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domingo, 31 de mayo de 2026

La Rambla en disputa: pescadores artesanales frente a la modernización de La Florida

En La Florida, al norte de Rosario, la ribera del Paraná condensa una tensión persistente entre la vida de los pescadores artesanales y los proyectos de urbanización que prometen modernizar la costa. Elsa Avip, referente del sector, reconstruye desde la memoria y la experiencia cotidiana un territorio atravesado por controles, promesas incumplidas y una identidad que se resiste a ser desplazada
En el barrio de La Florida, donde el río Paraná se abre como una frontera líquida que ordena la vida cotidiana, Elsa Avip sostiene una memoria extensa de trabajo, disputas y promesas que se repiten con distintos nombres pero idéntico desenlace.

Su voz aparece cada vez que el territorio vuelve a ponerse en discusión en el ámbito municipal, sobre todo cuando se anuncian proyectos que hablan de "modernizar" la costa. En esos anuncios, que circulan entre oficinas y comunicados, el barrio se convierte en un problema a resolver o en una postal a intervenir. Pero en la orilla, la lectura es otra.

Un barrio entre el río y la política
En el oficialismo local circulan iniciativas orientadas a mejorar la infraestructura de los llamados "puestos de pescadores" y a crear un nuevo frente comercial bajo la denominación de "Mercado del norte". En ese marco, Elsa vuelve sobre una pregunta que no pierde vigencia: quiénes son efectivamente parte de esas decisiones y cómo circula la información hacia quienes viven y trabajan en el lugar.

"¿Y los pescadores sabrán? Fueron avisados", le preguntan en Señales, recordando que en distintos momentos los trabajadores del río fueron convocados al Concejo Municipal, participaron de reuniones en la comisión de producción y expusieron sus dificultades.

Desde su reconstrucción, esos encuentros incluyeron reclamos por infraestructura básica, cuestionamientos al accionar de Control Urbano —que en muchos casos describe como invasivo— y pedidos de regularización de las actividades. También aparecieron proyectos intermedios, como una feria gastronómica y cultural para el barrio de pescadores, impulsada en el ámbito deliberativo local a través de la concejala Alicia Pino.

Pero nada de eso, según su mirada, se tradujo en transformaciones sostenidas.
El render de las refromas prometidas en 2024

El espejo de agua y las promesas que no llegan
La última instancia de diálogo que recuerda es una reunión en La Florida con el director del Centro Municipal Distrito Norte, Gerardo Bernardini, donde —según relata— se reiteraron compromisos que no llegaron a concretarse.

Entre ellos aparece una expresión que condensa su escepticismo: el "espejito de colores" del llamado "espejo de agua". No se trata, explica, de una metáfora urbanística sino de algo concreto: el espacio de amarre y estacionamiento de las canoas, un punto histórico de trabajo que, asegura, nunca fue garantizado.

En su relato, la promesa urbana se superpone con la experiencia material del borde: lo que se anuncia como mejora, en la práctica, no siempre toca la vida cotidiana.

Control, desgaste y vida cotidiana
La dirigente reconstruye una relación prolongada de tensiones entre el barrio y el Estado municipal. Habla de controles reiterados, de episodios que describe como hostigamientos sostenidos en el tiempo y de exigencias que, según su experiencia, llegaron a incluir la presentación de documentación personal y papeles del vehículo para ingresar a la zona.

Esas dinámicas —afirma— no se limitaron a los pescadores, sino que atravesaron también a comerciantes del barrio, donde conviven pescaderías, bares y pequeños negocios. Con el tiempo, sostiene, el tejido cotidiano fue quedando atravesado por una lógica de control que impactó en la circulación y en el uso del espacio.

"Nos han hostigado hace años", resume, sin elevar el tono, como quien enumera algo que ya forma parte del paisaje.
Los renders actuales del municipio que ahora mencionan un espacio abierto a emprendedores

Un barrio que es más que pesca
En su propia historia familiar se condensa esa mezcla de río y vida urbana: su padre vendía insumos para la actividad pesquera, sus sobrinos y cuñados son pescadores. El trabajo con el pescado no aparece como una actividad aislada, sino como una trama que atraviesa generaciones.

La Florida, en su descripción, no es solo un enclave pesquero. Es un barrio de familias, vínculos y economías pequeñas que dependen del río pero también de su relación con la ciudad.

Obras parciales y una promesa de urbanización
En la conversación reaparece una crítica constante a la falta de obras estructurales. Elsa reconoce intervenciones puntuales —veredas, arreglos de infraestructura, modificaciones del paredón costero—, pero sostiene que se trata de mejoras fragmentarias, concentradas muchas veces en el frente visible del barrio.

Recuerda además una reunión con el intendente Pablo Javkin durante su primera gestión, en la que —según afirma— se habría comprometido a urbanizar La Florida e intervenir tanto las pescaderías como los frentes comerciales. Aquella promesa, dice, permanece abierta en el tiempo.
El río como economía y como identidad
A pesar del escenario, desde el barrio se han impulsado proyectos alternativos que buscan integrar La Florida como espacio cultural. En ese sentido, Elsa insiste en una idea que atraviesa todo su relato: el vínculo entre Rosario y el río no puede pensarse sin este sector.

"¿Quién no viene a Rosario y come un pescado?", plantea, como una forma de recordar que la costa no es periferia, sino parte constitutiva de la identidad urbana.

La actividad económica del barrio, subraya, es mayoritariamente familiar. No hay grandes empresas ni estructuras industriales, sino unidades de trabajo pequeñas sostenidas por redes de parentesco. "Trabajamos invierno y verano con poco o mucho turismo", explica.
El barrio en el último acampe

Una costa en disputa
El conflicto no se limita a la infraestructura o a la habilitación comercial. También atraviesa el uso del espacio público y el sentido de la transformación costera en clave turística.

Desde su mirada, ciertos proyectos recreativos no dialogan con la historia del lugar. No se opone a la renovación del barrio ni a su desarrollo turístico, aclara, pero cuestiona la incorporación de elementos que considera ajenos al territorio, como "toboganes que no tienen sentido de ser en ese lugar".

En esa misma línea aparece una preocupación más amplia: el acceso desigual a la ribera. Mientras algunos sectores pueden disfrutar de la costa sin restricciones, otros —especialmente barrios populares del norte rosarino— encuentran barreras materiales o simbólicas para su uso.

La ribera se vuelve entonces un espacio de disputa, donde el derecho al río no es solo una idea abstracta, sino una pregunta concreta sobre quién puede habitarlo.
El impacto del río y la fragilidad del trabajo
Uno de los puntos más sensibles de su relato es el impacto del dragado del Paraná en la actividad pesquera. Sin entrar en detalles técnicos, lo vincula con la pérdida de condiciones de trabajo y con una desigualdad estructural que favorece a quienes tienen mayor capacidad económica.

En ese contexto, la pesca artesanal aparece como una forma de vida cada vez más tensionada entre las condiciones naturales del río y las decisiones humanas que lo modifican.

El río como pertenencia
Hacia el final de su testimonio, la conversación se desplaza hacia una dimensión menos material y más simbólica. La costa, dice, no es solo un espacio de trabajo ni un escenario de conflicto: es también un lugar de encuentro, de bienestar y de memoria compartida.

El Paraná aparece como una presencia constante, una forma de identidad que atraviesa generaciones y barrios.

Desde esa perspectiva, las actividades comunitarias en la rambla —con música, sorteos y encuentros— funcionan como intentos de reafirmación del territorio. "El río es de todos", sostiene, insistiendo en que el acceso y el disfrute de la costa deberían ser compartidos sin exclusiones.

En esa tensión entre promesa y desgaste, entre urbanización y pertenencia, entre turismo y trabajo artesanal, la voz de Elsa Avip se inscribe como la de una habitante que no solo describe un conflicto urbano, sino que lo encarna.

Su relato deja ver un barrio que insiste en pensarse como parte constitutiva de la ciudad, incluso cuando —según su propia lectura— la ciudad no siempre lo reconoce de ese modo. 
Elsa y sus compañeros en el Concejo Municipal

Escuchá la entrevista completa:

Pergamino: el juicio que sentó en el banquillo a las fumigaciones y al Estado

Además de productores y aplicadores, dos ex funcionarios municipales enfrentan acusaciones por no controlar las pulverizaciones. El proceso, impulsado por años de denuncias vecinales, podría convertirse en un precedente clave para las causas ambientales de todo el país
Un juicio sin antecedentes
El juicio que se desarrolla por las fumigaciones en Pergamino ya ocupa un lugar singular en la historia judicial argentina. En el banquillo de los acusados están sentados los productores agropecuarios Fernando Cortese, Mario Reinero Roces, Víctor Tiribó, Carlos Sabatini y Hugo Sabatini; el ingeniero agrónomo José Luis Grattone; y el aplicador de agroquímicos Cristian Taboada. Por primera vez en una causa de estas características también son juzgados dos ex funcionarios municipales, Guillermo Naranjo y Mario Daniel Tocalini, quienes ocupaban cargos vinculados al control ambiental en el municipio de Pergamino.

Desde Rosario, donde siguió de cerca las audiencias, el periodista Francisco Pandolfi, de la revista MU y la cooperativa La Vaca, describió en Señales el proceso como "un punto de quiebre" y "un antes y un después" para las causas vinculadas a las fumigaciones y sus impactos sobre la salud y el ambiente.

Para Pandolfi, el carácter histórico del juicio radica en que, por primera vez, una parte importante de la cadena de responsabilidades quedó expuesta ante la Justicia. 

Sin embargo, el periodista considera que todavía quedan responsabilidades políticas por esclarecer. Señala que si algunos de los acusados sostienen que no eran quienes tenían a cargo las decisiones centrales, entonces surge una pregunta inevitable: quiénes eran los verdaderos responsables y cuál fue el papel de las máximas autoridades municipales.

"Este juicio marca un camino y funciona como un faro para seguir escalando en responsabilidades", afirmó.

Las víctimas detrás del expediente
Después de 16 audiencias, más de 60 personas pasaron por la sala para declarar en el juicio por agrotóxicos en Pergamino. El proceso ingresó ahora en su tramo decisivo: tras la inspección ocular realizada semanas atrás, comenzaron los alegatos de las partes ante el Tribunal Oral Federal N.º 2. Las exposiciones tendrán su última jornada el próximo jueves. 

Las consecuencias, remarcó Pandolfi, tienen nombres propios. Recordó el caso de Mónica, la hija de Paola Díaz, fallecida a los 11 años tras padecer leucemia, y el de Florencia Morales, vecina denunciante que murió en 2023.

"Por ellas es este juicio y por eso es histórico", resumió.

Sabrina Ortiz, la mujer que convirtió la denuncia en una causa judicial
En el centro de esta historia se encuentra Sabrina Ortiz, una de las principales impulsoras de la causa. Su trayectoria resume buena parte de los veinte años de conflicto que desembocaron en el juicio actual.

Ortiz sufrió dos accidentes cerebrovasculares, tiene daño genético asociado a la exposición a agroquímicos y perdió un embarazo mientras era fumigada a escasos metros de su vivienda. Comenzó a denunciar la situación en 2007 y profundizó esa lucha tras la pérdida de su embarazo en 2011.

Pero la búsqueda de justicia la llevó todavía más lejos. Ante las dificultades para encontrar abogados que asumieran el caso, decidió estudiar Derecho. Se recibió en 2018 y fue ella misma quien impulsó la denuncia que finalmente derivó en el proceso judicial que hoy se desarrolla.

Pandolfi definió su historia como "una historia para Netflix, pero real", aunque aclaró que no se trata de una ficción sino de una realidad marcada por el sufrimiento persistente de ella y de sus hijos.

"Sus cuerpos siguen hablando", señaló.
Por eso hablamos de agrotóxicos
Uno de los momentos más tensos del debate oral se produjo durante el alegato de Juan Carlos Marchetti. El abogado cuestionó la cobertura periodística del caso y apuntó contra los medios que utilizan el término "agrotóxicos" en lugar de "fitosanitarios", denominación contemplada por la legislación vigente.

Según sostuvo, la difusión del juicio habría estado dominada por medios alejados de la objetividad.

Pandolfi interpretó esas declaraciones como un intento de condicionar el debate público. A su entender, la discusión no puede reducirse a una cuestión terminológica cuando la propia causa judicial acumuló una enorme cantidad de pruebas sobre los daños producidos por las fumigaciones.

El periodista destacó especialmente el alegato del fiscal federal Federico Reynares Solari, representante del Ministerio Público Fiscal, quien coincidió con los planteos de la querella y describió los niveles de peligrosidad detectados durante la investigación como extraordinarios.

Según relató Pandolfi, la fiscalía habló de "pruebas terroríficas" y de evidencias contundentes sobre los efectos de los agroquímicos.

Para ilustrar la dimensión humana del conflicto, recordó testimonios recogidos años atrás durante una investigación de MU. Entre ellos, el de Alejandra Bianco, una de las querellantes. Francisco recordó una nota publicada por MU en 2022: "A principio de 2018 se enfermó Sergio, mi ex pareja, de un cáncer de páncreas e hígado sin la posibilidad de operar. Falleció en diciembre pasado; en marzo último, Sandrita, mi amiga, mi hermana, murió de cáncer de huesos; a mi hijo Benjamín le detectan púrpura trombocitopénica (trastorno de la sangre) y a mi hijo Ignacio cáncer de tiroides, ambos a sus 17 años; a mí me quitaron el útero, 12 tumores tenía. Un cuerpo minado".

Y agregó: "El dueño de la casa donde vivíamos, cáncer de testículo; pegada a mi casa, un matrimonio con cáncer; pegado a ellos, Juan, cáncer de estómago. A la vuelta: Guada, cáncer de lengua; Gloria, cáncer de intestino y de colon; una familia entera: la mamá cáncer de intestino, el papá de garganta, el hijo de lengua. Pergamino es un desastre".

Su actual pareja trabaja en el campo. Va de cuerpo con sangre y aún no saben qué tiene.

"Por eso hablamos de agrotóxicos", explicó Pandolfi. "No es una disputa de lenguaje. Son tóxicos, los cuerpos hablan, ahí están las evidencias".

El proceso judicial también aparece como un antecedente clave para otras comunidades afectadas por fumigaciones en el país. Pandolfi lo comparó con el histórico juicio de las Madres de Ituzaingó, en Córdoba, que abrió un camino para nuevas denuncias y debates sobre las consecuencias del modelo agroindustrial.
La responsabilidad del Estado en el centro del debate
A lo largo de las audiencias, quedó en evidencia también el rol del Estado municipal. Pandolfi destacó que incluso la propia estrategia defensiva de los ex funcionarios terminó exponiendo las falencias estructurales del sistema de control.

El abogado defensor Juan Carlos Marchetti argumentó que el área ambiental contaba con recursos mínimos: apenas dos personas para fiscalizar unas 10.000 hectáreas, un solo vehículo y condiciones materiales insuficientes para realizar inspecciones efectivas.

Para Pandolfi, esos argumentos revelan una responsabilidad política más amplia.

"Hay una responsabilidad de todo el municipio de Pergamino que, evidentemente, no quiso fiscalizar. Y el no haber querido fiscalizar tuvo consecuencias", sostuvo.

Del campo a las casas: lo que vieron los jueces
La demora judicial es otro de los aspectos que atravesaron el debate. La denuncia que dio origen a la causa fue presentada en 2018 y el juicio oral comenzó ocho años después. Aun así, Pandolfi considera que el proceso conserva una enorme importancia por el precedente que establece.

Las audiencias también incluyeron una inspección ocular en el territorio. Jueces, fiscales y partes recorrieron las zonas afectadas y comprobaron la proximidad entre las viviendas y los campos fumigados.

El fiscal describió esa situación como una verdadera "ósmosis" entre las casas y las áreas de cultivo.

Según recordó Pandolfi, la normativa vigente en Pergamino establecía originalmente una zona de exclusión de apenas cien metros para las fumigaciones. Sin embargo, numerosos testimonios y pruebas demostraron que incluso esa distancia era incumplida y que las aplicaciones se realizaban a apenas diez metros de las viviendas.

Como resultado de las denuncias vecinales y de medidas cautelares posteriores, la distancia de exclusión fue ampliada hasta los 1.095 metros. El periodista destacó que existen estudios que muestran mejoras tanto ambientales como sanitarias desde la implementación de esa restricción.
La disputa continúa fuera de los tribunales
Por eso observa con preocupación la intención de las autoridades locales de volver al esquema anterior de cien metros.

"Pese a la evidencia científica de que la situación mejoró, el municipio quiere retroceder", advirtió.

En ese contexto recordó un episodio que, para él, ilustra la posición histórica del poder político local frente al problema. Durante una investigación realizada años atrás, intentó entrevistar al intendente de Pergamino, Javier Martínez. Al explicarle que quería hablar sobre los agroquímicos, recibió una respuesta tajante: "Eso no lo manejo".

Pandolfi vinculó esa actitud con el relato de Sabrina Ortiz, quien años atrás había intentado entregar personalmente documentación sobre las fumigaciones al mismo intendente.

Según recordó, la respuesta fue igualmente contundente: "Con vos no tengo nada que hablar".

"Por suerte, después de tantos años, en este juicio se está hablando", reflexionó el periodista.

El veredicto que espera Pergamino
Hacia el final de la entrevista, Pandolfi sumó otro elemento que considera relevante para comprender el contexto del proceso.

Recordó que Juan Carlos Marchetti, abogado defensor de cinco de los acusados, fue juez de menores durante la última dictadura militar en San Nicolás y que su actuación fue cuestionada por haber impedido durante dos décadas que Manuel Gonçalves Granada, nieto restituido número 57, recuperara su identidad.

Además, señaló que Marchetti ha representado intereses de empresas vinculadas a la producción de agroquímicos, entre ellas Atanor, firma que ha enfrentado denuncias por contaminación ambiental en la región.

Mientras el juicio se encamina hacia su etapa final, las expectativas están puestas en el veredicto, que podría conocerse durante la segunda o tercera semana de junio, luego de los alegatos pendientes y las eventuales réplicas entre las partes.

Más allá de la sentencia, para Pandolfi el proceso ya dejó una marca profunda. No sólo por las responsabilidades individuales que pueda determinar la Justicia, sino porque puso en discusión un modelo productivo, expuso las consecuencias de la falta de controles estatales y convirtió años de denuncias vecinales en un debate público imposible de ignorar.

Escuchá la entrevista completa:
Fotos: Juan José García y Julia Siciliani

Entre toboganes y memoria: Amanda Pacotti apeló a la historia de Pablo Javkin para defender la costa rosarina

Amanda Pacotti, referente de la pedagogía cossettiniana y Ciudadana Distinguida de Rosario, evocó en Señales una infancia atravesada por el río Paraná para cuestionar el proyecto de parque acuático previsto para la Rambla del Río Paraná. Amiga de la recordada pediatra Mirta Gelman, madre del intendente Pablo Javkin, apeló a esa historia compartida para defender la playa como un espacio de aprendizaje, juego y encuentro con la naturaleza: "No pongamos esos toboganes de plástico tapándonos el Paraná"
Una sesión atravesada por la protesta
Mientras el Concejo Municipal no logró reunir el quórum necesario para debatir el proyecto de parque acuático previsto para la costa norte de Rosario, la histórica educadora Amanda Pacotti siguió la sesión desde las gradas y convirtió la discusión en algo más profundo que una obra pública. Referente del legado de Olga Cossettini y amiga de la madre del intendente Pablo Javkin, defendió la playa como un espacio de aprendizaje, juego y encuentro con la naturaleza, y apeló a la propia historia familiar del jefe municipal para cuestionar una intervención que, a su entender, amenaza el vínculo de la ciudad con el Paraná.

La ausencia de los ediles oficialistas y de la bancada de La Libertad Avanza fue uno de los puntos que más indignación generó entre los manifestantes que colmaron las gradas del Palacio Vasallo. La sesión especial convocada para debatir el proyecto de parque acuático para la costa norte terminó sin quórum y el cuerpo no pudo avanzar en el tratamiento de la iniciativa. Desde los balcones bajaron cánticos constantes de "la rambla no se vende" y la lectura en voz alta de los nombres de los concejales ausentes.

La vicepresidenta del Concejo, Norma López, abrió el debate con los bloques presentes. Mientras tanto, se conoció la opinión del gobernador Maximiliano Pullaro, quien aseguró que la idea del parque acuático le "encanta", aunque aclaró que la ubicación debía ser discutida entre concejales e intendente. La declaración fue interpretada por Juan Monteverde, de Ciudad Futura, como una señal de respaldo a la discusión institucional del proyecto. "El gobernador dice que tenemos razón", sostuvo.

Desde otros bloques también surgieron críticas al proceso. Leonardo Caruana acusó al Ejecutivo de reducir la discusión a una disputa partidaria y denunció la falta de escucha a vecinos, organizaciones y universidades. En la misma línea, Mariano Romero y María Fernanda Gigliani reclamaron mayor transparencia respecto de los fondos comprometidos, estimados en 12.600 millones de pesos.
La maestra que aprendió con arena y río
Entre quienes seguían atentamente el debate desde las gradas estaba Amanda Pacotti, reconocida educadora rosarina y Ciudadana Distinguida de la ciudad por su trayectoria docente. Había llegado en representación de la Red Cossettini y llevaba consigo una convicción que atraviesa toda su historia personal y profesional: el río no es solamente un espacio para el deporte o la recreación, sino también un ámbito privilegiado de aprendizaje.

Mientras observaba el desarrollo de la sesión, Pacotti evocaba recuerdos de infancia que para ella resultan inseparables de la educación pública rosarina. Alumna de la Escuela Carrasco durante los años en que la huella pedagógica de Olga Cossettini seguía viva en cada rincón, recuerda haber tenido una experiencia que considera excepcional. "Tuve el regalo de la vida de hacer un castillo de arena en el aula", cuenta.

La escena parece salida de otro tiempo. Una vieja mesa rodeada por una tabla, dos bolsas de arena aportadas por las familias y un grupo de chicos explorando libremente aquel universo improvisado dentro de la escuela. Allí jugaban, pero también aprendían. Amanda recuerda, por ejemplo, cómo construían maquetas para comprender por qué el río corre siguiendo la pendiente del terreno. La arena, lejos de ser un elemento accesorio, se convertía en una herramienta pedagógica.

La cercanía de la escuela con el Paraná completaba aquella experiencia educativa. A pocas cuadras de las aulas, la playa funcionaba como una extensión natural del aprendizaje. Los alumnos bajaban a observar plantas con lupas, a descubrir caracoles en la orilla, a remontar barriletes fabricados por ellos mismos o simplemente a jugar en la arena. También había fiestas, encuentros y celebraciones. "No hay que olvidar esa parte de la educación", insiste.

Por eso mira con preocupación el proyecto del parque acuático. En su visión, la propuesta ofrece una experiencia limitada frente a la riqueza de una playa abierta. Imagina a los chicos deslizándose unas pocas veces por toboganes pagos antes de abandonar el lugar, mientras que la arena —dice— sigue siendo capaz de sostener durante horas el juego, la exploración y el encuentro familiar. Allí se corre, se juega, se duerme una siesta, se comparte un picnic o una mamadera frente al río. "Eso nos da una riqueza que tiene poca gente realmente", sostiene.

Cerraba los ojos buscando el olor del Paraná y nunca lo encontraba
Su vínculo con el Paraná se profundizó durante los años que vivió en Francia, en un pequeño pueblo cercano a Ginebra. Lejos de Rosario, descubrió hasta qué punto el río formaba parte de su identidad. Cuando la nostalgia apretaba, caminaba hasta la orilla del lago y cerraba los ojos intentando recuperar el olor del Paraná. Nunca lo conseguía. "Son tan limpios que no había ningún olor alrededor del lago de Ginebra", recuerda entre risas. Con el tiempo comprendió que en ese aroma ausente se condensaban también su ciudad, su familia, sus amigos y buena parte de su historia. "Todo lo vivido estaba ligado al río Paraná", resume.

Por eso rechaza la idea de que esa relación pueda ser reemplazada por estructuras de plástico. Aclara que no se opone a los proyectos de recuperación de playas ni a las mejoras del espacio público. Al contrario, las celebra. Pero considera que los toboganes previstos para la costa representan una intervención incompatible con el paisaje y con el vínculo cultural que Rosario mantiene con el río. "No pongamos esos toboganes de plástico a la orilla, tapándonos el Paraná", reclama.
El mensaje para Javkin
La conversación inevitablemente deriva hacia el intendente Pablo Javkin. Amanda lo conoce desde niño. Fue amiga de su madre, Mirta Gelman, pediatra y reconocida referente educativa de Rosario, a quien recuerda con admiración. Mientras imagina qué le diría si lo tuviera frente a frente, la figura de Mirta aparece una y otra vez.

"Si estuviese acá, estaría sentada al lado mío", asegura. La describe como una mujer que, siendo muy joven, se animó a impulsar debates sobre educación sexual cuando casi nadie hablaba del tema. La recuerda pequeña de estatura, pero inmensa en convicciones.

A Javkin le pediría que piense en esos principios. Que recuerde la defensa de la infancia que encarnaba su madre. Que observe cómo la niñez corre el riesgo de convertirse únicamente en una oportunidad comercial ligada al consumo de ropa, juguetes y objetos de plástico. Lo imagina todavía como aquel chico que corría detrás de Mirta y reconoce que las responsabilidades de gobierno suelen transformar las miradas. Sin embargo, conserva la expectativa de poder conversar con él. "Nos vamos a tomar un cafecito", dice.

Y aunque el afecto está presente, también admite que le daría un fuerte tirón de orejas. "Un chirlo", agrega entre sonrisas.

La relación entre ambos quedó reflejada tiempo atrás, cuando Pacotti fue declarada Ciudadana Distinguida de Rosario. Durante aquel acto, el propio Javkin (en la foto con Amanda), recordó que se había enterado de la ceremonia a través de María de los Ángeles "Chiqui" González, referente de las políticas culturales para las infancias y creadora del Tríptico de la Infancia, y evocó nuevamente a su madre. "Me imagino diciéndome: no se te va a ocurrir no estar", expresó entonces. El intendente destacó la figura de Amanda como un símbolo de "la educación ligada al amor" y habló de un reconocimiento merecido para una persona noble.
Una vida dedicada al legado Cossettini
La historia de Pacotti explica buena parte de ese reconocimiento. Nacida en Rosario, fue alumna de la emblemática Escuela Nº 69 "Dr. Gabriel Carrasco", donde conoció de primera mano el proyecto pedagógico impulsado por Olga y Leticia Cossettini y los principios de la Escuela Nueva. Con el tiempo se convertiría en una de las principales herederas y difusoras de ese legado.

Se formó como maestra en la Escuela Normal Nº 1 "Nicolás Avellaneda", luego se graduó como profesora de jardín de infantes y desarrolló una extensa trayectoria docente y directiva vinculada a la educación innovadora. Para ingresar al Instituto Fisherton de Educación Integral participó de un concurso cuyo jurado incluía a Olga Cossettini y Rosita Ziperovich, dos figuras centrales de la pedagogía rosarina.

Entre fines de los años 80 colaboró en la preservación del archivo pedagógico de la Escuela Carrasco y formó parte del equipo que produjo el documental "La escuela de la señorita Olga". Más tarde, convocada por Rubén Naranjo, escribió el fascículo "Olga Cossettini y la Escuela Serena" y continuó impulsando proyectos de formación docente y cultura de paz.

Desde 2002 coordina la Red Cossettini, creada para acompañar y contagiar a docentes interesados en incorporar riquezas culturales al aula. También fue una de las voces que promovió la preservación de la casa de las hermanas Cossettini, al considerarla un espacio fundamental para la investigación y difusión de experiencias educativas innovadoras.

Mucho más que una obra pública
Sentada en las gradas del Concejo, mientras la sesión naufragaba por falta de quórum, Amanda Pacotti parecía condensar en su propia historia una parte esencial del debate. Para ella, la discusión no pasa únicamente por una obra pública o un proyecto turístico. Lo que está en juego es la relación de la ciudad con su río, con su memoria y con una forma de entender la infancia que encuentra en la naturaleza, el juego y la educación un patrimonio mucho más valioso que cualquier tobogán.

Escuchá la entrevista completa:

domingo, 12 de abril de 2026

Semilla de paz: la canción que nació del horror para sanar a una comunidad

El impacto del hecho trágico en la Escuela N° 40 todavía flotaba en el aire cuando Gerónimo Núñez, docente, músico y nacido en San Cristóbal, encontró en la música una forma de procesar lo ocurrido. De familia atravesada por el arte y con un estudio de grabación propio, transformó el dolor colectivo en una canción que comenzó a circular rápidamente: "Semilla de paz", una pieza que ya recorre redes sociales y se multiplica entre quienes buscan poner en palabras lo que cuesta decir. Sobre este tema, además, Núñez dialogó en Señales, Aire Libre, Radio Comunitaria.

La obra nació como una respuesta íntima, casi urgente. Núñez estaba en la escuela cuando todo sucedió. Se disponía a entrar a un aula cuando la rutina se quebró: movimientos inusuales, murmullos, una compañera que lo alerta por su sobrina. La confusión inicial se transformó en angustia cuando alguien mencionó disparos. En medio de la incertidumbre, llamó a su hermana y supo que la niña estaba a salvo, que había corrido hasta su casa cercana. Ese alivio inmediato no logró disipar la conmoción, pero sí marcó el inicio de un proceso interno que derivaría en su canción.

Con el correr de los días, las imágenes se volvieron persistentes. La escuela, con la bandera a media asta y un silencio inhabitual, quedó grabada en su memoria. De ese paisaje surgieron los primeros versos: un patio enmudecido, un aire detenido, un frío que no era de invierno sino del alma. Núñez comenzó a hilvanar frases, a darle forma a un relato sensible que condensara lo vivido por toda la comunidad.

La composición avanzó durante Semana Santa, en un contexto que él mismo reconoce atravesado por su fe. Católico y profundamente convencido de que, donde las palabras no llegan, la música sí lo hace y sana. Allí aportó su granito de arena para ayudar a otros a sanar, tal como lo ayudó a él escribirla, porque la canción ya no le pertenece: es de la comunidad de San Cristóbal. En cada verso buscó que fuera un abrazo, para que hoy nadie tuviera miedo, con una intención clara: transformar el dolor en esperanza. La escuela no es para él un espacio ajeno; allí cursó desde el nivel inicial hasta el secundario y hoy vuelve como docente de música en el nivel primario. También es el lugar al que asisten su hijo y su sobrina. Esa cercanía volvió todo más intenso, más personal.

En medio de toda esa maraña de emociones, Núñez lo tiene claro: cuando las palabras ya no llegan, la música entra en juego y puede curar. Así pensó "Semilla de paz", no como una obra propia sino como un gesto colectivo, un "granito de arena" que ayude a otros a transitar el duelo. Cada verso fue concebido como un abrazo, como una forma de acompañar y de espantar el miedo. Por eso insiste en que la canción dejó de pertenecerle; ahora es de San Cristóbal.

Desde lo musical, trabajó con especial atención en la carga emocional, en la composición y en la partitura, convencido de que sin esa profundidad el mensaje perdería fuerza. En un principio, la canción fue compartida en un círculo íntimo, pensada para familiares y cercanos. Sin embargo, pronto trascendió ese ámbito y comenzó a difundirse ampliamente. Pero por más lejos que llegue su música, Núñez no pierde de vista lo más importante: si aunque sea una persona se siente menos sola o encuentra un ratito de alivio al escucharla, ya está. Vale la pena, el objetivo se cumplió.

El trasfondo de la obra también es una reflexión sobre el presente. La violencia, advierte, ya no es un fenómeno aislado ni lejano; se ha vuelto cotidiana, visible en las calles y amplificada por las dinámicas actuales. Señala una preocupación creciente por los adolescentes, atravesados por procesos de formación en contextos cada vez más complejos, y por el rol de los adultos, muchas veces ausentes en la mirada atenta hacia sus hijos.

En ese sentido, el hecho que sacudió a la escuela aparece como un extremo, una situación límite que nunca debería haber ocurrido, y menos en un ámbito que históricamente fue concebido como seguro. La herida que dejó es profunda y colectiva.

Al describir San Cristóbal, Núñez apela a una imagen que contrasta con el presente. Recuerda una localidad que supo ser casi un paraíso: bicicletas apoyadas sin candado, puertas abiertas, chicos que llegaban desde otras ciudades y no querían irse. Con el tiempo, reconoce, ese escenario cambió. La modernidad trajo también nuevas problemáticas: rejas, cámaras de seguridad, una sensación de alerta que antes no existía. Sin embargo, insiste en que lo ocurrido desborda incluso esa transformación; es un quiebre.

La comunidad, ahora, enfrenta el desafío de recomponerse. La escuela, herida pero en pie, debe seguir siendo un espacio abierto. Núñez piensa en sus colegas, en los alumnos, en las familias, y en la necesidad de reconstruir desde el acompañamiento. En ese proceso, su canción se instala como un gesto mínimo pero significativo: una forma de nombrar el dolor, de no negarlo, y al mismo tiempo de sembrar, en medio de la angustia, una posibilidad de paz.

La incertidumbre sobre el futuro aparece como una sombra inevitable en el relato de Gerónimo Núñez. La pregunta —qué va a pasar, si algo así podría repetirse— no encuentra en él una respuesta cerrada, sino una reflexión atravesada por la realidad. Mientras la justicia y el sistema sanitario avanzan en sus respectivos roles, sostiene que a los docentes les corresponde enfrentar lo más difícil: habitar el dolor y acompañarlo.

En ese camino, describe un proceso que será necesariamente lento. Primero, el impacto inicial, la conmoción que atraviesa a toda la comunidad educativa. Luego, el trabajo con las familias, con los padres que hoy sienten miedo e inseguridad, con los niños y jóvenes que deberán volver a un espacio que ya no perciben del mismo modo. No hay apuro posible, insiste; será un recorrido largo, con avances y retrocesos, sostenido también por el acompañamiento institucional y, sobre todo, por el apoyo emocional que la situación exige.

El regreso a la escuela comienza a delinearse. Los docentes darán los primeros pasos para reencontrarse con ese escenario transformado. Núñez reconoce que no todos llegan de la misma manera: algunos se sienten fuertes, otros profundamente afectados. Hay, incluso, una sensación compartida de haber fallado, como si la escuela —ese lugar históricamente seguro— hubiera quedado expuesta a algo que escapó por completo a sus manos. No lo atribuye a responsabilidades individuales, sino a una trama más amplia, a un sistema y a una realidad social que desbordan a la institución.

En ese contexto, el rol de la comunidad se vuelve central. Núñez retoma una idea que también atraviesa su canción: la necesidad de unirse para que algo así no vuelva a suceder. Habla de una tarea que empieza en los hogares, que continúa en las instituciones y que exige una mirada más atenta sobre los jóvenes. Advierte sobre una generación que crece inmersa en un mundo virtual y tecnológico, muchas veces lejos de la mirada adulta, y sobre la falsa sensación de que ciertas cosas "no van a pasar" hasta que, de pronto, ocurren y dejan al descubierto problemáticas latentes.

El desafío, entonces, no es solo recomponer lo que se quebró, sino construir algo distinto. Núñez es claro: después de lo sucedido, nada volverá a ser igual. La escuela ya no puede limitarse a transmitir contenidos; deberá priorizar lo emocional, reconstruir la seguridad, volver a ser un espacio de contención. Las imágenes de los chicos corriendo, del intento de algunos por regresar a un lugar que sentían propio pero que de repente dejó de ser seguro, condensan esa ruptura.

Aun así, rescata los gestos en medio del caos: quienes buscaron resguardarse, quienes actuaron para evitar que la situación fuera aún peor. En ese entramado de miedo, reacción y cuidado, se sostiene también la posibilidad de seguir adelante.

Su canción, "Semilla de paz", vuelve a aparecer como una extensión de ese compromiso. Núñez la piensa como un abrazo permanente a la comunidad, una forma de no olvidar. Le preocupa que el paso del tiempo diluya la memoria de lo ocurrido; por eso insiste en la importancia de recordar, no como una experiencia que deba repetirse, sino como un punto de reflexión que permita revisar el rumbo colectivo.

Esa reflexión también interpela el trabajo cotidiano en las aulas. Volver a la escuela implicará, para él y sus colegas, correrse del esquema tradicional y abrir espacios para lo emocional, para hablar de lo que duele, para reconstruir vínculos desde la seguridad y el cuidado.

En lo personal, Núñez se define con cierta distancia de la exposición. Aunque su canción circula ampliamente, no es alguien que busque protagonismo en redes sociales. Las utiliza como herramienta, pero prefiere preservar la calma, mantener la cabeza en equilibrio en un contexto que ya de por sí resulta abrumador.

Su vínculo con la música, sin embargo, es profundo y viene de larga data. Criado en una familia de músicos, lleva años apostando a que el arte sea un canal para los jóvenes, una forma de encontrar sentido, de expresar lo que a veces no se puede decir de otra manera. Esa convicción se refuerza en el presente, atravesado también por su rol como padre y como docente.

Al final, lo que queda es una certeza atravesada por dudas: no tiene todas las respuestas —lo reconoce—, pero sí la decisión de enfrentar lo ocurrido. En ese gesto — a caballo entre la fragilidad y el compromiso — está su propia historia y también su canción. Una canción que dejó de ser solo suya, y ahora es una voz de muchos, tratando de abrirse paso, de encontrar una salida en medio del dolor.
Cuando el dolor se vuelve colectivo y la esperanza se construye juntos
La letra de "Semilla de paz" empieza mostrando el golpe inmediato del hecho y cómo el día a día de la escuela se rompe de golpe. De repente, ese bullicio habitual del aula queda en silencio y lo que queda es desconcierto. El dolor que aparece no es de uno solo, sino de todos: lo sienten las familias, los chicos, los maestros, los vecinos. Todos quedan marcados por la misma herida.

El texto pone el foco en los chicos. Hay una preocupación clara por cómo les afecta lo que pasó y por la necesidad de protegerlos, sobre todo cuando todo alrededor se vuelve frágil. Frente a ese dolor compartido, la canción invita a que nadie se quede solo. Propone transformar el dolor en acción conjunta, buscar contención en la unión. Estar juntos es una forma de resistir.

Además, la letra defiende a la escuela como un lugar que hay que cuidar y volver a armar entre todos, porque tiene que ser un espacio seguro, de encuentro, de vida. No ofrece salidas mágicas ni rápidas. Sabe que la recuperación va a llevar tiempo, que hace falta estar presentes y comprometerse.

Sobre el final, el mensaje mira hacia adelante. Invita a recordar y a repetir ese "nunca más", con el deseo firme de que algo así no vuelva a pasar. Lo que queda es un compromiso colectivo para cuidar el futuro.

"Semilla de paz" no es solo una canción. Es un testimonio de lo vivido y un llamado a reconstruir el tejido social que quedó herido, apostando siempre a lo colectivo.

Semilla de paz
El patio quedó en silencio,
el aire se detuvo,
un frío que no es de invierno
en el alma se instaló.

San Cristóbal hoy abraza
un dolor que no buscaba,
y en cada esquina del barrio
se siente el mismo clamor.

Las aulas guardan preguntas
que hoy no tienen respuesta,
y el peso de la tristeza
se hace difícil de andar.

Miramos a nuestros hijos,
buscamos en sus ojos
la luz que ayer brillaba
y que hoy parece temblar.

A las familias que sufren,
a los que hoy tienen miedo,
queremos decirles "fuerte",
nadie solo va a estar.

Porque el camino es largo
y el tiempo será el maestro
que nos enseñe de a poco
el modo de caminar.

[Estribillo]

Que el dolor se vuelva manos,
que la angustia sea unión
para cuidar el futuro
de toda nuestra ciudad.

Que no se apague la infancia,
que no regrese el horror,
queremos escuelas libres,
llenas de vida y color.

San Cristóbal se levanta
con la fuerza del amor
para que nunca, nunca más,
se repita este dolor.

A los alumnos valientes
que hoy buscan un sentido,
les prometemos escucha,
les prometemos sostén.

No hay herida que cierre
si la dejamos de lado,
hay que sanar entre todos,
aprender a estar bien.

Que la palabra sea abrazo,
que el encuentro sea abrigo
y que el respeto sea
el único lenguaje que hablemos hoy.

Llevará tiempo, lo sabemos,
no hay que apurar el paso,
pero cada gesto cuenta,
cada abrazo es un lazo.

Desde el aula hasta la plaza,
desde el vecino al hogar,
somos una comunidad
que hoy elige la paz.

[Estribillo]

Que el dolor se vuelva manos,
que la angustia sea unión
para cuidar el futuro
de toda nuestra ciudad.

Que no se apague la infancia,
que no regrese el horror,
queremos escuelas libres,
llenas de vida y color.

San Cristóbal se levanta
con la fuerza del amor
para que nunca, nunca más,
se repita este dolor.

Que la bandera que izamos
sea un manto de hermandad
por los que están, por los que faltan...
por nuestra comunidad.

Nunca más... por la paz.
Por la paz.

Escuchá el tema y la entrevista completa:

sábado, 11 de abril de 2026

Santa Fe: escuelas al límite, sostener en soledad frente a un Estado ausente

Desde Avellaneda, la directora Silvana Serván traza en Señales un retrato crudo del norte santafesino: docentes desbordados, infancias atravesadas por la pobreza y una red educativa que resiste sin recursos suficientes. Entre la sobrecarga cotidiana y la falta de respuestas estructurales, advierte que los episodios más graves no son hechos aislados, sino la expresión de una crisis que se viene gestando desde hace años.
Serván parte su relato de un hecho reciente ocurrido en la localidad de San Cristóbal —el crimen en la escuela Mariano Moreno, donde un adolescente de 15 años mató de un escopetazo a un compañero de 13 e hirió a otros estudiantes— y, aun a la distancia geográfica, lo reconoce como un episodio profundamente conmocionante. Así comienza:

Estoy en una escuela especial, pero nuestra escuela articula con cincuenta y seis escuelas de toda la región dos de educación. Así que tenemos una llegada a territorio y a todos los niveles y modalidades. Y más allá de que estamos lejos, en otra región respecto de San Cristóbal y de lo que pasó en esa escuela, realmente es una realidad que, si bien fue terrible, creo que es el punto culminante de algo que se viene acumulando en las escuelas. Esperemos que esto no continúe, lamentablemente, cada vez peor.

Realmente, las escuelas están atravesando una situación muy compleja desde hace muchos años, incluso previa a la pandemia. La pandemia profundizó lo que ya venía ocurriendo, y esto se arrastra desde la gestión del exgobernador Omar Perotti. Hoy se suma una ausencia del Estado en la actual gestión del gobernador Maximiliano Pullaro, que, lamentablemente, se ha focalizado en agredir y violentar a la docencia, que somos quienes sostenemos las escuelas y a los estudiantes.

La realidad de las escuelas no se limita a los niveles de violencia, sino que está atravesada por fuertes niveles de vulnerabilidad de las infancias y adolescencias. Trabajamos cotidianamente con estudiantes en situación de pobreza extrema, abuso, consumo problemático y múltiples carencias afectivas y económicas. Muchas veces, las cinco o seis horas diarias que pasan en la escuela son el único espacio en el que son mirados, abrazados, acompañados y sostenidos. Son muchas las aristas que atraviesan hoy a las escuelas.

Frente a esta situación, tras lo ocurrido en San Cristóbal, en lugar de realizar un análisis profundo sobre lo que está pasando en las instituciones educativas, sobre lo que necesitan las escuelas y los docentes que sostienen esta realidad en soledad, el Estado vuelve a una respuesta punitiva. Se elige "tirar la pelota afuera" en lugar de preguntarse qué está ocurriendo.

Se trata de un gobierno que, en lugar de apostar a la educación, la debilita. No solo a través del corrimiento del Estado, sino también mediante acciones concretas. Maltrata a los docentes, destina recursos a publicidad engañosa y a la utilización de trolls en redes sociales que atacan a quienes reclamamos condiciones dignas. Porque no reclamamos solo salario: reclamamos también las condiciones en las que trabajamos.

Para dar un ejemplo concreto, en cada regional deberían existir equipos socioeducativos que acompañen estas problemáticas. Sin embargo, esos equipos no están conformados de manera suficiente. No están integrados solo por profesionales: deberían ser tres, cuatro o cinco, y el resto docentes que articulen el trabajo territorial. En la región II, por ejemplo, hay once personas para 351 escuelas. Es una cifra claramente insuficiente para la demanda existente.

La respuesta del gobierno, en este contexto, fue un insulto para las familias, la sociedad y las escuelas. No hubo siquiera una jornada de duelo o reflexión institucional, ni lineamientos de trabajo específicos enviados a las escuelas para abordar lo ocurrido o repensar qué está fallando.

Las escuelas seguimos trabajando igual, porque estamos acostumbrados a sostener en soledad, pero no hubo acompañamiento del Estado ni de las autoridades del ministerio. No se envió ninguna orientación para pensar colectivamente qué está pasando o qué está faltando.

Todo esto lo analizamos hacia adentro de las instituciones, entre docentes que estamos sobrecargados, que muchas veces no llegamos a fin de mes para sostener a nuestras familias, pagar un alquiler o cubrir lo básico, y al mismo tiempo seguimos sosteniendo a las infancias y adolescencias. Lo de San Cristóbal es apenas la punta del iceberg.

En la región II, desde hace más de diez o quince años, las escuelas registran una alta tasa de suicidios en el nivel secundario. En la zona, en general, hay una incidencia importante de esta problemática. No hay escuela secundaria que no haya atravesado algún caso, una situación que viene siendo advertida desde hace años, incluso antes de la pandemia.

Se trata de situaciones que no están siendo abordadas y que dejan como saldo jóvenes que ya no están, estudiantes que se han perdido, mientras las escuelas continúan sin herramientas suficientes para intervenir. A esto se suman otros hechos de violencia institucional en la región de Rosario, donde también se registran casos de jóvenes víctimas de la violencia policial.

Las escuelas, a lo largo de la historia, han sido una de las pocas instituciones que han permanecido en pie más allá de los distintos gobiernos nacionales y provinciales. Sin embargo, hoy atraviesan un contexto atravesado por una creciente violencia social y simbólica.

Esta violencia que vivimos en las redes, con un presidente que insulta, un gobernador que insulta, que maltrata, que violenta.

Una de las primeras medidas fue cerrar el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Son un montón de cuestiones que están generando un clima social y la escuela, lamentablemente, no es ajena. El tema es que quienes sostenemos las escuelas somos personas que estamos solas y que necesitamos una presencia del Estado, con presupuesto, con recursos humanos reales y no ficticios.

Silvana Serván, directora de una escuela para chicos sordos de la ciudad de Avellaneda, en la región II, cerca de Reconquista, es profesora en Educación Especial con orientación en Sordos e Hipoacúsicos. Actualmente dirige la Escuela Especial N° 2061 "19 de Septiembre", de la localidad de Avellaneda, Santa Fe. Oriunda de la localidad de Nelson, egresada del ISP N° 8 "Almirante Brown" de la ciudad de Santa Fe Capital, tiene 50 años y 27 años de antigüedad en la docencia. Su trabajo se orienta a la generación de espacios educativos accesibles para niños, jóvenes y adolescentes de la Comunidad Sorda del norte de la provincia. Es militante gremial y pertenece al espacio Frente 4 de Abril Obligado.

lunes, 6 de abril de 2026

El otro relato: en los territorios, la pobreza crece más allá de la estadística

Mientras los indicadores oficiales muestran una baja de la pobreza, en los barrios populares de Rosario y otras ciudades del país la realidad cotidiana cuenta otra historia: filas en comedores, familias sin ingresos estables y organizaciones sociales que intentan sostener lo que el Estado deja de lado. Esta crónica recorre esos territorios y recoge voces que revelan lo que las estadísticas no muestran.

Gran parte de Señales, de este sábado 4 de abril, estuvo atravesada por una consigna que, más que celebrar, abría interrogantes: la supuesta baja de la pobreza anunciada por el gobierno de Javier Milei. Mientras desde los despachos oficiales se hablaba de números en descenso, en el aire se instalaba una duda persistente sobre qué había realmente para festejar. Con esa inquietud como punto de partida, el periodista decidió recoger voces del territorio: referentes que viven y trabajan cotidianamente en los barrios populares, allí donde las estadísticas se vuelven experiencia concreta.

Alejandra Amarillo, Libres del Sur: "Es como si se hablara de un país paralelo"
En ese recorrido apareció el testimonio de Alejandra Amarillo, integrante de Libres del Sur, quien ofreció una mirada cruda y directa sobre la situación. Desde su perspectiva, la idea de una disminución de la pobreza no se corresponde con lo que ocurre en los barrios. Lejos de eso, describió un escenario en el que cada vez más personas recurren a espacios de asistencia. Incluso mencionó que organizaciones como Cáritas registran un aumento en la demanda, lo que refuerza la sensación de que existe una desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana.

Amarillo planteó que es como si se hablara de "un país paralelo", porque en los sectores más vulnerables la situación no muestra mejoras visibles. En ese contexto, señaló la importancia de los ingresos que reciben cientos de miles de beneficiarios: unos 78.000 pesos que se cobrarían por última vez en abril, alcanzando a más de 900.000 personas. Ese dinero, explicó, tiene un impacto directo en la vida diaria: permite sostener compras básicas en los comercios del barrio, pagar deudas en libretas de alimentos o incluso afrontar gastos como la compra de zapatillas para los hijos.

Aunque reconoció que se trata de un monto congelado y limitado, insistió en que sigue siendo una ayuda fundamental. Por eso, la incertidumbre ante su discontinuidad genera angustia. A esa preocupación se suma la falta de claridad sobre las alternativas que propone el Gobierno, como capacitaciones o vouchers, que —según indicó— no terminan de definirse ni de materializarse.

La dirigente también puso el foco en el trabajo territorial que llevan adelante las organizaciones sociales desde hace años. Describió espacios que no solo brindan alimentos a través de comedores o copas de leche, sino que también ofrecen contención, especialmente a mujeres que atraviesan situaciones de violencia de género. En ese entramado comunitario, el recorte de recursos impacta de manera directa y profunda.

Desde la asunción del gobierno de Javier Milei, afirmó, las organizaciones sienten con fuerza el efecto de las políticas de ajuste. Habló de "la motosierra" como una realidad que recae, una vez más, sobre los sectores populares. Frente a este panorama, adelantó que junto a otras organizaciones están impulsando medidas de lucha, con la intención de visibilizar la situación y reclamar por sus derechos en el espacio público.

El cuadro que traza Amarillo es complejo y distante del relato oficial. Para ella, mientras el Gobierno sostiene una narrativa, en los barrios se vive otra completamente distinta, marcada por la creciente necesidad y la incertidumbre. Su voz fue apenas el primero de una serie que buscarían, a lo largo del programa, reconstruir esa realidad desde abajo, desde donde las cifras se traducen en vida cotidiana.

Rubén Benítez, FOL: "Lo que el Gobierno dice es una burla"
El segundo testimonio que atravesó el programa fue el de Rubén Benítez, referente del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) en Rosario, una organización que desde hace años trabaja en barrios populares como Bella Vista, San Francisco, Tío Rolo, Cabin 9 y Tablada, nucleando a más de mil familias. Allí sostienen comedores, merenderos y cooperativas de trabajo vinculadas a la economía popular, en un intento por generar ingresos y construir una red de contención frente a la vulnerabilidad creciente. Se definen, además, como un espacio independiente de los gobiernos, con fuerte anclaje territorial y participación activa en reclamos sociales.

Desde ese lugar, Benítez trazó un diagnóstico contundente frente a la narrativa oficial sobre la baja de la pobreza. Lo que se escucha desde el Gobierno, planteó, está completamente alejado de lo que sucede en los barrios. Más aún: lo calificó como una burla, una afirmación que no logra comprender de dónde surge ni qué mediciones la sostienen. En su experiencia cotidiana —no solo en Rosario sino en distintos puntos del país donde el FOL tiene presencia— lo que se observa es exactamente lo contrario: un crecimiento constante en la cantidad de personas que se acercan a buscar un plato de comida.

Ese aumento, explicó, no se limita a quienes históricamente asistían a los comedores. Hay un fenómeno nuevo que se repite: personas que perdieron su empleo, pero también trabajadores que, aun teniendo ingresos, no logran cubrir sus necesidades básicas. El incremento de tarifas, impuestos y costos de vida —la luz, el agua, los servicios— termina empujando a esos sectores a recurrir a la asistencia alimentaria como una forma de sostenerse hasta fin de mes o liberar algo de dinero para afrontar otros gastos urgentes.

En paralelo, vinculó esta situación con un proceso más amplio de deterioro económico. Desde la asunción de Javier Milei, sostuvo, se han producido cierres de empresas en distintos puntos del país, lo que agrava el desempleo. Mencionó casos concretos y cercanos, pero también remarcó que se trata de una tendencia extendida. A eso se suma la paralización de la obra pública, que no solo afecta a quienes trabajan directamente en la construcción, sino a toda la red económica que depende de esa actividad: corralones, ferreterías y múltiples rubros asociados.

Benítez advirtió además que el escenario podría empeorar con la eliminación de programas sociales como Potenciar Trabajo, que funcionaban como un complemento de ingresos para quienes desarrollan tareas en la economía popular. La interrupción de ese ingreso, explicó, no solo impacta en lo individual, sino que repercute en toda la dinámica comunitaria. Frente a eso, ya comenzaron instancias de organización: asambleas en distintos puntos del país y una jornada nacional de protesta prevista para los días siguientes, con movilizaciones también en Rosario.

Desde su rol en el impulso de cooperativas, describió con detalle el retroceso en la producción y el trabajo. Las experiencias que venían desarrollando —carpintería en aluminio, herrería, mantenimiento, limpieza, talleres textiles— hoy atraviesan una fuerte caída en la actividad. La apertura de importaciones, señaló, y la baja del consumo interno afectan directamente la posibilidad de sostener estos emprendimientos. Incluso, alertó sobre el riesgo de perder los espacios físicos donde funcionan, debido a la dificultad para afrontar los alquileres sin ingresos regulares.

Su mirada también se detuvo en la dimensión política y social de este proceso. Cuestionó que las medidas adoptadas favorecen a sectores concentrados, mientras los trabajadores pierden derechos. En ese marco, interpretó reformas como la laboral como un retroceso que debilita aún más a quienes dependen de su trabajo para subsistir.

Pero donde su narración adquirió mayor densidad fue en la descripción del clima social en los barrios. Habló de un malestar creciente, de una tensión que se percibe en lo cotidiano, donde las personas reaccionan con mayor rapidez, con enojo, con desesperación. La imposibilidad de sostener la vida diaria, de llegar a fin de mes o de proyectar a futuro impacta directamente en los vínculos, generando conflictos y aumentando la violencia, incluso en el ámbito familiar.

En ese contexto, mencionó escenas que se vuelven cada vez más frecuentes y que condensan la gravedad de la situación: personas mayores buscando comida en la basura, familias enteras viviendo en la calle, jóvenes sin horizonte. Sobre estos últimos, expresó una preocupación particular: la falta de oportunidades y perspectivas, dijo, está teniendo consecuencias profundas, y en algunos lugares ya se traduce en un aumento de situaciones extremas como el suicidio.

También cuestionó el recorte en la asistencia alimentaria a comedores y merenderos, una decisión que —según relató— se justificó en la supuesta existencia de espacios "fantasma", pero que en la práctica implicó dejar sin recursos a redes comunitarias que funcionan todos los días. Señaló que ni siquiera se realizó un relevamiento completo antes de tomar esa medida y que el trasfondo es, a su entender, un intento de debilitar a las organizaciones sociales y limitar su capacidad de reclamo.

Frente a este escenario, el FOL y otras organizaciones sostienen tanto el trabajo territorial como la protesta. Benítez insistió en la importancia de salir a la calle, de visibilizar lo que ocurre en los barrios y de reclamar por derechos que consideran básicos. En Rosario, adelantó, la convocatoria se concentrará este martes 7 en la zona de Circunvalación y la autopista a Buenos Aires, como parte de una jornada de alcance nacional.

El referente del FOL reforzó la idea que atravesaba el programa: que detrás de los indicadores oficiales existe otra realidad, palpable y cotidiana, donde la pobreza no retrocede sino que se transforma, se amplía y golpea a nuevos sectores, configurando un escenario cada vez más complejo.

Melisa Molina, Polo Obrero: "Donde no funciona un comedor, el lugar te lo va a agarrar búnker"
Luego se sumó al programa volvió a profundizar una misma línea de sentido: la distancia entre los números oficiales y lo que ocurre en los barrios. Esta vez, la voz fue la de Melisa Molina, dirigente del Polo Obrero, con trabajo territorial en Rosario y articulación con decenas de organizaciones a nivel nacional.

Desde el inicio de su relato, la descripción que ofreció fue tajante. Habló de una situación "realmente dramática" en los barrios, una caracterización que, según planteó, se vuelve evidente para cualquiera que recorra el territorio. En ese sentido, sostuvo que cualquier índice oficial que hable de una baja de la pobreza queda desmentido por la realidad concreta: cientos de familias en la ciudad —y miles a nivel país— atravesando condiciones cada vez más críticas.

A lo largo de su declaración, Molina fue desgranando un panorama que compone ese cuadro. Familias enteras que han perdido su empleo, chicos que dejan de asistir a la escuela para salir a "changuear" junto a sus padres, filas que crecen día a día en comedores y merenderos. Pero también puso el foco en un aspecto que consideró central: esos mismos espacios comunitarios, que funcionan como red de contención, atraviesan una situación límite.

Según explicó, bajo el gobierno de Javier Milei no se ha entregado asistencia alimentaria a comedores y merenderos, ni tampoco se financia su funcionamiento. En ese contexto, describió escenas que revelan el grado de precariedad: cocineras que, después de preparar la comida, terminan entregando sus propios tuppers y se quedan sin comer para que algún vecino no pase la noche sin alimento. Para Molina, ese tipo de situaciones sintetiza la gravedad del momento.

Sin embargo, su análisis no se limitó a la cuestión alimentaria. También señaló un proceso más amplio de descomposición social en los barrios. A medida que se agrava la crisis económica, sostuvo, se deterioran las condiciones de vida y con ellas emergen múltiples problemáticas: conflictos, tensiones, pérdida de vínculos y una degradación general del entramado comunitario.

En ese marco, advirtió sobre el avance de economías ilegales, en particular del narcotráfico, que —según planteó— encuentra terreno fértil en contextos de exclusión. Describió cómo ese fenómeno crece captando a jóvenes sin oportunidades, consolidando un negocio que "tiene en sus manos la sangre de nuestros pibes". Para la dirigente, esta dinámica no puede separarse del abandono estatal y de la falta de políticas que generen alternativas reales.

Uno de los puntos centrales de su análisis estuvo dirigido a la eliminación o transformación de programas como "Volver al Trabajo", que alcanza a unas 950.000 personas. Se trata de un ingreso de alrededor de 78.000 pesos que, si bien calificó como insuficiente, cumple un rol clave en la economía de los hogares. Ese dinero, explicó, permite pagar deudas en comercios barriales, cubrir servicios básicos, comprar alimentos o incluso sostener el funcionamiento de comedores que no reciben financiamiento estatal.

La posible eliminación de ese ingreso, advirtió, tendría consecuencias directas y profundas. No solo porque implica la pérdida de un recurso económico, sino porque puede empujar a miles de familias hacia la indigencia. En ese punto, hizo una distinción clara: la indigencia no es solo un indicador estadístico, sino una situación límite en la que las personas no tienen garantizado el acceso a la comida ni a una vivienda.

Molina insistió en que los programas sociales funcionan como un piso, un mínimo que evita una caída aún más profunda. Sin ese sostén, planteó, el escenario se vuelve mucho más crítico. Y esa preocupación se extiende también a los espacios comunitarios: si no hay recursos, los comedores y merenderos corren riesgo de desaparecer.

Pero su planteo fue más allá al señalar que esos espacios cumplen funciones que exceden lo alimentario. Los definió como lugares de encuentro, de organización y de contención social. Allí no solo se garantiza un plato de comida, sino que también se asiste a mujeres en situación de violencia, se acompaña a jóvenes con consumos problemáticos y se construyen redes comunitarias en contextos donde otras instituciones —como clubes o centros deportivos— son escasas o están debilitadas.

En ese sentido, advirtió sobre las consecuencias de su eventual desaparición. "Donde no funciona un comedor, el lugar te lo va a agarrar búnker", sintetizó, marcando el riesgo de que esos vacíos sean ocupados por economías ilegales. Para Molina, el comedor no solo combate el hambre, sino que también disputa el territorio en términos sociales y simbólicos.

Al mismo tiempo, explicó que las tareas que se realizan en estos espacios —ya sea en comedores, centros juveniles o cuadrillas de trabajo— están asociadas a una contraprestación dentro de los programas sociales. Aunque remarcó que el monto es bajo y no alcanza para sostener una familia, sí permite complementar ingresos y sostener cierta estabilidad. La eliminación de ese esquema, insistió, pone en riesgo toda esa red.

En su discurso también hubo lugar para una crítica política más amplia. Cuestionó la idea de que los programas sociales puedan ser reemplazados por mecanismos como vouchers de empleo, a los que consideró inviables en el contexto actual. Argumentó que, con fábricas cerrando y una caída de la actividad industrial, no existen condiciones reales para generar empleo formal masivo. En ese sentido, definió al gobierno como "enemigo de los trabajadores" y sostuvo que las políticas implementadas profundizan la desocupación.

Además, retomó cuestionamientos sobre decisiones previas del gobierno, como la interrupción en la entrega de alimentos a comedores bajo el argumento de irregularidades. Según afirmó, nunca se realizó un relevamiento completo que justificara esa medida, y consideró que hubo una estigmatización hacia quienes sostienen esos espacios.

Hacia el limite de su intervención, Molina volvió sobre la convocatoria a la protesta. Reafirmó la decisión de avanzar con cortes de ruta en todo el país, incluyendo una acción en la autopista Rosario-Buenos Aires, como forma de resistencia frente a lo que definió como un intento de desarticular la organización social. Para ella, la respuesta no puede ser otra que la organización y la lucha colectiva.

Molina, realizó un relato extenso y cargado de definiciones y terminó de delinear un panorama donde la pobreza no solo persiste, sino que se profundiza y adquiere nuevas formas. En ese escenario, los barrios aparecen como el lugar donde esas transformaciones se vuelven visibles: en las filas de los comedores, en las trayectorias laborales interrumpidas, en los jóvenes sin horizonte y en las redes comunitarias que intentan sostener, con cada vez menos recursos, una realidad que se vuelve más difícil día a día.

Oscar Lupori, docente y referente comunitario: "La pobreza se expresa en cada dimensión de la vida"
Foto: Sebastián Suárez Meccia - La Capital

Lúpori se sumó al recorrido del programa aportó otra mirada, distinta en tono pero coincidente en diagnóstico. Él es docente de la Universidad Nacional de Rosario y reconocido por esa casa de estudios como doctor honoris causa. Además de su trayectoria académica, Lupori forma parte del espacio comunitario conocido como Fisherton Pobre, un sector del oeste rosarino cuyo nombre —según recordó— fue definido por los propios vecinos en asambleas realizadas entre 2002 y 2003, en plena crisis social.

Desde allí, su relato se construyó con un tono pausado, casi pedagógico, pero no por eso menos contundente. Lo primero que dejó en claro fue que la situación del barrio resulta "totalmente contraria" a lo que sostiene el Gobierno nacional respecto de una baja de la pobreza. Lejos de cualquier mejora, afirmó, lo que se observa es un crecimiento alarmante.

Para sostener esa afirmación, Lupori no apeló a grandes conceptos abstractos, sino a indicadores concretos, visibles en la vida cotidiana del barrio. El primero de ellos fue la aparición de personas en situación de calle, algo que —según explicó— no era habitual tiempo atrás. Hoy, en cambio, esa realidad se hace presente incluso en formas más extremas, como familias completas, matrimonios con hijos, que no tienen dónde vivir.

El segundo elemento que describió fue la creciente demanda de asistencia alimentaria. En "La Casita", el espacio comunitario que integra se reparten alrededor de 120 bolsones de alimentos destinados a familias. Pero, como se encargó de aclarar, ese número no representa individuos sino núcleos familiares. Si se considera que muchas de esas familias están compuestas por cuatro o cinco integrantes, la cifra real de personas afectadas por la inseguridad alimentaria se multiplica de manera significativa.

A partir de ese dato, invitó a hacer una cuenta sencilla pero reveladora: detrás de esos bolsones hay cientos de personas que no tienen garantizado el acceso a una alimentación adecuada. Y ese, señaló, es apenas uno de los rostros de la pobreza.

Lupori amplió luego el análisis hacia otras dimensiones que, a su entender, permiten comprender la profundidad del problema. Se detuvo particularmente en el impacto sobre la salud. Señaló que muchas personas que anteriormente contaban con obra social hoy han quedado desempleadas y deben recurrir al sistema público. Como consecuencia, los centros de salud del barrio se encuentran desbordados por la demanda.

Esa sobrecarga, explicó, no es un fenómeno aislado sino parte de un proceso más amplio en el que las carencias económicas repercuten directamente en las condiciones de vida. La pérdida de ingresos, la precarización laboral y la falta de cobertura médica terminan confluyendo en un sistema que no da abasto.

En la misma línea, sumó la dimensión educativa. En "La Casita", relató, brindan apoyo escolar a unos 60 chicos de nivel primario y a cerca de 20 estudiantes de secundaria. Ese dato, lejos de ser anecdótico, refleja para él una problemática de fondo: la dificultad de muchas familias para acompañar las trayectorias educativas de sus hijos en un contexto de vulnerabilidad creciente.

A partir de todos estos elementos, Lupori propuso una lectura más integral de la pobreza. No se trata solamente —sugirió— de un problema de ingresos, sino de una situación que atraviesa múltiples dimensiones de la vida. Habló, en ese sentido, de distintas formas de inseguridad: económica, alimentaria, sanitaria y educativa. Todas ellas, afirmó, se combinan y refuerzan entre sí, configurando lo que definió como una "profunda inseguridad humana".

Ese concepto funcionó como eje de su intervención. Más allá de los números o las estadísticas, lo que está en juego —planteó— es la posibilidad de las personas de vivir con dignidad, de acceder a derechos básicos y de proyectar un futuro. Y en ese plano, sostuvo, la realidad del barrio muestra un deterioro evidente.

En su análisis también hubo espacio para una crítica a las políticas económicas del Gobierno. Sin entrar en tecnicismos, cuestionó lo que definió como una orientación "neoliberal" centrada en el ajuste y en una lógica estrictamente monetarista. Según explicó, se trata de un enfoque que prioriza variables como el déficit fiscal cero, pero que pierde de vista las consecuencias humanas de esas decisiones.

Desde su perspectiva, esa forma de abordar la economía —"todo controlado contablemente", según sus palabras— carece de sensibilidad social. Y es precisamente esa falta de consideración por las condiciones de vida de la población lo que, a su entender, explica el agravamiento de la pobreza en los territorios.

Para terminar, Lupori volvió sobre el punto inicial para cerrar su planteo. Las cifras que difunde el Gobierno nacional, afirmó, no se corresponden "ni remotamente" con lo que sucede en su barrio. No se trata, para él, de una diferencia menor o de una interpretación discutible, sino de una distancia profunda entre el discurso oficial y la experiencia concreta de las comunidades.

Desde su experiencia territorial pero también desde una reflexión más conceptual, reforzó el hilo conductor del envío: la necesidad de interrogar las estadísticas a la luz de la realidad cotidiana. En Fisherton Pobre, como en los otros barrios mencionados a lo largo de la emisión, los números parecen quedar en segundo plano frente a evidencias mucho más tangibles: personas sin techo, familias sin alimentos suficientes, sistemas de salud saturados y niños que necesitan apoyo para sostener su escolaridad.

En ese cruce entre datos y vivencias, la voz de Lupori funcionó como una síntesis clara: si se quiere hablar en serio de pobreza, sugirió, es necesario mirar más allá de los indicadores y atender a las múltiples formas en que la desigualdad se expresa en la vida diaria.

Tomás Valentín Castagnino, CEPA: "La baja de la pobreza puede ser un efecto de la medición"

El último tramo del programa introdujo una voz distinta, más técnica, que buscó poner en contexto los números que venían siendo cuestionados a lo largo de la emisión. El dato de partida era contundente: según el INDEC, la pobreza se ubicó en el 28,2% en el segundo semestre de 2025, lo que representa una caída significativa respecto del año anterior. En el Departamento Rosario, además, la baja superó los diez puntos, ubicándose apenas por encima del 22%.

Sin embargo, desde el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) advertían que esa mejora podía no reflejar una recuperación real de los ingresos, sino estar vinculada a cambios en la forma de medición. Para profundizar en ese punto, en Señales dialogamos con Tomás Valentín Castagnino, licenciado en Ciencia Política e integrante de ese espacio.

A partir de allí, el análisis se desplazó desde la percepción social hacia la estructura técnica del indicador. Castagnino planteó que, antes de discutir si la pobreza bajó o no, es fundamental entender cómo se mide. En Argentina, explicó, la pobreza se calcula por ingresos: se establece una línea —la llamada línea de pobreza— que delimita quiénes quedan por debajo (y son considerados pobres) y quiénes la superan.

Esa línea se construye a partir de dos herramientas clave: la canasta básica alimentaria y la canasta básica total. La primera define el umbral de indigencia y está compuesta por el conjunto mínimo de alimentos necesarios para cubrir requerimientos calóricos básicos. La segunda amplía ese cálculo incorporando otros consumos esenciales, como transporte y servicios.

Pero allí aparece el primer punto crítico. Según explicó el especialista, la canasta básica alimentaria se basa en parámetros muy antiguos —data de mediados de los años noventa— y la canasta básica total se apoya en estructuras de consumo de principios de los 2000. Esto implica que los criterios con los que se mide hoy la pobreza no reflejan necesariamente los hábitos y necesidades actuales de la población.

Uno de los ejemplos más claros que mencionó fue el peso de los servicios en el gasto cotidiano. Mientras la metodología vigente supone que una proporción importante del ingreso se destina a alimentos, en los últimos años se produjo un fuerte incremento en rubros como transporte, tarifas y servicios básicos, que no están adecuadamente representados en la canasta. En ciudades como Rosario, señaló, el transporte público tuvo aumentos muy significativos, lo que impacta directamente en el presupuesto de los hogares.

A esto se suma otro desfasaje: la falta de incorporación de consumos que hoy resultan prácticamente indispensables, como la telefonía celular o el acceso a internet. Estos gastos, que forman parte de la vida cotidiana incluso en sectores vulnerables, no están plenamente contemplados en la medición, lo que contribuye a subestimar el costo real de vida.

De esta manera, sostuvo Castagnino, la canasta básica total podría estar subvaluada, es decir, fijando un umbral de pobreza más bajo del que correspondería si se consideraran todos los gastos actuales. Y ese punto es clave: si la línea de pobreza está desactualizada, más personas pueden quedar por encima de ella sin que su situación material haya mejorado de manera significativa.

El segundo eje de su análisis se centró en la medición de los ingresos. Para determinar si un hogar supera o no la línea de pobreza, el INDEC releva información a través de encuestas, preguntando a las personas por sus fuentes de ingreso. Sin embargo, en los últimos años se incorporaron nuevas preguntas que amplían el registro de ingresos no salariales.

Entre ellos, mencionó asignaciones sociales, programas de asistencia, pensiones y otros beneficios estatales. Este cambio metodológico, implementado hacia fines de 2023, permite captar con mayor precisión esos ingresos, lo que en la práctica eleva el total declarado por los hogares.

El efecto combinado de estos dos factores —una canasta posiblemente subestimada y un registro más amplio de ingresos— genera un escenario particular: más personas logran ubicarse por encima de la línea de pobreza, aunque eso no necesariamente implique una mejora sustancial en sus condiciones de vida.

A esto se suma un tercer elemento: la medición de los ingresos no registrados. Según explicó el analista, en la actualidad se observa una mayor declaración de este tipo de ingresos en las encuestas, lo que también contribuye a incrementar el cálculo total. En ese contexto, los valores de ingresos informales aparecen en niveles elevados, lo que impacta en el resultado final del indicador.

Castagnino fue cuidadoso en aclarar que no se trata de una manipulación, sino de una metodología que busca mantener cierta continuidad en el tiempo. Sin embargo, insistió en la necesidad de interpretar los datos con cautela, entendiendo las limitaciones y cambios en la forma de medición.

En ese sentido, también relativizó algunas afirmaciones políticas que utilizan estos números de manera lineal. Señaló que, en contextos de alta inflación o de fuertes variaciones económicas, el indicador puede mostrar movimientos bruscos que responden tanto a dinámicas reales como a efectos estadísticos.

Otro punto relevante que introdujo fue el fenómeno de los "trabajadores pobres". A partir del análisis de la mediana salarial, explicó que una proporción significativa de trabajadores no alcanza, con su ingreso principal, a cubrir el costo de la canasta básica total para una familia tipo. Esto no implica que todos sean pobres según la medición oficial, pero sí que dependen de ingresos adicionales para sostener su nivel de vida.

Ese dato, para el CEPA, refleja una tensión estructural: el empleo ya no garantiza por sí solo condiciones suficientes para evitar la pobreza. En muchos casos, los hogares necesitan combinar salarios, programas sociales y otras fuentes de ingreso para superar el umbral establecido.

Hacia el final, el análisis volvió sobre la pregunta inicial: ¿la baja de la pobreza refleja una mejora real o es resultado de cambios en la medición? La respuesta, según Castagnino, es compleja y combina ambas dimensiones.

Por un lado, reconoció que durante 2024 hubo una desaceleración de la inflación junto con cierta recomposición de ingresos, lo que pudo haber contribuido a una mejora en los indicadores. Pero, por otro, advirtió que esa tendencia no se estaría sosteniendo en el tiempo.

Según los datos más recientes que analizan desde el Centro de Economía Política Argentina, durante 2025 comenzó a observarse un cambio en la dinámica económica: caída del poder adquisitivo, presión inflacionaria y deterioro de los ingresos reales. De cara a 2026, los primeros indicadores sugieren que la pobreza podría volver a crecer.

Así, el cierre de su intervención dejó planteada una advertencia: más allá de la foto que muestran los números actuales, la evolución de la pobreza dependerá de variables clave como la inflación, los salarios y las políticas económicas. Y en ese terreno, sostuvo, los signos recientes no permiten anticipar una mejora sostenida.

Mónica Crespo, UTEP: "Mis compañeros la están pasando muy mal"
Por último, Señales volvió a llevar la discusión al territorio, a la experiencia directa de quienes sostienen cotidianamente espacios comunitarios. La voz fue la de Mónica Crespo, integrante de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) y parte de una cooperativa de reciclado con larga trayectoria en la ciudad.

Desde el comienzo de su intervención, Crespo dejó en claro que su mirada no parte de estudios técnicos, sino de lo que definió como "el pulso de los barrios". Y desde ese lugar, su conclusión fue directa: no cree en los datos del INDEC. No como una discusión metodológica, sino como una convicción construida a partir de lo que ve todos los días.

Su relato se apoyó en escenas concretas. Habló del crecimiento sostenido de personas que se acercan a su espacio comunitario para pedir algo básico: un plato de comida, una jarra de leche, algo que sus compañeras puedan preparar, como tortas fritas o panificados simples. Esa demanda creciente, insistió, es incompatible con la idea de una baja de la pobreza.

Con una mezcla de bronca y certeza, planteó que no logra entender en qué se basan esas mediciones. Lo dijo sin rodeos: si uno recorre los barrios y escucha a la gente, la realidad que aparece es otra, marcada por el sufrimiento cotidiano. "Mis compañeros la están pasando muy mal", resumió, ubicándose ella misma dentro de ese universo de trabajadores de la economía popular.

En su análisis, también vinculó esa situación con decisiones económicas recientes. Señaló que la apertura de importaciones afectó directamente a los sectores más humildes, golpeando actividades que ya venían siendo frágiles. A eso sumó la incertidumbre generada por los cambios en los programas sociales. Recordó que muchos trabajadores se inscribieron con la expectativa de acceder a empleo formal a través de nuevas iniciativas, pero que esas promesas —según afirmó— no se concretaron.

Esa distancia entre lo anunciado y lo que efectivamente sucede en el territorio fue uno de los ejes de sus palabras. Habló de una sensación de engaño, de expectativas frustradas en personas que están dispuestas a trabajar pero no encuentran oportunidades reales. "Hay mano de obra", insistió, subrayando que existe una voluntad concreta de salir adelante a través del trabajo.

En ese punto, puso en valor la tarea que realizan en su cooperativa de reciclado. Describió el trabajo en el galpón, donde sus compañeros recolectan, clasifican y enfardan materiales que luego reingresan al circuito productivo. Ese proceso, explicó, no solo genera ingresos, sino que también cumple una función ambiental y social. Sin embargo, a pesar del esfuerzo, los ingresos no alcanzan: "no llegamos ni a mitad de mes", afirmó.

Crespo, se definió como una trabajadora de toda la vida, con aportes realizados y hoy jubilada con el haber mínimo. Desde ese lugar, expresó una profunda desilusión, no solo por su situación individual sino por el contexto general que atraviesan quienes la rodean.

Pero lejos de correrse, dejó en claro que continúa involucrada en el trabajo comunitario. Explicó que, incluso en los días en que no hay distribución de alimentos, la demanda aparece igual: chicos que se acercan a preguntar si hay leche o comida, familias que necesitan una respuesta urgente. Esa presencia constante de la necesidad genera, según describió, una angustia difícil de procesar.

Actualmente, relató, logran sostener la asistencia alimentaria tres veces por semana, aunque reconoció que resulta insuficiente frente al nivel de demanda. Cada jornada implica un esfuerzo colectivo para "llenar las ollas", en un contexto donde los recursos son escasos y la ayuda, según señaló, proviene principalmente de niveles locales del Estado y no del gobierno nacional.

En ese sentido, también cuestionó el discurso que estigmatiza a los beneficiarios de programas sociales. Rechazó la idea de que se trate de personas que no quieren trabajar y defendió la identidad de quienes integran estos espacios como trabajadores. "No pedimos planes", aclaró, sino reconocimiento y oportunidades laborales.

La dignidad del trabajo apareció como un concepto central en su relato. Para Crespo, lo que realmente transforma la vida de las personas no es la asistencia, sino la posibilidad de acceder a un empleo genuino. Y en ese punto, sostuvo que la realidad actual está lejos de ofrecer esas condiciones.

Hacia el final, su intervención adquirió un tono casi interpelador. Invitó, de manera directa, a quienes elaboran las estadísticas y a los funcionarios a recorrer los barrios, a ver con sus propios ojos lo que ocurre en lugares como Barrio Industrial, la zona norte o la zona sur de Rosario. Desde su perspectiva, solo ese contacto con la realidad permitiría dimensionar la magnitud del problema.

Describió el presente como un escenario donde crecen el hambre, la desilusión y la desesperación. Un proceso que se "siembra" en los barrios cuando faltan respuestas estructurales. Frente a eso, reivindicó el rol de las organizaciones sociales como sostén cotidiano: espacios que contienen, alimentan y acompañan, incluso cuando los recursos no alcanzan.

Su cierre fue también una definición de identidad. Reafirmó que quienes están en esos espacios saben de lo que hablan porque lo viven todos los días. Y volvió a insistir en una idea que atravesó todo su charla: detrás de cada número, de cada indicador, hay personas concretas, trabajadores que luchan por sostener a sus familias en condiciones cada vez más difíciles.

Así, su voz completó el mosaico de relatos del programa, aportando una perspectiva que no se mide en porcentajes sino en experiencias, en cuerpos y en territorios donde la pobreza no es un dato, sino una realidad que se enfrenta todos los días.
Fotos: Orgenizaciones no gubernamentales

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