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jueves, 2 de julio de 2026

El sueño de Gabriel García Márquez que cambió el periodismo

La idea de García Márquez de legar un periódico a Colombia está en el origen de la mejor escuela práctica de periodismo del mundo. Este es el discurso de Ignacio Escolar en la entrega del premio Manu Leguineche a la Fundación Gabo
Jaime Abello, José Salgar y Gabriel García Márquez en Cartagena (Colombia) en la conmemoración en 2006 del aniversario de la Fundación Gabo. Libardo Cano / Fundación Gabo

Hay una historia poco conocida sobre el origen de la Fundación Gabo. Es la historia de un periódico que nunca llegó a existir.

A comienzos de los años ochenta, Gabriel García Márquez sintió que tenía una deuda con Colombia. Había conquistado el mundo con sus novelas, con unos libros que beben del sustrato de esa cultura y esa tierra. Y Gabo sentía que debía devolver a su país algo de todo lo que le había dado.

Su primera idea fue fundar un nuevo periódico para Colombia. Pero no un periódico cualquiera. Quería hacer el mejor periódico del mundo. Ya tenía incluso un nombre: El Otro.

No soñaba con un gran negocio ni con un nuevo altavoz para su prestigio, ya entonces mundial. Soñaba con un periódico obsesionado con la verdad, con el rigor y con la buena escritura. Con una redacción de periodistas jóvenes, que aprendieran de unos pocos maestros.

Un periódico donde estarían prohibidas las fotos de dos presidentes posando para una imagen de protocolo, salvo que uno de los dos estuviera haciendo un gesto contra el otro.

El periódico con el que soñaba Gabo tampoco tendría páginas de opinión. Solo habría editorial en los momentos excepcionales y saldría publicado en portada.

Quería un periódico donde lo más importante fueran las mejores historias. Y que no estuviera obsesionado con "la chiva", que es la palabra con la que la prensa colombiana se refiere a "la primicia".

Lo importante para Gabo no era contarlo el primero. Era contarlo bien. Como dijo en su famoso discurso sobre "el mejor oficio del mundo": "La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor".

Aquel periódico nunca llegó a nacer. Uno de sus amigos, el periodista y después político argentino Rodolfo Terragno, le escribió una carta que cambió esa historia. En ella le decía: "Aun aceptando que tuvieras un débito (y no un crédito) en tu cuenta con Colombia, creo que el diario no sería el único modo de saldar. Otras iniciativas (e incluyo entre las posibles la del taller de periodismo) supondrían menos sacrificios innecesarios".

Y así fue como de aquel proyecto frustrado del mejor periódico del mundo nació la que para mí es la mejor escuela práctica de periodismo del mundo. La Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy Fundación Gabo.

Visto con varias décadas de perspectiva, es evidente que el consejo que le dio Terragno a Gabo fue acertado.

Primero, porque no había deuda con Colombia. Como mucho un crédito, que Gabo ya había devuelto con creces en esos años. Segundo, porque el impacto que ha tenido esta fundación en el periodismo iberoamericano ha sido muy superior a la que podría haber supuesto cualquier diario. Y sin correr por ello riesgos innecesarios. En los 80, en la era del papel, un periódico era una industria de riesgo, una industria pesada y cara: necesitaba muchísima inversión, que normalmente se perdía.

Un gran diario podría haber cambiado a una generación de lectores. Y habría sido un gran legado para Colombia. Sin duda. Pero la gran escuela que es la Fundación Gabo ha cambiado a muchas generaciones de periodistas. En Colombia y en todo el mundo.

Durante más de treinta años, la Fundación Gabo ha reunido a los mejores maestros del periodismo iberoamericano con miles de reporteros jóvenes. No para impartir lecciones desde un atril, sino para sentarse alrededor de una mesa a discutir un texto, corregir un titular, preguntarse si un dato estaba contrastado o cómo contar mejor una historia.

Sus talleres no solo sirven para escribir mejor. Sirven para pensar mejor. Para tener siempre presente la ética de nuestra profesión. Como defendía el propio Gabo, "En la carrera en que andan los periodistas debe haber un minuto de silencio para reflexionar sobre la enorme responsabilidad que tienen".

Para García Márquez, un buen periodista se compone de tres cosas: "Una base cultural importante, mucha práctica y también mucha ética". "Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan", se lamentaba Gabo también.

Cultura. Práctica. Ética. Tres palabras.

Son los tres requisitos fundamentales para ejercer este oficio. Es lo que promueve la Fundación Gabo, con sus talleres y sus premios. Es un proyecto que solo pudo nacer por el impulso del genial García Márquez. Pero que solo ha podido llegar hasta aquí por la cultura, la práctica y la ética de su director general y cofundador, Jaime Abello Banfi.

Su cultura, porque no he encontrado a nadie con una mirada sobre el periodismo iberoamericano tan amplia y profunda como la de mi amigo Jaime. Tampoco hay muchos con su excelente conversación.

Su práctica, porque Jaime no solo se ocupa de la poesía. La Fundación Gabo es una casa que tiene techo, los mejores ideales periodísticos. Pero también suelo: la gestión del día a día para que una institución así sea posible. El techo lo puso Gabo. El suelo lo ha construido Jaime.

Y sobre todo, Jaime destaca por su ética. Hay otra anécdota sobre los primeros años de la Fundación que lo resume bien. Gabo le dijo a Jaime, medio en broma medio en serio: "Puedes usar mi nombre, pero nunca te equivoques".

Era un mandato imposible. Todos nos equivocamos. Pero también era una forma de recordarle que el prestigio nunca puede sustituir al rigor. Treinta años después, creo que todos podemos decir que Jaime ha honrado aquella confianza.

Las grandes ideas nunca sobreviven solas. Necesitan alguien que las cuide. Que las adapte a los cambios del mundo sin traicionar su esencia. Porque fundar una escuela de periodismo es difícil. Mantenerla viva durante más de tres décadas lo es aún más.

Hay una última razón por la que este premio me parece especialmente justo. Porque lleva el nombre del gran Manu Leguineche.

Manuel Leguineche y Gabriel García Márquez fueron periodistas muy distintos. Venían de países distintos, reporteaban de maneras distintas y recorrieron caminos muy diferentes. Pero compartían una misma convicción: que el periodismo no consiste en llegar antes que nadie, sino en comprender mejor que nadie la realidad para poder contarla. Que este oficio exige curiosidad, cultura, rigor y, sobre todo, una enorme honestidad.

Ese es también el legado de la Fundación Gabo. Un legado pensado para durar muchas generaciones.

Me quedo con la frase con la que Gabo abrió el primer taller del nuevo periodismo iberoamericano, en Cartagena de Indias, el 18 de marzo de 1995.

"Bienvenidos a este taller del nuevo periodismo iberoamericano, que hoy inicia con la bendición de ustedes su primer siglo de labores".

Treinta años después, ese primer siglo ya no parece una exageración. Es un compromiso.

Enhorabuena a la Fundación Gabo por este premio. Enhorabuena a ti, amigo Jaime, por mantener el rumbo de este proyecto.

Y ojalá dentro de otras siete décadas, el 18 de marzo de 2095, se celebre en Cartagena de Indias otro taller de periodismo.

Jaime Abello: "El periodismo de calidad corre el riesgo de convertirse en un bien de lujo"
El director general de la Fundación Gabo, Jaime Abello, advirtió que "el periodismo de calidad corre el riesgo de convertirse en un bien de lujo" debido a las crecientes presiones políticas, económicas y tecnológicas que enfrenta la profesión. Lo hizo al recibir el XIV Premio Internacional de Periodismo "Cátedra Manu Leguineche", en una ceremonia celebrada en Brihuega (Guadalajara).

La Fundación Gabo, creada en 1994 por el Nobel Gabriel García Márquez para promover un periodismo ético, innovador y de excelencia, se convirtió en la primera institución en recibir este reconocimiento en los catorce años de historia del galardón, convocado por la FAPE, la Universidad de Alcalá, la Diputación Provincial de Guadalajara, el Ayuntamiento de Brihuega, la Asociación de la Prensa de Guadalajara y la Fundación General de la Universidad de Alcalá.

Durante su intervención, Abello señaló que el periodismo atraviesa una etapa especialmente compleja por el impacto de la desigualdad informativa, la inteligencia artificial y la proliferación de fuentes digitales informales. Frente a ese escenario, defendió el papel del periodismo como "una institución indispensable para que haya una sociedad de hombres y mujeres libres".

"El verdadero poder del periodismo reside en contar historias que apunten a la verdad y a la justicia desde una posición independiente. Resistir a la manipulación, mostrar otras realidades y cuestionar los relatos impuestos. Eso solo lo puede hacer el periodismo", afirmó.
Un reconocimiento a la formación periodística

La laudatio estuvo a cargo del director de elDiario.es, Ignacio Escolar, quien destacó la influencia de la Fundación Gabo en la formación de periodistas de toda Iberoamérica.

"La Fundación Gabo ha cambiado a muchas generaciones de periodistas en Colombia y en todo el mundo. Sus talleres no solo sirven para escribir mejor; sirven para pensar mejor y para mantener siempre presente la ética en nuestra profesión", señaló.
Ética frente a la desinformación

La presidenta de la FAPE, Carmen del Riego, destacó que la Fundación Gabo encarna los valores que inspiraron a Manu Leguineche, especialmente la defensa de la ética profesional frente a la propaganda y la desinformación.

Del Riego sostuvo que solo un "periodismo en mayúsculas" permitirá afrontar la crisis de confianza que vive la profesión. "Un periodismo con reglas, donde contemos lo que pasa sin intentar adoctrinar, en el que seamos periodistas y no activistas políticos, y donde escribamos siempre con honestidad", afirmó.

Por su parte, el rector de la Universidad de Alcalá, Carmelo García, subrayó que la elección de la Fundación Gabo supone reconocer no solo su aporte al periodismo iberoamericano, sino también su labor educativa. "Enseñar a narrar con rigor, ética y humanidad es una de las mejores maneras de fortalecer una sociedad democrática", aseguró.

El presidente de la Diputación Provincial de Guadalajara, José Luis Vega, reflexionó sobre los nuevos hábitos de consumo informativo y pidió impulsar fórmulas para que los jóvenes accedan a información verificada más allá de las redes sociales.

La ceremonia tuvo lugar en la Casa de los Gramáticos, antigua residencia del periodista Manu Leguineche, hoy recuperada por el Ayuntamiento de Brihuega como espacio cultural. El alcalde, Luis Viejo, dio la bienvenida a los asistentes, mientras que la soprano Celia Alcedo puso el broche musical al acto.

La primera institución premiada
La Fundación Gabo fue elegida entre diecisiete candidaturas y se convirtió en la primera institución distinguida con este galardón. El jurado destacó "el extraordinario papel que desempeña en el periodismo iberoamericano" a través de sus programas de formación, así como su trabajo en educación mediática y en la reflexión sobre los desafíos que representan la desinformación, las noticias falsas y la inteligencia artificial.

El Premio Internacional de Periodismo "Cátedra Manu Leguineche", dotado con 8.000 euros, reconoce trayectorias caracterizadas por la independencia, el rigor y el compromiso con la verdad. Además del premio económico, el galardonado recibe el nombramiento de profesor honorífico de la Universidad de Alcalá y una escultura conmemorativa.

En ediciones anteriores, el reconocimiento fue otorgado a periodistas como Lydia Cacho, Javier Espinosa, Mikel Ayestarán, Pilar Bonet, Pepa Bueno, Gervasio Sánchez, Ramón Lobo, Fran Sevilla, Almudena Ariza y Martín Caparrós, entre otros.
Fotos: Adrián Loej
Fuentes: elDiario.es y Federación de Asociaciones de Periodistas de España

domingo, 27 de julio de 2025

Periodismo bajo amenaza: contar la verdad en español cuesta caro en EE.UU.

La corresponsal de National Public Radio, Jasmine Garsd (i), el periodista de investigación en Noticias Telemundo, Ronny Rojas (c), y la cofundadora y directora general de Efecto Cocuyo, Luz Mely Reyes, participan en el conversatorio 'La democracia en riesgo: desafíos de hacer periodismo en EE.UU.', en Bogotá (Colombia)

Informar en español en Estados Unidos se ha convertido en una labor cada vez más vulnerable, atravesada por la hostilidad institucional, la desinformación y la autocensura. Así lo denunciaron este viernes varios comunicadores latinos durante una charla sobre los desafíos del periodismo en ese país, realizada en el marco del Festival Gabo en Bogotá.

"Hay miedo a hablar, miedo a ser identificados. A veces no contamos ciertas historias porque nuestras propias reporteras temen no poder volver a entrar al país por su estatus migratorio", confesó la periodista colombiana Paola Jaramillo, quien participó de manera telemática desde Carolina del Norte.

Jaramillo explicó que, aunque le hubiera gustado asistir presencialmente al evento, decidió no hacerlo precisamente por temor a que las autoridades estadounidenses no le permitieran regresar al país.

Además, la periodista señaló que su medio digital, Enlace Latino NC, enfrenta no solo ataques y acoso en redes sociales, sino también episodios de autocensura motivados por razones de seguridad.

El encuentro
La conversación, titulada “La democracia en riesgo: desafíos de hacer periodismo en EE.UU.”, reunió también a Jasmine Garsd, corresponsal de National Public Radio (NPR), uno de los medios públicos más escuchados del país, y a Ronny Rojas, periodista de investigación de Noticias Telemundo.
El periodista de investigación en Noticias Telemundo, Ronny Rojas

"La situación es gravísima. Hay más de 57.000 personas en cárceles migratorias y el 72 % no tiene antecedentes criminales", alertó la argentina Jasmine Garsd.

Desde el escenario del Gimnasio Moderno de Bogotá, Garsd denunció que el gobierno de Donald Trump retiró “de manera repentina” el 1 % del presupuesto a NPR, y relató cómo el miedo ha paralizado a comunidades enteras: “En Florida vi casas cerradas durante semanas. Son como mini desapariciones. Nunca vi una crueldad así”.

Los tres periodistas coincidieron en que muchas veces deben contar las historias desde el anonimato, tanto por su seguridad como por la de sus fuentes, ya que “no están de acuerdo con lo que está pasando”.

Evitar el tratamiento criminalizante
El costarricense Ronny Rojas, por su parte, destacó la necesidad “urgente” de evitar replicar sin filtros los discursos oficiales que criminalizan a los migrantes.

"Hay que decidir con cuidado qué historias contamos. Muchas veces lo más peligroso es repetir el lenguaje que asocia a los migrantes con amenazas o invasiones", afirmó.
La corresponsal argentina de National Public Radio, Jasmine Garsd

También hizo un llamado a establecer alianzas entre medios nacionales y locales, y entre redacciones del norte y del sur del continente: “Muchas decisiones que se toman allá se reflejan aquí”.

La moderadora de la charla, la venezolana Luz Mely Reyes —quien vivió el desmontaje de la democracia en su país— advirtió sobre señales preocupantes en Estados Unidos: “La jaula no es el inicio, es el final del camino. Es el pacto social en el que nadie cuestiona que a seres humanos se los encierre como animales”.

La conversación hizo parte de la programación del Festival Gabo 2025, organizado por la Fundación Gabo en homenaje al legado de Gabriel García Márquez. Este año, el evento puso el foco en la libertad de expresión, el periodismo migrante y la resistencia ética frente a la desinformación y los discursos de odio.
Fotos: Mauricio Dueñas Castañeda, Agencia EFE
Fuente: Agencia EFE

domingo, 8 de junio de 2025

Alerta: hay brutos ejerciendo como que hacen periodismo

Por: Julio Petrarca, Defensor de los lectores de Diario Perfil
Obedientes. Son necios, incapaces, torpes, obtusos, toscos y hasta violentos. No ejercen este oficio

Como ya la he empleado en columnas previas, recurro hoy a la Real Academia Española. Define así la palabra “bruto” (del latín brutus), en sus diversas acepciones: 1. Necio, incapaz (sinónimos: ignorante, inculto, analfabeto, necio, torpe, obtuso, zopenco). 2. Vicioso, torpe, excesivamente desarreglado en sus costumbres. 3. Violento, rudo, carente de miramiento y civilidad (sinónimos: ordinario, tosco, bestia, salvaje, bárbaro, zafio, brutal).

Aplicando segundos apenas en revisar estas definiciones, es posible caracterizar de esta manera al Gobierno, a sus componentes (desde la cabeza a los pies) y a quienes ejercen conductas afines a tales adjetivos.

Es de necios, tal vez incapaces, torpes, violentos, carentes de miramiento y civilidad, sostener acciones de gobierno que niegan a médicos y asistentes de su tarea un salario que les permita vivir decentemente, como está sucediendo con quienes salvan la vida a niños desde la cuna hasta la adolescencia en el Hospital Garrahan; les cabe también tal caracterización a quienes desprecian los reclamos de jubilados que no llegan a mediados de mes, de padres y madres de niños con variantes del espectro autista y a tantas otras minorías marginadas.La lista de los afectados por las políticas vigentes es ya casi interminable. La lista de las mentiras, eufemismos y ocultamientos surgidos del poder, también.

Ah, perdón, lectores de Perfil: debo dedicar el texto a escribir sobre periodismo, en particular sobre este diario. Más aún cuando ayer fue el Día del Periodista, dedicado a homenajear y celebrar el ejercicio de esta magnífica profesión, barrera natural contra los excesos de quienes ejercen el poder.

Hablemos, entonces, de periodismo, actividad noble cuando se la ejerce con valentía, ética y pasión. ¿Son los periodistas, todos, merecedores de elogios y de festejar el Día del Periodista? No todos. En estos tiempos en los que se mezcla la palabra libertad con la palabra brutalidad, este ombudsman quiere identificar a ciertos amanuenses del poder, subordinados a lo que el Presidente y sus seguidores (en el Gobierno o en las redes sociales) transforman de falsedades a verdades reveladas por una misteriosa fuerza superior, del cielo o de donde fuere.

Son brutos, sí. Y esa brutalidad ejercida en medios alguna vez prestigiosos y hoy cuestionables propone dar por ciertas afirmaciones del Gobierno pese a la información cierta que debiera ser la materia prima de su tarea. Son torpes, necios, violentos muchas veces. Son entrevistadores sin repreguntas, periodistas a medias (o menos), cómplices.

En una disertación que ofreció en octubre de 1966 en Los Ángeles, Gabriel García Márquez dijo, entre muchas otras cosas, que “el periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

Hay que ser bruto de toda brutalidad para no entender y compartir estas simples definiciones. Parece difícil lograr que los que sirven de partenaires seudoperiodísticos de Javier Milei y sus subordinados entiendan la esencia de esta profesión. Es triste.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Ariel Dorfman reflexiona sobre la serie: ‘Cien años de soledad’

Fue en una ‘trattoria’ de la Piazza Navona, a principios de abril de 1974, cuando escuché por primera vez, pero no la última, a Gabriel García Márquez oponerse tajantemente a cualquier intento de convertir la novela en una película
Por: Ariel Dorfman

Gabriel García Márquez se encontraba en Roma oficiando de vicepresidente del Segundo Tribunal Russell convocado para denunciar violaciones a los derechos humanos en América Latina, por lo que la conversación de esa noche giró en torno a asuntos políticos. Pero hacia el final de la jornada, el ilustre director brasileño Glauber Rocha lanzó una pregunta sobre la posibilidad de que la obra maestra de Gabo tuviera una versión cinematográfica. Los demás comensales se volvieron hacia García Márquez, expectantes. Estaban, entre otros, Julio Cortázar, Roberto Matta y Rafael Alberti y su esposa, María Teresa León, que había jurado en algún momento de la cena que entraría en Madrid en un caballo blanco, totalmente desnuda tan pronto como muriera Franco.

El novelista colombiano solía ser muy suave en sus intervenciones, así que me sorprendió la vehemencia de su respuesta. —“¡Nunca!”, exclamó—. “Sintetizar esa historia de siete generaciones de Buendía, toda la historia de mi país y de América Latina, realmente de la humanidad, ¡imposible! Solo los gringos tienen los recursos para ese tipo de superproducciones. Ya he recibido ofertas: proponen una epopeya, de dos horas, tres horas de duración. ¡Y en inglés! Imagínate a Charlton Heston fingiendo que es un macondiano mítico en una jungla falsa”. Y añadió un definitivo “¡Ni muerto!”.

Mientras volvíamos al hotel donde nos tenían alojados, sugerí que él, guionista cabal, podía controlar la producción, exigir que los personajes hablaran nuestro idioma. Sacudió la cabeza. “Sería una aberración. Intraducible a otro medio. Es demasiado... literario”. Y repitió: “¡Ni muerto!”.

Y bien, una década después de la irremediable muerte de mi amigo Gabo, Netflix ha comenzado a difundir a un gigantesco público internacional los primeros ocho episodios de Cien años de soledad. Varias de las objeciones planteadas por su autor en aquella remota trattoria, han sido abordadas: filmada íntegramente en castellano en diversas zonas de Colombia, con actores principalmente anónimos y aficionados y una fidelidad digna de elogio al texto. La delirante cinematografía, el reparto atento, los bellísimos paisajes, logran algunas escenas imperecederas como si hubieran salido directamente de las entrañas de la salvaje y tierna imaginación del autor.
Gabriel García Márquez en 1991, en Cartagena, Colombia

Y, sin embargo, a esta serie le falta algo esencial, como debería ser evidente para cualquiera que haya leído la novela, como yo lo he hecho, reiteradamente, desde que me cautivó en 1967, cuando tuve la suerte de ser, a los 25 años de edad, uno de sus lectores inaugurales, gracias a mi trabajo como crítico literario en Chile.

Si la novela de Gabo fuera solo una enrevesada trama de fascinantes y exóticos incidentes, la transferencia de Netflix podría calificarse de exitosa. Pero Cien años de soledad es, ante todo, una proeza del lenguaje, una obra revolucionaria en cuanto a que cuestiona el modo en que entendemos esto que se llama nuestro mundo habitual. Desde su primera línea icónica contenía y aún contiene una estrategia singular para transmitir la epopeya de nuestra especie, con tanta potencia que iba a cambiar el curso de la literatura del siglo XX. Es esa perspectiva irremplazable la que Netflix no ha podido capturar (ver abajo).

Basta con centrarse en uno de los episodios más maravillosos de la novela. A la remota aldea de Macondo, fundada por los Buendía y sus amigos como un paraíso donde la muerte no tiene dominio, llega la Peste del Insomnio, cuyos estragos anticipan, nos daremos cuenta más tarde, el destino apocalíptico y final del pueblo y sus habitantes, despojándolos de recuerdos e individualidad. Entre las muchas descripciones de los síntomas de la plaga, el narrador desliza esta joya: “En ese estado de alucinada lucidez, no solo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por otros”. La serie no hace el menor intento de filmar una visión tan escueta y fantasmagórica.

En su lugar, nos ofrece una retahíla de hechos espectaculares, que culminan en una noche de incendios caóticos y violentos, algo que no consta en la novela. Lo mismo ocurre con el modo de presentar el inicio de la epidemia, cuando Rebeca Buendía muestra signos de haber contraído la enfermedad. Un momento discretamente destacado en la novela: "Sus ojos se iluminaron como los de un gato en la oscuridad". La miniserie ha transmutado esos ojos felinos en un aterrador azul lechoso, una imagen que deriva de los efectos especiales de una típica película de terror, como si Rebeca fuese una protagonista de El exorcista. Pero ella no está poseída por demonios; sino por una aflicción con inmensas dimensiones existenciales que apunta a las raíces mismas del lenguaje y la memoria y la muerte.

No mencionaría siquiera lo que podría considerarse un asunto trivial si no fuera indicativo de la aproximación estética que han tenido los productores de la serie hacia lo que es misterioso y “mágico” (un término reductivo y mercantil que me disgusta; pero que me veo forzado a usar). Cómo acercarse a lo espectral no es una cuestión secundaria, ya que uno de los logros más emblemáticos de la novela es la manera que yuxtapone incesante y cómodamente lo ordinario y lo sobrenatural, una peste del olvido contada con la normalidad utilizada para relatar a una niña que se chupa el dedo. Los Buendía no se inmutan cuando los fantasmas los visitan, cuando Aureliano tiene presagios del futuro, cuando una solterona moribunda lleva cartas de los habitantes del pueblo a sus parientes fallecidos. Lo extraño e increíble para los hombres y mujeres de Macondo son las invenciones de la ciencia que transmutan el mundo material: el hielo, la fotografía, las brújulas, las intrusiones de la modernidad en un mundo que, hasta entonces, vivía en un estado de perpetua inocencia infantil.

Gabo tuvo la genial intuición de adoptar la perspectiva de la comunidad desde la que narra, desde su sistema de creencias, tan reales para ellos como sus propios cuerpos. Señalar, como lo hace la adaptación de Netflix, que algo antinatural y críptico está en marcha, rasgueando música ominosa y relegando la mayoría de los sucesos paranormales a una atmósfera sombría y oscura, crea el efecto opuesto de lo que la novela logra de manera tan asombrosa. La adaptación nos convierte en voyeurs de lo excéntrico y lo siniestro, reconfortados por tropos familiares, en lugar de desafiarnos, como lo hace el libro, a preguntar: ¿qué es exactamente la realidad?
Marco Antonio González, como José Arcadio Buendía en 'Cien años de soledad'

Algo similar ocurre con el sexo. García Márquez era un entusiasta de lo erótico, una forma alegre y radiante de salir de la soledad y, finalmente, de darse cuenta de cuán solitaria es nuestra vida, y que incluso ese prodigio momentáneo de cuerpos unidos no puede vencer a la muerte que, cada uno por su cuenta, tendrá que enfrentar. Nada podría estar más lejos de ese enfoque literario, enigmático e introspectivo, del sexo que la proliferación en la pantalla de escenas tórridas de cópula, con gemidos estandarizados, cuerpos agitados y orgasmos tediosos destinados más a aumentar los índices de audiencia que a acompañar a los personajes en su búsqueda por engañar la extinción.

Tampoco se puede deducir de la serie de Netflix, que Cien años es, bueno, tan... literaria, deudora de Kafka y Borges, de Faulkner y Rabelais, de El Decamerón y de Las mil y una noches, cuán profundamente es nieta de Cervantes. Ni que significó un asalto desde los márgenes del planeta, una subversión (en tantos sentidos de la palabra) del modo habitual de narrar, forzando a sus lectores a ver el mundo desde quienes han nacido lejos de los centros calcificados del poder. Los espectadores de esta adaptación tampoco podrían colegir que la novela original, a pesar del incesto, los asesinatos, las guerras civiles, las masacres, el imperialismo, que acosan al clan Buendía y al gran continente colonizado que alegóricamente representan, es implacablemente cómica. Los personajes de Gabo están atrincherados en sus obsesiones y locuras, tambaleándose, a menudo de manera risible, hacia el andamiaje de sí mismos y de la historia, una visión ausente en esta solemne versión cinematográfica.

Hace poco, defendí en la New York Review of Books la decisión de los hijos y herederos de García Márquez de publicar, contra su voluntad expresa, su novela póstuma, Nos vemos en agosto. En esta ocasión soy menos indulgente. ¿Encontraría su padre mucho que admirar en esta dramatización? Sin duda. Y de ninguna manera es una aberración. Gabo estaría complacido, creo, de la dignidad otorgada a sus amados y falibles Buendía. Y es cierto que millones de personas adicionales serán llevadas a leer este regalo extraordinario que nos sigue llegando desde las zonas problemáticas y rebeldes de nuestra humanidad.

Tengo que complacerme, entonces, con la esperanza de que la visión seminal contenida en ese libro no quedará atrapada para siempre en la lujosa; pero limitada versión que ahora impregna las pantallas del globo.

Ariel Dorfman es el autor de la obra de teatro La muerte y la doncella y de las novelas Konfidenz y Allende y el museo del suicidio.

Los lectores de ‘Cien años de soledad’, el público más difícil de la serie
Habitantes de Aracataca durante estreno de la serie Cien años de Soledad, el 11 de diciembre en Magdalena, Colombia.

Por: Orlando Oliveros
“Cuando la gente ve una película basada en un libro quiere que sea una ilustración fiel de este. Pero una adaptación cinematográfica es la trasposición que el público se niega a aceptar”. La frase la dijo Gabriel García Márquez durante una entrevista. Le habían preguntado sobre el fracaso de muchos cineastas que llevaron su universo literario a la pantalla. “La gente va a verme a mí, no a los directores. Acostumbran a juzgarlos a través de mí, de lo que logran hacer de lo mío, en la medida en que se parecen o no se parecen”, concluyó.

La entrevista, que data de 1988 y alude a películas como Eréndira y Crónica de una muerte anunciada, podría haber sido publicada este mes, a propósito del lanzamiento de la serie de Netflix basada en Cien años de soledad. El diagnóstico es el mismo: en 2024, como en el siglo pasado, millones de lectores ansían ver la impronta del narrador colombiano en las adaptaciones audiovisuales de su obra. El deseo de tropezar con el Macondo escrito pronto se convierte en desencanto, porque encienden el televisor buscando a Gabo y en su lugar encuentran a los directores Alex García López y Laura Mora. De García Márquez a García-Mora. Un tránsito amargo.

Es lo que sucede cuando se le exigen peras al olmo. La literatura, el cine y la televisión poseen códigos de representación muy distintos entre sí. Por lo tanto, resulta imposible que una serie sea idéntica a la novela que la engendra. Si su propósito es disfrutar lo que ha hecho Netflix, los admiradores de Cien años de soledad no deberían esperar en la pantalla una experiencia estética que sólo puede brindarles la lectura del texto original. Tan pronto se acepta esta limitación, el trabajo de Alex García López y Laura Mora adquiere sus propias luces y sombras. La Úrsula adulta, el conmovedor camino de José Arcadio Buendía hacia la locura, la tristeza de Arcadio, el espectáculo salvaje de la guerra (que casi siempre entra mejor por los ojos), la escenografía de Macondo: son algunos aspectos que la serie maneja bien y que solo deslucen cuando se abusa de la voz en off de un narrador en cuya cadencia haría falta más autoridad.

La certeza de que Netflix no ofrece la novela de García Márquez, sino una mediación de ella ha interpelado a otro público: el que no va a ver la serie porque siente que arruinará la imagen del Macondo interior construido durante la lectura. Es una decisión que, en cierto modo, fue promovida por el propio García Márquez. Desde la publicación de Cien años de soledad en 1967, el autor rechazó varias ofertas millonarias para la adaptación cinematográfica de su libro. Él creía que una película sobre los Buendía acabaría con la libertad de los lectores para identificarse con los personajes e imaginarlos a su antojo. Según esto, nadie que haya visto la serie de Netflix pensará en el coronel Aureliano Buendía con un rostro diferente al del actor bogotano Claudio Cataño.
Ese veredicto me parece una exageración. Vi Troya varias veces antes de leer la Ilíada, y en ningún momento de mi lectura imaginé a Aquiles con la estampa de Brad Pitt. Podría decir algo similar con el Pedro Páramo, que interpretó recientemente Manuel García Rulfo o el Gandalf de Ian McKellen. Los universos literarios contundentes como el de García Márquez, Rulfo o Tolkien ejercen tal autoridad sobre el buen lector que no existe casting alguno que pueda reemplazarlos. Javier Bardem no suplantó a Florentino Ariza en la adaptación de El amor en los tiempos del cólera y tampoco Irene Papas derrocó a la abuela desalmada cuando la encarnó en Eréndira. A pesar de su maravilloso papel, dudo que la actriz Marleyda Soto borre a las incontables Úrsulas que millones de personas han concebido en su cabeza durante casi 60 años. La victoria de la imagen cinematográfica sobre los recursos infinitos de la imaginación, esa que Gabo temía y que hoy muchos auguran, está lejos de producirse.

Sospecho que el recelo a la serie basada en Cien años de soledad también se origina en la sensación de que, al adaptar la novela, Netflix está profanándola. Otra exageración. Cien años de soledad no es un texto sagrado, sino una obra maestra escrita por un hombre cuyo talento y popularidad están a la altura de Cervantes, Shakespeare o Tolstoi. Es natural que sea conversada, debatida, criticada y recreada a lo largo de las generaciones, y que las interpretaciones que se hagan en su nombre no sean exclusivas de la literatura, tal como ocurre con el Quijote, Las aventuras de Huckleberry Finn o la Divina Comedia.

Las dos temporadas de ocho episodios con las que Netflix pretende contarnos un siglo alimentan esta secuencia de interpretaciones. Es algo tan saludable para el legado del escritor como las opiniones de los críticos, las discusiones literarias de cantina, las reseñas periodísticas o los proyectos de la Fundación Gabo. Pues forma parte de la inmensa conversación que a diario se sostiene alrededor de la vida y obra de Gabriel García Márquez. Temas tan esenciales para el entendimiento de la condición humana como el amor, la soledad, la muerte y el poder seguirán hablándose gracias a las “profanaciones” de Cien años de soledad: una novela que en la cultura popular ha demostrado tener todas las oportunidades sobre la tierra.
Orlando Oliveros es escritor, periodista cultural y experto en la obra de Gabriel García Márquez.

Fotos: Ulf Andersen, Getty Images; Mauro González, Netflix y Andrés Galeano
Fuente: Diario El País

sábado, 16 de noviembre de 2024

El Macondo de Netflix, la travesía de Cien años de soledad hacia la pantalla

La adaptación de Cien años de soledad como una serie de Netflix llega tras años de debates e interpretaciones sobre la novela de García Márquez
Por: Orlando Oliveros Acosta

Gabriel García Márquez, el autor latinoamericano más adaptado a la pantalla de todos los tiempos, escribió Cien años de soledad en contra del cine. Lo hizo porque ningún productor quiso financiar sus historias de la familia Buendía. Así que se sentó frente a la máquina de escribir y creó un pueblo inaccesible a las cámaras de video. Macondo: veinte casas de barro y cañabrava que solo eran posibles en la mente del lector. Hasta que llegó Netflix.

García Márquez no vivió para contarlo. Mientras estuviera en este mundo, su novela jamás saldría por un proyector. Una consigna que muchos cineastas experimentaron en carne propia. El primero fue Francesco Rosi. En 1969, cuando García Márquez residía en Barcelona, el director italiano telefoneó varias veces a su departamento para convencerlo de que vendiera los derechos del libro. El escritor no cedió. Ese mismo año explicó sus motivos a un periodista. "No quiero que Rosi haga Cien años de soledad porque sus soluciones serán literarias y no visuales: se adaptan novelas y las películas resultan pura literatura", dijo. "Un director de cine debe saber las cosas que quiere expresar, tomar sus notas y escribir su película con la cámara mientras filma. Esta es la única forma que tiene un verdadero creador: que tome su equipo y salga a escribir su película, como hacen los brasileños".

Glauber Rocha, un brasileño precisamente, encontró el modo de burlar este argumento.

—Mira, no quiero llevar tu novela al cine porque es imposible —le dijo a García Márquez—. Pero te advierto que cada vez que esté filmando una película y sea oportuno le inserto un elemento sacado de tu novela.

En la década de los setenta, con el libro traducido a múltiples idiomas, el novelista recibió ofertas millonarias. Un consorcio de productores de Estados Unidos y Europa trató de seducirlo con dos millones de dólares. Él los rechazó. Luego, en 1977, Anthony Quinn afirmó en un programa de televisión mexicano que estaba dispuesto a darle un millón. García Márquez declaró, con evidente sorna, que aceptaba la propuesta bajo una condición: que fueran dos millones, uno para él y otro para la revolución socialista en América Latina. Quinn no insistió más.

En el verano de 1979, el escritor coincidió con Francis Ford Coppola en el Festival de Cine de Moscú. Mientras cenaban en un restaurante de Leningrado, Coppola le contó que Vittorio Storaro, su director de fotografía, soñaba con filmar Cien años de soledad. La idea había surgido durante el rodaje infernal de Apocalypse Now en Filipinas. García Márquez escuchó la anécdota en silencio, a la espera de una proposición. Pero el director de El Padrino no se atrevió a hablar de dinero.

Para Gabo, la principal razón de la incompatibilidad entre su libro y el séptimo arte era la imaginación. Mediante la palabra escrita, los lectores pueden concebir su propia versión de los personajes. En ese sentido, cada lector es libre de imaginar a su manera al coronel Aureliano Buendía. Incluso puede otorgarle facciones de amigos y familiares. Eso no ocurre con el cine, una industria de rostros bien definidos. En la adaptación de Netflix, por ejemplo, Aureliano ya no es el padre o el abuelo de proteico semblante, sino el actor bogotano Claudio Cataño. Úrsula, que durante décadas cargó con la máscara de tantas madres, ahora es la actriz antioqueña Susana Morales.

García Márquez deseaba proteger esta libertad de los lectores para identificarse con sus historias. "La literatura tiene mayores posibilidades de llegar a todo el mundo que el cine", solía decir mientras declinaba las propuestas económicas de las casas productoras. Sin embargo, en 1987, el autor colombiano disminuyó el rigor de su consigna. Cien años de soledad nunca sería una película, se le oyó afirmar entonces, pero podría reproducirse en otro formato. "Un serial de televisión, en diez años, sin adaptación".

Aunque fue una discreta luz verde en el camino de la novela hacia la pantalla, tuvieron que transcurrir treinta y siete años más para que Macondo cobrara vida en un set de grabación. La novela que fue escrita contra el cine, ahora es la apuesta más ambiciosa de Netflix en América Latina. Muchos se preguntan si la serie estará a la altura del mito, si dieciséis episodios divididos en dos temporadas bastarán para contar un siglo.
El problema de ir a ver a García Márquez

"Cuando la gente ve una película basada en un libro quiere que sea una ilustración fiel de este. Pero una adaptación cinematográfica es la trasposición que el público se niega a aceptar". La frase es de García Márquez. Significa que, en ocasiones, las adaptaciones no son malas por sí mismas, sino por los lectores que esperan que sea idéntica al libro.

Esto no representaría ningún inconveniente para Netflix si García Márquez fuera un autor de culto. Pero hablamos del escritor en lengua castellana más traducido del siglo XXI. En una lista de los mejores libros de todos los tiempos que publicó The Economist en julio, Cien años de soledad se ubica primera en el podio, por encima del Quijote y Moby Dick. No cabe duda de que la serie será evaluada por millones de lectores.

—Mala suerte para los directores porque la gente va a verme a mí, no a ellos —dijo García Márquez a fines de los ochenta, a propósito del fracaso crítico y comercial de las adaptaciones de su obra—. Acostumbran a juzgarlos a través de mí, de lo que logran hacer de lo mío, en la medida en que se parecen o no se parecen.

El propio Gabo fue víctima de este fenómeno. En 1964, cuando Carlos Fuentes y él escribieron el guion de El gallo de oro, el público no entró a los teatros para ver su adaptación, sino para ver el relato de Juan Rulfo. La película obtuvo malas reseñas y naufragó en la taquilla. Otras adaptaciones tuvieron un destino similar: El año de la peste (1978), basada en una novela de Daniel Defoe; la serie televisiva María (1991), basada en la novela homónima de Jorge Isaacs, y Edipo alcalde (1996), que recrea Edipo rey de Sófocles en un pueblo de Colombia. A todas, al margen de las reflexiones sobre la técnica y la escenografía, un público difícil las juzgó sin piedad porque esperaban sentir en la pantalla lo que solo es posible experimentar con la lectura.

Aun cuando García Márquez escribió los guiones de varios cuentos suyos, a los estrenos acudieron personas que deseaban ver al escritor, no al guionista. En 1988, año en que se proyectó La fábula de la bella palomera (adaptación parcial de El amor en los tiempos del cólera), Gabo retó a su público lector.

—Ahí sí van a tener un problema, porque yo sí me veo en esa película —dijo—. Todo, fotograma por fotograma. Hasta los encuadres del guion que escribí en México con Ruy Guerra son exactamente iguales.

No estaba claro, sin embargo, si era el escritor o el guionista el que hablaba.
Macondo, un estado de ánimo

A principios de 2012, Steven Spielberg dictó en la Cinemateca Francesa una conferencia sobre dirección de cine. "Me gustan las historias que son claras desde el comienzo, que no están rodeadas de simbolismo o de metáforas", dijo. En Cien años de soledad llueve cuatro años, once meses y dos días, y aquel diluvio deja el aire tan húmedo que los peces pueden salir del río para entrar en las casas y seguir nadando por los pasillos. Hay un cura que levita tras beberse un tazón de chocolate y un hilo de sangre que recorre medio pueblo para avisarle a una madre sobre la muerte de su hijo. No es el estilo de Jurassic Park, aunque en Macondo existan piedras blancas y pulidas como huevos prehistóricos.

"Cien años de soledad es un libro icónico. Sería difícil convertirlo en una película, conseguir que tenga el mismo impacto que cuando lo lees", comentó Woody Allen hace unos años.

Para Rodrigo García Barcha, el primer hijo de García Márquez y uno de los productores de la serie, la dificultad de llevar la novela a la pantalla radica en el respeto que los cineastas le tienen a su padre. "Ha habido demasiado respeto al autor y al texto, a como hablan los personajes. En los libros de Gabo hay muy poco diálogo y, cuando lo hay, es muy poético, muy lapidario. Así no hablan las personas en una película. Se necesita menos respeto y más adaptación, más interpretación", dijo durante una charla del 11° Festival Gabo.

Entre la rebeldía y la interpretación, Rodrigo y su hermano Gonzalo consintieron la creación de un nuevo Macondo: el de Netflix. El pueblo de la serie se construyó en el Tolima, a casi 500 kilómetros del mar Caribe. Una distancia que intenta remediarse con la magia de la dirección artística.

"Macondo, más que un lugar del mundo, es un estado de ánimo", dijo García Márquez en El olor de la guayaba. Sofia Coppola hizo una reflexión parecida respecto a las adaptaciones. "Siempre es un desafío adaptar un libro. Es divertido elegir lo que vas a contar o lo que dejas fuera, algo que acaba teniendo que ver con el estado de ánimo".

De manera que el Macondo de Netflix depende, en gran medida, de lo que Alex García López y Laura Mora, los directores de la serie, tengan en el corazón cuando suene el golpe de la claqueta. También de lo que sientan los guionistas. Sólo ellos, bajo el imperio de las intuiciones cinematográficas, sabrán realmente por qué en la serie, cuando se funda Macondo, José Arcadio Buendía pronuncia frases de "La soledad de América Latina", el discurso de García Márquez en la ceremonia de recepción del Premio Nobel de Literatura. O por qué Amaranta, en medio de su pasión frustrada hacia Pietro Crespi, se corta el antebrazo con una cuchilla de afeitar.

Es la diversión —y el desafío— de incluir o dejar afuera los elementos de la novela. Nadie grita "Si no temes a Dios, témele a los metales" y ningún gigante de torso peludo y cabeza rapada custodia el hielo que asombra a Aureliano Buendía. En cambio, hay un Uroboros pintado en los manuscritos de Melquíades que Gabo jamás describió y la llegada de Rebeca se enriquece con el presagio de un mecedor fantasmal en las salinas de la Guajira.

La serie es un ejemplo notable de que la interpretación de Cien años de soledad no es exclusiva de los lectores. Lo que venga después de ella, como todo lo que ha ocurrido antes, probará también que el legado de García Márquez no le pertenece solo a Netflix. El narrador colombiano, al igual que Macondo, ya es parte del mundo: una inspiración de dominio público. 
 Diseño de ilustración: Julio Villadiego, Fundación Gabo
Fuente: Fundación Gabo

jueves, 19 de septiembre de 2024

Caso Gisèle Pélicot: La vergüenza debe cambiar de bando, ¿y el periodismo?

La periodista Ana Requena Aguilar y la abogada Ana Bejarano reflexionan sobre la perspectiva de género, el uso de palabras como "monstruo" o "víctima" y el activismo a raíz del mediático caso del violador confeso Dominique Pélicot.
Ilustración con la frase "La vergüenza cambia de bando", utilizada en múltiples protestas en apoyo a Gisèle Pelicot

El caso de Dominique Pélicot, el francés de 71 años que durante al menos una década violó a su esposa, Gisèle Pélicot, y reclutó en el mismo período a 50 hombres a través de un sitio web para que la violaran en su casa mientras estaba sedada con un cóctel de ansiolíticos, ha conmocionado al mundo. De los responsables señalados, cuya edad oscila entre los 26 y 74 años, quedan pocas dudas, pues el ahora ex esposo registraba en video las agresiones y aconsejaba a los violadores cómo actuar para evitar que su mujer se despertara. Por los efectos de la sedación, Gisèle Pélicot llegó a creer que tenía problemas de memoria o un tumor cerebral. Probablemente, la situación no habría cambiado si, en septiembre de 2020, la policía no hubiera capturado a su esposo por grabar bajo las faldas de mujeres en un supermercado. Al revisar su computador, los policías encontraron los videos de las violaciones. 

Cuatro años después, ha comenzado el juicio que desde el 2 de septiembre ha atraído la atención mundial tras la decisión de la víctima de ‘dar la cara’ y renunciar al derecho al anonimato para que las sesiones del tribunal de Aviñón, al sureste de Francia, se realicen a puertas abiertas. "Es hora de que la vergüenza cambie de bando", manifestó su abogado, con una de las consignas del movimiento feminista que también busca poner el foco en el uso de la sumisión química en mujeres para abusar de ellas.

Mientras que el esposo y las decenas de acusados –incluyendo un "discípulo" de Dominique que repitió el modus operandi en su propia mujer–, tratan de explicar ante el tribunal de Aviñón sus acciones y se escudan en traumas o violencias del pasado, Gisèle ha dejado de usar las lentes oscuras de sus primeras apariciones públicas y ha sido aplaudida a la salida del juzgado, convertida en rostro de la lucha feminista. "Gracias a todos ustedes tengo fuerzas para llevar esta lucha hasta el final. Esta lucha que dedico a todas las personas, mujeres y hombres que son víctimas de violencia sexual en el mundo. A todas esas víctimas quiero decir hoy: miren a su alrededor, no están solas", declaró este lunes. En las últimas dos semanas, su caso ha abierto el debate sobre la violación y cómo es vista por la sociedad, que a menudo tiende a responsabilizar a las víctimas y sobrevivientes de las violencias que reciben, dejándoles la carga de la vergüenza y un estigma de por vida.

Informar sobre violencia sexual
En los medios de comunicación, las plataformas de periodismo y los periodistas, estos hechos generan preguntas sobre los múltiples elementos en juego: el cubrimiento diario, la perspectiva de género, el binomio periodismo y activismo, el tratamiento de asuntos legales y el sensacionalismo que suele acompañar al relato de estos sucesos, que nacen con audiencias y clics garantizados. 

"Los temas relacionados con la sexualidad siempre despiertan la curiosidad y el morbo de las personas. Esto también se debe a la mojigatería y reserva con la que manejamos esos asuntos socialmente", dice la abogada y profesora Ana Bejarano, columnista en Cambio. Agrega que las denuncias por violencia sexual demuestran el interés del público por estos fenómenos, pero también la facilidad de estigmatizar y caer en desinformaciones. "Revelar lo que pasó sin adornos, incluso si ello deriva en información explícita y compleja, es un buen principio", recalca Bejarano. "Buscar no adornar, adjetivar o calificar las conductas es importante, tanto en el caso del agresor como en el de la víctima". 

Ana Requena Aguilar, cofundadora y redactora jefa de Género de eldiario.es, cree que la perspectiva de género es crucial en estos casos. "La cobertura de los casos de violencia machista y sexual" es fundamental para que "nos preguntemos qué es lo importante al contar, qué es lo relevante, cómo podemos hacer para que estos casos no se entiendan como sucesos aislados, sino como parte de un entramado mucho más grande que se llama patriarcado, se llama cultura de la violación, que tiene un arraigo estructural muy fuerte", dice.

Según Bejarano, que es también abogada del portal de periodismo feminista latinoamericano Volcánicas, el enfoque de género "implica entender los fenómenos de violencia sexual sobre los cuales se reporta"; esto, a su vez, exige "entender por qué una víctima soporta años de abuso, o por qué denuncia tarde. También implica no partir de absolutos sino entender las circunstancias particulares de cada caso, creer a la víctima y hacer reportería que permita verificar y solidificar su dicho". Además, "virar la atención hacia los agresores y no las víctimas es un aspecto del enfoque de género que debe primar en la reportería".

¿Conviene usar la palabra "monstruo" para referirse a un violador?
En un artículo de eldiaro.es, Requena –que cubrió en España los juicios por el caso de violación grupal conocido como La Manada–, reflexiona sobre el caso de Pélicot y critica el uso de palabras como "monstruos" para perfilar o calificar a los culpables de violación, pues retratan esa ‘monstruosidad’ como algo excepcional. "El problema es que la monstruosa violencia machista es la norma y no la excepción, es ejercida por hombres y no por monstruos, y, aunque los casos como el de Gisèle Pélicot existen, buena parte de la violencia sexual sigue pasando por debajo del radar y no suele implicar estrategias tan macabras", escribe. Añade que la imagen del monstruo ha servido para sostener ideas machistas propias de la cultura de la violación, pero que, en realidad,"no existe un perfil de agresor", por lo tanto, "no hace falta ni estar enfermo ni ser un monstruo para cometer una agresión sexual". "De hecho, sabemos que la inmensa mayoría de las agresiones sexuales las perpetran hombres conocidos por las víctimas que, en otros ámbitos de su vida, pueden ser amables, competentes, buenos vecinos, buenos hijos o lo que sea", recalca.

Bejarano considera que, "aunque sí es una monstruosidad lo que sufrió la valiente Gisèle Pélicot, cuando llamamos a su agresor principal como un ‘monstruo’. estamos patologizando, como para darle una explicación a semejante comportamiento inhumano y aberrante. Claro que hay agresores sexuales que padecen enfermedades de salud mental, pero este es un fenómeno tan generalizado en el mundo entero que no podemos atribuirlo a los ‘enfermos’. Las estructuras patriarcales nos empujan a creer que la violencia basada en género es cosa excepcional de ciertos enfermos, pero la realidad es otra: es una de las epidemias más largas y generalizadas de la humanidad".

"Si como periodistas queremos ayudar a que la gente entienda el fenómeno de la violencia sexual y machista, tenemos que hablar de que esto no es producto de mentes enfermas, sino de una sociedad machista, patriarcal, que está atravesada por creencias e ideas que hemos ido heredando, que se han ido transformando también conforme han pasado las épocas, y que siguen muy instaladas en la sociedad", dice Requena Aguilar.

Abordar los pormenores legales de un caso mediático
La identidad de los violadores captados en los videos de Dominique Pélicot ha debido ocultarse por cuestiones legales; a diferencia de la víctima, que decidió mostrarse públicamente. Ello no ha impedido que los nombres de aquellos hayan sido difundidos en algunas redes sociales, y en Mazan, el pueblo en el sureste francés donde ocurrieron las violaciones, algunos pueden reconocerlos. Ante esto, además de explicar por qué no se están difundiendo las identidades, ¿qué pueden hacer los periodistas?

"Muchas veces tenemos que contar las historias en toda su complejidad y con todos sus matices, y cuando no podemos dar ciertos datos u ofrecer ciertas imágenes, explicar a la gente por qué y hacer pedagogía", dice Ana Requena. "Los periodistas y los medios tienen que manejar la información con la mesura necesaria en cada caso en el derecho a la información, la intimidad o la presunción de inocencia", agrega.  

"Estos hombres, ahora mismo, ciertamente, están siendo juzgados y aún no hay una sentencia. Eso puede que mucha gente no lo entienda y quiera conocer los nombres. Pero, efectivamente, requiere aún de algunas cautelas informativas".

Al respecto, Ana Bejarano opina que igual que "ocurre con cualquier fenómeno social complejo que es judicializado, lo que ocurra ante los jueces también es un aspecto que debe ser reporteado. Por dos razones: porque la administración de justicia contribuye a entender mejor cómo ocurren estas situaciones y también porque es importante que la sociedad haga veeduría sobre la manera en que se tramitan estos asuntos ante la justicia".

Además, afirma que "si existen elementos fácticos suficientes y hay reportería que lo sustente, claro que el periodismo tiene el derecho y el deber de individualizar a los presuntos agresores. Lo que ocurre en las dinámicas de las redes sociales no debe guiar los esfuerzos periodísticos. Hacer una investigación periodística seria sobre hombres sindicados de estas violencias no solo es factible jurídicamente, sino necesario para el debate público".  

¿"Víctima" o "sobreviviente"?
La forma de apelar a las personas receptoras de violencia machista ha sido otro punto discutido entre periodistas. "Yo suelo respetar la manera en que ellas se denominan a sí mismas; si una mujer se denomina ‘superviviente’, me parece que siempre hay que respetar la forma en que decide nombrarse", dice Requena. "Existen muchas razones para privilegiar una u otra acepción, creo que lo mejor es acudir a la víctima y entender cómo desea ella ser llamada", resume Bejarano. 

Requena señala además que la palabra "víctima" se ha "denostado" debido a prejuicios e ideas preconcebidas. "Asumimos que la palabra víctima es una losa, y una mujer ya no puede ser entonces nada más que víctima y siempre tiene que mostrarse sufriente, triste y cargar necesariamente con ese drama de una manera visible y contundente. No es así para todas las mujeres; cada una vive esa experiencia a su manera y la atraviesa o la integra –o no– como puede y como sabe".

Por lo tanto, añade: "Me parece que hay que darle dignidad también a ser víctima. Las victimas del terrorismo son las victimas del terrotismo y tambien ahí hay supervivientes. Son víctimas y son supervivientes. Son las dos cosas, y quizá está bien poder entender que los dos conceptos nos pueden servir".

¿A mayor nivel de atención, mayor la carga al informar?
Los casos de violencia, al volverse mediáticos, virales o tendencia en redes sociales, exponen aún más el compromiso de los periodistas al publicar información veraz y cuidadosamente narrada, sea cual sea el tipo de pieza informativa o el canal que utilice. 

"Cualquier investigación periodística que devele fenómenos violentos graves debe tener mucho cuidado en su proceder, pues un error puede tener efectos directos y devastadores sobre las víctimas. En el caso de la violencia sexual, las consecuencias pueden ser irreversibles, en especial para las víctimas", explica Ana Bejarano. Pero eso no debería suponer una limitación o inhibición en el ejercicio periodístico. "Muchas veces la gente se preocupa por las consecuencias de un error sobre personas a quienes se les vulnera la presunción de inocencia. Lo cierto es que esos casos [de denuncias falsas] no llegan ni al 5% a nivel mundial. Es muy raro que una mujer pase por todo lo que tiene que pasar para denunciar estas violencias y estas resulten falsas", agrega. 

Requena Aguilar advierte que los errores éticos o deontológicos saltan más fácilmente a la vista si hay más gente observando el trabajo del periodista. Pero destaca que en los últimos años "cada vez más los públicos y las audiencias reclaman una mejor cobertura de casos de violencia sexual, violencia machista, de derechos sexuales y reproductivos". Existe "una masa crítica muy fuerte", con unos canales que antes no poseía para llegar directamente a los periodistas, como las redes sociales y los programas de suscripción paga.

Periodismo y activismo, otra discusión en el caso Pélicot
Cuando Giséle declaró afuera del tribunal que las víctimas de violación no estaban solas, aludía en parte al apoyo recibido por el movimiento feminista y otras figuras como su hija, Caroline Darian, que ha sido una cara visible en entrevistas en un caso del que se cree que también ha sido víctima inconsciente de violación. "¡Todas somos Gisèle!" fue el grito de las manifestantes que salieron a las calles el pasado 14 de septiembre en varias ciudades de Francia. 

Para Ana Requena Aguilar, discutir sobre la relación periodismo y activismo da "para un congreso entero". En muchos casos, la labor periodística va por un lado y el activismo por otro, pero cree que hay puntos de contacto. Dice que el activismo feminista y el feminismo han permitido que haya periodistas feministas, y han nutrido las redacciones y los medios de periodistas al involucrarlos con ciertos temas y cambiando los enfoques para mejorar. 

Requena señala que en los últimos años el periodismo feminista "ha propiciado" cambios sociales mediante investigaciones y coberturas, que han propuesto enfoques para tratar la "violencia sexual de género, derechos sexuales, violencia obstétrica, cuidados, conciliacion, corresponsabilidad, economía feminista, derechos de las trabajadoras del hogar", entre otros. 

En medio de eso, persisten los cuestionamientos: "Si algo nos achacan es que no somos periodistas sino que somos activistas", dice. "Se hace para intentar desacreditarnos como periodistas, para intentar desacreditar el periodismo que defendemos y que hacemos, como si esa posición implicara tomar parte y, por tanto, apartarse de las reglas periodísticas básicas; esto es, el rigor y la veracidad. Para nada es así". 

Ana Bejarano, por su parte, sostiene que "el debate sobre el periodismo que se declara activista es largo y complejo". Cree que existen "incompatibilidades fundamentales entre la actividad de un periodista investigativo y un activista: el primero tiene como valor fundante la búsqueda de la verdad y el segundo el triunfo de una causa". Con el tiempo, sin embargo, ha visto que "esas fronteras no son tan claras y que además se han usado caprichosamente para menospreciar el periodismo que se autodenomina feminista". 

"Creo que es posible compaginar ambas actividades, al declarar públicamente su pertenencia a una causa y además hacer periodismo serio y responsable", concluye Bejarano. 
Ilustración: Aline Dessine
Fuente: Fundación Gabo

jueves, 15 de agosto de 2024

Nayib Bukele es un fuera de serie para mal

Por: 
Cristian Meléndez
Carmen Aristegui es una periodista de reconocida trayectoria en México. Su cuestionamiento al poder y su defensa de la libertad de prensa en Latinoamérica la convirtieron en el objetivo de persecuciones y espionaje, pero también la hicieron destacar y ganar premios como el de la Sociedad Interamericana de Prensa, el Premio Gabo, entre otros de los más importantes de la región. 

La tarde del pasado 5 de julio, bajo la carpa del Café Libro, en el Gimnasio Moderno de Bogotá, Colombia, sede del Festival Gabo 2024, la lluvia hizo una pausa y permitió un encuentro entre periodistas de GatoEncerrado y Carmen Aristegui, para platicar sobre la situación de El Salvador y escuchar su análisis y perspectiva sobre lo que ocurre en este país centroamericano, donde Nayib Bukele mantiene el poder a pesar de que la Constitución de la República lo prohíbe. 

De acuerdo con Aristegui, Bukele es un líder "fuera de serie para mal" al que no se le puede llamar demócrata, porque rompe las reglas democráticas e intenta "aniquilar moralmente" a los periodistas y críticos. 

Esta es una parte de la plática de periodistas de GatoEncerrado con Aristegui. 

¿Qué piensa del "modelo Bukele" y su forma de mantenerse en el poder?
Bukele es un personaje, yo diría, fuera de serie.  En términos no positivos, pero fuera de serie. Es un político que ha logrado establecer un tipo de gobierno que cuenta con un amplio apoyo popular. No se puede negar que Bukele es un personaje con una aceptación social enorme, que uno lo puede imaginar y entender como producto de un tipo de eficacia gubernamental en la seguridad, a costa de otras cuestiones. Es decir, el modelo Bukele involucra un estado de excepción muy largo, inusualmente extendido, en medio del cual se realizó una elección en la cual resultó presidente, según lo que me han dicho los especialistas de carácter constitucional.

Es un político joven que ha logrado comunicarse de una manera muy potente con la mayor parte de la población, que le ha respondido con esta votación gigantesca [2.7 millones de votos]. No sé si se está discutiendo algún tipo de impugnación electoral, pero hasta donde nos quedamos los que observamos de lejos, el asunto fue un resultado rotundo.

No significa, desde mi humilde punto de vista, que esa votación monumental sea necesariamente legal. Está la discusión de si es legítima, porque la gente fue a votar por él. Entonces es una cosa muy compleja en términos de institucionalidad y de legalidad y de lo que de facto ocurre en El Salvador, con un liderazgo como el de Bukele, que ha logrado esta eficacia de desmantelar –porque lo hizo– a las pandillas.

Sí logró dotar de un grado de seguridad a quien no la tenía, al eliminar de la forma en que se eliminó la presencia organizada de las pandillas. Entiendo que fue sin los procesos judiciales correspondientes. Pues ese es el terreno donde la gente dice: a mí los procesos judiciales correspondientes me resultan menos importantes que mi seguridad.

¿Cree que existe riesgo en que los países de la región se contagien de este "modelo Bukele"?
Pues tiene varios admiradores y varios personajes que están buscando imitarlo. [Javier] Milei, por ejemplo, que envió a su ministra [Patricia] Bullrich recientemente a ver cómo El Salvador había hecho las cosas, por hablar de alguien.

Estamos hablando también de una idea que existe de que exhibir a los presuntos criminales como criminales verdaderos, rompe los debidos procesos y se entra en un choque muy fuerte entre la legalidad y la utilización política de una eficiencia, entre comillas, del tema más sensible de una comunidad que es la tranquilidad. 

¿Qué cree que es lo que logra seducir a otros países o a la misma gente de El Salvador que incluso perdió sus derechos al darle todo el poder?
Estar dispuesto a cambiar seguridad por derechos, cambiar seguridad por legalidad. Y muchas personas dicen: para qué quiero legalidad si es ineficiente. Es una sacudida brutal a la ineficiencia gigantesca de las democracias y al colapso del Estado de derecho, a la ineficacia de los gobiernos y las policías y las fiscalías. Entonces, tomar decisiones de esta naturaleza, que en la lógica legal resultan arbitrarias, pero que al final de cuentas la mayor parte de la población dice: necesitamos sacudirnos de la criminalidad. 

Yo no sé si quedó El Salvador resuelto en todos sus términos de criminalidad, no lo sé. Pero quedó una expresión política como la de Bukele, de "si todos sabemos que son ellos [los delincuentes], vamos a meterlos a la cárcel porque tienen tatuajes". O sea, el tatuaje como un sustituto de un juicio y un cumplimiento de lo que digan los códigos.

¿Considera que hay diferencias entre los regímenes de Nicaragua, Venezuela y El Salvador?
Pues mire que hay diferencia, porque estamos hablando de dictaduras. En el caso de Bukele, hay personas, yo he escuchado a colegas suyos como los colegas de El Faro, a Carlos Dada, por ejemplo, que el día que fue la elección de Bukele esta se considera inconstitucional, a pesar del resultado abultado a su favor. Él dijo: "Empieza una dictadura". 

Bueno, dictadura es la de [Nicolás] Maduro, dictadura es la de [Daniel] Ortega y la de Bukele es una circunstancia inconstitucional y, por lo tanto, si nos vamos al purismo de la ley, sería una dictadura, porque se impuso alguien que técnicamente no tendría derecho a estar en la elección.

De hecho violó las leyes electorales…
Pues ese es el tema, porque al final eso pudo ser posible porque hubo un paso previo. Ustedes me lo contarán mejor que yo, pero si no me equivoco un paso previo fue haberse apropiado del Poder Judicial, y al apropiarse del Poder Judicial y de todos los poderes, pudo reinterpretarse lo que entiendo que es muy claro en la Constitución, que es la no reelección. 
Allí empieza a discutirse: ¿Qué cosa es Bukele? Porque si concentra todo el poder y los demás poderes de la República están sometidos a la presidencia, pues eso ya no es democracia.

En una situación como la de El Salvador, ¿cuál es el reto que tienen los periodistas para ejercer la profesión en un país donde los derechos humanos están suspendidos?
No seré yo la que te lo cuente a ti, pero por supuesto que conocemos casos muy delicados. Por ejemplo, mencioné a Carlos Dada de El Salvador, que son personas que conozco. Sé que no puede estar ahí. O sea, si un equipo de comunicación digital o no digital tiene que irse de su país para seguir haciendo periodismo, pues ese es el principal indicador de que las cosas son muy graves para quienes se dedican a informar.

¿Cómo pueden los periodistas y medios independientes recuperar la confianza de las audiencias cuando los gobiernos desprestigian al periodismo?
Mira: no hay fórmula secreta para ese tema ni mucho menos. Este fenómeno se da en varios países, México incluido, y hay ya un patrón de conducta de varios líderes de todo el mundo que han encontrado rédito en dañar estos dos ejes principales del periodismo, que es la confianza y la credibilidad que las audiencias deben tener en sus periodistas. 

Es clarísimo que les ha traído réditos porque han ido minando la confianza en las noticias, han ido minando la confianza en los periodistas y eso habla de cualquier cosa, menos de los demócratas. 

Son actuaciones contrarias a la democracia, dañinas a la democracia, hechas por presidentes, algunos emanados de procesos democráticos, que luego se distorsionan con procesos, como el de Nayib Bukele que se reelige de esta otra manera, pero en su momento fue electo democráticamente, como fue electo democráticamente [Gustavo] Petro o como fue electo democráticamente AMLO [Andrés Manuel López Obrador]. O como han sido electos democráticamente algunos otros que, una vez ya instalados en el poder, empiezan a desmontar factores fundamentales, como la libertad de expresión o el daño directo y calculado políticamente contra críticos, opositores y periodistas.

Finalizo con esto: usted, como periodista, ¿cómo define a Nayib Bukele?
Un fuera de serie para mal.

¿Un mal necesario para la población que ha comenzado a experimentar una vida sin pandillas? 
No lo vería así, porque yo respeto, por supuesto, a una población que mayoritariamente decide lo que decida, pero aquí sí se debe mantener el filo de la crítica. Se le tiene que decir a la población, por más que haya votado por Bukele, que aquí se dinamitaron cosas esenciales de una democracia como que debe respetarse la Constitución, o procesar, meter a la cárcel masivamente a personas sin los debidos procesos judiciales… es algo que se tiene que decir… o utilizar la popularidad y la fuerza que te da la aceptación de tu pueblo para apropiarse de los demás poderes y ejercer un tipo de gobierno que se aleja de la democracia. Se debe decir. 

Por eso los periodistas y los analistas y los críticos son necesarios para las democracias y los presidentes que tratan de aniquilar moralmente a los periodistas no son demócratas. Los presidentes o líderes políticos que no aceptan que la crítica es indispensable, por más disgusto que les cause, no se les puede llamar demócratas.

Esta entrevista se realizó como parte del taller "El arte de la pregunta: la entrevista como dialéctica, narración y dramaturgia", que dirigió Albert Lladó el 4, 5 y 7 de julio del 2024 en Bogotá, Colombia, como parte de las actividades del 12º Festival Gabo. El taller se realizó en alianza con la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte, y la Red Distrital de Bibliotecas Públicas – BibloRed, con el apoyo de Acción Cultural Española gracias a su Programa para la Internacionalización de la Cultura Española (PICE).
Foto: Faber Franco
Fuente: Fundación Gabo

domingo, 10 de marzo de 2024

Gabo y Kapuscinski, dos maestros del periodismo para seguir

Por: Julio Petrarca, Defensor de los lectores de Diario Perfil
En la semana que termina, hubiesen cumplido años dos de los grandes maestros del periodismo: Gabriel García Márquez (nacido el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia; muerto en 2014) y Ryszard Kapuscinski (nacido el 4 de marzo de 1932 en Pinsk, Polonia; muerto en 2007). Este ombudsman quiere hoy recurrir a algunas de las inspiradoras definiciones de ambos acerca del ejercicio de esta profesión, en la certeza de que habrán de servir a nuevas generaciones de periodistas y –tal vez, en utópica ilusión– a ciertos comunicadores que trabajan en los medios con más vocación de voceros del poder que de auténticos buceadores en lo que viven, gozan o padecen los pueblos, el nuestro incluido.

Dijo o escribió García Márquez, cuya novela póstuma, En agosto nos vemos, llega en estos días a las librerías argentinas (sus crónicas y reportajes debieran estar en las bibliotecas de todo aquel que quiera ejercer esta profesión):
  • Considero que mi primera y única vocación es el periodismo. Nunca empecé siendo periodista por casualidad –como mucha gente– o por necesidad, o por azar: empecé siendo periodista porque lo que quería era ser periodista.
  • La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor.
  • Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética. Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan.
  • La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.
  • La investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición.
  • En un buen artículo puede no haber buenos ni malos, sino hechos concretos para que el lector saque sus conclusiones.
  • (El periodismo) es importante porque es un género literario con los pies puestos sobre la tierra.
  • El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad.
Cada libro de crónicas, cada trabajo de investigación, cada reportaje, cada parte de guerra de Kapuscinski es, también, un ejercico de buen periodismo. Algunas de sus frases:
  • Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.
  • La ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso.
  • El nacionalismo es algo intrínsecamente malo por dos motivos. Primero por creer que unas personas son, por su pertenencia a un grupo, mejores que otras. Segundo, porque cuando el problema es el otro, la solución implícita de este problema siempre será el otro.
  • Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias.
  • Momentos amargos para un periodista: tener una información de importancia mundial y no poder transmitirla.
  • El pasado no existe. Solo existen sus infinitas interpretaciones.
  • No seas codicioso, no pugnes por estar en primera fila, haz gala de moderación y humildad, si no, te alcanzará la fustigadora mano del Destino, que corta las cabezas de los engreídos.
  • El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en prender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse.
  • Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático.
  • Sin la memoria no se puede vivir, ella eleva al hombre por encima del mundo animal, constituye la forma de su alma y, al mismo tiempo, es tan engañosa, tan inasible, tan traicionera.
Fuente: Diario Perfil

domingo, 19 de marzo de 2023

Jean-François Fogel 1947 - 2023

El periodista francés Jean-François Fogel, que era presidente del Consejo Rector de la Fundación Gabo y maestro de esta institución de periodismo, falleció este domingo a los 76 años tras sufrir un accidente cerebrovascular, según informó la fundación colombiana en un comunicado. Fogel fue uno de los pioneros del periodismo digital en el mundo. Fue maestro de la Fundación Gabo desde 2002, a la que se vinculó por invitación de su fundador, Gabriel García Márquez.

La Fundación Gabo expresa su más profundo pesar por el fallecimiento de Jean-François Fogel, reconocido periodista, asesor de medios y ensayista francés, quien se desempeñaba como miembro de la Junta Directiva, presidente del Consejo Rector y maestro de la institución fundada por el premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez para promover el periodismo de calidad en Iberoamérica.

El director general de la Fundación, Jaime Abello Banfi, junto con los compañeros de Jean-François en el Consejo Rector y la Junta Directiva, así como los miembros del equipo de la organización con sede en Cartagena, Colombia se solidarizan con la familia y allegados del maestro Fogel, considerado uno de los pioneros del periodismo digital en el mundo.

Así se pronunció Abello Banfi tras conocer la noticia del fallecimiento:
"Maestro, consejero, directivo, amigo, cómplice, Jean-François Fogel nos acompañó por más de dos décadas con el máximo entusiasmo, compromiso y generosidad en talleres, seminarios, jurados, Festival Gabo, asesorías a colegas y proyectos, diálogos frecuentes con nuestro equipo, especialmente con los más jóvenes, en los que desplegaba su infinita curiosidad y singular sentido del humor, y reuniones de Consejo y Junta para las cuales viajaba a Colombia y otros países de la región varias veces al año. De hecho, sufrió el accidente cerebro vascular pocas horas antes de la primera reunión del año de nuestra  junta directiva, para la cual había confirmado su participación en línea desde París. Y se encontraba preparando para la Fundación Gabo, con enorme entusiasmo, un nuevo programa de formación para responsables de equipos periodísticos de medios nativos digitales.

Jean-François tenía un profundo conocimiento e interés en América Latina y la cultura hispanoamericana, escribió libros sobre Cuba y Colombia, fue buen amigo de Gabo, a quien conoció a principios de los años 70, amaba el periodismo y la literatura, se preocupaba por la libertad de expresión y la calidad de la democracia en la región e hizo primero que nadie lo que hoy llamamos transformación digital, de la cual se volvió experto práctico, promotor generoso y guía clarividente. Deja una impronta duradera para el nuevo periodismo del continente. 

Es irremplazable y nos va a hacer mucha falta, pero lo recordaremos siempre y le vamos a rendir el homenaje que se merece en el 11º Festival Gabo en Bogotá".
Un pilar fundamental de la Fundación Gabo
Jean-François Victor Fogel nació el 3 de marzo de 1947 en Gargenville. En 2002, por invitación de su amigo Gabriel García Márquez, ingresó a la nómina de maestros de la entonces Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. En sus más de dos décadas en la Fundación Gabo, no solo destacó como maestro de talleres, sino que también se comprometió fuertemente con la sostenibilidad y la visión a futuro de la institución. 

Fogel dejó un importante legado en la formación de periodistas y en la transformación del periodismo en la era digital. En sus talleres transmitió su experiencia en la renovación de empresas de medios, especialmente Le Monde, la cual ayudó a rescatar de una de las más difíciles crisis de su historia, a mediados de los años 90, con la disruptiva implementación del portal web del medio. 

Insistió en la necesidad de las organizaciones periodísticas de adaptarse continuamente a las transformaciones del entorno digital y a las formas de consumo de las audiencias, y de evitar caer en rutinas que llevan a rechazar el cambio.

“Publicamos para que ellos nos lean (...). En medio de la multioferta de contenidos y opciones en el uso del tiempo, si no se logra esto, simplemente se pierde o fracasa”, dijo en un taller que dirigió para editores de medios en 2019. Por ello insistía en una máxima en cada uno de sus talleres: hay que hacer un periodismo indispensable.

En sus participaciones en seminarios y charlas compartió sus reflexiones sobre la ética periodística y la desinformación, muchas de ellas recogidas en el libro El periodismo ante la desinformación. “La objetividad es inalcanzable sobre todo en un mundo de versiones contradictorias. La honestidad sí se puede conseguir”, decía. 

Su labor como miembro destacado del Consejo Rector y su rol de mentor para el equipo de la Fundación Gabo son muestra de su dedicación a la promoción del periodismo de calidad en Latinoamérica.
El nuevo régimen de la prensa 
Es una antigua historia. Un agente de aduanas inspecciona un camión. El conductor no transporta ninguna carga. El aduanero le permite pasar la frontera sin mayor preocupación, pero, durante años, ve que ese mismo chófer llega a la aduana, y siempre de vacío. Ninguno de los registros realizados al vehículo que conduce revela la presencia de mercancía alguna, ni de un escondite. No se puede culpar al agente de que, en momentos de desesperación, desmonte el camión pieza a pieza, puesto que resulta evidente que en esos viajes se trafica con algo.

Unas horas antes de jubilarse, en el momento en que acaba su última jornada laboral, nuestro aduanero ve aparecer al mismo conductor, no aguanta más. Tras una infructuosa y definitiva inspección, le promete impunidad y le suplica que revele el fraude. "Se acabó —le dice—, esta noche dejo la aduana, pero para poder disfrutar en paz de la jubilación, antes de marcharme, necesitó saber qué traficas: ¿drogas, divisas, pasajeros clandestinos?" Dos palabras abaten al futuro pensionista: "Trafico camiones".

Los pioneros del periodismo digital, durante mucho tiempo, han contado este chiste, identificándose con el camionero. Porque sus compañeros de otros medios de comunicación, los proveedores, incluso los accionistas y colaboradores han fantaseado con lo que proporcionaba la prensa on line. Para unos, eran periódicos que se distribuían de un modo más rápido. Para otros, la señal de una radio o una televisión liberada de las ondas y de la obligación de emitir de continuo. Algunos consideraban que se trataba de transmitir la información de las agencias de prensa, directamente del productor al consumidor. Y aún otros pensaban que sólo significaba un añadido a las listas de las noticias más consultadas que Google o Yahoo! actualizan incesantemente.

A menudo, una maldición se incorporaba al cargamento. Los cancerberos de la ética predecían la venta online de entradas para espectáculos en la sección «Cultura» y la aparición de corredores de bolsa en la de «Economía». Los doctos consideraban a los periodistas del nuevo medio unos aprendices de brujo dispuestos a matar la letra impresa. Y algunos paranoicos detectaban detrás de las páginas digitales de prensa a un «Gran Hermano» con residencia en Washington, una globalización de la información al servicio de las multinacionales o, al confundir ciberespacio con lugar de libertad, la promoción de una utopía libertaria.

Esta perspectiva tergiversada, que presume una carga y no ve el camión que la transporta, es la deuda de reconocimiento para con el periodismo on line. Se desconoce lo específica que resulta la actividad. Las páginas que difunden música, venden viajes o subastan cualquier tipo de objetos, ofrecen escuchar la misma música de un CD que se ha comprado en una tienda de discos, subir al mismo tren o al mismo avión que con un billete adquirido en una agencia, u obtener el mismo objeto que adjudica un subastador. Las páginas de información escapan a esta similitud. Lo que se muestra en la red no se compara con lo que proporciona el periodismo, ni con un libro, un periódico, el cine, la radio, ni con la televisión.

En Internet ha nacido una nueva prensa, con su propia identidad, su lenguaje y un crecimiento tan vivo que desafía a sus competidores. 
El miedo a perder lectores en beneficio de las páginas digitales informativas se convirtió en la rutina de los periódicos, antes de que
también se preocuparan por ello los medios audiovisuales. No obstante, este juego de resultado cero, en el que un medio ganaría en audiencia y en ingresos publicitarios lo que el otro perdiese, es una visión falsa, estrecha de miras, y sin base de una ruptura histórica.

Igual que cualquier otro gremio que se enfrenta a una revolución tecnológica, el periodismo se ofusca.

Quiere creer que con que se proporcione a Internet un puesto suplementario bastará para que los mismos medios de comunicación de masas ocupen un lugar alrededor de la mesa de la información y jueguen la misma partida delante de una audiencia muda. Los primeros pasos
de periodismo on line barren esa quimera. Internet no es un soporte más; significa el final del periodismo tal y como se ha vivido hasta ahora. Sometido a la omnipresencia de un medio nuevo, despojado, poco a poco, de la competencia con los distintos soportes, revisa cada día un poco más su relación con la audiencia. La prensa bajo el régimen de Internet no ha iniciado un nuevo capítulo de su historia, sino más bien otra historia.
'La Prensa sin Gutenberg', de Jean-François Fogel, Bruno Patiño
Observador y visionario de los medios
Licenciado en Ciencias Económicas del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), Fogel trabajó en varios medios de comunicación franceses, incluyendo la Agencia France-Presse, Le Point, el Magazine littéraire y el diario Libération, donde llegó a ser redactor jefe.   

Jean-François desarrolló una prolífica carrera como asesor de empresas de medios en Europa y América. Obtuvo gran reconocimiento por su trabajo en la creación y desarrollo, en 1995 junto con Bruno Patino, de lemonde.fr, el sitio web del diario Le Monde, que se convirtió en el sitio de noticias líder del mundo francófono. Luego, fue asesor del New York Times, lideró la renovación de los sitios de los diarios del grupo francés Sud Ouest y se encargó de la creación de una plataforma de información digital para el grupo France Télévisions, uno de los tres más importantes de Francia. 

Escribió varios libros a lo largo de su carrera, entre ellos el ampliamente traducido La prensa sin Gutenberg (2007), un ensayo sobre el surgimiento del periodismo en internet. Se especializó en política e historia latinoamericanas y publicó varios libros sobre la revolución cubana y el auge del narcotráfico en América Latina, incluyendo Fin de siglo en La Habana (1994) y El testamento de Pablo Escobar (1995).

Apasionado por la literatura, fue recopilador y prologuista de Federico García Lorca, Bruce Chatwin y Paul Morand, este último objeto de su libro Morand-Express, por el que fue galardonado con el Premio Broquette-Gonin de la Academia Francesa (1981).

A lo largo de sus últimas décadas, Fogel se dedicó a la enseñanza y formación de periodistas y profesionales de los medios de comunicación. Fue director del Executive Master of Media Management, de Sciences Po, y maestro de la Fundación Gabo, en la que dirigió decenas de talleres y participó en numerosos seminarios y charlas sobre el manejo y la sostenibilidad de las empresas de periodismo, la ética periodística, la desinformación y la innovación tecnológica en los medios de comunicación.

En una entrevista concedida en 1983 al diario colombiano El Tiempo, Gabriel García Márquez dijo: "Al escritor no lo mata nadie. Ni siquiera la muerte". Con esa misma perspectiva se puede considerar la figura de Jean-François Fogel, un hombre cuya labor periodística y ensayística perdurará siempre en la memoria de sus seres queridos y en la consciencia ética de los colegas de las futuras generaciones.
"El desarrollo tecnológico y, sobre todo, el teléfono móvil favorecen el nomadismo. Vamos a una audiencia conectada de manera permanente a una red inalámbrica. Y ello supone cambios de conducta, ya que las personas conectadas descubren nuevos consumos de contenidos y lugares y momentos que no existían antes del teléfono móvil. La salida de la crisis será con el teléfono en el bolsillo", Jean-François Fogel

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