martes, 3 de agosto de 2010

Razones de la cólera

Las relaciones peligrosas del fútbol y la política
Por: Alvaro Abos
-¡Me engañaste!
-No.
-¡Me mentiste!
-No.
-¡Sólo fui en tu vida un estúpido más!
¿Está cantando el dúo Pimpinela? Error. Es el diálogo, tomado textualmente de la prensa, entre Maradona y Bilardo, protagonistas, junto con Grondona -el tercero en discordia- de una ópera bufa argentina, un culebrón que merecería ser reservado al arte supremo de los humoristas. Culebrón que contiene también ciertas claves de la vida política y social de la Argentina actual.
La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana, dice la sabiduría popular. Y el espectáculo que dan Maradona, Grondona y Bilardo lo confirma. Se trata de un teatro tan fascinante en lo estético como aterrador en lo moral. Estos hechos no deberían quedar acotados a la crónica deportiva. La trascienden.
El "operativo Mundial" fue un plan para sacar provecho político de un posible triunfo de la selección blanquiceleste. Se urdió hace mucho tiempo. Por lo menos, en 2008. La selección, al mando de Alfio Basile, marchaba renqueante. Pero no pasaba por la cabeza de nadie que la Argentina no se clasificara para la fase final de la Copa del Mundo. En uno de sus recientes mensajes autoexculpatorios, Maradona alega que lo llamaron para "apagar el incendio". En realidad, el incendio lo provocó él con su pobre conducción, que incluyó aquel 6 a 1 que nos propinó Bolivia. La selección consiguió el pasaporte a Sudáfrica en el angustioso partido del Centenario.
La lógica del "operativo Mundial" partía de una realidad: la Argentina tiene un ídolo popular incombustible, Diego Armando Maradona, y un conjunto de jugadores en actividad que se lucen en los mejores y más ricos equipos de Europa. Si bien Maradona no tenía antecedentes válidos como técnico -más bien al contrario-, el kirchnerismo apostó fuerte por él. Al fin y al cabo, con Messi y diez más, no se necesitaba ser un genio para ganar la Copa, o al menos estar cerca. Y si se traía la Copa, se materializaba la escena soñada, a saber: los Kirchner en el balcón de la Rosada, con Maradona y la Copa en alto. En aras de esta utopía -el deporte popular como emblema de una Argentina triunfadora- los Kirchner futbolizaron el país. Para ello conformaron una estrecha sociedad con Julio Grondona, sin importarles -extraño en quienes se muestran tan sensibles a los contactos con el Proceso- que el eterno patrón de la AFA hubiera conseguido su sitial en? ¡1979!
El Estado inventó Fútbol para todos, o sea la transmisión gratuita de todos los partidos del campeonato local, engendro presentado como uno de los grandes avances del kirchnerismo. El espectador de fútbol, hasta entonces obligado a pagar un canon para ver los partidos, fue equiparado "a los desaparecidos", o sea a alguien víctima de un horrendo delito. El Estado se convirtió en el sponsor del torneo y la televisión pasó a emitir fútbol a toda hora, a un costo anual de 600 millones de pesos. Ni siquiera negociaron el espacio publicitario, pues reservaron la pantalla futbolera para mera propaganda gubernativa. Tan obsceno dispendio, pagado con fondos públicos en un país en el que aún hay amplias franjas de pobreza, fue el primer eslabón del ambicioso diseño que debía culminar con la apoteosis de Sudáfrica y luego de Ezeiza, y luego de la Plaza de Mayo. Un sueño que habilitaba todos los futuros, siempre con los K al frente, y quizá, ¿por qué no?, hasta con el Diego como candidato a algo en 2011.
Todos los recursos del Estado se volcaron para enmantecar el patrioterismo deportivo. Pero como el fútbol, según Dante Panzeri, es "dinámica de lo impensado", sucedió lo impensado. Todo salió mal. Y ahora, se tiran los trastos a la cabeza.
La derrota no tiene padres. Por eso, entre ellos se acusan, mientras que los ciudadanos miramos azorados. Pero ¿cómo? Hasta hace poco, ¿no era un gran hombre este Grondona, destinatario de todos esos dineros del erario?
Resulta que en Sudáfrica ganaron las selecciones que habían confiado sus equipos a técnicos competentes que no hicieron concesiones al vedettismo ni a la demagogia. Maradona concentró una enorme atención, a veces tierna, a veces irónica, a veces ferozmente sarcástica y crítica, en medio de ese espectáculo planetario que es un Mundial. Pero a la hora de los bifes, cuando importó el fútbol y no el show, se acabó la magia Maradona.
El fútbol argentino necesita regeneración, limpieza de sus turbias aguas. Hay clubes quebrados, pobreza estructural unida a corrupción dirigencial, violencia y delito protegido, asociaciones ilícitas enquistadas en los clubes que no sólo están impunes, sino que recibieron generosos dineros y viajaron a Sudáfrica.
Cambiar ese estado de cosas es uno de los desafíos que afronta la Argentina. Entre muchos otros. Hay aulas en ruinas mientras dirigentes universitarios se pelean por el poder; hay instituciones que deberían custodiar la fe pública, como el INDEC, convertidas en usinas de la propaganda oficial; hay medios de comunicación estatales que se usan para operaciones políticas. Pero el fútbol, en su dimensión pedagógica, es transmisor y multiplicador de valores culturales. Sesenta años atrás, Perón creó los campeonatos Evita que hicieron competir a miles de niños. Se le reprochó el uso político que hacía de aquellas justas. Pero ¡por lo menos servían para que los chicos cuidaran su salud! ¿Qué se hace hoy, cuando esa tarea educativa-sanitaria podría multiplicarse gracias a los medios técnicos? Se usa al deporte como mascarón de intereses políticos.
A nadie se le escapa la asociación entre fútbol y política que prevalece en el mundo. Entonces, ¿por qué se critica lo que todos hacen? El papelón de su selección nacional le acarreó a Sarkozy acusaciones de aburguesar la Francia deportiva. A Berlusconi lo acusaron de mostrar una Italia decrépita. Zapatero, en tanto, hizo coincidir el anuncio de su reforma laboral con el primer partido que jugó la selección española, quizá pensando que una opinión pública distraída diluye las críticas.
Ahora bien, ¿alguien intentó un uso tan cínico del deporte en pos de un proyecto político partidista como el kirchnerismo? ¿Hasta el punto de postergar reformas ineludibles que salven al fútbol de marasmo? La lógica del "operativo Mundial" es la lógica de la política como botín y no como servicio.
Mientras pasaban estas cosas, en las librerías argentinas se repetía un rito que comenzó en 1938: llegaba un libro nuevo de Julio Cortázar. Se llama Cartas a los Jonquières y recupera las cartas que Cortázar le mandó a una familia de amigos argentinos cuando se fue del país, en 1951. Repaso párrafos de aquel argentino que se dolía por "esos pozos que fabrica la nada en la Argentina, donde van cayendo poco a poco todo eso que llamamos valores, ideales y otras esperanzas". Son páginas de un escritor eximio que se brinda al juego de la poesía. Pero el libro contiene también observaciones de asombrosa actualidad sobre una Argentina corrupta e hipócrita que declama grandes verdades y esconde vergüenzas. La vivió Cortázar durante sus años de alumno en la Escuela Normal Mariano Acosta, a cuyas aulas concurrió entre 1928 y 1933, y en las que conoció a Eduardo Jonquières, luego destinatario de estas cartas. Muchos años después, en 1982, Cortázar revivió el Mariano Acosta en uno de sus últimos cuentos, "La escuela de noche", que no deja lugar a ninguna nostalgia ni idealización. Una lectura me llevó a otra y así llegué a un poema de Cortázar ("La patria") incluido en una serie que él tituló "Razones de la cólera": "Te quiero, país, pañuelo sucio, con tus calles/ cubiertas de carteles peronistas, te quiero/ sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho/ nada más que de lejos y amargado y de noche".
Y pensar que hace veintiséis años que este hombre ha muerto.

Fuente:
Diario La Nación

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