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domingo, 26 de julio de 2026

Cincuenta años después de la Noche del Apagón, el poder económico sigue esperando en el banquillo

La causa que investiga la responsabilidad empresarial de Ledesma por los crímenes de lesa humanidad continúa sin llegar a juicio oral. La abogada Malka Manestar, cuenta en Señales que el expediente revela el papel central que tuvieron los actores económicos durante la última dictadura y expone una deuda pendiente de la democracia: juzgar a quienes se beneficiaron del terrorismo de Estado
A cincuenta años de la Noche del Apagón, uno de los episodios más emblemáticos del terrorismo de Estado en Jujuy, la causa judicial por la responsabilidad empresarial de Ledesma continúa sin llegar a juicio oral. El paso del tiempo no solo dejó una investigación marcada por las demoras, sino también una pregunta que sigue abierta: cuál fue el papel que tuvieron los sectores económicos en la represión desplegada durante la última dictadura.

Para Malka Manestar, abogada de ANDHES (Abogados y Abogadas del Noroeste Argentino en Derechos Humanos y Estudios Sociales), docente e investigadora de la Universidad Nacional de Jujuy, el caso Ledesma constituye una de las claves para comprender esa dimensión todavía pendiente del proceso de memoria, verdad y justicia. No se trata únicamente de reconstruir la colaboración de una empresa con los operativos represivos, sino de analizar cómo el poder económico participó de un proyecto político que buscó transformar las estructuras sociales y laborales del país.

Lejos de interpretar aquellos hechos exclusivamente desde la intervención militar, Manestar sostiene que la dictadura debe ser entendida como un proceso "cívico, militar y eclesial". En esa caracterización, las grandes empresas ocuparon un lugar central dentro del proyecto impulsado por el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

"Cuando hablamos del poder real hablamos del poder de las empresas, del poder económico", afirma. Para la abogada, ese poder no desapareció con el retorno de la democracia, sino que continuó teniendo capacidad de influencia sobre distintos ámbitos del Estado, incluida la Justicia.
 
Un proyecto económico sostenido por la represión
Según Manestar, el terrorismo de Estado no tuvo solamente un objetivo represivo o disciplinador en términos políticos. También estuvo vinculado a la transformación del modelo económico argentino.

La dictadura buscó reorganizar las estructuras económicas, sociales y laborales para consolidar un modelo neoliberal que, desde su perspectiva, continúa proyectando consecuencias hasta el presente.

"Es un modelo que se sostiene sobre un proceso de expropiación de derechos de las y los trabajadores", explica.

Desde esa mirada, la persecución contra el movimiento obrero organizado no fue un aspecto secundario del aparato represivo, sino una condición necesaria para avanzar sobre conquistas laborales construidas durante décadas. La desaparición de trabajadores organizados, delegados gremiales, abogados laboralistas y representantes sindicales permitió luego modificar relaciones laborales y avanzar sobre derechos adquiridos.

En Jujuy, esa relación entre represión y economía adquiere una dimensión particular por la presencia histórica del ingenio Ledesma.

Para Manestar, la empresa no puede analizarse únicamente como una unidad productiva. Constituye, sostiene, un verdadero enclave de poder con influencia sobre la vida social, política y económica de la provincia.

"Todas las relaciones, tanto productivas como reproductivas, pasan por la empresa", señala.

Ese nivel de concentración, explica, permite comprender por qué durante tantos años resultó difícil avanzar judicialmente contra sus directivos. La investigación no solo enfrentaba la complejidad propia de juzgar delitos cometidos durante la dictadura, sino también la resistencia de sectores con una enorme capacidad de influencia.
 
Una causa que tardó décadas en llegar hasta los empresarios
El camino judicial de la causa Ledesma estuvo atravesado por años de obstáculos.

Durante mucho tiempo, recuerda Manestar, la Justicia "negaba la posibilidad de acercarse siquiera a una posible acusación" contra el poder económico de la empresa.

La situación comenzó a modificarse en 2012, después de una multitudinaria movilización en Jujuy. La protesta fue producto de la articulación entre organismos de derechos humanos y organizaciones sociales que reclamaban el avance de la investigación.

Entre esas organizaciones, Manestar destaca el papel de la Tupac Amaru, la Red de Organizaciones Sociales y la dirigente Milagro Sala, cuya participación resultó decisiva para presionar por cambios en la conducción judicial del expediente.

Como consecuencia de esa movilización, renunció el juez que intervenía en la causa y, con la llegada de un nuevo magistrado, la investigación logró avanzar hasta la imputación de Carlos Pedro Blaquier, entonces presidente del directorio de Ledesma, y del exadministrador Alberto Lemos.

Ese avance abrió una etapa inédita: por primera vez, la posibilidad de juzgar penalmente a empresarios por su participación en crímenes de lesa humanidad comenzaba a acercarse a los tribunales.

Sin embargo, pocos años después, el proceso volvió a quedar detenido.

En 2015, la Cámara Federal de Casación Penal dictó la falta de mérito para ambos imputados. La resolución reconocía que existían elementos que demostraban que Ledesma había aportado información sobre trabajadores, vehículos, logística, financiamiento y recursos utilizados durante los operativos represivos.

Pero, al mismo tiempo, consideraba que no había pruebas suficientes para demostrar que los directivos de la empresa conocían el destino concreto que tendrían esos aportes.

Para Manestar, ese argumento resulta imposible de sostener si se analiza el contexto específico de Jujuy.

"Ellos decían: no estaba probado el dolo, no estaba probado que ellos supieran para qué aportaban eso", resume sobre la resolución judicial.

Sin embargo, para la abogada, resulta impensable separar esos aportes del funcionamiento general del aparato represivo en un territorio donde la empresa tenía una presencia dominante.

"Estamos hablando de una empresa que tenía un poder absoluto", sostiene.

La demora judicial y la impunidad biológica
Tras varios años de incertidumbre, la Corte Suprema intervino en 2022 y cuestionó la decisión de la Cámara Federal de Casación Penal. El máximo tribunal ordenó que la investigación continuara, reabriendo la posibilidad de que la causa pudiera avanzar hacia una instancia oral.

Pero para entonces el paso del tiempo ya había producido una consecuencia irreversible: Carlos Pedro Blaquier murió sin haber sido juzgado.

Para Malka Manestar, ese desenlace representa una de las expresiones más dolorosas de la demora judicial en los procesos por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.

Aunque la causa contra Alberto Lemos continúa abierta, la abogada advierte que la posibilidad de obtener una sentencia sigue condicionada por distintos obstáculos políticos, judiciales y presupuestarios.

"Hoy, lamentablemente, las condiciones en términos de las políticas de memoria, verdad y justicia no son óptimas", afirma.

En ese contexto, señala el debilitamiento de las políticas públicas vinculadas con la investigación y el juzgamiento de los responsables del terrorismo de Estado. Para ella, el problema no se limita a la falta de avances en un expediente particular, sino que forma parte de un escenario más amplio de retroceso en materia de derechos humanos.

La muerte de Blaquier sin una condena judicial expresa lo que los organismos de derechos humanos denominan "impunidad biológica": la posibilidad de que los responsables mueran antes de enfrentar un juicio.

Ese concepto, explica Manestar, surgió a partir de investigaciones desarrolladas por ANDHES sobre distintos casos de participación empresarial en violaciones a los derechos humanos. El análisis comparado permitió identificar una característica común: la presencia de actores económicos con capacidad para obstaculizar o condicionar el avance de las causas.

"Hablamos de actores con poder de veto", explica.

Según su análisis, los procesos judiciales contra empresarios vinculados al terrorismo de Estado solo logran avanzar cuando confluyen distintos factores: la presión y movilización social, el compromiso de algunos sectores del Poder Judicial, el trabajo sostenido de los organismos de derechos humanos y la existencia de políticas estatales orientadas a impulsar las investigaciones.

Pero ese avance, sostiene, suele encontrarse con la influencia de sectores económicos que conservan capacidad para intervenir sobre las decisiones institucionales.

Mucho más que vehículos y logística
Para Manestar, uno de los principales errores al analizar la responsabilidad empresarial consiste en reducir la participación de las compañías al aporte de recursos materiales para los operativos represivos.

En el caso Ledesma, sostiene, la colaboración fue mucho más amplia y estuvo vinculada con un objetivo central: desarticular la organización sindical dentro del ingenio.

La mayor parte de las personas detenidas y desaparecidas en la zona eran trabajadores de la empresa, muchos de ellos sindicalizados, delegados gremiales o integrantes de espacios de representación laboral.

También fueron perseguidos abogados laboralistas y referentes vinculados con la defensa de los derechos de los trabajadores.

Para la abogada, esa persecución no puede separarse del beneficio económico posterior obtenido por la empresa.

La eliminación de una estructura sindical construida durante años permitió modificar las relaciones laborales e imponer condiciones que implicaron una pérdida de derechos para los trabajadores.

"Esa desarticulación obviamente implica un beneficio económico para la empresa", sostiene.

Desde esa perspectiva, la responsabilidad empresarial no se limita a haber facilitado el funcionamiento del aparato represivo, sino también a haberse beneficiado de las consecuencias que esa represión produjo sobre el mundo del trabajo.

Los testimonios reunidos durante décadas de investigación judicial, explica, permiten reconstruir un entramado de colaboración que excede ampliamente la entrega de vehículos o la provisión de infraestructura.

"La empresa aportaba nombres con las personas a desaparecer", afirma.

También señala que numerosas detenciones se realizaron dentro del propio predio del ingenio y con conocimiento de la empresa. Ese aspecto, además de revelar la participación en el esquema represivo, implicó una vulneración directa de los derechos laborales de los trabajadores.

Las declaraciones de sobrevivientes incorporadas a los distintos procesos judiciales también permitieron reconstruir otros mecanismos de presión utilizados contra quienes recuperaban la libertad.

Algunos trabajadores, según los testimonios, eran obligados a firmar renuncias o aceptar indemnizaciones inferiores a las que les correspondían como condición para recuperar su libertad.

"Te damos la libertad, pero vos tenés que firmar esto", resume Manestar sobre una práctica que quedó expuesta a partir de los relatos de sobrevivientes y de los juicios realizados en Jujuy contra integrantes de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de seguridad.

Sin embargo, mientras las responsabilidades estatales pudieron ser discutidas en los tribunales, la dimensión empresarial de la represión continúa sin llegar a juicio oral.

Una deuda pendiente de la democracia
Para Manestar, esa diferencia constituye una de las principales deudas del proceso de memoria, verdad y justicia.

Durante las últimas décadas, la Justicia argentina avanzó en el juzgamiento de numerosos integrantes de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de seguridad responsables de secuestros, torturas y desapariciones.

Pero la participación de los actores económicos que acompañaron, facilitaron o se beneficiaron del terrorismo de Estado permanece, en gran medida, sin una respuesta judicial definitiva.

La eventual realización del juicio contra Alberto Lemos tendría, por eso, una importancia que excede al caso particular de Ledesma.

No solo permitiría establecer responsabilidades individuales, sino que también podría convertirse en un antecedente relevante para la jurisprudencia argentina sobre la responsabilidad penal de empresarios involucrados en delitos de lesa humanidad.

Sin embargo, ese escenario continúa lejano.

Manestar advierte que la causa sigue atravesada por sucesivas dilaciones y que uno de los argumentos utilizados para justificar la demora es la falta de presupuesto.

"No hay plata para poder ejecutar estos juicios, no hay presupuesto para esto, no hay presupuesto para las políticas que hacen al sostenimiento de la lucha por la memoria, la verdad y la justicia", afirma.

Para la abogada, esa explicación no puede analizarse separadamente del contexto político actual y del debilitamiento de las políticas públicas destinadas a sostener los procesos de memoria y justicia.

Cinco décadas declarando, esperando y reconstruyendo la verdad
La demora judicial no solo tiene consecuencias institucionales. También impacta de manera directa sobre quienes llevan medio siglo esperando una respuesta.

Malka Manestar recuerda que las víctimas y sus familias comenzaron a denunciar los hechos durante la propia dictadura. Frente a la imposibilidad de encontrar respuestas dentro del país, muchas de las primeras presentaciones fueron realizadas ante organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Amnistía Internacional.

Con el regreso de la democracia, los testimonios continuaron ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Más adelante, esas mismas historias volvieron a aparecer en los Juicios por la Verdad y, finalmente, en las causas judiciales reabiertas después de la anulación de las leyes de impunidad.

Ese recorrido implica que muchas personas hayan tenido que volver a narrar los mismos hechos una y otra vez durante décadas.

"Es una situación revictimizante", reconoce Manestar.

Las víctimas y sus familias debieron reconstruir una y otra vez experiencias marcadas por la violencia, la pérdida y la incertidumbre. Sin embargo, la abogada destaca que ese esfuerzo también permitió preservar pruebas fundamentales para las investigaciones judiciales.

Muchos de quienes declararon durante estos años ya fallecieron. Sus relatos, registrados en distintos momentos del proceso histórico, permanecen como una pieza central para comprender lo ocurrido.

Para Manestar, esa persistencia de las víctimas y sobrevivientes demuestra que la construcción de memoria no depende únicamente de los tiempos de la Justicia.

La memoria también se disputa en las calles
Aunque considera que los juicios son una herramienta fundamental para establecer responsabilidades, la abogada sostiene que la memoria colectiva se construye también por fuera de los tribunales.

"La memoria no es solamente lo que sucede en los juicios", afirma. "Es fundamental que sigamos manteniendo la memoria en las calles, la memoria en la lucha también".

En ese sentido, reivindica el valor de las marchas, los actos conmemorativos y las actividades organizadas por los organismos de derechos humanos y las organizaciones sociales.

Esa tarea adquiere una relevancia particular frente a las nuevas generaciones, que no vivieron la dictadura pero reciben el desafío de interpretar ese pasado en un presente atravesado por nuevas discusiones políticas.

Durante las actividades realizadas por los cincuenta años de la Noche del Apagón, uno de los ejes estuvo puesto especialmente en los jóvenes que fueron víctimas del terrorismo de Estado en Ledesma.

Entre ellos estaban estudiantes secundarios de la Escuela Normal de Libertador General San Martín.

"Nosotros hablamos de nuestra Tarde de los Lápices", explica Manestar.

La referencia apunta a un grupo de adolescentes que, al igual que los estudiantes secundarios perseguidos en La Plata en 1976, comenzaban a organizarse, participar en espacios colectivos y desarrollar una conciencia crítica sobre la realidad social.

Muchos de ellos eran hijos e hijas de trabajadores del ingenio Ledesma.

Para Manestar, esa juventud también fue blanco del aparato represivo porque representaba la posibilidad de una nueva generación comprometida con la participación política y social.

El terrorismo de Estado, sostiene, no buscó únicamente eliminar a dirigentes sindicales o militantes adultos, sino también disciplinar a quienes comenzaban a construir nuevas formas de organización.

Frente al negacionismo, sostener la memoria
En el contexto político actual, Manestar considera que mantener activas las políticas de memoria resulta todavía más importante.

Advierte que el problema no se limita al desfinanciamiento de programas estatales, sino que también existe una disputa por el sentido histórico de lo ocurrido durante la dictadura.

"Tenemos que tener muy claro cuáles son las dimensiones de estos discursos negacionistas y de qué manera también se reivindica el proceso genocida", señala.

Frente a ese escenario, entiende que la respuesta debe construirse desde distintos espacios: los medios de comunicación, las organizaciones de derechos humanos, las universidades, la investigación académica y todos aquellos ámbitos donde pueda sostenerse una reflexión crítica sobre el pasado reciente.

Para la investigadora, la memoria no es una tarea encerrada en los archivos ni limitada a los tribunales. Es una práctica colectiva que requiere presencia pública y transmisión entre generaciones.

En esa construcción, algunas figuras adquieren un valor simbólico especial.

Una de ellas es Olga Márquez de Aredes, referente histórica de la resistencia en Jujuy.

Olga Márquez de Aredes, una memoria que camina

Después del secuestro y desaparición de su esposo, el exintendente de Libertador General San Martín Luis Aredes, Olga Márquez de Aredes comenzó a marchar sola cada jueves alrededor de la plaza de la ciudad.

Llevaba un pañuelo blanco y una pancarta en la que reclamaba justicia.

Su imagen se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos más fuertes de la resistencia en Jujuy.

Para Manestar, esa persistencia representa una forma de lucha que atravesó generaciones y que permitió sostener el reclamo incluso en los momentos más difíciles.

Con motivo de los cincuenta años de la Noche del Apagón, ANDHES publicó la nota 50 años de impunidad, 50 años de resistencia. El trabajo buscó reconocer, por un lado, la falta de condenas para los responsables empresariales de los crímenes de lesa humanidad y, por otro, el papel fundamental de las mujeres que sostuvieron durante décadas la búsqueda de verdad y justicia.

"Queríamos reconocer que durante estos cincuenta años hubo distintas mujeres que sostuvieron la lucha", explica Manestar.

Algunas continúan participando activamente en los espacios de memoria. Otras, como Olga Márquez de Aredes, fallecieron sin ver concretadas todas las respuestas que reclamaban.

Pero su recorrido, sostiene la abogada, fue fundamental para que las investigaciones pudieran llegar hasta el punto actual.

Un legado que une memoria, justicia y ambiente
El legado de Olga Márquez de Aredes, explica Manestar, no se limita a su lucha por memoria, verdad y justicia frente a los crímenes de la dictadura.

En los últimos años de su vida, Olga también incorporó a su militancia las denuncias ambientales contra el ingenio Ledesma y los efectos que la actividad industrial tenía sobre la comunidad de Libertador General San Martín.

Su historia permite, para la abogada, comprender que las vulneraciones de derechos no aparecen como hechos aislados, sino que muchas veces forman parte de entramados más amplios de desigualdad y concentración de poder.

Además de reclamar justicia por la desaparición de su esposo y por los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado, Olga denunció la contaminación provocada por el bagazo de la caña de azúcar y las consecuencias sanitarias que afectaban a quienes vivían en las cercanías del ingenio.

Según recuerda Manestar, Olga murió a causa de un cáncer pulmonar asociado a la bagazosis, una enfermedad vinculada precisamente con la exposición permanente a ese material.

Para la investigadora, esa trayectoria muestra cómo la defensa de los derechos humanos puede extenderse hacia otras dimensiones de la vida comunitaria.

La memoria, sostiene, no se limita a recordar el pasado represivo, sino que también implica preguntarse por las condiciones presentes en las que viven las comunidades y por las distintas formas en que los poderes económicos pueden afectar sus derechos.

Por eso considera que figuras como Olga Márquez de Aredes siguen funcionando como "faros en el camino" para las nuevas generaciones de militantes, investigadoras y defensoras de derechos humanos.

Una causa que sigue esperando
A medio siglo de la Noche del Apagón, la causa por la responsabilidad empresarial de Ledesma continúa abierta y sin juicio oral.

El expediente concentra una de las discusiones más profundas que todavía atraviesan el proceso de memoria, verdad y justicia en Argentina: la necesidad de establecer qué responsabilidad tuvieron aquellos actores económicos que acompañaron el terrorismo de Estado, facilitaron su funcionamiento o se beneficiaron con sus consecuencias.

Para Manestar, juzgar esa dimensión pendiente no implica solamente reparar a las víctimas y a sus familias. También significa comprender cómo funcionó el poder durante la dictadura y qué continuidades de ese entramado todavía permanecen vigentes.

La posibilidad de que Alberto Lemos sea llevado a juicio representa, en ese sentido, una oportunidad histórica. No solo porque permitiría analizar responsabilidades individuales dentro del caso Ledesma, sino porque podría abrir un camino para otros procesos judiciales vinculados con la participación empresarial en delitos de lesa humanidad.

Pero mientras la causa continúa atravesada por demoras, el tiempo sigue siendo un factor decisivo.

Las víctimas envejecen. Los sobrevivientes mueren. Los responsables también.

La historia de la Noche del Apagón, sin embargo, continúa presente en los testimonios, en las calles y en las nuevas generaciones que retoman una pregunta todavía abierta: cómo juzgar a quienes tuvieron poder suficiente para participar de la represión y permanecer durante décadas lejos de los tribunales.

Cincuenta años después, la consigna que acompañó la lucha de sobrevivientes, familiares y organismos de derechos humanos mantiene su vigencia.

Memoria, verdad y justicia.

Escuchá la entrevista completa:

jueves, 26 de marzo de 2026

De la ausencia a la memoria: el legado de los periodistas desaparecidos en Rosario

En el Museo de la Memoria de Rosario, un espacio cargado de historia y significado, se llevó a cabo un acto encabezado por el Sindicato de Prensa de Rosario en el que confluyeron memoria, investigación y reconocimiento. Allí se dieron a conocer avances de un trabajo en curso que busca reconstruir historias silenciadas: la identificación de tres víctimas del terrorismo de Estado como trabajadores de prensa, una faceta hasta ahora desconocida en sus trayectorias.

La elección de la fecha no fue azarosa. El acto se realizó en el Día del Trabajador de Prensa, en coincidencia con un nuevo aniversario de la desaparición de Rodolfo Walsh, figura emblemática del periodismo y de la denuncia contra la dictadura. Su nombre atravesó la jornada como símbolo de compromiso y lucidez, especialmente por aquella carta en la que supo anticipar, con precisión inquietante, las consecuencias del régimen militar en uno de los contextos más oscuros de la historia argentina.

Tres historias que emergen del silencio
En ese marco, el sindicato presentó públicamente la identidad completa de Mario Eduardo Russo, Mariano Martínez Villalonga y Alfredo Mónaco, tres jóvenes asesinados por la última dictadura cívico-militar. Hasta ahora, no solo se desconocía en profundidad su historia personal, sino también su pertenencia al campo del periodismo. El trabajo, titulado "Una búsqueda en construcción", recupera sus trayectorias como periodistas y reporteros gráficos en medios como La Capital, Canal 5 y LT8, restituyéndoles un lugar en la memoria colectiva desde su oficio y su militancia.
La iniciativa, dada a conocer a cincuenta años del golpe de Estado, se inscribe en una búsqueda más amplia por reconstruir verdades fragmentadas. En ese sentido, el secretario general del sindicato, Edgardo Carmona, enmarcó el acto en un clima social que, según expresó, sigue reclamando memoria, verdad y justicia. Evocó la masiva movilización del día anterior como una muestra de ese pulso colectivo y sostuvo que el trabajo del gremio apunta precisamente a sostener viva esa demanda: refrescar la memoria, hacer emerger la verdad y continuar exigiendo respuestas sobre el destino de los desaparecidos, los nietos apropiados y los cuerpos aún no encontrados.

Rodolfo Walsh como guía del compromiso periodístico
Carmona también subrayó el valor simbólico del momento elegido, al recordar que fue en una fecha como esta cuando Walsh fue asesinado mientras distribuía su célebre Carta Abierta a la Junta Militar. Destacó la lucidez del periodista para describir anticipadamente el rumbo que tomaría el país bajo la dictadura, y vinculó ese gesto con la tarea actual del sindicato: un "pequeño granito de arena" que, sin embargo, adquiere una dimensión significativa en la construcción de memoria y en la persistencia por alcanzar una verdad completa.

La reconstrucción de trayectorias invisibilizadas
La investigación que llevó adelante Stella Hernández, junto a su colega Gustavo Di Prinzio, surgió de una pregunta que había rondado durante años: ¿existían periodistas desaparecidos durante la última dictadura en Rosario? La cuestión no era menor. Hasta ese momento, el recuerdo de las víctimas de la represión incluía nombres de militantes, vecinos, docentes, pero el de los trabajadores de prensa permanecía en gran parte invisible. Hernández y Di Prinzio decidieron explorar esa invisibilidad, indagando en archivos, legajos y testimonios familiares, con el objetivo de reconstruir historias que habían sido ignoradas o desestimadas.
Gustavo Di Prinzio, Edgardo Carmona, José Maggi y Stella Hernández

El punto de partida fue la masacre de Clark, un episodio oscuro durante la dictadura donde varios militantes fueron fusilados en Carrizales. Entre ellos estaba Mario Eduardo Russo. Él llevaba consigo un carné del Sindicato de Prensa Rosario, un detalle que en investigaciones previas había sido desestimado como posible documento falso. Sin embargo, Hernández y Di Prinzio lograron recuperar la ficha de afiliación en el sindicato, confirmando que Russo había sido, efectivamente, trabajador de prensa y militante del PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo). La reconstrucción de su historia permitió dar identidad laboral a una de las víctimas de la represión, devolviéndole, aunque sea parcialmente, el reconocimiento que le había sido negado.

Otro caso que emergió fue el de Mariano Martínez Villalonga. Hijo de Lucrecia Villalonga de Martínez, una de las fundadoras de la organización Madres de Plaza 25 de Mayo, Mariano siempre había sido recordado como cineasta. Pero los investigadores descubrieron que su vínculo con los medios locales era más profundo: había trabajado como camarógrafo en Canal 5, y tras mudarse a Santa Fe para estudiar cine, también desempeñó funciones como reportero gráfico en el periódico Nuevo Diario. Ese diario desapareció con la llegada de la dictadura, dejando un vacío en los registros fotográficos y en la memoria laboral de Martínez. La familia confirmó que, además, los militares se habían apropiado de todo el material que Mariano había trasladado para instalarse en Mendoza, borrando gran parte de sus rastros profesionales. La reconstrucción de su trayectoria profesional permitió ubicarlo en el mapa de la prensa local, más allá de su identificación como cineasta.
Alfredo Mónaco (foto restaurada), locutor y periodista, constituyó otro eslabón de esta investigación. Poco se sabe de su vida, salvo los testimonios de compañeros de radio que trabajaron con él. Tenía 31 años cuando fue asesinado en junio de 1976, y su muerte figura registrada en los archivos del CELS (foto), en documentos desclasificados de la Embajada de Estados Unidos y en el libro "Muertos por la represión". Mónaco trabajó en varias radios, destacándose en LT8 con su programa "Mundo Joven", y también cumplía funciones como inspector del Ministerio de Trabajo de la Nación. A través de los recuerdos de sus colegas se pudo reconstruir algo de su personalidad y trayectoria, aunque los detalles concretos de su vida profesional se mantienen fragmentarios.

Hernández explica que hasta ese momento, el conocimiento sobre periodistas desaparecidos en Santa Fe estaba limitado a casos de la capital provincial durante 1975, mientras que en Rosario la única referencia previa era Leonardo Bettanín. Bettanín, aunque vinculado a medios, no trabajaba activamente como periodista local: había sido diputado nacional y militante de Montoneros, con su actividad periodística desarrollada de manera clandestina y en Buenos Aires. Su hermana, reportera gráfica, también estaba vinculada a la prensa porteña, y su compañero Jaime Colmenares, fotógrafo y reportero gráfico, desapareció tras un enfrentamiento en el Barrio Gráfico, presuntamente visto luego en la ESMA. A partir de esa referencia, los investigadores comenzaron a construir una lista de trabajadores de prensa rosarinos desaparecidos.
El proyecto de Hernández y Di Prinzio se define como "una lista en construcción". Desde los registros de la CONADEP en 1985, que identificaban a 84 periodistas víctimas de la represión, hasta hoy, se han logrado documentar más de 200 casos de trabajadores de prensa desaparecidos, asesinados, detenidos o muertos por la dictadura. Sin embargo, para muchos de ellos, la identificación de su profesión seguía ausente. La investigación busca restituir ese fragmento de identidad, devolviendo a cada víctima su lugar en la historia de la prensa y en la memoria colectiva.

La reconstrucción de las historias individuales también refleja las dificultades que impone la ausencia de registros. En el caso de Russo, su carné sindical había sido desestimado, y su muerte durante la masacre de Carrizales fue inicialmente registrada sin reconocerlo como trabajador de prensa. En el caso de Mariano Martínez Villalonga, la desaparición del diario Nuevo Diario y la confiscación de su material fotográfico por parte de los militares borraron gran parte de sus evidencias. En el caso de Alfredo Mónaco, la información disponible provino principalmente de archivos del CELS y testimonios de colegas. Cada historia requiere paciencia, contrastes y reconstrucción de fragmentos dispersos para que la identidad profesional de estas víctimas emerja de la invisibilidad.
Hernández subraya que la investigación no se limita a enumerar nombres, sino que busca restituir la memoria de estos periodistas. Mario Eduardo Russo (foto inferior restaurada) ingresó muy joven a La Capital como linotipista; Mariano Martínez, además de cineasta, se desempeñó como camarógrafo y reportero gráfico; y Alfredo Mónaco, locutor y conductor de radio, también trabajó como inspector laboral. Restituir a cada uno su condición de trabajador de prensa implica reconocer su aporte a la comunicación local y su lugar en la historia reciente de Rosario y Santa Fe.
El trabajo de investigación también se enmarca en un contexto más amplio: el seguimiento de las víctimas de la represión. Desde los 30.000 desaparecidos hasta los más de 200 periodistas identificados, el objetivo de Hernández y sus colegas es sumar detalles que permitan completar las historias individuales. Los datos que emergen de archivos, entrevistas familiares y registros institucionales no solo enriquecen la memoria histórica, sino que también habilitan nuevas preguntas y posibles hallazgos. Cada ficha de afiliación, cada testimonio, cada registro documental constituye un fragmento que reconstruye la identidad profesional de los desaparecidos.
El trabajo de Hernández y Di Prinzio enfatiza la importancia de la memoria activa. Al visibilizar a periodistas que fueron víctimas de la represión, no solo se rescata su identidad laboral, sino que se aporta al conocimiento histórico de la región. La investigación busca que familiares, colegas y la sociedad tengan referencias más completas sobre los trabajadores de prensa que desaparecieron o fueron asesinados, y que su memoria no se limite a la condición de víctima política, sino que también reconozca su rol en la comunicación local.

Finalmente, Hernández subraya que esta investigación sigue abierta. Cada dato nuevo, cada contacto con familiares, cada documento hallado contribuye a ampliar la lista de trabajadores de prensa desaparecidos o asesinados. La reconstrucción de sus vidas profesionales y personales permite devolver a estas víctimas un "cachito de su historia", reforzando el valor de la memoria histórica y profesional en la sociedad rosarina y santafesina.

Donde la memoria insiste: la historia de Mariano Martínez
Silvia Martínez recuerda a su hermano Mariano con la precisión que otorga tanto el amor como el dolor de una ausencia que dura décadas. Desde que lo desaparecieron, el 27 de enero de 1977, nunca volvieron a saber de él. Hoy, cuando el Sindicato de Prensa Rosario reconoce oficialmente su trayectoria como trabajador de prensa, Silvia siente que se hace justicia, aunque de manera tardía. Es un reconocimiento a la actividad profesional de Mariano, a su persona y, también, a la lucha incansable de su madre, Lucrecia Villalonga de Martínez, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo en Rosario, que dedicó años a buscar respuestas y preservar la memoria de su hijo y de tantos otros desaparecidos.

El archivo que su madre había recopilado a lo largo de los años, con registros de actividades, documentos y fotografías, llegó a Silvia a través de su propia hija, quien también se dedica al cine. Ese legado permitió aportar datos que antes estaban dispersos o perdidos, reconstruyendo la historia de Mariano como trabajador de prensa, pero también como hijo, hermano y joven con proyectos y sueños que la represión le arrebató. Para Silvia, cada nuevo hallazgo que surge de la investigación es un puente hacia quienes quizá lo conocieron, lo vieron o trabajaron con él, en Santa Fe, donde cursó estudios de cine y desarrolló parte de su trayectoria profesional.

Mariano estaba a punto de mudarse a Mendoza, preparando su vida con entusiasmo y dedicación. Silvia recuerda cómo, junto a su pareja, arreglaba y adaptaba la nueva casa: él con la madera de pinotea construyendo las sillas, ella tapizando los asientos. A la vez, Mariano organizaba cuidadosamente su archivo personal y político, un registro de su actividad y compromiso que reflejaba su inquietud, su habilidad y su determinación. Todo ese archivo, junto con sus pertenencias, desapareció el día en que lo secuestraron. El Expreso Malargüe, donde había dejado sus cosas para ser trasladadas, fue el lugar donde la represión se llevó su historia tangible; los militares confiscaron todo, borrando gran parte de la evidencia de su trabajo y de su vida cotidiana.

Silvia reconstruye con detalles cómo sucedió el secuestro. Esa mañana, Mariano había salido de su casa en el barrio Francia, casi en la esquina de Pellegrini, para hacer un mandado. Apenas había dejado la puerta cuando un diariero les informó que se lo acababan de llevar. Una Citroneta azul, que pertenecía a Mariano, fue utilizada por quienes lo secuestraron, y sus padres no encontraron ninguna respuesta en la policía ni en la jefatura local. Intentaron investigar por todos los medios, preguntando incansablemente, y su madre acudió al espacio que antes funcionaba como comando militar en Rosario en numerosas ocasiones, sin hallar ninguna respuesta. Al volver a casa, la familia encontró que otra patota había irrumpido: a su padre lo golpearon con picana, a su madre la amenazaron de ahogarla en la bañera, y se llevaron todo lo que tenía algún valor. La violencia sistemática, relata Silvia, no solo buscaba borrar a Mariano, sino también amedrentar y quebrar a quienes quedaban vivos, dejando marcas imborrables en la memoria de la familia.

Para Silvia, la desaparición de su hermano es un agujero abierto que la muerte nunca podría haber causado de la misma manera. "Si bien una muerte es muy dolorosa, una desaparición es terrible, porque no te permite hacer un duelo", dice. Aun así, cada reconocimiento, cada dato adicional que aporta la investigación, es un paso hacia la reconstrucción de la historia de Mariano, hacia la restitución de su identidad como trabajador de prensa y como ciudadano comprometido con la cultura y la comunicación. La esperanza de Silvia se mantiene viva en la posibilidad de que alguien, que haya conocido a Mariano en Santa Fe o en sus primeros años en Rosario, aporte algún dato más, alguna fotografía, algún testimonio que complete los vacíos que dejó la represión.

La memoria de Mariano Martínez, reconstruida a través de la investigación y del reconocimiento del Sindicato de Prensa, se convierte en un símbolo del esfuerzo por rescatar la identidad y el legado de los periodistas desaparecidos durante la dictadura. Cada archivo recuperado, cada ficha de afiliación encontrada y cada relato de los familiares devuelven a estas víctimas un "cachito de su historia", sostiene Hernández, y transforman la ausencia en memoria activa, otorgando sentido a décadas de búsqueda. Para Silvia, este proceso no solo honra a su hermano, sino que también reafirma el compromiso de quienes siguen luchando para que la verdad y la memoria no se pierdan y para que la historia de Mariano, como la de tantos otros, sea finalmente reconocida y contada.

Memoria activa: del archivo familiar al Museo
Cecilia Sarmiento nunca llegó a conocer físicamente a su tío Mariano Martínez (foto restaurada), uno de los periodistas desaparecidos durante la dictadura. Sin embargo, su imagen se ha formado con fuerza a través de los relatos de su abuela Lucrecia y de su madre. A partir de esas historias familiares, Cecilia siente que conoce profundamente a Mariano, que lo quiere y lo reconoce como una figura que marcó su propia vida. La militancia política de Cecilia, su participación en centros de estudiantes y en partidos de izquierda, y su trabajo en movimientos obreros, la conectan directamente con la sensibilidad de su tío: cuando filmaba, recuerda, no podía evitar pensar en cómo él había registrado las luchas obreras en Villa Constitución o en Paraná Metal durante el Villazo, y en la fuerza con que veía la organización de los trabajadores.

El vínculo entre ellos se extiende también por la pasión compartida por el cine. Cecilia, como Mariano, se dedica al cine, trabaja en rodajes y realiza dirección de fotografía y cámara. A través de esa mirada artística, siente que hereda parte de su tío: la creatividad, la curiosidad, la capacidad de observar y registrar. "Nunca me senté a comer con él ni le di un beso", dice, "pero siento que está presente en mi vida". Esa presencia se hace tangible cuando visita lugares donde él trabajó, como Canal 5, o cuando contribuye a preservar su legado mediante la donación de archivos de su abuela al Museo de la Memoria, documentos que conservaban con enorme cuidado pese a las inundaciones y las dificultades de esos años.

La desaparición de Mariano no solo significó la pérdida de un ser querido: implicó la apropiación de sus objetos personales y de su archivo profesional. Su Citroneta azul, utilizada por los represores para operaciones de inteligencia, y todo el material que enviaba para su mudanza a Mendoza desaparecieron con él. Los militares también irrumpieron en la casa de sus abuelos, torturando a sus padres y llevándose objetos de valor. Poco quedó de sus registros, fotografías y proyectos, lo que convierte la reconstrucción de su historia en una tarea delicada y fragmentaria. Sin embargo, Cecilia subraya que, más allá de los objetos, lo más importante son las ideas, la creatividad y el compromiso de Mariano, que permanecen vivos a través de quienes lo recuerdan y buscan reconstruir su historia.

Mariano Martínez fue camarógrafo en Canal 5, asistente de dirección y, durante sus estudios en Santa Fe, fotógrafo en el Nuevo Diario, junto a otros compañeros y a su amigo Jorge Ferrario, también asesinado por la AAA. Participó en documentales y películas experimentales, y su trabajo en la Escuela de Cine de Santa Fe demuestra que la formación cinematográfica de la época combinaba documental y propuestas artísticas audaces. Su habilidad manual le permitió, además, construir dispositivos para cámaras y escenografías, destreza que también aplicaba en la militancia para resguardar documentos y material sensible.

Cecilia recuerda con precisión la fecha en que su tío fue desaparecido: el 27 de enero de 1977. No es un día cualquiera; coincide, de manera inquietante, con el cumpleaños de su hermana, su mamá. Ese cruce de tiempos —la celebración y la ausencia— le resulta profundamente perverso. Su tío aparece mencionado en la causa Feced 3, aunque persisten zonas de incertidumbre. Lo que sí se sabe es que, en esos días de enero del 77, varios de sus compañeros de militancia fueron cayendo uno tras otro, como en una secuencia trágica que no dejaba margen para el azar. Desde entonces, ningún testimonio directo ha permitido reconstruir su paradero. 

Cecilia evoca a su tío como una persona solidaria, valiente y cuidadosa con quienes lo rodeaban. Su vida, aunque truncada, estuvo marcada por la defensa de los demás, el compromiso político y la creatividad artística. Para ella, reivindicar su historia es también un acto de justicia, un modo de mantenerlo presente y de enseñar a las nuevas generaciones el valor de la memoria, la militancia y la cultura que él cultivó y representó. Cada archivo conservado, cada investigación que reconstruye su trayectoria, cada espacio donde se recuerda su trabajo, es una forma de mantener vivo a Mariano, de "encontrarlo" aunque su cuerpo nunca haya vuelto.

El testimonio de quienes compartieron militancia y compromiso
Leónidas "Noni" Ceruti, destacado historiador radicado en Rosario, especializado en historia obrera y movimientos sociales en la zona industrial de San Lorenzo y Rosario, participó del homenaje. Ceruti habló sobre Mariano Martínez Villalonga, a quien conocía como Marianito, o Tito en el ámbito de la militancia.

Lo había conocido en 1975, cuando Mariano, tras militar en la organización comunista Poder Obrero, se incorporó al grupo político en el que Ceruti militaba, Socialismo Revolucionario. Durante esos dos años, Ceruti pudo comprobar la intensidad y la disciplina de Mariano: un militante activo "veinticuatro horas por veinticuatro", siempre presente en las luchas obreras de aquel momento. Había participado en el Villazo de 1974 y 1975, y compartió varios meses con Ceruti en su departamento, donde también se alojaba la hermana de Ceruti, mientras Mariano organizaba actividades y encuentros políticos. Hasta días antes de su desaparición, Ceruti mantuvo contacto con él.

El veintisiete de enero de 1977, el día que Mariano debía encontrarse con él en una esquina, no apareció. Preocupado y temiendo por la seguridad de su compañero, Ceruti se dirigió a la casa de Mariano, donde su madre le confirmó lo que temía: Mariano había sido secuestrado. Ese día marcó el inicio de un período de clandestinidad más profunda para Ceruti, quien sabía que otros compañeros de su organización habían desaparecido entre agosto de 1976 y enero de 1977. La información sobre Mariano la mantuvo oculta hasta regresar de su exilio interno y poder reunirse con la familia: primero con su sobrina Cecilia, militante de izquierda, y luego con su madre Silvia y su abuela, fundadora de la Asociación de Madres de Plaza 25 de Mayo.

Ceruti recordó a Mariano con afecto, como a tantos otros desaparecidos de aquel período, pero también con el compromiso de seguir luchando. Narró sus días de militancia compartidos en Rosario, la dedicación constante a las causas obreras y sociales, y la entrega que él y otros compañeros habían demostrado por ideales de justicia social. Para Ceruti, Mariano no era solo un amigo ni un compañero: era un ejemplo de militancia inquebrantable en una época de represión y violencia sistemática, donde muchos dieron la vida por una sociedad más justa, sin explotadores ni explotados.

En su intervención, Ceruti transmitió no solo la memoria de Mariano, sino también la de todos los desaparecidos, resaltando la necesidad de mantener viva la historia de compromiso, resistencia y solidaridad que los caracterizó. Su relato no solo evocaba la figura de Mariano, sino también la conciencia de un pasado que no puede olvidarse, y la responsabilidad de reconstruirlo para las generaciones futuras. Con palabras cargadas de emoción, cerró su testimonio con un abrazo simbólico a la lucha y a la memoria de aquellos que no regresaron: "Abrazos y luchas", dijo, reafirmando la continuidad del compromiso por justicia y memoria.
Fotos del evento: Julia Carmona

miércoles, 25 de marzo de 2026

A 49 años del asesinato de Rodolfo Walsh, el periodismo recuerda su legado y reivindica a sus trabajadores desaparecidos

En el Día de las y los Trabajadores de Prensa, el Sindicato de Prensa de Rosario homenajea a Rodolfo Walsh y convoca a una conferencia para anunciar la recuperación de la identidad de tres trabajadores víctimas del terrorismo de Estado

Hoy se cumplen 49 años del secuestro y asesinato de Rodolfo Walsh, periodista y escritor de enorme compromiso con la información, a la que concebía como un instrumento de conocimiento y, además, como una herramienta capaz de organizar y articular lo social y lo político. Ese compromiso atravesó su apasionado trabajo en distintas redacciones y sus rigurosas investigaciones, que dieron sentido a la elección del 25 de marzo como el Día de las y los Trabajadores de Prensa.

Walsh era ya un periodista y escritor reconocido, pero también perseguido al momento del golpe del Golpe de Estado en Argentina de 1976. Un año después, su profunda reflexión política sobre el horror y el significado de la dictadura quedó plasmada en la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, una pieza en la que datos y narrativa se conjugan con maestría, logrando trascender el paso del tiempo pese a que ningún medio la publicó en su momento.

Su recorrido profesional comenzó como corrector de pruebas y se extendió por diversas publicaciones, como Leoplán, Verdad, Panorama y la emblemática revista Crisis. También dirigió el periódico de la CGT de los Argentinos, a pedido del dirigente gráfico Raimundo Ongaro, y fue fundador y redactor del diario Noticias entre 1973 y 1974. Entre las investigaciones que más lo marcaron y que logró publicar se encuentran Operación Masacre (1957), considerada la primera novela de no ficción, ¿Quién mató a Rosendo? (1969) y El caso Satanowsky (1973).

Walsh participó además en la fundación y desarrollo de la Agencia Prensa Latina, en Cuba, y contaba con una vasta experiencia cuando impulsó proyectos de prensa clandestina durante la última dictadura. Entre ellos se destacan ANCLA, en la que colaboraban distintos periodistas, y la Cadena Informativa, que él mismo escribía, mimeografiaba y distribuía. En ese contexto, los ataques a medios y trabajadorxs de prensa fueron inmediatos e implacables por parte de militares y civiles golpistas, que necesitaban del silencio o la complicidad de la prensa para desplegar un plan sistemático de muerte y destrucción. Walsh, sin embargo, desafió ese silencio hasta las últimas consecuencias. Sólo Radio Colonia y el Buenos Aires Herald informaron sobre su secuestro.

Hoy, en su nombre y en su memoria, recordamos y homenajeamos a todxs lxs trabajadorxs de prensa, militantes sindicales y miembrxs de comisiones internas que fueron detenidxs, desaparecidxs y asesinadxs por la última dictadura cívico-militar.
Además, el Sindicato de Prensa de Rosario (SPR) organiza una conferencia de prensa este miércoles 25 de marzo para anunciar la recuperación de la identidad como trabajadores de prensa de tres compañeros víctimas del terrorismo de Estado y de la última dictadura militar. El encuentro se realizará a las 18 en el Museo de la Memoria.

lunes, 23 de marzo de 2026

A 50 años del golpe, Misiones impulsa una ley contra el negacionismo: memoria, verdad y límites

El proyecto presentado por el Partido Agrario y Social (PAyS) en la Legislatura provincial, con el respaldo de más de 30 organizaciones de derechos humanos, propone prevenir, erradicar y sancionar expresiones negacionistas vinculadas al terrorismo de Estado mediante regulaciones específicas para funcionarios, capacitación obligatoria y un régimen disciplinario. La iniciativa se enmarca en los 50 años del golpe de 1976 y en estándares del derecho internacional.

Domingo 22 de marzo de 2026. En el marco del 50 aniversario del último golpe cívico-militar-religioso en Argentina, un espacio político de Misiones ingresó a la Legislatura un proyecto de ley de memoria democrática orientado a prevenir, erradicar y sancionar el negacionismo en el ámbito de la función pública. La iniciativa no solo se inscribe en el proceso histórico de Memoria, Verdad y Justicia, sino que también busca establecer reglas claras sobre el comportamiento estatal frente a hechos que ya no pertenecen al terreno de la opinión, sino al de la verdad judicial y el derecho internacional.

El bloque del Partido Agrario y Social (PAyS), bajo el expediente D-69688-26, presentó el proyecto denominado "Ley de Memoria Democrática, Prevención del Negacionismo y Defensa de la Función Pública", con las firmas de los diputados Cristian Castro, Héctor "Cacho" Bárbaro y Elvani Goring. La propuesta cuenta con el respaldo de más de treinta y cinco organizaciones sociales, sindicales, políticas y de derechos humanos, y con el acompañamiento de la diputada nacional Fernanda Miño, quien subrayó la necesidad de consolidar políticas públicas que fortalezcan los consensos democráticos construidos desde 1983.

El eje central del proyecto es establecer un marco normativo específico dentro de la administración pública provincial para sancionar toda manifestación que niegue, justifique, minimice o banalice los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983. En términos operativos, la iniciativa define como negacionistas no solo las expresiones explícitas de negación, sino también formas más sutiles de relativización o equiparación entre víctimas y victimarios.

En ese sentido, la propuesta regula de manera precisa el comportamiento de quienes ejercen funciones públicas. Prohíbe la difusión, reproducción o promoción de contenidos negacionistas mediante el uso de recursos, espacios o investiduras estatales. La restricción alcanza intervenciones en actos oficiales, ámbitos educativos, medios de comunicación, así como publicaciones en redes sociales o plataformas digitales cuando estén vinculadas al ejercicio de la función.

El proyecto incorpora además un capítulo de protección simbólica e institucional. Allí se establece la prohibición de exhibir símbolos, imágenes o realizar actos que impliquen reivindicación del terrorismo de Estado en edificios públicos, oficinas, vehículos oficiales o canales de comunicación estatal. En estos casos, se dispone el cese inmediato de la conducta y la remoción de los elementos considerados incompatibles con los principios democráticos.

Otro de los pilares de la iniciativa es la formación obligatoria, periódica y permanente en derechos humanos, memoria histórica y terrorismo de Estado para todo el personal de la administración pública provincial. El incumplimiento de estas instancias podrá ser considerado falta disciplinaria, dentro de un esquema de sanciones progresivas que va desde apercibimientos hasta cesantías o exoneraciones, según la gravedad de los hechos.

Desde los sectores impulsores remarcan que se trata de una construcción colectiva sostenida durante años por organismos de derechos humanos, familiares de víctimas y organizaciones del campo social misionero. Entre las entidades que respaldan el proyecto se encuentran la Asociación Nacional de Ex Presos Políticos, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, la CTA Autónoma Misiones, la Unión de Trabajadores de la Educación de Misiones, el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y MuMaLA, junto a espacios académicos y cátedras universitarias.

La iniciativa no avanza sobre el plano penal —reservado al Congreso de la Nación—, sino que se inscribe en el ámbito administrativo, disciplinario e institucional, donde las provincias tienen competencia directa. En ese marco, busca fijar estándares de conducta acordes a los compromisos constitucionales e internacionales asumidos por el Estado argentino.

La necesidad de legislar contra el negacionismo
En la línea de legislar contra el negacionismo y la promoción del terrorismo de Estado, emergen ejes como el derecho a la verdad, los límites democráticos y los estándares internacionales.

La discusión sobre el negacionismo no constituye una controversia ideológica más ni un debate historiográfico abierto. En Argentina, los crímenes del terrorismo de Estado fueron probados en sede judicial, calificados como delitos de lesa humanidad y juzgados conforme a estándares internacionales. Esto implica consecuencias jurídicas concretas: son imprescriptibles, no amnistiables y su persecución es obligatoria para el Estado.

Desde esta base, el negacionismo no es solo una opinión incómoda o provocadora, sino una forma de distorsión deliberada de hechos jurídicamente establecidos, que impacta directamente sobre derechos reconocidos. Entre ellos, el llamado "derecho a la verdad", desarrollado por el sistema interamericano de derechos humanos y reconocido en múltiples fallos de la Corte Interamericana. Este derecho no pertenece únicamente a las víctimas directas, sino a la sociedad en su conjunto, que tiene derecho a conocer lo ocurrido y a preservar la memoria colectiva como garantía de no repetición.

Organismos internacionales como las Naciones Unidas han establecido, a través de principios y relatorías específicas, que los Estados tienen la obligación de adoptar medidas para prevenir la negación de violaciones graves a los derechos humanos. En particular, los "Principios para la lucha contra la impunidad" señalan que la preservación de la memoria y la difusión de la verdad son componentes esenciales de cualquier sistema democrático.

En Europa, diversos países avanzaron en legislación contra el negacionismo del Holocausto y otros genocidios. Estas normas no se interpretan como restricciones arbitrarias a la libertad de expresión, sino como límites razonables cuando están en juego derechos fundamentales, la dignidad de las víctimas y la estabilidad del orden democrático. El principio jurídico es claro: ningún derecho es absoluto, y la libertad de expresión no protege discursos que lesionan derechos de terceros o socavan el sistema democrático.

En el caso argentino, este debate adquiere una dimensión particular. Muchos de los delitos cometidos durante la dictadura continúan teniendo efectos en el presente: personas que aún no recuperaron su identidad, familias que siguen buscando a desaparecidos y procesos judiciales en curso. En ese contexto, el negacionismo interfiere activamente en procesos de verdad y justicia que siguen abiertos.

Desde una perspectiva constitucional, además, el proyecto encuentra sustento en el artículo 75 inciso 22 de la Constitución Nacional, que otorga jerarquía constitucional a los tratados internacionales de derechos humanos. Esto implica que las provincias, en el ejercicio de sus competencias, deben adecuar su normativa a esos estándares, incluyendo la obligación de prevenir violaciones y garantizar la memoria.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación también ha sido clara al convalidar la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad y la obligación del Estado de investigarlos y sancionarlos. En ese marco, cualquier discurso que tienda a negar o relativizar esos hechos entra en tensión con obligaciones jurídicas ya asumidas.

Por otra parte, la regulación específica en el ámbito de la función pública responde a un principio básico del derecho administrativo: quienes ejercen funciones estatales no lo hacen a título personal, sino como representantes del Estado. Por lo tanto, su conducta debe ajustarse a los principios de legalidad, ética pública y respeto a los derechos humanos. No se trata de limitar opiniones privadas, sino de establecer estándares cuando se actúa en nombre del Estado.

El negacionismo, en este contexto, no solo afecta la memoria histórica, sino que también erosiona los consensos mínimos que sostienen la convivencia democrática. Si se debilita la idea de que el Estado no puede ejercer violencia ilegal sobre sus ciudadanos, se debilita el núcleo mismo del pacto democrático.

Legislar en esta materia implica proteger hechos probados judicialmente y reconocidos internacionalmente, lejos de pretender imponer una versión oficial de la historia, y establecer límites claros frente a discursos que pueden habilitar nuevas formas de violencia simbólica o institucional.

En este contexto, la ley que Misiones comienza a debatir busca algo más profundo que sancionar conductas individuales: intenta reafirmar un principio estructural. Que la democracia, además de ser un sistema electoral, es un conjunto de valores, reglas y límites que deben defenderse activamente. Y que entre esos límites hay uno innegociable: el rechazo absoluto al uso ilegal de la violencia por parte del Estado.

Ese principio, como toda base de la vida democrática, se sostiene en la memoria, pero también en el respaldo de una ley.
Foto: Luis Robayo/AFP vía Getty Images
Fuente: Misiones Plural

sábado, 20 de diciembre de 2025

La memoria no se rinde. A 24 años, la salida sigue siendo colectiva

A 24 años del 19 y 20 de diciembre de 2001, la memoria volvió a escribirse en el pavimento y en los cuerpos. Frente a los Tribunales provinciales, en Balcarce al 1600, organizaciones sociales, barriales, sindicales, culturales, políticas y de derechos humanos se reunieron para homenajear a las nueve víctimas de la provincia de Santa Fe, abrazar a sus familias y volver a exigir justicia. Entre nombres que retumbaron como presentes y ahora y siempre, el reclamo por el fin de la impunidad y el tratamiento de la Ley de Reparación Histórica se hizo una vez más colectivo, acompañado por imágenes, palabras y gestos que sostienen la memoria y la lucha que no se rinde.

24 Años del 2001
"𝘗𝘢𝘳𝘦𝘤𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘮𝘦𝘮𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘯𝘰 𝘢𝘯𝘥𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘢, 𝘦𝘴 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘪𝘴𝘵𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘺 𝘫𝘶𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘢𝘤𝘰𝘮𝘱𝘢ñ𝘢𝘯 𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘱𝘶𝘦𝘣𝘭𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘶𝘯 𝘥𝘦𝘴𝘵𝘪𝘯𝘰 𝘥𝘪𝘨𝘯𝘰", nos decía Celeste Lepratti, hermana de Pocho.

"El tiempo no pasó para nosotres, parece que fue ayer que asesinaron a nuestros seres queridos", menciona Mary Martínez, esposa de Rubén Pereyra.

"No hay un día que no pensemos en Ellas, Ellos", suma Lila García, mamá de Yanina.

"Nosotros quedamos con una herida que no cierra, nos marcó para siempre", sentencia José Acosta, hijo de Graciela Acosta.
24 años pasaron. Son hijes, madres, padres, hermanas, hermanos, esposas… sus familiares, que cada 19 y 20 cuentan la otra historia: la de sus vidas, que en esos días cambiaron para siempre. Y cada 19 y 20 la herida sangra y desgarra, pero no paraliza, porque como siempre exclaman, la salida es colectiva y la Justicia la hacemos entre Todes.

Así entonces relata Natacha, integrante de Arte x Libertad: con un mate, con muchas bicicleteadas sembrando linos rojos, en los colores de cada mural, con charlas largas y sentidas, en cumpleaños, con la risa en desparpajo, entre lágrimas, bailando un chamamé, con antorchas ardiendo corazones en la estación, en carnavales embrujados, buscando la luna en la cara de Lila, pateando el barrio, en la cocina, en las marchas vestida de mareas en verde y violeta, a la sombra de los ceibos, bajo las innumerables estrellas que tiene el campo, en ciudades alucinadas, con el viento, la rebeldía y las hormigas. Caracterizando a Cele, la Asamblea también construye desde hace 24 años la Memoria, el homenaje y el NO olvido, remarcando la huella que nos dejaron para que las sigamos pisando hacia el camino de la construcción popular: "confiar en el camino que trae de vuelta lo que amamos. Vemos que hay horizonte claro, un sendero señalado y mucha tarea por continuar".
Y aquí estamos, en el andar espiral que nos supo reunir y nos vuelve a reunir cada vez, como es hoy, como será.

En estas jornadas nos movilizamos en Rosario a 24 años: contra el hambre que sigue siendo un crimen, contra la entrega del país nuevamente al FMI, a las multinacionales, contra el saqueo y la represión, con la bronca y el dolor de tanta crueldad implementada por el gobierno de Javier Milei.

En 2001, las calles fueron los cauces naturales de un río de pueblo que desbordó las estructuras y enfrentó y tumbó a un gobierno sordo y su plan económico de miseria, crisis hija del modelo neoliberal de los años 90. Hoy decimos que Milei nos enfrenta a un endeudamiento voraz que nos impacta directamente al pueblo trabajador, a les pibas y pibes en los barrios, a las compañeras en los comedores, a la precarización aún mayor de nuestras vidas. "El invierno eterno no existe, si despertamos se va!", andaba predicando el Pocho con su bicicleta.
Por ello, esta tarde convocamos a marchar en Rosario porque significa reivindicar la memoria rebelde que no calla; salir por la rebelión del 19 y 20 y por la masacre de 2001, por el asesinato de 33 víctimas, nueve en nuestra provincia, a manos de la policía de Reutemann en Santa Fe. Este 19 y 20 unimos la lucha contra la impunidad junto a los Familiares de las víctimas de gatillo fácil: hubo más de 9000 casos desde 1983. También marchamos por el cierre de las causas a los trabajadores detenidos por luchar contra la reforma jubilatoria de Pullaro.

"No hay hojas, no hay flores, no hay frutos, entonces sostengamos las raíces", escribió Pocho Lepratti en una de sus agendas. Por eso volvemos al 2001 cada año, cada día y cada vez que buscamos justicia, hacemos memoria, soñamos y trabajamos en la construcción de los proyectos colectivos que son la base del trabajo de hormiga.
¡La Lucha Sigue!, ¡La Salida es Colectiva!
Yanina García, Marcelo Pacini, Graciela Machado, Rubén Pereyra, Walter Campos, Ricardo Villalba, Juan Delgado, Graciela Acosta, Claudio "Pocho" Lepratti, ¡presentes!
No olvidamos, no perdonamos. 39 Presentes ahora y siempre!

Asamblea 19y20 Rosario - #LaJusticiaLaHacemosEntreTodxs

24 años de los hechos de 2001: el testimonio de María Martínez, viuda de Rubén Pereyra 
Cada 19 y 20 de diciembre, el país recuerda la rebelión popular y la masacre de 2001: 39 vidas arrebatadas, cientos de heridas que aún duelen. Como cada año, familiares de las víctimas se reúnen, acompañados por gremios y organizaciones, para exigir justicia y reparación. Frente a los Tribunales Provinciales, sus voces se alzan, firmes y conmovedoras.
Frente a Tribunales estaba Mari Martínez, compañera de Rubén Pereyra, que habló desde el corazón: "Gracias a todos por estar hoy acá. Yo era familiar de Rubén Pereyra. Rubén fue asesinado en Barrio Las Flores, a través de la escuela 1257. A 24 años seguimos pidiendo justicia porque no se hizo nada en la causa. Hoy mi hija tiene 26 años, tengo un nieto de 3 años, y seguimos exigiendo justicia que nunca la vimos".

Sus palabras atravesaron el aire con la memoria de quienes no tuvieron voz: "También por todos los asesinados que hoy no tuvieron justicia. Los chicos de Graciela Acosta, que cada año se han quitado la vida. Ya creo que van tres chicos que se han quitado la vida en el aniversario de su mamá. Que es muy triste eso".

El tiempo no borra el dolor, y la conversación con su hija lo recuerda con crudeza: "Hoy anoche hablando con mi hija me decía: mamá, ya pasaron 24 años, tenés que soltar, tenés que dejar de escribir cosas de papi. Y yo le explicaba a mi hija que no se puede. Yo tenía 17 años cuando Rubén se me murió en mis brazos y no pude hacer nada para salvarlo. Hace 3 años intenté suicidarme. No pensé ni en mis hijos".

Mari narra la vida que siguió, marcada por la ausencia y la lucha constante: "Yo seguí mi vida, yo tengo mis hijos y ahora tiene 26, tengo una nena de 14, tengo un nene de 11. Pero la vida es muy dura para nosotros. A veces yo veo toda esta gente acá y todos los políticos que todos los años vienen y nos abrazan y nos dicen ‘estamos con vos’. Y después todo el año se olvidan de los familiares de diciembre del 2001".

"Yo creo que lo único que siempre estuvieron fueron los chicos que hoy están acá pintando, que siempre nos ayudan. Las vacaciones que tenía mi hija cuando salía de vacaciones de la escuela en enero era ir a la casa de Herminia Severini, fundadora de la agrupación Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario. Hoy estábamos recordando justamente eso. Mi hija usaba lentes desde los 7 años, y la que le cubría los gastos siempre fue Alicia Gutiérrez, que fue una diputada acá de Rosario, junto con la Cele Lepratti. Nosotros nos sentimos abandonados a 24 años porque la mamá de Yanina García hoy no pudo estar acá porque también tiene problemas de salud".
No habló solo de su familia, sino de todos los sobrevivientes marcados por la violencia: "También pido por los chicos que están heridos que hoy ya son todos unos hombres, pero tienen sus balas alojadas en su cuerpo y no pueden seguir trabajando con un trabajo estable. Hay un chico que perdió los ojos que siempre lo nombro, porque hoy está sin su lente, que sale carísimo, y el seguro del trabajo no se lo cubre la obra social. Y todos los años que ha venido acá, todos le han prometido, y hoy está ese chico sin su lente porque no tiene los medios para comprarse".

La solidaridad surge entre el dolor y la memoria: "Después los otros heridos están en Las Flores ayudando a la gente. Se armó un grupo de chicos heridos de Las Flores que están ayudando a la Plaza Itatí, que están dando comida a todos los necesitados y contando la historia de ellos, ¿no? Cómo pasó lo del 2001. Me gustaría que se recuerde el 2001 con todos los 39 fallecidos y miles de heridos, no con un helicóptero saliendo de la Casa Rosada, como siempre escribo".

Y cerró con un pedido que retumba con fuerza: "Nada más. Justicia y que se haga algo por la reparación histórica".
Fotos: Paula Sarkissian

domingo, 24 de agosto de 2025

Donde no triunfa el silencio: Una calle en Rosario para Melitona Enrique, sobreviviente de la masacre de Napalpí

El Concejo Municipal de Rosario designó una calle con el nombre de Melitona Enrique, última sobreviviente de la masacre de Napalpí. Este homenaje simboliza el reconocimiento a los pueblos originarios y la memoria de un capítulo doloroso de la historia argentina, aún pendiente de justicia y reparación
Melitona se fue una noche, silenciosa y firme, como supo vivir. Se fue caminando por un arco iris tejido con la luz de las estrellas, llevando en sus oídos los ecos de un grito antiguo. Tal vez la voz de un pueblo que, en su último cumpleaños, le pidió perdón. Tenía 107 años. Fue la última sobreviviente de la masacre de Napalpí, ocurrida en el Chaco en 1924, y falleció en 2008. Su historia fue contada muchas veces, incluso en vida, como un testimonio que se resistía a desaparecer.

Nacida en un contexto de extrema pobreza, Melitona Enrique vivió gran parte de su vida en el olvido. No tenía casa, ni acceso a condiciones dignas, como muchos integrantes de las comunidades originarias del norte argentino. A principios de los años 2000, su historia fue recuperada por integrantes de su comunidad, por un maestro qom —el maestro Juan Chico— y por quienes, al escuchar su nombre, empezaron a entender que la masacre de Napalpí no era un relato lejano, sino un crimen de lesa humanidad sin justicia ni reparación. Fue la Organización Panamericana de la Salud quien, durante un relevamiento de la situación sanitaria en comunidades del Chaco, documentó su vida y su historia, y con ella visibilizó la falta de políticas públicas para las comunidades qom y moqoit que vivían en zonas como Machagai.

Melitona tuvo 12 hijos. Algunos de ellos, y sus descendientes, hoy viven en Rosario. Y es precisamente en esta ciudad donde su nombre vuelve a resonar con fuerza. Porque una calle de Rosario lleva ahora su nombre. En la última sesión del Concejo Municipal, gracias al impulso de diversas organizaciones y familiares, el hasta ahora Pasaje 734 del barrio Sorrento fue renombrado oficialmente como Melitona Enrique.
Así lo explicó la concejala Norma López (foto), en Señales: "El 19 de julio de 1924, el presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, y el gobernador del Chaco, Fernando Centeno, planificaron la masacre de Napalpí. Napalpí era una reducción de pueblos originarios, Qom y Moqoit, que vivían de la recolección algodonera en condiciones infrahumanas, prácticamente de esclavitud.

Aquel día, decidieron protestar. La respuesta fue una masacre: 40 personas de todas las edades fueron asesinadas, mutiladas y torturadas. Durante muchos años, en nuestro país hubo impunidad respecto a este trágico suceso.

Recién en 2022, una jueza federal del Chaco, la doctora Zunilda Nirenberger, habilitó un juicio para investigar los hechos desde la perspectiva de los derechos humanos. Así se constituyó el primer juicio por delitos de lesa humanidad contra una población de pueblos originarios.

Hubo pocos sobrevivientes. Entre ellos, Melitona Enrique, quien además vivió muchos años en nuestra ciudad.

En la última sesión del Concejo Municipal, a pedido de diversas organizaciones y de referentes y referentas de distintas naciones originarias —entre ellos, Daniel Naporichi, Rosana Esquivel, Oscar Talero, y familiares de Melitona, como bisnietos y una de sus hijas, Jara—, una de las calles de nuestra ciudad fue nombrada en homenaje a ella. En el barrio Sorrento, el pasaje 734 lleva, desde el jueves pasado, el nombre de Melitona Enrique.

Simbólicamente, para nosotros es un hecho muy significativo, porque implica también reconocer los delitos cometidos por el Estado contra los pueblos originarios. Son delitos de lesa humanidad, y la reparación aún no ha sido completada".

La ordenanza sancionada establece:
Artículo 1°: Desígnase con el nombre de Melitona Enrique a la arteria anteriormente denominada Pasaje 734, ubicada en barrio Sorrento.
Artículo 2°: Encomiéndase al Departamento Ejecutivo que coloque en el lugar la señalética correspondiente.

En palabras del tema musical que Lucas Segovia le dedicó —acompañado por Antonio Tarragó Ros—, Melitona no solo fue madre de doce hijos, sino madre de un pueblo. Su letra es un verdadero poema que merece ser leído, compartido, recordado. Porque como dice la canción: que no triunfe el silencio.

Melitona se fue una noche a encontrarse con las abuelas muertas,
se fue caminando por un arco iris formado por la luz de las estrellas,
llevando en sus oídos tal vez aquellos gritos
o tal vez la voz de un pueblo blanco que en su último cumpleaños le pidió perdón.

Si una estrella mañana veo en el cielo,
será la que has encendido para tu pueblo,
no dejes que en esta tierra triunfe el silencio,
enciende en las gargantas un grito nuevo.

Madre del pueblo indio, Melitona,
fuiste hacia la casa del que no olvida.
Madre del pueblo indio, Melitona,
de tus ojos dormidos fluye la vida.

Cuando llegues al cielo de los recuerdos,
consíguenos la memoria del universo,
y que abriendo los brazos al fin
formemos con el criollo y el gringo un solo pueblo.

Madre del pueblo indio, Melitona,
de los recuerdos veo en el cielo un grito nuevo.

Hoy, su nombre queda grabado en una calle, pero también en la historia.

Escuchá la nota completa:

martes, 5 de agosto de 2025

Desmontaje colectivo: una respuesta poética al odio en la muestra La tierra (a)guarda

La Tierra (a)guarda es una muestra que se exhibe hasta el próximo viernes 8 de agosto en la Biblioteca Argentina Dr. Juan Álvarez (Pje. Álvarez 1550). Fue construida a partir del registro fotográfico del colectivo documental Posteo. La propuesta recupera una historia íntima y profundamente política: en plena dictadura, Ernesto Blanco enterró los libros de su hijo en San Gregorio (Santa Fe) para protegerlos de la represión. Casi 40 años después, su nieta Julia Blanco los desenterró, gesto que dio origen al documental Desentierros. Los libros que no heredamos, y luego al libro homónimo publicado en febrero de este año.

Las fotografías de Matías Sarlo, Héctor Río y Franco Trovato Fuoco capturan ese acto de rescate como una metáfora de la memoria como resistencia. Sin embargo, el martes 22 de julio, la muestra fue vandalizada por una persona que escribió mensajes de odio con marcador indeleble sobre el texto de sala y parte de las imágenes.

Matías Sarlo es fotógrafo, oriundo de la Provincia de Buenos Aires. A lo largo de su carrera trabajó en medios como El Ciudadano, Crítica, La Capital, y colaboró con agencias internacionales como Associated Press y Archivo Latino. También formó parte de InfoJus. Desde hace algunos años, junto a otros colegas, impulsó un proyecto significativo vinculado a la memoria y los derechos humanos, llamado Zafarrancho Ediciones. 

En una entrevista en las Señales, Sarlo contó que la muestra proponía originalmente una intervención artística durante el primer mes de exhibición, en un sector específico, con la intención de invitar a reflexionar sobre la dictadura, especialmente desde la perspectiva de los barrios y las familias trabajadoras. El concepto giraba en torno a los libros enterrados o desenterrados como símbolo de memoria.

Sin embargo, el grupo organizador se vio sorprendido por una intervención indebida y ajena a la propuesta original, que incluyó palabras como "zurdo", "terrorista" y "fertilizante". Sarlo expresó que estas palabras resultaron violentas y difíciles de soportar, especialmente por la carga simbólica que implicaban, motivo por el cual decidieron emitir un comunicado para aclarar al público el contenido de la muestra y marcar su postura frente a ese acto.

Ante esta situación, el colectivo decidió responder desde el arte, sin recurrir al enfrentamiento directo. Propusieron una acción poética para el día viernes 8 de agosto a las 17 horas, que consiste en un acto colectivo de desmontaje de la muestra. La idea es que cada persona que asista pueda retirar una parte de la exhibición, incluyendo una letra del texto de sala, como gesto simbólico de quitarle sustento a ese discurso de odio.

Sarlo sostuvo que muchas veces quienes promueven estos discursos no construyen, sino que se dedican a destruir lo que otros crean. Por eso, al retirar la muestra, consideraron que las palabras ofensivas quedarían vacías, sin contexto que las sostenga.

El acto está programado para comenzar puntualmente a las 17:00, ya que a las 18:00 se realizará un concierto de jazz en la Biblioteca y desean evitar superposiciones. Durante el desmontaje se leerán textos del colectivo, de los trabajadores de la Biblioteca Argentina, de Posteo (quienes realizaron las fotografías) y de Julia Blanco, responsable de la parte performática del desentierro de libros.

Para quienes deseen más información o sumarse, Zafarrancho Ediciones compartió una convocatoria a través de su cuenta de Instagram, invitando a artistas, colectivos y organizaciones de derechos humanos a participar de esta acción, que consideran breve pero potente.

Finalmente, se recordó que la muestra La Tierra (a)guarda puede visitarse hasta el viernes, en el horario habitual de la Biblioteca Argentina.

Escuchá la entrevista completa:

Ver también: Vandalismo y mensajes de odio en una muestra sobre la memoria en la Biblioteca Argentina, La tierra (a)guarda: memoria violentada, respuesta que evita incomodar

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