domingo, 30 de agosto de 2026

¿Para qué quieren tanta tierra los pueblos originarios?

Para habitarla. Para vivirla. Para cuidarla.
Las Warmis* caminan desde la Puna jujeña hasta Buenos Aires para defender el agua, los territorios ancestrales y una forma de vida amenazada por el avance extractivo. En el camino atraviesan seis provincias, reúnen denuncias y encuentran otras comunidades que también tienen algo que reclamar.

Durante su paso por Rosario, en Señales recogimos sus testimonios:

Emma Alemán es la mayor de las Warmis. También es una de las que más dificultades tiene para caminar. Pero sigue. Paso a paso, desde la Puna jujeña hacia Buenos Aires.

Cuando llega el momento de explicar por qué caminan, no habla primero de la minería, ni de los desalojos, ni de las leyes. Mira a quienes están frente a ella y hace una pregunta sencilla:

—El que no tome agua, que levante la mano.

Nadie levanta la mano.

—Porque todos tomamos agua -dice Emma-. Y el agua es vida.

Hay caminos que se hacen con los pies. Y hay otros que se hacen con la memoria, con la dignidad y con una pregunta que atraviesa generaciones: ¿para qué quieren tanta tierra los pueblos originarios?

La respuesta de las Warmis es tan sencilla como profunda: para habitarla, para vivirla, para cuidarla.

Desde la Puna jujeña, las Mujeres del Kollasuyu emprendieron una caminata que comenzó el 3 de agosto en Rinconada, Jujuy, y que tiene como destino final la ciudad de Buenos Aires. En el trayecto atravesaron Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba.

Ahora la caminata llegó a Rosario.

Son las Warmis, mujeres y feminidades que avanzan juntas en defensa de sus bienes naturales, del medioambiente y de los territorios ancestrales. Caminan durante agosto, el mes de la Pachamama, llevando consigo una demanda que no se limita a una consigna, sino que reúne memoria, presente y futuro: proteger la tierra, el agua y los territorios de los que dependen sus comunidades.

Su recorrido también es una denuncia. Hablan del despojo de los territorios ancestrales, de la contaminación de las cuencas, del avance de la minería y de los desalojos que amenazan a las comunidades.

Pero la caminata no está hecha solamente de aquello que rechazan.

También está atravesada por ceremonias, encuentros, arte, memoria comunitaria y una convicción que las acompaña desde el comienzo: la necesidad de construir un futuro en el que las próximas generaciones puedan vivir en un planeta limpio y puro.

Por eso convocaron a todas las mujeres y feminidades a sumarse a esta gran caminata y a las comunidades de cada lugar a recibirlas en los distintos puntos de llegada. También llamaron a las y los artistas a acompañarlas con su arte, entendiendo que la palabra, la música y las expresiones culturales pueden formar parte de una misma defensa.

La invitación se extendió a toda la comunidad. Con la fuerza de las Warmis, dijeron, buscan llamar a la unidad del pueblo en defensa de la vida.

Porque, para ellas, la amenaza no se reduce a un territorio particular ni afecta únicamente a quienes viven en las comunidades ancestrales. La advertencia es más amplia: "Nuestra Pacha está en peligro, defenderla es un deber de todas y todos".

En ese recorrido hacia Buenos Aires, Rosario aparece como una nueva estación de un camino que ya lleva kilómetros, encuentros y voces acumuladas. Aquí llegan con sus historias, con sus reclamos y con las experiencias que fueron recogiendo a lo largo de las provincias atravesadas.

Llegan después de caminar, de hablar, de encontrarse y de hacer visible una lucha que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.

Hay una frase que resume buena parte del sentido de esta marcha: "Sin tierra y agua limpia no hay vida".

Y detrás de ella, otra que amplía todavía más el horizonte: "Sin naturaleza no hay vida".

Las Warmis caminan en defensa de la Pachamama. Caminan por sus territorios ancestrales, pero también por aquello que consideran un bien común. Caminan para que la tierra no sea entendida únicamente como una superficie disponible para la explotación y negocio, sino como un espacio de vida, de pertenencia y de memoria.

Quizás una caminata no cambie por sí sola un mapa. Pero puede cambiar aquello que un pueblo está dispuesto a tolerar. Puede hacer visible una historia, reunir voces dispersas y poner en movimiento una pregunta que vuelve una y otra vez mientras los kilómetros quedan atrás.

Las Warmis caminan. Y mientras caminan, la tierra habla. Pachamama, kusilla kusilla.

Jallalla.

El agua que baja de los cerros
Entre las voces que llegaron a Rosario está la de Florencia Solís, mujer kolla y defensora ambiental de la Cuenca de Pozuelos. Habla desde el conocimiento íntimo de un territorio que no observa desde lejos: allí creció, allí vive y allí aprendió a reconocer los cambios de la tierra y del agua.

Por eso, cuando habla de la Laguna de Pozuelos, no habla solamente de un paisaje amenazado. Habla de un lugar que forma parte de su historia.

La Laguna de Pozuelos, ubicada en la provincia de Jujuy y extendida sobre los departamentos de Yavi, Santa Catalina, Rinconada y Cochinoca, es Monumento Natural, sitio Ramsar y Reserva de Biosfera de la UNESCO. Sin embargo, para las comunidades que habitan la cuenca, esas figuras de protección no han impedido el deterioro de un ecosistema que consideran cada vez más comprometido por la actividad minera histórica y por el avance de nuevos emprendimientos extractivos.

Solís lo cuenta con una mezcla de dolor y determinación.

"Bueno, buen día, hermanos y hermanas de Rosario", comienza, antes de explicar que las Warmis vienen caminando desde Rinconada, "el último rincón de la patria", en la provincia de Jujuy.

Desde allí emprendieron este recorrido en el mes de agosto, durante el tiempo de la Pachamama, para defenderla y hacer saber que están presentes. "Nosotros somos las verdaderas hijas de la Madre Tierra", afirma.

Y enseguida establece una diferencia que para ella es fundamental: están allí "no para lastimarla, sino para defenderla". La defensa tiene un nombre concreto: ¡agua!.

Y tiene también un paisaje que, según relata, ha cambiado de manera dramática.

Solís recuerda una laguna que alguna vez estuvo habitada por aves playeras, flamencos, gallaretas y distintas especies de patos. Ahora, dice, ya no queda nada de aquella abundancia.

"La minería extractivista a cielo abierto nos contaminó todo el agua y toda la laguna está hecha un desierto". Las aves desaparecieron. "Todo está muerto", repite.

Las comunidades denuncian que la actividad minera, tanto la histórica como la vinculada a emprendimientos como Pan de Azúcar y el proyecto Chinchillas, sumada a la creciente expansión de la explotación del litio, está afectando las fuentes de agua superficiales y subterráneas.

En una cuenca cerrada como la de Pozuelos, explican, el uso intensivo del agua y el vertido de metales pesados agravan la situación de las lagunas y de los cauces de los que dependen las familias y sus animales.

Para el pueblo Kolla, la pérdida de los pastizales y del agua limpia no es una cuestión abstracta. Amenaza directamente el modo de vida de las comunidades, su salud y la posibilidad de permanecer en el territorio.

Allí, explica Solís, muchas familias viven del pastaje y de la cría de llamas y ovejas. Cuando el agua y los pastizales desaparecen, también se vuelve más difícil sostener el arraigo y evitar que las nuevas generaciones tengan que migrar hacia las ciudades.

Ese es uno de los motivos por los que las Warmis decidieron volver a caminar.

Solís ya había realizado, el año anterior, una primera caminata desde la Laguna de Pozuelos hasta San Salvador de Jujuy. Llegó hasta la ciudad para presentar petitorios y notas ante el Gobierno, la Legislatura y las áreas de Ambiente y Minería.

Pero las respuestas favorables nunca llegaron. Por eso, esta vez decidieron ampliar el recorrido.

En agosto volvieron a ponerse en marcha, pero con Buenos Aires como destino. El objetivo, explica Solís, es llegar hasta la Capital Federal para intentar ser escuchadas por el presidente de la Nación, el ultraderechista Javier Milei, a quien responsabiliza por las políticas que, según sostiene, favorecen el ingreso de grandes corporaciones a los territorios.

Mientras enumera las razones de la caminata, aparece también el costo personal de sostenerla.

Las mujeres dejaron hijos, nietos y hacienda para ponerse en camino. Dejaron atrás animales y tareas cotidianas porque, como explica Florencia, su economía y su forma de vida dependen de aquello que están defendiendo.

"Nosotros vivimos también de eso, del pastaje, de la llama, de la oveja", cuenta.

No quiere que las comunidades sean obligadas a abandonar ese modo de vida para terminar en las periferias urbanas. No quiere que sus pueblos tengan que convertirse en habitantes de barrios marginales ni depender de la asistencia para sobrevivir.

"No queremos venir a las grandes ciudades a vivir de dádivas", sostiene. En su territorio, dice, viven felices y tienen lo necesario: carne, verduras, frutas. No necesitan pedirle nada a nadie.

Lo que reclaman, entonces, no es abandonar su tierra, sino que se respeten sus derechos sobre ella. "Como pueblos originarios, queremos que nos respeten nuestros derechos y que respeten los derechos de la Pachamama", dice.

Porque la Pachamama, para Solís, no es una idea distante ni una referencia simbólica: es la que da la vida.

Y dentro de ella está el agua de los glaciares y de los ambientes periglaciares, cuyo deterioro, advierte, termina afectando tanto a los campos como a las grandes ciudades.

Por eso cuestiona también las modificaciones de las leyes que, desde su perspectiva, han sido realizadas en beneficio de las grandes empresas y no de quienes habitan esos territorios.

El agua que nace en las alturas no se queda allí, recuerda. Baja hacia los campos y llega también a las ciudades.

Defenderla, por lo tanto, no es solamente defender a una comunidad de la Puna. Es defender una fuente de vida que atraviesa territorios y alcanza a todos.

"Tenemos que defender el agua, hermano", insiste. "Por eso estamos en defensa de eso, del agua, el ambiente y nuestra Pachamama". 

Su denuncia también apunta al Gobierno de Jujuy y al gobernador Carlos Sadir. Solís señala que mientras las Warmis avanzan hacia Buenos Aires, en su provincia continúan produciéndose situaciones que las comunidades consideran nuevos despojos territoriales.

Menciona particularmente el caso de Juella, donde, según denuncia, cinco familias estarían siendo desplazadas de sus tierras. En su relato, los Sajamas estarían siendo despojados para dar lugar a empresas vinculadas a viñedos de altura y emprendimientos turísticos, entre ellos restaurantes destinados a esa actividad.

Todo eso forma parte del reclamo que las mujeres llevan en la caminata.

No se trata únicamente de una protesta contra la minería. Es, en la mirada de Solís, una disputa mucho más profunda por el derecho a permanecer en el territorio y decidir sobre él. Y esa disputa, sostiene, tampoco termina en Jujuy.

Para Florencia, lo que ocurre en la Puna forma parte de un proceso más amplio, ligado al avance de "la ultraderecha" y del modelo "neoliberal". Lo mismo que observa en el territorio lo reconoce, dice, en otros ámbitos de la vida cotidiana.

"Hay muchos médicos mal pagados, faltan agentes sanitarios y medicamentos. En la educación pasa lo mismo, todo se está desmantelando".

Para ella, no es un fenómeno aislado: "Esto está pasando desgraciadamente en todo nuestro Abya Yala".

La falta de respuestas oficiales también alimenta su decisión de continuar.

Después de la caminata realizada en 2025, las comunidades presentaron petitorios formales ante la Dirección Provincial de Recursos Hídricos, la Secretaría de Pueblos Indígenas y la Secretaría de Minería de Jujuy.

Pero, según denuncia Solís, las notas no produjeron soluciones concretas. "Encajonan nuestras notas, las tiran a la basura y se olvidan", afirma.

Y enseguida agrega una frase que parece resumir la persistencia de las mujeres que ahora atraviesan el país: "Piensan que nos vamos a cansar o se ríen de una, pero nosotras no nos cansamos y vamos a seguir luchando".
"Nosotros no comemos baterías"

Frente al discurso que presenta la explotación del litio como parte de una supuesta transición energética, las Warmis responden desde otro lugar: desde quienes viven en los territorios donde esa transición se materializa en forma de extracción de agua, transformación de los ecosistemas y contaminación.

No hablan desde una promesa de futuro, sino desde la experiencia concreta de lo que ya ocurrió. "Nos quedamos sin agua y contaminados", dice Solís.

Y resume la contradicción con una frase que se volvió consigna: "Nosotros decimos que no comemos baterías". Su idea de la tierra tampoco se parece a la lógica de concentración que cuestiona.

Florencia imagina el territorio como una torta que debe repartirse de manera justa: "Yo opino que la tierra es como una torta donde todos tenemos que compartir las porciones iguales, y no para los grandes latifundistas mucho y para otros nada".

La caminata, entonces, es también una forma de poner el cuerpo frente a esa desigualdad. Kilómetro tras kilómetro, las Warmis llevan una defensa que no separa el agua de la tierra, ni la tierra de la comunidad, ni la comunidad del futuro.

En su recorrido, el territorio no aparece como una mercancía, sino como aquello que permite que una forma de vida continúe existiendo.

Antes de terminar su testimonio, Florencia anuncia que va a cantar una copla para repudiar el accionar del Gobierno. El relato se transforma en canto y la denuncia adquiere ritmo de consigna:
Esto ya no es democracia y esto es una dictadura.
Esto ya no es democracia, esto es una dictadura.

El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.
El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.

La codicia encima nos quiere ya terminar.
La codicia encima nos quiere ya terminar.

Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.
Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.

El oro no vale nada y el agua es un sustento.
El oro no vale nada y el agua es un sustento.

El agua nos da la vida y el oro es para armamento.
El agua nos da la vida y el oro es para armamento.

¡Que viva Pachamamita!
¡Y que se vayan todos los traidores vendepatrias!
¡Que se vayan!
Desde los cerros hasta las ciudades

Después de la voz de Florencia Solís, Fabiana Quilla toma la palabra y señala hacia arriba. Las Warmis, dice, vienen "desde arriba de los cerros", desde el lugar donde nacen las aguas que después llegan hasta las ciudades.

Esa imagen es, para ella, una de las claves para comprender por qué caminan. "De donde vienen las agüitas", explica. Porque todo el agua "viene de allá arriba".

Y por eso considera necesario que quienes viven en las ciudades también puedan comprenderlo: si se destruyen esos territorios de altura, también se pone en riesgo el agua que llega mucho más lejos.

Fabiana se presenta como una mujer proveniente de los Cerros Colorados, de la Laguna Colorada. Su presencia en la caminata tiene, según cuenta, un doble sentido: acompañar y ser acompañada.

Pero también pedir ayuda, pedir auxilio frente a lo que está sucediendo con la Pachamama. No quiere que continúe la contaminación.

Y cuando habla de Pachamama, su definición abarca mucho más que la tierra en un sentido estrictamente geográfico.

Es todo. "Desde la hormiguita, a todos los animales, todas las plantitas medicinales, del cielo, el sol, la luna, todo es Pachamama", explica. Es la manera en que su visión andina nombra y comprende el mundo.

Por eso la defensa del ambiente no puede reducirse a una cuestión técnica. También tiene una dimensión espiritual.

Fabiana agradece a quienes las reciben y escuchan en Rosario y promete que continuarán el camino "con fuerza, con esperanzas, alegría". Porque, pregunta, sin fuerza y sin esperanza, ¿cómo seguir luchando?

Antes de terminar, insiste en algo que considera primordial: la espiritualidad. "Nuestro cuerpito sin espíritu no andamos", dice. Para sostener una lucha de esta magnitud, sostiene, hacen falta mente, espíritu y cuerpo.

"¡Jallalla! ¡Jallalla Pachamama! ¡Kusilla, kusilla!", celebra.

Alegría, alegría, incluso en medio de una caminata que nace de la preocupación y del dolor.

La siguiente voz llega desde San Salvador de Jujuy. Muriel Maldonado cuenta que decidió acompañar a las hermanas desde la ciudad y que viene vinculada a las bibliotecas populares. Desde allí se sumó al viaje y fue atravesando junto a las Warmis los distintos puntos del recorrido.

En cada parada, explica, fueron apareciendo nuevas problemáticas. Cada una de ellas dejó algo para llevar adelante y, poco a poco, permitió que el mensaje de la caminata se ampliara hasta acercarse a Buenos Aires.

"Ya estamos ahí", dice Muriel. "Estamos muy cerca, muy cerca de lograr el objetivo". 

En su relato aparece otra dimensión del viaje: la solidaridad. En cada lugar al que llegaron, cuenta, fueron recibidas por personas que les dieron "una re mano".

El agradecimiento ocupa un lugar central en sus palabras, porque la caminata no se construyó solamente con los pasos de quienes salieron desde Jujuy, sino también con las redes que encontraron en el camino.

Por eso espera que los mensajes que fueron transmitiendo lleguen cada vez a más lugares.

La caminata también tiene una presencia en las redes sociales, a través de Instagram y Facebook, donde quienes quieran seguir su recorrido pueden encontrarlas como caminata.Warmis.

La experiencia, dice Muriel, ha sido hermosa precisamente por esa posibilidad de encontrarse con personas diferentes en cada lugar. La caminata se convierte así en una cadena de encuentros: las Warmis llegan, cuentan, escuchan y vuelven a ponerse en marcha.

La mujer que no se cansó de caminar
Entre las caminantes está Emma Alemán. Es la mayor del grupo y también una de las que más dificultades tiene para caminar. Sin embargo, continúa. Paso a paso, sigue avanzando hacia Buenos Aires.

Su presencia adquiere una fuerza particular porque su propio cuerpo parece poner en evidencia aquello que las Warmis repiten durante todo el recorrido: la voluntad de caminar puede ser más fuerte que el cansancio.

Emma habla con la serenidad de quien sabe que el mensaje debe llegar más allá de quienes ya conocen la problemática.

Por eso vuelve a insistir en la importancia del agua y en las distintas formas de contaminación que afectan a los territorios: el aire, la tierra y, principalmente, el agua.

Pero también le interesa responder una pregunta que le hicieron durante el encuentro: ¿cómo pueden defenderse las Warmis frente a tantos problemas y responsabilidades?

La respuesta de Emma no se limita a las herramientas disponibles dentro de Argentina. Recuerda que existen mecanismos de protección internacional para los pueblos y sus territorios. Por eso el destino de la caminata no es solamente el Congreso de la Nación.

El plan es llegar hasta Buenos Aires, presentar notas ante diputados y senadores y también hacer llegar sus reclamos al propio presidente. Y si tampoco allí encuentran respuestas, advierte, están dispuestas a llevar sus denuncias todavía más lejos.

"También hay leyes internacionales que nos protegen", explica. "Estamos dispuestos a ir también hasta Ginebra, a presentar nuestras quejas".

Lo que quieren denunciar, dice, son atropellos y desalojos realizados con una violencia que quienes viven lejos de la Puna muchas veces no alcanzan a imaginar.

Habla de lo que está ocurriendo en Jujuy y relaciona esa situación con el llamado RIGI y el "Super RIGI", mecanismos que, desde la perspectiva de las comunidades, profundizan la desprotección frente al avance de los proyectos extractivos.

Emma señala también el debilitamiento de los organismos estatales destinados a atender las demandas de los pueblos indígenas.

Recuerda el papel que tenía el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, el INAI, y denuncia que ahora distintos trámites y pedidos quedan en manos de sectores del Gobierno que, según afirma, no les dan importancia.

Si no hay respuesta, insiste, habrá que recurrir a las instancias internacionales. Pero Emma no habla solamente para quienes tienen poder institucional.

También les habla a quienes la están escuchando en Aire Libre, Radio Comunitaria. Les pide que sean la voz de las comunidades. No solamente en Rosario, sino allí donde vayan.

Les pide que ayuden a concientizar a otros hermanos, sin importar "de qué color sean", porque hay algo que une a todos por encima de cualquier diferencia.

Todos toman agua.

Y entonces formula una pregunta que parece sencilla, pero que para ella contiene el corazón de toda la caminata: "El que no tome agua, que levante la mano".

Nadie levanta la mano. "Porque todos tomamos agua", explica. "Y el agua es vida y el agua es para todo, todo, todo, todo". 

Lo que sucede arriba de los cerros tiene consecuencias abajo. La contaminación, la extracción y la falta de acceso al agua forman parte de una misma trama que conecta territorios aparentemente distantes.

Y Rosario tiene sus propias historias para contar.

Veinte cuadras para conseguir agua
Esa conexión aparece con especial fuerza cuando toma la palabra Noelia Naporichi, una referente local que no solamente acompaña la caminata de las Warmis, sino que aprovecha el encuentro para poner sobre la mesa lo que sucede en el oeste de Rosario.

La defensa del agua, dice, también tiene una dimensión profundamente local. En las comunidades de la zona oeste vienen reclamando agua potable desde la década del 80.

Décadas después, el problema continúa. Hay familias que todavía no tienen acceso constante al agua y personas que deben recorrer hasta veinte cuadras para cargarla.

Noelia habla de las consecuencias concretas de esa carencia: tuberculosis, desnutrición y las dificultades cotidianas que produce no contar con agua suficiente y segura.

No se trata solamente de una deficiencia de infraestructura, sostiene. Es una forma de vulneración que afecta a las personas como ciudadanos y como seres humanos.

La ciudad, dice, también puede destruir. Por eso pide que las comunidades indígenas que habitan Rosario no sean olvidadas. Recuerda que no son una sola comunidad y que tampoco son pocas.

En la ciudad conviven numerosas comunidades indígenas, y todas ellas forman parte de la trama social de Rosario. La defensa de la Pachamama que las Warmis traen desde Jujuy encuentra así un eco inesperado que llega desde el oeste rosarino.

Cambian los paisajes, cambian las distancias y cambian las formas de la desigualdad, pero el agua vuelve a aparecer como una frontera básica entre una vida digna y una vida atravesada por la carencia.
Noelia amplía entonces el reclamo y recuerda a Delcia Mamani Mamani, una joven indígena desaparecida en Córdoba en noviembre de 2025.

Delcia salió de su casa en Punta de Agua, en Malagueño, rumbo a la Escuela Normal Superior Alejandro Carbó, donde estudiaba el profesorado de Educación Primaria.

Desde entonces, no volvió a aparecer. La Justicia investiga una hipótesis vinculada con la trata de personas con fines de explotación laboral. En agosto de 2026, el 21 de agosto, fueron imputadas dos personas que permanecían prófugas.

La voz de Delcia no está presente en la caminata. Pero Noelia insiste en que eso no significa que su historia pueda quedar afuera. "Esta lucha es nuestra lucha, es su lucha", recupera de las palabras de las hermanas.

Porque lo que está en juego no termina en una generación. También involucra a quienes vendrán. "¿Y qué nosotros le queremos brindar con esto?", plantea.

La respuesta aparece en tres palabras: conciencia, humanidad y respeto.

Respeto hacia los pueblos indígenas y hacia quienes defienden la Madre Tierra, esa misma Pachamama que en otras lenguas recibe otros nombres.

Noelia la nombra como Aloa en su lengua y recuerda que en mapuzungun se habla de Mapu.

Las palabras cambian de una comunidad a otra, pero detrás de ellas persiste una misma preocupación: que los territorios sean respetados y que no sean violentados.

Porque la violencia, advierte, no existe solamente en los lugares remotos donde avanzan los grandes proyectos extractivos.

También existe dentro de las ciudades. Está presente cuando se avasalla el derecho al acceso al agua. 
Está presente cuando una familia debe caminar veinte cuadras para conseguirla. Está presente cuando una comunidad espera durante décadas una respuesta que nunca llega. Desde la Puna hasta Rosario, la caminata va juntando esas historias.

Las mujeres que bajan de los cerros para hablar del agua encuentran en la ciudad otras mujeres y comunidades que llevan décadas reclamando por ella.

La misma palabra empieza a adquirir distintos rostros: una laguna que se seca, un cauce contaminado, una familia que carga bidones durante cuadras, una comunidad que espera agua potable, una joven que no volvió a casa.

Y en ese entrecruzamiento, la caminata deja de ser solamente un recorrido entre dos puntos del mapa. Se convierte en una manera de unir luchas.

Unidad en la diversidad
La siguiente voz es la de Lorena, nacida en Simoca, Tucumán, y criada en Buenos Aires.

No es la primera vez que camina junto a las Warmis. El año pasado acompañó a las hermanas y este año volvió a hacerlo, pero con un desafío todavía mayor: llegar hasta Buenos Aires.

Habla de lo que significa para las mujeres de la Puna dejar durante un mes aquello que constituye su sustento cotidiano.

Dejar los animales, los campos, las tareas de todos los días y ponerse en camino no es, para ellas, una decisión menor.

"Es enorme lo que están haciendo", dice Lorena, especialmente por quienes "bajan de la Puna", dejan sus animales y se alejan durante semanas de aquello que les permite vivir.

Pero la caminata no comenzó en agosto. Antes hubo notas, petitorios, pedidos de audiencia y reuniones que, según relata, no tuvieron respuestas concretas.

El año anterior habían presentado sus reclamos ante distintos organismos. Este año volvieron a hacerlo.

Incluso solicitaron durante dos meses una audiencia con el gobernador de Jujuy, Carlos Sadir.

La respuesta llegó recién el último día: no habría audiencia. "Ya lo esperábamos", admite Lorena. Pero saberlo no hizo que dejaran de caminar. Al contrario. Cada negativa fue sumando motivos al recorrido.

Durante el camino fueron escuchando testimonios y recogiendo historias. Hablaron con comunidades y familias, primero en los territorios y luego, a medida que llegaron a las ciudades, con comunidades de pueblos originarios que también viven allí.

Lo que están haciendo, explica Lorena, es una especie de relevamiento: escuchar las problemáticas, reunir datos y llevar esas voces junto con ellas.

Todo ese material será incorporado al petitorio que buscan presentar a nivel nacional.

Ya llevaron sus reclamos en Jujuy ante la Comisión de Medio Ambiente y la Comisión de Pueblos Indígenas, además de presentarlos al gobernador.

Ahora quieren llegar a diputados y senadores y, finalmente, al presidente.

Pero el objetivo no es solamente entregar papeles. También quieren concientizar.

Quieren que la caminata sirva para unir a las comunidades, a la gente del campo y a quienes viven en las ciudades. "Es el momento", insiste Lorena.

Y explica por qué: escuchar a las familias hablar de persecuciones, de vivir permanentemente en estado de alerta y de no saber qué futuro les espera es una experiencia que deja marcas.

La incertidumbre más dolorosa tiene que ver con los hijos. Las familias se preguntan si sus niños podrán crecer en los mismos territorios donde nacieron, donde crecieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos.

La amenaza, dice Lorena, no modifica solamente el paisaje. Modifica completamente una forma de vida. En la Cuenca de Pozuelos, cuenta, existen más de 175 pedimentos mineros y cateos.

Y recuerda particularmente el caso de la mina Pan de Azúcar, cuya actividad contaminó con plomo en sangre a habitantes de Abra Pampa, según denuncian las comunidades, sin que hasta el momento se haya realizado una remediación suficiente.

La dimensión del daño, para Lorena, tampoco se limita al agua. A lo largo de la Puna y la Quebrada, dice, están siendo intervenidas y destruidas las apus, las montañas sagradas que forman parte de la vida y de la espiritualidad de los pueblos originarios.

No son solamente montañas. Son parte de una cosmovisión, de una manera de comprender el mundo y de relacionarse con la tierra.

Por eso vuelve a una frase que ya había pronunciado Florencia Solís: agua limpia para la vida. "Eso es dignidad para los pueblos", sostiene Lorena.

Y esa dignidad no pertenece solamente a quienes viven en el campo. También alcanza a quienes habitan las ciudades, porque las aguas están conectadas.

Lorena estuvo personalmente en la Laguna de Pozuelos en mayo de este año. Recuerda que algunas autoridades negaban que la laguna estuviera seca. Ella, sin embargo, dice haberlo visto con sus propios ojos. "La laguna está seca", afirma.

La escena que describe contrasta con las imágenes que todavía circulan en internet.

Allí, en fotografías tomadas en otros momentos, Pozuelos puede aparecer llena de agua, teñida de tonos rosados y cubierta de flamencos.

Esas imágenes todavía sobreviven en las pantallas y en la memoria de quienes conocieron el lugar en mejores tiempos. Pero, dice Lorena, la realidad actual es otra.

"La realidad es que los flamencos ya no van a la laguna". La frase se repite, como si necesitara insistir en la distancia entre la postal conocida y el territorio que encontró.

La laguna está sin agua. Y, según denuncia, está contaminada.

Durante el descenso desde la Puna también recorrieron el río Cincel. Allí volvieron a encontrarse con la misma imagen: contaminación, falta de agua y brazos de río que ya no alcanzan a llevarla como antes.

Para Lorena, ya no se trata de una advertencia sobre algo que podría ocurrir en el futuro. "Es visible la realidad para todos".

Pero el relevamiento que realizan no termina en Pozuelos ni en los territorios rurales. Desde Tucumán y Santiago del Estero fueron encontrando nuevas problemáticas en comunidades indígenas que viven en las ciudades. El acceso al agua vuelve a aparecer.

También el acceso a los servicios básicos y a la salud. Lorena menciona especialmente el problema de la tuberculosis en la comunidad Qom. 

Son situaciones que, sostiene, deben ser visibilizadas y que requieren que las comunidades puedan acompañarse mutuamente, tanto en el campo como en las ciudades.

En Tafí del Valle, recuerda, un abuelo les dejó una expresión que terminó funcionando como una síntesis del recorrido: "Unidad en la diversidad".

Para Lorena, esa unidad significa recuperar la capacidad de encontrarse, reflexionar y luchar en conjunto.

Defender la tierra. Defender la dignidad. Y allí aparece otra vez la palabra espiritualidad. La lucha, explica, también devuelve algo de la dignidad que los gobiernos y el sistema les quitan.

"Somos la Pachamama defendiéndose a sí misma", dice.

Porque las personas no están separadas de aquello que defienden: son tierra, agua, aire, fuego y naturaleza.

Aunque muchas veces el mundo contemporáneo intente convencerlas de lo contrario. La espiritualidad, insiste, no está separada de la lucha de los pueblos originarios.

Tampoco debería estarlo de quienes viven en las ciudades y tienen una relación aparentemente más distante con la naturaleza.

En Córdoba, cuenta, alguien les preguntó cómo podía hacer la gente de la ciudad para conectarse con su espiritualidad si ya no vivía rodeada de naturaleza.

La pregunta abrió, para Lorena, una respuesta que las propias comunidades indígenas pueden ofrecer a toda la sociedad.

Los pueblos originarios, sostiene, tienen un saber que puede ser valioso para toda la humanidad. Un conocimiento que debe ser defendido junto con los pueblos que lo sostienen.

Por eso ella también camina.

Camina por el agua, por la vida, por las generaciones futuras, por las apus y por una vida digna en las ciudades.

Camina incluso desde aquellos contextos urbanos que parecen alejados de la naturaleza, porque allí también se juega la posibilidad de vivir dignamente.

En ese mapa de problemas aparece también otro flagelo: los consumos problemáticos. Lorena cuenta que están presentes en la Puna, aunque con menor intensidad, y que se vuelven todavía más visibles en las ciudades.

Habla del alcohol y de otras formas de consumo que afectan especialmente a los sectores populares. Su lectura es contundente: todo forma parte de un "plan sistemático de exterminio" contra los sectores populares y los pueblos originarios.

Para explicar hasta dónde llegan esas consecuencias, menciona nuevamente a Tafí del Valle y Amaicha del Valle. Habla de lugares donde, según los testimonios que recogieron, hace décadas que no nacen niños.

En Tafí del Valle, señala, hace 20 años que no nacen niños, mientras que en Amaicha del Valle se han desarticulado maternidades y se ha perseguido a comadronas.

Son solamente algunas de las historias que las caminantes vienen acumulando.

Lorena advierte que podrían contar muchas más, porque las problemáticas que encontraron son numerosas.

Pero el recorrido también tiene otra cara. La hermosa. Es la de encontrarse con las comunidades. La de llegar a un lugar y descubrir que hay personas dispuestas a escuchar, acompañar y ayudar.

La de comprobar que no están solas. "Que no nos hagan creer que somos poquitos", dice Lorena. "Somos muchos los que estamos defendiendo, poniendo el cuerpo, plantando la semilla en las generaciones futuras".

La semilla también está puesta en ellas mismas.

Aunque sean adultas, reconoce, todavía tienen mucho que aprender y mucho que transmitir a quienes vienen detrás. Por eso el agradecimiento ocupa una parte importante de sus palabras.

Agradece a todas las personas que acompañaron la caminata desde la Puna y en cada una de las etapas del recorrido hasta Buenos Aires.

Porque esta caminata, explica, es colectiva y autogestiva. Comenzó con una rifa. Con lo recaudado fueron solventando parte de los gastos, especialmente los traslados que requiere un recorrido de semejante dimensión.

Pero la organización no se sostiene solamente con dinero. También se sostiene con las redes. Con alguien que facilita un contacto. Con una familia que abre las puertas de su casa. Con una persona que acerca comida. Con esos pequeños gestos que, acumulados, hacen posible continuar. 

Lorena recuerda, con una sonrisa, que una hermana les llevó dos bollitas de guiso. Después llegó una sopa. Después un budín. Son gestos sencillos, pero en una caminata de miles de kilómetros adquieren otra dimensión. "Todo esto es colectivo", dice.

Ellas ponen el cuerpo. El resto lo pone la comunidad que las recibe. Y entonces vuelve al principio de todo: la Pachamama.

"Esto es entre todos para todos", sostiene, porque la tierra es de todos y el agua también. Todos la necesitan. Incluso quien dice que no toma agua la consume de alguna manera: en la coca, en el mate, en el café. Todo necesita agua. "El cuerpo es agua", recuerda.

Por eso pide que la defensa no se limite a acompañar una marcha ni a escuchar una conferencia. Se trata de defender aquello que pertenece a todos: la tierra, el agua, los bienes naturales.

Y hace una precisión que para las caminantes es importante. 

No quieren hablar solamente de "recursos". "Eso no son recursos", dice Lorena. "Son bienes naturales".
La diferencia está en la forma de mirar. Un recurso puede ser extraído, explotado, convertido en mercancía. Un bien natural, en cambio, forma parte de una vida compartida.

Desde esa mirada, las Warmis siguen caminando. No caminan solamente desde Rinconada hacia Buenos Aires. Caminan entre territorios, generaciones y comunidades.

Caminan llevando el agua de los cerros hacia las ciudades y llevando también hacia los centros de decisión las historias de quienes permanecen en esos territorios.

Y mientras avanzan, la consigna vuelve a hacerse colectiva: defender lo que es de todos.

El agua que todos toman. La tierra que sostiene. La naturaleza de la que todos forman parte.

La Pachamama que, como dice Lorena, se defiende a sí misma a través de quienes deciden poner el cuerpo para defenderla.

"Jallalla".
Caminar con la tierra

El agradecimiento vuelve a aparecer antes de una nueva voz.

Agradecimiento por la presencia, por el amor, por la calidez y por el compromiso de quienes ofrecen su tiempo y su escucha.

También por quienes abren canales para que personas de distintas comunidades puedan encontrarse y entramarse.

Entonces se presenta Yué Ailín Tahiel. Llega desde Córdoba y se sumó a la caminata junto a las hermanas.

Su testimonio abre una dimensión diferente del recorrido: una lectura espiritual de aquello que está sucediendo y de las señales que, según cuenta, comenzó a percibir antes de ponerse en movimiento.

En los lugares donde fueron llegando, Yué fue compartiendo una sensación que la acompañaba desde hacía tiempo: toda la Pachamama le había hecho saber que se aproximaban tiempos de grandes cambios.

En Córdoba, cerca de su territorio, vio cóndores y otras aves de gran tamaño.

También atravesó durante el último mes un período de poco sueño. Se despertaba repetidamente en la madrugada.

Lejos de interpretar esas noches como un problema que debía corregir, empezó a preguntarse qué información podía estar transmitiéndole su propio cuerpo.

La reflexión la llevó a cuestionar una forma de entender la vida que, dice, fue impuesta especialmente en las ciudades: cuando el cuerpo o el espíritu manifiestan algo que no encaja en la rutina, la primera reacción suele ser reprimirlo o buscar rápidamente una explicación que permita volver a la normalidad.

En su caso, decidió escuchar. Tal vez no estaba ocurriendo algo que debía solucionar. Tal vez estaba recibiendo una señal. "Se venía un gran movimiento", interpreta ahora.

Y aquella energía que se acumulaba no le pedía necesariamente más horas de sueño. Le pedía movimiento. Meditación. Canto. Preparación. Caminar.

"Es lo que me invitan los cerros en los que vivo", explica. La reflexión vuelve entonces al agua. De dónde viene el agua que tomamos y, sobre todo, cómo hacemos para cuidarla y cuidarnos.

Porque para Yué hay una relación inseparable entre el cuidado de las personas y el cuidado de los territorios. "Si no hay personas que nos cuiden, difícil es cuidar el territorio", plantea.

Por eso su mensaje no está dirigido solamente a los gobiernos ni a las grandes empresas. Empieza mucho más cerca: en las personas que tenemos alrededor. Si estamos ahí, dice, hay que mirar a quienes están cerca y preguntarse cómo ayudarlos.

No asumir individualmente toda la responsabilidad de resolver problemas enormes, pero tampoco escapar de ella. La clave está en hacerlo juntos.

"No nos carguemos toda la responsabilidad de solucionar problemas grandes solos, pero sí juntos", propone. Y esa palabra —juntos— aparece como una de las claves de su intervención. Porque la continuidad también importa.

Sostener una lucha requiere presencia.

Cuando la presencia desaparece, las cosas se caen, se desvanecen y las comunidades terminan enfermándose.

De allí su invitación a revisar las formas de relacionarse, comunicarse y tratarse. Incluso la manera en que cada persona se trata a sí misma. También pide recuperar el descanso.

Darle al cuerpo la posibilidad de regenerarse para volver a tener fuerza.

No se trata de detener la lucha, sino de encontrar la energía necesaria para continuar entramándose con otros hermanos comprometidos con "caminar con verdad" y "caminar con la tierra".

La caminata, en su mirada, no es solamente una acción política. Es también una forma de reconocerse mutuamente en las necesidades y en las capacidades.

Porque, así como existen muchas carencias, también existen muchos recursos que pueden ponerse en común para sostenerse.

Yué cuenta que se sumó hace poco a la caminata, pero en apenas tres días ya había vivido mucho. Muchas conversaciones, encuentros y momentos compartidos. Y, sobre todo, había podido escuchar de cerca las experiencias de las hermanas.

Entre esas historias aparece nuevamente el agua. El problema de la contaminación. El problema de no tener acceso.

El problema de descubrir que ninguna de esas cuestiones queda encerrada dentro de una frontera provincial. "Va más allá de donde estemos territorialmente", sostiene.

El agua, justamente porque conecta territorios, también conecta las luchas. Lo que ocurre en la Puna no queda en la Puna.

Lo que sucede en una cuenca puede afectar a otras comunidades.

Y la defensa del agua puede convertirse en un punto de encuentro entre personas que viven a cientos de kilómetros de distancia.

Por eso Yué propone pasar de la preocupación a la organización. Pensar sistemas de captación de agua de lluvia. Organizarse en cada comunidad para realizar denuncias contra quienes contaminan. Establecer vínculos con otras provincias.

"Somos un montón", insiste.

La frase aparece otra vez, como había aparecido en la voz de Lorena. No son pocas. No están solas. Hay energía, dice Yué. Hay mucho camino por recorrer.

Y también existe la posibilidad de visitarse entre territorios, de conocerse y de romper con una idea de frontera que considera impuesta.

Las provincias, las nacionalidades y las distintas formas de división territorial pueden separar administrativamente a las personas, pero no necesariamente separan sus espíritus.

"Nuestros espíritus están mucho más allá de eso", afirma.

La caminata vuelve así a su dimensión más profunda: una manera de atravesar las divisiones que fueron construidas para hacer creer que cada comunidad, cada pueblo y cada persona está aislada de las demás.

Frente a esa fragmentación, las Warmis proponen entramarse.
Buenos Aires no es el final

El recorrido comienza a acercarse a su destino. Buenos Aires es la última estación.

La llegada a la Capital Federal está prevista para este domingo por la tarde.

Allí, el lunes, coincidiendo con el cierre de agosto —el mes dedicado a la Pachamama—, las caminantes realizarán una ofrenda comunitaria junto a quienes las esperan.

Pero no será solamente un momento ceremonial.

También llevarán consigo las firmas que fueron recolectando a lo largo de las distintas provincias atravesadas y presentarán un petitorio dirigido al presidente de la Nación, Javier Milei, a diputados nacionales y al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).

El organismo, al igual que otras instituciones estatales mencionadas durante la caminata, es cuestionado por las mujeres por lo que consideran una falta de representación y de respuesta activa frente a las demandas de las comunidades.

Las Warmis llegan a Buenos Aires después de haber atravesado territorios y de haber recogido testimonios que exceden ampliamente las razones que dieron origen a la caminata.

El agua, la contaminación, la minería, el avance sobre los territorios ancestrales, los desalojos, la falta de servicios básicos, la salud, la situación de las comunidades indígenas en las ciudades y la defensa de la espiritualidad forman parte ahora de un mismo reclamo.

En sus declaraciones, las caminantes también alertan sobre el avance de políticas que interpretan como una forma de sometimiento y que, según denuncian, promueven la pérdida de autonomía territorial de los pueblos originarios.

Pero si algo fue quedando claro a lo largo del camino es que la caminata no se sostiene solamente en el rechazo.

Se sostiene en los vínculos. En las casas que abren sus puertas. En la comida compartida. En quienes ofrecen un contacto, una cama, una sopa, un budín. En quienes escuchan. En quienes se acercan. En quienes ponen el cuerpo durante algunos kilómetros y en quienes ayudan desde lejos.

También se sostiene en la espiritualidad, en las ceremonias, en los cantos y en las palabras heredadas de quienes entienden que la tierra no es una propiedad separada de quienes la habitan.

Las Warmis ya están cerca de Buenos Aires. Llegarán con sus petitorios, sus firmas y sus reclamos.

Pero también con las voces de todos los territorios que atravesaron y de las comunidades que encontraron en las ciudades.

La caminata comenzó en Rinconada, en la Puna jujeña.

Desde allí descendió de los cerros siguiendo el camino del agua, atravesó provincias y fue sumando voces.

Ahora llega a la Capital. Y llega con una certeza que Yué resume desde otro lugar: no hay que caminar solos. Hay que entramarse. Hay que cuidarse para poder cuidar. Hay que defender el agua porque todos la necesitan.

Y hay que volver a recordar que las fronteras que separan territorios no necesariamente pueden separar aquello que los une.

No caminar solas
Las Warmis todavía tienen kilómetros por delante. Pero ya no caminan solamente con sus propios pasos.

Caminan con las voces que fueron encontrando en el camino. Con la laguna seca. Con los animales. Con quienes cargan agua durante veinte cuadras. Con las comunidades que esperan. Con quienes acompañaron y manifestaron su solidaridad. Con quienes escucharon. Con quienes se acercaron. Con quienes pusieron el cuerpo durante un tramo y con quienes sostuvieron la caminata desde lejos.

Caminan con la memoria de quienes estuvieron y con la preocupación por quienes todavía no llegaron.

La caminata empezó en Rinconada y ahora se acerca a Buenos Aires.

En el medio quedaron cerros, rutas, pueblos y ciudades. Quedaron testimonios, denuncias, canciones y ceremonias. Quedaron las firmas que llevarán hasta los centros de decisión y quedaron también las historias de quienes encontraron en ellas una forma de hacer visible aquello que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.

Las Warmis caminan por la tierra, por el agua y por las generaciones que vienen.

Y mientras caminan, también van construyendo una red.

Una red hecha de memoria, espiritualidad, denuncia, solidaridad y organización.

Una red que, como la propia Pachamama, no reconoce las fronteras que los mapas dibujan.

Jallalla.

*Warmis es una palabra de origen quechua que significa "mujeres". En esta caminata, el nombre identifica a las mujeres y feminidades de distintos pueblos y comunidades del Kollasuyu que participan de la movilización en defensa de sus territorios, el agua y la Pachamama.

Escuchá los testimonios completos:
Fotos: Señales, gabofotos2, Natalia Naporichi

sábado, 29 de agosto de 2026

Tristán Bauer: las preguntas que 1976 todavía le hace al presente

A 50 años del golpe, el cineasta presenta 1976, Ecos de la memoria, una serie documental que recupera testimonios, archivos y escenas que no habían quedado registradas. La inteligencia artificial aparece como herramienta de reconstrucción, pero nunca como reemplazo del documento. En una conversación que también recorre su trayectoria al frente de los medios públicos, Bauer habla en Señales de memoria, dictadura, resistencia, construcción cultural y del presente de la comunicación pública
Volver a 1976, medio siglo después

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la memoria argentina vuelve a mirar hacia aquel tiempo de horror. No para repetir lo ya contado, sino para interrogarlo desde el presente, con nuevas herramientas, nuevas generaciones y una distancia histórica que permite volver sobre hechos que todavía atraviesan la vida del país.

En ese ejercicio se inscribe 1976, Ecos de la memoria, la serie documental que se estrena en Canal 9 y que tiene a Tristán Bauer, Daniel Filmus y Carolina Scaglione como impulsores. Bauer, cineasta y documentalista, director de películas como Después de la tormenta, Cortázar, Evita, la tumba sin paz, Iluminados por el fuego —por la que obtuvo el Premio Goya— y Santiago: desaparición y muerte de Santiago Maldonado, además de exdirector de Canal Encuentro, expresidente de Radio y Televisión Argentina y exministro de Cultura de la Nación entre 2019 y 2023, vuelve así sobre uno de los períodos centrales de la historia reciente argentina.

La idea, cuenta en Señales, nació de una conversación con Filmus. Mientras el país se preparaba para recordar los cincuenta años de aquel golpe, Filmus insistió en la necesidad de revisar ese momento desde el lenguaje audiovisual. "Estamos atravesando, estamos recordando los 50 años de aquel horror", explica Bauer, y esa inquietud inicial terminó transformándose en un proyecto televisivo de cuatro capítulos.

Una reunión posterior con Víctor Santa María, del Grupo Octubre, permitió avanzar con la producción. A partir de allí comenzó un trabajo que buscó combinar distintas formas de aproximación al pasado. Por un lado, están los testimonios de víctimas, testigos y protagonistas de aquellos acontecimientos. También aparecen las voces de quienes permiten analizar e interpretar ese período histórico. Por otro, el archivo, sometido a un proceso de reconstrucción y restauración mediante nuevas tecnologías.

Para Bauer, ese cambio tecnológico resulta particularmente significativo después de tantos años dedicados al audiovisual.

"Hace años que estoy trabajando en lo audiovisual y lo que ha ocurrido tecnológicamente para poder restaurar aquellos registros en cine o en televisión que se han tomado es verdaderamente impresionante", señala.

Cuando la tecnología reconstruye lo que no quedó registrado
Pero la serie se propone ir incluso un paso más allá. Durante la dictadura hubo numerosos acontecimientos que ocurrieron en la clandestinidad, muchas veces durante la noche y en lugares donde no existían cámaras ni registros directos. Allí aparece una tercera herramienta: la reconstrucción mediante inteligencia artificial.

La utilización de esa tecnología, sin embargo, plantea un límite que para Bauer resulta fundamental: reconstruir no puede significar reemplazar el documento ni clausurar la imaginación de quien observa.

Para explicar esa frontera recurre a un ejemplo literario, el de Franz Kafka y La metamorfosis.

Recuerda que Kafka publicó muy pocas de sus obras en vida y que, antes de morir, le pidió a su amigo Max Brod que destruyera sus manuscritos. Brod decidió no hacerlo y gracias a esa desobediencia una parte fundamental de la literatura universal pudo llegar hasta nuestros días.

Bauer se detiene, particularmente, en un episodio relacionado con La metamorfosis. Cuando Kafka supo que la obra iba a ser ilustrada, escribió con cierta angustia al dibujante para pedirle que no representara al insecto en la tapa.

Kafka sugería, en cambio, que podía dibujar al padre y a la madre mirando desde una puerta una mancha de humedad, pero que bajo ningún concepto debía aparecer el insecto. El motivo era sencillo y profundo: esa criatura debía ser una construcción del lector.

Bauer toma esa idea como principio para la utilización de la inteligencia artificial en la serie.

"No una ilustración directa, sino una vocación para que el espectador pueda desde él reconstruir aquellos episodios y aquellos momentos generalmente trágicos y siniestros vividos", explica.

La intención, entonces, no es fabricar una imagen que pretenda pasar por documento histórico, sino utilizar las posibilidades de la tecnología para evocar aquello que ocurrió y de lo que no quedó registro. La memoria, en ese sentido, sigue necesitando de quien mira para completar lo que la pantalla apenas sugiere.

La serie parte de una certeza: existen numerosas películas, investigaciones y testimonios sobre la última dictadura. Bauer mismo reconoce que hay trabajos de enorme valor y menciona especialmente Juan, como si nada hubiera sucedido, de Carlos Echeverría, realizada poco después de la finalización de la dictadura.

"Para mí es el mejor", afirma. Es una película que, según cuenta, continúa viendo con frecuencia y que considera "admirable" por el trabajo realizado por Echeverría y su equipo.

Entonces, ¿qué podía aportar una nueva producción medio siglo después? La respuesta está, para Bauer, precisamente en el tiempo transcurrido. "Han pasado 50 años y mirar desde hoy, desde esta perspectiva, desde estos 50 años", explica.

También en la decisión de organizar ese recorrido como una serie televisiva y en la incorporación de herramientas que antes no existían: la posibilidad de reconstruir y restaurar materiales de archivo y de evocar mediante inteligencia artificial acontecimientos que no fueron registrados.

Una memoria que también es generacional
Pero hay otro elemento decisivo: los testimonios de quienes vivieron aquella historia.

En ese punto, Bauer recupera también parte de su propia trayectoria. A lo largo de su vida mantuvo una relación cercana con las Madres de Plaza de Mayo y con referentes de los organismos de derechos humanos. Menciona especialmente a Hebe de Bonafini y, entre las Abuelas de Plaza de Mayo, a Estela de Carlotto y Chicha Mariani. A las tres las filmó en distintos momentos de su carrera.

Esas entrevistas, esas visitas y aquellas horas de filmación vuelven ahora a cobrar sentido. El material que Bauer había registrado a lo largo de los años puede ser recuperado y combinado con archivos históricos y con los nuevos procedimientos de reconstrucción.

La serie se convierte así también en una suerte de regreso sobre su propio archivo, sobre una memoria audiovisual que el paso del tiempo permite mirar de otra manera.

La necesidad de volver sobre ese pasado adquiere, además, una dimensión generacional. Bauer pone el foco en un dato que considera significativo: aproximadamente el 70 por ciento de la población argentina no había nacido durante la dictadura. Apenas un 30 por ciento vivió aquellos años de manera directa.

"Entonces volver a mostrar, a vivir estructurado de esta nueva manera, ese pasado nos parecía importante", sostiene.

Allí encuentra uno de los principales aportes de la serie: reconstruir para quienes no estuvieron, pero también volver a interrogar para quienes sí estuvieron.
La dictadura como proyecto de poder

El recorrido tampoco se limita al aparato represivo. La serie busca ampliar la mirada sobre la dictadura y abordar las múltiples dimensiones que hicieron posible su funcionamiento y que atravesaron la sociedad argentina.

Aparecen el plan económico, la censura, el Mundial de 1978, las complicidades civiles, el papel de la Iglesia, la actuación de la prensa, la resistencia cultural, la guerra de Malvinas y, finalmente, la recuperación de la democracia.

Para Bauer, esa amplitud es central porque permite comprender que la dictadura no fue únicamente una maquinaria de secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones. Y destaca especialmente la decisión de abrir la serie con un testimonio de Felipe Pigna. A su juicio, ese comienzo permite definir el carácter de la dictadura desde una perspectiva más amplia.

No se trató solamente de una dictadura militar, sino de una dictadura "cívico-militar", una denominación que, para Bauer, permite observar una relación que muchas veces queda relegada: "los militares al servicio de un proyecto civil que era un proyecto económico".

En su reconstrucción, esa dimensión económica aparece desde los primeros momentos. Y encuentra una formulación particularmente contundente en un documento escrito apenas un año después del golpe: la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, fechada el 24 de marzo de 1977.

Rodolfo Walsh y la pregunta detrás del horror
Bauer considera extraordinaria la precisión con la que Walsh logró describir, cuando todavía transcurría el primer aniversario del golpe, el proyecto que estaba detrás de la represión.

"Tan sólo transcurrido un año del golpe", recuerda, Walsh ya hablaba de la implementación de un plan económico y vinculaba los secuestros, las desapariciones y los crímenes con la intención de modificar la estructura económico-social del país.

La carta también anticipaba información que con el tiempo se conocería con mayor precisión. Walsh hablaba ya de los cuerpos arrojados al mar, aunque suponía que eran trasladados en barcos. Más adelante se conocería que los vuelos de la muerte habían utilizado aviones para arrojar a los prisioneros al Río de la Plata y al mar.

Para Bauer, esa mirada de Walsh resulta fundamental porque permite entender que detrás del horror existía un proyecto.

"Él pensaba que se arrojaban en barcos, después nos vamos a enterar que era en aviones, pero con mucha precisión define esto como un proyecto, como la necesidad de implementar un proyecto económico que cambie la estructura económico-social de la Argentina y que aplique esos horrores con esa finalidad."

Pero la serie no quiere contar solamente cómo funcionó ese proyecto de poder. También busca mostrar qué ocurrió del otro lado: las distintas formas de resistencia que surgieron en medio de una oscuridad que parecía absoluta.

Porque incluso en los años más siniestros, sostiene Bauer, aparecieron figuras, organizaciones y proyectos capaces de generar otra clase de luz. La resistencia de las Madres y las Abuelas, la cultura, los espacios que lograron conservar la palabra, las distintas formas de oposición y, finalmente, la recuperación democrática forman parte de esa otra historia.

Ese es, quizás, uno de los sentidos más profundos del título 1976, Ecos de la memoria. No se trata solamente de recuperar imágenes de un pasado cerrado, sino de escuchar qué permanece de aquel tiempo en el presente.

Cincuenta años después, cuando siete de cada diez argentinos no habían nacido todavía cuando comenzó la dictadura, la memoria deja de ser únicamente un ejercicio de evocación y se convierte también en una responsabilidad.

Bauer vuelve sobre ese pasado desde el cine, desde el archivo, desde los testimonios y desde herramientas tecnológicas que permiten reconstruir lo que alguna vez quedó fuera de cuadro. Pero establece una condición: la reconstrucción nunca debe sustituir la memoria. Debe abrirle espacio.

La pantalla puede recuperar una imagen perdida, restaurar un registro deteriorado o sugerir un acontecimiento del que no existe documento. Lo que no puede hacer, y tampoco pretende hacerlo esta serie, es pensar por quien mira.

La última pieza de esa reconstrucción sigue perteneciendo al espectador. Y allí, medio siglo después, los ecos de 1976 vuelven a escucharse.

El miedo cotidiano y las preguntas que quedan abiertas
Hay una dimensión de la dictadura que no siempre aparece en las imágenes más conocidas. No está necesariamente en las fotografías de los centros clandestinos, en las tapas de los diarios o en las escenas de los grandes acontecimientos históricos.

Es el miedo cotidiano, el silencio, la autocensura. La sensación de vivir bajo una amenaza permanente, de medir las palabras, de saber que determinadas cosas no podían decirse. Una atmósfera que atravesó la vida diaria de millones de personas y que 1976, Ecos de la memoria intenta también recuperar.

Bauer encuentra una de las formas más contundentes de hacerlo en el testimonio de un hombre que tenía apenas ocho años cuando una patota irrumpió en su casa.

El grupo estaba dirigido por el Turco Julián. Los hombres lo tomaron y lo arrastraron del cuero cabelludo. Mientras lo sacaban, el niño alcanzó a girar la cabeza y vio por última vez a su padre.

Entonces, según el relato que Bauer recupera, el Turco Julián ordenó que le dispararan con una ametralladora en la cabeza. Uno de sus secuaces no llegó a concretar el disparo, pero volvió a recargar el arma sobre su cabeza.

La escena, por su brutalidad, obligó al equipo a preguntarse cómo debía ser representada. Inicialmente habían pensado recurrir, como en otras secuencias, a la inteligencia artificial para reconstruirla.

Pero finalmente decidieron no hacerlo.

La razón estaba delante de la cámara: el mismo hombre, ya con 58 años, relatando a cámara lo que le había ocurrido cuando era un niño.

"Es tan fuerte, es tan contundente", explica Bauer, que en ese caso optaron por el testimonio puro.

La cámara se convirtió simplemente en testigo de la narración, de la emoción y del horror.

No hicieron falta diarios, portadas, fotografías ni reconstrucciones. No hubo necesidad de agregar imágenes que pudieran competir con el relato. "Simplemente el testimonio", resume Bauer.

En ese caso, la memoria no necesitaba ser recreada porque estaba viva en la voz de quien había sobrevivido.
Borges frente al horror
En otros episodios, en cambio, la inteligencia artificial sí encontró un lugar dentro de la serie. Uno de ellos está relacionado con Jorge Luis Borges y el juicio a las Juntas Militares.

Bauer recuerda que tanto Borges como Ernesto Sábato habían visitado a Videla y compartido un almuerzo con él. En aquel momento, Borges se había mostrado condescendiente con la dictadura y con la figura del dictador.

Pero en 1985, durante el juicio a las Juntas, su mirada se encontraría con otra escena.

Borges asistió a una audiencia y escuchó el testimonio de Víctor Basterra, fotógrafo y sobreviviente de la ESMA. Basterra había sido secuestrado y utilizado como trabajador esclavo dentro del centro clandestino de detención. Su oficio de fotógrafo fue aprovechado por sus captores, pero él consiguió utilizar esa posibilidad para registrar clandestinamente fotografías que terminarían siendo fundamentales como evidencia.

Con una valentía que Bauer califica de extraordinaria, Basterra logró obtener testimonios fotográficos de la ESMA. Esas imágenes llegarían al juicio y se convertirían también en pruebas.

El relato de Basterra conmovió profundamente a Borges. Después de escuchar su declaración, el escritor tomó su pluma y escribió sobre aquello que había oído.

Entre los episodios que reconstruyó aparece una escena particularmente estremecedora: durante la Navidad, Basterra y otros prisioneros fueron sacados de sus lugares de reclusión y llevados a un espacio donde los represores habían organizado lo que él mismo definió como un "banquete", con mesas y vino, para celebrar la Navidad.

Borges convirtió aquel testimonio en una narración de enorme potencia. Y allí Bauer y su equipo sí decidieron recurrir a la inteligencia artificial para construir visualmente ese universo que Borges había descrito a partir de las palabras de Basterra.

Un mundo dantesco, profundamente perturbador, reconstruido no para reemplazar el testimonio original, sino para acompañar visualmente una memoria que ya había sido narrada y documentada.

La decisión sobre cuándo mostrar y cuándo dejar que sea la palabra la que ocupe toda la escena atraviesa así buena parte del trabajo de la serie. Para Bauer, cada recurso tecnológico debe estar subordinado a la memoria y no al revés.

De fondo aparece una pregunta que sintetiza el espíritu del proyecto: "La memoria no es un archivo cerrado, es una pregunta abierta".

"Lo demoníaco era profundamente humano"
Y las preguntas que deja abiertas la memoria de 1976 no pertenecen solamente al pasado. Para Bauer, la primera es quizá la más elemental y, al mismo tiempo, la más difícil: por qué.

¿Por qué ocurre algo así? ¿Cómo pueden los seres humanos transformarse en verdaderas bestias? ¿Cómo se llega a semejante grado de crueldad?

Bauer recuerda el alegato final de Julio César Strassera en el juicio a las Juntas, donde el fiscal evocó la dimensión demoníaca de los crímenes. También recuerda a Julio Cortázar, quien escribió que parecía que lo demoníaco había llegado a la Argentina, que parecía haberse instalado en el país. Lo demoníaco era profundamente humano, sostuvo el escritor.

Esa constatación es una de las cuestiones centrales que la memoria obliga a enfrentar.

No alcanza con imaginar aquellos crímenes como una irrupción de fuerzas incomprensibles o monstruosas. Fueron seres humanos quienes los llevaron adelante. Y fueron decisiones humanas las que permitieron construir un sistema basado en el secuestro, la tortura, la desaparición y el asesinato.

La pregunta se vuelve todavía más perturbadora cuando se observan algunos de los mecanismos específicos de la represión: el robo de niños, el secuestro de mujeres embarazadas, la decisión de mantenerlas con vida hasta que dieran a luz, apropiarse luego de esos niños y hacer desaparecer a sus madres. También los vuelos de la muerte, mediante los cuales prisioneros eran arrojados desde aviones al mar.

Para Bauer, se trata de "ideas de una perversión profundamente siniestra" que rompen cualquier barrera del humanismo.

Por eso insiste en las preguntas: "¿Cómo se llega a eso? ¿Por qué se llega? ¿Cómo se llega?".

¿Cómo hacer realidad el Nunca Más?
Pero inmediatamente aparece otra cuestión, vinculada no ya con el origen de la atrocidad sino con la responsabilidad de impedir que vuelva a suceder.

¿Cómo hacer realidad el "Nunca Más"? Bauer encuentra el origen de esa expresión en el momento en que Ernesto Sábato entregó a Raúl Alfonsín el informe de la CONADEP. Después, esa misma consigna sería retomada por Strassera en su alegato durante el juicio a las Juntas.

Desde entonces, "Nunca Más" quedó incorporado como una de las expresiones centrales de la democracia argentina.

Sin embargo, para Bauer, pronunciar esas palabras no alcanza. El desafío consiste en convertirlas en una realidad permanente, especialmente cuando determinadas señales del presente parecen mostrar que las heridas y las disputas en torno a aquella memoria todavía están abiertas.

En ese sentido, menciona un episodio que lo inquietó especialmente: a más de cuatro décadas del retorno democrático, un grupo de diputados visitó en una cárcel a figuras vinculadas con la última dictadura, entre ellas Alfredo Astiz.

De allí surge, precisamente, la necesidad de una serie como ésta: volver sobre el pasado, evocarlo y mirarlo críticamente para impedir que los errores y las atrocidades vuelvan a repetirse.
La fiesta y el horror

La realización de 1976, Ecos de la memoria tampoco estuvo exenta de impacto para quienes la hicieron.

Bauer pertenece a una generación que vivió aquellos años y que, según explica, fue testigo directo de ese período. Él mismo recuerda haber estado estudiando mientras mantenía un contacto permanente con los organismos de derechos humanos.

Sin embargo, volver a esos lugares, entrevistar nuevamente a sobrevivientes y escuchar sus relatos después de tantos años produce un impacto que no desaparece con el paso del tiempo.

Lo experimentó al entrevistar a una sobreviviente de la Noche de los Lápices, Emilce Moler. Lo experimentó también al escuchar nuevamente el relato de aquel niño que hoy, convertido en un hombre mayor, reconstruye frente a una cámara el horror que padeció a los ocho años.

Y lo experimentó especialmente al reconstruir la historia del Mundial de 1978.

Entre los testimonios aparece Ubaldo "Pato" Fillol, arquero de la Selección argentina campeona del mundo. Fillol recuerda cómo vivió aquel Mundial en el estadio de River, la alegría por el triunfo y la dimensión extraordinaria que tuvo aquella conquista para él y para millones de argentinos.

Pero existe un contraste brutal detrás de esas imágenes de felicidad. Mientras Fillol celebraba en la cancha de River, a unas siete cuadras, en la ESMA, personas secuestradas eran torturadas y asesinadas.

Fillol no lo sabía entonces. Vivía la felicidad de un triunfo deportivo que, décadas después, sigue valorando y que también forma parte de la memoria colectiva argentina.

La serie pone en tensión esas dos realidades que convivieron en el mismo espacio y en el mismo momento histórico.

Dos mujeres secuestradas en la ESMA también ofrecieron sus testimonios sobre aquellos días. Según sus relatos, fueron sacadas del centro clandestino durante los festejos del Mundial. A una la llevaron a un bar. A otra la trasladaron dentro de un Peugeot y abrieron una especie de escotilla del vehículo para mostrarle lo que ocurría afuera.

La fiesta y el horror existían simultáneamente.

La alegría colectiva de las calles no anulaba el sufrimiento de quienes estaban desapareciendo en los centros clandestinos. Y el sufrimiento de quienes estaban secuestrados tampoco hacía que la sociedad entera dejara de celebrar un acontecimiento deportivo que esperaba desde hacía décadas.

Para Bauer, esos contrastes son especialmente fuertes porque permiten reconstruir algo que las imágenes aisladas muchas veces no consiguen mostrar: la complejidad de la vida cotidiana durante la dictadura, esa convivencia entre la normalidad aparente y el terror clandestino.

En ese territorio se mueve 1976, Ecos de la memoria. Entre los grandes acontecimientos y las historias íntimas; entre los documentos y las evocaciones; entre aquello que quedó registrado y aquello que sólo puede reconstruirse a través de la palabra de quienes lo vivieron.

La serie comenzará a emitirse por Canal 9 a las 22 horas y continuará todos los domingos. Serán cuatro capítulos dedicados a recorrer aquel período desde la perspectiva de medio siglo después.

Cincuenta años más tarde, la memoria vuelve a mirar las mismas escenas, pero encuentra nuevas preguntas. Algunas imágenes se pueden restaurar. Otras deben ser reconstruidas. Algunas historias necesitan de archivos y documentos. Otras sólo requieren que alguien se siente frente a una cámara y cuente lo que le pasó.

Porque, en definitiva, hay recuerdos que no necesitan ser ilustrados. Necesitan ser escuchados.

Construir contra la motosierra
La conversación finalmente se corre de 1976, Ecos de la memoria y se instala en otro territorio, aunque en el fondo vuelve a tocar la misma preocupación: qué lugar ocupa el Estado en la construcción de una sociedad y qué ocurre cuando aquello que durante años se construyó comienza a ser desmantelado.

Bauer conoce de cerca ese proceso. Fue creador y director de Canal Encuentro y en 2013 presidió Radio y Televisión Argentina. Durante su gestión se produjeron documentales, ficciones y películas desde la televisión pública, Canal Encuentro y otros espacios estatales.

También participó de aquel momento que considera fundacional para la comunicación audiovisual argentina: el proceso iniciado en 2009 con la adopción del sistema de Televisión Digital Abierta y el nacimiento formal, el 31 de agosto de ese año, del Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre.

El sistema fue creado mediante el Decreto 1148/2009, que estableció entre sus objetivos promover la inclusión social, la diversidad cultural y la democratización de la información. En los años siguientes, el proceso incorporó nuevas normas y una Plataforma Nacional de Televisión Digital Terrestre. 

Para Bauer, aquella política formó parte de una etapa más amplia de expansión de los medios públicos y de construcción de herramientas de comunicación audiovisual. Al escuchar ese recorrido, vuelve mentalmente a aquellos años. 

"Fueron tiempos de construcción y de construcción muy hermosa", dice. Y agrega una pieza que considera imprescindible en esa historia: el nacimiento de Paka Paka, el canal destinado a niños y niñas, desarrollado desde el Ministerio de Educación.

Hablar de aquellos proyectos lo lleva a recordar momentos de su propia vida. Fueron, cuenta, años de una enorme intensidad y de un trabajo inmenso, pero sobre todo años en los que sintió que se estaba construyendo desde el Estado.

Su lectura del presente es muy diferente. Bauer lo define como una etapa de destrucción. Lo vincula con una idea que, según sostiene, aparece una y otra vez cuando se observan los grandes proyectos históricos: existen momentos de construcción y momentos de destrucción.

Y encuentra un símbolo particularmente claro en la campaña presidencial de Javier Milei. "No te olvides que este presidente hizo toda su campaña con una motosierra", señala Bauer. 

Para él, no se trata de una imagen inocente: "La motosierra es una máquina para destruir la vida, justamente es para talar árboles, para talar la naturaleza, por eso fue diseñada y construida. Su símbolo fue ese".

Frente a ese escenario, dice, él seguirá apostando por la construcción. "Yo creo y voy a apostar siempre a la construcción y no a la destrucción", afirma.

Y plantea la necesidad de fortalecerse y trabajar para atravesar una etapa que considera regresiva.

De la construcción de medios públicos a su desmantelamiento
El contraste que plantea Bauer no queda solamente en el terreno de la metáfora.

Desde el comienzo de la actual gestión nacional, los medios públicos atravesaron una serie de medidas de ajuste, intervención y reducción de estructuras. En enero de 2024, por ejemplo, se informó la suspensión de dos noticieros y de programas tercerizados de la TV Pública, mientras el Gobierno ratificaba su intención de avanzar sobre los medios estatales. 

El proceso continuó en los años siguientes. En diciembre de 2025 se informó que el Gobierno buscaba desprenderse de unos 500 trabajadores de la TV Pública y Radio Nacional, mientras que en febrero de 2026 se lanzó un nuevo plan de retiros voluntarios para los medios públicos.

En ese contexto, la discusión sobre qué significa construir medios públicos adquiere para Bauer una dimensión que excede su propia trayectoria.

La comparación con los años de creación de Canal Encuentro, Paka Paka, la Televisión Digital Abierta y otras herramientas estatales de producción y distribución audiovisual forma parte de una misma discusión: qué sociedad se busca construir cuando el Estado decide invertir en comunicación y qué ocurre cuando esa decisión política se revierte.

La fecha vuelve a funcionar como un punto de referencia. El 31 de agosto de 2009 fue creado formalmente el Sistema Argentino de Televisión Digital Terrestre. La norma estableció como objetivos la inclusión social, la diversidad cultural y la democratización de la información. 

Diecisiete años después, la fecha encuentra a los medios públicos atravesando un proceso muy diferente al de aquella etapa de expansión. Es en ese contraste donde Bauer ubica buena parte de su preocupación.
"Somos nosotros los que tenemos que unirnos"

En ese punto, vuelve nuevamente a la memoria de la serie.

Entre los testimonios que rescata hay uno de Julio Cortázar, cuya historia personal también permite hablar del exilio. Cortázar había abandonado la Argentina por decisión propia, pero posteriormente sus libros fueron censurados y se le impidió regresar. Se convirtió así en un exiliado, uno más entre los muchos argentinos que debieron abandonar el país durante la dictadura.

El exilio también ocupa un lugar dentro de 1976, Ecos de la memoria. Y Cortázar aparece como una de las voces capaces de conectar aquel período con las responsabilidades del presente.

Bauer recuerda una entrevista realizada en Ezeiza cuando el escritor regresó a la Argentina, durante el triunfo de Raúl Alfonsín, poco antes de la asunción presidencial.

Cortázar reconocía entonces que los argentinos habían atravesado "un periodo espantoso", pero advertía que no había que esperar la llegada de ningún profeta que viniera a salvarlos.

La idea que Bauer rescata de aquellas palabras es directa: los argentinos tenían que salvarse entre todos, porque de lo contrario no los salvaría nadie.

Esa reflexión, sostiene, mantiene una vigencia particular en los momentos que considera de destrucción.

"Lo importante es eso, tomar conciencia que somos nosotros los que tenemos que unirnos y salir de esta etapa y tomarnos nuevamente de la mano para construir y reconstruir todo lo que se ha destruido."

En esa mirada aparece también una convicción que Bauer conserva desde aquellos años de construcción de medios públicos: el papel del Estado.

"Desde el Estado, solamente desde el Estado se pueden hacer cosas que desde ese espacio se pueden hacer", afirma.

Y en esa tarea asigna un lugar central a las herramientas audiovisuales. El cine y la televisión, sostiene, pueden convertirse en instrumentos extraordinarios de transformación social, capaces de producir efectos beneficiosos en la vida de las personas.

Es una concepción que atraviesa toda su trayectoria: el audiovisual no como mero entretenimiento, sino como espacio de construcción cultural, de memoria, de educación y de transformación.

La voz contra el silencio
Quizás por eso el cierre de la conversación vuelve, inevitablemente, a las voces que forman parte de 1976, Ecos de la memoria.
El trailer de la serie condensa en pocos minutos buena parte de ese universo. Se escucha primero la voz del genocida Jorge Rafael Videla, hablando de la juventud argentina como heredera del esfuerzo que se estaba realizando. Después aparecen los relatos de quienes fueron perseguidos por sus ideas.

Un sobreviviente recuerda cómo lo torturaban mientras el represor tomaba whisky. Otra voz resume aquella época como una lucha entre quienes estaban "a favor de la muerte" y quienes estaban "a favor de la vida".

Aparecen también los desaparecidos, la imposibilidad de pensar qué edad tendrían hoy, la maquinaria burocrática que convertía a una persona en un "incógnito", en un desaparecido. Aparece el relato de la tortura y la brutalidad de los interrogatorios.

Y vuelve una de las ideas que Bauer considera centrales: "Los jefes del golpe fueron civiles". Después llega el testimonio del hombre que tenía ocho años cuando una patota ingresó a su casa.

Recuerda a sus hermanos, a su padre cocinando, a su madre Lila. Recuerda a los aproximadamente siete integrantes de aquella patota y al Turco Julián dando las órdenes. Recuerda cómo lo agarraron. Recuerda la ametralladora apoyada a la altura de su cabeza.

Y, por encima de todo, recuerda el rostro de su padre. "Fue la última vez que lo vi". La dictadura aparece entonces no sólo como una estructura represiva, sino como un sistema que persiguió "ideas, voces, miradas". 

El trailer se desplaza hacia la cultura. Las prohibiciones, la censura, las películas que fueron retiradas.

Una voz oficial afirma: "Hemos prohibido ya 125 películas. Estoy muy satisfecho de esa tarea higiénica". Del otro lado, aparece el sentido de esa persecución: el intento de aplastar una cultura que consistía, precisamente, en pensar por sí misma, cuestionar, imaginar.

Se recuerda el incendio del Teatro Picadero y, frente a la censura, las distintas formas que asumió la resistencia. "La resistencia se escribía, se dibujaba, se actuaba y se cantaba". 

Y entonces aparece Mercedes Sosa. Su regreso a los escenarios durante la dictadura generó temor incluso entre quienes la rodeaban. Cuando volvió a cantar en el Teatro Ópera, recuerda el testimonio de León Gieco: "Mercedes, ¿por qué volvés? Todavía no terminó la dictadura". Pero volvió.

Y fueron numerosos los conciertos que ofreció en aquel teatro. Para Gieco, ese regreso tiene un significado que excede largamente la música. "Mercedes Sosa fue el ícono de la democracia."

La frase funciona casi como una síntesis del recorrido que propone la serie: frente al silencio, la voz; frente a la censura, la cultura; frente al miedo, la resistencia; frente a la destrucción, la construcción.

Cincuenta años después del golpe, Bauer vuelve sobre aquellas imágenes y aquellos testimonios no sólo para reconstruir qué ocurrió en 1976, sino para preguntarse qué queda de aquella experiencia en el presente.

El pasado aparece entonces como una advertencia y, al mismo tiempo, como una herramienta para pensar el futuro.

Por eso insiste en la necesidad de recordar. No como quien abre un archivo cerrado, sino como quien vuelve a formular preguntas.

La memoria, en su mirada, no termina cuando se apagan las imágenes del pasado. Continúa en las decisiones del presente, en la defensa de la democracia, en la cultura, en los medios públicos, en la posibilidad de que una sociedad vuelva a construir aquello que considera necesario.

Y también en la certeza de que ninguna etapa está definitivamente ganada. Quizás por eso, al final de la conversación, su reflexión sobre los medios públicos termina dialogando con la memoria de 1976.

Porque para Bauer ambas cuestiones están atravesadas por una misma idea: construir es una decisión política y cultural. Y cuando una sociedad decide recordar, también decide qué quiere defender.

1976, Ecos de la memoria se estrenará por Canal 9 a las 22 horas y tendrá cuatro capítulos, que se emitirán los domingos. La serie se propone recorrer cronológicamente aquel período y sus consecuencias, pero también algo más difícil: reconstruir el clima de una época y preguntarse qué significa hoy, medio siglo después, pronunciar todavía dos palabras que Bauer considera esenciales.

Nunca más.

Escuchá la entrevista completa:

jueves, 27 de agosto de 2026

Omar Ruben Rada Silva 1943 - 2026

La última vez que Ruben Rada habló de su propia muerte no pidió silencio. Pidió música.

En 2010, durante una visita a Berlín, un periodista de Búsqueda quiso saber cómo le gustaría ser recordado cuando ya no estuviera. Rada pensó un instante y contestó con esa mezcla tan suya de desparpajo, humor y lucidez: "Como un loco. Que se divirtió, que fusionó y que dejó, como Picasso o como Dalí, algunos buenos cuadros".

No habló de premios. No habló de homenajes. No habló de la gloria. Habló de divertirse.

Y varios años antes había dejado escrito algo todavía más preciso. En Muriendo de plena, una canción de Quién va a cantar, el disco que lo convirtió en una estrella popular de dimensión masiva, había imaginado su propio velorio:

"Cuando yo me muera no quiero llanto ni pena / prefiero que se me vele / bailando una rica plena".

El miércoles 26 de agosto de 2026, a las 15.30, Ruben Rada murió en Montevideo, a los 83 años, después de casi un mes de internación en terapia intensiva por una neumonía bilateral y sus complicaciones.

La familia lo comunicó con un mensaje breve. Había peleado un mes. Había peleado hasta donde pudo.

Después, como si la canción hubiera sido una profecía, los tambores empezaron a sonar.

En el Palacio Legislativo, donde se realizó el velatorio, Muriendo de plena salió por los parlantes. Y por un momento el dolor tuvo que compartir el espacio con otra cosa: el movimiento. Los hijos de Rada —Lucila, Julieta y Matías— cantaron y bailaron. También Natalia Oreiro, Ricardo Mollo, Jorge Nasser y otros artistas se dejaron llevar por el ritmo.

En Palermo, en Isla de Flores, donde el candombe no necesita presentación ni permiso, la despedida tomó otra forma: tambores, comparsas, gente en la calle.

Era difícil imaginar una despedida más fiel.

Rada había pedido que lo velaran bailando.

Y eso hicieron.

Omar Ruben Rada Silva había nacido el 16 de julio de 1943, en un Montevideo que todavía estaba lejos de saber cuánto iba a cambiar su música.

Tenía diez años cuando empezó a hacer imitaciones en la comparsa Morenada. Lo llamaban Zapatito, una broma por la talla 43 que calzaba aquel niño flaco que ya entendía que arriba de un escenario podía convertirse en otra cosa.

Aunque, en realidad, nunca dejó de ser él mismo.

Muchos años después, cuando le preguntaban por sus personajes, lo explicaría de una manera sencilla: podía pintarse de verde o de azul, podía disfrazarse, podía interpretar a un rey o a Richie Silver, pero siempre era Rada.

Ese fue quizás el personaje más extraordinario que creó.

Rada.

El Negro.

El cantante que podía hacer reír y, un segundo después, cantar una melodía capaz de dejar a una sala entera en silencio.

El percusionista que podía convertir un tambor en una batería.

El compositor que, sin haber pasado por una formación musical académica, escuchaba una canción completa dentro de su cabeza y después se la transmitía a los músicos tarareando, haciendo sonidos, inventando palabras, imitando instrumentos.

No sabía leer la música como un académico.

La escuchaba como un animal.

Y la música parecía hablarle en todos los idiomas.

Antes de ser una estrella fue hombre de la noche.

Cantó como crooner, animó cafés concert, hizo imitaciones y encontró en los escenarios montevideanos un laboratorio donde aprender algo que ninguna escuela podía enseñar: cómo entrar en contacto con una audiencia.

Después llegaron los Hot Blowers. Jazz. Dixieland. Humor. Rock and roll. 

Allí apareció Richie Silver, ese alter ego con el que Rada jugaba a ser un crooner de otra época y demostraba que su talento no tenía una sola forma.

Podía ser un cantante de soul, un rockero, un payaso, un showman, un percusionista... Y podía hacer todo eso sin dejar de ser un músico profundamente ligado al candombe.

A comienzos de los años sesenta, el joven Rada todavía no sabía que estaba participando de algo mucho más grande que una serie de bandas.

La revolución estaba por empezar. Con Eduardo Mateo y El Kinto llegó el candombe beat. Hoy la fórmula parece sencilla. Entonces no lo era.

El candombe era una tradición. El rock venía de otra parte. La bossa nova hablaba otro idioma. Las guitarras eléctricas parecían pertenecer a otro universo. Rada y Mateo los pusieron a convivir.

El Kinto electrificó el candombe, incorporó batería, guitarras, tumbadoras y una sensibilidad urbana que convirtió el ritmo ancestral en una música nueva.

No fue simplemente una banda. Fue una idea.

La idea de que la música uruguaya podía mirar al mundo sin dejar de hablar en español. La idea de que el candombe no tenía por qué quedar encerrado en el desfile o en el tablado. La idea de que el tambor podía entrar en una canción de rock.

De ahí salieron Mejor me voy, Don Pascual, Pippo, Suena blanca espuma, Muy lejos te vas y muchas otras canciones que con el tiempo se convertirían en piezas fundacionales de la música popular uruguaya.

Rada todavía no era una leyenda.

Pero ya estaba ayudando a construir el territorio donde después otros músicos iban a caminar.

Hubo una puerta que no se abrió. 

Los Shakers, los hermanos Fattoruso, la beatlemanía rioplatense, Buenos Aires. Rada llegó a grabar algunos temas y viajó con ellos. Pero apareció un límite que no era musical.

Era racial.

Su color de piel no coincidía con la imagen que algunos productores querían para un megaéxito beat. A veces la historia de una música también se escribe con las puertas que alguien decidió cerrar. Rada, sin embargo, encontró otra manera de entrar. No tuvo una carrera. Tuvo muchas.

En los primeros años setenta apareció Totem. Y ahí el Negro se convirtió en frontman (lider). No simplemente en cantante: en frontman. El escenario parecía haber sido diseñado para él.

Totem, de 1971, y Descarga, de 1972, dejaron una serie de canciones que todavía conservan la electricidad de aquellos años: Dedos, Heloísa, Biafra, Negro, Orejas, De este cielo santo, Todo mal, Descarga.

En Negro, Rada parecía mirarse en un espejo: "Negro que vivís cantando, negro que vivís soñando...". No había victimización. Había afirmación, orgullo y ritmo. Mucho ritmo. 

Y había una conciencia cada vez más clara de que su lugar en la música también significaba ocupar un espacio para la comunidad afrodescendiente del Uruguay.

Rada nunca dejó de hablar de eso. Pero tampoco permitió que su identidad se convirtiera en una cárcel.

Su música podía viajar. Y viajó.

Su carrera solista había empezado en 1969 con Las manzanas. Parecía entonces el comienzo de una carrera. Con el tiempo se descubriría que era apenas el primer capítulo. Más de 35 discos como solista. Más de 60 registros si se cuentan sus diferentes proyectos y colaboraciones.

Una discografía imposible de resumir porque parece escrita por varios músicos.

Radeces. La Rada. En familia. Adar Nebur. La yapla mata. Pa’ los uruguayos. Terapia de murga. Montevideo. Black. Quién va a cantar. Alegre caballero. Bailongo. Tango, milonga y candombe. Negro rock. Confidence. Gamurgatrónica.

Y entre un disco y otro, como si nada, Rada cambiaba de piel: Candombe, Rock, Pop, Jazz, Funk, Soul, Tango, Milonga, Murga, Flamenco, Samba, Salsa, Cha-cha-chá, Música para niños, Música instrumental, canciones de amor, de humor, políticas, absurdas. Canciones que parecían simples y escondían una idea enorme. 

En 1975 grabó Radeces. Ahí estaba Malísimo, una canción que Rada consideraba su mejor letra.

Y estaba Ayer te vi. Un riff. Un candombe. Una madrugada.

Una frase que parecía salir directamente de las calles de Montevideo: "No te vas a morir porque a vos te dé la gana / y vení a candombear a las tres de la mañana".

Rada había encontrado una de sus claves.

El candombe podía ser fiesta. Pero también podía ser memoria. Podía hablar del barrio. Podía hablar de la raza. Podía hablar de la noche. Podía hablar de la vida. Después vino S.O.S. Y después, Estados Unidos. Y entonces Opa.

Hugo Fattoruso, Osvaldo Fattoruso, Ringo Thielman y Rada. La música se volvió todavía más grande. 
Jazz-rock de vanguardia. Improvisación. Candombe. Funk. Música afroamericana. Una sensación casi espacial. African Bird. Montevideo.

En esta última, Rada canta en falsete una melodía que quedó para siempre en la memoria de la música uruguaya. Opa parecía tocar desde otro lugar. Rada, en cambio, seguía teniendo los pies en Montevideo. Esa era su magia.

Podía cantar sobre un groove que parecía venir de Nueva York y, de pronto, hacer aparecer una calle de Palermo.

A mediados de los setenta volvió a Buenos Aires. Y allí ocurrió algo fundamental. Lo adoptamos.

Rada dejó de ser solamente el músico uruguayo de culto, el hombre que había participado de El Kinto, Totem y Opa.

Y se convirtió en una figura popular.

En los años ochenta grabó discos que todavía funcionan como una especie de mapa de su etapa argentina: La banda, La Rada, En familia, Adar Nebur, La yapla mata, Pa’ los uruguayos, Terapia de murga.

En Buenos Aires podía ser un músico sofisticado y, al mismo tiempo, profundamente popular. En Obras Sanitarias, la catedral rockera de aquellos años, quedó registrado La cosa se pone negra. 

Y allí está la prueba que ninguna estadística puede reemplazar. La gente. El público porteño cantando. El público gritando. El público pidiendo: "Tocá, che Negro Rada". Y Rada tocando, a más no poder.

En La yapla mata estaba Tengo un candombe para Gardel. Era imposible imaginar una canción más rioplatense. Los muchachos de la barra callejera. La vereda. Los tambores. Gardel. Una muchacha que pasa. El calor de abril.

Rada entendía algo que pocos artistas de una orilla consiguen entender: que Uruguay y Argentina podían tener fronteras, pero compartían demasiadas canciones como para respetarlas.

Por eso podía cantarle a Gardel desde el candombe.

Por eso podía ser uruguayo en Buenos Aires sin dejar de ser profundamente argentino para el público que lo había adoptado.

Por eso, décadas después, músicos argentinos de generaciones diferentes seguirían hablando de él con la reverencia que se tiene por los artistas que enseñaron algo sin proponérselo.

Rada nunca dejó de ser un músico de amigos. Hugo Fattoruso. Eduardo Mateo. Litto Nebbia. Mercedes Sosa. Fernando Cabrera. Javier Malosetti. Claudio Taddei. Fito Páez. Y muchos y muchas más.

Podía grabar La luna llena con Mercedes Sosa y hacer que dos voces enormes compartieran un mismo paisaje. 

Podía cantar Te abracé en la noche con Fernando Cabrera y reducirlo todo a una guitarra y dos voces.

Podía volver a encontrarse con Hugo Fattoruso para cantar Candombe para Figari.

Podía hacer una salsa alucinógena. Una milonga. Un soul. Un funk. Una canción infantil.

Rada nunca parecía preguntarse si una música pertenecía a su mundo. Si le gustaba, entraba. En 1994 volvió a Uruguay después de 25 años.

Regresó con Montevideo, grabado en Nueva York, y con una banda en la que aparecían músicos jóvenes que después serían fundamentales. Los hermanos Ibarburu. Gustavo Montemurro.

Y alrededor de ellos una nueva generación. Rada ya era una figura histórica. Pero todavía no había llegado su momento de mayor popularidad. Llegaría en el año 2000. Y sería un disco pop.

Quién va a cantar fue producido por Cachorro López, uno de los nombres centrales del pop latinoamericano de aquel momento.

Rada entendió que podía hacer algo que durante años había sido sospechado como una traición por cierta parte del ambiente musical uruguayo: podía hacer música comercial.

Y lo hizo. Con Cha-cha muchacha. Muriendo de plena. Quién va a cantar. No me queda más tiempo. Mi país. El Negro llegó a las radios. Llegó a las casas. Llegó a gente que quizá nunca había escuchado Totem. Gente que no sabía qué era Opa. Gente que jamás había visto un tablado.

Rada se convirtió en una estrella pop. Y no pidió disculpas. 

Había pasado demasiados años escuchando que un artista debía sufrir para ser auténtico.

Él pensaba otra cosa. También había que comer. También había que vivir. También estaba permitido querer que una canción fuera un éxito. Por esos mismos años apareció otro Rada. El de los niños.

Rada para Niños fue mucho más que una colección de canciones infantiles. Fue otra forma de popularidad. Otra manera de entrar en las casas. Rada entendía a los chicos sin tratarlos como adultos pequeños ni como espectadores de segunda. 

Cuando actuaba para niños que no podían pagar una entrada, decía que el espectáculo debía ser exactamente el mismo.  

Las mismas luces. El mismo sonido. El mismo amor. Tal vez porque él sabía perfectamente lo que significaba crecer con poco. No había que explicarle la pobreza. La había vivido. Y quizá por eso tampoco aceptaba romantizarla.

En algún momento de su vida llegó a decir que estaba cansado.

Del escenario. De los viajes. De ser patrón. De tener que conseguir sonido, luces, pagar músicos, resolver problemas, mirar cuentas. Quería grabar. Quería estar cerca de sus hijos. Quería tocar la batería con algún amigo. Quería subirse a un escenario como un músico más.

Nunca llegó a retirarse del todo. O quizás nunca pudo. Porque la música era el lugar donde Rada volvía a encontrarse consigo mismo.

En 2018 presentó Parte de la historia en el Teatro Solís. Después llegó al Sodre. Era un viaje por El Kinto, Totem y Opa. Una mirada hacia atrás. Pero no era nostalgia.

Rada nunca fue un hombre demasiado interesado en quedarse mirando el pasado.

Tomaba las canciones viejas y las volvía a poner en movimiento. Ahora, sus hijos estaban allí: Lucila, Julieta y Matías.

El hombre que había comenzado tocando tambores siendo un niño había terminado construyendo una banda familiar. 

Y todavía podía cantar. Todavía podía bailar. Todavía podía hacer que una canción de cincuenta años pareciera nueva.

Había hecho también casi todo lo demás: Cine, televisión, radio, humor, conducción...

Fue actor en El Chevrolé y prestó su voz a Frozono en Los increíbles. Apareció en Gasoleros, Telecataplum, El show del mediodía y Porque te quiero así. Condujo Radar, El teléfono, La puerta grande y Décadas. Fue jurado de La voz.

Ganó siete premios Gardel. Decenas de premios en su país. Fue declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. Recibió la Medalla Delmira Agustini. 

Pero antes, en 2011, se convirtió en el primer uruguayo en recibir el Grammy Latino a la Excelencia Musical.

Pero los premios, incluso los más importantes, cuentan apenas una parte.

La verdadera medida de Rada estaba en otra parte. Estaba en sus canciones: El negro chino, Candombe pa’l Fatto, Botija de mi país, Las manzanas, Negro, Descarga, Mandanga dance, Quién va a cantar, Te abracé en la noche, Ayer te vi, Tengo un candombe para Gardel, Muriendo de plena...

En esa capacidad casi inagotable de transformar una melodía en una escena.

Rada podía cantar una milonga con la gravedad de un cantor veterano y, al rato, aparecer como Richie Silver, disfrazado de crooner, haciendo un soul con ecos de Barry White. Podía cantar Sinatra, Charly García, Alfredo Zitarrosa y Atahualpa Yupanqui.

Podía grabar con Peke 77 y reconocerse en un músico de una generación que había nacido mucho después que él. Podía entrar en el trap sin parecer un invitado extraño. 

Porque Rada no perseguía las modas. Las absorbía. Su cabeza musical era una galaxia.

Así lo definió Mauricio Ubal al despedirlo en nombre de la Academia Nacional de Letras. 

Pero hay otra palabra que quizás explique mejor el fenómeno. Swing. Rada tenía swing. Cuando cantaba, tocaba, hablaba, cuando se reía o hacía un personaje. Incluso cuando discutía.

Era un artista que nunca perdió el barrio aunque recorriera el mundo. Nunca dejó de ser aquel niño de Palermo aunque cantara en Nueva York. Nunca dejó de ser uruguayo aunque se convirtiera en uno de los ídolos populares de nuestro país.

Nunca dejó de ser negro aunque durante décadas la industria intentara decirle qué aspecto debía tener un éxito.

Y nunca dejó que el reconocimiento lo transformara en estatua.

Su hija Lucila lo explicó después del velatorio con una frase que quizás resume mejor que cualquier homenaje la dimensión de lo que acaba de suceder. "Tenemos una familia mucho más grande ahora, que es todo un país".

Había visto llegar a miles de personas al Palacio Legislativo. Había visto la red de afecto alrededor de su familia. Había visto que el hombre que había sido su padre también había sido, de algún modo, un padre musical para generaciones enteras.

Por eso pidió que no dejaran morir sus ganas de vivir. Que escucharan sus canciones. Que las pasaran a sus hijos. Que alguien triste, alguien deprimido, alguien que estuviera pasando un mal momento, pudiera encontrar en ellas una razón para seguir.

Que Rada fuera un papá para todo Uruguay, pidió. Para siempre. El miércoles 26 de agosto, el Negro dejó de respirar. Pero la música no se terminó. Los tambores salieron a la calle.

En el Palacio Legislativo sonó Muriendo de plena. Y aquellos versos que alguna vez parecieron una provocación se transformaron en instrucciones para una despedida. No hubo manera de cumplirlas literalmente. 

Hubo llanto, pena, mucho dolor. Pero también hubo baile. Porque Rada tenía razón en algo fundamental: la tristeza no podía contar toda la historia.

Su vida había sido demasiado grande para terminar en silencio.

Y que, en algún lugar a las tres de la mañana, vuelva a escucharse aquella vieja certeza:

Negro, no te vas a morir porque a vos te dé la gana.

Vamos a candombear.

Aportes: Búsqueda, La Diaria, Archivo Señales

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