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domingo, 1 de noviembre de 2026

La Gurru se defendió: organización, resistencia y una escuela que busca recuperar su identidad

Después de un año y medio de intervención, denuncias, restricciones y reclamos, la comunidad educativa del Complejo Educativo Gurruchaga de Rosario consiguió el apartamiento de los directivos interventores y la designación de nuevas autoridades mediante escalafón interno. Carolina y Yanina, madres de estudiantes, reconstruyen el camino que llevó a esta decisión, las situaciones que todavía esperan respuestas y el papel fundamental de estudiantes, familias y docentes en una lucha que, lejos de haber terminado, busca recuperar la identidad de una escuela. "La lucha sirve", sostienen.

Durante meses, el Complejo Educativo Gurruchaga, tuvo durante meses un escenario de incertidumbre, malestar y organización colectiva. Desde mayo de 2025, la institución atravesaba una intervención dispuesta por el Ministerio de Educación de Santa Fe, que había colocado al frente de la escuela a dos directivos interventores. Lo que comenzó como una decisión administrativa terminó convirtiéndose en un conflicto que involucró a estudiantes, familias y docentes, y que puso en discusión no solamente quién debía conducir la institución, sino también qué escuela se estaba construyendo y qué lugar tenían las voces de quienes la habitaban todos los días.

En una entrevista anterior con Señales, de Aire Libre, Radio Comunitaria, Adriana y Carolina habían reconstruido los meses de conflicto: reuniones sin respuestas, denuncias, restricciones que afectaban la vida cotidiana de los alumnos, situaciones de maltrato y abuso de autoridad, y una creciente preocupación por el rumbo institucional. También habían contado cómo los estudiantes comenzaron a organizarse a través del Centro de Estudiantes, con sentadas, carteles, asambleas y distintas manifestaciones pacíficas para reclamar por sus derechos.

Las familias acompañaron esa organización desde el primer momento. Sin embargo, la incertidumbre continuaba: la intervención seguía vigente y no había definiciones sobre quién conduciría la escuela.

En esta nueva conversación, Carolina llegó junto a Yanina, quien se sumó a esta segunda instancia de reconstrucción del conflicto. Esta vez, las madres traían una noticia diferente: la comunidad educativa había conseguido el apartamiento de los dos interventores y el Ministerio había convocado al escalafón interno para cubrir los cargos de dirección y vicedirección de la secundaria. Finalmente, dos docentes de la propia institución fueron designados para asumir esas responsabilidades.

"Logramos el objetivo que queríamos", resumió Carolina. La madre explicó que, antes de esa resolución, el Ministerio había organizado reuniones por separado con los distintos cursos y divisiones. Durante aproximadamente diez días, se convocó a estudiantes de primero, segundo y otros años para escuchar sus planteos y dejar constancia de lo conversado mediante actas.

En esos encuentros se les comunicó que los dos directivos interventores ya habían sido apartados y que se realizaría el llamado por escalafón interno. También se reclamó que se abriera un proceso de investigación sobre las actuaciones de Antonella Scolari y Ezequiel Bressán, quienes habían estado al frente de la intervención.

La decisión finalmente llegó mediante un comunicado oficial que informó los nombres de los dos docentes de secundaria que asumirían la dirección y la vicedirección. Para las familias, se trataba de una conquista concreta: el fin de la intervención, el apartamiento de quienes habían sido cuestionados y la recuperación de un mecanismo de designación que consideraban legítimo.

Sin embargo, el resultado no significaba que todo estuviera resuelto. Las madres todavía esperaban una reunión con las nuevas autoridades para conocer cómo continuaría la organización de la secundaria y cuáles serían los próximos pasos. También querían agradecer públicamente a los medios de comunicación, organizaciones y personas que habían acompañado el reclamo.

Pero, sobre todo, buscaban dejar un mensaje para otras comunidades educativas que atraviesan situaciones similares. Carolina insistió en la importancia de contar con un Centro de Estudiantes, de que los chicos puedan hablar en sus casas y encuentren familias dispuestas a escucharlos, y de que existan docentes capaces de acompañar y prestar atención a lo que sucede.

"El Centro de Estudiantes siempre fue el centro del amor. Ellos tienen un corazón enorme. La verdad que son mejores que nosotros, son mejores que nosotros", afirmó, con una admiración que atravesó buena parte de la conversación.

La experiencia también les permitió comprobar las dificultades que existen para hacer circular una denuncia cuando las instituciones no ofrecen respuestas. Las madres eligieron exponerse públicamente, recurrir a los medios y contar lo que estaba sucediendo. En ese recorrido encontraron espacios de comunicación que les permitieron amplificar sus voces, aunque también señalaron que algunos medios tradicionales ignoraron sus reclamos, rechazaron tomarles notas o editaron sus declaraciones de manera que, según denunciaron, terminaban tergiversando el sentido de lo que querían comunicar.

"No escrachamos a nadie, nunca fue nuestra intención", aclararon. Lo que buscaban, explicaron, era que las situaciones fueran conocidas y que las autoridades se hicieran responsables.

Un año y medio de denuncias y una escucha que todavía falta
Para las madres, el apartamiento de los interventores no alcanza para cerrar el conflicto. Hay denuncias presentadas ante el Ministerio de Educación que, según sostienen, permanecen sin respuestas, y todavía esperan que se les entregue el registro de las actas de las distintas reuniones mantenidas durante el proceso.

Carolina consideró que sería importante que el Ministerio convocara a las familias, mostrara esa documentación y explicara cómo llegó a las decisiones que finalmente tomó. No espera demasiado de esa posibilidad. "No creo que pase", expresó, al describir una relación institucional atravesada por desencuentros y falta de comunicación.

Yanina puso el foco en el tiempo que duró la intervención. Habló de "un año y medio de crueldad" y sostuvo que durante ese período no se atendieron adecuadamente las situaciones denunciadas.

En ese recorrido, ambas destacaron especialmente el acompañamiento de la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes, donde un grupo de madres pudo exponer las experiencias que venían atravesando. Yanina recordó las reuniones convocadas por el Ministerio para escuchar a los distintos cursos y relató que había participado en la correspondiente a primero, donde también estaban presentes estudiantes que contaban situaciones muy difíciles.

"Me parecía todo el tiempo que no les pasaba nada con lo que contábamos", recordó. Según describió, las intervenciones de los chicos no parecían generar una reacción de escucha por parte de quienes conducían ese encuentro.

La reunión con segundo año, en cambio, tuvo otra dinámica. Allí encontró a dos personas que, según su percepción, sí lograron conmoverse con los testimonios y prestar atención a lo que estaba sucediendo. Las madres consideran que esa escucha pudo haber contribuido a que se tomara la decisión de apartar a los interventores.

También recordaron que durante esos encuentros se había cuestionado la tarea de quienes habían llegado a la escuela con el propósito de reorganizarla. "Fueron muy mal organizadores. Venían a organizar la escuela y no organizaron nada", señalaron.

Reconocieron que quizá se realizaron algunas tareas administrativas, aunque insistieron en que faltó una dimensión fundamental: la humana. Porque una escuela, explicaron, no puede limitarse a transmitir contenidos. También debe ofrecer condiciones emocionales para que los estudiantes puedan aprender, sentirse cuidados y construir vínculos.

La Defensoría, según contaron, comenzó a reunir denuncias, actas, fotografías, videos, grabaciones y descargos. Las madres remarcaron que cada una conserva copias de las presentaciones realizadas y rechazaron las versiones que sostenían que no existían denuncias contra las autoridades cuestionadas.

En ese sentido, pidieron no dar crédito a la información publicada por el diario La Capital, en la que se defendía la continuidad de la intervención y se reproducían declaraciones de Daiana Gallo Ambrosis, secretaria de Gestión Territorial del Ministerio de Educación de Santa Fe. "Hay denuncias", insistieron.

Pero hay otra preocupación que consideran todavía más importante: evitar que las personas denunciadas sean trasladadas a otros establecimientos sin que se investigue lo sucedido.

"Lo que no queremos es que estén en otros establecimientos. Me parece súper peligroso, después de esta experiencia, que los trasladen a otros lugares y que esto se replique", sostuvo Yanina. Para ella, no se trata solamente de conseguir un cambio de autoridades en la Gurruchaga, sino de impedir que las situaciones de violencia denunciadas puedan repetirse en otras comunidades.

Carolina agregó que durante las conversaciones con la Defensoría también apareció la necesidad de investigar una posible conexión entre lo ocurrido en primaria y secundaria. Las madres señalaron que observan un hilo conductor en determinadas formas de ejercer el poder, impartir directivas y relacionarse con las familias.

En ese marco, mencionaron a la directora de primaria, quien, según informaron, dejaría temporalmente ese cargo para asumir una suplencia como supervisora. La decisión generó inquietud porque temen que se trate de un desplazamiento transitorio y que, una vez que pase el conflicto, pueda regresar a la institución.

"De la misma manera que los directivos interventores no pueden estar en otro sitio", plantearon, al reclamar que las denuncias sean investigadas y que se adopten decisiones concretas. "La violencia se debe terminar".

El FestiRock: una escuela que pudo organizarse desde el amor
A pocos días de finalizar las reuniones con el Ministerio, la secundaria tenía por delante uno de sus acontecimientos más importantes: el FestiRock. También se acercaba la tradicional peña de fin de año, una celebración que reúne a los distintos niveles del Complejo Educativo Gurruchaga.

La realización del FestiRock se convirtió en una nueva prueba para la comunidad. Como todavía no había un equipo directivo definido, desde el Ministerio se solicitó conformar un grupo de responsables integrado por docentes y familias.

La propuesta fue aceptada sin demasiadas vueltas. Madres, padres, docentes y estudiantes se organizaron para garantizar que el festival pudiera realizarse.

Sin embargo, a dos días del evento descubrieron que faltaban la habilitación y el seguro, documentación que, según les habían comunicado los interventores, ya estaba resuelta. Las familias tuvieron que ocuparse de conseguir los papeles y gestionar el convenio que finalmente terminó firmando el Ministerio de Educación.

La incertidumbre llegó hasta el día anterior. Recién entonces pudieron confirmar que el festival se realizaría. "No lo dudamos, lo hicimos. Nos organizamos y no sucedió absolutamente nada", contó Carolina, al recordar el trabajo colectivo que permitió sostener la actividad.

El FestiRock finalmente salió hermoso. Participaron las familias, el Centro de Estudiantes y los docentes. Algunos habían acordado turnarse para colaborar durante dos horas, pero terminaron quedándose mucho más tiempo del previsto.

Para Yanina, esa respuesta fue una demostración concreta de lo que representa la comunidad educativa cuando trabaja unida. "Eso es el amor, es amor", expresó.

El cierre del festival tuvo un momento especialmente emotivo. El Centro de Estudiantes leyó un escrito de despedida en el que apareció una frase que conmovió profundamente a las madres: la Gurruchaga no era solamente el segundo hogar de los estudiantes, sino que para muchos era directamente el primero.

"Pasan más horas en la escuela que en su propia casa", explicó Yanina. Por eso, esa declaración no era una metáfora vacía, sino una manera de expresar el vínculo que los chicos construyeron con la institución.

La celebración también dejó en evidencia una contradicción: mientras la comunidad de secundaria lograba organizarse para sostener uno de sus acontecimientos más importantes, los niveles inicial y primario, junto con la cooperadora, suspendían la peña de fin de año.

Las madres dijeron desconocer los motivos concretos de esa decisión, aunque consideraron que estaba relacionada con el conflicto de secundaria. Por eso, reclamaron que se revierta la suspensión, especialmente ahora que la escuela cuenta nuevamente con autoridades.

"Si no había directivos, estaba el Ministerio. Tienen que hablar con la gente del Ministerio", plantearon. Las respuestas que recibieron, según contaron, fueron que las autoridades ministeriales no sabían nada de la suspensión.

La situación se sumó a otra serie de cuestionamientos sobre el funcionamiento de la cooperadora, que, según explicaron, comprende a los tres niveles educativos. Las madres señalaron que algunas personas vinculadas a su administración tendrían designaciones relacionadas con el Ministerio y cuestionaron la falta de información y participación de las familias.

El malestar se profundizó cuando algunas madres descubrieron que existía una cuenta de Instagram de la cooperadora, a través de la cual se difundían actividades y decisiones que desconocían. Una de ellas contó que había pagado la cuota anual y, sin embargo, no estaba informada sobre las reuniones ni sobre lo que ocurría con los recursos y las actividades.

Al preguntar cuándo se realizaban los encuentros, aseguró que fue bloqueada de la cuenta. Otra madre contó que, a través de un contacto privado con una integrante de la cooperadora, pudo obtener alguna respuesta, aunque también apareció la referencia a cuestiones políticas que, según entendieron, atravesaban el funcionamiento de la organización.

Las entrevistadas mencionaron además la necesidad de investigar lo que ocurre en la Vecinal Maradona y su posible vinculación con algunos de los actores que intervienen en el conflicto. Sobre este punto, señalaron la importancia de que los medios indaguen en la situación institucional de esa organización.
Las puertas que no se abrieron

La búsqueda de respuestas no se limitó al Ministerio de Educación. Las familias también intentaron llevar el conflicto al Concejo Municipal de Rosario.

Yanina recordó que se acercaron a ese espacio cuando todavía no había estallado el conflicto de secundaria y la preocupación estaba concentrada principalmente en lo ocurrido en primaria. Allí fueron recibidas por representantes de Ciudad Futura y pudieron explicar parte de la problemática.

Después redactaron una nota solicitando una reunión con la Comisión de Cultura y Educación, presidida por Alicia Pino. Pero la respuesta nunca llegó.

Según relataron, cuando comenzaron a consultar por la posibilidad de concretar el encuentro, desde el Concejo les pidieron más información para conocer qué sucedía en la escuela. Las madres cuestionaron esa respuesta porque entendían que ya habían presentado los elementos necesarios para justificar la reunión.

También señalaron que no se trata de una experiencia aislada: conocen otros casos de familias y organizaciones que solicitan encuentros con autoridades y no consiguen concretarlos, o reciben llamados de último momento para que desistan de asistir.

En ese escenario, destacaron que la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes fue el espacio institucional que efectivamente les permitió exponer lo sucedido y avanzar en la recopilación de pruebas.

La otra ausencia que cuestionaron fue la del gremio docente. Las madres manifestaron su desconcierto por la falta de acompañamiento de AMSAFE durante el conflicto, especialmente porque, según denunciaron, los propios docentes también habrían sido víctimas de presiones, amenazas y malos tratos.

Recordaron que algunos sectores gremiales, como el Frente 4 de Abril, habían acompañado reclamos en algunas marchas. "Acompañen a los docentes. Los docentes son amenazados, son apretados, ganan dos mangos, lidian con un montón de cosas", reclamó una de ellas.

En ese sentido, describieron situaciones que consideraron graves: docentes que habrían discutido con autoridades y sufrido descompensaciones, familias a las que se habría descalificado por organizarse y expresiones políticas utilizadas para desacreditar a quienes reclamaban.

También mencionaron el caso de una portera que, según su relato, habría sido sometida a una situación humillante a raíz de la desaparición de un teléfono celular que posteriormente apareció. Las madres afirmaron que existen numerosas denuncias relacionadas con el trato hacia trabajadores de la institución y reclamaron que tanto el Ministerio como el gremio intervengan.

La inclusión no puede depender de un certificado
En la conversación, el conflicto de la Gurruchaga se amplió hacia una problemática que las madres consideran extendida en el sistema educativo: las dificultades para garantizar el acompañamiento de estudiantes que necesitan apoyos específicos para transitar su escolaridad.

Carolina y Yanina denunciaron que hay niñas y niños que requieren acompañantes terapéuticos o maestras integradoras y no reciben esos recursos. Según contaron, algunas escuelas especiales argumentan que no tienen personal disponible, mientras que en otras ocasiones se les dice a las familias que se trata de problemas de conducta que no justifican una integración.

En determinados casos, explicaron, se les propone a las madres que contraten un acompañante particular, pero después tampoco se garantiza que esa persona pueda ingresar a la escuela.

Para ellas, se trata de una situación que expone tanto a los estudiantes como a los docentes. Una maestra de grado no puede hacerse cargo por sí sola de un curso de treinta alumnos cuando algunos necesitan una atención específica que requiere formación y recursos adicionales.

"Para eso hay docentes que estudiaron y se capacitaron, maestras especiales, acompañantes terapéuticos, que son los que tienen que estar ahí acompañando", señalaron. Ese acompañamiento, agregaron, también es necesario para que los docentes de grado puedan desarrollar su trabajo con mejores herramientas.

Carolina relató entonces su propia experiencia con uno de sus hijos, que había presentado dificultades en algunas asignaturas y realizaba un tratamiento con una psicopedagoga. La familia había acercado informes profesionales en los que se solicitaban orientaciones y herramientas pedagógicas para trabajar sobre un diagnóstico de déficit de atención.

No estaban pidiendo una adaptación curricular, sino algunas indicaciones que permitieran acompañar mejor el proceso de aprendizaje.

Sin embargo, según contó, la respuesta de la dirección fue que no podían hacer nada si el estudiante no tenía un Certificado Único de Discapacidad (CUD).

La situación fue todavía más preocupante cuando, de acuerdo con su testimonio, le plantearon que, si no conseguía ese certificado, tendría que cambiar a su hijo de escuela porque la Gurruchaga era una institución técnica con determinadas exigencias.

Carolina cuestionó esa respuesta y señaló la contradicción que implicaba admitir situaciones de convivencia o dificultades de conducta sin exigir cambios de institución, mientras que a su hijo se le planteaba que debía irse por no contar con un certificado de discapacidad.

"No es para sacar certificado", explicó que había repetido en varias oportunidades. Lo que necesitaba era que la escuela pudiera escuchar a los profesionales que acompañaban al estudiante y ofrecerle herramientas para sostener su trayectoria educativa.

Yanina agregó que también conocía casos en los que ocurría exactamente lo contrario: familias que sí presentaban el CUD y recibían como respuesta que no era necesario ningún acompañamiento.

Según explicaron, es la escuela de nivel común la que debe solicitar la intervención de la modalidad especial y generar los espacios de evaluación necesarios para determinar qué apoyos requiere cada estudiante. Por eso, cuestionaron que las instituciones desestimen informes de neurólogos, psicólogos, fonoaudiólogos y psicopedagogos sin abrir instancias de diálogo.

También reclamaron capacitaciones para los equipos educativos y las autoridades, de manera que exista mayor claridad sobre los criterios para solicitar certificados y garantizar acompañamientos.

"La escuela tiene que ser un lugar que aloje", resumieron. Y agregaron que, como mínimo, no debería ser un espacio donde los chicos la pasen mal.

Las consecuencias de esas experiencias, explicaron, no siempre aparecen en forma de denuncias explícitas. Muchas veces se manifiestan en el cuerpo y en el comportamiento de los estudiantes: dolores de panza, dolores de cabeza, rechazo a asistir a clases e incluso situaciones de regresión en chicos que ya habían dejado atrás determinadas conductas infantiles.

"Hacen síntomas enseguida", advirtieron. Para las madres, esa dimensión emocional debería estar en el centro de cualquier política educativa. No alcanza con que un estudiante tenga una vacante o permanezca físicamente dentro del aula. También necesita sentirse cuidado, respetado y acompañado.

La identidad de la Gurru, entre el teatro, la memoria y la pertenencia
En medio de los cuestionamientos, las madres encontraron en distintas expresiones culturales de la escuela una forma de recordar qué es aquello que estaban defendiendo.

Yanina contó que había asistido a una presentación del elenco teatral de la institución y que la experiencia la había conmovido profundamente. Invitó a la comunidad de Rosario a acercarse a conocer el trabajo de ese grupo de actores y actrices, que había construido una obra alrededor del amor por la escuela.

Los estudiantes de sexto año estaban próximos a egresar y, desde el escenario, expresaban qué cosas iban a extrañar cuando dejaran de asistir a la Gurruchaga. También decían que, aunque ya no estuvieran físicamente allí, seguirían formando parte de la institución porque se la llevaban en el corazón.

Para Yanina, esa escena sintetizaba la identidad que las familias buscaban recuperar. "Yo quiero quedarme con el Centro de Estudiantes mil veces y con los alumnos de la escuela. Para mí son un ejemplo", afirmó.

La emoción tenía también una razón dolorosa. Las madres recordaron que uno de los primeros espacios cuestionados durante la intervención había sido precisamente el teatro y las clases del elenco. Según relataron, las restricciones y observaciones sobre la vestimenta de los estudiantes también formaron parte de las situaciones denunciadas.

Recordaron comentarios sobre el uso de gorras, remeras cortas y determinadas formas de vestirse, que interpretaron como expresiones de discriminación y prejuicio. Una de las frases que mencionaron fue especialmente contundente: "Acá no queremos villeros".

También recordaron advertencias dirigidas a estudiantes sobre su vestimenta y la posibilidad de que determinados comportamientos pudieran generar denuncias falsas contra docentes.

En ese contexto, la presentación teatral adquirió otro significado: era una manera de mostrar que la escuela que defendían estaba hecha de vínculos, experiencias, creatividad, participación y pertenencia.

La situación edilicia, además, sumaba dificultades a la vida cotidiana. Una de las madres recordó que su hija terminaba sexto año y que, junto con la emoción de verla egresar, no podía dejar de pensar en las condiciones en las que había transitado la secundaria.

"Llueve afuera y llueve adentro", describió. Habló de techos que se caen, de aulas afectadas por el calor y el frío y de una estudiante que durante el invierno llevaba una bolsa de agua caliente para poder permanecer sentada en clase.

La precariedad material contrastaba con el compromiso de muchos docentes, a quienes las madres reconocieron por el trabajo que realizan pese a los bajos salarios y las dificultades cotidianas.

La Gurruchaga, insistieron, no es solamente un edificio ni una estructura administrativa. Es una comunidad que se construyó a partir de años de trabajo, experiencias compartidas y una perspectiva de derechos que sus estudiantes reconocen como propia.

Por eso, la intervención había generado un dolor que iba mucho más allá de las decisiones institucionales.

El miedo, las amenazas y la decisión de no callarse
Otro de los aspectos que las madres quisieron visibilizar fue el temor que, según denunciaron, atravesó a las familias y a los trabajadores durante el conflicto.

Yanina pidió especialmente a otras comunidades educativas que no tengan miedo de contar lo que sucede. Reconoció que, en su experiencia, hubo amenazas, presiones y distintas formas de intimidación.

Entre los episodios relatados mencionó la circulación de capturas de pantalla de conversaciones de grupos de WhatsApp. Según contó, una directora habría recibido imágenes de los intercambios entre las familias y luego las habría reenviado a docentes.

También denunció que la directora de primaria habría amenazado a algunas madres con no firmarles el próximo certificado de escolaridad. En uno de los ejemplos que relató, una autoridad habría utilizado el cobro de la escolaridad para cuestionar a una familia que manifestaba dificultades económicas para comprar un libro de Matemática cuyo costo, según señaló, rondaba los 200.000 pesos.

La lógica de esas situaciones, para Yanina, era clara: convertir un trámite o una responsabilidad institucional en una herramienta de presión.

"Pero somos más, y ganamos porque ganamos desde el amor. Es así, ganamos desde el amor", afirmó.

Las madres reconocieron que su propia reacción había sido intensa. "Las madres somos una fiera. Se metieron con nuestros hijos y con nuestras hijas", expresó una de ellas.

Sin embargo, insistieron en que el movimiento estudiantil siempre buscó sostener una conducta respetuosa. Recordaron las manifestaciones en la calle, los cortes y las canciones que acompañaban los reclamos, pero también la insistencia del Centro de Estudiantes para que se cuidaran las palabras y se mantuviera el respeto.

Esa actitud contrastaba, según su mirada, con las acusaciones de violencia que recibían desde algunos sectores del Ministerio.

Una de las madres recordó que Sergio Libonati, coordinador pedagógico de Escuelas Secundarias del Ministerio de Educación, había calificado de violenta a una mamá que planteó la posibilidad de salir a reclamar públicamente.

También contó que, incluso después de las reuniones ministeriales, continuaban algunas restricciones en la escuela, como el cierre de los baños y el control de quiénes podían ingresar. En ese contexto, una estudiante del Centro de Estudiantes les había transmitido que les pedían que dejaran de quejarse y terminaran con la violencia.

La respuesta de las madres fue otra: quienes debían revisar sus prácticas eran las propias autoridades.

"Cuando yo levanto mi voz y digo basta, no estoy siendo violenta. Yo no le estoy pegando a nadie", sostuvo Yanina. Para ella, las manifestaciones eran la consecuencia de situaciones mucho más violentas que habían ocurrido dentro de la institución.

Recordó también una reunión en la que había explicado que no quería estar allí, discutiendo con autoridades, ni pasar sus días redactando denuncias o viendo carteles que expusieran las situaciones que los estudiantes decían haber vivido.

"Me hubiera sido más fácil estar en mi casa tomando mate", contó que había dicho. Pero había decidido estar presente porque sentía que se habían producido muchas crueldades y que alguien tenía que hacerse cargo.

Esa decisión tenía una razón concreta: sus hijos pasaban aproximadamente once horas por día en la escuela.

"Yo quiero estar tranquila, que estén en una escuela donde los cuidan, donde se sienten protegidos", había explicado durante una de las reuniones. Sus hijos aman la Gurruchaga, afirmó, y la sienten como una segunda casa.

Por eso, la posibilidad de que estuvieran expuestos a malos tratos mientras ella permanecía en su hogar era algo que no podía aceptar.

En un momento llegó a pensar que su hijo no debía continuar en la institución. Cuando se lo planteó, el propio chico le dijo que no quería dejar la Gurruchaga. La respuesta que recibió entonces de una autoridad fue que quizá debía cambiarlo de escuela porque esa institución no era para él y existían otros establecimientos a los que podía enviarlo.

El episodio quedó grabado en su memoria como una expresión de una lógica de exclusión: ante una dificultad, en lugar de buscar herramientas para acompañar al estudiante, se proponía que abandonara la escuela.

Una nueva etapa, con una comunidad que seguirá atenta
La recuperación de la conducción por escalafón interno abrió una etapa diferente. En la secundaria, las madres perciben un cambio de clima y aseguran que los estudiantes están más tranquilos.

Yanina contó que había conversado con su hijo menor, que cursa primer año y tiene trece años, para preguntarle cómo se sentía después del apartamiento de los interventores.

La respuesta fue breve: "Mamá, se fueron". Después, el chico le explicó que antes sentía que podía ocurrir una tragedia en el patio y que las autoridades seguirían tomando café como si nada pasara.

La imagen que construyó ese adolescente impresionó a su madre. Para ella, expresaba de una manera muy clara la sensación de indiferencia que los estudiantes habían experimentado.

También recordó los carteles que habían aparecido por toda la escuela durante las manifestaciones. En ellos, los chicos expresaban de manera creativa y artística las situaciones que denunciaban. Algunos ya no estaban, pero para las madres habían sido una prueba de la valentía con la que los adolescentes lograron poner en palabras experiencias dolorosas.

Durante el FestiRock, Yanina miraba esos carteles y pensaba en todo lo que los estudiantes habían tenido que atravesar para defender la escuela.

"Estoy horas y horas pensando cómo defender una escuela. Es terrible", reconoció. Pero dejó claro que continuaría haciéndolo y acompañando a sus hijos y al resto de la comunidad.

Ahora, el horizonte debía ser otro: trabajar con los docentes, fortalecer los vínculos y dejar atrás las prácticas que habían provocado tanto sufrimiento.

"Hay que apostar por eso. Desterrar todo lo que ya está, ya está. Ahora vamos por otro horizonte", planteó. Un horizonte, agregó, que necesariamente debía ser más humano.

La nueva conducción también deberá comprender que la Gurruchaga no es una institución que pueda administrarse de espaldas a quienes la integran. Las madres señalaron que cualquier equipo directivo debe saber que existe una comunidad formada por estudiantes, Centro de Estudiantes, familias y docentes, y que la comunicación es la base de cualquier vínculo institucional.

Pidieron que las autoridades informen lo que hacen, dialoguen con las familias y comuniquen incluso las situaciones cotidianas, los accidentes y los problemas que puedan surgir.

"Nosotros vamos a escucharlos, nosotros siempre vamos a darle para adelante con la escuela", aseguró Carolina. No reclaman una institución sin límites ni normas. Entienden que es necesario establecerlos, pero sostienen que eso debe hacerse desde el respeto y el cuidado.

En cuanto a la estabilidad de las nuevas autoridades, explicaron que todavía no tienen certezas sobre cuánto tiempo permanecerán en sus cargos. Según su interpretación del mecanismo de escalafón, podrían producirse modificaciones cuando se incorporen nuevos puntajes, posiblemente entre marzo y abril del año siguiente, aunque también existe la posibilidad de que continúen.

En primaria, mientras tanto, la directora se encontraba cumpliendo una suplencia como supervisora hasta el 31 de diciembre. Las madres expresaron que esperan que encuentre otro espacio laboral, pero advirtieron que, si regresa a la institución, continuarán con los reclamos.

"Hay audios, hay videos, hay actas, hay denuncias", enumeraron.

La decisión de seguir organizadas no responde únicamente a lo que ocurrió en la Gurruchaga. También tiene que ver con la necesidad de que otras familias, estudiantes y centros de estudiantes sepan que pueden reclamar cuando sus derechos son vulnerados.

"Hablen, digan, muévanse, hagan lío", pidió Yanina. Y explicó que, en su experiencia, las familias adultas se encuentran muchas veces con bloqueos en las redes institucionales, falta de respuestas, reuniones que no se concretan y situaciones de intimidación.

Contó que algunas madres ni siquiera pueden acceder a las publicaciones de las cuentas oficiales de la escuela porque fueron bloqueadas, aunque allí continúen apareciendo fotografías de sus propios hijos.

A eso se suma, según denunció, la circulación de capturas de conversaciones privadas en grupos de WhatsApp y el aislamiento de quienes se atreven a cuestionar decisiones de las autoridades.

"Me parece a mí que esto, que el abuso de poder, se tiene que desterrar", sostuvo.

La conquista de la nueva conducción no borra esas experiencias, pero sí demuestra que la organización colectiva pudo modificar una decisión que parecía inamovible.

"Otra vez, se defendió la identidad de la Gurru"
Al cierre de la conversación, las madres volvieron sobre una idea que había aparecido desde el comienzo: la importancia de no naturalizar el maltrato dentro de las instituciones educativas.

Recordaron que durante el conflicto habían aparecido carteles en las aulas con una consigna tan sencilla como contundente: "Basta de maltrato".

Yanina contó que había llevado esa imagen a las reuniones con el Ministerio para plantear una pregunta que, según consideró, merecía una reflexión profunda: ¿es necesario que los propios estudiantes tengan que pedir que no los maltraten dentro de un aula?

Para las entrevistadas, esa pregunta resume buena parte de lo ocurrido. Una escuela debería ser un espacio de cuidado, aprendizaje, participación y respeto. Cuando los chicos necesitan organizarse para reclamar algo tan básico, hay un problema institucional que no puede minimizarse.

La conversación también recuperó una contradicción que las madres consideraron especialmente significativa. Mientras el gobierno provincial participaba de la inauguración de un espacio destinado a que las infancias conocieran sus derechos, en una escuela pública de Rosario los estudiantes habían tenido que salir a la calle para reclamar que esos mismos derechos fueran respetados.

La comparación, señalaron, expone la distancia entre los discursos públicos sobre las infancias y las experiencias concretas que pueden atravesar dentro de las instituciones.

El balance, entonces, no es el de un conflicto definitivamente cerrado. Es el de una comunidad que consiguió una modificación importante, pero que todavía reclama investigaciones, respuestas, garantías para los docentes, recursos para la inclusión y condiciones para que los estudiantes puedan transitar la escuela sin miedo.

También es el de una experiencia que puso en primer plano el valor de la participación estudiantil y el acompañamiento familiar. Los chicos no fueron espectadores de un conflicto entre adultos: fueron protagonistas de una organización que encontró en las asambleas, las expresiones artísticas, los carteles y las manifestaciones una manera de defender su escuela.

Por eso, el Centro de Estudiantes, que se mantuvo más resguardado durante esta etapa, también hizo llegar su agradecimiento a través de un comunicado. Las madres explicaron que los jóvenes conocían la realización de la entrevista y que habían decidido expresar su reconocimiento por los espacios de comunicación que permitieron que sus voces circularan.

Carolina y Yanina agradecieron especialmente a Aire Libre Radio Comunitaria y a los programas que les dieron lugar para contar lo sucedido. Destacaron que sus testimonios pudieron recorrer distintos espacios y que eso permitió que una problemática que no encontraba suficiente difusión llegara a más personas.

"Es el único medio que cuenta las verdades y que está siempre del lado del oprimido, de quien sufre", expresaron, al valorar el acompañamiento recibido.

La historia de la Gurruchaga todavía tiene capítulos por escribir. Quedan denuncias por investigar, responsabilidades por establecer, decisiones institucionales por explicar y una comunidad que necesita recuperar la confianza. Pero también hay una certeza que las madres ya no quieren soltar: los estudiantes demostraron que pueden organizarse, defender sus derechos y hacerse escuchar.

La recuperación de la conducción por escalafón interno fue el resultado de esa persistencia. No fue una concesión aislada ni una decisión que llegó sin reclamos. Fue la consecuencia de meses de organización, exposición pública, reuniones, denuncias y acompañamiento colectivo.

En aquella primera entrevista, la incertidumbre era el sentimiento dominante. Hoy, con nuevas autoridades en la secundaria y la intervención apartada, aparece una esperanza que no desconoce lo ocurrido, pero que busca construir otra etapa.

La Gurruchaga quiere volver a ser una escuela donde los chicos puedan aprender, expresarse, hacer teatro, encontrarse con sus compañeros y sentirse parte de algo que los excede.

Una escuela que no obligue a sus estudiantes a pedir que no los maltraten. Una escuela donde las familias puedan preguntar sin temor y donde los docentes tengan las condiciones necesarias para enseñar.

Porque, como reivindicaron los estudiantes en su comunicado, una vez más se defendió la identidad de la Gurru.

Y porque, después de todo lo vivido, Carolina y Yanina se quedan con una convicción que también quieren transmitir a otras comunidades educativas: "Luchar sirve".

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 17 de octubre de 2026

Nuestra vida son los ríos: la historia de Cosita Romero llega a la historieta

La historia de Luis "Cosita" Romero nace a orillas del Paraná, entre canoas, jornadas de pesca y una vida marcada por las dificultades, pero también por el compromiso con la defensa del río y la organización colectiva. Baqueano y referente de las luchas socioambientales de Entre Ríos, Romero se convirtió en uno de los rostros reconocibles de la resistencia a los proyectos de represas hidroeléctricas en el Paraná Medio durante la década de 1990. Décadas después, continúa al frente de las movilizaciones que reclaman la soberanía sobre el río, cuestionan su privatización y advierten sobre las consecuencias ambientales del dragado profundo. Ahora, su trayectoria llega al lenguaje de la historieta con Nuestra vida son los ríos. La historia de Luis "Cosita" Romero, una publicación del Colectivo Editorial Aguará, con guion de Pablo Mariano Russo e ilustraciones de Ricardo "Jaimo" Jaimovich, que se presentó en la Feria del Libro Rosario. En ese marco, Russo y Jaimovich participaron del programa Señales, de Aire Libre Radio Comunitaria, donde compartieron detalles del proceso creativo y reflexionaron sobre la historia de Romero, la memoria de las luchas socioambientales y la importancia de defender el Paraná.

Una historia personal que habla de toda una comunidad
La propuesta recupera una historia individual para contar, al mismo tiempo, las experiencias de lucha de toda una comunidad ribereña. No se trata solamente de reconstruir la biografía de un personaje conocido en Paraná, sino de poner en circulación una memoria colectiva vinculada con la defensa del territorio, el cuidado de los humedales y el derecho a un ambiente sano. A través de sus páginas, el libro busca acercar esas experiencias a las nuevas generaciones y ofrecer herramientas para comprender la importancia de la participación comunitaria frente a las transformaciones que amenazan los ecosistemas y las formas de vida asociadas al río.

Pablo Mariano Russo, periodista, docente universitario y gestor cultural radicado en Paraná, conoce de cerca ese entramado de experiencias. Es codirector y editor de la revista cultural digital 170 Escalones, integra la Radio Comunitaria Barriletes 89.3 y participa de la red del Foro Argentino de Radios Comunitarias (FARCo), donde se desempeña como corresponsal y realiza reportes para el noticiero.

Durante la presentación del proyecto, aprovechó para actualizar una información sobre su participación en la emisora: ya no está a cargo de la coordinación de Barriletes, una responsabilidad que asumió su compañera Estefanía de la Fuente. Él continúa participando en la asociación y, según explicó, el cambio expresa también una decisión de dar lugar a las nuevas generaciones.

Su recorrido profesional se completa con la docencia en la Tecnicatura en Gestión Cultural de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, la fundación y programación del Cine Club Musidora y la coautoría del libro El compañero que lleva la cámara. Cine militante argentino. Desde el Colectivo Editorial Aguará participa en proyectos de historieta relacionados con la memoria, la historia y las luchas sociales de la región. Su trabajo en la comunicación y la gestión cultural se enlaza, además, con el compromiso socioambiental y con iniciativas dedicadas a la defensa de los humedales y de la cuenca del Paraná.
De Paraná a Yacyretá: la travesía contra las represas

La elección de Romero como protagonista, explica Russo, responde a una historia que trasciende su propia vida. En Paraná, Cosita se convirtió en un personaje público en los años noventa, cuando encontró una forma singular de enfrentar los proyectos de represas hidroeléctricas en el Paraná Medio. Junto con otro pescador, Raúl Rocco, emprendió una travesía en canoa desde Yacyretá hasta Paraná, bajo la consigna "Por la Libertad de los Ríos", para oponerse a la construcción de las represas y advertir a las poblaciones ribereñas sobre los daños que esas obras podían provocar en el ecosistema y en las comunidades costeras.

La expedición fue una tarea de difusión y concientización que, vista desde el presente, adquiere dimensiones de epopeya. Los dos pescadores avanzaban a remo de pueblo en pueblo, haciendo paradas para conversar con los habitantes y repartir volantes. Llevaban alrededor de 80 kilos de material impreso con información sobre las consecuencias ambientales y sociales de las represas. Era una época sin redes sociales, sin teléfonos celulares y con muchas menos posibilidades de conexión inmediata entre comunidades. Por eso, cada llegada a una localidad suponía la oportunidad de establecer un vínculo directo, compartir información y sumar voces a una resistencia que se extendía por distintos puntos de la cuenca.

Aquella travesía convirtió a Romero y Rocco en símbolos de la lucha antirrepresas. Su recorrido contribuyó a visibilizar una amenaza que no afectaba únicamente a un lugar determinado, sino al conjunto del río y a las poblaciones que dependen de él. En esa experiencia, la defensa ambiental se construía desde el contacto con la gente, el intercambio de información y la convicción de que las comunidades debían tener un papel central en las decisiones sobre su territorio.

Del río como sustento a la defensa del territorio
Con el paso de los años, Romero continuó ligado al río desde distintos lugares. Fue baqueano y su figura quedó asociada a un islote situado frente a la ciudad de Paraná, reconocido como reserva natural. Su conocimiento del curso de agua, de sus movimientos y de sus paisajes forma parte de una relación cotidiana que no se limita a la contemplación: el río fue también su fuente de sustento y el de su familia. La pesca le permitió vivir y construir una experiencia que comparte con numerosos habitantes de las costas entrerrianas.

En los últimos años, esa relación volvió a traducirse en una participación activa en las luchas socioambientales. Romero se puso nuevamente al frente de una red de asociaciones y organizaciones ambientalistas de la cuenca que se oponen a la privatización del Paraná, defienden la soberanía sobre el río y cuestionan el dragado profundo por los daños que podría ocasionar en los ecosistemas. Las discusiones actuales recuperan, desde nuevas circunstancias, una preocupación que atraviesa toda su trayectoria: quién decide sobre el río, con qué intereses y qué consecuencias tienen esas decisiones para las comunidades y el ambiente.

El niño que pedía "una cosita"
Sin embargo, para Russo hay otro aspecto que vuelve especialmente significativa la historia de Romero. Detrás del referente ambiental hay una persona de origen humilde, marcada por una infancia muy difícil. Su apodo, "Cosita", remite precisamente a esos primeros años. Cuando era chico, salía a pedir ayuda por las calles y tocaba timbre en las casas, muchas veces acompañado por su abuela. Pedía "una cosita" —o "una coyita", como decía entonces—, y de aquella expresión nació el sobrenombre con el que más tarde sería conocido en Paraná.

Esa historia personal permite comprender una dimensión menos visible de su recorrido. Antes de convertirse en un referente de las luchas ambientales, Romero fue un niño que conoció las dificultades materiales y un pescador cuya vida estuvo estrechamente ligada al río. Para el equipo editorial, esas experiencias lo convierten en una figura representativa de muchos habitantes costeros de pueblos y ciudades de la región. Su historia reúne elementos de una experiencia compartida: la relación cotidiana con el agua, la dependencia de los recursos naturales, las dificultades de la vida y la necesidad de organizarse cuando el territorio se ve amenazado.

Por eso, la elección de Cosita como protagonista no busca presentar a un héroe aislado, sino encontrar en una persona concreta la expresión de una lucha colectiva. Su biografía funciona como una puerta de entrada a otras historias, a las de quienes acompañaron las campañas contra las represas, las organizaciones que defienden los humedales y las comunidades que se movilizan ante los proyectos que consideran perjudiciales para el Paraná.
Contar una vida en 24 páginas
Llevar esa trayectoria a una historieta supuso, no obstante, un desafío narrativo. La publicación tiene apenas 24 páginas y debió condensar una vida extensa, atravesada por diferentes momentos y experiencias. Russo reconoce que el trabajo exigió una síntesis importante y un proceso de elaboración compartido con Jaimovich. La historieta es, en ese sentido, una cocreación: guion e imágenes se desarrollaron mediante un diálogo constante, en un ida y vuelta que combinó reuniones de trabajo, conversaciones y muchos cafés y medialunas.

El proceso también incluyó encuentros con el propio Romero para reconstruir episodios de su vida y decidir cuáles podían incorporarse al relato. La dificultad consistía en preservar los momentos fundamentales de una trayectoria reconocida por su participación en las luchas ambientales sin convertir la narración en una sucesión apresurada de acontecimientos. Cada elección implicaba definir qué escenas podían transmitir, en pocas páginas, tanto la singularidad de su protagonista como el alcance colectivo de las experiencias que representa.

La historieta ofrece así una forma de acercamiento distinta a una historia que ya forma parte de la memoria social de Paraná. El lenguaje gráfico permite combinar episodios biográficos, imágenes del río y momentos de movilización para construir un relato accesible a lectores de distintas edades. Esa posibilidad resulta especialmente importante para el equipo editorial, que busca que las nuevas generaciones conozcan las luchas anteriores y encuentren en ellas elementos para interpretar los conflictos ambientales del presente.

Las luchas del Paraná, entre la memoria y el presente
Las movilizaciones de los años noventa contra las represas dejaron aprendizajes que siguen vigentes. La defensa del Paraná no terminó con aquellas campañas, sino que se prolonga en nuevas discusiones y formas de organización. En la actualidad, distintas agrupaciones ambientales y espacios de participación ciudadana trabajan sobre cuestiones relacionadas con la recuperación del río, la protección de los humedales y la soberanía sobre la cuenca. Entre ellas se encuentran el Foro por la Recuperación del Paraná y las asambleas vinculadas con la defensa de los humedales, cuyas iniciativas también tienen presencia en Paraná.

Para Russo, uno de los aspectos más interesantes de este escenario es que esas organizaciones y formas de participación están hoy interconectadas. La articulación entre colectivos permite coordinar esfuerzos, compartir información y construir respuestas comunes frente a problemas que no reconocen las fronteras entre localidades. Si en los años noventa Romero y Rocco debían recorrer el río para llevar personalmente sus volantes y explicar los riesgos de las represas, las organizaciones actuales cuentan con otras herramientas para comunicarse y vincular sus reclamos. Esa mayor conexión abre posibilidades para que las luchas se desarrollen de manera más coordinada.

La continuidad entre aquellas experiencias y las actuales es uno de los ejes que atraviesan Nuestra vida son los ríos. La historia de Romero permite reconocer que los conflictos ambientales no aparecen de manera aislada ni se agotan en una coyuntura: forman parte de una relación histórica entre las comunidades, el territorio y las decisiones políticas y económicas que inciden sobre ambos. También muestra que la defensa de un ecosistema puede convertirse en una causa compartida cuando quienes lo habitan reconocen que está en juego mucho más que un recurso natural.

Un río que también es identidad y soberanía
En esa trama, el Paraná es paisaje, sustento, memoria e identidad. Es el río que alimentó a Romero y a su familia, el escenario de su travesía contra las represas y el territorio que hoy vuelve a convocarlo frente a las amenazas de la privatización y el dragado profundo. Su historia, trasladada a la historieta, recupera la experiencia de un hombre que hizo de su vínculo con el agua una forma de compromiso público.

La publicación del Colectivo Editorial Aguará propone, finalmente, mirar más allá de una biografía y reconocer las voces que sostienen las luchas colectivas. Al contar la vida de Cosita Romero, reconstruye también una parte de la historia socioambiental entrerriana y plantea una pregunta que sigue abierta para las generaciones presentes y futuras: cómo defender un río que es mucho más que un curso de agua, porque en él se enlazan la vida de las comunidades, la riqueza de los humedales y la soberanía sobre el territorio.

Cosita Romero, entre el río y la memoria: las imágenes de una lucha colectiva
Las imágenes, a veces, pueden contar aquello que las palabras no alcanzan a explicar. En una historieta, el paisaje no es solamente el escenario donde transcurre una historia: también puede convertirse en una forma de expresar emociones, reconstruir una memoria y abrir preguntas que el texto deja deliberadamente abiertas. Para Ricardo "Jaimo" Jaimovich, ilustrador de Nuestra vida son los ríos. La historia de Luis "Cosita" Romero, dibujar el Paraná significó explorar esa relación entre la naturaleza, la experiencia humana y aquello que cada lector completa con su propia imaginación.
Dibujar lo que las palabras no alcanzan a contar

Jaimovich es arquitecto, vive en Paraná y es, además, un dibujante profundamente interesado en la naturaleza y el paisaje. Su formación y su trabajo lo acercan a la observación de los espacios, pero la historieta le propone otro desafío: encontrar imágenes capaces de complementar el relato sin limitarse a ilustrar literalmente lo que dicen las palabras. En el paisaje costero, señala, suele pensarse primero en la naturaleza, aunque también existe una naturaleza humana que vuelve a emerger, crece y transforma ese entorno.

El trabajo con Pablo Mariano Russo, guionista de la publicación, le permitió comprender hasta qué punto la ilustración podía abrir otros sentidos. Durante el proceso de creación, ambos realizaron entrevistas a Romero. Mientras Russo conversaba con él, Jaimovich dibujaba rápidamente las situaciones y los gestos que aparecían en el relato. Esos registros se convirtieron en parte de la elaboración gráfica de la historieta y permitieron que las imágenes surgieran del contacto directo con el protagonista.

El intercambio entre los autores también implicó aprender a correrse del propio lugar. Jaimovich recuerda que Russo le señalaba, en ocasiones, que no era necesario dibujar determinadas cosas, e incluso le acercaba algunos croquis para orientar la composición de las escenas. Para el ilustrador, esa experiencia puso en cuestión la idea de que saber dibujar implica poder resolverlo todo desde una mirada individual. En el proceso comprendió que había un tercer autor fundamental: el propio Cosita Romero, cuya voz, experiencia y manera de interpretar el mundo debían ocupar el centro del relato.

El río, la imaginación y lo que sucede entre viñetas
Los paisajes, entonces, no podían ser una simple reproducción de la realidad. Debían acompañar una experiencia que también se construye en la imaginación de quien observa. Jaimovich recupera, en ese sentido, una reflexión vinculada con el cineasta Werner Herzog y la pregunta acerca de qué constituye la verdad en una obra cinematográfica. Desde su interpretación, esa reflexión también puede trasladarse a aquello que el espectador imagina frente a una imagen. Una realidad puede resultar abrumadora, pero una representación artística también permite detenerse en un detalle, descubrir una perspectiva o imaginar cómo se encuentra una persona en medio de la inmensidad.

Uno de los dibujos que surgieron durante el trabajo expresa esa búsqueda. En una escena, Cosita aparece sobre la línea del horizonte, representado casi como un monstruo frente a la extensión del río, rodeado de canoas. La imagen transmite la dimensión del paisaje y, al mismo tiempo, la relación del protagonista con ese territorio. La idea surgió de un dibujo realizado por Russo que Jaimovich tomó como punto de partida para desarrollar la escena. El desafío consistía en encontrar una forma de narrar, dentro de los cuadros de la historieta, algo que excedía la descripción directa.

El ilustrador reconoce también que su manera de dibujar conserva una impronta de otra época, una línea gráfica que define con humor como propia de alguien de los años ochenta. Sin embargo, ese estilo se fue transformando durante el proceso, en diálogo con las fotografías y las imágenes que Russo le enviaba. La historieta se construyó así a partir de una combinación de registros, referencias y búsquedas personales que terminaron por darle forma a un lenguaje compartido.

Para Jaimovich, una de las particularidades de este género es precisamente aquello que sucede entre una viñeta y la siguiente. Allí existe un tiempo que no está dibujado de manera explícita, un espacio que el lector completa mentalmente. Ese vacío también forma parte de la narración: permite imaginar lo que ocurrió antes, lo que sucede después y aquello que no puede quedar contenido en una página. En el caso de Cosita, esa apertura hace posible que su figura continúe siendo descubierta más allá de los episodios seleccionados para el libro. La historieta cuenta una parte de su vida, pero deja abierta la posibilidad de seguir explorando todo lo que esa experiencia contiene.

Esa búsqueda gráfica dialoga con el sentido más amplio de la publicación. La resistencia a los proyectos de represas de los años noventa no pertenece únicamente al pasado, sino que mantiene una relación directa con las discusiones actuales sobre el dragado, la privatización, la gestión y la soberanía del Paraná. Para Russo, las continuidades entre aquellos conflictos y los que atraviesan hoy a las comunidades ribereñas hacen necesario preservar la memoria de las luchas anteriores. Conocer esas experiencias permite comprender lo que ocurrió y reconocer aquello que todavía es necesario defender.
Una historieta para llevar las luchas a las aulas

La elección de la historieta como lenguaje también está relacionada con la identidad del Colectivo Editorial Aguará, integrado por comunicadores, comunicadoras y diseñadores que trabajan en torno a problemáticas de la región. El colectivo tiene una presencia en Rosario y otra en Paraná, y sus publicaciones recuperan historias de Rosario, Victoria, Santa Fe y otras localidades vinculadas con luchas colectivas por derechos. Entre sus ejes de trabajo aparecen las cuestiones ambientales, los derechos humanos, la violencia institucional y las problemáticas de género.

En ese marco, Nuestra vida son los ríos no se limita a reconstruir una biografía ni a proponer una experiencia estética. El libro incorpora, en sus últimas páginas, una guía con información de contexto, referencias a leyes y preguntas destinadas a acompañar instancias educativas, tanto formales como no formales. El material permite profundizar algunas situaciones que aparecen en la narración, conocer mejor a determinados personajes y abrir discusiones que, por las limitaciones de espacio, no pudieron desarrollarse por completo dentro de las viñetas.

La dimensión pedagógica forma parte, de ese modo, del proyecto editorial. La intención es que el libro pueda circular en las aulas, en actividades de promoción de la lectura y en espacios comunitarios donde se discutan las relaciones entre el ambiente, los derechos y la participación ciudadana. La guía ofrece herramientas para que docentes y estudiantes continúen trabajando sobre los temas que plantea la historia, pero también para que otros lectores puedan acercarse a conflictos de su propia región y reconocerlos como parte de una trama colectiva.

Cuando se pregunta qué le gustaría que quedara en quienes lean la historieta, Russo señala dos objetivos: despertar la curiosidad por el territorio que habitamos y generar interés por aquellas personas que no se quedaron de brazos cruzados frente a las injusticias. La historia de Romero, considera, puede contagiar una actitud que él mismo sostiene desde hace años: no importa cuán poderoso sea el adversario, siempre hay algo que se puede hacer. Incluso una acción que parece pequeña puede contribuir a producir transformaciones importantes.

Esa idea atraviesa la figura del protagonista y ayuda a comprender por qué el libro evita presentarlo como un héroe extraordinario. Cosita es, antes que nada, uno de esos personajes que suelen permanecer ocultos en las historias oficiales, aunque sus acciones hayan contribuido a cambiar la realidad de sus comunidades. Reconocerlo y valorizar su recorrido implica mirar de otra manera a quienes, sin ocupar necesariamente lugares de poder, sostienen durante años las luchas por los derechos y la defensa del territorio.

Entre Tarzán y Juan L. Ortiz: imaginar a Cosita
Para representar esa singularidad, Russo y Jaimovich se permitieron una licencia poética: imaginaron a Romero como una combinación de Tarzán y Juan L. Ortiz, el gran poeta entrerriano cuya obra está profundamente vinculada con el río y el paisaje. La comparación reúne dos aspectos de su personalidad. Por un lado, su relación con las islas y los humedales; por otro, una manera de hablar que, según Russo, tiene una dimensión poética, aun cuando su formación académica haya sido escasa.

La referencia a Tarzán, además, tiene una raíz concreta en la infancia de Romero. Cuando era muy chico, atravesó situaciones de extrema dificultad y hubo temporadas en las que dormía en la calle. Durante los inviernos buscaba refugio en el cine para protegerse del frío. Al preguntarle cuáles eran sus películas favoritas, los autores descubrieron que Tarzán era uno de los personajes que admiraba. De esa memoria nació la imagen de una especie de Tarzán de los humedales, un hombre entre las islas, con el pelo erizado, que al mismo tiempo podía evocar la figura del poeta Juan L. Ortiz.

La representación no pretende convertirlo en un superhéroe, sino encontrar una imagen poética capaz de reunir su historia, su vínculo con el paisaje y su manera de comprender el mundo. Romero es un habitante del río, una persona común que se encuentra con otras y actúa junto a ellas para transformar la realidad. En esa condición reside, precisamente, la fuerza de su ejemplo.

Jaimovich agrega que la valentía puede comenzar en una sola persona, independientemente de las condiciones en las que viva. La acción colectiva es indispensable, pero no surge de la nada: comienza cuando alguien decide actuar y, a partir de ese gesto, moviliza a otros. En una intervención anterior de Romero durante una actividad vinculada con la serie de libros sobre Paraná, el protagonista había insistido en esa idea. Para los autores, su manera de hablar, sus expresiones y la fuerza de sus arengas fueron elementos que la historieta buscó recuperar mediante las imágenes.

La potencia gráfica aparece, entonces, en la posibilidad de transmitir no solamente lo que Cosita hizo, sino también su forma de estar en el mundo. Su voz, su presencia y su relación con el río se convierten en elementos centrales de una narración que busca representar tanto al individuo como al movimiento colectivo del que forma parte.

Historietas para reconstruir las memorias que faltan
La trayectoria de Aguará permite reconocer que este proyecto forma parte de una línea editorial más amplia, dedicada a contar historias que muchas veces quedan relegadas de los grandes relatos públicos. Entre sus publicaciones recientes se encuentra Escribir otra historia, con guion de Sonia Tessa e ilustraciones de Jimena Esborraz, que reconstruye la historia real de Lía Basso, una mujer que sobrevivió a un intento de femicidio en Rosario en 2015.

El caso permitió abordar no solamente la violencia ejercida por su pareja, sino también la violencia simbólica que sufrió después a través del tratamiento periodístico del diario La Capital. La cobertura mediática contribuyó a la revictimización de la mujer, y la historieta propone reflexionar sobre la violencia de género y las responsabilidades que intervienen en la construcción pública de estos casos.

Otro de los títulos del colectivo es Todos sabíamos, dedicado a la historia de Franco Casco, una publicación sobre violencia institucional con guion de Matías Gómez Vita e ilustraciones de Joaquín Álvaro Valdez. A ese trabajo se suma No fumiguen mi escuela, centrado en las fumigaciones en zonas cercanas a escuelas rurales de Entre Ríos, y Desde la raíz, que recupera la historia de una militante desaparecida y luchadora de las Ligas Agrarias durante la década de 1970.

Con alrededor de una docena de títulos, el catálogo de Aguará reúne relatos vinculados con conflictos sociales, ambientales y políticos que marcaron a las comunidades de la región. Las historietas funcionan como herramientas para reconstruir memorias, poner en circulación historias reales y promover debates sobre situaciones que continúan teniendo consecuencias en el presente.

Russo invita a quienes quieran conocer esas publicaciones a seguir al colectivo en las redes sociales y ponerse en contacto para consultar por los materiales. En Rosario, Aguará cuenta con un espacio en el Pasaje Pan, aunque el ilustrador y el guionista recomiendan consultar directamente al colectivo para conocer las posibilidades de acceso a sus libros. Durante los días de la Feria del Libro, además, las publicaciones pueden encontrarse en un stand donde se exhiben los distintos títulos.

La presentación de Nuestra vida son los ríos se inscribe así en un recorrido editorial que combina creación artística, investigación y compromiso social. La historieta no busca cerrar una historia ni ofrecer una imagen definitiva de su protagonista. Por el contrario, invita a descubrirlo desde distintas perspectivas y a reconocer que detrás de cada lucha hay personas con trayectorias complejas, experiencias difíciles y una capacidad concreta para intervenir en la realidad.
Una historia que sigue remando

Cosita no pudo asistir a la presentación debido a inconvenientes personales y envió mensajes para disculparse por su ausencia. Sin embargo, su participación en las actividades del Foro por la Recuperación del Paraná continúa siendo habitual. Russo recordó que, aproximadamente un mes antes, habían realizado una presentación junto con el foro en la Facultad de Medicina y anticipó una nueva actividad en Victoria para noviembre, probablemente a mediados de ese mes.

También destacó la presencia de Romero en las remadas que se realizaron durante este año y el anterior desde Formosa hasta Rosario. El baqueano suele acercarse a la llegada de las embarcaciones para participar del recibimiento en las playas rosarinas. Esas travesías recuperan, desde otras circunstancias, una forma de vincular las comunidades a través del río y de mantener visibles los reclamos por su defensa.

En esa continuidad entre memoria y acción se encuentra una de las claves del libro. La historia de Cosita Romero no se agota en su infancia, en sus años de pescador ni en las campañas contra las represas. Se prolonga en cada nueva discusión sobre el futuro del Paraná, en las organizaciones que defienden los humedales y en quienes deciden involucrarse cuando consideran que un derecho o un territorio están amenazados.

Las imágenes de Jaimovich y el guion de Russo construyen un relato que combina biografía, paisaje e imaginación para acercar esa experiencia a nuevos lectores. Entre una viñeta y otra queda un espacio abierto: allí pueden aparecer otras historias, otras voces y otras formas de comprender la relación entre las personas y el ambiente.

Pablo Mariano Russo y Ricardo "Jaimo" Jaimovich presentan así Nuestra vida son los ríos. La historia de Luis "Cosita" Romero, una historieta que recupera la memoria de las luchas por el Paraná y recuerda que detrás de la defensa de un territorio hay personas, comunidades y muchas historias por contar.

Porque conocer el pasado también es una manera de comprender el presente. Y reconocer a quienes actuaron antes puede ayudar a que otros encuentren la fuerza para hacerlo ahora. La historia de Cosita invita, en definitiva, a mirar el río con otros ojos, a preguntarse qué queremos proteger y a asumir que el futuro de ese paisaje compartido también depende de las decisiones y las acciones de quienes lo habitan.

Escuchá la entrevista completa:

domingo, 11 de octubre de 2026

Rosario, la ciudad de las desigualdades: crece la pobreza mientras y cientos de personas viven en la calle

Ante el Concejo Municipal, organizaciones sociales, religiosas y de derechos humanos denunciaron el crecimiento de la pobreza y la indigencia, las dificultades para acceder a los refugios y la falta de respuestas ante situaciones de extrema vulnerabilidad. En Señales, Aire Libre Radio Comunitaria, sus referentes reconstruyeron los principales planteos de la audiencia, compartieron experiencias y reclamaron medidas concretas para garantizar vivienda, alimentación, salud, educación y trabajo.

Durante una audiencia realizada el lunes 5 de octubre de 2026, denunciaron que la emergencia alcanza a familias enteras, que los refugios no logran responder a la demanda y que las necesidades más elementales de quienes viven en la calle continúan sin una respuesta suficiente.

El encuentro tuvo lugar en el marco de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos del Concejo Municipal y reunió a representantes de distintos espacios comunitarios. Entre ellos estuvieron Mercedes Guzmán, de la Iglesia Metodista; Juan Carlos Echegaray, de la Ronda de Madres; Sergio Cabreriza y León López, del refugio Sol de Noche, además de referentes de derechos humanos y de las organizaciones que impulsaron el reclamo.

La reunión se extendió durante más de una hora. Debido a las dificultades para recuperar adecuadamente el audio de la transmisión del Concejo Municipal, en Señales, se buscó reconstruir los principales planteos a partir de los testimonios de quienes habían participado de la audiencia. Las voces reunidas expusieron distintas dimensiones de una misma emergencia y coincidieron en la necesidad de que el debate institucional se traduzca en medidas concretas.

Una emergencia social que interpela a toda la ciudad
La situación de calle es una realidad que interpela a la sociedad rosarina y exige compromiso, escucha y respuestas concretas del Estado. Detrás de cada persona que duerme a la intemperie, de cada familia que no encuentra un techo donde refugiarse y de cada niño que crece sin acceso a las condiciones básicas para vivir dignamente, se expresa una problemática social que se profundiza y que ya no puede permanecer al margen de las prioridades públicas.

En Rosario, mientras se multiplican los edificios fastuosos y las construcciones que exhiben una imagen de prosperidad, también crece la cantidad de personas que no pueden pagar un alquiler, que han perdido sus viviendas o que, expulsadas del mercado laboral, terminan encontrando en la calle el único lugar donde permanecer. Hombres, mujeres, niños y familias enteras atraviesan situaciones de pobreza e indigencia que las organizaciones sociales, religiosas y de derechos humanos vienen advirtiendo desde hace tiempo.

La preocupación llegó al Concejo Municipal, donde la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos recibió a representantes del taller Había Una Vez, un espacio que articuló el trabajo de organizaciones sociales, eclesiásticas y de derechos humanos. Durante la audiencia, los participantes expusieron la gravedad de la situación y reclamaron un abordaje integral que permita conocer cuántas personas viven en la calle, cuáles son sus necesidades y qué respuestas pueden ofrecer las distintas instancias del Estado.

El pedido de un relevamiento ocupó un lugar central. No se trata solamente de establecer una cifra, sino de conocer las distintas realidades que se esconden detrás de las estadísticas: personas solas, mujeres, niños, grupos familiares completos, personas mayores y trabajadores informales que carecen de las condiciones elementales para sostener su vida cotidiana. Junto con ese diagnóstico, las organizaciones reclamaron políticas públicas que garanticen alimentación, alojamiento, atención de la salud, educación para las infancias y oportunidades laborales para las personas adultas.

El taller Había Una Vez tiene, además, una historia profundamente vinculada con la defensa de los derechos humanos en Rosario. Funcionó entre 1984 y 1993 como un espacio de encuentro, escucha y acompañamiento para las infancias y adolescencias afectadas por el terrorismo de Estado. En aquellos años, las consecuencias del genocidio seguían presentes en la vida cotidiana de numerosas familias.

Creado por madres y padres, con el acompañamiento de artistas, actores, profesores de Educación Física, titiriteras, profesionales de la psicología y compañeros de la generación de los años setenta, el taller promovió el juego, la expresión, la reflexión y el encuentro. Con el tiempo, se convirtió también en un dispositivo de salud mental que ofrecía a las infancias un espacio de alegría, cuidado y contención en un contexto atravesado por la impunidad.

Junto con experiencias similares desarrolladas en Córdoba, Buenos Aires y Tucumán, el taller participó de un proceso de encuentros entre espacios de estas características que dio origen a la conformación de HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Su trayectoria forma parte de una historia colectiva de resistencia, acompañamiento y construcción de la memoria.

En Señales, las voces de quienes participaron de la audiencia permitieron reconstruir los principales reclamos y las experiencias de quienes conocen de cerca esta realidad. Élida Luna, de Familiares de Desaparecidos y Detenidos; Cristina Solano, de la asociación Anahí; Claudia Ponce de León, referente de derechos humanos; y Oscar Lupori, vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, coincidieron en señalar que la emergencia requiere respuestas urgentes y sostenidas.
Élida Luna: "No queremos ver más gente durmiendo en la calle"

La referente de Familiares de Desaparecidos y Detenidos abrió la ronda de testimonios agradeciendo a la radio por dar espacio, una vez más, a las voces de las organizaciones. Habló de un momento particularmente difícil, cruel y doloroso para una parte importante de la población, y explicó que la intención era contar qué estaban haciendo quienes sostenían un trabajo de acompañamiento y compromiso social frente a la emergencia.

Recordó que el lunes 5 de octubre integrantes de organismos de derechos humanos, organizaciones sociales, representantes de distintas iglesias, miembros de la Ronda de Madres y participantes del taller Había Una Vez asistieron a una audiencia con concejales de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos del Concejo Municipal de Rosario.

El encuentro había sido convocado para plantear las urgencias que impone el crecimiento de la pobreza y la indigencia en la ciudad. Según describió Luna, la situación llegó a un punto en el que familias enteras sobreviven en la calle junto a sus hijos pequeños, sin atención sanitaria, sin alimentación suficiente, sin acceso a la educación y, en muchos casos, casi sin ropa. Son personas que deben resolver sus necesidades fisiológicas en cualquier lugar, sin contar siquiera con las condiciones básicas de cuidado que merece todo ser humano.

A esa privación material, Luna sumó otra dimensión de la emergencia: la violencia ejercida contra quienes se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Denunció que ni siquiera las fuerzas policiales o los agentes municipales respetan a estas personas y afirmó que, en distintas circunstancias, las golpean y les quitan las pocas pertenencias que conservan.

Para la referente, la crueldad de las políticas gubernamentales ha superado todos los límites. Cuestionó a quienes fueron elegidos por el pueblo para proteger a la población y garantizar condiciones de vida dignas, pero que, a su entender, no están cumpliendo con ese mandato.

La audiencia concluyó con el compromiso de avanzar en el conocimiento de la dimensión del problema y establecer cuántas personas están padeciendo esta situación. También quedó planteada la necesidad de hablar con los responsables políticos para que expliquen de qué manera piensan actuar, con la urgencia que requiere una realidad que Luna calificó de inhumana.

Pero su intervención no se limitó al reclamo institucional. También buscó convocar a la comunidad rosarina para que conozca lo que está sucediendo y comprenda que las personas que viven en la calle no son una presencia ajena ni un problema que deba quedar confinado a la mirada de las organizaciones que trabajan con ellas.

Luna insistió en que son muchos los vecinos y las vecinas que necesitan solidaridad y una mano tendida. Por eso, llamó a la sociedad a pedir, exigir y acompañar las respuestas necesarias. Su planteo fue contundente: no quiere que la ciudad naturalice la presencia de personas durmiendo en la calle, como si esa situación fuera inevitable o formara parte del paisaje urbano.

Cristina Solano: la paradoja de una ciudad que construye edificios y expulsa habitantes
La militante de derechos humanos e integrante de la Asociación Anahí describió a Rosario como una ciudad paradójica. Su mirada partió de una contradicción que, según sostuvo, se vuelve cada vez más evidente: el crecimiento de edificios lujosos y fastuosos convive con una población creciente que no tiene dónde vivir.

La ciudad, señaló, sorprende, asombra y duele. Por un lado, exhibe construcciones de gran valor, muchas de ellas casi vacías; por el otro, sus calles se llenan de personas que no pueden afrontar el costo de una vivienda ni sostener el pago de un alquiler.

Frente a ese crecimiento inmobiliario, Solano se preguntó cuál es el sentido de semejante expansión habitacional. A primera vista, podría suponerse que la existencia de más edificios significa que hay más posibilidades para que la población acceda a un lugar donde vivir. Sin embargo, la realidad que observa en las calles contradice esa idea: la multiplicación de las construcciones no se traduce, necesariamente, en un mayor acceso a la vivienda.

La otra cara de esa Rosario está integrada por personas que perdieron sus casas, que se quedaron sin trabajo o que ya no pueden afrontar un alquiler. Hombres, mujeres, niños y familias enteras terminan viviendo en la calle, sin un lugar donde resguardarse.

Para Solano, esta contradicción revela una desigualdad cada vez más profunda: mientras un sector reducido concentra riqueza y poder, una parte creciente de la población se hunde en la pobreza y la miseria absoluta.

La militante vinculó esa situación con un modelo económico liberal que, según su análisis, beneficia a unos pocos mientras perjudica las condiciones de vida del resto de la sociedad. Consideró que las consecuencias de ese modelo se hicieron particularmente agudas durante los últimos años en el país y sostuvo que en Rosario se manifiestan con especial crudeza.

Su crítica también alcanzó a los discursos oficiales que presentan una imagen de mejoría, prosperidad y opulencia. Según expresó, las fiestas y las celebraciones que se exhiben como símbolos del crecimiento de la ciudad parecen destinadas a determinados sectores, mientras una parte de la población permanece excluida de esa imagen de bienestar.

Solano cuestionó que esa fastuosidad pueda convertirse en una representación con la que el conjunto de la sociedad deba identificarse cuando, al mismo tiempo, se reprime, se esconde o se oculta la miseria más extrema. La postal de una ciudad próspera, en su mirada, no alcanza a explicar ni a resolver lo que ocurre en las veredas, bajo los techos improvisados o en los espacios donde las familias buscan pasar la noche.

La falta de vivienda, además, no es el único problema. Quienes habitan las calles también carecen de lugares donde comer, dormir y utilizar un baño. Son necesidades cotidianas que, para la mayoría de la población, forman parte de una rutina elemental, pero que para quienes viven a la intemperie se transforman en una lucha permanente.

Ante esa realidad, Solano se preguntó quién se ocupa de estas personas. Su respuesta apuntó a la insuficiencia de los refugios disponibles, muchos de ellos sostenidos por iniciativas privadas que no alcanzan a cubrir la demanda. Frente a miles de personas que necesitan asistencia, sostuvo, los espacios existentes no dan abasto.

En ese contexto, cuestionó que el Estado presente la habilitación de doce camas como una respuesta digna de exhibirse públicamente, incluso convocando a la prensa para mostrarla. La dimensión de la emergencia, advirtió, vuelve insuficiente una medida de esas características. "Hay miles de personas en la calle", remarcó, al rechazar cualquier intento de presentar respuestas limitadas como si fueran suficientes.

La crítica se extendió a los procedimientos de control y represión contra quienes viven en espacios públicos. Solano denunció que la policía interviene golpeando a las personas y quitándoles sus escasas pertenencias, entre ellas colchones y leche destinada a los niños. Señaló que algunas de esas situaciones llegaron a verse incluso en la televisión.

También cuestionó la actuación de algunos empleados municipales que, según afirmó, se consideran con derecho a reprimir, golpear y despojar de sus bienes a personas que ya atraviesan condiciones extremas de miseria. Para la referente, resulta especialmente grave que quienes deberían formar parte de una respuesta pública frente a la emergencia terminen reproduciendo la violencia contra quienes necesitan protección.

En su testimonio, Solano dirigió un llamado de atención a las autoridades municipales, provinciales y nacionales. Cuestionó una concepción de ciudad que pone el acento en las normas de convivencia, como cruzar la calle por los lugares indicados o sacar la basura en los horarios establecidos, pero que no demuestra la misma preocupación por las necesidades de la comunidad y por la situación de quienes atraviesan las condiciones más difíciles.

La referente puso en duda que pueda hablarse de una ciudad integrada y solidaria cuando miles de personas no tienen dónde dormir ni cómo alimentarse. También manifestó que no ha visto los beneficios que deberían traducirse en mejoras concretas a partir de la gestión provincial, aunque reconoció que otras personas puedan tener una percepción diferente. En cuanto al Gobierno nacional, su valoración fue todavía más crítica.

A su entender, las decisiones políticas no están orientadas a atender las necesidades de la población en su conjunto, sino a favorecer a sectores económicamente poderosos. Frente a ese escenario, su planteo fue un rechazo explícito a la continuidad de la represión y a la ausencia de respuestas capaces de garantizar condiciones dignas de vida.

Sin embargo, Solano no circunscribió su reclamo a las responsabilidades de los gobiernos. Desde una trayectoria vinculada a la defensa de los derechos humanos, convocó a una participación colectiva que exceda a quienes históricamente se han involucrado en las tareas solidarias.

Recordó que muchas personas han dedicado su vida a procurar que la mayor parte de la población pueda acceder a una existencia digna, pero advirtió que la gravedad de la situación exige ampliar esa red de compromiso. No alcanza, señaló, con los militantes de siempre, los voluntarios que sostienen los refugios, quienes preparan alimentos en los comedores o quienes trabajan en las organizaciones de derechos humanos.

La convocatoria está dirigida a toda la comunidad rosarina. Para Solano, la sociedad debe involucrarse en la protección de sí misma y, especialmente, en la defensa de los sectores más vulnerables, que hoy padecen hambre, miseria y muerte.

Ese compromiso colectivo, sostuvo, también debe expresarse frente a quienes fueron elegidos mediante el voto. La ciudadanía tiene la posibilidad de exigirles que revisen sus decisiones, que detengan las prácticas represivas y que dejen de condenar a las personas a una situación en la que el hambre se convierte en una amenaza cotidiana.

La solución, desde su perspectiva, no es imposible por falta de recursos. Solano consideró que bastaría con destinar una pequeña parte de los presupuestos de la ciudad y de la provincia para comenzar a resolver la situación de miles de personas que viven en la calle. Su planteo cuestiona, de ese modo, no solamente la insuficiencia de las respuestas, sino también las prioridades con las que se distribuyen los recursos públicos.

En el cierre de su intervención, la referente volvió sobre las consecuencias humanas de esta desigualdad. Habló de los niños que deben salir a vender pañuelitos o medias para conseguir algo que les permita comer ese mismo día. También recordó a quienes mueren de hambre o de frío en las calles.

No se trata, en su mirada, de tragedias que afecten únicamente a quienes las padecen de manera directa. Cada niño obligado a buscar su sustento, cada persona que pasa una noche a la intemperie y cada muerte evitable comprometen al conjunto de la sociedad.

"Todos estamos involucrados y todos estamos perdiendo vida y dignidad", afirmó, al señalar que la exclusión de una parte de la población termina deteriorando también la dignidad colectiva. Su llamado final fue a salir a luchar por la propia sociedad y, sobre todo, por los más débiles, para recuperar la dignidad y defender el derecho de todos a una vida digna.
Claudia Ponce de León: la historia de Ramón y una muerte que pudo evitarse

La dimensión de la emergencia adquirió un rostro concreto en el testimonio de Claudia Ponce de León, referente de derechos humanos e integrante del grupo que había participado de la audiencia en el Concejo Municipal. Su intervención comenzó con una noticia que recibió el mismo lunes en que las organizaciones habían acudido a reclamar respuestas: el sábado 3 de octubre, durante la tarde, habían retirado el cuerpo de un hombre fallecido en la esquina de Ayacucho y 3 de Febrero.

A partir de los testimonios de otros vecinos que también lo conocían, Ponce de León pudo reconstruir parte de la historia de ese hombre. Desde hacía varios años se dedicaba a cuidar autos en la zona del Hospital Provincial. Se llamaba Ramón.

Al reconocer que se trataba de la misma persona por cuya situación había reclamado reiteradamente durante el invierno anterior, la noticia cobró para ella otro significado. Desde mayo había solicitado que le consiguieran un lugar en un refugio, preocupada por las temperaturas extremadamente bajas y por el estado lamentable en el que se encontraba.

Para realizar esos pedidos había utilizado distintos canales de comunicación que los propios medios difundían para solicitar asistencia: el 147, el Munibot y otros contactos destinados a intervenir en situaciones de emergencia social. Sin embargo, relató, nunca se acercaron a atender el caso.

Ante la falta de respuestas, decidió presentarse personalmente en una oficina de Desarrollo Humano y Hábitat. Después de esperar media hora, contó, los empleados se limitaron a anotar sus datos y el pedido en un cuaderno. La explicación que recibió fue que no había camas disponibles.

La muerte de Ramón, ocurrida después de aquellos reclamos, transformó esa experiencia en una denuncia sobre las consecuencias de la insuficiencia de las políticas públicas. Para Ponce de León, el caso permite advertir que los refugios existentes no alcanzan a cubrir ni siquiera un tercio de la población afectada, aunque aclaró que se trata de una estimación basada en datos reunidos de manera informal, ya que todavía no existe un relevamiento confiable que permita confirmarla.

La ausencia de cifras precisas constituye, a su juicio, una de las dimensiones más preocupantes del problema. No se sabe con claridad cuántas personas viven en situación de calle ni cuántas mueren en esas circunstancias. La muerte de Ramón, señaló, no había sido registrada por los medios de comunicación. Y dejó planteada una pregunta inquietante sobre cuántas otras muertes pueden haber ocurrido sin visibilidad pública durante los últimos tiempos.

En una ciudad donde, según cuestionó, se destinan permanentemente recursos públicos a obras que no considera imprescindibles, la falta de información y de respuestas ante una emergencia de esta magnitud resulta escandalosa. Ponce de León estimó que habría más de mil personas de distintas edades y condiciones viviendo en la calle, aunque subrayó que tampoco ese número cuenta con la confirmación de un relevamiento específico.

Los refugios públicos y semipúblicos, estos últimos sostenidos también con apoyo privado, apenas alcanzan a cubrir las necesidades más elementales de una pequeña proporción de esa población: un baño, una cama y un plato de comida. Pero para la referente de derechos humanos, la respuesta no puede agotarse en ofrecer un espacio donde pasar la noche.

Ponce de León recordó que en septiembre de 2024 los propios concejales habían redactado y firmado una ordenanza que proponía un funcionamiento más amplio para estos establecimientos. Se trata de la Ordenanza N.º 10.652/2024 del Concejo Municipal de Rosario, que crea el programa de "Refugios para Atención de Personas en Situación de Calle". La norma fue sancionada el 22 de agosto de 2024, promulgada el 9 de septiembre y publicada en el Boletín Oficial Municipal el 11 de septiembre de ese año.

Según explicó, la ordenanza establecía que los refugios debían permanecer abiertos también durante el día y convertirse en espacios de capacitación, contención y asistencia, con atención de la salud y herramientas que permitieran construir alternativas para una vida digna.

Sin embargo, afirmó que la ordenanza se había incumplido prácticamente en su totalidad. La falta de funcionamiento diurno impide, según su análisis, que los refugios cumplan con una finalidad que vaya más allá de la atención inmediata y contribuya a modificar las condiciones que llevan a una persona a vivir en la calle.

En ese punto, Ponce de León recuperó las experiencias de voluntarios que trabajan en algunos de estos espacios sin recibir remuneración. Se trata de personas que realizan sus tareas por voluntad propia y que, por las mañanas, deben retirarse para procurarse su propio sustento. Según los testimonios que recogió, cuando esos voluntarios se van, no son reemplazados por personal que permita mantener los centros en funcionamiento durante el día.

La consecuencia es que los refugios pierden la posibilidad de desarrollar actividades de capacitación, acompañamiento, atención sanitaria y contención. En lugar de convertirse en espacios desde los cuales las personas puedan reconstruir sus proyectos de vida, corren el riesgo de limitarse a ofrecer una respuesta temporal que no modifica las condiciones de fondo.

La intención de las organizaciones, explicó Ponce de León, es que esos lugares cumplan efectivamente con la función prevista en la ordenanza municipal: acompañar a quienes atraviesan la situación de calle y generar condiciones que les permitan avanzar hacia una vida mejor.

Su testimonio dejó planteada una pregunta que excede el caso de Ramón: ¿qué ocurre cuando una persona necesita ayuda, alguien reclama por ella ante los organismos correspondientes y la respuesta institucional se limita a registrar el pedido sin ofrecer una solución? La historia de aquel hombre que cuidaba autos en las inmediaciones del Hospital Provincial expone la distancia entre los canales formales de asistencia y la respuesta efectiva que necesitan quienes viven en condiciones extremas.
Oscar Lupori: "Los refugios no son suficiente salida"

En esa misma línea, Oscar Lupori, integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, puso el foco en una transformación que, según describió, modifica profundamente las características del problema: la situación de calle ya no se limita a grupos reducidos de personas concentradas en determinados lugares, sino que se extiende a familias enteras y alcanza distintos barrios de Rosario.

Para Lupori, hablar de personas en situación de calle implica reconocer un gran problema urbano que afecta al conjunto de los rosarinos. La cuestión central, planteó, es conocer cuántas son esas personas, dónde están y cómo consiguen sobrevivir.

Su descripción se apartó de la imagen tradicional de una persona que duerme en una plaza o en una vereda. Según explicó, quienes atraviesan una situación de calle pueden encontrarse debajo de un puente de la avenida de Circunvalación, bajo el techo de una parada de ómnibus o en la estación de trenes de Fisherton.

En este último lugar, recordó un caso ocurrido semanas atrás: un hombre de 45 años, desesperado por su situación de calle, se arrojó a las vías al paso de un tren. También advirtió que en esos espacios hay niños que deben enfrentar la intemperie y las condiciones de precariedad de la vida cotidiana.

La emergencia no consiste únicamente en conseguir abrigo o protegerse de la humedad y la lluvia. Implica resolver necesidades tan elementales como alimentarse y encontrar un lugar donde utilizar un baño. Son preguntas que, según Lupori, la sociedad y las autoridades deben hacerse para comprender la dimensión real de la problemática.

Los refugios habían representado una alternativa para una parte de la población en situación de calle, pero el crecimiento de la demanda demuestra que ya no constituyen una respuesta suficiente. "Los refugios no son suficiente salida", advirtió, al señalar que la situación actual impone la necesidad de un abordaje diferente.

Ese abordaje debe contemplar la alimentación, el acceso a instalaciones sanitarias y las demás necesidades cotidianas. A esta situación se suma, señaló, la reacción de algunos vecinos que, en lugar de comprender las circunstancias de quienes no tienen dónde vivir, los denuncian porque consideran que molestan. Esa mirada transforma a las personas afectadas por la pobreza en un supuesto problema de convivencia, en lugar de reconocerlas como ciudadanos que necesitan asistencia y protección.

Lupori insistió en que la salida debe construirse colectivamente, pero también requiere decisiones políticas. La pregunta sobre cómo resolver la emergencia conduce, en su análisis, a dos cuestiones fundamentales: el empobrecimiento de las familias y la dificultad creciente para acceder a una vivienda.

El endeudamiento familiar forma parte de ese escenario. A ello se suma el costo de los alquileres, que puede resultar imposible de afrontar incluso para personas que cuentan con un salario. Como ejemplo, planteó el caso de alguien que gana 800.000 o un millón de pesos mensuales y debe enfrentar un alquiler de entre 600.000 y 700.000 pesos.

En esas condiciones, el ingreso disponible después de pagar la vivienda resulta insuficiente para sostener el resto de las necesidades cotidianas. La pérdida del trabajo, el endeudamiento y la imposibilidad de afrontar un alquiler pueden convertirse, así, en factores que empujan a una familia hacia la calle.

La situación exige, según Lupori, una respuesta que contemple la complejidad de estos procesos y no reduzca el problema a la existencia de personas que necesitan pasar la noche en un refugio. Por ese motivo, un grupo de organizaciones acudió para plantear la emergencia ante la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos, con la expectativa de que el tema tenga una nueva instancia de discusión que permita profundizar los diagnósticos y avanzar hacia soluciones.

Al despedirse de la audiencia, Lupori expresó su agradecimiento a quienes habían escuchado el reclamo y dejó abierta la necesidad de volver a debatir el problema con mayor profundidad. La magnitud de la emergencia, según su planteo, requiere que las instituciones y la sociedad continúen buscando una respuesta política que permita garantizar condiciones de vida dignas.

Los refugios, las familias y las respuestas que siguen pendientes
Durante la audiencia también se puso en discusión la capacidad real de los refugios y las condiciones de acceso. Desde Sol de Noche explicaron que, tras perder la propiedad donde funcionaban anteriormente, consiguieron una nueva casa en calle Beruti al 2300, con el acompañamiento de la Iglesia católica. Sin embargo, la capacidad se redujo de 60 a 30 personas.

Según relataron, recibieron aportes provinciales para realizar las obras, pero continuaban esperando los fondos de la Municipalidad de Rosario que habían sido comprometidos. El funcionamiento cotidiano depende, en gran medida, del trabajo voluntario y de los recursos que consiguen por sus propios medios.

Sus integrantes invitaron a concejales y concejalas a conocer el refugio y el trabajo que realizan, así como las recorridas nocturnas que llevan adelante para asistir a quienes permanecen en la calle. La experiencia de Sol de Noche expone las dificultades que enfrentan estos espacios para sostener su tarea y responder a una demanda que, según las organizaciones, excede ampliamente su capacidad.

Otro de los puntos más sensibles fue la situación de las familias con niños y niñas. Durante la reunión se relató el caso de una familia con dos hijos pequeños, un niño de tres años y un bebé, que había sido retirada de la vía pública. Según el testimonio, durante el procedimiento, agentes municipales se llevaron pertenencias de la familia, entre ellas leche destinada a los niños.

Posteriormente, integrantes de organizaciones y voluntarios debieron colaborar con alimentos, ropa y otros elementos necesarios. También cuestionaron que se ofrezca alojamiento en dispositivos que obligan a separar a los integrantes de una familia. "¿Dónde está el problema?", plantearon, al señalar que la respuesta no puede consistir en exigir que madres, padres e hijos se alojen por separado, sino en garantizar alternativas adecuadas para el grupo familiar.

Las organizaciones también denunciaron situaciones de maltrato y obstáculos para acceder a la asistencia. Una de las participantes contó que algunas personas a las que se acercó para ofrecerles ayuda le pidieron que no llamara al 147 porque temían que las retiraran de la calle, les exigieran documentación o las detuvieran.

El temor quedó expresado en una frase que Ponce de León transmitió durante su intervención: "Por favor, doña, al 147 no, porque vienen, nos sacan la frazada, nos piden documentos y nos llevan presos".

También relató el caso de personas que no habían podido ingresar a un refugio durante la noche y que debían realizar trámites para justificar su ausencia y conservar su lugar. Frente a estas situaciones, durante la audiencia se insistió en la necesidad de distinguir las intervenciones de control urbano de las tareas de los equipos especializados en el abordaje social, así como de garantizar que el primer contacto con las personas sea respetuoso de sus derechos.

La disponibilidad de baños, alimentos y lugares de resguardo fue señalada como una urgencia que no admite demoras. Los participantes recordaron que la Ordenanza N.º 10.652/2024 no contempla únicamente un lugar donde pasar la noche, sino también políticas de acompañamiento, capacitación y reinserción laboral.

En ese marco, reclamaron que los baños de los dispositivos estén disponibles las 24 horas, tal como establece la normativa, y que los espacios de alojamiento puedan aprovecharse también durante el día para desarrollar actividades y brindar contención. Advirtieron, además, que la falta de personal limita el aprovechamiento de recursos e instalaciones que podrían contribuir a mejorar la atención.

La discusión incluyó la necesidad de contar con un relevamiento actualizado de la población que vive en la calle. Se propuso que trabajadores y trabajadoras sociales, junto con profesionales de la antropología, realicen un diagnóstico que permita conocer cuántas personas atraviesan esta situación, dónde se encuentran, cuáles son sus condiciones de vida y qué necesidades presentan.

Durante la reunión se advirtió que el fenómeno ya no se concentra en determinados puntos del centro, sino que también se extiende a los barrios, y que involucra a familias, personas mayores, niños y niñas, y trabajadores informales que no consiguen sostener una vivienda. También se cuestionó la expresión "situación de calle" por su posible connotación transitoria, cuando algunas personas llevan años viviendo en esas condiciones.

El relevamiento, desde esta perspectiva, no debería limitarse a contar personas. También tendría que permitir conocer las trayectorias que conducen a la pérdida de la vivienda, las condiciones de subsistencia, las necesidades sanitarias, las dificultades para acceder a los dispositivos existentes y los recursos necesarios para diseñar respuestas adecuadas a cada realidad.

Del diagnóstico a la acción: una responsabilidad colectiva
Los testimonios reunidos en Señales trazaron un panorama en el que las voces de las organizaciones convergen en una misma demanda: que el Estado asuma la responsabilidad de garantizar condiciones de vida dignas a quienes atraviesan situaciones de pobreza e indigencia.

Élida Luna reclamó conocer cuántas personas viven en la calle y exigir respuestas urgentes a los responsables políticos. Cristina Solano denunció la contradicción entre el crecimiento de la riqueza urbana y el aumento de la miseria, y convocó a toda la comunidad a involucrarse. Claudia Ponce de León compartió la historia de Ramón, cuya muerte puso en evidencia, según su testimonio, la falta de respuestas ante los pedidos de asistencia y las limitaciones de los refugios. Por su parte, Oscar Lupori advirtió que la problemática se ha extendido a las familias y requiere un abordaje integral que contemple la alimentación, la higiene, el acceso a la vivienda y el acompañamiento social.

En su intervención, Solano cuestionó la respuesta de las autoridades municipales frente a la crisis social que atraviesa Rosario: "Por eso queríamos escuchar por parte de las autoridades, en este caso municipales, cuál es la posición con respecto a la calamidad que está viviendo Rosario, que es una de las ciudades más afectadas por el hambre, la miseria, la desocupación, la violencia, el narcoterrorismo, y frente a la cual las autoridades parecen estar ausentes, estar contentas o formar parte de lo mismo".

Su planteo expresó la distancia que, a su entender, existe entre la imagen de prosperidad que proyecta la ciudad y las condiciones de vida de una parte de su población. Para las organizaciones, la emergencia requiere tanto medidas inmediatas como políticas sostenidas que permitan evitar que más personas pierdan sus viviendas y que quienes ya están en la calle puedan acceder a alternativas concretas.

Los integrantes de la comisión se comprometieron a recopilar información del Ejecutivo municipal sobre los dispositivos existentes, las intervenciones en curso y los recursos disponibles; elaborar un balance de la gestión y revisar la aplicación de la Ordenanza N.º 10.652/2024 y su modificatoria, con el objetivo de identificar posibles mejoras. También propusieron mantener el contacto con las organizaciones y retomar el diálogo una vez reunida la información.

La audiencia concluyó sin anuncios de medidas inmediatas para responder a las necesidades expuestas. Las organizaciones insistieron en que, mientras se elaboran diagnósticos y se coordinan acciones, hay necesidades básicas —comer, acceder a un baño y contar con protección frente al frío y la lluvia— que requieren respuestas urgentes.

Participaron de la reunión de la Comisión de Igualdad, Género y Derechos Humanos los concejales y concejalas Lucas Raspall y Damián Pullaro, de Unidos para Cambiar Rosario; Fernanda Rey, del bloque Justicialista; Norman López, de Comunidad; Anabel Lencina, de La Libertad Avanza; Agustina Gareis, de Ciudad Futura; y Majo Poncino, del bloque peronista.

El conductor de Señales retomó el sentido de la audiencia y puso el foco en la distancia que puede existir entre el debate institucional y las necesidades concretas de quienes viven en la calle: "Más allá de los debates, del análisis de la situación que vemos y vivimos día a día, creo que lo más importante que debe pasar es la acción, la acción de todos y todas para que esto se termine", expresó.

La convocatoria final fue una invitación a actuar colectivamente: salir a luchar por quienes atraviesan las situaciones más difíciles, recuperar la dignidad y defender el derecho de todas las personas a una vida digna. Porque la situación de calle no es un problema ajeno ni una realidad que pueda resolverse con indiferencia: es una expresión de la desigualdad que compromete a toda la sociedad rosarina y exige respuestas urgentes del Estado.

Mientras haya familias durmiendo a la intemperie, niños obligados a buscar su sustento y personas que no puedan acceder a las condiciones más básicas de subsistencia, seguirá expuesta una contradicción difícil de ignorar: la de una ciudad que crece en construcciones y riqueza, pero que no consigue garantizar un techo, alimento y dignidad para todos sus habitantes. El reclamo de las organizaciones ante el Concejo Municipal y las voces que llegaron a Señales dejan planteada una responsabilidad que no puede quedar suspendida en nuevos diagnósticos ni en compromisos de diálogo. Conocer la dimensión de la emergencia, garantizar el cumplimiento de las normas vigentes, fortalecer los refugios y desarrollar políticas públicas integrales son pasos indispensables; convertirlos en respuestas efectivas es la tarea que sigue pendiente.

Escuchá la entrevista completa:
Fotos: Guadalupe Lombardo, PáginaI12; Concejo Municipal

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