domingo, 9 de agosto de 2026

Un caballo rojo: la ciudad que aparece cuando uno se detiene a escuchar

El viernes 14 de agosto, a las 19, la UNR Editora presentará Un caballo rojo, de Santiago Berreta, en el Almacén El Trocadero, Santiago 989. Antes de ese encuentro, Berreta pasó por Aire Libre, Radio Comunitaria, donde en Señales habló de su nuevo libro y reconstruyó el detrás de escena de las dieciocho crónicas que lo componen: cómo nacieron, qué historias encontró en las calles de Rosario y por qué escuchar a los demás se volvió una parte central de su oficio.

En la presentación lo acompañarán Marco Mizzi, escritor y periodista rosarino radicado actualmente en Córdoba y autor del prólogo, y Victoria Herrmann, estudiante de Psicología y productora periodística. Los tres conversarán alrededor del libro y, al finalizar, habrá un brindis para celebrar la publicación del nuevo título de la colección Confingere de UNR Editora, con la presencia de integrantes de la editorial y algo para comer.

Un caballo rojo reúne dieciocho crónicas publicadas en medios de Rosario entre 2020 y 2023. La mayoría fueron escritas entre esos años, aunque la concentración mayor está en 2022 y 2023, después de una etapa marcada por la pandemia. Son textos que fueron apareciendo en medios web de la ciudad, en portales y newsletters, y que ahora, reunidos en un mismo volumen, construyen una mirada sobre Rosario a través de sus personajes, sus territorios, sus escenas y sus formas de vida.

El prólogo de Marco Mizzi propone una clave para entrar al libro. Allí sostiene que estas crónicas se plantan en un lugar incómodo para la prensa comprometida porque no dicen "esto pasó", sino "esto escuché". Retratan la ciudad sin voluntad de sentencia. Hay clase y conflicto, pero aparecen incorporados como experiencia y no como esencia.

Para Mizzi, esa decisión tiene un costo porque implica una renuncia. Instala un clima mental lánguido, donde neurosis y tedio pueden confundirse. Pero justamente ahí encuentra una de las razones de ser del libro: en ese clima aparece la atención, una luz cada vez más difícil de encender. Incluso cuando la carga parece paralizar, hay algo que continúa moviéndose, que cambia de paso y busca otra cadencia. No sueña con salvarse. No intenta escapar. Viaja con el derrumbe.

"Un caballo rojo es ese algo", escribe Mizzi. Tiembla y no se rompe. Es veloz, late cerca del pecho y lleva de vuelta a casa.

Berreta nació en Rosario en 1989. Entre 2010 y 2019 dirigió y editó la revista Apología, que tuvo veintidós números impresos. A lo largo de su recorrido periodístico colaboró en los diarios La Capital y El Ciudadano, en la revista Rosario Express, en el periódico El Eslabón y en publicaciones culturales como La canción del país, Enredando, Rea, revista Ubik y el newsletter Uganda. Publicó en 2017 el libro de conversaciones Rodolfo Elizalde, editado por Iván Rosado; en 2023 compiló ¿Qué nos arrastra hacia un mismo lugar?, el libro de los hinchas de Argentino de Rosario, publicado por UNR Editora; y en 2024 apareció su novela Oficina de Investigación Existencial, editada por Casagrande.

Pero antes de que Un caballo rojo fuera un libro hubo una práctica sostenida durante años: salir, mirar, escuchar, conversar, escribir y mandar.

Berreta es periodista desde aproximadamente 2010 y entiende que el origen de la crónica está, sobre todo, en la posibilidad de escuchar conversaciones y tener conversaciones con otras personas. Esa escucha permite, según explica, salir del automatismo, romper la pared del mundo y prestar atención a palabras que están siendo dichas y que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en una forma de entrar en profundidad sobre la superficie de lo cotidiano.

La operación comienza con esas palabras. Después viene el trabajo de organizarlas en una crónica, en un relato, y de construir detrás una estética que permita que el texto no solamente cuente algo, sino que también pueda ser disfrutado por quien lo lee.

Para Berreta, esa es la clave de sus crónicas: escuchar a los demás y utilizar esas palabras para contar el mundo. En este caso, contar la ciudad de Rosario durante el período en que fueron escritas.

El libro surgió de un conjunto mucho más amplio. De las casi cuarenta crónicas que había escrito, eligió inicialmente veinticinco. Después llegó el trabajo de edición con la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario. Allí los textos fueron revisados, pulidos y editados hasta llegar a los dieciocho que finalmente integran el volumen.

El recorrido de esas crónicas, dice Berreta, también puede pensarse como una sucesión de conversaciones. Primero están las personas con las que habló para hacerlas. Después, los editores y las editoras de los medios que le daban espacio para publicar. Más tarde, la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario con la que trabajó para convertir esos textos en libro. Y finalmente aparece el lector, la lectora.

Hay muchas distancias entre una instancia y otra, pero el origen permanece ligado a la crónica callejera tradicional y a la posibilidad concreta de publicar en un medio. En su caso, incluso, a una práctica sencilla: escribir relativamente rápido y mandar.

Entre las crónicas que mejor permiten observar ese mecanismo está Las últimas flores, un retrato de las mujeres que trabajan como floristas en la puerta del cementerio El Salvador. La historia había nacido de un territorio que Berreta conocía de cerca: en aquella época vivía en las inmediaciones, pasaba en bicicleta por los puestos de flores o caminaba por el barrio y las veía trabajar. La escena cotidiana terminó despertando una pregunta y, con ella, la necesidad de acercarse, conversar y conocer de cerca un oficio que también estaba atravesando sus propias transformaciones.

Era un oficio que ya mostraba señales de retroceso. Con el paso de los años quedaban menos puestos y, según le contaban las propias floristas, también iba menos gente al cementerio. Lo que Berreta veía en esos puestos tenía algo de postal y, al mismo tiempo, de mundo que empezaba a desaparecer. La historia completa de esas mujeres, sus voces y el mundo que Berreta encontró frente al cementerio puede leerse más abajo, como un anticipo de Un caballo rojo.

La crónica terminó funcionando como una especie de documental escrito. Allí estaban las voces de las protagonistas y también las de un territorio. Incluso aparecía el recuerdo de una trabajadora sexual que durante muchos años podía verse por la avenida Presidente, una mujer ya muy grande cuando Berreta la conoció visualmente de aquel modo, como parte de esa geografía urbana.

Las últimas flores llegó a publicarse originalmente en Boletín Enredando, en 2022. Para Berreta fue una de las historias más lindas del libro. Durante un tiempo pensó incluso que podía ser el título del volumen, pero finalmente descartó esa posibilidad porque le parecía demasiado tanguera y melancólica. Un caballo rojo, en cambio, le resultaba más luminoso.

Las mujeres de los puestos eran muy dadas a la charla y muy inteligentes, recuerda. Tenían historias duras, pero al mismo tiempo eran personas luminosas. Sus palabras sobre sus propias vidas y sobre el cementerio fueron construyendo la crónica.

Allí también aparece una idea que atraviesa todo el trabajo de Berreta: cuando alguien llega a un lugar, pregunta, propone una conversación y se mete por un momento en una cotidianeidad ajena, esa persona que está acostumbrada a vivir de determinada manera puede encontrarse también con un momento diferente. Puede ponerse a pensar. Puede decir cosas que quizás en otra circunstancia no hubiera dicho.

El diálogo, para Berreta, está en el origen de la crónica.

La de las floristas es, justamente, la que más diálogo y más testimonio contiene. Pero no todas las crónicas necesitan de una búsqueda previa de testimonios. Algunas nacen de la observación de paisajes cotidianos que el propio cronista habita.
Está, por ejemplo, la experiencia de ser inquilino, una condición que Berreta tuvo durante muchos años y que ahora ya no tiene. Está también viajar en colectivo. En esos casos el trabajo tiene más que ver con mirar y observar lo que ocurre alrededor, permanecer atento y dejar que la propia experiencia se mezcle con aquello que aparece delante de los ojos.

Por eso Berreta define su manera de trabajar como una especie de "investigación existencial".

Nunca se sintió un periodista dedicado a buscar una investigación en el sentido tradicional del término. Reconoce que a veces necesita apoyarse en datos duros, cifras, estadísticas o determinadas informaciones. Y la primicia, naturalmente, forma parte del periodismo. Pero no es eso lo que está buscando en estas crónicas.

No intenta confirmar algo ni denunciar un hecho policial o judicial. Lo que quiere es que, a través de los diálogos, aparezca gente diciendo la vida de una manera que pueda funcionar como un espejo de la vida o de los sentimientos profundos de la vida.

La pregunta es cómo puede decirse la existencia en Rosario desde la crónica, con cierta profundidad y también con cierta belleza en las palabras.

Por eso Berreta entiende que lo que hace es periodismo, pero también intenta que sea literatura.

Las dieciocho crónicas no fueron pensadas originalmente como partes de un mismo libro. Cada una era independiente. Le pedían una crónica y él la hacía y la enviaba. No había, entonces, un proyecto previo de construir una obra unitaria.

La unidad apareció después.

Los textos fueron escritos aproximadamente en la misma época y, además, hubo todo un trabajo de edición para armar el libro, decidir que tuviera una primera y una segunda parte, establecer un orden para las crónicas y encontrar una secuencia. El prólogo de Mizzi también aportó una lectura general de los textos.

El resultado, cree Berreta, es un libro bastante uniforme. Cada crónica puede leerse de manera independiente, pero juntas consiguen construir una pieza mayor: contar Rosario entre 2020 y 2023.

Ese retrato comienza en lugares y escenas muy diferentes. Puede estar en la puerta del cementerio y también acercarse a uno de los temas que más se habló sobre la ciudad durante esos años: el narcotráfico y los sicarios.

Pero incluso cuando aborda ese universo, Berreta prefiere correrse de la denuncia o de los datos duros. Le interesa observar cómo es el día a día y cómo fue cambiando esa realidad desde que él era chico hasta el presente.

Su mirada está más cerca de la existencia que de la denuncia. Eso no significa, aclara, estar de acuerdo con ese negocio ni con aquello que cuenta. Significa elegir otra perspectiva para narrarlo.

Hay una crónica que resume particularmente bien esa voluntad de mirar una ciudad desde su movimiento cotidiano. Es una caminata que comienza en la zona de Circunvalación y Godoy y Perón y termina en el cementerio, recorriendo unos cuantos cuadrantes hasta llegar a la avenida.

Es un retrato de la avenida durante un día de semana, alrededor de 2021. La crónica comienza con una conversación en una estación de servicio. Después observa cómo empiezan a abrirse los locales comerciales, aparecen las gomerías, se mueve la gente y la mañana adquiere progresivamente su ritmo. El recorrido llega finalmente hasta un geriátrico ubicado frente al cementerio.

La ciudad se cuenta a través de sus movimientos mínimos.

Otro de los textos se detiene en la zona sur, en la avenida Ayacucho. Allí aparece una avenida comercial, con los locales, los movimientos y las personas que forman parte de su vida cotidiana. También aparece un bar de 1900 y algo, un lugar con una larga historia y cierto carácter legendario para la zona sur y para la ciudad.

La crónica se llama La Comunión del Almuerzo porque pone el foco en la comunidad que comparte ese momento del día en el bar.

El almuerzo aparece como una ceremonia. Tender el mantel, sentarse, comer, conversar, tomar algo. Es una pausa dentro de la rutina comercial. También de la rutina de quienes trabajan en fábricas o en la calle: personas que interrumpen durante un rato la jornada para comer, charlar, tomar algo y después volver a trabajar.
Hay otras crónicas vinculadas a la zona norte y a La Florida. Allí aparece una relación personal y familiar: su padre y sus abuelos paternos son de esa zona. Por eso también hay una parte de su propia historia que se cruza con el mapa de la ciudad que recorre el libro.

Pero el retrato de Rosario no es solamente geográfico. También registra un cambio de época.

Berreta cree que el libro logra mostrar algo que queda bastante claro en el prólogo de Mizzi: el cambio de época que se produce en el mundo y que encuentra en la pospandemia un momento de quiebre particularmente visible.

No es, aclara, un libro que conceptualice la pospandemia ni que intente hacer un ensayo sobre ella. No busca explicar ese período. Lo que hace es recoger determinadas formas de vida y determinadas tradiciones que venían de antes y observar cómo comienzan a chocar y a mutar frente a las nuevas formas de vida.

Hay allí muchos puntos de quiebre.

Algunas de esas transformaciones aparecen en los oficios, otras en los espacios urbanos, otras en los hábitos y otras en la forma en que las personas se vinculan con la ciudad.

La crónica le permite registrar ese movimiento sin necesidad de formularlo como una teoría.

También le permite entrar en territorios que no son necesariamente propios.

Berreta reconoce que la crónica le permitió salir de su territorio habitual y meterse en lugares diferentes. Y eso, dice, "te agranda un montón el mundo".

En una entrevista anterior que le hicieron para El Eslabón por el libro, había aparecido una parte de su propia historia: es hijo de profesores universitarios y ama los libros. Sin embargo, el mundo más institucional siempre le resultó un poco más aburrido.

Ser cronista y estar en la calle le permitió, en cambio, hablar con gente con la que tenía más trato y mantenerse permanentemente aprendiendo.

Esa sensación también aparece cuando vuelve sobre sus propios textos.

Puede confiar en que Un caballo rojo es un buen libro y que las crónicas están bien. Siente que trabajó bien y que sabe trabajar con la crónica. Pero incluso mientras se dirige a una entrevista puede recordar una crónica sobre la avenida Perón, la avenida Godoy, y pensar que, aunque el texto sea bueno, en realidad no conoce tanto esa avenida.

Hay un montón de cosas que están pasando allí. Hay gente que vive en ese territorio y tiene una cotidianidad profunda. El cronista puede caminar, escuchar, hablar y dar cuenta de algo de esa vida a través de la crónica. Pero después, cuando se trata de aprender realmente sobre ese territorio, lo que pudo tomar es apenas una parte.

Siempre es muy poco lo que se puede conocer de un lugar ajeno.

Y precisamente por eso la crónica resulta valiosa: permite dialogar con cosas que son propias pero, al mismo tiempo, entrar en la vida de otros territorios. Ese desplazamiento, para Berreta, enriquece mucho.

La atención es entonces una herramienta fundamental.

Hay crónicas que nacen de una búsqueda deliberada. Como la de las flores. Allí Berreta decidió específicamente investigar cómo era el oficio de vender flores en la puerta del cementerio, qué quedaba de ese trabajo, cómo se encontraba ese mundo. Una tarde fue hasta allí y realizó la nota.

Pero hay otras historias que aparecen sin que el cronista haya decidido salir a buscarlas.

Eso ocurrió, por ejemplo, con una crónica sobre viajar en colectivo.

Durante una época Berreta vivía en Cochabamba e Iriondo y se trasladaba a trabajar en el 122. El colectivo venía lleno y algunas veces ni siquiera se detenía para levantar pasajeros. Como cualquier persona que viaja habitualmente en transporte público, había aprendido que los colectivos son lugares donde pasan muchas cosas.

Una de esas situaciones ocurrió en la Terminal.

Berreta escuchó una conversación entre dos mujeres jóvenes que eran evangelistas. Las mujeres empezaron a hablar con otra mujer y esa mujer comenzó a contarles su historia. En algún momento, aparentemente, se le fue el colectivo.

Berreta estaba yendo hacia otro lugar. No había salido a hacer una crónica. Pero se quedó escuchando. Sin darse cuenta, comenzó a registrar lo que estaba pasando.
Otra escena sucedió en Santa Fe y San Martín, también alrededor de un colectivo.

Era un día de mucho calor. Un hombre grande quiso bajarse y medio que se cayó. Unas mujeres que estaban con un cochecito y un chico alcanzaron a frenarlo y evitaron que terminara en el piso.

La escena le pareció de inmediato una imagen del neorrealismo italiano.

Él estaba allí, esperando el colectivo. La historia estaba delante suyo.

Berreta reconoce que durante los últimos años de su vida anduvo más apurado y estuvo menos atento a lo que ocurre en la calle. Pero hubo muchos años en los que su vida estuvo atravesada por esa práctica de mirar, escuchar, preguntar y buscar.

Después de tanto tiempo de hacer de cronista, las escenas empezaban a llegar a él.

Las palabras que escuchaba, las cosas que veía, los pequeños acontecimientos que sucedían alrededor podían convertirse en una crónica.

No necesariamente había que ir a buscar una historia. Muchas veces bastaba con estar en la calle o en un lugar y escuchar.

No es algo difícil, sostiene, aunque hay momentos en que uno está más conectado y otros en que está menos conectado.

Puede ocurrir en un bar. En lugar de mirar el teléfono, uno puede tomar un café o un vino y relajarse durante un rato. Entonces el mundo empieza a hablar.

Y hay que escucharlo.

Esa capacidad es también un ejercicio de muchos años.

Cuando era más joven, Berreta leía a sus héroes, a sus escritores y periodistas, y quería ser como ellos. Quería investigar el mundo, salir a la calle y conseguir que le ocurriera algo increíble para poder contarlo.

Pero muchas veces no ocurría nada.

Con el tiempo, esa expectativa se fue naturalizando. El mundo dejó de ser algo extraordinario que había que salir a perseguir y empezó a formar parte de una atención más espontánea.

"Empezás a ver y empezás a escuchar", resume.

Las crónicas no existirían sin eso: sin estar atento, pero también sin estar entusiasmado e interesado por lo que ocurre.

Puede ser una charla muy pequeña. Dos vecinos que dicen algo. Una frase que obliga a detenerse y pensar: "Mirá lo que dijo".

Eso puede servir para escribir, pero también para pensar la vida.

La crónica, en ese sentido, produce un descubrimiento doble. El cronista descubre algo del mundo que está observando y, al mismo tiempo, descubre algo de sí mismo frente a ese mundo.

Berreta reconoce que esa salida del territorio propio fue una de las cosas que más lo enriquecieron. Hablar con personas diferentes, entrar en lugares que no frecuentaba, conocer otras formas de vida.

Y esa es también una de las razones por las que no pretende agotar aquello que cuenta.

Una crónica puede dar cuenta de una avenida, de un barrio, de un oficio o de una escena, pero siempre queda una enorme cantidad de vida por fuera del texto.

El libro, entonces, no pretende decir que esta es Rosario. Propone, más modestamente, una serie de formas de escucharla.

Eso está en la propia naturaleza del género y también en la lectura que hace Mizzi desde el prólogo: no "esto pasó", sino "esto escuché".

La ciudad aparece así a través de voces.

Las de las floristas del cementerio, con sus historias duras y luminosas. Las de quienes comparten el almuerzo en un bar de zona sur. Las de quienes trabajan, esperan un colectivo, abren un comercio, atienden una gomería, viven frente al cementerio o atraviesan las avenidas de Rosario todos los días.

También aparece la voz de quienes forman parte de una ciudad atravesada por el narcotráfico y los sicarios, pero observados desde las formas concretas de la vida cotidiana y no solamente desde la denuncia.

Y aparece la voz del propio cronista, aunque Berreta intente que la ciudad no quede subordinada a él.

El viernes, en El Trocadero, ese recorrido de voces tendrá otra instancia. Marco Mizzi hará una presentación más formal del libro. Victoria Herrmann conversará con Berreta, le hará preguntas y él responderá sobre los textos, la escritura y la ciudad. Mizzi, además de escribir el prólogo, es un viejo amigo de Berreta y compartió con él durante muchos años la experiencia de Apología. Victoria también es amiga del autor, estudiante de Psicología y productora periodística.

La presencia de Mizzi tiene, además, un sentido particular porque su prólogo pone en palabras buena parte del procedimiento que atraviesa el libro: escuchar, poner la oreja y caminar las calles.

Después de la conversación estarán los integrantes de la editorial y llegará el brindis.

Quienes quieran seguir leyendo a Berreta pueden encontrar sus trabajos en Revista Rea, Uganda, Boletín Enredando y Revista Ubik. También tiene presencia en redes. En Instagram aparece como Berreta Santiago —aunque él mismo ya no está completamente seguro del nombre exacto de la cuenta— y en Facebook como Santiago Berreta. Esta última red todavía la conserva, aunque reconoce que cada vez la utiliza menos. En cualquiera de las dos pueden escribirle.

Sus libros también están disponibles en las librerías de Rosario. Allí pueden encontrarse Un caballo rojo, su novela Oficina de Investigación Existencial y otros trabajos.

El nombre del nuevo libro, sin embargo, no surgió de ninguna teoría sobre la crónica ni de una imagen deliberadamente literaria.

Nació de una bicicleta.

El abuelo paterno de Berreta había trabajado como empleado de Estexa. Cuando la empresa cerró, perdió ese trabajo y empezó a desempeñarse como sereno en el Club Alemán. Para llegar hasta allí iba en bicicleta. En algún momento compró una bicicleta roja que prácticamente nunca utilizó.

La bicicleta terminó en manos de su nieto.

Berreta todavía la conserva. Es una bicicleta inglesa, rodado 28, de ruedas grandes, doble caño, fuerte, de esas bicicletas antiguas que parecen hechas para durar.

Más o menos en la época en que estaba escribiendo las crónicas, alrededor de 2021, Berreta volvía en esa bicicleta después de comer un asado. Había tomado bastante. Al llegar al Parque Independencia todavía tenía que atravesar el parque para llegar a su casa.

Entonces se desplomó un poco sobre el manubrio.

Pero siguió pedaleando.

Y llegó a su casa.

La situación le recordó esas historias de campo en las que alguien que se emborracha termina cayéndose sobre el caballo y el animal lo lleva de regreso hasta su hogar.

Esa noche, en su imaginación, la bicicleta se convirtió en un caballo.

La bicicleta roja se transformó en un caballo rojo que lo llevó hasta su casa sano y salvo.

De ahí surgió el título.

La imagen le pareció una buena metáfora y también una imagen luminosa. Había, además, mucho amor por aquella bicicleta, por la memoria familiar que contenía y por la figura del caballo, ese animal al que también se puede asociar con el cariño hacia las cosas vivas del mundo.

Un caballo rojo. Una bicicleta heredada.

Una noche atravesando el Parque Independencia.

Una ciudad que se vuelve distinta cuando se la recorre con atención.
Quizás el título termine reuniendo, sin proponérselo, buena parte de lo que hay en las crónicas. Porque Berreta escribe sobre Rosario como quien intenta encontrar algo vivo debajo de la superficie de los días. Una florista que habla en la puerta de un cementerio. Dos mujeres evangelistas que conversan con una desconocida en una terminal. Un hombre mayor que casi cae de un colectivo. Un almuerzo que se convierte en ceremonia. Una avenida que despierta. Un oficio que desaparece. Una bicicleta que, por una noche, deja de ser bicicleta.

Todo eso forma parte de una misma ciudad.

Y para encontrarlo hace falta algo que parece sencillo, pero que el ritmo cotidiano vuelve cada vez más difícil: detenerse.

Dejar el teléfono.

Caminar.

Mirar.

Preguntar.

Escuchar.

No salir necesariamente a buscar una gran historia, sino estar disponible para cuando una pequeña escena aparezca.

Después habrá que escribirla.

Convertir las palabras escuchadas en relato, ordenar las escenas, encontrar una cadencia y construir una forma que pueda ser leída como periodismo y, al mismo tiempo, como literatura.

Así se fueron escribiendo estas dieciocho crónicas, primero como textos independientes, publicados en distintos medios de Rosario, y después como un libro que encontró en la edición una unidad que no estaba prevista en el origen.

Una unidad hecha de tiempo y de ciudad. Rosario entre 2020 y 2023.

Una ciudad atravesada por la pandemia y la pospandemia, por cambios económicos y sociales, por viejos oficios y nuevas formas de vida, por tradiciones que resisten y otras que empiezan a desaparecer. Una ciudad que también se transforma en las cosas más pequeñas: en quién se sienta a almorzar en un bar, en quién todavía vende flores frente al cementerio, en quién toma el colectivo, en quién abre una persiana comercial por la mañana.

Berreta no pretende dictar sentencia sobre ninguna de esas escenas.

Prefiere escuchar.

Y quizá por eso el libro pueda leerse como una especie de mapa afectivo de una ciudad que cambia mientras todavía conserva algunas de sus viejas formas.

El caballo rojo de la bicicleta de su abuelo vuelve, finalmente, a la misma idea del prólogo: algo puede estar atravesando el derrumbe sin intentar escapar de él.

Puede temblar y no romperse.

Puede cambiar de paso.

Puede seguir avanzando.

Y, después de recorrer la ciudad, llevarlo a uno de regreso a casa.

Así escribe:

Escuchá la entrtevista completa:
Fotos: Señales, Mariana Terrile, Santiago Berreta

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