En la Biblioteca Popular Cachilo el "hacer lío" se volvió una forma de intervenir el barrio, de poblarlo de memoria y de belleza. Claudia Martínez lo dice en Señales, entre risas, con ironía y entusiasmo, mientras alrededor avanza el mural que comenzó a cubrir una enorme pared de avenida Presidente Perón y Rouillón. "La Cachilo está haciendo lío en el barrio", bromea la responsable de la Biblio, como si las pinceladas colectivas fueran una pequeña revolución cotidiana. Después corrige el tono humorístico y explica el verdadero sentido de esa agitación: transformar un espacio abandonado en un lugar de encuentro, color e historias compartidas.
Una memoria que se planta y cuenta
La iniciativa nació en el marco de los talleres de lectura que la biblioteca desarrolla cada año con bebés, infancias y familias del barrio. Para 2026 eligieron como eje "La memoria se planta y cuenta", una propuesta atravesada por los cincuenta años del golpe de Estado y por la necesidad de recuperar memorias comunitarias. A partir de allí comenzaron a trabajar con libros infantiles censurados durante la dictadura, pero también con relatos vivos: recuerdos de abuelos y abuelas, juegos tradicionales, historias de las calles y modos de habitar el barrio que todavía sobreviven en la memoria de los mayores.
Martínez cuenta que, frente a la sensación de abandono urbano, se preguntaron qué podían hacer desde su lugar, desde esos talleres de lectura que sostienen hace años. "¿Qué podemos hacer nosotros desde nuestro humilde lugar para que haya un poquito más de belleza en nuestros barrios, Villa Urquiza, Triángulo y Moderno?", recuerda. La respuesta apareció rápidamente: un mural que condensara las experiencias de los encuentros intergeneracionales y que pudiera llevar esas memorias al espacio público.
Los abuelos, los árboles y las infancias
La memoria, dice Claudia, tiene guardianes naturales en el barrio: "los abuelos y los árboles". A partir de esa idea organizaron talleres compartidos entre bebés, infancias y personas mayores. Uno de los encuentros estuvo dedicado especialmente a los juegos. Allí comenzaron a emerger recuerdos profundamente emotivos: las lagunas que existían décadas atrás, las calles convertidas en canchas improvisadas, los campitos, las rondas y los modos de jugar cuando había poco, pero alcanzaba para inventarlo todo.
Los talleres terminaron convirtiéndose en espacios de una intensidad inesperada. Martínez recuerda que muchas veces acababan todos llorando, atravesados por las historias que aparecían en la conversación. Los abuelos relataban cómo era crecer en el barrio años atrás, mientras los chicos sumaban sus propios juegos y experiencias actuales. En ese intercambio aparecieron continuidades sorprendentes.
La rayuela y la escondida fueron algunos de los juegos que más se repitieron entre generaciones. También surgieron las canciones de ronda, y allí ocurrió algo que emocionó especialmente al grupo coordinador: algunos niños completaban fragmentos de canciones que los adultos mayores ya habían olvidado. La tradición oral, lejos de haberse perdido, reaparecía viva en las voces de las infancias. "Era increíble", resume Claudia, todavía sorprendida por esos cruces inesperados entre pasado y presente.
Libros, dibujos y recuerdos compartidos
Los libros ocuparon un lugar central en ese proceso. La biblioteca cuenta con una importante colección vinculada a juegos, rondas y tradiciones orales de distintas épocas. Cuando los abuelos comenzaron a hojear esos materiales, dice Martínez, "fue como tirar del hilito". Las imágenes y relatos dispararon recuerdos que parecían dormidos: el elástico, la soga, las bolitas, los zapatitos de charol, los picados improvisados y hasta las formas caseras de armar una cancha de vóley en la calle.
En medio de esas conversaciones surgió otra propuesta: empezar a dibujar juntos. Niños y mayores compartieron mesas, lápices y pinturas para transformar recuerdos en imágenes colectivas. Así nacieron las primeras escenas que hoy forman parte del mural. La obra, explica Claudia, contará una historia hecha de ilustraciones creadas por los propios participantes, donde abuelos y niños aparecerán unidos por los relatos y los juegos compartidos.
Aunque participaron hombres y mujeres, fueron sobre todo las abuelas quienes más se sumaron a la experiencia. Lo hicieron, cuenta Martínez, con entusiasmo y con una necesidad evidente de volver a ocupar espacios colectivos. Después de cada encuentro llegaban mensajes agradeciendo la experiencia, contando cuánto les había movilizado revivir recuerdos y sentirse escuchadas. Muchas expresaban que hacía tiempo no encontraban un lugar así, un espacio para compartir historias propias y recuperar algo de su vida comunitaria.
Volver a ser tribu
Para Claudia, allí aparece uno de los sentidos más profundos del proyecto: devolver valor a la palabra de los mayores y reconstruir vínculos intergeneracionales que muchas veces se debilitan en la vida cotidiana. Habla de "volver a ser tribu", de recuperar esa idea ancestral donde los mayores transmiten saberes, historias y modos de vivir a las nuevas generaciones. En los talleres de la Cachilo, esa transmisión sucede entre libros, dibujos, canciones y juegos, pero también en algo más simple y más potente: el tiempo compartido.
Mientras tanto, el mural sigue creciendo sobre la pared cedida solidariamente por el depósito Yema, con materiales aportados por la Mutual de la Asociación Médica y el trabajo colectivo de artistas, vecinos y familias. Desde mayo, cada sábado por la mañana, las manos vuelven a encontrarse frente a la pared para seguir pintando. Y en cada trazo queda algo de esas memorias que, como insiste el lema del proyecto, todavía se plantan y todavía cuentan.
Una pared que ya está siendo
Ese proceso, atravesado por el afecto y la emoción compartida, comenzó lentamente a tomar forma concreta sobre una pared del barrio. Lo que había nacido en rondas de lectura, conversaciones y dibujos colectivos empezó a convertirse en una obra visible, hecha entre muchas manos. Para Claudia Martínez, el mural representa justamente eso: la posibilidad de dejar una huella comunitaria, un testimonio colectivo de todo lo vivido en los talleres de la Biblioteca Popular Cachilo.
La pared elegida está en la intersección de Rouillón y Presidente Perón. Pero Claudia corrige enseguida cualquier referencia en futuro: el mural no "va a ser", el mural "ya está siendo". Desde hacía varios días muralistas y colaboradores trabajaban en el lugar preparando fondos y trasladando a gran escala las imágenes surgidas de los talleres. Ese día, además, sería el primero en que las infancias participarían directamente pintando sobre la pared.
La tarea no fue sencilla. Todas las producciones realizadas por niños, niñas, abuelos y abuelas debían convertirse en una composición común, capaz de reunir múltiples escenas y recuerdos en una única narrativa visual. Para eso se sumaron muralistas que ayudaron a organizar y dar marco a la enorme cantidad de ideas que habían aparecido en los encuentros.
Ariel Gabiniz y el arte como memoria activa
Entre quienes asumieron esa tarea aparece el artista, docente y muralista rosarino Ariel Gabiniz, reconocido por su trabajo artístico ligado a las memorias sociales y a las violencias urbanas que atraviesan la ciudad. Gabiniz impulsó la serie pictórica Reaparecidos, una colección de retratos al óleo que recupera los rostros y gestos de adolescentes asesinados en Rosario, en muchos casos estudiantes víctimas de contextos marcados por la desigualdad y la violencia social. Las obras, nacidas también en articulación con la campaña "Basta de matar a nuestros alumnos" impulsada durante años por AMSAFE Rosario, buscaron rescatar del olvido a esos jóvenes y volver a inscribir sus historias en el espacio público. Además de sus pinturas, el artista desarrolló intervenciones callejeras y pegatinas en escuelas y paredes de la ciudad, utilizando reproducciones en blanco y negro de esos rostros como forma de memoria activa. Su presencia en el mural de la Cachilo no aparece entonces como un dato accesorio, sino como una continuidad natural de una obra atravesada por la memoria, el territorio y las marcas que deja la ausencia.Pintar también las ausencias
Una pared que ya está siendo
Ese proceso, atravesado por el afecto y la emoción compartida, comenzó lentamente a tomar forma concreta sobre una pared del barrio. Lo que había nacido en rondas de lectura, conversaciones y dibujos colectivos empezó a convertirse en una obra visible, hecha entre muchas manos. Para Claudia Martínez, el mural representa justamente eso: la posibilidad de dejar una huella comunitaria, un testimonio colectivo de todo lo vivido en los talleres de la Biblioteca Popular Cachilo.
La pared elegida está en la intersección de Rouillón y Presidente Perón. Pero Claudia corrige enseguida cualquier referencia en futuro: el mural no "va a ser", el mural "ya está siendo". Desde hacía varios días muralistas y colaboradores trabajaban en el lugar preparando fondos y trasladando a gran escala las imágenes surgidas de los talleres. Ese día, además, sería el primero en que las infancias participarían directamente pintando sobre la pared.
La tarea no fue sencilla. Todas las producciones realizadas por niños, niñas, abuelos y abuelas debían convertirse en una composición común, capaz de reunir múltiples escenas y recuerdos en una única narrativa visual. Para eso se sumaron muralistas que ayudaron a organizar y dar marco a la enorme cantidad de ideas que habían aparecido en los encuentros.
Ariel Gabiniz y el arte como memoria activa
Entre quienes asumieron esa tarea aparece el artista, docente y muralista rosarino Ariel Gabiniz, reconocido por su trabajo artístico ligado a las memorias sociales y a las violencias urbanas que atraviesan la ciudad. Gabiniz impulsó la serie pictórica Reaparecidos, una colección de retratos al óleo que recupera los rostros y gestos de adolescentes asesinados en Rosario, en muchos casos estudiantes víctimas de contextos marcados por la desigualdad y la violencia social. Las obras, nacidas también en articulación con la campaña "Basta de matar a nuestros alumnos" impulsada durante años por AMSAFE Rosario, buscaron rescatar del olvido a esos jóvenes y volver a inscribir sus historias en el espacio público. Además de sus pinturas, el artista desarrolló intervenciones callejeras y pegatinas en escuelas y paredes de la ciudad, utilizando reproducciones en blanco y negro de esos rostros como forma de memoria activa. Su presencia en el mural de la Cachilo no aparece entonces como un dato accesorio, sino como una continuidad natural de una obra atravesada por la memoria, el territorio y las marcas que deja la ausencia.Pintar también las ausencias
Primero comenzaron pintando el fondo: las calles del barrio, aunque con un detalle especial. Ninguna llevaría los nombres reales. En cambio, cada calle estaría bautizada con nombres de escritores y escritoras trabajados durante el año en los talleres de lectura.
La memoria colectiva del barrio también aparecería ligada a otras memorias más amplias, más dolorosas. Martínez explica que en el mural estarán presentes las bicicletas inspiradas en la obra de Fernando Traverso, como una referencia inevitable a los desaparecidos de la última dictadura. "Vamos a hacer memoria con todo", afirma. Con las historias contadas por los abuelos, con las heridas de la comunidad, con los libros, con los juegos y con las ausencias. Porque para la Cachilo la memoria no es solamente un ejercicio nostálgico: es una herramienta para que las infancias comprendan que forman parte de una comunidad con historia, con cultura y con voces que vienen de mucho antes.
En el relato de Claudia aparece constantemente la idea de pertenencia. Habla de la biblioteca como una "cuna cultural" y de la necesidad de que niños y niñas crezcan sabiendo que llegan a un territorio lleno de palabras, canciones y relatos compartidos. El mural busca precisamente eso: volver visibles esas raíces y hacerlas circular fuera de las paredes de la biblioteca.
Hizo tribu el mural
Los más grandes, dice, tuvieron además una tarea fundamental: ampliar los dibujos de las infancias y llevarlos a escala mural. En ese gesto simbólico —los adultos agrandando las imágenes creadas por los chicos— Claudia encuentra una idea que considera esencial: "los más grandes cuidar a los que vienen". Por eso los niños no solo observarían el proceso, sino que también comenzarían a pintar sus propios dibujos sobre la pared. Algunos rellenarían formas, otros aportarían colores, mientras alrededor seguirían funcionando talleres en la vereda.
El proyecto comenzó a crecer mucho más allá de lo imaginado. A los muralistas se sumaron abuelos dispuestos a pintar, talleristas, vecinos, personas encargadas de registrar el proceso con fotos y videos, familias enteras acercándose con curiosidad. "Hizo tribu el mural", resume Claudia. La frase sintetiza el modo en que la propuesta fue convocando personas de distintas edades, profesiones y experiencias alrededor de una tarea común.
Incluso los bebés y sus madres tenían pensado incorporarse al trabajo. Aunque varios chicos estaban enfermos por esos días, ya existía un espacio especialmente diseñado para que también ellos dejaran su marca. La intención era que todas las generaciones participaran de algún modo. Y quienes no quisieran pintar podían acercarse igual, con un mate y una silla, simplemente para conversar y acompañar el proceso. Lo importante era habitar colectivamente ese espacio.
La fuerza de la organización comunitaria
Durante varios sábados, entre las once de la mañana y las dos de la tarde, la pared se transformaría en un taller abierto. El tamaño de la obra imponía su propia lógica: veintiún metros de extensión que requerían tiempo, organización y muchas manos. También materiales costosos. Allí aparecieron apoyos fundamentales. Claudia agradece especialmente al Depósito Yema, que cedió la pared y colaboró con pinturas, y a la Mutual de la Asociación Médica, que aportó pinceles, rodillos y materiales de mejor calidad para asegurar la durabilidad del mural.
Sin embargo, más allá de las ayudas concretas, Martínez insiste en otro aspecto: la fuerza de la autogestión y de la organización comunitaria. Recuerda los obstáculos y negativas que encontraron al comienzo, pero sostiene que cada "no" terminó generando muchos más "sí". Para ella, la experiencia demuestra la potencia de una comunidad cuando se apasiona con una idea común. "No hay Estado, no hay ningún patrón que la pare", afirma, reivindicando esa capacidad colectiva de seguir adelante aun en contextos adversos.
Los árboles también guardan memoria
El mural seguirá sumando elementos a medida que avance. Además de los juegos y las bicicletas, aparecerán árboles cargados de significado. La biblioteca viene trabajando desde hace tiempo sobre la memoria contenida en los anillos de los árboles, entendidos como una forma de memoria biológica de la comunidad. Esa línea de trabajo se fortaleció especialmente después de la tala de un centenario y enorme árbol de 27 de Febrero y Teniente Agneta, un hecho que motivó una muestra fotográfica titulada "El árbol sigue creciendo" y que dejó incluso una rama conservada en el frente de la Biblioteca.
Ahora, esa reflexión se proyecta hacia nuevas acciones. Parte del proyecto anual incluirá la plantación de árboles en el barrio. Árboles sembrados por las propias infancias, que crecerán junto a ellas y quedarán ligados a la memoria de quienes los plantaron. Para Claudia, naturaleza y memoria forman parte del mismo entramado vital.Un archivo vivo sobre la pared
La idea del mural surgió recién después de escuchar durante meses a chicos y abuelos en los talleres. El proyecto general comenzó a pensarse en febrero, pero nadie había imaginado inicialmente una pared. La necesidad apareció cuando comprendieron que todas esas historias no podían quedar encerradas dentro de la biblioteca. Había que sacarlas al barrio, compartirlas con toda la comunidad y convertirlas en imágenes visibles para cualquiera que pasara por allí.
En ese sentido, Martínez piensa el muralismo como una forma universal de testimonio. Así como los murales suelen recordar a personas desaparecidas o representar historias colectivas, esta obra buscará dejar testimonio de la memoria barrial construida a través de los juegos, las canciones y los relatos de distintas generaciones. Un archivo vivo pintado sobre una pared.
Y mientras las primeras capas de color y bocetos de dibujos avanzan en esa esquina, la sensación que atraviesa todo el proyecto parece resumirse en una certeza simple: la memoria, cuando se comparte, también puede convertirse en refugio, en encuentro y en futuro.
La memoria colectiva del barrio también aparecería ligada a otras memorias más amplias, más dolorosas. Martínez explica que en el mural estarán presentes las bicicletas inspiradas en la obra de Fernando Traverso, como una referencia inevitable a los desaparecidos de la última dictadura. "Vamos a hacer memoria con todo", afirma. Con las historias contadas por los abuelos, con las heridas de la comunidad, con los libros, con los juegos y con las ausencias. Porque para la Cachilo la memoria no es solamente un ejercicio nostálgico: es una herramienta para que las infancias comprendan que forman parte de una comunidad con historia, con cultura y con voces que vienen de mucho antes.
En el relato de Claudia aparece constantemente la idea de pertenencia. Habla de la biblioteca como una "cuna cultural" y de la necesidad de que niños y niñas crezcan sabiendo que llegan a un territorio lleno de palabras, canciones y relatos compartidos. El mural busca precisamente eso: volver visibles esas raíces y hacerlas circular fuera de las paredes de la biblioteca.
Hizo tribu el mural
Los más grandes, dice, tuvieron además una tarea fundamental: ampliar los dibujos de las infancias y llevarlos a escala mural. En ese gesto simbólico —los adultos agrandando las imágenes creadas por los chicos— Claudia encuentra una idea que considera esencial: "los más grandes cuidar a los que vienen". Por eso los niños no solo observarían el proceso, sino que también comenzarían a pintar sus propios dibujos sobre la pared. Algunos rellenarían formas, otros aportarían colores, mientras alrededor seguirían funcionando talleres en la vereda.
El proyecto comenzó a crecer mucho más allá de lo imaginado. A los muralistas se sumaron abuelos dispuestos a pintar, talleristas, vecinos, personas encargadas de registrar el proceso con fotos y videos, familias enteras acercándose con curiosidad. "Hizo tribu el mural", resume Claudia. La frase sintetiza el modo en que la propuesta fue convocando personas de distintas edades, profesiones y experiencias alrededor de una tarea común.
Incluso los bebés y sus madres tenían pensado incorporarse al trabajo. Aunque varios chicos estaban enfermos por esos días, ya existía un espacio especialmente diseñado para que también ellos dejaran su marca. La intención era que todas las generaciones participaran de algún modo. Y quienes no quisieran pintar podían acercarse igual, con un mate y una silla, simplemente para conversar y acompañar el proceso. Lo importante era habitar colectivamente ese espacio.
La fuerza de la organización comunitaria
Durante varios sábados, entre las once de la mañana y las dos de la tarde, la pared se transformaría en un taller abierto. El tamaño de la obra imponía su propia lógica: veintiún metros de extensión que requerían tiempo, organización y muchas manos. También materiales costosos. Allí aparecieron apoyos fundamentales. Claudia agradece especialmente al Depósito Yema, que cedió la pared y colaboró con pinturas, y a la Mutual de la Asociación Médica, que aportó pinceles, rodillos y materiales de mejor calidad para asegurar la durabilidad del mural.
Sin embargo, más allá de las ayudas concretas, Martínez insiste en otro aspecto: la fuerza de la autogestión y de la organización comunitaria. Recuerda los obstáculos y negativas que encontraron al comienzo, pero sostiene que cada "no" terminó generando muchos más "sí". Para ella, la experiencia demuestra la potencia de una comunidad cuando se apasiona con una idea común. "No hay Estado, no hay ningún patrón que la pare", afirma, reivindicando esa capacidad colectiva de seguir adelante aun en contextos adversos.
Los árboles también guardan memoria
El mural seguirá sumando elementos a medida que avance. Además de los juegos y las bicicletas, aparecerán árboles cargados de significado. La biblioteca viene trabajando desde hace tiempo sobre la memoria contenida en los anillos de los árboles, entendidos como una forma de memoria biológica de la comunidad. Esa línea de trabajo se fortaleció especialmente después de la tala de un centenario y enorme árbol de 27 de Febrero y Teniente Agneta, un hecho que motivó una muestra fotográfica titulada "El árbol sigue creciendo" y que dejó incluso una rama conservada en el frente de la Biblioteca.
Ahora, esa reflexión se proyecta hacia nuevas acciones. Parte del proyecto anual incluirá la plantación de árboles en el barrio. Árboles sembrados por las propias infancias, que crecerán junto a ellas y quedarán ligados a la memoria de quienes los plantaron. Para Claudia, naturaleza y memoria forman parte del mismo entramado vital.Un archivo vivo sobre la pared
La idea del mural surgió recién después de escuchar durante meses a chicos y abuelos en los talleres. El proyecto general comenzó a pensarse en febrero, pero nadie había imaginado inicialmente una pared. La necesidad apareció cuando comprendieron que todas esas historias no podían quedar encerradas dentro de la biblioteca. Había que sacarlas al barrio, compartirlas con toda la comunidad y convertirlas en imágenes visibles para cualquiera que pasara por allí.
En ese sentido, Martínez piensa el muralismo como una forma universal de testimonio. Así como los murales suelen recordar a personas desaparecidas o representar historias colectivas, esta obra buscará dejar testimonio de la memoria barrial construida a través de los juegos, las canciones y los relatos de distintas generaciones. Un archivo vivo pintado sobre una pared.
Y mientras las primeras capas de color y bocetos de dibujos avanzan en esa esquina, la sensación que atraviesa todo el proyecto parece resumirse en una certeza simple: la memoria, cuando se comparte, también puede convertirse en refugio, en encuentro y en futuro.
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Fotos: Amalia Di Santo


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