Hay historias que parecen pequeñas hasta que uno las mira de cerca. Entonces descubren otra dimensión. No hablan solamente de quienes las protagonizan, sino también de aquello que las hizo posibles.
El 20 de agosto de 2007, Aire Libre Radio Comunitaria era —y sigue siendo— mucho más que una radio.
Un medio alterativo, de propiedad social, nacido para interpretar los sentires y pareceres de la comunidad a la que pertenece. Una radio que había elegido no callarse frente a los poderosos, sostener una línea, apostar por la igualdad y acompañar las luchas cotidianas de quienes pocas veces encuentran un micrófono dispuesto a escucharlos.
Y sobrevivir.
Porque hacer radio comunitaria también era eso: aprender a mantenerse a flote en aquella jungla radioeléctrica en la que se había convertido el espectro. Peleársela todos los días. Encontrar la manera de que la voz siguiera llegando al otro lado del parlante.
Por esos días, además, Aire Libre, Radio Comunitaria tenía sus propias heridas.
Los constantes bajones de tensión estaban haciendo estragos en los equipos. Para intentar recomponer, aunque fuera un poco, todo aquello que se había dañado, habíamos puesto en circulación un bono. Lo contábamos al aire. Lo hacíamos, claro, para quienes pudieran colaborar, pero también para que quienes tenían problemas para recibir la señal supieran que detrás de esa voz había una casa, unos equipos, cables, micrófonos y una radio que necesitaba seguir funcionando.
El domingo terminé el programa y sucedió algo que, muchos años después, todavía merece ser contado.
Ese día llegó Jesús a nuestra casa.
No, tranquilos: no me había vuelto místico.
Era Jesús Yañes.
Había escuchado el programa y, cuando terminó, decidió acercarse. Quería dar una mano.
Jesús nos escuchaba siempre. Conocía nuestra voz antes de conocer nuestros rostros. Compartía muchas de las cosas que decíamos al aire, especialmente aquellas que tenían que ver con la solidaridad entre los trabajadores, las luchas contra la injusticia y esa obstinada apuesta por una sociedad más igualitaria.
Era jubilado y tenía un bolichito. No era alguien que llegara con grandes posibilidades económicas. Llegó, justamente, con lo que tenía.
Quería comprar un bono.
Le expliqué que en ese momento no tenía ninguno para darle y que podía tomarle los datos para llevárselo después. Pero Jesús no parecía demasiado preocupado por el papel.
Había otra cosa que para él era suficiente.
Conocía la voz.
Y confiaba en ella.
Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño fajito de billetes. Entre varios de dos pesos buscó uno en particular. Lo encontró.
Era un billete de cincuenta pesos.
Me lo entregó.
Así, sencillamente.
Sin formulario, sin recibo, sin demasiadas explicaciones. Como quien acerca una mano para sostener algo que siente propio.
Después, como Jesús no conocía la casa —aunque seguramente sentía que la conocía de tanto escuchar todo lo que contábamos al aire—, lo llevé a recorrerla.
Una visita guiada por ese pequeño territorio desde donde salían las voces que él escuchaba en su casa.
Vio los equipos, los micrófonos, los lugares donde se hacía la radio. Puso cuerpo y ojos a aquello que hasta entonces le había llegado convertido en sonido.
Se fue contento.
Y antes de irse dejó una frase:
—Cuando me necesiten, estoy.
No sé si Jesús imaginó entonces cuánto podía significar aquella frase.
Afuera seguía estando la jungla radioeléctrica. Los problemas de siempre. Los equipos castigados por los bajones de tensión. Las cuentas. Las dificultades. La necesidad de sostener una radio que no tenía detrás un gran empresario ni una estructura económica que garantizara su existencia.
Pero ese día había algo más.
Había un oyente que había cruzado la puerta.
Un oyente que había dejado de ser solamente alguien al otro lado de la radio para convertirse, por un instante, en parte de ella.
Ahora Domingo Faustino Sarmiento me mira desde un paquetito que guardé con los datos de Jesús y aquel billete de cincuenta pesos.
El prócer, estampado en el papel moneda, parece observarme con cierta sorpresa.
Yo también lo miro.
Y pienso que, al final, una radio comunitaria no se sostiene solamente con transmisores, antenas, consolas o electricidad.
Se sostiene con vínculos.
Con confianza.
Con personas que escuchan y que, cuando pueden, se acercan.
Con jubilados que tienen un bolichito y aun así encuentran unos pesos para ayudar.
Con quienes entienden que una voz en el aire también puede ser una herramienta para pelear contra la injusticia.
Quizás por eso guardé aquel billete.
No por los cincuenta pesos.
Sino porque durante mucho tiempo fue una pequeña prueba material de algo que en una radio comunitaria resulta esencial y, a veces, difícil de explicar: que del otro lado del micrófono también hay alguien.
El 20 de agosto de 2007, Aire Libre Radio Comunitaria era —y sigue siendo— mucho más que una radio.
Un medio alterativo, de propiedad social, nacido para interpretar los sentires y pareceres de la comunidad a la que pertenece. Una radio que había elegido no callarse frente a los poderosos, sostener una línea, apostar por la igualdad y acompañar las luchas cotidianas de quienes pocas veces encuentran un micrófono dispuesto a escucharlos.
Y sobrevivir.
Porque hacer radio comunitaria también era eso: aprender a mantenerse a flote en aquella jungla radioeléctrica en la que se había convertido el espectro. Peleársela todos los días. Encontrar la manera de que la voz siguiera llegando al otro lado del parlante.
Por esos días, además, Aire Libre, Radio Comunitaria tenía sus propias heridas.
Los constantes bajones de tensión estaban haciendo estragos en los equipos. Para intentar recomponer, aunque fuera un poco, todo aquello que se había dañado, habíamos puesto en circulación un bono. Lo contábamos al aire. Lo hacíamos, claro, para quienes pudieran colaborar, pero también para que quienes tenían problemas para recibir la señal supieran que detrás de esa voz había una casa, unos equipos, cables, micrófonos y una radio que necesitaba seguir funcionando.
El domingo terminé el programa y sucedió algo que, muchos años después, todavía merece ser contado.
Ese día llegó Jesús a nuestra casa.
No, tranquilos: no me había vuelto místico.
Era Jesús Yañes.
Había escuchado el programa y, cuando terminó, decidió acercarse. Quería dar una mano.
Jesús nos escuchaba siempre. Conocía nuestra voz antes de conocer nuestros rostros. Compartía muchas de las cosas que decíamos al aire, especialmente aquellas que tenían que ver con la solidaridad entre los trabajadores, las luchas contra la injusticia y esa obstinada apuesta por una sociedad más igualitaria.
Era jubilado y tenía un bolichito. No era alguien que llegara con grandes posibilidades económicas. Llegó, justamente, con lo que tenía.
Quería comprar un bono.
Le expliqué que en ese momento no tenía ninguno para darle y que podía tomarle los datos para llevárselo después. Pero Jesús no parecía demasiado preocupado por el papel.
Había otra cosa que para él era suficiente.
Conocía la voz.
Y confiaba en ella.
Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño fajito de billetes. Entre varios de dos pesos buscó uno en particular. Lo encontró.
Era un billete de cincuenta pesos.
Me lo entregó.
Así, sencillamente.
Sin formulario, sin recibo, sin demasiadas explicaciones. Como quien acerca una mano para sostener algo que siente propio.
Después, como Jesús no conocía la casa —aunque seguramente sentía que la conocía de tanto escuchar todo lo que contábamos al aire—, lo llevé a recorrerla.
Una visita guiada por ese pequeño territorio desde donde salían las voces que él escuchaba en su casa.
Vio los equipos, los micrófonos, los lugares donde se hacía la radio. Puso cuerpo y ojos a aquello que hasta entonces le había llegado convertido en sonido.
Se fue contento.
Y antes de irse dejó una frase:
—Cuando me necesiten, estoy.
No sé si Jesús imaginó entonces cuánto podía significar aquella frase.
Afuera seguía estando la jungla radioeléctrica. Los problemas de siempre. Los equipos castigados por los bajones de tensión. Las cuentas. Las dificultades. La necesidad de sostener una radio que no tenía detrás un gran empresario ni una estructura económica que garantizara su existencia.
Pero ese día había algo más.
Había un oyente que había cruzado la puerta.
Un oyente que había dejado de ser solamente alguien al otro lado de la radio para convertirse, por un instante, en parte de ella.
Ahora Domingo Faustino Sarmiento me mira desde un paquetito que guardé con los datos de Jesús y aquel billete de cincuenta pesos.
El prócer, estampado en el papel moneda, parece observarme con cierta sorpresa.
Yo también lo miro.
Y pienso que, al final, una radio comunitaria no se sostiene solamente con transmisores, antenas, consolas o electricidad.
Se sostiene con vínculos.
Con confianza.
Con personas que escuchan y que, cuando pueden, se acercan.
Con jubilados que tienen un bolichito y aun así encuentran unos pesos para ayudar.
Con quienes entienden que una voz en el aire también puede ser una herramienta para pelear contra la injusticia.
Quizás por eso guardé aquel billete.
No por los cincuenta pesos.
Sino porque durante mucho tiempo fue una pequeña prueba material de algo que en una radio comunitaria resulta esencial y, a veces, difícil de explicar: que del otro lado del micrófono también hay alguien.
Y que, cuando esa voz consigue llegar hasta otro, puede ocurrir algo extraordinario.
Que alguien escuche.
Que alguien confíe.
Que alguien golpee la puerta.
Y diga:
—Cuando me necesiten, estoy.

