A las siete y media de la tarde del miércoles 2 de septiembre, la Vecinal Empalme Graneros ya empezaba a llenarse. Las sillas se ocupaban de a poco y los vecinos seguían entrando cuando la reunión estaba por comenzar. Eran casi doscientas personas.
No era la multitud de aquella asamblea de 1986, cuando alrededor de tres mil vecinos se habían reunido después de una inundación que cambiaría para siempre la historia del barrio. Pero tampoco era una reunión más.
Había gente que había vivido aquella inundación y otros que la conocían por los relatos familiares. En común tenían una preocupación que se había vuelto más concreta en los últimos meses: qué podía pasar si una lluvia extraordinaria volvía a poner a prueba el sistema de la cuenca del Ludueña.
Antes de empezar hubo un minuto de silencio por quienes habían participado de NuMaIn —Nunca Más Inundaciones—: Virginio Ottone, Leonildo Foresto, Domingo Polichiso y el padre Agustín Bullian.
También estaba, entre los presentes, Osvaldo "Lalín" Ortolani, uno de los hombres que habían atravesado las cuatro décadas de esa historia y que hoy preside la Vecinal.
NuMaIn estaba allí como una institución histórica, pero también como una presencia en la memoria de quienes habían llegado esa noche. Los nombres aparecían como aparecen los nombres de familiares: sin necesidad de explicar demasiado quiénes fueron para quienes los conocieron.
Cuarenta años de memoria y reclamo
NuMaIn había nacido después de la catástrofe de abril de 1986. Desde entonces, aquella organización había participado de una pelea larga por obras que terminaron modificando las condiciones de seguridad de la cuenca.
Primero fue la presa retardadora. Después, el Aliviador 2. Más tarde, parte del Aliviador 3, en la zona de Sorrento. Cada obra había llevado su tiempo, sus discusiones y sus enfrentamientos con funcionarios de distintos gobiernos.
Por eso Ortolani no hablaba de las obras como quien enumera una serie de inauguraciones. Hablaba de ellas como quien recuerda algo que costó conseguir.
"Todo lo que se hizo es porque nosotros estamos juntos y lo peleamos", dijo en un momento de la reunión.
La frase explicaba también por qué todos estaban allí.
La historia empezaba antes de aquella noche y mucho antes de 1986. Ortolani volvió sobre los primeros años del barrio, sobre sus bisabuelos y sobre una zona de Rosario que durante décadas había sido tratada como un borde incómodo de la ciudad.
El terraplén debía contener el agua, pero del otro lado estaban los vecinos que sufrían cuando el sistema no alcanzaba.
La inundación había sido, durante buena parte del siglo XX, una presencia recurrente. Ortolani habló de diecisiete inundaciones importantes. Cada una dejaba pérdidas y cada una volvía a poner en evidencia la misma fragilidad.
Cuando el agua entraba, aparecían las donaciones, las colectas y las ayudas de emergencia. Pero los vecinos habían terminado construyendo algo más duradero con aquello que tenían a mano.
La Vecinal, las instituciones, las escuelas, la parroquia, el dispensario, el centro de jubilados. Para Ortolani, eso también era una forma de hacer patria: la que se construye cuando un grupo de vecinos se organiza para conseguir pavimento definitivo, agua, luz o un servicio que falta.
La reunión de este miércoles era parte de esa misma historia.
"Esos viejos que venían hace 40 años a la reunión de NuMaIn, los miércoles a las 20, porque ese era el día de la reunión: con lluvia, con frío, con paro. Pero el miércoles era el día. Lloviendo a cántaros, los viejos estaban acá, peleando por obras. Humildemente, los que estamos aquí presentes somos una simple continuidad. Y ojalá que en este sueño haya mucha continuidad", expresó Ortolani.
La memoria de 1986 apareció varias veces durante la noche.
En aquellos días, contó Ortolani, todavía no comprendían del todo el comportamiento de la cuenca. Los vecinos medían el avance del agua con métodos rudimentarios. Ponían un palo en una esquina para saber hasta dónde había llegado. Preguntaban cuánto había llovido en otros lugares. Trataban de reconstruir el recorrido de una tormenta que podía caer lejos y aparecer en el barrio varios días después.
En aquella inundación, el pico de la crecida había tardado cuatro días y medio en llegar. Ese dato adquiría otro significado cuarenta años después.
En 2012, recordó Ortolani, una lluvia de 396 milímetros había caído durante unos cuatro días y el agua había llegado a la zona baja en menos de veinticuatro horas. El sistema había resistido. La inundación no había repetido la catástrofe de 1986. Pero la velocidad con la que el agua había llegado había cambiado.
Eso era lo que los vecinos querían discutir. No solamente cuánto llovía, sino qué ocurría con el agua desde el momento en que caía hasta que llegaba a Empalme Graneros.
La cuenca del arroyo Ludueña abarca unas 80.000 hectáreas. Una lluvia de cien milímetros significa cien litros de agua por cada metro cuadrado. Sobre esa superficie, el volumen deja de ser una cifra sencilla. Toda esa agua tiene que desplazarse, almacenarse o evacuarse.
Y el territorio por donde circula ya no es el mismo que en 1986.
Había campos que antes absorbían agua y que ahora estaban ocupados por barrios privados y otras urbanizaciones fuera de la ciudad. Había lagunas que habían desaparecido. Había nuevas canalizaciones. Había superficies impermeabilizadas por calles, viviendas y pavimentos.
Cada modificación podía alterar el tiempo que tardaba el agua en desplazarse. Uno de los ejemplos que más se repitió durante la reunión fue el de las lagunas.
Ortolani habló del desarrollador inmobiliario como alguien que mira un terreno de una manera distinta a la de quien observa una cuenca. Si un campo o una laguna pueden comprarse barato y transformarse en un emprendimiento rentable, aparece la oportunidad de negocio.
Después vienen la entrada, el pavimento, las palmeras, las casas y la imagen publicitaria de una familia viviendo allí. Lo que deja de aparecer en esa imagen es el agua.
Una laguna que antes retenía un volumen durante horas o días deja de cumplir esa función cuando es rellenada. El agua no desaparece. Busca otro lugar. Y si además se construyen canales que aceleran su desplazamiento, puede llegar antes a los sectores bajos.
La discusión sobre las urbanizaciones llevaba inevitablemente hacia las localidades ubicadas aguas arriba. Ibarlucea, Funes, Roldán, Pérez, Soldini, San Lorenzo y otras zonas de la región fueron apareciendo en las preguntas de los vecinos.
No todos esos lugares pertenecían a la misma cuenca. Y esa diferencia era importante.
Ortolani insistió en que había que aprender a mirar el territorio de otra manera. Una cuenca no coincide necesariamente con los límites de un municipio o una comuna. Es el territorio cuyos excedentes de agua terminan confluyendo hacia un determinado curso.
En una llanura como la santafesina, pequeñas diferencias de nivel pueden definir hacia dónde se desplaza el agua. Una lluvia que cae de un lado puede terminar en el Ludueña; otra, a pocos kilómetros, puede dirigirse hacia el arroyo San Lorenzo.
El problema aparece cuando las obras y las modificaciones del suelo cambian esos recorridos.
En una ciudad donde las obras hidráulicas suelen ser explicadas con nombres que para la mayoría de los vecinos resultan lejanos —emisarios, aliviadores, represas, cuencas—, la necesidad de saber exactamente qué se está haciendo no es un detalle.
Una vecina preguntó por obras realizadas en la zona de Ibarlucea. Había visto movimientos de suelo y canalizaciones y quería saber qué consecuencias podían tener para la cuenca.
La conversación derivó hacia la posibilidad de trasvasamientos: si una cuenca pierde capacidad o recibe más agua de la que puede manejar, el excedente puede buscar otro camino.
No era necesario que alguien quisiera enviar agua hacia Empalme Graneros. Bastaba con modificar las condiciones aguas arriba para que el agua encontrara un recorrido diferente.
El arroyo San Lorenzo apareció entonces en la discusión. Se habló de puentes, pasos y restricciones para la evacuación. También de las transformaciones producidas en los campos y de la velocidad con la que el agua podía desplazarse.
Video Concejala Majo Poncino
El agua, la memoria y una lucha que continúa
No fue una reunión más. Entre vecinas y vecinos volvió a aparecer una preocupación que permanece latente: el anuncio de un nuevo fenómeno de El Niño, las lluvias extremas que se pronostican y una realidad que conocen demasiado bien. Mientras en distintos puntos de la región se trabaja para acelerar el escurrimiento del agua, en Empalme saben que, tarde o temprano, una parte de ese caudal también llegará hasta el barrio.
"Nos hemos inundado siempre. Y es bueno que estemos informados", dice una vecina. Habla desde la experiencia de quien atravesó dos grandes inundaciones. La de 1986, recuerda, fue especialmente brutal. "Me recontra inundé dos veces. Fue horrible en el 86, espantoso".
La incertidumbre sigue siendo la misma: "Uno nunca sabe si va a venir mucha agua o poca". Por eso, insiste, hay que sostener la participación: "Tenemos que seguir viniendo a las reuniones e invitando a otros. Sabemos que ustedes están peleando por más obras y tenemos que acompañar".
Otra vecina vuelve sobre aquel 1986 que todavía funciona como una herida abierta. "Viví la catástrofe del 86. Tengo miedo de que volvamos a ese momento". Dice que durante estos 40 años trabajaron para reconstruirse, que consiguieron que se realizaran obras y que, sin embargo, lo que ahora escuchan demuestra que no alcanzó.
"Creo que muchas obras se hicieron para cuidar a los barrios donde vive gente de otros estratos sociales, donde el dinero cuenta. Y donde la gente trabajadora, sencilla y de barrio no pesamos aparentemente, o quizás no les importamos". En medio de esa sensación de abandono, reivindica a la institución que los reúne: "Nosotros contamos con la vecinal, que es todo para nosotros".
La historia de las obras también aparece atravesada por el agradecimiento. "Todo lo que tenemos es gracias a la puja que hizo siempre la vecinal y los vecinos. Eso es un agradecimiento que cada uno lo tiene que tener de por vida, eternamente", sostiene otra mujer.
Pero ese reconocimiento convive con el enojo. En los medios, dice, escucha a las autoridades anunciar que "Empalme cambia para siempre". La frase le provoca una reacción inmediata: "Me hincha, no quiero decir una mala palabra, pero me rompe las pelotas".
No es solamente bronca. Es también miedo. "Sabiendo dónde estamos parados, en el peligro que estamos, ¿cómo vamos a quedar quietos si el agua llega acá?". La preocupación, cuenta, ya forma parte de la vida cotidiana. "A veces no deja dormir".
Un vecino pone el foco en otro problema: el paso del tiempo y las transformaciones del territorio. "Se han hecho obras, pero tienen 40 años ya de antigüedad". Mientras tanto, explica, aparecieron nuevos barrios privados y se modificaron superficies que antes funcionaban como zonas de absorción y escurrimiento.
"Se ha impermeabilizado la capa, donde antes eso era campo o un lugar de escurrimiento del agua. Y eso traerá muchísima agua a nuestro arroyo Ludueña".
Por eso siguen reuniéndose. No como un ritual, sino como una forma de estar alertas, de reclamar y de no resignarse frente a una amenaza que conocen de memoria.
No fue una reunión más. Entre vecinas y vecinos volvió a aparecer una preocupación que permanece latente: el anuncio de un nuevo fenómeno de El Niño, las lluvias extremas que se pronostican y una realidad que conocen demasiado bien. Mientras en distintos puntos de la región se trabaja para acelerar el escurrimiento del agua, en Empalme saben que, tarde o temprano, una parte de ese caudal también llegará hasta el barrio.
"Nos hemos inundado siempre. Y es bueno que estemos informados", dice una vecina. Habla desde la experiencia de quien atravesó dos grandes inundaciones. La de 1986, recuerda, fue especialmente brutal. "Me recontra inundé dos veces. Fue horrible en el 86, espantoso".
La incertidumbre sigue siendo la misma: "Uno nunca sabe si va a venir mucha agua o poca". Por eso, insiste, hay que sostener la participación: "Tenemos que seguir viniendo a las reuniones e invitando a otros. Sabemos que ustedes están peleando por más obras y tenemos que acompañar".
Otra vecina vuelve sobre aquel 1986 que todavía funciona como una herida abierta. "Viví la catástrofe del 86. Tengo miedo de que volvamos a ese momento". Dice que durante estos 40 años trabajaron para reconstruirse, que consiguieron que se realizaran obras y que, sin embargo, lo que ahora escuchan demuestra que no alcanzó.
"Creo que muchas obras se hicieron para cuidar a los barrios donde vive gente de otros estratos sociales, donde el dinero cuenta. Y donde la gente trabajadora, sencilla y de barrio no pesamos aparentemente, o quizás no les importamos". En medio de esa sensación de abandono, reivindica a la institución que los reúne: "Nosotros contamos con la vecinal, que es todo para nosotros".
La historia de las obras también aparece atravesada por el agradecimiento. "Todo lo que tenemos es gracias a la puja que hizo siempre la vecinal y los vecinos. Eso es un agradecimiento que cada uno lo tiene que tener de por vida, eternamente", sostiene otra mujer.
Pero ese reconocimiento convive con el enojo. En los medios, dice, escucha a las autoridades anunciar que "Empalme cambia para siempre". La frase le provoca una reacción inmediata: "Me hincha, no quiero decir una mala palabra, pero me rompe las pelotas".
No es solamente bronca. Es también miedo. "Sabiendo dónde estamos parados, en el peligro que estamos, ¿cómo vamos a quedar quietos si el agua llega acá?". La preocupación, cuenta, ya forma parte de la vida cotidiana. "A veces no deja dormir".
Un vecino pone el foco en otro problema: el paso del tiempo y las transformaciones del territorio. "Se han hecho obras, pero tienen 40 años ya de antigüedad". Mientras tanto, explica, aparecieron nuevos barrios privados y se modificaron superficies que antes funcionaban como zonas de absorción y escurrimiento.
"Se ha impermeabilizado la capa, donde antes eso era campo o un lugar de escurrimiento del agua. Y eso traerá muchísima agua a nuestro arroyo Ludueña".
Por eso siguen reuniéndose. No como un ritual, sino como una forma de estar alertas, de reclamar y de no resignarse frente a una amenaza que conocen de memoria.
El agua no entiende de jurisdicciones
Esa era una de las dificultades que aparecía una y otra vez en la reunión. Una decisión tomada en un municipio podía tener consecuencias en otro. Un canal construido en un campo podía modificar el comportamiento del agua aguas abajo. Una urbanización podía resolver su propio problema de drenaje y, al mismo tiempo, aumentar la velocidad con la que el agua llegaba a otro sector.
Empalme Graneros estaba al final de ese recorrido.
Por eso los vecinos hablaban de sí mismos como la "boca del embudo". La imagen no era nueva. La zona baja recibía el agua que llegaba desde una superficie mucho mayor y tenía que evacuarla a través de un sistema limitado.
Allí aparecía otra pregunta: cuánto podía soportar ese sistema.
La parte baja del Ludueña estaba entubada. Había conductos, aliviadores y emisarios que debían conducir el agua hacia el Paraná. Pero cada uno tenía una capacidad determinada.
En la reunión se habló del Emisario 10, de un conducto de casi cinco metros de diámetro ubicado cerca de las viviendas. Un vecino explicó que por allí podía circular un volumen enorme de agua. La preocupación era qué ocurría si la cantidad que llegaba superaba la capacidad de evacuación.
No se trataba solamente del agua que podía entrar desde arriba. También había que pensar en la salida.
Si el sistema recibía más agua de la que podía sacar, el agua podía acumularse. Y si las condiciones de descarga eran desfavorables, la evacuación podía hacerse todavía más lenta.
Por eso Ortolani insistía en una lógica que había aprendido durante décadas de discutir con ingenieros: antes de incorporar más agua al sistema había que asegurarse de que la parte baja pudiera evacuarla.
Primero había que mirar abajo. Después, arriba.
La discusión llevaba directamente a las represas pendientes.
Los vecinos sostenían que los estudios estaban hechos y que las obras necesarias eran conocidas. No estaban pidiendo que alguien comenzara a investigar qué podía hacerse. Querían saber por qué determinadas obras todavía no se habían construido.
Habían escuchado distintas propuestas a lo largo de los años. Una de ellas había sido el canal Grandoli, pensado como una alternativa para conducir parte del agua directamente hacia el Paraná antes de que alcanzara los sectores más comprometidos de la ciudad.
El problema era el costo y la complejidad.
El canal debía atravesar zonas urbanizadas, infraestructura y numerosos cruces. Hacerlo significaba construir puentes y resolver una cantidad de interferencias que convertían la obra en un proyecto de enorme magnitud.
La alternativa había sido construir represas retardadoras.
En la reunión se mencionaron distintas cantidades de represas proyectadas a lo largo de la historia, pero había una certeza: varias seguían pendientes.
Para los vecinos, esa era una de las preguntas centrales de la noche.
Si los estudios estaban hechos, si los técnicos conocían el comportamiento de la cuenca y si las obras habían sido identificadas, ¿qué faltaba para empezar?
La respuesta no estaba en la hidráulica. Estaba en la decisión política y en el financiamiento.
Mientras discutían eso, apareció otro concepto que había acompañado a NuMaIn durante años: la incidencia hidráulica cero.
La idea era que ninguna nueva intervención sobre la cuenca debía aumentar el caudal que finalmente recibía el sistema.
Si un terreno que antes absorbía agua se convertía en una superficie impermeable, había que compensar ese cambio. Si una urbanización alteraba el escurrimiento, debía contar con reservorios u otras medidas capaces de retener el volumen necesario.
La lógica parecía sencilla cuando se explicaba desde la mesa de la Vecinal.
Si antes un terreno retenía agua y ahora tenía cemento, esa agua debía ir a algún lado. Si antes había una laguna y ahora había viviendas, el agua seguía existiendo. Si antes un campo demoraba el escurrimiento y ahora había un canal que lo aceleraba, el agua llegaría antes.
El problema aparecía cuando todas esas modificaciones se acumulaban. No había una única obra responsable. Había un territorio que iba cambiando. Y una zona baja que debía recibir las consecuencias. La calle Sorrento ocupaba un lugar especial en esa memoria.
Allí había existido una laguna donde los vecinos recordaban haber pescado ranas cuando eran chicos. Con el tiempo, el lugar cambió y terminó atravesado por una infraestructura hidráulica.
Cuando comenzaron las peleas, recordó Ortolani, tuvieron la suerte de contar con el apoyo del ingeniero Gualaberto Venecia, ex vicegobernador, y de Hugo Orsolini, entonces subsecretario de Aguas de la Provincia de Santa Fe.
Hubo muchos intercambios porque ellos no creían que la situación fuera tan grave.
Por entonces, ya se había planificado la construcción del famoso canal Grandoli, aunque se trataba de otra obra. El proyecto habría permitido sacar el agua hacia el Paraná antes de que llegara hasta allí.
"Y, justamente, ustedes son los primeros que no lo quieren", les planteaban.
El Grandoli contemplaba un tramo a cielo abierto y otro entubado, porque debía atravesar la ciudad. De haberse construido, habría permitido sacar toda el agua.
Pero el proyecto tenía sus inconvenientes: exigía la construcción de numerosos puentes y resultaba mucho más caro.
Por eso, finalmente, fue reemplazado por otra alternativa: cuatro, cinco o seis represas.
Ahora había nuevas obras previstas para el sector, además de intervenciones viales en avenida Casiano Casas. Los vecinos querían saber cómo cada una de esas obras encajaba en el sistema general.
No bastaba con mirar una máquina trabajando en una esquina. Había que saber qué ocurría antes y después.
Esa forma de mirar las obras también era una consecuencia de la experiencia de 1986. Al principio habían confiado en la información que recibían. Después aprendieron a comprobarla.
Ortolani recordó una época en la que los vecinos medían las lluvias por sus propios medios.
Un recipiente en un lugar. Otro vecino en otra localidad. Una llamada telefónica. Un número anotado.
Habían aprendido a distinguir entre la lluvia que caía en Rosario y la que caía sobre el resto de la cuenca.
También habían armado una radio FM para comunicar lo que estaba ocurriendo. Cada dos horas intentaban transmitir información sobre la lluvia y el comportamiento del agua.
La razón era sencilla: durante una emergencia, la información también podía convertirse en un problema.
La televisión podía hablar de inundaciones en Brasil, Chile, Perú o cualquier otro lugar. Pero para quienes vivían en Empalme Graneros había una pregunta más urgente: cuánto estaba lloviendo sobre la cuenca que los afectaba.
Los vecinos habían aprendido a no quedarse esperando la información.
También habían aprendido a desconfiar de la primera explicación. Una obra anunciada como solución debía ser examinada. Un canal nuevo podía ser útil en un lugar y problemático en otro.
Una urbanización podía tener su propio sistema de drenaje y, sin embargo, modificar el comportamiento de toda una cuenca.
La prevención, para ellos, consistía también en preguntar.
Video de la Vecinal Empalme
En esa noche apareció además una preocupación más inmediata: qué hacer con las personas si el sistema finalmente no alcanzaba.
Se habló de Defensa Civil y de las consultas que se habían comenzado a realizar.
¿Dónde se evacuaría a los vecinos? ¿Qué escuelas podrían recibir personas? ¿Qué instituciones servirían como refugio? ¿Quién daría la alerta? ¿Quién mediría la lluvia?
La experiencia de 1986 había dejado una memoria concreta de lo que significaba quedar aislado por el agua.
Por eso la prevención no podía limitarse a construir una obra hidráulica. También había que saber cómo reaccionar si la obra no alcanzaba.
El fenómeno de El Niño había puesto esas preguntas nuevamente sobre la mesa.
Un integrante de la Vecinal, Daniel, tomó la posta y explicó durante la reunión que el océano Pacífico, frente a las costas de Perú, presentaba temperaturas superiores a las normales. Habló de cambios en los vientos alisios y de modificaciones atmosféricas que podían favorecer precipitaciones extraordinarias en la región.
La preocupación no era afirmar que una inundación iba a ocurrir. Era reconocer que existía un escenario capaz de aumentar las lluvias y que ese escenario coincidía con un territorio que ya había cambiado.
También estaba el Paraná.
Un río alto podía dificultar la evacuación del agua porque los sistemas de desagüe debían descargar hacia un curso cuyo nivel podía encontrarse elevado.
La suma de factores era lo que inquietaba a los vecinos.
No una lluvia aislada. No El Niño por sí solo. No el Paraná por sí solo. No una urbanización por sí sola.
El problema estaba en la combinación.
Y frente a esa combinación aparecía la misma cuestión que los había llevado a organizarse cuarenta años atrás: cuánto podía soportar el sistema antes de que el agua volviera a entrar en las casas.
La política llegó a la reunión de la mano de esa pregunta.
Los vecinos habían pedido reuniones con funcionarios provinciales. Habían intentado reunirse con el área de Obras Públicas y con Recursos Hídricos. También habían pedido ser recibidos por el gobernador Maximiliano Pullaro.
Según relataron durante la asamblea, no habían conseguido esa reunión. La ausencia había generado malestar.
Ortolani evitaba presentar la historia como una disputa partidaria.
Había discutido con intendentes y gobernadores de distintos signos políticos, siempre. Había apoyado obras impulsadas por gobiernos con los que no coincidía y había criticado decisiones tomadas por gobiernos que consideraba cercanos.
La regla, decía, era otra. Si una obra servía, había que reconocerla. Si una obra perjudicaba al barrio, había que combatirla.
Por eso, cuando llegó el momento de hablar del gobernador, la acusación fue directa.
"Si lamentablemente llega a haber una catástrofe en la cuenca del Ludueña, en esta oportunidad no le van a poder echar la culpa a la lluvia", La frase estaba dirigida a Pullaro.
Y después vino la explicación política que correspondía a esa acusación: si una catástrofe ocurría, sostuvo Ortolani, la responsabilidad no podía atribuirse únicamente a un fenómeno meteorológico si el gobierno conocía el riesgo y no había realizado las obras que los vecinos reclamaban.
Era su planteo. No una conclusión del cronista. La diferencia importaba.
Porque en la reunión también había quienes preferían no hablar de una catástrofe como si fuera inevitable. Ortolani insistió varias veces en que no había que caer en ninguno de los dos extremos.
No se trataba de afirmar que el barrio necesariamente se iba a inundar, pero tampoco de convencerse de que ya no podía suceder.
Había niveles de seguridad. Las obras construidas después de 1986 habían elevado ese nivel. Pero ningún nivel era eterno. El territorio cambiaba. Las lluvias podían cambiar. La capacidad del sistema podía quedar atrás.
Y por eso una obra que había sido suficiente para determinada condición podía dejar de serlo cuando las condiciones cambiaban. La conversación volvió entonces a las represas. No pedían necesariamente que se construyeran todas de inmediato. La discusión tenía otro punto de partida: que empezaran.
"Que empiecen por la que quieran", dijo Ortolani. La prioridad, para él, era salir de la discusión permanente sobre cuál debía ser la primera y comenzar a ejecutar alguna. La frase tenía detrás cuarenta años de experiencia.
Los vecinos habían aprendido que una obra puede tardar años en concretarse. Primero aparece el estudio. Después el proyecto. Luego la discusión presupuestaria. Después la licitación. Después la obra.
Mientras tanto, el territorio sigue cambiando. Por eso la demora también formaba parte del riesgo. La historia de NuMaIn estaba llena de esas demoras.
Ortolani recordó reuniones con intendentes, gobernadores, ministros e ingenieros. Habían hablado con gobiernos de distintos signos. Algunos funcionarios los recibían con frecuencia. Otros no querían verlos. La organización había sobrevivido a todos.
Eso también explicaba la presencia de las concejalas Norma López, vicepresidenta primera del Concejo Municipal de Rosario, y María José Poncino, del bloque Peronista, durante la reunión.
El Concejo podía ser un espacio para trasladar el reclamo, llevar el problema al recinto, llenar el lugar de vecinos, hacer que los funcionarios respondieran, conseguir que los medios registraran la discusión.
El reclamo tenía que salir de la Vecinal.
Ortolani recordó también que, durante las movilizaciones de 1986, los vecinos habían intentado acceder a reuniones con funcionarios. Les habían puesto límites. Les habían dicho que determinadas reuniones eran para técnicos y que ellos no podían participar.
Después marcharon. Fueron miles. La presión abrió las puertas que las reuniones no habían conseguido abrir.
A partir de entonces llegaron otras discusiones y otras obras. El Aliviador 2 fue una de ellas. También la presa. También el Aliviador 3. Pero la historia no había terminado con la última obra.
Al contrario: las obras habían permitido que nuevas zonas pudieran desarrollarse. Terrenos que antes eran considerados demasiado expuestos habían adquirido otro nivel de seguridad y comenzaron a ser urbanizados. La paradoja era evidente para los vecinos.
Una obra contra las inundaciones podía generar las condiciones para que aparecieran nuevas viviendas. Las nuevas viviendas podían impermeabilizar el suelo. La impermeabilización podía aumentar el escurrimiento. Y ese nuevo escurrimiento podía volver a poner a prueba la obra original.
No era una contradicción de la hidráulica. Era una contradicción del crecimiento urbano cuando no estaba acompañado por una planificación de toda la cuenca.
La reunión avanzaba entre ejemplos concretos. Un vecino mencionó las alcantarillas debajo de las vías. Habían sido observadas y, según explicaron, necesitaban limpieza. No era una represa ni una gran obra de infraestructura. Era algo mucho más pequeño.
Pero si el agua necesitaba pasar por allí durante una emergencia, una alcantarilla obstruida podía convertirse en un problema.
La prevención también estaba hecha de esas cosas. Limpiar. Revisar. Controlar. Saber qué funciona. Saber qué está tapado. No esperar a que llegue el agua para descubrirlo.
En otro momento se habló de los medios y de cómo se construía la información durante una emergencia.
Los vecinos habían aprendido que no podían depender de que alguien desde un estudio de televisión explicara lo que estaba pasando en su barrio.
La experiencia les había enseñado a producir información propia.
Era una consecuencia inesperada de aquella vieja pelea. La organización había comenzado reclamando obras y había terminado acumulando conocimientos sobre lluvias, cuencas, drenajes, tiempos de respuesta y funcionamiento de la infraestructura.
También había producido memoria.
Ortolani podía recordar nombres de funcionarios, fechas, proyectos y discusiones de décadas atrás porque para él no eran episodios separados. Formaban parte de una misma historia.
Recuerda una escena ocurrida durante la pelea por el Aliviador 2.
Juan Carlos Zabalza, exsenador por el departamento Rosario, estaba con ellos en la Vecinal cuando llegaron unas lluvias terribles. Llovió tanto que hasta cayeron piedras y las calles quedaron intransitables.
Zabalza no podía irse: no había por dónde salir, estaba todo cortado.
"Entonces, estábamos por ahí y se baja la ventanita de un auto. Y alguien mueve la mano", cuenta Ortolani, mientras reproduce con un gesto la escena que todavía recuerda. "Era Zabalza y dijo: 'No puedo salir por ningún lado'".
A partir de aquel episodio, según el relato de Ortolani, Zabalza comenzó a trabajar con ellos en lo que luego se conoció como la Ley de Incidencia Hidráulica Cero.
El principio, explica Ortolani, es que cada modificación que se realiza sobre una cuenca debe mantener sin cambios la cantidad de agua que esta recibe durante una lluvia determinada.
"En este lugar se entrega a la cuenca tanto metro cúbico de agua por segundo. Ante una característica de estas lluvias, si se hace una modificación, hay que hacer un reservorio o lo que fuera para que entregue, luego de la modificación, la misma cantidad de metros cúbicos de agua por segundo", explica.
La idea, en términos sencillos, es que una obra no genere un nuevo problema aguas abajo: si una intervención altera el escurrimiento del agua, debe compensarse de modo que la cuenca siga recibiendo el mismo caudal que antes.
La memoria volvía a servir como herramienta. No para idealizar el pasado. Para comparar.
En 1986 el agua había tardado cuatro días y medio. En 2012 había llegado en menos de un día.
Después de 1986 se habían construido obras. Después de esas obras habían aparecido nuevas urbanizaciones y otras modificaciones del territorio.
La pregunta era qué nivel de seguridad quedaba ahora. Nadie podía responderla con una frase.
Había que estudiar la cuenca completa. Había que conocer cuánta agua entraba. Cuánto podía retenerse. Cuánto podía evacuarse. Cuánto demoraba en llegar. Qué ocurría cuando el Paraná estaba alto. Qué obras existían. Cuáles faltaban. Qué se hacía aguas arriba. Y quién controlaba que cada nueva intervención cumpliera las condiciones necesarias.
Esa era la razón por la que los vecinos insistían tanto en mirar más allá de Empalme Graneros.
La inundación podía comenzar a muchos kilómetros de distancia. Un canal podía estar en otro municipio. Una urbanización podía aparecer en un campo que nadie del barrio había visto nunca. Una represa podía faltar en un lugar que parecía lejano.
Pero el resultado terminaba llegando al mismo sitio. La zona baja. El barrio. La boca del embudo.
Hacia el final de la reunión, la discusión ya no tenía la tensión de las primeras intervenciones. Habían pasado cerca de dos horas.
Algunos vecinos seguían haciendo preguntas y otros conversaban entre ellos. La cantidad de temas tratados hacía difícil encontrar una respuesta que cerrara todo.
Pero tampoco era ese el objetivo.
Una asamblea no podía construir una represa. No podía modificar de inmediato la capacidad de un emisario. No podía detener por sí sola una urbanización. No podía decidir qué obra debía financiar la Provincia.
Lo que sí podía hacer era otra cosa.
Organizar el reclamo. Poner preguntas sobre la mesa. Hacer que las autoridades respondieran. Convocar a más vecinos. Llevar la discusión al Concejo. Hablar con periodistas. Recorrer las obras. Mirar qué se estaba haciendo y preguntar qué faltaba.
Eso era lo que había funcionado en 1986. Y era lo que seguían haciendo ahora.
La organización había sobrevivido porque había aprendido que esperar no era una estrategia. Habían esperado alguna vez que las autoridades entendieran por sí solas. Después dejaron de hacerlo.
Aprendieron a pedir reuniones. A insistir. A marchar. A estudiar. A preguntar. A volver. La bandera de NuMaIn había pasado de una generación a otra de esa manera.
Muchos de los nombres recordados ya no estaban. Pero sus reclamos seguían apareciendo en las conversaciones.
Los hombres y mujeres que habían comenzado la organización después de la inundación habían dejado algo más que una lista de obras: habían dejado un método.
Ortolani era parte de esa continuidad y seguía explicando una cuenca frente a un salón lleno de vecinos.
Seguía recordando cómo había comenzado todo. Seguía contando quién había estado, qué obra se había conseguido y cuál había quedado pendiente.
No hablaba como un hombre que esperara una solución definitiva. Hablaba como alguien que había aprendido que las soluciones también envejecen.
La presa construida después de 1986 había sido necesaria. Los aliviadores también. Las obras habían reducido el riesgo. Pero la reducción del riesgo no significaba la desaparición del riesgo.
Mientras la reunión se acercaba al final, quedó planteada una agenda más concreta que la del comienzo: limpiar las alcantarillas, controlar las obras, seguir recorriendo la cuenca, pedir información, exigir reuniones, llevar el reclamo al Concejo y volver a reclamar las represas pendientes.
Nada de eso parecía espectacular.
No había una inauguración. No había una máquina nueva. No había una fecha de finalización. Había, otra vez, vecinos organizándose.
En la primera fila todavía estaban algunos de los que habían escuchado a Ortolani hablar durante buena parte de la noche. Otros seguían comentando entre ellos.
Las concejalas habían participado de la reunión y el reclamo ya tenía una próxima estación: el Concejo Municipal.
Afuera, mientras tanto, Empalme Graneros seguía siendo el mismo barrio y otro distinto. Las casas estaban donde habían estado. El terraplén seguía formando parte del paisaje.
Pero, fuera de los límites de la ciudad, el territorio también había cambiado: habían aparecido nuevas urbanizaciones, calles, canales y construcciones.
El territorio que los vecinos habían aprendido a mirar cuarenta años atrás ya no era el mismo. El agua tampoco había cambiado su naturaleza.
Seguía buscando la pendiente. Seguía acumulándose donde encontraba una depresión. Seguía entrando por donde podía. Lo que había cambiado era el camino que recorría antes de llegar.
Por eso la pregunta de aquella noche no era si iba a llover. Eso era imposible de saber con precisión. Tampoco era si el barrio se iba a inundar. Nadie allí podía prometerlo ni descartarlo. La pregunta era qué se estaba haciendo mientras todavía no había agua en las calles.
Esa diferencia explicaba buena parte de la historia de NuMaIn.
En 1986 habían esperado que la ciudad entendiera lo que estaba ocurriendo y terminaron organizándose para obligarla a hacerlo.
Después llegaron las obras. Con ellas llegó una mayor seguridad. Y cuando el territorio volvió a cambiar, los vecinos volvieron a reunirse.
La obra pública, para ellos, no podía aparecer solamente después de una catástrofe. Tenía que llegar antes. Y, una vez construida, había que seguir controlándola.
Porque tampoco alcanzaba con inaugurarla. Había que saber qué pasaba aguas arriba. Qué pasaba aguas abajo. Cuánto recibía el sistema. Cuánto podía evacuar. Qué faltaba. Quién debía hacerlo. Quién lo estaba controlando. Y qué ocurriría si la respuesta llegaba demasiado tarde.
Cuarenta años después de aquella inundación, Lalín Ortolani seguía allí, rodeado de vecinos, hablando de una historia que no había terminado.
Los hombres cuyos nombres habían sido recordados al comienzo ya no podían participar de la discusión. Pero otros habían ocupado sus lugares.
La reunión terminó sin una nueva represa, sin una obra anunciada y sin una solución definitiva. Terminó con algo más modesto y, para quienes conocían la historia, bastante más importante: la decisión de seguir.
No esperar a que el agua volviera para preguntar qué había pasado. Preguntar antes. Mirar antes. Reclamar antes. Porque las obras podían reducir el riesgo, pero no podían detener el tiempo ni impedir que el territorio siguiera transformándose.
Y si el agua alguna vez volvía a poner a prueba todo lo construido desde 1986, los vecinos querían poder decir que, esta vez, habían estado allí antes de que llegara.
En otro momento se habló de los medios y de cómo se construía la información durante una emergencia.
Los vecinos habían aprendido que no podían depender de que alguien desde un estudio de televisión explicara lo que estaba pasando en su barrio.
La experiencia les había enseñado a producir información propia.
Era una consecuencia inesperada de aquella vieja pelea. La organización había comenzado reclamando obras y había terminado acumulando conocimientos sobre lluvias, cuencas, drenajes, tiempos de respuesta y funcionamiento de la infraestructura.
También había producido memoria.
Ortolani podía recordar nombres de funcionarios, fechas, proyectos y discusiones de décadas atrás porque para él no eran episodios separados. Formaban parte de una misma historia.
Recuerda una escena ocurrida durante la pelea por el Aliviador 2.
Juan Carlos Zabalza, exsenador por el departamento Rosario, estaba con ellos en la Vecinal cuando llegaron unas lluvias terribles. Llovió tanto que hasta cayeron piedras y las calles quedaron intransitables.
Zabalza no podía irse: no había por dónde salir, estaba todo cortado.
"Entonces, estábamos por ahí y se baja la ventanita de un auto. Y alguien mueve la mano", cuenta Ortolani, mientras reproduce con un gesto la escena que todavía recuerda. "Era Zabalza y dijo: 'No puedo salir por ningún lado'".
A partir de aquel episodio, según el relato de Ortolani, Zabalza comenzó a trabajar con ellos en lo que luego se conoció como la Ley de Incidencia Hidráulica Cero.
El principio, explica Ortolani, es que cada modificación que se realiza sobre una cuenca debe mantener sin cambios la cantidad de agua que esta recibe durante una lluvia determinada.
"En este lugar se entrega a la cuenca tanto metro cúbico de agua por segundo. Ante una característica de estas lluvias, si se hace una modificación, hay que hacer un reservorio o lo que fuera para que entregue, luego de la modificación, la misma cantidad de metros cúbicos de agua por segundo", explica.
La idea, en términos sencillos, es que una obra no genere un nuevo problema aguas abajo: si una intervención altera el escurrimiento del agua, debe compensarse de modo que la cuenca siga recibiendo el mismo caudal que antes.
La memoria volvía a servir como herramienta. No para idealizar el pasado. Para comparar.
En 1986 el agua había tardado cuatro días y medio. En 2012 había llegado en menos de un día.
Después de 1986 se habían construido obras. Después de esas obras habían aparecido nuevas urbanizaciones y otras modificaciones del territorio.
La pregunta era qué nivel de seguridad quedaba ahora. Nadie podía responderla con una frase.
Había que estudiar la cuenca completa. Había que conocer cuánta agua entraba. Cuánto podía retenerse. Cuánto podía evacuarse. Cuánto demoraba en llegar. Qué ocurría cuando el Paraná estaba alto. Qué obras existían. Cuáles faltaban. Qué se hacía aguas arriba. Y quién controlaba que cada nueva intervención cumpliera las condiciones necesarias.
Esa era la razón por la que los vecinos insistían tanto en mirar más allá de Empalme Graneros.
La inundación podía comenzar a muchos kilómetros de distancia. Un canal podía estar en otro municipio. Una urbanización podía aparecer en un campo que nadie del barrio había visto nunca. Una represa podía faltar en un lugar que parecía lejano.
Pero el resultado terminaba llegando al mismo sitio. La zona baja. El barrio. La boca del embudo.
Hacia el final de la reunión, la discusión ya no tenía la tensión de las primeras intervenciones. Habían pasado cerca de dos horas.
Algunos vecinos seguían haciendo preguntas y otros conversaban entre ellos. La cantidad de temas tratados hacía difícil encontrar una respuesta que cerrara todo.
Pero tampoco era ese el objetivo.
Una asamblea no podía construir una represa. No podía modificar de inmediato la capacidad de un emisario. No podía detener por sí sola una urbanización. No podía decidir qué obra debía financiar la Provincia.
Lo que sí podía hacer era otra cosa.
Organizar el reclamo. Poner preguntas sobre la mesa. Hacer que las autoridades respondieran. Convocar a más vecinos. Llevar la discusión al Concejo. Hablar con periodistas. Recorrer las obras. Mirar qué se estaba haciendo y preguntar qué faltaba.
Eso era lo que había funcionado en 1986. Y era lo que seguían haciendo ahora.
La organización había sobrevivido porque había aprendido que esperar no era una estrategia. Habían esperado alguna vez que las autoridades entendieran por sí solas. Después dejaron de hacerlo.
Aprendieron a pedir reuniones. A insistir. A marchar. A estudiar. A preguntar. A volver. La bandera de NuMaIn había pasado de una generación a otra de esa manera.
Muchos de los nombres recordados ya no estaban. Pero sus reclamos seguían apareciendo en las conversaciones.
Los hombres y mujeres que habían comenzado la organización después de la inundación habían dejado algo más que una lista de obras: habían dejado un método.
Ortolani era parte de esa continuidad y seguía explicando una cuenca frente a un salón lleno de vecinos.
Seguía recordando cómo había comenzado todo. Seguía contando quién había estado, qué obra se había conseguido y cuál había quedado pendiente.
No hablaba como un hombre que esperara una solución definitiva. Hablaba como alguien que había aprendido que las soluciones también envejecen.
La presa construida después de 1986 había sido necesaria. Los aliviadores también. Las obras habían reducido el riesgo. Pero la reducción del riesgo no significaba la desaparición del riesgo.
Mientras la reunión se acercaba al final, quedó planteada una agenda más concreta que la del comienzo: limpiar las alcantarillas, controlar las obras, seguir recorriendo la cuenca, pedir información, exigir reuniones, llevar el reclamo al Concejo y volver a reclamar las represas pendientes.
Nada de eso parecía espectacular.
No había una inauguración. No había una máquina nueva. No había una fecha de finalización. Había, otra vez, vecinos organizándose.
En la primera fila todavía estaban algunos de los que habían escuchado a Ortolani hablar durante buena parte de la noche. Otros seguían comentando entre ellos.
Las concejalas habían participado de la reunión y el reclamo ya tenía una próxima estación: el Concejo Municipal.
Afuera, mientras tanto, Empalme Graneros seguía siendo el mismo barrio y otro distinto. Las casas estaban donde habían estado. El terraplén seguía formando parte del paisaje.
Pero, fuera de los límites de la ciudad, el territorio también había cambiado: habían aparecido nuevas urbanizaciones, calles, canales y construcciones.
El territorio que los vecinos habían aprendido a mirar cuarenta años atrás ya no era el mismo. El agua tampoco había cambiado su naturaleza.
Seguía buscando la pendiente. Seguía acumulándose donde encontraba una depresión. Seguía entrando por donde podía. Lo que había cambiado era el camino que recorría antes de llegar.
Por eso la pregunta de aquella noche no era si iba a llover. Eso era imposible de saber con precisión. Tampoco era si el barrio se iba a inundar. Nadie allí podía prometerlo ni descartarlo. La pregunta era qué se estaba haciendo mientras todavía no había agua en las calles.
Esa diferencia explicaba buena parte de la historia de NuMaIn.
En 1986 habían esperado que la ciudad entendiera lo que estaba ocurriendo y terminaron organizándose para obligarla a hacerlo.
Después llegaron las obras. Con ellas llegó una mayor seguridad. Y cuando el territorio volvió a cambiar, los vecinos volvieron a reunirse.
La obra pública, para ellos, no podía aparecer solamente después de una catástrofe. Tenía que llegar antes. Y, una vez construida, había que seguir controlándola.
Porque tampoco alcanzaba con inaugurarla. Había que saber qué pasaba aguas arriba. Qué pasaba aguas abajo. Cuánto recibía el sistema. Cuánto podía evacuar. Qué faltaba. Quién debía hacerlo. Quién lo estaba controlando. Y qué ocurriría si la respuesta llegaba demasiado tarde.
Cuarenta años después de aquella inundación, Lalín Ortolani seguía allí, rodeado de vecinos, hablando de una historia que no había terminado.
Los hombres cuyos nombres habían sido recordados al comienzo ya no podían participar de la discusión. Pero otros habían ocupado sus lugares.
La reunión terminó sin una nueva represa, sin una obra anunciada y sin una solución definitiva. Terminó con algo más modesto y, para quienes conocían la historia, bastante más importante: la decisión de seguir.
No esperar a que el agua volviera para preguntar qué había pasado. Preguntar antes. Mirar antes. Reclamar antes. Porque las obras podían reducir el riesgo, pero no podían detener el tiempo ni impedir que el territorio siguiera transformándose.
Y si el agua alguna vez volvía a poner a prueba todo lo construido desde 1986, los vecinos querían poder decir que, esta vez, habían estado allí antes de que llegara.

