sábado, 18 de julio de 2026

Marco Rubio y el regreso de la Guerra Fría: discursos del pasado para justificar nuevos enemigos

Estados Unidos acaba de lanzar una nueva ofensiva política internacional. En una cumbre celebrada el jueves en Washington, el secretario de Estado, Marco Rubio, convocó a representantes de unos 60 gobiernos —entre ellos el canciller argentino Pablo Quirno— para coordinar acciones de seguridad contra lo que definió como "terrorismo político de extrema izquierda". En su discurso, Rubio sostuvo que durante años la estrategia antiterrorista de Occidente tuvo un "punto ciego" frente a la violencia de la izquierda y propuso extender esa doctrina a escala global.

El gobierno argentino debe explicar cuál fue su participación en esa reunión y qué compromisos asumió. Es indispensable que el conjunto del sistema político marque un límite frente a iniciativas que, bajo el argumento de combatir el terrorismo, pueden convertirse en herramientas para perseguir opositores, restringir libertades civiles y ampliar las facultades represivas del Estado.

La propuesta de Rubio abre un debate de enorme trascendencia. Bajo el paraguas de la lucha antiterrorista, la nueva narrativa estadounidense coloca en un mismo plano a organizaciones armadas del pasado y a actores políticos y sociales contemporáneos tan diversos como movimientos antifascistas, sindicatos, organizaciones feministas, ambientalistas y de derechos humanos. Al mismo tiempo, endurece su confrontación con la Corte Penal Internacional y reivindica el uso de instrumentos diplomáticos, financieros y judiciales contra quienes define como "antiamericanos, anticapitalistas y anticristianos".

Rubio describió a la izquierda radical como un movimiento impulsado por "un resentimiento venenoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad y la justicia" y sostuvo que su objetivo es "destruir lo que es bello y correcto". Sobre el comunismo afirmó que conduce a "un mundo pequeño, plano, gris, sin coraje, creatividad ni ambición... un mundo sin Dios".

Pero ese retrato moralizante convive con silencios difíciles de ignorar.

Cuando recordó "las décadas de secuestros, atentados con bombas y asesinatos" protagonizados por los Tupamaros, Montoneros, las FARC y el ELN, Rubio omitió cualquier referencia al papel que Estados Unidos desempeñó durante la Guerra Fría respaldando o tolerando dictaduras militares responsables de desapariciones forzadas, torturas, ejecuciones extrajudiciales y terrorismo de Estado en América Latina. Condenar una violencia mientras se borra de la memoria otra constituye una forma de reescribir la historia.

La contradicción también aparece al analizar el presente. Rubio aseguró que Estados Unidos enfrenta "una nueva ola" de terrorismo de extrema izquierda y afirmó que la proporción de ataques provenientes de ese sector alcanzó niveles inéditos en décadas. Sin embargo, no presentó evidencia que respaldara esa afirmación ni explicó por qué dejó fuera del diagnóstico episodios de enorme gravedad como el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 o los numerosos atentados, complots y asesinatos vinculados al extremismo de ultraderecha que han sacudido a Estados Unidos durante los últimos años.

También sostuvo que entre 1970 y 1980 el 93 por ciento de los atentados terroristas en Occidente fueron cometidos por grupos de extrema izquierda, aunque tampoco citó la fuente de esa estadística. Una cifra de semejante magnitud exige un respaldo documental que nunca apareció en su exposición.

Las omisiones resultan aún más llamativas porque diversos estudios especializados, entre ellos investigaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), concluyen que durante la última década la violencia de extrema derecha provocó más atentados y más víctimas fatales en Estados Unidos que la atribuida a grupos de izquierda. Incluso informes del propio gobierno estadounidense habían advertido durante años que el extremismo supremacista blanco constituía la principal amenaza terrorista doméstica. Sin embargo, esa evaluación desapareció del centro del discurso oficial.

En septiembre del año pasado, además, el Departamento de Justicia eliminó de su sitio web una investigación propia que señalaba precisamente el crecimiento de la violencia de ultraderecha. No publicó una rectificación ni cuestionó sus conclusiones: simplemente dejó de poner esa información a disposición del público. Ese gesto alimenta las sospechas de que el problema no es la falta de datos, sino una decisión política sobre cuáles amenazas enfatizar y cuáles invisibilizar.

La principal contradicción del planteo de Rubio reside allí. Afirma que busca una política antiterrorista basada en los hechos, pero construye un relato que selecciona qué violencias recordar y cuáles olvidar; denuncia los extremismos ajenos mientras minimiza aquellos que han golpeado con mayor fuerza a su propio país; invoca la defensa de la democracia mientras propone categorías tan amplias que pueden terminar confundiendo terrorismo con disidencia política.

La Guerra Fría parece regresar, aunque con otras herramientas. Ya no se libra únicamente mediante operaciones militares o golpes de Estado, sino también a través de inteligencia artificial, campañas digitales, sanciones financieras, presión diplomática y disputas por el control del relato público. En ese escenario, el concepto de terrorismo vuelve a convertirse en un instrumento de política exterior.

Por eso, el verdadero debate no consiste solamente en cómo enfrentar la violencia política. También implica decidir si la lucha contra el terrorismo será utilizada para proteger las instituciones democráticas o para ampliar el margen de persecución contra quienes cuestionan el orden político, económico o geopolítico dominante.
Editorial de Señales

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