domingo, 5 de abril de 2026

Despido en el PAMI Rosario: un caso individual que expone un conflicto estructural

La desvinculación de la dirigente sindical Melina Gutiérrez (foto) desató denuncias de persecución gremial y reavivó cuestionamientos sobre el ajuste, la precarización laboral y el futuro del sistema de salud para jubilados
En Rosario, el conflicto en el PAMI dejó de ser un episodio aislado para transformarse en una señal de un proceso más amplio. El despido de Melina Gutiérrez —trabajadora con nueve años de antigüedad y secretaria general de la Junta Interna de ATE— encendió alarmas dentro y fuera del organismo. Desde el gremio, la desvinculación fue leída no como un hecho administrativo más, sino como un caso de persecución sindical enmarcado en un contexto político atravesado por recortes, precarización laboral y denuncias de vaciamiento en los policlínicos PAMI 1 y PAMI 2.

Mientras se multiplican los reclamos por el deterioro en la atención de jubilados y jubiladas, emergen interrogantes más profundos sobre el funcionamiento interno del organismo, los márgenes de acción de la organización sindical y el rumbo del sistema de salud destinado a los sectores más vulnerables. En ese escenario, el caso de Gutiérrez adquiere un valor simbólico: muchos sectores repudiaron su despido y lo vincularon a un plan de ajuste que, según denuncian, implica la quita de tres mil cápitas a los policlínicos locales. La respuesta gremial ya se proyecta en una jornada de protesta con presencia de dirigentes nacionales.

Una denuncia de persecución sindical
En Señales, y desde su propia voz, Gutiérrez inscribe su despido en una trama de conflicto más amplia. Lo define como un acto de persecución gremial e ideológica, orientado a silenciar reclamos históricos: el pase a planta de trabajadores precarizados y la denuncia de manejos irregulares en los recursos del PAMI. Advierte que su caso no es aislado, sino un anticipo de lo que podría suceder con otros trabajadores si avanza el cierre o el vaciamiento de los policlínicos.

Durante casi una década se desempeñó en el PAMI 2, cumpliendo jornada completa en condiciones de precariedad laboral. Su trayectoria, según subraya, no registra sanciones ni cuestionamientos en el plano profesional, lo que refuerza su interpretación de que la desvinculación responde a su rol sindical. En tanto representante gremial, además, considera que el despido carece de sustento legal.

En su relato, la dimensión personal y la política aparecen entrelazadas. Se describe como trabajadora, mujer y madre, atravesada por años de lucha por derechos laborales dentro de un sistema que —según afirma— no solo no avanzó en su regularización, sino que profundizó la precariedad. En ese recorrido, su militancia sindical se volvió inseparable de su identidad dentro del organismo.

Un sistema de salud bajo tensión
Para Gutiérrez, el despido se inscribe en una estrategia más amplia del gobierno nacional, al que acusa de impulsar un proceso de ajuste sobre el Estado y, en particular, sobre los trabajadores estatales. Interpreta las políticas actuales como una ofensiva directa contra la organización gremial, destinada a debilitar la capacidad de resistencia. En ese marco, retoma declaraciones del propio oficialismo para reforzar su lectura de confrontación abierta.

La metáfora bélica aparece reiteradamente en su discurso: habla de una "guerra" contra los trabajadores estatales y sostiene que el PAMI no es ajeno a ese escenario. Desde su perspectiva, la decisión de despedirla busca disciplinar y desalentar la organización colectiva. Golpear a una dirigente, afirma, es golpear al conjunto de los trabajadores.

En paralelo, denuncia un proceso de transformación del sistema de atención que impacta directamente en los afiliados. Según su descripción, se avanza en un modelo de desguace y achique de los policlínicos, con reducción de complejidad y traslado de pacientes hacia el sector privado. Allí, advierte, las condiciones de atención se deterioran: los turnos se dilatan y los jubilados quedan relegados.

Frente a ese escenario, la respuesta —dice— ha sido la organización y la protesta. La salida a la calle, lejos de ser una reacción aislada, forma parte de una estrategia sostenida para visibilizar el conflicto. Y, según su lectura, la respuesta del gobierno no ha sido el diálogo, sino el castigo. Sin embargo, lejos de retroceder, plantea que la reacción del colectivo será profundizar la unidad y la organización.

Un despido con responsables señalados
El modo en que se enteró de su despido refuerza, en su relato, la idea de arbitrariedad. La notificación llegó la noche del 31 de marzo, cerca de las diez y media, mientras realizaba tareas cotidianas en su casa. Al día siguiente debía continuar su jornada laboral, pero su nombre no figuraba en la lista de renovaciones contractuales. De los trescientos contratos revisados, asegura, fue la única persona desvinculada.

La decisión, según identifica, tiene un responsable concreto: Pablo Flores, administrador de los efectores propios de Rosario. Lo señala como la figura que ejecutó la medida y lo vincula directamente con la conducción política del organismo. Desde su mirada, la singularidad de su caso —ser la única despedida— refuerza la hipótesis de persecución.

Gutiérrez insiste en que su desempeño laboral no ofrece argumentos para justificar la desvinculación. Durante años cumplió funciones en el servicio de internación, con horario matutino y sin antecedentes negativos. Por el contrario, sostiene que su intervención solía ser requerida cuando surgían conflictos o reclamos de afiliados, en su rol de representante sindical.

No es la primera vez, recuerda, que la gestión intenta apartarla. Hubo un intento previo apenas iniciada la actual administración, que no prosperó. Esta vez, sin embargo, la decisión se concretó.

Al referirse a la conducción local, su crítica se extiende a la gestión en general. Afirma desconocer la experiencia previa de Flores, pero asegura que los resultados evidencian una falta de capacidad en la administración. Menciona, como ejemplo, la ausencia de incorporaciones de personal desde su asunción: ni enfermeros ni mucamos, en un contexto que —según describe— ya era crítico.

También cuestiona los viajes frecuentes del funcionario a Buenos Aires. Según su interpretación, lejos de traducirse en soluciones, esos desplazamientos no lograron revertir los problemas estructurales del PAMI en Rosario. Incluso desliza, con ironía, que esas visitas podrían haber tenido otros fines, lo que habría generado tensiones previas entre ambos.

El impacto en la vida cotidiana
La situación interna que describe es alarmante: salarios bajos, trabajadores obligados a multiplicar empleos y una relación desproporcionada entre personal y pacientes. Habla de enfermeros que atienden hasta veinte personas y de sueldos que no alcanzan para sostener condiciones dignas. En ese contexto, sostiene que cada denuncia gremial es respondida con hostilidad por parte de la gestión.

El despido, entonces, aparece como una reacción frente a esa exposición pública de las falencias. Para Gutiérrez, la decisión busca disciplinar mediante el ejemplo: un castigo visible que advierta a otros trabajadores sobre las consecuencias de denunciar.

Sin embargo, su relato no se agota en la dimensión política. La escena se vuelve más íntima cuando describe el impacto personal de la medida. Se trata, dice, de una mujer con una hija de tres años, enfrentada de un día para otro a la incertidumbre económica. La posibilidad de sostener el alquiler o garantizar la escolaridad de su hija se vuelve una preocupación inmediata.

Una historia dentro de un proceso mayor
Esa dimensión cotidiana convive con una lectura estructural del problema. Se considera una más entre miles de trabajadores afectados por políticas de ajuste a nivel nacional. Señala que, junto con las renovaciones en el PAMI, se revisaron decenas de miles de contratos en el Estado, lo que amplía el alcance del conflicto más allá de su caso particular.

Así, su historia individual se entrelaza con un proceso colectivo. El despido deja de ser un hecho aislado para convertirse en síntoma de una política más amplia, donde las disputas laborales, la organización sindical y el modelo de atención en salud se cruzan en un mismo escenario.

El caso de Melina Gutiérrez se inscribe, en su propia interpretación, en un escenario que excede ampliamente su situación individual. A partir del primero de abril, señala, muchas familias quedaron de un día para otro sin ingresos, en una dinámica que define como parte de un plan sistemático del gobierno de Javier Milei orientado a golpear al empleo estatal. En ese marco, describe una ofensiva que no solo apunta a reducir estructuras, sino a desarticular el rol del Estado como garante de derechos.

Frente a esa lógica, contrapone una mirada opuesta: sostiene que los trabajadores buscan fortalecer y hacer más eficiente lo público. Advierte que cada cierre o debilitamiento de organismos como la ANSES, el Ministerio de Trabajo, el CONICET o el SENASA implica, en los hechos, una pérdida concreta de derechos para la población. En esa misma línea ubica la situación del PAMI en Rosario, donde se pregunta cuál será el destino de los jubilados si avanza una reestructuración que reduzca la capacidad de atención.

La pandemia como punto de contraste
Para Gutiérrez, la experiencia reciente demuestra la importancia de sostener un sistema público robusto. Recuerda el desempeño durante la pandemia y lo contrapone con la situación actual, que considera incluso más crítica para los afiliados. En su relato, la comparación busca subrayar un deterioro que, entiende, no responde a una emergencia sanitaria global sino a decisiones políticas.

En el plano legal, insiste en que su despido vulnera garantías básicas. Como dirigente sindical, explica, cuenta con tutela gremial, una protección que —según la normativa vigente y la jurisprudencia— se extiende más allá de la finalización de su contrato. Por eso interpreta la medida no solo como injusta, sino abiertamente ilegal, y como una forma de disciplinamiento dirigida al conjunto de los trabajadores organizados.

Lejos de asumir una posición defensiva, anticipa que la respuesta combinará la protesta en la calle con acciones judiciales. La confrontación, en su mirada, no es solo política sino también legal: buscará revertir la decisión apoyándose en el marco normativo que protege la actividad sindical.

Sospechas sobre vínculos con privados
Otro de los puntos que introduce en su denuncia abre interrogantes sobre posibles vínculos entre la gestión del PAMI y el sector privado de la salud. Menciona particularmente al denominado "Grupo Tita", al que identifica con el Hospital Italiano, y señala que las tres mil cápitas retiradas de los policlínicos locales habrían sido derivadas hacia ese espacio. Para Gutiérrez, ese movimiento debería ser investigado en profundidad.

A partir de allí, plantea preguntas que, según afirma, aún no tienen respuesta: si existe una relación entre las autoridades locales del PAMI y ese grupo, si hay intereses privados interviniendo en la gestión pública o si se está configurando un esquema de transferencia de recursos desde el sistema estatal hacia prestadores privados. En su visión, estas dudas forman parte de un problema mayor sobre el sentido mismo de la salud: mientras algunos la conciben como un derecho, otros —sostiene— la reducen a una lógica de negocios.

La escena final de la entrevista introduce, de manera casi involuntaria, la dimensión cotidiana que atraviesa todo el conflicto. La voz de su hija interrumpe el diálogo y recuerda que detrás de la dirigente hay una madre que intenta sostener su vida familiar en medio de la incertidumbre. Esa irrupción doméstica condensa, en pocos segundos, el impacto concreto de decisiones que suelen discutirse en abstracto.

Del conflicto a la calle
Antes de cerrar, Gutiérrez transforma su testimonio en convocatoria. Llama a una jornada de protesta en el centro de Rosario, en la calle Sarmiento al 400, donde se realizará una concentración, acto y conferencia de prensa con presencia de dirigentes nacionales de ATE. La actividad incluirá la instalación de una "Carpa Negra contra la Corrupción" frente a la sede del PAMI.

El reclamo sintetiza los ejes que atravesaron todo su relato: denuncia de persecución sindical, exigencia de reincorporación, rechazo a los despidos y a las políticas de ajuste, y defensa de salarios dignos y estabilidad laboral. Bajo una consigna que busca amplificar el conflicto —"si tocan a uno, nos tocan a todos"—, la historia personal de Gutiérrez vuelve a fundirse con una disputa colectiva que, lejos de cerrarse, parece recién empezar.

Escuchá la entrevista completa:
Foto: ATE Rosario

sábado, 4 de abril de 2026

Pobreza, poder y silencio: anatomía de una desigualdad que crece en Santa Fe

En una charla atravesada por datos, experiencias y denuncias, Carlos del Frade —periodista, escritor, investigador y actual diputado del Frente Amplio por la Soberanía— desarma las cifras oficiales y expone una trama más profunda: una provincia que genera riqueza pero no la distribuye, un sistema de medios cada vez más concentrado y una democracia donde, lentamente, se achican las voces
En el piso de Aire Libre, Radio Comunitaria, la escena se arma con una mezcla de complicidad y rutina. El periodista presenta a Carlos del Frade y él responde con una familiaridad que deja ver que no es su primera vez allí. Agradece el espacio, como si hiciera falta subrayarlo, y hasta desliza una anécdota reciente: el día anterior, dice, intentaron sacarlo "por teléfono", aunque enseguida relativiza el episodio y lo atribuye, quizás, a un problema con su celular. El clima en las Señales es distendido, pero el tema que atraviesa la conversación no lo es en absoluto.

La distancia entre los números y la calle
La pobreza aparece rápidamente como eje central. Mientras el gobierno celebra una supuesta baja en los indicadores, en el estudio se instala una sensación de desconcierto. Las cifras, admite el periodista, no son fáciles de interpretar; más adelante —anticipa— un economista del CEPA ayudará a desmenuzarlas. Pero hay algo más inmediato: los testimonios recogidos en barrios, las voces de referentes sociales que describen una realidad muy distinta, una "otra foto" que no coincide con los números oficiales.

Del Frade recoge ese contraste y lo amplifica. Habla de 541.000 personas por debajo de la línea de pobreza y 123.000 en la indigencia, cifras que, sostiene, requieren un Estado presente. Sin embargo, describe un escenario donde el Estado nacional se ha retirado y la provincia "hace lo que puede", aunque claramente no alcanza. Para entender la magnitud del problema, propone mirar cómo se mide: en Santa Fe, explica, los datos surgen de tres aglomerados —Gran Santa Fe, Gran Rosario y una zona compartida entre San Nicolás y Villa Constitución—. La suma de esos recortes estadísticos da casi 600.000 personas pobres.

Riqueza que crece, pobreza que persiste
Ahí es donde introduce el núcleo de su argumento: el contraste. Porque, mientras ese universo de carencias crece, la provincia exporta cada vez más. El año pasado, señala, las exportaciones alcanzaron los 16.000 millones de dólares, y solo en enero de este año se registraron 1.600 millones. Para del Frade, esa convivencia entre riqueza y pobreza no es solo contradictoria, sino "irracional e ilógica". Lo que falla, insiste, es una política pública de distribución.

La mirada se desplaza entonces del número a la calle. Lo que se ve en el centro de Rosario —y, dice, en el de cualquier ciudad— es un paisaje "cada vez más duro, más triste": familias viviendo en la calle, jóvenes en situaciones de extrema vulnerabilidad. En ese contexto, sostiene, el modelo económico tiende a concentrar y extranjerizar la riqueza. Cuando eso ocurre, la pobreza crece, y los gobiernos, por distintos grados de subordinación, terminan aceptando esa realidad como si fuera natural. Pero no lo es, subraya.

Por eso, su planteo hacia el gobierno provincial es concreto: cuestionar el esquema por el cual los recursos de las exportaciones son captados automáticamente por la Nación. Ese dinero, afirma, debería quedar en Santa Fe, porque es producido por su población. De lo contrario, el resultado es lo que describe como una obscenidad: una provincia rica que convive, desde hace al menos una década, con unas 600.000 personas pobres.

El problema, repite, es político. Tiene que ver con decisiones sobre quién paga impuestos y quién no. Según su análisis, la carga tributaria recae sistemáticamente sobre la clase media y los sectores más bajos, mientras los que más tienen quedan al margen. Esa lógica, advierte, desencadena un encarecimiento de la vida que golpea con mayor fuerza a los más vulnerables. De ahí surge un empobrecimiento que no es abstracto: se traduce en la desesperación por pagar un alquiler y en la imposibilidad, cada vez más extendida, de acceder a la vivienda propia, ese "sueño" que hoy aparece como una ilusión lejana.

Incluso las políticas de crédito, menciona, quedan atrapadas en esa tensión. Aunque existen programas impulsados desde el Banco Municipal, su escala es reducida y, en muchos casos, quienes acceden terminan desistiendo porque no pueden afrontar las cuotas, aporta el periodista. La escena que imagina es elocuente: personas que logran acercarse a la posibilidad de una casa, pero que luego descubren que no pueden sostenerla.

En ese marco, introduce otro dato que le resulta clave: el crecimiento de los "ocupados demandantes". Es decir, personas que tienen trabajo pero cuyos ingresos no alcanzan para cubrir sus necesidades. Según señala, esta categoría se ha duplicado tanto en Santa Fe como en el país. La consecuencia es un cambio en la vida cotidiana: más tiempo dedicado a generar ingresos y menos tiempo para vivir. Esa ecuación, advierte, alimenta la frustración y la violencia, porque las personas se ven privadas incluso de la posibilidad de disfrutar lo que desean.

El dinero y las prioridades
Cuando el foco vuelve a las políticas públicas, del Frade insiste en dos líneas de acción. Por un lado, una reforma impositiva que haga que paguen más quienes más tienen. Por otro, un incremento sustancial en áreas sensibles. Menciona, en particular, el presupuesto de salud mental de la provincia: apenas el 0,02%. El número, dice, explica en parte fenómenos alarmantes como el aumento de suicidios o situaciones de violencia en escuelas. En esa línea, recuerda un pedido de informes reciente sobre los equipos socioeducativos, cuya debilidad presupuestaria —define como "anoréxica"— limita su capacidad de intervención preventiva.

Para él, la clave está en el presupuesto. Allí, sostiene, se revelan las verdaderas prioridades. Frente al argumento habitual de que "no hay plata", responde con cifras: el presupuesto provincial asciende a 14 billones de pesos. Incluso un 1% de ese total representaría 14.000 millones. "Claramente hay plata", insiste; el problema es cómo se distribuye. Si se privilegian obras vinculadas a las exportaciones, advierte, la vida en las grandes ciudades se deteriora.

Silencios, censura y medios condicionados
En ese punto, el periodista se detiene en un contraste que reconoce como incómodo, casi una "chicana", pero que considera necesario señalar: el monto destinado a publicidad oficial. Del Frade refuerza con cifras esos datos, solo en el Ministerio de Gobierno y la Lotería se asignan 46.000 millones de pesos para 2026, lo que equivale a 122 millones por día. Ese dinero, afirma, no solo se utiliza para difundir la gestión, sino también para condicionar el acceso de voces opositoras a los medios.

La reflexión se vuelve entonces más personal. Recuerda que durante dos años tuvo un programa en una radio de Rosario, hasta que, según relata, "llegó la orden" de que dejara de estar al aire. La consecuencia, dice, es una exclusión progresiva de ciertos espacios de comunicación. Y en esa constatación final, casi en tono de lamento, resume la sensación que atraviesa todo su diagnóstico: "es muy triste, muy triste".

La conversación deriva hacia un terreno más áspero, donde la denuncia adquiere un tono personal. Carlos del Frade ya no habla solo en términos estructurales, sino desde la experiencia concreta. Cuenta que en canales de cable, donde durante años "la muchachada" le abría espacio para una entrevista, dejó de aparecer de un día para el otro. Según relata, hubo una orden directa —menciona a la actual senadora nacional Patricia Bullrich— y, desde entonces, ya no lo convocan más. El diagnóstico es tajante: el nivel de censura, dice, resulta "impactante".

El periodista retoma un dato que refuerza esa percepción: el presupuesto en publicidad de la Lotería, que en el último año creció cerca de un 112%. Del Frade asiente, pero desplaza el foco. Más que el volumen —aunque reconoce que es enorme, sobre todo en contraste con áreas como salud mental— le interesa la distribución de esos recursos. La pregunta que lanza es directa, casi incómoda: ¿cuánto dinero recibe Aire Libre, Radio Comunitaria? La respuesta es inmediata y seca: nada. Ni siquiera a través de juegos como el Quini o la Quiniela, llegó un peso a la emisora.

Ese vacío, lejos de ser una excepción, aparece como parte de una lógica más amplia. La radio, admiten en el estudio, ya está "condenada" a esa situación. Pero del Frade insiste en que no debería naturalizarse. Señala el periodista inconsistencias evidentes: publicidades de la Cámara de Diputados que aparecen en algunos medios y en otros no, sin criterios claros. La escena se vuelve casi irónica cuando imagina una llamada directa a la presidenta de la Cámara, Clara García, para reclamar explicaciones. "Es una vergüenza", resume del Frade, cuestionando que no exista una distribución equitativa ni transparente.

A partir de allí, el diagnóstico se amplía. En sus años de oficio —dice, reivindicando al periodismo como "la mejor profesión del mundo"— nunca vio un nivel de censura como el actual. Ni siquiera en los años noventa, aclara, una década que suele asociarse con fuertes condicionamientos. La diferencia, subraya, se percibe especialmente en la provincia. No se trata tanto de la propia experiencia en Aire Libre, Radio Comunitaria, donde asegura que la libertad de expresión se mantiene, sino de lo que observa en otros medios: un cierre progresivo, silencioso, de los espacios.

En el aire se cuenta un ejemplo revelador. Días atrás, el gobernador Maximiliano Pullaro brindó una entrevista en Casa de Gobierno a un grupo reducido de periodistas. Fue un encuentro cerrado, del que solo circularon fragmentos aislados en algunos medios. La entrevista completa, señala el periodista, no aparece en ningún lado. La ausencia le resulta llamativa: lo habitual, dice, sería que el propio funcionario la difundiera íntegra, incluso como gesto de apertura. Aquí ocurrió lo contrario. Y ese detalle, para él, es sintomático.

En paralelo, del Frade menciona otra herramienta clave del trabajo legislativo: los pedidos de informes. En su experiencia, apenas el 20% recibe respuesta. El resto queda envuelto en demoras o silencios. Sin embargo, advierte un fenómeno curioso: aunque muchas veces no le responden formalmente, sí se activan mecanismos informales. Apenas el pedido toma estado público —a través de periodistas o redes sociales—, algún funcionario se contacta con los involucrados. Esa reacción indirecta, dice, termina siendo útil: demuestra que algo se mueve. Aun así, los silencios y las respuestas incompletas, insiste, también comunican. Son señales claras de incomodidad frente a ciertos temas.

La deuda de una comunicación pública y plural
La charla gira entonces hacia el sistema de medios en la provincia y las deudas pendientes. Aparece el proyecto de la radio pública santafesina, una iniciativa que lleva años sin concretarse. Del Frade recuerda que es la tercera vez que la presenta y que la idea viene desde los tiempos finales del gobierno de Hermes Binner, cuando se debatió la creación de un canal público. De aquella discusión surgió la Ley de Radio y Televisión Santafesina, que permitió la existencia del canal —hoy RTS—, pero dejó incompleta la pata radial.

La concreción de esa radio, advierte, depende de la voluntad política del actual gobierno, algo que pone en duda. Aun así, asegura que seguirá insistiendo, del mismo modo que impulsa otros proyectos, como la Ley de Fomento a la Industria Cinematográfica y Audiovisual de Santa Fe. Reconoce, no sin realismo, que si el oficialismo no toma esas iniciativas es muy difícil que avancen. Por eso, relativiza incluso la autoría: a esta altura, dice, lo importante es que salgan, aunque no lleven su firma.

Detrás de esa insistencia hay una concepción más amplia: la necesidad de democratizar los medios. Para del Frade, el Estado tiene la obligación de sostener no solo medios públicos, sino también comunitarios y cooperativos. Encuentra un antecedente en la historia: la Ley de Radiodifusión de 1953, impulsada durante el peronismo, que establecía una división en tercios entre medios estatales, privados y comunitarios. Ese esquema, afirma, sigue siendo válido y necesario.

La pregunta que sobrevuela es dónde pueden emerger voces distintas, capaces de reflejar la diversidad cultural de la sociedad. La respuesta es pesimista: difícilmente lo hagan en los medios privados. De allí la importancia de políticas públicas que garanticen esa pluralidad.

El recorrido institucional de los proyectos, sin embargo, muestra las trabas. La iniciativa de la radio santafesina llega a la Legislatura, pasa a la Comisión de Cultura y allí queda sujeta a los tiempos —o a la falta de ellos— del oficialismo. "Mayoritariamente se cajonea", resume. Por eso, vuelve a una idea que repite como una clave política: para que algo se mueva adentro, tiene que haber presión afuera.

La historia reciente, evocan, está llena de proyectos que flotan sin concretarse, como la radio pública de Rosario, que sigue siendo —en palabras del periodista— "La Balsa", su nombre original: una idea que deriva sin terminar de encontrar puerto. 

En otro tramo de la charla se abre con una pregunta que parece simple, casi ingenua: ¿qué pasó con la radio municipal de Rosario? La respuesta desarma cualquier idea de inexistencia. El periodista reconstruye una historia fragmentaria pero concreta: la radio sí existió, al menos en estado embrionario. Hubo horas de programación armadas, pruebas técnicas, incluso transmisiones desde distintos puntos de la ciudad, y menciona la estación Rosario Norte, donde funciona la secretaría de Cultura. No era un proyecto abstracto: había equipos, había planificación y hasta nombres propios.

El problema, explican, no fue solo local. Del Frade escucha mientras se reconstruye una dificultad estructural vinculada a la política nacional de medios de aquellos años, bajo la órbita de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual. Cuando se ampliaron las licencias para municipios y provincias, se cometió —según esta lectura— un error clave: asignar frecuencias iguales o muy cercanas a distintas localidades, combinadas con niveles de potencia extremadamente bajos. El resultado era previsible: transmisiones que apenas cubrían unas pocas cuadras y que, además, interferían entre sí. Un sistema que, en la práctica, volvía inviables muchos proyectos.

Radios que no llegan, voces que no entran
Algunas radios, cuentan, intentaron sortear esa limitación incumpliendo las condiciones iniciales y luego pidiendo excepciones. En ciertos casos lo lograron; en otros, quedaron libradas a su suerte. La experiencia de Paraná, en la provincia de Entre Ríos, aparece como una de las pocas que logró sostenerse en el tiempo. Pero incluso allí la continuidad no está garantizada: el periodista recuerda el caso de Radio Ciudadana FM 89.7, la radio pública de Concordia, tras un cambio de signo político, fue directamente cerrada por el nuevo intendente, pese a haber sido utilizada como plataforma de campaña.

Ese recorrido desemboca en una pregunta más amplia: quiénes quedan afuera del sistema de medios en un contexto de creciente concentración. La respuesta de del Frade es inmediata y contundente: los primeros excluidos son los propios periodistas. Para explicarlo, recurre a una escena reciente: una conversación con un profesional muy reconocido de Rosario que, tras décadas de trabajo, percibe un salario de 600.000 pesos. La cifra, dice, le resulta obscena. No solo por lo que implica en términos económicos, sino porque revela una degradación del oficio.

Esa precarización tiene consecuencias directas. Los trabajadores de prensa, sostiene, son los primeros en enfermarse, los primeros en quedar al margen. Y detrás de ellos quedan también sectores sociales y políticos que pierden espacios para expresar miradas críticas. El resultado es un ecosistema donde las políticas públicas se presentan como soluciones cerradas, sin contrapuntos visibles.

Una democracia que se achica en silencio
En ese escenario, la censura ya no aparece solo como un mecanismo externo, sino también como una práctica internalizada. Del Frade advierte un crecimiento de la autocensura que considera alarmante, especialmente en un país con más de cuatro décadas de democracia. Para él, ese fenómeno es indicio de una "democracia de muy baja intensidad", cada vez más reducida, más "anoréxica".

La selección de voces, agrega, no es casual. La censura —dice— es políticamente dirigida. Y para ilustrarlo recurre a un dato que le compartió el fallecido periodista Alberto Giraldi: un ranking de los diputados más invisibilizados en los medios. En ese listado, asegura, él mismo ocupaba el primer lugar, seguido por Amalia Granata. La mención no es menor: del Frade aclara que no comparte su posición ideológica, pero aun así le molesta que sea silenciada. En su lógica, el desacuerdo no debería anular la posibilidad de debate.

La experiencia acumulada también le permite al periodista leer otros gestos. Habla de colegas que, frente a observaciones o datos que contradicen el discurso dominante, asienten en privado pero no modifican lo que dicen al aire. Ese desfasaje, interpreta, revela hasta qué punto pesan las líneas editoriales de las empresas mediáticas. Del Frade lanza una advertencia que mezcla consejo y experiencia: quienes hoy se alinean sin cuestionar, mañana pueden ser descartados. Para ilustrarlo, recurre a una metáfora cruda y directa, que no deja lugar a eufemismos: "Después hay una cuestión que, el saber popular lo dice de otra manera, pero se cumple. Los profilácticos se tiran. ¿Sí? Se usan y se tiran. Y los que hemos sido tantas veces echados y puestos en la calle, los sabemos, entonces se lo decimos de buena intención". La frase no solo impacta por su crudeza, sino porque refleja años de vivencias en medios y política, recordando que la lealtad sin cuestionamiento rara vez protege.

La conversación vuelve entonces a un terreno más propositivo, retomando la idea de la radio pública santafesina. No se trata solo de crear una emisora, aclaran, sino de definir sus contenidos y su sentido. Para del Frade, debería ser una herramienta para reflejar la diversidad cultural, educativa y social de toda la provincia de Santa Fe. Una radio que muestre lo que producen sus comunidades, sus músicos, sus historias.
La propuesta va más allá del aparato técnico. Imagina una estructura en movimiento, con comités ad honorem integrados por referentes culturales de cada uno de los 19 departamentos. La radio, en esa mirada, no sería solo un aparato que transmite, sino un espacio que produce comunidad: bibliotecas populares, talleres, asambleas, lugares de encuentro para organizaciones sociales. En ese modelo, la radio no sería solo un medio de comunicación, sino un nodo comunitario, una extensión de experiencias como la de Aire Libre, Radio Comunitaria.

Así, entre diagnósticos duros y proyectos que aún buscan concretarse, el relato deja ver una tensión persistente: la distancia entre lo que existe, lo que podría existir y lo que —por decisiones políticas, económicas y culturales— queda, una vez más, en suspenso.

Esa dimensión, dice, podría generar "cosas maravillosas". Pero enseguida aparece la contracara: si la política pública en materia de comunicación se reduce a la censura y la propaganda, todo ese potencial se anula. El retroceso, advierte, es profundo. Tanto que remite a debates de hace décadas, como el informe "Un solo mundo, voces múltiples", conocido como el informe McBride, impulsado en el ámbito de la UNESCO en los años setenta. Aquella discusión sobre el derecho a la comunicación —recuerda— fue resistida incluso por potencias como Estados Unidos, que llegó a retirarse del organismo. Hoy, sugiere, no solo no se avanzó, sino que se retrocedió varias décadas.

La conversación retoma entonces el presente, con un proyecto concreto: destinar el 33% de la pauta publicitaria oficial a medios comunitarios, cooperativos y populares. Del Frade lo plantea sin matices: no cumplir con ese criterio equivale, para él, a sostener un esquema antidemocrático. En ese punto, el rol de las radios comunitarias aparece como central, no solo como espacios de comunicación, sino como motores de presión para que estas discusiones no desaparezcan de la agenda.

La relación entre comunicación y violencia emerge casi de inmediato. Cuando ciertos temas no se discuten públicamente, cuando quedan fuera del debate, advierte, terminan reapareciendo de forma distorsionada y muchas veces explosiva. Menciona el caso de un episodio reciente en San Cristóbal, atravesado por versiones que circularon en redes sociales como TikTok, sin fuentes claras ni verificación. La cadena de desinformación, alimentada por la ausencia de debate serio en los medios, termina generando más confusión y más violencia.

En ese contexto, aparece otra discusión clave: el desmantelamiento de herramientas de fomento a los medios. El periodista introduce el tema del FoMeCA, Fondo de Fomento Concursable para Medios de Comunicación Audiovisual creado por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y señala que el gobierno de Javier Milei modificó su lógica. Según describe, esos recursos —que antes fortalecían a medios pequeños— ahora podrían ser disputados por grandes grupos como Grupo Clarín u otros grupos de alcance nacional. La consecuencia, coinciden, es un sistema cada vez más arbitrario, donde el acceso a los recursos depende de decisiones discrecionales.

Frente a eso, del Frade propone una alternativa con anclaje territorial. Su idea de financiamiento y gestión incluye la participación de los ministerios de Cultura y Educación, junto con referentes sociales y culturales de cada departamento. Retoma además un proyecto propio de larga data: los "Espacios Comunicacionales Barriales", ámbitos de discusión abiertos que funcionarían como asambleas mensuales para pensar la comunicación desde abajo. La clave, insiste, es evitar que las decisiones queden concentradas en una "mesa chica".

Concentración, negocios y derecho a la información
La crítica a esa concentración se vuelve más concreta cuando menciona espacios informales de poder, como reuniones privadas donde —según desliza— se definen líneas editoriales que luego se reflejan en los medios. Se nombra incluso al empresario Gustavo Santiago Scaglione como anfitrión de encuentros de ese tipo, donde confluyen figuras del poder político y mediático. Para del Frade, esos ámbitos terminan teniendo un impacto directo en lo que luego se ve —o no se ve— en la televisión.

Camino al cierre, la conversación retoma un hilo que había quedado planteado al inicio: la relación entre desigualdad económica y desigualdad en la palabra. Del Frade la define como inseparable. No puede haber concentración de riqueza sin concentración de información, afirma. Y para explicarlo recurre a una perspectiva histórica: la palabra "noticia", recuerda, surge en el castellano hacia el año 1250, asociada al "conocimiento del pueblo". Antes de eso, el saber estaba concentrado en los señores feudales, el clero y los ejércitos. La expansión de las ciudades implicó también una apertura del conocimiento.

Esa misma lógica, sostiene, sigue vigente. Si el acceso a la información se restringe, la desigualdad económica se reproduce. Por eso, insiste, la democratización de la comunicación no es un tema accesorio, sino estructural.

Salud, política y tramas invisibles
Cuando la charla parece cerrarse, aparece un último eje, abrupto pero conectado con el poder: el sistema de salud y sus vínculos con la política. El nombre de "Tita" surge a partir de una protesta vinculada al PAMI en Rosario, ante el despido de una trabajadora del organismo. Del Frade reconstruye entonces una trama que se remonta a Rafaela, donde —según su investigación— se consolidaron grupos de salud privada con fuerte proyección nacional. Allí ubica a familias como los Tita, junto a otras, y a la figura de Ricardo Lorenzetti, integrante de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, como un actor clave en la articulación de esos intereses.

Describe a Lorenzetti como una suerte de "canciller" de estos grupos, en alusión a la figura de asesor estratégico en El padrino. Según su relato, estas redes empresariales se expandieron a partir de mecanismos vinculados al manejo de fondos del PAMI, consolidando poder económico y territorial. Incluso menciona un libro de investigación que realizó sobre el tema: una edición de 3.500 ejemplares de la cual solo circularon 500, mientras el resto —afirma— nunca volvió a aparecer.

El recorrido, que empezó en la pobreza y pasó por la censura, termina así en una trama donde comunicación, economía y poder se entrelazan. Y deja flotando una idea persistente: que detrás de cada desigualdad visible hay, casi siempre, una disputa más profunda por quién tiene derecho a hablar y a ser escuchado.

En el tramo final, la conversación desciende a un terreno donde la denuncia se vuelve más concreta y, a la vez, más personal. Carlos del Frade retoma la trama del llamado "Grupo Tita" y la vincula directamente con el funcionamiento del PAMI. La clave, explica, está en el sistema de cápitas: el dinero que las prestadoras reciben por cada afiliado. Allí, sostiene, reside el interés central. No es solo una cuestión sanitaria, sino un negocio de enorme escala.

Para ilustrarlo, recurre a su propia experiencia familiar. Recuerda el paso de sus padres por el PAMI I y II en Rosario, y describe una lógica que le resulta inquietante: la realización de estudios médicos constantes, muchas veces innecesarios, donde lo central no parece ser el resultado clínico sino la facturación del servicio. Ese mecanismo, afirma, mueve cifras gigantescas. En su momento —asegura— se hablaba de alrededor de 500 millones de dólares solo en esas dos estructuras dentro de la ciudad.

En ese entramado, vuelve a ubicar la figura de Ricardo Lorenzetti como un actor clave. No solo por su trayectoria jurídica, sino por su capacidad de sostener influencia a lo largo de distintos gobiernos. Esa permanencia, dice, funciona como una "protección fenomenal" para grupos empresariales vinculados a la salud privada, como el propio Grupo Tita. La consecuencia es un esquema donde actores privados gestionan áreas de la salud pública con lógica de negocio.

La conversación suma otra capa cuando el periodista trae a colación el tratamiento mediático de estas figuras en Rafaela. Allí, señala al diario Castellanos que mantiene una presencia constante de Lorenzetti en sus portadas, algo que del Frade vincula con el hecho de que su hijo esté al frente del medio. Pero no se trata solo de un diario, señala el periodista: describe un proceso de concentración más amplio, donde distintos medios —gráficos, radiales y televisivos— se integran en un mismo conglomerado.

Ese fenómeno, afirma, reduce drásticamente la pluralidad de voces. Lo que antes eran líneas editoriales diferenciadas, incluso antagónicas, hoy convergen en un mismo discurso. Rafaela, resume, parece tener "una única voz". Y esa imagen le sirve a del Frade para volver a una idea que atraviesa toda la entrevista: la calidad democrática medida en términos de diversidad informativa. Cuando esa diversidad se achica, dice, la democracia también se vuelve más débil.

Cincuenta años después
De Videla y Galtieri a Milei

El golpe se hizo para defender al capital y la empresa privada. Medio siglo después resulta fundamental volver a contar lo que hay detrás de los personajes, los hechos, las torturas y la apropiación de bebés: la depredación de lo colectivo, desde lo material al pensamiento propio.

Lo que se hizo con botas sangrientas hoy se lleva adelante con los votos del pueblo saqueado. Muchas traiciones y sistemática destrucción de la conciencia histórica, social y política de cada habitante de esta hermosa porción cósmica que es el territorio argentino.

Hay que insistir.
Pensamiento propio, soberanía de la cabeza, protagonismo y cercanía.

El cierre, sin embargo, introduce un cambio de tono. Antes de despedirse, del Frade menciona la reciente presentación de su libro Cincuenta años después, una investigación que recorre continuidades históricas desde la última dictadura hasta el presente. El subtítulo —De Videla y Galtieri a Milei— marca esa línea de lectura. El libro fue presentado horas atrás en La Quinta de Funes, un centro clandestino de detención durante la última dictadura. Editado por la Fundación Ross, ya se encuentra en librerías y, para él, representa una síntesis de muchas de las ideas que atraviesan la charla: la persistencia de estructuras de poder, la disputa por la memoria y la necesidad de entender el presente a la luz del pasado.


Con ese gesto —el de ofrecer el libro, el de cerrar con una reflexión histórica— la conversación se apaga. Pero deja resonando una misma preocupación, repetida bajo distintas formas a lo largo de toda la crónica: quiénes concentran el poder, quiénes quedan afuera y cómo esa disputa se expresa, siempre, en el territorio de la palabra.

Bio: 
Carlos Alfredo del Frade nació en Rosario el 5 de febrero de 1963, es periodista, escritor, investigador y desde 2015 es diputado provincial en Santa Fe —en la actualidad por el Frente Amplio por la Soberanía—, y en cada período se ha convertido en el legislador que más proyectos ha presentado en la Cámara de Diputados y Diputadas de la provincia.

Con la certeza de la necesidad de "escuchar bien, para contar mejor", a lo largo de casi cuatro décadas de trabajo periodístico, Del Frade recorrió muchos de los medios de Santa Fe y sufrió tanto la censura de los más grandes como el amor incondicional de los medios populares.

Con más de 100 libros publicados —sus investigaciones sobre el narcotráfico y las mafias de la provincia, sus libros de historia y de derechos humanos, así como sus trabajos sobre las desigualdades económicas de Santa Fe—, son referencias ineludibles a la hora de entender nuestro presente y poder proyectar un futuro más justo y soberano para las grandes mayorías.

Actualmente sigue recogiendo los pesares y alegrías de nuestra gente tanto en su trabajo legislativo como en su ya clásico ciclo radial "La Voz del Grillo".
Escuchá la entrevista completa:
 
Proyecto de Radio Santafesina: Proyecto de Régimen de promoción y fortalecimiento de medios y productoras de comunicación popular, comunitaria y cooperativa: 


viernes, 3 de abril de 2026

Disciplinar la palabra: el trasfondo de una campaña publicitaria

Un comunicado de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata cuestiona la reciente campaña del diario La Nación y la señala como un intento de disciplinamiento, mientras que el medio, junto a Zurda Agency, la defiende como una apuesta por la credibilidad. En ese cruce, se despliega una disputa por el sentido de las palabras y la legitimidad de las voces
No es una campaña publicitaria: es disciplinamiento
Durante este fin de semana, la Ciudad de Buenos Aires apareció empapelada con una campaña publicitaria del diario La Nación donde utiliza la figura de Cristina Fernández de Kirchner y una de sus frases de un modo peyorativo. 

La campaña no busca informar. Busca ordenar. Busca decirnos, con cinismo, qué palabras valen y cuáles deben ser descartadas. Y, sobre todo, quiénes pueden hablar y quiénes deben ser desoídos.

El afiche recupera una frase de Cristina Fernández de Kirchner —"Me quieren presa o muerta"— como si se tratara de un exceso retórico, de una exageración, de algo que no merece ser tomado en serio. En esa línea, la campaña parece insinuar que hay discursos que, por provenir de ciertos actores, pueden ser descartados de antemano en una especie de deslegitimación preventiva.

Lo que resulta extraño teniendo en cuenta que el tiempo demostró que la quisieron presa hasta que presa la tuvieron. Y para lograrlo, no escatimaron en nada. Armaron causas entre sus opositores en los medios y en los diferentes partidos (algunos incluso son los mismos), pusieron jueces y fiscales comprados por dádivas y viajes coordinados por grupos de whatsapp con total impunidad.

Pero hay un problema más grave: quererla muerta no es una metáfora. A Cristina la intentaron matar. No en abstracto, no en un debate televisivo, no en el terreno de las ideas. Eso fue al principio, al inicio de sus tiempos como Presidenta y durante los 8 años en que lo fue y los siguientes años en que no lo fue. 

Que a Cristina la quieren muerta es un hecho empírico. Hubo un arma, hubo una persona que gatilló delante de cientos de personas y en una escena que se vió en vivo, quedó grabada y recorrió el mundo. Y hubo, además, gente que financió al gatillero, el arma y hasta los abogados para que los asesinos esquiven todo lo posible "la justicia". 

Negar la materialidad de ese hecho —o peor aún, relativizarlo mediante una operación supuestamente publicitaria— es encubrimiento simbólico.

Pierre Bourdieu explicó que el poder se ejerce también definiendo qué discursos son legítimos y cuáles no. La campaña de La Nación opera exactamente en ese punto: intenta quitarle legitimidad a una voz antes incluso de discutir lo que dice.

Cuando un medio masivo instala que ciertas palabras no importan, no está describiendo la realidad, la está produciendo. Está corriendo el límite de lo decible y habilitando nuevas formas de violencia simbólica.

Repetir, ironizar o banalizar una frase como "me quieren muerta" en un contexto donde efectivamente hubo un intento de magnicidio no es un juego retórico, es una forma de naturalizar lo que debería estremecernos.

Porque desde hace décadas muchos medios trabajan para, justamente, naturalizar aquello que es aberrante. Porque si las palabras no importan, entonces tampoco importa el hecho que las motivó. Si nada sirve, cualquier advertencia queda vaciada de sentido. Y en ese vacío, todo se vuelve posible.

Cuando La Nación nos dice que hay discursos que podemos dejar de escuchar, advertencias que podemos ignorar y por ende, violencias que podemos relativizar, debemos sostener que las palabras importan, que deben ser discutidas en su contenido y no anuladas por su origen, y que jugar con ciertos límites —sobre todo en contextos de alta polarización y violencia política— no es inocuo ni periodismo: es pedagogía del cinismo.

Y frente a eso, la respuesta no puede ser el silencio ni la corrección política, debe ser otra pedagogía: la de la memoria, la de la evidencia, la de las palabras que, aunque molesten, siguen nombrando lo que pasa. Porque cuando te dicen que algunas palabras no valen, lo que en realidad están intentando es que dejes de reconocer la realidad que esas palabras señalan. 

Desde la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, repudiamos este accionar de disfrazar de publicidad lo que es disciplinamiento en un país donde ya intentaron matar a una dirigente política que entre muchas otras cosas fue dos veces presidenta y donde la justicia es usada como herramienta de persecución.

"Quien lo dice importa", una campaña sobre el valor de la credibilidad cuando todo parece información dicen La Nación y Zurda Agency
En un contexto donde los mensajes circulan a una velocidad inédita y cualquier voz puede instalar una idea, la campaña pone en evidencia una tensión cada vez más urgente: quien lo dice importa

Nunca fue tan fácil hablar. Nunca fue tan difícil informar. En un contexto donde los mensajes circulan a una velocidad inédita y cualquier voz puede instalar una idea, La Nación y Zurda Agency presentan "Quien lo dice importa", una campaña que pone en evidencia una tensión cada vez más urgente: quien lo dice importa.

La propuesta parte de una observación incómoda: hoy convivimos con un ecosistema donde todo parece información, pero no todo lo es. Porque cuando cualquiera puede opinar, amplificar o incluso fabricar contenido, la diferencia ya no está solo en lo que se dice, sino en quién lo dice.

"En un mundo donde abunda la opinión y la información, el contexto y la historia de quien habla modifican drásticamente el significado de lo que se dice. Por eso, no solo importa quién lo dice, sino también quién analiza, contextualiza e informa", afirman Micaela Galizia y Diego Gueler Montero de Zurda Agency.

A partir de esa premisa, la campaña construye una serie de piezas que contrastan frases idénticas en boca de diferentes personas, evidenciando cómo el peso, la interpretación y el impacto de esas palabras cambian radicalmente. Porque no es lo mismo una opinión que un dato. No es lo mismo una voz que una fuente.

"En esta campaña lo que buscamos transmitir, de una manera simple, actual y con impacto, es que el valor de la verdad en la era de la inteligencia artificial tiene un rol más importante que nunca", afirma Martina Fielder, Gerente de Marketing B2B de La Nación.

"El desafío fue reflejar el equilibrio editorial de La Nación a través de voces relevantes, con distintas miradas políticas y roles, tanto locales como internacionales. Porque, cuando todo parece información, estamos convencidos de que la diferencia la hace la fuente", agrega Damián Bertagni, Jefe de Diseño y Publicidad.

En ese escenario, La Nación reafirma su lugar como referencia del periodismo de calidad, no solo por lo que dice, sino por cómo y desde dónde lo dice.

La campaña se despliega en un ecosistema integral que combina vía pública, contenidos audiovisuales, redes sociales y plataformas propias del medio, con presencia en puntos estratégicos del país y piezas diseñadas para amplificar el debate tanto en la calle como en el entorno digital.

Porque en tiempos donde cualquiera puede decir cualquier cosa, informar vuelve a ser un acto de valor.

martes, 31 de marzo de 2026

La "Declaración de Alcalá" alerta sobre un punto de inflexión del periodismo ante la era de la IA

Editores de Europa y América Latina advierten que la desinformación, el avance tecnológico y las presiones económicas obligan a redefinir reglas éticas y profesionales para resguardar la credibilidad, la diversidad y el rol democrático de los medios
Por: Valentina Sánchez Forero
En un contexto global marcado por conflictos, desinformación y avances tecnológicos sin precedentes, editores de medios de Europa y América Latina coincidieron en una advertencia: el periodismo atraviesa un momento decisivo que exige reglas claras para garantizar su credibilidad y su papel en la democracia. 

Reunidos bajo el amparo de EditoRed, los representantes del sector presentaron la "Declaración de Alcalá", un documento que recoge diez principios clave para orientar el futuro de la industria informativa. La iniciativa busca responder a los desafíos de un entorno donde la tecnología avanza rápidamente y pone a prueba los límites éticos del oficio.

Desde su introducción, el texto plantea un diagnóstico directo sobre la situación actual. "La sociedad contemporánea se halla en una encrucijada donde la técnica parece haber desbordado nuestra capacidad de asimilación ética". Esta afirmación resume la preocupación de los editores frente a una transformación que no solo afecta la forma de producir noticias, sino también la manera en que las personas entienden la realidad.

Uno de los ejes centrales del documento es la defensa del papel humano en el periodismo. En medio del crecimiento de la inteligencia artificial, los editores insisten en que la tecnología no puede reemplazar el criterio profesional. "La tecnología debe ser un medio y no un fin en sí mismo", señala el primer punto del decálogo y subraya que el valor del periodismo sigue estando en la calidad de la información y en la responsabilidad de quien la publica.

En esa misma línea, la Declaración hace un llamado a proteger los derechos de autor en el entorno digital. Los firmantes advierten que el uso de contenidos periodísticos para entrenar sistemas de inteligencia artificial debe estar regulado. "Es imperativo establecer marcos de uso de contenidos con autorización, atribución y remuneración justa", indica el documento, en defensa del trabajo de periodistas, fotógrafos y otros profesionales del sector.

Otro de los aspectos destacados es la defensa del idioma como parte fundamental del periodismo. Los editores alertan sobre el predominio del inglés en muchas plataformas tecnológicas y el riesgo de que esto afecte la diversidad cultural. "Es urgente proteger la riqueza de nuestras lenguas frente a los sesgos anglocéntricos de la IA", señalan.

La independencia de los medios también ocupa un lugar central en la Declaración. El documento advierte sobre la entrada de capitales de origen desconocido en el sector, lo que podría comprometer la línea editorial de los medios. "Instamos a blindar las redacciones frente a intereses que no respondan a la ética informativa", afirman los editores, en un llamado a fortalecer la transparencia y la gobernanza en la industria.

En un entorno saturado de información y marcado por la velocidad, la figura del editor es reivindicada como clave para garantizar la veracidad. "El juicio humano es la única barrera eficaz contra la desinformación y las ‘hallucinatio’ de los sistemas automatizados", destaca el documento.

La Declaración también aborda el papel del periodismo en contextos de conflicto. En ese sentido, advierte que "la libertad de información es el primer derecho que se vulnera en tiempos de guerra", y hace un llamado a las instituciones internacionales para proteger a los periodistas que trabajan en condiciones de riesgo.

Además, el texto reafirma el compromiso con la diversidad y la inclusión. Los editores señalan que el periodismo debe reflejar la realidad social en toda su amplitud, incorporando distintas voces y perspectivas como base de una cobertura más justa y democrática.

El documento cierra con una advertencia sobre el impacto del periodismo en la sociedad. "Sin una prensa libre, independiente y tecnológicamente ética, se debilita la capacidad crítica de la ciudadanía y la salud de las democracias en todo el mundo". Con ello, los editores subrayan que la información no es solo un producto, sino un servicio esencial.
Cómo se ven Europa y América Latina
Este llamado se produce en un momento en que la relación informativa entre Europa y América Latina depende en gran medida de los medios. Un estudio reciente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños revela que la forma en que ambas regiones se perciben está fuertemente influenciada por la cobertura mediática.

La investigación, basada en más de 96.000 millones de interacciones digitales, concluye que el conocimiento mutuo no se construye principalmente por contacto directo, sino por lo que los medios informan. Esto refuerza la responsabilidad del periodismo en la formación de la opinión pública.

Los datos muestran que en América Latina el interés por Europa se concentra en pocos países, especialmente España, Francia y Alemania, mientras que ciudades como Madrid y París captan gran parte de la atención. En contraste, Europa tiene una mirada más distribuida sobre América Latina, con Brasil, México y Argentina entre los más relevantes.

El estudio también evidencia diferencias en los temas de interés. En América Latina, la cobertura sobre Europa se centra principalmente en deportes y seguridad, mientras que en Europa el interés por América Latina se enfoca más en seguridad, política y, en menor medida, deportes. Estas diferencias reflejan distintas prioridades informativas entre ambas regiones.

Frente a este panorama, la Declaración de Alcalá propone un cambio en el modelo de negocio del periodismo. Los editores plantean la necesidad de dejar atrás la lógica basada en clics y apostar por la construcción de audiencias fieles. "El modelo de futuro se basa en la lealtad del lector", destacan, promoviendo un periodismo más profundo y confiable.
Fuente: Diario La República

domingo, 29 de marzo de 2026

Proscripción, memoria y rebeldía: crónicas de un país que no se resigna

De un streaming a un libro urgente, Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano reconstruyen una Argentina atravesada por la historia que vuelve, la política que duele y una memoria que insiste en organizarse como resistencia
En Señales se abre la escena con una certeza que funciona como punto de partida: el libro del que se disponen a hablar no nació, en sentido estricto, como libro. Surgió, más bien, como una urgencia, como la necesidad imperiosa de narrar qué ocurre cuando la historia regresa, cuando aquello que parecía definitivamente clausurado vuelve a hacerse presente y la proscripción deja de ser apenas un recuerdo para convertirse en una experiencia concreta y palpable.

Así nace Proscripta y Sublevada, crónicas de una Argentina indomable. El libro no salió de la nada: primero fue un stream, un encuentro en vivo donde la reflexión se armaba al momento. Después, eso se transformó en crónica escrita, y finalmente tomó la forma de libro. Este cambio no es solo cuestión de formato; trae también un cambio de sentido. El texto pasa a ser una herramienta política, cultural, y a la vez, una clave para entender el presente argentino.

Autores con historia
Para comprender ese recorrido, se introducen a sus autores, los periodistas Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano, ubicándolos dentro de tradiciones y trayectorias bien definidas.

De Caballero se destaca su extensa carrera en medios gráficos, radiales y televisivos. Se recuerda también su paso por la dirección de la revista Veintitrés y su trabajo en diarios como Tiempo Argentino, espacios donde consolidó una mirada atravesada por la investigación, la perspectiva histórica y una posición ideológica explícita. Se lo describe como una voz reconocida del análisis político argentino, alguien que ha construido su perfil articulando memoria y presente. En esa línea, se remarca también su producción como autor de libros dedicados a la historia política del país, al peronismo y al rol de los medios de comunicación, siempre con la intención de recuperar el pasado como herramienta para leer el tiempo actual.

Luego el foco se desplaza hacia Ottaviano, presentada como periodista, escritora y docente universitaria, con una trayectoria igualmente marcada por el cruce entre comunicación y política. Se resalta su papel como la primera Defensora del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual en Argentina, un cargo que la inscribe dentro del proceso de democratización de la palabra. A partir de allí, se reconstruye un recorrido profesional ligado a los derechos humanos, la comunicación y la perspectiva de género. Se la define como una autora e investigadora cuya mirada articula el ejercicio periodístico con la participación ciudadana, aportando una dimensión colectiva a los debates sobre medios y democracia.

Así, queda planteado el escenario: un libro que nace de la urgencia, dos autores con trayectorias atravesadas por la política y la comunicación, y un momento histórico que no se deja olvidar, que vuelve una y otra vez. Es el punto de partida perfecto para sumergirse en las crónicas de una Argentina que, como dice el título, sigue siendo indomable.
Rosario: la escena concreta
Ottaviano recoge las primeras impresiones de la llegada a Aire Libre, Radio Comunitaria y las convierte en escena: la vuelta a Rosario después de un tiempo, el ingreso al barrio, las banderas desplegadas, los símbolos que condensan una historia de luchas. Entre ellos, la defensa de los derechos humanos, de la memoria, la verdad y la justicia, y también la figura de El Eternauta, que aparece como emblema de resistencia colectiva. En ese clima, los autores expresan una gratitud que no es meramente protocolar, sino cargada de emoción. Se los percibe visiblemente conmovidos, felices por el recibimiento y atravesados por una sensación que oscila entre el reconocimiento y el paso del tiempo, incluso con un dejo de ironía cuando deslizan que, con tantas cosas hechas, tal vez empiecen a sentirse "viejos".

Del streaming al libro
A partir de allí, el relato se interna en el origen del libro. Proscripta y Sublevada —explica Ottaviano— no surge de la nada, sino que tiene su raíz en Cenizas quedan, un streaming que llevan adelante a través de Eva TV y ARI12, donde cada domingo, a las 10 de la mañana, publican sus emisiones. La primera temporada ya fue realizada y, aunque el proyecto atraviesa una pausa, la continuidad está prevista para el segundo semestre. El libro, entonces, aparece como una derivación de ese espacio, pero también como una mutación.

El punto de quiebre —señala Caballero— llega con la detención de Cristina Fernández de Kirchner. Ese evento llega como un golpe, sacude todo y nos obliga a mirar el presente de otra manera. Para los autores, profundamente involucrados en los debates sobre la democratización de la comunicación y defensores de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la figura de Cristina había representado una voluntad política capaz de materializar demandas históricas de los medios comunitarios, populares y alternativos. Su detención, entonces, no fue leída como un hecho aislado, sino como una herida propia: la sensación —según reconstruye el periodista— fue que, de algún modo, también ellos estaban siendo encarcelados.

Memoria, historia y presente
Ese impacto inicial da lugar a un movimiento hacia la memoria. Allí evocan historias familiares atravesadas por otras formas de proscripción política y cultural en la Argentina, y en ese ejercicio encuentran claves para interpretar el presente. Así nace el libro: como una respuesta urgente, organizada en diez crónicas que retoman y reelaboran materiales del streaming. Caballero lo dice claro: no intentan ser historiadores. Son cronistas, quieren ayudarnos a ver las cosas con un poco de contexto, a entender lo que está pasando y impedir que lo que sufrió Cristina termine afectando a millones de argentinos.

La voz de Cynthia Ottaviano amplía el diagnóstico y lo vuelve más sombrío. Describe un tiempo de vulneración de los derechos humanos en la Argentina, donde la proscripción de Cristina remite a antecedentes históricos, incluso anteriores a la última dictadura cívico, militar, empresaria, judicial, mediática y clerical. Destaca la excepcionalidad del momento: desde el retorno democrático de 1983, sostiene, no se había producido una prisión política de estas características. Recuerda, además, que la propia Cristina escribe el prólogo del libro tras 150 días de detención, desde su domicilio en San José 1111, en lo que define explícitamente como una prisión injusta.
El libro llegó a la Cachilo

El intento de magnicidio y el clima de época
Pero el análisis no se detiene allí. Su relato incorpora otro episodio decisivo: el intento de magnicidio contra la ex presidenta, un hecho que, según señala, no tiene precedentes en la etapa democrática reciente. La periodista enfatiza la gravedad del acontecimiento y recupera un punto clave de los fundamentos judiciales: la identificación de los discursos de odio —propagados tanto en medios de comunicación como en redes sociales— como una condición necesaria para que ese intento pudiera ocurrir. La advertencia, en ese sentido, es clara: sin una toma de conciencia institucional, social y política sobre estos discursos, hechos similares podrían repetirse.

En ese marco, el relato se vuelve diagnóstico: la Argentina aparece como un país en estado de jaque, con una democracia debilitada y una circulación inédita de discursos de odio, incluso desde las más altas esferas del poder político y en ámbitos centrales como el Congreso. La periodista subraya la ausencia de una respuesta estructural: no hay, según esta mirada, una estrategia sostenida ni en los medios, ni en el sistema educativo, ni en las instituciones para abordar el problema.

Una democracia en tensión
La evocación final introduce la figura de Vera Jarach, cuya voz resuena como una síntesis ética. El periodista recuerda una actividad compartida en la que Jarach planteaba que el "Nunca Más" no debía limitarse al rechazo del terrorismo de Estado, sino extenderse también al silencio y a los discursos de odio. Esa advertencia, sugiere la crónica, sigue vigente.

Aunque se reconoce la masividad de las movilizaciones recientes y una mayor sensación de acompañamiento social, el cierre deja una inquietud abierta: la necesidad de profundizar la democracia no parece estar siendo asumida como una práctica cotidiana. Y en esa distancia entre lo que ocurre y lo que debería ocurrir, el libro encuentra, una vez más, su razón de ser.

Ottaviano convierte todo en un hilo continuo donde lo personal, lo político y lo profesional se entrelazan sin cortes. El libro —explica— aparece definido por ellos mismos como un emergente, casi como un grito desesperado frente a una coyuntura que exige ser pensada. No se trata solamente de volver sobre los años setenta, sino de ampliar el lente hacia las décadas del 60 y del 50, en una búsqueda por inscribir el presente en una historia más larga de conflictos, proscripciones y resistencias.

Una historia compartida
En ese recorrido, la crónica se detiene también en la historia compartida de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano. Se reconstruye una relación que lleva más de treinta años, iniciada en la redacción del diario La Prensa, donde se conocieron a comienzos de los años noventa.

"Perdón, para distender, ¿Amalita fue la madrina? ¿Porque La Prensa era de doña Amalia Lacroze en aquel momento?", pregunta el conductor. "Nosotros estábamos desde antes", indica Ottaviano. Entraron por separado, sin conocerse, y fue recién en diciembre de 1992, cuando el medio fue adquirido por Amalita, que sus trayectorias empezaron a entrelazarse en un contexto tan particular como revelador: el de un diario comprado —como ellos mismos evocan— "con la gente adentro".

Aquella etapa aparece en el relato como una experiencia formativa, atravesada por el intento —fallido— de competir con el Grupo Clarín. Ese momento es reconstruido como una suerte de laboratorio temprano de disputas mediáticas: se menciona el papel que jugó el fenómeno del juego del Gran DT, cuyo control terminó en manos de Clarín y que, según sugieren, inclinó decisivamente la balanza. El proyecto de La Prensa no prosperó y, en pocos meses, ya estaba en crisis.

Pero más allá del fracaso empresarial, la experiencia dejó huellas en términos de organización y conflicto. La crónica recupera el despido de más de 300 trabajadores, la toma de la redacción y una serie de luchas que luego tendrían continuidad en otros medios. Aparece también la figura de Hernán Brienza como compañero de aquellos años en la sección Policiales, donde se abordaban temas como la violencia institucional.

El libro como emergente
El relato avanza y muestra cómo, a lo largo del tiempo, Caballero y Ottaviano fueron postergando un proyecto compartido: escribir un libro de investigación periodística. Entre la vida profesional y la personal —hijos, proyectos, trayectorias— esa idea quedó en suspenso, hasta que el contexto político reciente actuó como detonante.

Ottaviano sitúa ese punto de inflexión en el clima social posterior al triunfo de Javier Milei y en el balance crítico del gobierno de Alberto Fernández junto a Cristina Fernández de Kirchner. Lo que emerge, según reconstruye, es una sensación extendida de tristeza, angustia y desolación, así como una percepción de deuda y de expectativas incumplidas. En ese contexto surge Cenizas quedan como proyecto comunicacional, que intenta responder a una pregunta de fondo: cómo puede ser que, con una historia marcada por la rebeldía y la insurgencia en el campo nacional y popular, predomine un estado de desánimo tan profundo.

De ese espacio —multimedial por definición, con proyecciones hacia el audiolibro y el formato podcast— nace luego el libro como una de sus derivaciones más urgentes. Y no se trata de un cierre, sino de una apertura: se deja constancia de que ya está en marcha un segundo tomo, con la idea de una trilogía en desarrollo, mientras continúan las presentaciones públicas, descritas como experiencias colectivas antes que simples eventos literarios. En ellas —observa— se produce algo particular: lo que comienza con un público apagado suele transformarse en una suerte de asamblea, con cantos, conmemoraciones y una reconstrucción del sentido de pertenencia, en contraste con la fragmentación que —según interpretan— caracteriza al presente.

Una hipótesis: la baja autoestima social
El núcleo conceptual del libro aparece entonces con mayor claridad. Se sintetiza la hipótesis de los autores: la Argentina atraviesa una suerte de "baja autoestima social". Una serie de convencimientos instalados —la imposibilidad de una democracia plena, la naturalización de salarios bajos, la renuncia al bienestar cotidiano— configuran una subjetividad colectiva degradada. Frente a eso, el libro propone una intervención: recordar que esos límites no son naturales ni inevitables.

Pero, como se pone de relieve, no se trata solo de recordar, sino de comprender. En esa distinción reside una de las claves del proyecto. A través de las crónicas, los autores buscan demostrar que la historia argentina está atravesada por ciclos de persecución y proscripción, pero también por momentos de salida, de recuperación, de afirmación colectiva. Y que en esos momentos hay un factor decisivo: la autoestima de un pueblo que, llegado cierto punto, dice "no", reflexiona Caballero.

Villa Manuelita: la historia que ilumina
Se introduce entonces uno de los episodios que el libro rescata con mayor fuerza: la experiencia de Villa Manuelita, en Rosario, que aparece como símbolo de esa capacidad de resistencia. Se destaca que ese capítulo es especialmente valorado por Cristina Fernández de Kirchner, quien lo menciona en el prólogo, reforzando la idea de que ciertas escenas del pasado permiten iluminar el presente.

En ese cruce, la figura de Cristina vuelve a ocupar un lugar central. El relato sugiere que su situación condensa tensiones más amplias: su detención no solo se interpreta como un hecho individual, sino como una condición de posibilidad para determinadas políticas. En esa lectura, su ausencia del escenario político habilitaría procesos que, de otro modo, encontrarían mayores resistencias.

Historia y periodismo
El conductor retoma una reflexión que atraviesa todo el libro: la elección de la crónica como forma narrativa. No es casual, sugiere. La crónica permite moverse entre el pasado y el presente, entre la memoria y la interpretación y, sobre todo, habilita ese pasaje fundamental que los autores consideran imprescindible: no quedarse en el recuerdo, sino avanzar hacia la comprensión. Allí, en ese desplazamiento, es donde el libro encuentra su sentido más profundo.

Ottaviano recoge esa reflexión y la transforma en una clave de lectura: la tensión entre no ser historiadores y, sin embargo, sumergirse de lleno en la historia. En esa aparente contradicción, reconstruye una idea central de los autores: el ejercicio del periodismo implica, necesariamente, una cuota de irreverencia; una voluntad de intervenir en campos que, en principio, no le son propios, pero que en la Argentina —destaca— siempre estuvieron profundamente entrelazados. La historia nacional, recuerda, está atravesada por figuras que fueron a la vez periodistas y protagonistas políticos, lo que vuelve inevitable ese diálogo entre escritura, poder e interpretación del pasado.

En ese marco, se señala que la propuesta de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano no es disputar el lugar de la historiografía académica, sino intervenir desde otro registro: el de quienes se asumen, ante todo, como narradores. "Contadores de historias", en sus propios términos, pero con un compromiso explícito con la búsqueda de la verdad y con una ética profesional que articula metodologías periodísticas con una reflexión más amplia sobre cómo se construye una verdad que —insisten— es siempre colectiva.

Se destaca entonces una de las apuestas más singulares del libro: trabajar sobre hechos que, según plantean, "no fueron hechos historia". Episodios que quedaron al margen de los grandes relatos, o que fueron absorbidos como mitos sin ser plenamente comprendidos en su dimensión política y social. Allí reaparece Villa Manuelita, no como una postal ni como una anécdota, sino como un capítulo clave para pensar los procesos históricos desde otra perspectiva, más atenta a las experiencias concretas que a las síntesis consagradas.

En ese punto, se introduce una distinción que atraviesa toda la obra y que los autores retoman incluso del prólogo de Cristina Fernández de Kirchner: no alcanza con recordar la historia, ni siquiera con "saberla" en términos enciclopédicos. La verdadera tarea es comprenderla. Además, se expone la crítica implícita a una forma de conocimiento basada en datos aislados —fechas, nombres, acontecimientos— que puede ser replicada mecánicamente, incluso por herramientas tecnológicas, pero que no logra explicar los mecanismos profundos que hacen posibles esos hechos.

Esa búsqueda de comprensión, se señala, se extiende también a la forma en que el libro circula. Las presentaciones —o, como prefieren llamarlas, "juntadas"— se convierten en espacios donde la historia deja de ser un objeto distante y pasa a ser una experiencia compartida. Se describen escenas en las que los asistentes no solo escuchan, sino que intervienen, narran y aportan sus propias memorias: carnets de afiliación, historias familiares, relatos de participación política. La historia, así, se reconstruye desde abajo, desde los "nadies", en un gesto que busca disputar el sentido mismo de quiénes son los sujetos legítimos de la memoria.

En ese contexto, emerge otro de los núcleos del libro: la idea de pensar el Estado y la organización social a partir de experiencias concretas del pasado. Cynthia menciona el trabajo sobre las llamadas "células mínimas" y el rol de la Fundación Eva Perón como ejemplos de formas de intervención estatal capaces de identificar problemas y resolverlos en plazos breves. No se trata de una evocación nostálgica, sino de un intento por imaginar nuevas formas de estatalidad a partir de esas experiencias.
Soberanía, peronismo y disputa de sentido
El relato avanza entonces hacia otro episodio significativo: la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre, presentada como un hito de la resistencia peronista. Caballero reconstruye el sentido de la consigna "Patria sí, colonia no", surgida en ese contexto, y señala cómo detrás de esa frase se articula una comprensión profunda: la relación directa entre soberanía nacional y bienestar social. No es solo un lema, sino la expresión de una conciencia política de clase que vinculaba la defensa de lo nacional con las condiciones materiales de vida.

Esa línea interpretativa permite, según se plantea, tender puentes con el presente. Ottaviano menciona el proceso de nacionalización impulsado durante el gobierno de Juan Domingo Perón y lo contrapone con decisiones posteriores, como la apertura al FMI durante la presidencia de Arturo Frondizi, estableciendo una continuidad de tensiones en torno a la soberanía económica. Incluso aparecen referencias más cercanas, como el caso Vicentín, para señalar cómo la historia también está hecha de oportunidades perdidas o procesos inconclusos.

Luego se indica que, en ese entramado, el objetivo del libro no es acumular episodios, sino ofrecer herramientas para interpretar el presente: entender por qué se producen ciertas crisis, por qué se debilita la democracia, por qué el endeudamiento condiciona el desarrollo. Y, sobre todo, por qué resulta necesario enfrentar la proscripción y recuperar una idea de democracia y soberanía plenas.

Más adelante, la escena vuelve a Rosario, más precisamente a Villa Manuelita, presentada como un territorio donde la historia todavía se respira. El conductor recupera una de las frases que emergieron tras el golpe de Estado de 1955 —"los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora; Villa Manuelita no"— y la describe como un gesto de resistencia que conecta directamente el pasado con el presente del libro.

En esa imagen final, pintada alguna vez en una persiana, se encuentra una síntesis potente: la historia no como algo clausurado, sino como una fuerza viva que sigue disputándose en cada relato, en cada memoria y en cada intento por comprenderla.
Una imagen que abre un camino
Caballero detiene la narración en un recuerdo íntimo que, sin embargo, funciona como puerta de entrada a una comprensión más amplia. Uno de los autores evoca sus 16 años, caminando por la avenida Corrientes, en Buenos Aires, con una formación familiar peronista pero todavía sin haber accedido a ciertos materiales clave. Es allí donde aparece el descubrimiento de un libro de Roberto Baschetti, una primera edición —recuerda— publicada por Punto Sur, cuya tapa incluía la imagen de aquella persiana con la inscripción que lo marcaría: la frase de Villa Manuelita.

En su relato, Caballero reconstruye ese momento como una revelación incompleta. La imagen y la consigna estaban ahí, pero no alcanzaban a explicarse por sí solas. "¿Qué quiere decir Villa Manuelita?", se preguntaba entonces. Esa pregunta, sugiere la crónica, fue el inicio de un camino: una llave para comprender no solo un episodio puntual, sino buena parte del peronismo y de la resistencia peronista. Años después, ese recorrido lo llevaría a conocer al propio Baschetti —a quien denomina el "archivero de la revolución peronista"—, quien no solo forma parte de su círculo cercano, sino que también se integra como aliado en el proyecto Cenizas quedan, aportando materiales y contactos fundamentales.

Entre esos vínculos aparece también el entramado de actores que permitió reconstruir el episodio más allá de su dimensión mítica. Se menciona el trabajo conjunto con la Fundación Villa Manuelita y el aporte decisivo de investigadores y protagonistas que ayudaron a reconstruir el día a día de aquella sublevación. Lo que emerge, entonces, no es solo una consigna o una imagen, sino la historia concreta de un pueblo que se organizó pensando en el regreso de Juan Domingo Perón y en la restitución del orden constitucional.
La presentación en La Toma

La memoria como acto vital
La narración se detiene luego en otro gesto que Ottaviano plantea como central: el reconocimiento de las fuentes. En un contexto donde —según se indica— esa práctica parece haberse debilitado, el libro insiste en nombrar a quienes hicieron posible la reconstrucción histórica. Así aparece la figura del fotógrafo José Alberto Navarro, cuya historia personal adquiere una dimensión conmovedora. Diagnosticado con un cáncer fulminante y tras una recomendación terapéutica que lo instaba a concretar un proyecto pendiente, Navarro decide dedicar su tiempo a recuperar esa memoria colectiva.

Ese proceso se reconstruye apoyándose también en el trabajo de Pablo José Hernández, autor de un libro sobre Villa Manuelita. A partir de esos materiales, Navarro emprende la realización de un video que rescata los sucesos narrados. Se deja en evidencia la potencia simbólica de esa decisión: lo que comienza como una conversación sobre la muerte se transforma en un proyecto de vida. Así nace Apuntes para una historia del movimiento nacional, presentado en espacios sindicales como la Unión de Viajantes y FOETRA Rosario, en plena lucha del autor contra su enfermedad.

Ese gesto de preservación de la memoria es leído a la luz de una advertencia histórica. Es ahí donde se recupera la voz de Rodolfo Walsh, quien había señalado que las clases dominantes buscan despojar a los trabajadores de su historia, de su memoria, de sus héroes y mártires, obligando a que cada lucha comience desde cero. Frente a esa lógica, la reconstrucción de episodios como el de Villa Manuelita aparece como un acto político en sí mismo.

El texto insiste en una pregunta que atraviesa todo el relato: ¿qué cambia cuando se conoce esa historia y cuando no? La respuesta se construye a partir de ejemplos concretos: la decisión de Navarro de "elegir la eternidad" a través de la memoria, o el testimonio de quienes vivieron la sublevación y hoy sienten la necesidad de transmitirla a las nuevas generaciones. En el aire se recoge un capítulo de Cenizas quedan, donde uno de los protagonistas interrumpe su relato para enfatizar que cuenta esa historia para que la juventud la conozca y pueda, a partir de ella, volver a luchar.

En ese punto, el libro encuentra una de sus definiciones más claras: no es solo un registro del pasado, sino una herramienta para intervenir en el presente. La clave —se manifiesta— está en saber de dónde se viene, en reconocer qué tradiciones, qué memorias atraviesan a la sociedad, para poder transformar un presente que los autores describen como hostil y desalentador.

La narración avanza entonces hacia una idea que funciona como síntesis: los sueños no son domesticables. En los episodios que el libro recupera —las resistencias, las sublevaciones, las luchas— aparece lo mejor de un pueblo que, más allá de sus identidades políticas, ha sido capaz de conquistar derechos fundamentales como la educación pública o los convenios colectivos de trabajo. Esas conquistas, se señala, no fueron concesiones, sino el resultado de procesos históricos impulsados desde abajo.

De allí se desprende otra dimensión del proyecto: la voluntad de recuperar la transmisión oral como forma de construcción de memoria. Se describe ese gesto como una tradición del campo nacional y popular: historias que circulan en torno al mate, en conversaciones cotidianas, en relatos compartidos. El libro, en ese sentido, es apenas una herramienta más, un disparador para que esas historias vuelvan a ponerse en circulación.

La escena final vuelve a poner el acento en lo colectivo. Se señala que el libro no se cierra sobre sí mismo: invita a ser discutido, corregido, ampliado; a escribir en los márgenes, a cuestionar, a sumar datos. Y en ese gesto —que incluye también el agradecimiento a quienes colaboraron en la reconstrucción del capítulo sobre Villa Manuelita— se reafirma una idea que atraviesa toda la crónica: la historia no es propiedad de nadie, sino una construcción común, siempre abierta, siempre en disputa.

Las mujeres de la sublevación
Luego se retoma el hilo y se desplaza la mirada hacia una dimensión muchas veces relegada: la presencia de las mujeres en la historia de Villa Manuelita. Hasta ahora, se señala, los homenajes se han concentrado principalmente en figuras masculinas como Emiliano Páez, Ponciano Alarcón o José Octavio Cardozo, entre otros. Sin embargo, se destaca que el libro también se propone reparar esa omisión, nombrando a las mujeres que participaron activamente en aquella sublevación y abriendo, incluso, una invitación a reconstruir vínculos con ellas o con sus familiares.

Así aparecen, una a una, los nombres recuperados de publicaciones de la Fundación Villa Manuelita: María del Carmen Ludueña de Sakiel —conocida como Porota—, Maruca Flores, Emilia Laschera de Ulibarrie —Pocha—, Blanca Tolosa, Rafaela Riva, Norita Fandy, Chamorra y Berta Temporelli. Se enfatiza que no se trata de una enumeración menor, sino de un acto de memoria: mujeres que, como reconstruye el relato, enfrentaron literalmente a las fuerzas represivas, poniéndole el cuerpo a los tanques, resistiendo sin retroceder.

La escena se vuelve vívida: tanques, aviones, helicópteros y, frente a ellos, hombres y mujeres decididos a no rendirse, sosteniendo la consigna de la vuelta de Juan Domingo Perón y la restitución de un orden que sentían propio. Los invitados recogen la potencia de esa imagen y la convierten en pregunta: ¿cómo es posible que una historia así no haya sido llevada al cine?, ¿que no exista una película o un documental que recupere, por ejemplo, el trabajo de José Alberto Navarro?

En esa ausencia, se sugiere, hay algo más profundo: una dificultad estructural para "poner en valor" estos episodios. Esa carencia no es solo cultural, sino también política, porque limita la posibilidad de generar identificación y comprensión. En otros contextos —se observa—, la representación audiovisual de gestas colectivas permite que amplios sectores sociales tomen partido, se reconozcan en esas luchas. Aquí, en cambio, esas historias quedan muchas veces invisibilizadas.

En ese punto se introduce otra crítica: la tendencia a reducir los relatos a historias mínimas, despojadas de épica. Frente a eso, los autores reivindican la necesidad de recuperar gestas colectivas, incluso reconociendo que hubo intentos en esa dirección durante el período de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, con producciones impulsadas por figuras como Tristán Bauer sobre próceres como José de San Martín o Manuel Belgrano. Pero el señalamiento es claro: aún falta narrar las épicas populares del siglo XX, aquellas que no tienen un liderazgo individual tan visible, sino que emergen desde lo colectivo.

En ese punto, se vuelve sobre una de las emociones centrales del libro: la conmoción que generan esas insurgencias colectivas. Villa Manuelita reaparece como ejemplo paradigmático, no solo por la organización sindical presente, sino por la participación amplia de una comunidad que se levanta en conjunto. Ottaviano incorpora entonces una imagen contemporánea: el recorrido por Rosario, la observación de murales —como el de la bandera o el de Manuel Belgrano— y la imaginación de uno nuevo, dedicado a esa historia de resistencia.

La escena se vuelve casi visual: un mural que dé la bienvenida a "la tierra de la sublevación y la resistencia". Esa idea se presenta como un gesto simbólico potente, capaz de inscribir la memoria en el espacio urbano y de convertirla en algo visible y cotidiano. En ese sentido, los murales se definen como "lienzos de los pueblos", soportes donde la historia se fija en el territorio.

El relato introduce una tensión contemporánea: en un contexto atravesado por la inteligencia artificial, el capitalismo de plataformas y los algoritmos, ciertas imágenes —como la de un trabajador enfrentando un tanque— tienden a ser invisibilizadas en los circuitos digitales. Ottaviano señala que esos sistemas privilegian determinados contenidos y restringen otros, particularmente aquellos vinculados a la resistencia o la sublevación popular. En ese escenario, el mural adquiere un valor renovado: es memoria situada, anclada en el lugar donde ocurrieron los hechos, difícil de borrar —aunque no imposible.

Incluso esa fragilidad forma parte del sentido. En lugares como Buenos Aires, los murales pueden ser tapados, cubiertos, borrados. Sin embargo, hay algo en esa materialidad que resiste, que invita a recordar. Frente a la fugacidad de otros soportes, el mural se presenta como una forma persistente de memoria.

En el diálogo se percibe un tono introspectivo, casi existencial. "La mayoría de las cosas pasan", deslizan los autores. También las personas. Pero algunas huellas quedan. En ese marco, el libro aparece como una de esas posibles permanencias: una herramienta, un registro, una apuesta a que ciertas historias no se pierdan.

Y en ese gesto —que incluye la donación del propio ejemplar a la Biblioteca Popular "Cachilo" y la continuidad de las presentaciones— el texto vuelve a su núcleo: la memoria como construcción colectiva, como transmisión, como algo que solo se sostiene si se comparte. Porque, como se ha sugerido a lo largo del relato, recordar no alcanza; lo que está en juego es, una vez más, comprender y hacer vivir esa historia en el presente.

Caballero introduce el prólogo como una pieza que condensa el sentido profundo del libro y decide incorporarlo casi como un manifiesto. Las palabras de Cristina Fernández de Kirchner resuenan no solo como una validación, sino como una definición conceptual: la historia, allí, es entendida como una herramienta para comprender los procesos en su dimensión política, económica y social. No se trata de acumular datos ni de repetir fechas, sino de construir una mirada capaz de explicar el presente y proyectar el futuro. La insistencia en que "no se trata de saber Historia, sino de comprender" aparece como una clave que atraviesa cada página de Proscripta y sublevada.

Se destaca cómo ese prólogo pone en valor la vigencia de hechos muchas veces relegados, desconocidos o directamente silenciados, y cómo inscribe al peronismo dentro de una tradición vitalista, atravesada por la celebración de la vida y por la responsabilidad de asumir los problemas estructurales del país. En esa lectura, el pasado no es un refugio nostálgico, sino un territorio donde encontrar claves para descifrar lo que ocurre y anticipar lo que vendrá. La frase final —"el futuro siempre tiene historia"— queda flotando como una síntesis que ordena todo el proyecto.

A partir de allí, el texto se desplaza hacia la escena íntima que rodeó la escritura de ese prólogo. Se reconstruye la incertidumbre inicial: los autores no sabían si Cristina aceptaría participar. Se lo propusieron, pero la respuesta no fue inmediata. Hubo una espera, un encuentro previo en el que Caballero y Ottaviano tuvieron que explicar, cara a cara, el sentido del libro, las razones de esas historias, la urgencia que las impulsaba. Ese momento aparece narrado como una instancia de validación política e intelectual.
La emoción de oír lo propio en boca ajena
También se da cuenta del tiempo de esa escritura: el prólogo llega casi sobre el cierre, cuando el libro ya estaba a punto de entrar a imprenta. En Señales se escucha la voz de Ester Stekelberg leyendo un tramo de ese texto. El detalle de la actualización —de los 150 a los 284 días de prisión— aparece como una marca del presente que irrumpe en la narración, recordando que lo que se cuenta no pertenece solo al pasado.

Escucharlo ahora, en la voz de Ester, con ese cambio —de los 150 días a los 284 al momento de la grabación—, conmueve. "Me emociona muchísimo", dice Ottaviano. Y agrega que esa escucha la interpela, la convoca a insistir en el encuentro, a pensar de qué manera construir colectivamente la liberación, y también a agradecer. "Yo me lo quiero llevar después, ¿me lo puedo llevar a la grabación?", pregunta.

Caballero cierra con una línea breve, casi como un gesto de continuidad: "Muy bien, Ester, muchísimas gracias".

La emoción aparece entonces como un hilo conductor. Escuchar el prólogo, grabado en la voz de Esther, genera una reacción descrita como profunda y movilizadora. No es solo el contenido, sino el contexto: la espera, la incertidumbre, la confirmación tardía. Todo eso convierte al texto en algo más que una introducción; lo vuelve parte de la experiencia misma del libro.

A partir de allí, el relato se abre hacia una reflexión más amplia sobre la figura de Cristina. Se recoge la idea de que se trata de un personaje que requiere ser "redescubierto", en un contexto donde —según se plantea— ha sido fuertemente demonizado. Se menciona un sentido común construido en torno a su figura, alimentado por discursos mediáticos y factores de poder, que la presentan de manera negativa. Esa construcción se vincula nuevamente con la noción de "baja autoestima social" ya desarrollada en tramos anteriores.

Sin embargo, el texto contrapone esa imagen con la experiencia directa del diálogo. Caballero la describe como una dirigente capaz de abordar cualquier tema, cuya conversación deriva rápidamente hacia la geopolítica; alguien que no se limita a un área específica, sino que muestra una comprensión integral de los problemas. Esa percepción se refuerza con un recuerdo: un encuentro en el Instituto Manuel Dorrego, compartiendo espacio con historiadores como Pacho O’Donnell y Felipe Pigna, donde, en un momento, tomó la palabra para desplegar una clase de historia revisionista que dejó una marca indeleble.

YPF, Vaca Muerta y la disputa por el relato
Se incorpora entonces una escena más reciente, casi surrealista: un fallo judicial que, de algún modo, reconoce la validez de la expropiación de YPF para garantizar soberanía energética, mientras al mismo tiempo la declara ilegal. En paralelo, el discurso presidencial cuestiona esa decisión, calificándola como un error o un robo, pero apropiándose de los resultados favorables en tribunales internacionales.

Esa contradicción se presenta como síntoma de una disputa más profunda por el sentido de las políticas públicas. La expropiación de YPF, impulsada durante el gobierno de Cristina junto a su ministro de Economía, Axel Kicillof, aparece como un caso paradigmático: una medida criticada en su momento por amplios sectores y, sin embargo, fundamental —según esta mirada— para el desarrollo energético posterior del país.

El relato refuerza la idea central: la necesidad de comprender los procesos en su complejidad, más allá de lecturas inmediatas o interesadas. El prólogo, la experiencia de escritura, la figura de Cristina y los debates en torno a decisiones como la de YPF se integran en un mismo movimiento: recuperar la historia como herramienta viva, capaz de iluminar el presente y abrir posibilidades hacia el futuro.

Se ancla luego en una afirmación que funciona como toma de posición: sin Cristina Fernández de Kirchner, sostiene la voz que reconstruye, Vaca Muerta no existiría tal como se la conoce hoy. Esa idea no aparece como una consigna aislada, sino como parte de una lectura más amplia sobre el desarrollo energético del país y su impacto en la balanza económica. El texto señala que ese yacimiento permite actualmente pensar en un superávit energético, aunque introduce de inmediato una tensión: la política de precios internos, condicionada por una lógica de internacionalización, impediría que ese beneficio se traduzca directamente en la vida cotidiana.

Se reconstruye entonces el contraste entre pasado y presente. Desde la voz de los autores, se invita a revisar las coberturas mediáticas del momento en que se anunció Vaca Muerta: predominaban las descalificaciones, las acusaciones de que se trataba de un "blef", un proyecto inviable o una promesa imposible de financiar. En ese punto, se introduce el posicionamiento de sectores políticos como el PRO y el radicalismo, señalando su oposición a iniciativas vinculadas con la soberanía energética.

El recorrido deriva en una lectura más amplia sobre política exterior y relaciones de poder. Caballero recoge una ironía que sintetiza esa mirada: la idea de dirigentes "patriotas", pero de los Estados Unidos. La referencia a debates como el de la vacuna de Pfizer aparece como ejemplo de esas tensiones, donde las decisiones locales se cruzan con intereses globales.

Se señala también una paradoja: pese a las críticas históricas, ningún gobierno posterior se animó a revertir la expropiación de YPF. Lo que sí aparece es una práctica que los autores describen como "rebautizar": cambiar nombres, resignificar espacios, apropiarse simbólicamente de políticas sin modificar su sustancia. Se menciona como ejemplo el caso del Centro Cultural Kirchner, convertido en escenario de esa disputa simbólica.

El relato se detiene finalmente en una caracterización más general. El peronismo —señala— puede tener múltiples defectos, pero hay uno que, según esta mirada, no le es propio: la inacción. Se rescata la idea de una fuerza que decide, que actúa, que interviene aun a riesgo de equivocarse. En contraste, ciertos sectores de la derecha argentina se presentan como portadores de una lógica más ligada a la renta que a la construcción de un proyecto de país, una lógica que —según se sugiere— se limita a aprovechar procesos ya en marcha.

Pero el eje vuelve rápidamente a la figura de Cristina y al deseo, expresado en la narración, de que la política recupere un debate de fondo: el de las condiciones de vida de la sociedad. Esa aspiración funciona como puente hacia uno de los episodios más singulares del libro, donde la historia adquiere una dimensión casi épica.

La épica como acción colectiva
Luego se relata la escena del Aconcagua, el punto más alto de América. Allí, en la década del 50, un grupo de militantes se propone una hazaña que roza lo imposible: llevar bustos de Juan Domingo Perón y Eva Perón hasta la cima. La primera reacción de Perón —según se reconstruye— es de rechazo: considera la idea una locura, consciente de las condiciones extremas de la montaña, donde incluso hoy siguen muriendo montañistas.

Sin embargo, el proyecto avanza. Con la colaboración de figuras como Atilio Renzi, se organiza la expedición. Se describen las dificultades físicas con precisión: la altura, la falta de oxígeno, el malestar corporal, el esfuerzo extremo. A eso se suma un obstáculo adicional: el peso de los bustos, fabricados con materiales que obligan a fragmentarlos para poder transportarlos en mochilas. Esa imagen —los cuerpos cargando en partes esos símbolos— se lee como metáfora de la acción colectiva.

La hazaña se concreta. Los bustos llegan a la cima, al "techo de América". Pero la historia no termina allí. Tras el golpe de Estado de 1955, el gobierno de facto encabezado por Pedro Eugenio Aramburu ordena retirarlos. Se introduce aquí una carga crítica: aquella autodenominada "Revolución Libertadora" es recordada como "fusiladora", subrayando la distancia entre su nombre y sus prácticas.

La expedición militar enviada a cumplir la orden enfrenta, según se narra, dificultades similares a las de la primera ascensión. Hay una "ventana" climática específica para intentar la subida, y las condiciones no acompañan. Incluso aparece un tono irónico al señalar la mala fortuna de esa empresa, como si la propia montaña opusiera resistencia.

Finalmente, los bustos son bajados. Pero lo verdaderamente importante no es ese desenlace, sino la historia que lo precede y lo excede: la de un grupo que se atrevió a desafiar límites físicos y políticos, la de una acción colectiva que inscribe en la geografía una marca simbólica.
La historia también es lo que intentan borrar
Este tramo refuerza una idea central del libro: la historia no es solo lo que permanece, sino también lo que se intenta borrar. Y en ese juego entre memoria y olvido, entre construcción y eliminación, se define —una vez más— la posibilidad de comprender el presente.

La narración se centra en la persistencia de la acción colectiva y en cómo el peronismo —en su versión más popular y militante— se representa como una "ola" que vuelve, a pesar de los reflujo y las dificultades. Retoma la épica de los bustos de Juan Domingo Perón y Eva Perón, ahora desde una perspectiva de continuidad: luego de los intentos de eliminación por parte de los militares, un grupo mixto de compañeros, incluyendo militantes de ATE y montañistas, decide volver a subir los bustos. Este acto, acompañado por la bendición del padre Pepe, adquiere un simbolismo que combina devoción, resistencia y memoria histórica. Se resalta la importancia de registrar estas acciones, documentadas en video y accesibles en la serie Cenizas quedan.

El relato transita luego hacia la circulación del libro, mostrando cómo las historias recopiladas cobran vida en distintos formatos y espacios. La preventa autogestiva permitió financiar la impresión y acercar la obra al público, con cientos de lectores que contribuyeron a hacer posible la publicación. Se destaca el alcance colectivo de la obra: no es solo un libro, sino un proyecto cultural que articula memoria, literatura y audiovisual.

Memoria en movimiento
Se explica además la estrategia del segundo tomo: reunir siete historias de la primera temporada de Cenizas quedan junto con nuevas narrativas, conformando un total aproximado de diez capítulos. La intención es mantener un flujo constante de publicación, con la expectativa de lanzar el segundo tomo hacia fines de noviembre y el tercero el año siguiente. Este enfoque refleja la planificación y la construcción de un relato histórico continuo, donde cada entrega se suma a la anterior, formando un mosaico de memoria y acción.

Un elemento innovador es el uso de códigos QR vinculados a cada capítulo. Estos permiten acceder directamente al material audiovisual, complementando la experiencia de lectura. La estrategia busca ampliar la comprensión y el alcance del contenido: quienes no deseen leer pueden acercarse a la historia a través del video, mientras que los lectores pueden profundizar detalles y acceder a información adicional no incluida en la versión impresa. El QR actúa como puente entre lo textual y lo visual, facilitando la transmisión de la memoria histórica en distintos formatos.

La historia desde abajo
Finalmente, se recupera la dimensión comunitaria de la experiencia. La venta del libro y la presentación que ocurrió por la tarde en el Centro Cultural La Toma se inscriben en un marco de participación directa, donde lectores y seguidores se convierten en parte activa del proceso de difusión. La cita funcionó casi como un ritual de encuentro: un espacio para compartir el material, conversar y reforzar vínculos generacionales y colectivos alrededor de la memoria. La insistencia en la participación y la continuidad de la acción refleja la filosofía de toda la obra: la historia no es solo registro, sino un impulso vivo que invita a actuar y a reconocerse en la memoria común.

En este tramo final, la narrativa remarca la dimensión dinámica y colectiva del proyecto: la presentación del libro no fue un acto estático, sino un punto de encuentro que se transforma según quienes asisten. La idea de "stream, libro, juntada, audiolibro, podcast" refleja una estrategia multiformato para transmitir memoria, historia y política, adaptándose a distintos públicos y plataformas, y aprendiendo de cómo la derecha ejecuta su llamada "batalla cultural" a través de teatro, recitales y libros, aunque muchas veces distorsionados.

El pasado como escenario del presente
Se estudia mucho a la derecha, esa "batalla cultural". Se observa cómo utilizan todas las plataformas, desde el teatro de revista hasta los libros, aunque muchos de esos materiales estuvieran falsificados, incluso recitales. Los autores, que aún no podían producir teatro de revista, decidieron intentar varias estrategias a la vez, como forma de responder y seguir participando. "Un poco para seguir dándola", explicaban.

Recuerdan que habían ido incluso a ver a Jorge Lanata, que mientras ellos hacían Crítica de la Argentina, un diario que el periodista dirigía, era parte de una obra de teatro de revista: con plumero en mano, presentaba su espectáculo. "Vamos a verlo porque en algún momento van a decir que esto no pasó", recordaban, como si la memoria misma necesitara testigos. Asistieron también a funciones destacadas, como Salsa Criolla, de Enrique Pinti, con la danza impecable de Laura Fidalgo. Reconocían la calidad de ciertos espectáculos, pero su curiosidad los llevó a un teatro histórico donde se anunciaba una fila larguísima. Al llegar, la incredulidad fue inmediata: la mayoría de las entradas eran de regalo y apenas alguien asistía de manera espontánea. Observaron la obra sin hacer comentarios sobre quienes ya no estaban en ese plano, conscientes de que cada gesto tenía valor histórico.

En paralelo, surge la reflexión sobre memoria política y cultural. Se recuerda un antiperonismo muy marcado, enquistado, aunque también se destacan la técnica y la conservación de ciertas páginas originales, escritas con cuidado y aún vigentes en su poder. La trayectoria periodística se remonta a 1987, con el primer ejemplar de PáginaI12, dirigido por un grupo de jóvenes que incluía a Osvaldo Soriano, Gelman, Bayer y Galeano. Cada línea, cada página, les parecía marcar un rumbo, un punto de referencia.

La narrativa vuelve al teatro de revista y a la escena de la memoria. Los relatos personales se entrelazan con entrevistas pasadas: una última charla con Bernardo Neustadt, en Martínez, para la revista Veintitrés, revelaba su origen humilde, su paso por la Secretaría de Prensa del peronismo y su eventual transformación política. La pregunta sobre su heredero político fue clara y contundente: "¿De los que están hoy? Sí… Lanata", respondió, dejando un testimonio que, con el tiempo, se confirmó en parte.

La conversación cerraba con agradecimientos y la convocatoria a encontrarse. La presentación del libro Proscripta y sublevada, Crónicas ardientes de una Argentina indomable, de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano, se anunciaba para esa misma tarde en La Toma. Caballero y Ottaviano recordaban cómo muchos llegaban con los hombros caídos y se iban con energía renovada, conscientes de que el futuro tiene historia y que ese futuro se construye juntos.

Entre la charla y la presentación surgían advertencias y esperanzas: la urgencia de valorar lo que son, de considerarse dignos de vivir mejor, y la certeza de que el compromiso colectivo puede cambiar realidades. Y al final, como cierre inevitable y necesario, la declaración de intención: "Obviamente, vamos a pedir por Cristina libre también".

El encuentro prometía ser más que una presentación de libro: un ritual de memoria, compromiso y energía compartida, donde los relatos del pasado se convertían en herramientas para pensar y construir el futuro.

Escuchá la entrevista completa:

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