domingo, 8 de marzo de 2026

La economía del ajuste: inflación, salarios en caída, empleo en retroceso y más hogares endeudados

El economista Lavih Abraham, integrante del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE), analiza en Señales, la inflación, la caída de los salarios, el deterioro de las jubilaciones y la destrucción del empleo formal. Según su diagnóstico, el programa económico actual no busca frenar los precios sino sostener una "estabilización" basada en ingresos deprimidos, endeudamiento creciente y una economía cada vez más dependiente de la extracción de recursos
Abraham habla con la calma de quien viene siguiendo los mismos indicadores desde hace años. Integrante del MATE, el espacio dedicado a analizar empleo, salarios, producción y coyuntura económica en la Argentina, participa en la elaboración de informes que buscan poner números y contexto a los cambios del mercado laboral. El último documento difundido por el equipo volvió a encender alarmas: la inflación se aceleró otra vez en enero y, según anticipan distintos analistas, podría repetirse una dinámica similar con los datos de febrero.

Desde su mirada, el problema no radica en un fenómeno misterioso ni inesperado, sino en la falta de un programa integral para frenarlo. Abraham sostiene que el gobierno se ha concentrado prácticamente en una sola variable: el dólar. Mantenerlo contenido ha sido, según explica, el principal instrumento utilizado para intentar ordenar la economía. Pero eso, afirma, está lejos de ser suficiente para frenar la inflación.

La otra herramienta a la que el oficialismo suele atribuirle efectos antiinflacionarios es la reducción permanente del gasto público. Sin embargo, desde el MATE observan que ese argumento no se refleja en los datos. "Desde nuestro punto de vista, achicar el gasto público no tiene ningún tipo de incidencia", plantea. Recuerda que el gasto efectivamente se redujo en el último tiempo y que, aun así, la inflación continuó moviéndose: sube, baja, pero no desaparece. De hecho, remarca que desde mayo del año pasado la tendencia muestra que mes a mes los precios vuelven a aumentar un poco más.
Una inflación sin plan para detenerla
Para el economista, el diagnóstico es claro: no existe hoy un plan antiinflacionario concreto que tenga como objetivo llevar la inflación a cero. Lo que falta —dice— son instrumentos específicos y decisiones más activas del Estado. A contramano del discurso oficial, Abraham considera que el control de ciertos aumentos, la regulación de precios clave o la intervención sobre mecanismos de actualización de contratos podrían contribuir a frenar la inercia inflacionaria.

Ese tipo de herramientas, recuerda, no son ajenas a los gobiernos de orientación liberal. Cita como ejemplo el inicio de la convertibilidad durante el gobierno de Carlos Menem, cuando también se aplicaron medidas de control para contener la dinámica de los precios. En cambio, sostiene, la actual estrategia parece confiar en que los valores del mercado se acomodarán por sí solos. "El gobierno está esperando que de alguna manera los precios bajen solos. Bueno, no va a pasar", afirma.

La estabilización como salarios bajos
En el discurso oficial, la palabra que aparece con frecuencia para describir el momento económico es "estabilización". Para Abraham, ese término encubre otra realidad. El economista cree que la idea de ordenar la macroeconomía se traduce, en la práctica, en mantener los salarios deprimidos y en limitar cualquier política pública orientada a mejorar ingresos. Según su lectura, la estabilización que se busca implica que los sueldos no crezcan, que el gasto público no intervenga para compensar pérdidas de ingresos y que el Estado reduzca al mínimo su presencia en la economía.

"Es la paz de los cementerios", resume. Un orden que existe, dice, pero que se sostiene a costa del consumo y del deterioro de los ingresos.
El deterioro silencioso del salario real
Los datos que analiza el MATE apuntan precisamente en esa dirección. El economista describe una caída generalizada de los ingresos: retroceden los salarios del sector privado, también los del sector público y, al mismo tiempo, las jubilaciones pierden poder adquisitivo. La explicación es simple y persistente: la inflación continúa mientras los salarios avanzan a un ritmo menor.

Cada mes, explica, los precios aumentan alrededor de un 2 o 3 por ciento, mientras que los sueldos crecen en promedio entre un 1 y un 1,5 por ciento. Esa diferencia, aparentemente pequeña, se acumula con el tiempo y termina erosionando el poder de compra. El resultado es una reducción del salario real: la capacidad de adquirir bienes y servicios con el mismo ingreso es cada vez menor.

Ese deterioro impacta de manera directa en la economía cotidiana. Con menos poder de compra, el mercado interno se debilita. Los comercios venden menos, la industria nacional pierde dinamismo y encuentra mayores dificultades para competir frente a la apertura de importaciones. A su vez, la construcción atraviesa un fuerte retroceso, en parte por la decisión del gobierno de eliminar prácticamente la obra pública. Al desaparecer ese motor de actividad, caen también los puestos de trabajo vinculados al sector.

Para Abraham, ese escenario no es el resultado inevitable de fuerzas económicas abstractas, sino de decisiones políticas concretas. "Contrariamente al planteo oficial de que el Estado se retira y que son los mercados los que deciden todo, es el Estado el que está decidiendo todo", sostiene. Y agrega que esas decisiones terminan determinando qué sectores ganan y cuáles pierden. En el panorama actual, asegura, quienes están perdiendo son principalmente los trabajadores.

Uno de los datos más contundentes del informe del MATE es la caída del salario real desde el inicio del actual gobierno. En el caso de los trabajadores del sector privado, la pérdida ronda el 6 por ciento en promedio. Abraham explica la magnitud de ese número con un ejemplo sencillo: si en 2023 un trabajador podía comprar una canasta de productos que valía 100, hoy con su salario solo alcanza para adquirir bienes equivalentes a 94.

La caída incluso fue más profunda en algunos momentos del período. Hubo meses en los que el poder de compra llegó a equivaler a 86 sobre aquella referencia de 100. Luego, gracias a las negociaciones paritarias, se produjo una leve recuperación, pero en los últimos ocho meses la tendencia volvió a inclinarse hacia abajo.
El golpe más fuerte en el sector público
El deterioro es aún mayor dentro del sector público. Abraham señala que, particularmente en el ámbito del Estado nacional, las pérdidas salariales son mucho más pronunciadas. En las universidades públicas, por ejemplo, calcula que los ingresos de docentes y trabajadores registraron caídas que oscilan entre el 25 y el 35 por ciento. "Es muchísimo, es una destrucción", afirma.

Si se observa el conjunto del empleo estatal —donde se combinan salarios de trabajadores nacionales y provinciales— la caída promedio ronda el 22 por ciento. La cifra implica, explica, que aproximadamente una cuarta parte del ingreso mensual desapareció en términos reales.

Ese retroceso, según el economista, está empujando a los trabajadores estatales a una situación que recuerda a la de décadas anteriores. "Están volviendo a lo que fueron antes de 2003: trabajadores parias, mal pagados, abandonados y vilipendiados por el propio Estado del cual forman parte", describe.

Para Abraham, lo que se está produciendo es una degradación profunda de la estructura estatal y un abandono de sus funciones básicas hacia la población. Lo atribuye a una concepción política que considera que todo lo que hace el Estado es negativo y que, por lo tanto, debe reducirse al mínimo. Una idea que, según concluye, no encuentra respaldo en la experiencia internacional. Ningún país del mundo, remarca, funciona prescindiendo completamente de la acción estatal.
Jubilaciones que pierden meses enteros de ingreso
Abraham dirige la atención hacia otro de los sectores que, según el análisis del MATE, está atravesando un deterioro particularmente profundo: los jubilados y pensionados.

Los datos que maneja el espacio muestran una caída significativa del poder adquisitivo de los haberes previsionales. Abraham explica que las jubilaciones perdieron alrededor de un 25% de su capacidad de compra en relación con 2023, mientras que en el caso de la jubilación mínima la caída alcanza aproximadamente el 29%.

Para dimensionar ese número, propone un ejercicio sencillo. Una pérdida cercana al 29% equivale, aproximadamente, a que cada tres meses una jubilación entera "desaparezca" en términos de poder de compra. Si se observa el período completo desde el inicio del actual gobierno —unos 24 o 25 meses— el deterioro acumulado equivale a unas siete jubilaciones que, en términos reales, dejaron de cobrarse.

No se trata de meses sin percibir ingresos, aclara, sino de una pérdida constante del valor del dinero. "Cada mes hay un 24 o 25% que no se está cobrando en términos de poder adquisitivo", explica. Desde su mirada, ese proceso revela dónde recae el núcleo del ajuste fiscal. "El principal ajuste de este gobierno son los jubilados", afirma, y sostiene que el sector se convirtió en el principal blanco de la política económica.

El economista considera que el deterioro actual no tiene antecedentes cercanos en términos de intensidad. A su juicio, incluso en contextos económicos complejos de gobiernos anteriores, los jubilados no habían sido sometidos a un nivel de deterioro tan marcado. Y, además, no observa señales de que la situación vaya a revertirse en el corto plazo.

Según su interpretación, mientras se mantenga la misma orientación económica, las jubilaciones continuarán en el nivel actual de poder adquisitivo. "Bajaron las jubilaciones, quedaron bajas y así van a estar", resume, convencido de que dentro de esta lógica de política económica no existe margen para una recuperación.

Medicamentos más caros y menos cobertura
La situación se agrava cuando se observa el gasto cotidiano de los adultos mayores. Abraham señala que uno de los rubros que más aumentó es el de los medicamentos, un componente central del presupuesto de los jubilados. El cronista le cuenta casos cercanos donde tratamientos que hace algunos meses costaban alrededor de 60.000 pesos hoy superan los 125.000. Para él, se trata de un aumento particularmente grave porque impacta en personas cuyos ingresos ya vienen deteriorados.

A ese encarecimiento se suma otro factor: cambios en la cobertura de medicamentos por parte del PAMI. Abraham señala que muchos jubilados que antes recibían medicamentos gratuitos dejaron de contar con ese beneficio. El resultado, explica, es doblemente negativo: cobran jubilaciones con menor poder de compra y, al mismo tiempo, deben afrontar gastos que antes no tenían.

"Entonces no solo les bajó la jubilación, sino que además con esa jubilación más baja tienen que comprar medicamentos que antes recibían gratis", describe. En ese marco, califica el impacto del ajuste como "brutal".

A su entender, este recorte solo encuentra un paralelo en otras áreas que también identifica como blanco de las políticas actuales, como el sistema universitario y el sector científico. En una mirada más amplia, Abraham interpreta que el ajuste se concentra sobre ámbitos que forman parte de la estructura colectiva del país: la educación, la ciencia, la cultura o el deporte.

"El ajuste se da sobre todas las aristas que hacen a la identidad nacional", sostiene. En su diagnóstico, se trata de un cambio profundo respecto de las políticas aplicadas por la mayoría de los gobiernos anteriores.

Un empleo formal que desaparece
El análisis del MATE también advierte sobre otro indicador que preocupa: la pérdida de empleo formal. Según los datos recopilados por el espacio de análisis, desde el inicio del actual gobierno se destruyeron alrededor de 323.000 puestos de trabajo registrados.

La mayor parte de esa pérdida, explica Abraham, se concentra en la industria. La producción nacional atraviesa, según su lectura, una etapa particularmente delicada frente al aumento de las importaciones. Muchas empresas no logran competir con los productos que llegan del exterior y se ven obligadas a cerrar, reducir personal o modificar su modelo de negocio.

En algunos casos, describe, las fábricas directamente dejan de producir y pasan a dedicarse a la distribución de bienes importados. Abraham menciona el ejemplo de empresas que antes ensamblaban motos en el país, combinando componentes nacionales e importados y empleando a varias decenas de trabajadores. Hoy, con las motos llegando completamente armadas desde países como China o India, esas mismas compañías mantienen apenas unos pocos empleados encargados de embalar y distribuir los productos.

Es en ese proceso de reconversión donde se explica gran parte de la destrucción del empleo industrial. Para dimensionarlo, Abraham traduce la cifra total a una escala temporal: la pérdida de más de 320.000 puestos formales equivale, aproximadamente, a un empleo registrado que desaparece cada tres minutos.

Al mismo tiempo, muchas de las personas que pierden esos trabajos terminan desplazándose hacia actividades informales o hacia el cuentapropismo. Aparecen estrategias de subsistencia como el reparto en aplicaciones de delivery o la venta de productos a través de redes sociales y contactos personales.

El economista aclara que no hay una crítica hacia quienes recurren a esas alternativas para sostenerse. Lo que intenta remarcar es la diferencia en la calidad del empleo. Un puesto formal en la industria implica salario registrado, aguinaldo, vacaciones pagas, licencias por enfermedad o maternidad, cobertura sindical y una red de derechos laborales asociados.

Nada de eso suele acompañar a los trabajos informales. Por eso, advierte, la preocupación no se limita al nivel del ingreso sino a la estructura misma del mercado laboral. Y recuerda que los 323.000 empleos perdidos corresponden únicamente a los datos oficiales de trabajo registrado, es decir, a personas que dejaron de estar en blanco.

Sobre lo que ocurre en el universo del empleo informal —mucho más difícil de medir— solo existen estimaciones. Un terreno donde, sugiere Abraham, el impacto real podría ser todavía mayor.
La otra cara de la crisis: hogares endeudados
El economista abre otro capítulo del informe del Mirador para abordar un fenómeno que, según advierte, se está profundizando en silencio: el endeudamiento de los hogares.

La señal de alerta apareció esta semana a partir de datos del sistema financiero. El Grupo Banco Galicia, junto con Naranja X, informó resultados con pérdidas superiores a las previstas y un aumento significativo en los niveles de morosidad. Según esos reportes, el incumplimiento de pagos ya supera el 13% y, en el caso de las deudas vinculadas a billeteras virtuales, cerca del 30% se encuentra en mora.

Para Abraham, esos números ofrecen una fotografía muy concreta de la situación social que atraviesa el país. Y aclara que el problema no se limita a una entidad. "Cuando miramos los balances de todos los bancos —los más de sesenta que operan en Argentina— vemos que prácticamente todos, especialmente los grandes, tienen problemas crecientes para cobrar sus créditos", explica.

Cuando el crédito ya no alcanza
Las dificultades abarcan tanto préstamos a empresas como a personas. Pero es en el crédito al consumo donde el fenómeno se vuelve más visible. Las billeteras virtuales, que en los últimos años se convirtieron en una herramienta masiva de financiamiento cotidiano, muestran niveles de mora particularmente altos.

Según el análisis del MATE, el proceso de endeudamiento de las familias atravesó distintas etapas desde el inicio del actual ciclo económico. Abraham lo describe como una secuencia de tres fases. En la primera, durante el primer año de caída salarial, muchas personas pudieron sostener su nivel de consumo recurriendo a los ahorros acumulados en años anteriores. No se trataba de grandes capitales, aclara, sino de reservas modestas equivalentes a dos, tres o cuatro sueldos guardados con esfuerzo.

En una segunda etapa, cuando esos ahorros comenzaron a agotarse, el recurso pasó a ser el crédito. Muchas familias tomaron préstamos para sostener el consumo y mantener, en la medida de lo posible, un nivel de vida relativamente estable. Pero esa estrategia también tiene un límite.

La tercera fase es la que, según Abraham, comienza a verse ahora: los ahorros ya desaparecieron, la capacidad de endeudamiento se agotó y, en muchos casos, las personas ya no pueden afrontar el pago de los créditos que tomaron. Es allí donde aparecen los indicadores de morosidad que hoy preocupan al sistema financiero.

El fenómeno no se limita al circuito bancario formal. El economista advierte que en muchos barrios también se multiplican las deudas informales. Ante la imposibilidad de acceder a nuevos créditos en el sistema financiero, algunas personas recurren a prestamistas locales para conseguir dinero. En ciertos casos —señala— esos prestamistas están vinculados a economías ilegales o a redes delictivas.

Las consecuencias pueden ser graves. Cuando las deudas no se pagan, los acreedores reclaman con métodos mucho más agresivos que los del sistema formal. "La gente empieza perdiendo un televisor y puede terminar perdiendo la casa", describe Abraham, al explicar cómo funcionan esas presiones.

En paralelo, en el plano formal, se acumulan las deudas con bancos, con plataformas de pago digital o con sistemas de crédito asociados a billeteras virtuales, como los que ofrecen aplicaciones ampliamente utilizadas en la vida cotidiana, entre ellas Mercado Pago. El problema, señala, se concentra especialmente en los sectores populares, donde los ingresos resultan cada vez más insuficientes para cubrir gastos y compromisos financieros.

Desde su mirada, ese escenario contrasta con la agenda económica del gobierno, que suele enfocarse en reuniones con grandes actores del sistema financiero internacional. El periodista menciona, con ironía, el encuentro previsto entre el presidente y el banco de inversión JPMorgan Chase, interpretado por el oficialismo como una señal de confianza para atraer inversiones extranjeras.

Inversiones externas sin desarrollo local
El economista es escéptico respecto de ese camino. Considera que, aun en el caso de que llegaran capitales externos, eso no necesariamente se traduciría en más empleo o mejores salarios para la mayoría de la población. Según su visión, el marco actual de incentivos incluso favorece que esas inversiones operen con pocas obligaciones fiscales o productivas.

Aclara, sin embargo, que no se trata de rechazar la inversión extranjera en sí misma. Abraham recuerda que países como China lograron impulsar su crecimiento a partir de capitales internacionales desde las décadas de 1980 y 1990. La diferencia, subraya, fue el rol activo del Estado.

En el caso chino, explica, las autoridades exigían que las empresas extranjeras trabajaran con proveedores locales, transfirieran tecnología y ayudaran a desarrollar capacidades productivas nacionales. Esas condiciones permitieron que la llegada de inversiones se integrara a una estrategia de desarrollo industrial.

En cambio, sostiene que el esquema actual en Argentina avanza en una dirección opuesta. Desde su perspectiva, el gobierno promueve un modelo en el que las inversiones llegan con escasas obligaciones, sin exigencias de encadenamientos productivos locales y con beneficios impositivos significativos.

El periodista describe ese enfoque con una metáfora contundente: "una venta de garaje". Un escenario donde empresas extranjeras pueden explotar recursos naturales sin dejar una contribución sustancial al desarrollo económico del país.

Un país cada vez más extractivo
El integrante del MATE insiste en que el problema no es la explotación de recursos en sí misma —algo que considera importante para la economía argentina— sino la ausencia de reglas que aseguren beneficios para la sociedad. "No pueden venir, llevarse todo y no pagar impuestos", concluye. Según su argumento, un esquema así no funciona en ningún lugar del mundo.

Hacia el final de la conversación, Abraham vuelve sobre uno de los ejes que atraviesan todo el informe: el modelo de desarrollo que, a su juicio, está tomando forma en la Argentina.

El disparador es la discusión sobre la explotación de recursos naturales. En el debate público suele mencionarse el bajo porcentaje que reciben las provincias por actividades extractivas, como la minería. Referentes ambientalistas —entre ellos Enrique Viale— han señalado que en algunos casos la participación estatal es mínima frente al valor total de los recursos extraídos. Abraham matiza el número puntual, aunque coincide en el diagnóstico general: los nuevos proyectos tienden a ofrecer cada vez menos beneficios fiscales para el país.

Según explica, muchas de las iniciativas que se están promoviendo avanzan con exenciones impositivas tanto a nivel nacional como provincial. Ese esquema, sostiene, difícilmente pueda considerarse una estrategia de desarrollo. "Pensar que van a venir empresas extranjeras y que eso automáticamente va a generar crecimiento no funciona así", plantea.

Para el economista, el punto clave es el rol del Estado. No se trata de impedir la llegada de inversiones, sino de establecer condiciones claras: que paguen impuestos, que generen empleo y que desarrollen proveedores locales. Sin esos requisitos, afirma, la inversión externa se limita a extraer recursos sin integrarse a la economía nacional.

Esa ausencia de una política de desarrollo, dice, forma parte de una mirada económica que considera demasiado simplificada. Abraham cuestiona especialmente la idea —frecuente en el discurso oficial— de que la economía de un país funciona igual que la economía doméstica de una familia. A su entender, ese enfoque ignora el rol que puede tener el gasto público para impulsar la actividad en momentos de recesión.

Desde su perspectiva, el resultado de aplicar esa lógica es el que muestran hoy varios indicadores. Con un Estado que reduce el gasto en medio de una caída económica, el consumo se retrae y también lo hace la recaudación. Menos consumo implica menos ingresos por IVA; la pérdida de empleo reduce los aportes a la seguridad social; y la baja de impuestos a las exportaciones también achica otra fuente de recursos fiscales.

Ante ese escenario, señala Abraham, el gobierno recurre a ingresos extraordinarios para cubrir gastos corrientes. Entre ellos menciona la privatización de centrales hidroeléctricas, una medida que genera ingresos inmediatos pero que implica desprenderse de activos estratégicos construidos durante décadas. Se trata, explica, de recursos que ingresan una sola vez y que además reducen la capacidad del Estado para gestionar infraestructura clave en el futuro.

El economista sitúa este proceso dentro de un problema estructural más amplio: el peso de la deuda externa. Recuerda que el endeudamiento acumulado desde el gobierno de Mauricio Macri condicionó fuertemente la gestión posterior de Alberto Fernández y continúa influyendo sobre la actual administración encabezada por Javier Milei.

Según su análisis, el gobierno logró atravesar los primeros meses apoyándose en recursos extraordinarios: blanqueos de capitales, privatizaciones o apoyos financieros internacionales. Sin embargo, advierte que esos mecanismos no pueden sostenerse indefinidamente. Los ingresos excepcionales, por definición, se agotan.
El peso persistente de la deuda
"La deuda es la principal espada de Damocles que pende sobre este gobierno", afirma Abraham, convencido de que también condicionará a las administraciones futuras. Para pagar esos compromisos —explica— se necesita una economía que genere exportaciones, producción y empleo. Sin embargo, considera que el rumbo actual está debilitando precisamente esa estructura productiva.

El resultado posible de ese proceso, según su mirada, sería una economía cada vez más especializada en la extracción de recursos naturales, con escasa industria y altos niveles de informalidad laboral. Un modelo que compara con el de varios países de América Latina donde el peso de la economía informal es muy elevado, como Perú, Ecuador, Paraguay, Honduras o República Dominicana.

En ese escenario, Argentina correría el riesgo de convertirse —según sus palabras— en una economía basada casi exclusivamente en la explotación de recursos, con poco desarrollo industrial y escasa generación de empleo formal.

Abraham también vincula ese rumbo con la influencia de intereses internacionales, particularmente de Estados Unidos, a los que atribuye expectativas sobre el rol que debería ocupar la Argentina en la economía global. Desde su perspectiva, el actual gobierno se muestra especialmente alineado con esa visión.

Con ese diagnóstico cierra su análisis. Antes de despedirse, agradece el espacio para explicar el informe del MATE, un trabajo que —señala— busca aportar datos para entender los cambios que atraviesa la economía argentina y sus consecuencias sobre el trabajo, los ingresos y la estructura productiva del país.

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 7 de marzo de 2026

Vivir de la espera: la crisis de Lácteos Verónica y las familias que quedaron en suspenso

La crisis de la histórica empresa santafesina Lácteos Verónica se profundizó en 2026 hasta paralizar sus tres plantas industriales —ubicadas en Clason, Suardi y Lehmann— y dejar a más de 700 trabajadores asistiendo a sus puestos sin cobrar salarios desde hace tres meses. Mientras la producción permanece detenida y los productos desaparecieron de las góndolas de muchos supermercados, los empleados siguen esperando que vuelva a ingresar materia prima para reactivar las líneas y recuperar, al menos parcialmente, la rutina laboral. En Señales escuchamos el relata de Mari una vendedora de la empresa láctea
Una marca centenaria que se apaga
Fundada en 1923 por una familia española de origen gallego en la localidad bonaerense de Verónica, la compañía se convirtió durante décadas en una de las marcas tradicionales de la industria láctea argentina. Sus quesos azules y sardos, junto con dulce de leche, manteca y crema, supieron ocupar un lugar habitual en las góndolas de todo el país. Pero ese recorrido comenzó a resquebrajarse a partir de 2016, cuando la muerte de uno de sus fundadores y el retiro de otros miembros de la familia coincidieron con un contexto adverso: caída de precios internacionales de los commodities lácteos, inundaciones en Santa Fe, aumento de tarifas y combustibles, y crecientes dificultades para cumplir con los salarios.

Desde entonces se acumularon señales de deterioro que, para muchos trabajadores, anticipaban la crisis actual: pagos atrasados y fragmentados, incumplimientos con proveedores, falta de insumos, tercerización de parte de la producción y el uso de plantas para procesar leche de otras empresas mediante el llamado "trabajo a fasón", una modalidad que en su momento se interpretó como una salida transitoria para mantener las fábricas en funcionamiento.

Hoy, en pueblos y ciudades como Totoras, Rafaela y Lehmann, muchos trabajadores creen que lo que está ocurriendo va más allá de una crisis económica. Hablan de un proceso de vaciamiento empresarial acompañado por la falta de respuestas del sindicato. En ese escenario, la principal expectativa es la aparición de un comprador que permita retomar la producción y evitar un fuerte recorte de personal.

La escena actual combina varios conflictos superpuestos: la situación financiera de la empresa, la crisis de representación sindical y las estrategias cotidianas de los trabajadores para sostener sus vidas en localidades donde la industria láctea es una de las principales fuentes de empleo.

Trabajar sin cobrar
En Lehmann, mientras una marcha de trabajadores y trabajadoras de la empresa recorre las calles, Mari —empleada de la compañía— intenta poner en palabras lo que atraviesan cientos de familias. Para ella, la crisis no es una noticia reciente, sino una acumulación de decisiones y problemas que se fueron encadenando.

Recuerda que el último golpe llegó cuando todos los trabajadores de la firma —incluidos los de Buenos Aires y las plantas de Clason, Suardi y Lehmann— recibieron nuevas comunicaciones laborales. A ese escenario se sumaron también los empleados que dependían de la sucursal de Alvear, cerrada el año anterior. Tras ese cierre, explica, los trabajadores quedaron "a la deriva".

En esa planta eran 17 personas. Algunos se consideraron despedidos; otros aceptaron un retiro voluntario ofrecido por la empresa. El acuerdo prometía pagar el 50 % de la indemnización —o incluso menos— en diez cuotas. Sin embargo, el compromiso tampoco se cumplió. Mari menciona el caso de un compañero con 35 años de antigüedad que aceptó el retiro voluntario: la primera cuota debía cobrarse el 17 de noviembre, pero hasta hoy no recibió ningún pago.
Cartas documento y reducción salarial
A esa incertidumbre se sumó una nueva medida que llegó a través de cartas documento enviadas a los trabajadores. En ellas, la empresa notificó la reducción de la jornada laboral a cuatro horas diarias y, en consecuencia, una reducción salarial. Para los empleados, la decisión resulta difícil de aceptar: la compañía ni siquiera tiene aprobado un concurso preventivo de crisis que habilite formalmente ese tipo de medidas.

El tema fue discutido en una reunión realizada en el Ministerio de Trabajo de Santa Fe, en la que participó el sindicato del sector, Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina. Según relata Mari, los delegados de base se opusieron tanto a la reducción de jornada como a la baja de salarios. Pero pese a esa negativa, las cartas documento llegaron igualmente a los domicilios de los trabajadores, notificando que la medida regiría durante lo que resta de marzo y parte de abril.

La situación resulta todavía más difícil porque los salarios adeudados se acumulan desde hace meses. En la mayoría de los casos, los trabajadores no cobraron diciembre, enero ni febrero, además del medio aguinaldo. Entre quienes están fuera de convenio —un grupo que incluye a personal administrativo y jerárquico— la deuda salarial se remonta incluso a noviembre.

La contradicción, señala Mari, es evidente: la empresa propone reducir la jornada y los sueldos cuando ni siquiera ha pagado lo que ya debía. "Si no nos están pagando lo anterior, reducir el salario significa que tampoco sabemos cuándo vamos a cobrar lo que nos deben", resume.

Mientras tanto, las plantas siguen paralizadas y los trabajadores continúan asistiendo a sus puestos. Lo hacen en medio de la incertidumbre, esperando señales que permitan imaginar algún futuro para la empresa que durante décadas dio identidad productiva a varios pueblos del interior santafesino. Entre marchas, reuniones y reclamos, el horizonte más repetido entre ellos es uno solo: que aparezca un comprador capaz de poner nuevamente en marcha las fábricas y evitar que la historia de Lácteos Verónica termine convertida en otro capítulo de cierre industrial en la región.

Pero el silencio de la empresa es, para los trabajadores, uno de los aspectos más angustiante del conflicto. Los propietarios actuales, la familia Espiñeira, prácticamente no han dado declaraciones públicas ni señales claras sobre el futuro de la compañía. Según cuenta Mari, existen empresas interesadas en comprar la firma, pero los dueños no parecen dispuestos a venderla.

Incluso el Ministerio de Trabajo de Santa Fe les dio un plazo de 24 horas para que informaran qué decisión tomarían frente a la crisis. Sin embargo, ese plazo venció sin respuestas. Tampoco hubo definiciones ante el Ministerio de Producción provincial. De acuerdo con lo que saben los trabajadores, la intención de los propietarios sería trasladar el conflicto a Buenos Aires para volver a presentar un concurso preventivo de crisis.

Mientras tanto, el tiempo pasa. Y el impacto social se vuelve cada vez más profundo.
Familias en emergencia
Mari cuenta que hace un año que viven en esta situación. Son alrededor de 700 trabajadores y detrás de cada uno hay una familia. Algunos compañeros ya no tienen dinero para sostener la comida diaria de sus hijos o pagar el alquiler. Otros tuvieron que mudarse a la casa de padres o hermanos. Las prepagas médicas fueron cortadas y hay trabajadores que tienen hijos en tratamientos oncológicos que ahora dependen de la incertidumbre del sistema.

También se resintieron los proyectos de vida de muchos jóvenes. Varias familias que enviaban a sus hijos a estudiar a Rosario tuvieron que traerlos de vuelta porque ya no pueden pagarles la estadía ni los estudios.

Incluso los aspectos más cotidianos de la rutina laboral comenzaron a desmoronarse. La empresa dejó de pagar el servicio de transporte que trasladaba a los operarios hasta la planta de Lehmann. La firma que brindaba el servicio decidió suspenderlo porque la compañía acumulaba deudas con ellos.
La organización desde abajo y un año de salarios fragmentados
Paradójicamente, una parte de la organización y visibilización del conflicto surgió de un lugar inesperado: las mujeres de los operarios de la planta de Lehmann. Fueron ellas quienes crearon grupos de WhatsApp para coordinar acciones y apoyarse mutuamente. Muchas lo hicieron al ver el impacto emocional que la situación estaba teniendo en sus parejas, trabajadores que durante años fueron el sostén económico de sus hogares y hoy se enfrentan a una incertidumbre prolongada.

La crisis también se expresa en los números desordenados de los últimos salarios. Durante 2025, los pagos comenzaron a fragmentarse cada vez más: un mes se abonaba en dos cuotas, otro en más de cuarenta, luego en cincuenta. Los trabajadores recibían depósitos imprevisibles: una semana 7.000 pesos, otra 20.000, otra una suma mayor, sin saber cuándo llegaría el próximo pago.

En septiembre se firmó un acuerdo entre la empresa, el Ministerio de Trabajo y el sindicato para depositar un millón de pesos por semana a cada trabajador. Durante un tiempo ese esquema se cumplió parcialmente gracias a trabajos a fasón: las plantas procesaban queso cremoso, barras y leche en polvo para otras marcas, mientras se elaboraban pequeñas cantidades de productos propios.

Pero la situación volvió a deteriorarse. El 20 de diciembre se interrumpió la producción y, en el caso de los vendedores, se quedaron directamente sin mercadería para ofrecer. El acuerdo semanal debía extenderse hasta el 8 de enero, pero ya venía incumpliéndose desde diciembre. Tras esa fecha, los únicos depósitos que recibieron fueron de 17.000 y 20.000 pesos.

La sensación que describe Mari es la de una deriva prolongada. "Estamos perdidos", dice. La crisis no sólo golpea el bolsillo sino también la salud mental. La incertidumbre constante, la imposibilidad de proyectar el futuro y la deuda acumulada van desgastando a las familias.
Un problema que afecta a toda la región y funcionarios que responden
El impacto se extiende por toda la región. Las economías locales de Totoras, Clason, Suardi, Lehmann, San Genaro, Centeno y Santa Ana dependen en parte de la actividad de la empresa.

A pesar de la incertidumbre, Mari también rescata gestos de solidaridad. Menciona especialmente el acompañamiento del diputado provincial Carlos Del Frade, quien —según relata— los acompañó desde el inicio del conflicto y mantiene contacto permanente con las y los trabajadores. También recuerda que, gracias a esas gestiones, pudo comunicarse con la ministra de Desarrollo Social provincial, Victoria Tejeda, y con el ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Roald Báscolo, quienes respondieron siempre sus mensajes incluso durante fines de semana.

Sin embargo, reconoce que el problema ya no depende exclusivamente de las gestiones políticas. Si los dueños no toman una decisión —vender la empresa, reactivar la producción o cerrar definitivamente— la situación seguirá bloqueada.

La incertidumbre es tal que muchos trabajadores ni siquiera saben qué camino legal tomar. Si se consideran despedidos, tampoco tienen garantías de cobrar una indemnización. Pero si continúan trabajando, tampoco reciben salario porque no hay producción ni ventas.

Guardias en fábricas apagadas
Mientras tanto, las plantas industriales permanecen prácticamente abandonadas. Las calderas —el corazón del funcionamiento de las fábricas— están apagadas. Los operarios organizan guardias para vigilar las instalaciones y evitar robos o desmantelamientos.

A Mari le cuesta comprender cómo una marca con más de un siglo de historia pudo llegar a este punto. Está convencida de que la empresa tiene valor: "lo que pongas en el mercado se vende", dice sobre los productos de la firma.

Lo que más la desconcierta es la falta de reacción de los propietarios frente a ese legado. La compañía, recuerda, fue construida con esfuerzo por los fundadores, entre ellos Antonio Espiñeira, a quien muchos vecinos de Rosario todavía recuerdan por su trato cercano y su humildad.

Hoy, sin embargo, esa historia parece estar en riesgo. Para los trabajadores, la sensación es que 103 años de trayectoria pueden diluirse en medio del silencio empresarial y la falta de definiciones.

Mientras tanto, en Lehmann, el pueblo entero se moviliza en respaldo a los empleados de la planta. Muchos vecinos se acercan a las marchas o colaboran como pueden. Algunos trabajadores de Totoras o Rafaela logran viajar hasta allí pese a las dificultades económicas.

Mari observa todo desde Rosario, donde trabaja como vendedora. Cada vez que puede intenta acercarse a Lehmann, pero incluso el costo del viaje se vuelve un cálculo difícil cuando el salario dejó de llegar.

La incertidumbre continúa. Y, como repite una y otra vez, lo único que piden los trabajadores es una definición que les permita saber qué hacer con sus vidas. Porque, en este momento, la sensación que domina es una sola: la de estar completamente a la deriva.

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martes, 3 de marzo de 2026

Scaglione y Manzano desembarcan en España: se asocian con accionistas de Prisa para competir por una nueva señal de TV

Un consorcio, integrado por un grupo de socios españoles de Prisa y por el grupo propietario de Telefe, ha concurrido al concurso público de televisión en abierto convocado en España, donde pretenden crear una cadena dedicada íntegramente a actualidad, según han desvelado a EFE este martes fuentes conocedoras.

El consorcio se presenta con el nombre de SIETE un acrónimo que significa Servicios Integrados de Entretenimiento Televisivo y está conformado por un grupo de accionistas españoles que tienen un 15 % de Prisa y por el grupo Telefe, que participa en un 25 %, según las fuentes.

Cadena dedicada íntegramente a la actualidad
Lo que pretende es crear una cadena dedicada íntegramente a la actualidad y, a falta de decidirse el nombre definitivo, las fuentes apuntan a que es posible que sea La Séptima.

Telefe es la cadena líder de TV en Argentina, que pertenecía al grupo Paramount Skydance y que fue comprada el año pasado por los empresarios Gustavo Scaglione, dueño de Televisión Litoral y el Multimedios La Capital, entre otros, y José Luis Manzano.

Este grupo de accionistas, que tienen un 15 % de Prisa, están liderados por Andrés Varela Entrecanales, que a su vez lidera el grupo Alconaba, que tiene alrededor de un 7 % de Prisa.

Sin embargo, grupo Alconaba como tal no participa en este consorcio.

Telefe es la cadena líder en televisión abierta en Argentina.

López confirma que se presentan Mediaset y SIETE
El ministro de Transformación Digital y para la Función Pública, Óscar López, ha confirmado este lunes que las dos empresas que se han presentado al concurso público para la televisión digital terrestre en abierto son Mediaset y "un operador nuevo", llamado SIETE.

El ministro, que ha comparecido este martes en el Pabellón España, de red.es, en el MWC de Barcelona, no ha dado más detalles sobre este proceso, ni sobre quiénes integran SIETE.

Antes de que se cerrara el plazo para concurrir a este concurso, este grupo de accionistas españoles de Prisa habían planteado que se presentarían al concurso si lo hacían con algún grupo internacional de referencia. Tras los contactos con posibles socios, finalmente llegaron a un acuerdo con el grupo Telefe.

Este grupo de accionistas decidió concurrir después de que Prisa rechazara el pasado mes de febrero un proyecto de TV para concurrir a este concurso, en un proceso que culminó con la dimisión del presidente de Prisa Media, Carlos Núñez.

Plan técnico de la televisión digital terrestre
El nuevo canal se enmarca en el plan técnico de la televisión digital terrestre (TDT), que se aprobó en 2025 para adaptarse a los estándares digitales y que contempla la adjudicación, mediante un concurso público, de una nueva licencia para un canal de televisión en abierto.

Este plan tuvo que ser actualizado como consecuencia del cambio tecnológico que se ha producido en España, después de que todas las emisiones de la TDT hayan pasado a ser de alta definición.

Cuanto mejor es la tecnología, se requiere menos espectro radioeléctrico y el espacio que se libera debe ocuparse, ya que la legislación española establece que no puede haber espacio libre.

La resolución del concurso tiene un plazo de 1 año a contar desde el pasado 15 de octubre y, una vez se adjudique la licencia, el ganador tendrá que iniciar las emisiones en el plazo máximo de seis meses. La adjudicación del canal será para un período de quince años, susceptible de prorrogarse otros tantos, según las bases de la convocatoria publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) por el Ministerio de Transformación Digital y para la Función Pública.

Con respecto a este anuncio de que accionistas rebeldes de Prisa están entre los aspirantes a hacerse con el nuevo canal, el presidente del grupo, Joseph Oughourlian, ha asegurado este martes que desechó la posibilidad de optar a un canal de televisión en abierto en España porque "La TDT española es ruinosa. La milonga que nos vendieron no existe. Estoy esperando que vengan y me digan que tenía razón" y ha defendido que no ha recibido "ofertas importantes" por Prisa", dijo. De esta manera, Oughourlian arremetió sobre el plan de los "accionistas rebeldes" sobre la licitación de un canal de la TDT que provocó una reestructuración dentro de PRISA Media, entre ellos la salida de Carlos Núñez (ex CEO) o Pepa Bueno (directora de El País), entre otros pesos pesados del organigrama.

Justo hoy se conocía que un consorcio formado por un grupo de accionistas con el 15% de PRISA, liderados por Andrés Varela Entrecanales, junto a accionistas de Telefe, irán al concurso de una de las cadenas de TDT que licenciará el Gobierno de Pedro Sánchez.

Oughourlian ha destacado que no duda de que su relación con esos socios de la compañía va a "mejorar mucho, sobre todo si se hacen con ese canal", porque se darán cuenta. "Estoy deseando que se adjudiquen el canal, que se lo lleven con su dinero, no con el mío, y que vean la dificultad de operar un nuevo canal de televisión", ha incidido Oughourlian.
Fuentes: Agencia EFE, Señales

lunes, 2 de marzo de 2026

Ciencia In-Sumisa: universidad pública, censura y disputa por el conocimiento

El miércoles 25 de febrero se presentó Ciencia In-Sumisa en el Salón de los Espejos de la Sede de la UNR (Maipú 1065). La actividad reunió a docentes, investigadores, estudiantes y público general en un espacio de intercambio y reflexión colectiva. El libro, escrito por Guillermo Folguera, Damián Verzeñassi, Paula Blois, Alejandro Vallini y Lisandro Ferrazini, cuenta con prólogo de Anabel Pomar y fue editado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario. En Señales repasamos las intervenciones de los autores y los principales temas abordados durante la presentación.

Esa tarde, el médico Damián Verzeñassi —especialista en medicina integral y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario— habló con la seguridad de quien ve la ciencia no como algo neutral, sino como una herramienta política, y lo dice sin vueltas. Desde el primer momento, dejó en claro que esto no era solo la presentación de un libro. Era un acto colectivo, algo que iba mucho más allá.

Dijo que para quienes impulsaron la obra era una enorme alegría compartir ese momento en la casa que sienten propia: la Universidad Pública de Rosario, la Universidad Nacional de Rosario. La definió como una institución que alberga todas las voces y que permite que quienes practican una ciencia crítica —una ciencia que pone en discusión los modelos hegemónicos— puedan hacerlo con libertad, incluso en un espacio tan simbólico como la sede de gobierno universitario. Allí, subrayó, presentar Ciencia In-Sumisa era también una declaración.

El libro, explicó, tiene un recorrido propio de lo que llamó "ciencia digna en estos tiempos". Fue concebido como una herramienta para las comunidades, para los pueblos que defienden sus territorios frente al avance de modelos agroindustriales "adictos a venenos" y a tecnologías que, sostuvo, ponen en riesgo la habitabilidad. No habló en abstracto: recordó que al día siguiente el Senado de la Nación pretendía discutir la Ley de Glaciares, una norma que consideró extraordinaria para el país. Que una universidad pública ofreciera ese espacio de debate, señaló, también era una forma de defender tanto la educación pública como un sistema jurídico que garantice el derecho a vivir dignamente.

Antes de ceder la palabra, hizo una pausa para agradecer una presencia que juzgó fundamental. Aunque —aclaró— él mismo había pedido que no se lo mencionara porque debía viajar de inmediato a Buenos Aires, Verzeñassi quiso reconocer al rector de la Universidad Nacional de Rosario y vicepresidente del Consejo Interuniversitario Nacional, el profesor Pablo Franco Bartolacci, por haber demorado su partida para acompañar la presentación. Le agradeció no solo la presencia, sino haber permitido que la UNR, a través del Centro de Estudios Interdisciplinarios y su espacio editorial, publicara el libro. Extendió el reconocimiento al profesor Darío Maiorana, director del Centro, por impulsar la edición.

En ese contexto, la presentación adquiría otra dimensión. Verzeñassi vinculó la defensa de los glaciares con la pelea por el financiamiento universitario. Recordó que la ley de financiamiento aprobada por el Parlamento, fruto de la resistencia y la lucha social, volvía a estar en jaque por decisiones del gobierno actual. No era casualidad —advirtió— que los mismos actores que impulsan reformas regresivas en materia laboral intentaran también avanzar sobre normas que protegen los glaciares, fundamentales para garantizar el derecho al agua dulce, y sobre el presupuesto universitario. Ahogar financieramente a las universidades, señaló, es limitar la posibilidad de producir conocimiento científico al servicio de la sociedad y de generar espacios como el que esa tarde reunía a la comunidad académica y a organizaciones sociales.

La escena, entonces, no era solo académica: era política en el sentido de la defensa de derechos. Verzeñassi agradeció nuevamente al rector y al público, consciente de que la disputa por el sentido de la ciencia y por el rol de la universidad pública se libra también en actos como ese.
Ciencia, poder y nombres propios
Luego llegó el turno de la periodista Anabel Pomar, licenciada en Comunicación Social, especializada en temáticas ambientales y autora del prólogo del libro. Desde el comienzo habló atravesada por la emoción. Confesó que el momento la conmovía profundamente, que se le mezclaban sensaciones y también tristezas, pero que la reconfortaba la existencia de espacios como ese y la presencia de quienes acompañan la lucha de los pueblos fumigados.

Se presentó no solo como periodista ambiental, formada en la universidad pública —"soy periodista gracias a eso", dijo— sino también como vecina fumigada. Celebró que la misma universidad que la formó decidiera publicar un libro sobre una problemática que la afecta en carne propia y sobre la que, además, informa. En ella, explicó, los roles de periodista y activista se entrelazan: los textos que integran el libro le permiten contar mejor lo que ocurre en los territorios y, al mismo tiempo, elaborar estrategias más sólidas para exigir lo que considera urgente e impostergable: que cesen las fumigaciones y el envenenamiento.

Recordó el momento en que le propusieron escribir el prólogo. La noticia la impactó, pero el contexto le dio aún más sentido: supo que se trataba de dos textos que otra universidad había censurado. Como periodista y activista, dijo, no dudó en aceptar. Para ella era un honor personal, pero también una oportunidad de acompañar a quienes no se callan y de confrontar aquello que intentó silenciarse.

Se preguntó qué era lo que generaba tanto temor en quienes buscaron censurar. Uno de los artículos cuestionados mencionaba a la empresa Syngenta como una corporación que se enriquece vendiendo venenos. Pomar fue tajante: no había allí ninguna falsedad. El texto, explicó, entrevistaba al entonces CEO de la compañía transnacional, Antonio Aracre, cuya actividad principal es la comercialización de agroquímicos, algunos de los cuales —señaló— están prohibidos en otros países por su peligrosidad, aunque se utilizan en Argentina.

La censura pretendía, en definitiva, que no se mencionara esa responsabilidad. Pomar aprovechó la tribuna para reiterarlo: Syngenta se enriquece vendiendo venenos que dañan los territorios, y Aracre, como CEO en ese momento, es responsable de esa política empresarial. Nombrar, insistió, es un acto de honestidad periodística.

Esa tarde, bajo el techo de la universidad pública, el libro dejó de ser solo un objeto impreso para convertirse en símbolo. En las palabras de Verzeñassi y Pomar, la ciencia crítica, el periodismo ambiental y la defensa de los territorios aparecieron entrelazados en una misma trama: la disputa por el derecho a la salud, al agua, a la información y a una universidad que no renuncie a incomodar al poder.

Paula Blois retomó la palabra con una pregunta que, más que académica, sonó existencial. Se preguntó por qué, si la intención era ofrecer una mirada crítica, no podían sostenerse nombres y apellidos que —según dijo— eran irreemplazables. Si se está hablando de daños concretos, de enfermedades, de muertes, ¿cómo aceptar que no se pueda nombrar a quienes ocupan lugares de responsabilidad? Incluso atendiendo a las reglas epistemológicas y metodológicas de las ciencias sociales, la prohibición le resultaba inquietante.

Confesó que la interpelaba especialmente por su propia formación. Sospechaba que para algunos colegas no era un asunto grave: el texto seguiría siendo crítico y denunciaría igual, aun sin nombres propios. Tal vez —arriesgó— muchos pensaron que se trataba de un capricho. Que podían quitarse los nombres y publicar sin mayores conflictos. Lamentó que el artículo tuviera que quedar afuera, aunque comprendía que otros autores hubieran decidido continuar con la publicación. De hecho, el libro colectivo finalmente vio la luz bajo el título Bienestar, Ambiente y Agronegocio.

Sin embargo, para Blois el punto era otro y más profundo: revisar para qué y por qué se investiga. Son preguntas que, dijo, suelen aparecer en las aulas, en el debate cotidiano, pero que al momento de llevar adelante un trabajo "en serio" parecen ceder frente a otras prioridades. Ganan las reglas que tranquilizan conciencias, que permiten cumplir con protocolos formales y evitar conflictos. Gana, quizás, la idea de que transformar la realidad no es parte de la labor académica. Esa noción —advirtió— también forma parte de la formación en ciencias sociales y debería ser revisada.

En ese sentido, Ciencia In-Sumisa representaba algo más que la publicación de dos artículos excluidos. Era el resultado de una censura, sí, pero también de una decisión consciente: no ser parte de ese mecanismo. Para Blois, aceptar ciertas condiciones implica volverse funcional, cómplice. Intentó definir esa sensación con una palabra que se le escapó por un momento y que, cuando finalmente apareció, condensó su crítica: "parasitaria". Le daba la impresión de que ciertos análisis académicos terminan siendo parasitarios de la realidad: viven de ella, la describen, pero no hacen nada por transformarla.

Con esa reflexión, cedió el micrófono a su compañero Guillermo Folguera.

Folguera comenzó agradeciendo. Dijo que era una alegría estar allí, aun cuando la censura hubiera sido el camino que los llevó a ese encuentro. Agradeció a la Universidad Nacional de Rosario, al Grupo de Salud Socioambiental, a quienes hicieron posible la actividad y hasta a quienes los acercaron en auto. El tono combinaba gratitud con una indignación que no intentó disimular.

Anunció que quería compartir dos anécdotas breves, atravesadas por el enojo pero también por la convicción de que lo ocurrido podía convertirse en semilla de otras cosas. Recordó que el libro Veneno abre con una escena que, meses después, cobraría un significado todavía más elocuente.
Cuando la ciencia incomoda
Cuando, junto a Blois, fueron a entrevistar a Antonio Aracre —entonces CEO de Syngenta, antes de desempeñarse como jefe de asesores del gobierno de Alberto Fernández y antes de convertirse en panelista en medios afines a Javier Milei—, el empresario sabía que uno de los temas centrales sería la atrazina. No se trataba de un detalle técnico: en ámbitos médicos, recordó Folguera, la sustancia está asociada al cáncer de mama. Todos, dijo, conocen a alguien que padeció o murió por esa enfermedad; el dolor y la rabia que provoca no son abstracciones.

Al entrar a la oficina, Aracre les ofreció café. Ante la negativa, lanzó una frase que pretendía ser un chiste: "Miren que no tiene atrazina". Folguera lo definió sin eufemismos como un chiste inadmisible. En esa ligereza —reflexionó— había algo más que torpeza: la manifestación de alguien que se permite banalizar lo que para otros es tragedia.

Meses más tarde, durante una gira de presentaciones que los llevó por unas cincuenta localidades —incluida Rosario—, la censura volvió a hacerse presente de otra forma. En Concepción del Uruguay, mientras difundían Veneno y cerraban los encuentros con la lectura de una carta que Meche había escrito a Antonella para dar voz a víctimas directas de los agrotóxicos, recibieron la noticia de que el Consejo General de Educación de la provincia de Entre Ríos prohibía la charla.

La actividad finalmente se realizó de manera clandestina, con más de cuatrocientas personas. Hubo que cambiar de escuela: la directora de la institución prevista inicialmente decidió no ceder el espacio. Otra directora, en cambio, sí lo hizo. Pero las presiones no terminaron allí. Cada docente que planeaba asistir recibió llamados del Consejo General de Educación advirtiendo que, de participar, sería sumariado.

Para Folguera, esas escenas —el chiste liviano en una oficina corporativa y la prohibición de una charla en una escuela pública— no eran episodios aislados. Eran expresiones de una misma trama donde el conocimiento, cuando incomoda, encuentra límites impuestos por el poder. Y, al mismo tiempo, demostraban que frente a cada intento de silenciamiento surge también una red de complicidades virtuosas: docentes que abren puertas, comunidades que se organizan, universidades que sostienen espacios insumisos.

Guillermo Folguera retomó el hilo con una imagen contundente: hasta Concepción del Uruguay llegaban —dijo— los tentáculos de Syngenta y del agronegocio. No era una metáfora exagerada. Lo demostraba, según él, lo que había ocurrido con el artículo que dio origen a Veneno.

El texto ya había atravesado todo el proceso de evaluación académica cuando, desde la Editorial Teseo —que había asumido la publicación del libro colectivo dirigido por integrantes de la Universidad Nacional de Quilmes— llegó el correo final. Folguera admitió que poco sabía sobre la editorial, más allá de tener algún ejemplar en su biblioteca. Pero fue esa editorial la que comunicó lo que Paula Blois ya había detallado: si no eliminaban los nombres de Syngenta y de Antonio Aracre, el artículo no podía formar parte del libro.

Frente a ese ultimátum, recordó, se miraron y se hicieron una pregunta elemental: si se borraban los nombres, ¿qué sentido tenía el artículo? Cambiar Syngenta por "Batata" y Aracre por "Lauchín" —ironizó— vaciaba de contenido político el trabajo. Y sin esa dimensión, perdía también su potencia transformadora. ¿Qué les estaban pidiendo realmente? ¿Qué idea de ciencia sostenían quienes avalaban esa decisión?

La pregunta se amplió. No solo interpelaba a la editorial, sino también a los coordinadores académicos y a los colegas —muchos de ellos amigos— que optaron por continuar con la publicación aun sin ese capítulo. ¿Qué imaginan que es la actividad científica?, se preguntó. ¿A quién le sirve una ciencia que debe callar nombres propios?

Folguera deslizó que no esperaba nada de Syngenta en ese episodio. Dudaba incluso de que hubiera mediado un llamado telefónico directo. Le parecía más probable un mecanismo de autocensura, de temor internalizado. "No necesitan llamar", sugirió: los tentáculos se anticipan. De Aracre, dijo, tal vez sí se enteró, pero lo describió como alguien que sigue su camino, ganando dinero y hablando para quien pague mejor. De Teseo, insistió, poco podía decir.

La interpelación más dura la dirigió hacia la universidad pública involucrada. ¿Qué hace una universidad nacional, con investigadores del Conicet de todo el país, que presenta un libro como herramienta clave de lucha contra el agronegocio, exigiendo borrar nombres propios y desactivar el contenido político básico de un artículo? La pregunta no buscaba un culpable individual, sino exponer una concepción de ciencia.
¿Qué ciencia tenemos y cuál necesitamos?
De allí pasó a un plano más amplio. ¿Qué ciencia tenemos y qué ciencia necesitamos, en tiempos de Javier Milei y más allá de Milei? Habló del desfinanciamiento y del achicamiento del Estado, pero también de algo más sutil: un proceso de domesticación. Según él, la derecha argentina —a veces explícita, a veces camuflada en versiones más moderadas o incluso en el progresismo— ha sabido operar en ese terreno.

Nombró entonces a Lino Barañao, ex ministro de Ciencia y Tecnología, y recordó declaraciones en las que sostenía que el compromiso ético de un científico era crear una empresa y poner su trabajo al servicio del mercado. También evocó la exaltación de Bioceres como emblema de la producción científica de las últimas décadas, una compañía vinculada a figuras como Hugo Sigman y Gustavo Grobocopatel, y asociada al desarrollo del trigo transgénico HB4.

Para Folguera, Bioceres hizo negocios durante años utilizando infraestructura y recursos humanos del Conicet y de universidades públicas —mencionó especialmente a la Universidad Nacional del Litoral— para luego capitalizar esos desarrollos en el mercado. Denunció el impacto ambiental de esa tecnología y el avance del desmonte en un país que describió como ya devastado. A su juicio, el balance de esa alianza entre ciencia pública y negocio privado merecería responsabilidades mucho más severas.

Pero su intervención no quedó solo en la denuncia. Señaló que, por suerte, no todo es eso. Frente a esa concepción de ciencia orientada al mercado, existe otra. Existe un Grupo de Salud Socioambiental que, al enterarse de las condiciones impuestas, dijo "no es con nosotros". Y existe una universidad pública que abre sus puertas para que esos debates se den sin tachaduras ni eufemismos.

En esa tensión —entre una ciencia domesticada y otra que se asume insumisa— Folguera situó el sentido profundo del libro presentado esa tarde. No era solo una compilación de artículos excluidos: era una toma de posición sobre qué conocimiento producir, para quién y con qué consecuencias.

Guillermo Folguera cerró su intervención ampliando el horizonte. Dijo que, frente a la trama de silenciamientos y presiones, también existen otras presencias: "hay Anabeles, hay Meches, hay Sabrinas, hay Paren de Fumigar, hay otras cosas". No todo es captura corporativa; hay resistencias, hay comunidades organizadas, remarcó.

Sostuvo que la ciencia se debe —hacia adentro y hacia afuera— una conversación seria y franca que trascienda la discusión meramente presupuestaria, la pregunta por de dónde salen los recursos. Recordó entonces una anécdota compartida el día anterior en otra charla, que para él sintetizaba el núcleo del debate.

En la Universidad Nacional de Catamarca, alguien le preguntó al investigador Horacio Machado Aráoz, referente en estudios críticos sobre extractivismo, cuándo iba a cambiar la ciencia. La respuesta fue directa: cambiará cuando cambien los científicos y las científicas; cuando la sociedad los tome del cogote y los obligue a hacerlo. Folguera retomó esa idea para proponer una ciencia de puertas abiertas, en diálogo real con la sociedad.

Celebró que el rector hubiera apoyado la actividad y que el debate se diera en una universidad pública. Pero insistió en que el desafío es más profundo: revisar no solo las fuentes de financiamiento, sino la propia lógica de autorreproducción académica. Aprender a escuchar a las víctimas, a quienes han sido despojados por lo que llamó un modelo de muerte. Mirar críticamente el pasado, revisar el presente y proyectar el futuro con una convicción clara: ninguna censura puede conducir a buen puerto.

Tras ese cierre, tomó la palabra Alejandro Vallini, médico pediatra e integrante de la Comisión de Salud Socioambiental de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud, coautor —junto a Alessandro Farracini— del segundo capítulo de Ciencia In-Sumisa.

Vallini comenzó con una confesión que descomprimió el ambiente: le cuesta muchísimo hablar en público. Cada duda o pausa, pidió, debía leerse en esa clave. Tenía previsto presentar el contenido del capítulo de manera más ordenada, pero las intervenciones previas lo llevaron a otro punto de partida.

Cuando fueron convocados a escribir, explicó, la invitación llegó al Instituto de Salud Socioambiental por el recorrido realizado con los campamentos sanitarios y por su forma particular de analizar los problemas de salud. La primera reunión fue virtual. Desde el inicio, aclaró, nunca fue un objetivo del equipo producir una publicación científica en los términos clásicos de la ciencia formal. Para ellos, lo central era generar información a partir del conocimiento que ya tenían las poblaciones relevadas.
No necesitamos más papers, necesitamos herramientas
Su propuesta inicial fue concreta: poner en una publicación académica el trabajo realizado en cuarenta localidades durante diez años, relevando perfiles de morbi-mortalidad referida. No por el prestigio de publicar, sino porque una universidad pública podía ofrecer la plataforma ideal para visibilizar las voces de quienes abrieron sus puertas y respondieron preguntas sobre sus padecimientos.

Allí enlazó con la discusión sobre lo "funcional" que puede volverse incluso una publicación crítica. La respuesta que recibieron fue clara: necesitaban "datos científicos duros". En términos prácticos, se les pedía identificar qué agrotóxico causaba qué daño específico en la salud.

Desde su perspectiva, ese encuadre resultaba insuficiente. La salud —explicó— es mucho más que el hecho fenoménico de la enfermedad. En esa misma reunión intentaron explicitar que su abordaje se inscribe en la salud comunitaria, en la epidemiología crítica, en una mirada socioambiental que entiende los problemas como complejos.

Si se reduce el análisis al binomio veneno-enfermedad, advirtió, se invisibiliza el entramado más amplio del impacto del agronegocio. ¿Cómo medir, por ejemplo, el costo en términos de salud del calentamiento global, que la Organización Mundial de la Salud proyecta como uno de los principales desafíos sanitarios hacia 2050? ¿Qué indicador captura el miedo de un niño que escucha el motor de un avión fumigador y se encierra, sin poder jugar en el patio de la escuela? ¿Cómo se cuantifica el deterioro del tejido social, el conflicto interpersonal, la violencia institucional o el sufrimiento compartido por quien padece y quien acompaña?

Esa complejidad —evocó, citando a Jaime Breilh— acerca a las comunidades al polo de la enfermedad y las aleja del polo de la salud. Pero no puede medirse si se limita la discusión a la relación lineal entre tóxico y patología. La reunión, sin embargo, terminó con una consigna reiterada: se necesitan datos duros.

Ante eso, decidieron escribir lo que consideraban necesario escribir. El artículo, explicó Vallini, avanza precisamente sobre esa tensión. Critica con dureza la cooptación de agencias reguladoras, de poderes estatales y de mecanismos formales de investigación por parte del poder económico y corporativo de las empresas que sostienen el agronegocio.

Así, el segundo capítulo no solo discute sustancias o estadísticas, sino el modo en que se produce conocimiento y quién define qué cuenta como evidencia válida. En esa disputa, como a lo largo de toda la jornada, volvió a aparecer la misma pregunta de fondo: ¿para quién y para qué se hace ciencia?

Alejandro Vallini profundizó entonces en el núcleo crítico de su capítulo. Explicó que, a través de ejemplos concretos, describen cómo las corporaciones desacreditan a investigadores que se animan a alzar la voz. No se trata solo de censuras explícitas —como la exclusión de un artículo o la exigencia de borrar nombres propios—, sino también de mecanismos más sutiles: la autocensura, la delimitación de líneas de financiamiento, la definición de qué temas reciben apoyo y cuáles quedan al margen.

Recordó que, dentro de los sistemas formales de investigación, nadie es completamente libre de investigar lo que desea. Sin financiamiento no hay proyectos, y las prioridades de financiamiento no son neutras. A lo largo del capítulo, señaló, intentaron poner en discusión cuál es la ciencia que hoy rige y sobre la que se apoyan los organismos reguladores para decidir qué sustancias se aprueban y cuáles no.

El texto recorre aspectos duros de la toxicología clásica y la contrapone con perspectivas críticas. Y, aunque el artículo es severo en su cuestionamiento, fue construido —subrayó— cumpliendo los estándares académicos exigidos. Decidieron demostrar, con evidencia publicada y validada por la ciencia hegemónica, la relación entre determinados grupos de enfermedades y la exposición a ciertos productos químicos.

No eligieron esas patologías al azar ni por ser las más citadas en la bibliografía. Las seleccionaron porque, a lo largo de cuarenta campamentos sanitarios, fueron las que las comunidades señalaban como más significativas en su experiencia cotidiana. Había, dijo, una necesidad ética de devolverles al menos un texto académico donde pudieran encontrar alguna explicación —según lo que la propia ciencia reconoce— de lo que estaban viviendo.

Ese era el recorrido del artículo. Y, precisamente por ser tan crítico con los procesos de construcción de la "verdad única" aceptada científicamente, no podían permitir que formara parte de un libro que reproducía, en los hechos, aquello que denunciaba. Lo que estaba ocurriendo —fuera por autocensura editorial, por presión externa o por temor internalizado— era una demostración del poder corporativo operando sobre la producción de conocimiento. Éticamente, concluyó, no podían avalarlo con su participación.

Invitó a leer el texto. Intentaron escribirlo en un lenguaje accesible, replicable, para que quienes durante diez años les abrieron las puertas sintieran que alguien los escucha desde la universidad pública. Habló desde su identidad: docente universitario y médico de hospital público. Su investigación, afirmó, nace de lo que les sucede a esas personas y del intento de transformar una realidad que hoy las hace padecer.

Tras su intervención, Verzeñassi retomó la palabra para subrayar el proceso colectivo detrás del capítulo. Recordó que ninguno de los miembros del Instituto de Salud Socioambiental pertenece a la carrera de investigador del Conicet. En el mundo académico, dijo, eso implica no formar parte de la "primera clase" universitaria. Por eso, recibir la invitación de un equipo de investigadores del Conicet —con trayectoria reconocida— para integrar un libro colectivo fue una sorpresa y un honor. También un desafío: estar a la altura.

En las primeras reuniones, cuando les respondieron que lo que proponían era interesante pero que necesitaban "ciencia" en el sentido más clásico del término, se abrió otra pregunta: ¿cómo escribir en los códigos de la ciencia hegemónica sin renunciar a lo que querían decir? No estaban formados —ni habían elegido formarse— para producir artículos en el molde de la "ciencia normal". Sin embargo, asumieron el reto.

Destacó especialmente el trabajo riguroso de búsqueda de bibliografía científica validada, capaz de sostener con estándares formales las relaciones entre problemas de salud y sustancias químicas. Información que existe, que está publicada, pero que muchas veces queda confinada a escritorios y computadoras de equipos de investigación, sin traducirse en decisiones políticas.

Después de múltiples correcciones, recibieron la confirmación: ahora sí el texto tenía los "datos duros" requeridos. La expectativa de publicar en ese libro era grande. Por eso, cuando llegó el aviso de que se exigía eliminar nombres propios y alterar el contenido de otro capítulo que denunciaba mecanismos de cooptación y silenciamiento, no hubo dudas. No podían permitir que su propio trabajo apareciera en un libro que, en la práctica, se convertía en ejemplo de aquello que estaban criticando.

Así, la decisión de retirarse no fue impulsiva, sino coherente con el diagnóstico que el mismo capítulo formulaba: que la disputa por la verdad científica no es solo teórica, sino atravesada por relaciones de poder que condicionan qué puede decirse, cómo y hasta dónde.

El cierre avanzó sobre un punto sensible. Aclaró que está convencido de que ni Antonio Aracre ni Syngenta tenían siquiera conocimiento del libro para el que habían sido convocados. La decisión —según quedó explícito en un intercambio— fue de la propia editorial, que argumentó no poder arriesgarse a futuras demandas. "Funciona así", dijo. También funciona así: el temor a litigios como mecanismo disciplinador.

Lisandro Ferrazini, el tercer autor del capítulo, no pudo estar presente porque se encontraba cursando su residencia en cardiología. Pero, subrayó, entre los tres no hubo ninguna vacilación. No hicieron una reunión para deliberar qué convenía hacer. La conversación fue breve: ocurrió esto, y la respuesta fue unánime. No había nada que discutir. La única pregunta fue si ya se había avisado que el capítulo no se publicaría.

Quiso destacar públicamente esa convicción compartida. Para él, es un honor transitar la vida con compañeros y compañeras cuya coherencia está tan profundamente arraigada.
Un libro que es toma de posición
Después vino la pregunta práctica: ¿qué hacer? Mientras Guillermo y Paula evaluaban la posibilidad de enviar su artículo a alguna revista —porque, como investigadores, también necesitan publicar—, él propuso esperar un poco. Si podían ganar tiempo, tal vez podrían editar un libro propio, aunque fuera con solo dos capítulos. La ventaja de no pertenecer al circuito académico tradicional, bromeó, es poder darse el lujo de afirmar que dos capítulos alcanzan para hacer un libro. Le sumaron un prólogo y quedó completo.

Gabriel Keppl, otro integrante del instituto, asumió con enorme generosidad la edición y el diseño de la tapa. Luego surgió otra idea: ¿por qué no proponer la publicación a la universidad? Se contactaron con el director del Centro de Estudios Interdisciplinarios, Darío Maiorana, y le explicaron el recorrido del proyecto. No tenían recursos para imprimirlo, pero preguntaron si era posible una edición digital.

La respuesta fue afirmativa. Y hubo un gesto que consideró necesario reconocer: ante la sugerencia de que quizá quisiera leer el texto antes de decidir, la respuesta fue que no hacía falta; que enviaran el original y se publicaría. En un contexto donde abundan presiones y cautelas, ese respaldo institucional resultó significativo. Más aún cuando, al informarle al rector que el libro saldría con esas características, la decisión fue acompañada sin condiciones.

No quiso extenderse sobre el contenido del libro, sino subrayar lo que esa cadena de decisiones permitió: construir colectivamente una ciencia digna, al servicio de las comunidades, que no se arrodille ante las corporaciones y que esté dispuesta a dar la discusión crítica desde el interior mismo del sistema tecnocientífico.

Así nació Ciencia In-Sumisa. El título, contó, surgió casi como un juego de palabras que condensaba varias ideas. Pero el propósito fue claro desde el inicio: que el trabajo de ambos equipos no quedara archivado como un "paper" más para engrosar currículums y evaluaciones, sino que se transformara en herramienta.

Una herramienta para comunidades que muchas veces luchan en soledad. Para aquellas que, en algunos casos, logran el acompañamiento de abogados y abogadas comprometidos en procesos judiciales. Una herramienta que les permita acceder a información científica, sostener argumentos y reclamar que quienes padecen problemas de salud en territorios afectados por fumigaciones y agronegocios sean reconocidos como víctimas de un modelo que —concluyó— los ha puesto a todos dentro de una lógica profundamente dañina.

El cierre retomó el sentido político y ético del proyecto. Ciencia In-Sumisa, dijo, es en realidad una oferta que hacen desde la universidad pública a quienes consideran su verdadera razón de ser. Recordó que, cuando eran estudiantes, con cierta soberbia juvenil afirmaban que la universidad existía para los estudiantes. Hoy, con otra perspectiva, piden disculpas por aquella afirmación: la razón de ser de la universidad pública es el pueblo, la comunidad, los pueblos que resisten en soledad en territorios que están perdiendo habitabilidad.

Agradeció a cada persona presente, y especialmente a Anabel por el prólogo —ese texto sobre los "tentáculos" que los conmovió hasta las lágrimas—, a Guillermo y a Paula por la confianza, la espera y el acompañamiento en todo el proceso. Extendió el reconocimiento a todo el equipo de Salud Socioambiental, y realizó una mención especial a Mercedes "Meche" Méndez, enfermera del Hospital Garrahan y referente de la lucha y la dignidad de los trabajadores y trabajadoras de la salud, destacando el rol clave que cumple esa institución y su comunidad laboral en el cuidado de quienes han perdido la salud.

También agradeció la presencia de Carlos González Quintana, uno de los abogados que impulsa el juicio por las fumigaciones en Pergamino, un proceso que no apunta solo contra aplicadores directos sino contra toda la cadena de responsabilidades que permitió la exposición y el daño a vecinos y vecinas. El libro —subrayó— fue pensado como una herramienta que ojalá fortalezca ese tipo de luchas, ofreciendo respaldo científico a quienes buscan justicia.

Hubo otro reconocimiento significativo: el vínculo reciente con la Federación Argentina Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud. En veintiún años de trayectoria del espacio de Salud Socioambiental, es la primera vez que esa federación —que nuclea a estudiantes de ciencias de la salud interesados en investigación en todo el país— se acerca para formarse también en estos temas. Celebró esa iniciativa, no surgida desde el propio instituto sino desde los y las estudiantes, y agradeció la presencia de su presidente.

La presentación del libro, explicó, forma parte de un conjunto de actividades destinadas a acompañar el desarrollo del juicio en curso. Y, antes de abrir el intercambio de preguntas, remarcó un punto central: como todo lo que han producido, el libro es de acceso gratuito. Puede descargarse desde el repositorio académico de la Universidad Nacional de Rosario. El deseo es que, así como el póster "Cuerpo-Territorio" circuló mucho más allá de lo imaginado, Ciencia In-Sumisa también viaje, se comparta y acompañe a quienes históricamente no solo no han sido escuchados, sino que han sido silenciados y perseguidos.

Con ese llamado a la circulación, al debate y a la construcción colectiva, cerró agradeciendo a todas y todos los presentes.

Escuchá las intervenciones de los autores:

Lee el libro completo:

domingo, 1 de marzo de 2026

El acampe azucarero: despidos, silencio y resistencia en el corazón de Jujuy

Durante más de cien días, frente a los portones del Ingenio Ledesma, un grupo de trabajadores sostiene un acampe que ya se volvió parte del paisaje en el barrio Ingenio Ledesma, en la ciudad de Libertador, Jujuy. Allí, en el ramal jujeño, denuncian despidos arbitrarios, persecución sindical y lo que consideran un silencioso avance contra los derechos laborales. Hablan de complicidad patronal, de abandono estatal y también sindical. Y advierten que lo que ocurre con ellos puede ser el anticipo de la reforma laboral que, temen, terminará amenazando al conjunto de la clase trabajadora.

Leonardo Jerez es uno de los despedidos y una de las voces visibles de la protesta charló con Señales. La comunicación con él no fue sencilla. El sábado anterior había sido imposible establecer contacto. Recién una hora después de terminado el programa logró enviar un mensaje con disculpas: desde temprano un temporal feroz había azotado la zona. La carpa no resistió, estaban completamente mojados, sin luz, sin baterías en los celulares y sin señal. En esas condiciones, cualquier intento de comunicación era inviable. La escena, más que una anécdota, describía con crudeza el día a día del acampe.
Días de resistencia
Cuando finalmente pudo relatar la situación, precisó el número: 113 días de permanencia frente a la fábrica. "Hoy son 113 días de acampe, afuera del ingenio", contó, marcando el tiempo como quien lleva la cuenta de una resistencia prolongada. Sostener la carpa —explicó— es complicado, y lo es aún más en términos económicos. La mayoría de quienes permanecen allí son despedidos; algunos fueron delegados, otros simples trabajadores. Todos atraviesan situaciones difíciles, ya sea por la pérdida del salario o por la desocupación. "Es complicado, es difícil el día a día del acampe azucarero", resumió.

El reclamo es claro: la reincorporación. Buscan que el gobierno intervenga y que la empresa asuma responsabilidades. Para Jerez, resulta inadmisible que "una empresa tan grande como Ledesma despida a trabajadores así, porque sí". Asegura que la mayoría de los despidos fueron sin causa.

Hubo gestiones formales. Presentaron notas ante la empresa y en dos oportunidades ingresaron a dialogar con representantes. La respuesta fue una negativa sostenida en lo que, según les dijeron, es una política interna: no reincorporar. "Ellos no están de acuerdo con una reincorporación, es la política de la empresa", afirmó. También acudieron a la Secretaría de Trabajo provincial. Allí quedaron en llamarlos, en avisarles. Pero la llamada nunca llegó. Hasta ahora, dice Jerez, no hubo ninguna respuesta concreta. Esperan que el Estado propicie una instancia de diálogo y se haga cargo de la "situación de vulnerabilidad total" que atraviesan los despedidos.
La ausencia sindical
El silencio, sostiene, es el dato más elocuente. "El silencio es síntoma de que están vendiendo los derechos de los trabajadores", lanzó, apuntando directamente a la burocracia sindical. En más de tres meses de acampe, asegura, no han recibido apoyo del gremio que los representa, el SOEAIL. Tampoco de los municipios ni del Concejo Deliberante. Sectores que, a su entender, podrían intervenir, pero no lo hacen. Cuando habla de silencio como síntoma, aclara, se refiere a quienes deberían velar por sus derechos y no lo están haciendo.

La cifra que circula ronda los 300 despidos. Según su relato, fueron arbitrarios y persecutorios. Muchos de los afectados estaban vinculados a la actividad sindical o social. "La empresa te marca y te despide", sostiene. No quieren —asegura— personas "revoltosas", término con el que, dice, son señalados internamente quienes reclaman o participan. Algunos trabajadores fueron despedidos con causa, pero Jerez afirma que las acusaciones no existen o carecen de sustento. En su mirada, se trata de una empresa que ejecuta despidos sin medir consecuencias.

En una ciudad como Libertador General San Martín, perder el trabajo no es solo quedarse sin salario: es caer en un vacío que arrastra todo alrededor. Leonardo Jerez lo describe sin rodeos. En el contexto económico actual, dice, quedarse sin empleo "es horrible, no se lo desea a nadie". La pérdida condiciona cada aspecto de la vida cotidiana, más aún cuando las alternativas laborales son, en su mayoría, precarias y en negro.

En el acampe aprendieron a sobrevivir vendiendo comida. Choripanes, pollo, platos caseros que preparan y ofrecen para sostener la protesta. Pero Jerez sabe que esa salida es apenas un paliativo. En la zona, explica, las familias son numerosas y la economía local es frágil. En los pueblos cercanos —donde él mismo vive— la subsistencia depende muchas veces de la pesca, la ganadería, la caza y la agricultura. Sin embargo, denuncia que la propia empresa limita esas prácticas: prohíbe cazar, interviene sobre el uso del agua de los ríos y restringe el acceso a recursos naturales. "Es un combo de cuestiones", resume, porque al despido se suma la imposibilidad de apoyarse en actividades tradicionales para compensar la caída del ingreso.
El efecto dominó en El Ramal
El impacto no se detiene en la puerta de cada casa. Jerez habla de un efecto dominó que recorre toda la región de El Ramal. Un trabajador del Ingenio Ledesma que antes gastaba "diez" en el kiosco o en el mercado del barrio, tras el despido pasa a gastar "dos" o "uno", o directamente deja de comprar. Ese comercio, a su vez, reduce personal. Una madre o un padre que atendía el mostrador pierde su ingreso. Y esa familia, entonces, ya no puede pagar la luz ni comprar útiles escolares. La cadena se multiplica en comunidades pequeñas como El Talar y otras localidades de la zona, donde cincuenta despidos no son un número abstracto sino cincuenta hogares —casi doscientas personas— en situación de vulnerabilidad.

La postal urbana confirma esa saturación: mototaxis, remises, conductores de aplicaciones, puestos improvisados en cada esquina vendiendo chorizos o pollos. Todos buscando lo mismo. Jerez advierte que llegará un punto de colapso, porque quienes quedan afuera del ingenio se vuelcan a las mismas actividades informales en un mercado ya sobrecargado. La idea de que cada despedido puede "emprender" por su cuenta, ironiza el trasfondo de su relato, desconoce la escala real de estas economías chicas donde la demanda es limitada y la competencia feroz.
Asamblea, represión y disciplinamiento
A ese cuadro económico se suma, según denuncia, la persecución interna. Los despidos —afirma— golpearon especialmente a delegados y activistas. El grupo inicial de diez trabajadores organizados llegó a sumar setenta personas activas; hoy quedan alrededor de veinte. Los delegados considerados combativos, los que apoyaron el reclamo de reincorporación, fueron suspendidos y expulsados del sindicato por decisión del secretario general. Para Jerez, ese es el ejemplo más claro de la burocracia sindical y del poder que atribuye a la empresa por encima de la estructura gremial. "Salís a luchar y el sindicato que te tiene que defender te expulsa", sintetiza.

La tensión escaló en una asamblea convocada, según relata, para formalizar expulsiones. Ese día intervino la policía. Hubo represión. Un delegado expulsado terminó con el brazo quebrado; otro sufrió un corte. Un abogado laboralista y de derechos humanos recibió un golpe en la cabeza que requirió puntos de sutura. La asamblea no se concretó como estaba prevista, pero dejó heridos y profundizó la fractura interna. Para los trabajadores del acampe, fue un episodio más en una secuencia destinada a desarticular la organización.

Así, entre la intemperie económica y la presión sindical y policial, el acampe azucarero continúa. La disputa ya no se limita a la reincorporación de los despedidos: se ha convertido, en palabras y hechos, en una pulseada más amplia por la supervivencia material y por el derecho mismo a organizarse en una región donde cada decisión empresarial repercute como un temblor en toda la comunidad.
En el corazón del conflicto, la figura del sindicato aparece, en el relato de Leonardo Jerez, atravesada por una palabra que repite sin matices: ausencia. Así define el rol del SOEAIL —el Sindicato de Obreros y Empleados del Azúcar del Ingenio Ledesma— y de su secretario general, Luciano Lezano, frente a los despidos.

Jerez fue despedido el 30 de octubre. Desde entonces, asegura, no hubo un solo comunicado del gremio en defensa de los trabajadores cesanteados. Ese silencio, para él, no es una omisión menor sino la prueba de que la conducción "no existe" en términos de representación real. Sostiene que no están a la altura de las circunstancias y que ni en este conflicto ni en otros cumplen la función que deberían cumplir. En Libertador General San Martín, afirma, no hay representación sindical efectiva para los trabajadores del Ingenio Ledesma.

La sospecha va más allá de la pasividad. Jerez habla directamente de convivencia entre la empresa, la conducción sindical y el poder político provincial. Dice que no cree en las casualidades cuando quienes se organizan y luchan terminan despedidos, perseguidos o expulsados del sindicato, mientras el gobierno guarda silencio. Recuerda que presentaron reclamos ante la Secretaría de Trabajo sin obtener respuestas. Para él, hay una secuencia clara: "el silencio del gobierno, la obediencia del sindicato y la ejecución de la empresa". Una relación consolidada que, según su mirada, se replica en otros niveles del país, donde —señala— ciertas centrales sindicales negocian y dosifican sus medidas frente al gobierno nacional.
¿Ensayo de reforma laboral?
En ese marco, lo que ocurre en Ledesma no sería un conflicto aislado ni coyuntural. Jerez sostiene que allí ya se practica, de hecho, la reforma laboral impulsada por Javier Milei. Enumera situaciones concretas: jornadas en las que los trabajadores se presentaban a cumplir tareas pero, por lluvia, eran enviados a sus casas sin cobrar; horas extras que a veces se pagaban y otras veces se compensaban discrecionalmente; un sistema de "banco de horas" que desdibuja los límites de la jornada; indemnizaciones mal liquidadas; despidos "baratos" que reducen costos empresariales; persecución sindical como método para desarticular la organización obrera.

Las condiciones de trabajo, describe, rozan la insalubridad: temperaturas de 45 o 50 grados manejando tractores sin aire acondicionado; yuyos hasta el pecho en el riego de la caña; cosechas a la intemperie, en campos con ratas y víboras. Para él, no se trata solo de precarización sino de vulneración directa de derechos laborales y constitucionales. "El reflejo de la reforma laboral está aquí", insiste, convencido de que la empresa viene ensayando desde hace tiempo prácticas que ahora encuentran un marco normativo más amplio.
Poder económico y poder político
Jerez va incluso más lejos al hablar del peso histórico y político del grupo empresario. Señala que Ledesma es una compañía con más de un siglo de historia, con contactos políticos directos y una influencia que, a su entender, atraviesa la vida institucional de Jujuy. Llega a decir que es "el partido político que gana las elecciones sin participar", una forma de expresar la centralidad que atribuye al poder económico en la provincia.
En Libertador General San Martín, el ingenio no es solo una fábrica: es historia, economía y memoria. En julio de 1976, durante la última dictadura militar, los cortes de energía que precedieron a los secuestros masivos quedaron grabados como “La Noche del Apagón”. Entre el 20 y el 27 de julio de ese año, en operativos realizados en la zona, más de 400 trabajadores, estudiantes, militantes y sindicalistas fueron secuestrados; muchos de ellos continúan desaparecidos. Organismos de derechos humanos denunciaron la participación de la empresa en aquellos hechos.

Desde entonces, el nombre de Ledesma carga con un capítulo oscuro que todavía resuena en la región. El reclamo por memoria, verdad y justicia sigue vigente.

Esa densidad histórica atraviesa también el presente: cada conflicto laboral se inscribe en una trama donde empresa, poder político y comunidad se superponen.
En su análisis, lo que sucede en el ingenio forma parte de un proceso más amplio. Menciona conflictos en otras empresas, como FATE y Lustramax, y habla de miles de fábricas cerradas en el país. No ve hechos aislados sino luchas entrelazadas. Lo que pasa en Ledesma, afirma, pasa también en FATE; lo que ocurre en FATE se replica en otros establecimientos. Precarización, límites a la organización sindical, presión sobre los salarios y las condiciones laborales: los mismos golpes, dice, recaen sobre distintos sectores de la clase trabajadora.

Desde el acampe, esa lectura se vuelve horizonte político. La pelea por las reincorporaciones se inscribe, para Jerez y sus compañeros, en una trama mayor donde se disputa el modelo laboral. Por eso, insiste, la lucha no es solo local. Es parte de una resistencia que se reconoce en otros puntos del país, unida por la convicción de que lo que está en juego excede los portones del ingenio y alcanza a toda la clase trabajadora.

La represión no fue un episodio aislado ni una mera formalidad de control. Cuando la policía intervino en la asamblea, no solo impidió el ingreso de los trabajadores: avanzó. Hubo heridos. Brazos quebrados, cabezas partidas, cortes provocados con armas blancas. Leonardo Jerez lo cuenta sin dramatismo impostado, pero con la firmeza de quien busca dejar claro que el mensaje no fue casual. Para él, la intervención tuvo un contenido político, gubernamental y patronal.
No queremos subsidios, queremos trabajar
El sentido de esa acción, interpreta, fue disciplinar. "Que sepan que nosotros tenemos el control", traduce en palabras el mensaje que, a su entender, se quiso imponer. Un control que no solo se ejerce sobre el espacio físico de la asamblea sino sobre la propia institución sindical, que —remarca— pertenece a los trabajadores y no a quienes hoy la conducen. Lo que está en juego, insiste, es el derecho a reclamar por algo elemental: trabajar. Nadie pide subsidios ni "migajas", subraya; lo único que exigen es volver a sus puestos.

En paralelo, el rol del gobierno provincial aparece, hasta ahora, marcado por el silencio. Los trabajadores presentaron notas ante la Secretaría de Trabajo y aguardan una convocatoria que nunca llegó. Jerez dice confiar en que la administración jujeña actúe con la "sensibilidad social" que en otras ocasiones invocó públicamente, por ejemplo frente a conflictos vinculados con la empresa de energía EJESA. Recuerda que incluso él mismo participó de reclamos por el mal servicio eléctrico y que entonces se habló de empatía con los ciudadanos.

Pero en este caso, hasta el momento, no hubo intervención concreta. Jerez espera que el gobierno convoque a las partes, propicie el diálogo y destrabe el conflicto. Señala que detrás de cada despedido hay niños, niñas, abuelos; que el impacto social debería ser suficiente para encender alarmas oficiales. Sin embargo, el acampe continúa sin una respuesta formal. La perspectiva, advierte, es seguir. No regresarán a sus casas con las manos vacías.

Después de tantos días, lo que los sostiene —dice— es la familia y la convicción de que la clase trabajadora organizada puede torcer decisiones. La lucha se alimenta del plato de comida que falta en cada mesa y del deseo de recuperar un trabajo digno. También, agrega, del respeto propio. No se trata solo de salarios sino de dignidad.
La condición para levantar la medida es clara: reincorporación o una solución efectiva impulsada por el Estado. No pueden permanecer sin empleo. Jerez pone como ejemplo reciente la expansión empresarial del grupo propietario del Ingenio Ledesma, que adquirió en pocos meses los ingenios Concepción y Trinidad, en Tucumán, por sumas millonarias. Frente a ese poder económico, pregunta con ironía cómo puede resultar imposible reincorporar a un puñado de trabajadores.

El acampe, afirma, también afecta la imagen de la empresa, históricamente cuidadosa de su reputación. Desde allí, desde la carpa, los despedidos cuentan lo que sucede. Sostiene que el conflicto ya trascendió las fronteras locales y se conoce en todo el país. Por eso, insiste, no habrá levantamiento sin una respuesta favorable a los trabajadores. El reclamo es uno y no se negocia: volver a trabajar.

Cuando se le pide un mensaje para otros trabajadores que atraviesan situaciones similares, Leonardo Jerez no duda: organizarse. Habla desde la experiencia y desde una historia personal que se entrelaza con la del conflicto.

El 30 de octubre fue su último día en el Ingenio Ledesma. Había trabajado doce años allí. En la última zafra manejaba un tractor en la cosecha de caña: la máquina cosechadora cargaba los carros que él trasladaba hasta los camiones; esos camiones llevaban la materia prima al ingenio, donde se transformaba en azúcar, papel, alcohol, bioetanol y otros derivados. Conoce cada tramo del circuito productivo. Y en los últimos cuatro meses antes de su despido, mientras cumplía esa rutina, empezó a conversar cada vez más con sus compañeros.

Dice que siempre habló, que siempre planteó cómo enfrentar determinadas situaciones. Por eso —asegura— lo "marcaron". En esos meses finales preguntaba a los changos qué harían si la empresa avanzaba, cómo podrían responder colectivamente. Una de sus propuestas era clara: generar un problema a la empresa sin arrojar una sola piedra. Pensaba en un acampe azucarero, en una permanencia pacífica, en un encadenamiento que hiciera visible el conflicto sin recurrir a la violencia.

Estuvo doce años en la empresa, pero fue en ese último tramo cuando comenzó a organizar con mayor intensidad. Y entonces, relata, la empresa hizo lo suyo. Lo despidió solo a él, en su pueblo y en su sección, pese a que el ingenio está compuesto por múltiples áreas: cosecha, riego, mecánica, tractoristas que preparan el terreno, operadores de motoniveladoras y de cosechadoras. Un universo amplio de trabajadores. Sin embargo, en octubre, el despedido fue él.
Organizarse antes del despido
Desde esa experiencia, el consejo que ofrece es concreto: que los trabajadores activos empiecen a organizarse ahora, que se reúnan, que debatan y que planifiquen cómo actuar ante un eventual despido. "Lo único que nos va a salvar somos nosotros mismos", repite. Sostiene que la clase trabajadora no maneja fortunas ni aparatos clientelares; que no puede comprar voluntades con mercadería o dinero. La única herramienta es la organización y la unidad.

El acampe se sostiene con lo que producen y con la solidaridad. Venden comidas y tortillas en la vereda del ingenio. Mantienen un fondo de lucha para quienes quieran colaborar. El alias es Lucha.Azucarera, a nombre de Cristian Leonardo Ramón Jerez. Cualquier aporte, por mínimo que sea, ayuda. La escena cotidiana es austera: una carpa bajo los árboles, colchones, sillas, mesas, una conservadora con hielo que acerca la gente, algunos paquetes de arroz. Allí comen y allí viven.

Jerez es del Talar, a 65 kilómetros. Viajar ida y vuelta implica un gasto que hoy no puede afrontar con facilidad: catorce mil pesos que equivalen, calcula, a dos días de comida en el acampe. Permanecer lejos de su casa, en situación de calle, es duro. Pero insiste en que la medida no se levantará sin una respuesta favorable: reincorporación, cese de los despidos, respeto a la clase trabajadora y a sus familias.

Antes de despedirse, su mensaje vuelve al punto de partida: arriba la unión de los trabajadores, arriba la organización. En su convicción, no hay salvadores externos. Son los propios trabajadores quienes deben reunirse, debatir y sostenerse entre sí. Esa certeza es, junto al plato de comida que falta en cada mesa, el motor que mantiene en pie el acampe azucarero.

Bajo la intemperie, con la precariedad a cuestas y la incertidumbre como horizonte, el acampe continúa. Más de cien días después, la carpa sigue siendo refugio y símbolo. Allí, frente a los portones del ingenio, los despedidos insisten en que su lucha no es solo por sus puestos de trabajo, sino por lo que consideran un límite necesario ante un modelo que avanza, silencioso, sobre derechos que creían conquistados.

El viento mueve la lona y hace crujir los palos de la carpa. A lo lejos, el ingenio respira como una bestia vieja, constante.

De un lado, el capital imponente y centenario. Del otro, veinte hombres que no quieren irse a casa derrotados.

La historia grande parece escribirse puertas adentro. Pero cada mañana, frente a los portones, alguien vuelve a cebar mate y a decir que no se rinde.

Y mientras esa escena exista, el conflicto seguirá vivo.

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