La crisis boliviana ya llevaba más de tres semanas cuando José Luis Aliaga atendió el llamado desde La Paz. Eran las nueve y seis de la mañana en Bolivia, diez y seis en Argentina, y mientras hablaba con Aire Libre Radio Comunitaria el gobierno acababa de iniciar un operativo para desbloquear las rutas que mantenían aisladas a las ciudades de La Paz y El Alto. El periodista de Escuelas Radiofónicas Bolivianas describía un país detenido, atravesado por una tensión que ya no podía explicarse únicamente como un conflicto sectorial o sindical. “Es un problema muy complejo”, resumía, mientras intentaba ponerle palabras a una escena cotidiana marcada por el desabastecimiento, la incertidumbre y el desgaste social.
La ciudad donde dejaron de escucharse motores
Los bloqueos habían impedido durante días el ingreso de alimentos, combustible y oxígeno para hospitales. En La Paz y El Alto, donde viven alrededor de dos millones de personas, ya no había gasolina desde hacía casi dos semanas. Las estaciones de servicio permanecían cerradas y ni siquiera las largas filas garantizaban conseguir combustible. En las calles apenas circulaban algunos vehículos adaptados para funcionar con gas licuado. El silencio de los motores se había convertido en una postal de la crisis.
Aliaga reconstruía el origen del conflicto en el primero de mayo, cuando la Central Obrera Boliviana declaró una huelga indefinida. A la protesta se habían sumado los maestros y otros sectores que reclamaban mejoras salariales y reivindicaciones específicas. Sin embargo, con el correr de los días, varios de esos espacios alcanzaron acuerdos con el gobierno y abandonaron las medidas. En los bloqueos quedaron la Central Obrera, la Federación de Trabajadores Campesinos Túpac Katari, grupos afines a Evo Morales y pequeños sectores mineros que acompañaban las movilizaciones.
Según el periodista, el gobierno de Rodrigo Paz tampoco había sabido responder a tiempo. "No ha tenido una respuesta para los pedidos", señalaba. Y cuando comenzaron a resolverse algunos reclamos parciales, emergió una nueva consigna que terminó unificando el malestar: la exigencia de renuncia del presidente. Esa demanda pasó a dominar la escena y llevó el conflicto a un punto crítico. Para entonces ya se acumulaban 22 días de bloqueos alrededor de La Paz y El Alto.
Durante la madrugada, el gobierno había lanzado un operativo que bautizó como "Corredor Humanitario de las Banderas Blancas", destinado a despejar caminos y permitir el ingreso de suministros. Pero la iniciativa, lejos de pacificar la situación, abrió nuevos focos de tensión. Ya se registraban incidentes en las rutas, especialmente en el trayecto entre Oruro y La Paz, donde fuerzas policiales apoyadas por el ejército avanzaban junto a maquinaria pesada para liberar las vías. Aliaga aclaraba que los militares no portaban armamento letal, aunque admitía que el desenlace seguía siendo incierto. "No podría decir con certeza si el bloqueo va a terminar hoy, mañana o la próxima semana", confesaba.
Aliaga reconstruía el origen del conflicto en el primero de mayo, cuando la Central Obrera Boliviana declaró una huelga indefinida. A la protesta se habían sumado los maestros y otros sectores que reclamaban mejoras salariales y reivindicaciones específicas. Sin embargo, con el correr de los días, varios de esos espacios alcanzaron acuerdos con el gobierno y abandonaron las medidas. En los bloqueos quedaron la Central Obrera, la Federación de Trabajadores Campesinos Túpac Katari, grupos afines a Evo Morales y pequeños sectores mineros que acompañaban las movilizaciones.
Según el periodista, el gobierno de Rodrigo Paz tampoco había sabido responder a tiempo. "No ha tenido una respuesta para los pedidos", señalaba. Y cuando comenzaron a resolverse algunos reclamos parciales, emergió una nueva consigna que terminó unificando el malestar: la exigencia de renuncia del presidente. Esa demanda pasó a dominar la escena y llevó el conflicto a un punto crítico. Para entonces ya se acumulaban 22 días de bloqueos alrededor de La Paz y El Alto.
Durante la madrugada, el gobierno había lanzado un operativo que bautizó como "Corredor Humanitario de las Banderas Blancas", destinado a despejar caminos y permitir el ingreso de suministros. Pero la iniciativa, lejos de pacificar la situación, abrió nuevos focos de tensión. Ya se registraban incidentes en las rutas, especialmente en el trayecto entre Oruro y La Paz, donde fuerzas policiales apoyadas por el ejército avanzaban junto a maquinaria pesada para liberar las vías. Aliaga aclaraba que los militares no portaban armamento letal, aunque admitía que el desenlace seguía siendo incierto. "No podría decir con certeza si el bloqueo va a terminar hoy, mañana o la próxima semana", confesaba.
Rodrigo Paz y el giro hacia la derecha
En su análisis, el conflicto excedía la coyuntura económica y revelaba una fractura política más profunda. Rodrigo Paz, recordaba Aliaga, había llegado al poder gracias a una transferencia decisiva de votos provenientes del Movimiento al Socialismo. El enfrentamiento entre Evo Morales y Luis Arce había generado un vacío político que terminó beneficiando al entonces candidato moderado. Hasta poco antes de las elecciones, las encuestas mostraban al frente a Jorge "Tuto" Quiroga y Samuel Doria Medina, mientras Paz aparecía relegado a posiciones secundarias. Sin embargo, el respaldo del evismo alteró el escenario y permitió su victoria en primera vuelta.
Ese apoyo, decía Aliaga, se construyó bajo la lógica del "mal menor". Pero una vez en el gobierno, Rodrigo Paz habría girado rápidamente hacia los sectores de poder del oriente boliviano. El periodista relataba que, apenas asumido, el presidente se reunió con el gobernador cruceño Luis Fernando Camacho, recientemente liberado tras haber sido detenido por los sucesos de 2019, interpretados por el evismo como un golpe de Estado y por la oposición como una reacción al supuesto fraude electoral.
Ese apoyo, decía Aliaga, se construyó bajo la lógica del "mal menor". Pero una vez en el gobierno, Rodrigo Paz habría girado rápidamente hacia los sectores de poder del oriente boliviano. El periodista relataba que, apenas asumido, el presidente se reunió con el gobernador cruceño Luis Fernando Camacho, recientemente liberado tras haber sido detenido por los sucesos de 2019, interpretados por el evismo como un golpe de Estado y por la oposición como una reacción al supuesto fraude electoral.
En Bolivia se registran 59 bloqueos en seis de las nueve regiones del país, con especial concentración en la zona andina, en un contexto de creciente tensión social tras el fracaso del segundo operativo policial y militar que el sábado intentó despejar una vía troncal tomada desde hace 19 días. La ruta permanece interrumpida por grupos de campesinos que mantienen sus medidas de presión y exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz, mientras el conflicto se extiende y profundiza la incertidumbre en distintas zonas del territorio.
La rebelión de los que lo votaron
Para amplios sectores populares del occidente boliviano, esa decisión fue interpretada como una traición política. "Muchos pensaban que iba a ser, al menos, un hombre de centro", explicaba Aliaga. Sin embargo, observaban cómo el gobierno se alineaba con los agroindustriales, los productores sojeros y los grandes ganaderos del oriente. Como símbolo de ese desplazamiento ideológico, mencionaba al argentino Fernando Cerimedo, a quien definía como asesor personal de Rodrigo Paz y como una expresión de la creciente influencia de la derecha argentina sobre el gobierno boliviano. Cerimedo asesora a dirigentes de ultraderecha como Javier Milei, Jair Bolsonaro y Nasry Asfura.
Para amplios sectores populares del occidente boliviano, esa decisión fue interpretada como una traición política. "Muchos pensaban que iba a ser, al menos, un hombre de centro", explicaba Aliaga. Sin embargo, observaban cómo el gobierno se alineaba con los agroindustriales, los productores sojeros y los grandes ganaderos del oriente. Como símbolo de ese desplazamiento ideológico, mencionaba al argentino Fernando Cerimedo, a quien definía como asesor personal de Rodrigo Paz y como una expresión de la creciente influencia de la derecha argentina sobre el gobierno boliviano. Cerimedo asesora a dirigentes de ultraderecha como Javier Milei, Jair Bolsonaro y Nasry Asfura.
Ese viraje alimentó el enojo de quienes habían acompañado electoralmente a Paz esperando otra orientación. Aliaga recordaba una conversación reciente con un exvocero de Evo Morales que sintetizaba el clima de época con crudeza: "Los que están en los bloqueos son los que votaron por Rodrigo Paz". La protesta, en esa lectura, no era únicamente económica, sino también una disputa por la representación política y por el sentido de un voto que sentían traicionado.
En medio de ese escenario, las organizaciones campesinas y aymaras volvían a ocupar un papel central. La movilización estaba encabezada por la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia y articulada territorialmente por la Federación Departamental Túpac Katari de La Paz, responsable de gran parte de los bloqueos. Para el domingo siguiente estaba prevista una mesa de diálogo con el gobierno, aunque todo dependía de lo que ocurriera durante la jornada de desbloqueo.
Aliaga admitía que había imaginado un camino hacia la negociación después de la presentación del "Corredor Humanitario". Pensó que el gobierno intentaría abrir las rutas para luego sentarse a conversar. Pero las noticias que llegaban desde los puntos de conflicto indicaban otra cosa: seguían produciéndose incidentes y el clima continuaba siendo extremadamente frágil. "Todavía no está resuelto el conflicto", repetía.
Una captura que podría incendiar el país
La figura de Evo Morales atravesaba inevitablemente toda la crisis, aunque Aliaga se esforzaba por evitar simplificaciones. No creía que el expresidente fuera la cabeza visible del movimiento que mantenía paralizadas las rutas. "Es otra cosa", insistía. Morales permanecía en el Chapare, en el trópico de Cochabamba, el mismo territorio desde el cual construyó décadas atrás su liderazgo sindical cocalero y desde donde inició el camino que lo llevó a la presidencia de Bolivia. Allí seguía, resguardado por sectores sociales afines que lo protegían frente a las denuncias judiciales en su contra y frente a una orden de aprehensión impulsada por la derecha boliviana.
Aliaga remarcaba que no podía hablarse de clandestinidad. Evo seguía activo políticamente, participaba de programas radiales y mantenía comunicación con sus bases. Todos los domingos, recordaba, podía escuchárselo en Radio Kawsachun Coca, en una emisión temprana que seguía funcionando como espacio de referencia para el evismo. "No está clandestino, está resguardado", aclaraba.
La diferencia no era menor. Para el periodista, el núcleo que acompañaba a Morales en las protestas existía, pero no alcanzaba para explicar por sí solo la magnitud del conflicto. Había grupos evistas en los bloqueos de La Paz y El Alto, sí, pero la raíz del levantamiento era más amplia y más difusa. A su entender, lo que se estaba expresando en las rutas era el enojo de sectores populares que consideraban que su voto había sido utilizado para construir un gobierno que luego se desplazó hacia posiciones conservadoras y abandonó sus demandas.
Aliaga insistía varias veces en que todo era extremadamente cambiante y difícil de explicar. "De un momento a otro puede cambiar", decía. Esa incertidumbre también atravesaba la situación de Evo Morales. Ejecutar la orden de captura contra el expresidente podía abrir un escenario todavía más delicado. Nadie sabía con precisión cómo estaba organizado el grupo que lo custodiaba en el Chapare ni cuál podía ser su reacción ante una intervención estatal. "No se sabe si esos guardianes están armados o no", advertía. Y sugería que el gobierno evitaba avanzar justamente para no provocar una escalada de consecuencias imprevisibles.
Cerimedo, Milei y las nuevas derechas
En medio de ese escenario, las organizaciones campesinas y aymaras volvían a ocupar un papel central. La movilización estaba encabezada por la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia y articulada territorialmente por la Federación Departamental Túpac Katari de La Paz, responsable de gran parte de los bloqueos. Para el domingo siguiente estaba prevista una mesa de diálogo con el gobierno, aunque todo dependía de lo que ocurriera durante la jornada de desbloqueo.
Aliaga admitía que había imaginado un camino hacia la negociación después de la presentación del "Corredor Humanitario". Pensó que el gobierno intentaría abrir las rutas para luego sentarse a conversar. Pero las noticias que llegaban desde los puntos de conflicto indicaban otra cosa: seguían produciéndose incidentes y el clima continuaba siendo extremadamente frágil. "Todavía no está resuelto el conflicto", repetía.
Una captura que podría incendiar el país
La figura de Evo Morales atravesaba inevitablemente toda la crisis, aunque Aliaga se esforzaba por evitar simplificaciones. No creía que el expresidente fuera la cabeza visible del movimiento que mantenía paralizadas las rutas. "Es otra cosa", insistía. Morales permanecía en el Chapare, en el trópico de Cochabamba, el mismo territorio desde el cual construyó décadas atrás su liderazgo sindical cocalero y desde donde inició el camino que lo llevó a la presidencia de Bolivia. Allí seguía, resguardado por sectores sociales afines que lo protegían frente a las denuncias judiciales en su contra y frente a una orden de aprehensión impulsada por la derecha boliviana.
Aliaga remarcaba que no podía hablarse de clandestinidad. Evo seguía activo políticamente, participaba de programas radiales y mantenía comunicación con sus bases. Todos los domingos, recordaba, podía escuchárselo en Radio Kawsachun Coca, en una emisión temprana que seguía funcionando como espacio de referencia para el evismo. "No está clandestino, está resguardado", aclaraba.
La diferencia no era menor. Para el periodista, el núcleo que acompañaba a Morales en las protestas existía, pero no alcanzaba para explicar por sí solo la magnitud del conflicto. Había grupos evistas en los bloqueos de La Paz y El Alto, sí, pero la raíz del levantamiento era más amplia y más difusa. A su entender, lo que se estaba expresando en las rutas era el enojo de sectores populares que consideraban que su voto había sido utilizado para construir un gobierno que luego se desplazó hacia posiciones conservadoras y abandonó sus demandas.
Aliaga insistía varias veces en que todo era extremadamente cambiante y difícil de explicar. "De un momento a otro puede cambiar", decía. Esa incertidumbre también atravesaba la situación de Evo Morales. Ejecutar la orden de captura contra el expresidente podía abrir un escenario todavía más delicado. Nadie sabía con precisión cómo estaba organizado el grupo que lo custodiaba en el Chapare ni cuál podía ser su reacción ante una intervención estatal. "No se sabe si esos guardianes están armados o no", advertía. Y sugería que el gobierno evitaba avanzar justamente para no provocar una escalada de consecuencias imprevisibles.
Cerimedo, Milei y las nuevas derechas
La dimensión regional del conflicto aparecía cada vez con más claridad. Aliaga observaba una fuerte cercanía política entre Rodrigo Paz y los gobiernos de derecha y ultraderecha del continente. El respaldo explícito de Javier Milei era, para él, evidente. No sólo por el alineamiento político, sino también por la presencia de Fernando Cerimedo dentro del entorno presidencial boliviano. El periodista lo mencionaba como una figura asociada al oficialismo argentino y también vinculada al bolsonarismo brasileño.
En medio del conflicto, Argentina había enviado un avión para trasladar mercadería —principalmente carne vacuna y pollo— destinada a abastecer parcialmente los mercados de La Paz y El Alto. Oficialmente se presentó como una ayuda humanitaria. Sin embargo, rápidamente aparecieron cuestionamientos porque esos productos terminaron siendo comercializados por empresarios privados que, según la explicación gubernamental, se hacían cargo del combustible de la aeronave y por eso vendían luego la mercadería.
La contradicción alimentó sospechas y malestar. "¿Por qué un avión que llega para ayuda humanitaria está siendo utilizado por empresarios privados?", era una de las preguntas que empezaban a circular. El gobierno argumentaba que el mecanismo era necesario para garantizar el abastecimiento, pero para muchos sectores eso mostraba cómo incluso en medio de la crisis persistían intereses económicos y privilegios empresariales.
Chile también había enviado asistencia. Un avión Hércules aterrizó en Bolivia con alimentos secos y otros insumos. Pero alrededor de esos vuelos comenzaron a multiplicarse rumores y denuncias. Circulaban versiones sobre un posible traslado de armamento o de equipamiento antidisturbios destinado a reforzar la represión de los bloqueos. Aliaga era prudente. Repetía que no existían pruebas concluyentes y que cualquier afirmación debía investigarse seriamente. "No se ha comprobado", insistía.
Aun así, el tema ya había ingresado en el debate político. Se hablaba de la posibilidad de que el avión hubiera transportado armas, gases lacrimógenos u otros elementos vinculados a operativos de seguridad. También se habían presentado pedidos de informe sobre la presencia y funciones de Fernando Cerimedo dentro del gobierno boliviano: bajo qué modalidad trabajaba, quién financiaba sus actividades y cuál era exactamente su rol. Pero, hasta ese momento, no existían respuestas oficiales.
El país de la incertidumbre permanente
En medio del conflicto, Argentina había enviado un avión para trasladar mercadería —principalmente carne vacuna y pollo— destinada a abastecer parcialmente los mercados de La Paz y El Alto. Oficialmente se presentó como una ayuda humanitaria. Sin embargo, rápidamente aparecieron cuestionamientos porque esos productos terminaron siendo comercializados por empresarios privados que, según la explicación gubernamental, se hacían cargo del combustible de la aeronave y por eso vendían luego la mercadería.
La contradicción alimentó sospechas y malestar. "¿Por qué un avión que llega para ayuda humanitaria está siendo utilizado por empresarios privados?", era una de las preguntas que empezaban a circular. El gobierno argumentaba que el mecanismo era necesario para garantizar el abastecimiento, pero para muchos sectores eso mostraba cómo incluso en medio de la crisis persistían intereses económicos y privilegios empresariales.
Chile también había enviado asistencia. Un avión Hércules aterrizó en Bolivia con alimentos secos y otros insumos. Pero alrededor de esos vuelos comenzaron a multiplicarse rumores y denuncias. Circulaban versiones sobre un posible traslado de armamento o de equipamiento antidisturbios destinado a reforzar la represión de los bloqueos. Aliaga era prudente. Repetía que no existían pruebas concluyentes y que cualquier afirmación debía investigarse seriamente. "No se ha comprobado", insistía.
Aun así, el tema ya había ingresado en el debate político. Se hablaba de la posibilidad de que el avión hubiera transportado armas, gases lacrimógenos u otros elementos vinculados a operativos de seguridad. También se habían presentado pedidos de informe sobre la presencia y funciones de Fernando Cerimedo dentro del gobierno boliviano: bajo qué modalidad trabajaba, quién financiaba sus actividades y cuál era exactamente su rol. Pero, hasta ese momento, no existían respuestas oficiales.
El país de la incertidumbre permanente
En ese contexto crecían las comparaciones regionales y las referencias históricas. La conversación derivaba inevitablemente hacia la articulación entre las nuevas derechas latinoamericanas, el alineamiento con Estados Unidos y las resonancias del viejo Plan Cóndor. Aliaga evitaba afirmaciones categóricas, pero reconocía que existía una percepción creciente de coordinación política entre gobiernos conservadores del continente.
Mientras tanto, el diálogo seguía apareciendo como la única salida posible, aunque todavía extremadamente frágil. La reunión prevista entre el gobierno y los sectores movilizados estaba auspiciada por la Defensoría del Pueblo y por la Iglesia Católica boliviana, que intentaban actuar como mediadoras. Pero incluso allí predominaba la incertidumbre. El gobierno había anunciado fecha y hora para la negociación —el domingo a las diez de la mañana, hora argentina—, aunque la propia Iglesia advirtió públicamente que el diálogo todavía no estaba consolidado y cuestionó al Ejecutivo por presentar como seguro un acuerdo que aún dependía de la evolución del conflicto en las rutas.
La crisis sin desenlace
Mientras tanto, el diálogo seguía apareciendo como la única salida posible, aunque todavía extremadamente frágil. La reunión prevista entre el gobierno y los sectores movilizados estaba auspiciada por la Defensoría del Pueblo y por la Iglesia Católica boliviana, que intentaban actuar como mediadoras. Pero incluso allí predominaba la incertidumbre. El gobierno había anunciado fecha y hora para la negociación —el domingo a las diez de la mañana, hora argentina—, aunque la propia Iglesia advirtió públicamente que el diálogo todavía no estaba consolidado y cuestionó al Ejecutivo por presentar como seguro un acuerdo que aún dependía de la evolución del conflicto en las rutas.
La crisis sin desenlace
Aliaga volvía una y otra vez sobre la misma idea: en Bolivia todo podía cambiar de un momento a otro. Las noticias sobre caravanas de cisternas cargadas de combustible convivían con estaciones de servicio completamente vacías. "Llegan 70 cisternas, pero los surtidores siguen cerrados", describía casi con incredulidad. Entonces aparecía la pregunta inevitable: si las cisternas habían llegado, ¿dónde estaba la gasolina? Nadie lograba responderlo con claridad.
En las horas siguientes, decía, tal vez comenzaría a normalizarse parcialmente el abastecimiento gracias a algunos corredores abiertos entre los bloqueos. Quizás podrían entrar camiones con combustible y alimentos hacia La Paz y El Alto. Pero incluso eso seguía siendo una posibilidad incierta, pendiente de lo que ocurriera en las rutas y de la capacidad del gobierno para evitar nuevos enfrentamientos.
Aliaga hablaba desde una ciudad suspendida en la espera. Un país entero parecía atrapado entre bloqueos, operaciones de desbloqueo, rumores, negociaciones frágiles y disputas políticas cada vez más profundas. "Aquí todo hay que esperar", resumía al final de la conversación. Y en esa frase parecía condensarse el estado general de Bolivia: una sociedad atravesada por el desgaste, la desconfianza y una incertidumbre que nadie, ni el gobierno ni los movimientos sociales ni la oposición, parecía capaz de controlar.
En las horas siguientes, decía, tal vez comenzaría a normalizarse parcialmente el abastecimiento gracias a algunos corredores abiertos entre los bloqueos. Quizás podrían entrar camiones con combustible y alimentos hacia La Paz y El Alto. Pero incluso eso seguía siendo una posibilidad incierta, pendiente de lo que ocurriera en las rutas y de la capacidad del gobierno para evitar nuevos enfrentamientos.
Aliaga hablaba desde una ciudad suspendida en la espera. Un país entero parecía atrapado entre bloqueos, operaciones de desbloqueo, rumores, negociaciones frágiles y disputas políticas cada vez más profundas. "Aquí todo hay que esperar", resumía al final de la conversación. Y en esa frase parecía condensarse el estado general de Bolivia: una sociedad atravesada por el desgaste, la desconfianza y una incertidumbre que nadie, ni el gobierno ni los movimientos sociales ni la oposición, parecía capaz de controlar.
Fotos: Agencia AFP, EFE, Marka Registrada
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