sábado, 1 de agosto de 2026

Micaela Chauque: "La música también es una forma de hacer visible a quienes fueron invisibilizados"

A veinticinco años de haber iniciado un camino propio en la música andina, la docente, luthier, artista multifacética y fundadora del Encuentro de Mujeres Artistas de la Quebrada, en Jujuy, presenta Corazón de Agua, un disco que dialoga con la memoria, la naturaleza y la comunidad. En esta conversación, convertida en relato, reflexiona en Señales sobre la tradición, el territorio, el papel de las mujeres, la enseñanza y la necesidad de volver a escuchar las voces de los pueblos andinos
El paisaje antes que la música

Hay artistas que piensan en la música como un oficio. Otros la ven como una búsqueda. Para Micaela Chauque, en cambio, la música es una forma de vivir. No está separada del paisaje ni de las personas; tampoco de la memoria o del territorio. Todo forma parte de una misma historia que comienza en la Quebrada de Humahuaca y se extiende más allá de sus montañas.

Mientras presenta Corazón de Agua, el disco que refleja el presente de una trayectoria construida durante veinticinco años, la cantante jujeña vuelve siempre a la misma idea: las canciones no nacen solamente de la inspiración. Nacen de una manera de vivir.

Ese camino la convirtió en una de las principales figuras de la música andina argentina. Sin embargo, al mirar atrás, no habla de escenarios recorridos ni de discos publicados. Prefiere hablar de las transformaciones que la atravesaron como persona.

No ve diferencia entre la mujer y la artista. Dice que ambas crecieron juntas, con las mismas experiencias.

El camino de la música la llevó a vivir situaciones que, fuera del escenario, nunca habría imaginado. Esas experiencias le enseñaron a valorar su propio trabajo, algo que reconoce especialmente difícil dentro del universo del folclore andino, un espacio donde a menudo el esfuerzo diario del artista queda invisible.

Pero el aprendizaje más profundo ocurrió lejos de los escenarios.

Comprender el contexto en el que desarrolla su tarea, reconocer los recursos con los que cuenta, descubrir el valor de los afectos y aceptar las renuncias que exige una vida dedicada al arte fueron parte del mismo proceso.

"Uno aprende a renunciar también a muchas de las cuestiones que la actividad artística no te permite", reconoce.

No habla desde la resignación. Lo hace desde la aceptación de que la creación implica una entrega constante. Esa convicción terminó moldeando también su carácter.

Por eso, cuando intenta resumir el balance de estos veinticinco años, concluye que el crecimiento personal fue incluso mayor que el artístico. Lo define como "un crecimiento exponencial", una transformación que la ayudó a comprender mejor no solo la música, sino también la vida.

Una tradición que nunca dejó de cambiar
Hablar con Micaela Chauque es hablar inevitablemente de Tilcara.

No la menciona como un simple lugar donde vive. Habla de ese pueblo como el sitio desde donde piensa, desde donde escucha y desde donde nacen sus canciones.

En su mirada, el paisaje nunca es un decorado.

Es el espacio que contiene a una comunidad.

Y esa comunidad termina escribiendo las canciones antes incluso de que aparezca la primera nota.

La elección del folclore y de la música tradicional andina tiene mucho que ver con esa forma de entender la creación. La quena, el sikus, la copla y el canto no aparecen como piezas de museo, sino como expresiones vivas de un pueblo que sigue transformándose.

Por eso le molesta una idea muy extendida: creer que la música tradicional debe permanecer inmóvil.

Su experiencia cotidiana le demuestra exactamente lo contrario.

Vivir en el corazón de la Quebrada de Humahuaca le enseñó que todo cambia.

Cambian las costumbres.

Cambian las necesidades.

Cambian las herramientas con las que se trabaja la tierra.

Cambian las familias que llegan, se quedan, emigran y regresan.

También cambia el pueblo, atravesado por el turismo, por nuevos habitantes y por formas distintas de relacionarse con el territorio.

"El proceso del cambio es constante, imparable", afirma.

Y justamente por eso considera que la tradición solo puede mantenerse viva si es capaz de transformarse junto con las personas que la sostienen.

No entiende el folclore como una fotografía del pasado.

Lo entiende como un organismo vivo.

Ese pensamiento también atraviesa una de las obras que decide compartir durante la conversación: El corazón jornalero. La vidala, cuya letra pertenece al compositor jujeño Mario Busignani y cuya música compuso ella, recupera el universo del trabajo rural y el vínculo profundo entre el hombre y la tierra. No es una mirada nostálgica, sino una manera de recordar que la identidad también se construye desde el esfuerzo cotidiano de quienes habitan esos paisajes.

El agua como memoria
Si hay una palabra que atraviesa toda la conversación es "vínculo". Vínculo con la tierra, con la comunidad, con la historia y con la naturaleza. Esa red de relaciones encuentra su síntesis en Corazón de Agua, el disco que hoy presenta desde las 20, en la Asociación Japonesa de Rosario (Iriondo 1035), y también en la canción que le da nombre.

Lejos de haber sido concebida como una respuesta a la coyuntura, la obra nació como una invitación a volver la mirada hacia aquello que sostiene la vida. Chauque explica que la intención fue despertar un sentimiento de pertenencia, de amor por lo propio, una necesidad de reconectar con una forma de habitar el territorio que los pueblos andinos conservan desde hace generaciones.

En esa cosmovisión, la naturaleza nunca ocupa un lugar secundario. La tierra, el agua, el viento, la lluvia, los truenos y los ciclos de la luna forman parte de una convivencia cotidiana que exige observación, respeto y aprendizaje permanente. No son recursos disponibles para el ser humano, sino presencias con las que se establece una relación de reciprocidad.

Al hablar de ese universo, la música parece convertirse en una prolongación del paisaje.

Chauque reconoce que buena parte de la sociedad argentina responde a una mirada occidentalizada del mundo, una perspectiva que muchas veces entra en tensión con esa forma ancestral de comprender el territorio. Sin embargo, cree que los conflictos ambientales y las discusiones contemporáneas sobre el agua, la tierra, la minería o los glaciares vuelven a poner en primer plano preguntas que los pueblos andinos nunca dejaron de hacerse.

Por eso entiende que muchas personas encuentran hoy en Corazón de Agua una lectura ligada al presente. Ella no lo rechaza. Al contrario: considera natural que cada época resignifique una obra. Pero insiste en que la canción no nació para intervenir en un debate puntual. Surgió de una experiencia mucho más profunda.

"No es una canción aislada; es una canción que nos remite a la sabiduría de los pueblos andinos", explica. En definitiva, dice, habla de revalorizar la vida.

El origen de esa composición quedó grabado en una imagen que todavía recuerda con absoluta nitidez.

Fue durante la pandemia.

En una de sus recorridas llegó hasta una laguna ubicada a 4.700 metros sobre el nivel del mar, en plena puna jujeña. A esa altura ya no existen árboles. La vegetación apenas resiste las condiciones extremas. Las flores son diminutas. Los pastos crecen bajos, amarillentos, castigados por el frío permanente y por temperaturas que descienden varios grados bajo cero.

Todo parece hostil.

Sin embargo, alrededor de esa laguna ocurre algo completamente distinto.

Las aves llegan una tras otra para posarse sobre el agua. Los animales atraviesan largas distancias para beber. La vida se organiza alrededor de ese pequeño espejo de agua que, en medio de un paisaje aparentemente desolado, sostiene un ecosistema entero.

La escena produjo en Chauque una conmoción difícil de explicar.

"Fue un golpe de realismo", resume.

Comprendió entonces que el agua no era solamente un elemento del paisaje. Era el corazón mismo de ese territorio.

De aquella experiencia nació la canción.

Y también una certeza que atraviesa todo el disco: la naturaleza no es un escenario donde transcurre la vida humana. Es una presencia viva que sostiene la existencia de todas las especies.
Los sonidos de un pueblo invisibilizado
La conversación se desplaza luego hacia otro territorio: el de los instrumentos que dieron identidad a la música andina.

Hay quienes escuchan una quena o un sikus por primera vez y, aun sin conocer esa tradición, sienten que algo se conmueve. Chauque también se pregunta por qué ocurre.

Su respuesta no se detiene en cuestiones técnicas ni musicales.

Habla, en cambio, de historia.

Cree que esos sonidos conservan la memoria de pueblos que durante siglos fueron invisibilizados. En la Argentina, dice, todavía persiste una mirada que estigmatiza a las comunidades indígenas y desconoce su presencia viva dentro de la sociedad.

En ese contexto, la música adquiere un significado que va mucho más allá de lo artístico.

Se convierte en una forma de volver visible aquello que durante mucho tiempo permaneció oculto.

"El arte pasa a ser ese medio que nos acerca", afirma.

Acerca a quienes conocen esa cultura con quienes apenas empiezan a descubrirla. Acerca también el pasado con el presente, las ciudades con los pueblos andinos y las distintas maneras de entender el mundo.

Como parte de ese recorrido musical, presenta Jale Jalea, una composición que describe como una celebración profundamente andina. Explica que remite al origen simbólico del espíritu de los pueblos aymaras y quechuas en el lago Titicaca y que expresa una fuerza vital asociada a la energía positiva y al sentido de comunidad.

No es casual que esa idea vuelva a aparecer.

Durante toda la conversación, la comunidad deja de ser un concepto abstracto para convertirse en el hilo que une cada reflexión.

Las canciones nacen de ella.

El paisaje cobra sentido a partir de ella.

Y también desde allí se construye una identidad que, para Chauque, sigue viva porque continúa transformándose junto con quienes la habitan.

Mujeres, enseñanza y comunidad
Esa idea de una cultura viva también atraviesa otro cambio que Micaela Chauque observó de cerca durante su trayectoria. Cuando comenzó a tocar instrumentos de viento, la presencia femenina era todavía excepcional en un ámbito históricamente ocupado por hombres. Dos décadas después, el paisaje es diferente.

Cada vez encuentra más mujeres sosteniendo una quena, un sikus o una anata sobre los escenarios. Lo celebra como un avance, aunque evita pensar que el proceso ya está concluido.

Para ella, la verdadera transformación no se trata solo de cuántos intérpretes hay, sino del reconocimiento que la sociedad da a quienes se dedican a la música.

Ella cree que la igualdad llegará cuando las mujeres tengan la misma valoración que los hombres, no solo en la música, sino en todos los lugares.

Entiende que Argentina sigue pasando por un proceso de aprendizaje colectivo y que los cambios culturales tardan en consolidarse.

Cuando eso suceda, ella cree que también cambiará el mundo del arte.

Su mirada vuelve entonces a otra de las cosas que ocupa mucho de su vida: la enseñanza.

No ve la docencia como un lugar donde solo da conocimientos, sino como una experiencia de aprendizaje constante.

La pregunta sobre qué aprende de sus alumnos la sorprende. Después de un momento, responde que quienes entran a sus clases terminan siendo como un espejo.

Cada grupo refleja algo diferente.

Hay procesos rápidos y otros que necesitan tiempo. Hay estudiantes que avanzan con facilidad y otros que necesitan su propio ritmo. Hay cursos pequeños que crecen con los meses y talleres grandes que, por diferentes razones, se reducen.

Nada de eso le resulta indiferente.

Por el contrario, ella entiende que esas diferencias hablan más de la sociedad que de la música.

En cada clase ve cómo vive una comunidad, cuánto interés tiene el arte, qué inquietudes tiene cada generación y qué lugar ocupa la cultura en la vida diaria.

Por eso ella dice que enseñar también significa escuchar.

Escuchar a los alumnos.

Escuchar los silencios.

Escuchar lo que aún no tiene palabras, pero ya se expresa a través de un instrumento.

Ese intercambio constante cambió también su manera de aprender.

Si antes imaginaba que la docencia era solo compartir lo que había aprendido durante años, ahora cree lo contrario: cada encuentro trae nuevas preguntas y exige seguir creciendo.
Un camino que vale la pena recorrer
Cuando imagina a una joven que quiere dedicarse a la música andina, su respuesta es clara.

No habla de dificultades, aunque sabe que existen.

Prefiere hablar de la belleza del camino.

La anima a intentarlo.

A descubrir un mundo que puede llevarla a lugares inesperados y despertar emociones fuertes.

Ella está convencida de que aprender a tocar esos instrumentos no es solo adquirir una técnica. Es también entrar en contacto con una historia, con una cultura y con una forma distinta de entender la relación entre las personas y el territorio.

Por eso describe ese camino como un tránsito que vibra "muy adentro del corazón".

No ofrece fórmulas para el éxito.

Tampoco promete una carrera fácil.

Lo que propone es una experiencia de transformación personal, como la que ella misma vivió desde que decidió abrazar la música andina.

Durante veinticinco años, ese camino la llevó a escenarios de todo el país y del exterior, pero también la obligó a regresar muchas veces al mismo punto de partida.

Cada viaje, cada concierto y cada clase terminan en la Quebrada de Humahuaca.

Allí donde el paisaje sigue marcando el ritmo de las canciones.

Allí donde la tradición cambia junto con la vida de quienes la viven.

Y allí donde la música aún tiene el poder de unir a una comunidad alrededor de una misma memoria.

Subir al escenario para representar a muchos
Cuando Micaela Chauque sube a un escenario no siente que la historia que cuenta sea solo suya.

La música la pone frente al público, pero también la conecta con una identidad colectiva que, según explica, durante mucho tiempo estuvo olvidada.

No se ve como una artista solitaria, sino como una voz que forma parte de algo más grande.

"Cuando subo a un escenario siento que solo soy una representación de una gran parte de una comunidad que está totalmente invisible", dice.

En esa frase está una de las ideas centrales de su vida: la música como forma de reconocimiento.

Chauque cree que esa comunidad a la que representa no está separada del resto de la sociedad. Por el contrario, piensa que todos forman parte de esa historia, aunque a veces sea necesario volver a mirarla para reconocerla.

El escenario, entonces, no es solo un espacio de interpretación.

Se convierte en un lugar de encuentro.

Un punto donde una quena, un sikus, una copla o una canción pueden abrir una puerta hacia otras memorias y otras formas de entender la vida.

Desde esa perspectiva invita a compartir sus presentaciones en vivo, espacios donde la música se convierte en una celebración colectiva. Para ella, cada encuentro con otros músicos y con el público es una oportunidad para que las ideas que están en sus canciones se conviertan en una experiencia compartida.

Porque, a lo largo de toda la conversación, lo que sostiene es que la música nunca termina en quien la crea.

Circula.

Se transmite.

Encuentra nuevos oídos.

El corazón de agua
El cierre de la charla llega con la canción que da nombre a su último disco.

Al hablar de Corazón de Agua, Chauque vuelve a lo más importante: su relación con la tierra.

Explica que la obra surge del amor por el territorio y de la necesidad de valorar los elementos que sostienen la vida. La Pachamama aparece como una totalidad donde conviven tierra, agua, viento, sol y fuego; fuerzas que no existen por separado, sino en equilibrio.

Esa visión también incluye al ser humano.

La naturaleza no se ve como algo separado, sino como parte de una misma existencia. La vida, dice, se construye en esa combinación entre los elementos del mundo y la energía, la fuerza y el espíritu de quienes lo habitan.

Por eso Corazón de Agua es una síntesis de todo su camino.

Allí están la infancia y la memoria.

Está la Quebrada de Humahuaca.

Está la voz de los pueblos andinos.

Está la defensa de un vínculo más respetuoso con la naturaleza.

Está también la certeza de que una canción puede guardar una historia más grande que quien la interpreta.

Después de veinticinco años, Micaela Chauque sigue buscando en la música una forma de acompañar la vida, como ella misma lo explica al presentar su obra. No desde la nostalgia de un pasado detenido, sino desde una tradición que sigue caminando.

Su arte nace de un territorio concreto, pero no se queda allí.

Viaja.

Se transforma.

Encuentra nuevas generaciones.

Como el agua que da nombre a su disco, su música conserva memoria y movimiento al mismo tiempo.

Quizás allí esté la clave de su recorrido: entender que la tradición no es una herencia inmóvil, sino una corriente que pasa de una persona a otra, de una comunidad a otra, de una generación a otra.

Y que mientras exista alguien dispuesto a escuchar, cantar y compartir esa memoria, la música seguirá encontrando nuevos caminos para permanecer viva.

Escuchá la entrevista completa:

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