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sábado, 26 de septiembre de 2026

Fotografiar la marcha de una ciudad desde adentro

En Deriva en marcha, Paula Sarkissian reúne fotografías y escritura para recorrer las movilizaciones de Rosario desde una mirada situada: cuerpos, gestos, símbolos y territorios que se transforman cuando una multitud ocupa la calle. Entre el documento y la expresión artística, el libro también explora la memoria, los feminismos, la tecnología y las distintas formas de habitar la ciudad.

Hay fotografías que registran una manifestación y fotografías que, además de registrarla, intentan entender qué ocurre con los cuerpos, los gestos, los símbolos y las emociones cuando una multitud sale a ocupar el espacio público. En Rosario, Paula Sarkissian viene trabajando desde hace años en ese territorio movedizo donde la fotografía se cruza con las calles, la memoria, los feminismos, la participación y las distintas formas de apropiarse de una ciudad.

Fotógrafa, educomunicadora y militante feminista, Sarkissian acaba de publicar Deriva en marcha, un fotolibro que reúne fotografías y escritura y que integra la Colección Derivaciones de UNR Editora, un proyecto de la Dirección de Comunicación Multimedial y la Maestría en Comunicación Digital Interactiva de la Universidad Nacional de Rosario.

El libro propone recorrer las manifestaciones desde una mirada que no se detiene únicamente en el acontecimiento: observa los cuerpos, los gestos, los símbolos, los recorridos, aquello que podría llamarse el sonido imaginado de una marcha y también las marcas que las movilizaciones dejan sobre la ciudad. La propuesta incorpora, además, una dimensión interactiva a través de códigos QR y un mapa que permite localizar algunas de las fotografías.

La publicación no apareció de manera repentina. Fue, para Sarkissian, el resultado de un llamado de atención y también de una invitación a reunir en un mismo objeto buena parte de una práctica fotográfica que viene desarrollando en las calles de Rosario.

El libro forma parte de una colección cuyo primer número estuvo dedicado a otra deriva: la de los bares de la ciudad. En el caso de Deriva en marcha, la convocatoria proponía pensar la ciudad y la fotografía en el contexto de las manifestaciones sociales.

Sarkissian tuvo entonces que volver sobre sus fotografías y reunir un archivo que, en buena medida, habla de aquello que constituye el centro de su trabajo.

"Básicamente hablan de eso, no hago mucha otra fotografía", explica en Señales.

El proceso de selección no fue sencillo ni inmediato. Durante aproximadamente un año, marcado también por un contexto de fuerte conflictividad social, las fotografías que integrarían el libro fueron cambiando varias veces, al igual que los textos que las acompañarían. La publicación fue así también un proceso de maduración.
La fotografía como deriva
Volver sobre el archivo implicó para ella volver a mirar. Y volver a mirar, sostiene, nunca es exactamente lo mismo.

"Siempre volvemos a mirar el propio archivo, que cada vez que lo miramos es una mirada distinta, porque la lectura siempre es contextual".

Cuando el archivo es propio, agrega, aparece además una dimensión comparativa: permite observar la propia historia, contrastar momentos y revisar incluso la rigurosidad con la que se trabajó en cada etapa.

En ese ejercicio de volver sobre lo fotografiado aparece una de las palabras centrales del libro: deriva. El término remite a una variación lenta y continua de una trayectoria o una dirección, pero también a una forma de desplazamiento que supone dejarse llevar y perder, aunque sea parcialmente, el control.

Para Sarkissian, esa deriva adquiere una dimensión particular cuando fotografía una movilización.

Es "un instante ahí semi-irreal", dice. Un momento en el que cree que, de alguna manera, pueden congelarse las emociones.

La propia idea de congelar el tiempo, sin embargo, contiene para ella una contradicción. La fotografía se sostiene en parte sobre esa fantasía de detener aquello que inevitablemente continúa.

"Una cosa absolutamente ficticia que uno también le impone a veces a la fotografía", define, es ese "restito de verdad y de presencia" que se espera de una imagen fotográfica.

En la práctica, explica, esa ilusión puede transformarse en algo casi irracional: el fotógrafo queda atrapado por la lógica del obturador y por la idea de que puede congelar un instante, aun sabiendo que detener el tiempo es imposible.

"Entonces, bueno, meterse en esa fantasía de detener el tiempo que es la fotografía es bastante ficticio", resume.

Fotografiar una marcha supone, al mismo tiempo, buscar y dejarse encontrar. Sarkissian no renuncia a ninguna de las dos posibilidades. Hay una parte de la fotografía que, para ella, está hecha de insistencia: insistir en estar, en buscar, en volver a un lugar y también en regresar al propio archivo para recuperar herramientas que permitan expresar aquello que se quiere decir.

Porque en su fotografía hay una intención.

"Hay mucho de lo que quiero decir, muchas ganas de decir", reconoce, aunque inmediatamente introduce una duda sobre el resultado: "no sé si logradas".

Ese deseo de decir atraviesa el momento en que la realidad se transforma en imagen. Entre una cosa y otra suceden, según su mirada, "un montón de transformaciones imaginativas".
Adentro y afuera de la marcha
En ese proceso, la fotógrafa ocupa una posición doble: está adentro y afuera al mismo tiempo. Se encuentra involucrada en aquello que registra, pero necesita también tomar cierta distancia para poder verlo.

Para Sarkissian, esa posibilidad de correrse, entrar y salir constituye una forma de darle a la situación la oportunidad de abrirse a nuevas miradas y a un destino incierto.

La distancia, en su caso, tampoco significa neutralidad. Por el contrario, está vinculada con una idea que reconoce como propia de los feminismos: la acción y la práctica situada. Alejarse no implica abandonar el compromiso, sino desprenderse de cierta pretensión de ocupar un lugar exterior a aquello que sucede.

"Un poco soy parte de esta historia", explica.

Lo que hace como fotógrafa, entonces, no se limita a registrar lo que ocurre: también tiene que ver con aquello que la situación le produce.

Esa tensión aparece de manera especialmente visible cuando participa de las marchas de las que forma parte. En muchas ocasiones, cuenta, ni siquiera quiere ocupar el lugar convencional de la fotógrafa. Prefiere estar atrás, mezclada con la marcha, participando de lo que ocurre.

Recuerda incluso que, cuando comenzó a sacar fotografías, miraba su propio archivo y se sorprendía de la cantidad de imágenes tomadas desde atrás. "Qué buenas fotos de nuca que tengo", pensaba.

Con el tiempo encontró en esas imágenes una manera particular de entender su propia posición. Fotografiar desde atrás de la marcha también revela algo sobre el lugar que ocupa quien registra: una forma de estar dentro de la escena sin dejar de mirarla.

Para ella, esa posición está directamente relacionada con una concepción de la fotografía como expresión de activismo. Y supone, al mismo tiempo, no perderse en ninguna pretensión de objetividad.

Hay ocasiones, sin embargo, en las que la fotógrafa directamente deja de serlo para convertirse en una participante más.

Sarkissian señala particularmente las marchas vinculadas con la despenalización de la marihuana, un espacio al que su activismo fotográfico estuvo asociado desde hace años. Va a esas marchas con la cámara, pero su lugar dentro de la actividad también puede ser otro: llevar la bandera, estar con sus compañeros, colaborar con la organización y participar de aquello que sucede.

En esas circunstancias, admite, a veces se pierde algunas fotografías de la marcha porque está ocupando otro lugar.

En otros espacios, en cambio, especialmente en aquellos vinculados con los feminismos, las asambleas y las marchas, esa pertenencia refuerza su posición como fotógrafa. Allí permanece con mayor frecuencia "del otro lado del lente", registrando lo que sucede.

Por eso, para Sarkissian, la neutralidad no es una posibilidad real ni una aspiración. "No creo que haya ninguna neutralidad, no hay ningún espacio para la neutralidad y yo tampoco no la pretendo", afirma.

Eso no significa, sin embargo, que la distancia carezca de valor. Al contrario: considera necesario tomar determinada perspectiva para poder observar cómo se compone una escena y decidir qué quedará dentro y qué quedará fuera de la fotografía.

Toda imagen implica un recorte. "Uno hace un instrumento del recorte", plantea.

El fotógrafo se pregunta qué va a quedar afuera y, para responder, necesita cierta perspectiva sobre lo que está ocurriendo. La fotografía ofrece entonces una posibilidad y, al mismo tiempo, una responsabilidad: decir qué se va a ver y qué no se va a ver.

Para Sarkissian, esa decisión ocurre más allá del lente. Hay que elegir por dónde pasa el corte.

Su trabajo se mueve así en una zona en la que el documento y la mirada artística no aparecen como términos necesariamente opuestos. La fotografía puede funcionar como testimonio de un acontecimiento, pero también como una interpretación subjetiva de aquello que sucede.

Sarkissian viene pensando especialmente en esa relación y en el poder que tienen las fotografías frente a otras formas de producción visual.

La cuestión adquiere relevancia en una sociedad que define como "muy hiper visualizada", en la que cada vez resulta más difícil distinguir entre fotografías, imágenes y gráficas. Todo parece circular simultáneamente.

En ese contexto, considera que a veces resulta más eficaz utilizar recursos plásticos que intentar sostener una supuesta objetividad.

La razón es la misma que atraviesa buena parte de su concepción de la práctica fotográfica: la objetividad no existe como tal y, por lo tanto, tampoco puede ser alcanzada. Pero además, sostiene, tampoco tendría necesariamente sentido perseguirla.

Las imágenes participan de un campo de disputa por el sentido, de una "batalla cultural" en la que las militancias intentan hacer escuchar determinadas voces.

Desde esa perspectiva, la imagen también puede tener una función persuasiva. Algunas herramientas plásticas pueden otorgarle mayor capacidad para comunicar y para intervenir en esa disputa.

La fotografía, al mismo tiempo, posee una característica que para Sarkissian resulta particularmente interesante: puede ser extraída de su contexto y comenzar a decir otra cosa.

Esa posibilidad deja a la fotografía en una zona ambigua, un espacio intermedio entre el arte y el documento. Para Sarkissian, allí aparece precisamente una grieta que vale la pena explorar.

Es una zona "muy plástica", dice, que permite comunicar desde un lugar ligado a la emoción mucho más que a la información pura.
El cuerpo que transforma la ciudad
Esa búsqueda también aparece en la selección de imágenes que finalmente llegó al libro. Sarkissian no sintió que hubiera una censura sobre las fotografías ni que hubiera imágenes demasiado literales que debieran ser descartadas.

Después de ver el libro terminado, sin embargo, descubrió un sesgo propio en el recorte: hay más presencia de lo anónimo que de lo personal, más cuerpos que personajes.

Algunas personas aparecen de manera singular y reiterada en las calles y ella tiene numerosos retratos de esas mismas personas a lo largo de su archivo. Sin embargo, al seleccionar las fotografías para Deriva en marcha, eligió mayoritariamente otro camino.

"Elegí mucho más el camino de lo anónimo", explica.

La decisión le permitió representar mejor aquello que le interesa pensar: "el cuerpo en la calle".

El otro límite fue material. No podía hacer una enciclopedia. La cantidad de fotografías que finalmente integraron el libro estuvo condicionada también por las posibilidades de la publicación y por una decisión formal fundamental: la impresión en blanco y negro.

Para una fotógrafa que viene trabajando principalmente desde la diversidad y los feminismos y que habitualmente utiliza el color pleno, la transformación fue un desafío. En ese proceso tuvo una ayuda decisiva de Sebastián Suárez Meccia, con quien pensó cómo trasladar a otra escala cromática aquello que normalmente construye desde el color.

El blanco y negro no fue solamente una cuestión de impresión. También modificó su mirada sobre las imágenes. "Sí, totalmente", responde cuando reconoce ese cambio.

Para ella, esa ausencia de color lleva a pensar en un gradiente de emociones diferente, más próximo quizás a un costado épico.

Apareció entonces otro trabajo de mediación: trasladar hacia la imagen esa dimensión extrema de lo épico y lo heroico sin que las fotografías perdieran aquello que originalmente contenían.

También allí intervino la edición. El trabajo editorial de Joaquín Paronzini fue, para Sarkissian, fundamental.

"Una cosa es poner 30 fotos apiladas y otra cosa es hacer un libro", señala. Y el resultado, afirma, le parece "bellísimo".

Pero Deriva en marcha no se limita a las fotografías. La escritura apareció como una segunda posibilidad para decir aquello que una imagen no siempre puede expresar.

Sarkissian cuenta que escribir también le permitió sacarse las ganas de hacerlo y que, durante el proceso, dio un salto importante en su relación con la escritura. La posibilidad de realizar un final de obra con Gabby de Cicco fue especialmente significativa y representó, según ella, un avance enorme tanto para el texto como para su propia posición al escribir.

Las palabras le permitieron, además, anclar las fotografías en determinadas ideas y pensamientos sobre aquello que ocurre cuando las movilizaciones atraviesan una ciudad.

En ese punto aparece uno de los conceptos centrales del proyecto: la transformación del territorio.

Cuando pasan los movimientos sociales, las marchas y las multitudes, explica Sarkissian, la geografía impuesta se deforma. Se alteran los sentidos de circulación, se modifica la presencia de los cuerpos en las calles y cambia la relación habitual con el espacio urbano.

Es un fenómeno profundamente fotografiable, pero también un acontecimiento que deja rastros.

Las movilizaciones dejan huellas físicas en la ciudad y, al mismo tiempo, marcas en la memoria colectiva. No se trata solamente de ocupar un espacio ya existente, sino de transformarlo temporalmente y producir otra geografía a partir de los cuerpos que lo recorren.

Mirar Rosario a través de esas marchas también le permitió reconocer una ciudad diferente.

Sarkissian habla de una ciudad que concentra mucho "desde los bordes", una ciudad con muchos bordes y con muchos "marrones". Es precisamente en las manifestaciones sociales, sostiene, cuando esa "marronitud" cobra presencia y centralidad: aparece el cuerpo, la presencia, el sonido.

Frente a una ciudad que muchas veces muestra edificios, superficies y estructuras que pueden resultar "hostiles y plásticas", particularmente en su relación con el río, las manifestaciones producen otra escena. Le ceden espacio a voces y personas que llegan desde los márgenes y que modifican completamente la fisonomía urbana.

En esa transformación, la ciudad deja de ser solamente escenario y se convierte en parte del acontecimiento.
Del papel a la calle
En Deriva en marcha, la tecnología no aparece como algo enfrentado al papel. El libro incorpora códigos QR y un mapa interactivo que permite localizar las fotografías en el territorio y regresar al lugar exacto en el que fueron tomadas.

Esa decisión forma parte de una apuesta más amplia de la Colección Derivaciones: cruzar lenguajes analógicos y presenciales con otros vinculados con la virtualidad.

Sarkissian lo explica de este modo: El libro y la colección buscan poner en diálogo los lenguajes analógicos y presenciales con los virtuales, y pensar las interfaces entre ambos en un momento en que las formas presenciales de participación están siendo disputadas por la aparición de las inteligencias artificiales.

El libro suma así una capa de interactividad que no reemplaza la experiencia física de la publicación, sino que la prolonga hacia el territorio. La fotografía vuelve a la calle de la que salió y permite, mediante una pantalla, regresar al lugar en el que alguna vez estuvo el cuerpo de quien fotografió.

Disputar las herramientas
La mirada de Sarkissian también se enfrenta a otro cambio profundo en el oficio fotográfico: la inteligencia artificial.

Lejos de rechazarla, se define como "re fan de la inteligencia artificial". La utiliza y considera que, como sucede con cualquier tecnología, lo importante es discutir sus bordes y sus usos.

En el terreno de la fotografía documental, uno de los principales problemas aparece alrededor de las posibilidades de producir imágenes falsas y desinformación mediante inteligencia artificial. Pero junto con esos riesgos reconoce una enorme cantidad de posibilidades creativas y generativas.

Las fotografías pueden convertirse, a través de estas herramientas, en superficies de exploración capaces de abrir nuevos escenarios y formas de creación, incluso para piezas documentales, artísticas o informativas.

Por eso, para Sarkissian, la discusión no debería centrarse únicamente en la herramienta sino en quiénes y cómo disputan su utilización.

"La herramienta está ahí y la disputa por el uso de las herramientas es siempre una disputa que está vinculada con las relaciones de clase, las relaciones sociales y la perspectiva de género", plantea.

Desde esa perspectiva, considera necesario "salir a disputar el uso de la inteligencia artificial". De lo contrario, advierte, puede convertirse en un instrumento de domesticación.

Su posición también parte de observar cómo fueron recibidas otras tecnologías cuando aparecieron. Recuerda las advertencias apocalípticas alrededor de la televisión y las contrapone, con humor, a las previsiones de su abuela, que le decía que no mirara televisión de cerca porque podía quedar ciega.

"Si hubieran sido ciertas todas las cosas apocalípticas que se dijeran del televisor, estaríamos todos ciegos y estériles", ironiza.

Eso no significa negar los riesgos. Sarkissian reconoce especialmente los riesgos éticos y medioambientales que rodean a las nuevas tecnologías y considera que son cuestiones sobre las que hay que prestar una atención fuerte.
Mirar, enseñar, participar
La dimensión educativa de la práctica de Sarkissian completa ese recorrido. Su formación como educomunicadora proviene de un profesorado de Comunicación Educativa o Educomunicación de la Universidad Nacional de Rosario, una formación específica que cruza problemáticas vinculadas con la intersección entre conocimiento, comunicación y educación.

Llegó a ese profesorado "por causas de la vida" algunos años atrás, lo terminó y descubrió allí un espacio que le abrió numerosas puertas. Pero, sobre todo, encontró un lugar de "resiliencia y resistencia" dentro de la propia Universidad Nacional de Rosario.

La universidad se convirtió, dice, en "mi casita". Y ocupar ese espacio adquiere para ella una dimensión política y afectiva particular en un momento en que se cuestionan la educación pública y la investigación universitaria. Permanecer allí, sostiene, es una responsabilidad y también un orgullo.

En ese punto, la fotografía, la educación, la militancia y la participación dejan de aparecer como caminos separados. Todos forman parte de una misma manera de habitar el espacio público: mirar, registrar, enseñar, participar y producir memoria.

La deriva continúa
Deriva en marcha condensa esa mirada sobre la ciudad y sobre quienes la recorren cuando salen a ocuparla. El libro no intenta solamente detener las marchas en una sucesión de imágenes: busca capturar algo de aquello que ocurre mientras los cuerpos avanzan, mientras una multitud transforma una calle y mientras la fotógrafa, al mismo tiempo, participa, se distancia, busca y se deja llevar.

La presentación del libro será este domingo 27 de septiembre, a las 19, en Bon Scott Bar, Pichincha 131, Rosario, con entrada libre y gratuita.

Sarkissian estará acompañada por Fernando Irigaray, compilador de la colección, doctor en Comunicación y responsable de la propuesta interactiva; Romina Maruco, autora del prólogo y fundadora de Hijas de Rosario; More García, referente travesti y poeta de Rosario, quien aporta su voz al book trailer y a parte de la capa narrativa audiovisual del libro; Rocío Pumar, fotógrafa y amiga de Sarkissian, con quien compartió el proyecto de El Hoguera, el colectivo de fotógrafas feministas; y Majo Poncino, integrante de la Asamblea Lesbotransfeminista, quien coordinará el panel.

La presentación tendrá también algo de celebración. Porque si el libro es resultado de un proceso de trabajo, archivo, escritura y reflexión, su llegada al público será también una oportunidad de encuentro.

Habrá vino y sándwiches para compartir, anticipa Sarkissian, porque estos espacios, además de ser formales y serios, son para ella espacios de encuentro, festejo y celebración.

En definitiva, Deriva en marcha parece prolongar su propio nombre. No se trata solamente de seguir una trayectoria, sino de aceptar que una ciudad cambia cuando sus habitantes la recorren de otra manera; que un archivo puede transformarse cada vez que vuelve a ser mirado y que una fotografía puede estar, al mismo tiempo, dentro y fuera de una escena.

El domingo, desde las 19, esas fotografías volverán al territorio que las produjo. En Pichincha 131, entre imágenes, palabras, vino y compañeros, la deriva continuará.

Escuchá la entrevista completa:

domingo, 9 de agosto de 2026

Un caballo rojo: la ciudad que aparece cuando uno se detiene a escuchar

El viernes 14 de agosto, a las 19, la UNR Editora presentará Un caballo rojo, de Santiago Berreta, en el Almacén El Trocadero, Santiago 989. Antes de ese encuentro, Berreta pasó por Aire Libre, Radio Comunitaria, donde en Señales habló de su nuevo libro y reconstruyó el detrás de escena de las dieciocho crónicas que lo componen: cómo nacieron, qué historias encontró en las calles de Rosario y por qué escuchar a los demás se volvió una parte central de su oficio.

En la presentación lo acompañarán Marco Mizzi, escritor y periodista rosarino radicado actualmente en Córdoba y autor del prólogo, y Victoria Herrmann, estudiante de Psicología y productora periodística. Los tres conversarán alrededor del libro y, al finalizar, habrá un brindis para celebrar la publicación del nuevo título de la colección Confingere de UNR Editora, con la presencia de integrantes de la editorial y algo para comer.

Un caballo rojo reúne dieciocho crónicas publicadas en medios de Rosario entre 2020 y 2023. La mayoría fueron escritas entre esos años, aunque la concentración mayor está en 2022 y 2023, después de una etapa marcada por la pandemia. Son textos que fueron apareciendo en medios web de la ciudad, en portales y newsletters, y que ahora, reunidos en un mismo volumen, construyen una mirada sobre Rosario a través de sus personajes, sus territorios, sus escenas y sus formas de vida.

El prólogo de Marco Mizzi propone una clave para entrar al libro. Allí sostiene que estas crónicas se plantan en un lugar incómodo para la prensa comprometida porque no dicen "esto pasó", sino "esto escuché". Retratan la ciudad sin voluntad de sentencia. Hay clase y conflicto, pero aparecen incorporados como experiencia y no como esencia.

Para Mizzi, esa decisión tiene un costo porque implica una renuncia. Instala un clima mental lánguido, donde neurosis y tedio pueden confundirse. Pero justamente ahí encuentra una de las razones de ser del libro: en ese clima aparece la atención, una luz cada vez más difícil de encender. Incluso cuando la carga parece paralizar, hay algo que continúa moviéndose, que cambia de paso y busca otra cadencia. No sueña con salvarse. No intenta escapar. Viaja con el derrumbe.

"Un caballo rojo es ese algo", escribe Mizzi. Tiembla y no se rompe. Es veloz, late cerca del pecho y lleva de vuelta a casa.

Berreta nació en Rosario en 1989. Entre 2010 y 2019 dirigió y editó la revista Apología, que tuvo veintidós números impresos. A lo largo de su recorrido periodístico colaboró en los diarios La Capital y El Ciudadano, en la revista Rosario Express, en el periódico El Eslabón y en publicaciones culturales como La canción del país, Enredando, Rea, revista Ubik y el newsletter Uganda. Publicó en 2017 el libro de conversaciones Rodolfo Elizalde, editado por Iván Rosado; en 2023 compiló ¿Qué nos arrastra hacia un mismo lugar?, el libro de los hinchas de Argentino de Rosario, publicado por UNR Editora; y en 2024 apareció su novela Oficina de Investigación Existencial, editada por Casagrande.

Pero antes de que Un caballo rojo fuera un libro hubo una práctica sostenida durante años: salir, mirar, escuchar, conversar, escribir y mandar.

Berreta es periodista desde aproximadamente 2010 y entiende que el origen de la crónica está, sobre todo, en la posibilidad de escuchar conversaciones y tener conversaciones con otras personas. Esa escucha permite, según explica, salir del automatismo, romper la pared del mundo y prestar atención a palabras que están siendo dichas y que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en una forma de entrar en profundidad sobre la superficie de lo cotidiano.

La operación comienza con esas palabras. Después viene el trabajo de organizarlas en una crónica, en un relato, y de construir detrás una estética que permita que el texto no solamente cuente algo, sino que también pueda ser disfrutado por quien lo lee.

Para Berreta, esa es la clave de sus crónicas: escuchar a los demás y utilizar esas palabras para contar el mundo. En este caso, contar la ciudad de Rosario durante el período en que fueron escritas.

El libro surgió de un conjunto mucho más amplio. De las casi cuarenta crónicas que había escrito, eligió inicialmente veinticinco. Después llegó el trabajo de edición con la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario. Allí los textos fueron revisados, pulidos y editados hasta llegar a los dieciocho que finalmente integran el volumen.

El recorrido de esas crónicas, dice Berreta, también puede pensarse como una sucesión de conversaciones. Primero están las personas con las que habló para hacerlas. Después, los editores y las editoras de los medios que le daban espacio para publicar. Más tarde, la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario con la que trabajó para convertir esos textos en libro. Y finalmente aparece el lector, la lectora.

Hay muchas distancias entre una instancia y otra, pero el origen permanece ligado a la crónica callejera tradicional y a la posibilidad concreta de publicar en un medio. En su caso, incluso, a una práctica sencilla: escribir relativamente rápido y mandar.

Entre las crónicas que mejor permiten observar ese mecanismo está Las últimas flores, un retrato de las mujeres que trabajan como floristas en la puerta del cementerio El Salvador. La historia había nacido de un territorio que Berreta conocía de cerca: en aquella época vivía en las inmediaciones, pasaba en bicicleta por los puestos de flores o caminaba por el barrio y las veía trabajar. La escena cotidiana terminó despertando una pregunta y, con ella, la necesidad de acercarse, conversar y conocer de cerca un oficio que también estaba atravesando sus propias transformaciones.

Era un oficio que ya mostraba señales de retroceso. Con el paso de los años quedaban menos puestos y, según le contaban las propias floristas, también iba menos gente al cementerio. Lo que Berreta veía en esos puestos tenía algo de postal y, al mismo tiempo, de mundo que empezaba a desaparecer. La historia completa de esas mujeres, sus voces y el mundo que Berreta encontró frente al cementerio puede leerse más abajo, como un anticipo de Un caballo rojo.

La crónica terminó funcionando como una especie de documental escrito. Allí estaban las voces de las protagonistas y también las de un territorio. Incluso aparecía el recuerdo de una trabajadora sexual que durante muchos años podía verse por la avenida Presidente Perón, una mujer ya muy grande cuando Berreta la conoció visualmente de aquel modo, como parte de esa geografía urbana.

Las últimas flores llegó a publicarse originalmente en Boletín Enredando, en 2022. Para Berreta fue una de las historias más lindas del libro. Durante un tiempo pensó incluso que podía ser el título del volumen, pero finalmente descartó esa posibilidad porque le parecía demasiado tanguera y melancólica. Un caballo rojo, en cambio, le resultaba más luminoso.

Las mujeres de los puestos eran muy dadas a la charla y muy inteligentes, recuerda. Tenían historias duras, pero al mismo tiempo eran personas luminosas. Sus palabras sobre sus propias vidas y sobre el cementerio fueron construyendo la crónica.

Allí también aparece una idea que atraviesa todo el trabajo de Berreta: cuando alguien llega a un lugar, pregunta, propone una conversación y se mete por un momento en una cotidianeidad ajena, esa persona que está acostumbrada a vivir de determinada manera puede encontrarse también con un momento diferente. Puede ponerse a pensar. Puede decir cosas que quizás en otra circunstancia no hubiera dicho.

El diálogo, para Berreta, está en el origen de la crónica.

La de las floristas es, justamente, la que más diálogo y más testimonio contiene. Pero no todas las crónicas necesitan de una búsqueda previa de testimonios. Algunas nacen de la observación de paisajes cotidianos que el propio cronista habita.
Está, por ejemplo, la experiencia de ser inquilino, una condición que Berreta tuvo durante muchos años y que ahora ya no tiene. Está también viajar en colectivo. En esos casos el trabajo tiene más que ver con mirar y observar lo que ocurre alrededor, permanecer atento y dejar que la propia experiencia se mezcle con aquello que aparece delante de los ojos.

Por eso Berreta define su manera de trabajar como una especie de "investigación existencial".

Nunca se sintió un periodista dedicado a buscar una investigación en el sentido tradicional del término. Reconoce que a veces necesita apoyarse en datos duros, cifras, estadísticas o determinadas informaciones. Y la primicia, naturalmente, forma parte del periodismo. Pero no es eso lo que está buscando en estas crónicas.

No intenta confirmar algo ni denunciar un hecho policial o judicial. Lo que quiere es que, a través de los diálogos, aparezca gente diciendo la vida de una manera que pueda funcionar como un espejo de la vida o de los sentimientos profundos de la vida.

La pregunta es cómo puede decirse la existencia en Rosario desde la crónica, con cierta profundidad y también con cierta belleza en las palabras.

Por eso Berreta entiende que lo que hace es periodismo, pero también intenta que sea literatura.

Las dieciocho crónicas no fueron pensadas originalmente como partes de un mismo libro. Cada una era independiente. Le pedían una crónica y él la hacía y la enviaba. No había, entonces, un proyecto previo de construir una obra unitaria.

La unidad apareció después.

Los textos fueron escritos aproximadamente en la misma época y, además, hubo todo un trabajo de edición para armar el libro, decidir que tuviera una primera y una segunda parte, establecer un orden para las crónicas y encontrar una secuencia. El prólogo de Mizzi también aportó una lectura general de los textos.

El resultado, cree Berreta, es un libro bastante uniforme. Cada crónica puede leerse de manera independiente, pero juntas consiguen construir una pieza mayor: contar Rosario entre 2020 y 2023.

Ese retrato comienza en lugares y escenas muy diferentes. Puede estar en la puerta del cementerio y también acercarse a uno de los temas que más se habló sobre la ciudad durante esos años: el narcotráfico y los sicarios.

Pero incluso cuando aborda ese universo, Berreta prefiere correrse de la denuncia o de los datos duros. Le interesa observar cómo es el día a día y cómo fue cambiando esa realidad desde que él era chico hasta el presente.

Su mirada está más cerca de la existencia que de la denuncia. Eso no significa, aclara, estar de acuerdo con ese negocio ni con aquello que cuenta. Significa elegir otra perspectiva para narrarlo.

Hay una crónica que resume particularmente bien esa voluntad de mirar una ciudad desde su movimiento cotidiano. Es una caminata que comienza en la zona de Circunvalación y Presidente Perón y termina en el cementerio, recorriendo unos cuantos cuadrantes hasta llegar a la avenida.

Es un retrato de la avenida durante un día de semana, alrededor de 2021. La crónica comienza con una conversación en una estación de servicio. Después observa cómo empiezan a abrirse los locales comerciales, aparecen las gomerías, se mueve la gente y la mañana adquiere progresivamente su ritmo. El recorrido llega finalmente hasta un geriátrico.

La ciudad se cuenta a través de sus movimientos mínimos.

Otro de los textos se detiene en la zona sur, en la avenida Ayacucho. Allí aparece una avenida comercial, con los locales, los movimientos y las personas que forman parte de su vida cotidiana. También aparece un bar de 1900 y algo, un lugar con una larga historia y cierto carácter legendario para la zona sur y para la ciudad.

La crónica se llama La Comunión del Almuerzo porque pone el foco en la comunidad que comparte ese momento del día en el bar.

El almuerzo aparece como una ceremonia. Tender el mantel, sentarse, comer, conversar, tomar algo. Es una pausa dentro de la rutina comercial. También de la rutina de quienes trabajan en fábricas o en la calle: personas que interrumpen durante un rato la jornada para comer, charlar, tomar algo y después volver a trabajar.
Hay otras crónicas vinculadas a la zona norte y a La Florida. Allí aparece una relación personal y familiar: su padre y sus abuelos paternos son de esa zona. Por eso también hay una parte de su propia historia que se cruza con el mapa de la ciudad que recorre el libro.

Pero el retrato de Rosario no es solamente geográfico. También registra un cambio de época.

Berreta cree que el libro logra mostrar algo que queda bastante claro en el prólogo de Mizzi: el cambio de época que se produce en el mundo y que encuentra en la pospandemia un momento de quiebre particularmente visible.

No es, aclara, un libro que conceptualice la pospandemia ni que intente hacer un ensayo sobre ella. No busca explicar ese período. Lo que hace es recoger determinadas formas de vida y determinadas tradiciones que venían de antes y observar cómo comienzan a chocar y a mutar frente a las nuevas formas de vida.

Hay allí muchos puntos de quiebre.

Algunas de esas transformaciones aparecen en los oficios, otras en los espacios urbanos, otras en los hábitos y otras en la forma en que las personas se vinculan con la ciudad.

La crónica le permite registrar ese movimiento sin necesidad de formularlo como una teoría.

También le permite entrar en territorios que no son necesariamente propios.

Berreta reconoce que la crónica le permitió salir de su territorio habitual y meterse en lugares diferentes. Y eso, dice, "te agranda un montón el mundo".

En una entrevista anterior que le hicieron para El Eslabón por el libro, había aparecido una parte de su propia historia: es hijo de profesores universitarios y ama los libros. Sin embargo, el mundo más institucional siempre le resultó un poco más aburrido.

Ser cronista y estar en la calle le permitió, en cambio, hablar con gente con la que tenía más trato y mantenerse permanentemente aprendiendo.

Esa sensación también aparece cuando vuelve sobre sus propios textos.

Puede confiar en que Un caballo rojo es un buen libro y que las crónicas están bien. Siente que trabajó bien y que sabe trabajar con la crónica. Pero incluso mientras se dirige a una entrevista puede recordar una crónica sobre la avenida Perón, la ex avenida Godoy, y pensar que, aunque el texto sea bueno, en realidad no conoce tanto esa avenida.

Hay un montón de cosas que están pasando allí. Hay gente que vive en ese territorio y tiene una cotidianidad profunda. El cronista puede caminar, escuchar, hablar y dar cuenta de algo de esa vida a través de la crónica. Pero después, cuando se trata de aprender realmente sobre ese territorio, lo que pudo tomar es apenas una parte.

Siempre es muy poco lo que se puede conocer de un lugar ajeno.

Y precisamente por eso la crónica resulta valiosa: permite dialogar con cosas que son propias pero, al mismo tiempo, entrar en la vida de otros territorios. Ese desplazamiento, para Berreta, enriquece mucho.

La atención es entonces una herramienta fundamental.

Hay crónicas que nacen de una búsqueda deliberada. Como la de las flores. Allí Berreta decidió específicamente investigar cómo era el oficio de vender flores en la puerta del cementerio, qué quedaba de ese trabajo, cómo se encontraba ese mundo. Una tarde fue hasta allí y realizó la nota.

Pero hay otras historias que aparecen sin que el cronista haya decidido salir a buscarlas.

Eso ocurrió, por ejemplo, con una crónica sobre viajar en colectivo.

Durante una época Berreta vivía en Cochabamba e Iriondo y se trasladaba a trabajar en el 122. El colectivo venía lleno y algunas veces ni siquiera se detenía para levantar pasajeros. Como cualquier persona que viaja habitualmente en transporte público, había aprendido que los colectivos son lugares donde pasan muchas cosas.

Una de esas situaciones ocurrió en la Terminal.

Berreta escuchó una conversación entre dos mujeres jóvenes que eran evangelistas. Las mujeres empezaron a hablar con otra mujer y esa mujer comenzó a contarles su historia. En algún momento, aparentemente, se le fue el colectivo.

Berreta estaba yendo hacia otro lugar. No había salido a hacer una crónica. Pero se quedó escuchando. Sin darse cuenta, comenzó a registrar lo que estaba pasando.
Otra escena sucedió en Santa Fe y San Martín, también alrededor de un colectivo.

Era un día de mucho calor. Un hombre grande quiso bajarse y medio que se cayó. Unas mujeres que estaban con un cochecito y un chico alcanzaron a frenarlo y evitaron que terminara en el piso.

La escena le pareció de inmediato una imagen del neorrealismo italiano.

Él estaba allí, esperando el colectivo. La historia estaba delante suyo.

Berreta reconoce que durante los últimos años de su vida anduvo más apurado y estuvo menos atento a lo que ocurre en la calle. Pero hubo muchos años en los que su vida estuvo atravesada por esa práctica de mirar, escuchar, preguntar y buscar.

Después de tanto tiempo de hacer de cronista, las escenas empezaban a llegar a él.

Las palabras que escuchaba, las cosas que veía, los pequeños acontecimientos que sucedían alrededor podían convertirse en una crónica.

No necesariamente había que ir a buscar una historia. Muchas veces bastaba con estar en la calle o en un lugar y escuchar.

No es algo difícil, sostiene, aunque hay momentos en que uno está más conectado y otros en que está menos conectado.

Puede ocurrir en un bar. En lugar de mirar el teléfono, uno puede tomar un café o un vino y relajarse durante un rato. Entonces el mundo empieza a hablar.

Y hay que escucharlo.

Esa capacidad es también un ejercicio de muchos años.

Cuando era más joven, Berreta leía a sus héroes, a sus escritores y periodistas, y quería ser como ellos. Quería investigar el mundo, salir a la calle y conseguir que le ocurriera algo increíble para poder contarlo.

Pero muchas veces no ocurría nada.

Con el tiempo, esa expectativa se fue naturalizando. El mundo dejó de ser algo extraordinario que había que salir a perseguir y empezó a formar parte de una atención más espontánea.

"Empezás a ver y empezás a escuchar", resume.

Las crónicas no existirían sin eso: sin estar atento, pero también sin estar entusiasmado e interesado por lo que ocurre.

Puede ser una charla muy pequeña. Dos vecinos que dicen algo. Una frase que obliga a detenerse y pensar: "Mirá lo que dijo".

Eso puede servir para escribir, pero también para pensar la vida.

La crónica, en ese sentido, produce un descubrimiento doble. El cronista descubre algo del mundo que está observando y, al mismo tiempo, descubre algo de sí mismo frente a ese mundo.

Berreta reconoce que esa salida del territorio propio fue una de las cosas que más lo enriquecieron. Hablar con personas diferentes, entrar en lugares que no frecuentaba, conocer otras formas de vida.

Y esa es también una de las razones por las que no pretende agotar aquello que cuenta.

Una crónica puede dar cuenta de una avenida, de un barrio, de un oficio o de una escena, pero siempre queda una enorme cantidad de vida por fuera del texto.

El libro, entonces, no pretende decir que esta es Rosario. Propone, más modestamente, una serie de formas de escucharla.

Eso está en la propia naturaleza del género y también en la lectura que hace Mizzi desde el prólogo: no "esto pasó", sino "esto escuché".

La ciudad aparece así a través de voces.

Las de las floristas del cementerio, con sus historias duras y luminosas. Las de quienes comparten el almuerzo en un bar de zona sur. Las de quienes trabajan, esperan un colectivo, abren un comercio, atienden una gomería, viven frente al cementerio o atraviesan las avenidas de Rosario todos los días.

También aparece la voz de quienes forman parte de una ciudad atravesada por el narcotráfico y los sicarios, pero observados desde las formas concretas de la vida cotidiana y no solamente desde la denuncia.

Y aparece la voz del propio cronista, aunque Berreta intente que la ciudad no quede subordinada a él.

El viernes, en El Trocadero, ese recorrido de voces tendrá otra instancia. Marco Mizzi hará una presentación más formal del libro. Victoria Herrmann conversará con Berreta, le hará preguntas y él responderá sobre los textos, la escritura y la ciudad. Mizzi, además de escribir el prólogo, es un viejo amigo de Berreta y compartió con él durante muchos años la experiencia de Apología. Victoria también es amiga del autor, estudiante de Psicología y productora periodística.

La presencia de Mizzi tiene, además, un sentido particular porque su prólogo pone en palabras buena parte del procedimiento que atraviesa el libro: escuchar, poner la oreja y caminar las calles.

Después de la conversación estarán los integrantes de la editorial y llegará el brindis.

Quienes quieran seguir leyendo a Berreta pueden encontrar sus trabajos en Revista Rea, Uganda, Boletín Enredando y Revista Ubik. También tiene presencia en redes. En Instagram aparece como Berreta Santiago —aunque él mismo ya no está completamente seguro del nombre exacto de la cuenta— y en Facebook como Santiago Berreta. Esta última red todavía la conserva, aunque reconoce que cada vez la utiliza menos. En cualquiera de las dos pueden escribirle.

Sus libros también están disponibles en las librerías de Rosario. Allí pueden encontrarse Un caballo rojo, su novela Oficina de Investigación Existencial y otros trabajos.

El nombre del nuevo libro, sin embargo, no surgió de ninguna teoría sobre la crónica ni de una imagen deliberadamente literaria.

Nació de una bicicleta.

El abuelo paterno de Berreta había trabajado como empleado de Estexa. Cuando la empresa cerró, perdió ese trabajo y empezó a desempeñarse como sereno en el Club Alemán. Para llegar hasta allí iba en bicicleta. En algún momento compró una bicicleta roja que prácticamente nunca utilizó.

La bicicleta terminó en manos de su nieto.

Berreta todavía la conserva. Es una bicicleta inglesa, rodado 28, de ruedas grandes, doble caño, fuerte, de esas bicicletas antiguas que parecen hechas para durar.

Más o menos en la época en que estaba escribiendo las crónicas, alrededor de 2021, Berreta volvía en esa bicicleta después de comer un asado. Había tomado bastante. Al llegar al Parque Independencia todavía tenía que atravesar el parque para llegar a su casa.

Entonces se desplomó un poco sobre el manubrio.

Pero siguió pedaleando.

Y llegó a su casa.

La situación le recordó esas historias de campo en las que alguien que se emborracha termina cayéndose sobre el caballo y el animal lo lleva de regreso hasta su hogar.

Esa noche, en su imaginación, la bicicleta se convirtió en un caballo.

La bicicleta roja se transformó en un caballo rojo que lo llevó hasta su casa sano y salvo.

De ahí surgió el título.

La imagen le pareció una buena metáfora y también una imagen luminosa. Había, además, mucho amor por aquella bicicleta, por la memoria familiar que contenía y por la figura del caballo, ese animal al que también se puede asociar con el cariño hacia las cosas vivas del mundo.

Un caballo rojo. Una bicicleta heredada.

Una noche atravesando el Parque Independencia.

Una ciudad que se vuelve distinta cuando se la recorre con atención.
Quizás el título termine reuniendo, sin proponérselo, buena parte de lo que hay en las crónicas. Porque Berreta escribe sobre Rosario como quien intenta encontrar algo vivo debajo de la superficie de los días. Una florista que habla en la puerta de un cementerio. Dos mujeres evangelistas que conversan con una desconocida en una terminal. Un hombre mayor que casi cae de un colectivo. Un almuerzo que se convierte en ceremonia. Una avenida que despierta. Un oficio que desaparece. Una bicicleta que, por una noche, deja de ser bicicleta.

Todo eso forma parte de una misma ciudad.

Y para encontrarlo hace falta algo que parece sencillo, pero que el ritmo cotidiano vuelve cada vez más difícil: detenerse.

Dejar el teléfono.

Caminar.

Mirar.

Preguntar.

Escuchar.

No salir necesariamente a buscar una gran historia, sino estar disponible para cuando una pequeña escena aparezca.

Después habrá que escribirla.

Convertir las palabras escuchadas en relato, ordenar las escenas, encontrar una cadencia y construir una forma que pueda ser leída como periodismo y, al mismo tiempo, como literatura.

Así se fueron escribiendo estas dieciocho crónicas, primero como textos independientes, publicados en distintos medios de Rosario, y después como un libro que encontró en la edición una unidad que no estaba prevista en el origen.

Una unidad hecha de tiempo y de ciudad. Rosario entre 2020 y 2023.

Una ciudad atravesada por la pandemia y la pospandemia, por cambios económicos y sociales, por viejos oficios y nuevas formas de vida, por tradiciones que resisten y otras que empiezan a desaparecer. Una ciudad que también se transforma en las cosas más pequeñas: en quién se sienta a almorzar en un bar, en quién todavía vende flores frente al cementerio, en quién toma el colectivo, en quién abre una persiana comercial por la mañana.

Berreta no pretende dictar sentencia sobre ninguna de esas escenas.

Prefiere escuchar.

Y quizá por eso el libro pueda leerse como una especie de mapa afectivo de una ciudad que cambia mientras todavía conserva algunas de sus viejas formas.

El caballo rojo de la bicicleta de su abuelo vuelve, finalmente, a la misma idea del prólogo: algo puede estar atravesando el derrumbe sin intentar escapar de él.

Puede temblar y no romperse.

Puede cambiar de paso.

Puede seguir avanzando.

Y, después de recorrer la ciudad, llevarlo a uno de regreso a casa.

Así escribe:

Escuchá la entrtevista completa:
Fotos: Señales, Mariana Terrile, Santiago Berreta

Dos décadas de salud, territorio y trabajo colectivo desde la universidad pública

Desde las aulas de Medicina hasta los pueblos rurales, los Campamentos Sanitarios y una investigación sobre abortos espontáneos e hipotiroidismo, Damián Verzeñassi construyó una manera de mirar la salud desde el territorio. Más de 260.000 personas entrevistadas, 40 localidades recorridas y una pregunta que todavía sigue abierta: qué relación existe entre las formas de producir y aquello que finalmente ocurre en los cuerpos
Una pregunta que empezó con el siglo

El doctor Damián Verzeñassi habla de salud, pero difícilmente lo haga sin hablar también del territorio. Médico especialista en Medicina Legal, docente e investigador y director del Instituto de Salud Socioambiental (InSSA) de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, lleva más de dos décadas trabajando junto a sus equipos alrededor de una pregunta que atraviesa buena parte de su trayectoria: qué relación existe entre las formas en que una sociedad produce y las enfermedades que aparecen en los territorios donde esas formas de producción se despliegan.

La historia del Instituto no comenzó en 2013, cuando fue creado formalmente, ni siquiera en 2004, cuando la materia Salud Socioambiental empezó a dictarse en la carrera de Medicina. Para Verzeñassi, el recorrido se remonta a los primeros años del siglo, cuando aquel espacio funcionaba todavía como cátedra libre de Salud Pública.

El proyecto comenzó a gestarse en 2003 y la materia empezó a dictarse en agosto de 2004. Nueve años después, el 18 de septiembre de 2013, el Decanato de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNR creó formalmente el Instituto de Salud Socioambiental mediante la Resolución Nº 4560/2013 bis. En 2018, su creación fue ratificada por el Consejo Directivo a través de la Resolución C.D. Nº 2825/2018.

"Arrancamos con el siglo", resume en Señales Verzeñassi.

La frase condensa una trayectoria de más de dos décadas en la que una preocupación fue tomando distintas formas: una materia universitaria, investigaciones, trabajo territorial, relevamientos epidemiológicos, publicaciones científicas y, con el tiempo, nuevas preguntas sobre la producción de alimentos y sus consecuencias sobre la salud.

Desde aquellos primeros años, el objetivo fue mirar la salud desde una perspectiva que no se limitara al consultorio ni a la enfermedad individual. La pregunta por las condiciones en las que viven y trabajan las personas llevó al equipo a salir de la Facultad, recorrer territorios, conversar con sus habitantes y relevar información sanitaria.

Así nacieron los Campamentos Sanitarios.

Cuando la medicina salió del aula
Entre diciembre de 2010 y diciembre de 2019, los Campamentos Sanitarios fueron utilizados como dispositivo de evaluación final de la práctica final de la carrera de Medicina. Para los estudiantes constituían el examen con el que culminaban su formación. Pero la experiencia tenía una particularidad: además de las actividades propias de la práctica, incluía un relevamiento epidemiológico destinado a construir un perfil epidemiológico y sociosanitario de las comunidades visitadas.

Las localidades no eran seleccionadas desde un escritorio. Llegaban al equipo a través de sus propios habitantes o de sus autoridades.

"Nos llamaban los intendentes o los vecinos de los pueblos, hablaban con sus presidentes comunales y así llegábamos a estas comunidades", cuenta Verzeñassi.

La experiencia fue adquiriendo una dimensión poco habitual para una actividad académica. A lo largo de esos nueve años, el equipo entrevistó en sus propios domicilios a más de 260.000 personas.

La cifra adquiere otra dimensión cuando se observa dónde se realizaban los relevamientos. Muchas de las localidades visitadas eran pueblos pequeños, con poblaciones que quedaban por debajo de los tamaños habituales de las grandes encuestas nacionales. El trabajo permitió así construir información sanitaria sobre comunidades que muchas veces no aparecen con ese nivel de detalle en los registros estadísticos.

Cada Campamento Sanitario producía su propio informe. Una vez terminada la experiencia, los resultados eran entregados a la comunidad y publicados. Pero durante años los datos permanecieron organizados fundamentalmente por localidad.

Todavía faltaba hacer una pregunta distinta: qué podía aparecer si todos esos datos se miraban juntos.

El último Campamento Sanitario se realizó en diciembre de 2019. Después, las nuevas autoridades de la Facultad decidieron discontinuar el dispositivo. Tres meses más tarde llegó la pandemia de coronavirus.

El corte abrupto de aquella experiencia obligó al equipo a volver sobre una enorme cantidad de información que había conseguido reunir durante los nueve años anteriores.

"Empezamos a repensar qué hacer con toda la información que durante esos nueve años habíamos logrado construir", recuerda Verzeñassi.

Hasta ese momento, los datos habían servido principalmente para elaborar diagnósticos particulares de cada localidad. Lo que nunca habían hecho era un análisis comparativo de todas ellas.

Entre 2020 y 2022 comenzaron entonces a trabajar sobre un conjunto de ocho localidades, buscando comparar la prevalencia y la incidencia del cáncer: por un lado, la cantidad de casos existentes y, por otro, la aparición de casos nuevos.

El resultado terminó convirtiéndose en una publicación científica. Pero aquella primera comparación abrió una puerta hacia otra pregunta.

De los archivos a una nueva investigación
En 2025, el Centro de Derechos Reproductivos de América Latina se comunicó con el equipo para consultar si disponía de información sobre el impacto de los agrotóxicos en la salud reproductiva.

La organización estaba impulsando ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos una demanda contra el Estado colombiano vinculada con las fumigaciones realizadas durante el denominado Plan Colombia.

Durante ese programa, explica Verzeñassi, el glifosato fue utilizado para fumigar áreas donde se encontraban plantaciones ilegales de coca. Las aplicaciones tenían como objetivo destruir la vegetación, pero también alcanzaron a comunidades campesinas que habitaban esas regiones.

El pedido llevó al equipo a volver sobre sus propios archivos y formular una pregunta que hasta entonces no habían analizado de manera específica: qué información tenían sobre salud reproductiva en las localidades relevadas durante los Campamentos Sanitarios.

La respuesta estaba escondida en las entrevistas realizadas años antes. Así nació el estudio que finalmente fue publicado por la Revista de Salud Pública de la Universidad Nacional de Córdoba.

La investigación se construyó a partir de información de 6.497 mujeres de nueve localidades santafesinas, cuyos datos habían sido relevados entre 2008 y 2018. A las ocho localidades utilizadas en el análisis anterior sobre cáncer se sumó San Jorge, donde se había realizado el último Campamento Sanitario.

El trabajo volvió a poner en circulación una enorme cantidad de información que había sido construida mucho antes de que apareciera la pregunta específica que ahora buscaban responder.

Y uno de los primeros hallazgos, según Verzeñassi, fue menos una cifra que una ausencia: la falta de información oficial suficientemente sólida sobre abortos espontáneos e hipotiroidismo a nivel provincial y nacional.
Lo que los registros no alcanzan a mostrar

El problema aparece con claridad cuando se comparan los registros oficiales con los datos obtenidos en territorio.

En el período analizado, explica Verzeñassi, los registros oficiales contabilizaban menos de diez abortos espontáneos. Para el investigador, esa cifra no significa necesariamente que las pérdidas fueran inexistentes, sino que muchas de ellas nunca llegaban a quedar registradas por el sistema sanitario.

Muchas mujeres atraviesan una pérdida espontánea como un acontecimiento que ocurre dentro de su propia casa. Cuando llegan a un centro de salud, además, la pérdida puede quedar asentada bajo otras categorías, como metrorragias, pérdidas o menstruaciones tardías.

Hay otro elemento histórico que el investigador considera indispensable para interpretar los datos. El período analizado, 2008-2018, corresponde a una época en la que el aborto todavía no era legal en Argentina.

Ese contexto podía generar temor entre las mujeres que atravesaban una pérdida. Podían temer que una interrupción espontánea del embarazo fuera interpretada como provocada.

"Muchas mujeres tenían miedo de que fuesen identificadas como no espontáneas", explica Verzeñassi.

Por esa razón, sostiene, los registros sanitarios tampoco reflejaban adecuadamente la dimensión del fenómeno.

El análisis realizado sobre las nueve localidades encontró una asociación entre vivir en pueblos rodeados por áreas de producción de soja, maíz y otros cultivos vinculados con eventos transgénicos asociados al uso de agrotóxicos y una mayor frecuencia de abortos espontáneos.

Según los resultados que describe el investigador, esas pérdidas se multiplicaban 2,4 veces respecto de la línea de base correspondiente a 2008.

Pero el dato que aparece en el estudio no puede separarse de la secuencia temporal que los investigadores reconstruyeron a partir de las entrevistas.

Las mujeres habían respondido sobre sus experiencias de salud año por año. Esa información permitía observar cómo evolucionaban determinados indicadores a lo largo del período estudiado.

Y allí apareció otro dato que llamó especialmente la atención del equipo.

El primer trimestre
Un embarazo puede perderse en cualquiera de sus nueve meses, pero en medicina los embarazos se dividen en tres trimestres y las causas de las pérdidas no necesariamente son las mismas en cada uno de ellos.

Según explica Verzeñassi, las pérdidas que ocurren durante el segundo y el tercer trimestre están más vinculadas con problemas propios de la madre o del binomio madre-hijo. Las que ocurren durante el primer trimestre, en cambio, tienen una relación mayor con agentes externos.

Es también uno de los motivos por los cuales existe socialmente cierta cautela para comunicar un embarazo antes de los tres meses. Es un período considerado particularmente vulnerable.

En los datos analizados por el equipo, las pérdidas durante el segundo y el tercer trimestre permanecieron relativamente estables a lo largo del período estudiado.

El comportamiento fue diferente en el primer trimestre. Según los resultados que describe Verzeñassi, esas pérdidas se multiplicaron por 18.

Para el investigador, ese comportamiento reforzó la hipótesis de que algún elemento ambiental estaba impactando sobre esas comunidades. En su interpretación, el cambio más drástico producido durante esos años había sido el incremento tanto del volumen como del tipo de sustancias utilizadas en las áreas productivas que rodeaban a las localidades.

La afirmación vuelve a colocar el foco sobre una de las preguntas centrales de toda la investigación: qué ocurre cuando los cambios en las formas de producción de un territorio coinciden en el tiempo con cambios en los indicadores de salud de quienes viven allí.

Pero el estudio no se quedó únicamente con la pregunta por las pérdidas de embarazo. También buscó saber qué otros problemas de salud aparecían entre esas mujeres.  Allí apareció el hipotiroidismo.

Cuando una enfermedad aparece junto a otra
Los investigadores observaron que las pérdidas de embarazo estaban estrechamente vinculadas con mujeres que habían desarrollado hipotiroidismo durante el mismo período.

No se trataba, aclara Verzeñassi, de mujeres que ya fueran hipotiroideas y luego hubieran atravesado una pérdida. El hipotiroidismo había aparecido durante ese mismo período de tiempo.

La relación resulta particularmente relevante porque la literatura científica reconoce que el hipotiroidismo puede dificultar el desarrollo del embarazo.

A partir de allí, el investigador plantea una hipótesis que conecta los distintos elementos observados en el estudio.

Por un lado, están las sustancias químicas utilizadas en las áreas productivas y su capacidad de generar alteraciones endocrinas, es decir, de afectar el funcionamiento de distintas glándulas, entre ellas la tiroides. Por otro, sostiene que algunas de esas sustancias también pueden afectar el sistema reproductivo. Y, a su vez, existe una relación conocida entre los trastornos de la tiroides y el funcionamiento del sistema reproductivo.

Para Verzeñassi, esos elementos conforman un entramado que no puede ser ignorado. "Acá se mezclaba", plantea.

Y resume su interpretación con una expresión deliberadamente gráfica: "Hay un gran combo donde nadie puede decir que este paquete de veneno que se está utilizando es absolutamente imposible de ser vinculado con este grave problema de salud que estamos viendo".

La investigación, sin embargo, se inserta en un recorrido mucho más amplio que una única publicación científica.

Detrás de los números están nueve años de Campamentos Sanitarios, más de 260.000 personas entrevistadas en sus domicilios, 40 localidades recorridas en cuatro provincias —Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Córdoba— y una acumulación de información que durante años permaneció fragmentada en diagnósticos particulares.

El valor de esa experiencia, para el equipo de Salud Socioambiental, está precisamente en haber llevado la investigación hacia lugares que suelen quedar fuera de las grandes estadísticas.

Pueblos pequeños, comunidades rurales y territorios atravesados por determinadas formas de producción se convirtieron así en espacios donde la medicina podía observar no sólo qué enfermedades aparecían, sino también en qué condiciones ambientales y productivas estaban viviendo quienes las padecían.

Pero los Campamentos Sanitarios no terminaban cuando los estudiantes y los investigadores abandonaban el pueblo.

Una parte fundamental del dispositivo consistía en devolver los resultados a las comunidades.
Cuando los datos regresan al territorio
Durante los días del campamento, el equipo entregaba un informe preliminar a los habitantes de la localidad y a sus autoridades comunales. El informe definitivo llegaba después.

La intención original era que estuviera disponible aproximadamente dos meses más tarde, pero la cantidad de información generada hacía imposible procesarla con tanta rapidez.

"Era tal el volumen de información que nosotros teníamos que no podíamos, no llegábamos a analizarlo antes del año o el año y medio de haber hecho el campamento", recuerda Verzeñassi.

El trabajo se desarrollaba en simultáneo: mientras un equipo organizaba el siguiente Campamento Sanitario, otro analizaba los datos obtenidos en el anterior. Por eso, la devolución definitiva podía demorar un año o incluso un año y medio.

En algunas localidades, esos informes terminaron provocando decisiones concretas. Verzeñassi recuerda especialmente el caso de Chabás.

Cuando el equipo entregó el informe definitivo, ya había cambiado la administración comunal. El presidente comunal que recibió los resultados no era el mismo que había invitado originalmente a los investigadores.

Después de presentar el informe fueron a cenar. En medio de la comida, recuerda Verzeñassi, el nuevo presidente comunal le preguntó qué podía hacer con aquella información.

Su preocupación tenía una dimensión personal que también era política: "Mi hija vive acá en este pueblo. Si yo no puedo cuidar la salud de mi hija y de los amigos de mi hija que viven en este pueblo, ¿qué hago acá de presidente comunal?".

A partir de ese contacto, el equipo puso al funcionario en comunicación con integrantes de la Red Argentina de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología y con investigadores de Buenos Aires que trabajaban sobre producción.

Los médicos habían aportado el diagnóstico sanitario. La discusión sobre cómo transformar las formas de producción requería también otros saberes.

El presidente comunal comenzó entonces a intentar estimular la producción agroecológica alrededor de Chabás.

Verzeñassi no pudo seguir después la evolución de aquella experiencia y desconoce hasta dónde llegó el proceso, pero recuerda que el funcionario había quedado fuertemente comprometido.

Algo similar ocurrió en Luis Palacios, donde el presidente comunal se comunicó con el equipo después de recibir los resultados para preguntar qué podía hacer frente a la información obtenida.

Las respuestas fueron diferentes según cada localidad. En algunos casos hubo avances concretos; en otros, mucho menos. También hubo funcionarios que agradecieron el informe, reconocieron su importancia y luego no continuaron con ninguna política derivada de sus resultados.

Pero había otra consecuencia, incluso cuando las autoridades no tomaban medidas.

Cuando una comunidad deja de estar sola
Durante años, habitantes de esos pueblos habían sentido que algo estaba ocurriendo con su salud.

El problema era que esa percepción podía ser desestimada incluso dentro de la propia comunidad. Algunos habitantes eran acusados de exagerar o de tener una "paranoia".

El informe producido por la universidad pública modificaba esa situación. "Lo que les pasaba, lo que sentían que les pasaba, no era un invento", sostiene Verzeñassi.

Había una sistematización, una investigación y datos construidos a partir del trabajo de una institución académica.

Esa legitimación permitió, en algunos lugares, que las comunidades y los gobiernos locales comenzaran a discutir alternativas productivas.

Verzeñassi menciona el caso de Zavalla, aunque aclara que allí el equipo no realizó un Campamento Sanitario. En esa localidad, la organización de los vecinos contribuyó a impulsar políticas públicas orientadas a estimular producciones agroecológicas.

También menciona una experiencia en Máximo Paz, donde hubo un intento de avanzar en un proyecto de producción agroecológica impulsado desde el municipio con apoyo de la universidad.

La idea, para el investigador, no consiste en presentar la agroecología como una solución mágica. "La agroecología no es la panacea", advierte.

No resuelve por sí sola todos los problemas. Pero la considera una estrategia que puede tener un papel importante en la recuperación de la salud de los territorios y de las comunidades.

Por eso, el trabajo del equipo continúa también dentro de la universidad, en la búsqueda de estrategias de formación que permitan estimular el conocimiento y las prácticas agroecológicas.

En ese camino, Verzeñassi señala como referencia a la Escuela Agrotécnica de Casilda, a la que describe como una especie de "faro": una institución que, desde la formación de técnicos agropecuarios y desde su vínculo con la universidad, viene pensando cómo promover otras formas de producción.

La discusión sobre los resultados de los Campamentos Sanitarios lleva así a otra pregunta: qué hacer con la información una vez que ha sido producida.

Para Verzeñassi, el diagnóstico no puede quedar encerrado en un informe académico. Tiene que regresar al territorio y, cuando sea posible, convertirse en una herramienta para modificar las condiciones que pueden estar afectando la salud.

Una información que no tiene equivalente
La magnitud del trabajo realizado también aparece cuando se lo compara con otras investigaciones.

Existen estudios estadísticos y epidemiológicos sobre plaguicidas, salud reproductiva, abortos espontáneos e hipotiroidismo tanto en Argentina como en otros países. Pero Verzeñassi sostiene que no hay en el país una investigación de características comparables en cuanto al volumen y al modo de obtención de la información.

La particularidad del trabajo, insiste, está en la escala y en la profundidad del relevamiento.

Durante los Campamentos Sanitarios fueron entrevistadas más de 260.000 personas directamente en sus domicilios. Para el estudio específico sobre salud reproductiva fueron entrevistadas 6.497 mujeres en edad reproductiva.

No se trata, por lo tanto, de una encuesta telefónica ni de una muestra construida exclusivamente a partir de registros administrativos.

Son personas entrevistadas cara a cara en sus propias comunidades, a partir de las cuales se construyó la información utilizada posteriormente en el análisis.

Para realizar comparaciones internacionales, el equipo tuvo que recurrir a otras fuentes de información.

En Estados Unidos, por ejemplo, existe una encuesta nacional de salud de los agricultores que se realiza telefónicamente y alcanza una gran cantidad de personas por su escala nacional. Pero, señala Verzeñassi, esa herramienta no tiene la profundidad del relevamiento realizado por los Campamentos Sanitarios.

También existen datos disponibles en Europa, donde algunos países cuentan con sistemas nacionales de salud capaces de registrar de manera sistemática una enorme cantidad de información sanitaria.

En determinados sistemas, donde cerca del 90 por ciento de la población se atiende en el sistema público, los registros permiten acceder a una información que en Argentina y en otros países de la región no está disponible con la misma profundidad.

Para los análisis comparativos, el equipo recurrió incluso a países europeos con características demográficas y genéticas que podían resultar útiles como referencia, teniendo en cuenta las corrientes migratorias que contribuyeron a conformar las poblaciones de las localidades santafesinas estudiadas.

La comparación no buscaba atribuir automáticamente las diferencias sanitarias a una cuestión genética.

De hecho, Verzeñassi recuerda con cierta ironía las explicaciones que en ocasiones se construyen alrededor de supuestas particularidades heredadas de las poblaciones.

Para él, antes que aceptar esas explicaciones de manera automática, es necesario observar qué otras condiciones comparten o diferencian los territorios.

El problema de fondo vuelve a ser el mismo: la disponibilidad de información.

Mientras algunos sistemas sanitarios europeos cuentan con registros obligatorios y centralizados sobre lo que ocurre con la salud de sus poblaciones, en Argentina y en buena parte de América Latina esa información aparece fragmentada, incompleta o directamente no existe para determinadas enfermedades y comunidades.

Por eso, cuando Verzeñassi habla de los 260.000 habitantes entrevistados en sus domicilios y de las 6.497 mujeres que forman parte del estudio sobre abortos espontáneos, hipotiroidismo y exposición a agrotóxicos, no está hablando solamente de una cifra.

Está hablando también de una manera de mirar la salud: salir de los registros que ya existen, ir hasta los lugares donde viven las personas y preguntarles qué les ocurre.

Y después, con toda esa información reunida, volver al territorio para intentar entender si aquello que las comunidades perciben como un problema puede ser medido, comparado y discutido desde la investigación científica.
Después de los Campamentos

Los Campamentos Sanitarios no volvieron a realizarse. En 2019, con el cambio de autoridades de la Facultad de Ciencias Médicas, hubo una decisión política de interrumpir tanto ese dispositivo como los seminarios de Salud Pública que formaban parte del ciclo de práctica final de la carrera de Medicina.

Tres meses después llegó la pandemia y el cierre de las aulas terminó funcionando, en los hechos, como un contexto que facilitó la continuidad de esa decisión.

Para el equipo de Salud Socioambiental significó tener que buscar otra forma de hacer lo que hasta entonces habían hecho en los territorios. "Decidimos reinventarnos", cuenta Verzeñassi.

La enorme base de información construida durante los años anteriores pasó entonces a ocupar un lugar todavía más importante. Pero la reconversión no se limitó al análisis de datos.

El equipo profundizó también su trabajo de educación popular y de vinculación directa con las comunidades. Comenzaron a desarrollar procesos de formación de promotores de salud socioambiental y de epidemiología comunitaria, y trabajaron junto a la Unión de Trabajadores de la Tierra.

En paralelo, junto con la Escuela Agrotécnica, se presentaron a una convocatoria de proyectos de investigación de la Universidad Nacional de Rosario. Obtuvieron el financiamiento y durante cuatro años desarrollaron un proyecto junto con trabajadores y trabajadoras de la tierra para conocer su situación de salud.

La investigación incorporó una comparación que para el equipo resultaba particularmente relevante: observar las condiciones de salud de quienes trabajan la tierra de manera agroecológica y compararlas con las de quienes desarrollan una producción convencional.

Los resultados, asegura Verzeñassi, volvieron a ser interesantes. Una primera parte fue publicada en un informe y el equipo trabaja ahora en la elaboración de una nueva publicación científica.

Mientras tanto, el Instituto amplió sus herramientas de formación. A través de su sitio web comenzó a ofrecer distintas propuestas de capacitación online y continuó sosteniendo la materia Salud Socioambiental, cuyo recorrido comenzó hace más de dos décadas.

La continuidad de ese espacio adquiere para Verzeñassi un valor particular en un escenario que considera poco favorable para la búsqueda de alternativas al modelo productivo predominante.

La discusión sobre qué producir y cómo producir no ocurre en un vacío.

En esos mismos días, observa el periodista, el diario La Capital había llevado a su título principal una declaración de representantes de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), después del congreso realizado en Rosario: "El modelo de la siembra directa no se negocia".

Para el investigador, esa definición convive con otras iniciativas que avanzan en la misma dirección productiva, incluso desde ámbitos educativos y de política pública.

Menciona, entre otros ejemplos, proyectos de formación en agrotecnología y propuestas orientadas a fijar carbono en el suelo mediante fertilizantes biológicos.

El problema, sostiene, aparece cuando se observa quiénes controlan los insumos necesarios para ese modelo de producción.

En su lectura, un pequeño grupo de grandes empresas agroindustriales concentra una porción decisiva del mercado mundial de agrotóxicos, fertilizantes y semillas. "Es terrible el nivel de concentración", afirma.

Esa concentración explica, en buena medida, la importancia que le asigna al papel de la universidad pública.

A pesar de sus propias contradicciones y limitaciones, considera que continúa siendo un espacio fundamental para desarrollar investigación independiente y para sostener prácticas que no necesariamente responden a los intereses de quienes dominan el mercado de insumos y tecnologías agropecuarias.

"Es el único espacio desde donde se puede llevar adelante investigación independiente", sostiene.

De la producción a la mesa
Para Verzeñassi, la interrupción de los Campamentos Sanitarios no significó el final del trabajo territorial. Cambió la forma, pero no la preocupación central.

Actualmente, el equipo trabaja con una comunidad de la isla del Espinillo en un intento por recuperar prácticas de producción de alimentos que permitan mejorar la calidad de vida y, especialmente, la salud de las niñas y los niños que viven allí.

Al mismo tiempo, busca profundizar los vínculos con organizaciones de productores y productoras agroecológicos. El objetivo es construir mecanismos que acerquen a quienes producen alimentos de esa manera con quienes los consumen.

La idea parte de una constatación sencilla: si quienes consumen alimentos son, en definitiva, el conjunto de la población, entonces también pueden tener un papel activo en las formas en que esos alimentos son producidos.

Verzeñassi recurre para explicar esa relación a una expresión de Antonio Latuca, a quien define como "un gran maestro" de Rosario: los "co-agricultores".

La palabra intenta romper con la separación tradicional entre quien produce y quien consume.

No todos pueden trabajar directamente la tierra. "Yo no puedo trabajar la tierra porque no tengo lugar", plantea. Pero alguien más sí puede hacerlo.

La relación, entonces, puede construirse de otra manera: acompañando, organizando el consumo, generando vínculos y creando condiciones para que quienes producen agroecológicamente encuentren una comunidad que sostenga su trabajo.

La idea no se agota en una consigna. La pregunta es cuánto debería garantizar quien consume para que quien produce pueda hacerlo y, al mismo tiempo, vivir dignamente.

No se trata solamente de comprar un alimento de manera ocasional, sino de construir una relación capaz de sostener a quien trabaja la tierra.

Esa discusión forma parte de una experiencia más amplia en la que participan junto con Alimentar Ciudades, las cooperativas Germinar y otras organizaciones vinculadas con la producción y el consumo cooperativo en Argentina.

El objetivo es pensar cómo se alimentan las ciudades y qué sistemas agroalimentarios pueden sostener esa alimentación sin desligarla de la salud de quienes producen, de quienes consumen y de los territorios donde se produce.

La salud también está en los alimentos
En esa misma línea, el Instituto sostiene actualmente un curso online gratuito sobre sistemas agroalimentarios saludables y resistencia a los antimicrobianos.

Es otro de los temas que el equipo considera urgente y que, según Verzeñassi, todavía recibe menos atención de la que merece.

El problema es la creciente aparición de bacterias resistentes a los antibióticos, capaces de sobrevivir a tratamientos que antes podían detenerlas.

La explicación habitual suele poner el foco en el uso inadecuado de antibióticos por parte de los médicos. Verzeñassi reconoce que existe una parte del problema allí, pero señala otro dato que considera decisivo: entre el 70 y el 80 por ciento de los antibióticos utilizados en el mundo se destinan a la producción animal, especialmente a sistemas intensivos como los feedlots.

Desde esa perspectiva, el problema de la resistencia antimicrobiana no puede pensarse únicamente dentro de los hospitales o consultorios.

También debe ser observado dentro del sistema agroalimentario.

El investigador menciona trabajos que han detectado rastros de microdosis de antibióticos en vegetales, como la lechuga.

La explicación, según describe, puede encontrarse en una práctica utilizada incluso con la intención de producir de manera menos dañina: el empleo de camas de pollo como fertilizante de los suelos.

Las camas provenientes de criaderos intensivos pueden contener restos de los antibióticos utilizados en esos sistemas. Una vez incorporados al suelo, sostiene Verzeñassi, esos residuos pueden ser absorbidos por las raíces y llegar a los vegetales que allí se producen.

La consecuencia es una cadena que conecta producción animal, suelo, alimentos y salud humana.

Para el investigador, esa cadena representa un riesgo sanitario que ya tiene una dimensión global.

Es también una muestra, en su lectura, de la necesidad de dejar de pensar la salud como una sucesión de compartimentos separados.

El antibiótico que aparece en una granja, el residuo que llega al suelo, el vegetal que crece allí, el alimento que llega a una mesa y la bacteria que finalmente desarrolla resistencia forman parte de un mismo sistema.

El problema de quién controla las herramientas
En ese punto vuelve a aparecer una discusión que atraviesa toda la entrevista: quién controla las herramientas con las que se produce.

Verzeñassi cuestiona que las mismas grandes empresas que comercializan agrotóxicos y semillas transgénicas estén ahora ofreciendo también soluciones biológicas.

No cuestiona la posibilidad de utilizar herramientas biológicas en sí misma, sino el hecho de que, según su planteo, esas empresas pretendan imponer sus propios productos como única alternativa.

La tensión aparece también en torno a los preparados que desarrollan los propios productores agroecológicos.

Según Verzeñassi, las exigencias de patentamiento pueden limitar la posibilidad de que las comunidades y los productores desarrollen y utilicen sus propios insumos.

A eso suma otro elemento: la concentración empresarial en distintos eslabones de las industrias vinculadas con la producción agropecuaria y la salud.

Para él, existe una conexión entre quienes producen los insumos agrícolas y quienes posteriormente participan de mercados vinculados con antibióticos y medicamentos.

Es un entramado que describe como un "combo" y que relaciona con una expresión utilizada por un cineasta canadiense en una película que, según recuerda, denominó a este fenómeno "el ciclo idiota": una cadena en la que los problemas generados por determinado sistema terminan alimentando nuevas industrias destinadas a responder a sus propias consecuencias.

La conversación vuelve así, una vez más, al punto de partida.

La salud no aparece aislada del territorio. Tampoco de la forma en que se produce, se trabaja, se distribuyen los alimentos o se organizan los mercados.
Una pregunta que sigue abierta
Durante más de dos décadas, Verzeñassi y sus equipos fueron construyendo una manera de mirar la salud que comienza en el territorio.

Primero fueron las aulas y la materia de Salud Socioambiental. Después, los pueblos y los Campamentos Sanitarios. 

Más tarde, los archivos donde quedaron acumulados los datos de cientos de miles de personas.

Ahora son también las comunidades, los productores, las escuelas, las organizaciones y los espacios de formación.

El método puede cambiar. Los escenarios también.

Pero la preocupación permanece: entender qué relación existe entre las formas en que se produce, se habita y se consume y aquello que finalmente sucede en los cuerpos.

Y, sobre todo, encontrar la manera de que el conocimiento producido no termine únicamente en una publicación académica.

Que vuelva a las comunidades, que pueda ser discutido por quienes viven en esos territorios y que, eventualmente, sirva para imaginar otras formas de producir alimentos y de cuidar la salud.

Antes de despedirse, Verzeñassi agradece la posibilidad de difundir el trabajo de la universidad pública.

Y allí el tono científico de la conversación se vuelve inevitablemente político.

Habla de un escenario que considera adverso y de una sociedad que, según su mirada, atraviesa un momento en el que muchas veces parece que todo está perdido.

Pero inmediatamente introduce una corrección: no todo está perdido.

Recuerda una votación reciente en la que, según señala, se logró frenar dos capítulos de la popularmente llamada Ley de Tierras, que califica de "nefasta". Todavía quedaban otros dos por enfrentar en el Congreso. 

Para él, ese episodio demostró algo que también aparece en su forma de entender la universidad: la capacidad de reacción existe cuando las personas se organizan.

"Hay capacidad de reacción, hay capacidad de frenar el avance del fascismo", sostiene, siempre que exista organización y que las personas puedan encontrarse y defender aquello que consideran común.

Su definición final vuelve a colocar a la universidad pública en el centro.

Después de hablar durante casi una hora sobre enfermedades, estadísticas, cultivos, agrotóxicos, antibióticos, alimentos y territorios, termina definiendo ese trabajo como una forma de defensa colectiva.

Para él, aquel resultado demostró que todavía existe capacidad de reacción y, sobre todo, capacidad de frenar el avance del fascismo: "Si nos organizamos, si nos juntamos y nos abrazamos" -dice- es posible defender aquello que entiende como patrimonio común:

"La defensa de la patria es, ni más ni menos, lo que hacemos desde la universidad pública", sostiene.

Escuchá la entrevista completa:

Fotos: Señales, Javier Albea

Informe completo, publicado en la Revista de Salud Pública de la Escuela de Salud Pública y Ambiente de la Facultad de Ciencias Médicas, Universidad Nacional de Córdoba: 

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