domingo, 8 de marzo de 2026

Martín Lucero: el dirigente que desafía el relato educativo del gobierno de Santa Fe

El abogado y dirigente gremial Martín Miguel Lucero lleva varios años al frente de la seccional Rosario del Sindicato Argentino de Docentes Privados (SADOP), el gremio que representa a los docentes de establecimientos educativos privados. Desde ese lugar participa de negociaciones paritarias, debates sobre políticas educativas y acciones gremiales orientadas a la defensa de los derechos laborales del sector. Su presencia también se extiende al plano sindical más amplio: integra la conducción de la Confederación General del Trabajo Rosario como secretario adjunto, una posición desde la cual busca fortalecer la representación del sector docente dentro de la central obrera.

Un dirigente en el centro del conflicto educativo
Lucero ha sido reelecto en distintas oportunidades con un respaldo amplio de los afiliados y se ha consolidado como una de las voces más visibles del gremialismo docente en la región. A lo largo de su trayectoria intervino activamente en discusiones sobre salarios, condiciones laborales y el rumbo de la educación. Además de su actividad sindical, es abogado y cuenta con formación académica específica: es especialista en Comunicación Política por la Universidad Nacional de Rosario y especialista en Gestión Educativa por Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Fuera de la arena gremial, se define como hincha canalla y recuerda con orgullo su paso por la presidencia del club Logaritmo. En diálogo con Señales, analizó el estado de la educación en Santa Fe y las políticas del gobierno provincial.

La relación tensa entre el gobierno y la docencia
Para Lucero, la tensión entre el gobierno y el sector docente no puede entenderse sin observar la mirada que la actual administración tiene sobre el Estado. A su juicio, existe una concepción profundamente economicista que condiciona las decisiones políticas. En ese marco, explica que el sistema educativo implica uno de los mayores gastos del presupuesto provincial debido a la cantidad de trabajadores que involucra. Esa dimensión económica, sostiene, termina convirtiendo a maestras, maestros, profesoras y profesores en el primer objetivo de las políticas de ajuste.

El dirigente también vincula la dureza oficial frente al reclamo docente con el posicionamiento que el gobernador Maximiliano Pullaro adoptó al inicio de su gestión. Recuerda que desde el comienzo hubo una fuerte intención de evitar paros docentes, lo que derivó —según su mirada— en una especie de sobreactuación política. A ese factor se suma otra convicción presente en muchos gobiernos: la idea de que los sindicatos no representan verdaderamente a sus bases. Esa combinación, plantea, terminó endureciendo el vínculo entre la administración provincial y el sector educativo. Pero también generó un problema político para el propio gobernador: después de haber fijado una postura tan rígida, retroceder resulta cada vez más difícil.

En ese contexto, Lucero percibe un creciente malestar en la base docente. Durante años —dice— la docencia protestó prácticamente en soledad. Sin embargo, otros conflictos recientes dentro del Estado provincial comenzaron a modificar esa percepción. El reclamo policial, por ejemplo, sirvió para mostrar que el descontento no es exclusivo del ámbito educativo. Esa sensación se reflejó en las manifestaciones que se multiplicaron en los días previos al paro docente, con concentraciones en plazas y espacios públicos de distintas ciudades de la provincia.

El dirigente observa con preocupación que, mientras el gobierno impulsa mecanismos de control sobre la tarea docente, el sistema educativo enfrenta desafíos estructurales mucho más profundos. Entre ellos menciona el impacto demográfico que se proyecta para los próximos años, con estimaciones que anticipan una caída de la matrícula que podría alcanzar el 25% hacia 2030. Desde su perspectiva, el problema central es que la discusión pública se concentra en la disciplina o el control del trabajo docente en lugar de abordar el futuro del sistema educativo.
Un sistema educativo sin rumbo
Esa crítica se apoya en una convicción más amplia: para Lucero, el gobierno provincial llegó al poder sin un plan educativo. "Van a los volantazos", resume. Como ejemplo menciona el plan de alfabetización anunciado en los primeros meses de la gestión de Pullaro. Según explica, el programa fue presentado públicamente mucho antes de que existiera un convenio formal para implementarlo. Ese acuerdo, firmado con la Asociación Civil Propuesta Dale!, terminó implicando un gasto cercano a los 1.700 millones de pesos. Para el dirigente sindical, ese desfasaje revela la ausencia de planificación previa.

La falta de diagnóstico es, en su opinión, uno de los principales problemas. Lucero sostiene que la actual gestión ingresó al gobierno sin datos precisos sobre el sistema educativo y que esa carencia todavía no fue subsanada. Sin información clara sobre la realidad de las escuelas, las condiciones laborales o las tendencias demográficas, argumenta, resulta imposible diseñar políticas públicas consistentes. Por eso, dice, muchos debates directamente no se dan: el gobierno evita discutir porque no cuenta con argumentos sólidos sobre la política educativa.

En su diagnóstico, además, existe una distancia cultural entre quienes conducen hoy la provincia y el sistema educativo. Lucero considera que buena parte de los funcionarios no proviene del ámbito educativo ni conoce en profundidad sus particularidades. Esa falta de familiaridad con el funcionamiento del sistema conduce, según explica, a respuestas simplificadas y a lugares comunes. Desde esa lógica, afirma, se intenta "enderezar a los gritos" un sistema que en realidad es complejo, diverso y con dinámicas propias.

La discusión sobre las prioridades del gasto público también aparece como un punto de conflicto. En la apertura de sesiones legislativas, Pullaro anunció inversiones de magnitud similar tanto para infraestructura escolar como para la construcción de cárceles. Ese dato generó críticas desde distintos sectores, que sostienen que un mayor esfuerzo en educación podría reducir, a largo plazo, la necesidad de ampliar el sistema penitenciario.

La seguridad y el marketing político
Lucero interpreta esa señal política dentro de una estrategia más amplia del gobierno. A su entender, la gestión provincial ha organizado gran parte de su discurso alrededor del tema de la seguridad. Desde esa perspectiva, muchos debates públicos son desplazados hacia ese terreno. En ese marco, observa un cambio simbólico: mientras en otras épocas la construcción de escuelas era celebrada socialmente como un logro, hoy se intenta generar el mismo entusiasmo alrededor de nuevas cárceles.

El dirigente menciona incluso la decisión oficial de poner nombres a algunas de esas unidades penitenciarias, como "El Infierno", algo que interpreta como parte de una lógica de marketing político. Más allá de ese gesto, advierte que el problema de fondo es la ausencia de una mirada integral sobre las políticas públicas.

Lucero evita caer en una simplificación directa —no afirma que más escuelas impliquen automáticamente menos cárceles—, pero insiste en que el Estado necesita políticas consistentes en varios frentes al mismo tiempo. Educación, salud, trabajo y seguridad deberían formar parte de una estrategia articulada. Sólo a partir de ese enfoque integral, sostiene, es posible mejorar las condiciones de vida de la población.

En su evaluación, el dirigente considera que buena parte de las críticas al discurso del gobernador se explican por la distancia entre las consignas oficiales y la experiencia cotidiana de la gente. A su juicio, la gestión provincial ha producido numerosos eslóganes pero pocas respuestas concretas a los problemas diarios. Y advierte que, si bien la reducción de la violencia o la delincuencia es un objetivo importante, no alcanza por sí sola. Para enfrentar los desafíos de la provincia, concluye, se necesitan políticas mucho más profundas, discusiones más amplias y un gobierno dispuesto a dar esa pelea.

Cuando intenta identificar logros concretos de la actual gestión en materia educativa, Lucero admite que no encuentra respuestas claras. Si tuviera que señalar cuál ha sido el principal avance del gobierno provincial en esta área, dice que le resultaría difícil mencionar alguno. Desde su perspectiva, no se perciben transformaciones significativas ni avances de fondo.

En cambio, lo que observa son políticas que retoman iniciativas de gestiones anteriores o modificaciones menores sobre programas que ya existían. Incluso menciona que durante los gobiernos del Frente Progresista Cívico y Social se desarrollaron políticas educativas que, a su juicio, resultaban valiosas y que hoy fueron discontinuadas, aun cuando algunos de los actuales funcionarios participaron en aquellas administraciones. Esa decisión, sostiene, debilita aún más la continuidad de las políticas públicas.

A partir de ese panorama, el dirigente sindical no duda en utilizar una palabra fuerte para describir el estado actual del sistema educativo: mediocridad.
El paro docente y la disputa por los números
El conflicto docente y el paro que acompañó el inicio de clases también forman parte de su análisis. Mientras el gobierno provincial aseguró que el ciclo lectivo comenzó con normalidad, Lucero sostiene que la realidad fue distinta. Anticipando que habría una lectura oficial basada en datos que, según afirma, suelen manipularse a partir de declaraciones juradas, desde el gremio decidieron realizar un relevamiento propio, escuela por escuela, para conocer qué había sucedido realmente en el primer día de clases.

El resultado del relevamiento arrojó un dato que, en apariencia, coincidía con el discurso oficial: el 92% de los colegios había abierto sus puertas. Pero el dirigente aclara que ese número no describe lo que ocurrió dentro de las instituciones.

Cuando el sindicato preguntó específicamente si las clases se habían desarrollado con normalidad, el panorama cambió de manera significativa. Sólo el 43% de los establecimientos tuvo una jornada de clases normal. En otras palabras, cerca del 60% de las escuelas no funcionó con normalidad.

Las situaciones fueron diversas. En algunos casos se dictaron clases únicamente en determinados cursos; en otros, las instituciones realizaron actividades simbólicas de inicio del ciclo lectivo en lugar de clases regulares. También hubo escuelas en las que los docentes se presentaron a trabajar, pero la propia institución decidió suspender actividades como parte de una modalidad de protesta impulsada por el gremio.

En términos generales, explica Lucero, el 57% de las escuelas tuvo algún tipo de alteración en su funcionamiento habitual, lo que contradice la afirmación oficial de que el inicio de clases fue completamente normal.

El inicio de clases y la disputa por el relato
El sindicato también indagó en un detalle que, dentro del sistema educativo, tiene un fuerte valor simbólico: el acto de apertura del ciclo lectivo. Para quienes forman parte de la vida escolar —explica el dirigente— ese momento marca realmente el comienzo de las clases. Es el acto en el que se convoca a las familias, se da la bienvenida a los estudiantes que comienzan una nueva etapa y se despide a quienes transitan su último año en cada nivel.

A partir de ese criterio, el relevamiento incluyó una pregunta directa: cuándo se había realizado ese acto en cada institución. El resultado dejó, según Lucero, un dato llamativo. En aproximadamente la mitad de las escuelas el acto de inicio del ciclo lectivo no se realizó el día fijado oficialmente por el gobierno provincial, sino al día siguiente.

Eso significa que, en la práctica, en esas instituciones las clases comenzaron el 3 de marzo y no el 2, como sostenía el discurso oficial. Para el dirigente, ese dato muestra con claridad la distancia entre la narrativa del gobierno y lo que efectivamente ocurrió en las escuelas.

El paro docente también tuvo un nivel de adhesión significativo dentro del sector privado representado por el sindicato. Según las estimaciones preliminares del gremio —que aún estaban terminando de depurar datos vinculados con turnos y modalidades— la medida de fuerza tuvo un acatamiento de entre el 50 y el 60% en los siete departamentos donde SADOP tiene representación.

Lucero interpreta ese porcentaje como una señal contundente. A su juicio, se trató del paro más fuerte que enfrentó hasta ahora la gestión del gobernador Maximiliano Pullaro en el ámbito educativo. Recuerda que otras medidas de fuerza anteriores habían tenido más dificultades para alcanzar altos niveles de adhesión, mientras que esta convocatoria logró una respuesta más extendida.

El impacto del conflicto no se reflejó únicamente en el funcionamiento de las escuelas. El dirigente también destaca la movilización que se realizó en la ciudad de Santa Fe, donde confluyeron trabajadores de distintos sectores del empleo público. Según su evaluación, fue la movilización más grande protagonizada por empleados estatales desde el inicio de la actual gestión provincial.

Para Lucero, esa demostración de fuerza explica en parte la reacción del gobierno. Interpreta que la magnitud de la protesta generó incomodidad en las autoridades, que intentaron minimizar su impacto. Sin embargo, desde su mirada, el paro funcionó como un fuerte llamado de atención para la administración provincial.

Ese escenario, concluye, también ayuda a entender el tono de algunas respuestas oficiales posteriores al conflicto. El dirigente percibe en las declaraciones de funcionarios un nivel de reacción y agresividad que, a su juicio, refleja la preocupación que generó dentro del gobierno la contundencia de la protesta docente.
Declaraciones juradas y presentismo: las políticas en debate
En el conflicto docente de Santa Fe, uno de los puntos más cuestionados por el gremio es el mecanismo de declaraciones juradas que el Ministerio de Educación de Santa Fe exige completar a los docentes para evitar descuentos salariales durante las medidas de fuerza. Para Martín Miguel Lucero, ese sistema no sólo es problemático desde el punto de vista administrativo, sino que además distorsiona la lectura real del conflicto.

El dirigente de la seccional Rosario del Sindicato Argentino de Docentes Privados sostiene que la lógica misma de la declaración jurada resulta inapropiada para este tipo de situaciones. Según explica, ese tipo de instrumento tiene sentido cuando se utiliza para acreditar datos objetivos —por ejemplo, declarar que no existe superposición de cargos o que una persona no trabaja en dos lugares al mismo tiempo—. Sin embargo, considera que exigir una declaración jurada sobre una decisión personal, como adherir o no a un paro, implica una naturalización de una práctica que obliga a los trabajadores a pronunciarse sobre algo que forma parte de su derecho individual.

Para ilustrar la situación, Lucero recurre a comparaciones deliberadamente exageradas. Sostiene que pedir a un docente que declare anticipadamente si hará paro sería tan absurdo como exigirle una declaración jurada asegurando que no se enfermará o que no respirará. En su visión, la medida resulta aún más llamativa en el ámbito de la educación privada: imagina el escenario hipotético de que el Estado exigiera a cualquier trabajador del sector privado —de un banco, un comercio o un taller mecánico— que jure por adelantado si participará o no de una medida de fuerza.

A su juicio, se trata de una práctica excepcional que sólo se aplica en la provincia de Santa Fe y que termina alterando el sentido mismo del derecho a huelga. Lucero interpreta que el objetivo de este mecanismo no es obtener un dato estadístico confiable, sino construir un relato público favorable al gobierno.

Según su análisis, el sistema permite inflar números a partir de la cantidad de declaraciones juradas completadas. De esa manera, el dato que se difunde posteriormente no es cuántos docentes hicieron paro, sino cuántos completaron el formulario. Para el dirigente sindical, esa diferencia es clave: el mecanismo estaría pensado más para producir un titular de diario o una gacetilla de prensa que para reflejar un indicador objetivo sobre la adhesión a la medida de fuerza.

También sostiene que el carácter anticipado de la declaración busca desalentar la participación en el paro. En algunos momentos —admite— esa estrategia pudo haber tenido cierto efecto disuasorio, pero considera que con el tiempo perdió eficacia. En la actualidad, afirma, ese mecanismo habría fracasado en su intento de reducir la adhesión a las medidas de fuerza.

Otra de las críticas del gremio se centra en el universo de trabajadores que son convocados a completar la declaración jurada. Lucero explica que el formulario se envía de manera generalizada, sin distinguir situaciones particulares. Eso incluye docentes que se encuentran con licencias médicas, personas que están trabajando en el propio ministerio, docentes que ese día no tienen clases asignadas o profesores que comienzan su actividad en días distintos de la semana.

Al incorporar a todos esos casos dentro del mismo registro, sostiene, el número final se vuelve engañoso. El dato surge de un universo mucho más amplio que el de los docentes que realmente podrían adherir a un paro ese día. En otras palabras, la estadística queda "viciada" desde el origen porque incluye personas que, aun queriendo, no podrían participar de la medida de fuerza. Lucero lo resume con un ejemplo extremo: una persona internada en un hospital no puede hacer paro, pero igualmente se le exige completar una declaración jurada.
Ausentismo, presentismo y estadísticas en discusión
Desde su mirada, todo el mecanismo responde a una lógica comunicacional orientada a influir en la opinión pública. El dirigente sostiene que detrás de la medida hay una estrategia para instalar la idea de un enfrentamiento entre la sociedad y la docencia, o entre la ciudadanía y los sindicatos. En ese marco, los números difundidos al día siguiente del paro funcionarían como parte de esa narrativa.

Lucero afirma que, si el gobierno realmente quisiera medir cuántos docentes adhieren a una medida de fuerza, el procedimiento sería mucho más simple. El propio Estado dispone de herramientas administrativas suficientes para verificar, al día siguiente, cuántos trabajadores faltaron efectivamente a sus puestos. Sin embargo, ese dato —según señala— nunca se difunde públicamente.

La discusión sobre las estadísticas también aparece cuando se aborda otro tema recurrente en el debate educativo: el ausentismo docente. El dirigente sindical reconoce que se trata de un asunto real dentro del sistema educativo, pero cuestiona la forma en que el gobierno lo presenta públicamente.

Recuerda que el gremio comenzó a plantear este debate cuando la administración provincial impulsó el sistema de presentismo, una política salarial que premia la asistencia. Desde el sindicato advirtieron entonces que esa medida no resolvería el problema del ausentismo, porque muchas de las ausencias responden a causas legítimas: enfermedades o situaciones administrativas previstas en la normativa.

Lucero subraya que, en muchos casos, lo que el Estado contabiliza como ausencias en realidad corresponde a situaciones normales dentro del funcionamiento del sistema. Por ejemplo, docentes que son relevados temporalmente para trabajar en el propio Ministerio de Educación, o maestros que asumen cargos de mayor jerarquía mientras otros ocupan su lugar en el aula. En esos casos —explica— ambas personas están trabajando, aunque las estadísticas puedan registrarlo como una ausencia en la escuela.

Durante ese debate, el gremio solicitó reiteradamente conocer datos precisos: cuál era el nivel real de inasistencias antes de la implementación del presentismo y cuál era el porcentaje posterior, para evaluar si la medida había tenido algún efecto concreto. Según Lucero, esa información nunca fue publicada.

En un primer momento —recuerda— desde el gobierno se mencionó una cifra cercana al 33%, pero ese número, sostiene, respondía a cálculos presupuestarios vinculados con el gasto del Estado y no a un indicador real de ausentismo. A pesar de que la cifra fue repetida públicamente por el ministro de Educación José Goity y por el ministro de Gobierno e Innovación Pública Fabián Bastia, el origen metodológico de ese porcentaje nunca fue aclarado.

Lucero afirma que en algún momento sí existió un sistema informático que permitía consultar datos concretos sobre el ausentismo en cada escuela y en el sistema educativo en general. A partir de esa herramienta, el sindicato habría detectado que el porcentaje de ausencias por enfermedad era del 12,57%. Sin embargo —asegura— ese acceso posteriormente fue eliminado del sistema.

Para el dirigente, esa falta de transparencia no es casual. Considera que el ocultamiento de datos forma parte de una estrategia destinada a sostener un relato político. Si el gobierno publicara cifras reales sobre el ausentismo docente, argumenta, quedaría en evidencia que el problema no tenía la magnitud que se instaló públicamente.

En su interpretación, el sistema de presentismo no fue diseñado para resolver abusos ni para corregir irregularidades, sino como una herramienta de ajuste salarial. Dado que ese adicional no lo perciben todos los trabajadores, funciona —según sostiene— como una forma de aumentar el salario únicamente a una parte del personal docente.

Lucero señala además que existen situaciones particularmente sensibles que quedan excluidas de ese beneficio: docentes embarazadas, trabajadores con enfermedades graves, personas con hijos internados o docentes que sufrieron accidentes laborales y deben tomar licencias médicas. En todos esos casos, explica, el presentismo no se paga.

Desde su punto de vista, si el Ministerio de Educación difundiera con claridad los datos reales sobre ausentismo y sobre el funcionamiento del presentismo, esa política quedaría seriamente cuestionada. Por eso, concluye, la información nunca se publica con precisión: porque revelar esos números implicaría desmontar uno de los pilares discursivos de la actual gestión provincial.

Plan Banderas
En Rosario, la aparición de nuevas amenazas frente a escuelas vuelve a instalar una preocupación que en los últimos años atravesó al sistema educativo de la región. La colocación de una bandera intimidatoria frente a un establecimiento de la zona sur reavivó el debate sobre cómo debe actuar el Estado cuando la violencia vinculada al narcotráfico o al delito alcanza directamente a las instituciones educativas.

Para Lucero, el problema es más amplio de lo que suele aparecer en la agenda pública. Según advierte, los casos de escuelas baleadas o amenazadas son numerosos y muchos de ellos no llegan a tener visibilidad mediática. Recuerda, por ejemplo, que durante el año pasado se registraron varios episodios de ese tipo en Villa Gobernador Gálvez, aunque pocos trascendieron más allá del ámbito local.

El dirigente sindical sostiene que la respuesta oficial frente a estos hechos es preocupante. En su evaluación, el gobierno provincial adopta una actitud que consiste en minimizar o negar el problema. "Siga, siga, que no pasa nada", resume como la lógica que, según afirma, predomina cuando se producen amenazas o episodios de violencia contra instituciones educativas.

Esa postura —explica— se traduce en una directiva clara hacia las escuelas: evitar el cierre de los establecimientos y continuar con las actividades educativas como si nada hubiera ocurrido. Para Lucero, esa reacción resulta particularmente peligrosa porque implica intentar ocultar o tapar los hechos en lugar de abordarlos abiertamente.

El dirigente plantea una preocupación de fondo: si la estrategia consiste en negar el problema, existe el riesgo de que se continúe ignorando la situación hasta que ocurra un hecho de mayor gravedad. Aunque aclara que no desea alimentar escenarios alarmistas ni especular con tragedias, considera que la responsabilidad del Estado es reconocer el problema y actuar con prudencia frente a situaciones que involucran amenazas directas.

A su juicio, la actitud del gobierno responde a la necesidad de sostener un relato político centrado en la idea de que los niveles de violencia han disminuido. En ese marco, afirma, admitir públicamente episodios de amenazas contra escuelas podría contradecir esa narrativa.

Lucero utiliza una metáfora para describir la situación: como si el gobierno arrojara una moneda al aire. Si los hechos no derivan en consecuencias graves, el discurso oficial se mantiene intacto; si ocurre un episodio serio, entonces habrá que lamentar algo que nadie desea imaginar. Por eso insiste en que la negación del problema resulta irresponsable.

En su relato, los signos de esa violencia siguen apareciendo dentro del sistema educativo: banderas intimidatorias, balas encontradas en las puertas de las escuelas o mensajes amenazantes dirigidos a la comunidad educativa. Aun así —asegura— en muchos casos la indicación del Ministerio de Educación es continuar con la actividad escolar con normalidad.

Para el dirigente sindical, esa decisión refleja una prioridad política: evitar que la situación afecte el relato oficial sobre la seguridad en la provincia, impulsado por el gobernador Maximiliano Pullaro. El problema, advierte, es que cuando la respuesta institucional frente a un hecho de violencia consiste simplemente en afirmar que "no pasa nada", el sistema educativo queda en una situación de vulnerabilidad.
Entre la tradición pedagógica pública y un programa enlatado de empresas privadas
Otro eje de crítica del sindicato se vincula con el plan de alfabetización impulsado por el gobierno provincial. Desde SADOP cuestionaron la decisión de destinar alrededor de 1.700 millones de pesos al programa RAÍZ a través de convenios con organizaciones privadas.

Lucero explica que la inquietud del gremio comenzó cuando intentaron conocer el origen de la Asociación Civil Propuesta Dale!, la organización encargada de implementar el programa de alfabetización en la provincia. Según relata, les llamó la atención que una provincia con una larga tradición pedagógica optara por contratar a una organización externa para diseñar e implementar una política educativa de esa magnitud.

En ese sentido, el dirigente recuerda la herencia pedagógica de Santa Fe, marcada por figuras como Olga Cossettini, Leticia Cossettini, Rosita Ziperovich y Ovide Menin, entre muchos otros referentes del pensamiento educativo. En una provincia con esa tradición —plantea— resulta llamativo recurrir a una ONG que no tiene raíces en el sistema educativo local.

A partir de las investigaciones del sindicato, señala, se encontraron con que la organización ya había comercializado el mismo programa educativo en otras provincias del país. Además, detectaron que la iniciativa estaba financiada por la Fundación Natura y que el desarrollo del programa en Santa Fe se articulaba también con la Fundación Pérez Companc.

Para el dirigente, la decisión resulta todavía más cuestionable si se considera el contexto nacional de debate sobre la educación pública. En la provincia —recuerda— existen cinco universidades nacionales y numerosos institutos superiores con especialistas capaces de desarrollar políticas educativas propias.

A pesar de esa capacidad instalada, el gobierno optó por contratar de manera directa a una organización externa. Lucero subraya que no hubo un proceso de licitación ni un concurso que permitiera presentar propuestas alternativas. En cambio, se firmó un convenio directo para implementar el programa.

Cuando el sindicato finalmente accedió a los datos sobre el costo del plan, la cifra reforzó sus cuestionamientos. El convenio implicó una inversión inicial cercana a los 1.700 millones de pesos, correspondiente a los primeros dos años de implementación. Según las estimaciones del gremio, el monto total podría alcanzar alrededor de 2.500 millones de pesos hacia el final del año.

Lucero considera que se trata de una suma muy elevada, especialmente en un contexto económico que el propio gobierno describe como restrictivo. Pero su crítica no se limita al aspecto presupuestario. También cuestiona el contenido pedagógico del programa.

Desde su perspectiva, el plan de alfabetización responde a modelos educativos antiguos, basados en enfoques que considera superados. Además —afirma— al tratarse de un programa diseñado para aplicarse en distintas provincias, carece de adaptación a las particularidades culturales, sociales y pedagógicas de cada región.

Ese carácter "enlatado", como lo define, obliga al programa a mantener una estructura suficientemente general como para implementarse tanto en Santa Fe como en Jujuy o en la Patagonia, lo que en su opinión impide reconocer las realidades locales y la historia educativa propia de cada territorio.

El dirigente también cuestiona la falta de transparencia con la que, según afirma, se manejó la información sobre el convenio. Explica que el sindicato debió insistir durante más de 18 meses para obtener los datos completos del acuerdo. Durante ese período realizaron múltiples presentaciones administrativas y finalmente iniciaron una demanda judicial contra la provincia para acceder a la documentación.

Para Lucero, el hecho de que haya sido necesario recurrir a la Justicia para conocer los detalles del programa es, en sí mismo, un indicio de que el proceso no fue transparente. Por eso, concluye, la crítica principal del sindicato no se limita al monto invertido, sino que apunta también a la decisión de contratar de manera directa a una ONG externa en una provincia que, a su juicio, cuenta con suficientes especialistas y tradición pedagógica para diseñar sus propias políticas educativas.

Denuncian campañas digitales contra docentes financiadas desde el Estado
Desde la llegada del actual gobierno provincial, el dirigente gremial asegura que se instaló una fuerte campaña contra los docentes y las organizaciones sindicales. Según plantea, esa ofensiva ya no se limita únicamente a declaraciones de las máximas autoridades políticas, sino que se trasladó con intensidad al terreno de las redes sociales.

En ese contexto, sostiene que existen estructuras digitales organizadas que operan de manera coordinada para difundir mensajes contra los gremios y algunos de sus dirigentes. Para Lucero, no se trata de acciones aisladas ni de usuarios individuales.

El secretario general de la seccional Rosario del Sindicato Argentino de Docentes Privados afirma estar convencido de que estas campañas cuentan con financiamiento estatal.

"Nosotros estamos seguros de que la campaña contra los sindicatos y contra algunos dirigentes está financiada por el Estado", sostiene. A su entender, el volumen y la coordinación de las publicaciones en redes sociales no podrían sostenerse sin recursos importantes detrás.

Según explica, el despliegue incluye avisos pagos, difusión sistemática de contenidos y una presencia simultánea en distintas plataformas. "No hay forma de que una estructura que no sea el Estado financie este nivel de amplitud en redes sociales", asegura.

Lucero afirma que detrás de estas estrategias suelen intervenir empresas privadas especializadas en comunicación digital y manejo de redes. En su descripción, no se trata simplemente de usuarios anónimos que crean cuentas falsas desde sus casas para difamar a dirigentes.

"Esto no es una persona que armó una cuenta trucha para atacar a alguien. Son empresas privadas nacionales que se dedican a esto", afirma.

El dirigente incluso vincula ese tipo de estrategias con sectores cercanos a la conducción política del gobierno provincial de Santa Fe, a los que atribuye antecedentes en la organización de campañas digitales agresivas, incluyendo el uso de cuentas coordinadas o "granjas de trolls".

Para Lucero, este tipo de prácticas resultan incompatibles con el funcionamiento democrático. "Nos parece una aberración en tiempos de democracia", señala, al tiempo que insiste en que existen funcionarios públicos que, según su visión, aportan recursos económicos para financiar esas campañas.

El dirigente sostiene que durante el conflicto docente reciente se pudo observar con claridad ese funcionamiento. Según relata, al comienzo aparecieron cuentas vinculadas al ámbito local de la provincia, pero durante el paro la difusión se amplió a perfiles y portales de alcance nacional.

Entre ellos menciona cuentas como La Derecha Diario, que cuentan con cientos de miles de seguidores y que, según su versión, difundieron información falsa sobre lo ocurrido durante la medida de fuerza en Santa Fe.

Para el dirigente sindical, este tipo de intervenciones generan una situación de fuerte desigualdad en el debate público.

"Uno deja de ser, más allá de la responsabilidad que tenga en una organización social, un ciudadano común frente a todo el aparato del Estado", afirma. En ese escenario, concluye, enfrentar campañas de ese tipo resulta muy difícil porque se trata de estructuras con recursos y capacidad de amplificación mucho mayores.

Escuchá la entrevista completa:

La economía del ajuste: inflación, salarios en caída, empleo en retroceso y más hogares endeudados

El economista Lavih Abraham, integrante del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE), analiza en Señales, la inflación, la caída de los salarios, el deterioro de las jubilaciones y la destrucción del empleo formal. Según su diagnóstico, el programa económico actual no busca frenar los precios sino sostener una "estabilización" basada en ingresos deprimidos, endeudamiento creciente y una economía cada vez más dependiente de la extracción de recursos
Abraham habla con la calma de quien viene siguiendo los mismos indicadores desde hace años. Integrante del MATE, el espacio dedicado a analizar empleo, salarios, producción y coyuntura económica en la Argentina, participa en la elaboración de informes que buscan poner números y contexto a los cambios del mercado laboral. El último documento difundido por el equipo volvió a encender alarmas: la inflación se aceleró otra vez en enero y, según anticipan distintos analistas, podría repetirse una dinámica similar con los datos de febrero.

Desde su mirada, el problema no radica en un fenómeno misterioso ni inesperado, sino en la falta de un programa integral para frenarlo. Abraham sostiene que el gobierno se ha concentrado prácticamente en una sola variable: el dólar. Mantenerlo contenido ha sido, según explica, el principal instrumento utilizado para intentar ordenar la economía. Pero eso, afirma, está lejos de ser suficiente para frenar la inflación.

La otra herramienta a la que el oficialismo suele atribuirle efectos antiinflacionarios es la reducción permanente del gasto público. Sin embargo, desde el MATE observan que ese argumento no se refleja en los datos. "Desde nuestro punto de vista, achicar el gasto público no tiene ningún tipo de incidencia", plantea. Recuerda que el gasto efectivamente se redujo en el último tiempo y que, aun así, la inflación continuó moviéndose: sube, baja, pero no desaparece. De hecho, remarca que desde mayo del año pasado la tendencia muestra que mes a mes los precios vuelven a aumentar un poco más.
Una inflación sin plan para detenerla
Para el economista, el diagnóstico es claro: no existe hoy un plan antiinflacionario concreto que tenga como objetivo llevar la inflación a cero. Lo que falta —dice— son instrumentos específicos y decisiones más activas del Estado. A contramano del discurso oficial, Abraham considera que el control de ciertos aumentos, la regulación de precios clave o la intervención sobre mecanismos de actualización de contratos podrían contribuir a frenar la inercia inflacionaria.

Ese tipo de herramientas, recuerda, no son ajenas a los gobiernos de orientación liberal. Cita como ejemplo el inicio de la convertibilidad durante el gobierno de Carlos Menem, cuando también se aplicaron medidas de control para contener la dinámica de los precios. En cambio, sostiene, la actual estrategia parece confiar en que los valores del mercado se acomodarán por sí solos. "El gobierno está esperando que de alguna manera los precios bajen solos. Bueno, no va a pasar", afirma.

La estabilización como salarios bajos
En el discurso oficial, la palabra que aparece con frecuencia para describir el momento económico es "estabilización". Para Abraham, ese término encubre otra realidad. El economista cree que la idea de ordenar la macroeconomía se traduce, en la práctica, en mantener los salarios deprimidos y en limitar cualquier política pública orientada a mejorar ingresos. Según su lectura, la estabilización que se busca implica que los sueldos no crezcan, que el gasto público no intervenga para compensar pérdidas de ingresos y que el Estado reduzca al mínimo su presencia en la economía.

"Es la paz de los cementerios", resume. Un orden que existe, dice, pero que se sostiene a costa del consumo y del deterioro de los ingresos.
El deterioro silencioso del salario real
Los datos que analiza el MATE apuntan precisamente en esa dirección. El economista describe una caída generalizada de los ingresos: retroceden los salarios del sector privado, también los del sector público y, al mismo tiempo, las jubilaciones pierden poder adquisitivo. La explicación es simple y persistente: la inflación continúa mientras los salarios avanzan a un ritmo menor.

Cada mes, explica, los precios aumentan alrededor de un 2 o 3 por ciento, mientras que los sueldos crecen en promedio entre un 1 y un 1,5 por ciento. Esa diferencia, aparentemente pequeña, se acumula con el tiempo y termina erosionando el poder de compra. El resultado es una reducción del salario real: la capacidad de adquirir bienes y servicios con el mismo ingreso es cada vez menor.

Ese deterioro impacta de manera directa en la economía cotidiana. Con menos poder de compra, el mercado interno se debilita. Los comercios venden menos, la industria nacional pierde dinamismo y encuentra mayores dificultades para competir frente a la apertura de importaciones. A su vez, la construcción atraviesa un fuerte retroceso, en parte por la decisión del gobierno de eliminar prácticamente la obra pública. Al desaparecer ese motor de actividad, caen también los puestos de trabajo vinculados al sector.

Para Abraham, ese escenario no es el resultado inevitable de fuerzas económicas abstractas, sino de decisiones políticas concretas. "Contrariamente al planteo oficial de que el Estado se retira y que son los mercados los que deciden todo, es el Estado el que está decidiendo todo", sostiene. Y agrega que esas decisiones terminan determinando qué sectores ganan y cuáles pierden. En el panorama actual, asegura, quienes están perdiendo son principalmente los trabajadores.

Uno de los datos más contundentes del informe del MATE es la caída del salario real desde el inicio del actual gobierno. En el caso de los trabajadores del sector privado, la pérdida ronda el 6 por ciento en promedio. Abraham explica la magnitud de ese número con un ejemplo sencillo: si en 2023 un trabajador podía comprar una canasta de productos que valía 100, hoy con su salario solo alcanza para adquirir bienes equivalentes a 94.

La caída incluso fue más profunda en algunos momentos del período. Hubo meses en los que el poder de compra llegó a equivaler a 86 sobre aquella referencia de 100. Luego, gracias a las negociaciones paritarias, se produjo una leve recuperación, pero en los últimos ocho meses la tendencia volvió a inclinarse hacia abajo.
El golpe más fuerte en el sector público
El deterioro es aún mayor dentro del sector público. Abraham señala que, particularmente en el ámbito del Estado nacional, las pérdidas salariales son mucho más pronunciadas. En las universidades públicas, por ejemplo, calcula que los ingresos de docentes y trabajadores registraron caídas que oscilan entre el 25 y el 35 por ciento. "Es muchísimo, es una destrucción", afirma.

Si se observa el conjunto del empleo estatal —donde se combinan salarios de trabajadores nacionales y provinciales— la caída promedio ronda el 22 por ciento. La cifra implica, explica, que aproximadamente una cuarta parte del ingreso mensual desapareció en términos reales.

Ese retroceso, según el economista, está empujando a los trabajadores estatales a una situación que recuerda a la de décadas anteriores. "Están volviendo a lo que fueron antes de 2003: trabajadores parias, mal pagados, abandonados y vilipendiados por el propio Estado del cual forman parte", describe.

Para Abraham, lo que se está produciendo es una degradación profunda de la estructura estatal y un abandono de sus funciones básicas hacia la población. Lo atribuye a una concepción política que considera que todo lo que hace el Estado es negativo y que, por lo tanto, debe reducirse al mínimo. Una idea que, según concluye, no encuentra respaldo en la experiencia internacional. Ningún país del mundo, remarca, funciona prescindiendo completamente de la acción estatal.
Jubilaciones que pierden meses enteros de ingreso
Abraham dirige la atención hacia otro de los sectores que, según el análisis del MATE, está atravesando un deterioro particularmente profundo: los jubilados y pensionados.

Los datos que maneja el espacio muestran una caída significativa del poder adquisitivo de los haberes previsionales. Abraham explica que las jubilaciones perdieron alrededor de un 25% de su capacidad de compra en relación con 2023, mientras que en el caso de la jubilación mínima la caída alcanza aproximadamente el 29%.

Para dimensionar ese número, propone un ejercicio sencillo. Una pérdida cercana al 29% equivale, aproximadamente, a que cada tres meses una jubilación entera "desaparezca" en términos de poder de compra. Si se observa el período completo desde el inicio del actual gobierno —unos 24 o 25 meses— el deterioro acumulado equivale a unas siete jubilaciones que, en términos reales, dejaron de cobrarse.

No se trata de meses sin percibir ingresos, aclara, sino de una pérdida constante del valor del dinero. "Cada mes hay un 24 o 25% que no se está cobrando en términos de poder adquisitivo", explica. Desde su mirada, ese proceso revela dónde recae el núcleo del ajuste fiscal. "El principal ajuste de este gobierno son los jubilados", afirma, y sostiene que el sector se convirtió en el principal blanco de la política económica.

El economista considera que el deterioro actual no tiene antecedentes cercanos en términos de intensidad. A su juicio, incluso en contextos económicos complejos de gobiernos anteriores, los jubilados no habían sido sometidos a un nivel de deterioro tan marcado. Y, además, no observa señales de que la situación vaya a revertirse en el corto plazo.

Según su interpretación, mientras se mantenga la misma orientación económica, las jubilaciones continuarán en el nivel actual de poder adquisitivo. "Bajaron las jubilaciones, quedaron bajas y así van a estar", resume, convencido de que dentro de esta lógica de política económica no existe margen para una recuperación.

Medicamentos más caros y menos cobertura
La situación se agrava cuando se observa el gasto cotidiano de los adultos mayores. Abraham señala que uno de los rubros que más aumentó es el de los medicamentos, un componente central del presupuesto de los jubilados. El cronista le cuenta casos cercanos donde tratamientos que hace algunos meses costaban alrededor de 60.000 pesos hoy superan los 125.000. Para él, se trata de un aumento particularmente grave porque impacta en personas cuyos ingresos ya vienen deteriorados.

A ese encarecimiento se suma otro factor: cambios en la cobertura de medicamentos por parte del PAMI. Abraham señala que muchos jubilados que antes recibían medicamentos gratuitos dejaron de contar con ese beneficio. El resultado, explica, es doblemente negativo: cobran jubilaciones con menor poder de compra y, al mismo tiempo, deben afrontar gastos que antes no tenían.

"Entonces no solo les bajó la jubilación, sino que además con esa jubilación más baja tienen que comprar medicamentos que antes recibían gratis", describe. En ese marco, califica el impacto del ajuste como "brutal".

A su entender, este recorte solo encuentra un paralelo en otras áreas que también identifica como blanco de las políticas actuales, como el sistema universitario y el sector científico. En una mirada más amplia, Abraham interpreta que el ajuste se concentra sobre ámbitos que forman parte de la estructura colectiva del país: la educación, la ciencia, la cultura o el deporte.

"El ajuste se da sobre todas las aristas que hacen a la identidad nacional", sostiene. En su diagnóstico, se trata de un cambio profundo respecto de las políticas aplicadas por la mayoría de los gobiernos anteriores.

Un empleo formal que desaparece
El análisis del MATE también advierte sobre otro indicador que preocupa: la pérdida de empleo formal. Según los datos recopilados por el espacio de análisis, desde el inicio del actual gobierno se destruyeron alrededor de 323.000 puestos de trabajo registrados.

La mayor parte de esa pérdida, explica Abraham, se concentra en la industria. La producción nacional atraviesa, según su lectura, una etapa particularmente delicada frente al aumento de las importaciones. Muchas empresas no logran competir con los productos que llegan del exterior y se ven obligadas a cerrar, reducir personal o modificar su modelo de negocio.

En algunos casos, describe, las fábricas directamente dejan de producir y pasan a dedicarse a la distribución de bienes importados. Abraham menciona el ejemplo de empresas que antes ensamblaban motos en el país, combinando componentes nacionales e importados y empleando a varias decenas de trabajadores. Hoy, con las motos llegando completamente armadas desde países como China o India, esas mismas compañías mantienen apenas unos pocos empleados encargados de embalar y distribuir los productos.

Es en ese proceso de reconversión donde se explica gran parte de la destrucción del empleo industrial. Para dimensionarlo, Abraham traduce la cifra total a una escala temporal: la pérdida de más de 320.000 puestos formales equivale, aproximadamente, a un empleo registrado que desaparece cada tres minutos.

Al mismo tiempo, muchas de las personas que pierden esos trabajos terminan desplazándose hacia actividades informales o hacia el cuentapropismo. Aparecen estrategias de subsistencia como el reparto en aplicaciones de delivery o la venta de productos a través de redes sociales y contactos personales.

El economista aclara que no hay una crítica hacia quienes recurren a esas alternativas para sostenerse. Lo que intenta remarcar es la diferencia en la calidad del empleo. Un puesto formal en la industria implica salario registrado, aguinaldo, vacaciones pagas, licencias por enfermedad o maternidad, cobertura sindical y una red de derechos laborales asociados.

Nada de eso suele acompañar a los trabajos informales. Por eso, advierte, la preocupación no se limita al nivel del ingreso sino a la estructura misma del mercado laboral. Y recuerda que los 323.000 empleos perdidos corresponden únicamente a los datos oficiales de trabajo registrado, es decir, a personas que dejaron de estar en blanco.

Sobre lo que ocurre en el universo del empleo informal —mucho más difícil de medir— solo existen estimaciones. Un terreno donde, sugiere Abraham, el impacto real podría ser todavía mayor.
La otra cara de la crisis: hogares endeudados
El economista abre otro capítulo del informe del Mirador para abordar un fenómeno que, según advierte, se está profundizando en silencio: el endeudamiento de los hogares.

La señal de alerta apareció esta semana a partir de datos del sistema financiero. El Grupo Banco Galicia, junto con Naranja X, informó resultados con pérdidas superiores a las previstas y un aumento significativo en los niveles de morosidad. Según esos reportes, el incumplimiento de pagos ya supera el 13% y, en el caso de las deudas vinculadas a billeteras virtuales, cerca del 30% se encuentra en mora.

Para Abraham, esos números ofrecen una fotografía muy concreta de la situación social que atraviesa el país. Y aclara que el problema no se limita a una entidad. "Cuando miramos los balances de todos los bancos —los más de sesenta que operan en Argentina— vemos que prácticamente todos, especialmente los grandes, tienen problemas crecientes para cobrar sus créditos", explica.

Cuando el crédito ya no alcanza
Las dificultades abarcan tanto préstamos a empresas como a personas. Pero es en el crédito al consumo donde el fenómeno se vuelve más visible. Las billeteras virtuales, que en los últimos años se convirtieron en una herramienta masiva de financiamiento cotidiano, muestran niveles de mora particularmente altos.

Según el análisis del MATE, el proceso de endeudamiento de las familias atravesó distintas etapas desde el inicio del actual ciclo económico. Abraham lo describe como una secuencia de tres fases. En la primera, durante el primer año de caída salarial, muchas personas pudieron sostener su nivel de consumo recurriendo a los ahorros acumulados en años anteriores. No se trataba de grandes capitales, aclara, sino de reservas modestas equivalentes a dos, tres o cuatro sueldos guardados con esfuerzo.

En una segunda etapa, cuando esos ahorros comenzaron a agotarse, el recurso pasó a ser el crédito. Muchas familias tomaron préstamos para sostener el consumo y mantener, en la medida de lo posible, un nivel de vida relativamente estable. Pero esa estrategia también tiene un límite.

La tercera fase es la que, según Abraham, comienza a verse ahora: los ahorros ya desaparecieron, la capacidad de endeudamiento se agotó y, en muchos casos, las personas ya no pueden afrontar el pago de los créditos que tomaron. Es allí donde aparecen los indicadores de morosidad que hoy preocupan al sistema financiero.

El fenómeno no se limita al circuito bancario formal. El economista advierte que en muchos barrios también se multiplican las deudas informales. Ante la imposibilidad de acceder a nuevos créditos en el sistema financiero, algunas personas recurren a prestamistas locales para conseguir dinero. En ciertos casos —señala— esos prestamistas están vinculados a economías ilegales o a redes delictivas.

Las consecuencias pueden ser graves. Cuando las deudas no se pagan, los acreedores reclaman con métodos mucho más agresivos que los del sistema formal. "La gente empieza perdiendo un televisor y puede terminar perdiendo la casa", describe Abraham, al explicar cómo funcionan esas presiones.

En paralelo, en el plano formal, se acumulan las deudas con bancos, con plataformas de pago digital o con sistemas de crédito asociados a billeteras virtuales, como los que ofrecen aplicaciones ampliamente utilizadas en la vida cotidiana, entre ellas Mercado Pago. El problema, señala, se concentra especialmente en los sectores populares, donde los ingresos resultan cada vez más insuficientes para cubrir gastos y compromisos financieros.

Desde su mirada, ese escenario contrasta con la agenda económica del gobierno, que suele enfocarse en reuniones con grandes actores del sistema financiero internacional. El periodista menciona, con ironía, el encuentro previsto entre el presidente y el banco de inversión JPMorgan Chase, interpretado por el oficialismo como una señal de confianza para atraer inversiones extranjeras.

Inversiones externas sin desarrollo local
El economista es escéptico respecto de ese camino. Considera que, aun en el caso de que llegaran capitales externos, eso no necesariamente se traduciría en más empleo o mejores salarios para la mayoría de la población. Según su visión, el marco actual de incentivos incluso favorece que esas inversiones operen con pocas obligaciones fiscales o productivas.

Aclara, sin embargo, que no se trata de rechazar la inversión extranjera en sí misma. Abraham recuerda que países como China lograron impulsar su crecimiento a partir de capitales internacionales desde las décadas de 1980 y 1990. La diferencia, subraya, fue el rol activo del Estado.

En el caso chino, explica, las autoridades exigían que las empresas extranjeras trabajaran con proveedores locales, transfirieran tecnología y ayudaran a desarrollar capacidades productivas nacionales. Esas condiciones permitieron que la llegada de inversiones se integrara a una estrategia de desarrollo industrial.

En cambio, sostiene que el esquema actual en Argentina avanza en una dirección opuesta. Desde su perspectiva, el gobierno promueve un modelo en el que las inversiones llegan con escasas obligaciones, sin exigencias de encadenamientos productivos locales y con beneficios impositivos significativos.

El periodista describe ese enfoque con una metáfora contundente: "una venta de garaje". Un escenario donde empresas extranjeras pueden explotar recursos naturales sin dejar una contribución sustancial al desarrollo económico del país.

Un país cada vez más extractivo
El integrante del MATE insiste en que el problema no es la explotación de recursos en sí misma —algo que considera importante para la economía argentina— sino la ausencia de reglas que aseguren beneficios para la sociedad. "No pueden venir, llevarse todo y no pagar impuestos", concluye. Según su argumento, un esquema así no funciona en ningún lugar del mundo.

Hacia el final de la conversación, Abraham vuelve sobre uno de los ejes que atraviesan todo el informe: el modelo de desarrollo que, a su juicio, está tomando forma en la Argentina.

El disparador es la discusión sobre la explotación de recursos naturales. En el debate público suele mencionarse el bajo porcentaje que reciben las provincias por actividades extractivas, como la minería. Referentes ambientalistas —entre ellos Enrique Viale— han señalado que en algunos casos la participación estatal es mínima frente al valor total de los recursos extraídos. Abraham matiza el número puntual, aunque coincide en el diagnóstico general: los nuevos proyectos tienden a ofrecer cada vez menos beneficios fiscales para el país.

Según explica, muchas de las iniciativas que se están promoviendo avanzan con exenciones impositivas tanto a nivel nacional como provincial. Ese esquema, sostiene, difícilmente pueda considerarse una estrategia de desarrollo. "Pensar que van a venir empresas extranjeras y que eso automáticamente va a generar crecimiento no funciona así", plantea.

Para el economista, el punto clave es el rol del Estado. No se trata de impedir la llegada de inversiones, sino de establecer condiciones claras: que paguen impuestos, que generen empleo y que desarrollen proveedores locales. Sin esos requisitos, afirma, la inversión externa se limita a extraer recursos sin integrarse a la economía nacional.

Esa ausencia de una política de desarrollo, dice, forma parte de una mirada económica que considera demasiado simplificada. Abraham cuestiona especialmente la idea —frecuente en el discurso oficial— de que la economía de un país funciona igual que la economía doméstica de una familia. A su entender, ese enfoque ignora el rol que puede tener el gasto público para impulsar la actividad en momentos de recesión.

Desde su perspectiva, el resultado de aplicar esa lógica es el que muestran hoy varios indicadores. Con un Estado que reduce el gasto en medio de una caída económica, el consumo se retrae y también lo hace la recaudación. Menos consumo implica menos ingresos por IVA; la pérdida de empleo reduce los aportes a la seguridad social; y la baja de impuestos a las exportaciones también achica otra fuente de recursos fiscales.

Ante ese escenario, señala Abraham, el gobierno recurre a ingresos extraordinarios para cubrir gastos corrientes. Entre ellos menciona la privatización de centrales hidroeléctricas, una medida que genera ingresos inmediatos pero que implica desprenderse de activos estratégicos construidos durante décadas. Se trata, explica, de recursos que ingresan una sola vez y que además reducen la capacidad del Estado para gestionar infraestructura clave en el futuro.

El economista sitúa este proceso dentro de un problema estructural más amplio: el peso de la deuda externa. Recuerda que el endeudamiento acumulado desde el gobierno de Mauricio Macri condicionó fuertemente la gestión posterior de Alberto Fernández y continúa influyendo sobre la actual administración encabezada por Javier Milei.

Según su análisis, el gobierno logró atravesar los primeros meses apoyándose en recursos extraordinarios: blanqueos de capitales, privatizaciones o apoyos financieros internacionales. Sin embargo, advierte que esos mecanismos no pueden sostenerse indefinidamente. Los ingresos excepcionales, por definición, se agotan.
El peso persistente de la deuda
"La deuda es la principal espada de Damocles que pende sobre este gobierno", afirma Abraham, convencido de que también condicionará a las administraciones futuras. Para pagar esos compromisos —explica— se necesita una economía que genere exportaciones, producción y empleo. Sin embargo, considera que el rumbo actual está debilitando precisamente esa estructura productiva.

El resultado posible de ese proceso, según su mirada, sería una economía cada vez más especializada en la extracción de recursos naturales, con escasa industria y altos niveles de informalidad laboral. Un modelo que compara con el de varios países de América Latina donde el peso de la economía informal es muy elevado, como Perú, Ecuador, Paraguay, Honduras o República Dominicana.

En ese escenario, Argentina correría el riesgo de convertirse —según sus palabras— en una economía basada casi exclusivamente en la explotación de recursos, con poco desarrollo industrial y escasa generación de empleo formal.

Abraham también vincula ese rumbo con la influencia de intereses internacionales, particularmente de Estados Unidos, a los que atribuye expectativas sobre el rol que debería ocupar la Argentina en la economía global. Desde su perspectiva, el actual gobierno se muestra especialmente alineado con esa visión.

Con ese diagnóstico cierra su análisis. Antes de despedirse, agradece el espacio para explicar el informe del MATE, un trabajo que —señala— busca aportar datos para entender los cambios que atraviesa la economía argentina y sus consecuencias sobre el trabajo, los ingresos y la estructura productiva del país.

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 7 de marzo de 2026

Vivir de la espera: la crisis de Lácteos Verónica y las familias que quedaron en suspenso

La crisis de la histórica empresa santafesina Lácteos Verónica se profundizó en 2026 hasta paralizar sus tres plantas industriales —ubicadas en Clason, Suardi y Lehmann— y dejar a más de 700 trabajadores asistiendo a sus puestos sin cobrar salarios desde hace tres meses. Mientras la producción permanece detenida y los productos desaparecieron de las góndolas de muchos supermercados, los empleados siguen esperando que vuelva a ingresar materia prima para reactivar las líneas y recuperar, al menos parcialmente, la rutina laboral. En Señales escuchamos el relata de Mari una vendedora de la empresa láctea
Una marca centenaria que se apaga
Fundada en 1923 por una familia española de origen gallego en la localidad bonaerense de Verónica, la compañía se convirtió durante décadas en una de las marcas tradicionales de la industria láctea argentina. Sus quesos azules y sardos, junto con dulce de leche, manteca y crema, supieron ocupar un lugar habitual en las góndolas de todo el país. Pero ese recorrido comenzó a resquebrajarse a partir de 2016, cuando la muerte de uno de sus fundadores y el retiro de otros miembros de la familia coincidieron con un contexto adverso: caída de precios internacionales de los commodities lácteos, inundaciones en Santa Fe, aumento de tarifas y combustibles, y crecientes dificultades para cumplir con los salarios.

Desde entonces se acumularon señales de deterioro que, para muchos trabajadores, anticipaban la crisis actual: pagos atrasados y fragmentados, incumplimientos con proveedores, falta de insumos, tercerización de parte de la producción y el uso de plantas para procesar leche de otras empresas mediante el llamado "trabajo a fasón", una modalidad que en su momento se interpretó como una salida transitoria para mantener las fábricas en funcionamiento.

Hoy, en pueblos y ciudades como Totoras, Rafaela y Lehmann, muchos trabajadores creen que lo que está ocurriendo va más allá de una crisis económica. Hablan de un proceso de vaciamiento empresarial acompañado por la falta de respuestas del sindicato. En ese escenario, la principal expectativa es la aparición de un comprador que permita retomar la producción y evitar un fuerte recorte de personal.

La escena actual combina varios conflictos superpuestos: la situación financiera de la empresa, la crisis de representación sindical y las estrategias cotidianas de los trabajadores para sostener sus vidas en localidades donde la industria láctea es una de las principales fuentes de empleo.

Trabajar sin cobrar
En Lehmann, mientras una marcha de trabajadores y trabajadoras de la empresa recorre las calles, Mari —empleada de la compañía— intenta poner en palabras lo que atraviesan cientos de familias. Para ella, la crisis no es una noticia reciente, sino una acumulación de decisiones y problemas que se fueron encadenando.

Recuerda que el último golpe llegó cuando todos los trabajadores de la firma —incluidos los de Buenos Aires y las plantas de Clason, Suardi y Lehmann— recibieron nuevas comunicaciones laborales. A ese escenario se sumaron también los empleados que dependían de la sucursal de Alvear, cerrada el año anterior. Tras ese cierre, explica, los trabajadores quedaron "a la deriva".

En esa planta eran 17 personas. Algunos se consideraron despedidos; otros aceptaron un retiro voluntario ofrecido por la empresa. El acuerdo prometía pagar el 50 % de la indemnización —o incluso menos— en diez cuotas. Sin embargo, el compromiso tampoco se cumplió. Mari menciona el caso de un compañero con 35 años de antigüedad que aceptó el retiro voluntario: la primera cuota debía cobrarse el 17 de noviembre, pero hasta hoy no recibió ningún pago.
Cartas documento y reducción salarial
A esa incertidumbre se sumó una nueva medida que llegó a través de cartas documento enviadas a los trabajadores. En ellas, la empresa notificó la reducción de la jornada laboral a cuatro horas diarias y, en consecuencia, una reducción salarial. Para los empleados, la decisión resulta difícil de aceptar: la compañía ni siquiera tiene aprobado un concurso preventivo de crisis que habilite formalmente ese tipo de medidas.

El tema fue discutido en una reunión realizada en el Ministerio de Trabajo de Santa Fe, en la que participó el sindicato del sector, Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina. Según relata Mari, los delegados de base se opusieron tanto a la reducción de jornada como a la baja de salarios. Pero pese a esa negativa, las cartas documento llegaron igualmente a los domicilios de los trabajadores, notificando que la medida regiría durante lo que resta de marzo y parte de abril.

La situación resulta todavía más difícil porque los salarios adeudados se acumulan desde hace meses. En la mayoría de los casos, los trabajadores no cobraron diciembre, enero ni febrero, además del medio aguinaldo. Entre quienes están fuera de convenio —un grupo que incluye a personal administrativo y jerárquico— la deuda salarial se remonta incluso a noviembre.

La contradicción, señala Mari, es evidente: la empresa propone reducir la jornada y los sueldos cuando ni siquiera ha pagado lo que ya debía. "Si no nos están pagando lo anterior, reducir el salario significa que tampoco sabemos cuándo vamos a cobrar lo que nos deben", resume.

Mientras tanto, las plantas siguen paralizadas y los trabajadores continúan asistiendo a sus puestos. Lo hacen en medio de la incertidumbre, esperando señales que permitan imaginar algún futuro para la empresa que durante décadas dio identidad productiva a varios pueblos del interior santafesino. Entre marchas, reuniones y reclamos, el horizonte más repetido entre ellos es uno solo: que aparezca un comprador capaz de poner nuevamente en marcha las fábricas y evitar que la historia de Lácteos Verónica termine convertida en otro capítulo de cierre industrial en la región.

Pero el silencio de la empresa es, para los trabajadores, uno de los aspectos más angustiante del conflicto. Los propietarios actuales, la familia Espiñeira, prácticamente no han dado declaraciones públicas ni señales claras sobre el futuro de la compañía. Según cuenta Mari, existen empresas interesadas en comprar la firma, pero los dueños no parecen dispuestos a venderla.

Incluso el Ministerio de Trabajo de Santa Fe les dio un plazo de 24 horas para que informaran qué decisión tomarían frente a la crisis. Sin embargo, ese plazo venció sin respuestas. Tampoco hubo definiciones ante el Ministerio de Producción provincial. De acuerdo con lo que saben los trabajadores, la intención de los propietarios sería trasladar el conflicto a Buenos Aires para volver a presentar un concurso preventivo de crisis.

Mientras tanto, el tiempo pasa. Y el impacto social se vuelve cada vez más profundo.
Familias en emergencia
Mari cuenta que hace un año que viven en esta situación. Son alrededor de 700 trabajadores y detrás de cada uno hay una familia. Algunos compañeros ya no tienen dinero para sostener la comida diaria de sus hijos o pagar el alquiler. Otros tuvieron que mudarse a la casa de padres o hermanos. Las prepagas médicas fueron cortadas y hay trabajadores que tienen hijos en tratamientos oncológicos que ahora dependen de la incertidumbre del sistema.

También se resintieron los proyectos de vida de muchos jóvenes. Varias familias que enviaban a sus hijos a estudiar a Rosario tuvieron que traerlos de vuelta porque ya no pueden pagarles la estadía ni los estudios.

Incluso los aspectos más cotidianos de la rutina laboral comenzaron a desmoronarse. La empresa dejó de pagar el servicio de transporte que trasladaba a los operarios hasta la planta de Lehmann. La firma que brindaba el servicio decidió suspenderlo porque la compañía acumulaba deudas con ellos.
La organización desde abajo y un año de salarios fragmentados
Paradójicamente, una parte de la organización y visibilización del conflicto surgió de un lugar inesperado: las mujeres de los operarios de la planta de Lehmann. Fueron ellas quienes crearon grupos de WhatsApp para coordinar acciones y apoyarse mutuamente. Muchas lo hicieron al ver el impacto emocional que la situación estaba teniendo en sus parejas, trabajadores que durante años fueron el sostén económico de sus hogares y hoy se enfrentan a una incertidumbre prolongada.

La crisis también se expresa en los números desordenados de los últimos salarios. Durante 2025, los pagos comenzaron a fragmentarse cada vez más: un mes se abonaba en dos cuotas, otro en más de cuarenta, luego en cincuenta. Los trabajadores recibían depósitos imprevisibles: una semana 7.000 pesos, otra 20.000, otra una suma mayor, sin saber cuándo llegaría el próximo pago.

En septiembre se firmó un acuerdo entre la empresa, el Ministerio de Trabajo y el sindicato para depositar un millón de pesos por semana a cada trabajador. Durante un tiempo ese esquema se cumplió parcialmente gracias a trabajos a fasón: las plantas procesaban queso cremoso, barras y leche en polvo para otras marcas, mientras se elaboraban pequeñas cantidades de productos propios.

Pero la situación volvió a deteriorarse. El 20 de diciembre se interrumpió la producción y, en el caso de los vendedores, se quedaron directamente sin mercadería para ofrecer. El acuerdo semanal debía extenderse hasta el 8 de enero, pero ya venía incumpliéndose desde diciembre. Tras esa fecha, los únicos depósitos que recibieron fueron de 17.000 y 20.000 pesos.

La sensación que describe Mari es la de una deriva prolongada. "Estamos perdidos", dice. La crisis no sólo golpea el bolsillo sino también la salud mental. La incertidumbre constante, la imposibilidad de proyectar el futuro y la deuda acumulada van desgastando a las familias.
Un problema que afecta a toda la región y funcionarios que responden
El impacto se extiende por toda la región. Las economías locales de Totoras, Clason, Suardi, Lehmann, San Genaro, Centeno y Santa Ana dependen en parte de la actividad de la empresa.

A pesar de la incertidumbre, Mari también rescata gestos de solidaridad. Menciona especialmente el acompañamiento del diputado provincial Carlos Del Frade, quien —según relata— los acompañó desde el inicio del conflicto y mantiene contacto permanente con las y los trabajadores. También recuerda que, gracias a esas gestiones, pudo comunicarse con la ministra de Desarrollo Social provincial, Victoria Tejeda, y con el ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Roald Báscolo, quienes respondieron siempre sus mensajes incluso durante fines de semana.

Sin embargo, reconoce que el problema ya no depende exclusivamente de las gestiones políticas. Si los dueños no toman una decisión —vender la empresa, reactivar la producción o cerrar definitivamente— la situación seguirá bloqueada.

La incertidumbre es tal que muchos trabajadores ni siquiera saben qué camino legal tomar. Si se consideran despedidos, tampoco tienen garantías de cobrar una indemnización. Pero si continúan trabajando, tampoco reciben salario porque no hay producción ni ventas.

Guardias en fábricas apagadas
Mientras tanto, las plantas industriales permanecen prácticamente abandonadas. Las calderas —el corazón del funcionamiento de las fábricas— están apagadas. Los operarios organizan guardias para vigilar las instalaciones y evitar robos o desmantelamientos.

A Mari le cuesta comprender cómo una marca con más de un siglo de historia pudo llegar a este punto. Está convencida de que la empresa tiene valor: "lo que pongas en el mercado se vende", dice sobre los productos de la firma.

Lo que más la desconcierta es la falta de reacción de los propietarios frente a ese legado. La compañía, recuerda, fue construida con esfuerzo por los fundadores, entre ellos Antonio Espiñeira, a quien muchos vecinos de Rosario todavía recuerdan por su trato cercano y su humildad.

Hoy, sin embargo, esa historia parece estar en riesgo. Para los trabajadores, la sensación es que 103 años de trayectoria pueden diluirse en medio del silencio empresarial y la falta de definiciones.

Mientras tanto, en Lehmann, el pueblo entero se moviliza en respaldo a los empleados de la planta. Muchos vecinos se acercan a las marchas o colaboran como pueden. Algunos trabajadores de Totoras o Rafaela logran viajar hasta allí pese a las dificultades económicas.

Mari observa todo desde Rosario, donde trabaja como vendedora. Cada vez que puede intenta acercarse a Lehmann, pero incluso el costo del viaje se vuelve un cálculo difícil cuando el salario dejó de llegar.

La incertidumbre continúa. Y, como repite una y otra vez, lo único que piden los trabajadores es una definición que les permita saber qué hacer con sus vidas. Porque, en este momento, la sensación que domina es una sola: la de estar completamente a la deriva.

Escuchá la entrevista completa:

martes, 3 de marzo de 2026

Scaglione y Manzano desembarcan en España: se asocian con accionistas de Prisa para competir por una nueva señal de TV

Un consorcio, integrado por un grupo de socios españoles de Prisa y por el grupo propietario de Telefe, ha concurrido al concurso público de televisión en abierto convocado en España, donde pretenden crear una cadena dedicada íntegramente a actualidad, según han desvelado a EFE este martes fuentes conocedoras.

El consorcio se presenta con el nombre de SIETE un acrónimo que significa Servicios Integrados de Entretenimiento Televisivo y está conformado por un grupo de accionistas españoles que tienen un 15 % de Prisa y por el grupo Telefe, que participa en un 25 %, según las fuentes.

Cadena dedicada íntegramente a la actualidad
Lo que pretende es crear una cadena dedicada íntegramente a la actualidad y, a falta de decidirse el nombre definitivo, las fuentes apuntan a que es posible que sea La Séptima.

Telefe es la cadena líder de TV en Argentina, que pertenecía al grupo Paramount Skydance y que fue comprada el año pasado por los empresarios Gustavo Scaglione, dueño de Televisión Litoral y el Multimedios La Capital, entre otros, y José Luis Manzano.

Este grupo de accionistas, que tienen un 15 % de Prisa, están liderados por Andrés Varela Entrecanales, que a su vez lidera el grupo Alconaba, que tiene alrededor de un 7 % de Prisa.

Sin embargo, grupo Alconaba como tal no participa en este consorcio.

Telefe es la cadena líder en televisión abierta en Argentina.

López confirma que se presentan Mediaset y SIETE
El ministro de Transformación Digital y para la Función Pública, Óscar López, ha confirmado este lunes que las dos empresas que se han presentado al concurso público para la televisión digital terrestre en abierto son Mediaset y "un operador nuevo", llamado SIETE.

El ministro, que ha comparecido este martes en el Pabellón España, de red.es, en el MWC de Barcelona, no ha dado más detalles sobre este proceso, ni sobre quiénes integran SIETE.

Antes de que se cerrara el plazo para concurrir a este concurso, este grupo de accionistas españoles de Prisa habían planteado que se presentarían al concurso si lo hacían con algún grupo internacional de referencia. Tras los contactos con posibles socios, finalmente llegaron a un acuerdo con el grupo Telefe.

Este grupo de accionistas decidió concurrir después de que Prisa rechazara el pasado mes de febrero un proyecto de TV para concurrir a este concurso, en un proceso que culminó con la dimisión del presidente de Prisa Media, Carlos Núñez.

Plan técnico de la televisión digital terrestre
El nuevo canal se enmarca en el plan técnico de la televisión digital terrestre (TDT), que se aprobó en 2025 para adaptarse a los estándares digitales y que contempla la adjudicación, mediante un concurso público, de una nueva licencia para un canal de televisión en abierto.

Este plan tuvo que ser actualizado como consecuencia del cambio tecnológico que se ha producido en España, después de que todas las emisiones de la TDT hayan pasado a ser de alta definición.

Cuanto mejor es la tecnología, se requiere menos espectro radioeléctrico y el espacio que se libera debe ocuparse, ya que la legislación española establece que no puede haber espacio libre.

La resolución del concurso tiene un plazo de 1 año a contar desde el pasado 15 de octubre y, una vez se adjudique la licencia, el ganador tendrá que iniciar las emisiones en el plazo máximo de seis meses. La adjudicación del canal será para un período de quince años, susceptible de prorrogarse otros tantos, según las bases de la convocatoria publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) por el Ministerio de Transformación Digital y para la Función Pública.

Con respecto a este anuncio de que accionistas rebeldes de Prisa están entre los aspirantes a hacerse con el nuevo canal, el presidente del grupo, Joseph Oughourlian, ha asegurado este martes que desechó la posibilidad de optar a un canal de televisión en abierto en España porque "La TDT española es ruinosa. La milonga que nos vendieron no existe. Estoy esperando que vengan y me digan que tenía razón" y ha defendido que no ha recibido "ofertas importantes" por Prisa", dijo. De esta manera, Oughourlian arremetió sobre el plan de los "accionistas rebeldes" sobre la licitación de un canal de la TDT que provocó una reestructuración dentro de PRISA Media, entre ellos la salida de Carlos Núñez (ex CEO) o Pepa Bueno (directora de El País), entre otros pesos pesados del organigrama.

Justo hoy se conocía que un consorcio formado por un grupo de accionistas con el 15% de PRISA, liderados por Andrés Varela Entrecanales, junto a accionistas de Telefe, irán al concurso de una de las cadenas de TDT que licenciará el Gobierno de Pedro Sánchez.

Oughourlian ha destacado que no duda de que su relación con esos socios de la compañía va a "mejorar mucho, sobre todo si se hacen con ese canal", porque se darán cuenta. "Estoy deseando que se adjudiquen el canal, que se lo lleven con su dinero, no con el mío, y que vean la dificultad de operar un nuevo canal de televisión", ha incidido Oughourlian.
Fuentes: Agencia EFE, Señales

lunes, 2 de marzo de 2026

Ciencia In-Sumisa: universidad pública, censura y disputa por el conocimiento

El miércoles 25 de febrero se presentó Ciencia In-Sumisa en el Salón de los Espejos de la Sede de la UNR (Maipú 1065). La actividad reunió a docentes, investigadores, estudiantes y público general en un espacio de intercambio y reflexión colectiva. El libro, escrito por Guillermo Folguera, Damián Verzeñassi, Paula Blois, Alejandro Vallini y Lisandro Ferrazini, cuenta con prólogo de Anabel Pomar y fue editado por el Centro de Estudios Interdisciplinarios de la Universidad Nacional de Rosario. En Señales repasamos las intervenciones de los autores y los principales temas abordados durante la presentación.

Esa tarde, el médico Damián Verzeñassi —especialista en medicina integral y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario— habló con la seguridad de quien ve la ciencia no como algo neutral, sino como una herramienta política, y lo dice sin vueltas. Desde el primer momento, dejó en claro que esto no era solo la presentación de un libro. Era un acto colectivo, algo que iba mucho más allá.

Dijo que para quienes impulsaron la obra era una enorme alegría compartir ese momento en la casa que sienten propia: la Universidad Pública de Rosario, la Universidad Nacional de Rosario. La definió como una institución que alberga todas las voces y que permite que quienes practican una ciencia crítica —una ciencia que pone en discusión los modelos hegemónicos— puedan hacerlo con libertad, incluso en un espacio tan simbólico como la sede de gobierno universitario. Allí, subrayó, presentar Ciencia In-Sumisa era también una declaración.

El libro, explicó, tiene un recorrido propio de lo que llamó "ciencia digna en estos tiempos". Fue concebido como una herramienta para las comunidades, para los pueblos que defienden sus territorios frente al avance de modelos agroindustriales "adictos a venenos" y a tecnologías que, sostuvo, ponen en riesgo la habitabilidad. No habló en abstracto: recordó que al día siguiente el Senado de la Nación pretendía discutir la Ley de Glaciares, una norma que consideró extraordinaria para el país. Que una universidad pública ofreciera ese espacio de debate, señaló, también era una forma de defender tanto la educación pública como un sistema jurídico que garantice el derecho a vivir dignamente.

Antes de ceder la palabra, hizo una pausa para agradecer una presencia que juzgó fundamental. Aunque —aclaró— él mismo había pedido que no se lo mencionara porque debía viajar de inmediato a Buenos Aires, Verzeñassi quiso reconocer al rector de la Universidad Nacional de Rosario y vicepresidente del Consejo Interuniversitario Nacional, el profesor Pablo Franco Bartolacci, por haber demorado su partida para acompañar la presentación. Le agradeció no solo la presencia, sino haber permitido que la UNR, a través del Centro de Estudios Interdisciplinarios y su espacio editorial, publicara el libro. Extendió el reconocimiento al profesor Darío Maiorana, director del Centro, por impulsar la edición.

En ese contexto, la presentación adquiría otra dimensión. Verzeñassi vinculó la defensa de los glaciares con la pelea por el financiamiento universitario. Recordó que la ley de financiamiento aprobada por el Parlamento, fruto de la resistencia y la lucha social, volvía a estar en jaque por decisiones del gobierno actual. No era casualidad —advirtió— que los mismos actores que impulsan reformas regresivas en materia laboral intentaran también avanzar sobre normas que protegen los glaciares, fundamentales para garantizar el derecho al agua dulce, y sobre el presupuesto universitario. Ahogar financieramente a las universidades, señaló, es limitar la posibilidad de producir conocimiento científico al servicio de la sociedad y de generar espacios como el que esa tarde reunía a la comunidad académica y a organizaciones sociales.

La escena, entonces, no era solo académica: era política en el sentido de la defensa de derechos. Verzeñassi agradeció nuevamente al rector y al público, consciente de que la disputa por el sentido de la ciencia y por el rol de la universidad pública se libra también en actos como ese.
Ciencia, poder y nombres propios
Luego llegó el turno de la periodista Anabel Pomar, licenciada en Comunicación Social, especializada en temáticas ambientales y autora del prólogo del libro. Desde el comienzo habló atravesada por la emoción. Confesó que el momento la conmovía profundamente, que se le mezclaban sensaciones y también tristezas, pero que la reconfortaba la existencia de espacios como ese y la presencia de quienes acompañan la lucha de los pueblos fumigados.

Se presentó no solo como periodista ambiental, formada en la universidad pública —"soy periodista gracias a eso", dijo— sino también como vecina fumigada. Celebró que la misma universidad que la formó decidiera publicar un libro sobre una problemática que la afecta en carne propia y sobre la que, además, informa. En ella, explicó, los roles de periodista y activista se entrelazan: los textos que integran el libro le permiten contar mejor lo que ocurre en los territorios y, al mismo tiempo, elaborar estrategias más sólidas para exigir lo que considera urgente e impostergable: que cesen las fumigaciones y el envenenamiento.

Recordó el momento en que le propusieron escribir el prólogo. La noticia la impactó, pero el contexto le dio aún más sentido: supo que se trataba de dos textos que otra universidad había censurado. Como periodista y activista, dijo, no dudó en aceptar. Para ella era un honor personal, pero también una oportunidad de acompañar a quienes no se callan y de confrontar aquello que intentó silenciarse.

Se preguntó qué era lo que generaba tanto temor en quienes buscaron censurar. Uno de los artículos cuestionados mencionaba a la empresa Syngenta como una corporación que se enriquece vendiendo venenos. Pomar fue tajante: no había allí ninguna falsedad. El texto, explicó, entrevistaba al entonces CEO de la compañía transnacional, Antonio Aracre, cuya actividad principal es la comercialización de agroquímicos, algunos de los cuales —señaló— están prohibidos en otros países por su peligrosidad, aunque se utilizan en Argentina.

La censura pretendía, en definitiva, que no se mencionara esa responsabilidad. Pomar aprovechó la tribuna para reiterarlo: Syngenta se enriquece vendiendo venenos que dañan los territorios, y Aracre, como CEO en ese momento, es responsable de esa política empresarial. Nombrar, insistió, es un acto de honestidad periodística.

Esa tarde, bajo el techo de la universidad pública, el libro dejó de ser solo un objeto impreso para convertirse en símbolo. En las palabras de Verzeñassi y Pomar, la ciencia crítica, el periodismo ambiental y la defensa de los territorios aparecieron entrelazados en una misma trama: la disputa por el derecho a la salud, al agua, a la información y a una universidad que no renuncie a incomodar al poder.

Paula Blois retomó la palabra con una pregunta que, más que académica, sonó existencial. Se preguntó por qué, si la intención era ofrecer una mirada crítica, no podían sostenerse nombres y apellidos que —según dijo— eran irreemplazables. Si se está hablando de daños concretos, de enfermedades, de muertes, ¿cómo aceptar que no se pueda nombrar a quienes ocupan lugares de responsabilidad? Incluso atendiendo a las reglas epistemológicas y metodológicas de las ciencias sociales, la prohibición le resultaba inquietante.

Confesó que la interpelaba especialmente por su propia formación. Sospechaba que para algunos colegas no era un asunto grave: el texto seguiría siendo crítico y denunciaría igual, aun sin nombres propios. Tal vez —arriesgó— muchos pensaron que se trataba de un capricho. Que podían quitarse los nombres y publicar sin mayores conflictos. Lamentó que el artículo tuviera que quedar afuera, aunque comprendía que otros autores hubieran decidido continuar con la publicación. De hecho, el libro colectivo finalmente vio la luz bajo el título Bienestar, Ambiente y Agronegocio.

Sin embargo, para Blois el punto era otro y más profundo: revisar para qué y por qué se investiga. Son preguntas que, dijo, suelen aparecer en las aulas, en el debate cotidiano, pero que al momento de llevar adelante un trabajo "en serio" parecen ceder frente a otras prioridades. Ganan las reglas que tranquilizan conciencias, que permiten cumplir con protocolos formales y evitar conflictos. Gana, quizás, la idea de que transformar la realidad no es parte de la labor académica. Esa noción —advirtió— también forma parte de la formación en ciencias sociales y debería ser revisada.

En ese sentido, Ciencia In-Sumisa representaba algo más que la publicación de dos artículos excluidos. Era el resultado de una censura, sí, pero también de una decisión consciente: no ser parte de ese mecanismo. Para Blois, aceptar ciertas condiciones implica volverse funcional, cómplice. Intentó definir esa sensación con una palabra que se le escapó por un momento y que, cuando finalmente apareció, condensó su crítica: "parasitaria". Le daba la impresión de que ciertos análisis académicos terminan siendo parasitarios de la realidad: viven de ella, la describen, pero no hacen nada por transformarla.

Con esa reflexión, cedió el micrófono a su compañero Guillermo Folguera.

Folguera comenzó agradeciendo. Dijo que era una alegría estar allí, aun cuando la censura hubiera sido el camino que los llevó a ese encuentro. Agradeció a la Universidad Nacional de Rosario, al Grupo de Salud Socioambiental, a quienes hicieron posible la actividad y hasta a quienes los acercaron en auto. El tono combinaba gratitud con una indignación que no intentó disimular.

Anunció que quería compartir dos anécdotas breves, atravesadas por el enojo pero también por la convicción de que lo ocurrido podía convertirse en semilla de otras cosas. Recordó que el libro Veneno abre con una escena que, meses después, cobraría un significado todavía más elocuente.
Cuando la ciencia incomoda
Cuando, junto a Blois, fueron a entrevistar a Antonio Aracre —entonces CEO de Syngenta, antes de desempeñarse como jefe de asesores del gobierno de Alberto Fernández y antes de convertirse en panelista en medios afines a Javier Milei—, el empresario sabía que uno de los temas centrales sería la atrazina. No se trataba de un detalle técnico: en ámbitos médicos, recordó Folguera, la sustancia está asociada al cáncer de mama. Todos, dijo, conocen a alguien que padeció o murió por esa enfermedad; el dolor y la rabia que provoca no son abstracciones.

Al entrar a la oficina, Aracre les ofreció café. Ante la negativa, lanzó una frase que pretendía ser un chiste: "Miren que no tiene atrazina". Folguera lo definió sin eufemismos como un chiste inadmisible. En esa ligereza —reflexionó— había algo más que torpeza: la manifestación de alguien que se permite banalizar lo que para otros es tragedia.

Meses más tarde, durante una gira de presentaciones que los llevó por unas cincuenta localidades —incluida Rosario—, la censura volvió a hacerse presente de otra forma. En Concepción del Uruguay, mientras difundían Veneno y cerraban los encuentros con la lectura de una carta que Meche había escrito a Antonella para dar voz a víctimas directas de los agrotóxicos, recibieron la noticia de que el Consejo General de Educación de la provincia de Entre Ríos prohibía la charla.

La actividad finalmente se realizó de manera clandestina, con más de cuatrocientas personas. Hubo que cambiar de escuela: la directora de la institución prevista inicialmente decidió no ceder el espacio. Otra directora, en cambio, sí lo hizo. Pero las presiones no terminaron allí. Cada docente que planeaba asistir recibió llamados del Consejo General de Educación advirtiendo que, de participar, sería sumariado.

Para Folguera, esas escenas —el chiste liviano en una oficina corporativa y la prohibición de una charla en una escuela pública— no eran episodios aislados. Eran expresiones de una misma trama donde el conocimiento, cuando incomoda, encuentra límites impuestos por el poder. Y, al mismo tiempo, demostraban que frente a cada intento de silenciamiento surge también una red de complicidades virtuosas: docentes que abren puertas, comunidades que se organizan, universidades que sostienen espacios insumisos.

Guillermo Folguera retomó el hilo con una imagen contundente: hasta Concepción del Uruguay llegaban —dijo— los tentáculos de Syngenta y del agronegocio. No era una metáfora exagerada. Lo demostraba, según él, lo que había ocurrido con el artículo que dio origen a Veneno.

El texto ya había atravesado todo el proceso de evaluación académica cuando, desde la Editorial Teseo —que había asumido la publicación del libro colectivo dirigido por integrantes de la Universidad Nacional de Quilmes— llegó el correo final. Folguera admitió que poco sabía sobre la editorial, más allá de tener algún ejemplar en su biblioteca. Pero fue esa editorial la que comunicó lo que Paula Blois ya había detallado: si no eliminaban los nombres de Syngenta y de Antonio Aracre, el artículo no podía formar parte del libro.

Frente a ese ultimátum, recordó, se miraron y se hicieron una pregunta elemental: si se borraban los nombres, ¿qué sentido tenía el artículo? Cambiar Syngenta por "Batata" y Aracre por "Lauchín" —ironizó— vaciaba de contenido político el trabajo. Y sin esa dimensión, perdía también su potencia transformadora. ¿Qué les estaban pidiendo realmente? ¿Qué idea de ciencia sostenían quienes avalaban esa decisión?

La pregunta se amplió. No solo interpelaba a la editorial, sino también a los coordinadores académicos y a los colegas —muchos de ellos amigos— que optaron por continuar con la publicación aun sin ese capítulo. ¿Qué imaginan que es la actividad científica?, se preguntó. ¿A quién le sirve una ciencia que debe callar nombres propios?

Folguera deslizó que no esperaba nada de Syngenta en ese episodio. Dudaba incluso de que hubiera mediado un llamado telefónico directo. Le parecía más probable un mecanismo de autocensura, de temor internalizado. "No necesitan llamar", sugirió: los tentáculos se anticipan. De Aracre, dijo, tal vez sí se enteró, pero lo describió como alguien que sigue su camino, ganando dinero y hablando para quien pague mejor. De Teseo, insistió, poco podía decir.

La interpelación más dura la dirigió hacia la universidad pública involucrada. ¿Qué hace una universidad nacional, con investigadores del Conicet de todo el país, que presenta un libro como herramienta clave de lucha contra el agronegocio, exigiendo borrar nombres propios y desactivar el contenido político básico de un artículo? La pregunta no buscaba un culpable individual, sino exponer una concepción de ciencia.
¿Qué ciencia tenemos y cuál necesitamos?
De allí pasó a un plano más amplio. ¿Qué ciencia tenemos y qué ciencia necesitamos, en tiempos de Javier Milei y más allá de Milei? Habló del desfinanciamiento y del achicamiento del Estado, pero también de algo más sutil: un proceso de domesticación. Según él, la derecha argentina —a veces explícita, a veces camuflada en versiones más moderadas o incluso en el progresismo— ha sabido operar en ese terreno.

Nombró entonces a Lino Barañao, ex ministro de Ciencia y Tecnología, y recordó declaraciones en las que sostenía que el compromiso ético de un científico era crear una empresa y poner su trabajo al servicio del mercado. También evocó la exaltación de Bioceres como emblema de la producción científica de las últimas décadas, una compañía vinculada a figuras como Hugo Sigman y Gustavo Grobocopatel, y asociada al desarrollo del trigo transgénico HB4.

Para Folguera, Bioceres hizo negocios durante años utilizando infraestructura y recursos humanos del Conicet y de universidades públicas —mencionó especialmente a la Universidad Nacional del Litoral— para luego capitalizar esos desarrollos en el mercado. Denunció el impacto ambiental de esa tecnología y el avance del desmonte en un país que describió como ya devastado. A su juicio, el balance de esa alianza entre ciencia pública y negocio privado merecería responsabilidades mucho más severas.

Pero su intervención no quedó solo en la denuncia. Señaló que, por suerte, no todo es eso. Frente a esa concepción de ciencia orientada al mercado, existe otra. Existe un Grupo de Salud Socioambiental que, al enterarse de las condiciones impuestas, dijo "no es con nosotros". Y existe una universidad pública que abre sus puertas para que esos debates se den sin tachaduras ni eufemismos.

En esa tensión —entre una ciencia domesticada y otra que se asume insumisa— Folguera situó el sentido profundo del libro presentado esa tarde. No era solo una compilación de artículos excluidos: era una toma de posición sobre qué conocimiento producir, para quién y con qué consecuencias.

Guillermo Folguera cerró su intervención ampliando el horizonte. Dijo que, frente a la trama de silenciamientos y presiones, también existen otras presencias: "hay Anabeles, hay Meches, hay Sabrinas, hay Paren de Fumigar, hay otras cosas". No todo es captura corporativa; hay resistencias, hay comunidades organizadas, remarcó.

Sostuvo que la ciencia se debe —hacia adentro y hacia afuera— una conversación seria y franca que trascienda la discusión meramente presupuestaria, la pregunta por de dónde salen los recursos. Recordó entonces una anécdota compartida el día anterior en otra charla, que para él sintetizaba el núcleo del debate.

En la Universidad Nacional de Catamarca, alguien le preguntó al investigador Horacio Machado Aráoz, referente en estudios críticos sobre extractivismo, cuándo iba a cambiar la ciencia. La respuesta fue directa: cambiará cuando cambien los científicos y las científicas; cuando la sociedad los tome del cogote y los obligue a hacerlo. Folguera retomó esa idea para proponer una ciencia de puertas abiertas, en diálogo real con la sociedad.

Celebró que el rector hubiera apoyado la actividad y que el debate se diera en una universidad pública. Pero insistió en que el desafío es más profundo: revisar no solo las fuentes de financiamiento, sino la propia lógica de autorreproducción académica. Aprender a escuchar a las víctimas, a quienes han sido despojados por lo que llamó un modelo de muerte. Mirar críticamente el pasado, revisar el presente y proyectar el futuro con una convicción clara: ninguna censura puede conducir a buen puerto.

Tras ese cierre, tomó la palabra Alejandro Vallini, médico pediatra e integrante de la Comisión de Salud Socioambiental de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud, coautor —junto a Alessandro Farracini— del segundo capítulo de Ciencia In-Sumisa.

Vallini comenzó con una confesión que descomprimió el ambiente: le cuesta muchísimo hablar en público. Cada duda o pausa, pidió, debía leerse en esa clave. Tenía previsto presentar el contenido del capítulo de manera más ordenada, pero las intervenciones previas lo llevaron a otro punto de partida.

Cuando fueron convocados a escribir, explicó, la invitación llegó al Instituto de Salud Socioambiental por el recorrido realizado con los campamentos sanitarios y por su forma particular de analizar los problemas de salud. La primera reunión fue virtual. Desde el inicio, aclaró, nunca fue un objetivo del equipo producir una publicación científica en los términos clásicos de la ciencia formal. Para ellos, lo central era generar información a partir del conocimiento que ya tenían las poblaciones relevadas.
No necesitamos más papers, necesitamos herramientas
Su propuesta inicial fue concreta: poner en una publicación académica el trabajo realizado en cuarenta localidades durante diez años, relevando perfiles de morbi-mortalidad referida. No por el prestigio de publicar, sino porque una universidad pública podía ofrecer la plataforma ideal para visibilizar las voces de quienes abrieron sus puertas y respondieron preguntas sobre sus padecimientos.

Allí enlazó con la discusión sobre lo "funcional" que puede volverse incluso una publicación crítica. La respuesta que recibieron fue clara: necesitaban "datos científicos duros". En términos prácticos, se les pedía identificar qué agrotóxico causaba qué daño específico en la salud.

Desde su perspectiva, ese encuadre resultaba insuficiente. La salud —explicó— es mucho más que el hecho fenoménico de la enfermedad. En esa misma reunión intentaron explicitar que su abordaje se inscribe en la salud comunitaria, en la epidemiología crítica, en una mirada socioambiental que entiende los problemas como complejos.

Si se reduce el análisis al binomio veneno-enfermedad, advirtió, se invisibiliza el entramado más amplio del impacto del agronegocio. ¿Cómo medir, por ejemplo, el costo en términos de salud del calentamiento global, que la Organización Mundial de la Salud proyecta como uno de los principales desafíos sanitarios hacia 2050? ¿Qué indicador captura el miedo de un niño que escucha el motor de un avión fumigador y se encierra, sin poder jugar en el patio de la escuela? ¿Cómo se cuantifica el deterioro del tejido social, el conflicto interpersonal, la violencia institucional o el sufrimiento compartido por quien padece y quien acompaña?

Esa complejidad —evocó, citando a Jaime Breilh— acerca a las comunidades al polo de la enfermedad y las aleja del polo de la salud. Pero no puede medirse si se limita la discusión a la relación lineal entre tóxico y patología. La reunión, sin embargo, terminó con una consigna reiterada: se necesitan datos duros.

Ante eso, decidieron escribir lo que consideraban necesario escribir. El artículo, explicó Vallini, avanza precisamente sobre esa tensión. Critica con dureza la cooptación de agencias reguladoras, de poderes estatales y de mecanismos formales de investigación por parte del poder económico y corporativo de las empresas que sostienen el agronegocio.

Así, el segundo capítulo no solo discute sustancias o estadísticas, sino el modo en que se produce conocimiento y quién define qué cuenta como evidencia válida. En esa disputa, como a lo largo de toda la jornada, volvió a aparecer la misma pregunta de fondo: ¿para quién y para qué se hace ciencia?

Alejandro Vallini profundizó entonces en el núcleo crítico de su capítulo. Explicó que, a través de ejemplos concretos, describen cómo las corporaciones desacreditan a investigadores que se animan a alzar la voz. No se trata solo de censuras explícitas —como la exclusión de un artículo o la exigencia de borrar nombres propios—, sino también de mecanismos más sutiles: la autocensura, la delimitación de líneas de financiamiento, la definición de qué temas reciben apoyo y cuáles quedan al margen.

Recordó que, dentro de los sistemas formales de investigación, nadie es completamente libre de investigar lo que desea. Sin financiamiento no hay proyectos, y las prioridades de financiamiento no son neutras. A lo largo del capítulo, señaló, intentaron poner en discusión cuál es la ciencia que hoy rige y sobre la que se apoyan los organismos reguladores para decidir qué sustancias se aprueban y cuáles no.

El texto recorre aspectos duros de la toxicología clásica y la contrapone con perspectivas críticas. Y, aunque el artículo es severo en su cuestionamiento, fue construido —subrayó— cumpliendo los estándares académicos exigidos. Decidieron demostrar, con evidencia publicada y validada por la ciencia hegemónica, la relación entre determinados grupos de enfermedades y la exposición a ciertos productos químicos.

No eligieron esas patologías al azar ni por ser las más citadas en la bibliografía. Las seleccionaron porque, a lo largo de cuarenta campamentos sanitarios, fueron las que las comunidades señalaban como más significativas en su experiencia cotidiana. Había, dijo, una necesidad ética de devolverles al menos un texto académico donde pudieran encontrar alguna explicación —según lo que la propia ciencia reconoce— de lo que estaban viviendo.

Ese era el recorrido del artículo. Y, precisamente por ser tan crítico con los procesos de construcción de la "verdad única" aceptada científicamente, no podían permitir que formara parte de un libro que reproducía, en los hechos, aquello que denunciaba. Lo que estaba ocurriendo —fuera por autocensura editorial, por presión externa o por temor internalizado— era una demostración del poder corporativo operando sobre la producción de conocimiento. Éticamente, concluyó, no podían avalarlo con su participación.

Invitó a leer el texto. Intentaron escribirlo en un lenguaje accesible, replicable, para que quienes durante diez años les abrieron las puertas sintieran que alguien los escucha desde la universidad pública. Habló desde su identidad: docente universitario y médico de hospital público. Su investigación, afirmó, nace de lo que les sucede a esas personas y del intento de transformar una realidad que hoy las hace padecer.

Tras su intervención, Verzeñassi retomó la palabra para subrayar el proceso colectivo detrás del capítulo. Recordó que ninguno de los miembros del Instituto de Salud Socioambiental pertenece a la carrera de investigador del Conicet. En el mundo académico, dijo, eso implica no formar parte de la "primera clase" universitaria. Por eso, recibir la invitación de un equipo de investigadores del Conicet —con trayectoria reconocida— para integrar un libro colectivo fue una sorpresa y un honor. También un desafío: estar a la altura.

En las primeras reuniones, cuando les respondieron que lo que proponían era interesante pero que necesitaban "ciencia" en el sentido más clásico del término, se abrió otra pregunta: ¿cómo escribir en los códigos de la ciencia hegemónica sin renunciar a lo que querían decir? No estaban formados —ni habían elegido formarse— para producir artículos en el molde de la "ciencia normal". Sin embargo, asumieron el reto.

Destacó especialmente el trabajo riguroso de búsqueda de bibliografía científica validada, capaz de sostener con estándares formales las relaciones entre problemas de salud y sustancias químicas. Información que existe, que está publicada, pero que muchas veces queda confinada a escritorios y computadoras de equipos de investigación, sin traducirse en decisiones políticas.

Después de múltiples correcciones, recibieron la confirmación: ahora sí el texto tenía los "datos duros" requeridos. La expectativa de publicar en ese libro era grande. Por eso, cuando llegó el aviso de que se exigía eliminar nombres propios y alterar el contenido de otro capítulo que denunciaba mecanismos de cooptación y silenciamiento, no hubo dudas. No podían permitir que su propio trabajo apareciera en un libro que, en la práctica, se convertía en ejemplo de aquello que estaban criticando.

Así, la decisión de retirarse no fue impulsiva, sino coherente con el diagnóstico que el mismo capítulo formulaba: que la disputa por la verdad científica no es solo teórica, sino atravesada por relaciones de poder que condicionan qué puede decirse, cómo y hasta dónde.

El cierre avanzó sobre un punto sensible. Aclaró que está convencido de que ni Antonio Aracre ni Syngenta tenían siquiera conocimiento del libro para el que habían sido convocados. La decisión —según quedó explícito en un intercambio— fue de la propia editorial, que argumentó no poder arriesgarse a futuras demandas. "Funciona así", dijo. También funciona así: el temor a litigios como mecanismo disciplinador.

Lisandro Ferrazini, el tercer autor del capítulo, no pudo estar presente porque se encontraba cursando su residencia en cardiología. Pero, subrayó, entre los tres no hubo ninguna vacilación. No hicieron una reunión para deliberar qué convenía hacer. La conversación fue breve: ocurrió esto, y la respuesta fue unánime. No había nada que discutir. La única pregunta fue si ya se había avisado que el capítulo no se publicaría.

Quiso destacar públicamente esa convicción compartida. Para él, es un honor transitar la vida con compañeros y compañeras cuya coherencia está tan profundamente arraigada.
Un libro que es toma de posición
Después vino la pregunta práctica: ¿qué hacer? Mientras Guillermo y Paula evaluaban la posibilidad de enviar su artículo a alguna revista —porque, como investigadores, también necesitan publicar—, él propuso esperar un poco. Si podían ganar tiempo, tal vez podrían editar un libro propio, aunque fuera con solo dos capítulos. La ventaja de no pertenecer al circuito académico tradicional, bromeó, es poder darse el lujo de afirmar que dos capítulos alcanzan para hacer un libro. Le sumaron un prólogo y quedó completo.

Gabriel Keppl, otro integrante del instituto, asumió con enorme generosidad la edición y el diseño de la tapa. Luego surgió otra idea: ¿por qué no proponer la publicación a la universidad? Se contactaron con el director del Centro de Estudios Interdisciplinarios, Darío Maiorana, y le explicaron el recorrido del proyecto. No tenían recursos para imprimirlo, pero preguntaron si era posible una edición digital.

La respuesta fue afirmativa. Y hubo un gesto que consideró necesario reconocer: ante la sugerencia de que quizá quisiera leer el texto antes de decidir, la respuesta fue que no hacía falta; que enviaran el original y se publicaría. En un contexto donde abundan presiones y cautelas, ese respaldo institucional resultó significativo. Más aún cuando, al informarle al rector que el libro saldría con esas características, la decisión fue acompañada sin condiciones.

No quiso extenderse sobre el contenido del libro, sino subrayar lo que esa cadena de decisiones permitió: construir colectivamente una ciencia digna, al servicio de las comunidades, que no se arrodille ante las corporaciones y que esté dispuesta a dar la discusión crítica desde el interior mismo del sistema tecnocientífico.

Así nació Ciencia In-Sumisa. El título, contó, surgió casi como un juego de palabras que condensaba varias ideas. Pero el propósito fue claro desde el inicio: que el trabajo de ambos equipos no quedara archivado como un "paper" más para engrosar currículums y evaluaciones, sino que se transformara en herramienta.

Una herramienta para comunidades que muchas veces luchan en soledad. Para aquellas que, en algunos casos, logran el acompañamiento de abogados y abogadas comprometidos en procesos judiciales. Una herramienta que les permita acceder a información científica, sostener argumentos y reclamar que quienes padecen problemas de salud en territorios afectados por fumigaciones y agronegocios sean reconocidos como víctimas de un modelo que —concluyó— los ha puesto a todos dentro de una lógica profundamente dañina.

El cierre retomó el sentido político y ético del proyecto. Ciencia In-Sumisa, dijo, es en realidad una oferta que hacen desde la universidad pública a quienes consideran su verdadera razón de ser. Recordó que, cuando eran estudiantes, con cierta soberbia juvenil afirmaban que la universidad existía para los estudiantes. Hoy, con otra perspectiva, piden disculpas por aquella afirmación: la razón de ser de la universidad pública es el pueblo, la comunidad, los pueblos que resisten en soledad en territorios que están perdiendo habitabilidad.

Agradeció a cada persona presente, y especialmente a Anabel por el prólogo —ese texto sobre los "tentáculos" que los conmovió hasta las lágrimas—, a Guillermo y a Paula por la confianza, la espera y el acompañamiento en todo el proceso. Extendió el reconocimiento a todo el equipo de Salud Socioambiental, y realizó una mención especial a Mercedes "Meche" Méndez, enfermera del Hospital Garrahan y referente de la lucha y la dignidad de los trabajadores y trabajadoras de la salud, destacando el rol clave que cumple esa institución y su comunidad laboral en el cuidado de quienes han perdido la salud.

También agradeció la presencia de Carlos González Quintana, uno de los abogados que impulsa el juicio por las fumigaciones en Pergamino, un proceso que no apunta solo contra aplicadores directos sino contra toda la cadena de responsabilidades que permitió la exposición y el daño a vecinos y vecinas. El libro —subrayó— fue pensado como una herramienta que ojalá fortalezca ese tipo de luchas, ofreciendo respaldo científico a quienes buscan justicia.

Hubo otro reconocimiento significativo: el vínculo reciente con la Federación Argentina Científica de Estudiantes de Ciencias de la Salud. En veintiún años de trayectoria del espacio de Salud Socioambiental, es la primera vez que esa federación —que nuclea a estudiantes de ciencias de la salud interesados en investigación en todo el país— se acerca para formarse también en estos temas. Celebró esa iniciativa, no surgida desde el propio instituto sino desde los y las estudiantes, y agradeció la presencia de su presidente.

La presentación del libro, explicó, forma parte de un conjunto de actividades destinadas a acompañar el desarrollo del juicio en curso. Y, antes de abrir el intercambio de preguntas, remarcó un punto central: como todo lo que han producido, el libro es de acceso gratuito. Puede descargarse desde el repositorio académico de la Universidad Nacional de Rosario. El deseo es que, así como el póster "Cuerpo-Territorio" circuló mucho más allá de lo imaginado, Ciencia In-Sumisa también viaje, se comparta y acompañe a quienes históricamente no solo no han sido escuchados, sino que han sido silenciados y perseguidos.

Con ese llamado a la circulación, al debate y a la construcción colectiva, cerró agradeciendo a todas y todos los presentes.

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