En 2010, durante una visita a Berlín, un periodista de Búsqueda quiso saber cómo le gustaría ser recordado cuando ya no estuviera. Rada pensó un instante y contestó con esa mezcla tan suya de desparpajo, humor y lucidez: "Como un loco. Que se divirtió, que fusionó y que dejó, como Picasso o como Dalí, algunos buenos cuadros".
No habló de premios. No habló de homenajes. No habló de la gloria. Habló de divertirse.
Y varios años antes había dejado escrito algo todavía más preciso. En Muriendo de plena, una canción de Quién va a cantar, el disco que lo convirtió en una estrella popular de dimensión masiva, había imaginado su propio velorio:
"Cuando yo me muera no quiero llanto ni pena / prefiero que se me vele / bailando una rica plena".
El miércoles 26 de agosto de 2026, a las 15.30, Ruben Rada murió en Montevideo, a los 83 años, después de casi un mes de internación en terapia intensiva por una neumonía bilateral y sus complicaciones.
La familia lo comunicó con un mensaje breve. Había peleado un mes. Había peleado hasta donde pudo.
Después, como si la canción hubiera sido una profecía, los tambores empezaron a sonar.
En el Palacio Legislativo, donde se realizó el velatorio, Muriendo de plena salió por los parlantes. Y por un momento el dolor tuvo que compartir el espacio con otra cosa: el movimiento. Los hijos de Rada —Lucila, Julieta y Matías— cantaron y bailaron. También Natalia Oreiro, Ricardo Mollo, Jorge Nasser y otros artistas se dejaron llevar por el ritmo.
En Palermo, en Isla de Flores, donde el candombe no necesita presentación ni permiso, la despedida tomó otra forma: tambores, comparsas, gente en la calle.
Era difícil imaginar una despedida más fiel.
Rada había pedido que lo velaran bailando.
Y eso hicieron.
Omar Ruben Rada Silva había nacido el 16 de julio de 1943, en un Montevideo que todavía estaba lejos de saber cuánto iba a cambiar su música.
Tenía diez años cuando empezó a hacer imitaciones en la comparsa Morenada. Lo llamaban Zapatito, una broma por la talla 43 que calzaba aquel niño flaco que ya entendía que arriba de un escenario podía convertirse en otra cosa.
Aunque, en realidad, nunca dejó de ser él mismo.
Muchos años después, cuando le preguntaban por sus personajes, lo explicaría de una manera sencilla: podía pintarse de verde o de azul, podía disfrazarse, podía interpretar a un rey o a Richie Silver, pero siempre era Rada.
Ese fue quizás el personaje más extraordinario que creó.
Rada.
El Negro.
El cantante que podía hacer reír y, un segundo después, cantar una melodía capaz de dejar a una sala entera en silencio.
El percusionista que podía convertir un tambor en una batería.
El compositor que, sin haber pasado por una formación musical académica, escuchaba una canción completa dentro de su cabeza y después se la transmitía a los músicos tarareando, haciendo sonidos, inventando palabras, imitando instrumentos.
No sabía leer la música como un académico.
La escuchaba como un animal.
Y la música parecía hablarle en todos los idiomas.
Antes de ser una estrella fue hombre de la noche.
Cantó como crooner, animó cafés concert, hizo imitaciones y encontró en los escenarios montevideanos un laboratorio donde aprender algo que ninguna escuela podía enseñar: cómo entrar en contacto con una audiencia.
Después llegaron los Hot Blowers. Jazz. Dixieland. Humor. Rock and roll.
Allí apareció Richie Silver, ese alter ego con el que Rada jugaba a ser un crooner de otra época y demostraba que su talento no tenía una sola forma.
Podía ser un cantante de soul, un rockero, un payaso, un showman, un percusionista... Y podía hacer todo eso sin dejar de ser un músico profundamente ligado al candombe.
A comienzos de los años sesenta, el joven Rada todavía no sabía que estaba participando de algo mucho más grande que una serie de bandas.
La revolución estaba por empezar. Con Eduardo Mateo y El Kinto llegó el candombe beat. Hoy la fórmula parece sencilla. Entonces no lo era.
El candombe era una tradición. El rock venía de otra parte. La bossa nova hablaba otro idioma. Las guitarras eléctricas parecían pertenecer a otro universo. Rada y Mateo los pusieron a convivir.
El Kinto electrificó el candombe, incorporó batería, guitarras, tumbadoras y una sensibilidad urbana que convirtió el ritmo ancestral en una música nueva.
No fue simplemente una banda. Fue una idea.
La idea de que la música uruguaya podía mirar al mundo sin dejar de hablar en español. La idea de que el candombe no tenía por qué quedar encerrado en el desfile o en el tablado. La idea de que el tambor podía entrar en una canción de rock.
De ahí salieron Mejor me voy, Don Pascual, Pippo, Suena blanca espuma, Muy lejos te vas y muchas otras canciones que con el tiempo se convertirían en piezas fundacionales de la música popular uruguaya.
Rada todavía no era una leyenda.
Pero ya estaba ayudando a construir el territorio donde después otros músicos iban a caminar.
Hubo una puerta que no se abrió.
Los Shakers, los hermanos Fattoruso, la beatlemanía rioplatense, Buenos Aires. Rada llegó a grabar algunos temas y viajó con ellos. Pero apareció un límite que no era musical.
Era racial.
Su color de piel no coincidía con la imagen que algunos productores querían para un megaéxito beat. A veces la historia de una música también se escribe con las puertas que alguien decidió cerrar. Rada, sin embargo, encontró otra manera de entrar. No tuvo una carrera. Tuvo muchas.
En los primeros años setenta apareció Totem. Y ahí el Negro se convirtió en frontman (lider). No simplemente en cantante: en frontman. El escenario parecía haber sido diseñado para él.
Totem, de 1971, y Descarga, de 1972, dejaron una serie de canciones que todavía conservan la electricidad de aquellos años: Dedos, Heloísa, Biafra, Negro, Orejas, De este cielo santo, Todo mal, Descarga.
En Negro, Rada parecía mirarse en un espejo: "Negro que vivís cantando, negro que vivís soñando...". No había victimización. Había afirmación, orgullo y ritmo. Mucho ritmo.
Y había una conciencia cada vez más clara de que su lugar en la música también significaba ocupar un espacio para la comunidad afrodescendiente del Uruguay.
Rada nunca dejó de hablar de eso. Pero tampoco permitió que su identidad se convirtiera en una cárcel.
Su música podía viajar. Y viajó.
Su carrera solista había empezado en 1969 con Las manzanas. Parecía entonces el comienzo de una carrera. Con el tiempo se descubriría que era apenas el primer capítulo. Más de 35 discos como solista. Más de 60 registros si se cuentan sus diferentes proyectos y colaboraciones.
Una discografía imposible de resumir porque parece escrita por varios músicos.
Radeces. La Rada. En familia. Adar Nebur. La yapla mata. Pa’ los uruguayos. Terapia de murga. Montevideo. Black. Quién va a cantar. Alegre caballero. Bailongo. Tango, milonga y candombe. Negro rock. Confidence. Gamurgatrónica.
Y entre un disco y otro, como si nada, Rada cambiaba de piel: Candombe, Rock, Pop, Jazz, Funk, Soul, Tango, Milonga, Murga, Flamenco, Samba, Salsa, Cha-cha-chá, Música para niños, Música instrumental, canciones de amor, de humor, políticas, absurdas. Canciones que parecían simples y escondían una idea enorme.
En 1975 grabó Radeces. Ahí estaba Malísimo, una canción que Rada consideraba su mejor letra.
Y estaba Ayer te vi. Un riff. Un candombe. Una madrugada.
Una frase que parecía salir directamente de las calles de Montevideo: "No te vas a morir porque a vos te dé la gana / y vení a candombear a las tres de la mañana".
Rada había encontrado una de sus claves.
El candombe podía ser fiesta. Pero también podía ser memoria. Podía hablar del barrio. Podía hablar de la raza. Podía hablar de la noche. Podía hablar de la vida. Después vino S.O.S. Y después, Estados Unidos. Y entonces Opa.
Hugo Fattoruso, Osvaldo Fattoruso, Ringo Thielman y Rada. La música se volvió todavía más grande.
Jazz-rock de vanguardia. Improvisación. Candombe. Funk. Música afroamericana. Una sensación casi espacial. African Bird. Montevideo.
En esta última, Rada canta en falsete una melodía que quedó para siempre en la memoria de la música uruguaya. Opa parecía tocar desde otro lugar. Rada, en cambio, seguía teniendo los pies en Montevideo. Esa era su magia.
Podía cantar sobre un groove que parecía venir de Nueva York y, de pronto, hacer aparecer una calle de Palermo.
A mediados de los setenta volvió a Buenos Aires. Y allí ocurrió algo fundamental. Lo adoptamos.
Rada dejó de ser solamente el músico uruguayo de culto, el hombre que había participado de El Kinto, Totem y Opa.
Y se convirtió en una figura popular.
En los años ochenta grabó discos que todavía funcionan como una especie de mapa de su etapa argentina: La banda, La Rada, En familia, Adar Nebur, La yapla mata, Pa’ los uruguayos, Terapia de murga.
En Buenos Aires podía ser un músico sofisticado y, al mismo tiempo, profundamente popular. En Obras Sanitarias, la catedral rockera de aquellos años, quedó registrado La cosa se pone negra.
Y allí está la prueba que ninguna estadística puede reemplazar. La gente. El público porteño cantando. El público gritando. El público pidiendo: "Tocá, che Negro Rada". Y Rada tocando, a más no poder.
En La yapla mata estaba Tengo un candombe para Gardel. Era imposible imaginar una canción más rioplatense. Los muchachos de la barra callejera. La vereda. Los tambores. Gardel. Una muchacha que pasa. El calor de abril.
Rada entendía algo que pocos artistas de una orilla consiguen entender: que Uruguay y Argentina podían tener fronteras, pero compartían demasiadas canciones como para respetarlas.
Por eso podía cantarle a Gardel desde el candombe.
Por eso podía ser uruguayo en Buenos Aires sin dejar de ser profundamente argentino para el público que lo había adoptado.
Por eso, décadas después, músicos argentinos de generaciones diferentes seguirían hablando de él con la reverencia que se tiene por los artistas que enseñaron algo sin proponérselo.
Rada nunca dejó de ser un músico de amigos. Hugo Fattoruso. Eduardo Mateo. Litto Nebbia. Mercedes Sosa. Fernando Cabrera. Javier Malosetti. Claudio Taddei. Fito Páez. Y muchos y muchas más.
Podía grabar La luna llena con Mercedes Sosa y hacer que dos voces enormes compartieran un mismo paisaje.
Podía cantar Te abracé en la noche con Fernando Cabrera y reducirlo todo a una guitarra y dos voces.
Podía volver a encontrarse con Hugo Fattoruso para cantar Candombe para Figari.
Podía hacer una salsa alucinógena. Una milonga. Un soul. Un funk. Una canción infantil.
Rada nunca parecía preguntarse si una música pertenecía a su mundo. Si le gustaba, entraba. En 1994 volvió a Uruguay después de 25 años.
Regresó con Montevideo, grabado en Nueva York, y con una banda en la que aparecían músicos jóvenes que después serían fundamentales. Los hermanos Ibarburu. Gustavo Montemurro.
Y alrededor de ellos una nueva generación. Rada ya era una figura histórica. Pero todavía no había llegado su momento de mayor popularidad. Llegaría en el año 2000. Y sería un disco pop.
Quién va a cantar fue producido por Cachorro López, uno de los nombres centrales del pop latinoamericano de aquel momento.
Rada entendió que podía hacer algo que durante años había sido sospechado como una traición por cierta parte del ambiente musical uruguayo: podía hacer música comercial.
Y lo hizo. Con Cha-cha muchacha. Muriendo de plena. Quién va a cantar. No me queda más tiempo. Mi país. El Negro llegó a las radios. Llegó a las casas. Llegó a gente que quizá nunca había escuchado Totem. Gente que no sabía qué era Opa. Gente que jamás había visto un tablado.
Rada se convirtió en una estrella pop. Y no pidió disculpas.
Había pasado demasiados años escuchando que un artista debía sufrir para ser auténtico.
Él pensaba otra cosa. También había que comer. También había que vivir. También estaba permitido querer que una canción fuera un éxito. Por esos mismos años apareció otro Rada. El de los niños.
Rada para Niños fue mucho más que una colección de canciones infantiles. Fue otra forma de popularidad. Otra manera de entrar en las casas. Rada entendía a los chicos sin tratarlos como adultos pequeños ni como espectadores de segunda.
Cuando actuaba para niños que no podían pagar una entrada, decía que el espectáculo debía ser exactamente el mismo.
Las mismas luces. El mismo sonido. El mismo amor. Tal vez porque él sabía perfectamente lo que significaba crecer con poco. No había que explicarle la pobreza. La había vivido. Y quizá por eso tampoco aceptaba romantizarla.
En algún momento de su vida llegó a decir que estaba cansado.
Del escenario. De los viajes. De ser patrón. De tener que conseguir sonido, luces, pagar músicos, resolver problemas, mirar cuentas. Quería grabar. Quería estar cerca de sus hijos. Quería tocar la batería con algún amigo. Quería subirse a un escenario como un músico más.
Nunca llegó a retirarse del todo. O quizás nunca pudo. Porque la música era el lugar donde Rada volvía a encontrarse consigo mismo.
En 2018 presentó Parte de la historia en el Teatro Solís. Después llegó al Sodre. Era un viaje por El Kinto, Totem y Opa. Una mirada hacia atrás. Pero no era nostalgia.
Rada nunca fue un hombre demasiado interesado en quedarse mirando el pasado.
Tomaba las canciones viejas y las volvía a poner en movimiento. Ahora, sus hijos estaban allí: Lucila, Julieta y Matías.
El hombre que había comenzado tocando tambores siendo un niño había terminado construyendo una banda familiar.
Y todavía podía cantar. Todavía podía bailar. Todavía podía hacer que una canción de cincuenta años pareciera nueva.
Había hecho también casi todo lo demás: Cine, televisión, radio, humor, conducción...
Fue actor en El Chevrolé y prestó su voz a Frozono en Los increíbles. Apareció en Gasoleros, Telecataplum, El show del mediodía y Porque te quiero así. Condujo Radar, El teléfono, La puerta grande y Décadas. Fue jurado de La voz.
Ganó siete premios Gardel. Decenas de premios en su país. Fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. Recibió la Medalla Delmira Agustini.
Pero antes, en 2011, se convirtió en el primer uruguayo en recibir el Grammy Latino a la Excelencia Musical.
Pero los premios, incluso los más importantes, cuentan apenas una parte.
La verdadera medida de Rada estaba en otra parte. Estaba en sus canciones: El negro chino, Candombe pa’l Fatto, Botija de mi país, Las manzanas, Negro, Descarga, Mandanga dance, Quién va a cantar, Te abracé en la noche, Ayer te vi, Tengo un candombe para Gardel, Muriendo de plena...
En esa capacidad casi inagotable de transformar una melodía en una escena.
Rada podía cantar una milonga con la gravedad de un cantor veterano y, al rato, aparecer como Richie Silver, disfrazado de crooner, haciendo un soul con ecos de Barry White. Podía cantar Sinatra, Charly García, Alfredo Zitarrosa y Atahualpa Yupanqui.
Podía grabar con Peke 77 y reconocerse en un músico de una generación que había nacido mucho después que él. Podía entrar en el trap sin parecer un invitado extraño.
Porque Rada no perseguía las modas. Las absorbía. Su cabeza musical era una galaxia.
Así lo definió Mauricio Ubal al despedirlo en nombre de la Academia Nacional de Letras.
Pero hay otra palabra que quizás explique mejor el fenómeno. Swing. Rada tenía swing. Cuando cantaba, tocaba, hablaba, cuando se reía o hacía un personaje. Incluso cuando discutía.
Era un artista que nunca perdió el barrio aunque recorriera el mundo. Nunca dejó de ser aquel niño de Palermo aunque cantara en Nueva York. Nunca dejó de ser uruguayo aunque se convirtiera en uno de los ídolos populares de nuestro país.
Nunca dejó de ser negro aunque durante décadas la industria intentara decirle qué aspecto debía tener un éxito.
Y nunca dejó que el reconocimiento lo transformara en estatua.
Su hija Lucila lo explicó después del velatorio con una frase que quizás resume mejor que cualquier homenaje la dimensión de lo que acaba de suceder. "Tenemos una familia mucho más grande ahora, que es todo un país".
Había visto llegar a miles de personas al Palacio Legislativo. Había visto la red de afecto alrededor de su familia. Había visto que el hombre que había sido su padre también había sido, de algún modo, un padre musical para generaciones enteras.
Por eso pidió que no dejaran morir sus ganas de vivir. Que escucharan sus canciones. Que las pasaran a sus hijos. Que alguien triste, alguien deprimido, alguien que estuviera pasando un mal momento, pudiera encontrar en ellas una razón para seguir.
Que Rada fuera un papá para todo Uruguay, pidió. Para siempre. El miércoles 26 de agosto, el Negro dejó de respirar. Pero la música no se terminó. Los tambores salieron a la calle.
En el Palacio Legislativo sonó Muriendo de plena. Y aquellos versos que alguna vez parecieron una provocación se transformaron en instrucciones para una despedida. No hubo manera de cumplirlas literalmente.
Hubo llanto, pena, mucho dolor. Pero también hubo baile. Porque Rada tenía razón en algo fundamental: la tristeza no podía contar toda la historia.
Su vida había sido demasiado grande para terminar en silencio.
Y que, en algún lugar a las tres de la mañana, vuelva a escucharse aquella vieja certeza:
Negro, no te vas a morir porque a vos te dé la gana.
Vamos a candombear.
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