martes, 29 de septiembre de 2026

La tierra en disputa: extractivismo, democracia y resistencias

Este lunes 28 de septiembre,el periodista y escritor Darío Aranda presentó su último libro, Tierra y dignidad, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. La actividad, presentada por Damián Verzeñassi, fue el punto de partida para una extensa exposición sobre extractivismo, democracia, pueblos indígenas, soberanía alimentaria, medios comunitarios y las luchas que, desde distintos territorios, disputan otros modos de pensar el presente y el futuro
La presentación del libro Tierra y dignidad de Darío Aranda no fue solamente la presentación de un libro. Desde las primeras palabras quedó claro que la intención era abrir una conversación mucho más amplia: sobre el extractivismo, pero también sobre la democracia, los derechos humanos, la deuda externa, el periodismo, los pueblos indígenas y, sobre todo, sobre las formas en que las luchas territoriales construyen sus propios caminos aun cuando rara vez ocupan el centro de la escena pública.

El encuentro tuvo como presentador a Damián Verzeñassi, quien dio paso a Aranda, periodista especializado desde hace años en extractivismo, pueblos indígenas, organizaciones campesinas y conflictos socioambientales. Aranda trabajó durante más de dos décadas en PáginaI12 y participa actualmente de proyectos de comunicación cooperativa y comunitaria. Es autor, entre otros trabajos, de Argentina originaria y Tierra arrasada, además de su producción periodística desarrollada durante años desde los territorios. 

Pero esa noche el centro no estuvo puesto en la trayectoria del periodista. Estuvo puesto en aquello que Aranda viene observando desde hace años: un país atravesado por un modelo extractivo que, según su mirada, no puede ser reducido a una discusión ambiental.

El extractivismo, incluso si se deja de lado el ambiente
Aranda comenzó proponiendo un ejercicio. Supongamos, dijo, que lo ambiental no importa. Supongamos que no nos interesa la contaminación de los ríos, ni los desmontes, ni los agrotóxicos, ni los efectos sobre la salud. Dejemos todo eso de lado por un momento y miremos solamente la cuestión económica.

Luego puso un ejemplo para explicar lo que, a su entender, implica el esquema de control y tributación de la actividad minera. "Yo no sé si eso lo han visto", les dijo a los estudiantes. "Viene hoy el gerente de Barrick Gold y firma una declaración jurada que dice: hoy me llevé, vamos a suponer, 100 dólares en cobre. No hay alguien del Estado provincial de San Juan o alguien del Estado nacional controlando. Es una declaración jurada".

A partir de allí planteó otra pregunta: "Obviamente, ¿cuánto van a declarar? ¿Van a declarar lo que están sacando o declaran mucho menos?". Y volvió sobre la cuestión de cuánto queda efectivamente en el país: "¿Cuánto deja al país? ¿Cuánto queda de retenciones? ¿Ustedes saben cuánto queda? Queda el 3%. De cada 100 dólares que se llevan, quedan 3 dólares".

La cifra fue el punto de partida para una comparación que había planteado también en sus charlas con estudiantes: "Si eso no es saqueo, si eso no es expoliación...". Según contó, cuando preguntaba a estudiantes secundarios o universitarios qué porcentaje considerarían justo que permaneciera en el país, "siempre dicen que lo más justo sería por lo menos un 50% que se quede". Y agregaba: "Y cuando les contás que son el 3%, no me pueden creer. Dejás entrar a tu casa a alguien donde te deja el 3% de lo que se está llevando".

La comparación le servía para llevar la discusión más allá de la cuestión ambiental. "Si eso no es saqueo, si eso no es expoliación", planteó, "¿qué es?". Recordó que cuando conversa sobre esto con estudiantes estadounidenses o argentinos, muchos consideran razonable que una parte sustancial de esa riqueza quede en el país. Y, frente a esa expectativa, señalaba la magnitud de la diferencia entre lo imaginado y lo que él describía como el funcionamiento real del modelo.

Para Aranda, entonces, el extractivismo no es una política aislada ni una suma de proyectos empresariales. Es una política de Estado que atraviesa distintos gobiernos y que produce consecuencias económicas, ambientales, sociales y sanitarias.

Un modelo que no termina en la mina
El recorrido siguió por la pampa fumigada, por las denuncias vinculadas a los agrotóxicos y por las investigaciones que relacionan determinadas exposiciones ambientales con problemas de salud. Recordó trabajos científicos y experiencias que, según explicó, muestran la presencia de glifosato incluso en lugares alejados de las zonas directamente fumigadas.

Mencionó investigaciones realizadas en La Plata sobre agua de lluvia que tenía glifosato y recordó la detección de este herbicida incluso en la Antártida. La pregunta que quedaba flotando era sencilla: si eso ocurre allí, ¿qué sucede en los pueblos rodeados de soja y otros cultivos industriales?

La referencia a Andrés Carrasco apareció en ese punto como una síntesis de la preocupación: la Argentina convertida en un "experimento a cielo abierto", con la propia población ocupando el lugar de los cobayos.

Pero Aranda volvió a insistir en que el problema no se agota en la contaminación.

Luego citó a Horacio Machado Aráoz y una idea que, según contó, le resulta especialmente útil: incluso dejando de lado lo ambiental, el extractivismo debe ser cuestionado porque reproduce dependencia y pobreza. El ambiente no es un argumento adicional que se agrega después. Es parte de una discusión mucho más profunda sobre el modelo económico.

Luego llevó esa discusión al litio y cuestionó la idea de que los países latinoamericanos puedan simplemente industrializar sus materias primas y, a partir de allí, alcanzar un proceso autónomo de desarrollo.

"¿Vos creés que Toyota o Mitsubishi va a aceptar que Argentina, Bolivia o Chile desarrollen la batería de litio?", preguntó y con esto apuntaba a poner en discusión quiénes tienen capacidad de decisión dentro de las cadenas globales de producción y qué posibilidades reales tienen los países que aportan las materias primas de avanzar hacia los eslabones de mayor valor agregado.

A partir de allí introdujo una dimensión geopolítica. Se preguntó qué multinacional o qué potencia estaría dispuesta a aceptar que los países latinoamericanos avancen sobre los eslabones de mayor valor de una industria estratégica, y vinculó esa disputa con la capacidad de las grandes potencias para imponer sus intereses incluso por vías de fuerza.  En ese punto mencionó a Donald Trump y los bombardeos como ejemplo de esas relaciones de fuerza.

A continuación, Aranda llevó la discusión a la historia y recordó el caso de Salvador Allende, cuando Chile nacionalizó el cobre: "Hace falta ver Allende, digamos, cuando nacionalizó el cobre. Es muy simple la historia".

La pregunta por el litio, en ese sentido, no aparecía aislada del resto de su exposición. Para Aranda, forma parte de una discusión más amplia sobre extractivismo, dependencia y soberanía económica: quién extrae los recursos, quién controla las tecnologías necesarias para transformarlos, quién captura el valor de esa transformación y qué capacidad tienen los países latinoamericanos para decidir sobre sus propios recursos.

Una política de Estado que atraviesa gobiernos
Aranda fue particularmente cuidadoso en este punto: cuestionó la idea de que solamente determinados gobiernos representan el extractivismo.

Recordó experiencias bajo gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva, Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa, es decir, administraciones que para buena parte de la militancia latinoamericana ocupan un lugar político muy distinto al de las derechas tradicionales. Pero inmediatamente hizo una aclaración: señalar continuidades no significa afirmar que todos los gobiernos sean iguales.

Por eso puso como ejemplo la diferencia entre Bolsonaro y Lula en Brasil. La discusión, sostuvo, necesita evitar las simplificaciones. Se puede cuestionar una política sin borrar las diferencias políticas existentes.

Ese equilibrio atravesó buena parte de la exposición: reconocer continuidades del modelo extractivo sin convertirlas en la afirmación de que todo da lo mismo.

La referencia a Hugo Chávez y Las venas abiertas de América Latina, el libro de Eduardo Galeano, apareció entonces como una imagen de esa historia latinoamericana de expoliación. Aranda recordó el episodio en el que Chávez entregó el libro a Barack Obama durante una cumbre presidencial y planteó, con ironía, que quizá debería haber entregado un ejemplar a cada presidente latinoamericano.

Porque, según su planteo, el problema no termina en la relación entre América Latina y las potencias extranjeras. También existe una responsabilidad de los gobiernos nacionales y provinciales.

Extractivismo y democracia
Fue entonces cuando la exposición cambió de eje. "Más extractivismo, menos democracia" fue la relación que Aranda propuso para pensar conflictos como los de Jáchal, Andalgalá, Formosa, Chaco o Salta. Allí, sostuvo, no solamente está en juego el ambiente: están en juego derechos.

La democracia apareció así como una de las grandes preguntas de la charla.

Aranda cuestionó una idea de democracia reducida a votar periódicamente. ¿Por qué votar cada dos años?, preguntó. ¿Por qué no consultar a la población sobre determinadas decisiones fundamentales?

El ejemplo de Esquel le permitió llevar esa pregunta a un caso concreto. En plena crisis de 2002 y 2003, la población de esa ciudad se enteró de que una empresa minera pretendía instalar un proyecto que podía modificar completamente el perfil productivo del lugar. La reacción fue: "Nosotros decidimos nuestro futuro".

La consulta popular contra la megaminería se transformó, en su relato, en un ejemplo de democracia directa y de participación territorial. No se trataba simplemente de rechazar una actividad económica. Se trataba de discutir quién tiene derecho a decidir qué sucede en un territorio.

Derechos humanos más allá de 1976
En ese punto Aranda vinculó extractivismo y derechos humanos. Cuestionó que el concepto de derechos humanos quede restringido a la última dictadura cívico-militar. Recordó a Nora Cortiñas como una de las referentes de organismos de derechos humanos que también acompañó luchas socioambientales.

Para Aranda, los derechos humanos también están presentes en la violencia que sufren comunidades indígenas, en la represión de protestas, en la contaminación, en los problemas sanitarios derivados de determinadas actividades productivas y en la muerte de personas como Rafael Nahuel.

Por eso discutió la idea de que las reivindicaciones de los pueblos indígenas o las luchas territoriales constituyan "contradicciones secundarias" frente a objetivos políticos considerados más importantes.

La pregunta que dejó planteada fue si realmente se puede hablar de derechos humanos mientras se acepta que determinados territorios y poblaciones sean sacrificados en nombre de un modelo de desarrollo.

La democracia de la derrota
El cuestionamiento se extendió a la política partidaria. Aranda recordó cómo diferentes sectores que marchan contra determinados gobiernos suelen considerar que cuestionarlos internamente puede "hacerle el juego a la derecha". Contó que esa misma acusación apareció durante distintos gobiernos y que, de ese modo, nunca parecería existir un momento adecuado para discutir las políticas propias.

Formosa fue utilizada como contraste. Según Aranda, una charla como la que estaba teniendo lugar sería muy difícil de realizar allí sin que existieran mecanismos de vigilancia o intimidación.

La pregunta, entonces, volvió a ser qué entendemos por democracia.

También recordó el debate sobre la deuda externa. Contó una escena que lo había conmovido: una estudiante de 13 años, durante una charla en una escuela porteña, preguntó si era posible no pagar la deuda externa.

La pregunta, dijo, lo impactó porque cuestionaba algo que muchos adultos consideran incuestionable.

A partir de allí discutió la idea de que determinadas decisiones económicas son inevitables. Si una sociedad acepta como natural que la deuda debe pagarse independientemente de sus consecuencias sociales, sostuvo, también está aceptando un límite impuesto previamente a lo que puede imaginar políticamente.

En su exposición vinculó esa deuda con la necesidad de generar divisas mediante actividades extractivas. La soja, la minería y el petróleo aparecen entonces conectados, en su interpretación, con la necesidad permanente de conseguir dólares.

Y ahí reapareció la pregunta por la democracia: ¿quién decide esas políticas y quién participa de esas decisiones?

Del voto con esperanza al voto con miedo
Aranda propuso entonces un ejercicio generacional. Recordó que sus padres votaron a Raúl Alfonsín en 1983 con esperanza, después de los años más oscuros de la historia reciente argentina. Luego habló del entusiasmo que despertó el menemismo en sectores importantes de la sociedad, aunque sus propios padres no lo hubieran acompañado electoralmente.

Después llegó otra etapa: la del "mal menor". "Este no me gusta, pero el otro es peor", resumió. Y finalmente describió una transformación más reciente: el voto con miedo.

Para él, la segunda vuelta de 2023 entre Sergio Massa y Javier Milei representó, en su experiencia, una situación en la que muchas personas votaron fundamentalmente para evitar un resultado que temían.

Lo llamó "la democracia de la derrota". No como una invitación a quedarse en la resignación, sino como una pregunta: ¿qué pasó en cuarenta años para pasar de votar con esperanza a votar al mal menor y finalmente votar con miedo?

La respuesta, insistió, no debía ser buscar inmediatamente al próximo candidato, sino volver a preguntarse qué democracia se quiere construir y qué lugar ocupa la sociedad en esa construcción.

Capitalismo, corporaciones y posibilismo
El extractivismo apareció entonces ligado al capitalismo. Aranda rechazó la idea de que la expansión del extractivismo pueda analizarse separada de la expansión del capitalismo contemporáneo. El problema, dijo, es que quienes ya tienen una parte enorme de la riqueza buscan apropiarse de una porción todavía mayor.

En ese punto recuperó una frase atribuida a Marcos Pastrana, referente de la lucha de los pueblos indígenas del noroeste argentino: la idea de que los ciudadanos terminan eligiendo gobernadores, presidentes, senadores y diputados que funcionan como gerentes locales de grandes corporaciones internacionales.

La frase le servía para discutir el llamado "posibilismo": la política entendida como el arte de aceptar lo que supuestamente se puede hacer y descartar de antemano aquello que aparece como imposible.

Aranda propuso invertir la pregunta. Después de tantos años preguntando qué se puede hacer, quizá sea necesario preguntarse qué es aquello que no se está dispuesto a aceptar.

No presentó esa idea como una receta cerrada. La dejó como una invitación a discutir.

¿La política institucional es el único camino?
La misma discusión apareció cuando habló de los partidos políticos. Contó una experiencia reciente con un partido de izquierda. Durante una charla había dicho que, a su juicio, los partidos políticos "atrasan". Una referente socioambiental le señaló que quizá podría haberlo formulado de otra manera: no como una descalificación, sino como la búsqueda de otras formas de construcción política.

Aranda reconoció que aquella observación le había hecho pensar. Pero mantuvo el fondo de su planteo: no está convencido de que toda la energía social deba orientarse hacia la próxima elección.

La pregunta que formuló fue qué ocurriría si parte de esa energía, tiempo y capacidad organizativa se destinara a construcciones territoriales permanentes.

No estaba proponiendo una conclusión única. Lo planteó como una discusión abierta.

Las voces que no aparecen
El paso siguiente llevó directamente al periodismo. Aranda explicó que uno de los objetivos de su trabajo es privilegiar voces que rara vez tienen espacio en los medios masivos: comunidades indígenas, campesinos, asambleas socioambientales y personas que defienden sus territorios.

Nombró a distintos protagonistas de sus crónicas y explicó que muchos de ellos no son influencers ni figuras conocidas. Están ocupados, dijo, defendiendo sus territorios.

Su crítica a las redes sociales fue fuerte. Reconoció que son herramientas necesarias, pero sostuvo que están modificando la subjetividad y las formas de participación a una velocidad que todavía no estamos dimensionando.

Incluso planteó una comparación deliberadamente provocadora: las pantallas y las redes pueden resultar, en términos de transformación de la subjetividad y de las democracias, más peligrosas que algunos de los contaminantes que habitualmente discutimos.

La cuestión, para él, es que todavía no existe suficiente discusión sobre ese fenómeno ni siquiera dentro de los ámbitos militantes y académicos.

El periodismo como herramienta
Aranda reivindicó, sin embargo, al periodismo. Lo definió como una herramienta para la construcción y el cambio social. Mencionó como referentes a periodistas como Rodolfo Walsh y Osvaldo Bayer, y destacó también a jóvenes trabajadores de prensa que continúan defendiendo el oficio incluso dentro de medios cuyas líneas editoriales consideran adversas.

Pero hizo una invitación concreta a quienes critican a los grandes medios. Si una persona rechaza a TN, C5N o cualquier otro medio hegemónico, preguntó, ¿cuánto dinero aporta a un medio comunitario, popular o alternativo?

La diferencia entre consumir información y sostener económicamente a quienes producen otra clase de periodismo fue presentada como una decisión política.

Del mismo modo que elegir una feria local o un hipermercado, una editorial independiente o una multinacional supone orientar nuestro consumo, elegir qué medios apoyar también implica tomar posición sobre qué tipo de comunicación queremos que exista.

El libro y las luchas que no empiezan de cero

Aranda explicó que el libro reúne 31 crónicas y busca un equilibrio entre distintas actividades y regiones: minería, petróleo, soja, agroecología, pueblos indígenas; Patagonia, Mesopotamia, NOA y centro del país.

Pero había otro equilibrio que consideraba todavía más importante: mostrar las injusticias sin ocultar los avances. Porque, según su mirada, las luchas no son solamente derrotas.

Esquel, por ejemplo, no apareció de la nada. Antes hubo en Chubut una lucha contra el proyecto de instalar un basurero nuclear en Gastre y Gan Gan. En los años noventa, recordó, una enorme movilización logró impedir ese proyecto.

Para quienes después protagonizaron la resistencia a la megaminería en Esquel, aquella lucha previa fue fundamental. Y Esquel, a su vez, se convirtió en una referencia para otras luchas.

Aranda contó el caso de Loncopué, en Neuquén, donde en 2012 una consulta popular terminó con un 80 por ciento de los votos en contra de la megaminería.

Los habitantes de Loncopué agradecieron entonces a Esquel, pero también a Andalgalá y a Gualeguaychú. La cadena continuaba.

¿Cómo se mide una lucha?
La historia de Gualeguaychú le permitió introducir una pregunta que atravesó toda la parte final de la exposición: ¿cómo se mide una lucha?

Desde cierta mirada, la lucha contra las pasteras podría considerarse una derrota porque una planta finalmente se instaló frente a la ciudad.

Pero Aranda contó que Victoria Veronese le había planteado otra manera de mirar ese proceso: originalmente se proyectaban cuatro plantas. Entonces, ¿cómo se mide realmente una lucha? La pregunta no tenía una respuesta sencilla.

Lo mismo ocurrió con los Productores Independientes de Piray, en Misiones. Familias campesinas rodeadas por monocultivos forestales comenzaron a organizarse hasta conseguir la expropiación de 600 hectáreas pertenecientes a una gran multinacional.

Para alguien mirando el mapa desde Buenos Aires, 600 hectáreas pueden parecer poco frente a las enormes superficies que concentra una empresa forestal.

Pero Aranda relató la respuesta de Miriam Zamudio, una de las protagonistas de esa experiencia: en esas 600 hectáreas estaban produciendo alimentos, generando excedentes, comercializando y donando comida a escuelas.

Y agregó una frase decisiva: esas eran las primeras 600 hectáreas.

La dimensión de una lucha, entonces, no se mide solamente en hectáreas, porcentajes o cantidad de territorio recuperado. También se mide por aquello que una comunidad consigue construir a partir de lo recuperado.

La agroecología como construcción
Otro ejemplo cercano apareció en Guadalupe Norte, en el norte de Santa Fe. Aranda habló de Naturaleza Viva y de Remo e Irmina, militantes históricos vinculados a las Ligas Agrarias y perseguidos durante la dictadura, que construyeron allí durante décadas una experiencia de referencia en agroecología.

Le interesó especialmente una cuestión aparentemente pequeña: ellos se definen como campesinos. No como productores, no como pequeños productores: campesinos.

Para Aranda, recuperar esas palabras también forma parte de la lucha. Así como durante años ser indígena o campesino fue presentado como algo negativo, reivindicar esas identidades también implica disputar una forma de nombrar el mundo.

Desde allí llegó a la soberanía alimentaria. Recordó que en 2001, en plena crisis argentina, surgió en la Universidad Nacional de La Plata una cátedra de soberanía alimentaria, cuando el concepto todavía era poco conocido.

La pregunta central es quién decide cómo se produce el alimento, quién lo produce, cómo se comercializa y para quién se produce.

Hoy, explicó, existen más de sesenta espacios de cátedras libres de soberanía alimentaria en universidades públicas argentinas.

Para Aranda, esos espacios tampoco aparecieron por concesión de las autoridades universitarias: son resultado de luchas y construcciones colectivas.

Los pueblos indígenas y el derecho a existir
La exposición volvió entonces a uno de los temas centrales de la trayectoria de Aranda: los pueblos indígenas. Contó que cuando comenzó a estudiar el tema, el Estado argentino reconocía oficialmente 16 pueblos indígenas. Hoy reconoce 38 pueblos indígenas preexistentes al Estado argentino.

La palabra "preexistente" no es un detalle jurídico menor. Significa que esos pueblos existían antes de la conformación del Estado argentino.

El pueblo guaraní habitaba territorios antes de que existieran Argentina, Paraguay, Bolivia o Brasil como Estados nacionales. El pueblo mapuche habitaba el territorio antes de la formación de Argentina y Chile.

Aranda insistió en que ese reconocimiento no fue una concesión espontánea de gobernadores, presidentes o ministros. Fue resultado de décadas de lucha de los propios pueblos indígenas.

Y contó una escena protagonizada por Félix Díaz que le permitió explicar qué significa un triunfo más allá de la obtención inmediata de una reivindicación concreta.

Durante una movilización en Buenos Aires, alguien le preguntó a Díaz por qué, después de tantos años de lucha, todavía no habían conseguido el título de las tierras que reclamaban.

La pregunta contenía implícitamente una idea: después de tanto tiempo, todavía no habían logrado nada. La respuesta de Díaz modificó completamente esa mirada.

Hasta hacía pocos años, dijo, en Argentina prácticamente nadie sabía que existía un pueblo indígena llamado qom. Ahora la palabra Qom formaba parte del vocabulario nacional. Eso también era un triunfo.

No había recuperado todavía todas las tierras reclamadas, pero había conseguido algo que no era menor: que millones de personas reconocieran la existencia de ese pueblo.

Una democracia que se ejerció desde abajo
Uno de los ejemplos que más énfasis recibió fue el de Misiones. Aranda contó que una lucha contra una megarepresa de Corpus terminó dando origen a una legislación provincial que obliga a realizar una consulta popular vinculante frente a nuevos proyectos de represas.

Y recordó otro episodio: en 2014, ante la falta de una convocatoria oficial para discutir el proyecto de Garabí, entre Brasil y Argentina, cincuenta organizaciones se organizaron y decidieron convocar ellas mismas a una votación.

No esperaron al Estado. Se instalaron urnas en plazas y clubes de barrio. Participaron alrededor de 120.000 misioneros y el 96 por ciento votó contra las megarepresas.

Para Aranda, ese episodio constituye uno de los mayores ejercicios de democracia directa de las últimas décadas en Argentina. 

Y volvió a aparecer la pregunta que había recorrido toda la charla: ¿por qué casi nadie conoce esa experiencia? Su respuesta fue provocadora: porque es un mal ejemplo.

No porque haya sido negativo, sino porque muestra que la sociedad puede organizar mecanismos de decisión por fuera de las estructuras institucionales tradicionales.

El pueblo mapuche y la recuperación del territorio
La última parte estuvo dedicada al pueblo mapuche y a lo que Aranda definió como una larga campaña de estigmatización y racismo.

Se refirió particularmente a la afirmación repetida de que los mapuches "son de Chile", y recordó la curiosa inversión de ese argumento del otro lado de la cordillera, donde también se ha dicho que son argentinos.

La cuestión histórica, explicó, es mucho más compleja: el territorio mapuche es anterior a la existencia de los Estados argentino y chileno.

Aranda también se refirió al reconocimiento legal de derechos indígenas y a procesos de recuperación territorial desarrollados por comunidades mapuches.

Mencionó el caso de tierras en manos de grandes propietarios y el de una comunidad que identificó un antiguo cementerio mapuche dentro de un territorio perteneciente a la familia Benetton y recuperó una superficie de 625 hectáreas.

Más allá de las controversias jurídicas y políticas que puedan existir alrededor de estos procesos, el punto de Aranda era otro: mostrar que también allí hay acciones concretas que modifican la relación de fuerzas.

La memoria de los triunfos
En ese momento volvió una idea que había aparecido varias veces durante la charla: las organizaciones populares suelen recordar mucho más sus derrotas que sus victorias.

Cada nueva lucha parece empezar desde cero. No se recuerda suficientemente que Esquel fue posible después de Gastre; que Loncopué aprendió de Esquel; que otras luchas aprendieron de Loncopué; que experiencias campesinas construyeron sobre otras experiencias campesinas; que las comunidades indígenas llevan décadas acumulando reconocimiento y herramientas jurídicas.

Aranda sostuvo que los sectores populares también tienen héroes, mártires, memoria y triunfos. El problema es que esa historia rara vez ocupa los espacios centrales de la comunicación.

Por eso el libro no busca solamente denunciar aquello que sucede en los territorios. También busca registrar las experiencias que lograron avanzar.

El territorio está más cerca de lo que parece
Hacia el final, Aranda volvió a invitar a quienes lo escuchaban a salir de la comodidad de los grandes conceptos y acercarse a los territorios. No necesariamente hay que viajar dos mil kilómetros para hacerlo.

El territorio puede ser el merendero comunitario del barrio, una huerta comunitaria, una organización vecinal o quienes están defendiendo un espacio urbano frente a un proceso de especulación y concentración de tierras.

También mencionó el extractivismo urbano como un campo que merece ser discutido, particularmente en ciudades como Rosario, atravesadas por la cercanía del agronegocio y por procesos de inversión inmobiliaria.

La invitación no era solamente a leer sobre las luchas, sino a conocerlas.

¿De qué lado estamos?
Aranda cerró con una escena que condensó buena parte de la exposición. Contó que, cuando participa en reuniones familiares o conversa con personas alejadas de estos conflictos, a veces le dicen que está en el lado equivocado.

Entre los campesinos y Bayer o Monsanto, le dicen, ya se sabe quién va a ganar. Entre Benetton y los mapuches, también.

Entre las grandes empresas tecnológicas y las comunidades indígenas, nuevamente. La lógica parece ser que, si la relación de fuerzas es tan desigual, luchar es una forma de perder el tiempo.

Pero Aranda respondió desde otra perspectiva. Recordó la imagen de Matrix: llega un momento en que hay que elegir entre una pastilla y otra, y después de elegir ya no se puede volver atrás de la misma manera.

La decisión de involucrarse en una lucha también modifica la manera de mirar la realidad.

Y entonces recuperó una frase que no presentó como propia, pero que eligió para cerrar: si luchamos, sabemos que podemos perder; pero si no luchamos, estamos perdidos.

La frase funcionó como cierre, pero también como síntesis de algo más amplio que un discurso sobre el extractivismo.

Porque la exposición de Aranda no había sido solamente una enumeración de conflictos ambientales. Había sido una discusión sobre quién decide, quién tiene derecho a ser escuchado, qué se considera democracia, qué voces llegan a los medios, qué historias quedan fuera de los relatos oficiales y, sobre todo, qué hacemos con las experiencias de quienes ya llevan décadas construyendo alternativas.

El libro presentado aparece, en ese sentido, como un registro de esas experiencias: las injusticias, pero también las resistencias; las derrotas, pero también los avances; los territorios amenazados, pero también los territorios recuperados.

Y sobre todo, como una invitación a mirar de nuevo aquellas luchas que muchas veces parecen pequeñas desde lejos y que, vistas desde el territorio, pueden significar el comienzo de algo mucho mayor.

Ver también: Tierra y dignidad: el periodismo de Darío Aranda a ras del territorio

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