lunes, 29 de mayo de 2017

Destinan fondo de $ 10.600 millones a ampliar cobertura de Internet

El plan busca mejorar la calidad del servicio, considerada mala. Y llegar a localidades sin cobertura o con acceso restringido. También a escuelas públicas y bibliotecas nacionales
Por: Andrés Sanguinetti asanguinetti@cronista.com
Tomando como base y antecedente el plan nacional de telecomunicaciones ‘Argentina Conectada’ creado durante la gestión de la ex presidenta Cristina Kirchner, el Gobierno implementa un plan para universalizar Internet y avanzar en la inclusión digital, en especial en localidades más alejadas y sectores de menores recursos. Bajo la operatividad del Ente Nacional de Comunicaciones (ENaCom), se creó un proyecto para usar fondos que aportan al Estado nacional las mayores operadoras de telecomunicaciones y así financiar el mejoramiento y ampliación de la infraestructura y calidad del servicio de Internet. El plan se llevará a cabo en varias etapas entre este año y 2019 y necesita de fondos por $ 10.600 millones que aportará el Fondo Fiduciario del Servicio Universal.

El fondo se nutre del aporte del 1% de la facturación anual de las grandes empresas tecnológicas y tiene como finalidad la de garantizar los servicios de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC), “asegurando su acceso en condiciones de calidad y a precios justos y razonables, con independencia de su localización geográfica, ingreso o capacidades”.

El dinero no se usará como financiamiento sino a modo de subsidio no retornable. Es decir, las empresas elegidas para el proyecto no tendrán que devolver los fondos. En el ente que dirige Miguel De Godoy crearon un Plan Trianual del Servicio Universal para extender el tendido de Internet, en mayor parte a localidades con menor acceso a la red. Un esquema parecido al del gobierno kirchnerista pero que, según fuentes oficiales, no terminó de cumplirse. El nuevo programa tiene tres ejes fundamentales: mayorista, minorista y de estímulo de la demanda.

El primero ya se encuentra en ejecución y es liderado por la empresa satelital estatal ArSat. Contempla el uso de $ 1329 millones para duplicar la red federal de fibra óptica y para iluminar los 12 nodos de la red con el fin de hacerla operativa. Para cumplir con los objetivos del segundo eje, se usarán $ 350 millones para actualizar y extender la cobertura en localidades de hasta 2500 habitantes. Se va a actualizar la infraestructura y extender las redes. Ya existe un concurso para elegir prestadores y licenciatarios que podrán acceder a una o mas de una localidad y con un tope de proyectos por $ 3 millones. Se les financia el 80% del proyecto. mas que nada a cooperativas y pymes para que actualicen la infraestructura y migren el servicio a fibra óptica. En un mes y medio se lanzará otro concurso similar para localidades con más de 5000 habitantes. En el caso de las poblaciones más grandes, se buscará extender la cobertura en localidades periféricas o con infraestructura marginal.

En lo que respecta al tercer eje, se armaron programas para la cobertura de red en 18.000 establecimientos educativos nacionales, a través de la sociedad Educ.ar y el Ministerio de Educación. Son $ 2300 millones para interconectar y ofrecer contenido a todas las escuelas.

Además, se reactivará una iniciativa para conectar 2500 bibliotecas. Hay también programas adicionales, siempre con el eje puesto en el mejoramiento de la infraestructura y la calidad del servicio de conexiones.

Según Agustín Garzón, director Nacional de Fomento y Desarrollo del ENaCom, la premisa es resolver inequidades que sufre hoy la Argentina. Según el funcionario, hay 21 millones de personas conectadas a Internet pero con graves problemas de servicio y de calidad. “Para ellos se apuntan los planes con el eje mayorista. mejorar las redes troncales y la fibra al hogar”, explicó. También agregó que existen 15 millones de pobladores sin conexión pero con servicios de banda ancha disponibles en sus localidades. “Es un problema de oferta, faltante de cobertura, calidad de servicio y de demanda insuficiente”, señaló. Luego, se refirió a otras 6 millones de personas sin servicios de banda ancha. “En esto se observan problemas de sostenibilidad del negocio y falta de poder adquisitivo”, aseguró. Y consideró que el país tiene un servicio de Internet “malo, deficitario y caro”. El retraso es alto.

El 82% de las localidades de hasta 10.000 habitantes tiene menos de 6 megas de conexión. El 67% de los que viven en ciudades de más de 10.000 habitantes llegan a los 6 megas. Y el 34% de los que viven en las mismas ciudades más de 6 megas, mas que nada en el GBA”, dijo. Como ejemplo de la ineficiencia citó a la localidad jujeña de Humahuaca, donde un mega llega a costar u$s 300. “La idea es que baje a u$s 18 con la red federal”, anticipó. “Nuestra premisa es que, además de mejorar el servicio, los usuarios tengan la percepción de que esto es así. Que no noten, que sientan que se los mejoramos”, agregó.
Fuente: El Cronista

domingo, 28 de mayo de 2017

Martín Caparrós: La culpa es de nuestra generación

La primera credencial de prensa de Martín Caparrós a los 16 años, en 1974, en el diario Noticias, donde trabajaban Rodolfo Walsh, Juan Gelman y Miguel Bonasso, entre otros
Por: Martín Caparrós
Mañana, 29 de mayo, voy a cumplir 60 años. Me insisten en que no es grave, que los 60 son los nuevos 40 o 25 o 37 y medio, pero lo cierto es que a menudo se sienten —y se viven— como los viejos 60. Mañana voy a cumplir 60 años y me llena de sorpresa, esa perplejidad que te causa saber que ya lo has hecho: que todavía podrás introducir algún detalle pero lo grueso es lo que hiciste. Envejecer es descubrir que ya no serás otro.

Hay algo raro, perentorio en la palabra cumplir, que también me incomoda. No me parece que haya cumplido mucho. Pero no se trata, aquí y ahora, de mí y yo mismo y mi persona; lo que me molesta es que no me parece que nosotros hayamos cumplido casi nada.

Digo nosotros porque digo yo; digo yo porque digo nosotros: argentinos, sesentones argentinos, mis coetáneos, mis compañeros de generación, los míos. Quizá ya sea la hora de preguntarnos cómo, cuándo, quizá incluso qué y por qué: hora, en síntesis, de ir haciéndonos cargo.

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Es difícil definir una generación: caprichoso, impreciso. Digamos, entonces, por decir: los que nacieron un poco antes y después que yo, los que tuvimos 20 años en la Argentina de los años sesenta y setenta. El general Perón hablaba, entonces, de “esta juventud maravillosa” y, ahora, es fácil pensar que todos éramos jóvenes inquietos, preocupados por los destinos de la patria, dispuestos a vivir —y a morir— para ella.
El presidente argentino, Juan Domingo Perón, junto a Eva Duarte, su esposa, saludan desde el balcón de la Casa Rosada, en Buenos Aires, el 17 de octubre de 1950. Associated Press
Se instaló un mito: si digo mi generación muchos piensan en militancia y muertos y desapariciones y torturas. Los hubo, pero hubo tantos más que no hicieron nada de eso. Los que gobiernan ahora, sin ir más lejos, son parte de mi generación y no hicieron nada de eso. En esos días estaban —Mauricio Macri, Daniel Scioli, Cristina Fernández, Elisa Carrió y demás promujeres y prohombres— preparándose para ganar más plata. Y millones miraban sin saber qué decir o gritaban goles de Kempes o tarareaban canciones de Spinetta.

Los que sí decidimos hacer esas cosas tuvimos —tenemos— un lugar excesivo cuando se habla de mi generación. Es cierto que la historia no se escribe con los miles y miles que el 25 de mayo de 1810 se quedaron en sus casas sino con los doscientos o trescientos que se reunieron en la Plaza. ¿Los que definen una generación son los pocos que actúan, no los muchos que no? Es probable, y es fácil para todos los demás. En cualquier caso, el mito sirve para cosas. Por ejemplo, un truco fácil: hablar de lo que algunos hicimos en los años setenta es un modo de no hablar de lo que hicimos todos en los cuarenta años siguientes.

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Y, sin embargo, empiezo por hablar de aquello: fueron años, como todos, raros. Empezamos nuestras vidas en un mundo convulsionado, esperanzado: todo debía cambiar, todo estaba cambiando. Cualquier muchacho más o menos decente sabía que aquel orden social era injusto y que había otros que debían reemplazarlo; la discusión no era si la sociedad debía cambiar; era cómo, por qué medios, hacia dónde. Se supone que, de formas varias, muchos lo intentamos. Perdimos. Brutalmente perdimos, pero lo intentamos.

Aquella Argentina estaba llena de infamias. La manejaban generales que golpeaban en cuanto detectaban cualquier amenaza al poder de una burguesía rica que poseía sus enormes campos y sus medianas industrias, que explotaba a obreros y peones, que se alineaba con los imperios contra sus colonias, que controlaba la nación y su Estado para su beneficio. Decidimos, con razones, luchar contra eso. Pero en 1970 uno de cada 30 argentinos estaba “bajo la línea de pobreza” y ahora es uno de cada tres: diez veces más. Y aquella pobreza, solía suponerse, era un estado transitorio hacia una situación mejor, un puesto en una fábrica que permitiera hacerse una casita, mandar a los chicos a la escuela, ganar un poco más, ser mejor explotado, “progresar”.

El mito de la movilidad social seguía imperando. Era un país con una clase media amplia y más o menos educada, que nos desesperaba: un obstáculo para cualquier intento de cambio revolucionario. Una clase media que se forjaba en la escuela pública pensada como una herramienta para homogeneizar, para implantar ciertas bases comunes; donde aprendíamos todos los que no éramos ni exageradamente ricos ni exageradamente chupacirios ni exageradamente tontos. La diferencia argentina podía sintetizarse en sus escuelas del Estado: si lo privado siempre fue una característica de las sociedades latinoamericanas, Argentina era el país de lo público. Ya no. Hace 50 años solo uno de cada diez chicos iba a la escuela privada; ahora, tres de cada diez. Es otro dato decisivo.

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Algunos quisimos cambiar aquel país, otros no; entre todos lo cambiamos para mal. Somos la generación de la caída. Ahora, 50 años después, ese tercio pobre de la población se ha congelado: viven en algún margen, en viviendas precarias, con empleos ilegales o sin ningún empleo, dependientes del Estado y sus limosnas, completamente afuera y sin expectativas de volver: a la intemperie. No tienen futuro. Y los demás, en general, tampoco creen en eso.

Hace 50 años el producto bruto per cápita argentino era la mitad del de Estados Unidos; ahora es menos de un cuarto. Hace 50 años un 10 por ciento de inflación era un peligro; ahora sería un logro extraordinario. Que nunca conseguimos. Hace 50 años la Argentina tenía 40.000 kilómetros de vías férreas que armaban un país; ahora no tiene 4000 y la mayoría no funciona. Hace 50 años la Argentina se autoabastecía en petróleo, gas y electricidad; ahora se endeuda para importarlos. Hace 50 años la Argentina fabricaba aviones y coches de diseño propio; ahora desequilibra su balanza de pagos para comprar autopartes y juntarlas. Hace 50 años los hospitales públicos atendían a la mayoría de la población; ahora solo atienden a los que no tienen más remedio. Hace 50 años se jugaban partidos de fútbol y las hinchadas se gritaban cosas; ahora, en cambio, poner dos hinchadas en la misma cancha es peligroso. Hace 50 años no hablábamos de inseguridad; ahora hablamos poco de otras cosas. Hace 50 años los crímenes eran tan escasos que salían en los diarios; ahora son tantos que salen en los diarios. Hace 50 años los políticos argentinos eran personajes incapaces de alinear un cuarto de idea detrás de otro cuarto; ahora también. Hace 50 años creíamos que la Argentina era el país del futuro; ahora nos preguntamos por qué decíamos esas tonterías.

No son solo los datos; lo brutal es que la vida de cada día se nos ha vuelto cada día más incómoda, más hecha de encontronazos que de encuentros, más disgustos que gustos, más impaciencia e impotencia que alegrías y satisfacciones. Y conseguimos un raro grado de violencia cotidiana. No en los asaltos, no en las palizas; en las relaciones entre las personas, llenas de malos tratos, de insultos, de odios, de rencores. Parece tonto dicho así, pero en el mundo hay lugares donde las personas en la calle se sonríen, se tratan como si no se detestaran. A nosotros vivir nos parece muy a menudo una batalla. Porque lo convertimos en batalla.

(Hace seis meses una familia de refugiados de Alepo, la ciudad siria destruida por la guerra, llegó a Córdoba, la segunda ciudad argentina. Eran cuatro: un padre lisiado, la esposa, sus dos hijas. Les habían prometido alojamiento, ayudas, algún trabajo, y no. Todo les resultaba caro, tan difícil; después los asaltaron. Hace unos días se volvieron a Alepo: “Allí tiran bombas y esas cosas, pero no hay tanta inseguridad y la vida es mucho más barata”, dijo el pater familias sirio).

Es obvio que la Argentina no cumplió con su promesa y se arruinó hasta un grado que nadie supo imaginar. Lo sabemos. Lo que no queremos saber es que fuimos nosotros.

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Cristina Fernández, expresidenta, dijo, hace unos días, en Bruselas, que su partido perdió las elecciones porque “ahora la sociedad no está capacitada para leer lo que pasa detrás de las noticias; a los de nuestra generación nos decían algo y sabíamos distinguir lo que había detrás de lo que nos decían y lo que estaba pasando, porque estábamos instruidos intelectualmente”. Nuestra generación —la suya, la mía, la tan instruida— hizo esta Argentina. Y todavía algunos de sus miembros tienen la desvergüenza de suponer culpas ajenas.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su esposo, el expresidente Néstor Kirchner, saludan a sus simpatizantes durante un acto oficialista en enero de 2008. Eduardo Di Baia / AP
Siempre es fácil echar culpas a los otros; siempre es difícil encontrar las propias. Pero si algo puede servir para algo es buscarlas: tratar de pensar cómo y por qué la Argentina actual es nuestra culpa. Saber qué hicimos para llegar a esto es el primer movimiento —ineludible— para tratar de llegar a otra cosa. Yo no lo sé, pero sospecho algunas pistas.

Está, para empezar, la excusa heroica: aquellas muertes. Nos asesinaron a varios miles y nos hemos consolado pensando que el problema es que “mataron a los mejores”. Que quedamos los peores pero la culpa no es nuestra, sino de aquellos asesinos. Ni los mejores ni los peores: murieron los que tuvieron más insistencia, menos suerte, más coherencia, menos imaginación, más valor, menos cuidado; los que estaban en el lugar preciso en el momento justo, los que no estaban en el lugar preciso en el momento justo. Nos mataron a muchos y fue una tragedia. Pero el problema central no fue la falta de los que mataron; fue, más que nada, el efecto que produjeron esas muertes en los vivos. Fueron pedagógicas: nos demostraron que “ser realistas y buscar lo imposible” podía ser tan costoso que después preferimos no arriesgar y aceptar lo posible. Que siempre era un desastre.

Tratamos de acomodarnos: nos gustó cada imbécil que nos dijo un versito, los fuimos eligiendo. Dos o tres frases apropiadas, una sonrisa turbia, y caíamos en las fauces de bobos que, pocos años después, odiábamos con saña. Los odiábamos, supongo, porque nos odiábamos por haberlos amado, con perdón. Y nunca quisimos o supimos, en estos 40 años, armar las condiciones para proponerle al país que discuta qué quiere ser, cómo quiere ser, qué se imagina para conseguirlo.

Así que la Argentina volvió a ser ese granero que había intentado dejar atrás un siglo atrás, cuando algunos pensaron que no alcanzaba con exportar carne y trigo y decidieron impulsar industrias; ahora, soja mediante, somos de nuevo un campo grande y festejamos que sí podremos vender unos limones. Esa reconversión —esta vuelta atrás— es la decisión más importante que se tomó en todos estos años, y no la discutimos nunca, nunca la decidimos. Total, teníamos democracia.

Sin ideas, sin debate, sin futuros, la Argentina, en nuestros años, se volvió un país reaccionario: un país donde cada gobierno hace tantos desastres que el siguiente asume para deshacerlos. El gobierno de Alfonsín llegó para deshacer el entramado asesino de la dictadura; el gobierno de Menem, para deshacer el caos económico de la hiperinflación alfonsinista; el gobierno de de la Rúa, para deshacer la corruptela menemista; el gobierno de Kirchner, para deshacer el desastre neoliberal antiestatista menemisto-delarruísta; el gobierno de Macri, para deshacer el tinglado corrupto-clientelar del kirchnerismo. Y seguirán las firmas: el gobierno actual ya está haciendo sus méritos. Porque el problema empieza cuando se les acaba la reacción: cuando empiezan a aplicar sus propias recetas preparan, con sus desastres, la reacción siguiente. Un país reaccionario es un país sin proyecto, hecho a manotazos, deshecho a manotazos, un país calesita; el nuestro.

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Somos, más allá de las máscaras políticas, venales. Ávidos somos, afanosos. Nos gustan demasiado ciertos placeres chicos, la tele más grande, el coche más brishoso, el viaje de envidiar. Y nos subimos a cualquier carro que nos ofrezca esos caramelitos. Ya no nos gusta imaginar a largo plazo, fijarnos metas, buscar. Quizá porque vimos que cuando buscamos no encontramos, entonces no buscamos, entonces no encontramos, entonces no buscamos. La cuestión es que nos hemos vuelto un país de protestones sin consecuencia: parece como si nos comiéramos a los niños crudos, como si estuviéramos llenos de sacrosanto honor y orgullo que nos impulsan a rechazar todo lo que no condice con vaya a saber qué. Y nos pasamos la vida aceptando cualquier cosa.

Cada vez más conductas anormales nos parecen normales: nos parece normal que tantos coman poco, que tantos vivan mal, que tantos mueran antes, que la violencia —verbal o física— sea nuestra manera; nos parece normal que nos engañen. Hace un mes, en una tribuna de fútbol, un muchacho reconoció al señor que, al volante de un coche a toda máquina, había matado a su hermano. Lo interpeló; el homicida, para sacárselo de encima, gritó que el muchacho era hincha del equipo contrario y se lanzó a pegarle. Se le unieron muchos. Emanuel Balbo trató de escaparse pero no lo consiguió: se cayó, se mató. Ya muerto, derramado en el suelo, hinchas seguían insultándolo por ser, decían, del equipo contrario. Y alguno le robó las zapatillas.

Y entonces dos o tres dijeron que era intolerable, y todos toleramos. Avanzamos por el camino de la rana: nos metieron en el agua tibia y nos la fueron calentando poco a poco y, con el tiempo, nos acostumbramos a vivir en un país que hierve; o casi hierve, porque tampoco es que haya suficiente gas.

Somos la rana acostumbrada; somos, al fin y al cabo, gente que resopla. (Resoplar, decía el otro, solo sirve si después se sopla. Si no, se queda en el berrinche; y el berrinche es la costumbre más argenta). Resoplamos, y nos armamos un país a imagen del resoplo: un país que se grita cosas para sacarse el malhumor pero que está tan pagado de sí mismo, tan engañado de sí mismo que le pudo creer a aquella presidenta que dijo que tenía menos pobreza que Alemania. Un país que sigue imaginando que tiene un lugar en el mundo. Un país que trata de no ver lo que es. Nos ayuda, si acaso, ese mérito que no nos abandona: seguimos poniendo caras en la camiseta universal. Si antes fueron Ernesto Guevara o Eva Perón, después Borges o Maradona, ahora es Jorge Bergoglio: la proporción de personajes globales que produce la Argentina no tiene relación con su papel en la cultura y la economía del mundo. Aunque ahí hay algo que quizá nos defina: ser grandes de la máscara.

O mejor llamarlo por su nombre: la careta. Es difícil, por ejemplo, negar que los más exitosos de nuestra generación son esos dos cincuentones que el 90 por ciento de los argentinos votó, hace año y medio, para que nos mandaran. Es difícil soportar que nuestros jefes sean un señor que no habla cuando habla y otro que miente incluso cuando calla: dos señores de tan pocas luces. Y que otros estandartes sean un exfutbolista que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste, y un músico que fue extraordinario y se convirtió en un jubilado triste. Mauri, Daniel, Diegote, Charly. Máscaras, lo nuestro son las máscaras. Y, cada vez más, los jubilados tristes.
El presidente Mauricio Macri frente a una imagen del presidente Juan Domingo Perón durante una celebración del día de los trabajadores, el 1 de mayo de 2017. Marcos Brindicci/Reuters
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Somos muy mediocres. O, por lo menos: nuestras acciones públicas son tan mediocres, producen resultados tan mediocres.

En algunos años, algunos libros contarán —si es que hay libros todavía, si es que hay una Argentina todavía— que la nuestra fue la generación más fracasada de la historia del país. Que fuimos nosotros —no harán diferencias, hablarán de todos nosotros— los que lo llevamos a este punto. Por supuesto, la generación siguiente puede disputarnos la corona, pero creo que nos reconocerán la importancia de haber hecho camino. Y nuestra marca: la Argentina donde empezamos a vivir era tanto mejor que ésta donde vamos terminando.

Alguno me dirá que es fácil hablar desde lejos, que me calle (en su manera más argenta: “Calláte, puto, cerrá el orto”); ya me lo han dicho muchas veces. No sé si es fácil o difícil; sé, sí, que la distancia es condición de muchos. Y eso no me consuela. Pero es cierto que muchos dejamos la Argentina en estos años: desde los que salimos en el 76 por el terror hasta los que se fueron en 2002 por el desastre. Muchos aprovechamos que la Argentina es un país reciente —que nuestros padres o abuelos nacieron en otros— para poder decirnos que volvíamos a sus lugares previos. Yo, en todo caso, me fui obligado —a Francia— en el 76, volví entusiasta en el 83, me volví a ir —a España— en 2013. Esta vez fue distinto: nadie me forzó. No sé bien por qué me fui: me dije que el mundo era demasiado grande e interesante como para rechazar la tentación de cambiar ángulos, pero sé que también fue porque estaba cansado. Harto de esa vida de agresión, de choque; harto de un discurso mentiroso que se había apoderado de la discusión, en la que ya había dicho y escrito todo lo que podía decir y escribir; harto, por anticipado, de que la única alternativa a ese discurso falso sería uno en vías de falsificación. Harto de esa conciencia de que no había salida.

Tomé la mía, me escapé. Y también me siento responsable.

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Hemos pasado: vivimos cuarenta, cincuenta años argentinos y no dejamos nada que valga la pena recordar (más que un país en ruinas, su eterna calesita, sus reacciones pobres). Debe haber logros, pero no logro verlos; vale la pena discutirlo. Es cierto que en algunos aspectos la vida es más libre que hace 50 años. Pero muchas de esas libertades que no existían entonces —sexuales, sobre todo— llegaron de otras culturas y nos limitamos a adoptarlas, ni siquiera del todo: el aborto, por ejemplo, sigue siendo ilegal gracias a la sumisión de nuestras autoridades al autoritarismo sin autoridad de la iglesia católica. Y el resto de los cambios viene de técnicas que inventan los norteamericanos y los chinos fabrican.

Nosotros, mientras, la cagamos; es tan fácil saber que la cagamos. ¿Y qué se puede hacer cuando queda tan claro? ¿Mirar para otro lado, buscar a quién echarle culpas, negar todo, disimular o incluso convencernos de que la cosa no es tan grave? Ninguna de esas reacciones sirve para empezar a arreglar nada. Aunque, quizá, la idea de que los que la cagamos podamos arreglarla es otra forma de escaparnos. Quizá sea hora de que nos demos por vencidos —por nosotros mismos— y nos retiremos, dejemos el espacio a otros que, probablemente, lo puedan hacer aún peor. Pero es difícil: nadie se retira a los 60, a los nuevos 40 o 25 o 37 y medio.

¿Entonces? ¿Decidir que vamos a ser distintos, como se deciden cosas el día de fin de año, el día del cumpleaños? ¿Decidir que quizá no podamos ser distintos pero sí actuar distinto, buscar otras maneras? ¿Decidir que vale la pena dejar de lado estupideces y fanfarrias y hacerse cargo del desastre, sabiendo que construimos con barro, sabiendo que no se puede construir con barro si uno pretende que es cemento? ¿Aceptar que ya perdimos nuestra oportunidad, que si acaso, en esa construcción, ya serán otros los que lleven el ritmo, los que manden, pero aún así valdría la pena colaborar en lo posible? ¿Aceptar que deberíamos ayudar en una búsqueda cuyos resultados, si los hay, nunca vamos a ver?

Hay un país, lo reventamos. Negarlo es la manera más segura de seguir haciéndolo. Un país, pese a todo. Quizá valga la pena discutirlo, resignarse a pensarlo: reinventarlo.

Martín Caparrós es periodista y novelista argentino. Vive en España. Sus libros más recientes son "El hambre" y "Echeverría".

Fuente: The New York Times

Jorge Fontevecchia analiza el blindaje mediático al gobierno

No es una posición cómoda porque se reciben críticas de ambos lados de la grieta
Por: Jorge Fontevecchia
“Desde que asumió este gobierno estoy en carne viva, y particularmente sensible a todo intento de borrar los logros del pasado para justificar el desastre del presente, y me entristece la hipocresía con la que los medios cubren de lodo el pasado para que el barro del presente parezca oro”, me escribió un profesor de la universidad pública hace unos días criticando a Perfil.

Casi al mismo tiempo, el feriado del 25 de Mayo, Luis Majul publicó en La Nación una columna criticando a quienes –como Perfil, entre otros– no aceptamos ser arrastrados por el discurso de moda de esta época. En sus palabras: “Sólo están ocupados en que no se los etiquete. No quieren que se los confunda con el periodismo militante K. Y tampoco desean que se suponga que están de acuerdo con un gobierno ‘de derecha’. (...) Entonces un día fuerzan un argumento anti K y al siguiente sobreactúan una crítica al Presidente. Se presentan a sí mismos como neutrales, pero en el fondo son dogmáticos. Hay una broma para identificar su equidistancia de ‘mentirita’. Se dice de ellos que no pertenecen ni a Corea del Norte ni a Corea del Sur, sino a un país que no existe: Corea del Centro”.

El concepto de Schmitt amigo-enemigo, que el kirchnerismo, potenció lo continúa el macrismo en el plano electoral

No es una posición cómoda la de ser “Corea del Centro” porque se reciben críticas de ambos lados de la grieta, pero es la manera en que Perfil entiende que puede cumplir su mandato de ser contracíclico para sumar al debate público siempre aquello que falta. Ser anticíclico fue criticar al kirchnerismo cuando nadie lo hacía durante los primeros cinco años. Y ser anticíclico hoy no sólo es criticar a Macri, porque, a diferencia de lo que sucedió con el kirchnerismo, los principales medios también le hacen críticas a Macri a pesar de que lo apoyan, sino también animarse a reconocer aquello bueno que hizo el kirchnerismo cuando la mayoría de la audiencia de los grandes medios pide reducir el período 2003-2015 sólo a casos de corrupción. Animarse a incomodar los prejuicios de nuestra audiencia (y también los nuestros) para contribuir a su progreso.

Claro que mejora a los grandes medios que ahora haya críticas a Macri desde el comienzo y los diferencia de PáginaI12, donde no hay críticas al kirchnerismo. Pero debemos reconocer que no tenemos suficiente polifonía de voces sino que unas predominan sobre las otras. Usando el ejemplo del diario donde escribe Majul, las investigaciones de Hugo Alconada Mon o algunas columnas críticas de Carlos Pagni no impiden ver que la línea general del diario aprueba como legítimo el relato del actual gobierno. Lo mismo le cabe a PERFIL, donde el hecho de que escriban regularmente Artemio López o Bernarda Llorente y Claudio Villarruel, por ejemplo, no alcanza a equilibrar la línea crítica del kirchnerismo.

Puesto en perspectiva antagónica con la prensa profesional de los grandes medios, se podría argumentar que PáginaI12 asume su papel de prensa militante seria con honestidad, mientras que nosotros tratamos de disimularlo. Y un reclamo que se nos hace siempre es que asumamos el lugar desde donde escribimos haciendo pública nuestra preferencia política como lo hacen los grandes diarios de Estados Unidos, que recomiendan en su editorial votar por tal o cual partido antes de cada elección. Pero que un medio que haga verdadero periodismo explicite su preferencia electoral no implica que omitirá las críticas a su sector de afinidad. Ni siquiera en los medios más asociados, que cubren la política en forma de espectáculo, como podría ser Fox News, se omiten críticas a Trump, como lo demuestra el gráfico de esta columna.

Majul se queja de que les damos relevancia comparable a los bolsos de José López y al caso de las acusaciones al director de la AFI, Gustavo Arribas, de haber recibido 800 mil dólares por la misma ruta del dinero con la que Odebrecht pagaba sus coimas. Y remarca la abrumadora mayor magnitud de los casos de corrupción del kirchnerismo, entre ellos el reciente procesamiento de Hebe de Bonafini por la estafa en la construcción de viviendas sociales, que son incomparables con los de este gobierno. Tiene razón, pero a los casos de corrupción, como a cualquier noticia, se les aplica el criterio de proximidad, en este caso temporal: se pondera más lo que sucede ahora (Panamá Papers, Arribas, Iecsa, etc., aún sin comprobación) que lo que sucedió hace años, por eso fue más valioso periodísticamente denunciar cómo se usaba el prestigio de las Madres de Plaza de Mayo para otros fines en 2007, como hicieron este diario y la revista Noticias, cuando atreverse a criticar a las organizaciones de defensa de los derechos humanos generaba un repudio generalizado.

A las diez reflexiones del maestro de periodismo Ryszard Kapuscinski, quien decía que para ser buen periodista primero había que ser una buena persona, se podría sumar que para ser un buen periodista hay que rebelarse al cómodo monologuismo del discurso dominante, que sólo retroalimenta el cambiante humor social de cada época. En la Argentina actual, la posición contracíclica en periodismo es justamente ser “Corea del Centro”. Esta sola metáfora que peyorativamente indica como únicos lugares verdaderos a Corea el Norte y Corea del Sur (no hay un pueblo más dividido y enfrentado que las dos Coreas) demuestra cómo se intenta mantener y profundizar la grieta.

Kim Jong-un, como el kirchnerismo, y Cambiemos, como Corea del Sur, son el paroxismo de la grieta

En lo contrario, contribuir a la reducción de la grieta, es en lo que PERFIL continuará perseverando. Esta semana, con pocas horas de diferencia, me tocó como invitado dar la misma clase sobre “Subjetividad en periodismo” en la Universidad de La Matanza y en la de San Andrés. La Matanza, quinta mayor universidad del país, con 50 mil alumnos, es el símbolo de las universidades populares del Conurbano, donde el 90% de los padres de sus alumnos no fueron universitarios. San Andrés, con poco más de 2 mil alumnos, es el símbolo de la más exclusiva de las universidades privadas, cuyo rector, Carlos Rosenkrantz, pasó a integrar la Corte Suprema.

No hubo ninguna diferencia en las preguntas que me hicieron los alumnos de ambas universidades, quienes además mostraron el mismo interés por un periodismo alejado de los extremos. Es que el lugar del periodismo es, justamente, ese no lugar de “Corea del Centro”.

Blindaje mediático
El periodismo amigo o enemigo es el problema. Los partidarios de Macri aplauden el periodismo de investigación sobre Lázaro Báez u Hotesur pero se irritan con lo que afecte al Gobierno
El mismo superjueves político en que Massa hizo el lanzamiento de su alianza con Stolbizer, Cristina Kirchner amenazó con su candidatura a Randazzo desde C5N y Marcos Peña les respondió a ambos desde América TV, se publicó la columna titulada La falsa grieta de la prensa argentina (Majul, en La Nación) criticando a los periodistas que eligen ser parte de “Corea del Centro”, metáfora pretendidamente peyorativa cuando debería ser un elogio.

La crítica a los medios de “Corea del Centro” fue por dar similar despliegue a las acusaciones sobre actos de corrupción del macrismo no confirmados que a los del kirchnerismo consumados y ya en juzgamiento. La crítica no tuvo en cuenta que a quien está en el poder se le invierte el orden de la prueba y debe demostrar su inocencia y no los demás su culpabilidad.

En la Argentina fue habitual que los gobiernos, al comenzar, contaran con un blindaje mediático mientras atravesaran el período de luna de miel con la sociedad, o más permanentemente cuando sus políticas coincidían con los intereses de los medios, o cuando directamente los compraban.

Una combinación de la primera y segunda situación puede explicar el blindaje mediático del que goza el jefe de Gabinete, Marcos Peña, porque a lo largo de toda la semana ninguno de los grades medios reprodujo la noticia que dio a conocer Perfil.com el lunes, informando que su padre, Félix Peña, no solamente había sido subsecretario en el área económica de la Cancillería durante la presidencia de Menem sino también durante la de Galtieri, algo que la biografía pública había omitido.

Ningún hijo tiene responsabilidades sobre lo que haya hecho su padre ni tampoco haber sido funcionario de la dictadura, según en qué áreas y bajo qué circunstancias, por sí solo descalifica a una persona. Pero resulta contradictorio que los medios destaquemos a cualquier funcionario kirchnerista que fue juez, diplomático o funcionario ministerial durante la dictadura y no lo hagamos si se trata del padre del jefe de Gabinete, siendo una noticia interesante porque además fue el encargado de pensar la defensa económica del país en el exterior durante la Guerra de las Malvinas.

A la reina Máxima de Holanda le costó que su padre no pudiera participar de su boda por haber sido ministro de Agricultura al comienzo de la dictadura. Nuevamente, no hay en esta columna crítica a Félix Peña o a Marcos Peña sino a los medios cuando no medimos con la misma vara los mismos hechos si vienen de representantes de Corea del Norte o de Corea del Sur.

En el reportaje a Marcos Peña que le realizó Fantino en su programa de América TV, Animales sueltos, no sólo no hubo ninguna mención al tema sino que el propio entrevistador felicitaba al jefe de Gabinete por lo bien que respondía compitiendo en el género blindaje mediático, aunque un escalón debajo, con el reportaje a Cristina Kirchner de ese mismo día en C5N. En la entrevista a la ex presidenta faltaron tantas preguntas imprescindibles que hasta terminó destacándose el hipersesgado Roberto Navarro por algunas preguntas que incomodaron a Cristina cuando atribuía la derrota del Frente para la Victoria en 2015 a la propaganda de los medios, y le recordó que Trump ganó las elecciones con todos los medios en contra y que ella entregó su gobierno ya con problemas económicos.

La presentación en sociedad de la alianza de Massa con Stolbizer, al no ser un reportaje periodístico sino un acto puro de campaña, terminó siendo más honesta. Y al que hicieron brillar por ausencia fue a Randazzo, quien cree que la ex presidenta busca excusas para no presentarse echándole la culpa a él por querer arrastrarla a unas PASO que rehúye. Randazzo. al igual que Massa, tampoco apeló a medios o periodistas que lo blindaran sino al misterio con videos, exprofeso, caseros.

La estética de la comunicación de Randazzo fue la de las redes sociales; la de Massa, de un mitin norteamericano transmitido con protocolo de televisión broadcasting, mientras que las de Marcos Peña y Cristina, la del periodismo amigo. El periodismo amigo o enemigo es el problema.

El último informe del Pew Research Center sobre periodismo y medios en Estados Unidos demuestra que cada vez más los demócratas y los republicanos ponen su confianza en diferentes fuentes de información y están en desacuerdo más que nunca sobre el papel de los medios de comunicación en la sociedad. El periodismo del tipo “perro guardián” (watchdog) es visto hoy por los demócratas cumpliendo la función de impedir que los políticos hagan lo que no deben, mientras que para los republicanos la presión del periodismo sobre la opinión pública impide que los políticos hagan lo que deben (romper con lo políticamente correcto, según los partidarios de Trump). Para unos, mantener a los líderes en línea es una ventaja; para otros, un freno al cambio. El Pew Research Center recuerda que siempre hubo una predisposición a valorar mejor el papel del periodismo de vigilancia a los políticos entre quienes estaban en la oposición: cuando gobernaban los demócratas, los republicanos valoraban esa función del periodismo más que ahora. No somos distintos: también los partidarios de Macri aplauden el periodismo de investigación sobre Lázaro Báez u Hotesur pero se irritan con lo que afecte al Gobierno.
Fuente: Diario Perfil

Actualizan la grilla de la TDA: prioridad para canales públicos y de noticias

El cambio busca optimizar el espacio disponible y garantizar la pluralidad de voces

Con el fin de optimizar el espacio disponible y garantizar la pluralidad de voces, el Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos anuncia un plan de actualización de la grilla de los canales administrados por Radio Televisión Argentina (RTA).

Entre junio y octubre se realizará una primera etapa en la reorganización de espacios de los canales en la grilla y a partir de noviembre se llamará a concursos públicos para asegurar la pluralidad informativa. Tendrán prioridad en esta nueva etapa los canales públicos y las señales de noticias nacionales. De esta manera, se reafirma la vocación de que todas las voces lleguen a los ciudadanos.

Desde el pasado 23 de mayo, por ejemplo, la señal LN+ perteneciente al diario La Nación ha comenzado a emitirse por la TDA en el canal 25.3. Actualmente se encuentra en etapa de pruebas técnicas y a partir de este lunes estará disponible para todo el país. En las próximas semanas, otros canales de noticias se irán incorporando a la TDA.

Qué es la TDA
La Televisión Digital Abierta es el sistema de distribución de contenidos de televisión en formato digital que se ofrece libre y gratuitamente por aire. La disponibilidad de este sistema representa un avance tecnológico significativo para nuestro país ya que permite, entre otras cosas, mejorar la calidad de transmisión de los contenidos y optimizar el uso del espacio radioeléctrico.

El Estado Nacional, a través del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, tiene bajo su órbita la asignación de espacios de aquellas señales, públicas y privadas, comprendidas entre las frecuencias/canales 22, 23, 24 y 25 de la TDA.

Esas cuatro frecuencias, con sus respectivos dividendos digitales, constituyen actualmente una plataforma de 16 señales que se distribuyen en todo el territorio nacional.

Entre ellas se encuentran incluidas las señales públicas: Televisión Pública Argentina (TPVA), Canal Encuentro, Paka Paka y Deportv.
Fuente: Agencia TelAm

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