Roberto Sánchez y Keiko Fujimori
El escenario es inusual incluso para los estándares de la política peruana. En la primera vuelta compitieron 35 candidatos y ninguno logró superar el 18% de los votos, una señal de la profunda dispersión del electorado y del creciente desencanto con la dirigencia política. En ese contexto, el voto en blanco y nulo aparece como un factor con peso propio dentro de la contienda.
Dos proyectos enfrentados para la segunda vuelta
Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, centra su propuesta en la estabilidad macroeconómica, el respaldo a la inversión privada y el fortalecimiento de la actividad minera. Además, plantea modernizar el comercio exterior mediante herramientas de inteligencia artificial y recuperar el orden a través de políticas de mano dura contra la inseguridad, con control de fronteras y deportación de extranjeros con antecedentes penales.
Sánchez, en cambio, impulsa una agenda de cambios estructurales. Propone avanzar hacia una nueva Constitución mediante una Asamblea Constituyente, promover la industrialización para reducir la dependencia de las exportaciones primarias y fortalecer la agricultura familiar, manteniendo la autonomía del Banco Central de Reserva. También plantea aumentos progresivos del salario mínimo, mejores condiciones laborales para los trabajadores de la cultura y un modelo de seguridad con mayor participación comunitaria.
Una elección que expresa una crisis política más profunda
Para analizar el escenario político y las claves de esta elección, dialogamos en Señales con el sociólogo y analista político Víctor Hugo Giraldo Saravia, quien interpreta la actual contienda electoral como la expresión de un agotamiento político acumulado durante la última década más que como una simple competencia entre candidatos.
Según Giraldo, la inédita dispersión de la primera vuelta —con 35 candidatos en competencia y ninguno alcanzando siquiera el 20% de los votos— es una muestra evidente del estado de la política peruana. La candidata más votada obtuvo apenas cerca del 17% de los sufragios, mientras que el segundo lugar llegó al balotaje con alrededor del 12%, porcentajes que, a su juicio, reflejan la debilidad de las bases electorales de ambos postulantes.
"El proceso expresa una sociedad fracturada por la desconfianza institucional, la inseguridad cotidiana y la percepción de que el Estado no logra responder a las necesidades básicas de la población", sostiene. En ese sentido, considera que la crisis peruana de los últimos diez años ha estado atravesada por una alta rotación presidencial, una creciente polarización política, constantes enfrentamientos entre el Congreso y el Poder Ejecutivo y una persistente percepción de ilegitimidad de las autoridades.
Desconfianza institucional y agotamiento de los partidos
Ese escenario, explica, erosionó la confianza en los partidos políticos y favoreció fenómenos como el voto castigo, el antivoto y formas de abstención simbólica que hoy se reflejan en el elevado peso de los votos blancos y nulos. De hecho, recuerda una frase que circuló durante la campaña: si el voto blanco y nulo hubiera sido un partido político, habría ganado cómodamente la primera vuelta con más del 50% de los sufragios.
El peso del fujimorismo y sus límites electorales
La segunda vuelta enfrenta a dos figuras que encarnan proyectos políticos claramente diferenciados. Por un lado está Keiko Fujimori, heredera del legado político de su padre, el expresidente Alberto Fujimori. Para Giraldo, la candidata representa una derecha estrechamente vinculada al fujimorismo, cuya narrativa sigue apoyándose en las ideas de orden, estabilidad económica y mano dura frente a los problemas de seguridad.
"Antes el discurso se centraba en el terrorismo; hoy se enfoca en combatir el sicariato, la delincuencia y los problemas sociales derivados de la inseguridad", señala. Sin embargo, sostiene que la candidatura de Fujimori arrastra un fuerte rechazo social y una imagen profundamente condicionada por el antifujimorismo, un movimiento que continúa teniendo una presencia significativa en la sociedad peruana.
El analista recuerda que el recuerdo del autoritarismo de los años noventa sigue siendo un factor determinante para una parte importante del electorado. En ese contexto, se cuestiona además que el sector político vinculado a Fujimori haya mantenido una influencia decisiva en el Congreso durante la última década sin haber logrado, según su visión, resolver los principales problemas del país.
Sánchez y la búsqueda de una alternativa de izquierda
Del otro lado aparece Roberto Sánchez, dirigente de Juntos por el Perú, una fuerza de izquierda que, según Giraldo, ha moderado parte de su discurso durante la campaña para ampliar su alcance electoral y presentarse como una alternativa frente a la derecha. Su candidatura conecta con demandas vinculadas a la redistribución de la riqueza y la protección social, aunque también enfrenta cuestionamientos sobre la precisión y viabilidad de algunas de sus propuestas.
No obstante, el sociólogo destaca que, tras la primera vuelta, Sánchez logró consolidar alianzas con sectores de izquierda y de centro e incorporar a su equipo técnico figuras de reconocida trayectoria académica y profesional. Entre ellas menciona a exfuncionarios que integraron la primera etapa del gobierno de Pedro Castillo.
Como ejemplo, cita al exministro de Economía Pedro Francke, cuya gestión es valorada positivamente por distintos sectores políticos debido a los indicadores económicos y sociales registrados durante aquellos primeros meses. Giraldo sostiene que ese gabinete inicial representó una de las etapas más estables de la administración Castillo antes de ser desplazado en medio de las presiones políticas provenientes, según su interpretación, del fujimorismo y sectores conservadores.
Dos modelos de país en disputa
A su entender, las diferencias entre ambos proyectos son profundas. Mientras Fujimori reivindica explícitamente las políticas implementadas por su padre y plantea gobernar siguiendo esa orientación, Sánchez propone un modelo basado en una mayor intervención estatal, redistribución económica y fortalecimiento del mercado interno.
"La propia Keiko está diciendo que gobernará como su padre", afirma Giraldo. Para muchos de sus detractores, agrega, esa promesa implica el riesgo de un retorno a prácticas autoritarias que marcaron la década de 1990. De allí surge uno de los argumentos más repetidos entre quienes rechazan su candidatura: la idea de que un gobierno de Sánchez tendría un límite temporal de cinco años, mientras que un eventual retorno del fujimorismo podría consolidar estructuras de poder más difíciles de remover.
Economía, inversión y el debate sobre el rol del Estado
En materia económica, Fujimori apuesta por la reactivación de las inversiones, especialmente las extranjeras, y por recuperar la confianza empresarial. Sin embargo, Giraldo advierte que la inversión extranjera es objeto de críticas en Perú debido a los beneficios tributarios y legales que poseen algunas compañías, muchas de las cuales mantienen importantes deudas con el Estado.
La candidata también propone destrabar grandes obras de infraestructura paralizadas por la burocracia estatal. Para el analista, la iniciativa apunta a un problema real: la profunda ineficiencia del aparato estatal peruano. Sin embargo, vuelve a cuestionar la falta de resultados obtenidos por los sectores políticos que han ejercido influencia sobre el Congreso durante los últimos años.
"La corrupción y la ineficiencia atraviesan todos los niveles del Estado, desde los municipios hasta los gobiernos regionales y ministerios", sostiene. Esa situación, agrega, alimenta la desconfianza ciudadana y profundiza el distanciamiento entre la población y las instituciones.
Industrialización y redistribución como ejes de campaña
Entre otras propuestas, Fujimori plantea proteger al sector agropecuario y promover el empleo formal como herramienta para reducir la pobreza. Sin embargo, Giraldo considera que esos objetivos no han mostrado avances significativos durante los años en que el fujimorismo tuvo un peso decisivo en el sistema político.
Sánchez, por su parte, propone elevar progresivamente el salario mínimo hasta los 1.500 soles, ampliar las líneas de crédito para emprendedores, fortalecer programas sociales e impulsar un proceso de industrialización nacional que permita agregar valor a la producción peruana.
Para Giraldo, este último punto resulta especialmente relevante. Recuerda que Perú continúa siendo un país fundamentalmente exportador de materias primas y que los intentos de industrialización iniciados durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado quedaron inconclusos décadas atrás.
"Se exportan frutas, minerales y otros recursos prácticamente en el mismo estado en que salen de los campos o de los socavones", señala.
La diferencia ideológica entre ambos espacios, resume, puede sintetizarse de manera clara: mientras Fujimori prioriza el crecimiento económico, la confianza empresarial y la continuidad macroeconómica, Sánchez pone el acento en la redistribución, el fortalecimiento del Estado y el desarrollo del mercado interno.
La campaña entra en su tramo final
Esa confrontación de modelos también quedó reflejada en los debates presidenciales. Giraldo considera que los equipos técnicos vinculados a Sánchez obtuvieron un mejor desempeño en las discusiones programáticas. En el debate final entre los candidatos, observa, Fujimori se concentró en exponer los planteos elaborados por sus asesores, mientras que Sánchez buscó abordar los problemas estructurales del país desde una perspectiva más política.
Respecto de las perspectivas electorales, el analista evita formular pronósticos categóricos. Reconoce que las encuestas ofrecen señales ambiguas, aunque sostiene que algunos sondeos difundidos en redes sociales sugieren un crecimiento de Sánchez durante las últimas semanas de campaña.
Más allá de los números, señala ciertos indicios políticos que podrían resultar significativos. Mientras el acto de cierre de campaña de Fujimori se realizó en el estadio de Universitario de Deportes y no mostró la convocatoria que algunos esperaban, Sánchez encabezó concentraciones masivas en distintas ciudades del país, con una importante participación popular.
Encuestas, voto blanco y un resultado abierto
Giraldo aclara que estos elementos no permiten anticipar un resultado definitivo, pero considera que reflejan un clima social favorable para el candidato de izquierda. También observa un cambio en sectores ciudadanos que inicialmente contemplaban votar en blanco o anular su voto.
Entre ellos menciona al reconocido periodista peruano César Hildebrandt, quien durante buena parte de la campaña defendió la posibilidad del voto blanco o nulo al considerar que ninguno de los postulantes representaba una opción satisfactoria. Sin embargo, posteriormente modificó su posición y manifestó públicamente la necesidad de impedir el triunfo de Keiko Fujimori.
Una sociedad desencantada ante una decisión clave
Esa postura sintetiza, según Giraldo, uno de los dilemas centrales que atraviesan la elección peruana: una sociedad profundamente desencantada con la política, obligada a optar entre dos proyectos que generan adhesiones limitadas pero que representan visiones muy distintas sobre el futuro del país.
Con ese escenario de fondo, Perú se encamina hacia una jornada electoral decisiva, marcada por la incertidumbre, la polarización y la búsqueda de una salida a una crisis institucional que lleva años erosionando la confianza de los ciudadanos.
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Foto: Agencia EFE
