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miércoles, 19 de noviembre de 2025

La Corte Suprema reafirmó la libertad de expresión y rechazó una demanda contra Mirtha Legrand

La Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó este martes la validez de la cobertura televisiva realizada en el programa de Mirtha Legrand sobre la desaparición de una bebé en Mar del Plata, al rechazar la demanda por daños y perjuicios presentada por los exfuncionarios M. B. y O. B. contra la conductora, su producción y los medios involucrados.

El origen del conflicto: acusaciones de difamación e intromisión en la vida privada
La causa se originó a raíz de la difusión televisiva de información que los actores consideraron difamatoria en cuatro emisiones del ciclo conducido por Rosa María Juana Martínez Suárez, con participación de Candilejas SA, TeveEspectáculos SA y América TV SA, entre 2000 y 2001.

En esos programas se abordó el denominado caso de Rocío Cigarreta, una investigación penal abierta por la desaparición de una recién nacida en una clínica marplatense. Durante el debate televisivo, distintos invitados y la propia conductora mencionaron hipótesis que vinculaban a los dos funcionarios —directa o indirectamente— con la desaparición y con una supuesta red de tráfico de niños.

Según los demandantes, esa vinculación era falsa y les ocasionó graves perjuicios. La demanda también denunció la difusión de datos íntimos de su familia y de sus hijas menores —como lugares de nacimiento, condición de adopción y referencias a estudios de ADN—, información que, afirmaron, violaba órdenes judiciales y normas de protección de menores. Para ellos, la conducta mediática no fue neutral ni informativa, sino que los señaló públicamente como implicados en un delito extremadamente grave.

Un fallo alineado con la doctrina protectora de la expresión
El máximo tribunal ratificó su jurisprudencia histórica en materia de libertad de expresión, que incluye las doctrinas Campillay y la real malicia, orientadas a garantizar un debate público amplio y robusto.

Los ministros Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti, siguiendo el dictamen de la Procuración General, remarcaron que los programas de Legrand se desarrollaron dentro del "legítimo interés social", dada la gravedad de los hechos investigados y su evidente trascendencia pública.

La Procuración: pluralidad de voces y ausencia de real malicia
El dictamen del Procurador Fiscal fue categórico: el tratamiento del caso estaba amparado por la libertad de expresión y no vulneró el honor de los funcionarios.

El análisis subrayó que la desaparición de una recién nacida, la posible sustracción del cuerpo de otro bebé para encubrirla y la hipótesis de una red de tráfico de niños constituían hechos de altísimo interés público, suficientes para justificar la cobertura.

En los programas participaron todas las partes involucradas o vinculadas al expediente judicial, incluidos los propios actores, médicos, autoridades de la clínica, periodistas que investigaron el caso y abogados de los distintos protagonistas. La Procuración afirmó que allí se ventilaron múltiples hipótesis disponibles en ese momento, lo que impedía atribuir a la conductora o a la producción una intención maliciosa o una difusión deliberada de falsedades.

También descartó que la exposición de datos familiares configurara una violación grave de la intimidad: la información difundida, sostuvo, no superó el umbral necesario para restringir el derecho a informar cuando existe un interés público dominante.

Conclusión de la Corte
Al confirmar la sentencia de la Cámara Civil que había rechazado la demanda, la Corte expresó:
Los actores no probaron real malicia: no acreditaron que Legrand o los medios conocieran la falsedad de la información o actuaran con notoria despreocupación por la verdad.

El tratamiento mediático no fue parcial ni falso: se expusieron todas las versiones disponibles sin manipulación ni ocultamiento.

El interés público justificó la cobertura, incluso cuando incluía menciones a aspectos sensibles de la vida privada de los funcionarios.

No hubo afectación demostrada del derecho a la intimidad ni a la imagen de los demandantes ni de sus hijas menores.
"Los dichos de los entrevistados, las preguntas y comentarios de la conductora y el modo en que fueron dispuestas las entrevistas por la producción no excedieron el legítimo interés social que ampara la libertad de expresión y justifica cierta intromisión en la vida privada", señaló el tribunal.

Con su resolución en "B. M. y otros c/ M. S., R. M. J. y otros s/ daños y perjuicios", la Corte Suprema vuelve a enfatizar que la libertad de expresión ocupa un lugar preferente en el sistema constitucional argentino, especialmente cuando se trata de asuntos de interés público que involucran a funcionarios o figuras que participan de la vida institucional.

El fallo se suma a una línea jurisprudencial que exige demostrar de manera contundente la difusión consciente de falsedades para restringir la labor periodística, reafirmando el principio de que una democracia requiere un debate abierto, plural y sin temores a represalias infundadas.

Ver fallo completo:

Actualización:
A 20 años del final del caso Cigarreta la Corte falla a favor de Mirtha Legrand
Aquel derrotero judicial iniciado en 1997 y concluido en 2005 investigó la denuncia de una mujer que aseguraba que su bebé fallecida había sido cambiada. Ahora el máximo tribunal le dio la razón a la Diva de los Almuerzos en una demanda que refuerza la libertad de expresarse en los medios.
La Corte Suprema de Justicia reafirmó el derecho a la libertad de expresión y rechazó una demanda por daños y perjuicios presentada contra el programa televisivo de Mirtha Legrand por el tratamiento que se hizo en varias emisiones sobre el caso Cigarreta.

Ese recordado episodio judicial surgió en Mar del Plata y tuvo su eclosión nacional en los últimos años del siglo pasado, entre 1997 y 2000, hasta que finalmente en 2005 se cerró de forma definitiva.

Todo se había iniciado cuando los padres de la bebé Rocío Cigarreta, fallecida poco después de nacer, recibieron una llamada telefónica en la que se les decía que “la tumba a la que están llevando flores no es la de tu hija”. Los primeros estudios de ADN corroboraron que no había coincidencia genética con los padres y así se instaló la hipótesis de que había sido cambiada en el centro de salud, en el marco de toda una conspiración médica-mafiosa para el tráfico de niños.

La imprecisa ciencia forense de esos años y los errores judiciales marplatenses cimentaron la fantasía, siendo los médicos del equipo obstrético los que más padecieron los efectos. Incluso algunos de ellos fueron detenidos.

La causa llegó hasta el año 2005 cuando el juez Jorge Peralta, cuarto magistrado interviniente, resolvió que el cuerpo nunca había sido cambiado y que los errores o la manipulación indebida en los estudios de ADN habían corrompido la verdad.

En ese proceso, los medios de comunicación tuvieron grandes coberturas y algunos fueron cuestionados por los involucrados.

La resolución
En su fallo reciente, los ministros Horacio Rosatti, Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti sostuvieron que lo ocurrido en el programa se encuadró en “el legítimo interés social que ampara la libertad de expresión y justifica cierta intromisión en la vida privada”, y confirmaron la sentencia de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil que había rechazado el reclamo de los actores Mabel Behal y Oscar Banchio, ambos exfuncionarios públicos.

Es que en una etapa de la causa fue explorada una línea investigativa que llegó a la ex diputada Norma Godoy y a Behal, una ex secretaria de María Julia Alsogaray.

La demanda se originó a raíz de cuatro emisiones del ciclo televisivo, difundidas entre 2000 y 2001, en las que invitados y la propia conductora mencionaron hipótesis que vinculaban a los actores con la desaparición de la bebé y con una supuesta red de tráfico de niños.

Los demandantes alegaron que esas afirmaciones eran falsas, afectaban su honor e intimidad y exponían datos personales y familiares, incluidos los de sus dos hijas menores.

La demanda había prosperado en primera instancia, pero la Sala M de la Cámara revocó la decisión. Al analizar el recurso extraordinario, la Procuración General dictaminó en favor de los medios demandados y recordó que la Corte sostiene estándares ampliamente protectores de la libertad de expresión, como las doctrinas “Campillay” y de la “real malicia”, aplicables especialmente cuando se trata de asuntos de interés público.

Según la Procuración, la cobertura televisiva se desarrolló en un contexto de alta sensibilidad social, dado que la causa penal investigaba la desaparición de una recién nacida, maniobras para ocultar esa sustracción y la posible existencia de una red de tráfico de niños que involucraba a funcionarios y profesionales de la salud.

En ese marco, entendió que el programa permitió escuchar diversas versiones y opiniones, sin construir una narración parcial ni falsa.

El dictamen también consideró que la difusión de ciertos datos familiares no configuró una intromisión ilegítima en la intimidad del grupo familiar, dado el interés público comprometido y el modo en que se organizó la comunicación en el ciclo televisivo.

Al adherir al dictamen, la Corte concluyó que “los dichos de los entrevistados, las preguntas y comentarios de la conductora y el modo en que fueron dispuestas las entrevistas por la producción no excedieron el legítimo interés social que ampara la libertad de expresión”, y confirmó el rechazo de la demanda.

Una historia desgarradora
El 22 de abril de 1997 Cristina Ortizá se internó en la Clínica del Niño y dio a luz a una niña a la que llamaron Rocío. La bebé nació el 23 de abril con un peso de 1,450 kilogramos y por tener algunas complicaciones fue destinada a una incubadora.

El 26 de abril se comunicó el deceso de la bebé por insuficiencia respiratoria aguda grave. Un día más tarde el cuerpo fue inhumado en la sepultura 542 I, con la presencia de su madre, del padre Carlos Cigarreta y de otros parientes.

Sin embargo en julio de ese año la mujer recibió un mensaje anónimo por teléfono que decía “La tumba donde están llevando flores no es la de su hija”.

Recién en marzo de 1998 dos pericias de ADN determinaron que los restos que yacían en la mencionada tumba no tenían vínculo biológico con el matrimonio compuesto por Cristina Ortizá y Carlos Cigarreta. Una de esas pericias fue realizada en el Hospital Durand de Buenos Aires y estuvo a cargo de la doctora Ana Di Lonardo. La restante fue hecha en la Dirección de Asesorías Periciales de la Suprema Corte bonaerense y estuvo a cargo de la doctora María Mercedes Lojo.

A partir de ese momento se sucedieron una serie de medidas como el estudio de ADN a once niños nacidos en la fecha cercana al parto de Ortizá, también se exhumaron otros bebés ballecidos en la época. Todos con resultados negativos.

Vale decir algo: no solo en causas de Mar del Plata, sino de todo el país, los errores en los estudios de ADN y de laboratorio eran una constante. Muestra de ello fue que en 1999 un estudio realizado a la placenta de Ortizó señaló que no le pertenecía pero meses después dio lo contrario.

A fines de 1999 y ante la falta de avances, el juez Viñas decidió cerrar provisoriamente la causa, pero la fiscal Susana Kluka apeló esa decisión.

Durante el año 2000 surgió la hipótesis del tráfico de bebés, fue involucrada la entonces diputada Norma Godoy y una triangulación con la provincia de Misiones. Fue en esa etapa cuando se sostuvo que una hija de Behal podía ser Rocío Cigarreta. Pero los test genéticos y otros informes descartaron ello, pese a lo cual muchos medios periodísticos abundaron en coberturas, lo que dio a lugar a la familia de la mujer a iniciar demandas.

Fue en el 2000 también cuando los médicos Rubén Mielgo y Miguel Correa, y la enfermera Isabel Ladisa fueron procesados y detenidos en 2001, aunque días después la Cámara Penal revocó la decisión del juez Pedro Hooft.

Finalmente la causa recayó en el juez Peralta que ordenó medidas nuevas, entre ellas un ADN comparativo de los padres con restos óseos de la bebé en la tumba 542 I y esta vez dieron postivos sin margen de error: la recién nacida nunca había desparecido.

En enero de 2005 se conoció ese resultado y en junio la causa se cerró definitivamente.
Nota publicada por el Diario La Capital de Mar del Plata el 23/11/2025

martes, 29 de enero de 2019

Carta de los trabajadores de los medios públicos a Mirtha Legrand

Los trabajadores y trabajadoras de los medios públicos le enviaron una carta a Mirtha Legrand, donde dejan expuesto de que manera el titular del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos, Hernán Lombardi, miente para justificar el ajuste y vaciamiento sobre los medios públicos, de la misma manera que lo denunciaron en este video
A la Sra Mirtha Legrand: 
Le escribimos para contarle la situación que atravesamos en los medios públicos. Su titular, Hernán Lombardi, cada vez que tiene la oportunidad de participar en un programa masivo, como el suyo, aprovecha para estigmatizar a los y las trabajadoras y justificar con mentiras lo que no son otra cosa que políticas de ajuste y vaciamiento sobre Radio Nacional, TV Pública, TelAm, Canal Encuentro, Paka Paka, DeporTV y TDA.

Lombardi mintió en su programa cuando afirmó que la TV Pública tiene el triple de empleados que Telefe, que cuentan con una planta similar. Miente cuando sostiene que los salarios eran un 50% mayor en el canal estatal, cuando en realidad estaban fijados por una paritaria con la cámara privada (ATA). Miente cuando destaca el Marginal 2 como una co-producción cuando fue un programa producido íntegramente afuera del canal por una productora privada. Confunde, cuando menciona los 354 despidos en la agencia TelAm pero omite que la justicia los declaró ilegales. También soslaya la cantidad de tareas desempeñadas por la agencia estatal que permiten entender el aumento de su planta: ya no cuenta solo con un servicio de cables sino también con un portal en castellano, otro en inglés y otro en portugués, un servicio de radio para todo el país, uno audiovisual y un reporte nacional gráfico, además de oficiar de contralor de la pauta oficial.

Por último, el funcionario menciona que en el mundo la gente se informa por internet. Le recordamos que en nuestro país no hay Internet gratuita y que en muchas regiones del país el acceso es muy difícil. Además, esa visión promueve la proliferación de fake news. Los medios públicos tienen un rol: garantizar el acceso a la información de manera gratuita a toda la población. El funcionario debería concentrarse en ese objetivo y no en mentir para justificar el ajuste y el vaciamiento.
Atentamente, Trabajadorxs de los medios públicos.
Ver también: "Hernán Lombardi miente", sostienen los sindicatos de Televisión y PrensaLombardi miente: En la TV Pública no están todas las voces y hay censura"El ministro Hernán Lombardi miente", dicen en Radio NacionalHernán Lombardi miente, una vez más#NotiTrabajadoresTVP: #LombardiMiente en la mesa de Mirtha Legrand#LombardiMiente: Estado de situación TV Pública ArgentinaSituación de Venezuela: exigen una cobertura plural en la Televisión Pública Argentina

jueves, 5 de abril de 2018

La Nación vs. Mirtha Legrand de Tinayre

Bajo los títulos: "Un llamado a la reflexión antes de zambullirnos en la decadencia" y "La televisión no puede ponerse al servicio de las infamias", el diario 'La Nación' publicó una lapidaria nota y un duro editorial contra el programa 'La noche de Mirtha' y su producción
En la edición de este jueves 5 de abril, el diario La Nación con la firma del editorialista e integrante de la Asociación de Entidades Periodísticas (AdEPA), José Claudio Escribano, se publica una nota de opinión donde se sugiere la aplicación de la censura previa: "¿nadie fiscaliza, al margen de la producción específica, lo que se pueda llegar a decir o hacer ante las cámaras y afecte eventualmente el orden legal o la sensibilidad y moralidad públicas?", aunque luego reconoce que "La gran Constitución de 1853 prohíbe por su artículo 14 la censura previa". Escribano  no puede ignorar el artículo 13° inciso 2 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica), prescribe que el ejercicio de la libertad de expresión “no puede estar sujeto a previa censura sino a responsabilidades ulteriores”, tal como se suscribió en numerosos comunicados de la organización empresaria de medios. Vamos a las notas:

Un llamado a la reflexión antes de zambullirnos en la decadencia
El escandaloso programa de Mirtha Legrand desnudó un problema que excede lo televisivo y que refiere a la ruptura con elementales normas de convivencia de la vida social
Por: José Claudio Escribano
La televisión argentina cayó el sábado por la noche en inolvidable infortunio, pero ¿estará a salvo en adelante de trances aún más traumáticos, más retrógrados, más tristes todavía que el del programa que hoy persevera en boca de todos? Siempre se puede caer más abajo de lo que se ha caído. Siempre habrá aguas más sucias en las cuales enlodarse. El gran tema es cómo evitarlo.

Apartemos de la reflexión el nombre de los periodistas, actores, dirigentes sociales a quienes se quiso asociar con uno de los delitos que en mayor grado repudia la sociedad, incluidas las franjas que se expresan en cruel estilo en la sórdida oscuridad carcelaria. Apartemos también la identidad de las personas que han quedado envueltas en diferentes papeles, por impericia, por bobería, por contraprestación de servicios o por lo que quiera imaginarse, en cuanto a las responsabilidades por lo sucedido ante las cámaras. Deberá corresponder a la Justicia, y solo a ella, determinar la naturaleza del suceso y sus consecuencias.

Apartemos a un lado nombres y patronímicos. Los involucrados en el incidente registrado por las cámaras pudieron haber sido estos u otros. Sin olvido del telón de fondo real, que es una investigación judicial en marcha sobre pedofilia y prostitución, lo esencial del escándalo sabatino concierne a principios y valores, no a personas, con los que se ha jugado con asombroso atrevimiento. Concierne al interés con el que indaguemos qué hacer a fin de que la sociedad salga de la pendiente por la que se han deslizado, con morboso desatino, sus expectativas sobre el mundo y los submundos televisados.

Concierne a que lo sucedido el sábado ha sido, ni más ni menos, que síntoma de una confusión general patética sobre escenarios ideales. ¿Quieren seguir las buenas gentes dando pábulo a las excentricidades que a diario se les propinan desde los medios audiovisuales por el simple motivo de que el rating verifica que eso es lo que ellas precisamente celebran? Esas gentes no son de ningún círculo rojo, sino de un vasto círculo verde, de envenenadas fantasías. Quieren volver a P.T. Barnum y sus freaks, ¿o no? Decídanlo, pero decídanlo bien a riesgo de que se recreen indefinidamente las imágenes y palabras de hace unos días.

Lo del sábado ocurrió en un set de televisión. Pudo haber ocurrido del mismo modo frente a algún micrófono de una constelación radial donde abunda la calidad, pero sobran los esperpentos. O como ocurría hasta no hace mucho en las sucias páginas de revistas o periódicos de circulación restringida, aplicados por vocación o financiación espuria a promover escándalos al voleo contra reputaciones incómodas. Por supuesto, el escándalo del sábado se propagó como llamas entre los gigantescos vertederos de detritos en los que el anonimato azuza en turbas digitalizadas lo más execrable de la condición humana.

¿Por qué todo esto ocurrió el sábado último y no otro sábado de hace veinte, cuarenta o sesenta años? ¿No vale la pena preguntarlo? ¿No vale la pena anoticiarse de que la degradación de los usos y costumbres públicos ha ido con el tiempo en aumento?

Se podrá argüir que detrás de un acto de tremenda desfachatez en el contexto de una mesa anestesiada más de la cuenta pudo haber estado la mano negra de agentes o de exagentes de servicios de inteligencia. O de provocadores, oh sí, de connotación política, nacional o extranjera, o de sujetos con intereses empresarios o económicos o institucionales de cualquier naturaleza, con el objeto de que se agrediera a una o más personas de notoriedad pública. Se podrá conjeturar por igual que no necesariamente todos los afectados eran los destinatarios directos de lo que se quería divulgar de forma aviesa: a veces es útil a tal clase de propósitos, y a fin de disfrazar la procedencia primaria del mensaje, "mezclar la hacienda". Se puede, en suma, razonar sobre la diversidad de puntos abarcados por esta parrafada como se lo habría hecho años o décadas atrás ante situaciones parecidas.

Pero hay, al margen de inferencias sobre antiguas triquiñuelas, un cambio, una mutación trascendente que revela la ruptura descomunal que se vive respecto del pasado. Lo refleja el episodio inaudito del sábado. Parece referir a una cuestión de forma, pero es de fondo. Viene configurada como una ola colectiva creciente, que se abate con absoluta desaprensión contra el sistema de convenciones sociales y profesionales por las cuales generaciones de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos tenían ante sí pautas previsibles sobre los límites a los que de ordinario se ceñirían las conductas individuales y colectivas. Superado el estupor inicial, ¿alguien podría afirmar que otros programas, otros canales, otros curiosos paneles de curiosos panelistas van en mejor dirección, con acopio de méritos y contribuciones de valía a una cultura nacional honrosa, que los de la estrepitosa colisión con la sensatez y el buen juicio del sábado 31?

La producción del controvertido programa televisivo había advertido un día antes que "va a salir fuego de esta mesaza". ¿Nadie se preguntó qué se traía en manos el orate, digámoslo prolongando su propia metáfora, con el prenuncio de un incendio? Los titulares de un canal son permisionarios de una concesión del Estado y por más que diversos espacios de su programación se encuentren tercerizados, ¿nadie fiscaliza, al margen de la producción específica, lo que se pueda llegar a decir o hacer ante las cámaras y afecte eventualmente el orden legal o la sensibilidad y moralidad públicas? Estamos seguros de que sí, pero también de que en tiempos en que fuertes corrientes arremeten hasta con ira contra todo lo que esté establecido, el pulso a veces vacila en aplicar al menos el modesto rigor del buen gusto.

¿Es verdad que "por un punto de rating se mata a la madre"? No. Nos negamos a que sea verdad que el nivel ético de la televisión sea tan desprejuiciado como lo que subyace en las redes, tan por debajo, paradójicamente, de los inmensos logros de ellas mismas en favor de la comunicación, el conocimiento y la creatividad entre los hombres y sus culturas. Los diarios que acreditaron el mayor índice de credibilidad en el mundo prosperaron, lo sabemos, impulsados por consignas de otro orden. Vale la pena desempolvar aquí esta que sigue: "Es preferible perder dos primicias antes de que nos desmientan una". Y aun así, sufrían, sufren tropiezos por errores inevitables en el ajetreo de la labor cotidiana.

La gran Constitución de 1853 prohíbe por su artículo 14 la censura previa; también esa cláusula establece, claro, que no hay derechos absolutos, entre otras cosas porque hay derechos de terceros que pueden entrar en conflicto con los de otros. Los derechos, dice, se ejercen "conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio". De ese equilibrio delicado de normas penden nuestras libertades, base de la tolerancia y el respeto recíproco. ¿Vamos a honrar ese espíritu con palabras como las que se difundieron el sábado, y cuyo registro fue inmediato en las redacciones porque todas se hallaban alertadas de que algo grave iba a producirse esa noche?

La mala praxis del sábado recuerda, en principio, la falibilidad del género humano, y que la larga carrera de una de nuestras grandes mujeres del espectáculo mal podría ser confinada, de un día a otro, al infierno de la vituperación y el ostracismo profesional. Tenemos todos una deuda de gratitud con ella y ella una deuda consigo misma sobre lo que significaría seguir adelante sin enmiendas después del traspié habido.

Urge la reflexión social por el contexto en que se expresa el proyecto de vida en común de la nación, si es que estamos concertados en que haya un proyecto solidario para nuestro destino. De menor a mayor la atemperación de la guaranguería, vocablo que fue de uso corriente entre nuestros antepasados, sería un primer paso. Nada simple de ejercitar, con todo: en el fondo de esta crisis que refulgió en cámaras el sábado se halla el padecimiento de la educación popular en el país.
La televisión no puede ponerse al servicio de las infamias
El programa de Mirtha Legrand permitió que un personaje del submundo montara una burda operación y denigrara a conocidas figuras

El sábado pasado, los espectadores del programa La noche de Mirtha, que se emite por Canal 13, pudieron calibrar el nivel de degradación al que puede descender en la Argentina la vida pública. La tradicional mesa que conduce Mirtha Legrand sirvió para que un personaje del submundo que se presentó como prostituta profesional, como Natacha Jaitt, pronunciara un monólogo atroz dirigido a difamar y amenazar sin limitación alguna a figuras de la política, de la prensa y del espectáculo. También de la vida religiosa, ya que los insultos alcanzaron al propio papa Francisco, en plena noche del Sábado Santo. Una maniobra montada con el objetivo de silenciar e intimidar y a la que la producción del programa se prestó sin medir sus muy nocivas consecuencias.

Jaitt profirió sus infamias escudándose en una supuesta indignación por la trata de personas. Pero lo más llamativo fue que se autoincriminó, al confesar que durante un año fue contratada por una empresa para realizar tareas de inteligencia sobre políticos y periodistas. Nada que sorprenda demasiado. No es la primera vez que este personaje formula escandalosas declaraciones basadas en hechos absolutamente incomprobables, como aquellas que, allá por 2011, tuvieron como víctima hasta al actual presidente, Mauricio Macri. Siempre se entendió, sobre la base de innumerables indicios, que se trata de alguien manipulado desde los sótanos de servicios de inteligencia que se mueven con fines extorsivos.

En esta exhibición de indecencia parecen concentrarse varias de las miserias que contaminan la República. Una de ellas es el recurso del escarnio y de la calumnia para intimidar a personajes públicos, sobre todo a periodistas. La práctica de ese método trascendió al gobierno de los Kirchner, que se sirvieron de él hasta el hartazgo. Aunque debe reconocerse que durante esa etapa no se llegó al nivel de agresividad y bajeza al que se asistió el sábado en La noche de Mirtha.

La búsqueda desenfrenada del rating, que es la excusa que ofrecieron los responsables de la producción del ciclo, es inaceptable. Mirtha Legrand lleva más de medio siglo conduciendo su programa y jamás recurrió a un espectáculo tan desagradable para sumar televidentes. Afirmar que se apeló a la bajeza para conseguir rating es un insulto a la audiencia de la conductora. Nadie puede alegar absoluta inocencia respecto del contenido que se ofrecería en la pantalla. La controvertida invitada venía repitiendo en las redes sociales desde hacía varios días las mismas difamaciones que reprodujo esa noche sin que nadie la interrumpiera. Desde esas mismas redes el productor general del ciclo, Ignacio Viale (h.), había prometido durante la tarde del sábado que se trataría de una emisión incendiaria. Viale dijo también anteayer que ignoraba que el programa había sido escenario de una operación de inteligencia, cuando su invitada lo explicó durante su monólogo difamatorio.

Otra desviación que parece adquirir rasgos de cronicidad es el espionaje clandestino. Pero el sábado ocurrió algo inesperado: una persona admitió haber sido contratada para esa tarea ilegal. Hace tanto tiempo que los argentinos se sienten vigilados que ese delito ya no parece una anomalía. A tal punto que a nadie en esa mesa se le ocurrió pedir explicaciones a pesar de que la invitada de Mirtha Legrand explicó que realizó persecuciones, filmaciones, y registró conversaciones al servicio de una entidad desconocida, "porque yo vivo en la noche y en la noche veo muchas cosas". En sus intimidaciones, Jaitt señaló que "todo esto termina en Olivos", en lo que fue interpretado como un mensaje mafioso emitido desde el bajo fondo hacia el Presidente. Jaitt tendrá que dar explicaciones a la Justicia sobre esas prácticas y estos dichos.

Nunca se sabe del todo cuál es la cobertura o la tolerancia que esas operaciones tienen por parte del aparato de inteligencia del Estado. Durante el kirchnerismo, sobre todo cuando la Secretaría de Inteligencia funcionó a las órdenes de Antonio Stiuso, fueron muy habituales. Sería de lamentar que entre aquel organismo y la Agencia Federal de Inteligencia actual, que conduce Gustavo Arribas, haya continuidades injustificables. Arribas aseguró, al llegar al cargo, que esas prácticas no tendrían lugar en su gestión.

No debe llamar la atención que esos procedimientos prosperen en una sociedad que cobija innumerables mafias. Todos los días se producen evidencias de que en los sindicatos, en los tribunales, en las fuerzas de seguridad, en los clubes y organizaciones deportivas, como en muchas otras instituciones, existen cofradías delictivas. Lo que no es tan ostensible es que esas mafias puedan operar desde medios de comunicación insospechados, como Canal 13, o desde programas tan tradicionales como el de Mirtha Legrand.

El papel de la conductora esa noche fue incomprensible. Dejó la impresión de haber entregado la conducción a una de las invitadas, para que difamara e insultara sin prueba alguna a políticos, religiosos, directivos de canales de TV que compiten con el 13 o periodistas que realizan su trabajo con decencia. Entre ellos, la periodista que también había sido invitada a su mesa.

Lo ocurrido el sábado fue, por la vía negativa, una lección inapreciable. Los periodistas, conductores de programas de TV y directivos de medios de comunicación tienen una responsabilidad social delicadísima. Su ética debe estar a la altura de la protección excepcional que les otorgan la Constitución y las leyes. Ese compromiso los obliga a ser cuidadosos con la información que proporcionan y también responsables con aquellos a quienes les conceden la posibilidad de comunicarse. Estos recaudos, que tienen validez universal, son más necesarios en un país que carece de un sistema judicial creíble. La falta de tribunales confiables no solo garantiza la impunidad, sino que deja a los ciudadanos en una dolorosa indefensión ante la calumnia.

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