domingo, 27 de septiembre de 2026

Una firma, un nombre y 53 años de preguntas: la búsqueda de Andrea por su verdadera historia

En su partida de nacimiento aparece una firma que hoy forma parte de una investigación judicial. Andrea Camuso (foto) nació en Rosario en 1972, fue llevada a San Genaro cuando tenía dos días y desde los seis años convive con preguntas sobre su origen. Décadas después, encontró a otras personas, relatos similares y una búsqueda colectiva para reconstruir qué ocurrió con sus nacimientos.

La semana pasada, una charla coral de casi una hora reunió en Señales a personas que, por caminos diferentes, intentan reconstruir sus orígenes. Son historias distintas que, sin embargo, en algún momento terminan encontrándose con los mismos nombres.

Se trata de una investigación que lleva adelante la Justicia Federal de Rosario y que tiene hoy como principal acusada a Dolly Edith Viale de Garrido, una partera de 88 años que trabajó en el Hospital Roque Sáenz Peña. La Fiscalía investiga un hecho concreto ocurrido en 1971, aunque la hipótesis que se analiza es más amplia y comprende nacimientos registrados posiblemente desde 1968 y hasta casi la década del 80.

En esa búsqueda aparecen estudios de ADN, partidas de nacimiento, archivos hospitalarios y documentos de todo tipo. Pero, sobre todo, aparecen historias personales que durante décadas permanecieron fragmentadas y que ahora intentan ser reconstruidas por quienes las protagonizaron.

La repercusión de esas historias fue enorme. Detrás de cada una están quienes decidieron poner el cuerpo para intentar saber qué ocurrió con sus propios nacimientos, quiénes fueron sus padres biológicos y bajo qué circunstancias llegaron a las familias que los criaron.

Es una búsqueda que también tiene una dimensión de reparación y de sanación. Quizás algunos nunca logren reencontrarse con sus padres biológicos, pero encontrarse con otras personas que atravesaron experiencias similares les permitió dejar de sentirse solos y, al mismo tiempo, exponer situaciones que buscan que no vuelvan a repetirse.

Esta semana, además, hubo novedades en la causa. Carmen Quiroga contó que desde la Fiscalía se comunicaron con el grupo para informarles que el martes 29 de septiembre, a las 10 de la mañana, se realizará una audiencia de revisión de las actuaciones. Allí se determinará si existe prescripción del delito de supresión de identidad, planteo realizado por la defensa de la partera. La audiencia será pública y podrán acceder los medios de comunicación.

La pregunta que quedó abierta
En medio de esa investigación colectiva aparece la historia de Andrea Camuso. Nació en Rosario el 29 de noviembre de 1972 y creció en San Genaro. Desde que era niña supo que era adoptada.

Durante muchos años convivió con una explicación acerca de su origen: le habían contado que su madre biológica era una joven estudiante que había quedado embarazada y que no podía hacerse cargo de ella.

Pero detrás de esa historia siempre hubo una pregunta que la acompañó prácticamente desde los seis años: quién era realmente su madre biológica y qué había ocurrido cuando nació.

Andrea asegura que hoy tiene muy pocos datos sobre su origen. No sabe quién fue su madre biológica ni cuenta con información concreta sobre el lugar físico donde nació. Lo único que sabe es que fue llevada desde Rosario hasta San Genaro cuando tenía apenas dos días de vida.

"Yo nací el 29 de noviembre de 1972. Con respecto a mi mamá biológica, la verdad que no tengo idea quién es, no tengo datos, no tengo lugar físico de nacimiento, nada. Simplemente sé que me trajeron de Rosario a San Genaro, y tenía dos días de vida nada más, era muy recién nacida", cuenta.

Durante décadas pudo convivir con ese vacío sin iniciar una búsqueda concreta. Según explica, mientras sus padres de crianza estuvieron vivos no sintió la misma necesidad de indagar sobre su pasado. Fue después de sus muertes cuando algo cambió.

"Creo que no lo necesité hasta tanto mis papás no fallecieron. Una vez que mis papás fallecieron, ahí como que empecé, quise empezar a indagar, a averiguar con lo poco o nada que tenía", relata.

Y agrega que fueron precisamente ellos, aunque ya no estaban, quienes terminaron impulsándola a buscar.

Cuando las historias empezaron a repetirse
Con el tiempo comenzaron a aparecer dudas sobre la explicación que había recibido durante su infancia. La historia de aquella joven estudiante que había quedado embarazada y había decidido entregar a su hija en adopción empezó a resultarle extraña cuando conoció a otras personas que atravesaban búsquedas similares.

Fue entonces cuando advirtió una coincidencia difícil de ignorar. Las historias empezaron a ser similares, como que todos los papás nos habían contado lo mismo", recuerda.

Según explica, muchos integrantes del grupo habían recibido prácticamente el mismo relato: habían nacido de madres solteras, mujeres jóvenes que estudiaban y que supuestamente habían decidido darlos en adopción porque no las dejaban o no podían criarlos.

"Todos teníamos la misma historia, todos habíamos nacido de madres solteras, de mujeres jóvenes que estudiaban, que habían decidido darnos en adopción porque no las dejaban o no podían criarnos. Casi todos el mismo relato", señala.

Esa repetición hizo que Andrea comenzara a cuestionar la versión que había conocido toda su vida. "Ahí ya entraba en la búsqueda y, habiendo conocido todas las historias de mis compañeros, empecé a dudar de que esto sea verdad", explica.

Sin embargo, esa duda sobre su origen nunca significó un cuestionamiento hacia la familia que la crió. Andrea habla de sus padres de crianza con profundo afecto y sostiene que tuvo una infancia feliz.

Para ella, ambas cosas pueden convivir: el agradecimiento hacia quienes la criaron y el derecho a conocer su historia biológica.

"Tuve la suerte de tener una familia maravillosa, unos papás maravillosos que me dieron una infancia hermosa, colmada de cariño, de buena educación y de buenos valores", dice. La búsqueda, entonces, no nace de una falta de amor hacia ellos.

"Todos tenemos derecho a nuestra identidad. Entonces yo separo las dos cosas", explica. "Tuve la suerte de tener una familia maravillosa, unos papás maravillosos que me dieron una infancia hermosa, colmada de cariño, de buena educación y de buenos valores. Pero yo también tengo la otra historia."

Esa otra historia es la que quiere conocer. Aunque no sepa si algún día podrá reconstruirla por completo, considera que tiene derecho a intentarlo.

"Me parece que tengo todo el derecho del mundo de saber mi otra historia. Más allá de que la pueda concretar o no, pero al menos intentarlo", sostiene.

Una búsqueda que dejó de ser individual
En 2022 decidió dar un paso que hasta entonces no había dado: hacer pública su historia. La publicó en Facebook sin demasiadas expectativas.

"Un poco como para decir, bueno, la cuento, a ver qué pasa", recuerda. No esperaba una respuesta concreta y, de hecho, al principio no la obtuvo. "No tuve respuesta alguna, de ningún tipo, ningún tipo de respuesta tuve", cuenta.

Pero aquella publicación terminó sirviendo para otra cosa: permitió que otras personas que estaban buscando sus orígenes conocieran su caso y que diferentes grupos de búsqueda se acercaran a ella.

Comenzaron a aparecer datos, teléfonos y nombres. Ese recorrido la llevó finalmente hasta el grupo que hoy integra y que tiene un nombre que, con el tiempo, se volvió central en estas historias: Cardumen, por la identidad biológica.

Allí volvió a encontrarse con la similitud de los relatos, pero esta vez con algo más: el descubrimiento de que no estaba sola.

"Primero, similitud, totalmente similitud. O sea, todos más o menos contábamos lo mismo", cuenta.

Pero lo que sintió después fue todavía más importante: "Ya no estaba sola, que tenía gente que estaba en lo mismo que yo".

Muchos de quienes integran el grupo tampoco tenían datos concretos sobre sus nacimientos. Aun así, continuaban buscando. El intercambio de historias permitió comenzar a unir pequeños fragmentos de información y a reconstruir, de a poco, un mapa común.

"Empezamos a descubrir cosas de a poquito, a hilar", explica Andrea.

Algunas de esas coincidencias tenían que ver incluso con los lugares donde habían vivido durante su infancia. Varios integrantes del grupo habían crecido en el mismo barrio en el que vivía Dolly Viale. Por eso, algunas personas conocían detalles que otros, como Andrea, nunca habían escuchado.

La búsqueda dejó entonces de ser solamente individual. Se convirtió también en una experiencia colectiva.

Andrea reconoce que se fue encariñando con las personas que conoció durante ese proceso. "La verdad que me empecé a encariñar mucho con el grupo, con la gente del grupo", cuenta. Y resume el vínculo que se construyó entre ellos de una manera sencilla: "Hoy en día formamos un grupo humano muy, muy, muy lindo".

El nombre que aparece en la partida
En ese recorrido apareció también una dificultad documental. Para avanzar en la reconstrucción de su nacimiento, Andrea necesitaba acceder al certificado de nacido vivo. Ese documento, sin embargo, nunca pudo conseguirlo.

"No, no, el certificado de nacido vivo no lo tengo", confirma.

Lo único que conserva es su partida de nacimiento. Allí aparece una de las pocas huellas documentales que tiene de aquel momento: un sello y una firma pertenecientes a Silvia Viale, hermana de Dolly Viale.

"Solamente tengo la partida de nacimiento, donde ahí figura el sello y la firma de La Partera, que es Silvia Viale, hermana de Dolly Viale. Simplemente eso tengo", explica.
En esa partida aparece, entonces, el nombre de Silvia Viale, en la foto con su hermana, como la partera vinculada documentalmente a su nacimiento. Es uno de los pocos elementos concretos que Andrea posee para intentar reconstruir qué ocurrió aquel 29 de noviembre de 1972.

"Como te decía recién, solamente en mi acta de nacimiento está el nombre de Silvia Viale, que es La Partera, que estuvo presente supuestamente en mi nacimiento. Quiero creer que por eso tiene el sello y la firma de ella", señala.

Ese documento, esa firma y ese nombre forman parte ahora de una búsqueda mucho más amplia: una investigación judicial que intenta determinar qué ocurrió con distintos nacimientos ocurridos durante aquellos años y un grupo de personas que, décadas después, comenzaron a encontrarse a partir de preguntas similares.

De la búsqueda personal a la causa judicial
Andrea forma parte de ese grupo. Su búsqueda comenzó mucho antes de conocer a sus compañeros, pero encontró en ellos una dimensión nueva: la posibilidad de compartir una historia que durante gran parte de su vida había tenido que reconstruir prácticamente sola.

Todavía no sabe quién fue su madre biológica ni qué ocurrió realmente cuando nació. Tampoco sabe si alguna vez podrá encontrar todas las respuestas.

Pero desde 2022 decidió hacer pública la pregunta que la acompaña desde niña y seguir los rastros que quedaron de aquel nacimiento: una partida, un nombre, una firma y una historia que, después de más de cinco décadas, todavía busca ser reconstruida.

En la partida de nacimiento de Andrea aparece únicamente Silvia Viale. Y ese nombre tampoco es ajeno a la investigación judicial que hoy intenta reconstruir qué ocurrió con distintos nacimientos registrados durante aquellos años.

"Silvia Viale también está vinculada a todo esto", confirma Andrea. La diferencia, explica, está en la cantidad de personas que denunciaron a cada una.

"Con Silvia solamente somos dos las denunciantes; con Dolly son más, pero ella también está. De hecho, se la notificó y está imputada en la causa tanto como Dolly".

La Justicia Federal investiga actualmente distintas denuncias. Una de las hipótesis bajo análisis es la posible existencia de una práctica sistemática mediante la cual bebés habrían sido separados de sus familias biológicas y posteriormente entregados a otras familias.

Para Andrea, que aquella sospecha personal haya llegado finalmente a los tribunales tiene un significado central. Cuando comenzó su búsqueda, nunca imaginó que terminaría involucrada en una investigación judicial de esta magnitud.

"Que todo esto se esté investigando para mí es fundamental", afirma.

Dice que nunca pensó que su búsqueda pudiera llegar hasta ese punto y considera importante que lo ocurrido sea conocido públicamente.

En su relato, Andrea describe lo que, según su interpretación de las historias que conoció, habría ocurrido como "una trata de bebés". Habla de un entramado en el que, según sostiene, habrían participado personas con distintos títulos y afirma que, en el caso de la partera a la que refiere, "la venta de bebés" habría constituido su comercio.

Son afirmaciones que forman parte de su testimonio y que deberán ser establecidas o descartadas en el marco de la investigación judicial.

Por eso considera especialmente significativo que las denuncias hayan llegado a la Justicia. "Me parece maravilloso que esto haya llegado a la justicia", sostiene.

La pregunta por la mujer que la dio a luz
Pero detrás de la causa judicial y de la búsqueda de responsabilidades hay otra pregunta que para Andrea tiene una dimensión todavía más íntima: qué ocurrió con la mujer que la tuvo.

No sabe quién es su madre biológica, pero sí sabe que quiere conocer las circunstancias que rodearon aquella separación. Quiere saber qué llevó a esa mujer a entregarla, si efectivamente tomó esa decisión por voluntad propia o si fue obligada, engañada o condicionada de alguna manera.

"Tampoco sé de qué tipo de familia venía. Si era una familia pudiente, si no una familia humilde", enumera. Son preguntas que, después de más de cinco décadas, siguen abiertas. 

"Me encantaría saber. Creo que esto apunta a que, si alguna vez la encuentro, me gustaría saber muchísimo, mucho, todo en realidad", dice. En ese camino, el ADN aparece como una herramienta concreta para intentar transformar las sospechas en certezas.

Para Andrea, obtener un resultado genético significaría una confirmación definitiva de una realidad que, de todos modos, ella ya no pone en duda. "Para mí, conseguir el ADN sería una afirmación definitiva de que realmente soy hija adoptada", explica. 

No tiene miedo a esa respuesta. "Estoy preparada, estoy preparada a tener esa respuesta", repite.

El procedimiento, además, está cada vez más cerca. Según cuenta, en poco tiempo se realizará la exhumación de los cuerpos de los padres de crianza de quienes integran el grupo, ya que la mayoría de ellos falleció. A partir de esas exhumaciones se podrá realizar el análisis de ADN.

Andrea quiere que ese estudio se haga. No lo plantea como una posibilidad lejana, sino como uno de los próximos pasos concretos de una búsqueda que lleva adelante desde hace años.

La posibilidad de encontrar hermanos
Hay otra parte de su historia que también está atravesada por una ausencia: la posibilidad de tener hermanos.

Andrea fue hija única. Durante su infancia y buena parte de su vida imaginó cómo habría sido crecer junto a hermanos y hermanas. Por eso, la posibilidad de que algún día aparezca alguien y le diga que comparte con ella un vínculo biológico tendría un significado enorme.

"Como hija única que soy, si en algún momento de mi vida apareciera una persona que realmente fuese hermano mío, sería la felicidad más grande que podría llegar a tener en mi vida", cuenta.

Dice que siempre renegó de ser hija única, aun cuando reconoce que tuvo una infancia en la que no le faltó nada.

"Siempre tuve lo que quise y todo era para mí, como hija única", recuerda. 

Pero le hubiera gustado tener hermanos. "Si realmente puedo llegar a conocer hermanos o hermanas, sería la persona más feliz del mundo", afirma.

En esa búsqueda aparece una expresión que Andrea utiliza para explicar qué significa para ella conocer su origen: "buscarme".

No se trata, dice, de reemplazar a quienes fueron sus padres ni de desconocer el amor que recibió de ellos.

"Si bien yo tuve mis papás, a los que amé muchísimo, y amo aún, el hecho de que alguien estuviese buscándome, hermanos o mi madre biológica, la verdad que para mí sería perfecto", sostiene.

La pregunta vuelve especialmente cada año, cuando llega su cumpleaños. Ese día, mientras celebra su nacimiento, inevitablemente piensa en la mujer que la dio a luz.

"Todos mis días de cumpleaños, cuando llega el día de mi cumpleaños, yo siempre tengo este pensamiento: ¿qué pasará por la cabeza de mi mamá biológica?", cuenta.

Se pregunta qué sentirá esa mujer, qué pensará, si cada año, en la fecha en que nació su hija, tendrá la necesidad de buscarla o de saber dónde está.

"¿Tendrá la necesidad todos los años, en el día que yo nací, de buscarme, de saber dónde estoy?", se pregunta.

Pero incluso esa pregunta depende de conocer primero qué ocurrió realmente. Mientras no sepa cómo fue su adopción, dice, tampoco podrá saber qué lugar ocupa ella en los recuerdos de su madre biológica.

"No lo voy a poder saber", concluye.

No sabe si aquella separación ocurrió por obligación, por decisión propia o como consecuencia de un engaño. Esa incertidumbre es parte del vacío que intenta reconstruir.

"La voy a recibir con los brazos abiertos"
Si su madre biológica estuviera hoy escuchándola, Andrea no comenzaría con un reproche.

Lo primero que dice es que tiene esperanza de que, con la difusión que alcanzó la investigación, alguna de esas madres pueda aparecer.

Su deseo incluso trasciende su propia historia. Le alcanza con que aparezca una madre de cualquiera de las personas que integran el grupo.

"Con que aparezca la mamá de alguno de los integrantes del grupo donde yo estoy, para mí ya sería suficiente", afirma. "Con que aparezca una nomás ya sería suficiente."

Para Andrea, ese encuentro sería una demostración de que toda la búsqueda tuvo sentido. "Porque eso sería el resultado de toda esta lucha", explica.

No importa que no sea su madre. "No importa que no sea la mía, que sea la de quien sea."

Y entonces vuelve a una frase que resume la dimensión colectiva que adquirió su búsqueda: "Que Dios mande a la que él crea que tiene que mandar. Eso para mí ya sería suficiente".

Pero si finalmente apareciera su propia madre biológica, Andrea asegura que la recibiría con los brazos abiertos.

"La voy a recibir con los brazos abiertos. La voy a escuchar", dice.

No anticipa reproches ni establece de antemano una explicación que considere suficiente. "No va a importar el motivo por el cual la separaron de mí. Todo es charlable, todo es entendible", sostiene.

También reconoce que nadie puede saber exactamente cómo reaccionaría ante un encuentro semejante. "No sé en ese momento cómo reaccionaría", admite.

Pero hay algo que sí tiene claro: no respondería con hostilidad. "La recibiría con los brazos abiertos. Y después tendríamos muchas cosas de qué hablar, por supuesto", resume.
Nuevos testimonios y una búsqueda que crece
Mientras tanto, la búsqueda colectiva continúa creciendo. Andrea cuenta que, en medio de la difusión de las denuncias, están llegando nuevos testimonios a la Fiscalía. Habla de entre ocho y nueve denuncias por día vinculadas con las parteras que aparecen mencionadas en estas historias.

La dimensión del fenómeno, asegura, también se hizo evidente a partir de los testimonios que comenzaron a llegarle personalmente. Dice haber recibido al menos tres casos de personas que le contaron experiencias similares y que ni siquiera necesariamente nacieron en el Hospital Público Roque Sáenz Peña.

Algunas historias provienen de clínicas que funcionaban en el centro de Rosario durante la década del 70. "Y fueron cosas con testimonios muy similares", señala.

Para quienes integran el grupo, cada nuevo testimonio abre otra posibilidad, pero también refuerza la necesidad de que la investigación avance y determine qué ocurrió efectivamente en cada caso.

"Ojalá haya justicia", dice Andrea.

La difusión de estas historias también encontró eco en distintos medios. Carmen Quiroga, una de las personas vinculadas a la investigación, reside en Bariloche y allí brindó una entrevista a Canal 6 y Radio 6, medios de Gustavo Scaglione. Como hasta ese momento no se contaba con su testimonio sobre lo que ocurría en Rosario, la entrevista permitió poner en circulación su historia y posteriormente también quedó publicada en el portal Rosario3.com.

Es también una muestra de la importancia que puede tener la difusión de estos casos. A medida que las historias se conocen, aparecen nuevos testimonios y personas que pueden reconocerse en experiencias similares. En ese sentido, los medios cumplen un papel importante para ampliar el alcance de las búsquedas y permitir que más personas conozcan lo que está ocurriendo.

La intención es acompañar la causa sin interferir en el trabajo de la Justicia: seguir la investigación, difundir los testimonios y acompañar a quienes buscan sus orígenes, pero siempre cuidando que esa tarea no termine afectando el proceso judicial.

La causa, además, no se va a abandonar. La decisión es continuar acompañando a las personas que forman parte de esta búsqueda y difundir todo lo que sea posible, pero con un límite claro:

"Hasta donde no interrumpamos y no nos mezclemos dentro de la causa para no generar ningún tipo de ruido", como acostumbramos en Señales.

Los micrófonos, mientras tanto, seguirán abiertos para que estas historias puedan ser contadas.

Una pregunta que todavía espera respuesta
La búsqueda sigue abierta. Andrea todavía no tiene el nombre de su madre biológica, no conoce las circunstancias exactas de su nacimiento y tampoco sabe si algún día encontrará a esa mujer o a posibles hermanos.

Tiene, en cambio, una partida de nacimiento, una firma, un nombre, un grupo de personas que atravesaron historias similares y una investigación judicial que ahora intenta reconstruir hechos ocurridos hace más de cinco décadas.

Y tiene, sobre todo, una pregunta que comenzó cuando era niña y que todavía espera una respuesta: quién fue la mujer que la buscó —o no pudo buscarla— el día en que nació, y qué ocurrió realmente entre aquel 29 de noviembre de 1972 y los dos días después, cuando una recién nacida fue llevada desde Rosario hasta San Genaro.

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 26 de septiembre de 2026

Tierra y dignidad: el periodismo de Darío Aranda a ras del territorio

Este lunes 28 de septiembre, a las 18, Darío Aranda presentará su último libro, Tierra y dignidad, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. El encuentro se realizará en el marco del cursado de la materia electiva Salud Socioambiental. En una entrevista con Señales, Aranda recorrió casi 25 años de crónicas sobre pueblos indígenas, campesinos, asambleas y experiencias agroecológicas, pero también reflexionó sobre el oficio periodístico: escuchar, volver a los territorios, sostener las historias y evitar un periodismo que, como el extractivismo, llega, toma y se va.

Cuando el periodismo también extrae
Llegar a un territorio, hacer unas preguntas, tomar algunas declaraciones, escribir una nota y marcharse. Para Darío Aranda, esa forma de hacer periodismo tiene algo en común con el extractivismo que durante años recorrió como cronista: llega, toma y se va.

Frente a eso, reivindica otra práctica. Ir a los lugares, escuchar, volver, mantener los vínculos, sostener los temas cuando dejan de ocupar las portadas. Entender al periodista como un puente y no como protagonista de las historias que cuenta.

Aranda lleva más de dos décadas recorriendo los territorios donde se disputan la tierra, los bienes comunes y las formas de vida. Periodista especializado en ambiente y extractivismo, durante más de veinte años trabajó en PáginaI12 y actualmente integra la agencia Tierra Viva. En ese recorrido construyó una mirada que combina investigación, presencia territorial y una preocupación persistente por las voces de quienes protagonizan las luchas socioambientales.

Su último libro, Tierra y dignidad, reúne crónicas escritas a lo largo de casi 25 años en lugares muy diferentes de la Argentina. Hay allí historias de represión y encarcelamiento, como la de cuatro hermanos wichí de Las Lomitas, y también experiencias que muestran otras formas de producir y organizar la vida, como la de Naturaleza Viva, en el norte de Santa Fe, junto a Irmina y Remo, o la de productores de yerba mate de Piraí. Entre unas y otras aparece un hilo que, para Aranda, está contenido en el propio título del libro: la lucha por la tierra, por el territorio y por las formas de vida.

Una tierra que también es territorio
El nombre del libro fue una elección largamente pensada. Aranda adhiere al concepto de territorio, que considera más amplio que el de tierra porque no refiere solamente a la superficie, sino también a la historia, la cultura y el futuro que se construyen alrededor de ella. "No solo la superficie", explica.

Es un concepto que conoció principalmente a través de la academia y que luego fue apropiado por sectores ambientales y socioambientales, pueblos indígenas y organizaciones campesinas.

Pero hay otra palabra que decidió recuperar: tierra. La razón está en su propia experiencia como periodista. En la gran mayoría de las entrevistas que realizó a campesinos y pueblos indígenas, cuenta, fueron ellos mismos quienes hablaron de la tierra. Por eso quiso hacerse cargo de ese término, de esa palabra que aparece una y otra vez en sus crónicas.

Algo similar ocurre con expresiones como "bienes comunes" o "bienes naturales". Son conceptos muy utilizados en determinados espacios políticos, académicos y ambientales, pero Aranda señala que rara vez los escuchó directamente de boca de campesinos o pueblos indígenas.

"Era recuperar un poco el término, la palabra tierra, que es la que resuena muchas veces en las crónicas", sostiene.

La dignidad como territorio
La segunda parte del título tampoco fue casual. Si los lugares donde avanza el extractivismo suelen ser definidos como "territorios de sacrificio", Aranda propone mirar esas mismas geografías desde otro lugar.

"Otra forma de verlo es eso, que son también territorios de dignidad. No también, sino sobre todo, son territorios de dignidad", afirma.

Para él, la dignidad nace de los pueblos y de lo colectivo, y está lejos de los sectores de poder. Está presente tanto en las luchas y las resistencias como en las construcciones alternativas: las experiencias agroecológicas, las escuelas que llevan el nombre de Andrés Carrasco, los plebiscitos mediante los cuales una comunidad decide cómo quiere que sea su presente y su futuro.

Después de darle vueltas a distintas posibilidades, Tierra y dignidad terminó condensando buena parte de lo que había encontrado durante años de recorridas: las formas de entender el periodismo, las crónicas reunidas en el libro y también una aspiración.

"Que todos puedan tener la tierra necesaria para vivir y la dignidad para llevar a cabo una vida distinta, una vida menos injusta, una vida digna, justamente", resume.

Veinticinco años de aprender a escuchar
El libro funciona, además, como un balance de casi un cuarto de siglo de la Argentina y de los aprendizajes acumulados en ese tiempo. Aranda reconoce que algunas crónicas incluso quedaron afuera porque eran anteriores, pero que el conjunto permite volver sobre una trayectoria marcada por el contacto con organizaciones y comunidades muy diversas.

No todas esas relaciones permanecen hoy de la misma manera. Algunas organizaciones con las que trabajó durante años se encuentran actualmente más lejos de sus posiciones políticas. Lo conversó incluso recientemente con integrantes de una radio que lo entrevistaron.

Pero esa distancia no borra los aprendizajes.

"He aprendido con ellas y agradezco esos aprendizajes", dice. Las lecturas de la realidad y los posicionamientos políticos pueden haberlos llevado a espacios diferentes, pero Aranda sostiene que eso no necesariamente significa dejar de reconocerse como compañeros ni olvidar que existe un enemigo común.

En ese recorrido aprendió a escuchar y a mirar. Aprendió sobre extractivismo, agroecología, pueblos indígenas, luchas socioambientales y también sobre el propio oficio periodístico.

Las crónicas fueron prácticamente respetadas tal como habían sido publicadas. Solo se corrigieron algunos errores gramaticales, mientras que se conservaron incluso formas de escritura propias de cada momento. El libro es, así, también un registro de ese aprendizaje continuo.

Y hay en él una apuesta por disfrutar el oficio. "Es un disfrute también, un intento de disfrute de este oficio tan lindo que tenemos", dice.
Contar también las cosechas
Esa mirada aparece especialmente en la decisión de no construir el libro únicamente alrededor de las injusticias. Las represiones, los desalojos y los conflictos forman parte de las historias, pero también las experiencias que construyen otras maneras de producir y de relacionarse con la tierra.

Para Aranda, el periodismo tiene la obligación de contar ambas dimensiones.

En Tierra Viva, la cooperativa en la que trabaja desde hace seis años, intenta sostener esa misma perspectiva. La formación tradicional del periodismo suele asociar la noticia con la mala noticia, pero para él el periodismo debe contar todo lo que ocurre.

Y en un contexto atravesado por desalojos, represiones, despidos de trabajadores y trabajadoras del Estado y cierres de fábricas, esa necesidad se vuelve todavía más evidente.

La vida cotidiana, recuerda, no está hecha solamente de malas noticias. Una persona puede atravesar dificultades económicas o laborales y, al mismo tiempo, encontrarse con amigos, tomar mates, compartir una comida, ir a un recital o festejar un cumpleaños. Esos momentos también forman parte de la realidad y merecen ser contados.

Por eso reivindica que el periodismo registre "los pasos adelante, las luchas, las resistencias, las cosechas, las cosechas que uno va obteniendo a pesar de los monocultivos de mentes que hay a veces".

En Tierra Viva intentan trasladar esa mirada al trabajo cotidiano. Cada semana elaboran un boletín y procuran incluir alguna historia vinculada con la cultura, la historia, la agroecología, los medios comunitarios o alguna otra experiencia que permita mostrar que existen también avances, alegrías y construcciones colectivas.

El libro busca reflejar esa otra dimensión: la experiencia agroecológica, los pueblos indígenas organizados, las asambleas que deciden sobre su futuro y los triunfos que pueden producirse incluso frente a un modelo que Aranda considera injusto.

Cuando el periodismo también extrae
Esa forma de mirar también está relacionada con una determinada concepción del oficio.

Para Aranda, hacer periodismo supone ir a los lugares, escuchar, volver, mantener el contacto con las personas y sostener los temas en la agenda. Es, en buena medida, lo contrario de lo que define como "periodismo extractivo".

La comparación no es casual. Así como existe un extractivismo de minerales, de petróleo o vinculado con el modelo agropecuario, Aranda identifica también un extractivismo académico y periodístico.

Habla de investigadores que llegan a un territorio, realizan una tesis doctoral y nunca regresan. Y de periodistas que aparecen durante un día, producen una nota y después abandonan el tema.

También cuestiona la facilidad con la que alguien puede convertirse en supuesto referente de una problemática después de haber visitado un lugar apenas una o dos veces.

Frente a eso, propone una actitud diferente: "Nos falta bastante de humildad, de ubicarnos en nuestro lugar".

El periodista, sostiene, debe entenderse como un puente, como un transmisor de aquello que sucede en los territorios y de los hechos que busca comunicar.

Volver, escuchar, quedarse
Para evitar un periodismo extractivo, considera fundamental respetar las historias que se van a contar y mantener los vínculos incluso cuando no exista una nota inmediata que publicar.

También implica sostener los temas en agenda, acompañar procesos que uno fue conociendo con el tiempo y reconocer los lazos afectivos construidos con muchas de las personas que aparecen en esas historias.

Para Aranda, la minería en Andalgalá es un ejemplo claro de esa continuidad. "No es un tema de un día o de dos días", plantea.

Una problemática territorial puede extenderse durante décadas y, por eso, el vínculo periodístico no debería depender de que los medios hegemónicos o algún funcionario vuelvan a colocarla momentáneamente en agenda.

Se trata de permanecer cerca de esos territorios, sostener las voces y continuar escuchando.

"Me parece que básicamente es por el respeto y el compromiso para contar lo que está sucediendo", afirma.

Las crónicas que no encontraron lugar
El propio recorrido de Tierra y dignidad está atravesado por esa relación con medios diferentes.

El libro recupera trabajos publicados en distintos espacios y, aunque durante la conversación inicialmente parecía que no había textos de Página/12, una revisión posterior permitió comprobar que hay al menos uno y posiblemente dos. Una de esas crónicas corresponde a una campaña en Chaco.

La relación de Aranda con Página/12 es, de todos modos, más compleja y extensa que la cantidad de textos incluidos en el libro. Allí desarrolló una parte fundamental de su formación, de su vida y de su carrera.

Pero también recuerda que en 2011 dejó de poder publicar crónicas en el diario. Según relata, durante un período se le impuso una limitación que le permitía publicar solamente dos notas pequeñas por mes.

El problema no fue solamente una restricción de espacio. Aranda cuenta que realizó coberturas que luego no encontraron lugar en el diario.

Estuvo en Loncopué en 2012 para cubrir el plebiscito y también cubrió el juicio por el barrio Ituzaingó, pero las crónicas que escribió sobre esos lugares no fueron aceptadas.

Por eso, aunque reconoce la importancia que Página/12 tuvo en su trayectoria y el alcance que puede tener un medio de esas características para determinados temas, también reivindica otro tipo de periodismo: el autogestivo y comunitario, muchas veces realizado de la mano de las propias organizaciones.

"Las crónicas fueron justamente gestadas muchas veces de medios comunitarios, autogestivos, y siempre de la mano de las organizaciones", explica.

El propio libro, sostiene, no hubiera sido posible sin esos vínculos. Muchas de las coberturas surgieron a partir de invitaciones de las organizaciones, que en ocasiones consiguieron los pasajes para que pudiera viajar o le ofrecieron un lugar donde quedarse.

Otras veces fueron vecinos y vecinas quienes abrieron las puertas de sus casas.

El periodista como puente
Esa dimensión del oficio aparece también como una toma de posición sobre qué significa hacer periodismo.

Tierra y dignidad es un libro sobre ambiente, extractivismo, pueblos indígenas, campesinos y agro, pero también sobre política y economía. Y, sobre todo, busca ser un libro sobre periodismo.

Aranda entiende ese periodismo como una práctica que comienza por escuchar a los protagonistas de los hechos. No reivindica una supuesta neutralidad: sostiene que el periodista puede tener una postura, pero debe ser intelectualmente honesto con aquello que está sucediendo.

Al mismo tiempo, plantea la necesidad de correrse del centro de la escena.

En tiempos en que buena parte de las historias periodísticas y de los contenidos digitales parecen construirse alrededor de influencers, personalismos y periodistas que hablan permanentemente en primera persona, Aranda reivindica otra tradición.

“Creo que somos muchos los que entendemos que el periodismo es, el periodista tiene que pasar desapercibido lo máximo posible", afirma.

Las voces protagonistas, para él, son las de quienes están en los lugares, luchando, construyendo y soñando otras realidades.

De allí la importancia de recuperar aquello que aprendió de grandes maestros del oficio, algunos reconocidos y otros anónimos: poner el oído, grabar, preguntar, repreguntar y escuchar.

La velocidad de las redes sociales no necesariamente ayuda a ese trabajo. Aranda prefiere tomar distancia de "lo efímero, lo efectista de un reel de Instagram" y de las preguntas rimbombantes para recuperar algo tan elemental como el tiempo.

Ir a un territorio, permanecer horas allí, participar de una charla, sostener una entrevista y después volver sobre lo escuchado para poder contarlo.

"Creo que todavía somos muchos los que entendemos el periodismo de esa manera", dice.

Y agrega otra dimensión que considera central: reivindicar el periodismo como una herramienta para el cambio social.
La pregunta que incomoda al modelo
Esa concepción del oficio se cruza inevitablemente con el modo en que Aranda interpreta el extractivismo.

En sus crónicas aparecen la soja, la minería y el petróleo, pero también una discusión económica que atraviesa esas actividades: la necesidad permanente de generar dólares y su relación con la deuda externa.

Para Aranda, hablar de extractivismo implica hablar también de geopolítica, derechos humanos, historia y economía.

Aunque Tierra y dignidad no contiene una crónica dedicada exclusivamente a explicar el funcionamiento económico de la deuda o el destino de los dólares provenientes de la minería, la soja o el petróleo, el tema aparece en la introducción y atraviesa su lectura del modelo.

Según su interpretación, el extractivismo desarrollado en Argentina durante las últimas décadas forma parte de un esquema que tiene entre sus objetivos centrales la generación de divisas para afrontar el endeudamiento externo.

Aranda sostiene que esos recursos no terminan necesariamente traducidos en hospitales, escuelas, jubilaciones o políticas sociales, sino que buena parte de esos dólares se destina al pago de los acreedores de la deuda que, según su caracterización, distintos gobiernos fueron tomando y renegociando.

En ese punto aparece una pregunta que, aunque no está incluida como crónica en el libro, Aranda suele recordar.

Ocurrió durante una charla en una escuela cooperativa de la Ciudad de Buenos Aires. Una adolescente llamada Juana se levantó en medio del auditorio y preguntó si la deuda externa podía dejar de pagarse.

La pregunta lo sorprendió por su sencillez y por lo que implicaba. "Es maravilloso, porque mucha gente de nuestra edad no se pregunta eso", cuenta.

Para él, algo similar sucede con la posibilidad de imaginar una salida del extractivismo.

Incluso dentro de sectores progresistas, vinculados a los derechos humanos y considerados por él espacios aliados, encuentra una idea arraigada según la cual el extractivismo sería el único destino posible para países como la Argentina.

A eso se suma, sostiene, la expectativa de que una expansión suficiente de esas actividades terminará produciendo beneficios para el conjunto de la población.

Aranda cuestiona esa idea a una de las críticas políticas más fuertes de la conversación. Considera que, a esta altura de la discusión sobre extractivismo, existe una contradicción que debería ser revis y señala que la historia ofrece elementos para discutirla. Habla de los últimos 200 años de los Estados nacionales y de los 500 años de historia del continente americano.

También recupera una formulación del investigador Horacio Machado Araoz: la oposición a la megaminería no se explica únicamente por sus posibles impactos ambientales, sino también por una crítica a la dependencia económica y a las condiciones de pobreza que, según esa perspectiva, el modelo reproduce. "Ese es el fondo", resume Aranda.

Desde allí llega a una de las críticas políticas más fuertes de la conversación. Considera que, a esta altura de la discusión sobre extractivismo, existe una contradicción que debería ser revisada por determinados sectores que participan de las movilizaciones del 24 de marzo y, al mismo tiempo, respaldan modelos extractivos.

Recuerda una frase de Norita Cortiñas, quien planteaba que no era posible repudiar la dictadura y simultáneamente avalar a empresas como Chevron, Minera Alumbrera, Barrick Gold, Monsanto o Syngenta/Bayer, a las que vinculaba con impactos en distintos territorios.

Aranda distingue allí entre quienes apoyan abiertamente el modelo económico del actual gobierno de ultraderecha —de quienes no espera un cambio de posición— y otros sectores que mantienen una identidad vinculada con la memoria, los derechos humanos y las luchas del 24 de marzo.

Para estos últimos, considera que la relación con el extractivismo debería abrir una discusión más profunda acerca del modelo que están impulsando.

Tierra, dignidad y un oficio que se sostiene en el tiempo
Después de casi 25 años de recorridas, la cuestión vuelve así al punto de partida: tierra, dignidad, territorio y periodismo aparecen entrelazados.

Para Aranda, contar una historia no consiste solamente en llegar a un lugar cuando el conflicto ocupa las portadas, entrevistar a sus protagonistas y marcharse. Supone sostener los temas, volver, escuchar nuevamente y comprender que una lucha territorial puede durar décadas.

Supone también reconocer que las personas que viven esos conflictos no son meras fuentes de información. Son quienes protagonizan las historias. El periodista puede ser el puente, pero no debería ocupar el lugar de quienes están allí.

Por eso, Tierra y dignidad termina siendo algo más que una recopilación de crónicas. Es el registro de una manera de mirar y de ejercer el oficio: una forma de periodismo que intenta mantenerse cerca de los territorios, escuchar antes de interpretar, contextualizar antes de simplificar y sostener las voces aun cuando dejan de ser noticia.

Al final de la conversación, Aranda agradece a Aire Libre Radio Comunitaria la posibilidad de volver a hablar con sus integrantes. La entrevista no pudo realizarse en directo porque, precisamente en el momento de la transmisión, tenía previsto ejercer nuevamente el oficio: otra entrevista pendiente para realizar durante la mañana.

Antes de despedirse, deja la invitación para la presentación del libro en Rosario.

Este lunes, la presentación en Rosario
La cita es este lunes 28 de septiembre, a las 18, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario.

Darío Aranda estará presente para presentar Tierra y dignidad, en el marco del cursado de la materia electiva Salud Socioambiental.

Después de casi 25 años de recorrer territorios, escuchar historias y volver sobre ellas, la presentación aparece como una nueva estación de ese mismo recorrido.

Un libro nacido de las voces de quienes abrieron sus puertas, de las organizaciones que hicieron posible las coberturas y de un oficio entendido, sobre todo, como una forma de estar, escuchar y sostener.

Escuchá la entrevista completa:

Fotografiar la marcha de una ciudad desde adentro

En Deriva en marcha, Paula Sarkissian reúne fotografías y escritura para recorrer las movilizaciones de Rosario desde una mirada situada: cuerpos, gestos, símbolos y territorios que se transforman cuando una multitud ocupa la calle. Entre el documento y la expresión artística, el libro también explora la memoria, los feminismos, la tecnología y las distintas formas de habitar la ciudad.

Hay fotografías que registran una manifestación y fotografías que, además de registrarla, intentan entender qué ocurre con los cuerpos, los gestos, los símbolos y las emociones cuando una multitud sale a ocupar el espacio público. En Rosario, Paula Sarkissian viene trabajando desde hace años en ese territorio movedizo donde la fotografía se cruza con las calles, la memoria, los feminismos, la participación y las distintas formas de apropiarse de una ciudad.

Fotógrafa, educomunicadora y militante feminista, Sarkissian acaba de publicar Deriva en marcha, un fotolibro que reúne fotografías y escritura y que integra la Colección Derivaciones de UNR Editora, un proyecto de la Dirección de Comunicación Multimedial y la Maestría en Comunicación Digital Interactiva de la Universidad Nacional de Rosario.

El libro propone recorrer las manifestaciones desde una mirada que no se detiene únicamente en el acontecimiento: observa los cuerpos, los gestos, los símbolos, los recorridos, aquello que podría llamarse el sonido imaginado de una marcha y también las marcas que las movilizaciones dejan sobre la ciudad. La propuesta incorpora, además, una dimensión interactiva a través de códigos QR y un mapa que permite localizar algunas de las fotografías.

La publicación no apareció de manera repentina. Fue, para Sarkissian, el resultado de un llamado de atención y también de una invitación a reunir en un mismo objeto buena parte de una práctica fotográfica que viene desarrollando en las calles de Rosario.

El libro forma parte de una colección cuyo primer número estuvo dedicado a otra deriva: la de los bares de la ciudad. En el caso de Deriva en marcha, la convocatoria proponía pensar la ciudad y la fotografía en el contexto de las manifestaciones sociales.

Sarkissian tuvo entonces que volver sobre sus fotografías y reunir un archivo que, en buena medida, habla de aquello que constituye el centro de su trabajo.

"Básicamente hablan de eso, no hago mucha otra fotografía", explica en Señales.

El proceso de selección no fue sencillo ni inmediato. Durante aproximadamente un año, marcado también por un contexto de fuerte conflictividad social, las fotografías que integrarían el libro fueron cambiando varias veces, al igual que los textos que las acompañarían. La publicación fue así también un proceso de maduración.
La fotografía como deriva
Volver sobre el archivo implicó para ella volver a mirar. Y volver a mirar, sostiene, nunca es exactamente lo mismo.

"Siempre volvemos a mirar el propio archivo, que cada vez que lo miramos es una mirada distinta, porque la lectura siempre es contextual".

Cuando el archivo es propio, agrega, aparece además una dimensión comparativa: permite observar la propia historia, contrastar momentos y revisar incluso la rigurosidad con la que se trabajó en cada etapa.

En ese ejercicio de volver sobre lo fotografiado aparece una de las palabras centrales del libro: deriva. El término remite a una variación lenta y continua de una trayectoria o una dirección, pero también a una forma de desplazamiento que supone dejarse llevar y perder, aunque sea parcialmente, el control.

Para Sarkissian, esa deriva adquiere una dimensión particular cuando fotografía una movilización.

Es "un instante ahí semi-irreal", dice. Un momento en el que cree que, de alguna manera, pueden congelarse las emociones.

La propia idea de congelar el tiempo, sin embargo, contiene para ella una contradicción. La fotografía se sostiene en parte sobre esa fantasía de detener aquello que inevitablemente continúa.

"Una cosa absolutamente ficticia que uno también le impone a veces a la fotografía", define, es ese "restito de verdad y de presencia" que se espera de una imagen fotográfica.

En la práctica, explica, esa ilusión puede transformarse en algo casi irracional: el fotógrafo queda atrapado por la lógica del obturador y por la idea de que puede congelar un instante, aun sabiendo que detener el tiempo es imposible.

"Entonces, bueno, meterse en esa fantasía de detener el tiempo que es la fotografía es bastante ficticio", resume.

Fotografiar una marcha supone, al mismo tiempo, buscar y dejarse encontrar. Sarkissian no renuncia a ninguna de las dos posibilidades. Hay una parte de la fotografía que, para ella, está hecha de insistencia: insistir en estar, en buscar, en volver a un lugar y también en regresar al propio archivo para recuperar herramientas que permitan expresar aquello que se quiere decir.

Porque en su fotografía hay una intención.

"Hay mucho de lo que quiero decir, muchas ganas de decir", reconoce, aunque inmediatamente introduce una duda sobre el resultado: "no sé si logradas".

Ese deseo de decir atraviesa el momento en que la realidad se transforma en imagen. Entre una cosa y otra suceden, según su mirada, "un montón de transformaciones imaginativas".
Adentro y afuera de la marcha
En ese proceso, la fotógrafa ocupa una posición doble: está adentro y afuera al mismo tiempo. Se encuentra involucrada en aquello que registra, pero necesita también tomar cierta distancia para poder verlo.

Para Sarkissian, esa posibilidad de correrse, entrar y salir constituye una forma de darle a la situación la oportunidad de abrirse a nuevas miradas y a un destino incierto.

La distancia, en su caso, tampoco significa neutralidad. Por el contrario, está vinculada con una idea que reconoce como propia de los feminismos: la acción y la práctica situada. Alejarse no implica abandonar el compromiso, sino desprenderse de cierta pretensión de ocupar un lugar exterior a aquello que sucede.

"Un poco soy parte de esta historia", explica.

Lo que hace como fotógrafa, entonces, no se limita a registrar lo que ocurre: también tiene que ver con aquello que la situación le produce.

Esa tensión aparece de manera especialmente visible cuando participa de las marchas de las que forma parte. En muchas ocasiones, cuenta, ni siquiera quiere ocupar el lugar convencional de la fotógrafa. Prefiere estar atrás, mezclada con la marcha, participando de lo que ocurre.

Recuerda incluso que, cuando comenzó a sacar fotografías, miraba su propio archivo y se sorprendía de la cantidad de imágenes tomadas desde atrás. "Qué buenas fotos de nuca que tengo", pensaba.

Con el tiempo encontró en esas imágenes una manera particular de entender su propia posición. Fotografiar desde atrás de la marcha también revela algo sobre el lugar que ocupa quien registra: una forma de estar dentro de la escena sin dejar de mirarla.

Para ella, esa posición está directamente relacionada con una concepción de la fotografía como expresión de activismo. Y supone, al mismo tiempo, no perderse en ninguna pretensión de objetividad.

Hay ocasiones, sin embargo, en las que la fotógrafa directamente deja de serlo para convertirse en una participante más.

Sarkissian señala particularmente las marchas vinculadas con la despenalización de la marihuana, un espacio al que su activismo fotográfico estuvo asociado desde hace años. Va a esas marchas con la cámara, pero su lugar dentro de la actividad también puede ser otro: llevar la bandera, estar con sus compañeros, colaborar con la organización y participar de aquello que sucede.

En esas circunstancias, admite, a veces se pierde algunas fotografías de la marcha porque está ocupando otro lugar.

En otros espacios, en cambio, especialmente en aquellos vinculados con los feminismos, las asambleas y las marchas, esa pertenencia refuerza su posición como fotógrafa. Allí permanece con mayor frecuencia "del otro lado del lente", registrando lo que sucede.

Por eso, para Sarkissian, la neutralidad no es una posibilidad real ni una aspiración. "No creo que haya ninguna neutralidad, no hay ningún espacio para la neutralidad y yo tampoco no la pretendo", afirma.

Eso no significa, sin embargo, que la distancia carezca de valor. Al contrario: considera necesario tomar determinada perspectiva para poder observar cómo se compone una escena y decidir qué quedará dentro y qué quedará fuera de la fotografía.

Toda imagen implica un recorte. "Uno hace un instrumento del recorte", plantea.

El fotógrafo se pregunta qué va a quedar afuera y, para responder, necesita cierta perspectiva sobre lo que está ocurriendo. La fotografía ofrece entonces una posibilidad y, al mismo tiempo, una responsabilidad: decir qué se va a ver y qué no se va a ver.

Para Sarkissian, esa decisión ocurre más allá del lente. Hay que elegir por dónde pasa el corte.

Su trabajo se mueve así en una zona en la que el documento y la mirada artística no aparecen como términos necesariamente opuestos. La fotografía puede funcionar como testimonio de un acontecimiento, pero también como una interpretación subjetiva de aquello que sucede.

Sarkissian viene pensando especialmente en esa relación y en el poder que tienen las fotografías frente a otras formas de producción visual.

La cuestión adquiere relevancia en una sociedad que define como "muy hiper visualizada", en la que cada vez resulta más difícil distinguir entre fotografías, imágenes y gráficas. Todo parece circular simultáneamente.

En ese contexto, considera que a veces resulta más eficaz utilizar recursos plásticos que intentar sostener una supuesta objetividad.

La razón es la misma que atraviesa buena parte de su concepción de la práctica fotográfica: la objetividad no existe como tal y, por lo tanto, tampoco puede ser alcanzada. Pero además, sostiene, tampoco tendría necesariamente sentido perseguirla.

Las imágenes participan de un campo de disputa por el sentido, de una "batalla cultural" en la que las militancias intentan hacer escuchar determinadas voces.

Desde esa perspectiva, la imagen también puede tener una función persuasiva. Algunas herramientas plásticas pueden otorgarle mayor capacidad para comunicar y para intervenir en esa disputa.

La fotografía, al mismo tiempo, posee una característica que para Sarkissian resulta particularmente interesante: puede ser extraída de su contexto y comenzar a decir otra cosa.

Esa posibilidad deja a la fotografía en una zona ambigua, un espacio intermedio entre el arte y el documento. Para Sarkissian, allí aparece precisamente una grieta que vale la pena explorar.

Es una zona "muy plástica", dice, que permite comunicar desde un lugar ligado a la emoción mucho más que a la información pura.
El cuerpo que transforma la ciudad
Esa búsqueda también aparece en la selección de imágenes que finalmente llegó al libro. Sarkissian no sintió que hubiera una censura sobre las fotografías ni que hubiera imágenes demasiado literales que debieran ser descartadas.

Después de ver el libro terminado, sin embargo, descubrió un sesgo propio en el recorte: hay más presencia de lo anónimo que de lo personal, más cuerpos que personajes.

Algunas personas aparecen de manera singular y reiterada en las calles y ella tiene numerosos retratos de esas mismas personas a lo largo de su archivo. Sin embargo, al seleccionar las fotografías para Deriva en marcha, eligió mayoritariamente otro camino.

"Elegí mucho más el camino de lo anónimo", explica.

La decisión le permitió representar mejor aquello que le interesa pensar: "el cuerpo en la calle".

El otro límite fue material. No podía hacer una enciclopedia. La cantidad de fotografías que finalmente integraron el libro estuvo condicionada también por las posibilidades de la publicación y por una decisión formal fundamental: la impresión en blanco y negro.

Para una fotógrafa que viene trabajando principalmente desde la diversidad y los feminismos y que habitualmente utiliza el color pleno, la transformación fue un desafío. En ese proceso tuvo una ayuda decisiva de Sebastián Suárez Meccia, con quien pensó cómo trasladar a otra escala cromática aquello que normalmente construye desde el color.

El blanco y negro no fue solamente una cuestión de impresión. También modificó su mirada sobre las imágenes. "Sí, totalmente", responde cuando reconoce ese cambio.

Para ella, esa ausencia de color lleva a pensar en un gradiente de emociones diferente, más próximo quizás a un costado épico.

Apareció entonces otro trabajo de mediación: trasladar hacia la imagen esa dimensión extrema de lo épico y lo heroico sin que las fotografías perdieran aquello que originalmente contenían.

También allí intervino la edición. El trabajo editorial de Joaquín Paronzini fue, para Sarkissian, fundamental.

"Una cosa es poner 30 fotos apiladas y otra cosa es hacer un libro", señala. Y el resultado, afirma, le parece "bellísimo".

Pero Deriva en marcha no se limita a las fotografías. La escritura apareció como una segunda posibilidad para decir aquello que una imagen no siempre puede expresar.

Sarkissian cuenta que escribir también le permitió sacarse las ganas de hacerlo y que, durante el proceso, dio un salto importante en su relación con la escritura. La posibilidad de realizar un final de obra con Gabby de Cicco fue especialmente significativa y representó, según ella, un avance enorme tanto para el texto como para su propia posición al escribir.

Las palabras le permitieron, además, anclar las fotografías en determinadas ideas y pensamientos sobre aquello que ocurre cuando las movilizaciones atraviesan una ciudad.

En ese punto aparece uno de los conceptos centrales del proyecto: la transformación del territorio.

Cuando pasan los movimientos sociales, las marchas y las multitudes, explica Sarkissian, la geografía impuesta se deforma. Se alteran los sentidos de circulación, se modifica la presencia de los cuerpos en las calles y cambia la relación habitual con el espacio urbano.

Es un fenómeno profundamente fotografiable, pero también un acontecimiento que deja rastros.

Las movilizaciones dejan huellas físicas en la ciudad y, al mismo tiempo, marcas en la memoria colectiva. No se trata solamente de ocupar un espacio ya existente, sino de transformarlo temporalmente y producir otra geografía a partir de los cuerpos que lo recorren.

Mirar Rosario a través de esas marchas también le permitió reconocer una ciudad diferente.

Sarkissian habla de una ciudad que concentra mucho "desde los bordes", una ciudad con muchos bordes y con muchos "marrones". Es precisamente en las manifestaciones sociales, sostiene, cuando esa "marronitud" cobra presencia y centralidad: aparece el cuerpo, la presencia, el sonido.

Frente a una ciudad que muchas veces muestra edificios, superficies y estructuras que pueden resultar "hostiles y plásticas", particularmente en su relación con el río, las manifestaciones producen otra escena. Le ceden espacio a voces y personas que llegan desde los márgenes y que modifican completamente la fisonomía urbana.

En esa transformación, la ciudad deja de ser solamente escenario y se convierte en parte del acontecimiento.
Del papel a la calle
En Deriva en marcha, la tecnología no aparece como algo enfrentado al papel. El libro incorpora códigos QR y un mapa interactivo que permite localizar las fotografías en el territorio y regresar al lugar exacto en el que fueron tomadas.

Esa decisión forma parte de una apuesta más amplia de la Colección Derivaciones: cruzar lenguajes analógicos y presenciales con otros vinculados con la virtualidad.

Sarkissian lo explica de este modo: El libro y la colección buscan poner en diálogo los lenguajes analógicos y presenciales con los virtuales, y pensar las interfaces entre ambos en un momento en que las formas presenciales de participación están siendo disputadas por la aparición de las inteligencias artificiales.

El libro suma así una capa de interactividad que no reemplaza la experiencia física de la publicación, sino que la prolonga hacia el territorio. La fotografía vuelve a la calle de la que salió y permite, mediante una pantalla, regresar al lugar en el que alguna vez estuvo el cuerpo de quien fotografió.

Disputar las herramientas
La mirada de Sarkissian también se enfrenta a otro cambio profundo en el oficio fotográfico: la inteligencia artificial.

Lejos de rechazarla, se define como "re fan de la inteligencia artificial". La utiliza y considera que, como sucede con cualquier tecnología, lo importante es discutir sus bordes y sus usos.

En el terreno de la fotografía documental, uno de los principales problemas aparece alrededor de las posibilidades de producir imágenes falsas y desinformación mediante inteligencia artificial. Pero junto con esos riesgos reconoce una enorme cantidad de posibilidades creativas y generativas.

Las fotografías pueden convertirse, a través de estas herramientas, en superficies de exploración capaces de abrir nuevos escenarios y formas de creación, incluso para piezas documentales, artísticas o informativas.

Por eso, para Sarkissian, la discusión no debería centrarse únicamente en la herramienta sino en quiénes y cómo disputan su utilización.

"La herramienta está ahí y la disputa por el uso de las herramientas es siempre una disputa que está vinculada con las relaciones de clase, las relaciones sociales y la perspectiva de género", plantea.

Desde esa perspectiva, considera necesario "salir a disputar el uso de la inteligencia artificial". De lo contrario, advierte, puede convertirse en un instrumento de domesticación.

Su posición también parte de observar cómo fueron recibidas otras tecnologías cuando aparecieron. Recuerda las advertencias apocalípticas alrededor de la televisión y las contrapone, con humor, a las previsiones de su abuela, que le decía que no mirara televisión de cerca porque podía quedar ciega.

"Si hubieran sido ciertas todas las cosas apocalípticas que se dijeran del televisor, estaríamos todos ciegos y estériles", ironiza.

Eso no significa negar los riesgos. Sarkissian reconoce especialmente los riesgos éticos y medioambientales que rodean a las nuevas tecnologías y considera que son cuestiones sobre las que hay que prestar una atención fuerte.
Mirar, enseñar, participar
La dimensión educativa de la práctica de Sarkissian completa ese recorrido. Su formación como educomunicadora proviene de un profesorado de Comunicación Educativa o Educomunicación de la Universidad Nacional de Rosario, una formación específica que cruza problemáticas vinculadas con la intersección entre conocimiento, comunicación y educación.

Llegó a ese profesorado "por causas de la vida" algunos años atrás, lo terminó y descubrió allí un espacio que le abrió numerosas puertas. Pero, sobre todo, encontró un lugar de "resiliencia y resistencia" dentro de la propia Universidad Nacional de Rosario.

La universidad se convirtió, dice, en "mi casita". Y ocupar ese espacio adquiere para ella una dimensión política y afectiva particular en un momento en que se cuestionan la educación pública y la investigación universitaria. Permanecer allí, sostiene, es una responsabilidad y también un orgullo.

En ese punto, la fotografía, la educación, la militancia y la participación dejan de aparecer como caminos separados. Todos forman parte de una misma manera de habitar el espacio público: mirar, registrar, enseñar, participar y producir memoria.

La deriva continúa
Deriva en marcha condensa esa mirada sobre la ciudad y sobre quienes la recorren cuando salen a ocuparla. El libro no intenta solamente detener las marchas en una sucesión de imágenes: busca capturar algo de aquello que ocurre mientras los cuerpos avanzan, mientras una multitud transforma una calle y mientras la fotógrafa, al mismo tiempo, participa, se distancia, busca y se deja llevar.

La presentación del libro será este domingo 27 de septiembre, a las 19, en Bon Scott Bar, Pichincha 131, Rosario, con entrada libre y gratuita.

Sarkissian estará acompañada por Fernando Irigaray, compilador de la colección, doctor en Comunicación y responsable de la propuesta interactiva; Romina Maruco, autora del prólogo y fundadora de Hijas de Rosario; More García, referente travesti y poeta de Rosario, quien aporta su voz al book trailer y a parte de la capa narrativa audiovisual del libro; Rocío Pumar, fotógrafa y amiga de Sarkissian, con quien compartió el proyecto de El Hoguera, el colectivo de fotógrafas feministas; y Majo Poncino, integrante de la Asamblea Lesbotransfeminista, quien coordinará el panel.

La presentación tendrá también algo de celebración. Porque si el libro es resultado de un proceso de trabajo, archivo, escritura y reflexión, su llegada al público será también una oportunidad de encuentro.

Habrá vino y sándwiches para compartir, anticipa Sarkissian, porque estos espacios, además de ser formales y serios, son para ella espacios de encuentro, festejo y celebración.

En definitiva, Deriva en marcha parece prolongar su propio nombre. No se trata solamente de seguir una trayectoria, sino de aceptar que una ciudad cambia cuando sus habitantes la recorren de otra manera; que un archivo puede transformarse cada vez que vuelve a ser mirado y que una fotografía puede estar, al mismo tiempo, dentro y fuera de una escena.

El domingo, desde las 19, esas fotografías volverán al territorio que las produjo. En Pichincha 131, entre imágenes, palabras, vino y compañeros, la deriva continuará.

Escuchá la entrevista completa:

viernes, 25 de septiembre de 2026

NAZA, el documental que expone testimonios de militares israelíes sobre Gaza, se podrá ver gratis en internet

La película de Yuval Abraham y Rachel Szor estará disponible a finales de noviembre en el sitio web de The Guardian. El anuncio se produce después de las amenazas del Gobierno israelí contra los directores, a quienes acusaron de "traición". El documental que expone los sistemas detrás de la matanza masiva y calculada de civiles palestinos por parte de Israel
NAZA, el documental dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor que reúne los testimonios de 24 miembros de la inteligencia y el Ejército israelíes sobre las operaciones militares en Gaza, podrá verse gratuitamente en internet a finales de noviembre, después de su recorrido por las salas de cine.

La película estará disponible para el público mundial a través del sitio web de The Guardian, que coproduce el documental, como parte del compromiso del medio con la difusión del periodismo independiente.

"NAZA se basa en un periodismo riguroso publicado a lo largo de los últimos tres años", afirmó Harry Davies, corresponsal de investigación de The Guardian y uno de los productores de la película. "Pero es también una obra cinematográfica poderosa que pronto estará disponible en pantallas, grandes y pequeñas, de todo el mundo".

La decisión de facilitar el acceso gratuito al documental fue anunciada por Abraham en su cuenta de X. El director explicó que él y Szor tomaron la decisión junto con The Guardian "debido al interés y la importancia pública" de la película.

"NAZA será accesible en internet de forma gratuita, sin límite de tiempo, para que cualquier persona pueda verla y ver los testimonios de los soldados", escribió Abraham. Según precisó, esto ocurrirá "en unas pocas semanas, en noviembre, en la fecha más temprana que logramos fijar".

Mientras tanto, los responsables de la película han ofrecido el documental a distintos distribuidores y salas de cine de Israel sin coste, con la intención de que pueda proyectarse en el país en paralelo a su distribución internacional. The Guardian también está explorando vías para que NAZA pueda ser vista en los territorios palestinos ocupados.
Los testimonios de 24 miembros de la inteligencia y el Ejército

Rodada de noche en las azoteas de Tel Aviv, NAZA incluye entrevistas, realizadas bajo condición de anonimato, con 24 miembros de los servicios de inteligencia y del Ejército israelíes.

El documental aborda los sistemas utilizados durante las operaciones militares israelíes en Gaza y se basa en investigaciones periodísticas publicadas entre 2023 y 2025 por The Guardian, +972 Magazine y el medio en hebreo Local Call.

Según The Guardian, el título NAZA corresponde a un acrónimo utilizado por la inteligencia militar israelí para referirse, de manera eufemística, al número de civiles que se espera que mueran durante un ataque aéreo.

Abraham ha defendido el trabajo periodístico que sustenta la película. "La película se basa en una investigación periodística exhaustiva de tres años y los detalles en ella están verificados y cruzados. Hablará por sí misma y la verdad acabará saliendo a la luz", escribió.

El director ha explicado que el objetivo del documental es "generar un debate público sobre las acciones del Gobierno en Gaza, la muerte de más de 73.000 personas, la mayoría civiles, la normalización de una guerra de exterminio" y la percepción de que "no hay no involucrados".

Entre los hechos que Abraham afirma que aparecen documentados en los testimonios se encuentran el asesinato de personas desarmadas que cruzan determinadas líneas, la autorización de ataques contra viviendas familiares, la destrucción física de Gaza y disparos contra personas que acudían a centros de distribución de alimentos.

Amenazas contra los directores
El estreno de NAZA se produjo en medio de una fuerte controversia política en Israel. La semana pasada, el primer ministro Benjamín Netanyahu y distintas figuras militares y políticos de la derecha israelí pidieron que se revocara la ciudadanía de los directores y los acusaron de "traición contra el Estado".

Netanyahu afirmó que buscaría impulsar nuevas leyes que permitieran retirar la ciudadanía a quienes "manchen la reputación" de los soldados israelíes o "difamen" al Estado de Israel.

Paralelamente, decenas de activistas de derecha se concentraron frente a la casa de los padres de Szor. Según The Guardian, en el lugar se desplegaron agentes de la policía y de la policía fronteriza. Uno de los manifestantes pidió la "pena de muerte para los traidores" y reclamó que fueran demolidas las viviendas de las familias de los cineastas.

Ante estas amenazas, Abraham y Szor defendieron públicamente su decisión de realizar la película.

"Hicimos esta película impulsados por el sentido del deber de utilizar nuestra posición como israelíes para examinar los sistemas que subyacen a la matanza masiva de civiles palestinos, de la cual nuestro país es responsable", afirmaron.

"Las amenazas del Gobierno israelí de revocar nuestra ciudadanía, así como las amenazas de muerte, no cambian esta postura ni impedirán la difusión de la película. Agradecemos a nuestros colegas su solidaridad y esperamos poder compartir NAZA con el mundo entero muy pronto", añadieron.

Abraham también reivindicó el papel del periodismo frente a las acusaciones del Gobierno israelí: "El periodismo no es traición. La crítica no es traición".
Yuval Abraham y Rachel Szor

Apoyo de organizaciones y cineastas

La controversia provocó también muestras de solidaridad con los realizadores. Según The Guardian, 43 organizaciones locales de derechos humanos emitieron un comunicado conjunto en el que pidieron a las autoridades israelíes que pusieran fin a lo que describieron como incitación y amenazas contra los cineastas y que no emprendieran acciones legales contra ellos ni contra sus fuentes.

Además, más de 1.500 cineastas israelíes firmaron una petición en defensa de la "libertad de expresión y creación" y en solidaridad con Szor y Abraham.

La declaración recibió también el respaldo de cineastas internacionales como Ken Loach, Joshua Oppenheimer, Paul Laverty, Laura Poitras, Nan Goldin, Richard Eyre y Hanif Kureishi. Oppenheimer, director de The Act of Killing y The Look of Silence, calificó las acciones del Gobierno israelí como una "campaña de intimidación a gran escala".

Los directores de No Other Land
Yuval Abraham y Rachel Szor ya habían alcanzado reconocimiento internacional por No Other Land, documental que realizaron junto a los cineastas palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal.

La película obtuvo el Óscar al mejor documental en 2024. Jonathan Glazer, director de La zona de interés y Under the Skin, ejerció como productor ejecutivo de NAZA, mientras que James Wilson, de JW Films, también participó como productor.

A diferencia de No Other Land, centrada en la situación de la comunidad palestina de Masafer Yatta, NAZA aborda las operaciones militares en Gaza a través de testimonios de miembros israelíes de los servicios de inteligencia y del Ejército.

Para Abraham, el debate que pretende abrir el documental también incluye la responsabilidad de quienes fueron testigos de las operaciones militares.

"Es un deber de todo ciudadano cuyo gobierno comete crímenes saberlo y de todo soldado que fue testigo de ellos contarlo", afirmó.

La película podrá verse primero en salas y, posteriormente, a finales de noviembre, de forma gratuita y sin límite de tiempo en el sitio web de The Guardian.

38 años de Buscando Trabajo: avisos, oportunidades y miles de voces que encontraron un lugar donde ser escuchadas

Hay historias que empiezan con una gran idea. Otras, con una necesidad.

La historia de Buscando Trabajo empezó con las dos cosas.

El 25 de septiembre de 1988, a las 9 de la mañana, una voz se encendió en una frecuencia que todavía no tenía nombre. Era el 91.5 de FM, desde una pequeña sala de la vieja Escuela Pablo A. Pizzurno, en Felipe Moré y La Paz. Todavía no era, formalmente, Aire Libre, Radio Comunitaria. Pero algo ya estaba naciendo.

El programa se llamaba "Para la gente del barrio", tomado de una canción de Lalo de los Santos. Tres horas para contar lo que pasaba cerca, para leer los diarios, acercar información y poner en el aire aquello que muchas veces quedaba afuera de los grandes medios.

Y entre esa información apareció un espacio que, con el tiempo, se transformaría en una historia dentro de la historia el micro Buscando Trabajo.

En la Pizzurno no había estudio. Había una pequeña sala que hacía de biblioteca, depósito y lo que hiciera falta. Una mesa. Un par de sillas. Cajas de zapatos con los elementos técnicos. Dos pequeñas cajas metálicas color marrón: una era el transmisor de un watt; la otra, donde se conectaba el micrófono.

Había un Wincofon. Su tapa de acrílico servía de base de apoyo, el parlante estaba abajo. Allí se colocaba el micrófono de plástico cuando había que escuchar música. Había también un grabador de periodistas Sanyo, con el que llegaban algunas notas grabadas.

Eso era todo. Pero a veces todo empieza con casi nada.

A las 8:50 de aquella mañana se puso en marcha la señal de ajuste. Después sonó Ramona Galarza. A las 9 se cambió el cassette y apareció la canción de Lalo de los Santos que le daba nombre al programa. Y poco después, la voz de Rubén Blades cantando "Buscando Trabajo", para dar paso a los avisos.

Para leer los clasificados estaba La Capital. Como no eran muchos, se completaba con Clarín. El diario porteño llegaba más tarde, en manos del canillita de la otra cuadra, que golpeaba la ventana que daba a calle La Paz y dejaba el ejemplar. De ese diario salían otros avisos.

No había internet. No había correo electrónico. No había WhatsApp. No había portales de empleo. Había diarios, una radio con potencia de un watt y una ventana abierta. Y había gente. Gente que necesitaba trabajar.

En aquel septiembre de 1988, el país atravesaba un momento difícil. La inflación, la desocupación, las asonadas militares y las amenazas sobre una democracia todavía joven formaban parte de la vida cotidiana. La Capital anunciaba que el salario mínimo sería de 1.310 australes. El Banco Mundial otorgaba un crédito destinado a financiar la apertura económica. En Seúl, Argentina avanzaba a las semifinales del vóley olímpico y Martín Jaite ganaba en tenis.

En Rosario, el Gobierno provincial preparaba una tarde de rock local en el Parque Urquiza, con Fandermole, Silvina Garré, Rubén Goldín, Grafitti, Liliana Herrero, Miriam Cubelos, Punto G, Glamour, León Gieco y Antonio Tarragó Ros, entre otros.

En el dial, a esa hora, había poco para elegir. En la 102.7 se escuchaba Confrontación, la FM de LT3. La FM de LT2 se dedicaba a pasar música. Y, desde San Nicolás, llegaba con buena señal la FM de LT24.

Y, claro, la competencia de las mañanas domingueras tenía nombre propio: Almacén La Candelaria, con Don Enri, Enrique Gallardo, por LT2.

Pero en el barrio había otra competencia, mucho más urgente. La de llegar a fin de mes. La de encontrar trabajo.

Al principio fue apenas un micro. Después tuvo momentos en que se convirtió en un programa ómnibus de tres horas. Pasó por distintos horarios: de 8 a 11, de 9 a 12, de 9 a 11. Incluso tuvo una etapa diaria, de lunes a sábados, muy temprano, para llevar a cada casa las oportunidades laborales del día.

Pero siempre siguió los domingos. Porque los domingos también se buscaba trabajo.

Y porque la radio había aprendido algo esencial: no alcanzaba con leer los avisos. Había que escuchar a las personas.

Un día alguien golpeó la ventana de la escuela.

—Oí por ahí que ustedes consiguen trabajo.

La frase quedó flotando. No es lo mismo oír que escuchar. Cuando uno escucha de verdad, algo cambia.

Se le explicó que aquella era una radio que transmitía desde una escuela. Que salía determinados días y horarios. Que allí se leían los pedidos y solicitudes de empleo.

Entonces llegó una respuesta que parecía sencilla, pero que explicaba buena parte de la razón de ser de aquella radio:

—Yo no tengo FM.

Y no era el único. La mayoría no tenía FM. Y por eso la ventana se convirtió en una especie de mostrador de empleo.

Vecinas y vecinos golpeaban para preguntar si había salido algún aviso. Otros para anotar un teléfono que no habían llegado a copiar. Para saber si buscaban albañiles, electricistas, cuidadores, empleadas domésticas, serenos, vendedores.

La radio entraba por una ventana. Y la necesidad entraba por la misma ventana en sentido contrario.

Con los años llegaron otras herramientas. Y sumamos especialistas para que contaran estrategias para la búsqueda de empleo: cómo confeccionar un currículum vitae, una carta de presentación y cómo prepararse para una entrevista.

La historia de Buscando Trabajo también cambió cuando cambió el país.

La crisis de 2001 golpeó fuerte. Los avisos de empleo comenzaron a desaparecer de los diarios. Cada vez había menos oportunidades para leer al aire y cada vez eran más las personas que necesitaban encontrar una salida.

Entonces hubo que buscar otras respuestas.

En el programa comenzó a tener un espacio el ProHuerta, un programa público del INTA que, en aquellos años de emergencia alimentaria, se convirtió en una herramienta concreta para muchas familias. Desde la radio difundíamos la posibilidad de acceder a semillas, herramientas y capacitación para poner en marcha una huerta.

También promocionábamos las huertas comunitarias. No eran solamente una manera de conseguir verduras y hortalizas frescas cuando los precios se disparaban. Eran espacios de encuentro, de organización y de trabajo colectivo. Una parte de lo producido podía llegar a los comedores comunitarios o intercambiarse en los nodos de trueque.

Porque cuando el trabajo formal desaparece, la comunidad inventa otras formas de sostenerse.

Los vecinos y las vecinas se encontraban en salones parroquiales, clubes de barrio y plazas. Allí se intercambiaban alimentos, ropa, artesanías y también servicios: cortes de pelo, reparaciones, trabajos de oficio. No siempre circulaba dinero. Muchas veces circulaban créditos, objetos, saberes y, sobre todo, la necesidad de ayudarse.

En Buscando Trabajo también aportábamos una herramienta propia de Aire Libre, Radio Comunitaria: "Quiero y Tengo", nuestro sistema de canje.

La propuesta era sencilla. Quiero: ropa de abrigo para un adulto mayor. Tengo: ropa en buen estado para un niño de cuatro años.

Alguien necesitaba algo y otra persona tenía algo para ofrecer.

En esos años aprendimos que buscar trabajo no siempre significaba encontrar un empleo. A veces significaba encontrar una manera de volver a hacer, de producir, de intercambiar, de organizarse con otros.

Las huertas, los trueques, los canjes y los comedores fueron también espacios donde muchas personas recuperaron algo que la crisis les había quitado: la posibilidad de sentirse necesarias, de poner en juego lo que sabían hacer y de construir, junto a otros, una respuesta frente a la emergencia.

Buscando Trabajo tuvo que cambiar porque la realidad había cambiado. Cuando los avisos desaparecieron de los diarios, no desapareció la necesidad. Y tampoco desapareció la radio. Simplemente, hubo que empezar a buscar por otros caminos.

Pero nunca desapareció aquella esencia inicial. Un aviso podía ser el comienzo de algo.

Como aquel pedido de Ana Medrano: necesitaba una señora para cuidar a su hijo de cinco años durante pocas horas y ofrecía, a cambio, una habitación.

Laura llamó. Estaba sin trabajo. Tenía dos hijos pequeños. Si la aceptaban, podía acomodarse y cumplir con lo que necesitaban.

Las dos historias se encontraron en el aire.

Se habló. Se escuchó. Quedaron en ver si podían llegar a un acuerdo.

Una oyente mandó un mensaje: "Se escucha una piba buena y honesta".

A veces la radio no consigue un trabajo. A veces consigue algo más difícil: que dos personas puedan encontrarse.

Y también están los mensajes que llegan cuando el trabajo todavía no aparece: "Estoy buscando trabajo a dos manos y nada. Es el sistema y la edad, pero no hay que aflojar. Seguramente algo hay para mí en este planeta".

Y están los otros. Los que llegan después de la espera: "Después de un tiempo encontré trabajo. Hoy ya hace un mes y me gusta mucho. Quiero decirles a todas aquellas personas que estén buscando trabajo que tengan paciencia y esperanza. Muchas gracias".

Entre un mensaje y otro pasan meses, a veces años. La radio aprende a esperar junto con quienes esperan. Pero Buscando Trabajo también terminó siendo otra cosa: un lugar donde se habla del trabajo porque, muchas veces, hablar del trabajo es hablar de la vida.

Julián llamó una vez cuando terminó el programa. Quería hablar con el conductor.

—Te quería contar lo que me pasó anoche. El barrio está peligroso.

Y contó. Con detalles. Largo. Como quien necesita sacar de adentro algo que pesa. Después pidió disculpas por lo extenso. No hacía falta.

Había miedo. Había ocurrido un hecho violento. Había una persona necesitando ser escuchada.

La despedida fue sencilla:

—Mi teléfono lo tenés. Te quedó en el WhatsApp.

Y del otro lado:

—Cualquier cosa me llamás.

Eso también es una radio comunitaria. No solamente transmitir. Estar.

Treinta y ocho años después, la tecnología cambió casi todo. Pero hay cosas que no cambiaron.

Ahora un currículum puede viajar en segundos. Se manda por correo, se adjunta un archivo, se completa un formulario. Y muchas veces nadie responde.

Un oyente lo contó hace poco. Tiene primario, secundario y un terciario incompleto. Es electricista domiciliario, balancero, trabajó en seguridad y tiene experiencia en distintas tareas. Había enviado su currículum. Lo llamaron.

La entrevista fue para cuidar máquinas de Vialidad, cerca de la ruta A012 y la 34. La propuesta era trabajar de noche, de lunes a lunes, desde las cinco de la tarde hasta las ocho de la mañana: quince horas por día, por un millón y medio de pesos mensuales. Pero había condiciones: había que tener vehículo propio, no había baño y, si llovía, había que quedarse dentro del auto.

No entregaban radio ni herramientas ni elementos de comunicación. Había que trabajar con el teléfono propio. No había viáticos. El trabajo era informal.

Y el hombre hizo las cuentas: casi 25 kilómetros de ida, casi 50 kilómetros diarios. Si el auto se rompía, parte de lo que ganaba se iría en repararlo.

Lo que más le indignaba no era solamente el sueldo. Era la falta de condiciones elementales: "Ni siquiera contar con un baño para hacer las necesidades básicas". Terminó hablando de esclavitud.

Y antes de despedirse pidió perdón por lo largo del mensaje. Otra vez, no hacía falta.

Porque después de 38 años, Buscando Trabajo sigue siendo eso: un lugar donde alguien puede contar lo que le pasa.

Tal vez por eso aquella vieja cortina musical todavía tiene sentido.

"Voy buscando pa' trabajar, voy por las calles de la ciudad…" La canción habla de alguien que busca y busca. Pero aquí hay algo diferente.

Durante 38 años, quienes buscaron trabajo no estuvieron completamente solos. Hubo una voz que leyó un aviso. Una persona que golpeó una ventana. Una oyente que recomendó a otra. Un teléfono que sonó. Un currículum que llegó. Una entrevista. Una oportunidad. Un mensaje agradeciendo después de conseguir un trabajo. Otro mensaje que alertó sobre una estafa.

Y también hubo frustraciones, abusos, silencios, puertas cerradas y condiciones que nunca deberían naturalizarse.

También hubo avisos que, con el tiempo, terminaron mostrando otra cara del mundo del trabajo. Un domingo apareció un pedido para trabajar como camareras en Italia. Ofrecían un buen sueldo y aseguraban que se ocuparían de los papeles necesarios para viajar y trabajar. La información era escasa y, ante la consulta de las interesadas, la sugerencia fue acercarse al hotel céntrico que figuraba como referencia y preguntar todo: dónde era exactamente el trabajo, de qué se trataba, quién hacía la contratación, cuáles eran las condiciones y cómo se realizaría el viaje. Un año más tarde se conoció que detrás de aquella propuesta funcionaba una organización dedicada a la trata de personas.

Otra historia fue mucho más cercana. Todas las semanas, un señor que vivía a apenas dos cuadras de la radio publicaba un aviso en el que buscaba una chica para tareas de limpieza. Como siempre, desde el programa marcábamos el alerta cuando algo no terminaba de cerrar. Hasta que un día alguien tocó el timbre de la radio y advirtió: "Es un abusador. Para eso nos quiere". Al día siguiente, aquel hombre y su historia formaban parte de las crónicas de la televisión.

Con el tiempo, esa mirada sobre los avisos también nos llevó a involucrarnos de manera más directa en la discusión sobre la trata de personas. Desde Buscando Trabajo difundimos y acompañamos un petitorio dirigido a las autoridades del diario La Capital, en el que se reclamaba la eliminación de los avisos clasificados que promocionaban servicios de oferta sexual, señalados como una de las principales vías de captación para la trata de personas.

Pero no solamente pusimos la mirada sobre esos avisos. También comenzamos a prestar especial atención a aquellos que aparecían dentro del propio rubro “Trabajo” y que, detrás de una supuesta oferta laboral, dejaban entrever con claridad la búsqueda de mujeres jóvenes con fines de explotación sexual. Eran avisos que obligaban a leer más allá de las palabras y a preguntarse qué había realmente detrás de una propuesta de empleo.

Fue también una manera de aportar, desde la radio, al proceso de concientización sobre la trata de personas con fines de explotación sexual, entendida como una violación de los Derechos Humanos y una clara manifestación de violencia contra las mujeres. Teníamos claro que un medio de comunicación no podía convertirse en una herramienta para facilitar la trata y la explotación sexual a cambio de un rédito económico.

Así, aquel espacio que había nacido para leer avisos y acercar oportunidades de trabajo fue aprendiendo también a cuestionar algunos de esos avisos, a advertir sobre los riesgos y a preguntarse qué responsabilidad tenía la radio frente a lo que ponía en el aire. Porque buscar trabajo también podía significar aprender a reconocer cuándo una oferta de trabajo no era realmente una oferta de trabajo.

De esas experiencias también está hecha la historia de Buscando Trabajo. De los avisos que abren una puerta, pero también de los que obligan a mirar dos veces antes de cruzarla. De aprender que detrás de una propuesta laboral puede haber una oportunidad, una estafa o incluso algo mucho más grave. Y que, en esos casos, escuchar también significa advertir, preguntar y levantar la voz a tiempo.

Porque buscar trabajo es mucho más que buscar un sueldo. Es buscar un lugar. Una posibilidad. Una manera de sentirse útil. Una forma de sostener una familia. De recuperar un poco de tranquilidad. De levantarse cada mañana con un motivo.

Por eso aquel pequeño transmisor de un watt terminó teniendo una potencia que no se mide en watts. La potencia de escuchar. La potencia de acompañar. La potencia de hacer circular una información que puede cambiarle el día —y a veces la vida— a alguien.

El 25 de septiembre de 1988, en una pequeña sala de la Escuela Pablo A. Pizzurno, comenzó una historia.

Y también hubo frustraciones, abusos, silencios, puertas cerradas y condiciones que nunca deberían naturalizarse.

No son solamente historias individuales.

De acuerdo con los datos oficiales difundidos este jueves por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), en el primer semestre de 2026 el Gran Rosario registró un 23,1% de personas por debajo de la línea de pobreza, mientras que la indigencia alcanzó al 6,2%. En términos absolutos, el organismo estimó 315 mil personas pobres, pertenecientes a unos 90 mil hogares, y 84 mil personas en situación de indigencia, correspondientes a unos 26 mil hogares.

A ellos se suman las personas que, aun teniendo un trabajo remunerado, buscan otro. Trabajan, pero necesitan más. Buscan completar un ingreso que ya no alcanza para sostener el mismo nivel de vida.

Son números. Pero detrás de cada número hay alguien que alguna vez pudo haber dicho frente a un micrófono: "Estoy buscando trabajo".

Y ahí aparece también la política. Porque las condiciones en las que se busca trabajo no ocurren en el vacío. La caída del poder adquisitivo, la precarización, la necesidad de sumar horas o de buscar un segundo empleo forman parte de una discusión más amplia sobre el rumbo económico del país y sobre las consecuencias de las políticas aplicadas desde que La Libertad Avanza llegó al gobierno.

Treinta y ocho años después de aquel primer programa, Buscando Trabajo sigue recibiendo las consecuencias concretas de esas discusiones: en un pedido de ayuda, de alguien que necesita cambiar de empleo o de una persona que, sencillamente, pregunta si alguien sabe de algún trabajo.

En el Gran Rosario, la pobreza y la indigencia tienen hoy cifras concretas. Pero para una radio comunitaria esas cifras nunca son solamente porcentajes. Son las personas que llaman, los mensajes que llegan, los currículums que se envían, las historias que se cuentan y las preguntas que siguen apareciendo del otro lado del micrófono.

Porque buscar trabajo es mucho más que buscar un sueldo. Es buscar un lugar. Una posibilidad. Una manera de sentirse útil. Una forma de sostener una familia. De recuperar un poco de tranquilidad. De levantarse cada mañana con un motivo.

Por eso aquel pequeño transmisor de un watt terminó teniendo una potencia que no se mide en watts.

La potencia de escuchar. La potencia de acompañar. La potencia de hacer circular una información que puede cambiarle el día —y a veces la vida— a alguien.

El 25 de septiembre de 1988, en una pequeña sala de la Escuela Pablo A. Pizzurno, comenzó una historia.

Había una mesa, un par de sillas, un Wincofon, un grabador Sanyo, un transmisor metido en una cajita de metal y una ventana abierta.

Y del otro lado de esa ventana, un barrio entero buscando algo.

Treinta y ocho años después, la ventana sigue abierta.

La radio también.

Y cada vez que alguien dice:

—Estoy buscando trabajo…

la historia vuelve a empezar.

Amigos, amigas, amigues: bienvenidos a un nuevo año de nuestro "Buscando Trabajo".

Y seguiremos cerrando como el primer día con este mensaje: Nos vamos, les deseamos un buen domingo para todos y todas y una gran semana y ojalá no nos escuchen más. Señal de que consiguieron trabajo. O quieren seguir con el Buscando para conseguir algo mejor. Nos estamos escuchando....

Otras Señales

Quizás también le interese: