Fernando Borroni es escritor, periodista y docente. Con una extensa trayectoria en medios radiales y televisivos, se ha consolidado como una de las voces más reconocidas del periodismo político argentino. Profesor de radio y periodismo en la Universidad Nacional de La Plata y cofundador de la Escuela Popular de Medios Comunitarios Homero Manzi, ha combinado a lo largo de su carrera la práctica periodística con la formación y la reflexión crítica sobre la comunicación y la política.
Es autor de los libros La inquisición neoliberal, Victorias populares, Lo dicho a tiempo y, más recientemente, Coronados de odio. La Argentina de Milei en un mundo de ultraderechas y neocolonialismo. Actualmente conduce los programas Sin lugar para los débiles en C5N y No Se Desesperen por Radio 10.
Reconocido, entre otras distinciones, con el Premio a la Cultura Arturo Jauretche y en dos oportunidades con el Premio Oesterheld al mejor editorialista del año, Borroni ha desarrollado una mirada singular sobre los procesos políticos y culturales de la Argentina contemporánea.
En Coronados de odio, su último libro, analiza el fenómeno Milei en el marco de una transformación global marcada por el avance de las nuevas derechas. Allí explora el papel del odio como herramienta de construcción política, la crisis de los lazos colectivos y las disputas culturales que atraviesan nuestras sociedades, al tiempo que recupera la memoria, la solidaridad y la acción colectiva como horizontes posibles frente al presente.
Hoy, en Señales, conversaremos con él sobre estas ideas, los desafíos que plantea el tiempo que vivimos y las preguntas que abre su más reciente trabajo.
Hay una idea central que es no sólo analizar cómo llegó Milei o por qué llegó Milei, sino qué significa Milei hoy en la Argentina, en el medio de una ultraderecha que avanza y de un proceso neocolonial que se está dando en distintas partes del mundo
Milei como síntoma de una crisis más profunda
Fernando, hay una idea central que no pasa solamente por analizar cómo llegó Milei o por qué llegó Milei, sino por comprender qué significa Milei hoy en la Argentina, en medio del avance de una ultraderecha y de un proceso neocolonial que se está desarrollando en distintas partes del mundo.
Sí, es así. El libro intenta reflexionar y analizar que Milei es mucho más que nuestro presidente. Es mucho más que la resultante de una mala gestión del gobierno del Frente de Todos o de una mala gestión del propio Mauricio Macri. Milei significa mucho más.
De alguna manera, Milei es la expresión de una humanidad -y particularmente de una sociedad argentina- que evidentemente ha cambiado y sigue cambiando. Vivimos tiempos atravesados por una enorme derrota cultural que encontró en Milei una de sus expresiones. Milei es el resultado de una sociedad que está rompiendo sus vínculos, de unos valores que, de alguna manera, han comenzado a ser trastocados por los antivalores que representa este gobierno.
Milei es la resultante de un mercado que se ha instalado por encima del bien común; de una economía que ha dejado de tener a los seres humanos como centro; de una educación que también ha dejado de ponerlos en el centro; y de una cultura en la que el ser humano ha perdido esa centralidad.
Entonces, entender por qué Milei es hoy lo que es implica asumir una causalidad múltiple. Eso es algo que trato de señalar en el libro, sin esquivar las particularidades de nuestro país ni las razones por las cuales llegó a la Presidencia. Pero también intento hacer el esfuerzo de comprender que Milei representa mucho más, en términos de humanidad, de lo que solemos creer.
Y eso nos va a exigir, cuando llegue el posmileísmo, otro tipo de compromiso.
Sí, es así. El libro intenta reflexionar y analizar que Milei es mucho más que nuestro presidente. Es mucho más que la resultante de una mala gestión del gobierno del Frente de Todos o de una mala gestión del propio Mauricio Macri. Milei significa mucho más.
De alguna manera, Milei es la expresión de una humanidad -y particularmente de una sociedad argentina- que evidentemente ha cambiado y sigue cambiando. Vivimos tiempos atravesados por una enorme derrota cultural que encontró en Milei una de sus expresiones. Milei es el resultado de una sociedad que está rompiendo sus vínculos, de unos valores que, de alguna manera, han comenzado a ser trastocados por los antivalores que representa este gobierno.
Milei es la resultante de un mercado que se ha instalado por encima del bien común; de una economía que ha dejado de tener a los seres humanos como centro; de una educación que también ha dejado de ponerlos en el centro; y de una cultura en la que el ser humano ha perdido esa centralidad.
Entonces, entender por qué Milei es hoy lo que es implica asumir una causalidad múltiple. Eso es algo que trato de señalar en el libro, sin esquivar las particularidades de nuestro país ni las razones por las cuales llegó a la Presidencia. Pero también intento hacer el esfuerzo de comprender que Milei representa mucho más, en términos de humanidad, de lo que solemos creer.
Y eso nos va a exigir, cuando llegue el posmileísmo, otro tipo de compromiso.
El libro como espejo: explicarnos a nosotros mismos
Con lo cual, ¿este libro no intenta explicar a Milei o intenta explicar algo más profundo que Milei?
Yo creo que intenta explicarnos a nosotros mismos. Intenta explicar nuestros errores, nuestras ausencias y por qué el odio volvió a convertirse en una forma de construir sociedad. En realidad, habría que decir de destruir sociedad.
¿Cuántas veces se dijo que el amor es un valor político? Si el amor es un valor político, el odio es un disvalor de la propia política. Sin embargo, existe. Ya sabemos lo que ha significado el odio a lo largo de la historia de la humanidad y, en la Argentina, lo que ha significado el odio contra el peronismo y contra las clases populares.
Entonces, cuando pensamos por qué Milei en la Argentina, yo creo que Milei representa una suerte de nuevo 19 y 20 de diciembre de 2001, pero invertido. El 19 y 20 de diciembre fue una implosión social que terminó con el grito de "que se vayan todos", producto del cansancio frente a una política que nos hacía vivir mal desde hacía años; si se quiere, desde el comienzo mismo de la democracia.
Me decía: el 19 y 20 de diciembre fue esa implosión social que terminó de la manera en que terminó y que, de algún modo, se orientó hacia lo popular. Pero, ¿cuál era la clave de aquel proceso? Más allá de los motivos, era la despolitización, el desprecio hacia la política.
Aquel "que se vayan todos" de 2001 se transformó en 2023 en el "vamos a terminar con la casta". La casta fue la síntesis de una nueva despolitización. Otra vez, una parte importante de la sociedad apareció enojada con la política y despreciando a la política.
Y, en lugar de derivar en una implosión social —porque no hubo corralito—, ese proceso terminó con la elección de una persona que estaba por fuera de las lógicas políticas, institucionales y democráticas tradicionales. En ese sentido, el triunfo de Milei también fue una expresión del "que se vayan todos", aunque esta vez canalizada hacia la derecha.
Los medios como actores centrales del poder
¿Qué lugar ocupan hoy -porque de esto nos ocupamos nosotros, y vos también mucho- algunos medios de comunicación en la disputa de esta batalla cultural? ¿Son actores centrales o simplemente reflejan algo más profundo?
No, son centrales. Son absolutamente centrales. No hay Javier Milei sin Eduardo Feinmann, no hay Javier Milei sin Esteban Trebucq, no hay Javier Milei sin Luis Majul, no hay Javier Milei sin Alejandro Fantino.
Del mismo modo que no había dictadura sin Clarín o sin La Nación. No podemos pensar a la sociedad como si estuviera compuesta por estamentos estancos. No hay Cristina presa sin la Corte, sin la Justicia, por supuesto, pero tampoco sin Clarín.
Vos lo sabés, ustedes lo saben tanto como yo: los medios son, ante todo, instrumentos que disputan poder. Y los grandes medios disputan poder real; no disputan cuestiones menores.
Vos recordarás aquella anécdota que cuenta Rodolfo Terragno sobre una reunión con Héctor Magnetto. Cuando fue a hablar en representación del gobierno de Alfonsín, Terragno le preguntó: "¿Pero usted se quiere quedar con el gobierno? ¿Quiere ser presidente?". Y Magnetto le respondió: "Presidente, puesto menor".
Bueno, esa es una disputa que sigue vigente.
Si bien Milei es, en gran medida, una construcción de las redes sociales, también es cierto que Clarín no construyó a Milei. Clarín construyó a Macri, no a Milei. Ahora bien, lo que sí está claro es que el antiperonismo es tan fuerte en algunos medios, y el antikirchnerismo tan extremo, que terminan justificando —muchas veces también por dinero— medidas de este gobierno que resultan injustificables a los ojos de cualquier persona.
Quitarles recursos a las personas con discapacidad y luego reprimirlas en una plaza; hacer lo mismo con los jubilados. Son situaciones que no deberían ser defendibles desde ningún punto de vista ni bajo ninguna ideología. Sin embargo, en este país somos capaces de reivindicarlas desde ciertos medios de comunicación.
Ahí está su papel. Son voceros. Son quienes van construyendo sentido. Son quienes trabajan todos los días para hacerle creer a la gente que es mejor comer una o dos milanesas menos, o hacer dos comidas por día en lugar de cuatro, con tal de que no vuelva el peronismo. Después podrá haber más o menos milanesas, pero eso no importa: intentan convencerte de que no importa.
Por eso digo que son fundamentales.
Individualismo, pandemia y transformación cultural
Decir que hoy predomina lo individual sobre lo colectivo, ¿es una construcción del poder o también una transformación social mucho más amplia que se está dando?
Yo creo que ambas cosas van de la mano. Y, además, creo que es un fenómeno mucho más amplio.
Es mucho más amplio porque no es algo exclusivamente local. No son casualidades aisladas: Milei en la Argentina, Trump en Estados Unidos, Ayuso en Madrid, el avance de la derecha más conservadora en Chile, la posibilidad de que vuelva a ganar la derecha en Colombia después de un gobierno importante como el de Petro, o lo que representa Vox en España. Quiero decir: es un fenómeno que se está dando a escala mundial.
Y en eso también tuvo mucho que ver la pandemia. Yo creo que la pandemia es una de las bases del triunfo cultural circunstancial de las derechas. Digo circunstancial porque las derrotas y las victorias culturales siempre lo son.
¿Por qué? Porque si el gran discurso de la derecha, en términos sociales, consiste en afirmar que el gran problema que tenés en la vida es el otro —porque el otro te puede quitar el trabajo, porque el otro te puede robar, porque el otro puede tener aquello que vos deseás y no tenés, porque el otro es el riesgo y la amenaza—, y que, en definitiva, vos podés salir adelante solo gracias a tu mérito, con la meritocracia por encima de todo, la pandemia terminó consolidando esa idea.
Y la consolidó, en cierto sentido, con una experiencia real detrás. ¿Por qué digo esto? Porque durante la pandemia el riesgo efectivamente era el otro. Todos lo vivimos. Todos lo sufrimos. Vos te cuidabas, te aislabas, y aun así podías contagiarte por contacto con otra persona que no había tomado los recaudos necesarios o que simplemente había tenido la mala suerte de contagiarse.
Entonces apareció una lógica muy fuerte de individualismo: tenías que cuidarte vos. No podías estar con otros. La idea del cuidado colectivo existía, por supuesto —si todos usaban barbijo, si todos tomaban precauciones—, pero la sensación dominante era otra. La posibilidad concreta de enfermarse o morir, y de contagiarse a través de un otro conocido o desconocido, hizo que el repliegue sobre uno mismo fuera algo real. Y también fue real la percepción del otro como riesgo.
El mundo salió de esa experiencia con una lógica de "sálvese quien pueda", porque la pandemia, en muchos aspectos, fue vivida de esa manera.
Y en la Argentina también vimos expresiones de eso. Llegaron las vacunas y, sin embargo, el "sálvese quien pueda" era tan fuerte que aparecían manifestaciones absurdas, como personas disfrazadas con flotadores en algunos barrios de la Ciudad de Buenos Aires o quienes sostenían que las vacunas eran perjudiciales.
Por eso digo que también somos resultado de todo ese proceso.
El cambio cultural global
Ese cambio cultural del que hablás, ¿tenemos que identificarlo con el proceso que atravesamos durante la pandemia?
Sí, yo creo que sí.
A ver, la derecha siempre tuvo como objetivo construir este tipo de sociedades, pero la pandemia profundizó ese proceso. Hay algo de la experiencia humana que significó la pandemia que muchos no terminamos de elaborar ni de comprender del todo; me incluyo, por supuesto.
Si volvemos algunos años atrás -ya pasaron seis años desde 2020-, lo que vivimos fue realmente aterrador. Yo recuerdo tener que ir a la radio, tener que ir al canal. En ese momento trabajaba en la radio con Víctor Hugo, y la verdad es que tenía miedo, porque después volvía a mi casa, con mis hijos y mi familia. También tuve amigos cercanos que fallecieron. En definitiva, atravesé situaciones que nos tocaron a todos.
Y también estaban las imágenes que veíamos permanentemente. Te lo digo como colega: desde los programas periodísticos, todas las tardes esperábamos que llegara el momento de conocer la cantidad de contagios. ¿Se acuerdan de lo que era eso? Era algo demencial. Absolutamente demencial.
Esa experiencia no pasó sin dejar huellas. Nos pasó por encima, sin dudas, pero también contribuyó a moldear parte de lo que somos hoy. Había desconcierto, miedo, incertidumbre. Todo eso dejó marcas.
Ahora bien, también hay que decir que Milei llega en 2023. No es una consecuencia inmediata ni automática de la pandemia. Pero forma parte de una resultante más amplia.
¿Por qué? Porque durante aquellos años Milei crecía en las redes sociales. Era uno de los contenidos que circulaban permanentemente. En un contexto donde gran parte de nuestra vida transcurría frente a las pantallas, su figura fue ganando visibilidad de manera constante.
El sujeto odiante
Ese sujeto social se fue construyendo. ¿De qué manera? Porque ya no parece organizarse alrededor de derechos o de proyectos colectivos, sino a partir del rechazo al otro.
Bueno, ahí en el libro hablo de lo que llamo el "sujeto odiante".
Es decir, un sujeto que es capaz de constituirse como actor social a partir de aquello que desprecia, de aquello que margina, a partir del odio.
Al fin y al cabo, la Argentina de hoy, a grandes rasgos, tiene al peronismo como el gran movimiento político. Y el otro gran movimiento es el antiperonismo. Yo no vengo del peronismo, pero me parece importante señalarlo. El movimiento antiperonista es, en buena medida, un movimiento regulado por el desprecio. Es un movimiento que se organiza alrededor de la idea de que el otro no tenga derechos porque no quiero que se parezca a mí.
Es un movimiento regulado a partir del odio.
Entonces, el sujeto odiante es aquel que se constituye y se reconoce a sí mismo por diferenciación con el otro.
Es como quienes dicen: "Yo soy apolítico, no me meto en política. No me gusta que se hable de política. No me interesa discutir sobre el Estado y el mercado. No me interesa hablar de educación pública. No me interesan los medios. No me informo. Pero K no soy".
Bueno, ahí aparece algo muy significativo. Es alguien que dice: "No entiendo demasiado, no sé bien quién soy, no sé qué quiero ni qué puedo hacer, pero sí sé qué es lo que desprecio".
Y desde ahí vota. Desde ahí se organiza políticamente. Y eso muchas veces lo lleva a votar en contra de sus propios intereses.
Uno puede decirle: "Pero durante tal gobierno vivías mejor, tenías más derechos que ahora". Y la respuesta puede ser: "Sí, es verdad. Pero no los voto ni loco".
Ahí aparece un sujeto regulado por una emocionalidad negativa que, entre otras cosas, es el odio.
Y esa emocionalidad es también una emocionalidad violenta. Por eso, en el libro sostengo que el voto a Milei es, en gran medida, un voto en emoción violenta: un voto atravesado por el enojo, por el desprecio y por el rechazo.
Milei como fin de etapa
Es decir, un sujeto que es capaz de constituirse como actor social a partir de aquello que desprecia, de aquello que margina, a partir del odio.
Al fin y al cabo, la Argentina de hoy, a grandes rasgos, tiene al peronismo como el gran movimiento político. Y el otro gran movimiento es el antiperonismo. Yo no vengo del peronismo, pero me parece importante señalarlo. El movimiento antiperonista es, en buena medida, un movimiento regulado por el desprecio. Es un movimiento que se organiza alrededor de la idea de que el otro no tenga derechos porque no quiero que se parezca a mí.
Es un movimiento regulado a partir del odio.
Entonces, el sujeto odiante es aquel que se constituye y se reconoce a sí mismo por diferenciación con el otro.
Es como quienes dicen: "Yo soy apolítico, no me meto en política. No me gusta que se hable de política. No me interesa discutir sobre el Estado y el mercado. No me interesa hablar de educación pública. No me interesan los medios. No me informo. Pero K no soy".
Bueno, ahí aparece algo muy significativo. Es alguien que dice: "No entiendo demasiado, no sé bien quién soy, no sé qué quiero ni qué puedo hacer, pero sí sé qué es lo que desprecio".
Y desde ahí vota. Desde ahí se organiza políticamente. Y eso muchas veces lo lleva a votar en contra de sus propios intereses.
Uno puede decirle: "Pero durante tal gobierno vivías mejor, tenías más derechos que ahora". Y la respuesta puede ser: "Sí, es verdad. Pero no los voto ni loco".
Ahí aparece un sujeto regulado por una emocionalidad negativa que, entre otras cosas, es el odio.
Y esa emocionalidad es también una emocionalidad violenta. Por eso, en el libro sostengo que el voto a Milei es, en gran medida, un voto en emoción violenta: un voto atravesado por el enojo, por el desprecio y por el rechazo.
Milei como fin de etapa
Con lo cual, ¿Milei es la causa de la crisis o es el resultado de una crisis previa de representación política, cultural y social?
No, yo creo que Milei es la expresión de esa crisis. Milei es consecuencia. Milei no es el principio de nada.
Milei es el fin de una etapa. No sé cuándo terminará esa etapa, pero creo que Milei representa un punto de llegada más que un punto de partida.
A veces digo que Milei es como Frankenstein: le fuimos agregando pedazos y terminamos construyendo a Frankenstein. Después habrá que ver cuándo muere políticamente, por supuesto. Pero lo importante es entender que Milei es un final, no un comienzo.
Aunque, claro, también podría decirse que todo final es el principio de otra cosa.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron el final de un proceso. La promesa de 1983, aquella idea de que con la democracia se come, se cura y se educa, no alcanzó los resultados esperados. Después llegaron los años noventa, con el salariazo y la revolución productiva, que terminaron siendo una gran estafa. Más tarde vino la Alianza con la promesa de terminar con la corrupción y representar lo nuevo. Todo eso implosionó en 2001.
Por eso digo que el 2001 fue el fin de una etapa.
Luego, en 2003, comenzó otra con Néstor Kirchner. Un proceso que incluyó el gobierno de Néstor y los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, que tuvieron crecimiento y transformaciones importantes, pero que también atravesaron tensiones y desgastes. A eso se sumó el gobierno de Mauricio Macri, que considero pésimo, y luego el gobierno de Alberto Fernández, que considero malo.
En todo ese recorrido hubo un desgaste acumulado. Empezó a crecer una sociedad más violenta. Aparecieron los escraches al kirchnerismo, las imágenes de cacerolazos donde se exhibía a Cristina Kirchner ahorcada, personas celebrando la muerte de Néstor Kirchner, versiones que sostenían que Néstor ni siquiera estaba en el cajón, operaciones mediáticas y persecuciones políticas. Todo eso fue generando un clima de época.
A eso se agregaron también características propias de la forma de gestionar de Cristina: una presencia política muy intensa, muy fuerte, muy confrontativa y con una intervención permanente en la discusión pública.
Y, finalmente, llegaron dos gobiernos que profundizaron la crisis económica.
Todo eso termina produciendo una nueva implosión.
¿Qué comenzará después de Milei? No lo sé. Lo que sí espero es que sea algo muy distinto de esto.
El libro no termina en el diagnóstico. También intenta pensar qué vamos a hacer después de Milei. Si el odio es el motor de esta etapa, ¿cuál debería ser la épica capaz de reemplazarlo?
Bueno, justamente esa es una de las preguntas que también me hago en el libro.
La verdad es que no tengo una respuesta cerrada. Lo que sí sé es que existe la necesidad de construir una nueva épica.
Si la épica de los comienzos de la democracia fue creer en la democracia y construirla, si aquella primavera democrática constituyó una épica colectiva, entonces hoy tenemos que animarnos a construir algo nuevo.
Es como decía el Pepe Mujica, de quien también hablo mucho en el libro: no se vive de la nostalgia ni de los recuerdos; se vive de porvenir.
Nosotros tenemos que ser capaces de construir lo que viene con lo mejor de lo que somos y con lo mejor de lo que hemos hecho.
La memoria no es volver al pasado. Nosotros no somos pasado: somos memoria. Y la memoria es el ejercicio político de recordar aquello que fuimos capaces de hacer y que fue maravilloso para nuestro pueblo. Pero también es el ejercicio político de reconocer aquello que no fuimos capaces de hacer y que, sin embargo, sabíamos que debíamos hacer.
Todo eso tenemos que traerlo al presente.
Yo estoy embarcado en una pequeña campaña comunicacional: por favor, no digamos más la palabra "volver". Estoy cansado de escucharla. No se trata de volver; se trata de construir el futuro.
Construir el futuro con aquello que somos no implica olvidar. Claro que vamos a seguir defendiendo la justicia social. Pero quizás podamos hablar de justicia social de otra manera, en un lenguaje que otros puedan comprender, con otras tonalidades, con otra poesía, especialmente para llegar a una juventud a la que no estamos llegando.
El kirchnerismo les dio a los jóvenes la posibilidad de votar a los 16 años. Pero después, en gran medida, los abandonó.
Yo quiero construir algo nuevo. Y para mí lo nuevo excede a los partidos políticos.
Creo que debemos avanzar hacia una lógica de frentes amplios, como ocurre en muchos lugares del mundo. Frentes capaces de reunir distintas tradiciones políticas y de construir un liderazgo que pueda conducirlos.
Pero ese frente tiene que ser claramente más amplio que el peronismo.
Ahora bien, ¿el peronismo quiere construir un frente más amplio junto a sectores de izquierda? No. ¿La izquierda quiere construir un frente junto a sectores del peronismo? Tampoco. ¿Existen sectores del peronismo que desprecian al progresismo? Sí.
Entonces, si seguimos actuando de esa manera, nos vamos a cansar de perder elecciones.
Acción colectiva, poder y liderazgo
No, yo creo que Milei es la expresión de esa crisis. Milei es consecuencia. Milei no es el principio de nada.
Milei es el fin de una etapa. No sé cuándo terminará esa etapa, pero creo que Milei representa un punto de llegada más que un punto de partida.
A veces digo que Milei es como Frankenstein: le fuimos agregando pedazos y terminamos construyendo a Frankenstein. Después habrá que ver cuándo muere políticamente, por supuesto. Pero lo importante es entender que Milei es un final, no un comienzo.
Aunque, claro, también podría decirse que todo final es el principio de otra cosa.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron el final de un proceso. La promesa de 1983, aquella idea de que con la democracia se come, se cura y se educa, no alcanzó los resultados esperados. Después llegaron los años noventa, con el salariazo y la revolución productiva, que terminaron siendo una gran estafa. Más tarde vino la Alianza con la promesa de terminar con la corrupción y representar lo nuevo. Todo eso implosionó en 2001.
Por eso digo que el 2001 fue el fin de una etapa.
Luego, en 2003, comenzó otra con Néstor Kirchner. Un proceso que incluyó el gobierno de Néstor y los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, que tuvieron crecimiento y transformaciones importantes, pero que también atravesaron tensiones y desgastes. A eso se sumó el gobierno de Mauricio Macri, que considero pésimo, y luego el gobierno de Alberto Fernández, que considero malo.
En todo ese recorrido hubo un desgaste acumulado. Empezó a crecer una sociedad más violenta. Aparecieron los escraches al kirchnerismo, las imágenes de cacerolazos donde se exhibía a Cristina Kirchner ahorcada, personas celebrando la muerte de Néstor Kirchner, versiones que sostenían que Néstor ni siquiera estaba en el cajón, operaciones mediáticas y persecuciones políticas. Todo eso fue generando un clima de época.
A eso se agregaron también características propias de la forma de gestionar de Cristina: una presencia política muy intensa, muy fuerte, muy confrontativa y con una intervención permanente en la discusión pública.
Y, finalmente, llegaron dos gobiernos que profundizaron la crisis económica.
Todo eso termina produciendo una nueva implosión.
¿Qué comenzará después de Milei? No lo sé. Lo que sí espero es que sea algo muy distinto de esto.
El libro no termina en el diagnóstico. También intenta pensar qué vamos a hacer después de Milei. Si el odio es el motor de esta etapa, ¿cuál debería ser la épica capaz de reemplazarlo?
Bueno, justamente esa es una de las preguntas que también me hago en el libro.
La verdad es que no tengo una respuesta cerrada. Lo que sí sé es que existe la necesidad de construir una nueva épica.
Si la épica de los comienzos de la democracia fue creer en la democracia y construirla, si aquella primavera democrática constituyó una épica colectiva, entonces hoy tenemos que animarnos a construir algo nuevo.
Es como decía el Pepe Mujica, de quien también hablo mucho en el libro: no se vive de la nostalgia ni de los recuerdos; se vive de porvenir.
Nosotros tenemos que ser capaces de construir lo que viene con lo mejor de lo que somos y con lo mejor de lo que hemos hecho.
La memoria no es volver al pasado. Nosotros no somos pasado: somos memoria. Y la memoria es el ejercicio político de recordar aquello que fuimos capaces de hacer y que fue maravilloso para nuestro pueblo. Pero también es el ejercicio político de reconocer aquello que no fuimos capaces de hacer y que, sin embargo, sabíamos que debíamos hacer.
Todo eso tenemos que traerlo al presente.
Yo estoy embarcado en una pequeña campaña comunicacional: por favor, no digamos más la palabra "volver". Estoy cansado de escucharla. No se trata de volver; se trata de construir el futuro.
Construir el futuro con aquello que somos no implica olvidar. Claro que vamos a seguir defendiendo la justicia social. Pero quizás podamos hablar de justicia social de otra manera, en un lenguaje que otros puedan comprender, con otras tonalidades, con otra poesía, especialmente para llegar a una juventud a la que no estamos llegando.
El kirchnerismo les dio a los jóvenes la posibilidad de votar a los 16 años. Pero después, en gran medida, los abandonó.
Yo quiero construir algo nuevo. Y para mí lo nuevo excede a los partidos políticos.
Creo que debemos avanzar hacia una lógica de frentes amplios, como ocurre en muchos lugares del mundo. Frentes capaces de reunir distintas tradiciones políticas y de construir un liderazgo que pueda conducirlos.
Pero ese frente tiene que ser claramente más amplio que el peronismo.
Ahora bien, ¿el peronismo quiere construir un frente más amplio junto a sectores de izquierda? No. ¿La izquierda quiere construir un frente junto a sectores del peronismo? Tampoco. ¿Existen sectores del peronismo que desprecian al progresismo? Sí.
Entonces, si seguimos actuando de esa manera, nos vamos a cansar de perder elecciones.
Acción colectiva, poder y liderazgo
Y que esa construcción sea producto de una acción colectiva.
Siempre. Siempre.
Ahora bien, una cosa es la construcción colectiva y otra es la conducción política. En un frente no mandan todos al mismo tiempo. La característica de los frentes es que existe una mesa donde se escucha, se discute y se construyen síntesis. Pero, finalmente, hay una conducción.
Por eso nadie puede exigirle a otro que ejerza un poder prestado.
Ahí tenés, entre otras cosas, parte de la discusión que hoy existe entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner. Es una situación penosa, genera dolor, y espero que ambos encuentren una respuesta. Más allá de que también existen agrupaciones e intereses que trabajan para impedir esa unidad.
Pero nadie puede exigirle a Axel que construya poder político a partir de un poder prestado por Cristina. Y Cristina lo sabe.
Para mí, Cristina sigue siendo la mejor líder y la mejor estadista que ha tenido la Argentina. Pero también tiene que comprender que la última gran experiencia de poder delegado fue el gobierno de Alberto Fernández. Y el poder no se presta.
Si Axel quiere ser presidente, tiene que construir su propio poder político. Eso no significa romper con Cristina. Significa construir una síntesis junto a ella. Y, al mismo tiempo, implica que Cristina entienda que llegó el momento de Axel.
Además, para que Cristina recupere plenamente su libertad política y personal —algo que muchos deseamos—, hay que ganar las elecciones.
Por eso me parecen desacertadas algunas propuestas que circulan, como las de Miguel Ángel Pichetto cuando plantea que el Congreso podría votar la nulidad de la condena. Eso no existe. Si ni siquiera se consiguen los votos para frenar determinadas leyes, ¿cómo se conseguirían para una medida de ese tipo?
Sinceramente, no sé quién puede creer en ese planteo. Pero eso corre por mi cuenta.
Me parece que necesitamos ser más sensatos y comprender la dimensión del desafío que tenemos por delante.
Porque, sinceramente, si la discusión para construir una alternativa a Milei termina siendo Pichetto; si la discusión pasa por si Guillermo Moreno se lleva bien o mal con Axel Kicillof; si la salida consiste en el espacio político que armó Eduardo Duhalde, entonces estamos mirando el problema por el lugar equivocado.
No. Así no.
Tenemos que pensar algo verdaderamente nuevo.
Por último, te comento que recién terminó el acto oficial por el Día de la Bandera aquí, en nuestra ciudad. Estuvo presente el Presidente de la Nación. Su discurso fue interrumpido en un par de ocasiones por un pequeño grupo de militantes que lo vitoreaba desde cierta distancia. Sin embargo, Milei no los saludó. Terminó el acto, dio la vuelta y se retiró directamente. Ignoró a quienes lo habían estado esperando desde temprano. No eran muchos, pero eran sus propios simpatizantes. Ni siquiera se acercó para un saludo.
Y creo que así va a seguir siendo. Cada día que pase va a estar más aislado.
Nosotros tenemos un presidente que está aislado. Y digo esto con cuidado, porque los periodistas muchas veces hemos utilizado esa expresión para describir situaciones políticas coyunturales. Pero en este caso creo que el aislamiento de Milei excede lo político y lo social.
Tengo la impresión de que Milei vive dentro de su propia lógica, dentro de su propia cabeza.
Recuerdo que, pocos días después de que asumiera, tuve la oportunidad de hablar con Cristina Fernández de Kirchner. Le pregunté frente a qué tipo de gobierno estábamos, porque Milei no me parecía un fenómeno político convencional.
Y Cristina me respondió una frase que me quedó grabada: "Estamos frente a la aventura de un hombre solo".
Esa fue su definición: la aventura de un hombre solo.
Y agregó algo más. Dijo que era un hombre sin pasado político compartido, sin una estructura de vínculos que funcionara como límite o como referencia permanente. La reflexión apuntaba a que, cuando una persona tiene hijos, amigos, una trayectoria política colectiva o compañeros de camino, existen interlocutores capaces de decirle: "Pará, esto no lo podés hacer", o de recordarle una historia común y determinadas responsabilidades.
Según aquella mirada, Milei carecía de esos anclajes.
Por eso creo que Cristina sintetizó muy bien su interpretación cuando habló de la aventura de un hombre solo.
Recuerdo también que le pregunté hacia dónde podía conducirnos esa situación. Y me respondió algo que me impactó: "Podemos caminar hacia una tragedia, y solo una chispa podría detenerla".
Lo interpreté como la posibilidad de que algún acontecimiento desencadenara un proceso diferente.
Ahora bien, no sé cuál podría ser esa chispa. No sé si llegará ni si efectivamente ocurrirá algo así.
Lo que sí creo es que estamos frente a la aventura de un hombre solo. Y que, con el paso del tiempo, ese hombre parece estar cada vez más solo.
Siempre. Siempre.
Ahora bien, una cosa es la construcción colectiva y otra es la conducción política. En un frente no mandan todos al mismo tiempo. La característica de los frentes es que existe una mesa donde se escucha, se discute y se construyen síntesis. Pero, finalmente, hay una conducción.
Por eso nadie puede exigirle a otro que ejerza un poder prestado.
Ahí tenés, entre otras cosas, parte de la discusión que hoy existe entre Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner. Es una situación penosa, genera dolor, y espero que ambos encuentren una respuesta. Más allá de que también existen agrupaciones e intereses que trabajan para impedir esa unidad.
Pero nadie puede exigirle a Axel que construya poder político a partir de un poder prestado por Cristina. Y Cristina lo sabe.
Para mí, Cristina sigue siendo la mejor líder y la mejor estadista que ha tenido la Argentina. Pero también tiene que comprender que la última gran experiencia de poder delegado fue el gobierno de Alberto Fernández. Y el poder no se presta.
Si Axel quiere ser presidente, tiene que construir su propio poder político. Eso no significa romper con Cristina. Significa construir una síntesis junto a ella. Y, al mismo tiempo, implica que Cristina entienda que llegó el momento de Axel.
Además, para que Cristina recupere plenamente su libertad política y personal —algo que muchos deseamos—, hay que ganar las elecciones.
Por eso me parecen desacertadas algunas propuestas que circulan, como las de Miguel Ángel Pichetto cuando plantea que el Congreso podría votar la nulidad de la condena. Eso no existe. Si ni siquiera se consiguen los votos para frenar determinadas leyes, ¿cómo se conseguirían para una medida de ese tipo?
Sinceramente, no sé quién puede creer en ese planteo. Pero eso corre por mi cuenta.
Me parece que necesitamos ser más sensatos y comprender la dimensión del desafío que tenemos por delante.
Porque, sinceramente, si la discusión para construir una alternativa a Milei termina siendo Pichetto; si la discusión pasa por si Guillermo Moreno se lleva bien o mal con Axel Kicillof; si la salida consiste en el espacio político que armó Eduardo Duhalde, entonces estamos mirando el problema por el lugar equivocado.
No. Así no.
Tenemos que pensar algo verdaderamente nuevo.
Por último, te comento que recién terminó el acto oficial por el Día de la Bandera aquí, en nuestra ciudad. Estuvo presente el Presidente de la Nación. Su discurso fue interrumpido en un par de ocasiones por un pequeño grupo de militantes que lo vitoreaba desde cierta distancia. Sin embargo, Milei no los saludó. Terminó el acto, dio la vuelta y se retiró directamente. Ignoró a quienes lo habían estado esperando desde temprano. No eran muchos, pero eran sus propios simpatizantes. Ni siquiera se acercó para un saludo.
Y creo que así va a seguir siendo. Cada día que pase va a estar más aislado.
Nosotros tenemos un presidente que está aislado. Y digo esto con cuidado, porque los periodistas muchas veces hemos utilizado esa expresión para describir situaciones políticas coyunturales. Pero en este caso creo que el aislamiento de Milei excede lo político y lo social.
Tengo la impresión de que Milei vive dentro de su propia lógica, dentro de su propia cabeza.
Recuerdo que, pocos días después de que asumiera, tuve la oportunidad de hablar con Cristina Fernández de Kirchner. Le pregunté frente a qué tipo de gobierno estábamos, porque Milei no me parecía un fenómeno político convencional.
Y Cristina me respondió una frase que me quedó grabada: "Estamos frente a la aventura de un hombre solo".
Esa fue su definición: la aventura de un hombre solo.
Y agregó algo más. Dijo que era un hombre sin pasado político compartido, sin una estructura de vínculos que funcionara como límite o como referencia permanente. La reflexión apuntaba a que, cuando una persona tiene hijos, amigos, una trayectoria política colectiva o compañeros de camino, existen interlocutores capaces de decirle: "Pará, esto no lo podés hacer", o de recordarle una historia común y determinadas responsabilidades.
Según aquella mirada, Milei carecía de esos anclajes.
Por eso creo que Cristina sintetizó muy bien su interpretación cuando habló de la aventura de un hombre solo.
Recuerdo también que le pregunté hacia dónde podía conducirnos esa situación. Y me respondió algo que me impactó: "Podemos caminar hacia una tragedia, y solo una chispa podría detenerla".
Lo interpreté como la posibilidad de que algún acontecimiento desencadenara un proceso diferente.
Ahora bien, no sé cuál podría ser esa chispa. No sé si llegará ni si efectivamente ocurrirá algo así.
Lo que sí creo es que estamos frente a la aventura de un hombre solo. Y que, con el paso del tiempo, ese hombre parece estar cada vez más solo.
Milei y la "aventura de un hombre solo"
Que encima elige como vocero, por ejemplo, a una persona con la cual mantuvo disputas y fuertes enfrentamientos en 2018, 2019 y 2020, y hoy va a ser su mano derecha a la hora de comunicar.
¿Tal cual? Se le dijo "inútil", pero bueno, también a Bullrich la mató. Yo creo que ya no le podemos pedir nada más a Milei. Nos gobierna el rey loco. Pero ojo, no con una locura que lo haga impune, no. El "rey loco" en el sentido de que es capaz de cualquier cosa.
Estamos frente a la aventura de un hombre solo.
Cada vez más solo.
La presentación del libro Coronados de odio. La Argentina de Milei en un mundo de ultraderechas y neocolonialismo, de Fernando Borroni, publicado por Editorial Marea en la colección Historia Urgente, se va a presentar en Rosario el próximo viernes 26 de junio a las 19.30 horas en el Centro Cultural Atlas, en calle Mitre 645.
Fragmentos de Coronados de odio:
Y cómo dice el libro: "A 50 años del golpe cívico militar, seguimos diciendo: Memoria, Verdad y Justicia El silencio no es opción, capitular mucho menos"
Escuchá la entrevista completa con Fernando Borroni, incluye el tema La Argentina no se vende de Milva Claudia:
Introducción
"Odiar lo suficiente"
"Aún no odian lo suficiente a los periodistas", afirmó en más de una oportunidad el presidente de la Nación, Javier Milei. Insistió de tal forma con esta sentencia que evidenció su estrategia política. No era la expresión de un hombre que tan solo tiene un encono personal con el periodismo, va mucho más allá que un desencuentro violento con el oficio de informar. Es la expresión de una emocionalidad que ha regulado su accionar y lo ha transformado en toda una política.
Menos importante es el sujeto de su oración, sí lo es su predicado. "Yo odio, tú odias, él odia, nosotros odiamos, vosotros odiáis, ellos odian", y así yo me hago más fuerte. Esta es la conjunción verbal y la acción política de todo poder autoritario, aunque no todos lo expresen a viva voz.
La fragmentación social, a partir de una emoción tan visceral como irracional como esta, puede llevar a una sociedad y a sus dirigentes a lugares impensados, todos dañinos para el bien común. Odiar es la causa y el camino, es la finalidad y el motor. Odiar como motivación del ser. Odiar al periodismo, a la militancia, al kirchnerismo, al Estado, a la llamada cultura woke.
El odio como razón de poder, como una forma de desvinculación permanente con el entorno, cualquiera sea este. Desvincularse a través del desprecio y del rechazo hacia lo distinto, hacia lo plural, hacia lo de todos. Él y un entorno de confianza conformando el "adentro", y el odio y la desconfianza conformando el afuera.
Si el amor es un valor político, como ciertamente lo es, capaz de conducir un accionar social, el odio también puede serlo. El odio requiere solo del impulso y una consigna mínima que lo despierte; el amor exige mucho, muchísimo más. No todo el mundo es capaz de amar, pero quizás sí de odiar.
El neoliberalismo es culturalmente exitoso cuando logra que las sociedades se ordenen a partir del descrédito y el maltrato hacia el otro, adjudicándole a ese otro el carácter de amenaza y riesgo latente, con motivos suficientes para justificar su persecución como autodefensa. Pero el poder neoliberal no olvida digitar a quién odiar. No es al azar, no se odia a cualquiera, se odia a quien el poder formateó como "sujeto susceptible de ser odiado". Son los más débiles, a quienes a primera vista les sobraran razones imputables para serlo.
La sociedad neoliberal detesta al oprimido en lugar de presentarle batalla al opresor; esta ecuación es fundante en el poder de la derecha. Por eso Arturo Jauretche decía: "La multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor".
Sin embargo, en estos tiempos de expectativas exageradas, muy por encima de las realidades en las que hoy se vive, están quienes, siendo parte de esa multitud, desean imperiosamente dejar de serlo y, para empezar, buscan diferenciarse repitiendo el discurso de esa minoría que custodia sus privilegios.
El odio entre pares, próximos, parecidos socialmente hablando, es equivocar el enemigo y es la piedra fundacional de la batalla cultural. El odio social es el odio de una comunidad que no se tolera a sí misma y responsabiliza a un otro construyendo en su imaginario que lo que "no puede", es porque "no le dejan". Este impedimento, según su propia fantasía, funciona como puntapié inicial de la carrera hacia el odiar.
Por eso el presidente libertario repite como un mantra esa frase: "Aún no odian lo suficiente…". Pero, ¿cuánto será lo suficiente?
Este texto intenta recorrer el sentir de estos tiempos en los que "odiar" parece ser la clave para entender por qué sucede lo que sucede y por qué se naturaliza esto que sucede. Políticas económicas, culturales, comunicacionales y sociales delimitan el mapa de gobierno y el orden geopolítico que también nos gobierna.
El mundo está atravesado, como hacía tiempo no lo estaba, por un rencor, un resentimiento, un aborrecimiento capaz de volver a los orígenes mismos de la civilización. El peronismo en Argentina, los inmigrantes en Estados Unidos, los refugiados en el viejo continente, los desposeídos en cuanto rincón del planeta se hagan visibles, son a quienes hay que "exterminar" para construir lo nuevo.
En fin, un mundo lleno de "enemigos" que el poder hegemónico impuso para que los individuos, en su cotidianidad invisible, ejecuten la tarea inquisidora.
Si para Juan Bautista Alberdi gobernar era "poblar", para Juan Domingo Perón era "crear trabajo" y para Mauricio Macri era "decir la verdad", para Javier Milei gobernar es "odiar".
Insisto, ¿cuánto odio será suficiente?
Esa es la pregunta urgente a responder, porque en su respuesta está la interpelación directa a nuestra acción u omisión política.
Capítulo I
La Patria suicidada
Estábamos en el día a día, la plata que no alcanzaba, el duelo por ese maldito virus y el dolor por Matías. ¿Te acordás de Matías o te olvidaste? Se lo llevó el Covid con 40 años, sanísimo.
¿Te olvidaste del horror que vivimos esos días? ¡Yo no! No puedo. Nunca podré. Perdí demasiada gente querida.
La cuarentena de mierda, los pibes sin clases, que las vacunas no, que las vacunas sí, que ¡quedate en casa! Los números de los muertos y contagiados en la televisión, cada día, como carteles luminosos en grandes marquesinas.
Vivíamos con terror, ¿te olvidaste?, y con dos mangos para todo, sin un peso. Macri nos hizo pelota, es cierto, pero Cristina eligió al inútil de Alberto. Que volvían mejores, que ellos sabían, y no sé cuántas boludeces más… ¿Qué van a saber? ¡Una mierda sabían! Todo fue peor.
De eso hablábamos, Mercedes, de eso… ¿o te olvidaste? ¿O preferís convencerte de que aquí no pasó nada?
Así eran nuestros días, así estábamos esos años. Cuatro años cayendo de poquito a poco, cada mañana sin saber si llegábamos vivos a la noche. La pandemia nos rompió y hubo que armarse otra vez, con lo que nos quedaba y a remarla, como toda la maldita vida en este país.
Vos y yo estábamos hartos, ¿o no? No me hagas así con la cabeza. ¡Si era así! Estábamos can-sa-dos de siempre lo mismo y siempre los mismos. Y bueno, apareció este loco y qué sé yo. ¿Quién iba a creer que ganaba? Decía boludeces, nadie creía que las iba a hacer.
¡No lo va a hacer, no lo va a hacer!, me decía Juanca, el carnicero. Miralo hoy, no vende nada. Votamos a alguien por lo que “no iba a hacer”, francamente increíble.
Pero, ¿a quién ibas a votar? Ahora no te hagas la desentendida… Enojados, repodridos, así estábamos. Al fin y al cabo, siempre nos tuvimos que romper el lomo, con cualquier gobierno. ¡No pongas caras! Fue así.
¡Mirá a tu hija y a tu nieta! ¿Qué futuro tienen? ¡Laburar, Mercedes, laburar! No queda otra y los políticos van a seguir robando como siempre. Es así, siempre fue igual…
¿Cómo que no? Sí. Siempre fue igual.
Casi sin darnos cuenta
¿Los pueblos se suicidan?
Es un interrogante incómodo, interpela, o al menos debería hacerlo. ¿Cuánto es el daño que somos capaces de hacernos a nosotros mismos como sociedad? Por acción u omisión, en plena conciencia o por una inconciencia temeraria, ¿hasta qué profundidad podemos apuñalar nuestro propio cuerpo?
¿Qué características propias de un suicida tenemos como sociedad?
Muchos afirman que los suicidios encierran una corajuda decisión en plena conciencia de los actos; otros argumentan todo lo contrario, que semejante acto sintetiza un momento de enorme debilidad y cobardía en el sujeto que se quita la vida. Lo concreto es que la psiquis de quien toma una decisión semejante sigue siendo materia de investigación.
Con los pueblos puede que suceda algo similar. Es difícil determinar si la conciencia se impone frente a las decisiones colectivas, en tanto "conciencia colectiva", o es la irresponsabilidad del "todo me da lo mismo", la mera repetición de los discursos del poder, o la despolitización y la desmemoria impuesta las que nos llevan al borde del abismo.
Podemos preguntarnos también si los pueblos se suicidan o simplemente se equivocan cuando, por ejemplo, eligen para conducir los destinos de su país a personas probadamente corruptas, que en más de una oportunidad estafaron al pueblo argentino, o a aquellas cuyas promesas y acciones vienen de la mano de lo irracional.
¿Puede ser apenas un error votar a un gobierno que de antemano te notifica que llevará a cabo el mismo ajuste que se ejecutó al menos tres veces en la corta historia de nuestro país, y que en todas dejó tendales de pobreza, riquezas nacionales extranjerizadas, una matriz productiva nacional quebrada y una patria agonizando cultural y políticamente?
¿Podemos darle la ventaja de asumirlo como una equivocación? ¿Es quizás ignorancia, desmemoria? ¿Qué es?
A esta altura del partido no entender que la memoria es una condición política indispensable en todo sujeto social es injustificable. En estos tiempos, no asimilarnos como sujetos políticos, lo queramos o no, es una ingenuidad peligrosa.
Sin embargo, así es, así somos.
En otro de mis libros (La Inquisición Neoliberal) hablé sobre la ignorancia que nos abruma como sociedad. Me referí a la idea de "ignorancia de clase" o una "clase de ignorancia".
Debemos asumir que la ignorancia es, en muchos casos, una decisión política enmascarada en una mirada ideológica que reposa en la despolitización como una virtud social.
En muchas comunidades del mundo se convive con un conjunto de ideas y conceptos que hacen a la conformación de una sociedad profundamente ignorante. El poder busca dominar a las sociedades precarizando el discurso y vaciando el debate político. El éxito del modelo cultural del poder dominante no es otro que el desentendimiento de lo colectivo, de sus mecanismos y de la conciencia crítica.
La ignorancia es, entonces, en muchos casos, una imposición del poder que busca sujetarnos con las cadenas del desconocimiento.
Pero existe también una ignorancia por la que se elige o se opta. Ejemplo de esto es el "no te metás", el "todos son lo mismo", "nada va a cambiar", "gobierne quien gobierne yo tengo que trabajar". Estas síntesis infundadas las repiten quienes prefieren ignorar para llevar menos carga en la soledad de su camino, creen refugiarse en un lugar de comodidad que los mantiene a salvo; sin embargo, no están haciendo otra cosa que entregar sus propias voluntades.
Es una ceguera por la cual optan en la falacia de que su mundo individual nada tiene que ver con el colectivo, el plural.
La ignorancia política por elección es una conducta suicida y representa la cumbre del éxito de la cultura neoliberal.
No querer profundizar en la información, no suscribirse al mundo del espíritu crítico, no tener vocación de interpelar, son conductas que hablan de cierto hacinamiento intelectual.
No dudar nunca de nada o dudar de todos bajo los preceptos del poder es ignorar.
La ignorancia como elección es toda una ideología que se apoya sobre ideas falaces, llenas de lugares comunes, que se reiteran como muletillas y que, mediante su repetición sistemática, conforman una matriz de pensamiento: "Yo soy apolítico", "todos los políticos son una manga de chorros", "el pasado ya fue", "los planes son para mantener vagos", son todas frases que denotan un posicionamiento politizado, disfrazado de antipolítica.
Están convencidos de que cuanto más alejados estén de los problemas sociales y las disputas políticas que estos generan, más tiempo tienen para dedicarle a su mundo propio y abonan su cuota social repitiendo lo que esgrimen aquellos a los que quieren parecerse.
Este sector, transversal en términos de las clases sociales a las que comúnmente nos referimos, se contenta con ser un simple vocero del pensamiento de los otros. Un fenómeno que se exacerba cuando, al vociferar afirmaciones ajenas, se sienten parte de una posición social (a la cual no pertenecen y a la que difícilmente accedan) que idealizan y desean fervorosamente habitar.
Son, al menos en su decir, aquello que en su cotidianidad no son.
Sería algo así como: "No soy como ellos, no vivo como lo hacen ellos, pero al menos puedo decir lo que ellos dicen, y me alcanza".
Ignoran que no existe mayor desprecio por el mundo propio que desconocer lo que pasa en el "ajeno". No hay "adentro" posible si no se convive solidaria y justamente con el "afuera".
La reivindicación de lo individual es la madre de todas las ignorancias, porque solo con la ruptura de los lazos entre los parecidos es que se puede avanzar sobre los derechos del pueblo.
No me refiero a esa enorme porción de pueblo que luego de una exagerada pero inevitable jornada laboral mal paga, se deja absorber por la televisión como una vía de escape y que carece del tiempo para nutrirse de lo que sucede allí afuera.
No me refiero a quienes no llegan a cumplir con las desconsideradas exigencias que conlleva conocer los tiempos políticos y mediáticos.
No hablo, al fin y al cabo, de quienes sufren la imposibilidad de tener tiempo para ello porque son víctimas de la marginalidad de un modelo que pretende que lo ignoremos todo.
No son precisamente las clases bajas las que "eligen" ignorar, justamente ellas no.
La ideología de la ignorancia a la que hago referencia echa sus raíces sobre una profunda insensibilidad y florece en la soberbia.
Ignorar para "vivir mejor, con tranquilidad" debe ser de las mayores estupideces del ser humano.
La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimiento, sino el hecho de negarse a adquirirlo.
Lo más perturbador y peligroso de este tipo de ignorante social es que ignora su propia ignorancia.



