miércoles, 10 de diciembre de 2008

Voces de la democracia

"Voces de la democracia" recoge el pensamiento de 25 autores argentinos, interpretados por 25 actores, plasmadas en 25 videos los cuales representan la pluralidad multicromática de la democracia.
Entre los autores están Adrián Paenza, Alicia Dujovne Ortíz, Ana María Shua, Carlos Gorostiza, Carlos Ulanovsky, Daniel Freidemberg, Dora Barrancos, Eva Giberti, Guillermo Saccomanno, Horacio Verbitsky, José Pablo Feinmann y Juan Gelman.
También están León Gieco, María Seoane, Mempo Giardinelli, Miriam Lewin, Nicolás Casullo, Orlando Barone, Ricardo Forester, Roberto Cossa, Rudy, Santiago Kovadloff, Santiago Varela, Silvia Bleichmar y Tom Lupo.
La videoinstalación "Voces de la democracia", se desarrolla en la Casa de Gobierno.

La dictadura de la memoria
Por Guillermo Saccomanno
En los años de la dictadura yo trabajaba de redactor en una agencia de publicidad y, a la vez, escribía guiones de historietas, colaboraba en una revista de humor y, por las noches, me internaba en mi primera novela. ¿Por qué esta actividad desesperada? ¿De qué tenía miedo? No hace falta aclararlo: no era miedo. Era terror. ¿Qué delito había cometido? Como muchos, la mayoría de mi generación, había confiado que era posible un mundo más justo. Creíamos, por dentro o por fuera del peronismo, que la lucha de clases era el motor de la historia. No estábamos lejos de una verdad. Si lo hubiéramos estado no habría sido tan cruenta la represión que ejecutaron los poderosos. Desde este presente en el que se nos pretende convencer de que no hay más grandes relatos, al recordar ese período, los ‘70 y lo que vino después, el terrorismo de estado, es fácil adoptar un cierto heroísmo mediante la victimización. Pero, lo sabemos, presentar credenciales de héroe o de víctima, lo uno por lo otro, y viceversa, no garantiza alcurnia de sobreviviente. En mi caso, nada de eso. Sobreviviente, a secas. Por azar, si lo prefieren.
Elijo hablar en primera persona. Me hago cargo de mi historia. Porque no creo que pueda hablarse de una historia social si no se tiene en cuenta la historia personal. Por entonces yo estaba separándome. Con mi ex habíamos refugiado algunos amigos perseguidos. Era extraño pasar por mi ex domicilio a buscar a mi hija mientras controlaba con la mirada que no hubiera ningún Falcon verde a la vista. Todos los días uno se enteraba de la “desaparición” de un amigo, alguien cercano, un conocido. Fueron años de exilio. Para los exilados, los que nos habíamos quedado éramos sospechados de colaboracionismo. Para nosotros, los que habían logrado rajarse, quienes se fueron habían zafado. Unos y otros, exilados de nosotros mismos. Pude rajarme. Me quedé. Y esto tampoco me convierte en héroe. En la agencia de publicidad un redactor amigo repartía, en secreto, el periódico Ancla. En esa agencia también había un ejecutivo que se jactaba de haber bombardeado la Plaza del ‘55. Ese ejecutivo había descubierto que Ancla se repartía en la agencia y se había empecinado en descubrir al distribuidor y a sus lectores. Entonces, mientras en las calles los Falcon verde patrullaban buscando nuevas víctimas, mi padre, empleado municipal, fue sumariado por los funcionarios militares y padeció su primera esquemia. Entonces se despeñó en una enfermedad neurológica. Cerca de la casa paterna estaba el Olimpo. Me acuerdo del silencio que se instalaba en los colectivos cuando pasaban frente al chupadero. Aturdía ese silencio. Aún enfermo, una mañana mi padre quiso impedir que tres matones subieran a una chica a un Falcon verde. No pudo. La chica secuestrada gritó un número de teléfono. Mi padre volvió a casa llorando. En el camino a casa había olvidado el número.
Yo alquilaba un departamento en la 9 de Julio, un ambiente en un edificio de oficinas. Por las noches soñaba que venían a buscarme. Al despertarme, corría el colchón de lugar. Una mañana me desperté en la cocina, junto al horno. La amenaza te alcanzaba siempre, donde estuvieras. Una noche, con una amiga, cuando volvíamos de casa de unos amigos en Olivos, pasamos por la cancha de River donde se jugaba el Mundial. Ahí nomás estaba la ESMA. Transcurría el invierno de 1978. Nadie podía ignorar, aunque hoy muchos sostengan lo contrario, lo que ocurría adentro de la ESMA. Cada tanto uno se enteraba de alguien que había caído. Cada tanto, siempre, alguna, alguno. Mientras, yo escribía: todo el tiempo escribía. Sin parar. Bebía. Mejor dicho, chupaba. Por miedo a ser chupado, chupaba. Perdí el sueño casi por completo. Al emborracharme jugaba con el suicidio. Sin embargo, en los intersticios del terror, había algunas alegrías. Todas tenían que ver con pequeñas solidaridades. Un amigo me recomendó un psiquiatra. Fui medicado. Para simular una normalidad me hice adicto a las pastas. Me costó años librarme de esa adicción.
Después, después del terror y una guerra, la democracia. Me acuerdo: los que volvían y los que nos habíamos quedado. Todos, quebrados. No obstante, teníamos una esperanza. Recién a partir del ‘83 creí volver, parcialmente, a parecerme al que había sido antes del ‘76. Sin embargo, ya no podía ser ese. Lo supe: no volvería a ser otra vez el mismo. Me había pasado algo de la índole del milagro: estaba vivo. Y quería contarlo. Lo intenté varias veces. Aún cuando intento alejarme de la temática de esos años, no puedo. Esa, esta, es mi historia. A ver si me explico: antes tenía miedo de ser secuestrado. Hoy temo que me pueda boletear un pibe chorro. Una anécdota: hace unos meses, en Villa Gesell, la localidad donde vivo, unos pibes chorros me afanaron la compu donde estaba escribiendo un programa de taller de lectura para esos mismos pibes. Ser escritor, ser “progre” y estar a favor de estos pibes no me iguala a ellos. Hay una sola forma de leer la contradicción que presenta esta anécdota personal. Y es desde la lucha de clases. Si ser democrático es aceptar esta realidad, tal vez no soy tan democrático. Resentimiento, se me reprochará. Tampoco me inquieta. Es un motor tan arltiano como potente el resentimiento. En consecuencia, no me disgusta pensar que a veces se escribe por venganza.
Cuando empecé a escribir esta memoria me disponía a recordar los años de democracia. No puedo, no me sale. Sí, en cambio, se me impone contar su antes: los años negros de la dictadura. La dictadura quedó atrás, me dirán. Por supuesto, algo cambió. Yo también cambié. Suelo ser más tolerante que estas reflexiones que escribo. Tuve dos hijas más. Y hace unos días, un varón. Cuando lo miro dormir a veces me resulta imposible no acordarme de quién fui en los setenta. Quien cuenta esta historia ya no es el que la vivió. Hoy la cuenta otro. Además, cuando uno escribe siempre es otro. Pero algo persiste de aquel que fui: esa memoria no se borra por más democracia de la que uno pueda jactarse. La memoria, a su manera, es dictadora. Aunque uno pretenda esquivarle el bulto a ciertos temas, tarde o temprano esos temas terminan arrinconándolo a uno. En consecuencia, soy de los que piensan que no hay cura para ciertos dolores. Reparación, me dirán. Sí, pero una reparación no es una cura. De acuerdo: no es poco lo que se ha logrado en derechos humanos. Y lo celebro. Aunque admiro y reinvindico la lucha de las Madres y las Abuelas, sigo pensando que por más castigo y juicio a los culpables que apliquemos, el daño está hecho. No hay cura. No hay retorno. Nadie nos devolverá los amores y los amigos muertos. Nadie. Tampoco, quienes hoy tienen mi edad, podemos cambiar de tema. Estamos marcados. Y esta marca, para emplear una metáfora de campo, es una yerra. Los enemigos, que ahora cambiaron la picana por una cacerola, son los mismos. Los perdedores también. Con una diferencia: los perdedores ahora son más. Y a veces piensan igual que el enemigo. Es que los perdedores, concientizados por la impunidad autoritaria de los medios que le chuparon los huevos a la dictadura, esos mismos medios que hoy se quejan de la falta de “libertad de prensa”, digo, hacen que los perdedores estén en más de una oportunidad a favor del enemigo.
Quizá, me pregunto, este sea otra vez, como en los setenta, el momento de pensar la democracia como una anestesia de la lucha de clases. ¿O es que no hay más ricos y pobres? Con la democracia, es cierto, aprendimos buenos modales, pero no todavía a solucionar los conflictos dramáticos de una sociedad depredada.

Para abrigar cuerpo y alma
Por Miriam Lewin
Cuando me preguntan... no sé exactamente qué significó para mí la democracia.
Pero si lo pienso un poco... primero, volver.
Dejar de estar lejos.
Caminar de nuevo por mi ciudad, y no verla por televisión y en inglés.
Abrazar a mi gente.
Dejar de llorar como una estúpida cuando escuchaba un tango, dejar de sentir ese agujero en el pecho.
Con la democracia no dejé de despertarme a la noche angustiada después de soñar que volvían los que ya no están, pero pude empezar a hablar en voz alta para nombrarlos.
Antes, nombrarlos estaba prohibido...
"Desaparecido" no se decía, o se decía en voz baja, mirando sobre el hombro para ver quién escuchaba.
"Desaparecido" no estaba... no estaba en nuestro vocabulario de nuevo, pudimos empezar a opinar, a quejarnos, a insultar en la calle sin miedo a ir presos... o algo peor.
Recuperamos el espacio de todos, sacamos de nuevo al aire lo escondido.
Dejamos de ocultarnos.
No de golpe. No fue de un día para el otro que dejamos de tener miedo. De escuchar el chirrido de una frenada y pensar que venían a buscarnos, de soportar sin contestar una injusticia.
No fue de inmediato que pudimos decir lo que pensábamos sin ese reflejo de calcular las consecuencias. Que pudimos sacudirnos el silencio de la boca, que pudimos quitarnos las esposas, los grilletes y la capucha.
No más botas; no más Falcon verdes; no más "murió en un enfrentamiento". No más agachar la cabeza.
A la democracia no nos la entregaron terminada, ya lo sé...
Ni siquiera tenía cimientos firmes cuando la recibimos.
No sabíamos de construcción y tuvimos que aprender.
Algunos materiales todavía no los conseguimos.
Nos equivocamos muchas veces, construimos paredes que no sirven y después las tiramos abajo. Pobre democracia... le pusimos ventanas de menos, ventanas de más. Nos falta mucho para el final de obra. Tardamos en conseguir materiales fundamentales, pero no tenemos que parar de construirla.
La democracia es un techo que todos nos merecemos, para abrigarnos el cuerpo y el alma.

Animales
Por Horacio Verbitsky
Rovilder Petroni tenía un mini pincher color negro fuego, al que abrigaba afectuosamente con un suéter. Una señora lo encontró perdido y lastimado en el Highland Park Country Club de Del Viso, a cuya guardia lo entregó envuelto en una manta para que le procurasen atención. Cuando la familia Petroni se presentó 40 minutos después, le informaron de mala gana que el perrito se había ido. Esta respuesta desaprensiva no los amilanó y se entregaron a una intensa búsqueda hasta conocer la verdad: "Al poco tiempo de ser depositado en la guardia, fue llevado al exterior, y un cobarde disparo acabó con su vida". Los Petroni hicieron la denuncia policial y dieron intervención al club, ante cuya pasividad recurrirán a la justicia, en una demanda por daño moral y daños y perjuicios. Sin embargo perciben "cierta indefensión, debido a la maraña de mentiras y a la cobardía de callar para encubrir a un superior de gatillo fácil".
Rosa Malgor fue al cine a ver Las aventuras de Chatrán,una película japonesa de aventuras protagonizadas por animales. "La única forma de mostrarlos en difíciles trances y que expresen miedo o terror, es hacer que realmente estén aterrorizados. Chatrán no es un actor humano, que puede fingir miedo; para mostrarlo asustado tiene que realmente estarlo", repara la espectadora. Se comenzó a sentir mal cuando pensó que lo que veía no era ficción: "Estaban torturando al pobre animal para que realmente experimentara miedo". Además, leyó que no se trataba de un gato, sino de treinta que se utilizaron en la filmación, y que terminaron "magullados, fracturados, y quizás muertos".

El viernes 2 de setiembre de 1988 Rolvider Petroni, de la calle Guido 1640, bajo el título No debemos callar contó la historia de su mini pincher negro fuego en el correo de los lectores de La Nación, como ejemplo "del cuidado que debe tenerse sobre la calidad de la gente armada que contratamos para nuestra protección y seguridad". El mismo día, Rosa Malgor, de Blanco Encalada 1715, desahogó su corazón en las Cartas a La Prensa. "Si los animales pudieran hablar, estoy segura que dirían que esta película tiene mucha violencia", concluyó.
Reconforta apreciar el firme repudio de la población de la Capital Federal al terror, su enérgica reacción moral contra las torturas y ejecuciones clandestinas de seres inocentes. Es admirable la decisión con que honestos ciudadanos buscan a los seres que aman y bregan por obtener castigo de la justicia para sus victimarios. Merece aplauso el coraje cívico de los diarios más antiguos del país, que sin medir riesgos publican esas cartas escritas con santa indignación.
La Argentina es un país como no hay.

De la cronología como escondite
Por Eva Giberti
Haber acumulado veinticinco años de democracia se instala como reconocimiento y aun como homenaje al tiempo cronológico que transcurrió desde aquella votación que se supuso constituía un rescate de la democracia añorada, soñada durante los años aciagos que habíamos transitado. El riesgo de contabilizar los años —que no excluye la necesidad de hacerlo— reside en acoplarse a la linealidad que el tiempo cronológico impone. De este modo, se emprolijan los hechos transcurridos y tal ordenamiento parecería que facilitase el planeamiento de lo por venir.
Estos años impusieron como estrictamente necesaria la imagen “del ángel de la historia (que) mira hacia atrás” de W. Benjamín. Nos enseñaron que es preciso estar prevenid@s acerca de las lógicas propias del tiempo lineal y homogéneo que apuesta a un futuro planificado en el cual corresponde introducir la alternativa de los acontecimientos que Badiou describió. Aquello que constituye lo posible de lo imposible, ajeno a lo preparado, que nos sorprende y se reconoce como necesario una vez sucedido.
Durante estos 25 años la misma corriente que desapareció militantes y no-militantes intentó retorcer el cuello del ángel, posicionándolo como ellos desearían, mirando a un futuro asociado con la idea de progreso, a la idealización de “lo que vendrá, el futuro que construiremos para nuestros hijos, etc.” según el orden planificado por los conservadurismos decadentes y activos. En ellas anida el riesgo de la repetición de los hechos que se pretenden olvidar y que algun@s suponen que no podrán volver. No es necesario crear campos de concentración para compaginar exclusiones mortíferas y desaparecer de la vista a los que molestan, por pobres o por jóvenes.
El tiempo cronológicamente evaluado—si no lo desordenamos con lo imprevisto que responde a la propia lógica del acontecimiento—, nos conduce a felicitarnos por la permanencia de esta democracia, enmascarando la presencia de aquellos que han quedado afuera del festejo, aquell@s muert@s o est@s oprimid@s. Razón por la cual no somos poc@s quienes sostenemos la memoria y nos comprometemos con aquell@s que no tienen voz o apenas logran hacerse escuchar. Los acontecimientos pendientes que se cotizan como imposibles, irrelevantes o ni siquiera imaginados nutrieron estos veinticinco años que habitualmente se traducen en clave de esperanzas por lo que aun resta por hacer pero no se trata de tan solo de esperanzas que es la más revolucionaria de las virtudes. El alerta apunta a nuestra incapacidad para asumir nuestra intervención necesaria en la historia —ajena a cualquier mesianismo, como Benjamín lo advierte— pero concientes que ”el enemigo no ha cesado de vencer”; así resulta cuando perdemos de vista la necesidad de convalidar los planteos políticos destinados a desestructurar las fuerzas economicistas, las represoras y a auspiciar lo posible de lo que se considera imposible (como era imposible que la ESMA fuera deshabitada).
Me congratulo con lo que fue posible realizar al margen de cualquier cronología, y me alerto, porque lo bueno realizado puede correr peligro. Aprendimos que la ideología del progreso que pretende convencernos de que podemos caminar tranquilamente hacia el futuro, esconde y también transparenta —como podemos comprobarlo diariamente— el poder que tiende a convertir en recuerdo sumergido que, democracia mediante, otro mundo es posible.

La deuda interna

Por Adrián Paenza
Hace 25 años, Raúl Alfonsín nos hizo conmover a todos con aquella frase que decía “con la democracia se come, se cura, se educa”. Y todos compramos, aún los que no lo votamos. Pero 25 años más tarde, la democracia sigue teniendo una enorme deuda interna, porque en la Argentina de hoy, todavía no todos comen, no todos se educan, y no todos se curan…
Sin embargo,
- hoy en Argentina con la producción local de trigo se elabora un kilo de pan por día por habitante;
- con el producto de los tambos nacionales alcanzaría para darles ¾ (tres cuartos) de litro de leche diario a cada uno de los argentinos;
- y cada habitante podría, con lo que rinde el ganado y nuestro suelo, comer cada día un kilo de carne, y un kilo de verdura, y también medio kilo de frutas como postre…
Hoy, nuestro país produce 135 millones de toneladas de alimentos básicos por año… lo que serviría para alimentar a 450 millones de personas… es decir casi 12 (doce) veces la población de nuestro país… y sin embargo, entre 2 y 5 millones de argentinos no consumen los nutrientes suficientes.
Si uno piensa que la democracia es el gobierno de las mayorías, ¿cómo puede ser que esas mayorías no atiendan prioritariamente sus necesidades mínimas?
O bien esas mayorías no tienen esos problemas, o bien los que gobiernan no siempre los representan bien…
La democracia se construye en paz, pero la paz hay que ganarla… ¿Cómo sentirse bien cuando más de 6 millones de personas —y resalto: 6 millones de personas— empezaron el secundario y no lo terminaron?
Por eso hablo de deuda interna… porque la democracia tiene que garantizar que la Educación sea pública, laica, gratuita y obligatoria para todos los habitantes de este suelo, sin distinciones…
Mientras haya diferencias, mientras haya un chico que no vaya a la escuela —y no para comer, sino para educarse—, la democracia estará en deuda…
Mientras haya un chagásico mal atendido, o un enfermo de dengue, esta democracia estará en deuda… Mientras un niño o un adulto no reciba la atención médica adecuada, la democracia estará en deuda…
Democracia… mi democracia… mi querida democracia… por todo esto todavía estás en deuda… en deuda interna… no conmigo a quien privilegiaste… sino con las mayorías… las mayorías silenciosas… las mayorías que cada vez te votan como gesto de esperanza…
Democracia… mi querida democracia… cómo quisiera que alguna vez, en este bendito país, podamos decir con orgullo que estamos todos incluídos…

1 comentario:

  1. Seniora Lewin
    Quiere que la democracia tenga final de obra? Preocupante, evidentemente al margen del dudoso nivel literario de su redacción, no se ha tomado el trabajo de averiguar que significa "final de obra". Yo no quiero una democracia cerrada,acabada, donde no haya lugar para crecer, para transformar, para reformular ante nuevas necesidades. Quiero un proyecto abierto, con lugar para opiniones. Cuidado con las metáforas baratas, con ese recurso fácil de usar las palabras porque "suenan lindas" olvidandonos de su verdadero significado. Poco serio para un tema tan importante como es la construcción de la, NUESTRA, democracia.

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