jueves, 15 de octubre de 2026

Uber y Didi: una mañana sin acuerdo, una tarde de acusaciones y una maniobra que sacudió al Concejo

La legalización de Uber, DiDi y otras aplicaciones de transporte en Rosario volvió a quedar en suspenso este jueves, aunque lo que ocurrió durante la mañana estuvo lejos de anticipar el escenario que se desataría horas después en el recinto. Tras más de una hora de discusiones, cruces políticos y acusaciones, las comisiones de Gobierno y Servicios Públicos no consiguieron reunir los consensos necesarios para avanzar con el proyecto impulsado por el intendente Pablo Javkin. La iniciativa quedó fuera de la sesión y el debate pasó a un cuarto intermedio hasta la semana siguiente. El enfrentamiento entre Unidos por Rosario y La Libertad Avanza (LLA) parecía explicar, por entonces, el nuevo fracaso de las negociaciones.

La discusión matutina se había empantanado en una reunión conjunta convocada para acercar posiciones y avanzar hacia un dictamen. Las diferencias no se limitaban al contenido de la normativa: el desacuerdo central pasaba por la manera de encuadrar legalmente la actividad. Mientras el oficialismo pretendía modificar la ordenanza vigente para incorporar las plataformas de movilidad, los libertarios reclamaban una legislación nueva, con menos exigencias administrativas y mayor libertad para conductores y usuarios.

El cruce escaló cuando La Libertad Avanza cuestionó la forma y los tiempos del tratamiento, mientras que desde el oficialismo le reprocharon no haber presentado modificaciones concretas. La presidenta del Concejo, María Eugenia Schmuck, responsabilizó al bloque libertario por la falta de acuerdo. "Hoy no vamos a contar con la legalización de Uber y DiDi porque La Libertad Avanza, después de que le pidiéramos durante una hora cuáles eran sus propuestas de modificación a la normativa, no nos contestó y se levantó dejando la comisión", afirmó. También puso en duda que sus integrantes hubieran estudiado en profundidad el expediente y cuestionó el escaso desarrollo de su iniciativa alternativa.

En la misma línea se pronunciaron el presidente de la Comisión de Gobierno, Fabricio Fiatti, y la titular de Servicios Públicos Concedidos, Anahí Schibelbein. Ambos objetaron la consistencia de la propuesta libertaria, que contempla cambios en siete artículos de la normativa, y señalaron diferencias entre sus planteos públicos y el contenido del proyecto. Entre los puntos cuestionados mencionaron la incorporación de viajes en moto y la creación de una tasa.

La respuesta de La Libertad Avanza fue rechazar las acusaciones y negar que sus integrantes se hubieran retirado de la comisión. Su referente, Juan Pedro Aleart, cuestionó que se pretendiera discutir la iniciativa apenas dos horas antes de la sesión y sin aceptar modificaciones. También rechazó la intención oficialista de aprobar el proyecto en apenas quince días desde su envío. "Nosotros entendemos que es un servicio entre privados, un acuerdo entre privados. Por lo tanto, tiene que ser una ordenanza nueva", sostuvo.

Desde esa posición, los libertarios defendían una regulación que habilitara las aplicaciones, permitiera los viajes en moto, garantizara libertad tarifaria y simplificara los requisitos, sin crear tasas específicas para la actividad. Otro punto de conflicto era la exigencia de una licencia profesional D1, que en Rosario requiere tener al menos 21 años y dejaría afuera a conductores de entre 18 y 20. LLA también cuestionaba la exclusión de modalidades como Uber Moto y sostenía que la normativa debía permitir que más personas pudieran trabajar legalmente.

La disputa legislativa se desarrollaba, además, en una jornada marcada por las protestas de taxistas, remiseros y cadetes, que por segundo día consecutivo se manifestaban frente al Palacio Vasallo y en sectores como la Terminal de Ómnibus Mariano Moreno. Los trabajadores reclamaban igualdad de condiciones para competir, mayores controles estatales y que las plataformas tuvieran representación legal y número de CUIT en Rosario, como condición para transparentar su actividad antes de una eventual habilitación.

Con las posiciones todavía enfrentadas, las comisiones tenían previsto volver a reunirse el lunes 19 y el martes 20 de octubre, con el objetivo de retomar las negociaciones y determinar si era posible emitir un dictamen para llevar el proyecto al recinto el jueves 22. Ese era el panorama con el que se cerraba la primera parte de la jornada: sin acuerdo, sin dictamen y con la legalización de las aplicaciones todavía pendiente.

Pero la historia no terminó allí. Horas después, cuando el Concejo retomó su sesión, una decisión del oficialismo alteró el escenario y abrió un conflicto que terminó desplazando el debate sobre el contenido de la regulación. El concejal Fabricio Fiatti pidió adelantar la recaratulación del expediente 282.925 para que dejara de pasar por la Comisión de Gobierno y tuviera como único destino Servicios Públicos. La maniobra, que modificaba el recorrido legislativo de una iniciativa que ya había sido discutida en ambas comisiones, encendió una nueva controversia: para la oposición, el oficialismo pretendía apartar una instancia en la que no tenía mayoría para conseguir que el proyecto avanzara; para Unidos por Rosario, las comisiones no podían convertirse en un filtro que impidiera que una discusión necesaria llegara al plenario.

La presidenta del Concejo, María Eugenia Schmuck, fue quien abrió ese intercambio al dirigirse a Fiatti, quien había solicitado el tratamiento anticipado de la modificación. "Muy bien, entiendo, concejal Fiatti, que hay recaratulaciones de asuntos de entrados, supongo que estamos todos de acuerdo por la afirmativa, unanimidad, y usted está pidiendo el adelantamiento de una recaratulación de un expediente de tratamiento. Sí, aclare cuál es, perdóneme", señaló.

Fiatti precisó que solicitaba el adelantamiento de la recaratulación del expediente 282.925 para que tuviera como una única comisión de destino Servicios Públicos. Schmuck volvió a marcar la diferencia entre los procedimientos y preguntó si se trataba de una recaratulación de tratamiento. "Esto es una recaratulación del tratamiento. Esto es un adelantamiento. Ahora ponemos en consideración esta recaratulación de un expediente de tratamiento, que es el de Uber y Didi, ¿verdad?", planteó.

La aclaración alcanzó para abrir un debate que terminaría por absorber buena parte de la sesión. Lo que durante la mañana había sido una discusión trabada por las diferencias sobre la regulación de las plataformas se transformó, por la tarde, en una disputa sobre las mayorías, el reglamento y los límites de la autoridad política. La legalización de Uber y DiDi seguía pendiente, pero ahora el centro de la controversia era otro: si el oficialismo estaba intentando destrabar el tratamiento de una norma o cambiar las reglas para sortear una correlación de fuerzas que ya no le resultaba favorable.

El primer cuestionamiento: la institucionalidad y la pérdida de la mayoría automática
El primero en tomar la palabra fue Antonio Salinas, de Ciudad Futura, quien reconoció que intentaría ordenar sus argumentos a partir del asombro. Su primera advertencia estuvo dirigida a los rosarinos y rosarinas que seguían la sesión: "En cierto punto entiendo que lo que está pasando es que llegaron las formas de Javier Milei parlamentarias y legislativas a la ciudad de Rosario". Lo que estaba ocurriendo, sostuvo, constituía "un atropello bastante interesante a la institucionalidad que este cuerpo siempre se preció y celebramos en ese sentido tener, respetar, acompañar".

Salinas cuestionó que se pretendiera retirar la intervención de Gobierno a un expediente que acababa de atravesar una comisión conjunta entre esa comisión y la de Servicios Públicos. No era, remarcó, una discusión menor ni una modificación aislada. El proyecto buscaba modificar la ordenanza 10.544, que regula el sistema de taxis, remises y traslado de personas, y alteraba los artículos 1, 3, 4, 6, 7, 8 y 9, además de incorporar nuevos artículos. También modificaba el Código de Convivencia, cuya elaboración y tratamiento, recordó, habían correspondido precisamente a la Comisión de Gobierno.

Para dimensionar lo que consideraba una anomalía, recurrió a un ejemplo cotidiano. "Para darle un permiso precario a un vendedor de pororó en el Parque Independencia, ese expediente pasa por Gobierno", explicó. La comisión, según la definición del artículo 40 del reglamento interno del Concejo Municipal, intervenía en asuntos vinculados con permisos para servicios públicos, el espacio urbano, la legitimidad de las normas vigentes y la coherencia de la legislación municipal. Resultaba, por lo tanto, difícil de justificar que se la excluyera de una reforma de semejante alcance.

El concejal agregó que el expediente ya había comenzado a tratarse en ambas comisiones y que él mismo integraba las dos, por lo que conocía de primera mano el recorrido. "Me parece de gravedad institucional", insistió. A su entender, el procedimiento constituía una manera "poco feliz" de llevar adelante las conversaciones y el tratamiento legislativo, algo que, aseguró, no venía sucediendo en Rosario.

Pero su crítica no se agotó en las formas. Salinas vinculó la maniobra con la nueva composición política del Concejo surgida de las elecciones de 2025, cuando el oficialismo quedó en tercer lugar. Esa distribución, explicó, había dado lugar a una conformación de las comisiones que buscaba reflejar la diversidad política del cuerpo. Por eso, consideró necesario que Unidos por Rosario asumiera que ya no contaba con la mayoría automática de otros años.

"El oficialismo tiene que entender que no tiene la mayoría automática que supo tener. Eso no lo lleva a que siga trabajando con el mismo grado de autoridad con el que trabajaba antes, cambió la composición. Por ende, ahora hay que someterse a las composiciones vigentes", afirmó.

La exclusión de Gobierno, según Salinas, suponía prescindir precisamente de la comisión en la que el oficialismo no tenía mayoría y que debía revisar la coherencia jurídica de una iniciativa que modificaba normas previamente tratadas allí. Por eso pidió a Fiatti, titular del bloque de Unidos por Rosario y titular de la comisión de Gobierno, que explicara los fundamentos de la decisión y aportara antecedentes de otras ordenanzas de semejante envergadura a las que se les hubiera quitado una comisión durante el tratamiento. "Me gustaría escucharlo, simplemente", cerró.
Mariano Romero, del Bloque Peronista, acompañó el planteo y recordó que durante la comisión conjunta habían discutido tanto el fondo como la forma del proyecto. Para él, la controversia no podía separarse de los antecedentes legislativos de la propia iniciativa. Recordó que un proyecto impulsado por La Libertad Avanza para regular las aplicaciones había contemplado también la intervención de Gobierno, al igual que otras iniciativas de características similares.

"Y es justo que así sea", sostuvo. Romero coincidió con Salinas en que la legalidad de una normativa general y la concesión de licencias vinculadas con servicios públicos justificaban la participación de esa comisión. Por eso adelantó que no acompañaría la recaratulación y dejó en claro que tampoco compartía las formas elegidas para impulsarla.
Desde La Libertad Avanza, Franco Volpe fue todavía más duro. Dijo que la decisión lo sorprendía por haberse presentado "sin ningún tipo de explicaciones, sin ningún tipo de previo aviso" y preguntó para qué se habían convocado dos reuniones conjuntas durante esa semana y la anterior si después se iba a quitar una de las comisiones que habían participado del tratamiento.

Para Volpe, no había una razón administrativa detrás del pedido, sino una maniobra para trasladar el expediente a un ámbito donde el oficialismo tuviera mayoría. "Es simplemente un manotazo de ahogado para entrar a una comisión donde ya tienen mayoría", acusó. Y comparó el intento con el funcionamiento del Concejo en años anteriores, cuando el oficialismo contaba con quince concejales. "Quieren hacer el mismo modus operandi que hacían en los años anteriores, que tenían 15 concejales, y era una escribanía esto", lanzó.

El edil recordó que todos los proyectos anteriores vinculados con plataformas y aplicaciones habían pasado por Servicios Públicos y Gobierno, por lo que exigió que se explicara qué hacía diferente a esta iniciativa. También cuestionó que la modificación se pretendiera introducir al comienzo de la sesión, cuando los cambios de esta naturaleza, afirmó, solían plantearse al final. La explicación que encontró fue política: "Justamente porque le están dando los votos ahora".

Volpe recurrió luego al artículo 40 del reglamento interno para fundamentar su oposición. Señaló que la Comisión de Gobierno debía intervenir porque el proyecto incluía disposiciones sobre la defensa de usuarios y consumidores, mencionadas en los artículos 7 y 11, y modificaciones de normas sancionatorias del Código de Convivencia. También advirtió una contradicción en la decisión de remitir el expediente únicamente a Servicios Públicos cuando, según su lectura, la propia iniciativa sostenía que las aplicaciones no debían considerarse un servicio público.

"Horrible y espantoso es lo que están haciendo. No vamos a acompañar esta recaratulación", concluyó.

Norma López: la uberización, el boleto y las condiciones de vida
La vicepresidenta primera del Concejo, Norma López, del bloque Comunidad, trasladó la discusión al terreno político y económico. Aclaró que no se trataba de un cambio de carátula habitual, porque implicaba alterar el tratamiento de una iniciativa que podía modificar de manera sustancial la movilidad urbana. A su entender, aprobar la recaratulación significaba también facilitarle al Ejecutivo el avance de una política económica con la que estaba en total desacuerdo.

López cuestionó que se intentara acelerar la modificación de la ordenanza que regula taxis, remises y traslado de personas mediante la incorporación de aplicaciones como Uber. Recuperó el concepto de "uberización" para describir una modalidad que, bajo la apariencia de innovación, podía profundizar la precarización económica y convertirse en una nueva forma de ajuste. Si en un principio esas plataformas habían sido presentadas como una alternativa novedosa de transporte entre privados, sostuvo, las dificultades estructurales de una ciudad como Rosario obligaban a evaluar sus consecuencias sobre el sistema de movilidad en su conjunto.

La concejala aclaró que su oposición no significaba desconocer el debate que el Concejo mantenía desde hacía años sobre la regulación de las aplicaciones. Recordó que el cuerpo había discutido reiteradamente la posibilidad de establecer reglas para una modalidad que, en el caso de Uber, era considerada un servicio entre privados y no un servicio público. También señaló que otras aplicaciones ya habían recibido un marco legal por estar asociadas al transporte público.

Lo que estaba en juego, según López, era la incorporación de una nueva modalidad y la capacidad del Estado municipal para regularla. Cuestionó que una empresa pudiera operar sin realizar aportes a la ciudad mientras una parte importante de las responsabilidades de la movilidad quedaba en manos de los propios ciudadanos.

En medio de su exposición, Schmuck la interrumpió para recordarle que el asunto sometido a consideración era el pedido de adelantamiento de la recaratulación formulado por Fiatti. La presidenta le pidió una "gentileza parlamentaria" y señaló que la decisión sobre el cambio de carátula tendría influencia sobre la discusión prevista para la semana siguiente.

López continuó, sin embargo, con el argumento que consideraba central. Recordó que apenas una semana antes el boleto del transporte urbano de pasajeros había aumentado a 2.150 pesos. Contrapuso esa situación con la gestión peronista, cuando, según afirmó, los subsidios nacionales permitían que los usuarios pagaran apenas el 50 por ciento del costo total del boleto. En aquel momento, sostuvo, los reclamos se dirigían a los ministerios nacionales para exigir los recursos. Ahora, en cambio, lanzó una de las frases más duras de su exposición: "Y ahora con Milei son gatitos mimosos, porque el Intendente le hace el juego a Milei".

La concejala lamentó que la discusión sobre la uberización se redujera a determinar si Uber resultaba útil o no. Para ella, la cuestión central era cómo garantizar mejores condiciones de vida y de trabajo para los rosarinos. En ese punto, vinculó el debate con el costo del transporte: sostuvo que, frente a un boleto de ida y vuelta de 5.000 pesos, algunas personas podían optar por compartir un vehículo privado con otras cuatro y pagar entre 2.000 y 3.000 pesos cada una para llegar directamente a destino.

"Entonces, de eso estamos hablando", resumió. Por considerar que el asunto requería una discusión más profunda y que el Concejo disponía de herramientas parlamentarias para sostenerla, anticipó su voto negativo a la recaratulación.

"El Principado de Javkin": las acusaciones de Juan Pedro Aleart
El vicepresidente segundo del cuerpo, Juan Pedro Aleart, de La Libertad Avanza, elevó todavía más el tono. Su primera definición fue directa: "Yo lo voy a decir con todas las letras, esto que está haciendo el Intendente es una verdadera vergüenza, una vergüenza". Afirmó que la maniobra no constituía solamente un atropello a las reglas legislativas y a quienes pensaban distinto, sino también al personal administrativo del Concejo, que había cumplido con los procedimientos correspondientes al asignar el expediente a las dos comisiones.

Aleart sostuvo que el proyecto debía pasar por Servicios Públicos y Gobierno, como había ocurrido con las demás iniciativas sobre la misma temática. La decisión de quitarle una comisión, aseguró, respondía a que el intendente ya no contaba con los votos que había tenido durante años. "Esto fue una escribanía durante mucho tiempo, entonces están mal acostumbrados", acusó.

Para el edil libertario, la primera dificultad que el oficialismo encontraba frente a una oposición capaz de frenar sus planes había derivado en un intento de pasar por encima de la institucionalidad y el reglamento. "Ah, después hablan de democracia", ironizó.

También cuestionó el momento elegido por el Ejecutivo para impulsar el proyecto. Afirmó que el intendente había tenido años de mayoría legislativa para presentar una iniciativa de este tipo y que podría haberlo hecho antes de diciembre del año anterior, cuando, según su planteo, hubiera contado con los votos necesarios para aprobarla en los términos que pretendía. A su entender, la presión de la ciudadanía, de los conductores y de los usuarios de las aplicaciones había obligado finalmente al Ejecutivo a poner el asunto en agenda.

Pero Aleart rechazó que ahora se pretendiera aprobarlo "de prepo, con prepotencia". Y recurrió a una frase que condensó el enfrentamiento con el oficialismo: "Esto no es el Principado de Javkin, esto es un órgano legislativo que tiene reglamento, que tiene reglas que deben respetarse y no cambiar porque les conviene".

El concejal insistió en que el problema no era solamente el procedimiento, sino también el trato que el municipio había dispensado durante años a quienes trabajaban con las aplicaciones. Recordó que los conductores habían recibido multas, que sus vehículos habían sido trasladados al corralón y que algunas sanciones habían llegado a los dos millones y medio de pesos. Sostuvo que se les había hecho la vida imposible y que se los había tratado como delincuentes.

También denunció que los usuarios seguían enfrentando pedidos de exhibición de sus teléfonos para demostrar que utilizaban una aplicación, una práctica que, según afirmó, no estaba permitida. En ese contexto, cuestionó el cambio de posición de quienes ahora parecían estar de acuerdo con habilitar las plataformas, pero pretendían hacerlo sin escuchar a los distintos sectores.

"Y de golpe, están todos de acuerdo que hay que habilitar las aplicaciones, pero como el Intendente quiere, sin escuchar a nadie", resumió. Volvió a insistir en que el expediente debía tratarse en ambas comisiones y reprochó la ausencia de explicaciones para justificar el cambio. Para cerrar, repitió que el episodio era "una vergüenza" y "un atropello", y cuestionó cómo harían los responsables de la decisión para mirar a la cara a los empleados administrativos del Concejo que, según él, habían cumplido correctamente con su trabajo.

Monteverde: "A falta de autoridad, recurre al autoritarismo"
La presidenta del Concejo intentó entonces cerrar la discusión y avanzar hacia la votación electrónica. Pero, cuando parecía que el intercambio llegaba a su fin, habilitó una nueva intervención: la del concejal Juan Monteverde, de Ciudad Futura.

Monteverde comenzó celebrando que otras voces coincidieran ahora con críticas que su espacio venía formulando desde hacía tiempo. "Este Intendente, a falta de autoridad, recurre al autoritarismo", afirmó. Para él, Rosario atravesaba una situación de ausencia de conducción política: "Nosotros venimos diciendo que Rosario está sin Intendente, no la gobierna nadie, nadie defiende a los rosarinos".

En ese marco, planteó que la falta de autoridad legítima, construida a partir del trabajo y del respaldo ciudadano, llevaba al intendente a simular fortaleza mediante decisiones autoritarias. La maniobra que se debatía, sostuvo, era una expresión de ese mecanismo: al no contar con los votos necesarios en las comisiones, el oficialismo intentaba modificar las reglas para obtener un resultado que no podía conseguir por los canales ordinarios.

Monteverde extendió la comparación a otros conflictos políticos y mediáticos y acusó al oficialismo de recurrir a un mismo mecanismo frente a las voces críticas. Según planteó, cuando el intendente no consigue imponerse por la vía de los votos, busca hacerlo mediante el autoritarismo, una conducta que, sostuvo, también se expresa en el vínculo con la oposición y con los distintos sectores de la ciudad que cuestionan al Gobierno. "Es el mismo modus operandi que, como no pueden discutir con la oposición en los medios de comunicación, la censuran. Como no se banca la crítica a cada sector de la ciudad que alza la voz, la persiguen. Es el mismo modus operandi que hoy llega al recinto", afirmó.

El concejal consideró que el intento de modificar la intervención de las comisiones inauguraba una nueva manera de "violentar la voluntad popular". Después de los tecnicismos reglamentarios, explicó, la cuestión era sencilla: había un proyecto que no reunía los votos en la principal comisión del Concejo y se buscaba romper las reglas para saltearla y llevarlo al recinto.

Advirtió que el oficialismo podía obtener una victoria circunstancial, pero la definió como "una victoria absolutamente pírrica", porque expondría ante la sociedad una forma autoritaria de gobernar. También rechazó que el Concejo pudiera presentarse como un ejemplo de pluralidad y diálogo mientras se modificaban los procedimientos para construir una mayoría que no existía de otra manera.

Monteverde volvió sobre los resultados electorales y recordó que el oficialismo había quedado tercero tanto en la elección local como en la nacional, y que los rosarinos también habían ubicado en tercer lugar al espacio del intendente cuando este buscó validar su segunda gestión. A su entender, esa nueva realidad exigía un cambio en la forma de conducir el Concejo.

"Lo que sí, nosotros vamos anotando cada una de estas cosas para que cuando ustedes sean oposición no salgan con argumentos republicanos a querer dar las discusiones", advirtió. Aclaró, sin embargo, que no pretendía reproducir las mismas prácticas: "No para hacer lo mismo porque somos distintos a ustedes, porque nosotros no vamos a perseguir a la oposición, porque nosotros no vamos a apretar periodistas, porque nosotros no vamos a hacer las cosas que hacen ustedes, pero sí las vamos a anotar".

Su cierre fue una síntesis de la controversia: el oficialismo, sostuvo, estaba violentando las reglas del Concejo porque no tenía los votos, y eso demostraba que, cuando la oposición ejercía su función, los planes del Ejecutivo podían complicarse.

Schmuck volvió a intervenir para dar por agotado el tema. Apurada por continuar con la sesión, recordó que quería participar de la quinta Marcha Federal Universitaria y que suponía que muchos de los presentes también. "Votemos, votemos", insistió. Sin embargo, antes de avanzar, permitió que hablaran los bloques que todavía no habían intervenido.

María Fernanda Rey: la sorpresa por la coincidencia entre Monteverde y los libertarios
María Fernanda Rey, del Bloque Justicialista, tomó el micrófono y abrió su exposición con una ironía dirigida a Monteverde. "La verdad, gracias, Presidenta, nunca pensé ser testigo de la coincidencia de Juan Monteverde y La Libertad Avanza. La verdad que no pensé estar viva para eso", expresó.

Pero su primera embestida fue contra el dirigente de Ciudad Futura, a quien atribuyó parte de la responsabilidad política por la continuidad de Javkin al frente de la Municipalidad. "¿Sabés por qué Javkin es intendente? Porque te cansaste de perder las elecciones contra el necio de Javkin, porque si hubieses dejado que nuestro partido, no hubieses usurpado nuestro partido, a lo mejor un justicialista sería intendente", le dijo. A su lado, la concejala Anahí Schibelbein, de Unidos por Rosario, abrió los ojos con sorpresa ante el tono de la intervención.
Rey aseguró que no le importaba lo que se dijera a sus espaldas y que quería mantener la coherencia entre lo que sentía, pensaba y expresaba. Dijo estar en shock por haber visto a Lautaro Enríquez conversar en voz baja con Monteverde y advirtió que no iba a dejarse distraer por los comentarios de otros concejales.

Después llevó la discusión al uso cotidiano de las aplicaciones. "¿Cuántos rosarinos están pidiendo que se trate el tema de Uber? Hace años que los rosarinos usan este sistema. Hace años", afirmó. Cuestionó a quienes parecían considerar que la discusión sobre Uber había comenzado con la llegada de los libertarios al Concejo y recordó que la institución tenía una historia mucho más larga.

"No empezó con ustedes, muchachos", remarcó. Sostuvo que los rosarinos ya elegían Didi en los barrios, donde, según su apreciación, Uber tenía menor presencia, y reclamó que los concejales dejaran de lado las disputas políticas para concentrarse en las necesidades de quienes trabajaban. Incluso señaló que algunos taxistas también utilizaban Uber y defendió la necesidad de ofrecerles a los conductores herramientas que les permitieran trabajar tranquilos.

Para Rey, la discusión debía avanzar hacia una regulación consensuada. "Hay que regularlo, para eso hay que laburar y nos tenemos que poner de acuerdo y dejar los egos de lado", insistió. Su malestar apuntó especialmente a la disputa por la autoría de las iniciativas: cuestionó que se desestimara el proyecto libertario por su origen, cuando, según dijo, una parte de aquella propuesta estaba incluida en el nuevo texto.

"Entonces, dejen de hacerse los locos, los opositores, y laburen para la gente, para el laburante", concluyó.

Sabrina Prense: "A la gente no le interesa quién tiene la corona"
Sabrina Prense, de Nación y Libertad, retomó la cuestión institucional desde una posición diferente. Dijo que el enfrentamiento le llamaba cada vez menos la atención porque, a su entender, el tira y afloje entre los distintos espacios políticos se había convertido en una costumbre que atravesaba tanto el Congreso nacional como la Legislatura provincial y que ahora se reproducía en Rosario.

Aunque aclaró que no estaba de acuerdo con quitarle una comisión al expediente, sí se manifestó a favor de que el tratamiento avanzara lo más rápido posible. Por esa razón, anunció que acompañaría la propuesta para que el proyecto tuviera una sola comisión, con la condición de que se escucharan las posiciones de todos los bloques y se consideraran las modificaciones presentadas por cada uno, incluidas las de su espacio.

Prense cuestionó que la disputa por el número de comisiones y las mayorías internas hubiera desplazado las urgencias de la ciudadanía. "Porque a la gente no le interesa cuántas comisiones tiene, cuánto le mida cada uno, ni quién tiene la corona acá", dijo. Y, en una imagen que buscó condensar el enfrentamiento, añadió que, mientras la situación fuera de la institución resultaba difícil, los concejales se dedicaban a "agarrar la regla y medirnosla para ver realmente quién está acá mandando a la ciudad".

Su llamado fue a dejar de lado esa competencia y regresar al trabajo legislativo. "Entonces, dejémonos de joder, realmente vayamos a la comisión como se pidió y tratemos de ir como corresponde, escuchando las voces de todas", reclamó.

Fiatti defiende el plenario y acusa a la oposición de bloquear la regulación
Llegado ese punto, Fabricio Fiatti decidió responder a las críticas. El presidente de la Comisión de Gobierno dijo estar sorprendido por las intervenciones opositoras y cuestionó lo que consideró una interpretación equivocada del funcionamiento del Concejo. Recordó que el órgano decisorio era el plenario, donde estaban representadas todas las bancadas, tanto el oficialismo como la oposición, y no las comisiones, que definió como ámbitos de trabajo.

"De ninguna manera una comisión puede ser un filtro para que la manifestación mayoritaria en cuanto a una determinada materia, como en este caso es la regulación de una modalidad de transporte en la ciudad, de una alternativa de movilidad para los rosarinos, no llegue al recinto", argumentó.

Fiatti sostuvo que el oficialismo siempre había tenido voluntad de generar acuerdos y que había participado de las reuniones conjuntas de Servicios Públicos y Gobierno. Pero afirmó que no estaba dispuesto a aceptar lo que describió como una extorsión de La Libertad Avanza, a la que acusó de expresar públicamente una posición y actuar de otra manera dentro del Concejo. Esa conducta, según él, terminaba negándoles a los rosarinos la posibilidad de regularizar las aplicaciones de movilidad.

El concejal defendió además la urgencia del proyecto. Explicó que la iniciativa implicaba ampliar el registro de aplicaciones que ya existía en la ciudad y que las discusiones sobre las atribuciones del Ejecutivo, la protección de los usuarios y las obligaciones de las plataformas ya habían sido abordadas en otras instancias. En esta oportunidad, dijo, se buscaba incorporar una modalidad adicional.

"¿Y por qué ahora? Porque ahora tenemos una legislación de fondo que hace que esta discusión se deba dar de manera inexorable porque tenemos que adecuar nuestras reglas de juego", señaló.

A esa necesidad agregó el riesgo de eventuales consecuencias judiciales. Según Fiatti, existían antecedentes y precedentes jurisprudenciales que podían exponer a la Municipalidad de Rosario a intervenciones judiciales y al pago de costas, como estaba ocurriendo en otros municipios argentinos. Por eso, consideró que el asunto no podía demorarse y que ninguna cuestión administrativa debía impedir que el plenario terminara pronunciándose.

A pesar de su defensa del proyecto, Fiatti aseguró que no serían ellos quienes cambiarían en ese momento la modalidad de discusión ante las dudas planteadas por la oposición. Sin embargo, anticipó que insistirían para que el expediente llegara al recinto y para que los rosarinos pudieran comprobar cuáles eran las verdaderas voluntades políticas detrás de la demora.

En ese punto, volvió a cargar contra Ciudad Futura y el peronismo, al afirmar que ambos espacios anteponían sus disputas con el intendente a las necesidades de la ciudad. Recuperó una frase que, según dijo, había pronunciado el presidente de bloque de Ciudad Futura: "La cuestión no es Uber, es Javkin". Para Fiatti, esa lógica atravesaba el debate y anticipaba una discusión electoral cuando todavía faltaba tiempo para las próximas elecciones.

"De lo que hay que ocuparse es de lo que la ciudad necesita, de lo que los rosarinos nos piden", sostuvo. Acusó a sus adversarios de defender causas mezquinas y de actuar por egoísmo, capricho o conveniencia política. Aun así, anunció que el oficialismo seguiría trabajando en las comisiones para discutir el proyecto, tal como se había hecho hasta ese momento.

Enríquez contra Schmuck: "¿Será por su carrera en la Intendencia?"
Lautaro Nahime Enríquez, de La Libertad Avanza, volvió a tomar la palabra y aprovechó la oportunidad para cuestionar tanto el procedimiento como el papel de la presidenta del Concejo. Comenzó señalando la contradicción que, a su entender, existía entre la urgencia proclamada por el oficialismo y el modo en que se había desarrollado el tratamiento.

"Hace cuatro horas estábamos discutiendo las cosas en una comisión conjunta. Si tan apurados estaban para hacer las cosas, era el momento, no es venir con arrebatos", afirmó. Para el libertario, durante más de una semana el oficialismo había impulsado distintas iniciativas con la misma lógica: plantear que debían tratarse inmediatamente y que, de lo contrario, no avanzarían.

Cuestionó que, a último momento, se pretendiera quitar una comisión fundamental a un proyecto que establecía nuevas reglas para las aplicaciones. También apuntó contra Fiatti, quien presidía Gobierno, por considerar contradictorio que defendiera la exclusión de esa misma comisión alegando que así se ganaría eficiencia.

"No, pero si se cae de maduro que es una actuación política lo que están haciendo", disparó.

Enríquez dirigió entonces sus críticas a Schmuck. Le reprochó que, durante el inicio de la discusión, hubiera permanecido pendiente del celular y cuestionó que, después de ocho años al frente de la presidencia del Concejo, recién en las últimas dos semanas se hubiera decidido a impulsar el tratamiento de Uber. "¿Será por su carrera en la Intendencia? ¿Será porque quiere hacer campaña política? No sé", planteó.

Según el concejal, el oficialismo pretendía imponer sus condiciones bajo el argumento de la urgencia, sin escuchar las objeciones de La Libertad Avanza. También recordó que Unidos por Rosario había contado con quince concejales y una mayoría suficiente para aprobar iniciativas, pero, durante aquellos años, no había tratado Uber, el problema de los cuidacoches conocidos como trapitos ni la reducción de tasas que ahora reclamaba.

Para Enríquez, el cambio de ritmo respondía a que esas cuestiones se habían instalado en la agenda pública y a que su espacio había impulsado parte de esas discusiones. "Ahora se acuerdan que tienen que tratar estos temas, porque están en campaña, porque son temas que lo instaló La Libertad Avanza", sostuvo.

El libertario negó además que su bloque se opusiera a regular las aplicaciones. Aseguró que la discusión de fondo pasaba por el modelo de regulación que pretendía imponer el Ejecutivo. Según su lectura, el proyecto oficialista buscaba transformar Uber, Didi y otras plataformas en una modalidad equiparable al servicio público, al exigirles información sobre sus conductores, los viajes, la cantidad de vehículos, los recorridos, los días de trabajo y los motivos por los que se rechazaban viajes.

"Nosotros entendemos que las aplicaciones de movilidad son un servicio de acuerdo entre privados, y vamos a defender siempre eso", afirmó. Desde esa perspectiva, consideró que el crecimiento de las plataformas respondía a una elección de los usuarios y también podía interpretarse como una respuesta a las deficiencias del sistema de movilidad tradicional.

"Por algo Uber creció, por algo las aplicaciones de movilidad se dispararon, por algo hoy la gente elige Uber, elige Didi, elige distintas aplicaciones", argumentó. Y dejó abierta una interpretación: quizá el sistema de transporte no había fracasado por completo, sino que las aplicaciones se habían convertido en un complemento que respondía a nuevas necesidades.

Enríquez volvió a cuestionar que el Ejecutivo hubiera dejado pasar ocho años sin impulsar una regulación y que ahora quisiera resolver el asunto en apenas dos semanas. Dijo que La Libertad Avanza nunca estaría en contra de Uber ni de los privados, pero rechazó que el proyecto avanzara mediante apuros, saltos de comisiones y cambios reglamentarios.

En medio de sus cuestionamientos, Enríquez se refirió a Schmuck como "presidenta del Cuerpo", en una variación llamativa respecto del tratamiento de "presidente" que los concejales de La Libertad Avanza suelen utilizar para dirigirse a ella. "Entonces, si como presidenta del Cuerpo no puede remitirse y respetar el reglamento y ordenar cómo funcionan las cosas, me parece que estamos en un problema", advirtió. A su juicio, el intento no solo atropellaba las reglas, sino también al Concejo, las comisiones y los trabajadores de la institución.

El concejal desarrolló luego una serie de objeciones al contenido de la iniciativa. Reiteró que el proyecto modificaba el Código de Convivencia y otras ordenanzas, por lo que consideraba injustificable quitarle la Comisión de Gobierno. Insistió en que, detrás de esa decisión, había una intención de convertir las aplicaciones privadas en un servicio público sujeto a mayores obligaciones estatales.

En ese marco, cuestionó que el Ejecutivo pudiera exigir a las plataformas una cantidad determinada de conductores o imponer condiciones sobre sus jornadas de trabajo. Ridiculizó la posibilidad de que se pretendiera obligar a un chofer a trabajar las 24 horas, los 365 días del año, y utilizó el ejemplo de Navidad para subrayar lo que consideraba una intromisión estatal en las decisiones de los trabajadores.

También objetó que el proyecto dejara afuera a las motos utilizadas en aplicaciones de movilidad, una alternativa que, según dijo, muchas personas elegían por su menor costo. Cuestionó, además, la incorporación de tarifas mínimas que, a su entender, impedirían que los usuarios aprovecharan ofertas de viajes de 1.000, 1.500 o 2.000 pesos.

Otra de sus críticas apuntó al tratamiento de las multas acumuladas durante los años en que las aplicaciones funcionaron sin habilitación municipal. Enríquez afirmó que el proyecto mantenía las sanciones impuestas a los vehículos particulares que habían trabajado mediante plataformas, mientras que contemplaba perdonar las multas aplicadas a taxis y remises por operar con aplicaciones no habilitadas.

"Si se las van a perdonar, perdonémoselas a todos. O no se las perdonemos a ninguno", reclamó, al sostener que no debía haber preferencias entre los distintos trabajadores.

Finalmente, volvió sobre el artículo 14, que, según su interpretación, exigía a las aplicaciones entregar información para que el municipio pudiera definir cómo debían funcionar. Si el objetivo era convertirlas en taxis o remises, propuso que se creara directamente un nuevo sistema de movilidad, en lugar de imponer condiciones a plataformas que, afirmó, ya funcionaban y eran elegidas por los usuarios.

"Así que esto que están haciendo es un atropello a las instituciones, es una burrada legislativa", sentenció. Reiteró que el oficialismo parecía haberse acordado de la regulación después de ocho años y especuló con que la decisión pudiera responder a intereses políticos o electorales. De todos modos, aclaró que esperaba que el expediente avanzara en las próximas semanas y recordó que su bloque tenía una propuesta propia, que ya había presentado y discutido en comisión.

Fiatti retira la moción y el intento de recaratulación queda sin efecto
Schmuck eligió no responder a las acusaciones personales de Enríquez y volvió a darle la palabra a Fiatti. El concejal oficialista aprovechó su intervención para cuestionar el tono del debate y denunciar lo que consideró una falta de respeto hacia el resto de los integrantes del cuerpo.

"Qué lástima que la falta de respeto se extienda tan fácil y que tan fácil sea venir a este recinto a decir cualquier barbaridad sin que se deba rendir cuenta de las palabras de cada uno", expresó. Recordó que el asunto había sido conversado el día anterior en la reunión de Labor Parlamentaria y sostuvo que el Concejo debía trabajar para evitar que la mentira se convirtiera en una práctica habitual.

Pero, frente a la resistencia que había encontrado su propuesta y a la evidencia de que el rechazo había ganado terreno, Fiatti decidió retirar la moción de recaratulación. En lugar de insistir con el cambio de comisión, anunció que el oficialismo continuaría la discusión en los ámbitos correspondientes y pediría una preferencia para que el expediente pudiera llegar al recinto dentro de quince días.

"Dicho esto, vuelvo a mis palabras de hace un momento, retiro la moción, insistimos con que se discuta en las comisiones y también pedimos la preferencia del caso para poder llegar en 15 días a tenerlo al expediente acá y que no haya dilaciones", señaló.

El concejal intentó presentar el resultado del debate como una oportunidad para acelerar la discusión de fondo. Dijo alegrarse de que el ritmo impuesto al tratamiento hubiera permitido que el expediente comenzara a leerse y que los concejales empezaran a exponer sus argumentos sobre la regulación de las aplicaciones.

Con el retiro de la moción, la presidenta entendió que ya no quedaba nada que votar sobre ese punto. No hubo una votación para quitarle Gobierno al expediente ni una resolución que consumara el cambio de carátula. El intento había quedado atrás, al menos en esa instancia, aunque el oficialismo mantenía la intención de que el proyecto avanzara con rapidez y llegara al recinto en los siguientes quince días.

Schmuck cerró el episodio con una frase breve, sin responder a las acusaciones que habían atravesado la sesión: "¡Seguimos!".
La disputa por las reglas y el futuro de las aplicaciones
La discusión sobre Uber y Didi, sin embargo, había dejado expuesta una disputa mucho más amplia que la regulación de las aplicaciones. Para el oficialismo, la necesidad de adaptar la normativa y evitar eventuales consecuencias judiciales justificaba acelerar el tratamiento; para sus críticos, el apuro era una respuesta a la pérdida de la mayoría automática y un intento de modificar las reglas para superar una resistencia legislativa legítima.

En el medio quedaron las preguntas sobre el futuro del transporte urbano, las condiciones laborales de los conductores, los costos que enfrentan los usuarios y el alcance de la intervención municipal sobre las plataformas privadas. Pero también quedó una señal política que atravesó cada intervención: en el nuevo mapa del Concejo, las mayorías ya no podían darse por descontadas y cada iniciativa de peso podía convertirse en una pulseada por el control de las decisiones.

La discusión también dejó expuesta otra diferencia de fondo entre el proyecto oficialista y la propuesta de La Libertad Avanza: la habilitación de Uber Moto. Mientras los libertarios reclaman que se permita el traslado de pasajeros en motocicletas, la iniciativa del Ejecutivo deja afuera esa modalidad, en un contexto atravesado por los cuestionamientos sobre la seguridad vial y la cobertura ante posibles siniestros. La disponibilidad de seguros específicos para pasajeros trasladados en motos constituye uno de los interrogantes centrales para una eventual habilitación, junto con la necesidad de establecer un marco normativo adecuado. A eso se suma la exigencia de una licencia profesional para transportar pasajeros. En Rosario, los requisitos municipales publicados para obtenerla por primera vez establecen tener más de 21 años y contar con un año de antigüedad en una licencia de clase inferior, sin computar las de clase A. Son condiciones que abren otro frente de discusión sobre quiénes podrían acceder a trabajar mediante las aplicaciones y bajo qué reglas.

El expediente de Uber y Didi volvería a las comisiones. La discusión, en cambio, ya había salido de allí para instalarse en el centro de la escena política rosarina.
Fotos: Concejo Rosario

domingo, 11 de octubre de 2026

Rosario, la ciudad de las desigualdades: crece la pobreza mientras y cientos de personas viven en la calle

Ante el Concejo Municipal, organizaciones sociales, religiosas y de derechos humanos denunciaron el crecimiento de la pobreza y la indigencia, las dificultades para acceder a los refugios y la falta de respuestas ante situaciones de extrema vulnerabilidad. En Señales, Aire Libre Radio Comunitaria, sus referentes reconstruyeron los principales planteos de la audiencia, compartieron experiencias y reclamaron medidas concretas para garantizar vivienda, alimentación, salud, educación y trabajo.

Durante una audiencia realizada el lunes 5 de octubre de 2026, denunciaron que la emergencia alcanza a familias enteras, que los refugios no logran responder a la demanda y que las necesidades más elementales de quienes viven en la calle continúan sin una respuesta suficiente.

El encuentro tuvo lugar en el marco de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos del Concejo Municipal y reunió a representantes de distintos espacios comunitarios. Entre ellos estuvieron Mercedes Guzmán, de la Iglesia Metodista; Juan Carlos Echegaray, de la Ronda de Madres; Sergio Cabreriza y León López, del refugio Sol de Noche, además de referentes de derechos humanos y de las organizaciones que impulsaron el reclamo.

La reunión se extendió durante más de una hora. Debido a las dificultades para recuperar adecuadamente el audio de la transmisión del Concejo Municipal, en Señales, se buscó reconstruir los principales planteos a partir de los testimonios de quienes habían participado de la audiencia. Las voces reunidas expusieron distintas dimensiones de una misma emergencia y coincidieron en la necesidad de que el debate institucional se traduzca en medidas concretas.

Una emergencia social que interpela a toda la ciudad
La situación de calle es una realidad que interpela a la sociedad rosarina y exige compromiso, escucha y respuestas concretas del Estado. Detrás de cada persona que duerme a la intemperie, de cada familia que no encuentra un techo donde refugiarse y de cada niño que crece sin acceso a las condiciones básicas para vivir dignamente, se expresa una problemática social que se profundiza y que ya no puede permanecer al margen de las prioridades públicas.

En Rosario, mientras se multiplican los edificios fastuosos y las construcciones que exhiben una imagen de prosperidad, también crece la cantidad de personas que no pueden pagar un alquiler, que han perdido sus viviendas o que, expulsadas del mercado laboral, terminan encontrando en la calle el único lugar donde permanecer. Hombres, mujeres, niños y familias enteras atraviesan situaciones de pobreza e indigencia que las organizaciones sociales, religiosas y de derechos humanos vienen advirtiendo desde hace tiempo.

La preocupación llegó al Concejo Municipal, donde la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos recibió a representantes del taller Había Una Vez, un espacio que articuló el trabajo de organizaciones sociales, eclesiásticas y de derechos humanos. Durante la audiencia, los participantes expusieron la gravedad de la situación y reclamaron un abordaje integral que permita conocer cuántas personas viven en la calle, cuáles son sus necesidades y qué respuestas pueden ofrecer las distintas instancias del Estado.

El pedido de un relevamiento ocupó un lugar central. No se trata solamente de establecer una cifra, sino de conocer las distintas realidades que se esconden detrás de las estadísticas: personas solas, mujeres, niños, grupos familiares completos, personas mayores y trabajadores informales que carecen de las condiciones elementales para sostener su vida cotidiana. Junto con ese diagnóstico, las organizaciones reclamaron políticas públicas que garanticen alimentación, alojamiento, atención de la salud, educación para las infancias y oportunidades laborales para las personas adultas.

El taller Había Una Vez tiene, además, una historia profundamente vinculada con la defensa de los derechos humanos en Rosario. Funcionó entre 1984 y 1993 como un espacio de encuentro, escucha y acompañamiento para las infancias y adolescencias afectadas por el terrorismo de Estado. En aquellos años, las consecuencias del genocidio seguían presentes en la vida cotidiana de numerosas familias.

Creado por madres y padres, con el acompañamiento de artistas, actores, profesores de Educación Física, titiriteras, profesionales de la psicología y compañeros de la generación de los años setenta, el taller promovió el juego, la expresión, la reflexión y el encuentro. Con el tiempo, se convirtió también en un dispositivo de salud mental que ofrecía a las infancias un espacio de alegría, cuidado y contención en un contexto atravesado por la impunidad.

Junto con experiencias similares desarrolladas en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán, el taller participó de un proceso de encuentros entre espacios de estas características que dio origen a la conformación de HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Su trayectoria forma parte de una historia colectiva de resistencia, acompañamiento y construcción de la memoria.

En Señales, las voces de quienes participaron de la audiencia permitieron reconstruir los principales reclamos y las experiencias de quienes conocen de cerca esta realidad. Élida Luna, de Familiares de Desaparecidos y Detenidos; Cristina Solano, de la asociación Anahí; Claudia Ponce de León, referente de derechos humanos; y Oscar Lupori, vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, coincidieron en señalar que la emergencia requiere respuestas urgentes y sostenidas.
Élida Luna: "No queremos ver más gente durmiendo en la calle"

La referente de Familiares de Desaparecidos y Detenidos abrió la ronda de testimonios agradeciendo a la radio por dar espacio, una vez más, a las voces de las organizaciones. Habló de un momento particularmente difícil, cruel y doloroso para una parte importante de la población, y explicó que la intención era contar qué estaban haciendo quienes sostenían un trabajo de acompañamiento y compromiso social frente a la emergencia.

Recordó que el lunes 5 de octubre integrantes de organismos de derechos humanos, organizaciones sociales, representantes de distintas iglesias, miembros de la Ronda de Madres y participantes del taller Había Una Vez asistieron a una audiencia con concejales de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos del Concejo Municipal de Rosario.

El encuentro había sido convocado para plantear las urgencias que impone el crecimiento de la pobreza y la indigencia en la ciudad. Según describió Luna, la situación llegó a un punto en el que familias enteras sobreviven en la calle junto a sus hijos pequeños, sin atención sanitaria, sin alimentación suficiente, sin acceso a la educación y, en muchos casos, casi sin ropa. Son personas que deben resolver sus necesidades fisiológicas en cualquier lugar, sin contar siquiera con las condiciones básicas de cuidado que merece todo ser humano.

A esa privación material, Luna sumó otra dimensión de la emergencia: la violencia ejercida contra quienes se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Denunció que ni siquiera las fuerzas policiales o los agentes municipales respetan a estas personas y afirmó que, en distintas circunstancias, las golpean y les quitan las pocas pertenencias que conservan.

Para la referente, la crueldad de las políticas gubernamentales ha superado todos los límites. Cuestionó a quienes fueron elegidos por el pueblo para proteger a la población y garantizar condiciones de vida dignas, pero que, a su entender, no están cumpliendo con ese mandato.

La audiencia concluyó con el compromiso de avanzar en el conocimiento de la dimensión del problema y establecer cuántas personas están padeciendo esta situación. También quedó planteada la necesidad de hablar con los responsables políticos para que expliquen de qué manera piensan actuar, con la urgencia que requiere una realidad que Luna calificó de inhumana.

Pero su intervención no se limitó al reclamo institucional. También buscó convocar a la comunidad rosarina para que conozca lo que está sucediendo y comprenda que las personas que viven en la calle no son una presencia ajena ni un problema que deba quedar confinado a la mirada de las organizaciones que trabajan con ellas.

Luna insistió en que son muchos los vecinos y las vecinas que necesitan solidaridad y una mano tendida. Por eso, llamó a la sociedad a pedir, exigir y acompañar las respuestas necesarias. Su planteo fue contundente: no quiere que la ciudad naturalice la presencia de personas durmiendo en la calle, como si esa situación fuera inevitable o formara parte del paisaje urbano.

Cristina Solano: la paradoja de una ciudad que construye edificios y expulsa habitantes
La militante de derechos humanos e integrante de la Asociación Anahí describió a Rosario como una ciudad paradójica. Su mirada partió de una contradicción que, según sostuvo, se vuelve cada vez más evidente: el crecimiento de edificios lujosos y fastuosos convive con una población creciente que no tiene dónde vivir.

La ciudad, señaló, sorprende, asombra y duele. Por un lado, exhibe construcciones de gran valor, muchas de ellas casi vacías; por el otro, sus calles se llenan de personas que no pueden afrontar el costo de una vivienda ni sostener el pago de un alquiler.

Frente a ese crecimiento inmobiliario, Solano se preguntó cuál es el sentido de semejante expansión habitacional. A primera vista, podría suponerse que la existencia de más edificios significa que hay más posibilidades para que la población acceda a un lugar donde vivir. Sin embargo, la realidad que observa en las calles contradice esa idea: la multiplicación de las construcciones no se traduce, necesariamente, en un mayor acceso a la vivienda.

La otra cara de esa Rosario está integrada por personas que perdieron sus casas, que se quedaron sin trabajo o que ya no pueden afrontar un alquiler. Hombres, mujeres, niños y familias enteras terminan viviendo en la calle, sin un lugar donde resguardarse.

Para Solano, esta contradicción revela una desigualdad cada vez más profunda: mientras un sector reducido concentra riqueza y poder, una parte creciente de la población se hunde en la pobreza y la miseria absoluta.

La militante vinculó esa situación con un modelo económico liberal que, según su análisis, beneficia a unos pocos mientras perjudica las condiciones de vida del resto de la sociedad. Consideró que las consecuencias de ese modelo se hicieron particularmente agudas durante los últimos años en el país y sostuvo que en Rosario se manifiestan con especial crudeza.

Su crítica también alcanzó a los discursos oficiales que presentan una imagen de mejoría, prosperidad y opulencia. Según expresó, las fiestas y las celebraciones que se exhiben como símbolos del crecimiento de la ciudad parecen destinadas a determinados sectores, mientras una parte de la población permanece excluida de esa imagen de bienestar.

Solano cuestionó que esa fastuosidad pueda convertirse en una representación con la que el conjunto de la sociedad deba identificarse cuando, al mismo tiempo, se reprime, se esconde o se oculta la miseria más extrema. La postal de una ciudad próspera, en su mirada, no alcanza a explicar ni a resolver lo que ocurre en las veredas, bajo los techos improvisados o en los espacios donde las familias buscan pasar la noche.

La falta de vivienda, además, no es el único problema. Quienes habitan las calles también carecen de lugares donde comer, dormir y utilizar un baño. Son necesidades cotidianas que, para la mayoría de la población, forman parte de una rutina elemental, pero que para quienes viven a la intemperie se transforman en una lucha permanente.

Ante esa realidad, Solano se preguntó quién se ocupa de estas personas. Su respuesta apuntó a la insuficiencia de los refugios disponibles, muchos de ellos sostenidos por iniciativas privadas que no alcanzan a cubrir la demanda. Frente a miles de personas que necesitan asistencia, sostuvo, los espacios existentes no dan abasto.

En ese contexto, cuestionó que el Estado presente la habilitación de doce camas como una respuesta digna de exhibirse públicamente, incluso convocando a la prensa para mostrarla. La dimensión de la emergencia, advirtió, vuelve insuficiente una medida de esas características. "Hay miles de personas en la calle", remarcó, al rechazar cualquier intento de presentar respuestas limitadas como si fueran suficientes.

La crítica se extendió a los procedimientos de control y represión contra quienes viven en espacios públicos. Solano denunció que la policía interviene golpeando a las personas y quitándoles sus escasas pertenencias, entre ellas colchones y leche destinada a los niños. Señaló que algunas de esas situaciones llegaron a verse incluso en la televisión.

También cuestionó la actuación de algunos empleados municipales que, según afirmó, se consideran con derecho a reprimir, golpear y despojar de sus bienes a personas que ya atraviesan condiciones extremas de miseria. Para la referente, resulta especialmente grave que quienes deberían formar parte de una respuesta pública frente a la emergencia terminen reproduciendo la violencia contra quienes necesitan protección.

En su testimonio, Solano dirigió un llamado de atención a las autoridades municipales, provinciales y nacionales. Cuestionó una concepción de ciudad que pone el acento en las normas de convivencia, como cruzar la calle por los lugares indicados o sacar la basura en los horarios establecidos, pero que no demuestra la misma preocupación por las necesidades de la comunidad y por la situación de quienes atraviesan las condiciones más difíciles.

La referente puso en duda que pueda hablarse de una ciudad integrada y solidaria cuando miles de personas no tienen dónde dormir ni cómo alimentarse. También manifestó que no ha visto los beneficios que deberían traducirse en mejoras concretas a partir de la gestión provincial, aunque reconoció que otras personas puedan tener una percepción diferente. En cuanto al Gobierno nacional, su valoración fue todavía más crítica.

A su entender, las decisiones políticas no están orientadas a atender las necesidades de la población en su conjunto, sino a favorecer a sectores económicamente poderosos. Frente a ese escenario, su planteo fue un rechazo explícito a la continuidad de la represión y a la ausencia de respuestas capaces de garantizar condiciones dignas de vida.

Sin embargo, Solano no circunscribió su reclamo a las responsabilidades de los gobiernos. Desde una trayectoria vinculada a la defensa de los derechos humanos, convocó a una participación colectiva que exceda a quienes históricamente se han involucrado en las tareas solidarias.

Recordó que muchas personas han dedicado su vida a procurar que la mayor parte de la población pueda acceder a una existencia digna, pero advirtió que la gravedad de la situación exige ampliar esa red de compromiso. No alcanza, señaló, con los militantes de siempre, los voluntarios que sostienen los refugios, quienes preparan alimentos en los comedores o quienes trabajan en las organizaciones de derechos humanos.

La convocatoria está dirigida a toda la comunidad rosarina. Para Solano, la sociedad debe involucrarse en la protección de sí misma y, especialmente, en la defensa de los sectores más vulnerables, que hoy padecen hambre, miseria y muerte.

Ese compromiso colectivo, sostuvo, también debe expresarse frente a quienes fueron elegidos mediante el voto. La ciudadanía tiene la posibilidad de exigirles que revisen sus decisiones, que detengan las prácticas represivas y que dejen de condenar a las personas a una situación en la que el hambre se convierte en una amenaza cotidiana.

La solución, desde su perspectiva, no es imposible por falta de recursos. Solano consideró que bastaría con destinar una pequeña parte de los presupuestos de la ciudad y de la provincia para comenzar a resolver la situación de miles de personas que viven en la calle. Su planteo cuestiona, de ese modo, no solamente la insuficiencia de las respuestas, sino también las prioridades con las que se distribuyen los recursos públicos.

En el cierre de su intervención, la referente volvió sobre las consecuencias humanas de esta desigualdad. Habló de los niños que deben salir a vender pañuelitos o medias para conseguir algo que les permita comer ese mismo día. También recordó a quienes mueren de hambre o de frío en las calles.

No se trata, en su mirada, de tragedias que afecten únicamente a quienes las padecen de manera directa. Cada niño obligado a buscar su sustento, cada persona que pasa una noche a la intemperie y cada muerte evitable comprometen al conjunto de la sociedad.

"Todos estamos involucrados y todos estamos perdiendo vida y dignidad", afirmó, al señalar que la exclusión de una parte de la población termina deteriorando también la dignidad colectiva. Su llamado final fue a salir a luchar por la propia sociedad y, sobre todo, por los más débiles, para recuperar la dignidad y defender el derecho de todos a una vida digna.
Claudia Ponce de León: la historia de Ramón y una muerte que pudo evitarse

La dimensión de la emergencia adquirió un rostro concreto en el testimonio de Claudia Ponce de León, referente de derechos humanos e integrante del grupo que había participado de la audiencia en el Concejo Municipal. Su intervención comenzó con una noticia que recibió el mismo lunes en que las organizaciones habían acudido a reclamar respuestas: el sábado 3 de octubre, durante la tarde, habían retirado el cuerpo de un hombre fallecido en la esquina de Ayacucho y 3 de Febrero.

A partir de los testimonios de otros vecinos que también lo conocían, Ponce de León pudo reconstruir parte de la historia de ese hombre. Desde hacía varios años se dedicaba a cuidar autos en la zona del Hospital Provincial. Se llamaba Ramón.

Al reconocer que se trataba de la misma persona por cuya situación había reclamado reiteradamente durante el invierno anterior, la noticia cobró para ella otro significado. Desde mayo había solicitado que le consiguieran un lugar en un refugio, preocupada por las temperaturas extremadamente bajas y por el estado lamentable en el que se encontraba.

Para realizar esos pedidos había utilizado distintos canales de comunicación que los propios medios difundían para solicitar asistencia: el 147, el Munibot y otros contactos destinados a intervenir en situaciones de emergencia social. Sin embargo, relató, nunca se acercaron a atender el caso.

Ante la falta de respuestas, decidió presentarse personalmente en una oficina de Desarrollo Humano y Hábitat. Después de esperar media hora, contó, los empleados se limitaron a anotar sus datos y el pedido en un cuaderno. La explicación que recibió fue que no había camas disponibles.

La muerte de Ramón, ocurrida después de aquellos reclamos, transformó esa experiencia en una denuncia sobre las consecuencias de la insuficiencia de las políticas públicas. Para Ponce de León, el caso permite advertir que los refugios existentes no alcanzan a cubrir ni siquiera un tercio de la población afectada, aunque aclaró que se trata de una estimación basada en datos reunidos de manera informal, ya que todavía no existe un relevamiento confiable que permita confirmarla.

La ausencia de cifras precisas constituye, a su juicio, una de las dimensiones más preocupantes del problema. No se sabe con claridad cuántas personas viven en situación de calle ni cuántas mueren en esas circunstancias. La muerte de Ramón, señaló, no había sido registrada por los medios de comunicación. Y dejó planteada una pregunta inquietante sobre cuántas otras muertes pueden haber ocurrido sin visibilidad pública durante los últimos tiempos.

En una ciudad donde, según cuestionó, se destinan permanentemente recursos públicos a obras que no considera imprescindibles, la falta de información y de respuestas ante una emergencia de esta magnitud resulta escandalosa. Ponce de León estimó que habría más de mil personas de distintas edades y condiciones viviendo en la calle, aunque subrayó que tampoco ese número cuenta con la confirmación de un relevamiento específico.

Los refugios públicos y semipúblicos, estos últimos sostenidos también con apoyo privado, apenas alcanzan a cubrir las necesidades más elementales de una pequeña proporción de esa población: un baño, una cama y un plato de comida. Pero para la referente de derechos humanos, la respuesta no puede agotarse en ofrecer un espacio donde pasar la noche.

Ponce de León recordó que en septiembre de 2024 los propios concejales habían redactado y firmado una ordenanza que proponía un funcionamiento más amplio para estos establecimientos. Se trata de la Ordenanza N.º 10.652/2024 del Concejo Municipal de Rosario, que crea el programa de "Refugios para Atención de Personas en Situación de Calle". La norma fue sancionada el 22 de agosto de 2024, promulgada el 9 de septiembre y publicada en el Boletín Oficial Municipal el 11 de septiembre de ese año.

Según explicó, la ordenanza establecía que los refugios debían permanecer abiertos también durante el día y convertirse en espacios de capacitación, contención y asistencia, con atención de la salud y herramientas que permitieran construir alternativas para una vida digna.

Sin embargo, afirmó que la ordenanza se había incumplido prácticamente en su totalidad. La falta de funcionamiento diurno impide, según su análisis, que los refugios cumplan con una finalidad que vaya más allá de la atención inmediata y contribuya a modificar las condiciones que llevan a una persona a vivir en la calle.

En ese punto, Ponce de León recuperó las experiencias de voluntarios que trabajan en algunos de estos espacios sin recibir remuneración. Se trata de personas que realizan sus tareas por voluntad propia y que, por las mañanas, deben retirarse para procurarse su propio sustento. Según los testimonios que recogió, cuando esos voluntarios se van, no son reemplazados por personal que permita mantener los centros en funcionamiento durante el día.

La consecuencia es que los refugios pierden la posibilidad de desarrollar actividades de capacitación, acompañamiento, atención sanitaria y contención. En lugar de convertirse en espacios desde los cuales las personas puedan reconstruir sus proyectos de vida, corren el riesgo de limitarse a ofrecer una respuesta temporal que no modifica las condiciones de fondo.

La intención de las organizaciones, explicó Ponce de León, es que esos lugares cumplan efectivamente con la función prevista en la ordenanza municipal: acompañar a quienes atraviesan la situación de calle y generar condiciones que les permitan avanzar hacia una vida mejor.

Su testimonio dejó planteada una pregunta que excede el caso de Ramón: ¿qué ocurre cuando una persona necesita ayuda, alguien reclama por ella ante los organismos correspondientes y la respuesta institucional se limita a registrar el pedido sin ofrecer una solución? La historia de aquel hombre que cuidaba autos en las inmediaciones del Hospital Provincial expone la distancia entre los canales formales de asistencia y la respuesta efectiva que necesitan quienes viven en condiciones extremas.
Oscar Lupori: "Los refugios no son suficiente salida"

En esa misma línea, Oscar Lupori, integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, puso el foco en una transformación que, según describió, modifica profundamente las características del problema: la situación de calle ya no se limita a grupos reducidos de personas concentradas en determinados lugares, sino que se extiende a familias enteras y alcanza distintos barrios de Rosario.

Para Lupori, hablar de personas en situación de calle implica reconocer un gran problema urbano que afecta al conjunto de los rosarinos. La cuestión central, planteó, es conocer cuántas son esas personas, dónde están y cómo consiguen sobrevivir.

Su descripción se apartó de la imagen tradicional de una persona que duerme en una plaza o en una vereda. Según explicó, quienes atraviesan una situación de calle pueden encontrarse debajo de un puente de la avenida de Circunvalación, bajo el techo de una parada de ómnibus o en la estación de trenes de Fisherton.

En este último lugar, recordó un caso ocurrido semanas atrás: un hombre de 45 años, desesperado por su situación de calle, se arrojó a las vías al paso de un tren. También advirtió que en esos espacios hay niños que deben enfrentar la intemperie y las condiciones de precariedad de la vida cotidiana.

La emergencia no consiste únicamente en conseguir abrigo o protegerse de la humedad y la lluvia. Implica resolver necesidades tan elementales como alimentarse y encontrar un lugar donde utilizar un baño. Son preguntas que, según Lupori, la sociedad y las autoridades deben hacerse para comprender la dimensión real de la problemática.

Los refugios habían representado una alternativa para una parte de la población en situación de calle, pero el crecimiento de la demanda demuestra que ya no constituyen una respuesta suficiente. "Los refugios no son suficiente salida", advirtió, al señalar que la situación actual impone la necesidad de un abordaje diferente.

Ese abordaje debe contemplar la alimentación, el acceso a instalaciones sanitarias y las demás necesidades cotidianas. A esta situación se suma, señaló, la reacción de algunos vecinos que, en lugar de comprender las circunstancias de quienes no tienen dónde vivir, los denuncian porque consideran que molestan. Esa mirada transforma a las personas afectadas por la pobreza en un supuesto problema de convivencia, en lugar de reconocerlas como ciudadanos que necesitan asistencia y protección.

Lupori insistió en que la salida debe construirse colectivamente, pero también requiere decisiones políticas. La pregunta sobre cómo resolver la emergencia conduce, en su análisis, a dos cuestiones fundamentales: el empobrecimiento de las familias y la dificultad creciente para acceder a una vivienda.

El endeudamiento familiar forma parte de ese escenario. A ello se suma el costo de los alquileres, que puede resultar imposible de afrontar incluso para personas que cuentan con un salario. Como ejemplo, planteó el caso de alguien que gana 800.000 o un millón de pesos mensuales y debe enfrentar un alquiler de entre 600.000 y 700.000 pesos.

En esas condiciones, el ingreso disponible después de pagar la vivienda resulta insuficiente para sostener el resto de las necesidades cotidianas. La pérdida del trabajo, el endeudamiento y la imposibilidad de afrontar un alquiler pueden convertirse, así, en factores que empujan a una familia hacia la calle.

La situación exige, según Lupori, una respuesta que contemple la complejidad de estos procesos y no reduzca el problema a la existencia de personas que necesitan pasar la noche en un refugio. Por ese motivo, un grupo de organizaciones acudió para plantear la emergencia ante la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos, con la expectativa de que el tema tenga una nueva instancia de discusión que permita profundizar los diagnósticos y avanzar hacia soluciones.

Al despedirse de la audiencia, Lupori expresó su agradecimiento a quienes habían escuchado el reclamo y dejó abierta la necesidad de volver a debatir el problema con mayor profundidad. La magnitud de la emergencia, según su planteo, requiere que las instituciones y la sociedad continúen buscando una respuesta política que permita garantizar condiciones de vida dignas.

Los refugios, las familias y las respuestas que siguen pendientes
Durante la audiencia también se puso en discusión la capacidad real de los refugios y las condiciones de acceso. Desde Sol de Noche explicaron que, tras perder la propiedad donde funcionaban anteriormente, consiguieron una nueva casa en calle Beruti al 2300, con el acompañamiento de la Iglesia católica. Sin embargo, la capacidad se redujo de 60 a 30 personas.

Según relataron, recibieron aportes provinciales para realizar las obras, pero continuaban esperando los fondos de la Municipalidad de Rosario que habían sido comprometidos. El funcionamiento cotidiano depende, en gran medida, del trabajo voluntario y de los recursos que consiguen por sus propios medios.

Sus integrantes invitaron a concejales y concejalas a conocer el refugio y el trabajo que realizan, así como las recorridas nocturnas que llevan adelante para asistir a quienes permanecen en la calle. La experiencia de Sol de Noche expone las dificultades que enfrentan estos espacios para sostener su tarea y responder a una demanda que, según las organizaciones, excede ampliamente su capacidad.

Otro de los puntos más sensibles fue la situación de las familias con niños y niñas. Durante la reunión se relató el caso de una familia con dos hijos pequeños, un niño de tres años y un bebé, que había sido retirada de la vía pública. Según el testimonio, durante el procedimiento, agentes municipales se llevaron pertenencias de la familia, entre ellas leche destinada a los niños.

Posteriormente, integrantes de organizaciones y voluntarios debieron colaborar con alimentos, ropa y otros elementos necesarios. También cuestionaron que se ofrezca alojamiento en dispositivos que obligan a separar a los integrantes de una familia. "¿Dónde está el problema?", plantearon, al señalar que la respuesta no puede consistir en exigir que madres, padres e hijos se alojen por separado, sino en garantizar alternativas adecuadas para el grupo familiar.

Las organizaciones también denunciaron situaciones de maltrato y obstáculos para acceder a la asistencia. Una de las participantes contó que algunas personas a las que se acercó para ofrecerles ayuda le pidieron que no llamara al 147 porque temían que las retiraran de la calle, les exigieran documentación o las detuvieran.

El temor quedó expresado en una frase que Ponce de León transmitió durante su intervención: "Por favor, doña, al 147 no, porque vienen, nos sacan la frazada, nos piden documentos y nos llevan presos".

También relató el caso de personas que no habían podido ingresar a un refugio durante la noche y que debían realizar trámites para justificar su ausencia y conservar su lugar. Frente a estas situaciones, durante la audiencia se insistió en la necesidad de distinguir las intervenciones de control urbano de las tareas de los equipos especializados en el abordaje social, así como de garantizar que el primer contacto con las personas sea respetuoso de sus derechos.

La disponibilidad de baños, alimentos y lugares de resguardo fue señalada como una urgencia que no admite demoras. Los participantes recordaron que la Ordenanza N.º 10.652/2024 no contempla únicamente un lugar donde pasar la noche, sino también políticas de acompañamiento, capacitación y reinserción laboral.

En ese marco, reclamaron que los baños de los dispositivos estén disponibles las 24 horas, tal como establece la normativa, y que los espacios de alojamiento puedan aprovecharse también durante el día para desarrollar actividades y brindar contención. Advirtieron, además, que la falta de personal limita el aprovechamiento de recursos e instalaciones que podrían contribuir a mejorar la atención.

La discusión incluyó la necesidad de contar con un relevamiento actualizado de la población que vive en la calle. Se propuso que trabajadores y trabajadoras sociales, junto con profesionales de la antropología, realicen un diagnóstico que permita conocer cuántas personas atraviesan esta situación, dónde se encuentran, cuáles son sus condiciones de vida y qué necesidades presentan.

Durante la reunión se advirtió que el fenómeno ya no se concentra en determinados puntos del centro, sino que también se extiende a los barrios, y que involucra a familias, personas mayores, niños y niñas, y trabajadores informales que no consiguen sostener una vivienda. También se cuestionó la expresión "situación de calle" por su posible connotación transitoria, cuando algunas personas llevan años viviendo en esas condiciones.

El relevamiento, desde esta perspectiva, no debería limitarse a contar personas. También tendría que permitir conocer las trayectorias que conducen a la pérdida de la vivienda, las condiciones de subsistencia, las necesidades sanitarias, las dificultades para acceder a los dispositivos existentes y los recursos necesarios para diseñar respuestas adecuadas a cada realidad.

Del diagnóstico a la acción: una responsabilidad colectiva
Los testimonios reunidos en Señales trazaron un panorama en el que las voces de las organizaciones convergen en una misma demanda: que el Estado asuma la responsabilidad de garantizar condiciones de vida dignas a quienes atraviesan situaciones de pobreza e indigencia.

Élida Luna reclamó conocer cuántas personas viven en la calle y exigir respuestas urgentes a los responsables políticos. Cristina Solano denunció la contradicción entre el crecimiento de la riqueza urbana y el aumento de la miseria, y convocó a toda la comunidad a involucrarse. Claudia Ponce de León compartió la historia de Ramón, cuya muerte puso en evidencia, según su testimonio, la falta de respuestas ante los pedidos de asistencia y las limitaciones de los refugios. Por su parte, Oscar Lupori advirtió que la problemática se ha extendido a las familias y requiere un abordaje integral que contemple la alimentación, la higiene, el acceso a la vivienda y el acompañamiento social.

En su intervención, Solano cuestionó la respuesta de las autoridades municipales frente a la crisis social que atraviesa Rosario: "Por eso queríamos escuchar por parte de las autoridades, en este caso municipales, cuál es la posición con respecto a la calamidad que está viviendo Rosario, que es una de las ciudades más afectadas por el hambre, la miseria, la desocupación, la violencia, el narcoterrorismo, y frente a la cual las autoridades parecen estar ausentes, estar contentas o formar parte de lo mismo".

Su planteo expresó la distancia que, a su entender, existe entre la imagen de prosperidad que proyecta la ciudad y las condiciones de vida de una parte de su población. Para las organizaciones, la emergencia requiere tanto medidas inmediatas como políticas sostenidas que permitan evitar que más personas pierdan sus viviendas y que quienes ya están en la calle puedan acceder a alternativas concretas.

Los integrantes de la comisión se comprometieron a recopilar información del Ejecutivo municipal sobre los dispositivos existentes, las intervenciones en curso y los recursos disponibles; elaborar un balance de la gestión y revisar la aplicación de la Ordenanza N.º 10.652/2024 y su modificatoria, con el objetivo de identificar posibles mejoras. También propusieron mantener el contacto con las organizaciones y retomar el diálogo una vez reunida la información.

La audiencia concluyó sin anuncios de medidas inmediatas para responder a las necesidades expuestas. Las organizaciones insistieron en que, mientras se elaboran diagnósticos y se coordinan acciones, hay necesidades básicas —comer, acceder a un baño y contar con protección frente al frío y la lluvia— que requieren respuestas urgentes.

Participaron de la reunión de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos los concejales y concejalas Lucas Raspall y Damián Pullaro, de Unidos para Cambiar Rosario; Fernanda Rey, del bloque Justicialista; Norman López, de Comunidad; Anabel Lencina, de La Libertad Avanza; Agustina Gareis, de Ciudad Futura; y Majo Poncino, del bloque peronista.

El conductor de Señales retomó el sentido de la audiencia y puso el foco en la distancia que puede existir entre el debate institucional y las necesidades concretas de quienes viven en la calle: "Más allá de los debates, del análisis de la situación que vemos y vivimos día a día, creo que lo más importante que debe pasar es la acción, la acción de todos y todas para que esto se termine", expresó.

La convocatoria final fue una invitación a actuar colectivamente: salir a luchar por quienes atraviesan las situaciones más difíciles, recuperar la dignidad y defender el derecho de todas las personas a una vida digna. Porque la situación de calle no es un problema ajeno ni una realidad que pueda resolverse con indiferencia: es una expresión de la desigualdad que compromete a toda la sociedad rosarina y exige respuestas urgentes del Estado.

Mientras haya familias durmiendo a la intemperie, niños obligados a buscar su sustento y personas que no puedan acceder a las condiciones más básicas de subsistencia, seguirá expuesta una contradicción difícil de ignorar: la de una ciudad que crece en construcciones y riqueza, pero que no consigue garantizar un techo, alimento y dignidad para todos sus habitantes. El reclamo de las organizaciones ante el Concejo Municipal y las voces que llegaron a Señales dejan planteada una responsabilidad que no puede quedar suspendida en nuevos diagnósticos ni en compromisos de diálogo. Conocer la dimensión de la emergencia, garantizar el cumplimiento de las normas vigentes, fortalecer los refugios y desarrollar políticas públicas integrales son pasos indispensables; convertirlos en respuestas efectivas es la tarea que sigue pendiente.

Escuchá la entrevista completa:
Fotos: Guadalupe Lombardo, PáginaI12; Concejo Municipal

El conflicto en la Gurruchaga y una pregunta de fondo: ¿quién escucha a los estudiantes?

La intervención del Ministerio de Educación de Santa Fe, las denuncias de estudiantes por presuntos malos tratos y las dificultades para establecer un diálogo con las autoridades profundizaron el conflicto en la institución rosarina. Mientras las familias reclaman una solución definitiva, la disputa pone en discusión el ejercicio de la autoridad, la convivencia escolar y el derecho de los estudiantes a ser escuchados. De esto y mucho más dialogamos con madres de alumnos de la Gurru en Señales
Una intervención que profundizó el malestar
El Complejo Educativo Gurruchaga de Rosario atraviesa un conflicto que se intensificó en las últimas semanas y que excede la discusión sobre quién debe conducir la institución. En el centro de la disputa aparecen los vínculos entre las autoridades, los estudiantes y sus familias, así como las condiciones necesarias para garantizar una convivencia escolar basada en el respeto y la escucha.

Desde mayo de 2025, el establecimiento se encuentra intervenido por el Ministerio de Educación de Santa Fe. En ese contexto, alumnos y alumnas hicieron públicas denuncias de maltrato, destrato y abuso de poder que atribuyen a los actuales interventores. Carteles dentro de la escuela, sentadas y una manifestación frente al edificio, con el acompañamiento de las familias, transformaron un malestar acumulado en un reclamo colectivo: el fin de la intervención y la designación de nuevas autoridades mediante el escalafón interno.

El Ministerio sostiene que la intervención fue necesaria para reorganizar aspectos pedagógicos, administrativos y comunitarios, y defiende su continuidad hasta considerar cumplidos esos objetivos. Para las familias, sin embargo, la discusión excede la reorganización institucional. Lo que está en juego es la posibilidad de que los estudiantes sean escuchados, que las denuncias se investiguen y que la escuela vuelva a ser un espacio de convivencia, protección y pertenencia.
Adriana y Carolina, madres de estudiantes de la Gurruchaga, reconstruyen en Señales el conflicto como un proceso que se fue agravando durante aproximadamente un año y medio. Según sus testimonios, las protestas no surgieron de un día para otro, sino después de una sucesión de situaciones de destrato, decisiones tomadas sin consultar a los alumnos y dificultades para obtener respuestas de las autoridades.

Ambas sostienen que nunca quedaron suficientemente claros los motivos concretos de la intervención. Esa falta de información, aseguran, alimentó las dudas en una institución que ya había atravesado procesos similares.

Adriana cuestiona especialmente la designación de Antonella Scolari como directora interventora. Scolari ya formaba parte de la escuela y se desempeñaba en el área administrativa. Para la madre, resulta llamativo que, si entre los motivos mencionados para justificar la intervención figuraban presuntos desacuerdos o irregularidades administrativas vinculadas con el manejo del dinero, se haya elegido para conducir la reorganización a alguien que trabajaba precisamente en ese ámbito.

A ella se sumó Ezequiel Bressán, incorporado desde fuera de la institución como vicedirector interventor.

Las familias temen que la intervención se prolongue y que los argumentos utilizados para justificarla terminen dando lugar a conducciones externas durante años. Se trata de una preocupación que, según explican, está vinculada con la historia institucional y con la falta de certezas sobre los pasos previstos para recuperar una conducción elegida mediante los mecanismos internos.
El límite de los estudiantes: pedir que les crean

Uno de los episodios que las madres consideran más graves ocurrió cuando una estudiante atravesaba una crisis emocional e intentaba que los directivos comprendieran lo que estaba viviendo.

Según denunciaron las familias, ante la falta de escucha, la joven habría preguntado qué más debía hacer para que le creyeran, incluso si tenía que autolesionarse delante de ellos. De acuerdo con el testimonio de las madres, el vicedirector respondió: "Dale, te alcanzo las tijeras".

Para Adriana, esa frase condensó el destrato que los estudiantes venían denunciando y marcó un límite. Los chicos pedían que sus palabras fueran tomadas en serio y que alguien escuchara lo que estaban atravesando. En lugar de encontrar contención, sostiene, se encontraron con una respuesta que profundizó su angustia y su desconfianza.

Por la gravedad del episodio, las familias consideran indispensable que lo ocurrido sea investigado y que se determinen las responsabilidades correspondientes.

En ese contexto, el Centro de Estudiantes de la Gurruchaga (CEG) asumió un papel central. Adriana destaca la organización de sus integrantes, un grupo de entre 17 y 18 alumnos de distintos años que decidió ponerse al frente del reclamo. Menciona especialmente a Federico, presidente del centro, y a Vera, su vicepresidenta y Atuel a cargo de la comunicación del grupo, quienes encabezaron las acciones junto con sus compañeros.

Los carteles colocados dentro de la escuela, las expresiones de protesta y la posterior difusión de las denuncias en redes sociales permitieron que el conflicto comenzara a trascender las paredes del establecimiento.

Carolina destaca que las acciones del Centro se desarrollaron desde el respeto. Define al grupo como un espacio atravesado por el amor y la solidaridad, cuyos integrantes procuraron expresar sus reclamos sin abandonar esos valores. Asegura que los carteles eran claros y precisos, y que planteaban situaciones sobre las que muchas madres y padres también podían aportar sus propias experiencias.

La creación de una cuenta de Instagram amplificó las denuncias y contribuyó a que el conflicto adquiriera visibilidad pública. Para entonces, las familias ya habían intentado establecer canales de diálogo con las autoridades, pero describen una sucesión de obstáculos: correos electrónicos que, según les informaban, no llegaban, mensajes sin respuesta, explicaciones contradictorias y reuniones que no ofrecían soluciones concretas.
Una reunión sin respuestas

Carolina recuerda que, antes de que se concretara la intervención, la supervisora Alejandrina Giovannoli había abierto un sumario relacionado con el director, bajo el argumento de que existían problemas administrativos. Sin embargo, los detalles no podían comunicarse porque el expediente tenía carácter reservado.

La explicación dejó a las familias sin información suficiente para comprender qué había ocurrido y cuáles eran las razones concretas de las medidas adoptadas.

Según Carolina, también existía incertidumbre sobre las consecuencias del procedimiento. A las familias les habían explicado que, aun si el sumario concluía sin irregularidades comprobadas, las autoridades anteriores no podrían regresar a sus funciones porque se jubilarían. Para las madres, esa situación contribuyó a instalar una sensación de opacidad en torno a un proceso que modificó la conducción de la escuela sin ofrecer explicaciones que consideraran satisfactorias.

Los intentos de diálogo tampoco resultaron alentadores. En una oportunidad, un grupo de madres y padres consiguió una reunión breve con la supervisora, pero el acta del encuentro terminó perdiéndose. Carolina recuerda aquella experiencia como un esfuerzo por hacerse escuchar frente a una estructura que parecía esquivar sus pedidos.

El conflicto llegó a un momento decisivo cuando las familias solicitaron una nueva reunión, en la que pidieron expresamente la presencia de Giovannoli. Sin embargo, la supervisora no asistió. En su lugar estuvo Sergio Libonati, coordinador pedagógico de Escuelas Secundarias del Ministerio de Educación. También participaron Scolari, Bressán, integrantes del Centro de Estudiantes y un grupo numeroso de madres y padres.

La convocatoria había sido realizada con poco tiempo de anticipación. Las familias llegaron con una lista de temas que pretendían abordar. El primero era la intervención: querían saber cuánto duraría, cómo se desarrollaría y cuáles eran los pasos previstos para su finalización.

Pero, según Adriana, la cuestión institucional quedó rápidamente atravesada por la necesidad de tratar las situaciones denunciadas por los estudiantes.

Uno de los aspectos que más indignación les provocó fue el modo en que, según su testimonio, la directora interventora reaccionó ante el conflicto. Adriana sostiene que, en lugar de intentar mediar con los alumnos, escuchar sus reclamos o buscar una solución, Scolari recurrió a advertencias vinculadas con la baja de la edad de punibilidad y a la posibilidad de judicializar la colocación de carteles.

Para la madre, esas expresiones resultaron especialmente preocupantes porque estaban dirigidas a estudiantes de segundo año, de apenas 13 o 14 años. Considera que advertir a adolescentes sobre posibles consecuencias judiciales por manifestarse constituye una forma de intimidación.

Durante el encuentro, los padres y los estudiantes intentaron explicar lo que estaba sucediendo, pero, según Carolina, sintieron que las autoridades negaban los hechos delante de ellos. Los chicos también tomaron la palabra. Una estudiante lloraba mientras intentaba explicar que necesitaba ser escuchada; otro alumno preguntaba por qué no les creían y qué harían si finalmente les daban crédito.

La respuesta que, según Carolina, recibieron de Libonati fue especialmente desalentadora. El funcionario les habría dicho que en la vida les pasarían muchas cosas malas y que tendrían que acostumbrarse. "Habrá que acostumbrarse", recuerda la madre.

Después de aproximadamente dos horas, las familias decidieron levantarse y dar por terminado el encuentro. Para Adriana, ese momento marcó una ruptura en el diálogo. Habían acudido con la expectativa de obtener explicaciones y respuestas, pero se retiraron con la convicción de que no existían condiciones para continuar conversando en esos términos.

El reclamo era concreto: el desplazamiento de los directivos interventores, el cese de la intervención y la designación de nuevas autoridades mediante el escalafón interno.

Las explicaciones sobre los pasos necesarios para alcanzar ese objetivo también habían cambiado. Según Carolina, durante el año anterior les habían dicho que primero debía cerrarse el sumario para que pudiera finalizar la intervención. En la reunión más reciente, en cambio, les habrían señalado que no era necesario esperar esa resolución.

Para las madres, las respuestas contradictorias aumentaban la incertidumbre y reforzaban la necesidad de una decisión clara.
El mediodía, los baños y las decisiones que alteraron la rutina escolar

El conflicto también se expresa en medidas que, según las familias, modificaron la vida cotidiana de los estudiantes. Entre ellas mencionan el cierre de los baños durante las clases y los intentos de impedir que los chicos permanecieran dentro de la escuela durante el mediodía.

Para comprender la dimensión de esa última decisión es necesario conocer las características de la Gurruchaga. Se trata de una escuela técnica en la que los estudiantes ingresan entre las 7.30 y las 8 y, según el día, permanecen hasta las 16.30, las 17 o incluso las 18. Adriana calcula que pasan allí alrededor del 70 % de su vida activa.

Esa cantidad de horas compartidas explica, a su entender, los vínculos que se construyen entre estudiantes de distintos años y el sentido de pertenencia que caracteriza a la comunidad.

El mediodía es uno de los momentos en que esa identidad se hace más visible. Allí se encuentran alumnos de primero a sexto año, junto con docentes, coordinadoras y preceptoras. La escuela cuenta con un patio, mesas, sillas y una cantina, espacios que históricamente permitieron que los estudiantes permanecieran en el establecimiento entre un turno y otro.

Los horarios también responden a necesidades concretas. Carolina explica que las actividades pedagógicas y los talleres se distribuyen entre la mañana y la tarde, por lo que los horarios de salida y reingreso varían según el curso. Algunos alumnos terminan sus clases al mediodía y deben regresar a las 13.40; otros salen a las 11.30 y vuelven a las 13.

En esos intervalos, regresar a sus casas y volver a tiempo no siempre es posible, especialmente para quienes viven lejos y dependen del transporte público.

El cierre de las puertas al mediodía, dispuesto durante el año anterior por la supervisora Giovannoli, fue justificado por la supuesta falta de docentes disponibles para cuidar a los estudiantes. Adriana reconoce que la necesidad de contar con adultos responsables podría ser comprensible, pero considera que el problema debía resolverse mediante la organización institucional y no trasladando sus consecuencias a los chicos.

La madre señala que la Gurruchaga está encuadrada administrativamente como una escuela de primer nivel, categoría que, según su explicación, corresponde a establecimientos de hasta 300 alumnos, mientras que la institución cuenta con alrededor de 500. Esa diferencia, sostiene, repercute en la disponibilidad de preceptores y docentes.

Para las familias, la falta de personal constituye un problema que deben resolver las autoridades, no una razón para dejar a los estudiantes fuera de la escuela.

La medida terminó exponiendo a muchos alumnos a situaciones de inseguridad. Quienes no tenían tiempo suficiente para regresar a sus domicilios debían esperar en la plaza de Las Américas, frente al establecimiento, o buscar otro lugar donde permanecer hasta el siguiente turno. Algunos podían entrar a un bar; otros, si no tenían dinero, debían quedarse en la plaza, hiciera frío o lloviera.

Según Adriana, varios estudiantes sufrieron robos de sus pertenencias y, en algunos casos, episodios de agresividad. Esos hechos obligaron a revisar la decisión y, finalmente, las autoridades volvieron a permitir que los chicos permanecieran dentro del establecimiento durante el mediodía.

Sin embargo, las madres aseguran que la medida volvió a ponerse en cuestión durante la actual etapa de reorganización, lo que reavivó el malestar.

Para ellas, estos episodios muestran cómo decisiones administrativas aparentemente puntuales pueden repercutir directamente en las condiciones de seguridad, la organización familiar y el derecho de los estudiantes a permanecer en la escuela.
Versiones enfrentadas y nuevas denuncias

La reunión con las autoridades se realizó el jueves 1 de octubre. Al día siguiente, el diario La Capital publicó una nota dónde se defendía la continuidad de la intervención y quién decía esto era Daiana Gallo Ambrosis, secretaria de Gestión Territorial del Ministerio de Educación de Santa Fe.

Las madres cuestionan tanto el contenido como la oportunidad de esa publicación. También ponen en duda la imparcialidad de la respuesta oficial y señalan presuntos vínculos personales entre la funcionaria y los directivos interventores, una relación que no fue acreditada durante la entrevista.

El artículo, cuentan, presentaba el conflicto como un problema interno entre adolescentes y sostenía que las diferencias estaban relacionadas con la prohibición del uso de celulares durante las clases.

Para las familias, esa explicación distorsionaba el eje del reclamo: aseguran que durante la reunión no se había hablado de ese asunto y que los estudiantes tampoco lo habían planteado como motivo de sus protestas.

Carolina aclara que la discusión sobre los celulares es más amplia que una prohibición. A su entender, pueden utilizarse con fines pedagógicos cuando los docentes los incorporan al trabajo en el aula. Pero considera que el problema de fondo es una modalidad de conducción que privilegia las prohibiciones y las imposiciones por encima del diálogo.

Las madres también enumeraron otras restricciones que atribuyen a las autoridades y que, según relataron, formaron parte de los cuestionamientos expresados por los estudiantes en los carteles que aparecieron dentro de la escuela. Entre ellas, mencionaron la prohibición de usar gorras, las objeciones a determinadas prendas y los comentarios sobre la vestimenta de las alumnas. "No puede traer gorrita porque acá no quiero villeros. Esa remera, ponétela para salir el fin de semana. Acá en la escuela no se usa", citó Adriana al reconstruir algunas de las expresiones que, según su testimonio, escucharon los estudiantes. 

Adriana recuerda especialmente una frase que atribuye a la directora: "No uses escotes porque hay profesores que pueden equivocarse. Que se pueden confundir y vos podés hacer una denuncia falsa". Para la madre, ese comentario representa una muestra del destrato que, según afirma, los estudiantes tuvieron que soportar.

Mientras las autoridades sostenían que no había denuncias, Carolina aseguraba que existían presentaciones, descargos, actas, grabaciones y correos electrónicos vinculados con los hechos relatados por las familias.

Adriana plantea que, cuando los padres detectan un problema en una escuela, recurren al Ministerio para denunciarlo. Por eso, dice, resulta llamativo que después se les responda que no existen registros de esas presentaciones.

Ante esa situación, las familias volvieron a presentar denuncias y acudieron a la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes. Carolina señala que fue el propio Libonati quien, durante la reunión, insistió en que debían formalizar las denuncias si consideraban que existían motivos para hacerlo.

Los padres decidieron entonces reunir la documentación y presentar nuevamente los antecedentes, incluidas las actuaciones que ya habían realizado de manera individual.

Según Carolina, algunas denuncias presentadas previamente ante la Defensoría correspondían a personas diferentes y no habían sido integradas en un único expediente. En el transcurso del conflicto, la comunidad de la secundaria realizó una presentación conjunta para reunir los casos y facilitar su tratamiento. Las familias también prevén articular las presentaciones de la primaria y la secundaria, dado que ambas forman parte del mismo complejo educativo.
Las familias y otras escuelas se suman al reclamo

La reunión fallida y la difusión de los testimonios contribuyeron a profundizar el malestar. Para las madres, lo que comenzó como una serie de reclamos individuales terminó revelando una cantidad de situaciones que hasta entonces no conocían en toda su dimensión.

Al finalizar el encuentro con las autoridades, los alumnos aguardaban a las familias para saber qué había sucedido. Adriana recuerda ese momento con emoción y orgullo: los padres sintieron que el Centro de Estudiantes les había mostrado el camino para organizarse y exigir respuestas.

La asamblea posterior permitió definir nuevas medidas de protesta. Ese día se realizó una sentada y se resolvió mantener las acciones durante el viernes y el lunes siguientes.

Las familias también denunciaron que, en lugar de convocar a un encuentro general, el Ministerio organizó reuniones separadas por año y división. Para Carolina, esa modalidad podía fragmentar los reclamos y debilitar la posibilidad de construir una posición común.

Frente a una reunión prevista para las familias de primer año, divididas en las comisiones A, B y C, un grupo de padres decidió encontrarse previamente en la puerta de la escuela, a las 17, media hora antes del encuentro oficial.

A la concentración se sumaron centros de estudiantes de otras escuelas que, según las madres, también habían atravesado conflictos internos sin encontrar soluciones. En la puerta de la Gurruchaga se realizó una asamblea en la que algunos padres conocieron por primera vez detalles de las situaciones denunciadas.

La movilización del lunes reunió a las familias y al alumnado en una demostración de apoyo mutuo. Para Adriana, quedó claro que los estudiantes no estaban solos y que detrás de sus reclamos había adultos dispuestos a acompañarlos.

La magnitud del reclamo pareció modificar el escenario institucional. Hasta entonces, según recordó Carolina, el Ministerio sostenía que la gestión interventora había sido un éxito e incluso había planteado la posibilidad de sumar otros interventores para acompañar a los dos que ya estaban al frente de la escuela. La propuesta le resultaba difícil de entender: "O sea, interventores le ponían a los interventores. ¿Necesitan niñeras estos dos personajes?", ironizó, en una pregunta que sintetizaba el desconcierto y el rechazo de las familias ante la continuidad de las autoridades cuestionadas.

Después de la concentración, la propuesta cambió: se dispuso apartar temporalmente a los directivos durante una semana y dejar la conducción en manos de un equipo socioeducativo de contingencia de la provincia.

Las madres valoran que se haya abierto una instancia de escucha, aunque cuestionan que la respuesta se limite a una separación temporal. Consideran que la escuela sigue intervenida y que todavía no existe una resolución definitiva sobre quién debe conducirla ni sobre cómo se atenderán las denuncias.
Un equipo de contingencia y una definición pendiente

El equipo socioeducativo comenzó a participar en reuniones con las familias, organizadas por año y comisión. En esos encuentros intervienen representantes del Ministerio y profesionales, entre ellos una abogada, una psicóloga y una psicopedagoga.

Cada reunión deja un acta y, según lo informado a los padres, posteriormente se reuniría la documentación para evaluar los pasos a seguir. Las instancias de escucha continuarían hasta completar los seis años de la secundaria. Después habría un período de análisis de los planteos y una nueva convocatoria para comunicar las decisiones.

Carolina reconoce que la apertura de ese espacio constituye un avance, pero insiste en que los tiempos de resolución no pueden medirse únicamente desde las necesidades administrativas del Ministerio.

Si el conflicto se prolongó durante un año y medio, sostiene, fue porque las autoridades no encontraron o no implementaron antes una solución. Mientras los estudiantes continúan con las sentadas, la comunidad espera definiciones que permitan recuperar la normalidad institucional.

Durante las jornadas de protesta, los alumnos también aprovecharon el tiempo para ocuparse de cuestiones edilicias. Adriana recuerda que la infraestructura presenta problemas conocidos por la comunidad: cuando llueve, afirma, las filtraciones provocan desprendimientos y caídas de partes de los techos.

Las necesidades de mantenimiento se suman así a una lista de cuestiones que, según las familias, requieren atención.

Los padres saben que las sentadas afectan el desarrollo habitual de las clases y aseguran que desearían que los estudiantes pudieran regresar cuanto antes a las actividades normales. Sin embargo, consideran que levantar las medidas sin una respuesta concreta sería desconocer las razones que llevaron a los chicos a organizarse.

No aceptan que el conflicto se interprete como una reacción al aburrimiento o como un simple problema de disciplina juvenil.

"Los tiempos los pusieron ellos, no los chicos", sostiene Adriana al referirse a la demora en encontrar una salida. Para las familias, los estudiantes llegaron a este punto después de intentar ser escuchados por distintos canales. La protesta aparece, desde esa perspectiva, como la consecuencia de una situación que podría haberse abordado de otra manera si las autoridades hubieran respondido oportunamente.
Un conflicto que, según las familias, también atraviesa a la primaria

Para Carolina, lo que ocurre en la secundaria no puede comprenderse por completo si se lo separa de la situación de la escuela primaria que integra el mismo complejo educativo.

La madre sostiene que existe un hilo conductor entre ambas instituciones y sitúa su origen en 2018, cuando comenzó la gestión de la actual directora de primaria, Mariana Sánchez. Desde entonces, afirma, las familias vienen denunciando prácticas que consideran excluyentes y que, a su entender, guardan similitudes con las que hoy cuestionan en la secundaria.

Carolina describe una modalidad de conducción que, según su percepción, promueve el individualismo, separa a las familias en reuniones y recurre al amedrentamiento cuando los padres plantean desacuerdos. También cuestiona que se responsabilice a las familias por las dificultades económicas que atraviesan, como si elegir una escuela pública implicara aceptar cualquier gasto adicional.

Uno de los ejemplos que menciona es la compra de los libros de Matemática. La discusión, explica, no pasa por impedir que la escuela elija materiales pedagógicos, sino por garantizar que sean accesibles para todos los estudiantes.

La madre recuerda que algunas familias manifestaron que no podían afrontar el costo del libro y que, según su testimonio, la respuesta de la directora fue que, si habían elegido esa escuela, debían asumir el gasto o buscar otra institución.

Para Carolina, ese planteo representa una forma de exclusión. "Es una patada en el alma y en el orgullo de una persona", expresa al describir lo que significa que una autoridad educativa responsabilice a una familia por no poder comprar un material escolar y le sugiera retirar a su hija de la institución.

La madre recuerda otro episodio en el que una mujer explicó que no había podido enviar a su hijo a la escuela porque no tenía dinero para darle la merienda. Según su relato, la respuesta fue que lo enviara a una institución donde hubiera copa de leche.

Para Carolina, en lugar de buscar alternativas que permitieran sostener la escolaridad, esas contestaciones trasladaban el problema a las familias y reforzaban la sensación de que no todos eran bienvenidos.

La discusión sobre el carácter público de la educación aparece en el centro de esos reclamos. Carolina sostiene que una escuela pública puede tener necesidades presupuestarias y materiales, pero eso no significa que deba dejar de garantizar condiciones de acceso para todos los estudiantes. La accesibilidad económica, afirma, no puede convertirse en un requisito que termine expulsando a quienes no pueden afrontar determinados gastos.

También cuestiona los cambios que, según relata, se produjeron en la oferta de talleres de la primaria. Antes de 2018, recuerda, existían entre seis y siete propuestas gratuitas, entre ellas cocina, dibujo, ajedrez y huerta. Con el paso de los años, afirma, algunos talleres comenzaron a cobrarse y la cantidad de actividades gratuitas fue disminuyendo hasta desaparecer. Actualmente, sostiene, no queda ningún taller sin costo para las familias.

A esa situación suma la falta de un gabinete psicopedagógico. Según Carolina, cuando comenzó la gestión de Sánchez se retiraron de la escuela la psicóloga, la psicopedagoga y el fonoaudiólogo que trabajaban allí. También afirma que no hay maestras integradoras ni acompañantes terapéuticos, una carencia que, desde su perspectiva, dificulta el acompañamiento de estudiantes que necesitan apoyos específicos.

La madre denuncia, además, restricciones que considera discriminatorias en relación con la vestimenta. Como ejemplo, menciona que a partir de quinto grado las alumnas no podrían usar calzas porque, según la explicación que recibieron, se les marcaría demasiado el cuerpo. Carolina encuentra en esa norma una continuidad con los cuestionamientos que, según las familias, también se realizan en la secundaria sobre la ropa de las estudiantes.

Las dificultades de comunicación son otro de los puntos que señala. Carolina afirma que se restringió el ingreso de madres y padres al establecimiento fuera de las reuniones autorizadas y que los canales de contacto quedaron limitados al correo electrónico o WhatsApp.

También recuerda un conflicto relacionado con la educación financiera, ocurrido dos años atrás, que motivó reuniones y denuncias, aunque sostiene que la respuesta institucional volvió a ser la misma: la apelación a los lineamientos de gestión y la falta de soluciones satisfactorias.

En ese contexto, Carolina atribuye a la directora una frase que resume, a su entender, la relación que mantiene con las familias: si no están conformes, pueden enviar a sus hijos a otra institución. También relata que, en una conversación, le atribuyó al ministro de Educación, José Goyti, la indicación de responder de esa manera a los padres que presentaran quejas. Esta afirmación requiere ser contrastada con las autoridades mencionadas.

Las madres consideran que ese tipo de expresiones invierte la responsabilidad: en lugar de invitar a las familias a retirarse, la institución debería buscar las condiciones para que todos los estudiantes puedan permanecer en ella.

Carolina aclara que su crítica no apunta a establecer una oposición entre educación pública y privada, sino a cuestionar que una escuela pública imponga condiciones económicas o de comportamiento que terminen excluyendo a parte de su comunidad. También pone en duda que una persona con trayectoria en el ámbito privado conduzca una institución pública sin atender, según su perspectiva, las particularidades sociales y económicas de las familias que concurren.
Recursos, vigilancia y preguntas sobre la gestión escolar

La madre menciona, además, la instalación de cámaras de videovigilancia. Según explica, la medida fue presentada como una respuesta a los problemas de seguridad y a los robos, pero el comunicado institucional también habría señalado que las imágenes podrían utilizarse para resolver situaciones que lo requirieran.

Carolina teme que las cámaras terminen funcionando como un instrumento de vigilancia y control sobre los estudiantes, e incluso como una herramienta para confrontar a las familias cuando sus hijos sean señalados por alguna conducta.

Adriana sostiene que la instalación de esos dispositivos fue financiada con fondos de la cooperadora. La cuestión abre otro capítulo del conflicto, vinculado con el manejo de los recursos y la transparencia de esa entidad.

Según las madres, existe una única cooperadora para las instituciones que integran el complejo, que comprende los niveles inicial, primario y secundario. Ambas cuestionan la falta de información clara sobre el destino de los fondos y recuerdan que, desde hace años, la cooperadora ha estado rodeada de controversias e intervenciones.

Carolina también plantea reparos sobre las actividades de recaudación. Mientras, según afirma, la cooperadora suele responder que determinados gastos no le corresponden, la directora organiza ventas de productos, como alfajores de maicena, mediante propuestas vinculadas con la educación financiera.

Para la madre, existe una contradicción entre esas actividades y la falta de explicaciones sobre el uso del dinero. Sus cuestionamientos forman parte de las denuncias y sospechas expresadas por las familias, pero no constituyen por sí mismos una comprobación de irregularidades financieras.

Para Adriana, el modo de relacionarse con las familias tiene consecuencias que van más allá de una discusión puntual. Sostiene que las expresiones que invitan a quienes no están conformes a retirar a sus hijos de la escuela se repiten tanto en primaria como en secundaria y que, a lo largo de los últimos años, contribuyeron a que numerosos estudiantes abandonaran la institución.

La deserción escolar es, para ella, una de las consecuencias más graves de ese modelo de conducción. Pero menciona también otro hecho que considera especialmente preocupante: durante el conflicto salieron a la luz casos de alumnos que, según denuncian las familias, habrían sido obligados a repetir de año por decisión de los directivos.

Adriana advierte que, si esas situaciones se confirmaran, estarían comprometiendo un derecho fundamental de niños y adolescentes: el acceso y la continuidad de su educación.
Una comunidad que no quiere abandonar su escuela

La discusión, entonces, no se limita a la intervención de la secundaria ni a la continuidad de determinados funcionarios. Para las madres, lo que ocurre en el complejo educativo expresa un problema más amplio sobre el modo en que se ejerce la autoridad, cómo se administran los recursos, qué lugar se les da a las familias y de qué manera se garantiza que los estudiantes puedan permanecer en la escuela sin sentirse intimidados o excluidos.

Las familias desearían que los alumnos pudieran volver cuanto antes a las clases habituales, pero insisten en que la normalidad no puede recuperarse ignorando las situaciones que dieron origen al reclamo. Consideran que las protestas no son el problema en sí mismo, sino una señal de que los canales institucionales no ofrecieron respuestas que los estudiantes consideraran suficientes.

Adriana y Carolina coinciden en que el Centro de Estudiantes no debe ser señalado como responsable del conflicto. Para ellas, sus integrantes encontraron una forma de organizarse y expresar sus preocupaciones, y demostraron que podían sostener sus reclamos con solidaridad y compromiso.

Antes de cerrar sus testimonios, ambas dejan un mensaje: los estudiantes no están solos. Hay madres y padres dispuestos a acompañarlos y sostener sus demandas, sin reemplazar las decisiones que tomen los propios alumnos.

En la Gurruchaga, la disputa por la conducción de la escuela se convirtió así en una discusión sobre el sentido de la educación pública. Detrás de los carteles, las reuniones sin respuestas, las denuncias y las sentadas hay una comunidad que reclama ser escuchada y que no quiere que la salida a sus dificultades sea abandonar la institución. La intervención podrá cambiar de forma, pero la pregunta que atraviesa el conflicto sigue abierta: ¿cómo se reconstruye la confianza cuando quienes deberían garantizar la escucha y la protección son señalados por no haberlo hecho?

Para las familias, recuperar la escuela implica mucho más que resolver una cuestión administrativa. Significa garantizar que los chicos puedan estudiar, construir vínculos, expresar sus preocupaciones y encontrar en las autoridades una respuesta basada en el respeto y la protección. Y, mientras esperan una resolución definitiva, sostienen una certeza: el Centro de Estudiantes no está solo.

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