domingo, 10 de mayo de 2026
La Rambla en disputa: polémica por el parque acuático y la defensa del último acceso público al Paraná
Pagaron durante décadas y aún no tienen vivienda: crece el conflicto de los ahorristas de Bauen Pilay
lunes, 6 de abril de 2026
El otro relato: en los territorios, la pobreza crece más allá de la estadística
Alejandra Amarillo, Libres del Sur: "Es como si se hablara de un país paralelo"
En ese recorrido apareció el testimonio de Alejandra Amarillo, integrante de Libres del Sur, quien ofreció una mirada cruda y directa sobre la situación. Desde su perspectiva, la idea de una disminución de la pobreza no se corresponde con lo que ocurre en los barrios. Lejos de eso, describió un escenario en el que cada vez más personas recurren a espacios de asistencia. Incluso mencionó que organizaciones como Cáritas registran un aumento en la demanda, lo que refuerza la sensación de que existe una desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana.
Amarillo planteó que es como si se hablara de "un país paralelo", porque en los sectores más vulnerables la situación no muestra mejoras visibles. En ese contexto, señaló la importancia de los ingresos que reciben cientos de miles de beneficiarios: unos 78.000 pesos que se cobrarían por última vez en abril, alcanzando a más de 900.000 personas. Ese dinero, explicó, tiene un impacto directo en la vida diaria: permite sostener compras básicas en los comercios del barrio, pagar deudas en libretas de alimentos o incluso afrontar gastos como la compra de zapatillas para los hijos.
Aunque reconoció que se trata de un monto congelado y limitado, insistió en que sigue siendo una ayuda fundamental. Por eso, la incertidumbre ante su discontinuidad genera angustia. A esa preocupación se suma la falta de claridad sobre las alternativas que propone el Gobierno, como capacitaciones o vouchers, que —según indicó— no terminan de definirse ni de materializarse.
La dirigente también puso el foco en el trabajo territorial que llevan adelante las organizaciones sociales desde hace años. Describió espacios que no solo brindan alimentos a través de comedores o copas de leche, sino que también ofrecen contención, especialmente a mujeres que atraviesan situaciones de violencia de género. En ese entramado comunitario, el recorte de recursos impacta de manera directa y profunda.
Desde la asunción del gobierno de Javier Milei, afirmó, las organizaciones sienten con fuerza el efecto de las políticas de ajuste. Habló de "la motosierra" como una realidad que recae, una vez más, sobre los sectores populares. Frente a este panorama, adelantó que junto a otras organizaciones están impulsando medidas de lucha, con la intención de visibilizar la situación y reclamar por sus derechos en el espacio público.
El cuadro que traza Amarillo es complejo y distante del relato oficial. Para ella, mientras el Gobierno sostiene una narrativa, en los barrios se vive otra completamente distinta, marcada por la creciente necesidad y la incertidumbre. Su voz fue apenas el primero de una serie que buscarían, a lo largo del programa, reconstruir esa realidad desde abajo, desde donde las cifras se traducen en vida cotidiana.
Rubén Benítez, FOL: "Lo que el Gobierno dice es una burla"
El segundo testimonio que atravesó el programa fue el de Rubén Benítez, referente del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) en Rosario, una organización que desde hace años trabaja en barrios populares como Bella Vista, San Francisco, Tío Rolo, Cabin 9 y Tablada, nucleando a más de mil familias. Allí sostienen comedores, merenderos y cooperativas de trabajo vinculadas a la economía popular, en un intento por generar ingresos y construir una red de contención frente a la vulnerabilidad creciente. Se definen, además, como un espacio independiente de los gobiernos, con fuerte anclaje territorial y participación activa en reclamos sociales.
Desde ese lugar, Benítez trazó un diagnóstico contundente frente a la narrativa oficial sobre la baja de la pobreza. Lo que se escucha desde el Gobierno, planteó, está completamente alejado de lo que sucede en los barrios. Más aún: lo calificó como una burla, una afirmación que no logra comprender de dónde surge ni qué mediciones la sostienen. En su experiencia cotidiana —no solo en Rosario sino en distintos puntos del país donde el FOL tiene presencia— lo que se observa es exactamente lo contrario: un crecimiento constante en la cantidad de personas que se acercan a buscar un plato de comida.
Ese aumento, explicó, no se limita a quienes históricamente asistían a los comedores. Hay un fenómeno nuevo que se repite: personas que perdieron su empleo, pero también trabajadores que, aun teniendo ingresos, no logran cubrir sus necesidades básicas. El incremento de tarifas, impuestos y costos de vida —la luz, el agua, los servicios— termina empujando a esos sectores a recurrir a la asistencia alimentaria como una forma de sostenerse hasta fin de mes o liberar algo de dinero para afrontar otros gastos urgentes.
En paralelo, vinculó esta situación con un proceso más amplio de deterioro económico. Desde la asunción de Javier Milei, sostuvo, se han producido cierres de empresas en distintos puntos del país, lo que agrava el desempleo. Mencionó casos concretos y cercanos, pero también remarcó que se trata de una tendencia extendida. A eso se suma la paralización de la obra pública, que no solo afecta a quienes trabajan directamente en la construcción, sino a toda la red económica que depende de esa actividad: corralones, ferreterías y múltiples rubros asociados.
Benítez advirtió además que el escenario podría empeorar con la eliminación de programas sociales como Potenciar Trabajo, que funcionaban como un complemento de ingresos para quienes desarrollan tareas en la economía popular. La interrupción de ese ingreso, explicó, no solo impacta en lo individual, sino que repercute en toda la dinámica comunitaria. Frente a eso, ya comenzaron instancias de organización: asambleas en distintos puntos del país y una jornada nacional de protesta prevista para los días siguientes, con movilizaciones también en Rosario.
Desde su rol en el impulso de cooperativas, describió con detalle el retroceso en la producción y el trabajo. Las experiencias que venían desarrollando —carpintería en aluminio, herrería, mantenimiento, limpieza, talleres textiles— hoy atraviesan una fuerte caída en la actividad. La apertura de importaciones, señaló, y la baja del consumo interno afectan directamente la posibilidad de sostener estos emprendimientos. Incluso, alertó sobre el riesgo de perder los espacios físicos donde funcionan, debido a la dificultad para afrontar los alquileres sin ingresos regulares.
Su mirada también se detuvo en la dimensión política y social de este proceso. Cuestionó que las medidas adoptadas favorecen a sectores concentrados, mientras los trabajadores pierden derechos. En ese marco, interpretó reformas como la laboral como un retroceso que debilita aún más a quienes dependen de su trabajo para subsistir.
Pero donde su narración adquirió mayor densidad fue en la descripción del clima social en los barrios. Habló de un malestar creciente, de una tensión que se percibe en lo cotidiano, donde las personas reaccionan con mayor rapidez, con enojo, con desesperación. La imposibilidad de sostener la vida diaria, de llegar a fin de mes o de proyectar a futuro impacta directamente en los vínculos, generando conflictos y aumentando la violencia, incluso en el ámbito familiar.
En ese contexto, mencionó escenas que se vuelven cada vez más frecuentes y que condensan la gravedad de la situación: personas mayores buscando comida en la basura, familias enteras viviendo en la calle, jóvenes sin horizonte. Sobre estos últimos, expresó una preocupación particular: la falta de oportunidades y perspectivas, dijo, está teniendo consecuencias profundas, y en algunos lugares ya se traduce en un aumento de situaciones extremas como el suicidio.
También cuestionó el recorte en la asistencia alimentaria a comedores y merenderos, una decisión que —según relató— se justificó en la supuesta existencia de espacios "fantasma", pero que en la práctica implicó dejar sin recursos a redes comunitarias que funcionan todos los días. Señaló que ni siquiera se realizó un relevamiento completo antes de tomar esa medida y que el trasfondo es, a su entender, un intento de debilitar a las organizaciones sociales y limitar su capacidad de reclamo.
Frente a este escenario, el FOL y otras organizaciones sostienen tanto el trabajo territorial como la protesta. Benítez insistió en la importancia de salir a la calle, de visibilizar lo que ocurre en los barrios y de reclamar por derechos que consideran básicos. En Rosario, adelantó, la convocatoria se concentrará este martes 7 en la zona de Circunvalación y la autopista a Buenos Aires, como parte de una jornada de alcance nacional.
El referente del FOL reforzó la idea que atravesaba el programa: que detrás de los indicadores oficiales existe otra realidad, palpable y cotidiana, donde la pobreza no retrocede sino que se transforma, se amplía y golpea a nuevos sectores, configurando un escenario cada vez más complejo.
Melisa Molina, Polo Obrero: "Donde no funciona un comedor, el lugar te lo va a agarrar búnker"
Luego se sumó al programa volvió a profundizar una misma línea de sentido: la distancia entre los números oficiales y lo que ocurre en los barrios. Esta vez, la voz fue la de Melisa Molina, dirigente del Polo Obrero, con trabajo territorial en Rosario y articulación con decenas de organizaciones a nivel nacional.
Desde el inicio de su relato, la descripción que ofreció fue tajante. Habló de una situación "realmente dramática" en los barrios, una caracterización que, según planteó, se vuelve evidente para cualquiera que recorra el territorio. En ese sentido, sostuvo que cualquier índice oficial que hable de una baja de la pobreza queda desmentido por la realidad concreta: cientos de familias en la ciudad —y miles a nivel país— atravesando condiciones cada vez más críticas.
A lo largo de su declaración, Molina fue desgranando un panorama que compone ese cuadro. Familias enteras que han perdido su empleo, chicos que dejan de asistir a la escuela para salir a "changuear" junto a sus padres, filas que crecen día a día en comedores y merenderos. Pero también puso el foco en un aspecto que consideró central: esos mismos espacios comunitarios, que funcionan como red de contención, atraviesan una situación límite.
Según explicó, bajo el gobierno de Javier Milei no se ha entregado asistencia alimentaria a comedores y merenderos, ni tampoco se financia su funcionamiento. En ese contexto, describió escenas que revelan el grado de precariedad: cocineras que, después de preparar la comida, terminan entregando sus propios tuppers y se quedan sin comer para que algún vecino no pase la noche sin alimento. Para Molina, ese tipo de situaciones sintetiza la gravedad del momento.
Sin embargo, su análisis no se limitó a la cuestión alimentaria. También señaló un proceso más amplio de descomposición social en los barrios. A medida que se agrava la crisis económica, sostuvo, se deterioran las condiciones de vida y con ellas emergen múltiples problemáticas: conflictos, tensiones, pérdida de vínculos y una degradación general del entramado comunitario.
En ese marco, advirtió sobre el avance de economías ilegales, en particular del narcotráfico, que —según planteó— encuentra terreno fértil en contextos de exclusión. Describió cómo ese fenómeno crece captando a jóvenes sin oportunidades, consolidando un negocio que "tiene en sus manos la sangre de nuestros pibes". Para la dirigente, esta dinámica no puede separarse del abandono estatal y de la falta de políticas que generen alternativas reales.
Uno de los puntos centrales de su análisis estuvo dirigido a la eliminación o transformación de programas como "Volver al Trabajo", que alcanza a unas 950.000 personas. Se trata de un ingreso de alrededor de 78.000 pesos que, si bien calificó como insuficiente, cumple un rol clave en la economía de los hogares. Ese dinero, explicó, permite pagar deudas en comercios barriales, cubrir servicios básicos, comprar alimentos o incluso sostener el funcionamiento de comedores que no reciben financiamiento estatal.
La posible eliminación de ese ingreso, advirtió, tendría consecuencias directas y profundas. No solo porque implica la pérdida de un recurso económico, sino porque puede empujar a miles de familias hacia la indigencia. En ese punto, hizo una distinción clara: la indigencia no es solo un indicador estadístico, sino una situación límite en la que las personas no tienen garantizado el acceso a la comida ni a una vivienda.
Molina insistió en que los programas sociales funcionan como un piso, un mínimo que evita una caída aún más profunda. Sin ese sostén, planteó, el escenario se vuelve mucho más crítico. Y esa preocupación se extiende también a los espacios comunitarios: si no hay recursos, los comedores y merenderos corren riesgo de desaparecer.
Pero su planteo fue más allá al señalar que esos espacios cumplen funciones que exceden lo alimentario. Los definió como lugares de encuentro, de organización y de contención social. Allí no solo se garantiza un plato de comida, sino que también se asiste a mujeres en situación de violencia, se acompaña a jóvenes con consumos problemáticos y se construyen redes comunitarias en contextos donde otras instituciones —como clubes o centros deportivos— son escasas o están debilitadas.
En ese sentido, advirtió sobre las consecuencias de su eventual desaparición. "Donde no funciona un comedor, el lugar te lo va a agarrar búnker", sintetizó, marcando el riesgo de que esos vacíos sean ocupados por economías ilegales. Para Molina, el comedor no solo combate el hambre, sino que también disputa el territorio en términos sociales y simbólicos.
Al mismo tiempo, explicó que las tareas que se realizan en estos espacios —ya sea en comedores, centros juveniles o cuadrillas de trabajo— están asociadas a una contraprestación dentro de los programas sociales. Aunque remarcó que el monto es bajo y no alcanza para sostener una familia, sí permite complementar ingresos y sostener cierta estabilidad. La eliminación de ese esquema, insistió, pone en riesgo toda esa red.
En su discurso también hubo lugar para una crítica política más amplia. Cuestionó la idea de que los programas sociales puedan ser reemplazados por mecanismos como vouchers de empleo, a los que consideró inviables en el contexto actual. Argumentó que, con fábricas cerrando y una caída de la actividad industrial, no existen condiciones reales para generar empleo formal masivo. En ese sentido, definió al gobierno como "enemigo de los trabajadores" y sostuvo que las políticas implementadas profundizan la desocupación.
Además, retomó cuestionamientos sobre decisiones previas del gobierno, como la interrupción en la entrega de alimentos a comedores bajo el argumento de irregularidades. Según afirmó, nunca se realizó un relevamiento completo que justificara esa medida, y consideró que hubo una estigmatización hacia quienes sostienen esos espacios.
Hacia el limite de su intervención, Molina volvió sobre la convocatoria a la protesta. Reafirmó la decisión de avanzar con cortes de ruta en todo el país, incluyendo una acción en la autopista Rosario-Buenos Aires, como forma de resistencia frente a lo que definió como un intento de desarticular la organización social. Para ella, la respuesta no puede ser otra que la organización y la lucha colectiva.
Molina, realizó un relato extenso y cargado de definiciones y terminó de delinear un panorama donde la pobreza no solo persiste, sino que se profundiza y adquiere nuevas formas. En ese escenario, los barrios aparecen como el lugar donde esas transformaciones se vuelven visibles: en las filas de los comedores, en las trayectorias laborales interrumpidas, en los jóvenes sin horizonte y en las redes comunitarias que intentan sostener, con cada vez menos recursos, una realidad que se vuelve más difícil día a día.
Oscar Lupori, docente y referente comunitario: "La pobreza se expresa en cada dimensión de la vida"
Desde allí, su relato se construyó con un tono pausado, casi pedagógico, pero no por eso menos contundente. Lo primero que dejó en claro fue que la situación del barrio resulta "totalmente contraria" a lo que sostiene el Gobierno nacional respecto de una baja de la pobreza. Lejos de cualquier mejora, afirmó, lo que se observa es un crecimiento alarmante.
Para sostener esa afirmación, Lupori no apeló a grandes conceptos abstractos, sino a indicadores concretos, visibles en la vida cotidiana del barrio. El primero de ellos fue la aparición de personas en situación de calle, algo que —según explicó— no era habitual tiempo atrás. Hoy, en cambio, esa realidad se hace presente incluso en formas más extremas, como familias completas, matrimonios con hijos, que no tienen dónde vivir.
El segundo elemento que describió fue la creciente demanda de asistencia alimentaria. En "La Casita", el espacio comunitario que integra se reparten alrededor de 120 bolsones de alimentos destinados a familias. Pero, como se encargó de aclarar, ese número no representa individuos sino núcleos familiares. Si se considera que muchas de esas familias están compuestas por cuatro o cinco integrantes, la cifra real de personas afectadas por la inseguridad alimentaria se multiplica de manera significativa.
A partir de ese dato, invitó a hacer una cuenta sencilla pero reveladora: detrás de esos bolsones hay cientos de personas que no tienen garantizado el acceso a una alimentación adecuada. Y ese, señaló, es apenas uno de los rostros de la pobreza.
Lupori amplió luego el análisis hacia otras dimensiones que, a su entender, permiten comprender la profundidad del problema. Se detuvo particularmente en el impacto sobre la salud. Señaló que muchas personas que anteriormente contaban con obra social hoy han quedado desempleadas y deben recurrir al sistema público. Como consecuencia, los centros de salud del barrio se encuentran desbordados por la demanda.
Esa sobrecarga, explicó, no es un fenómeno aislado sino parte de un proceso más amplio en el que las carencias económicas repercuten directamente en las condiciones de vida. La pérdida de ingresos, la precarización laboral y la falta de cobertura médica terminan confluyendo en un sistema que no da abasto.
En la misma línea, sumó la dimensión educativa. En "La Casita", relató, brindan apoyo escolar a unos 60 chicos de nivel primario y a cerca de 20 estudiantes de secundaria. Ese dato, lejos de ser anecdótico, refleja para él una problemática de fondo: la dificultad de muchas familias para acompañar las trayectorias educativas de sus hijos en un contexto de vulnerabilidad creciente.
A partir de todos estos elementos, Lupori propuso una lectura más integral de la pobreza. No se trata solamente —sugirió— de un problema de ingresos, sino de una situación que atraviesa múltiples dimensiones de la vida. Habló, en ese sentido, de distintas formas de inseguridad: económica, alimentaria, sanitaria y educativa. Todas ellas, afirmó, se combinan y refuerzan entre sí, configurando lo que definió como una "profunda inseguridad humana".
Ese concepto funcionó como eje de su intervención. Más allá de los números o las estadísticas, lo que está en juego —planteó— es la posibilidad de las personas de vivir con dignidad, de acceder a derechos básicos y de proyectar un futuro. Y en ese plano, sostuvo, la realidad del barrio muestra un deterioro evidente.
En su análisis también hubo espacio para una crítica a las políticas económicas del Gobierno. Sin entrar en tecnicismos, cuestionó lo que definió como una orientación "neoliberal" centrada en el ajuste y en una lógica estrictamente monetarista. Según explicó, se trata de un enfoque que prioriza variables como el déficit fiscal cero, pero que pierde de vista las consecuencias humanas de esas decisiones.
Desde su perspectiva, esa forma de abordar la economía —"todo controlado contablemente", según sus palabras— carece de sensibilidad social. Y es precisamente esa falta de consideración por las condiciones de vida de la población lo que, a su entender, explica el agravamiento de la pobreza en los territorios.
Para terminar, Lupori volvió sobre el punto inicial para cerrar su planteo. Las cifras que difunde el Gobierno nacional, afirmó, no se corresponden "ni remotamente" con lo que sucede en su barrio. No se trata, para él, de una diferencia menor o de una interpretación discutible, sino de una distancia profunda entre el discurso oficial y la experiencia concreta de las comunidades.
Desde su experiencia territorial pero también desde una reflexión más conceptual, reforzó el hilo conductor del envío: la necesidad de interrogar las estadísticas a la luz de la realidad cotidiana. En Fisherton Pobre, como en los otros barrios mencionados a lo largo de la emisión, los números parecen quedar en segundo plano frente a evidencias mucho más tangibles: personas sin techo, familias sin alimentos suficientes, sistemas de salud saturados y niños que necesitan apoyo para sostener su escolaridad.
En ese cruce entre datos y vivencias, la voz de Lupori funcionó como una síntesis clara: si se quiere hablar en serio de pobreza, sugirió, es necesario mirar más allá de los indicadores y atender a las múltiples formas en que la desigualdad se expresa en la vida diaria.
Tomás Valentín Castagnino, CEPA: "La baja de la pobreza puede ser un efecto de la medición"
El último tramo del programa introdujo una voz distinta, más técnica, que buscó poner en contexto los números que venían siendo cuestionados a lo largo de la emisión. El dato de partida era contundente: según el INDEC, la pobreza se ubicó en el 28,2% en el segundo semestre de 2025, lo que representa una caída significativa respecto del año anterior. En el Departamento Rosario, además, la baja superó los diez puntos, ubicándose apenas por encima del 22%.
Sin embargo, desde el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) advertían que esa mejora podía no reflejar una recuperación real de los ingresos, sino estar vinculada a cambios en la forma de medición. Para profundizar en ese punto, en Señales dialogamos con Tomás Valentín Castagnino, licenciado en Ciencia Política e integrante de ese espacio.
A partir de allí, el análisis se desplazó desde la percepción social hacia la estructura técnica del indicador. Castagnino planteó que, antes de discutir si la pobreza bajó o no, es fundamental entender cómo se mide. En Argentina, explicó, la pobreza se calcula por ingresos: se establece una línea —la llamada línea de pobreza— que delimita quiénes quedan por debajo (y son considerados pobres) y quiénes la superan.
Esa línea se construye a partir de dos herramientas clave: la canasta básica alimentaria y la canasta básica total. La primera define el umbral de indigencia y está compuesta por el conjunto mínimo de alimentos necesarios para cubrir requerimientos calóricos básicos. La segunda amplía ese cálculo incorporando otros consumos esenciales, como transporte y servicios.
Pero allí aparece el primer punto crítico. Según explicó el especialista, la canasta básica alimentaria se basa en parámetros muy antiguos —data de mediados de los años noventa— y la canasta básica total se apoya en estructuras de consumo de principios de los 2000. Esto implica que los criterios con los que se mide hoy la pobreza no reflejan necesariamente los hábitos y necesidades actuales de la población.
Uno de los ejemplos más claros que mencionó fue el peso de los servicios en el gasto cotidiano. Mientras la metodología vigente supone que una proporción importante del ingreso se destina a alimentos, en los últimos años se produjo un fuerte incremento en rubros como transporte, tarifas y servicios básicos, que no están adecuadamente representados en la canasta. En ciudades como Rosario, señaló, el transporte público tuvo aumentos muy significativos, lo que impacta directamente en el presupuesto de los hogares.
A esto se suma otro desfasaje: la falta de incorporación de consumos que hoy resultan prácticamente indispensables, como la telefonía celular o el acceso a internet. Estos gastos, que forman parte de la vida cotidiana incluso en sectores vulnerables, no están plenamente contemplados en la medición, lo que contribuye a subestimar el costo real de vida.
De esta manera, sostuvo Castagnino, la canasta básica total podría estar subvaluada, es decir, fijando un umbral de pobreza más bajo del que correspondería si se consideraran todos los gastos actuales. Y ese punto es clave: si la línea de pobreza está desactualizada, más personas pueden quedar por encima de ella sin que su situación material haya mejorado de manera significativa.
El segundo eje de su análisis se centró en la medición de los ingresos. Para determinar si un hogar supera o no la línea de pobreza, el INDEC releva información a través de encuestas, preguntando a las personas por sus fuentes de ingreso. Sin embargo, en los últimos años se incorporaron nuevas preguntas que amplían el registro de ingresos no salariales.
Entre ellos, mencionó asignaciones sociales, programas de asistencia, pensiones y otros beneficios estatales. Este cambio metodológico, implementado hacia fines de 2023, permite captar con mayor precisión esos ingresos, lo que en la práctica eleva el total declarado por los hogares.
El efecto combinado de estos dos factores —una canasta posiblemente subestimada y un registro más amplio de ingresos— genera un escenario particular: más personas logran ubicarse por encima de la línea de pobreza, aunque eso no necesariamente implique una mejora sustancial en sus condiciones de vida.
A esto se suma un tercer elemento: la medición de los ingresos no registrados. Según explicó el analista, en la actualidad se observa una mayor declaración de este tipo de ingresos en las encuestas, lo que también contribuye a incrementar el cálculo total. En ese contexto, los valores de ingresos informales aparecen en niveles elevados, lo que impacta en el resultado final del indicador.
Castagnino fue cuidadoso en aclarar que no se trata de una manipulación, sino de una metodología que busca mantener cierta continuidad en el tiempo. Sin embargo, insistió en la necesidad de interpretar los datos con cautela, entendiendo las limitaciones y cambios en la forma de medición.
En ese sentido, también relativizó algunas afirmaciones políticas que utilizan estos números de manera lineal. Señaló que, en contextos de alta inflación o de fuertes variaciones económicas, el indicador puede mostrar movimientos bruscos que responden tanto a dinámicas reales como a efectos estadísticos.
Otro punto relevante que introdujo fue el fenómeno de los "trabajadores pobres". A partir del análisis de la mediana salarial, explicó que una proporción significativa de trabajadores no alcanza, con su ingreso principal, a cubrir el costo de la canasta básica total para una familia tipo. Esto no implica que todos sean pobres según la medición oficial, pero sí que dependen de ingresos adicionales para sostener su nivel de vida.
Ese dato, para el CEPA, refleja una tensión estructural: el empleo ya no garantiza por sí solo condiciones suficientes para evitar la pobreza. En muchos casos, los hogares necesitan combinar salarios, programas sociales y otras fuentes de ingreso para superar el umbral establecido.
Hacia el final, el análisis volvió sobre la pregunta inicial: ¿la baja de la pobreza refleja una mejora real o es resultado de cambios en la medición? La respuesta, según Castagnino, es compleja y combina ambas dimensiones.
Por un lado, reconoció que durante 2024 hubo una desaceleración de la inflación junto con cierta recomposición de ingresos, lo que pudo haber contribuido a una mejora en los indicadores. Pero, por otro, advirtió que esa tendencia no se estaría sosteniendo en el tiempo.
Según los datos más recientes que analizan desde el Centro de Economía Política Argentina, durante 2025 comenzó a observarse un cambio en la dinámica económica: caída del poder adquisitivo, presión inflacionaria y deterioro de los ingresos reales. De cara a 2026, los primeros indicadores sugieren que la pobreza podría volver a crecer.
Así, el cierre de su intervención dejó planteada una advertencia: más allá de la foto que muestran los números actuales, la evolución de la pobreza dependerá de variables clave como la inflación, los salarios y las políticas económicas. Y en ese terreno, sostuvo, los signos recientes no permiten anticipar una mejora sostenida.
Por último, Señales volvió a llevar la discusión al territorio, a la experiencia directa de quienes sostienen cotidianamente espacios comunitarios. La voz fue la de Mónica Crespo, integrante de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) y parte de una cooperativa de reciclado con larga trayectoria en la ciudad.
Desde el comienzo de su intervención, Crespo dejó en claro que su mirada no parte de estudios técnicos, sino de lo que definió como "el pulso de los barrios". Y desde ese lugar, su conclusión fue directa: no cree en los datos del INDEC. No como una discusión metodológica, sino como una convicción construida a partir de lo que ve todos los días.
Su relato se apoyó en escenas concretas. Habló del crecimiento sostenido de personas que se acercan a su espacio comunitario para pedir algo básico: un plato de comida, una jarra de leche, algo que sus compañeras puedan preparar, como tortas fritas o panificados simples. Esa demanda creciente, insistió, es incompatible con la idea de una baja de la pobreza.
Con una mezcla de bronca y certeza, planteó que no logra entender en qué se basan esas mediciones. Lo dijo sin rodeos: si uno recorre los barrios y escucha a la gente, la realidad que aparece es otra, marcada por el sufrimiento cotidiano. "Mis compañeros la están pasando muy mal", resumió, ubicándose ella misma dentro de ese universo de trabajadores de la economía popular.
En su análisis, también vinculó esa situación con decisiones económicas recientes. Señaló que la apertura de importaciones afectó directamente a los sectores más humildes, golpeando actividades que ya venían siendo frágiles. A eso sumó la incertidumbre generada por los cambios en los programas sociales. Recordó que muchos trabajadores se inscribieron con la expectativa de acceder a empleo formal a través de nuevas iniciativas, pero que esas promesas —según afirmó— no se concretaron.
Esa distancia entre lo anunciado y lo que efectivamente sucede en el territorio fue uno de los ejes de sus palabras. Habló de una sensación de engaño, de expectativas frustradas en personas que están dispuestas a trabajar pero no encuentran oportunidades reales. "Hay mano de obra", insistió, subrayando que existe una voluntad concreta de salir adelante a través del trabajo.
En ese punto, puso en valor la tarea que realizan en su cooperativa de reciclado. Describió el trabajo en el galpón, donde sus compañeros recolectan, clasifican y enfardan materiales que luego reingresan al circuito productivo. Ese proceso, explicó, no solo genera ingresos, sino que también cumple una función ambiental y social. Sin embargo, a pesar del esfuerzo, los ingresos no alcanzan: "no llegamos ni a mitad de mes", afirmó.
Crespo, se definió como una trabajadora de toda la vida, con aportes realizados y hoy jubilada con el haber mínimo. Desde ese lugar, expresó una profunda desilusión, no solo por su situación individual sino por el contexto general que atraviesan quienes la rodean.
Pero lejos de correrse, dejó en claro que continúa involucrada en el trabajo comunitario. Explicó que, incluso en los días en que no hay distribución de alimentos, la demanda aparece igual: chicos que se acercan a preguntar si hay leche o comida, familias que necesitan una respuesta urgente. Esa presencia constante de la necesidad genera, según describió, una angustia difícil de procesar.
Actualmente, relató, logran sostener la asistencia alimentaria tres veces por semana, aunque reconoció que resulta insuficiente frente al nivel de demanda. Cada jornada implica un esfuerzo colectivo para "llenar las ollas", en un contexto donde los recursos son escasos y la ayuda, según señaló, proviene principalmente de niveles locales del Estado y no del gobierno nacional.
En ese sentido, también cuestionó el discurso que estigmatiza a los beneficiarios de programas sociales. Rechazó la idea de que se trate de personas que no quieren trabajar y defendió la identidad de quienes integran estos espacios como trabajadores. "No pedimos planes", aclaró, sino reconocimiento y oportunidades laborales.
La dignidad del trabajo apareció como un concepto central en su relato. Para Crespo, lo que realmente transforma la vida de las personas no es la asistencia, sino la posibilidad de acceder a un empleo genuino. Y en ese punto, sostuvo que la realidad actual está lejos de ofrecer esas condiciones.
Hacia el final, su intervención adquirió un tono casi interpelador. Invitó, de manera directa, a quienes elaboran las estadísticas y a los funcionarios a recorrer los barrios, a ver con sus propios ojos lo que ocurre en lugares como Barrio Industrial, la zona norte o la zona sur de Rosario. Desde su perspectiva, solo ese contacto con la realidad permitiría dimensionar la magnitud del problema.
Describió el presente como un escenario donde crecen el hambre, la desilusión y la desesperación. Un proceso que se "siembra" en los barrios cuando faltan respuestas estructurales. Frente a eso, reivindicó el rol de las organizaciones sociales como sostén cotidiano: espacios que contienen, alimentan y acompañan, incluso cuando los recursos no alcanzan.
Su cierre fue también una definición de identidad. Reafirmó que quienes están en esos espacios saben de lo que hablan porque lo viven todos los días. Y volvió a insistir en una idea que atravesó todo su charla: detrás de cada número, de cada indicador, hay personas concretas, trabajadores que luchan por sostener a sus familias en condiciones cada vez más difíciles.
Así, su voz completó el mosaico de relatos del programa, aportando una perspectiva que no se mide en porcentajes sino en experiencias, en cuerpos y en territorios donde la pobreza no es un dato, sino una realidad que se enfrenta todos los días.
domingo, 8 de febrero de 2026
Ajustar sin resolver: la economía de Milei y el costo social de un modelo que no reactiva
Como autor del último informe del MATE —un trabajo que analiza la evolución de la inflación, los salarios, el empleo, el modelo económico vigente y su impacto sobre trabajadores, jubilados y la producción—, Abraham traza en las Señales un diagnóstico severo sobre la economía argentina a comienzos de 2026. Para el economista, el ajuste implementado por el gobierno fue "muy fuerte" y, aunque reconoce que resolvió algunos problemas puntuales, sostiene que en términos generales "creó más problemas de los que solucionó".
Según explica, se trata de un ajuste que, a pesar de haber sido "durísimo" con la mayoría de las prestaciones del Estado —desde jubilaciones y obra pública hasta programas estatales—, no logró cumplir uno de sus objetivos centrales: frenar la inflación. El índice de precios, señala, sigue ubicándose en torno al 2,5 o 3% mensual y, lejos de desacelerarse, lleva ocho meses consecutivos de aumentos, mes tras mes, aunque sea de manera leve.
El impacto del ajuste tampoco fue neutro sobre el entramado productivo. Por el contrario, Abraham advierte que se agravaron los problemas estructurales al consolidarse un modelo económico muy distinto al de años anteriores. Un esquema de dólar barato, importaciones que compiten de forma directa y agresiva con la industria nacional y un creciente endeudamiento financiero configuran, a su entender, "el caldo de cultivo de la próxima crisis". En ese marco, describe a un gobierno que no deja de ajustar pero que, al mismo tiempo, "no le encuentra la vuelta", mientras en el camino arrasa con la producción nacional, la industria, la construcción, el comercio y el conjunto de los sectores productivos.
Un ajuste profundo que no resolvió la inflación
Los salarios aparecen como una de las principales variables de ajuste. Para Abraham, el objetivo de fondo de la política económica ha sido bajar los sueldos, y afirma que ese objetivo se está cumpliendo. El informe también muestra que, pese al ajuste, la inflación volvió a acelerarse en diciembre, un dato que para el economista confirma la ausencia de un programa antiinflacionario consistente. "No hay un plan", sostiene, y cuestiona la confianza casi exclusiva del gobierno en el dogma de que la emisión monetaria es la única causa de la inflación.
Si bien reconoce que se redujo fuertemente la emisión, remarca que los resultados no acompañaron esa estrategia. En 2025, la inflación alcanzó el 31%, un nivel que supera al de 2015 y al de prácticamente todos los años entre 2002 y 2017. Aun con esa inflación elevada, explica, el gobierno parece apostar a que los desequilibrios se resolverán de manera automática, una expectativa que, según Abraham, "evidentemente no funciona así".
Uno de los datos más contundentes del informe es la caída histórica del salario estatal. Los ingresos de los trabajadores del Estado se ubican un 20% por debajo de los niveles de 2023, lo que implica una pérdida acumulada cercana a los 10 millones de pesos por trabajador. Para Abraham, no hay antecedentes recientes de un deterioro de esta magnitud. Recuerda que el empleo estatal estuvo muy mal remunerado durante los años 80 y 90, especialmente en esa última década, pero que a partir de 2003 se produjo una revalorización tanto simbólica como salarial del trabajo en el sector público.
Entre 2003 y 2015, explica, los salarios estatales mejoraron y, con altibajos, ese nivel se sostuvo hasta 2023. El cambio, afirma, es deliberado. Sostiene que el actual gobierno busca "destruir el Estado", algo que, según señala, fue anunciado explícitamente por el propio presidente. Parte de esa estrategia consiste en destruir los salarios de quienes trabajan en el sector público, además de despedir a decenas de miles de empleados y cerrar reparticiones en todo el territorio nacional.
El desfinanciamiento alcanza a áreas clave como la cultura, el arte, la educación, la ciencia, la tecnología y los servicios sociales. Dentro de ese proceso, subraya Abraham, se encuentra también el recorte sistemático del salario estatal, que hoy se ubica un 20% por debajo de su poder de compra de 2023, no de manera puntual sino de forma permanente, mes tras mes. "No es menor que un sueldo compre 20% menos de lo que compraba", advierte, y define la situación como una ruptura profunda con la vida cotidiana de los trabajadores del Estado.
Las consecuencias ya son visibles. Los trabajadores más calificados comienzan a abandonar el sector público, lo que genera un vaciamiento progresivo del Estado. En el extremo de mayor calificación, como el caso de científicos e investigadores, muchos optan directamente por emigrar o abandonar las universidades. Abraham describe departamentos universitarios completos que no logran cubrir cargos docentes porque los profesionales más formados prefieren irse ante salarios que considera indignos. Todo ese proceso, concluye, forma parte de una destrucción sistemática del Estado, que incluye el empobrecimiento de sus trabajadores, el achicamiento de sus funciones y el despido de más de 80.000 personas sin ningún tipo de contemplación.
El Estado como enemigo: salarios estatales en caída libre
El deterioro salarial que describe el informe no se limita al empleo estatal. Abraham señala que el sector privado también fue golpeado, aunque con matices. La pérdida inicial, explica, se produjo apenas iniciado el actual gobierno, a partir de una fuerte devaluación decidida de manera deliberada. Esa devaluación disparó un salto inflacionario inmediato que no fue compensado por los salarios, ni públicos ni privados. "Perdieron todos", resume el economista.
Durante 2024, sin embargo, el sector privado mostró una dinámica algo distinta. Las paritarias permitieron una recuperación parcial de los salarios hacia la segunda mitad del año, aunque sin revertir completamente el golpe inicial. Esa tendencia se frenó en 2025. Las negociaciones salariales de ese año, según Abraham, apenas alcanzaron para "sostener" los ingresos y evitar una caída mayor, pero no lograron recuperar lo perdido. El resultado es un salario privado que, en promedio, quedó entre un 6 y un 7% por debajo de los niveles de 2023 en términos de poder adquisitivo.
El promedio, aclara, esconde realidades muy dispares. Hay sectores que perdieron entre un 10 y un 15% de su poder de compra y otros que lograron mantenerse más cerca de los niveles previos. Aun así, el balance general es negativo: los sueldos ya no alcanzan. Y esa medición, agrega, se realiza sobre la base de un índice de inflación que considera desactualizado. El índice oficial, sostiene, necesita una revisión profunda que el gobierno ha decidido postergar sistemáticamente, hasta llegar incluso a afirmar que no lo hará. "Mide la inflación como quiere", dice Abraham, y advierte que ese manejo erosiona la credibilidad, debilita la institucionalidad y termina afectando seriamente la confianza en las estadísticas públicas.
Jubilados, pensionados, el ajuste silencioso
Entre los sectores más castigados aparecen los jubilados y pensionados. Al inicio del gobierno, explica, las jubilaciones no fueron actualizadas, lo que provocó una pérdida cercana al 40% del poder adquisitivo. Parte de ese deterioro se recuperó hacia fines de 2024, pero el daño no se revirtió. Con la nueva fórmula de actualización, que ajusta las jubilaciones a la par de la inflación, los haberes quedaron en promedio un 23% por debajo de los niveles de 2023. En términos concretos, una jubilación que antes permitía comprar 100 hoy permite comprar apenas 77.
La situación es aún más grave para quienes cobran la mínima. En ese caso, la pérdida de poder adquisitivo se acerca al 28%. Abraham lo traduce en una cifra contundente: a un jubilado se le quitó, mes tras mes, entre un 25 y un 28% de su ingreso. Sumado en el tiempo, equivale a unos 5 millones de pesos que debería haber cobrado desde el inicio del gobierno y que nunca llegaron a su bolsillo. No se trata de una suma concentrada en un solo pago, sino de pequeñas pérdidas acumuladas a lo largo de los meses. "Es mucha plata", remarca, y subraya que esa ausencia de ingresos golpea de lleno a la actividad económica, al comercio y al consumo en general.
Quiénes ganan con el ajuste
El informe también cuantifica una transferencia de ingresos de magnitud inédita: cerca de 67 billones de pesos que salieron de los salarios. La pregunta por el destino de ese dinero no tiene una respuesta sencilla. Abraham explica que una parte directamente "se destruyó". Al caer la producción, esa riqueza dejó de existir: no se transformó en consumo, ni en inversión, ni en producto. Simplemente desapareció, empobreciendo al conjunto de la sociedad argentina.
Otra parte, en cambio, sí tuvo ganadores. Los principales beneficiados, según el economista, fueron ciertos sectores vinculados a las finanzas. No se trata exclusivamente de los bancos —que en algunos casos ganaron y en otros perdieron—, sino de un entramado más amplio. Muchas grandes empresas, explica, poseen enormes activos financieros además de su capacidad productiva. Junto a la empresa que fabrica y vende, existe una "segunda empresa", completamente financiera, cuyos fondos en muchos casos equivalen al valor total de la firma. En ese proceso, compañías tradicionalmente productivas pasaron a obtener una parte creciente de sus ganancias en el plano financiero. Incluso empresas con márgenes productivos bajos lograron grandes beneficios a través de operaciones financieras. Ese sector, concluye Abraham, es uno de los grandes ganadores del modelo.
Un modelo que no crea trabajo
El ajuste también dejó una huella profunda en el empleo. Desde la asunción del gobierno se perdieron casi 320.000 puestos de trabajo formales. Para Abraham, lejos de ser un daño colateral, esa caída es consistente con el modelo económico vigente. Cerca de 100.000 empleos se perdieron en el sector público y otros 200.000 en el privado. Se trata de un esquema que no genera trabajo porque los sectores más castigados son justamente los grandes empleadores de la Argentina: la industria, la construcción y el comercio.
La construcción, señala, mueve millones de puestos de trabajo; la industria emplea cerca de un millón de trabajadores, aunque ya perdió casi 100.000; y el comercio funciona históricamente como un gran absorbente de mano de obra. Muchos de esos empleos dejaron de estar registrados y pasaron a la informalidad. Otras personas directamente perdieron su trabajo y hoy sobreviven con changas: manejan para aplicaciones, hacen repartos en moto, venden productos puerta a puerta o a través de redes sociales. Son esas las ocupaciones que crecieron, pero no compensan ni en cantidad ni en calidad la pérdida de empleo formal.
Para Abraham, ese cambio no es menor. Se trata de una degradación profunda de la calidad del trabajo. Un empleo registrado implica aguinaldo, vacaciones, licencias por maternidad y enfermedad, obra social, representación sindical y una red de derechos y beneficios que forman parte de la historia de la clase trabajadora argentina. Nada de eso existe en el trabajo no registrado. Más allá de que algunos puedan "hacer unos mangos" con su auto o su moto, sostiene, nunca es lo mismo que contar con un empleo formal y con los derechos que ese tipo de trabajo supo garantizar a lo largo del tiempo.
La vida en cuotas
El deterioro de los ingresos no se expresa solo en estadísticas. Para Abraham, una de las señales más claras del momento actual es el nivel de endeudamiento de los hogares. Cada vez más familias, explica, se endeudan para comer, para pagar los servicios básicos o simplemente para llegar a fin de mes. Cuando el salario no alcanza, la reacción inmediata es intentar sostener el nivel de vida recurriendo al crédito. Y cuando aparece cualquier imprevisto, el endeudamiento se vuelve inevitable.
El economista describe escenas que se repiten con frecuencia: familias que no pueden afrontar la reparación de un electrodoméstico, mucho menos la compra de uno nuevo, y que terminan resolviendo todo a través de cuotas y más cuotas. Compras básicas del supermercado financiadas en tres o cuatro pagos, tarjetas de crédito al límite y un crecimiento sostenido de las deudas impagas. "Cada vez más deudas atrasadas, cada vez más deudas en mora", resume.
Récord histórico de mora y la usura del día a día
Los datos del Banco Central confirman ese cuadro. Según Abraham, la Argentina atraviesa el momento de mayor irregularidad en los pagos de toda su historia, incluso por encima de lo ocurrido a la salida de la pandemia o durante la crisis de 2018. Al analizar dónde se concentran esas deudas, aparece un dato clave: si bien hay mora en tarjetas de crédito y préstamos personales, el mayor nivel de irregularidad se registra en las compañías financieras.
Se trata, explica, de los créditos más fáciles de obtener, aquellos a los que accede la mayoría de la gente en los barrios, con préstamos pequeños y de corto plazo. No son los bancos tradicionales, sino las financieras de acceso rápido. Allí, casi el 30% de los créditos presenta atrasos. "Uno de cada tres créditos no se puede pagar", señala Abraham, y define la situación como una barbaridad.
Ese mecanismo genera una dinámica asfixiante: cobrar el sueldo y destinarlo casi por completo a pagar deudas previas, para luego volver a endeudarse durante el mes siguiente. Ya no existe la posibilidad de guardar dinero. El salario entra y sale de inmediato, absorbido por tarjetas y cuotas que se convierten en una bola imposible de frenar. Es, para el economista, otra evidencia de que los sueldos no alcanzan y de que la Argentina se ha convertido en un país carísimo para su propia población.
El periodista ilustra esa realidad con una escena cotidiana que le tocó presenciar. En la fila de un comercio, la mujer que estaba delante suyo intentó pagar con una aplicación de uso común. El pago fue rechazado por falta de fondos. La mujer le pidió unos minutos y terminó pidiendo dinero prestado y sacando un crédito en el acto para poder pagar la compra. "¿Cuánta gente hace lo mismo?", se pregunta. Y advierte Abraham que detrás de esas operaciones hay comisiones altísimas y tasas de interés extremadamente elevadas.
Ese esquema, sostiene, es posible porque las tasas están completamente desreguladas. El gobierno, afirma, no tiene interés en regularlas, apoyado en una concepción según la cual el mercado se autorregula. Para Abraham, la experiencia demuestra lo contrario: el mercado sí se regula, pero siempre a favor de los más fuertes y en contra de los más débiles.
Destruir en meses lo que llevó décadas construir
El panorama general que traza es el de una economía que no logra reactivarse, que no produce y que depende cada vez más de importaciones, mientras destruye un entramado industrial que llevó décadas construir. "Romper una construcción colectiva de décadas", dice, para convertir a la Argentina en una plataforma de exportación subordinada a la economía norteamericana. En su diagnóstico, lo que está en juego no es solo un modelo económico, sino también la identidad nacional, sometida a una lógica de alineamiento y dependencia absoluta.
Ese es, para Abraham, el rumbo actual. Un camino que conduce a una economía más frágil, más desigual y con una sociedad empobrecida, donde el ajuste no resolvió los problemas de fondo y dejó heridas profundas en el trabajo, los ingresos y la vida cotidiana de millones de personas.
Con esa advertencia final, el economista cierra su análisis. Del otro lado, la charla se interrumpe brevemente por una escena doméstica: un niño reclama atención. La realidad, una vez más, se cuela en medio del diagnóstico económico.
sábado, 24 de julio de 2021
Asesinos por encargo: una aproximación al mundo de los sicarios
En Uruguay, en seis historias, el sociólogo Gustavo Leal indaga sobre los motivos que llevaron a estas personas a matar y sobre sus vidas, a menudo signadas por la necesidad y el desapego.
Su paso por el Ministerio del Interior como director de Convivencia fue lo que motivó al sociólogo Gustavo Leal a acercarse al mundo de los sicarios, compuesto de muchos actores, motivos y complicidades.
No son más de cinco las preguntas que disparan al autor a comenzar el libro y que luego son contestadas en su transcurso por los propios protagonistas, que accedieron a contar los motivos que los llevaron a estar, en casi todos los casos, más de la mitad de sus vidas en prisión. Desde niños y por falta de educación, ausencias o conflictos familiares, obsesión, ajustes de cuentas, meros encargos o necesidad, son algunas de las razones que unen seis relatos, vidas y, sobre todo, muchas muertes.
“El término ‘sicario’ es una palabra que la Real Academia Española (RAE) reconoce como un asesino asalariado”, explica el libro en el comienzo. Sin embargo, en las historias reales que luego relata deja en evidencia un abanico de presentaciones que sobrepasan la definición: sicarios son hijos, hermanos, padres, cuñados y hasta patriotas que matan por su bandera sin recibir ni un solo peso a cambio.
“El crimen más sangriento de la ciudad de Rivera” es como Leal define el plan de una profesora de Biología que, tras muchos años de mala relación con su cuñado, el hermano de su esposo, decidió ponerle fin a la vida de él, su esposa y su hijo de apenas dos años, que iba a cumplir tres al día siguiente de ser asesinado. El objetivo era claro: quedarse con todos los bienes que desde hacía años eran el gran motivo de la disputa familiar.
Paola Fraga participó en el homicidio, de hecho asesinó a una de las víctimas, pero no lo hizo sola: contrató a Fernando Portillo, un sicario de 19 años. “Estuve sentado en la plaza Artigas, frente a la Jefatura, pensando en entregarme, pero no me animé. A mí no me daba la cara para decirle a mi madre lo que había hecho”, le relata al autor del libro, años después de lo sucedido. Aquel trabajo le costó 25 años de prisión, saldrá de la cárcel en 2028, con más de 40 años de edad. Portillo abandonó la escuela en cuarto año, sin saber leer ni escribir, y desde entonces comenzó a trabajar para contribuir en la alimentación de sus hermanos y pasó de arreglar el jardín de Fraga a matar e involucrarse en el final de una familia entera. En la entrevista con el autor declara que de su infancia no recuerda nada: para el sicario son años que se borraron de su memoria como si nunca hubieran existido.
Su madre fue quien lo motivó a aprender a escribir cuando estaba en la cárcel; lo hizo para poder escribirle una carta. Tiene dos hijas que nunca conoció. Con una se comunica por teléfono; con la otra, ni siquiera eso. Cuando Fraga lo contrató lo primero que le dijo fue: “Fernando, quisiera hablar con vos, necesito que me hagas un servicio”, cuenta. Agrega que él no quería matar al niño y que de esa muerte se enteró tiempo después, pero aquel día le dijo a la profesora: “Vos matás al niño y yo te parto al medio y te dejo tirada acá como un perro”. Reconoce aquel encargo como “el momento más triste” de su vida y se arrepiente de haberlo hecho; “no soy sicario de alma”, dice.
Al igual que Portillo, Rubén, alias “el Fofón”, tenía 19 años cuando se convirtió en sicario casi por casualidad. Un día de marzo, cuando fue a acompañar a una amiga que llevaba a un familiar a la escuela de Casavalle, el integrante de una de las bandas que en ese momento se enfrentaban le puso un arma en la mano y le encargó dispararle a una mujer de otro bando, que se encontraba a pocos metros de él. Lo hizo, pero la bala no impactó en ella sino que entró en el corazón de un niño de 12 años que había ido a acompañar a su primo a la escuela.
Rubén abandonó la educación en los primeros años y a causa de eso es analfabeto, al igual que su madre. Cuando se convirtió en sicario su hijo tenía un año y medio de edad. “Disparé porque me vino un flash” y “me hicieron una macumba” son las razones que para él justifican el hecho. En la segunda entrevista con Leal reconoce haber estado drogado en el momento del hecho; “cuando caí en cuenta ya estaba en cana”, dice desde la prisión en la que cuenta los días para salir. Lo hará en la primavera de este mismo año.
Leonardo, de casi 30 años, no estaba muy convencido de realizar el encargo, pero luego de seis meses de conversaciones y encuentros con Miguel, el hermano de su víctima, y de haber recibido varios pagos por adelantado, en enero de 2019 recibió una llamada en la que se le dijo: “Tiene que ser hoy”. Miguel nunca le confesó a la Justicia que quería matar a su hermano, engañó a la Policía al igual que a Leonardo, a quien tampoco le dijo que Javier era su hermano. “Me dijo que era para matar a un violador de un niño de tres años que había quedado libre por artilugio” y “acepté también porque tengo un hijo que en ese momento tenía esa edad”, le cuenta al autor de Sicarios.
Ese mismo año y en el mismo barrio, Erwin, alias “el Coco”, le pidió a una persona de su confianza que le encargara a un sicario matar a un hincha de Nacional. Esa persona terminó siendo Gaby Costa. Junto a su novia, quien antes de acompañarlo le contó que le daría un hijo, emprendió viaje hacia la avenida 8 de Octubre, donde en la esquina de la calle Presidente Berro efectuó seis disparos en cuatro segundos. Uno de ellos provocó la muerte de Emanuel, un hincha de Nacional que festejaba en el lugar acompañado de su novia, que también fue lastimada a causa de otro de los disparos. Un año después, fue condenado y saldrá de la cárcel cuando tenga 51 años. Con 27 años es la cuarta vez que cae preso y confiesa que “no era para matarlo, pero pasó y ta”.
Nadie visita a Gaby en la cárcel. Repitió la escuela en varias oportunidades hasta que la abandonó. Consume drogas desde los 13 o 14 años, asegura que luego del episodio que lo llevó a en la cárcel quiere “colgar los guantes”.
Vínculos con el narcotráfico
Los apodos son comunes en los jefes que contratan, muchas veces por llamadas telefónicas y desde la cárcel, pero también en los mismos sicarios. Marcio Portes, el “Muito Loco”, es un sicario que ha matado a muchas personas. “Me mandaron a cobrar, ellos no pagaron 35 kilos de pasta base y yo vine a matarlos y a cobrarles”, asegura. Se presenta como un soldado del Primer Comando de la Capital (PCC) –una de las organizaciones criminales más grandes de Brasil– y en 2018 llegó a Uruguay desde Brasil a prestar servicio al jefe de un grupo de narcotraficantes de Rio Grande do Sul que controla la ruta del tráfico de armas entre Rivera y Brasil. No recuerda cuántas personas mató, y en enero de 2018, luego de estar más de 11 años en la prisión y al comenzar con salidas transitorias, se arrancó la tobillera electrónica que portaba por obligación y pasó a ser un miembro clandestino del PCC, con una nueva identidad y un nuevo rol en la organización, y se trasladó a Uruguay.
Con el nombre de Valden Padinha llegó al país y entre abril y mayo de 2019 mató a tres personas. Por cábala, lo hizo el mismo día y a la misma hora, con una semana de diferencia. En uno de sus encargos falló: la víctima, al sospechar del hecho, se colocó un chaleco antibalas. Aun así, Muito Loco fue condenado por dos delitos de homicidio muy especialmente agravado y uno en grado de tentativa, también por uso de documentación falsa, sumando una condena de 27 años de prisión.
Nació en Porto Alegre y es casi analfabeto. A sus 39 años carga con casi una decena de homicidios, pero nunca pierde la sonrisa. En una entrevista con Leal, en el módulo 8 de Santiago Vázquez (ex Comcar), confiesa que “un combatiente nunca está triste, no llora por nadie” y asegura que una vez recuperada su libertad, nunca más volverá a Uruguay. Mató a su padre, vendió droga en la calle desde los seis años. Cuenta que mató por el PCC, que no le pagaron por ninguna de las tres muertes.
Algo en común
Al igual que Portillo, Gaby Costa también abandonó la escuela. Ninguno de los dos recuerda nada de su infancia, esa etapa se borró de sus memorias. El papá de Costa lo maltrataba, al igual que a Leonardo el suyo. Cuando Ruben se convirtió en sicario su hijo tenía la misma edad que una de las víctimas de Rivera, del episodio que convirtió en sicario a Portillo. La madre de Gaby Costa nunca fue a prisión a verlo, pero el tatuaje de “mamá te amo” que el delincuente tiene en su piel es la esperanza de que algún día eso suceda. Las madres de sus hijos son un motivo para pensar en el afuera o las que los iniciaron en la delincuencia. Ser padres puede ser el motivo que los lleva a no incluir niños dentro de sus víctimas; en otros casos, por el contrario, sus víctimas no significan nada, directamente son “bolsas de basura” para algunos de ellos.
Culpan a la necesidad, las macumbas y la mala racha por sus actos, o simplemente confiesan haber elegido ese camino a pesar de tener otras opciones. Por comer, querer vestirse mejor o no conocer otra manera de transitar la vida, porque alguien puso un arma en sus manos en cuestión de segundos, y, sobre todo, por grandes cantidades de dinero.
"La maldad que el Coco me encargó"
El día anterior, el Coco Parentini se puso en contacto con Matías, una persona de su confianza en Cerro Norte, y a través del celular hizo un pedido: “Hermano, escuchame, hermano. Fijate si rescatás un pibe. En una moto, ¿sacás?; o cualquiera en un auto que lo deje a la vuelta [del Parque Central] que le voy a dar la pistola al ñery, ahí cuando vayan saliendo todos del Parque, ñery. Haceme el dos Gordo, jugamos callados y lo hacemos entre nosotros. Esto es por lo que pasó, por lo que perdimos, porque son ellos, porque somos distintos a los demás”.
El “pibe” que rescató el amigo del Coco era Gaby Esteban Costa Díaz, alias el Gucci. Ambos se conocían porque en algunas ocasiones habían realizado “un par de trabajos juntos, pero ninguna maldad así como esta. Ninguna y nunca”, asegura el sicario.
Él afirma que cuando le dijeron que Parentini estaba del otro lado del teléfono “ya sentí cosas de maldad que él me iba a decir. No sentí que me iba a decir cosas buenas como antes que me decía: ‘Hola, ¿cómo andás?, ¿Todo bien?’. No fue así. Él me llamó y ya empezó que pum y que pan, que tengo una movida para hacer, que tengo esto y lo otro”.
Luego del mediodía del domingo el Coco Parentini recibió un audio en su teléfono. Era una mujer que le decía: “Te mandé las 15 balas, el ‘chupete’. Las 15 balas te mandé, ¿ta?” El Chupete era una pistola Taurus 9 milímetros.
Un rato más tarde, Matías le informa a Parentini que Gaby Costa “ya tiene el chupete”. A su vez, le solicita información: “¿Cuánto le vas a dar al pibe? El pibe dice cuánto le vas a dar”, insiste.
Según Gaby Costa, él quería saber de antemano cuál era el arreglo, ya que al principio no quedaba claro. Rápidamente Parentini le envía un nuevo mensaje a Matías: “Al pibe ahora cuando venga ñery, que venga la madre de la Sole, le doy la plata y le doy la ‘porquería’, ñery. Eso decíle. Ponémelo en el teléfono ahí”.
Y efectivamente eso sucedió. Gaby Costa escuchó directamente de Parentini por el teléfono la oferta: serían diez mil pesos y tres pilas de pasta base, unos 30 gramos de droga porque cada pila tiene aproximadamente 10 gramos.
Gaby Costa estaba consumiendo pasta base cuando lo contactaron: “Estaba drogado”, recuerda. “Él me ofreció la plata y me agarró fisurado en un momento. Me insistió hasta que le dije que sí. Fue por plata, fue por plata. Me agarró drogado y me agarró emparrillado de pasta y ta. Y uno emparrillado de pasta y fisurado, ¿viste cómo es?
Eran alrededor de las 15 horas cuando el acuerdo se cerró: “Él me llamó antes de empezar el partido y me ofreció si quería ir antes que empiece el partido o después. Él me dijo: ‘¿podés ir 181 ahora?’ Y yo le dije no, no. Yo ahora no voy. Y entonces me dijo: ‘vas después a la salida entonces’”.
Gaby Costa aceptó y le quedó claro lo que tenía que hacer. “Él me dijo ‘andá a disparar a la barra’”. Dice que no quiso ir antes de empezar el partido para disparar en la entrada de la tribuna Colombes porque con el despliegue de seguridad que había, seguramente no podría salir sin que lo identificaran. Por eso dijo que lo haría a la salida del estadio.
Por sugerencia de Coco Parentini, Gaby Costa fue con su pareja para pasar más desapercibido.
–Yo la fui a buscar a Sole para ver si podía ir conmigo. “Mirá, esto es pim, pum pam…”, recuerda haberle explicado.
–¿Y le dijo lo que iba a hacer?
–Claro, le expliqué. Es que el Coco me dice: “Rescatá a una gurisa”.
–¿Pero para qué?
–Para que me acompañara a 18 de Julio y así no iba solo y no mataba mucha onda. Viste que la Policía si te ve que sos terrible plancha y si estás solo, te paran. Y yo tenía un fierro.
–¿O sea que la idea era que parecieran una pareja?
–Claro, así caminando normal.
–¿Y eso se le ocurrió a él o a usted?
–Al Coco.
–¿O sea que armaron una pareja para despistar?
–Sí, ya éramos pareja igual. Ella es mi novia.
–¿Pero ella sabía a qué iba?
–Sí, yo le expliqué y le iba a dar la mitad de la plata y la mitad de la droga. Ella fuma pipa, fuma pasta conmigo. En esa conversación me dijo que estaba embarazada, así que seré papá otra vez.
De esa forma, María Soledad Álvez Mesa, de 21 años, se enroló como sicaria.
Gaby Costa pasó a retirar por la casa de una mujer un morral con el arma y la plata. A su vez ella le da un teléfono, a través del cual Coco Parentini lo estaría llamando por video- llamada de WhatsApp. Para tener las manos libres y estar más cómodo (...)
Gustavo Leal
Sociólogo (Udelar, 1993). Postgrado de Especialización en Altos Estudios de Comunicación Social en la Maestría en Comunicación Social (Ucudal, 1997). Diplomado en Políticas Sociales en la Maestría en Políticas Sociales (Claeh, 2004).Se ha desempeñado como consultor de organismos internacionales (PNUD, Unicef, Unesco, BID, OEAIIN) y de organizaciones de la sociedad civil.Ha trabajado en proyectos de intervención social y evaluación de políticas públicas en Uruguay y en diversos países de la región, entre los que se destacan: Panamá, Nicaragua, México, República Dominicana y Colombia. Fue docente de Sociología Urbana de la Facultad de Arquitectura y de Comunicación Social en la Udelar. Ex director del Observatorio Montevideo de Inclusión Social (IMM).Entre 2012 y 2020 fue asesor del Ministerio del Interior en Uruguay y luego director de Convivencia y Seguridad Ciudadana.
Historias de sicarios en Uruguay. Gustavo Leal. Penguin Random House. Edición Debate, 2021. 328 páginas.
Fuentes: La Diaria, Debate, Señales

















