domingo, 11 de octubre de 2026

El conflicto en la Gurruchaga y una pregunta de fondo: ¿quién escucha a los estudiantes?

La intervención del Ministerio de Educación de Santa Fe, las denuncias de estudiantes por presuntos malos tratos y las dificultades para establecer un diálogo con las autoridades profundizaron el conflicto en la institución rosarina. Mientras las familias reclaman una solución definitiva, la disputa pone en discusión el ejercicio de la autoridad, la convivencia escolar y el derecho de los estudiantes a ser escuchados. De esto y mucho más dialogamos con madres de alumnos de la Gurru en Señales
Una intervención que profundizó el malestar
El Complejo Educativo Gurruchaga de Rosario atraviesa un conflicto que se intensificó en las últimas semanas y que excede la discusión sobre quién debe conducir la institución. En el centro de la disputa aparecen los vínculos entre las autoridades, los estudiantes y sus familias, así como las condiciones necesarias para garantizar una convivencia escolar basada en el respeto y la escucha.

Desde mayo de 2025, el establecimiento se encuentra intervenido por el Ministerio de Educación de Santa Fe. En ese contexto, alumnos y alumnas hicieron públicas denuncias de maltrato, destrato y abuso de poder que atribuyen a los actuales interventores. Carteles dentro de la escuela, sentadas y una manifestación frente al edificio, con el acompañamiento de las familias, transformaron un malestar acumulado en un reclamo colectivo: el fin de la intervención y la designación de nuevas autoridades mediante el escalafón interno.

El Ministerio sostiene que la intervención fue necesaria para reorganizar aspectos pedagógicos, administrativos y comunitarios, y defiende su continuidad hasta considerar cumplidos esos objetivos. Para las familias, sin embargo, la discusión excede la reorganización institucional. Lo que está en juego es la posibilidad de que los estudiantes sean escuchados, que las denuncias se investiguen y que la escuela vuelva a ser un espacio de convivencia, protección y pertenencia.

Adriana y Carolina, madres de estudiantes de la Gurruchaga, reconstruyen en Señales el conflicto como un proceso que se fue agravando durante aproximadamente un año y medio. Según sus testimonios, las protestas no surgieron de un día para otro, sino después de una sucesión de situaciones de destrato, decisiones tomadas sin consultar a los alumnos y dificultades para obtener respuestas de las autoridades.

Ambas sostienen que nunca quedaron suficientemente claros los motivos concretos de la intervención. Esa falta de información, aseguran, alimentó las dudas en una institución que ya había atravesado procesos similares.

Adriana cuestiona especialmente la designación de Antonella Scolari como directora interventora. Scolari ya formaba parte de la escuela y se desempeñaba en el área administrativa. Para la madre, resulta llamativo que, si entre los motivos mencionados para justificar la intervención figuraban presuntos desacuerdos o irregularidades administrativas vinculadas con el manejo del dinero, se haya elegido para conducir la reorganización a alguien que trabajaba precisamente en ese ámbito.

A ella se sumó Ezequiel Bressán, incorporado desde fuera de la institución como vicedirector interventor.

Las familias temen que la intervención se prolongue y que los argumentos utilizados para justificarla terminen dando lugar a conducciones externas durante años. Se trata de una preocupación que, según explican, está vinculada con la historia institucional y con la falta de certezas sobre los pasos previstos para recuperar una conducción elegida mediante los mecanismos internos.
El límite de los estudiantes: pedir que les crean

Uno de los episodios que las madres consideran más graves ocurrió cuando una estudiante atravesaba una crisis emocional e intentaba que los directivos comprendieran lo que estaba viviendo.

Según denunciaron las familias, ante la falta de escucha, la joven habría preguntado qué más debía hacer para que le creyeran, incluso si tenía que autolesionarse delante de ellos. De acuerdo con el testimonio de las madres, el vicedirector respondió: "Dale, te alcanzo las tijeras".

Para Adriana, esa frase condensó el destrato que los estudiantes venían denunciando y marcó un límite. Los chicos pedían que sus palabras fueran tomadas en serio y que alguien escuchara lo que estaban atravesando. En lugar de encontrar contención, sostiene, se encontraron con una respuesta que profundizó su angustia y su desconfianza.

Por la gravedad del episodio, las familias consideran indispensable que lo ocurrido sea investigado y que se determinen las responsabilidades correspondientes.

En ese contexto, el Centro de Estudiantes de la Gurruchaga (CEG) asumió un papel central. Adriana destaca la organización de sus integrantes, un grupo de entre 17 y 18 alumnos de distintos años que decidió ponerse al frente del reclamo. Menciona especialmente a Federico, presidente del centro, y a Vera, su vicepresidenta y Atuel a cargo de la comunicación del grupo, quienes encabezaron las acciones junto con sus compañeros.

Los carteles colocados dentro de la escuela, las expresiones de protesta y la posterior difusión de las denuncias en redes sociales permitieron que el conflicto comenzara a trascender las paredes del establecimiento.

Carolina destaca que las acciones del Centro se desarrollaron desde el respeto. Define al grupo como un espacio atravesado por el amor y la solidaridad, cuyos integrantes procuraron expresar sus reclamos sin abandonar esos valores. Asegura que los carteles eran claros y precisos, y que planteaban situaciones sobre las que muchas madres y padres también podían aportar sus propias experiencias.

La creación de una cuenta de Instagram amplificó las denuncias y contribuyó a que el conflicto adquiriera visibilidad pública. Para entonces, las familias ya habían intentado establecer canales de diálogo con las autoridades, pero describen una sucesión de obstáculos: correos electrónicos que, según les informaban, no llegaban, mensajes sin respuesta, explicaciones contradictorias y reuniones que no ofrecían soluciones concretas.
Una reunión sin respuestas

Carolina recuerda que, antes de que se concretara la intervención, la supervisora Alejandrina Giovannoli había abierto un sumario relacionado con el director, bajo el argumento de que existían problemas administrativos. Sin embargo, los detalles no podían comunicarse porque el expediente tenía carácter reservado.

La explicación dejó a las familias sin información suficiente para comprender qué había ocurrido y cuáles eran las razones concretas de las medidas adoptadas.

Según Carolina, también existía incertidumbre sobre las consecuencias del procedimiento. A las familias les habían explicado que, aun si el sumario concluía sin irregularidades comprobadas, las autoridades anteriores no podrían regresar a sus funciones porque se jubilarían. Para las madres, esa situación contribuyó a instalar una sensación de opacidad en torno a un proceso que modificó la conducción de la escuela sin ofrecer explicaciones que consideraran satisfactorias.

Los intentos de diálogo tampoco resultaron alentadores. En una oportunidad, un grupo de madres y padres consiguió una reunión breve con la supervisora, pero el acta del encuentro terminó perdiéndose. Carolina recuerda aquella experiencia como un esfuerzo por hacerse escuchar frente a una estructura que parecía esquivar sus pedidos.

El conflicto llegó a un momento decisivo cuando las familias solicitaron una nueva reunión, en la que pidieron expresamente la presencia de Giovannoli. Sin embargo, la supervisora no asistió. En su lugar estuvo Sergio Libonati, coordinador pedagógico de Escuelas Secundarias del Ministerio de Educación. También participaron Scolari, Bressán, integrantes del Centro de Estudiantes y un grupo numeroso de madres y padres.

La convocatoria había sido realizada con poco tiempo de anticipación. Las familias llegaron con una lista de temas que pretendían abordar. El primero era la intervención: querían saber cuánto duraría, cómo se desarrollaría y cuáles eran los pasos previstos para su finalización.

Pero, según Adriana, la cuestión institucional quedó rápidamente atravesada por la necesidad de tratar las situaciones denunciadas por los estudiantes.

Uno de los aspectos que más indignación les provocó fue el modo en que, según su testimonio, la directora interventora reaccionó ante el conflicto. Adriana sostiene que, en lugar de intentar mediar con los alumnos, escuchar sus reclamos o buscar una solución, Scolari recurrió a advertencias vinculadas con la baja de la edad de punibilidad y a la posibilidad de judicializar la colocación de carteles.

Para la madre, esas expresiones resultaron especialmente preocupantes porque estaban dirigidas a estudiantes de segundo año, de apenas 13 o 14 años. Considera que advertir a adolescentes sobre posibles consecuencias judiciales por manifestarse constituye una forma de intimidación.

Durante el encuentro, los padres y los estudiantes intentaron explicar lo que estaba sucediendo, pero, según Carolina, sintieron que las autoridades negaban los hechos delante de ellos. Los chicos también tomaron la palabra. Una estudiante lloraba mientras intentaba explicar que necesitaba ser escuchada; otro alumno preguntaba por qué no les creían y qué harían si finalmente les daban crédito.

La respuesta que, según Carolina, recibieron de Libonati fue especialmente desalentadora. El funcionario les habría dicho que en la vida les pasarían muchas cosas malas y que tendrían que acostumbrarse. "Habrá que acostumbrarse", recuerda la madre.

Después de aproximadamente dos horas, las familias decidieron levantarse y dar por terminado el encuentro. Para Adriana, ese momento marcó una ruptura en el diálogo. Habían acudido con la expectativa de obtener explicaciones y respuestas, pero se retiraron con la convicción de que no existían condiciones para continuar conversando en esos términos.

El reclamo era concreto: el desplazamiento de los directivos interventores, el cese de la intervención y la designación de nuevas autoridades mediante el escalafón interno.

Las explicaciones sobre los pasos necesarios para alcanzar ese objetivo también habían cambiado. Según Carolina, durante el año anterior les habían dicho que primero debía cerrarse el sumario para que pudiera finalizar la intervención. En la reunión más reciente, en cambio, les habrían señalado que no era necesario esperar esa resolución.

Para las madres, las respuestas contradictorias aumentaban la incertidumbre y reforzaban la necesidad de una decisión clara.
El mediodía, los baños y las decisiones que alteraron la rutina escolar

El conflicto también se expresa en medidas que, según las familias, modificaron la vida cotidiana de los estudiantes. Entre ellas mencionan el cierre de los baños durante las clases y los intentos de impedir que los chicos permanecieran dentro de la escuela durante el mediodía.

Para comprender la dimensión de esa última decisión es necesario conocer las características de la Gurruchaga. Se trata de una escuela técnica en la que los estudiantes ingresan entre las 7.30 y las 8 y, según el día, permanecen hasta las 16.30, las 17 o incluso las 18. Adriana calcula que pasan allí alrededor del 70 % de su vida activa.

Esa cantidad de horas compartidas explica, a su entender, los vínculos que se construyen entre estudiantes de distintos años y el sentido de pertenencia que caracteriza a la comunidad.

El mediodía es uno de los momentos en que esa identidad se hace más visible. Allí se encuentran alumnos de primero a sexto año, junto con docentes, coordinadoras y preceptoras. La escuela cuenta con un patio, mesas, sillas y una cantina, espacios que históricamente permitieron que los estudiantes permanecieran en el establecimiento entre un turno y otro.

Los horarios también responden a necesidades concretas. Carolina explica que las actividades pedagógicas y los talleres se distribuyen entre la mañana y la tarde, por lo que los horarios de salida y reingreso varían según el curso. Algunos alumnos terminan sus clases al mediodía y deben regresar a las 13.40; otros salen a las 11.30 y vuelven a las 13.

En esos intervalos, regresar a sus casas y volver a tiempo no siempre es posible, especialmente para quienes viven lejos y dependen del transporte público.

El cierre de las puertas al mediodía, dispuesto durante el año anterior por la supervisora Giovannoli, fue justificado por la supuesta falta de docentes disponibles para cuidar a los estudiantes. Adriana reconoce que la necesidad de contar con adultos responsables podría ser comprensible, pero considera que el problema debía resolverse mediante la organización institucional y no trasladando sus consecuencias a los chicos.

La madre señala que la Gurruchaga está encuadrada administrativamente como una escuela de primer nivel, categoría que, según su explicación, corresponde a establecimientos de hasta 300 alumnos, mientras que la institución cuenta con alrededor de 500. Esa diferencia, sostiene, repercute en la disponibilidad de preceptores y docentes.

Para las familias, la falta de personal constituye un problema que deben resolver las autoridades, no una razón para dejar a los estudiantes fuera de la escuela.

La medida terminó exponiendo a muchos alumnos a situaciones de inseguridad. Quienes no tenían tiempo suficiente para regresar a sus domicilios debían esperar en la plaza de Las Américas, frente al establecimiento, o buscar otro lugar donde permanecer hasta el siguiente turno. Algunos podían entrar a un bar; otros, si no tenían dinero, debían quedarse en la plaza, hiciera frío o lloviera.

Según Adriana, varios estudiantes sufrieron robos de sus pertenencias y, en algunos casos, episodios de agresividad. Esos hechos obligaron a revisar la decisión y, finalmente, las autoridades volvieron a permitir que los chicos permanecieran dentro del establecimiento durante el mediodía.

Sin embargo, las madres aseguran que la medida volvió a ponerse en cuestión durante la actual etapa de reorganización, lo que reavivó el malestar.

Para ellas, estos episodios muestran cómo decisiones administrativas aparentemente puntuales pueden repercutir directamente en las condiciones de seguridad, la organización familiar y el derecho de los estudiantes a permanecer en la escuela.
Versiones enfrentadas y nuevas denuncias

La reunión con las autoridades se realizó el jueves 1 de octubre. Al día siguiente, el diario La Capital publicó una nota dónde se defendía la continuidad de la intervención y quién decía esto era Daiana Gallo Ambrosis, secretaria de Gestión Territorial del Ministerio de Educación de Santa Fe.

Las madres cuestionan tanto el contenido como la oportunidad de esa publicación. También ponen en duda la imparcialidad de la respuesta oficial y señalan presuntos vínculos personales entre la funcionaria y los directivos interventores, una relación que no fue acreditada durante la entrevista.

El artículo, cuentan, presentaba el conflicto como un problema interno entre adolescentes y sostenía que las diferencias estaban relacionadas con la prohibición del uso de celulares durante las clases.

Para las familias, esa explicación distorsionaba el eje del reclamo: aseguran que durante la reunión no se había hablado de ese asunto y que los estudiantes tampoco lo habían planteado como motivo de sus protestas.

Carolina aclara que la discusión sobre los celulares es más amplia que una prohibición. A su entender, pueden utilizarse con fines pedagógicos cuando los docentes los incorporan al trabajo en el aula. Pero considera que el problema de fondo es una modalidad de conducción que privilegia las prohibiciones y las imposiciones por encima del diálogo.

Las madres también enumeraron otras restricciones que atribuyen a las autoridades y que, según relataron, formaron parte de los cuestionamientos expresados por los estudiantes en los carteles que aparecieron dentro de la escuela. Entre ellas, mencionaron la prohibición de usar gorras, las objeciones a determinadas prendas y los comentarios sobre la vestimenta de las alumnas. "No puede traer gorrita porque acá no quiero villeros. Esa remera, ponétela para salir el fin de semana. Acá en la escuela no se usa", citó Adriana al reconstruir algunas de las expresiones que, según su testimonio, escucharon los estudiantes. 

Adriana recuerda especialmente una frase que atribuye a la directora: "No uses escotes porque hay profesores que pueden equivocarse. Que se pueden confundir y vos podés hacer una denuncia falsa". Para la madre, ese comentario representa una muestra del destrato que, según afirma, los estudiantes tuvieron que soportar.

Mientras las autoridades sostenían que no había denuncias, Carolina aseguraba que existían presentaciones, descargos, actas, grabaciones y correos electrónicos vinculados con los hechos relatados por las familias.

Adriana plantea que, cuando los padres detectan un problema en una escuela, recurren al Ministerio para denunciarlo. Por eso, dice, resulta llamativo que después se les responda que no existen registros de esas presentaciones.

Ante esa situación, las familias volvieron a presentar denuncias y acudieron a la Defensoría de Niñas, Niños y Adolescentes. Carolina señala que fue el propio Libonati quien, durante la reunión, insistió en que debían formalizar las denuncias si consideraban que existían motivos para hacerlo.

Los padres decidieron entonces reunir la documentación y presentar nuevamente los antecedentes, incluidas las actuaciones que ya habían realizado de manera individual.

Según Carolina, algunas denuncias presentadas previamente ante la Defensoría correspondían a personas diferentes y no habían sido integradas en un único expediente. En el transcurso del conflicto, la comunidad de la secundaria realizó una presentación conjunta para reunir los casos y facilitar su tratamiento. Las familias también prevén articular las presentaciones de la primaria y la secundaria, dado que ambas forman parte del mismo complejo educativo.
Las familias y otras escuelas se suman al reclamo

La reunión fallida y la difusión de los testimonios contribuyeron a profundizar el malestar. Para las madres, lo que comenzó como una serie de reclamos individuales terminó revelando una cantidad de situaciones que hasta entonces no conocían en toda su dimensión.

Al finalizar el encuentro con las autoridades, los alumnos aguardaban a las familias para saber qué había sucedido. Adriana recuerda ese momento con emoción y orgullo: los padres sintieron que el Centro de Estudiantes les había mostrado el camino para organizarse y exigir respuestas.

La asamblea posterior permitió definir nuevas medidas de protesta. Ese día se realizó una sentada y se resolvió mantener las acciones durante el viernes y el lunes siguientes.

Las familias también denunciaron que, en lugar de convocar a un encuentro general, el Ministerio organizó reuniones separadas por año y división. Para Carolina, esa modalidad podía fragmentar los reclamos y debilitar la posibilidad de construir una posición común.

Frente a una reunión prevista para las familias de primer año, divididas en las comisiones A, B y C, un grupo de padres decidió encontrarse previamente en la puerta de la escuela, a las 17, media hora antes del encuentro oficial.

A la concentración se sumaron centros de estudiantes de otras escuelas que, según las madres, también habían atravesado conflictos internos sin encontrar soluciones. En la puerta de la Gurruchaga se realizó una asamblea en la que algunos padres conocieron por primera vez detalles de las situaciones denunciadas.

La movilización del lunes reunió a las familias y al alumnado en una demostración de apoyo mutuo. Para Adriana, quedó claro que los estudiantes no estaban solos y que detrás de sus reclamos había adultos dispuestos a acompañarlos.

La magnitud del reclamo pareció modificar el escenario institucional. Hasta entonces, según recordó Carolina, el Ministerio sostenía que la gestión interventora había sido un éxito e incluso había planteado la posibilidad de sumar otros interventores para acompañar a los dos que ya estaban al frente de la escuela. La propuesta le resultaba difícil de entender: "O sea, interventores le ponían a los interventores. ¿Necesitan niñeras estos dos personajes?", ironizó, en una pregunta que sintetizaba el desconcierto y el rechazo de las familias ante la continuidad de las autoridades cuestionadas.

Después de la concentración, la propuesta cambió: se dispuso apartar temporalmente a los directivos durante una semana y dejar la conducción en manos de un equipo socioeducativo de contingencia de la provincia.

Las madres valoran que se haya abierto una instancia de escucha, aunque cuestionan que la respuesta se limite a una separación temporal. Consideran que la escuela sigue intervenida y que todavía no existe una resolución definitiva sobre quién debe conducirla ni sobre cómo se atenderán las denuncias.
Un equipo de contingencia y una definición pendiente

El equipo socioeducativo comenzó a participar en reuniones con las familias, organizadas por año y comisión. En esos encuentros intervienen representantes del Ministerio y profesionales, entre ellos una abogada, una psicóloga y una psicopedagoga.

Cada reunión deja un acta y, según lo informado a los padres, posteriormente se reuniría la documentación para evaluar los pasos a seguir. Las instancias de escucha continuarían hasta completar los seis años de la secundaria. Después habría un período de análisis de los planteos y una nueva convocatoria para comunicar las decisiones.

Carolina reconoce que la apertura de ese espacio constituye un avance, pero insiste en que los tiempos de resolución no pueden medirse únicamente desde las necesidades administrativas del Ministerio.

Si el conflicto se prolongó durante un año y medio, sostiene, fue porque las autoridades no encontraron o no implementaron antes una solución. Mientras los estudiantes continúan con las sentadas, la comunidad espera definiciones que permitan recuperar la normalidad institucional.

Durante las jornadas de protesta, los alumnos también aprovecharon el tiempo para ocuparse de cuestiones edilicias. Adriana recuerda que la infraestructura presenta problemas conocidos por la comunidad: cuando llueve, afirma, las filtraciones provocan desprendimientos y caídas de partes de los techos.

Las necesidades de mantenimiento se suman así a una lista de cuestiones que, según las familias, requieren atención.

Los padres saben que las sentadas afectan el desarrollo habitual de las clases y aseguran que desearían que los estudiantes pudieran regresar cuanto antes a las actividades normales. Sin embargo, consideran que levantar las medidas sin una respuesta concreta sería desconocer las razones que llevaron a los chicos a organizarse.

No aceptan que el conflicto se interprete como una reacción al aburrimiento o como un simple problema de disciplina juvenil.

"Los tiempos los pusieron ellos, no los chicos", sostiene Adriana al referirse a la demora en encontrar una salida. Para las familias, los estudiantes llegaron a este punto después de intentar ser escuchados por distintos canales. La protesta aparece, desde esa perspectiva, como la consecuencia de una situación que podría haberse abordado de otra manera si las autoridades hubieran respondido oportunamente.
Un conflicto que, según las familias, también atraviesa a la primaria

Para Carolina, lo que ocurre en la secundaria no puede comprenderse por completo si se lo separa de la situación de la escuela primaria que integra el mismo complejo educativo.

La madre sostiene que existe un hilo conductor entre ambas instituciones y sitúa su origen en 2018, cuando comenzó la gestión de la actual directora de primaria, Mariana Sánchez. Desde entonces, afirma, las familias vienen denunciando prácticas que consideran excluyentes y que, a su entender, guardan similitudes con las que hoy cuestionan en la secundaria.

Carolina describe una modalidad de conducción que, según su percepción, promueve el individualismo, separa a las familias en reuniones y recurre al amedrentamiento cuando los padres plantean desacuerdos. También cuestiona que se responsabilice a las familias por las dificultades económicas que atraviesan, como si elegir una escuela pública implicara aceptar cualquier gasto adicional.

Uno de los ejemplos que menciona es la compra de los libros de Matemática. La discusión, explica, no pasa por impedir que la escuela elija materiales pedagógicos, sino por garantizar que sean accesibles para todos los estudiantes.

La madre recuerda que algunas familias manifestaron que no podían afrontar el costo del libro y que, según su testimonio, la respuesta de la directora fue que, si habían elegido esa escuela, debían asumir el gasto o buscar otra institución.

Para Carolina, ese planteo representa una forma de exclusión. "Es una patada en el alma y en el orgullo de una persona", expresa al describir lo que significa que una autoridad educativa responsabilice a una familia por no poder comprar un material escolar y le sugiera retirar a su hija de la institución.

La madre recuerda otro episodio en el que una mujer explicó que no había podido enviar a su hijo a la escuela porque no tenía dinero para darle la merienda. Según su relato, la respuesta fue que lo enviara a una institución donde hubiera copa de leche.

Para Carolina, en lugar de buscar alternativas que permitieran sostener la escolaridad, esas contestaciones trasladaban el problema a las familias y reforzaban la sensación de que no todos eran bienvenidos.

La discusión sobre el carácter público de la educación aparece en el centro de esos reclamos. Carolina sostiene que una escuela pública puede tener necesidades presupuestarias y materiales, pero eso no significa que deba dejar de garantizar condiciones de acceso para todos los estudiantes. La accesibilidad económica, afirma, no puede convertirse en un requisito que termine expulsando a quienes no pueden afrontar determinados gastos.

También cuestiona los cambios que, según relata, se produjeron en la oferta de talleres de la primaria. Antes de 2018, recuerda, existían entre seis y siete propuestas gratuitas, entre ellas cocina, dibujo, ajedrez y huerta. Con el paso de los años, afirma, algunos talleres comenzaron a cobrarse y la cantidad de actividades gratuitas fue disminuyendo hasta desaparecer. Actualmente, sostiene, no queda ningún taller sin costo para las familias.

A esa situación suma la falta de un gabinete psicopedagógico. Según Carolina, cuando comenzó la gestión de Sánchez se retiraron de la escuela la psicóloga, la psicopedagoga y el fonoaudiólogo que trabajaban allí. También afirma que no hay maestras integradoras ni acompañantes terapéuticos, una carencia que, desde su perspectiva, dificulta el acompañamiento de estudiantes que necesitan apoyos específicos.

La madre denuncia, además, restricciones que considera discriminatorias en relación con la vestimenta. Como ejemplo, menciona que a partir de quinto grado las alumnas no podrían usar calzas porque, según la explicación que recibieron, se les marcaría demasiado el cuerpo. Carolina encuentra en esa norma una continuidad con los cuestionamientos que, según las familias, también se realizan en la secundaria sobre la ropa de las estudiantes.

Las dificultades de comunicación son otro de los puntos que señala. Carolina afirma que se restringió el ingreso de madres y padres al establecimiento fuera de las reuniones autorizadas y que los canales de contacto quedaron limitados al correo electrónico o WhatsApp.

También recuerda un conflicto relacionado con la educación financiera, ocurrido dos años atrás, que motivó reuniones y denuncias, aunque sostiene que la respuesta institucional volvió a ser la misma: la apelación a los lineamientos de gestión y la falta de soluciones satisfactorias.

En ese contexto, Carolina atribuye a la directora una frase que resume, a su entender, la relación que mantiene con las familias: si no están conformes, pueden enviar a sus hijos a otra institución. También relata que, en una conversación, le atribuyó al ministro de Educación, José Goyti, la indicación de responder de esa manera a los padres que presentaran quejas. Esta afirmación requiere ser contrastada con las autoridades mencionadas.

Las madres consideran que ese tipo de expresiones invierte la responsabilidad: en lugar de invitar a las familias a retirarse, la institución debería buscar las condiciones para que todos los estudiantes puedan permanecer en ella.

Carolina aclara que su crítica no apunta a establecer una oposición entre educación pública y privada, sino a cuestionar que una escuela pública imponga condiciones económicas o de comportamiento que terminen excluyendo a parte de su comunidad. También pone en duda que una persona con trayectoria en el ámbito privado conduzca una institución pública sin atender, según su perspectiva, las particularidades sociales y económicas de las familias que concurren.
Recursos, vigilancia y preguntas sobre la gestión escolar

La madre menciona, además, la instalación de cámaras de videovigilancia. Según explica, la medida fue presentada como una respuesta a los problemas de seguridad y a los robos, pero el comunicado institucional también habría señalado que las imágenes podrían utilizarse para resolver situaciones que lo requirieran.

Carolina teme que las cámaras terminen funcionando como un instrumento de vigilancia y control sobre los estudiantes, e incluso como una herramienta para confrontar a las familias cuando sus hijos sean señalados por alguna conducta.

Adriana sostiene que la instalación de esos dispositivos fue financiada con fondos de la cooperadora. La cuestión abre otro capítulo del conflicto, vinculado con el manejo de los recursos y la transparencia de esa entidad.

Según las madres, existe una única cooperadora para las instituciones que integran el complejo, que comprende los niveles inicial, primario y secundario. Ambas cuestionan la falta de información clara sobre el destino de los fondos y recuerdan que, desde hace años, la cooperadora ha estado rodeada de controversias e intervenciones.

Carolina también plantea reparos sobre las actividades de recaudación. Mientras, según afirma, la cooperadora suele responder que determinados gastos no le corresponden, la directora organiza ventas de productos, como alfajores de maicena, mediante propuestas vinculadas con la educación financiera.

Para la madre, existe una contradicción entre esas actividades y la falta de explicaciones sobre el uso del dinero. Sus cuestionamientos forman parte de las denuncias y sospechas expresadas por las familias, pero no constituyen por sí mismos una comprobación de irregularidades financieras.

Para Adriana, el modo de relacionarse con las familias tiene consecuencias que van más allá de una discusión puntual. Sostiene que las expresiones que invitan a quienes no están conformes a retirar a sus hijos de la escuela se repiten tanto en primaria como en secundaria y que, a lo largo de los últimos años, contribuyeron a que numerosos estudiantes abandonaran la institución.

La deserción escolar es, para ella, una de las consecuencias más graves de ese modelo de conducción. Pero menciona también otro hecho que considera especialmente preocupante: durante el conflicto salieron a la luz casos de alumnos que, según denuncian las familias, habrían sido obligados a repetir de año por decisión de los directivos.

Adriana advierte que, si esas situaciones se confirmaran, estarían comprometiendo un derecho fundamental de niños y adolescentes: el acceso y la continuidad de su educación.
Una comunidad que no quiere abandonar su escuela

La discusión, entonces, no se limita a la intervención de la secundaria ni a la continuidad de determinados funcionarios. Para las madres, lo que ocurre en el complejo educativo expresa un problema más amplio sobre el modo en que se ejerce la autoridad, cómo se administran los recursos, qué lugar se les da a las familias y de qué manera se garantiza que los estudiantes puedan permanecer en la escuela sin sentirse intimidados o excluidos.

Las familias desearían que los alumnos pudieran volver cuanto antes a las clases habituales, pero insisten en que la normalidad no puede recuperarse ignorando las situaciones que dieron origen al reclamo. Consideran que las protestas no son el problema en sí mismo, sino una señal de que los canales institucionales no ofrecieron respuestas que los estudiantes consideraran suficientes.

Adriana y Carolina coinciden en que el Centro de Estudiantes no debe ser señalado como responsable del conflicto. Para ellas, sus integrantes encontraron una forma de organizarse y expresar sus preocupaciones, y demostraron que podían sostener sus reclamos con solidaridad y compromiso.

Antes de cerrar sus testimonios, ambas dejan un mensaje: los estudiantes no están solos. Hay madres y padres dispuestos a acompañarlos y sostener sus demandas, sin reemplazar las decisiones que tomen los propios alumnos.

En la Gurruchaga, la disputa por la conducción de la escuela se convirtió así en una discusión sobre el sentido de la educación pública. Detrás de los carteles, las reuniones sin respuestas, las denuncias y las sentadas hay una comunidad que reclama ser escuchada y que no quiere que la salida a sus dificultades sea abandonar la institución. La intervención podrá cambiar de forma, pero la pregunta que atraviesa el conflicto sigue abierta: ¿cómo se reconstruye la confianza cuando quienes deberían garantizar la escucha y la protección son señalados por no haberlo hecho?

Para las familias, recuperar la escuela implica mucho más que resolver una cuestión administrativa. Significa garantizar que los chicos puedan estudiar, construir vínculos, expresar sus preocupaciones y encontrar en las autoridades una respuesta basada en el respeto y la protección. Y, mientras esperan una resolución definitiva, sostienen una certeza: el Centro de Estudiantes no está solo.

Escuchá la entrevista completa:

sábado, 10 de octubre de 2026

Yamila Cafrune: "La cultura no puede ser prescindible"

La construcción de una identidad artística propia, las dificultades de sostener una carrera independiente y la defensa de la cultura como derecho atravesaron la conversación con Yamila Cafrune. Defensora del folklore tradicional, la cantora y abogada reflexionó sobre el lugar de los artistas, el avance de la inteligencia artificial y la necesidad de recuperar los espacios culturales como ámbitos de encuentro comunitario
En diálogo con Aire Libre Radio Comunitaria, en el programa Señales, la cantora y abogada repasó la herencia musical de su padre, Jorge Cafrune, el camino que la llevó a construir una identidad artística propia y las dificultades de sostener una carrera independiente. Defensora del folklore tradicional y de la cultura como derecho, reflexionó también sobre el lugar de los artistas, el avance de la inteligencia artificial y la necesidad de recuperar los espacios culturales como ámbitos de encuentro comunitario.

Hay voces que nos cantan una canción y hay voces que nos cuentan quiénes somos, de dónde venimos y qué cosas no debemos olvidar. Voces que tienen aroma a tierra, a caminos largos, a fogones encendidos, a patios familiares y a esas guitarras que, cuando comienzan a sonar, parecen reunirnos alrededor de algo que nos pertenece a todos: nuestra identidad.

En el folklore, en la música popular y en esa Argentina profunda que se expresa en una zamba, una chacarera, una vidalita o una copla, hay apellidos que forman parte de la memoria colectiva. No son solamente nombres de artistas, sino pedacitos de nuestra historia. Uno de ellos es Cafrune.

El apellido de un hombre que hizo de su voz un abrazo al pueblo. Jorge Cafrune, nuestro querido Turco, fue un cantor que recorrió caminos, cantó con el corazón abierto y defendió la canción popular como una forma de compromiso con la gente, con sus dolores, sus esperanzas y sus sueños. Su huella permanece en la cultura argentina y también en la vida de su hija, Yamila Cafrune, una mujer que lleva esa herencia con orgullo y responsabilidad, pero que, a lo largo de más de tres décadas de carrera, construyó su propio recorrido artístico.

Yamila Cafrune nació en Buenos Aires el 16 de noviembre de 1965 y creció en el ámbito rural de Los Cardales, en contacto con una vida ligada a la tierra y a las tradiciones populares. Su nombre encierra, desde el comienzo, una historia de lucha y libertad: sus padres la llamaron Yamila en homenaje a Yamila Bupacha, heroína de la revolución argelina contra la colonización francesa.

En 1972 regresó a la Argentina después de haber vivido con su familia en España. Seis años más tarde, cuando tenía apenas 12 años, perdió a su padre, el mítico cantor popular Jorge Cafrune, una figura fundamental del folklore argentino. Tras su fallecimiento, la familia se instaló en Santa Fe, donde Yamila cursó sus estudios secundarios y construyó una parte importante de su historia personal. Más adelante se trasladó a Córdoba para estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba, carrera de la que se recibió en 1991. Aunque su formación académica le abrió un camino profesional, la música fue ganando espacio en su vida hasta convertirse en su oficio y en la forma de continuar, desde una identidad propia, el legado artístico y humano de su padre.

Yamila conoce el peso de un apellido que forma parte de la historia grande del folklore. Sin embargo, sabe que ningún legado puede sostenerse solamente con recuerdos: hay que hacerlo vivir, volver a cantarlo, acercarlo a las nuevas generaciones y permitir que encuentre nuevos oídos. Esa convicción atraviesa su manera de entender la música y de ejercer su oficio.

Durante su participación en el programa Señales, la artista agradeció especialmente las palabras con las que la habían presentado. La idea de que un legado no se mantiene solo con recuerdos la había conmovido. "Nunca me hicieron una presentación tan bonita", reconoció, y aseguró que se iba a acordar de aquella frase. Desde Cañuelas, provincia de Buenos Aires, donde vive, se sumó a la conversación en una jornada lluviosa, de esas en las que el agua cae durante días sin terminar de definirse.

Contó que se encontraba a unos 70 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en dirección a Lobos, y que llevaba dos o tres días de lluvia intermitente, con momentos de precipitaciones fuertes y otros de una llovizna persistente. Entre el humor y la descripción cotidiana, confesó que prefería que lloviera con fuerza y de una vez, antes que soportar esa incertidumbre de una lluvia que no termina de ser lluvia ni llovizna. La humedad, dijo, también molestaba, aunque reconoció que el agua podía venirle bien al campo y a quienes dependen de ella.

La escena doméstica abrió paso a una de las cuestiones centrales de su historia: la relación con la figura de su padre y la manera en que una herencia artística se transforma en una identidad propia.

Una herencia que no se copia
Cuando se le preguntó cuánto tiempo le había llevado encontrar su lugar frente a un apellido tan grande como el de Jorge Cafrune, Yamila respondió que se trataba de un proceso que acompañaba toda la vida. No existe un momento definitivo en el que una persona pueda afirmar que ya resolvió por completo esa relación con su origen. A veces, explicó, uno cree que está haciendo algo propio y recién con el tiempo descubre hasta qué punto las influencias recibidas siguen presentes.

En su caso, había una circunstancia fundamental para comprender ese vínculo: tenía apenas 12 años cuando murió su padre. A esa edad, sostuvo, estaba muy lejos de tener como referencia consciente la posibilidad de imitarlo. "Era muy fuera de mi radar ver qué era él para copiarlo", explicó. No había existido, durante su infancia, una decisión de reproducir un modelo artístico ni la intención de convertirse en una versión de Jorge Cafrune.

Más adelante, cuando comenzó a dedicarse al canto, muchas personas le señalaron que tenía una dicción parecida a la de su padre. En particular, destacaban que se le entendía lo que decía al cantar. Yamila reconoció esa semejanza, aunque se preguntó si no se trataba, sencillamente, de una herencia o del resultado natural de haber aprendido a cantar escuchándolo desde pequeña.

Para explicar su mirada, propuso imaginar otro escenario: si sus maestras musicales hubieran sido Mercedes Sosa, Ramona Galarza o Teresa Parodi, quizá también habría desarrollado algunas características vocales semejantes a las de ellas. La formación, la escucha y la convivencia con determinadas voces dejan marcas que no siempre responden a una elección deliberada.

Por eso, su conclusión es clara: "Otro Jorge Cafrune no va a haber, por más que lo clonen no va a ser el mismo". La identidad artística no puede reproducirse como una fórmula. Lo que se recibe de quienes nos precedieron puede acompañarnos, pero no reemplaza la experiencia propia ni convierte a una persona en otra. "Esas cosas se heredan, no se copian", afirmó.

En esa frase aparece una de las claves de su trayectoria. Yamila no reniega de la herencia paterna, pero tampoco pretende ocupar un lugar imposible. Su camino consiste en mantener vivo un mensaje musical sin renunciar a su propia voz, comprendiendo que la tradición no exige una repetición mecánica, sino continuidad, sensibilidad y una manera personal de interpretar aquello que se ha recibido.
Abogada por profesión, cantora por oficio
La música terminó ocupando el centro de su vida, aunque su formación universitaria la había llevado por otro camino. Yamila se recibió de abogada en 1991, en la Universidad Nacional de Córdoba, el 11 de diciembre, precisamente el Día Nacional del Tango. Ese dato, que recuerda con la perspectiva que dan los años, marca el comienzo de una historia profesional que tomaría un rumbo inesperado.

Sus primeras experiencias vinculadas al canto se habían producido en la Universidad Nacional del Litoral. Sin embargo, el momento decisivo llegó al año siguiente de recibirse, cuando viajó a Cosquín, en 1992.

No fue directamente al escenario mayor del festival. Su primera presentación tuvo lugar en la calle, durante un espectáculo que se desarrollaba por la tarde, mientras transcurría el encuentro folklórico. Allí la escuchó Julio Mahárbiz, quien la invitó a subir al escenario principal.

Ese gesto abrió una puerta que transformaría su vida. A partir de entonces comenzó a cantar de manera semiprofesional y, posteriormente, profesional. No hubo necesariamente una decisión solemne, tomada de antemano, ni un instante en el que todo quedara definido. El recorrido se fue construyendo a medida que aparecían oportunidades, escenarios y experiencias.

Por eso, cuando habla de su identidad, establece una distinción que condensa su historia: "Mi profesión es la abogacía, pero mi oficio es el de cantora".

La frase no minimiza ninguna de las dos actividades. La abogacía forma parte de su formación y de su identidad profesional, mientras que el canto constituye ese trabajo cotidiano al que ha dedicado décadas, con todo lo que implica sostener una carrera artística. En su caso, la música no fue el resultado de un plan diseñado desde el principio, sino un camino que fue ganando espacio hasta convertirse en una forma central de estar en el mundo.

La libertad de elegir y el precio de la independencia
Con los años, Yamila fue conquistando una libertad que considera indispensable: decidir qué hacer, dónde cantar y bajo qué condiciones. En distintas oportunidades expresó de manera contundente que hace lo que quiere y donde quiere. Pero esa autonomía, lejos de ser una consigna sin consecuencias, tiene un costo que conoce por experiencia.

"Muchos costos, eso te puedo asegurar", respondió cuando se le preguntó por el precio de esa libertad. Y enseguida aclaró que no depende de la edad ni de la experiencia acumulada. Hacer lo que uno quiere siempre supone un esfuerzo adicional respecto de seguir lo que el mercado propone o espera.

En su caso, asegura que nunca hizo realmente lo que el mercado quiso. No sabe siquiera si tiene una canción que pueda considerarse un éxito en términos comerciales, de esos que se traducen en una presencia masiva y en un circuito de productos y merchandising. Su elección artística se orientó por otros intereses.

Yamila se define como una investigadora del folklore de antes. Incluso pone en cuestión la manera habitual de nombrar esa tradición: para ella, ni siquiera se trata de un folklore antiguo en sentido estricto, sino de expresiones musicales de hace aproximadamente un siglo, de 60, 90 o 100 años atrás. Ese repertorio, sus formas de interpretación y sus historias constituyen un territorio al que le gustaría dedicar buena parte de su trabajo como custodia o guardiana.

La intención no es solamente interpretar canciones, sino conservar una memoria musical que corre el riesgo de quedar relegada. Sin embargo, advierte que esa tarea encuentra dificultades, porque muchas veces el canto tradicional es subestimado. Según observa, existe una tendencia a restarle valor a los artistas que eligen un repertorio folklórico tradicional, como si esa decisión los ubicara fuera de los circuitos de mayor visibilidad o los volviera menos relevantes.

A esa situación se suma la complejidad de gestionar su propia carrera. La libertad de decidir también implica ocuparse de compromisos, acuerdos y condiciones de trabajo. En ese terreno, Yamila reivindica un principio que considera fundamental: "Para mí la palabra vale más que un contrato escrito".

No desconoce, sin embargo, que los contratos son necesarios en determinadas circunstancias. Puso como ejemplo el Festival de Cosquín, donde los acuerdos deben formalizarse porque así lo exige la organización. También sucede cuando intervienen las administraciones municipales. En esos casos, el documento escrito forma parte de las condiciones de contratación y debe cumplirse.

El problema aparece cuando la confianza personal se interpreta como una licencia para postergar obligaciones o desconocer compromisos. La palabra empeñada, explicó, puede volverse en contra de quien confía en los demás. Algunas personas parecen pensar que, si algo no se hace hoy, podrá hacerse mañana, sin considerar que del otro lado también hay una persona que organiza su tiempo, asume responsabilidades y necesita que los acuerdos se respeten.

"Una tiene sus compromisos, un montón de cosas", señaló. Yamila considera que, en ocasiones, los propios artistas han permitido que esas situaciones se naturalicen, quizá por mantener una relación demasiado confiada con la gente. Pero no está dispuesta a modificar su manera de entender el trabajo para adaptarse a esas prácticas.

A esta altura de su vida, sostiene, puede elegir dónde presentarse y con quién trabajar. Puede aceptar compromisos que le exijan esfuerzo, pero no quiere hacer nada que no le guste ni regresar a lugares donde haya sido maltratada. Incluso cuando no se trata de un maltrato explícito, sino de un trato que no estuvo a la altura de lo que esperaba, prefiere tomar distancia.

Esa decisión también tiene consecuencias económicas y profesionales. Elegir significa, a veces, dejar pasar oportunidades, renunciar a escenarios o alejarse de circuitos que podrían darle mayor exposición. Sin embargo, para ella, la independencia artística pierde sentido si obliga a resignar las convicciones que le dan sustento.

La libertad, entonces, no consiste únicamente en elegir las canciones o los lugares donde cantar. También supone establecer límites, cuidar el propio trabajo y defender una forma de relacionarse con la música y con los demás.
El trabajo detrás de la cantora: la independencia, las peñas y el encuentro con el pueblo
La libertad artística que Yamila Cafrune defiende tiene una contracara cotidiana: el trabajo que ocurre lejos de los escenarios. Llevar adelante una carrera de manera independiente significa ocuparse no solamente de cantar, sino también de producir, organizar, coordinar horarios, resolver imprevistos y atender cada uno de los detalles que hacen posible una presentación.

Durante la charla en Señales, le señalaron que, además de todo ese trabajo, debía ocuparse de cuestiones tan terrenales como llevar el auto al mecánico. Yamila recogió la observación con humor y confirmó que la organización de su carrera le demanda buena parte del día.

"Te lleva el 80% del día", reconoció. Y a esa tarea hay que sumarle la vida familiar. Yamila también es mamá y, como cualquier persona que sostiene una casa, debe encontrar tiempo para lavar la ropa, cocinar y resolver los problemas cotidianos. En esos días, además, su hijo Santiago había tenido un inconveniente con el auto. Aunque se trataba de un vehículo de gran porte, la avería había resultado ser una cuestión sencilla, pero igualmente había que llevarlo al mecánico.

En medio de esos contratiempos, destacó la solidaridad de las personas que la rodean. Siempre aparece alguien dispuesto a ofrecerle un auto para que pueda movilizarse, aunque, como explicó, no es lo mismo manejar un vehículo ajeno que el propio. Son pequeños problemas que se suman a una agenda que nunca se limita a los ensayos y las actuaciones.

También está la organización del espectáculo. Yamila debe hablar con Vicky, coordinar cuestiones prácticas, revisar los detalles y asegurarse de que todo esté preparado. Aunque el repertorio ya estuviera definido, todavía quedaban asuntos por ultimar. En esa conversación apareció incluso una preocupación tan sencilla como la comida de los músicos: Vicky había tenido la gentileza de preguntarles si necesitaban algo especial para comer.

La respuesta de Yamila volvió a mostrar su manera de entender el oficio. "Antes de cantora somos músicos", le dijo, con la naturalidad de quien conoce desde hace años las costumbres de las giras y los escenarios. Los músicos comen de todo, explicó, y además llevan un recipiente por si sobra comida, porque siempre conviene estar preparados.

Detrás de esa anécdota aparece una realidad que suele quedar fuera de la mirada del público. El espectáculo que se disfruta durante unas horas requiere una cantidad de trabajo previo que pocas veces se ve. Hay que coordinar personas, prever necesidades, cumplir compromisos y resolver imprevistos sin que esas dificultades lleguen al escenario.

Yamila admite que, por momentos, le gustaría contar con alguien que pudiera ayudarla a llevar adelante parte de esas responsabilidades. Sin embargo, observa cómo se presentan las cosas y, por ahora, se siente conforme. "Estoy bien, estoy trabajando, trabajo no me falta, gracias a Dios", aseguró.

No descarta que en el futuro pueda incorporar personas que se ocupen de algunas tareas, siempre que encuentre a alguien con la responsabilidad necesaria para hacerse cargo. Pero tampoco le resulta sencillo delegar. En su forma de entender el trabajo persiste una convicción arraigada: "El ojo del amo engorda el ganado".

Estar presente le permite seguir de cerca cada detalle, supervisar lo que ocurre y comprobar que las cosas se hagan de acuerdo con sus expectativas. Esa atención personal tiene un precio en tiempo y energía, pero también le ofrece la tranquilidad de saber que la carrera que construyó continúa bajo su propia mirada.

La cultura no puede quedar librada al mercado
La conversación avanzó hacia una preocupación que atraviesa a buena parte del sector artístico. Después de recorrer el país y conocer de cerca la realidad de los músicos, Yamila observa con inquietud un escenario en el que la cultura queda cada vez más expuesta a las posibilidades económicas de cada artista y de cada público.

Frente a la idea de que el acceso a la cultura constituye un derecho que el Estado debería garantizar, señaló que, en la práctica, ese respaldo no siempre existe. Su diagnóstico es contundente: "La cultura es desechable, es algo prescindible".

La definición apunta a una concepción que considera peligrosa, aquella que trata a la actividad cultural como si fuera un gasto del que se puede prescindir cuando los recursos escasean. En ese esquema, la posibilidad de producir, presentar y escuchar música depende cada vez más de la capacidad de cada artista para conseguir financiación y de la disposición del público para pagar una entrada o trasladarse hasta un espectáculo.

A esa dificultad se suma, según planteó, el avance de la inteligencia artificial, que introduce nuevos interrogantes sobre la creación y la interpretación musical. Yamila señaló que hoy es posible recurrir a estas herramientas para obtener una interpretación que suene bien, incluso cuando el canto original no está bien ejecutado, y también para componer canciones.

Su preocupación no se limita a la tecnología en sí misma. La ubica en un contexto donde, a su entender, el Estado no garantiza suficientes espacios culturales para todos los artistas. El problema, subrayó, es que esa falta de respaldo no afecta únicamente a quienes comienzan sus carreras o a quienes trabajan fuera de los circuitos comerciales, sino que limita las posibilidades de que exista una diversidad real de propuestas.

Los espacios culturales no deberían estar reservados exclusivamente para quienes convocan multitudes o tienen la capacidad de llenar plazas y festivales. Para explicar esa necesidad, recurrió a una imagen sencilla: "Los tomates de arriba se sostienen con los tomates del medio y los de abajo".

La metáfora expresa una idea central de su pensamiento: ningún movimiento cultural puede sostenerse solamente con sus figuras más visibles. Los artistas consagrados forman parte de una estructura más amplia que necesita de quienes ocupan escenarios intermedios, de quienes empiezan a cantar, de quienes trabajan en ámbitos pequeños y de quienes mantienen vivas expresiones musicales que no siempre encuentran lugar en los grandes festivales.

Si solo se apoya a quienes ya tienen convocatoria, el sistema pierde diversidad y debilita sus propias bases. Los artistas que hoy ocupan los escenarios principales también fueron, alguna vez, músicos que necesitaban una oportunidad para mostrarse. Por eso, Yamila insiste en la importancia de contar con lugares donde puedan presentarse propuestas diferentes y donde el acceso a la cultura no dependa exclusivamente de la rentabilidad.

La ausencia de esos espacios le hace pensar que falta una pieza fundamental en la organización de la sociedad. La cultura, sostuvo, es "la cuarta pata de una mesa". Una mesa suele tener cuatro patas; si una falta, la estructura queda incompleta y pierde estabilidad.

En esa imagen se concentra su reclamo: la cultura no puede ser tratada como un complemento prescindible de la vida social. Es una parte constitutiva de la comunidad, una dimensión necesaria para el desarrollo de las personas y para la construcción de una identidad compartida.
Volver al club, recuperar el encuentro
Para Yamila, el apoyo estatal a la cultura no debería entenderse como una pérdida de dinero, sino como una forma de producción social. Cuando los gobiernos comprendan que invertir en cultura significa producir, abrir oportunidades y fortalecer los vínculos comunitarios, también podrán reconocer su importancia para los jóvenes y para quienes atraviesan distintas etapas de la vida.

En ese punto, su reflexión se aleja de los escenarios y vuelve a los espacios cotidianos donde la comunidad construye sus relaciones.

Recordó el papel que cumplían los clubes de barrio, especialmente en épocas en las que muchas familias no tenían recursos para otras formas de entretenimiento. El club era un lugar al que se podía ir para encontrarse con los amigos, jugar al fútbol, disputar una partida de cartas o participar en actividades organizadas entre vecinos.

También había kermeses, bingos y distintas propuestas que permitían compartir el tiempo sin necesidad de grandes recursos económicos. Eran espacios de encuentro y diversión sana, donde las personas podían formar parte de algo común, desarrollar intereses y sostener relaciones que excedían el ámbito familiar.

La cultura, entiende Yamila, puede cumplir hoy una función semejante. No se trata solamente de organizar conciertos o financiar espectáculos, sino de generar lugares donde las personas puedan reunirse, expresarse, aprender, compartir y reconocerse como parte de una comunidad.

Por eso relacionó la falta de espacios culturales con la necesidad de ofrecer alternativas frente a situaciones de vulnerabilidad y a determinados consumos problemáticos. En su planteo, las actividades artísticas, los clubes y las propuestas comunitarias pueden convertirse en ámbitos de pertenencia, especialmente para quienes no cuentan con otras posibilidades de acceso al ocio o a la formación.

No se trata de presentar la cultura como una solución automática a todos los problemas sociales, sino de reconocer que su presencia contribuye a construir vínculos, abrir horizontes y ofrecer experiencias compartidas que enriquecen la vida colectiva.

Aquello que alguna vez ocurrió alrededor de una cancha, una mesa de cartas, una kermés o un bingo puede recrearse también alrededor de una guitarra, una canción, un taller o un escenario barrial. La música, en ese sentido, no es únicamente un producto para consumir. Es una práctica que reúne, transmite conocimientos, conserva historias y permite que las personas se encuentren.

De ahí que su defensa del folklore tradicional esté ligada a una preocupación más amplia por el presente y el futuro de la cultura. Preservar una zamba, recuperar una vidalita o volver a interpretar una copla no significa quedarse detenido en el pasado. Significa mantener disponible una parte de la experiencia colectiva, hacerla circular y permitir que las nuevas generaciones puedan conocerla y apropiársela.

La tradición permanece viva cuando encuentra espacios para ser compartida. Necesita artistas que la investiguen, públicos que la escuchen, instituciones que la acompañen y comunidades que la reconozcan como parte de su patrimonio.

Yamila Cafrune ha elegido ocupar ese lugar sin pretender convertirse en una réplica de su padre. Su tarea consiste en continuar un camino, pero hacerlo con su propia mirada, con sus preguntas y con las decisiones que fue tomando a lo largo de una carrera construida entre la formación profesional, el oficio de cantora y la defensa de una música que no siempre ocupa los lugares de mayor visibilidad.
La peña, un lugar donde la cantora puede mirar a los ojos
La conversación tenía, además, un motivo inmediato: la presentación de Yamila en Rosario, en la peña Alancay, una propuesta impulsada por la familia del mismo nombre que reúne músicos, artistas, bailarines y público alrededor del folklore. 

Para Yamila, presentarse en una peña no representa una vuelta a un espacio que hubiera abandonado. Por el contrario, insiste en que nunca dejó de participar de esos encuentros. Sus comienzos estuvieron ligados a las peñas, a los pequeños festivales al aire libre y a las jineteadas, escenarios donde fue construyendo su vínculo con el público antes de llegar a los espacios de mayor convocatoria.

A veces, señaló, la gente la ve actuar en Cosquín y supone que una artista que ha pasado por un escenario tan importante ya no querrá presentarse en lugares más pequeños. Pero esa idea no coincide con su trayectoria. "Yo nunca dejé de estar en peñas", afirmó. Y, ante quienes le preguntan por qué vuelve a esos espacios, responde con una frase que resume su relación con ellos: "Yo nunca me fui".

La diferencia entre una peña y un gran festival no reside solamente en el tamaño del escenario o en la cantidad de espectadores. Para Yamila, la cercanía modifica por completo la experiencia musical. En una peña puede mirar a cada persona a la cara, observar sus ojos y advertir cómo reacciona ante una canción. Puede reconocer si alguien se emociona, si disfruta de una melodía o si tiene ganas de levantarse a bailar.

En un festival multitudinario, la distancia vuelve más difícil percibir esas reacciones. El artista se encuentra frente a una multitud y el intercambio se produce de otra manera. En la peña, en cambio, existe una proximidad que permite leer los gestos y sentir de forma directa lo que sucede del otro lado de la guitarra.

Es precisamente esa relación la que Yamila disfruta y por la que continúa participando de encuentros populares, aun después de haber recorrido escenarios de gran importancia. No considera que exista una jerarquía que vuelva menos valioso un espacio pequeño. La música conserva su sentido en ambos lugares, pero la experiencia de compartirla es distinta.

En Señales recordaron que la habían visto bailar durante su presentación del año anterior en la Usina Social y también en la peña. La respuesta de Yamila fue espontánea: seguirá yendo mientras pueda. El día que deje de participar, explicó, será porque un problema de salud se lo impida.

Con humor, señaló que no se le cae la corona por presentarse en una peña. O, como suele decirse, no se le caen los anillos. La consagración o el reconocimiento no la colocan por encima de los espacios en los que comenzó su recorrido. Si hace falta, puede tomar la guitarra y tocar ella misma. De hecho, había conversado con Vicky sobre la posibilidad de que le prestaran una guitarra, aunque finalmente llevaría la suya y quizá la tocaría en algún momento para darle otra impronta al espectáculo.

En esa disposición se expresa una manera de entender el oficio sin solemnidades ni distancias innecesarias. Yamila está dispuesta a adaptarse a las condiciones del lugar y a participar activamente de la propuesta. No concibe la presentación como una obligación que deba ajustarse a un formato rígido, sino como una oportunidad de compartir la música con quienes se acercan a escucharla.

"Yo no les voy a decir que no laburo, chicos", explicó. Para ella, cantar es una pasión y una actividad que la llena espiritual y emocionalmente, pero también es su trabajo. Gracias a la música pudo y puede mantener a sus hijos y a su familia. Por eso, aceptar una presentación no supone únicamente responder a una vocación: significa sostener el oficio del que depende su vida cotidiana.

Esa dimensión concreta de la música ayuda a comprender por qué defiende tanto su autonomía. Detrás de cada actuación hay una estructura de responsabilidades que debe funcionar. La independencia implica trabajo, y cada oportunidad de cantar forma parte de una red que le permite continuar con su carrera y mantener a los suyos.

La Ferni y la necesidad de abrir los escenarios
La defensa de los espacios de encuentro también se relaciona con otra de las convicciones de Yamila: la necesidad de que el folklore sea un territorio abierto a distintas identidades, generaciones y maneras de vivir. Durante la entrevista, los conductores recordaron el legado de Jorge Cafrune en materia de respeto entre artistas y le preguntaron por su experiencia al compartir escenarios con otras voces, entre ellas La Ferni.

Yamila contó que conoce a La Ferni desde hace bastante tiempo y que le gusta lo que hace. Pero, además de valorar su trabajo artístico, destacó su capacidad de lucha. Para ella, La Ferni es una persona que ha tenido que abrirse camino en circunstancias difíciles y que pertenece a un colectivo al que pocas veces se le ofrece la posibilidad de participar en los espectáculos centrales.

No hablaba desde una posición teórica ni desde una idea abstracta sobre la inclusión. Aclaró que conocía esa realidad porque la había visto repetirse en distintos lugares del país. Incluso recordó ocasiones en las que le habían aceptado su propio espectáculo, pero le habían puesto una condición: podía presentarse ella, aunque no la artista con la que quería compartir el escenario.

La situación le parecía reveladora. Si una propuesta artística era aceptada, ¿por qué excluir a una de las personas que formaban parte de ella? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo cuando el valor de un espectáculo dejaba de medirse por lo que ofrecía y pasaba a depender de quiénes lo integraban?

Su reflexión también alcanzó la discusión sobre el cupo femenino, una política con la que manifestó estar de acuerdo, aunque consideró que en algunos ámbitos podía aplicarse de maneras que le resultaban poco razonables. Más allá de las herramientas que puedan establecerse para ampliar las oportunidades, sostuvo que es necesario avanzar hacia una situación en la que las personas sean reconocidas por su trabajo y no discriminadas por su identidad.

"Veamos a la persona por lo que hace y no por quién es", planteó. Para explicar su posición, recurrió a su propia experiencia. Cuando la contratan, contó, nadie le pregunta si es heterosexual u homosexual ni le exige que explique su identidad. La convocan porque les gusta lo que canta, porque consideran que su propuesta sirve para determinado espectáculo o porque creen que puede aportar algo a la programación. También pueden decidir no contratarla porque no les gusta su trabajo o porque consideran que no encaja en lo que buscan.

Lo que cuestiona es que se apliquen criterios diferentes a otros artistas por su identidad de género o por pertenecer a un colectivo históricamente excluido. En su mirada, la evaluación debería concentrarse en la propuesta artística y en la capacidad de cada persona para desarrollar su trabajo con responsabilidad.

"Mientras una tenga o uno tenga respeto por lo que hace y sepa qué está haciendo, lo demás va por añadidura", sostuvo.

La frase no desconoce las desigualdades que existen ni las dificultades que deben atravesar determinados colectivos para acceder a escenarios y contrataciones. De hecho, su experiencia junto a La Ferni y los casos que relató muestran que esas barreras continúan presentes. Su planteo apunta a que el respeto por el oficio, la calidad del trabajo y la posibilidad de compartir una propuesta no deberían quedar subordinados a prejuicios sobre la identidad de quienes la integran.

Compartir un escenario, en ese sentido, es mucho más que sumar una voz a un espectáculo. Puede ser un gesto concreto de reconocimiento y una forma de discutir, desde la práctica, los límites que todavía persisten en la industria cultural.

La apertura artística también forma parte de la historia del folklore. Jorge Cafrune había dejado una huella en ese sentido cuando invitó a Mercedes Sosa a cantar en Cosquín, en 1965. Décadas después, Yamila encuentra en la posibilidad de compartir escenarios con otras artistas una manera de sostener esa tradición de encuentro, sin convertirla en una repetición de gestos pasados, sino adaptándola a las necesidades del presente.
La peña Alancay, una cultura sostenida por su comunidad
Hacia el final de la charla, los conductores invitaron a la audiencia a participar de la peña Alancay, prevista para el domingo 11 de octubre, en el marco de las actividades mencionadas durante la conversación como parte de la conmemoración vinculada a los pueblos originarios. La convocatoria reunía músicos, artistas, bailarines y propuestas gastronómicas criollas desde las 12 del mediodía, en Distrito 7, Ovidio Lagos 790, en Rosario y una programación pensada para compartir mucho más que un espectáculo.

La presentación de Yamila era uno de los atractivos de una jornada que buscaba sostener un espacio cultural independiente, organizado por la familia Alancay y acompañado por quienes participan de sus actividades.

Al despedirse, la cantora quiso hacer una aclaración que terminó convirtiéndose en una de las reflexiones más significativas de la entrevista. Agradeció el espacio de radio, la conversación y las palabras recibidas, pero señaló que, en esta ocasión, ella no era la principal beneficiaria de la difusión.

"Yo, esta vez, voy a lo de la peña Alancay. Ustedes están haciendo promoción a un lugar de cultura que no está bancado por nadie más que por la familia esa y por todas las personas que van a ir mañana, pasado, traspasado, cada vez que sean convocados", explicó.

Su agradecimiento tenía que ver con reconocer la importancia de que Aire Libre Radio Comunitaria pusiera su micrófono una vez más al servicio de una propuesta cultural que se sostiene principalmente con el esfuerzo de quienes la organizan y de quienes asisten. Cuando no existe apoyo de otras instituciones, señaló, son los propios integrantes de la comunidad quienes deben hacerse cargo de mantener viva la propuesta.

En ese contexto, el trabajo de los medios también resulta fundamental. Yamila destacó que las personas que cuentan con un micrófono y con la posibilidad de llegar al público pueden ayudar a que estos encuentros sean conocidos, convocar a nuevos asistentes y contribuir a que los espacios independientes continúen funcionando.

"Si ustedes, las personas que tienen un micrófono y el alcance al público, no nos dan una mano, no podemos hacerlo", afirmó.

La frase recupera, desde una experiencia concreta, la preocupación que había expresado durante toda la entrevista. La cultura necesita artistas que trabajen, públicos que participen, espacios que abran sus puertas y medios de comunicación dispuestos a difundir lo que sucede en sus comunidades. Cuando uno de esos componentes falta, sostener una actividad se vuelve más difícil.

La peña Alancay aparecía así como algo más que el lugar donde Yamila iba a cantar. Era también un ejemplo de cómo una propuesta cultural puede mantenerse gracias al esfuerzo de una familia y al acompañamiento de quienes deciden participar, colaborar y hacer circular la convocatoria.

La artista agradeció infinitamente a los conductores por darle visibilidad al encuentro y expresó su deseo de que al día siguiente pudieran reencontrarse o conocerse personalmente en ese espacio dedicado al folklore.

La despedida fue cálida, en el mismo tono en que había transcurrido la conversación. Después de agradecerles nuevamente, Yamila envió un beso y los conductores anunciaron que la despedirían con Patria que lucha y sueña, junto con La Ferni, en una referencia al universo musical que acompañaba la entrevista.

Quedaba, después de las palabras, la invitación a encontrarse alrededor de una canción.
Una voz propia para una memoria compartida
Cuando se recuerda a Jorge Cafrune, aparece inevitablemente su capacidad de abrir puertas y de convertir la canción en un gesto de compromiso. Su decisión de invitar a Mercedes Sosa a cantar en el escenario de Cosquín, en 1965, forma parte de la memoria del folklore argentino y de una historia en la que la generosidad artística también tuvo un papel transformador.

Décadas después, Yamila protagonizó un gesto que recuperó ese espíritu de apertura al compartir el emblemático escenario con La Ferni. El encuentro reafirmó que la canción popular puede ser un lugar de reconocimiento, intercambio y convivencia entre distintas voces y generaciones.

Una tradición viva no es una tradición encerrada en el pasado. Es una práctica que escucha, comparte y se transforma sin perder su raíz. Por eso, dar lugar a otros artistas no constituye una concesión ni un gesto accesorio: es una manera de sostener el movimiento de la cultura, de permitir que aparezcan nuevas expresiones y de ampliar el horizonte de aquello que se considera parte del folklore.

La historia de Yamila está atravesada por esa tensión fecunda entre la herencia y la autonomía. Es hija de un cantor que dejó una marca profunda en la cultura argentina, pero también es una artista que tuvo que encontrar su lugar, aprender a gestionar su carrera, defender su repertorio y establecer sus propias condiciones de trabajo.

A lo largo de más de tres décadas, fue construyendo una relación con la música que no depende exclusivamente del éxito comercial ni de la aceptación del mercado. Su apuesta está puesta en un repertorio que considera valioso, en la recuperación de expresiones folklóricas de otras épocas y en la posibilidad de transmitir ese patrimonio a quienes todavía no lo conocen.

Su defensa de la cultura como derecho se desprende de esa misma convicción. Para que una canción siga existiendo, no alcanza con que alguien la recuerde. Tiene que haber quien la interprete, un lugar donde pueda sonar, un público que la escuche y una comunidad que encuentre en ella algo propio.

La voz de Yamila Cafrune no es la de Jorge, ni pretende serlo. Es una voz que aprendió de aquella historia y que hoy la prolonga desde una identidad construida con trabajo, libertad y compromiso. Una voz que reconoce que el legado no se conserva por inercia, sino que exige decisiones cotidianas: investigar, cantar, compartir escenarios, defender espacios culturales y sostener la palabra empeñada.

En tiempos en que la cultura corre el riesgo de ser considerada prescindible, su recorrido recuerda que la música popular es mucho más que entretenimiento. Es memoria, pertenencia y posibilidad de encuentro. Es una forma de narrar la historia de un pueblo y de mantener abiertas las puertas para que otras voces puedan contarla.

Tal vez allí resida el sentido más profundo de su camino. No en intentar ocupar el lugar de su padre, sino en permitir que aquello que él defendió continúe caminando, con nuevas canciones, nuevos intérpretes y nuevas formas de encontrarse con la gente.

Porque detrás de cada zamba hay una historia, detrás de cada guitarra hay una comunidad y detrás de cada voz que se anima a cantar hay una memoria que busca seguir viva.

Yamila Cafrune lo sabe. Por eso sigue cantando a su manera, con la herencia como punto de partida y la libertad como horizonte. Porque, como ella misma recordó, las cosas verdaderamente importantes no se copian: se heredan, se trabajan y se comparten.

Y para que esa memoria no se convierta solamente en un recuerdo, hace falta volver a cantar. Hace falta que existan escenarios, clubes, radios comunitarias y espacios donde la música pueda encontrarse con su gente. Hace falta, en definitiva, que la cultura vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la vida de todos.

Una tradición que sigue caminando
La charla con Yamila Cafrune dejó ver a una artista que conoce tanto el escenario como el trabajo silencioso que lo hace posible. Una mujer que se ocupa de organizar su carrera, resolver los problemas cotidianos, coordinar con otros músicos y sostener a su familia con el oficio que eligió. Pero también una cantora que no renuncia a los espacios pequeños, que sigue encontrando en las peñas una forma privilegiada de mirar al público a los ojos y que entiende la música como un trabajo, una pasión y una manera de construir comunidad.

Su independencia no está hecha solamente de libertad para elegir repertorios o escenarios. También se construye con decisiones difíciles, con la necesidad de administrar tiempos y recursos, con la responsabilidad de cumplir compromisos y con el esfuerzo de mantenerse fiel a sus convicciones en un mercado que no siempre reconoce el valor de las propuestas tradicionales.

En su defensa del folklore, Yamila no reclama que las canciones permanezcan congeladas en una época ni que los artistas reproduzcan modelos del pasado. Por el contrario, propone que esa memoria siga circulando, que encuentre nuevos intérpretes y que pueda compartirse con públicos diversos. La tradición, para ella, se fortalece cuando se abren las puertas, se reconocen otras voces y se crean oportunidades para quienes todavía no han llegado a los escenarios principales.

También reclama que la cultura deje de ser considerada prescindible. Los festivales, las peñas, los clubes, las radios comunitarias y los espacios independientes forman parte de una trama que permite que la música exista más allá de los grandes espectáculos. Allí se encuentran artistas consagrados y principiantes, familias, bailarines, vecinos y personas que buscan compartir una experiencia común.

Por eso, al agradecer la difusión de la peña Alancay, su mirada volvió al punto de partida: el legado no se mantiene solamente con recuerdos. Necesita acciones concretas, trabajo y compromiso. Necesita que alguien abra un espacio, que otra persona tome una guitarra, que un medio de comunicación cuente lo que sucede y que el público se acerque para escuchar.

Yamila Cafrune lleva consigo una historia que comenzó mucho antes de su propia carrera, pero que hoy continúa con su voz y sus decisiones. No pretende ser otro Jorge Cafrune. Busca, en cambio, sostener aquello que considera esencial de su herencia: el vínculo con la gente, el respeto por la música popular y la convicción de que cantar puede ser también una forma de compromiso.

En una peña, frente a un público cercano, con una guitarra entre las manos o compartiendo el escenario con otra artista, esa convicción encuentra una expresión concreta. La canción deja de ser solamente un espectáculo y vuelve a convertirse en un lugar de encuentro.

Porque detrás de cada zamba hay una historia, detrás de cada escenario hay personas que trabajan para hacerlo posible y detrás de cada voz que se anima a cantar hay una memoria que busca seguir viva.

Y mientras existan artistas dispuestos a cuidar esa memoria, familias que sostengan espacios culturales, radios que les den lugar y comunidades que se reúnan alrededor de la música, el legado seguirá su camino. No como una copia del pasado, sino como una tradición viva, capaz de abrirse a nuevas voces sin olvidar de dónde viene.

Escuchá la entrevista completa:

miércoles, 7 de octubre de 2026

Prensa Rosario reclama seguridad para periodistas tras la salida de Gustavo Scaglione de Rosario

La decisión del empresario Gustavo Scaglione de radicarse en Buenos Aires junto a su familia, luego de manifestar temor por su seguridad, volvió a poner en el centro de la escena la violencia que atraviesa a Rosario y, en particular, los episodios vinculados con el fútbol y las amenazas contra trabajadores de prensa. Desde el Sindicato de Prensa Rosario expresaron su preocupación y reclamaron reuniones urgentes con autoridades de Newell’s Old Boys y del Ministerio de Seguridad.

El Sindicato de Prensa Rosario manifestó este miércoles su preocupación por la situación de inseguridad que atraviesa a periodistas y trabajadores de medios de comunicación, luego de conocerse que el empresario Gustavo Scaglione, propietario de TVL y La Capital Multimedios, decidió dejar Rosario junto a su familia a raíz de los últimos episodios de violencia.

La decisión de Scaglione había sido dada a conocer por el periodista Roberto Caferra durante su editorial en Radiópolis, por Radio 2. Según relató Caferra, el empresario le manifestó: "Me voy de Rosario hasta que me garanticen seguridad". La salida se produce luego de los episodios registrados en el estadio de Newell’s Old Boys y en un contexto marcado además por mensajes intimidatorios dirigidos a periodistas de distintos medios.

Para el Sindicato de Prensa Rosario, esta situación constituye una "señal de alarma" y obliga a reforzar las medidas de protección para quienes desarrollan tareas periodísticas en la ciudad.

"Nos enteramos por Radio 2 que Gustavo Scaglione, dueño de TVL y La Capital Multimedios, y toda su familia se van de Rosario por lo ocurrido en el estadio de Newell’s Old Boys", señaló Prensa Rosario. Y agregó que la situación "nos ha sorprendido y nos lleva a redoblar los esfuerzos para proteger a nuestras compañeras y compañeros en el ejercicio de su tarea".

En ese marco, el gremio informó que este jueves mantendrá una reunión con autoridades de Newell’s Old Boys y reclamó poder concretar con carácter de urgencia un encuentro con el ministro de Seguridad.

El Sindicato también convocó a las empresas periodísticas a participar de esas reuniones para abordar el clima de hostigamiento que, según advierte, se viene generando contra quienes trabajan en los medios.

"Ningún deporte es un campo de batalla", sostuvo la organización, que llamó a "recuperar la racionalidad" y a que los distintos sectores involucrados aporten para garantizar condiciones de tranquilidad y seguridad.

El reclamo apunta particularmente a las condiciones en las que los periodistas deben desarrollar su trabajo. "Nuestra tarea diaria para informar y contar lo que ocurre, la obligación y la necesidad de mostrarle a las y los rosarinos lo que pasa nos obliga a estar allí donde está la noticia", expresó el Sindicato.

En ese sentido, el gremio remarcó que los trabajadores de prensa quieren continuar realizando su tarea, pero exigió que se garantice su integridad: "Queremos hacerlo pero exigimos seguridad para que nuestra integridad sea garantizada".

La reacción del gremio se produce mientras la decisión de Scaglione vuelve a exponer el impacto que el escenario de violencia tiene sobre distintos actores de la vida pública de Rosario y coloca también en primer plano la situación de quienes tienen la responsabilidad de cubrir e informar esos hechos.

Ver también: Gustavo Scaglione se va de Rosario por seguridad: el contraste con el relato de sus medios

Otras Señales

Quizás también le interese: