sábado, 5 de octubre de 2019

Antonio Arnaldo Pasquali Greco 1929 - 2019

Falleció en la ciudad de Reus en Cataluña, España. Es recordado por su gran trayectoria profesional y su obra "Comunicación y Cultura de Masas"; a los 18 años llegó a Venezuela

Antonio Arnaldo Pasquali Greco, reconocido como maestro de la comunicación social, falleció este sábado cinco de octubre a sus 90 años.

Según la información de la periodista Socorro Milagros, el insigne comunicador murió en la ciudad de Reus, en Cataluña, España. Aunque nació un 20 de junio de 1929 en Rovato, Italia, la única nacionalidad que poseía era la de venezolano.

El maestro Antonio Pasquali Greco, reconocido investigador y comunicador, italiano de nacimiento y venezolano por naturalización. Pasquali, citado por todo estudiante de comunicación con su obra “Comunicación y Cultura de Masas”, deja un importante legado en torno la libertad de expresión.

El maestro llegó con 18 años a Venezuela para luego convertirse en un gran comunicólogo. Su último trabajo editorial publicado fue “La Comunicación Mundo” en el 2011.

Pasquali desarrolló toda su actividad académica en la Universidad Central de Venezuela (UCV) hasta su jubilación en 1978.

Antonio Pasquali, el comunicólogo: la vida sin nostalgia
Por: Guadalupe Burelli
La primera vez que le hablé a Antonio Pasquali de entrevistarlo no se mostró muy convencido. Estaba escaso de tiempo, se acercaba la navidad y con ella la preparación de los platos rituales, y recordar sus pasos era un ejercicio que le era ajeno y no parecía hacerle demasiada gracia. Pero cuando luego me propuso que hiciéramos la entrevista a través del correo electrónico acepté de inmediato el cambio de señas, porque era atractiva la idea de dialogar cibernéticamente con un comunicólogo de su importancia. En definitiva ¿qué diálogo puede ser más contemporáneo que ése? Quizás el «chateo», que ocurre en tiempo real. La experiencia terminó siendo muy buena y creo que logramos mantener el ritmo de diálogo que permiten las entrevistas cara a cara. Después de todo –me atrevo a decirlo– el que más disfrutó fue Pasquali, y ahora, espero que sus hijos y sus nietos para quienes –me confesó– había dedicado este ejercicio nemotécnico.

¿Dónde y cuando nació?
Nací el 20 de junio de 1929 en Rovato, un poblado pedemontano del norte de Italia, en Lombardía, vetusto baluarte de frontera de la República véneta con el condado de Milán, y desde siempre mercado de ganado. Pese a ostentar en su escudo de armas el mismo elegante león de San Marco, en familia lo llamo –con mil excusas– un pueblo de mierda, y no por masoquismo, sino por el recuerdo más pertinaz de mi primera infancia: miles de vacas trashumantes que cada verano eran llevadas a pie a pastar a los Alpes y traídas luego de vuelta, dejando su calle principal recubierta de bostas por varios días. También me ha dejado recuerdos menos rabelaisianos. Al tener, por ejemplo, la insólita característica de estar recostado de una colina morénica que abandonó en plena llanura la última gran glaciación, desde su cumbre, en los más cristalinos días de diciembre, el espectáculo de cuatrocientos kilómetros de arco alpino recubierto de nieve es sobrecogedor.

¿A qué se dedicaba su familia en Italia antes de venir a Venezuela?
Mi madre era «rovatesa» de pura cepa, mi padre no y bastante nómada, como hijo de un farmacéutico que había ganado por concurso farmacias, en un pueblito de los arrozales piemonteses (donde naciera), luego en una ciudad alpina y finalmente en Rovato. Mi madre siempre fue del hogar. Mi padre, el factotum (administrador y agente viajero) de una pequeña empresa agrocomercial de provincia, que le permitió disponer de uno de los primeros teléfonos de manivela y de uno de los primeros automóviles del pueblo. Se caló la Segunda Guerra Mundial completa con las tropas alpinas; resultó herido en Rusia, fue reclutado luego por la efímera República de Saló y enviado al frente al norte de Florencia, lo que aceptó con estoicismo y sin titubeos en la creencia absoluta -se lo oí repetir decenas de veces- que era la única manera de evitarle a Italia un feroz tratamiento modelo Polonia o Yugoeslavia de parte de los enfurecidos alemanes.

¿Cuándo y por qué vinieron?
Soltado de un campo norteamericano de prisioneros de guerra a las pocas semanas de concluida la guerra, con su empresita pueblerina vuelta ceniza por una bomba incendiaria, oyó hablar de la búsqueda de inmigrantes en embajadas latinoamericanas, y se presentó con algunos colegas a la de Venezuela en Roma. A los pocos meses estaba en Paparo de Barlovento, de director de la Comunidad Agraria Miranda número 1, una de las que creó el gobierno de Gallegos, y a la que trajo posteriormente casi cien familias de campesinos italianos. En cuanto se le despejó la situación, nos trajo a mamá, a mi hermano menor Agustín y a mí; mi hermana mayor, Sandra, recién casada, llegó más tarde. Llegamos a Puerto Cabello con el vetusto Lugano, siempre al borde de un accidente mayor, el 18 de febrero de 1948.

Llegó entonces usted a Venezuela de casi veinte años. ¿Qué hacía en Italia en aquel momento?
Llegué teniendo 18 años y medio, la misma edad de Henri Kissinger cuando llegó a Estados Unidos, pero él terminó siendo canciller y yo no… ¡qué broma! Estudiaba segundo año de Liceo Clásico, y pese a todo vivía una explosión de adolescencia feliz tras una niñez marcada por una terrible guerra, con indigestiones de jazz y películas americanas, mucha bicicleta, descubrimiento de pasiones, cigarrillos y eros, y saber que pronto, cualquier día, comenzaría para mi una vita nova en un país de vagos contornos pero que me impondría un plexo de decisiones morales, intelectuales y afectivas.

¿Cuál fue su última imagen de Italia al partir?
No tengo grabada ninguna imagen particular de país natal y abandonado, y le diré de una vez -desde luego mi vida de viajero, en gran parte profesional, me ayudó a banalizar los lugares-, que entre los valores que cultivo en medida mínima o nula están la añoranza y la nostalgia topográficas, esa saudade decimonónica hoy obsolescente y como esterilizada por la omnipresencia de lo icónico, la telefonía, los jets e internet. Prefiero una y mil veces vivir disparado al futuro, y en lugar de encanallarme zapando la huerta de los recuerdos o llenando álbumes de fotos, responsabilizarme a tiempo pleno del mundo que dejaré a mis sucesores. Una vez fui casi ex profeso a Cáceres, España, a meditar el tema en aquella ciudad inventada por colonizadores enriquecidos y añorantes de retorno, hoy fantasmal; en cuanto traspasa el umbral de la normalidad, la nostalgia del tópos, del lugar-raíz, huele a cementerio, a miedo a la adultez, a terror del porvenir. Creo que los inmaduros e inseguros de toda borda hacen de su vida un incesante regressus ad uterum, viven mitificando gentilicio, lugar de nacimiento y héroes ancestrales para sentirse guapos y apoyados.

¿Y cómo se sintió ante el mundo desconocido que lo aguardaba? ¿Cuáles fueron sus primeras impresiones de Venezuela?
Es la primera vez que me formulan y me formulo una pregunta así, acostumbrados como estamos a encontrarla en contextos digamos más frívolos. Reconozco ante ella que el estereotipo de lo real maravilloso, ya tan manido y poco significante, es como ineludible en casos como el mío. Usted soltó la pregunta, aguánteme ahora mi personal Macondo: hacia 1951, trabajé año y medio en Grabados Nacionales del Cementerio codo a codo con García Márquez, él en el fotomontaje de Momento, una revista de Plinio Mendoza, yo de Venezuela Deportiva, y algo debe habérseme pegado por ósmosis.

Mis primerísimas y más o menos trascendentes impresiones fueron un vomitivo viaje en autobús ARC de Puerto Cabello a Caracas, unos cinco días en el hotel La Torre, diagonal con Catedral, que mi padre aprovechó para sus visitas a la Corporación Venezolana de Fomento y probarse un traje en la Sastrería Morreo, un policía que me hizo desistir de mi intento de cruzar la Plaza Bolívar en shorts, algunos recorridos por el mercado de San Jacinto -una de las mejores radiografía de la Caracas de 1948-, un viejito que vendía miel en Gradillas gritando a voz en cuello mier…dabeja y otras estampas así. Las paredes del país entero llevaban la misteriosísima inscripción Lalo estuvo aquí, y la pieza musical del momento, imborrablemente grabada en mi memoria dura, era La múcura está en el suelo, mamá no puedo con ella.

Paparo, donde pasé seis meses hasta comenzar clases, incorporó a mi vida, para usar un símil, el mundo del aduanero Rousseau: los ojitos de las babas brillando de noche en el caño Perucho, un trozo de agua mala tirado en la arena que dejó su mancha en mi espalda de por vida, el taquetaque de grandes jaibas azules paseándose insolentemente por el piso de cemento bajo mi chinchorro, una nevera de kerosene que le dio por incendiarse una noche, perezas y culebras, rugientes araguatos y escurridizas iguanas. A unos doscientos metros, entre la casa y la playa, aún pasaba dos veces diarias el trencito de muñecas El Guapo-Carenero. Transcurrí una vez una luminosa y tórrida mañana en la estacioncita de Carenero atestada de sacos de cacao; el piso estaba literalmente recubierto de semillas pisadas, fermentando y despidiendo un aroma tan profundo, conminatorio y pasional que igual terminó por incorporarse, feliz y definitivamente, a mi DNA.

Sin duda, su Macondo personal. ¿Cómo se produjo su retorno a clases?
Fueron los dos últimos años de bachillerato en humanidades (1948-1950), que me salieron por equivalencia y a los que incumbió un rol protagónico, si así puedo decirlo, en la nacionalización de mi espíritu.

Mi padre, un laico blando, había decidido irse por lo sólido e inscribirme a 4 año, como externo, en el Liceo San José de Los Teques, el del gran Padre Ojeda que medio país conoció. Ese colegio era excelente, su profesor de matemática y médico del pueblo fue el único ser en la tierra que me hizo amar la trigonometría ¡el colmo!, mientras la señora Casado, en cuya pensión vivía, me iba enfermando el estómago con sus incesantes huevitos en manteca los tres cochinitos. De entre los numerosos compañeros de clase, trabé una sólida amistad, que perdura, con el tequeño Gustavo Coronel. Su bella hermana Cristina, sus apacibles padres -su papá era director de Correos-, la sombreada casa de tinajeros y helechos, el aire de pulcritud, honestidad y serenidad que allí reinaba, fueron construyendo en mi espíritu una suerte de modelo de familia venezolana clase media depositaria de sólidos valores con el que yo me identificaba totalmente, y en el que veía el núcleo duro de un latente y mucho mejor destino nacional.

El año siguiente, mi 5 año de Humanidades en el Liceo Andrés Bello, remachó en mi alma aquella transición interior. Eran los años en que los ministros de educación podían declarar, con orgullo y sin mentir, que el peor liceo público del país era mejor que el mejor de los privados. Nuestros profesores eran gente como Edoardo Crema, Ernesto Mayz Vallenilla, J.L. Salcedo Bastardo o Dionisio López Orihuela. Entre mis compañeros: Marisa Kohn, Luisa Alvarez, Haydée Castillo, Isabel Bustamante, Alberto Rosales, Luís Aníbal Gómez, Gustavo Coronel, Guillermo Sucre, Ovidio Pérez Morales, Isidro Morales Paúl y Francisco (Paco) Alvarez, todas personas maravillosas que ignoran cuánto yo les debo. Hicimos hasta un periódico, Espiral, del que logramos sacar, creo, tres números. Yo vivía en aquel entonces en una pensión de la urbanización San Antonio, en la que también se hospedaba el estudiante de Economía Armando Córdoba, y de noche me venía en bicicleta a la esquina de Ferrenquín a ganarme diez bolívares como corrector de pruebas de El Gráfico, el periódico copeyano.

Esos dos años de bachillerato criollo, con tan extraordinarios profesores y compañeros, fueron desde luego para usted un acelerador de muchas cosas. Su inclinación por la filosofía ¿venía de atrás o nació en ese contexto? Cuénteme algo de su vida universitaria y de lo que hizo en aquellos años.
Sí, de verdad que fueron años, situaciones y encuentros realmente excepcionales, pese a que debutaba la dictadura perezjimenista. Guillermo Sucre los ha recordado con afecto y generosidad en un artículo de El Nacional del 19 de diciembre de 2004: «1950 en el Andrés Bello».

Mi ingreso a Filosofía –otra pregunta que nunca me hice–, se debió, pienso, a una mezcla de inclinación personal con el hecho, público y notorio, que la Escuela de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras era en aquel entonces un poderoso faro del saber que descollaba muy por encima de cuanto la rodeaba.. Pudiera hasta decir, sin temor a equivocarme, que fue por años uno de los tres grandes puntos de referencia intelectual de Latinoamérica: Buenos Aires con Risieri Frondizi y Rodolfo Mondolfo, México con José Gaos, Alfonso Reyes, Eugenio Imaz y varios más; Caracas con Granell, Pérez Enciso, Moles Caubett, García Pelayo y Juan David García Bacca. El único handicap nuestro fue no disponer, como Argentina y México, de un poderoso sistema editorial de respaldo; la ilustre diáspora española de México tradujo en esos años inter alia todo W.
Dilthey y todo N. Hartmann, proporcionándole al castellano, con Gaos, la traducción de Ser y tiempo de Heidegger en 1950 ¡quince años antes de la primera versión al francés por Gallimard! Pese a su asistematicidad, pondría a García Bacca un peldaño por encima del propio Ortega y Gasset. Su excepcionalísima riqueza de conocimientos, experiencias de vida y lenguas, sus complejidades, sensibilidades, donaire y pluma marcaron de manera indeleble a todos quienes tuvimos el privilegio de escucharle cuatro años de cursos.

De la UCV me cabe decir públicamente que fue para mí el alma mater, la madre generosa en todo el sentido de la palabra. Me dio, no sólo una envidiable formación filosófica, sino también una beca estudiantil de OBE de ciento ochenta bolívares mensuales en momentos de vacas flacas para mi familia; luego, una ayuda que me permitió doctorarme en París, una vida profesional en ella, dos años sabáticos y un Doctorado honoris causa, facilitándome además, en 1974, la realización de un sueño: la creación del primer Instituto latinoamericano de Investigaciones de la Comunicación, el Ininco. Durante el primer año y medio de la carrera recibí clases en San Francisco, algo que también deja huella. Las veces que me ha tocado ir a alguna de las Academias hoy allí hospedadas, paso solapadamente delante de las que fueran mis aulas, y le juro que vuelvo a oír las voces de Crema hablando de asociacionismo o de García Bacca comentando El Banquete. Eran los años que precedieron la explosión educativa, en toda América Latina no había más que doscientos veinte mil estudiantes universitarios, cuando hoy Venezuela tiene 750 mil y la sola UNAM de México más de millón y medio. Luego, vino la Ciudad Universitaria donde fui Preparador desde 1953 de Gastón Diehl, un alsaciano al que mucho debe la historia del arte nacional, y establecí sólidos nexos de trabajo y amistad con Juan Nuño, Eduardo Vásquez, Ernesto Mayz Vallenilla, Germán Carrera, Alberto Rosales, Pedro Duno y Federico Riú, sobre todo con este último. Con un grupito de los citados sacamos, en los ’60, Crítica Contemporánea, una revista que dejó cierta huella y del diseño de cuya portada fui autor. Luego, el trabajo, a partir de la huelga de 1952, como periodista deportivo, ¡qué le parece! y la amistad con Sergio Antillano, un señor de la prensa -en su alma más profunda él era un gran crítico de arte-, que me transmitió un fuerte y educado amor por el periodismo. Vivía en el hotel Klindt, Llaguno a Cuartel Viejo: diez bolívares diarios la pensión completa. Incontables domingos bajé derecho al teatro Municipal -no era infrecuente cruzarse con el maestro Sojo, blanco, bigotudo y perennemente vestido de negro-, a escuchar música. Sin Incibas ni Conac, todo lo más granado del universo musical, digo todo, pasó en aquellos años por la Caracas de Fantasías dominicales: Furthwangler, Bahaus, Ella Fitzgerald, Klemperer, Duke Ellington… Alguien nos tendrá que explicar cómo en aquel país con presupuestos de cuatrocientos millones de dólares anuales -hoy son de treinta mil millones- había más alegría, mejor calidad de vida y más confianza en el futuro que ahora. Vi tumbar el Majestic y, a la vuelta de la esquina, cómo los bulldozer de Pérez Jiménez destripaban esa modesta pero admirable joyita de la arquitectura civil colonial que fue el Colegio Chávez. Me gradué en 1955 y me fui dos años a París, ya con una hija de ocho meses.

¿Cuándo comenzó a dar clases?
Comencé a dar clases y ganarme la vida inmediatamente que volví de Francia; en los colegios La Salle del Centro, Hertz Bialick en San Bernardino y Guadalupe en Sabana Grande. Inmediatamente después del 23 de enero de 1958 ingresé a mi propia Facultad.

¿Cómo nació su interés por la Comunicación, la disciplina por la cual se le conoce más?
Mis intereses académicos y profesionales parecieran configurar, desde fuera, una suerte de doble vida: durante un cuarto de siglo fui titular de la cátedra de Filosofía Moral y, simultáneamente, fundador de los Estudios de Teoría de la Comunicación en la Escuela de Comunicación Social y creé además el Centro Audiovisual del Ministerio de Educación. No hay tal doble vida, menos aún ínfulas de abarcar mucho. Desde que me profesionalicé en ambas disciplinas, supe que no había en ello la menor contradicción o incongruencia: reflexionar sobre las normas que rigen la praxis y sobre el hecho comunicante es enfocar desde dos ángulos distintos un solo y mismo hecho, la humana relacionalidad. La norma moral -lo único realmente irrenuncialbe, decía Descartes- rige nuestras relaciones con el Otro, y por eso el filósofo más grande de la humanidad, Platón, sentenció que la virtud moral suprema es Díke o la Justicia, una virtud relacional. El hecho comunicante -hoy lo sabemos con cierta claridad- es la relación ontológica fundamental sin la cual ningún plexo social puede constituirse: sin saber del otro no hay sociabilidad, ni habría perfeccionado el cerebro una de sus cuatro funciones capitales, la de producir lenguajes.

Todo comenzó con un amor inicial al Cine, el lenguaje icónico de nuestra época, del que quedan por ahí mis arqueológicas críticas de El Nacional, que pronto me quedó corto por intuir primero, que debía instaurarse una más fundamental reflexión morfológica, semiológica, psico-social y política capaz de abarcar todas las formas, lenguajes y técnicas de la comunicación y segundo, que imperaba en la materia una espantosa confusión terminológica, a subsanar. Escuché en París los cursos de Filmología en la Sorbona; esa disciplina se quedó sin porvenir pero las clases eran dictadas entre otros por Jean Wahl, Moscovici, Merleau-Ponty, Georges Sadoul y Edgar Morin. Morin nos leía los capítulos en construcción de su esplendoroso Le Cinéma ou l’Homme imaginaire, y con él trabé una buena amistad. Creo que ellos también buscaban algo parecido. A los tres años de regresar tenía algo que decir al respecto, me refiero a Comunicación y Cultura de Masas, cuya primera edición es de 1960.

Volvamos un poco a lo familiar. Usted tuvo una inserción veloz en el país, desdibujando rápidamente su condición de inmigrante. ¿Le sucedió lo mismo a sus padres y hermanos, o la vida social de los Pasquali se desarrolló en el ámbito de otros inmigrantes?
Aceptaría su primera conclusión, de la inserción veloz, con bemoles. Usted toca ahí un tema capital en Latinoamérica, un subcontinente estratificado por cinco siglos de inmigración. Es un gran tema poco explorado en nuestra literatura, con la gran excepción, obviamente, del esencial y muy existencialista Mi padre el inmigrante de Vicente Gerbasi, un tema que es, por ejemplo, el hilo conductor de Santo Oficio de la Memoria de Mempo Giardinelli, premio Rómulo Gallegos.

Para clasificar casos como el mío he inventado una categoría sociológica que ofrezco gratuitamente a todo el que quiera usarla, la de «generación cero», donde cabrían todos quienes, aún jóvenes, pasan a vivir a otro país sobre la base de una decisión de emigrar no tomada por ellos sino por sus familiares, superiores, etc. Sobran estudios referidos al comportamientos de la primera generación nacida de padres inmigrantes, su frecuente rechazo de los valores familiares y su afán ansioso y mimético de ser percibidos como un local -quien comenzó a bregar la independencia de la Nueva España, pero claro, era un mestizo, fue el mismísimo hijo de… Hernán Cortés. Estimo intuitivamente, faltaría comprobarlo, que la «generación cero» es anómala respecto de la primera generación, queda atrapada en un limbo que cada quien vive a su manera, como un medio purgatorio o un medio paraíso, una esquizofrenia o una riqueza. Traducido a primera persona: creo haber vivido con normalidad mi limbo, nunca sentí la necesidad de ponerme liquiliqui ni tampoco de refouler o, por el contrario, de alardear de mi juventud italiana. Inscribí en el Colegio Agustín Codazzi a mis primeros cuatro hijos para asegurarles el dominio de un segundo idioma cercano, pese a que desde octubre de 1948 llevaba una vida de inmersión total en lo venezolano. Me nacionalicé en 1955, tuve dos esposas venezolanas y me fui a doctorar a Francia por ofrecerme un ambiente docente e intelectual más interesante que el italiano, pero quise que mis hijos pasaran un año sabático en Florencia. Por haber escogido carreras científicas o por otras razones, todos ellos terminaron finalmente, ironías de la vida, por hacer sus postgrados en Estados Unidos y en Inglaterra. Hace once años perdí un hijo mayor, de una enfermedad incurable. Una crueldad casi insoportable, prefiero no hablar de eso, él me está leyendo. Drama aparte, soy un padre y un abuelo realizado y satisfecho. Mis cuatro hijos y mis cinco nietos son gente no problem, sólida, exitosa y sensata, de todos ellos estoy orgulloso. Cuando mi primera nieta violinista, su abuelo paterno fue Marcos Falcón Briceño, me toca una partita de Bach, siento que la vida, pese a todo, ha sido bien generosa conmigo.

Mis padres, y parcialmente mis dos hermanos, sí llevaron una existencia algo más cercana a la llamada «colonia italiana» y a algunas de sus instituciones. Mi padre murió en el 67, de las consecuencias de su herida de guerra, mi madre le sobrevivió treinta y dos años, hasta sus noventa y siete. Mi hermano menor vive en Caracas, mi hermana mayor y su esposo se fueron a vivir a Miami con un hijo profesor universitario de biología marina.

¿Cuáles son los signos de «italianidad» en su hogar hoy?
Signos de italianidad subsistentes: tal vez en los muebles y decorado del apartamento, o en la necesidad de cultivar algún pequeño lujo inútil pero gratificante, o el Renacimiento como referente permanente. En materias culinarias, Dios mediante, soy un ecléctico, pero aborrezco la fusión. Entre estudios y Unesco he pasado casi once años de mi vida en Francia, mis principales patrones gastronómicos son pues franco-italianos, las dos mejores cocinas occidentales ¿no está mal, no?

¿Cuál es su lengua madre?
Creo que lengua madre es término ambiguo y finalmente insuficiente. Los vocabularios lo definen como la lengua que se aprende de la madre o la lengua de la madre patria, para mí pues el italiano en ambas acepciones. Pero el pensar y no sólo del poeta -y yo me adhiero a esta teoría gnoseológica y lingüística- es buscar palabras, la palabra más adecuada y pertinente para connotar realidades y espiritualidades, hurgando en el acervo terminológico de que se dispone, o sea en nuestro vocabulario mental, que para mí sería entonces la verdadera lengua madre de cada cual. Si fuere a escribir una novela, por ejemplo -no se asuste, no lo haré- presumo que lograría expresarme con cien por ciento de satisfacción en castellano, setenta y cinco por ciento en francés y cincuenta/sesenta por ciento en italiano. ¿Será entonces más bien la verdadera lengua madre aquella en la que uno piensa y que le brota cuando busca arropar en lenguaje lo pensado? Si uno tiene además la suerte de manejar tres o cuatro idiomas, su lengua madre las contendrá un poco todas, y yo agradezco por ejemplo al francés el prestarme a menudo la distinción savoir/sagesse que no tenemos en castellano, al portugués su saudade, al italiano su vocabulario musical y gastronómico, o al inglés su insight.

Ya que usted mencionó comida y además es miembro de la Academia Venezolana de Gastronomía, cuénteme cómo y cuándo comenzó ese interés. ¿La gastronomía era algo importante en su familia?
No, en mi familia el amor al buen comer era innato aunque modesto en sus pretensiones, como en toda familia clase media del norte de Italia. Esa es la parte de la bota en cuyas pequeñas cortes del Renacimiento, contrariamente a ciertas creencias, nace la gran cocina italiana: siete de sus nueve más importantes incunables salen a la luz de Florencia para arriba. La primera obra de cocina impresa en el mundo, De Honesta Voluptate et Bona Valetudine es publicada en 1474 por Bartolomeo Sacchi llamado el Plátina por haber nacido en Piádena, un caserío cremonés a unos 30 kilómetros de mi pueblo natal. No hago esta citación por pedantería, sino para rendirle un homenaje más a quien considero todo un símbolo aún válido del moderno humanismo: escribía en griego, latín y vulgar, llegó a insultar de persona a uno de los omnipotentes papas de la época, Pablo II, por algo que consideraba injusto y lo pagó con tortura y un año de cárcel en el Castillo de San Angel, pero su ingenio era tal que el sucesor Sixto IV le confió el encargo más prestigioso de su época: prefecto de la Biblioteca Vaticana. Hace quinientos cincuenta años, un hombre así se atreve, sin temor a rebajarse ni menoscabar su prestigio, a publicar por primera vez en el mundo, y en vulgar, ¡un tratado de cocina! ¿Qué tal?, como dicen los pavos. ¿Y qué me dice de ese atributo imperecedero conferido al buen comer, una «honesta voluptuosidad»?

Volviendo al hogar: lo que sí recibí de mis padres, por goteo y sin comentarios culteranos, fueron lecciones indirectas de alto aprecio a la calidad. En mi pueblo la buena carne era un culto, pero aún recuerdo cuando papá traía de algún viaje otoñal a Piemonte un rústico bojotico de papel con dos o tres trufas blancas que perfumaban toda la cocina hasta caer en copos una noche sobre un risotto, o un vino fuerte que se mandaba traer del Sur en damajuanas, o mamá despachándome en bicicleta a comprarle a una vecina ganadera un kilo de mantequilla recién traída de los Alpes donde tenían las vacas pastando, envuelto en hojas de higuera y que sabía a gloria… Ése es mi «puesto de las fresas» donde seguramente brotó mi afecto al buen comer.

¿Cocina siempre o es un chef ocasional? Por ahí se habla de sus hallacas de langosta… ¡en la aldea global nada es secreto ya!
Ocasionalísimo, y luchando eternamente contra el sobrepeso. La diferencia entre los profesionales y nosotros los amateurs, por cultos que seamos, es que nos moriríamos, así de sencillo, si la mañana siguiente de ofrecer una cena a los amigos nos tocara levantarnos a preparar otra, y otra, y otra…

Mis hallacas de langosta, que elaboro con una hija más propensa que las otras a la «honesta voluptuosidad», son magníficas, pero no presumo haber inventado la pólvora: en partes de Oriente se preparan hallacas de cazón, o de mero. Receta: masa sin onoto amasada con un gelatinoso fumet de pescado, preparar un excelente guiso con 100 gr. de cazón por persona, salado y no salpreso, como lo manda el maestro Armando Scannone; depositar en el centro de cada hallaca un medallón de langosta flambeado al coñac. Todo el resto según rutina.

Sin embargo, déjeme precisarle que yo privilegio la repostería, el capítulo más moderno de la cocina, y más específicamente la del chocolate. Amar el chocolate y vivir en Venezuela es algo así como estar instalados en el Edén, en el jardín de las Hespérides, en el Shalimar de su propio placer.

Los «picos finos» son generalmente ricos en anécdotas gargantuescas. Cuéntenos una de las suyas.
Inmediatamente. Un diciembre de comienzos de los años sesenta. A Federico Riú y a mí nos separaban dos pisos apenas en el mismo edificio. Su insistente mitificación del «pueblo de cerdos de mi madre«, en la provincia de Lérida, me dio la prosaica idea de asar un lechón navideño que compartiríamos. La escogencia de la víctima, en La Candelaria, fue un paseo. Canónicamente adobado, con su manzana roja en la boca, lo bajamos a la panadería de la esquina para que por favor nos lo hornearan. Qué pena -nos dijeron los amigos portugueses panaderos- nos encantaría, pero tenemos hornos italianos de boca estrecha, no pasa. Depositado el animal en la maleta del carro, comenzamos un ruleteo de horas, en círculos excéntricos, por las panaderías del barrio y aledañas. Todas, lo que se dice todas, tenían horno italiano de boca estrecha. El pánico comenzaba a cundir. El último portugués de la serie, apiadado, nos contó haber oído hablar de una panadería en Baruta que sí tenía un viejo horno de boca grande y redonda. Al cuarto de hora estaba localizada; sí nos hornearían el cerdito pero… había una cola como de veinte metros en la calle, esperando turno para la entrega de su animal: un espectáculo medieval de corderos, pavos y cerdos. Por media hora sostuvimos estoicamente la bandeja del puerco bajo un sol inclemente. Pero fortuna fortes adjuvat; ningún conocido pasó por ahí, nadie pudo echar el cuento de haber cazado a los titulares de las cátedras de Métafísica y de Filosofía Moral de la Universidad Central de Venezuela, en una cola en Baruta, cargando un cerdo en bandeja.

¡Una escena de cine! Dos preguntas que no quiero dejar en el tintero. Primera: por sus posiciones sobre todo en cuestiones de comunicación, usted ha sido acusado alternativamente de derechista y de izquierdista. ¿Qué es usted políticamente hablando?
Soy un geminiano atípico, poco volátil y mutante. Desde que tengo uso de razón política soy un demócrata de izquierda, miembro virtual de una inexistente ala izquierdista de Acción Democrática o algo así. Actualmente formo parte del Comité Directivo de Izquierda Democrática. Pregono la necesidad para el país de un tercer polo comunicacional, ni gobierno ni empresarios, un verdadero Servicio Radiotelevisivo Público no gubernamental. Por eso me han odiado tanto los gobiernos como los empresarios de los medios, con toda clase de acusaciones y amenazas, en una ocasión incluso de muerte cuando el Proyecto RATELVE en 1974, año en que por cierto trabé una sólida amistad con Juan Liscano que duró hasta su muerte. También creo que la Venezuela política, tan generosa con las diversas capas de inmigrantes que la poblaron, ha, sin embargo, cometido el error histórico, por inseguridad, acomplejamientos o qué sé yo, de no conferir rápidamente status político a los inmigrantes que recibía, lo que hubiese acelerado muchos procesos evolutivos. El mejor gobierno de la democracia fue el del primer CAP. Creo que el mundo actual es gobernado por peligrosos halcones y que hay que restaurar la tolerancia en la tierra y en el país. Aborrezco por igual el paneconomicismo y el populismo a lo Julián Pacheco que nos agobia. No veo más caminos políticos que el de humanizar seriamente al capitalismo con democracias fuertes y sensatas, al estilo escandinavo. Soy optimista, siento que Venezuela volverá a ser un país de buena referencia en América Latina.

Entonces, una pregunta intermedia: ¿No le parece bastante insólito su optimismo al pretender vislumbrar, sin quimeras de por medio, un futuro de democracia liberal y fuerte contenido social al estilo escandinavo? ¿Qué razones tiene para sentirse así?
Primero, porque en Venezuela se acumulan absolutamente todos los «fundamentales», como dirían los banqueros, para ser la Suecia de Suramérica y hasta más: inmensos recursos del primario, inmensa producción de energía, inmensos caudales hídricos, inmensas reservas de biodiversidad, clima benigno. Segundo, porque con retoques, mejor selección y buen talent scout, su propia población está preparada, con pocas excepciones, para gerenciar un país mucho más desarrollado que el actual: tenemos más universitarios por mil habitantes que Francia.

Queda el problema político, pero seamos un poco hegelianos: todo lo real es racional; hasta el chavismo, si cabe, ha venido a llenar, estrambóticamente, un papel histórico, el de drenar retenidas acumulaciones de resentimiento social. Actualmente afianzado en una bonanza petrolero-tributaria sin precedentes, terminará por vaciarse de contenido pero nos habrá permitido alcanzar un estado superior de madurez, en que podamos pasar a la síntesis de muchas componentes de la nacionalidad. La cultura nacional, por ejemplo, contiene un ininterrumpido filón racionalista, de Vargas a Razetti a Gil Fortoul, Caracciolo Parra, Mario Briceño Iragorry, Picón Salas, Fernández Morán, Raúl Villanueva, Soto o Cruz Diez, siempre más o menos elegantemente marginado, que deberá entrar impetuosamente en dicha síntesis hasta lograr la transformación del país. En todo este proceso, el surgimiento de fuertes líderes políticos de nueva generación será crucial.
La segunda pregunta, entonces: usted, un conocido comunicólogo, me impuso realizar esta entrevista por medio del vaivén del e-mail, lo que ahora considero un éxito, y quisiera que nos explicara la fascinación de la juventud actual por el inacabable chateo escrito por SMS, e-mail y messenger.
Comprendo su asombro, ¡figúrese yo que usé los teléfonos de manivela y los interruptores de perilla! Las generaciones nacidas después del desembarco del hombre en la Luna están en otra galaxia tecno-cultural. Mi último hijo que estudia en Londres y es un fanático del fútbol, cada vez que hay un partido que se transmite acá y no allá, me contacta por Messenger, me pide le solicite asistencia remota, toma el comando de mi computadora mientras yo me quedo sentado a ver como mueve mi flechita, instala el programa de fútbol en el recuadro de la imagen web-cam, se lo transmite a sí mismo y se apoltrona en su cuartucho de Balham a disfrutar full pantalla un partido completo que se juega en Milán y le llega en tiempo real vía Caracas.

Con relación al problema que usted plantea. Primero: démosle gracias a Dios por esas tecnologías que -pese a su invención de abreviaturas, emoticones, etc.- han venido a reforzar el escribir y el leer, muy seriamente amenazados por lo icónico. Pudiera parecer una actitud estúpidamente conservadora, y no es así. Al cerebro humano le tomó cientos de milenios llegar a generar abstracciones conceptuales y palabras que las expresaran. Eso queda inscrito en nuestro ADN, en nuestro sistema nervioso, in principio erat verbum. Es el máximo milagro del que somos capaces, el único camino aún abierto para que el hombre, como decía Teilhard de Chardin, llegue a ser sicut Deus -los pesimistas opinan que nos espera un futuro en que los parias sólo serán alimentados con imágenes, y la lectura- escritura volverá a ser un privilegio de los iniciados amos del mundo-. Al pronunciar o escribir un emisor la palabra «casa», el receptor realiza una vertiginosa operación mental que lo lleva al concepto de «casa», a la casa en abstracto sin ningún rasgo distintivo en especial. Todo icono o imagen de «casa», en cambio, es una concretísima casa con tales ventanas y puertas, de tal color y altura etc.; sólo se expresa a sí mismo, no remite a su concepto y no necesita ser interpretado en el código de tal o cual idioma, genera una inmediata percepción sensorial- afectiva más que conceptual-abstracta. La preponderancia de lo icónico en nuestra civilización está engendrando irracionalidad, sensorialidad y superficialidad, luego explotada por dictadores y manipuladores de toda laya, lo que lleva a considerar bienvenidas las tecnologías que refuerzan el uso de la palabra, la lectura y la escritura. Perdone usted la perorata.

Segundo: a abrocharse los cinturones todos. Nuestros SMS tan diestramente digitados por los jóvenes en sus celulares, nuestras sacudidas imágenes de Messenger, nuestra rudimentaria TV satelital y nuestro costosísimo discado directo internacional son apenas la antesala muy rústica de lo que viene en unos diez años más: banalización final del transporte aéreo a bajísimo costo, desaparición de la telefonía tradicional cableada, multimedialidad total gracias al Internet Protocole IP, rastreabilidad inmediata de todo ser humano por GPS, expansión exponencial y ya algo inquietante de las computadoras masivamente inteligentes. Hoy, la computación ya llegó al equivalente de un millardo de neuronas cerebrales -nuestro cerebro contiene cien millardos-, pero antes de mediados de siglo alcanzará una potencia de cálculo de 10 elevado a 55, contra 10 elevado a 16 apenas de la estancada computadora cerebral humana. ¿Qué pasará de ahí en adelante? ¿Se cumplirá la profecía de quienes aseguran que la inteligencia emigrará totalmente de nuestra materia gris hacia el escaparate de giga-computadoras autosuficientes, las cuales comenzarán a percibirnos como subdesarrollados estorbosos? ¿Llegarán ellas finalmente al asesinato y a la freudiana totemización de su padre el hombre?

¡Brrr!… Volvamos a algo más cercano a nuestras vidas actuales: enormes facilidades en desplazamientos y comunicaciones, globalización, el derribamiento de fronteras de todo tipo… ¿Qué sentido conservan palabras como país, nacionalidad, emigrar, inmigrante? ¿No será este mismo libro, dentro de poco, un arrebato nostálgico?
¡Qué buena pregunta! Creo como usted que ha comenzado una gran y acelerada transición hacia un reordenamiento del mundo, impuesta -pese a las apariencias- no ya por ideologías o religiones sino por sucesivas revoluciones tecnológicas y por una racionalización económica elevada a niveles delirantes y despiadados. La globalización, por ahora, tiene dos grandes concreciones reales: las Comunicaciones por un lado, que ya habían barrido fronteras aún antes de inventarse la palabra, y la Ecología por el otro: el águila de los grandes lagos norteamericanos y los alcatraces de las islas Midway llevan hoy en su sangre la misma carga de dioxina. La otra globalización de que alardean los economistas es muchas veces un mascarón de proa para justificar imperialismos económicos. Pero hay hechos irrefutables: el comercio internacional crece en forma indetenible, los turistas han llegado al millardo anual -un sexto de la humanidad, con previsiones de 1,56 millardos para 2020-, el monitoreo científico de la tierra ya incorporado a nuestra cotidianidad: ozono, tsunamis, terremotos, glaciares, grandes icebergs, cambios climáticos, la simple meteorología etc. borra a diario de nuestras mentes el concepto de país o frontera.

Tenemos, además, los vaivenes político-económicos. De receptora pura, Latinoamérica es hoy proveedora de emigrantes, y le diré de paso que la actitud de países como España o Italia -dos países que despacharon por el mundo a decenas de millones de emigrantes que le reportaron riqueza-, hacia sus inmigrantes de hoy me tiene absolutamente indignado y avergonzado. Los conceptos de país o nación, claro, han entrado en crisis; siendo hoy el primer valor en absoluto la calidad de vida, la gente tiende a desplazarse donde se la aseguran. Me impactó hace años, en lo peor de la crisis peruana, que más de la mitad de su población declaraba en una encuesta que hubiese renunciado a su peruanidad con tal de vivir mejor. Pero yo me cuidaría de dar por despachadas las nociones de país o nación, creo que a los pequeños no nos conviene. Esa invitación a darlas por obsoletas viene generalmente de los imperios hacia nosotros; ellos, los imperios, ni sueñan con abandonarlas. Oiga al último vástago de la serie Bush: habla de su país como de una nación elegida que habría recibido además la misión divina de salvar la humanidad. Pero no cabe duda de que vamos aceleradamente hacia una visión integrada del hombre que enviará a la chatarra semántica nociones como las de inmigrante y emigrante, reservándolas tal vez para quienes emigren a estaciones cósmicas…

Acépteme esta última pregunta: siendo una persona reconocida internacionalmente en lo académico y profesional ¿por qué no se dejó llevar por la tentación de trabajar en otro país? ¿Qué lo trajo siempre de vuelta a Venezuela?
Porque si usted lo hizo de buena fe, se cambia de nacionalidad una sola vez; porque eso de luchar para dejar a hijos y nietos un mejor país es para mí una finalidad esencial e irrenunciable; porque aquí tengo mis amores y amistades, mis vivos y mis muertos.
Esta entrevista fue publicada por primera vez en Prodavinci en 2009
“Que muera en santa paz el papel periódico”
Antonio Pasquali, filósofo y comunicólogo, es considerado el padre de los estudios de la comunicación en Venezuela y es de los patriarcas del Continente. Uno de los más eminentes y prolijos pensadores de las ciencias sociales pone al día su pensar sobre algunos de los temas mayores de su área
Por: Fernándo Rodríguez
Pasquali escribió en 1963 su obra más difundida, “Comunicación y cultura de masas”, libro de referencia desde entonces para estudiantes y profesionales de la comunicación social en América Latina. En 1974, fundó el Instituto de Investigaciones de la Comunicación (ININCO) de la Universidad Central de Venezuela y coordinó el Proyecto Ratelve, una propuesta de política de radiodifusión que impulsaba un modelo competitivo, complementario y planificado de radio y televisión pública.

Usted y su generación le han dado al país un esquema muy importante para manejar la política radioeléctrica nacional. Un sistema de TV y radio muy poderoso y creativo, manejado por el Estado y no por el gobierno de turno, espacio para la pluralidad y la libertad, y que pueda competir y derrotar al mediocre sector privado comercialista y anticultural. Una suerte de BBC tropical. Ha llovido mucho en el mundo en estos años, sobre todo tecnológicamente, y en el país ni se diga. ¿Cómo hay que actualizar este esquema hoy en día?
Más que en sus criterios esenciales, vería necesario actualizarlo en aspectos técnicos y de implementación. Hoy día hay frecuencias para todos, retransmisores capaces de cubrir los más recónditos rincones del territorio nacional, métodos de almacenamiento de enorme capacidad. Queda indemne el principio de que un país sin servicios radiotelevisivos públicos no-gubernamentales y no-comerciales, pluralistas y de calidad, es un país sin genuina democracia comunicacional, cuya democracia política es impedida de florecer por acaparamiento y manipulación de sus fuentes formadoras de opinión pública. Hay que seguir luchando para que Venezuela ingrese al club de los cincuenta países de la tierra con radiotelevisión de servicio público, club al que por cierto pertenecen (pocos lo saben), los propios Estados Unidos desde 1974.

¿Cuál es el futuro de la TV? Parece malherida, no digamos la local sobre la cual también se bate la censura y la crisis económica. Lo que sobresale de ella son las exitosas series, pero parecen más bien crear un camino paralelo, diferenciado, más cercano al video digamos.
Vamos por partes. Los avances tecnológicos han sido y serán vertiginosos y transformadores. A nuestra época le tocó además producir un asombroso salto de código. El primero en la historia cultural de la humanidad se produjo en Ugarit de Siria el siglo XIV a.C. con la invención del alfabeto que sólo codifica el habla. El segundo, en el siglo XX de nuestra era con el pase al dígito binario que todo lo codifica. En una generación hemos visto desaparecer o entrar en catalepsia al telégrafo, el télex y el fax. Otra historia es la de las agencias informativas, la prensa, el cine, la radio y la TV. Estos mediadores le narran al hombre el devenir del mundo de manera selectiva, jerarquizada, diacrónica, secuencial y por momentos poética; su presencia es cada día más necesaria si no queremos naufragar en océanos de mensajes sin balizas.

Lo que hay que salvaguardar es la multiplicidad de esas voces mediadoras, su pluralidad conceptual e ideológica. Por obra del avance técnico, los medios convergerán probablemente hacia alguna forma de multimedialidad, se adaptarán al progreso y a los gustos, personalizarán hasta lo inverosímil sus mensajes, pero seguirá habiendo canales que jerarquizan, opinan y producen mensajes para el leer, el escuchar y el escuchar-ver. Los peligros que acechan a la radio, la TV e incluso Internet, son de naturaleza económica: que terminemos teniendo medios de baja calidad, gratuitos y forrados de publicidad para el menesteroso, y otros de alta calidad y velocidad, de pago, para el pudiente, los llamados medios de dos velocidades.

A la radio y TV nacionales les espera un futuro muy en función de su pasado; ojalá un gobierno democrático y éticamente justo tenga la fortaleza de ánimo de pasarnos a la modernidad con fórmulas inéditas para el país.

Las famosas redes parecen cambiar todos los horizontes. Pero por ahora hacen mucho ruido, no acaban de decantar su perfil. Umberto Eco no las veía con muy buenos ojos, una especie de desaguadero de los peores mensajes, al menos por los momentos.
Lamento de veras que escritores y semiólogos que leo y admiro, Vargas Llosa y Eco, se hayan dejado llevar por equivocados y exagerados raptus nostálgicos, el primero, al afirmar que los jóvenes que chatean actúan como monos: el segundo, que el tuiteo es un pozo de imbecilidades. Personalmente no pertenezco a redes porque roban un tiempo enorme (me basta y sobra con el email) y porque casi todas ellas – está demostrado – colaboran con las policías y las agencias de espionaje norteamericanas. La actual e insistente invitación de Facebook, por ejemplo, a que todo el mundo incluya en su blog su propia foto de perfil, es casi seguramente una exigencia de la National Security Agency (NSA), cuya monstruosa memoria Cray Titan de 6 zettabytes, la más poderosa del mundo (6 billones 600 millardos de Gb, pero en ampliación por insuficiente) almacena y analiza toda comunicación humana. La realidad, está por otro lado demostrando, es que las redes y aplicaciones son más efímeras de lo imaginado. Twitter está en crisis y se habla de su posible bancarrota.

En edades prehistóricas, el primitivo gastaba meses en esculpir en la piedra mensajes esencialistas, en un mundo hipercomunicado, instantáneo y barato como el actual, es apenas normal que abunden los mensajes irrelevantes, la chatarra y el blablabla. Pudiéramos imaginar que, pasada la actual embriaguez comunicacional, la humanidad termine ingresando a una más adulta edad de la razón comunicante y reduzca a más moderadas cifras los actuales centenares de millardos de mensajes que se intercambian a diario.

Usted escribió un magnífico titulado “Del futuro: hechos, reflexiones, estrategias”. Algo lúgubre en cuanto a los peligros ciertos que acechan a la especie, pero también abierto a esperanzas sin límites, el hombre sicut dei. ¿Qué ha cambiado en estos años fogosos, de migraciones, terrorismo, Trump, crisis económica mundial?
Sí, lo editó Monte Ávila, a la sazón dirigida por Mariela Sánchez Urdaneta, en los comienzos aún tolerantes del chavismo, en 2002. Creo, lamentablemente, que en estos tres lustros no ha habido evidencia de una irreversible inversión de tendencia. Río, Kioto, París, las grandilocuentes conferencias internacionales sobre cambio climático sólo han producido decisiones más desiderativas que eficaces, casi todos los indicadores de contaminación y degradación de tierras, mares, aire y espacio extraterrestre próximo han empeorado. Los hombres se siguen entrematando como si nada por motivos a veces arcaicos que se creían superados. Por doquier gobiernan fanáticos y amenazantes halcones, con los “verdes” reducidos a la marginalidad. Pero también hay signos muy esperanzadores de cambio de mentalidad, de los que citaría el principal, el abandono universal, en unos dos decenios, de los combustibles fósiles no renovables (¡sólo nos quedan veinte años para “sembrar el petróleo” y cerrar el último pozo!), reforzado por feliz decisión reciente en ese sentido del coloso China. Esto, acompañado por un aumento exponencial de la energía verde en todas sus formas (solar, eólica, fotovoltaica, hidroeléctrica, geotérmica, biomasa, etc.) en las que el mundo invierte hoy unos 300 millardos de dólares al año, añadiendo entre 130 y 150 gigawatt anuales al parque de energías limpias, con países como Alemania, Italia y España que en días excepcionalmente favorables logran producir, de fuentes renovables, casi el 100% de la energía que gastan. Huracanes, tsunamis, deshielos, smog, inundaciones y calores abrasadores ayudando, confiemos en que la humanidad tenga un sobresalto de cordura y decida no perecer disciplinándose en materia de energías limpias.

¿Hay un renacimiento de la radio?
No, porque la radio nunca tuvo edad media, épocas oscurantistas, mermas de popularidad. Claro, hubo los radio times pre-televisivos celebrados por Woody Allen. Pero ella se instaló en la panoplia de medios hará pronto un siglo, para quedarse per saecula saeculorum porque concierne el puro oír, lo que se disfruta a plenitud sin comprometer el empleo de la vista. Desde la llegada de la FM ella acaricia el oído, desde que se encaramó en el IP (el protocolo internet) disponemos de facilísimo y gratuito acceso a decenas de miles de emisoras del mundo entero. Soy un radiómano (se nota, ¿no?), sobrevivo a las actuales penurias de la radio local escuchando en laptop o en smartphone la querida e insuperable “France Musique”. En Venezuela, emisores públicos y privados se han conjurado para asesinar la música clásica, hoy desaparecida; un real, y diría que insoportable, culturicidio. En Colombia se dispone de siete emisoras de música culta.

¿El papel morirá como soporte de la prensa y el libro?
Soy un comunicólogo, me irrita el coro de tragedia griega de tantas plañideras sobre la muerte del soporte papel, la pérdida del perfume y tacto del libro impreso. Que se muera en santa paz el papel, tanto mejor para los bosques y los equilibrios ecológicos. Vendrán soportes más tecnológicos, reciclables y duraderos, se talarán menos árboles. Nuestras elegías al papel que se va no son inéditas. A su predecesor, el pergamino, le pasó lo mismo en el siglo XIII cuando chinos y árabes irrumpieron con la pulpa de papel, un soporte más barato y menos noble que las pieles. Fue tal la alharaca que hasta mi admiradísimo y progresista Federico II tuvo un raptus conservador y en 1.250 exigió a notarios y jueces del imperio que desecharan el papeleteo y siguieran estampando sus actas y sentencias en sólido pergamino. El soporte papel habrá durado unos ocho siglos apenas, menos que otros; no era un buen soporte, demasiados libros hoy impresos en papel ácido tienen treinta años de vida como máximo. Lo que no debe absolutamente morir es la lectura en el soporte que fuere, porque ella es la base fundamental del progreso humano.

El gobierno chavista ha construido un aparato mediático de grandes dimensiones, bastante disfuncional según el rating, pero que podría ser la base de un futuro proyecto democrático.
El día que podamos dotar el país de una radiotelevisión de servicio público de calidad, pluralista y rigurosamente independiente de gobiernos, los ingenieros de telecom dirán si el bric-à-brac mediático montado por el chavismo (enorme y deshilachado, costoso y casi sin audiencia) sirve aun parcialmente para alcanzar la modernidad y la racionalidad en comunicaciones radioeléctricas, integrar redes, crear centros regionales de producción, poner el usuario y no la ganancia en el foco del interés profesional. De lo que sí es rigurosamente cierto es que los actuales concesionarios del Canal 5 deberán tener la entereza moral – y tengo el pálpito que la tendrán – de devolverlo a la nación; se trata de un bien público cedido por (el expresidente Rafael Caldera) a privados, violando leyes sobre la inalienabilidad de dichos bienes.

Es probable que el próximo gobierno democrático, si lo hubiese, deteste todo lo estatal y haga héroes a algunos medios privados (RCTV, a la cabeza), en todo caso los prefiera como los grandes escenarios públicos. ¿Ello no conspira contra el proyecto de un gran sistema público?
Sí conspira, desde luego. Opino que varios peligros asechan la viabilidad de un futuro democrático para el país y a fortiori el salto a una radiotelevisión moderna, democrática y de calidad, en que emisores públicos, privados y de proximidad (impropiamente llamados comunitarios) convivan en santa paz compitiendo por darle lo mejor al usuario. Uno de los peligros mayores es el que señalas: que el actual militarismo izquierdizante y corrupto deje tan asqueado el país que se produzca medio siglo de ostracismo para todo lo que huela a “izquierda” (cuando Venezuela necesitará más que antes una izquierda moderna y racional, honesta, fuerte y vigilante).

Otro peligro que lamentablemente veo acercarse, una especie de corolario del precedente, es el de una restauración pura y simple del país pre-chavista, mitificado cual edén a reconquistar. El pre-chavismo no fue un edén, su democracia estaba confiscada, su sistema radioeléctrico anticultural y arbitrariamente politizado, es más bien un anti-modelo a desechar para poner en su lugar una nueva radiotelevisión. He atacado siempre la labor anticultural y antisocial de los emisores privados y públicos, y lo seguiré haciendo, pero no soy en absoluto enemigo de la existencia de concesionarios privados porque creo en la función de watch dogs que les asignó Adam Smith; sólo les pediría que acepten convivir sin zancadillas con emisores públicos y de proximidad, con reglas del juego claras, todos teniendo como norte prestarle al usuario nacional servicios de calidad, culturalmente diversificados y respetuosos de todas las minorías en un ámbito de diáfano pluralismo.
Fuente: El Estímulo.com
Que se muera en santa paz el papel, tanto mejor para los bosques y los equilibrios ecológicos. Vendrán soportes más tecnológicos, reciclables y duraderos, se talarán menos árboles.
“Hay que cerrar las escuelas de comunicación y refundarlas”
Por: Albinson Linares
Corría el año de 1955 en París, donde pasaba de todo. Terminaban las reuniones para el fin de la ocupación aliada en Alemania, se realizó el Motor Show más grande de Europa (donde se presentó el popular Citroen DS), los vegetarianos escandalizaron los clásicos bistros con su Congreso Mundial y Chet Baker se encerró en los estudios Barclay a grabar magistrales standards como Summertime. Fue el año en que Simenon le confesó a The Paris Review que escribía cada una de sus novelas del detective Maigret en sólo 11 días.

A ese hervidero histórico llegó un joven venezolano directo a La Sorbona, con una beca para cursar su doctorado en Filosofía. Seis décadas después y con 85 años de edad, Antonio Pasquali recuerda que descubrió otra pasión en esa estancia: “Había un curso de Filmología, nada menos. Una ciencia muy esotérica, no sé quién inventó esa palabra, pero allí daban clase Paul Ricoeur y Edgar Morin, de quien me hice amigo. Estaba escribiendo en ese momento Le cinéma ou l’homme imaginaire, para mí uno de sus mejores libros. Por supuesto que me inscribí y me fascinó”.

A su regreso a Caracas, luego de la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958, ingresó a la facultad de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Era volver a su escuela de formación, donde pocos años antes había sido discípulo de Juan David García Bacca y Edoardo Crema, entre otros. Pasquali era un profesor brillante y muy joven que había llegado de París con muchas inquietudes, sentía la necesidad de trascender y marcar un hito, el afán de aproximarse a entender nuevas problemáticas.

“Tuve el deseo de estudiar por completo toda la problemática comunicacional y, de ahí, salió Comunicación y cultura de masas. El primer capítulo de ese libro es el abordaje de un filósofo al tema de qué es la comunicación y eso no pierde actualidad. Pudiera estar equivocado, pero se sigue leyendo para demostrarlo”, advierte mientras rememora la petite histoire de este libro, publicado hace 50 años y que es una referencia constante en los estudios comunicacionales.

Mientras los claustros académicos celebran este medio siglo, pocos saben que Pasquali terminó su ensayo en 1963. Pero no fue sino hasta febrero del año siguiente que las ediciones de la Biblioteca de la UCV (Ebucv), sacaron los primeros ejemplares de esta obra capital.

Hubo mucha controversia con la publicación de Comunicación y cultura de masas ¿Cuáles conclusiones de ese estudio cree que fueron las más polémicas?
La roncha que se levantó con el libro no se debió a su primera parte, sino a la segunda. Allí hago un análisis de la televisión local y la demuelo. Estudié todos los canales; el 2, 4, 8 y descubrí que eran terribles. Por ejemplo: mostré que dedicaban el 37,5% de su programación a la publicidad, difundían cerca de 1.500 mensajes publicitarios diarios y todos los telefilmes eran norteamericanos. Nosotros jamás veíamos en Venezuela un programa jamaiquino, costarricense o boliviano. Claro que, visto en perspectiva histórica, te percatas de que eran los años de la Guerra Fría. Había un control de contenidos de Estados Unidos sobre todo Occidente. Todo eso lo puse en evidencia con cuadros estadísticos y eso fue lo que asustó.

¿Era una novedad en América Latina el uso de las categorías kantianas para el estudio de los medios de comunicación social?
Partí de la categoría kantiana de la relación porque comunicar es una manera de relacionarse. Eso me llevó a descubrir que, por la aplicación de esa categoría, debía analizar lo que es comunión, información y comunicación, lo que son las leyes de la casualidad y las de comunidad, como las llamaba Kant. Eso me condujo a pensar que la información es una manera hasta mecánica si quieres de manipular una opinión pública, pero que el verdadero comunicar, es otra cosa. Comunicar requiere que los dos polos de la comunicación tengan, por ejemplo, una misma capacidad de recibir y emitir. En esa época, no lo olvides, la radio y televisión eran sólo univectoriales y no permitían el feedback. Eso es lo que creo que va a quedar de ese libro.

¿Sigue siendo un gran entusiasta de las nuevas tecnologías y dinámicas que han cambiado las relaciones con los medios?
Todas esas perspectivas nuevas están en mi obra posterior, en libros como Comprender la comunicación o la Comunicación Mundo. Es decir, ¿qué es la gran novedad? Que de golpe y porrazo terminó la Guerra Fría y vino una nueva tecnología que nos convierte a todos en emisores, nada menos.

¿Era posible imaginar ese cambio hace cincuenta años?
Nadie podía imaginarlo. Nadie. Recuerdo una frase de Hans Magnus Enzensberger de hace muchos años que enunciaba la hipótesis, delirante, de cómo sería un mundo en que todos tuvieran una estación de radio y llegaba a la conclusión de que sería un burdel y un caos. Pues llegó ese mundo porque tú y yo podemos lanzar un periódico diario, como Prodavinci, por ejemplo.

¿Cuál cree que es el cambio más grande en medio de todas estas mutaciones del fenómeno comunicacional?
Todos somos emisores ahora. Todos. A veces no por el mismo canal, pero eso explica la pérdida de importancia de los viejos colosos de la época autocrática que eran la radio y la televisión. Ellos mandaban en un tiempo diseñado para la Guerra Fría. Era otro mundo. Sin embargo, Venezuela jamás fue de la periferia en esos años: con las reservas más grandes de petróleo del mundo era imposible. Aquí el primer presidente en percatarse de ello fue Rafael Caldera, por eso prohibió que hubiesen capitales extranjeros en las emisoras locales, que era algo común en esos años.

Si ahora todos somos emisores, ¿cómo será la comunicación del futuro donde habrán nuevos adelantos que harán estos procesos más personales?
Parto desde el optimismo: vivimos una época de feliz confusión porque lo que pasó es demasiado gordo. No es solamente que todos somos emisores, sino que se nos ha dado un código nuevo después de cuarenta siglos. Y eso me llevó a escribir el primer capítulo de la Comunicación Mundo. Allí demuestro que la historia cultural de la humanidad es la historia de los códigos que usamos para expresarnos.

¿Es allí donde rastrea las relaciones de los códigos antiguos hasta la invención del alfabeto?
El alfabeto nace en un pueblo de Siria que se llamaba Ugarit. Ahí llegaban las caravanas del Extremo Oriente en el siglo X antes de Cristo. Cualquier ciudadano de medio pelo de Ugarit tenía que hablar 12 o 14 idiomas. Entonces, los escribanos eran políglotas que hablaban el aramaico, escribían en jeroglíficos y cuneiforme. Hasta que un buen día todos se pusieron de acuerdo e implementaron un sistema revolucionario, por analogía: inventaron un símbolo para expresar algo no visible que es el sonido que sale de la boca con vocales y consonantes. Eso lo escribían en cuneiforme, porque solo tenían arcilla, pero los fenicios tenían el monopolio del papiro y se lo vendían a todo el Mediterráneo. Ellos convirtieron el ugarítico en el lineal fenicio. Lo escribieron de izquierda a derecha y de manera continua sobre el papiro. A Grecia llegó y los griegos que no habían hecho nada, menos de dos siglos después, ya habían escrito la Ilíada y la Odisea porque tenían un código con el cual podían hacerlo.

Otro gran cambio mencionado en sus últimos libros es la implementación del código binario…
En el siglo XX se recupera el dígito binario chino. Lo hace nada menos que Gottfried Leibniz, filósofo de la Ilustración. Se descubre que con ese dígito se puede codificar todo: el habla, los sonidos, la música, un cuadro como la Mona Lisa, todo. Todavía no estamos conscientes de la revolución que eso significó. Lo que va a venir ahora es una explosión de multimedialidad que apenas está comenzando, pero ya visitar la web de un diario en internet no es sólo leer, sino ver y escuchar. Estoy esperando al Homero del dígito binario, aún no lo veo aparecer, pero vendrá…

Luego de cincuenta años, ¿qué satisfacciones atesora de su trabajo docente?
Hay una frase que Gustave Flaubert le escribió a una mujer de apellido Chantepie, en 1858, en la que decía que el único modo de soportar la existencia era volcarse en la literatura como en una orgía perpetua. Yo creo que enseñar también lo es. Pienso que es la mejor manera de aprender. Si tienes que enseñar, debes aclararte a ti mismo una cantidad de cosas y eso es bellísimo. Todos mis alumnos están bien posicionados, hasta en el periodismo, como el caso de César Miguel Rondón. Recuerdo que Simón Alberto Consalvi también asistió a mis cursos. Eso sucedió por accidente, porque después de la caída de Pérez Jiménez el título de periodista no existía y el Ministerio de Educación le dio la posibilidad a un grupo de personas de sacarlo y por la escuela de la UCV pasó medio mundo.

¿Cree que las distopías escritas por Orwell, Huxley, Asimov y Dick se quedaron cortas ante el poder de la comunicación en el siglo XXI?
Sin duda. En ese sentido, estaba más o menos bien equipado mentalmente porque dediqué años de mi cátedra a los pensamientos míticos y utópicos. Son antinómicos, porque el mítico siempre pone al Paraíso en el pasado y la utopía al revés. La distopía es el drama, la catástrofe. Por eso puedo entender lo que estamos viviendo: es una época absolutamente apasionante. Hace poco leí en Wired que un investigador se quejaba de que hay estatuas para tantísimos pendejos y ninguno para quienes inventaron el alfabeto, es algo increíble.

¿Podía preverse la enorme influencia que tendrían estos adelantos tecnológicos en la comunicación política, como pasó con Hugo Chávez?
No creo que haya mucha relación entre esta enorme novedad de la que hablamos y un fenómeno populista venido de muy atrás como el chavismo. Se nos ha impuesto una alteración personal del señor Chávez, quien quizás soñó con ser un predicador metodista o locutor en alguna época de su vida. Fue un hombre que adoraba un medio que ya está pasando de moda como la televisión. Sólo sentía que estaba gobernando cuando aparecía en pantalla y con un micrófono en la mano, pero ésa fue la fijación personal de un autócrata que se regocijaba en su narcisismo. Chávez no es tema de semiótica, sino de psiquiatra.

¿Esa precocidad y buena disposición del venezolano con las nuevas tecnologías siempre ha existido?
Claro. Desde que apareció el petróleo y todo cambió, los venezolanos siempre queremos estar al día con todo pero eso es algo bueno. Pero es una actitud frustrada por un gobierno que siempre está en cesación de pagos por lo que tiene, prácticamente, congelado el desarrollo y progreso electrónico del país. Vivimos el drama de un país que no puede comprar equipos ni cambiar sus smartphones, por lo que nos desactualizamos. Creo que el gobierno, deliberadamente, atrasó el uso de Internet. No es inocente que todavía CANTV venda conexiones con una velocidad de 560 kb, cuando en Corea ya están en un gigabyte.

En estos momentos hay ciertos debates que vuelven en los medios. ¿Piensa que hay nuevos peligros para la libertad de expresión en Venezuela?
Diría que estamos pensando nuevos problemas con categorías viejas. Nos hemos quedado anclados en la definición de 1789 sobre libertad de expresión, porque cuando enunciamos ese principio sólo pensamos en un episodio donde a alguien se le cortó el uso de la palabra. Pero eso es viejo. Libertad de expresión es la traducción del freedom of speech del mundo anglosajón, porque cuando Lafayette escribe al respecto usa ‘libertad de comunicar’ y no libertad de expresarse. Libertad de comunicar es género y libertad de expresión es especie. Yo puedo ser otro Leonardo y tener mi casa llena de Mona Lisas, pero si no lo sabe nadie, si no lo comunico, ese saber no existe. Entonces comunicar es mucho más importante que expresarse, por eso es que todas las dictaduras modernas se jactan de que en sus países hay libertad de expresión, pero no hay libertad de comunicación.

Siempre ha sido un defensor de la necesidad de los servicios públicos comunicacionales. ¿Cree que actualmente existen en Venezuela?
El gran problema continúa y es la no-existencia de servicios públicos. Todo el paquete comunicacional del país es privado o estatal, no público. Casos sobran, como Globovisión y El Universal, que a la hora de la chiquita se acuerdan de que son empresas comerciales. Entonces cambian de parámetros y se pasan a empresarios. Se olvidan de la libertad de comunicar y dicen ‘Mire, esto ya no es negocio: tengo que vender’. Eso es un juicio económicamente impecable, pero eso no es todo. Yo hablé pestes durante 40 años de la televisión comercial privada que destruyó la cultura de este país, que no colaboró con los planes educativos ni nada. Pero tengo que admirar la firmeza de ánimo de Marcel Granier que se la jugó cuando el otro competidor fue a negociar con Chávez y Carter, al otro se le salió el salto de parámetro, El Nacional es otro medio que tampoco está haciendo negociando.

¿Es por eso que, después de pasar décadas criticando a los canales, terminó siendo el experto en el caso de RCTV en la CIDH?
Eso me llevó a aceptar el cargo de perito ante la Corte Interamericana en San José, el mes pasado. En la última sesión hablé en favor de RCTV contra el gobierno de Venezuela y la sentencia sale en diciembre. Mi diagnóstico lo basé en la manera moderna como veo la libertad de comunicar. Hoy día debemos concebir la libertad como un prisma de cinco facetas: libertad de código, de canal, de acceso a fuentes, de contenido y de públicos. Dije que la decisión del gobierno al cerrar RCTV no sólo fue una agresión a la disidencia, sino el lanzamiento de una bomba de racimo sobre un sistema que en ese momento era el favorito de la población venezolana. Eso significó cercenarle a una emisora el uso de un código y se le prohíbe el uso del canal que es la televisión. Por supuesto que no tendrá acceso a las fuentes, se le impidió hablar a los opinadores, anunciantes, etcétera. Y se le quitó a una población entera su canal privilegiado. Fue lanzarle una bomba de profundidad al pluralismo: se le quitó a la disidencia la mitad de las voces que tenían. El gobierno anunció que TVeS sería un servicio público, porque los pobres no saben lo que es un servicio público y hoy en día ese canal no lo es.

¿Podría enumerar cuáles son las condiciones necesarias para que un medio sea considerado servicio público?
Debe ser universal: si en el fondo de la sabana hay un poblado de 30 personas, ahí deben estar las antenas del servicio público. Hasta ahora todos los servicios radioeléctricos y de teléfono del país son modelo ‘Vaca Holstein’, con manchas blancas donde no hay señal y negras donde sí hay. Debe ser continuo: no hay interrupciones ni feriados. Es menester que sea versátil. Ésa es la piedra de tranca entre el privado y el público. Eso significa que si agarras la pirámide socioeducativa del país, abajo tienes gente que quiere. Por ejemplo solo rock o salsa, en el centro hay una población que quiere un poco de todo y arriba hay un 4% que quiere ver o escuchar programas de Mahler y Beethoven. El servicio público debería darle música a todos y no decir que no hay mercado para eso. También debe ser adecuado: tiene que estar al día tecnológicamente y el último es el fundamental.

¿Debe ser regido por una autoridad independiente?
Exacto. En Inglaterra, quien nombra esa autoridad en la BBC es la reina. Ni siquiera el congreso, para evitar que sea contaminado por intereses partidistas. En países como Estados Unidos, los servicios públicos comunicacionales son financiados por el gobierno con 2.000 millones de dólares al año. En todos los países europeos grandes como Inglaterra, Francia, Alemania e Italia la inversión pasa de los 4.500 millones de euros al año.  Un país así financia el servicio público con el 36,5% de lo que gasta en educación superior. Ése es el promedio.

¿Qué le faltó por investigar en este medio siglo de actividad académica?
Tenía en programa ocho libros más, pero me sucedió que cumplí 85 años de edad. Entonces decidí compactarlos en ocho capítulos y eso es la Comunicación Mundo. En el prefacio de la edición española de Comprender la comunicación relato que cuando me pidieron que actualizara el libro sentí algo raro. Como a los 15 días, lo descubrí: cuando yo había escrito ese libro, hace décadas, era un hombre que usaba una Olivetti eléctrica, multígrafo, tipex… y cuando tenía que cambiar una frase tenía que borrar esos caracteres e inventar una frase idéntica en número de caracteres. Si no, no me cabía. Vengo de ese mundo, así como mi papá venía de la época de los teléfonos de manivela y cuando me toca revisar mis libros viejos me percato de que vivo en un mundo con Internet, computadoras, impresoras, escáneres y todo eso va demasiado rápido. Todavía estamos como emborrachados, conquistando el Oeste… pero no sabemos muy bien donde se paró la caravana.

¿Qué aspectos cree que no se deben dejar de estudiar en la comunicación?
Todo lo que es comunicar tiene dos grandes capítulos: la llamada comunicación social y el sistema educativo, que son dos formas de tramitar saberes. Si no se ponen al día, le van a pasar por encima y quedarán obsoletos. Nosotros comenzamos burlándonos de Wikipedia, pero el año pasado en una universidad alemana se hizo el ejercicio de reunir 18 grandes definiciones de la física en paquetes. Los primeros eran sacados de los grandes manuales académicos y los otros fueron principios que se encuentran gratis en internet, cuando se les entregaron ambas versiones a un grupo de especialistas  ganó Internet 17 a 1. Nunca en la vida podemos olvidar eso.

¿Admira, entonces, los esfuerzos colaborativos?
Claro, el common knowledge es lo que viene. ¿Sabes lo increíble que es poder subir detalles y precisiones a un artículo en Wikipedia y seguir acumulando conocimiento gratuito? Es el modelo perfecto, tanto así que la Enciclopedia Británica tuvo que adaptarse y aceptar colaboraciones de lectores. La gran enciclopedia alemana Brockhaus no se adaptó y quebró.

¿Cuál cree que es el gran reto de las actuales escuelas de comunicación social?
Creo que en América Latina existe un gran drama. Tenemos casi 2.500 escuelas de comunicación social en todo el continente y eso es terrible, porque terminan repitiéndose las unas a las otras. Hay que reformarlo todo. Tengo diez años diciéndolo: hay que cerrar las escuelas de comunicación y refundarlas. Mi visión es que podrán entrar sólo gente con un título universitario como médicos, abogados, historiadores, literatos, semiólogos, aviadores, cirujanos, etcétera, que tengan el interés de querer comunicar lo que ellos saben será una especialización más.

¿Qué les diría a los jóvenes que quieren cursar estudios de Filosofía en estos años?
El uso de Internet es una pirámide vertiginosa que siempre pone a prueba tu formación previa. Si tienes principios filosóficos robustos, verás en Internet lo que otros no ven y sabrás navegar por lugares de conocimiento, donde otros ni siquiera sabrán qué hacer. Es un tema de código, ¿por qué me fue bien a mi? Simplemente porque me había pasado, previamente, por Kant y Aristóteles. Y sabía que una de las doce categorías supremas del entendimiento es la relación. ¿Y qué es la comunicación? Relacionar. La filosofía siempre busca ir al fundamento de todas las cosas y es una excelente manera de superar un defectivo criollo que tenemos los venezolanos. Nos gusta ver las ramitas y nunca vemos el bosque entero.

Es un gran melómano, ¿a qué música suele volver siempre?
Los Beatles son una de las últimas manifestaciones humanas musicales de antes de que viniera alguien a destruir la melodía. Tengo una petite veneración por Los Beatles. En un 80% escucho música clásica y estoy sufriendo como un perro. He hecho de todo para que se repare el daño porque somos un país sin música clásica. Han desaparecido la 97.7 y yo hablé con todos los rectores de las universidades: “vamos a hacer algo”, y no se ha hecho nada. Aparentemente, no le importara a nadie y me parece grave. Hasta Weber lo oigo todo, pero tuve en mi vida dos grandes enamoramientos; hace unos treinta años empecé con Bramhs y hace quince años, Mahler.

¿Le gusta escuchar las interpretaciones de Mahler que conduce Gustavo Dudamel?
Gustavo Dudamel me ha hecho uno de los grandes regalos musicales que he recibido en mi vida, porque vino hace un año a montar la integral de Mahler en el Teresa Carreño. Hay que ver lo que es escuchar todo Mahler por el mismo director. Eso lo recordaré toda la vida porque él es de los pocos que entendieron a Mahler, muchos lo han tocado sin entenderlo. Otro que lo entendió muy bien fue Claudio Abbado.
Esta entrevista fue publicada por primera vez en Prodavinci el 14 de julio de 2014.
Antonio Pasquali, defensor de la libertad de recepción
Por: Jesús Piñero @jesus_pinero
El comunicólogo insistía en los cambios necesarios en los conceptos de libertad asociados a la comunicación, así como en la formación periodística. Culpaba al chavismo de la devastación en materia comunicacional y por el atraso tecnológico que atraviesa el país, donde el más vulnerable es quien espera estar informado. Este 5 de octubre de 2019 falleció, a sus 90 años, quien fuera el padre de los estudios de Comunicación Social en Venezuela

Antonio Pasquali pisó por primera vez el puerto de La Guaira cuando los venezolanos todavía celebraban la fiesta electoral de 1947, que llevó a Rómulo Gallegos a la primera magistratura. Tenía 18 años y aquello fue decisión de su padre, por eso se considera parte de la generación 0, porque él no fue quien decidió emigrar. Su padre ya tenía tiempo en la nación y trabajaba como director de la Comunidad Agraria Miranda Nº 1 en Paparo, Barlovento. Tampoco tardó en traerse a la familia y, en menos de un año, dejaron el norteño poblado italiano de Rovato para reencontrarse en el trópico caribeño.

Pasquali-cita4La efervescencia de la revolución del voto aún se percibía en el ambiente y, aunque existían rumores de un posible golpe militar, Venezuela inauguraba su primer período democrático y de plenas libertades fundamentales, perseguidas desde la centuria anterior. Comenta que era “un país inicial que estaba disfrutando de la libertad de expresión sobre todo y del voto universal”.

En ese entonces, ya Antonio Pasquali tenía conciencia de lo que significaban esos sucesos pues venía de Italia, uno de los grandes derrotados en la Segunda Guerra Mundial, contienda desatada por el auge de los totalitarismos. A pesar de las distancias, los gendarmes parecían perseguirlos. El 24 de noviembre de 1948, recibió el golpe de Estado contra Gallegos como cualquier otro ciudadano, “con sorpresa y miedo”, pero la llegada de los militares, más allá de los vejámenes cometidos, no impidieron que siguiera formándose académicamente porque su familia, como la mayoría de las parentelas emigrantes, evitaron vincularse a la política. Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela donde se formó con los saberes de Juan David García Bacca, Manuel Granell y otros. En esa casa de estudios hizo sus principales aportes, sobre todo en la otrora Escuela de Periodismo, donde creó la Cátedra de Teoría de la Comunicación.

Setenta años después de su llegada, Pasquali siente que Venezuela viaja al pasado: el país que lo acogió después de la guerra hoy se encuentra sumido ante un poder que él mismo no titubea en calificar como una dictadura totalitaria. “No hay interpretación posible sobre lo que está pasando, y lo vengo denunciado desde hace años. Me peleé con Teodoro (Petkoff) por eso; esto es una dictadura, un totalitarismo”. Y aunque vivió de lleno el régimen perezjimenista, considera que no hay comparación entre ese período con el actual, porque aquella “era una vida mucho más bella que ahora, había una incipiente clase media, de valores muy sólidos. Me gané una beca de 300 bolívares al mes y me fui a doctorar a París; regresé en julio del 57, siete meses antes de la caída de Pérez Jiménez, imagínate”.

Usted estudió filosofía, pero se dedicó fue al estudio de la comunicación no sólo en los medios de difusión sino del acto de comunicar, ¿cómo se acopla todo eso?
Estaba estudiando en París y me enamoré a fondo del tema de la comunicación; vengo de la filosofía moral, que es básicamente un pensar organizado sobre cómo debo convivir con el otro. Platón pone de virtud suprema a la justicia, que es una virtud social, no individual como sería luego el caso en Aristóteles. Es una virtud que se debe practicar con el semejante, para ser un ente moral virtuoso. Me pareció descubrir que la forma moderna y más importante de convivir con el otro residía hoy en el comunicar. Así di el salto del pensamiento moral al pensamiento comunicacional; y desde entonces vengo pensando la comunicación desde el ángulo de la moral, de la presencia del otro; y todavía hoy, que tengo 90 años y ando sin voz, denuncio la insuficiencia y la imperfección de un concepto hoy muy ventilado, el de libertad de expresión.

¿A qué se refiere con que es un concepto o un criterio imperfecto?
Defiendo la libertad de expresión, obviamente, pero la considero un concepto imperfecto, porque si te limitas a reducir el tema del libre comunicar al aspecto de la libertad de expresión, terminas haciendo un discurso gremial o patronal porque sólo defiendes la libertad del que puede emitir, olvidando la situación del que en cambio recibe el mensaje. Paso mi tiempo pregonando que hay que defender la libertad de expresión con la misma fuerza con la que debemos defender la libertad de recepción, que es tan importante como la primera. En este momento, el país sufre más de falta de libertad de recepción que de expresión. El régimen silenció unas de 38 emisoras de radio y todas las de televisión, vive cortando Internet, han suprimido casi cuarenta periódicos con el cuento de la falta de papel. El que más sufre en este país es el receptor, porque el emisor puede desplazarse a Miami y de allí seguir emitiendo, pero el receptor se queda aquí y cada día lo dejan con menos fuentes de comunicación e información a su alcance.

Por la censura, la gente recurre a las redes sociales para informarse, pero esto le causa múltiples emociones. ¿El receptor también se ve afectado por ese exceso de expresión?
Sí, la electrónica trajo una libertad que el grueso de la humanidad había prácticamente perdido: nos ha devuelto el poder de emitir. Habíamos inventado un mundo donde había que ser rico y poderoso para ser emisor, poder fundar un periódico o abrir una estación de radio o televisión; pero la electrónica vino a democratizar el poder de emisión otra vez. Cualquiera puede hoy lanzar un periódico o un blog por Internet y, si lo hace bien, será más leído que los medios tradicionales. Se nos ha devuelto esa libertad, pero ahora vivimos esa libertad con excesos y abusos, como en el caso de las fake news. Estimo que con el tiempo vendrá la época de la sensatez, tendremos un sheriff de la comunicación electrónica, una instancia internacional, sólidamente moral y pluralista, igual para todos los países de la Tierra, para que no subsistan grupos o naciones más libres que otros.

¿Un diagnóstico de los medios de comunicación en la Venezuela actual?
El chavismo acabó con todo, destruyó la flota mercante nacional y la flota petrolera, liquidó la aviación civil, no conservó lo que la democracia había construido, mató la radiotelevisión privada, asesinó Ipostel, acabó con el plan ferrocarrilero, minimizó la prensa escrita, hizo trizas de la Cantv y mantiene en el país el peor y más lento servicio continental de Internet. Todavía, hace tres meses, obligaban a las compañías aéreas a traer pasajeros de El Vigía por 17.000 bolívares. ¿Qué compañía aérea puede sobrevivir con eso? Lanzó un cable submarino innecesario a Cuba y adquirió dos satélites que son duales, cumplen funciones civiles y militares. La mitad militar la están manejando los cubanos.

Usted viene de la Italia fascista, uno de los totalitarismos que de cierta forma, junto al nazismo y al comunismo, inspiraron 1984. ¿Venezuela se parece a esa realidad?
Obviamente, pero no hay dos dictaduras iguales en el mundo. Las dictaduras de hoy son ladinas, taimadas, astutas y hacen mucho uso de las tecnologías de punta. Hay observadores esclarecidos que insisten en llamar a la nuestra “fascismo”, el cual nada tiene que ver con este modelo de dictadura. El fascismo europeo se alió con el gran capital, el cual se agigantó tanto en Alemania como en Italia. Por el contrario, Chávez y luego Maduro se dedicaron a destruir la industria pesada del Estado y la empresa privada local. Con lo único con lo que no pudieron fue con Empresas Polar, por suerte, demasiado grande para sus capacidades, por miedo a atragantarse y matar la gallina de los huevos de oro.

Es el padre de los estudios de la comunicación en Venezuela, pero hace unos años dijo que había que refundar las escuelas no solo aquí, sino en Latinoamérica, ¿por qué?
La Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (Felafacs) ha perdido la cuenta de las escuelas que tenemos en América Latina, se acercan a 6000, casi todas conceptualmente muy viejas, donde no se enseña nada de historia nacional, regional y mundial de las comunicaciones, nada de tecnología, nada de economía de la comunicación. La humanidad gasta hoy en comunicaciones el 13% de la riqueza que produce anualmente, pero nuestras escuelas y academias lo ignoran beatamente. Lo que vengo proponiendo es que se abandone la preparación de comunicadores todólogos y se imparta la enseñanza de esa especialidad a nivel de posgrado. Si eres arquitecto, ingeniero, médico, pero quieres comunicar lo que sabes, el posgrado te recibe y te enseña cómo comunicar lo que tú sabes hacer y quieres comunicar, difundir y divulgar.

¿Qué podría decirnos sobre el papel del periodismo en la Venezuela del siglo XXI?
Opino que ha sido víctima del empobrecimiento general de los medios de comunicación social, principalmente porque ya no hay más periodismo de investigación. Cuando quisimos saber del maletín viajero, tuvimos que ir a leer a los periodistas argentinos; cuando queremos saber algo de las grandes manifestaciones de la oposición, tenemos que buscar en fuentes extranjeras para ver qué dicen de nosotros; y así sucesivamente. El acoso del régimen, los cierres, las censuras y autocensuras han hecho el resto. Los medios, y la prensa en particular, viven hoy un mal momento, un momento pésimo, diría que el peor de su historia.

Dicen que los venezolanos llevan la democracia hasta en el ADN, a diferencia de Cuba o Rusia, donde no ha habido aperturas democráticas reales, ¿está de acuerdo con eso?
Sí, estoy de acuerdo con eso. No son muchos los países latinoamericanos con cuarenta años de democracia genuina en su pasado. Pero hay otro problema, Venezuela ha sido históricamente un país dual, bipolar, y hoy día estamos en una situación en la que tenemos dos tribunales supremos, dos fiscales generales, dos asambleas y dos presidentes, lo cual puede ser terriblemente dañino para el porvenir de la nación, porque al primer desliz todo esto puede comenzar a ser visto por el resto del mundo como un episodio de banana republic. Diría incluso que eso ha comenzado ya con el gobierno de protagonista: mientras sucedían cosas terribles en las fronteras con Colombia y Brasil, Maduro salió en televisión bailando cual un pequeño y tropical Nerón, el tirano que comía uvas contemplando satisfecho el incendio de Roma.
Entrevista publicada originalmente en abril de 2019
Comunicadores y educadores: ¡renovarse o cambiar de oficio!
Sin abandonar ni por un instante la necesaria vigilancia sobre la problemática moral y política del hecho comunicacional, país por país, caso por caso (vigilancia que debemos ejercer a salvaguarda del pluralismo para impedir que la libertad de comunicar se concentre en déspotas políticos y mercantiles), sin abandonar, digo, la lucha por una praxis comunicante decente y democrática,ha llegado el momento de volver a preguntarse por las comunicaciones en su dimensión transideológica, desde una esfera conceptual de más elevada órbita. Ellas ya no son lo que fueron hace tres o cuatro décadas; ellas están en sentido literal transfigurando el mundo del hombre y su “relacionalidad” con el otro, y no por intervención deliberada y externa de filántropos, laboratorios sociales o iluminadísimos reformadores, sino por un imprevisto salto endógeno y ontológico a una dimensión ante la cual las categorías de la praxisético-política no siempre dan para comprender a cabalidad sus enormes cambios presentes y futuros. Históricamente hablando, estamos inmersos hoy,sin tener plena conciencia de ello, en el rápido tránsito de una época cultural que duró treinta y cuatro siglos a otra fulgurantemente diversa que apenas comienza y que describiremos de un modo somero dentro de poco.

Ante semejante panorama, lo primero que cabe constatar con lucidez y humildad es que muchos conceptos hasta aquí elaborados de manera paciente por la comunicología y otras ciencias sociales en el último siglo ya están listos para ser embalsamados y enviados a los archivos muertos. Quien les habla,por ejemplo, pertenece como tantos otros a una generación de comunicadores y comunicólogos que durante decenios –lo que duró el imperio incontrastado de la radiotelevisión– denunció con tenacidad el universal y antidemocrático acaparamiento de medios por gobiernos y empresas, y la “comunicación que incomunicaba”. Estábamos en lo cierto. Si comunicar es dialogar en ámbito genuinamente pluralista, entre interlocutores dotados de una misma capacidad de emisión, aquello no era comunicación, sino adoctrinamiento ideológico y comercial univectorial, siempre de arriba abajo y de respuesta imposible o diferida. De los países de la Cortina de Hierro ni se hable; la radiotelevisión pública de países tanto democráticos como autocráticos era casi toda monopólica, comenzando nada menos que por la BBC; la comercial privada era oligopólica y con poderes extralimitados dondequiera logró imponerse. Los tres sistemas, por así decirlo, cultivaban el proteccionismo, el “políticamente correcto” y sencillamente se ignoraban y desconocían. Cada quien defendía con las uñas su coto y territorio, tanto en lo comercial como en lo político, tarea facilitada por la baja tecnología de la época; la ex URSS –me contó una vez un funcionario soviético de un organismo intergubernamental– consumía electricidad por mil millones de dólares anuales para introducir ruido en las señales radiotelevisivas que Occidente dirigía a países de la Cortina (y sin muchos resultados, me añadió sottovoce). De este lado del océano, donde se impuso de manera temprana un sistema de explotación privado y comercial delos medios radioeléctricos (recordemos que el public broadcasting norteamericano sólo pudo ver la luz en 1974 aceptando pesadas limitaciones), pocos y poderosos acaparadores (ABC, NBC, CBS, los Mariño, Cisneros y Azcárraga, verdaderos chamanes y dueños de la palabra en su época) ejercían control casi global de sus cautivas audiencias gracias a su preponderante, protegido y aplastante poder de emisión; ponían las reglas del juego, pagaban y se daban el vuelto, nombraban y quitaban ministros y gobiernos, tenían sus listas negras de gente y partidos a silenciar y cero feed-back; todos sentados a escucharlos en silencio, en el rol de mudos perceptores: o sus mensajes o nada.

Si reducimos algo más el ángulo de visión a América Latina, constataremos que esa hipertrofia de nuestros emisores radiotelevisivos alcanzó los niveles que obtuvo por ejercerse en espacios culturales que no clasificaban como “sociedades de lectura”, por lo que el audiovisual gratuito pudo expandirse con más facilidad a expensas en particular del ya escaso impreso libresco y periódico. Un buen indicador del fuerte desequilibrio mediático latinoamericano en favor sobre todo de la TV es el prorrateo de su gasto publicitario nacional. Durante los mencionados decenios, diez países (casi siempre los mismos) encabezaron la lista mundial de los que invertían mayoritariamente en TV, hasta alcanzar aberrantes promedios superiores a ochenta por cien-to, y de esos diez, nueve eran latinoamericanos, con México a la cabeza; un cuadro que casi no ha cambiado hasta hoy. Añadamos también, en honor ala verdad, que aquellos decenios coincidieron con los de la Guerra Fría; lo radioeléctrico fue uno de sus principales instrumentos de control social y guerra ideológica que creó, tanto en oriente como en occidente, rígidos estereotipos de comportamiento comunicacional que pocos estaban interesados en violar.

Aquel entorno radioeléctrico univectorial, de Guerra Fría, manipulador y persuasor sin genuino pluralismo ni válvulas de escape concluyó a nunca jamás, y quien insistiera hoy en afirmar que las comunicaciones incomunican sería tildado de ideólogo trasnochado. En los últimos treinta años, los modos de comunicarnos y las densidades de sus medios de acceso y participación han evolucionado de manera exponencial por obra de varias revoluciones conceptuales, tecnológicas, semánticas, económicas y políticas que han transfigurado en su esencia el “estar-con-el-otro”, la relacionalidad humana en su conjunto y ante todo en sentido positivo, reintroduciendo democracia y pluralismo en las comunicaciones donde sólo había medios acaparados por dictadores políticos y de mercado (recordemos, como ironía histórica, que parte de esa reintroducción de democracia en la comunicación deriva de invenciones militares…).

Esta revolución es de tal magnitud que en poquísimos decenios ha hecho de las comunicaciones el capítulo más relevante de la economía mundial y el de mayor valor agregado, pese a que muchas academias de ciencias económicas persistan con tozudez en ignorarlo. Hoy día, y no todos los comunicólogos lo saben, gastamos cada año en comunicaciones trece por ciento de la riqueza globalmente producida por el mundo (tan sólo en telefonía desembolsó la humanidad el pasado año 1500 millardos de dólares…, ¡el dos por ciento de ese PIB!) y consumimos en el empleo de medios de comunicación el diez por ciento de la energía eléctrica que la humanidad produce. Su crecimiento en tecnologías de punta, que hoy se llaman banda ancha, smartphones, GPS o fibra óptica submarina, llega por momentos a cuarenta por ciento anual; el glorioso teléfono,patriarca de la comunicación dialogal, es el primer gadget de la humanidad que alcanzó un estatus en verdad universal, con densidades ya superiores a uno por terrícola. ¡Datos sobrecogedores, que ilustran las bases económicas de lo logrado hasta ahora! En capacidad de cálculo, estamos próximos del exaflop, esto es, al millardo de millardos, o trillón de operaciones/segundo.

El almacenamiento de todos los sistemas de símbolos existentes: textos,cálculos, imágenes o sonidos, el acopio casero es ya en terabytes y navegamos raudamente hacia el petabyte, los 1024 millones de gigas, que significará guardar almacenados casi todos los libros y las películas de la humanidad en unrincón del disco duro debajo de nuestro escritorio (¿se acuerdan de un tal Bill Gates que escribió en 1981 “no hay razón para que los usuarios de computadoras deseen una memoria superior a 560 kilobytes”?), pero es en el intercambio de mensajería, que más de cerca nos toca, donde flotamos en pleno vértigo: cada cuarenta y ocho horas lanzamos a la Red cinco exabytes de información(cinco mil millones de gigas), equivalentes a toda la información generada porla humanidad desde el siete mil antes de Cristo al 2003 de nuestra era, mientras Cisco asegura que antes de 2020 llegaremos al zettabyte anual, al millónde millones de gigas; cada veinticuatro horas visitamos Google unos siete milmillones de veces y cada día nos intercambiamos trescientos mil millones de correos electrónicos (les dejo la tarea de añadir a estas cifras cósmicas el lujo diario de mensajes vehiculados por otras vías: SMS, WhatsApp y similares, Wikipedia, Twitter, Facebook, la propia telefonía, etcétera).

¿De dónde y por qué estalló tanta gula por emitir, por vivir en permanente y por momentos exagerado y caricaturesco estado de hipercomunicación? Como todo lo bueno, le saldrán a este neonato muchos padres; incluyamos en la larga lista una hipótesis más, la siguiente: ella es la reacción explosiva, dionisíaca y lúdica a décadas de comunicación impedida, unilateral, controlada y costosa, una genuina embriaguez de intercomunicabilidad finalmente banalizada, un gozoso estado de relación casi permanente y barato con otros sin presencialidad, que algún día volverá a más normales cauces, pero que se mantiene por el momento anormalmente elevado, consolidando poco a poco inéditos modos de relación humana.

Cada vez que hablamos una media hora por videoconferencia Skype con un familiar que vive en otro continente, gratis o gastando 0.17 euros, los viejos comunicólogos recordamos que los telegramas del primer cable transatlántico de John Pender costaban en 1866 diez francos-oro la palabra; cuando leemos de noche por internet, gratuitamente, tres o cuatro grandes periódicos internacionales, un lujo sibarítico hoy banalizado del que sólo disfrutaron hasta los años setenta del pasado siglo jefes de grandes potencias y multimillonarios;cuando hacemos estas cosas hoy rutinarias, los menos jóvenes, los que venimos del teléfono de manivela, seguimos experimentando breves asombros, fracciones de aquel thaumázein del que aseguraba Platón que era la matriz de todo saber y progreso.

Llegados aquí, y conforme a una retórica ya bien rodada, procedería entonar un panegírico de aquellas asombrosas y convergentes ciencias y tecnologías matemáticas, cibernéticas, electrónicas y espaciales, causantes de todos nuestros bienes, que nos han traído hasta acá y nos llevarán a los cyborg y artilecs de un mañana muy próximo; procedería reconocer, en una palabra, que todo se lo debemos al progreso tecno científico. No, no lo haremos, y por colmo denunciaremos esas rutinarias, parcializadas y perezosas apologías como un caso macroscópico de injusticia histórica. Otros y superiores fenómenos culturales son los que están en la base de todas las formas del progreso hasta aquí citadas, otra la causa sustantiva del “salto ontológico” o de esencia, en nuestros modos de ser y convivir; una causa interna, inherente al propio comunicar que cada vez ha venido a simplificar y democratizar la comunicación, y ese fenómeno consistió en un cambio de código con el que nos expresamos, conservamos y comunicamos el saber. Sucede por segunda vez en la historia cultural de la humanidad, y los comunicólogos hemos de prestar particular atención a esos dos momentos que transfiguraron el humano progreso, porque en ambos casos se trató de un salto cualitativo en las formas expresivas, en nuestro modo de conservar y comunicar el saber, y a que nuestra cultura otra cosa no es, en última instancia, sino lo que podemos conservar, reproducir y transmitir de ella.

El primero de tales saltos fue la invención del alfabeto y su correspondiente escritura (en la cultura occidental el lineal fenicio) para la conservación y comunicación analógica del habla; el segundo consistió en la aplicación de ese super alfabeto de dos signos apenas, el milenario código dígito-binario chino, no sólo al habla, sino a todo lo expresable, conservable y comunicable por cualquier sistema de signos. Desde esta perspectiva, el progreso humano exhibe tres códigos y tres etapas: la oral y ágrafa, la alfabética y la dígito-binaria, y un iter de lo imposible a lo difícil a lo más fácil gracias a sintaxis de signos siempre más manejables, perfectos, fácil e ilimitadamente almacenables y universalmente utilizables, lo que nos permite determinar que el humano saber sólo puede progresar en la medida en que aprendemos a mejor conservarlo y comunicarlo.

Galileo, en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas, rindió el primer homenaje al que calificaba como el más prodigioso invento humano, “a aquellas mentes eminentes que imaginaron la manera de comunicar sus más recónditos pensamientos a cualquier otra persona aún alejada por larguísimos intervalos de espacio y tiempo combinando unos veinte caracterzuelos…”, es decir, a aquellas “mentes eminentes” que en Ugarit, en el siglo XIV A.C., inventaron el alfabeto y a las que nadie jamás ha levantado estatuas, lo que hizo exclamar en 1991 a Mark Weiser: “Las tecnologías más fundamentales son las que se vuelven invisibles. Ellas se entretejen con la vida cotidiana hasta volverse indistinguibles de ella. Considérese la escritura la primera gran tecnología de la información: ella se volvió rápidamente ubicua e invisible”.

La primera revolución expresiva, la alfabética, se produjo hace 34 siglos a partir de la genial idea, nacida en Ugarit de Siria, de no representar más cada objeto por un grafismo, sino inventando un código de 22 signos que expresara los sonidos emitidos por nuestra laringe, lo que permitía conservar con fidelidad todo, pero sólo lo hablable, incluyendo abstracciones que ningún ideograma o jeroglífico podía encifrar. En el siglo XX de nuestra era, la recuperación por Leibniz y otros del milenario sistema binario chino del mítico emperador Fo-Hi permitió el perfeccionamiento de un código dígito-binario de infinitas capacidades expresivo-comunicativas, no limitadas al habla, y a que podía codificar no sólo la voz, sino datos, imágenes y sonidos, todo a base de 0 y 1. El alfabeto ugarítico, nacido cuneiforme y pronto transformado por los fenicios en escritura lineal sobre papiro, comenzó a emigrar por obra de esos grandes navegantes y hacia el siglo IX llegó a Grecia, lo que permitió a los griegos alfabetizar y conservar en papiros su maravillosa lengua. Bastó poco más de un siglo para que los helenos, herederos de una cultura ágrafa, regalasen al mundo el imperecedero ciclo homérico, la Iliada y la Odisea. Siglos después aún sobrevivían en Grecia ocasionales reaccionarios como el mismísimo Sócrates, el que nunca quiso escribir nada y del que recoge Platón, en su Fedro, una celebérrima invectiva contra la escritura y el libro, empobrecido ersatz de la genuina paideia presencial y ficción de verdadera educación.

El salto a la segunda revolución expresiva, la dígito-binaria, hoy en fase de desarrollo exponencial, está aún por ponderar en todas sus dimensiones culturales, y una parte relevante de esa ponderación corresponde a comunica-dores y comunicólogos. Los seiscientos o setecientos mil caracteres analógicos de un libro palidecen hoy ante los billones de pixels de una hora de TV o de un cálculo meteorológico o nuclear; con un solo código, el binario, lo enciframos todo, pisando una tecla enviamos torrentes de informaciones, y subimos o bajamos de la Red, conservamos, copiamos y retransmitimos saberes enciclopédicos; el espacio ya no determina el tiempo, la información llega de manera simultánea no importa dónde; la Red ofrece a todos prácticamente todos los contenidos de los demás medios y muchísimo de lo que la escuela tradicional enseña en el aula; un poder que nos había sido secuestrado, el de emitir,ha vuelto a manos de todos. Sobre esta gigantesca transformación de lo que comunicamos, de modo formal o informal, aún reina la mayor confusión, y faltan muchos congresos y debates antes que obtengamos acuerdos y consensos mínimos en la materia; tal vez una neociencia general de la comunicación(sobre el modelo de aquella “ciencia general de los signos” intentada en los años treinta del pasado siglo por Morris y demás semiólogos norteamericanos) pudiera facilitar la tarea. Limitémonos a dejar en claro algunos criterios que hoy lucen adoptables y que pueden facilitar personales meditaciones en la materia.

Primer criterio: lucen rechazables todas las diatribas contemporáneas contra la revolución dígito-binaria, por ejemplo, la de Nicholas Carr, autor de la obra ¿Nos está Google volviendo estúpidos?, o las consideraciones de Vargas Llosa: “Los jóvenes, al chatear por medios electrónicos, piensan como monos”, por intrínsecamente estúpidas y demodées; ellas se abalanzan contra lo electrónico y en favor del libro con los mismísimos argumentos con los que Platón despotricaba contra el libro en favor de la paideia presencial, y sobre todo fingen desconocer algo capital: tanto el alfabeto como lo binario han producido un gigantesco proceso de democratización de la cultura que no siempre es del gusto de las almas conservadoras. El alfabeto, por ejemplo, liquidó con rapidez la figura del escriba, ese poderoso dueño del verbo al que los egipcios erigían estatuas y que ya los Evangelios, de época alfabética, ponen en mala luz al lado de los fariseos; todos podían ahora aprender a manejar dos
docenas de caracteres contra los siete mil símbolos del jeroglífico para escribir con libertad sin el two steep fow del escriba intermediario.

Por su lado, el dígito-binario ha puesto al alcance de todo usuario de la Red una masa inconmensurable de informaciones y saberes siempre más respetables y creíbles que antes le eran prácticamente vedados o fuera de alcance, y restablecido el equilibrio acceso/participación, o si prefieren perceptor/emisor, dando a todos la posibilidad de acceder a mensajerías antes inalcanzables o limitadas en espacio y tiempo y de emitir mensajes para uno o millones de interlocutores, lo que hace a la vez posible esa maravillosa multimedialidad que apenas anda en pañales. Reconozcamos con humildad que tan imponente fenómeno brotado de un cambio de código y luego facilitado por las tecnologías ha empañado el personalismo, estilo, importancia social, aura y prestigio de dos entre los más prominentes retransmisores de saberes e informaciones,el educador y el comunicador social, y les ha impuesto a plazo la necesidad de renovarse y reinventarse o ser reemplazados hasta por una eficiente robótica comunicacional.

Segundo criterio: pareciera –es sólo una hipótesis sugestiva– que la escuela y el periódico terminarán cediendo a la Red todo lo definible como “información” para concentrarse en cultivar en el educando y lector la capacidad de digerir dicha información hasta convertirla en conocimiento”. La reflexión, la capacidad de asombro y de distinguir el grano del afrecho, el manejo de los grandes marcos filosóficos, histórico-geográfícos y lingüísticos, la meditación, la investigación, ponderación, comparación y confrontación, el debate colectivo, la adopción o rechazo y la valoración axiológica, política y estética del factum informativo, serían los principales instrumentos intelectuales de esta digestión de la información y su conversión en alimenticio conocimiento. Tan-to a nivel escolar como periodístico, y sin desmerecer del necesario manejo de la información pertinente, la investigación multidisciplinaria y de mayor alcance y profundidad reemplazará grandemente la acuciosidad en lo factual tanto a nivel formal-escolar como periodístico. En el campo escolar, la presencialidad quedará reducida a la etapa primaria o poco más.

Tercer criterio: vamos raudamente hacia una construcción siempre más social del saber llamada conocimiento compartido, ciencia ciudadana o plusvalía cognoscitiva construida de manera inductiva por condensación de grandes y pequeños aportes individuales de la inteligencia colectiva, cuyos fragmentos subimos y bajamos de la Red tal como lo predijo hace años Jeremy Rifkin en relación con las enormes centrales productoras de energía que serían reemplazadas, como ya sucede, por una densa red de insumos-consumos, de gente que baja de la Red energía y otra que introduce a la Red el exceso por ella producida en minicentrales, incluso caseras. Wikipedia liquidó la gloriosa Enciclopedia alemana Brockhaus; ha obligado a la Enciclopedia Británica a adoptar su misma estrategia de abrirse a cualquier contribuyente en una operación de “conocimiento compartido” y es un fenómeno a tomar terriblemente en serio; su credibilidad aumenta día a día, y su perfil de institución de interés social inventada por particulares, independiente de gobiernos y sistemas publicitarios, le añade glamour. Esta perspectiva induce a pensar,por ejemplo, que las vetustas páginas periodísticas de “la voz del lector”, “correo del pueblo” y similares necesitan una audaz transfiguración que facilite la participación del lector en la misma redacción del periódico y conceda con inteligencia espacio a la multimedialidad, citando y copiando blogs y sitios de otras fuentes.

Cuarto y último criterio: a la educación formal le espera una forzosa racionalización de sus relaciones con las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), hasta aquí signadas por un esquizofrénico amor/odio.Las TIC comenzaron siendo para el muy conservador mundo educativo meros “auxiliares docentes” como el lápiz y la tiza, y pasaron decenios para que fuesen elevadas al modestísimo rango de la “educación virtual”, o sea, descalificada de entrada por no-real-verdadera, ficticia y mera antesala de algo real. Mientras tanto, las TIC se venían convirtiendo en el principal instrumento creado por el hombre para la difusión de datos, informaciones y saberes, y el sistema tuvo que crear una educación a distancia o telemática, muy probablemente la única vía aún abierta para reinventar una educación democrática y de calidad.

Sin embargo, el conservadurismo del gremio pareciera hasta reganar terreno y cunden voces de alarma: en una encuesta de 2010 sobre grandes desafíos para la educación en los próximos diez años, sólo ocho por ciento de los entrevistados citó la presencia de las nuevas tecnologías; Norteamérica registra en su educación a distancia un abandono antes de concluir la carrera de 97 por ciento; Italia una baja en la matrícula de 49 por ciento, y el periódico New York Times se preguntaba hace poco si la educación a distancia era el non plus ultra de la democracia educativa o una gigantesca superchería. Abandonarlas TIC en el siglo XXI sería empero una suprema estupidez para el sistema educativo, ante generaciones de alumnos cibernetizados a nunca jamás que desde la base fusionan a diario y sin angustias existenciales tecnología y aula, presencialidad y telemática. El mundo de las comunicaciones masivas, esto es, de la educación informal, supo adaptarse con más elegancia y eficacia que la educación formal, y sin pegar gritos, a las nuevas tecnologías. Si no quieren quedar relegados de manera definitiva, los ultraconservadores de la educación habrán de aceptar incluso lo más duro para ellos, a saber, que avanza a gran-des pasos una impetuosa convergencia entre procesos formales e informales de transmisión del saber.

Respecto de todo esto, y sobre hechos y tendencias emparentados que se nos quedaron en el tintero, habrán de reflexionar de ahora en adelante autoridades sectoriales, asociaciones patronales y gremios laborales preocupados por el futuro de dos profesiones, la del educador y la del comunicador social, emparentadas y vitales: porque educar es el capítulo más noble del comunicar y porque de la calidad, honestidad y buena praxis de ambas depende, en gran parte, el futuro de la democracia, del progreso y de la humana convivencia.
Conferencia magistral que dictó el autor para clausurar el IX Encuentro Internacional de Periodistas que tuvo lugar en la XXVII Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 7 de diciembre de 2013

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