "La empresa te marca y te despide", sostiene. No quieren —asegura— personas "revoltosas", término con el que, dice, son señalados internamente quienes reclaman o participan. Algunos trabajadores fueron despedidos con causa, pero Jerez afirma que las acusaciones no existen o carecen de sustento. En su mirada, se trata de una empresa que ejecuta despidos sin medir consecuencias.

En una ciudad como Libertador General San Martín, perder el trabajo no es solo quedarse sin salario: es caer en un vacío que arrastra todo alrededor. Leonardo Jerez lo describe sin rodeos. En el contexto económico actual, dice, quedarse sin empleo "es horrible, no se lo desea a nadie". La pérdida condiciona cada aspecto de la vida cotidiana, más aún cuando las alternativas laborales son, en su mayoría, precarias y en negro.

En el acampe aprendieron a sobrevivir vendiendo comida. Choripanes, pollo, platos caseros que preparan y ofrecen para sostener la protesta. Pero Jerez sabe que esa salida es apenas un paliativo. En la zona, explica, las familias son numerosas y la economía local es frágil. En los pueblos cercanos —donde él mismo vive— la subsistencia depende muchas veces de la pesca, la ganadería, la caza y la agricultura. Sin embargo, denuncia que la propia empresa limita esas prácticas: prohíbe cazar, interviene sobre el uso del agua de los ríos y restringe el acceso a recursos naturales. "Es un combo de cuestiones", resume, porque al despido se suma la imposibilidad de apoyarse en actividades tradicionales para compensar la caída del ingreso.
El efecto dominó en El Ramal
El impacto no se detiene en la puerta de cada casa. Jerez habla de un efecto dominó que recorre toda la región de El Ramal. Un trabajador del Ingenio Ledesma que antes gastaba "diez" en el kiosco o en el mercado del barrio, tras el despido pasa a gastar "dos" o "uno", o directamente deja de comprar. Ese comercio, a su vez, reduce personal. Una madre o un padre que atendía el mostrador pierde su ingreso. Y esa familia, entonces, ya no puede pagar la luz ni comprar útiles escolares. La cadena se multiplica en comunidades pequeñas como El Talar y otras localidades de la zona, donde cincuenta despidos no son un número abstracto sino cincuenta hogares —casi doscientas personas— en situación de vulnerabilidad.

La postal urbana confirma esa saturación: mototaxis, remises, conductores de aplicaciones, puestos improvisados en cada esquina vendiendo chorizos o pollos. Todos buscando lo mismo. Jerez advierte que llegará un punto de colapso, porque quienes quedan afuera del ingenio se vuelcan a las mismas actividades informales en un mercado ya sobrecargado. La idea de que cada despedido puede "emprender" por su cuenta, ironiza el trasfondo de su relato, desconoce la escala real de estas economías chicas donde la demanda es limitada y la competencia feroz.
Asamblea, represión y disciplinamiento
A ese cuadro económico se suma, según denuncia, la persecución interna. Los despidos —afirma— golpearon especialmente a delegados y activistas. El grupo inicial de diez trabajadores organizados llegó a sumar setenta personas activas; hoy quedan alrededor de veinte. Los delegados considerados combativos, los que apoyaron el reclamo de reincorporación, fueron suspendidos y expulsados del sindicato por decisión del secretario general. Para Jerez, ese es el ejemplo más claro de la burocracia sindical y del poder que atribuye a la empresa por encima de la estructura gremial. "Salís a luchar y el sindicato que te tiene que defender te expulsa", sintetiza.

La tensión escaló en una asamblea convocada, según relata, para formalizar expulsiones. Ese día intervino la policía. Hubo represión. Un delegado expulsado terminó con el brazo quebrado; otro sufrió un corte. Un abogado laboralista y de derechos humanos recibió un golpe en la cabeza que requirió puntos de sutura. La asamblea no se concretó como estaba prevista, pero dejó heridos y profundizó la fractura interna. Para los trabajadores del acampe, fue un episodio más en una secuencia destinada a desarticular la organización.

Así, entre la intemperie económica y la presión sindical y policial, el acampe azucarero continúa. La disputa ya no se limita a la reincorporación de los despedidos: se ha convertido, en palabras y hechos, en una pulseada más amplia por la supervivencia material y por el derecho mismo a organizarse en una región donde cada decisión empresarial repercute como un temblor en toda la comunidad.
En el corazón del conflicto, la figura del sindicato aparece, en el relato de Leonardo Jerez, atravesada por una palabra que repite sin matices: ausencia. Así define el rol del SOEAIL —el Sindicato de Obreros y Empleados del Azúcar del Ingenio Ledesma— y de su secretario general, Luciano Lezano, frente a los despidos.

Jerez fue despedido el 30 de octubre. Desde entonces, asegura, no hubo un solo comunicado del gremio en defensa de los trabajadores cesanteados. Ese silencio, para él, no es una omisión menor sino la prueba de que la conducción "no existe" en términos de representación real. Sostiene que no están a la altura de las circunstancias y que ni en este conflicto ni en otros cumplen la función que deberían cumplir. En Libertador General San Martín, afirma, no hay representación sindical efectiva para los trabajadores del Ingenio Ledesma.

La sospecha va más allá de la pasividad. Jerez habla directamente de convivencia entre la empresa, la conducción sindical y el poder político provincial. Dice que no cree en las casualidades cuando quienes se organizan y luchan terminan despedidos, perseguidos o expulsados del sindicato, mientras el gobierno guarda silencio. Recuerda que presentaron reclamos ante la Secretaría de Trabajo sin obtener respuestas. Para él, hay una secuencia clara: "el silencio del gobierno, la obediencia del sindicato y la ejecución de la empresa". Una relación consolidada que, según su mirada, se replica en otros niveles del país, donde —señala— ciertas centrales sindicales negocian y dosifican sus medidas frente al gobierno nacional.
¿Ensayo de reforma laboral?
En ese marco, lo que ocurre en Ledesma no sería un conflicto aislado ni coyuntural. Jerez sostiene que allí ya se practica, de hecho, la reforma laboral impulsada por Javier Milei. Enumera situaciones concretas: jornadas en las que los trabajadores se presentaban a cumplir tareas pero, por lluvia, eran enviados a sus casas sin cobrar; horas extras que a veces se pagaban y otras veces se compensaban discrecionalmente; un sistema de "banco de horas" que desdibuja los límites de la jornada; indemnizaciones mal liquidadas; despidos "baratos" que reducen costos empresariales; persecución sindical como método para desarticular la organización obrera.

Las condiciones de trabajo, describe, rozan la insalubridad: temperaturas de 45 o 50 grados manejando tractores sin aire acondicionado; yuyos hasta el pecho en el riego de la caña; cosechas a la intemperie, en campos con ratas y víboras. Para él, no se trata solo de precarización sino de vulneración directa de derechos laborales y constitucionales. "El reflejo de la reforma laboral está aquí", insiste, convencido de que la empresa viene ensayando desde hace tiempo prácticas que ahora encuentran un marco normativo más amplio.
Poder económico y poder político
Jerez va incluso más lejos al hablar del peso histórico y político del grupo empresario. Señala que Ledesma es una compañía con más de un siglo de historia, con contactos políticos directos y una influencia que, a su entender, atraviesa la vida institucional de Jujuy. Llega a decir que es "el partido político que gana las elecciones sin participar", una forma de expresar la centralidad que atribuye al poder económico en la provincia.
En Libertador General San Martín, el ingenio no es solo una fábrica: es historia, economía y memoria. En julio de 1976, durante la última dictadura militar, los cortes de energía que precedieron a los secuestros masivos quedaron grabados como “La Noche del Apagón”. Entre el 20 y el 27 de julio de ese año, en operativos realizados en la zona, más de 400 trabajadores, estudiantes, militantes y sindicalistas fueron secuestrados; muchos de ellos continúan desaparecidos. Organismos de derechos humanos denunciaron la participación de la empresa en aquellos hechos.

Desde entonces, el nombre de Ledesma carga con un capítulo oscuro que todavía resuena en la región. El reclamo por memoria, verdad y justicia sigue vigente.

Esa densidad histórica atraviesa también el presente: cada conflicto laboral se inscribe en una trama donde empresa, poder político y comunidad se superponen.
En su análisis, lo que sucede en el ingenio forma parte de un proceso más amplio. Menciona conflictos en otras empresas, como FATE y Lustramax, y habla de miles de fábricas cerradas en el país. No ve hechos aislados sino luchas entrelazadas. Lo que pasa en Ledesma, afirma, pasa también en FATE; lo que ocurre en FATE se replica en otros establecimientos. Precarización, límites a la organización sindical, presión sobre los salarios y las condiciones laborales: los mismos golpes, dice, recaen sobre distintos sectores de la clase trabajadora.

Desde el acampe, esa lectura se vuelve horizonte político. La pelea por las reincorporaciones se inscribe, para Jerez y sus compañeros, en una trama mayor donde se disputa el modelo laboral. Por eso, insiste, la lucha no es solo local. Es parte de una resistencia que se reconoce en otros puntos del país, unida por la convicción de que lo que está en juego excede los portones del ingenio y alcanza a toda la clase trabajadora.

La represión no fue un episodio aislado ni una mera formalidad de control. Cuando la policía intervino en la asamblea, no solo impidió el ingreso de los trabajadores: avanzó. Hubo heridos. Brazos quebrados, cabezas partidas, cortes provocados con armas blancas. Leonardo Jerez lo cuenta sin dramatismo impostado, pero con la firmeza de quien busca dejar claro que el mensaje no fue casual. Para él, la intervención tuvo un contenido político, gubernamental y patronal.
No queremos subsidios, queremos trabajar
El sentido de esa acción, interpreta, fue disciplinar. "Que sepan que nosotros tenemos el control", traduce en palabras el mensaje que, a su entender, se quiso imponer. Un control que no solo se ejerce sobre el espacio físico de la asamblea sino sobre la propia institución sindical, que —remarca— pertenece a los trabajadores y no a quienes hoy la conducen. Lo que está en juego, insiste, es el derecho a reclamar por algo elemental: trabajar. Nadie pide subsidios ni "migajas", subraya; lo único que exigen es volver a sus puestos.

En paralelo, el rol del gobierno provincial aparece, hasta ahora, marcado por el silencio. Los trabajadores presentaron notas ante la Secretaría de Trabajo y aguardan una convocatoria que nunca llegó. Jerez dice confiar en que la administración jujeña actúe con la "sensibilidad social" que en otras ocasiones invocó públicamente, por ejemplo frente a conflictos vinculados con la empresa de energía EJESA. Recuerda que incluso él mismo participó de reclamos por el mal servicio eléctrico y que entonces se habló de empatía con los ciudadanos.

Pero en este caso, hasta el momento, no hubo intervención concreta. Jerez espera que el gobierno convoque a las partes, propicie el diálogo y destrabe el conflicto. Señala que detrás de cada despedido hay niños, niñas, abuelos; que el impacto social debería ser suficiente para encender alarmas oficiales. Sin embargo, el acampe continúa sin una respuesta formal. La perspectiva, advierte, es seguir. No regresarán a sus casas con las manos vacías.

Después de tantos días, lo que los sostiene —dice— es la familia y la convicción de que la clase trabajadora organizada puede torcer decisiones. La lucha se alimenta del plato de comida que falta en cada mesa y del deseo de recuperar un trabajo digno. También, agrega, del respeto propio. No se trata solo de salarios sino de dignidad.
La condición para levantar la medida es clara: reincorporación o una solución efectiva impulsada por el Estado. No pueden permanecer sin empleo. Jerez pone como ejemplo reciente la expansión empresarial del grupo propietario del Ingenio Ledesma, que adquirió en pocos meses los ingenios Concepción y Trinidad, en Tucumán, por sumas millonarias. Frente a ese poder económico, pregunta con ironía cómo puede resultar imposible reincorporar a un puñado de trabajadores.

El acampe, afirma, también afecta la imagen de la empresa, históricamente cuidadosa de su reputación. Desde allí, desde la carpa, los despedidos cuentan lo que sucede. Sostiene que el conflicto ya trascendió las fronteras locales y se conoce en todo el país. Por eso, insiste, no habrá levantamiento sin una respuesta favorable a los trabajadores. El reclamo es uno y no se negocia: volver a trabajar.

Cuando se le pide un mensaje para otros trabajadores que atraviesan situaciones similares, Leonardo Jerez no duda: organizarse. Habla desde la experiencia y desde una historia personal que se entrelaza con la del conflicto.

El 30 de octubre fue su último día en el Ingenio Ledesma. Había trabajado doce años allí. En la última zafra manejaba un tractor en la cosecha de caña: la máquina cosechadora cargaba los carros que él trasladaba hasta los camiones; esos camiones llevaban la materia prima al ingenio, donde se transformaba en azúcar, papel, alcohol, bioetanol y otros derivados. Conoce cada tramo del circuito productivo. Y en los últimos cuatro meses antes de su despido, mientras cumplía esa rutina, empezó a conversar cada vez más con sus compañeros.

Dice que siempre habló, que siempre planteó cómo enfrentar determinadas situaciones. Por eso —asegura— lo "marcaron". En esos meses finales preguntaba a los changos qué harían si la empresa avanzaba, cómo podrían responder colectivamente. Una de sus propuestas era clara: generar un problema a la empresa sin arrojar una sola piedra. Pensaba en un acampe azucarero, en una permanencia pacífica, en un encadenamiento que hiciera visible el conflicto sin recurrir a la violencia.

Estuvo doce años en la empresa, pero fue en ese último tramo cuando comenzó a organizar con mayor intensidad. Y entonces, relata, la empresa hizo lo suyo. Lo despidió solo a él, en su pueblo y en su sección, pese a que el ingenio está compuesto por múltiples áreas: cosecha, riego, mecánica, tractoristas que preparan el terreno, operadores de motoniveladoras y de cosechadoras. Un universo amplio de trabajadores. Sin embargo, en octubre, el despedido fue él.
Organizarse antes del despido
Desde esa experiencia, el consejo que ofrece es concreto: que los trabajadores activos empiecen a organizarse ahora, que se reúnan, que debatan y que planifiquen cómo actuar ante un eventual despido. "Lo único que nos va a salvar somos nosotros mismos", repite. Sostiene que la clase trabajadora no maneja fortunas ni aparatos clientelares; que no puede comprar voluntades con mercadería o dinero. La única herramienta es la organización y la unidad.

El acampe se sostiene con lo que producen y con la solidaridad. Venden comidas y tortillas en la vereda del ingenio. Mantienen un fondo de lucha para quienes quieran colaborar. El alias es Lucha.Azucarera, a nombre de Cristian Leonardo Ramón Jerez. Cualquier aporte, por mínimo que sea, ayuda. La escena cotidiana es austera: una carpa bajo los árboles, colchones, sillas, mesas, una conservadora con hielo que acerca la gente, algunos paquetes de arroz. Allí comen y allí viven.

Jerez es del Talar, a 65 kilómetros. Viajar ida y vuelta implica un gasto que hoy no puede afrontar con facilidad: catorce mil pesos que equivalen, calcula, a dos días de comida en el acampe. Permanecer lejos de su casa, en situación de calle, es duro. Pero insiste en que la medida no se levantará sin una respuesta favorable: reincorporación, cese de los despidos, respeto a la clase trabajadora y a sus familias.

Antes de despedirse, su mensaje vuelve al punto de partida: arriba la unión de los trabajadores, arriba la organización. En su convicción, no hay salvadores externos. Son los propios trabajadores quienes deben reunirse, debatir y sostenerse entre sí. Esa certeza es, junto al plato de comida que falta en cada mesa, el motor que mantiene en pie el acampe azucarero.

Bajo la intemperie, con la precariedad a cuestas y la incertidumbre como horizonte, el acampe continúa. Más de cien días después, la carpa sigue siendo refugio y símbolo. Allí, frente a los portones del ingenio, los despedidos insisten en que su lucha no es solo por sus puestos de trabajo, sino por lo que consideran un límite necesario ante un modelo que avanza, silencioso, sobre derechos que creían conquistados.

El viento mueve la lona y hace crujir los palos de la carpa. A lo lejos, el ingenio respira como una bestia vieja, constante.

De un lado, el capital imponente y centenario. Del otro, veinte hombres que no quieren irse a casa derrotados.

La historia grande parece escribirse puertas adentro. Pero cada mañana, frente a los portones, alguien vuelve a cebar mate y a decir que no se rinde.

Y mientras esa escena exista, el conflicto seguirá vivo.

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 28 de febrero de 2026

Fuerte recorte en Radio Nacional Esquel: trabajadores cuestionan al gobierno de Milei por la centralización y pérdida de producción local

Desde la asunción del gobierno de Javier Milei, Radio Nacional atraviesa un proceso sistemático de ajuste y centralización que amenaza el carácter federal y plural del medio público, con recortes de personal, reducción de programación local y alineamiento con la agenda oficial
Las y los trabajadores de LRA9 Radio Nacional Esquel expresaron su preocupación ante los cambios en la programación que comenzarán a regir el lunes 2 de marzo y que implican una marcada reducción de la producción local.

Según detallaron, la nueva grilla contempla una sola hora de programación local por la mañana, un programa provincial en la segunda mañana, algunos espacios por la tarde y apenas dos horas nocturnas. Esto representa, señalaron, un recorte significativo respecto de la histórica producción propia de la emisora.

Además, indicaron que toda la programación adoptará nombres genéricos a nivel nacional, con predominancia de voces de LRA1 Nacional Buenos Aires. De acuerdo al comunicado, esta centralización elimina denominaciones locales y limita la construcción de una identidad artística y cultural propia.

Las y los trabajadores consideraron que estas decisiones afectan el carácter federal de la radio pública, reducen la representación regional y restringen los espacios destinados a reflejar la realidad de la comunidad.

En este contexto, señalaron que desde hace 19 meses no se desarrollan paritarias y que los salarios permanecen congelados, actualmente por debajo de la línea de pobreza. Asimismo, informaron que desde el 1 de septiembre de 2025 la frecuencia FM 88.7 se encuentra fuera del aire por un desperfecto técnico aún no resuelto por las autoridades.

A estas situaciones se suman, agregaron, decisiones anteriores de LRA1, entre ellas:
  • Cierre de las redes sociales propias de cada emisora.
  • Limitación del acceso a la libre redacción de noticias locales en la página web.
  • Suspensión de convenios de emisión con instituciones intermedias y organizaciones sociales de la región.
Finalmente, remarcaron que Radio Nacional Argentina es la red federal de emisoras públicas más importante del país y que su fortaleza radica en la diversidad y en la producción local de cada una de sus 49 estaciones. En ese marco, reafirmaron su compromiso con la audiencia y solicitaron que se revisen estas decisiones para garantizar el carácter federal e identitario que históricamente ha definido a LRA9 Radio Nacional Esquel.

Centralización y ajuste en Radio Nacional: despidos, recortes y alineamiento político debilitan el federalismo y la pluralidad del medio público en todo el país
Desde la asunción del gobierno de Javier Milei se viene desarrollando un proceso sistemático de ajuste y centralización en Radio Nacional, emisora que integra Radio y Televisión Argentina (RTA), actualmente bajo intervención. En ese marco se concretó la no renovación de más de 500 contratos a fines de 2023, posteriores despidos y desvinculación de directores de emisoras provinciales, junto con la implementación de planes de retiros voluntarios. Estas medidas implicaron una fuerte reducción de personal y afectaron de manera directa la producción periodística y cultural en todo el país.

Paralelamente, se levantó gran parte de la programación propia en distintas emisoras del interior. Las FM de cada filial dejaron de producir contenidos locales y fueron obligadas a retransmitir la señal de las FM de Radio Nacional de la ciudad de Buenos Aires, profundizando la centralización y debilitando el histórico carácter federal de la emisora. A esto se suman problemas técnicos y falta de mantenimiento en varias AM, que en algunos casos debieron trasladar su programación a las FM o reducir horarios en vivo, priorizando música o retransmisiones desde la sede central. 

En el plano digital, la situación también refleja la pérdida de pluralidad: la página oficial www.radionacional.com.ar muestra principalmente noticias positivas sobre el gobierno de Milei, con reiteradas imágenes del Presidente y cobertura centrada en legisladores de La Libertad Avanza. 
Este sábado 28 la web imprime una entrevista a la senadora Patricia Bullrich y otra a su esposo, el actor Guillermo Yanco. Este panorama consolida una clara pérdida de pluralismo, diversidad de voces y federalismo, transformando a un medio público que históricamente perteneció a toda la ciudadanía en una plataforma alineada a un sector político específico.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Derogar el Estatuto del Periodista es debilitar la democracia

La mal llamada "Ley de Modernización Laboral", podría derogar la Ley 12.908. "Nuestros legisladores cometerán un grave atentado a la libertad de expresión, violando principios constitucionales. La defensa del periodismo es vital por ser una tarea básica del sistema constitucional", afirma Rodríguez Villafañe
Por: Miguel Rodríguez Villafañe
A principios del siglo XX, los medios de difusión habían pasado de ser una expresión de perspectivas desarrolladas por militantes de una idea o creencia -un trabajo presentado con visiones románticas de militancia de una causa-, a tener un gran desarrollo como estructuras económicas en las que, las lógicas comerciales y el ánimo de lucro tenía centralidad y los ingresos ya no dependían solo de objetivos valiosos compartidos por los integrantes del medio. 

Periodista y empresa periodística
Entonces, la tarea de prensa evidenció claramente y de manera general, una división entre propietario del medio o agencia de noticias, que obtenía ganancias del mismo y los trabajadores de la información, que se desempeñaban en dicho medio y cobraban sueldo. La diferenciación económica, entre el periodista profesional y aquel que, siendo dueño del medio, manejaba el negocio de la prensa se mostraba entonces, en toda su crudeza.  

Todo ello desencadenó una división, en un periodismo profesional ejercido por los que trabajan en medios de difusión -en relación de dependencia- o con los medios de difusión como colaborador, entre otras modalidades y el periodismo profesional ejercido por los dueños de los medios de difusión.

Lo referido obligó a una lucha por plasmar en Estatutos o normas, derechos y deberes, propios de una relación que se presentaba con lógicas de patrón-empleado. 

Federación Argentina de Periodistas
En Argentina, en 1938, se crea la "Federación Argentina de Periodistas", el momento era difícil y con actitudes peyorativas de algunas patronales para con la tarea periodística y sus reivindicaciones laborales. El periodista profesional y gremialista Octavio Palazzolo contó que, en el "año 1919, cuando al hacer nuestra primera presentación como periodistas agremiados ante el director-propietario de una poderosa empresa, nos respondió que a los periodistas los reemplazaba con ordenanzas de la casa".

Eran necesarias regulaciones que ayudaran a dignificar laboral y económicamente a las mujeres y hombres que llevaban adelante la profesión periodística, en la relación trabajo y capital. Pero, además, ello era y es de particular importancia para garantizar la no contaminación de la información y su contenido, en base a los intereses económicos del medio de difusión como patronal.

Estatuto del Periodista 
El 25/03/1944, por el Decreto 7618, se dicta el "Estatuto del Periodista Profesional" que, en 1946, lo ratifica la Ley 12.908. 

La norma implicó una protección especial de los periodistas profesionales, por sobre las leyes generales de trabajo, ya que la tarea del periodista profesional implica un trabajo que, dada su particularidad, merece una protección jurídico especial, que supera lo meramente laboral. 

Los y las periodistas profesionales lograron así una estabilidad en su trabajo reforzada, en virtud de lo cual se les otorgó una protección contra despidos por opiniones o publicaciones; el derecho a una indemnización agravada por despido sin causa; a preavisos especiales y el reconocimiento de la especialidad de funciones.

También se les garantizó una jornada limitada, salarios mínimos profesionales por categoría y se determinó la prohibición de precarización mediante formas indirectas de contratación.

Al respecto, la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) sostuvo, que la indemnización agravada era válida y constitucional, no era un privilegio, (Fallos 282:230). Un periodista sin estabilidad económica y protecciones especiales es vulnerable a presiones directas o indirectas. Y un periodismo vulnerable debilita el sistema republicano. La protección opera como una garantía estructural para la libertad de información, evita la autocensura y los despidos arbitrarios.

 La Ley 12.908, durante 80 años, estableció un sistema de protección orientado no a otorgar privilegios corporativos, sino a blindar institucionalmente la importante función social e institucional del periodismo. El Estatuto, si bien puede perfeccionarse, atento los avances de las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), ello no es solo un tema laboral, sino que deben analizarse en profundidad los cambios, con participación de todos los sectores, para resguardar el derecho fundamental de la sociedad a estar informada, porque es un pilar democrático básico para la conformación de una verdadera opinión pública, en una democracia plural.

El Estatuto nunca fue un privilegio sectorial, sino una construcción histórica destinada a proteger la independencia del periodismo frente al poder político y el económico y garantizar la dignidad en la tarea.

Siglo XXI
El siglo XXI vino con grandes avances tecnológicos en materia de información y comunicación como Internet, redes sociales y particularmente, con la presencia de la inteligencia artificial (IA).

Además, el periodismo profesional poco a poco en sus garantías fue perdiendo impulso y cada vez más, aparecieron medios de difusión en los que no se garantizaba la relación de dependencia del periodista, se los tenía como monotributistas o de manera informal. 

Para dolor de la historia de la libertad de expresión, lo que describió Octavio Palazzolo, en 1919, cien años después, se repite ante nuevas realidades, pero con razonamientos similares en el fondo. Así, el dueño de un periódico de Córdoba me dijo, que "ahora podría despedir a la mayoría de los periodistas, ya que con dos de ellos y la inteligencia artificial puedo armar exitosamente y difundir mi medio de comunicación".

Gobierno de Javier Milei
A lo antes referido, propio de la dinámica de este siglo XXI, se suma que el sistema de extrema derecha anarquista que quiere imponer en Argentina la precarización de la educación, complicar el acceso a la información y condicionar la transparencia del accionar gubernamental. En esto último, particularmente, se ataca entonces a quienes se ocupan de informar, como son los y las periodistas.

En esa estrategia el presidente Javier Milei ha sostenido, que "no se odia lo suficiente a los periodistas" e invita a no creerles y los trata de "cerdos" o "excrementos ensobrados", entre otros epítetos degradantes. Aún más, llegó a decir que hay varios periodistas a los que "le gustaría tirar a la hoguera".

Además, Milei lanzó, en febrero de 2026, la "Oficina de Respuesta Oficial" en la red social X, un verdadero "Ministerio de la Verdad". Esta oficina busca contrarrestar otras narrativas y fortalecer el relato oficial. O sea, quiere imponer desde el gobierno lo que debe ser tenido como la única información verdad.

Derogación del Estatuto
Ahora, la mal llamada "Ley de Modernización Laboral", que se aprobaría esta semana, deroga "la Ley 12.908 y sus modificatorias a partir del 1 de enero de 2027", (art. 193). Nuestros legisladores cometerán un grave atentado a la libertad de expresión, violando también principios constitucionales básicos como el de "progresividad" al eliminar el Estatuto del Periodista.

En el marco de cuestiones relacionadas con el derecho del trabajo la CSJN ha dicho, que "el principio de progresividad" veda al legislador la posibilidad de adoptar medidas injustificadas, que hagan retroceder derechos fundamentales consagrados, porque no solo es un principio central de los Derechos Humanos, sino también una regla propia de nuestro texto constitucional en la materia, (Fallos: 338:1347; 331:2006; 328:1602 y 327:3753).

La defensa del periodismo es vital por ser una tarea básica del sistema constitucional como representantes implícitos de la sociedad para el acceso a la información y dar a conocer la misma. El debilitamiento de sus condiciones materiales de ejercicio no puede considerarse como una mera reforma laboral, sino que tiene profundas y graves implicancias, que no se puede tolerar que se den.
Miguel Julio Rodríguez Villafañe es abogado constitucionalista y periodista de opinión

lunes, 23 de febrero de 2026

Glaciares bajo la lupa del gobierno: riesgo de retroceso ambiental en Argentina

En tiempos donde el agua vuelve a estar en disputa, el nombre de Marta Maffei resuena con la fuerza de las luchas que no prescriben. Histórica dirigente sindical, ex diputada nacional y una de las principales impulsoras de la Ley 26.639 —la primera norma en el mundo en proteger de manera integral los glaciares y el ambiente periglacial como reservas estratégicas de agua dulce—, su trayectoria quedó marcada por una convicción: el agua no se negocia.

Hace quince años, aquella ley sancionada en el Congreso de la Nación Argentina se convirtió en un hito jurídico y político en defensa de las comunidades cordilleranas y de un bien común esencial. No fue una concesión: fue una conquista colectiva, tejida junto a científicos, asambleas socioambientales, productores vitivinícolas y organizaciones sociales. Una norma que debió resistir vetos presidenciales, presiones empresarias y embestidas judiciales antes de consolidarse como referencia internacional en materia ambiental.

Hoy, en un escenario donde el gobierno de Javier Milei impulsa reformas que podrían debilitar esa protección, la voz de Maffei vuelve a cobrar centralidad. ¿Qué se pone en riesgo cuando se flexibilizan los límites al extractivismo? ¿Qué significa hablar de soberanía en un país atravesado por la crisis climática? ¿Quién garantiza el derecho al agua?

Sobre esas tensiones, las batallas del pasado y los desafíos del presente, conversamos con ella en Señales, por Aire Libre Radio Comunitaria.

Una derogación que ya se intentó —y fracasó
Al comienzo de la entrevista, Maffei recuerda que la derogación ya se intentó antes. Señala que durante la presidencia de Mauricio Macri hubo intentos en ese sentido y que, incluso en el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se produjo un veto en medio de una fuerte disputa que buscaba impedir que la ley fuera eliminada. Aquellas ofensivas, explica, fracasaron: "Se dieron cuenta de que la derogación no iba a andar porque iba a levantar mucha polvareda".

Por eso, sostiene, el camino actual es otro: una modificación que en los hechos funcionaría como una derogación encubierta, o incluso algo peor. Según describe, la propuesta implicaría delegar funciones sistémicas del Estado nacional —establecidas en la Constitución— a las provincias, con "absoluta discrecionalidad y sin límites de ninguna naturaleza". Para Maffei, el problema no es solo quitar una norma, sino bajar los estándares de control y debilitar las políticas nacionales de protección ambiental en un país que, de por sí, tiene pocas y "claramente insuficientes".

El mundo entero está prestando atención a esto. Las Naciones Unidas han enviado un mensaje claro a los gobiernos para que entiendan lo importante que es proteger los glaciares. No fue solo un gesto, sino algo muy serio. El año pasado se declaró el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares, y se hizo hincapié en la palabra "conservación" porque es muy importante que los glaciares estén protegidos.

De la eliminación directa al vaciamiento encubierto
Pero el tono se ha vuelto aún más severo. En enero de este año, Naciones Unidas habló en términos económicos para describir la crisis: "bancarrota hídrica". El concepto no es metafórico, advierte Maffei, sino la constatación de una quiebra global del agua, con agotamiento de fuentes en acuíferos y glaciares. Agricultura intensiva, expansión urbana, destrucción de humedales, consumo industrial exacerbado y contaminación severa figuran entre las causas señaladas.

Las cifras hablan por sí solas. 2.000 millones de personas no tienen acceso garantizado a un mínimo de agua. Y el 75% de la población mundial vive en países con escasez de agua. El deterioro de las fuentes de agua es ahora mayor y más rápido que en los últimos cincuenta años. El mensaje es directo: si la humanidad quiere sobrevivir a la "multicrisis" que ha generado, debe renegociar su contrato con la naturaleza y evitar el colapso hídrico. Sin rescatar el agua, no hay posibilidad de vida. En algunos casos, advierte, el punto de no retorno ya fue cruzado.
El mundo en alerta: la "bancarrota hídrica"
Maffei se detiene en un ejemplo que desarma la idea de que la preocupación ambiental es patrimonio exclusivo de activistas. En Inglaterra —recuerda— la alarma es concreta. Al ser una isla, cualquier ascenso del nivel del mar implica un riesgo estructural. Y el derretimiento glaciar contribuye inevitablemente a esa subida.

Allí funciona la agencia meteorológica del Reino Unido, el organismo científico con la serie de datos climatológicos más antigua del mundo. En 2020, ese organismo publicó un estudio que advertía sobre el ritmo acelerado del calentamiento y proyectaba que hacia 2050 el país podría alcanzar temperaturas de 40 grados, algo inédito en su historia.

La proyección quedó vieja antes de tiempo. En 2022, no en 2050, Inglaterra registró 40 grados y murieron 3.000 personas como consecuencia de esa ola de calor. El informe había sido firmado por 37 investigadores que, además de anticipar el escenario, advirtieron al Ejecutivo que no existían resultados que demostraran una buena ejecución en materia de adaptación. El progreso, señalaron, avanzaba demasiado lento, se había detenido o incluso iba en la dirección equivocada.

Para Maffei, esa advertencia trasciende fronteras. No es una discusión ideológica ni sectorial. Es un diagnóstico científico que interpela a los gobiernos y expone la fragilidad de los sistemas frente a la crisis climática. En ese marco, insiste, debilitar una ley que protege reservas estratégicas de agua dulce no es un detalle técnico: es una decisión que se toma en un mundo que ya reconoce estar al borde del colapso hídrico.

Inglaterra como advertencia: cuando la proyección se vuelve tragedia
La advertencia de los científicos británicos no se detiene en las proyecciones de temperatura. También habla del mar. Según detalla Marta Maffei, los informes señalan que el aumento continuado del nivel oceánico ya supera los 10 centímetros —y en algunos casos los 30— por encima del promedio del año 2000. Ese ascenso, explican, está agravando la erosión costera y multiplica el riesgo cierto de inundaciones y derrumbes significativos en las costas.

Para Maffei, el punto es claro: no se trata solamente de lo que digan las Naciones Unidas, ni de la voz de un grupo de ambientalistas. Tampoco es una preocupación exclusiva del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, que reúne a 1.400 científicos de todo el mundo. Incluso —subraya— las agencias más conservadoras, entre comillas, están reconociendo la magnitud del riesgo.

La pregunta, entonces, se desplaza inevitablemente hacia la Argentina. ¿Qué hizo el país en este tiempo? ¿Mejoró los estándares de protección? ¿Impulsó alternativas creativas para morigerar el cambio climático? La respuesta de Maffei es tajante: "No hizo absolutamente nada". Y va más allá: las pocas herramientas existentes, como la Ley de Protección de Glaciares, hoy se intentan desnaturalizar. No se animan a derogarla, insiste, pero buscan vaciarla de contenido.

Allí aparece lo que define como un "inmenso abismo sociocultural". De un lado, la comprensión del conflicto generado por la acción humana: entender el riesgo, la crisis y su impacto directo sobre el agua, es decir, sobre la vida misma. "No estamos diciendo que se van a acabar determinados pinos o que se van a secar los alerces", grafica. "Estamos diciendo que se va a terminar el agua o se va a ir al mar, que es casi exactamente lo mismo". Porque todo derretimiento glaciar —recuerda— termina en las cuencas hídricas y finalmente en el océano.

Desde esa concepción, sostiene, la respuesta debería ser de cuidado y protección, apoyada en evidencia científica sólida. Pero del otro lado existe un sector que subordina el riesgo a la ganancia. ¿Cómo lo hace? Negando la existencia misma del riesgo y promoviendo acciones —incluidas reformas legales— que establecen, en los hechos, un sistema discrecional para no proteger bienes comunes y sí resguardar los intereses económicos de corporaciones extractivas.
La Argentina frente al desafío: escasez y desprotección
La modificación en discusión, advierte, no solo alteraría la ley específica de glaciares: cambiaría parámetros constitucionales y principios básicos del derecho ambiental argentino, como el de no regresión. También entraría en contradicción con la Ley 27.520, una norma reciente de presupuestos mínimos para la protección y adaptación al cambio climático. En su artículo 10, esa ley establece la obligación de garantizar la coherencia y transversalidad climática en toda la legislación nacional, en línea con los compromisos asumidos por la Argentina en materia de protección del clima. Es un mandato obligatorio de integración normativa.

Sin embargo, según Maffei, nada de eso se está cumpliendo. Recuerda que la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas presentó una nota formal al Poder Ejecutivo invocando la Ley 25.831, que garantiza el acceso a la información ambiental. Esa norma obliga al Estado a brindar detalles sobre los fundamentos técnicos y científicos que sustentan cualquier proyecto que pueda afectar el ambiente.

El pedido fue concreto: conocer cuáles fueron los parámetros y estudios considerados para impulsar la reforma. Era, según describe, una necesidad imperiosa de transparencia. La respuesta del Poder Ejecutivo, concluye Maffei, fue el silencio. No hubo contestación alguna.

Para Marta Maffei, lo más inquietante no es solo el contenido del proyecto sino el vacío que lo rodea. En el expediente —asegura— no se acredita un solo estudio técnico, no hay dictámenes científicos, no existe análisis jurídico alguno sobre las consecuencias que generaría la reforma. Tampoco hay información precisa que responda a los puntos solicitados por la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas. No hay documentación respaldatoria que permita afirmar: "tomamos esta decisión en base a este informe, a esta evidencia, a esta técnica". No hay nada. "Es un expediente administrativo que carece de información documentada", resume.

El proyecto, explica, introduce una fórmula que para ella resulta insólita: afirma que se protegerán los glaciares y ambientes periglaciales que demuestren "relevancia hídrica efectiva", es decir, que acrediten ser verdaderas reservas de agua. Maffei no oculta su desconcierto: le resulta incomprensible que alguien pueda poner en duda que un glaciar, por definición, es una reserva hídrica.

Pero la cuestión no termina allí. La determinación de esa "relevancia" ya no quedaría bajo un presupuesto mínimo nacional aplicable a todos los glaciares del país, sino que sería definida por cada provincia. Cada jurisdicción decidiría qué glaciar tiene importancia hídrica y cuál no.

Federalismo de conservación: lo que dijo la Corte Suprema
El esquema va todavía más lejos. El proyecto habilitaría a los gobiernos provinciales a indicarle al Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales —el organismo técnico que durante quince años realizó el Inventario Nacional de Glaciares— que elimine del registro aquellos cuerpos de hielo que, a juicio provincial, no posean relevancia. Y si el instituto no lo hiciera, la provincia podría igualmente avanzar con decisiones que habiliten su utilización, contaminación o incluso destrucción. "Nunca vi una ley que contradiga una constatación científica y le ordene a un instituto técnico que borre una verificación", advierte.

Para Maffei, esa lógica instala una discrecionalidad sin límites. Cuando el texto se refiere a la posibilidad de autorizar emprendimientos —mineros, de fracking u otros— establece que la provincia podrá habilitarlos si, tras una evaluación propia, concluye que la relevancia hídrica es baja y que el proyecto no altera "de modo significativo" el ambiente periglacial o su estabilidad. ¿Qué significa alterar de modo significativo? El proyecto no lo define. No fija parámetros, no determina cómo se mide ese impacto.

El agua no reconoce fronteras: cuencas compartidas y conflictos provinciales
La entrevistada interpreta esa indefinición como una forma de desprotección encubierta. "Parecen pocas palabras agregadas a un proyecto, pero buscan hacer desaparecer la protección", sostiene. Formalmente, la Argentina seguiría teniendo una ley de glaciares; en la práctica, la tutela se vaciaría de contenido.

En ese punto, Maffei introduce el plano constitucional. Recuerda que la reforma de 1994 incorporó avances relevantes en materia ambiental y que el artículo 41 de la Constitución estableció el sistema de presupuestos mínimos: la Nación fija estándares básicos de protección que rigen en todo el territorio, sin alterar el dominio provincial sobre los recursos, pero garantizando que cualquier persona —nazca donde nazca— cuente con un piso común de tutela ambiental. Las provincias pueden complementar y mejorar esos estándares, nunca reducirlos.

La lógica es sencilla, dice. Si se otorga discrecionalidad absoluta sobre el agua a provincias como Mendoza, San Juan o La Rioja, las consecuencias no se agotan en sus fronteras. El agua no reconoce límites políticos. Lo que se decida aguas arriba puede dejar sin recursos a territorios aguas abajo, como La Pampa. Y allí, concluye, el debate deja de ser jurídico para convertirse en una cuestión de supervivencia compartida.
Evaluación hídrica: una fórmula que abre la discrecionalidad
La constitucionalidad de la ley de glaciares, recuerda, fue cuestionada judicialmente por la empresa minera Barrick Gold junto al gobierno de San Juan. La Corte Suprema de Justicia de la Nación demoró años en resolver, analizó estudios e investigaciones, y finalmente sostuvo la validez de la norma. En ese fallo, explica Maffei, el tribunal definió a la Argentina como un "federalismo de conservación": ni un Estado unitario ni una confederación donde cada provincia actúa sin límites, sino un sistema en el que la Nación establece pisos mínimos ambientales obligatorios.

Marta Maffei vuelve una y otra vez sobre una idea central: el agua no reconoce fronteras políticas. Las cuencas hídricas que nacen en la cordillera a partir del derretimiento glaciar no abastecen únicamente a las provincias que albergan esos glaciares. Integran las 39 cuencas del oeste argentino que irrigan buena parte del territorio nacional. Si se habilita a una provincia a "hacer lo que quiera", advierte, el impacto no se circunscribe a su jurisdicción: alcanza a todas las provincias ubicadas al este de la franja cordillerana, que pueden quedarse sin agua.

El antecedente no es teórico. Recuerda el conflicto severo entre Mendoza y La Pampa, cuando la primera restringió el caudal que llegaba a la segunda. El problema, insiste, no es la suerte de uno o varios glaciares en beneficio de una empresa minera o extractiva, sino el riesgo para la vida de todas las personas y ecosistemas que dependen de esa agua.

En ese punto retoma el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que ya declaró la constitucionalidad de la ley de glaciares y dejó en claro que el dominio provincial sobre los recursos no es absoluto. Precisamente porque no lo es, la Nación puede dictar presupuestos mínimos ambientales. Y lo hace —subraya— a través del Congreso Nacional, donde están representadas todas las provincias en la Cámara de Diputados y el Senado. No se trata de una decisión unilateral del Poder Ejecutivo, sino de un mecanismo republicano que garantiza un piso común de protección.

Esos presupuestos mínimos son los que, según la Corte, permiten que la Argentina funcione como república y no como una suma de jurisdicciones aisladas. En materia de agua —y los glaciares son agua congelada— el tribunal fue más allá: calificó estos recursos como bienes de incidencia colectiva. No pertenecen exclusivamente a una provincia ni a un grupo determinado; su tutela debe orientarse al interés general.

La sentencia fue explícita: en cuestiones ambientales de esta magnitud, los intereses particulares, sean públicos o privados, quedan subordinados al interés colectivo. El paradigma es la protección de los bienes comunes para todos. Desde esa perspectiva, un proyecto que coloca intereses privados por encima del interés general resulta, para Maffei, "absolutamente inconstitucional".

Si la reforma avanzara, anticipa, habría elementos suficientes para promover de inmediato un recurso de inconstitucionalidad. No solo por la doctrina fijada por la Corte, sino también por el principio de no regresión establecido en la Ley 25.675, la Ley General del Ambiente. Esa norma dispone que, una vez alcanzado cierto nivel de protección sobre bienes como el agua, el suelo o los bosques, las leyes posteriores no pueden retroceder ni reducir ese estándar.
Sin estudios, sin dictámenes, sin respuesta oficial
A ello se suma el compromiso internacional asumido por la Argentina con el Acuerdo de Escazú, incorporado al derecho interno con jerarquía superior a las leyes ordinarias. Entre sus principios también figura la prohibición de regresividad en materia ambiental.

Para Maffei, el proyecto en discusión vulnera ese entramado normativo en todos los niveles: contradice la doctrina constitucional fijada por la Corte, desconoce el principio de no regresión de la Ley General del Ambiente y viola los compromisos asumidos en el Acuerdo de Escazú. En definitiva, concluye, no es solo una modificación legal: es un retroceso estructural en la protección de un bien colectivo esencial para la vida.

Sostiene la dirigente que el proyecto no solo desarma un esquema de protección ambiental: erosiona algo más profundo, la certeza jurídica. Hasta ahora, sostiene, existía un bien claramente protegido por una ley nacional. Con la reforma, esa protección quedaría sometida a criterios aleatorios: si una provincia decide que sí, el glaciar se preserva; si decide que no, deja de estarlo.

La fórmula de la "relevancia hídrica efectiva", advierte, es engañosa. Determinar si un glaciar alimenta o no una cuenca no puede resolverse con una medición aislada, ni con una observación estacional. No es cuestión de ir en julio a la cordillera, constatar que el glaciar no está derritiendo en ese mes y concluir que no es esencial. La corroboración exige estudios multianuales, series largas de datos y análisis técnicos complejos.

El Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas cuentan con información precisa que demuestra la enorme variabilidad del aporte glaciar: en ciertas temporadas puede representar apenas el 3% del caudal de una cuenca; en otras, hasta el 91%. Esa oscilación depende del calor, de las lluvias, de los ciclos climáticos. Reducir esa complejidad a una evaluación discrecional provincial implica, para Maffei, desconocer la ciencia disponible.

Los propios investigadores trazan una diagonal árida que va desde Jujuy hasta Tierra del Fuego. A la izquierda de esa línea —el oeste argentino— predominan territorios con precipitaciones escasas, entre 200 y 300 milímetros anuales. Al este, en cambio, las lluvias pueden alcanzar entre 2.000 y 2.500 milímetros por año. En esa franja seca viven alrededor de siete millones de personas que cultivan, crían ganado y desarrollan su vida cotidiana gracias al agua que proviene, en buena medida, del deshielo cordillerano. Sin agua, dice, no hay posibilidad de vida.

Entre la vida y el saqueo: el trasfondo del debate
Desde su perspectiva, el mensaje implícito del proyecto es que esa vida puede quedar subordinada a otros intereses. Autorizar la destrucción o afectación de glaciares que alimentan las cuencas implica poner en riesgo a las provincias ubicadas aguas abajo, más al este. No se trata solamente de modificar criterios de protección ambiental o de alterar estándares ecológicos: se trata de ir en contra de parámetros científicos consolidados sin aportar un solo estudio que demuestre que el agua estará mejor resguardada.

La Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas volvió a pedir, formalmente, cuáles fueron los criterios técnicos, los dictámenes científicos o los análisis jurídicos incorporados para impulsar la reforma. La respuesta, insiste, fue inexistente. Ningún informe, ningún sustento verificable.

En el cierre, el periodista resume la encrucijada como una disputa enorme entre la vida y el saqueo. Maffei, agradece que se hable de estos temas, a menudo relegados al ámbito técnico y ausentes del debate cotidiano en los grandes medios, encuentren espacios de difusión. Son cuestiones complejas, admite, pero imprescindibles. Y en este momento —dice— el mayor aporte posible es que la sociedad conozca lo que está en juego.

Escuchá la entrevista completa:
Fotos: AFP, Javier Vergara - La Tinta, Greenpeace

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