viernes, 26 de febrero de 2016

Juana Meller de Pargament 1914 - 2016

Juana Meller de Pargament estuvo internada durante varios días por una caída. Su hijo Alberto José fue secuestrado el 10 de noviembre de 1976. “Mi hijo era un rebelde, un motor que no paraba en ningún sentido. Era médico y donde lo llamaban, iba. Con sus compañeros tenían ideas revolucionarias porque les dolía ver miserias”, recordó alguna vez
Juana Meller de Pargament, una de las primeras integrantes de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, murió hoy en Argentina a los 101 años, luego de haber estado internada durante varios días por una caída, informó la organización en un comunicado.

"Acabamos de recibir la noticia del fallecimiento de 'Juanita', compañera nuestra. Ella, con sus 101 años, luchó, marchó y fue a la Plaza hasta el último día", explica el comunicado, firmado por la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.

"Como siempre decimos las Madres, ella no se fue, se cambió de casa, y a pesar de que sus cenizas no serán llevadas a la Plaza, ella estará todos los jueves", agrega el texto.

"Juanita" nació el 20 de julio de 1914 en Entre Ríos y a los seis años su familia se instaló en Buenos Aires, donde montó un taller de costura.

Estudió inglés y a los 17 años se empleó en el Banco de Canadá, donde conoció a su esposo, de nacionalidad alemana, con quien tuvo dos hijos: Griselda y Alberto José.

En la madrugada del 10 de noviembre de 1976 una patota de civil irrumpió en la casa en la que su hijo, de 31 años, vivía con su esposa, embarazada de seis meses, y lo secuestró.

A partir de entonces comenzó su búsqueda recorriendo cuarteles, comisarías e iglesias, conoció a madres y familiares con el mismo dolor y se sumó a aquel grupo encabezado por Azucena Villaflor de Vicenti, que dio origen al movimiento de Madres de Plaza de Mayo el 30 de abril de 1977.

Meller de Pargament fue tesorera y miembro del Consejo de Administración y, hasta hace poco, seguía asistiendo a las tradicionales marchas de todos los jueves en Plaza de Mayo, frente a la sede del Gobierno argentino.

Hasta luego, Juanita
Acabamos de recibir la noticia del fallecimiento de Juanita, nuestra compañera. Ella, con sus 101 años a cuesta, luchó, marchó y fue a la plaza hasta el último día.
Como decimos siempre las Madres, ella no se fue, se cambió de casa, y a pesar de que sus cenizas no serán llevadas a la plaza, ella estará todos los jueves.
Hebe de Bonafini
Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo
Sostiene Juanita
Era la mayor de las Madres de Plaza de Mayo y de los diferentes organismos; inició la larga marcha con Azucena Villaflor, poco después del secuestro de su hijo, Alberto José Pargament, ocurrido el 10 de noviembre de 1976. Desde entonces su vida giró en torno de su búsqueda y de la lucha compartida con las mujeres de los pañuelos blancos
Por: Noemi Ciollaro
Juana Meller de Pargament nació en agosto de 1914 en Entre Ríos, es pequeña y erguida, de gestos sobrios y voz decidida. Recuerda la levedad del colibrí y la firmeza de la roca. Sus pies diminutos llevan recorridos millones de kilómetros alrededor de la Pirámide de Mayo, ese obelisco frustrado que es el eje simbólico de la ronda de las Madres.

Afirma Juanita que los suyos ya son años regalados, pero quiere algunos más porque aún tiene mucho que hacer. Está un poco enojada porque ama la libertad de los tiempos en que disponía de su vida, criaba hijos, pensaba, caminaba y a la noche sabía que había hecho siete u ocho cosas.

Pero su hija Griselda, sus nietas y Hebe de Bonafini se han confabulado para que ya no salga sola, no viaje más en subte y colectivo y deje de vivir como única habitante de un caserón de tres pisos; ese asunto de que “las mujeres mayores solas somos un peligro...”, refunfuña.

Pero, dice Juanita, “yo todo lo veo, todo lo sé y la vida me brindó esto de que tenés que estar sola y seguir adelante sin sobrecargar a nadie y hacer lo que hacías... Entonces ahora ando como una gitana viviendo cómoda en el departamento de mi hija, pero todas las semanas vuelvo a casa y con una chica que me ayuda baldeo la vereda, limpio, riego las plantas y la esperanza de que el día menos pensado volveré a vivir ahí permanentemente”. Su hija es cálida, sus nietos también, pero ella quiere conservar su independencia, suficiente con que cada tanto la acompañen a un chequeo médico.

Porque, dice vehemente, “yo crié a mis dos hijos, a ella y al que se llevaron. Una los trae al mundo, les da educación. Mi hijo Alberto José era médico psicoanalista, y cuando pasó lo que pasó, tomé el compromiso y lo sigo manteniendo. Si no es la madre, ¿quién lo va a buscar? ¿Quién lo va a recordar? ¿Quién lo va a sentir más que todos?”.

Los padres de Juanita eran lituanos, llegaron a la Argentina huyendo del pogrom. Se instalaron en Entre Ríos y luego, en 1930, en Buenos Aires, donde montaron un taller de costura. Eran tres hermanos, el varón murió en un accidente. Ella estudiaba inglés y a los diecisiete se empleó en el banco de Canadá, allí conoció a su esposo, que era alemán.

Recuerda que él era muy culto, muy humano, encantador. “Nos casamos. Fueron épocas de felicidad. Mi esposo era exportador, pero en la época de Perón se fue a Montevideo, decía que lo de Perón era dictadura, lo creía así. Tuvimos a los chicos, compramos una casa acá en Buenos Aires, estábamos muy bien, él venía de Montevideo casi todas las semanas. Finalmente terminamos todos en Uruguay, pero en 1960 él se enfermó, tenía cáncer de hígado, lo operaron y poco después murió.” Fue así que le cambió la vida, consiguió empleo por el diario y trabajó diez años como secretaria bilingüe. Eso le permitió mantener a sus hijos mientras eran chicos y estudiaban.

Después, cuenta Juanita, ellos con su trabajo se pagaron sus carreras. “Yo traté de ser la mejor madre y mis hijos respondían, tanto Griselda como Alberto. Pero bueno, cuando se produce el impacto de la desaparición de mi hijo él tenía una compañera que estaba embarazada, éramos una familia pequeña pero linda. Después me dijeron que él militaba. A él se lo llevan de noche, le pegan mucho, a ella la hacen tapar con la sábana y la dejan. A las cuatro de la mañana ella me avisa que deje la casa, que no me quede sola, no me da detalles, si es que ella sabía que él militaba, no me lo dijo. Fue una buena compañera de él, y nació el nieto. Yo no quise festejos, dije que yo fiestas no puedo hacer porque me han quitado el hijo, hay que comprender eso por sobre todas las cosas. Ella tenía que criar al hijo, y a mi hijo había que buscarlo. Ella se fue a Brasil con la criatura.”

Juana Pargament va y vuelve del pasado al presente en la misma frase una y otra vez, con ese lenguaje de tiempo dislocado del testimonio, del relato de lo inhumano, lo aborrecible, lo que casi no encuentra palabras para ser expresado. Ese quiebre que parte la vida en un puzzle al que siempre le faltan piezas.

“Y sí, se quedaron muchos años en Brasil”, comenta, hasta que un día a la casa de las Madres llega un chico de unos veinte y pico de años. “Me pide el libro con las fotos que nosotras tenemos de nuestros hijos, le pregunté si él estaba afectado por algo. Hojea el libro y señalando la foto de mi hijo me dice que es su padre y que él es Javier. Serenamente lo miré y le dije me alegra verte, siempre pensé que ibas a venir a preguntarme a mí cómo era tu padre para que yo te cuente. Me contó que estaba en Buenos Aires con su madre y el nuevo compañero de ella y me prometió que me iba a visitar en mi casa. Lo hizo, tomamos Coca-Cola, vio fotos y nos visitó varias veces más. El llevaba el apellido de la madre porque no habían podido ponerle el de mi hijo. Yo me hice el ADN y efectivamente salió que es mi nieto, y ya lleva el apellido Pargament.”

Juanita fija la mirada en una de las fotos en las que se ven las rondas de los jueves de los primeros años con las madres jóvenes, tomadas de los brazos, las cabezas cubiertas con los pañuelos blancos, los gestos comprometidos en el grito de aparición con vida; sonríe casi melancólica y sus ojitos vivaces se empañan.

“Yo siempre me dediqué a seguir buscando a mi hijo. En el hospital de Beccar donde él ejercía me habían dicho que había llegado alguien herido y que él no le había dado participación a la comisaría cuando lo atendió. De manera que no indagué más, no apareció y había que buscarlo, para mí era lo elemental. Es la lucha que una sostiene de por vida. Y no, nunca más nada, lo único que sé es que tengo que seguir en esto, que esto me ató para toda la vida. Mis nietas y mi hija comprendieron esta lucha, que yo tenía obligaciones con mis compañeras, con lo que pasó, con la memoria de mi hijo, con los valores, las ideas y los proyectos. No supe dónde militaba, para qué averiguar más, quizá la curiosidad no me satisfaga, tendría que hacer diferencias entre los partidos y no lo quiero hacer, porque a todos se los llevaron por algo, porque pensaban distinto y luchaban por eso, ése es el valor. Esa es la historia que no tenemos que olvidar.”
Foto: Analía Garelli, TelAm
Fuentes: TelAm, PáginaI12

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