lunes, 8 de diciembre de 2008

Jorge Lanata: “Dejé de ser tiburón, pero sigo siendo salmón”

El periodista y escritor acaba de publicar “Hora 25”, un libro que recupera escritos de tono intimista. Además, habla de su actuación en el teatro de revistas.
Por: Horacio Serafini
Nada tiene del look de saco y corbata a rayas y coquetos tiradores con el que cinco noches a la semana ocupa su lugar de capocómico en La rotativa del Maipo, a dos cuadras del primer piso donde ahora, tórrida media tarde porteña, de camisa de lino grueso del color de un café apenas cortado, con mangas cortas y charreteras; amplio pantalón caqui de grandes bolsillos exteriores, y zapatillas de marca, multicolores estridentes, cordones aflojados, se apresta a ponerse a la cabeza, como todos los días, de otra edición de Crítica de la Argentina.
Detrás de un generoso escritorio, su humanidad contrasta con esa permanente expresión tímida de “niño que juega al borde del mar”; una frase que, no por casualidad, tomó prestada de Isaac Newton para abrir el primer capítulo de los cuatro que componen su último libro. Hora 25 reúne relatos –algunos en prosa con forma poética, otros con ráfagas de auténtica poesía; crónicas de viajes que escribió en los últimos 20 años y que “son lo más parecido a mí”.
La entrevista con La Voz del Interior es la única que concede a un medio no porteño. También la última de las tres que con la editorial acordó dar. “El libro se tiene que defender solo”, argumenta Jorge Lanata. “Me importa un carajo que se venda, o que lo presten, o lo fotocopien. Lo que me importa es que la gente me lea”.

–¿Por qué “Hora 25” ahora?
–No hay ningún motivo particular. El proyecto tiene tres o cuatro años y el libro lo iba a sacar el año pasado, pero en el medio hice el diario. En algún lugar mío debe ser como la conclusión de una etapa y la apertura de otra, pero tampoco sé bien qué es lo que empieza. Yo siento que ahora no me jode publicar ninguna de esas cosas que desde hacía tiempo las mantenía privadamente.

–Hay textos que hablan de sus sentimientos más profundos, dolorosos algunos. ¿Por qué hacer públicas asuntos tan íntimos?
–Es difícil manejar los niveles de exposición. A veces, según los medios, vos tenés niveles de exposición muy altos, y otras te encontrás preguntándote por qué habré dicho lo que dije. Yo en la televisión conté la enfermedad de mi vieja estando mi vieja enferma, que es el texto que se reproduce en el libro. Y después de hacerlo, no me acordaba de las palabras que había dicho y no lo volví a leer sino hasta hace seis meses. En el caso de la literatura, no hay diferencia entre la ficción y la no ficción; es un problema de tener algo para decir. Cuando a los 50 años Borges confiesa “he cometido el peor de los pecados, no he sido feliz”, tiene un nivel de exposición increíble, y admirable en un punto. Escribir te expone de cualquier manera. Mi única preocupación es que no sea pornográfico.

–También próximo a los 50, ¿se siente aludido por esa confesión de Borges?
–No. Yo creo que tuve un poco más de suerte. Yo sobreviví a mi infancia, una infancia difícil, pero no puedo separarla de mi propia historia. Yo soy yo por eso también. Esa infancia me hizo a mí, con mis cosas buenas y malas.

–Una opinión extendida dice que el Lanata-personaje “se comió” al Lanata-persona.
–Yo no hago diferencia entre el personaje y yo. Ante todo, yo no me siento un personaje, yo soy así. ¿Cómo creen que soy los que dicen eso?

–Que es un producto del marketing, una marca registrada…
–Pero eso no es ser personaje, tiene que ver con las cosas que hice. Yo creo que con los años mi nombre se transformó en una marca, pero no por mí, sino por PáginaI12, Día D, Rompecabezas, Argentinos, y ahora por Crítica. No es que Lanata se transformó en una marca desde la frivolidad sino desde el trabajo.

–También lo dicen por su incursión en el teatro de revistas.
–Me causa gracia. Son todos transgresores hasta que alguien hace algo un poquito transgresor. Y ahí son todas abuelitas con pañoletas negras que se golpean el pecho y que dicen: “¡No, cómo vas a hacer esto!”. A mí me pareció divertido. No tengo ningún motivo para hacerlo: tengo trabajo, soy conocido. Era el único medio en el que yo no había trabajado. Yo diferenciaría la reacción del microclima de la reacción del público. El microclima son esos dos mil o tres mil tipos que nos rodean y que tienen una relación difícil conmigo. A veces yo soy la exhibición de su propio miedo. Se encuentran que yo a veces hago cosas que ellos no se animaron a hacer.

Salir a la calle. “¿Mi relación con el público? Salgamos a la calle y demos una vuelta a la manzana –dice Lanata, y el cronista se siente tentado a aceptar, pero afuera hace 40 de sensación térmica–. La gente me dice de todo, pero me quiere. Cuando me va bien, se alegra y siente que vos la respetás. Yo la respeto, no hago cualquier porquería”.
“Con lo del teatro hubo una reacción del microclima, de algunos críticos. En vez de hablar de la obra hablaban de mí; gente que no había visto la obra hablaba mal –continúa–. Hubo también algo con lo que yo me enojé porque nunca me había pasado: que se publicara un montón de noticias sobre mí sin un mínimo chequeo y diciendo que la obra se levantaba. En un momento escribí una contratapa cagándome en eso y lo pude dar vuelta”.
Lanata sigue hablando de la obra del Maipo: “Lo del teatro me parecería frívolo si lo que hiciera fuera frívolo, pero no lo es. El otro día me preguntaron si tenía miedo de hacer el ridículo. No, no estoy en una situación de ridículo. Es más, empiezo el monólogo con un plumero diciendo estas son las plumas. ¿Qué pensaban, que me iba a poner las plumas en el orto?”.

–¿Qué lo llevó al teatro de revistas?

–Miguel Gruskoin, guionista de Guinzburg, me contó que Guinzburg tenía pensado invitarme a hacer teatro en algún momento. Nunca me lo llegó a decir. Al mes, viene Lino Patalano y me pregunta si quiero hacer teatro. ¿Qué pasa que estos dos quieren esto?, pensé. Y me di cuenta que Discépolo, que (Florencio) Parravicini, que Florencio Sánchez, que un montón de gente lo había hecho. Si esta gente hizo eso, me dije, yo, que soy nadie, me tengo que callar la boca y hacerlo.

–¿Se está comparando con Discépolo, Parravicini…?
–Yo soy tarado pero no tanto. Yo le pediría a la gente que piensa eso que no me subestime. Soy idiota, pero no tan idiota. No he dado muchas muestras en mi vida de ser idiota. Y si no, que me las cuenten.

Años difíciles –De la lectura del libro se desprende que 1997 fue un año personalmente muy difícil. La muerte de su padre, la idea del suicidio rondándole en el fin de año…
–Sí, sí... A la distancia no puedo decir nada, es lo que escribí.

–La muerte.
–Me encantaría pensar que es un cambio de estado, pero no debo tener la fe suficiente para pensar eso.

–¿Y la vida?
–Está buenísima, la vida.

–“Seré feliz algún día”, dice en uno de los relatos.
–No creo que alguien sienta que es feliz para siempre. Para mí la felicidad es tratar de vivir completamente de acuerdo con lo que pensás, cosa que es bastante difícil. Que el alrededor te joda lo menos posible, estar en paz. Y hasta ahora para mí la vida es más pelea que paz. Yo siento que a medida que pasan los años voy logrando cada vez más vivir de acuerdo con lo que pienso y lo que siento, pero todavía me falta mucho. Todavía estoy con gente que no quiero estar, hago cosas que no quiero hacer…

– ¿Cuáles?
–Notas. Explicar, justificar. Estar demasiado pendiente del alrededor, permitir que el alrededor me agreda.

–Las palabras “viento” y “azul” aparecen con recurrencia en los textos, sobre todo en los que tienen que ver con su vida privada.
—El azul es un color que me encanta, el alma es azul. El viento es una sensación de libertad; el viento en la jeta.

–Cuénteme sobre alguna vez que haya sentido que el viento le pegaba en la cara...
–Cuando hice Página. Sentía que estaba emergiendo del agua, que me corría por la cabeza, aunque yo no estaba en el agua.

–En uno de los relatos habla de sus miedos ante los 40. ¿Qué espera próximo a cumplir los 50?
–Ser más libre. Cagarme un poco más en todos. Con el teatro he hecho algo. ¡Pero no sabés todo lo que yo haría si no me reprimiera a mí mismo! Esperá, sólo faltan dos años.

–“No hay peor enemigo que el propio miedo”, escribió en otro de los textos.
–Yo creo que uno tiene éxito cuando pierde el miedo al fracaso. Viste esas divisiones arbitrarias de que la gente se divide en... Bueno, yo creo que la gente se divide entre los que se animan y los que no se animan. Los que se animan perdieron el miedo al fracaso. El fracaso es algo que puede suceder siempre, nadie tiene la vaca atada. Yo he tenido fracasos y he tenido éxitos. He tenido más éxitos que fracasos, por eso estoy acá. Pero también he tenido fracasos. Cuando vos te das cuenta de que eso no es la vida, que ahí no se te va la vida, que es nada más que un fracaso y que no pasa nada, eso te da más ímpetu para poder seguir y ser más vos y eventualmente para poder tener más éxito. Una vez a Gandhi le preguntaron quiénes eran sus enemigos. Y Gandhi, que derrotó al Imperio Británico, dijo: “Los ingleses no son mis enemigos, mi enemigo soy yo”. ¿Por qué? “Porque no soy todo lo bueno que quiero ser”. Y eso es totalmente cierto. Nuestro peor enemigo somos nosotros; nuestros prejuicios, nuestra falta de cultura, nuestro egoísmo. Es uno el que inventa enemigos exagerados, el que pelea contra fantasmas.

–Cronológicamente, a partir de los relatos, da la impresión de que dejó de lado el destino para privilegiar el viaje.
–Sí, porque sabés que no vas a llegar a ningún lugar. Pero sí hay hacia dónde caminar. Te das cuenta de eso cuando dejás de perseguir. Yo daría el ejemplo del tiburón, que es el bicho que no duerme; persigue, pero no busca nada, no se entiende lo que busca, no tiene paz.

–¿Usted fue tiburón?
–Sí, claro, mucho tiempo. Y la tele también te lleva a eso.

–Y salmón, ¿dejó de serlo?
–Sigo siéndolo. Siempre navego contra la corriente.

– ¿Sigue teniendo “melancolía del éxito”, como dice en otro de los escritos?
–Es un frase graciosa. Dicha así suena de bañera con espuma... El éxito o no éxito es más una presión desde afuera hacia mí que de mí hacia afuera. No siento que todo el tiempo tengo que llenar teatros, ni vender dos millones de diarios ni seis millones de libros. A veces usan eso para criticarme de una manera rara: “No está primero en la recaudación”. Me corren con eso cuando yo no lo veo como algo terrible. Me importa que me lean millones de personas porque escribo por eso, para que me lean. Pero no estoy perseguido con la idea de éxito. No hay un lugar adonde llegar. Si te ponés el parámetro del éxito es muy difícil vivir porque tendrías que estar todo el tiempo superando tus marcas anteriores. Tampoco sé si el número es garantía de algo, menos de calidad.

Kirchner entre los adioses
Eva Perón, Osvaldo Soriano, su analista José Töpf, Adolfo Castelo, José Luis Cabezas... “Adioses y otros relatos” se titula el capítulo de Hora 25 en el que Lanata hace su duelo por la muerte de personajes a los que conoció y no conoció. Sugestivamente, el capítulo incluye “El Sr. K”, un descubridor perfil sobre quién era y es el ex presidente, que escribió el año pasado, cuando la candidatura de Cristina todavía era un enigmático juego de la dialéctica política de su marido
Parecería que la relación con Kirchner del director de Crítica estuvo signada desde el inicio de la presidencia en 2003 por el encono recíproco. Lanata niega que haya sido así. “Ante el balotaje, dije que votaría a Kirchner antes que a Menem. Fue la primera y única vez que antes de la elección dije por quién votaría. Y hoy volvería a decirlo si se dieran las mismas circunstancias”, afirma.
“Más aún –continúa–. Durante la campaña, a medida que se le complicó, Kirchner, y también Cristina, estuvieron mucho en Día D (el programa televisivo que él conducía). Cuando ellos denunciaron a la Side de Menem que tenían sus teléfonos intervenidos, lo hicieron en Día D. Ningún otro programa los llevaba. Y nosotros también hicimos bastante en ese momento para tratar de que Kirchner ganara”.
El primer cortocircuito, según Lanata, estalló con la denuncia de Día D sobre la presunta corrupción en el Pami cuando Juan González Gaviola era su interventor. “Nosotros hicimos la primera denuncia contra el gobierno”, recuerda. El gobierno la desmintió, pero a los dos meses sacó a González Gaviola y puso a Graciela Ocaña.
Sucedió hacia finales de 2003. Lanata tenía entonces contrato para Día D con América por ese año y el siguiente. Después de la denuncia, el presidente de América, Carlos Avila, le cuenta a Fernando Moya, el representante de Lanata, que estuvo en la Casa de Gobierno para saber “si estaba todo bien” con el periodista. “Moya me lo cuenta y yo no entendía nada. Entonces llamé a casa de gobierno, y al otro día fui y me vi con el presidente. Hicimos una reunión en la que estábamos Kirchner, Miguel Núñez (vocero), Alberto Fernández y yo. Yo entré a casa de gobierno por la puerta. El Gobierno, además, nunca desmintió esto que voy a contar”.
Sigue su relato: “Le digo a Kirchner que estaba ahí porque Avila me mandó a preguntar si estaba todo bien conmigo. Kirchner dice: ‘Este Avila es un hijo de puta, mirá lo que nos hace, nos quiere dejar pegados con esto. Yo no tengo ningún problema con vos, no sé qué, no sé qué’. Okey. Lo miro a Alberto Fernández, miro la hora (eran las siete de la tarde), pienso que Avila está en el canal, y le digo: ‘Llamalo y decíselo, así no me joden’. Me dice Alberto: ‘Lo voy a llamar mañana y te voy a llamar a vos después’. Okey. Doy la mano, saludo y me voy. Al otro día me levantan el contrato. Hablo con Alberto dos veces más y me ofrece ir a Canal 7. ‘Ni en pedo’, le digo. ‘Yo no quiero trabajar para el Estado, nunca trabajé para el Estado, salvo cuando tenía 14 años, en Radio Nacional’. Al otro día le vuelvo a hablar, vuelve a ofrecerme Canal 7, le digo que no. Ahí terminó mi historia con la tele. Esa fue la única vez que yo vi a Kirchner”.

Fuente: La Voz del Interior

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