Los sindicatos de Prensa abajo firmantes, representantes de distintas provincias, en unidad y con sentido federal, expresamos nuestro más contundente rechazo a cualquier intento de precarización o retroceso en los derechos y conquistas laborales frente al intento del gobierno de «reforma laboral». Las declaraciones de ministros, funcionarios y legisladores marcan un rumbo hacia la explotación laboral. Ya lo intentaron mediante el decreto 70/23. Ahora van por un proyecto de ley que “reforme” las normas laborales que protegen y garantizan el trabajo.
No hay nada novedoso en todo lo que se plantea. No es la primera vez que un gobierno nacional intenta derribar los derechos de las y los trabajadores. Derechos conquistados con lucha gremial y organización, con avances y retrocesos pero siempre de pie. Así hemos sostenido nuestros convenios colectivos, paritarias salariales, obras sociales, condiciones laborales. Mientras que desde el Estado, por ejemplo, han provocado en los medios públicos no gubernamentales un verdadero vaciamiento; con salarios paralizados y retiros forzosos. Y con medios comunitarios y cooperativos destinados a sobrevivir como puedan.
Nuestra historia muestra el empeño colectivo puesto en el sostenimiento de las fuentes de trabajo, el esfuerzo por dar salud a las familias de prensa, por sostener servicios y por brindar capacitación retaceada por las patronales de los medios. Todo eso es nuestro y no podemos permitir que la derecha libertaria borre estas conquistas. Es por eso que planteamos la defensa irrestricta de los estatutos del Periodista Profesional y del Empleado Administrativo de Empresas Periodísticas.
Tenemos un gobierno complaciente con los intereses patronales, de los grupos concentrados; obediente con el mandato de organismos internacionales a los que poco o nada les importa la vida y destino del país. Un gobierno que pretende trabajadores baratos y desorganizados para avanzar con el plan económico de destrucción de nuestra industria, sin tecnología propia y con la primarización de la economía. En suma, una política colonial.
Hay que repetir, una y otra vez, que es mentira que con una flexibilización de las leyes laborales habrá más puestos de trabajo formales, o que se conseguirán mejores salarios sin representación colectiva.
La precarización del proyecto dibujado como reforma implica condiciones de sometimiento laboral que atrasa muchas décadas, que elimina indemnizaciones justas, que arrasa con el trabajo digno, entre otros derechos.
Para esto necesitan erosionar la capacidad de los sindicatos para defender a los trabajadores, cuya base es la negociación colectiva, la lucha en las calles y el derecho de huelga. El rol de los sindicatos es mejorar la vida de las y los trabajadores, por lo tanto legislar contra su protección y su defensa laboral es contrario a la vida en democracia.
Además, anular de hecho la actividad sindical conlleva para las y los periodistas-trabajadores de prensa perder la herramienta fundamental en defensa de la libertad expresión, contra la censura, contra el hostigamiento, la persecución y el ataque digital tan explorado por los libertarios. Sin olvidarnos de que es el presidente quien insta a odiar al periodismo.
En nuestro caso, la llamada “reforma” empeora aún más las condiciones que sufrimos con salarios miserables y condiciones de trabajo paupérrimas que debilitan la posibilidad de realizar nuestra tarea, poniendo en riesgo el derecho a la información y la libertad de expresión.
Para muestra basta el último ataque de agravio contra el periodismo en Tucumán con la prohibición de hablar de la justicia, hecho de una gravedad inusitada, y es el propio sindicato que ha tomado de forma activa la defensa de los trabajadores.
Confiemos en nuestra fuerza, en la lucha colectiva, en nuestras convicciones y digamos No a la reforma laboral.
Asociación de Prensa Santa Fe, Sindicato de Prensa Rosario, Asociación de Prensa de Tucumán, Sindicato de Prensa de Mar del Plata
La histórica AM 1030 entró en quiebra tras incumplir reiteradamente el acuerdo homologado en su concurso preventivo. La Justicia dispuso la inhibición general de bienes, la clausura de sus locales y la prohibición de salida del país para el presidente de la compañía
El Juzgado Nacional en lo Comercial N° 19 declaró la quiebra de Radiodifusora del Plata S.A., luego de constatar reiterados incumplimientos del acuerdo homologado en el marco del concurso preventivo iniciado en 2019.
Según informó la Agencia Noticias Argentinas, la resolución fechada el 25 de noviembre de 2025 dispuso la inmediata inhibición general de bienes, la prohibición de realizar pagos o entregar activos y la interdicción de salida del país del presidente de la sociedad, Jorge Julián Cerezo.
El fallo se produjo tras múltiples intimaciones desatendidas por parte de la empresa para regularizar los pagos a sus acreedores. Además, varios pedidos de quiebra promovidos por particulares y empresas —entre ellos, Fernández Martín Jorge, Daniel Edgar Lineares, Mariana Bergthein y Prevención ART S.A.— reforzaron el cuadro de incumplimiento.
En su resolución, el juez Gerardo D. Santicchia dispuso la continuidad del estudio contable Mendoza V.–Rudi C. y Asociados como sindicatura, destacando la experiencia previa de este equipo en el concurso y el beneficio para la economía procesal y la masa de acreedores.
Entre las medidas ordenadas, el tribunal dispuso la clausura de la sede social y de los locales de la emisora, el inventario de bienes, la incautación de documentación y el envío de oficios a diversos organismos, entre ellos la IGJ, el Banco Central y el ENaCom.
Además, se fijó el 20 de febrero de 2026 como fecha límite para que los acreedores presenten sus pedidos de verificación de créditos, y se establecieron los plazos para la presentación de informes por parte del síndico.
Radiodifusora del Plata, inscripta en 2004 en la Inspección General de Justicia, continuaba operativa al momento de la declaración de quiebra y mantenía una importante cantidad de créditos laborales pendientes de verificación.
La emisora fue lanzada al aire en 1931 bajo el nombre de LP 6 Casa América y formó parte del conjunto histórico de las primeras emisoras del país. En 1952, pasó a llamarse Radio del Plata y se consolidó como una de las emisoras clásicas del dial porteño. A lo largo de su historia atravesó distintas etapas empresariales, con modelos de gestión que reconfiguraron su programación y estructura operativa. Identificada durante décadas con transmisiones en vivo, servicios informativos y ciclos de análisis político, integró el sistema de radios privadas de mayor audiencia en las décadas de 1970 y 1980, con figuras destacadas del periodismo y el entretenimiento.
Uno de sus programas más emblemáticos, Submarino amarillo, se convirtió en un símbolo cultural de los años '80. El ciclo, que debutó en 1984 en Radio del Plata, fue una plataforma fundamental para el auge del rock y el pop argentino, albergando a las principales bandas de la época. Pero más allá de la música, el programa también se destacó por ser un refugio para las artes en general, como la poesía, el cine y el teatro. A lo largo de su historia, Rubén Darío Vega y el recordado Tom Lupo fueron los conductores que marcaron una época, convirtiendo al Submarino amarillo en una de las propuestas radiales más queridas y recordadas por varias generaciones.
Con el paso del tiempo, la emisora enfrentó transformaciones tecnológicas, dificultades financieras y sucesivas reestructuraciones. Aunque mantuvo continuidad en el aire, afrontó reducciones de personal y reprogramaciones que alteraron su histórica grilla. En los últimos diez años, los conflictos laborales, atrasos salariales y deudas con proveedores y organismos oficiales profundizaron su crisis económica.
El concurso preventivo abierto en 2019 buscó estabilizar la situación, pero los incumplimientos sostenidos derivaron finalmente en la declaración de quiebra ordenada por la Justicia comercial. Fuentes: Agencia Noticias Argentinas, Señales
Invertirán USD 450 millones hasta 2031. La nueva estructura reúne a más de 20 marcas y señales y tiene operaciones en 11 países. El año próximo lanzarán un operador móvil en Brasil y sus otros proyectos se ven aliados al gobierno de Javier Milei
El Grupo Werthein presentó Waiken ILW, un nuevo holding regional que reunirá sus operaciones de tecnología, telecomunicaciones, contenidos y servicios digitales en América Latina. La compañía invertirá US$450 millones entre 2026 y 2031 para expandirse en conectividad, televisión paga, streaming, producción de contenidos, desarrollo de software y soluciones basadas en inteligencia artificial.
Waiken ILW funcionará como un ecosistema de negocios con verticales independientes —cada una con su propio CEO y estrategia comercial— que podrán trabajar en red para generar sinergias. La estructura separa estas actividades del resto de los negocios de la familia en agroindustria (como la marca Cachamai), seguros (Experta), salud y desarrollos inmobiliarios.
La creación del holding es la evolución del recorrido del Grupo Werthein, un conglomerado empresario con más de 100 años de presencia en la región y participación en ciclos clave de la economía: desde CEI Citicorp Holdings y La Caja en los años ‘90 hasta Telecom Argentina, de la que se retiró en 2017, y Standard Bank, cuya participación vendió en 2012. En 2021 adquirió Vrio Corp. a AT&T, quedándose con DirecTV y Sky en América Latina, un punto de inflexión para el foco actual en tecnología y telecomunicaciones.
En entrevista con Bloomberg Línea, el empresario confirmó que la compañía evalúa una salida a bolsa en el mediano plazo —un IPO, es decir, una oferta pública inicial mediante la cual una empresa comienza a cotizar sus acciones— y que el proceso podría involucrar solo algunas de las verticales, no necesariamente al holding completo.
La nueva empresa será presidida por Darío Werthein, quien lidera el holding junto a sus tíos, Adrián y Daniel. Su primo, Gerardo Werthein, actual canciller argentino, no participa del grupo desde 2019.
Apuesta satelital y foco en el triple play Entre las principales inversiones se destaca la comercialización de internet satelital con Amazon, con el objetivo de competir con Starlink en Argentina y Brasil hacia fines de 2026. "Los satélites y la tecnología que usa Amazon son más robustos que los de Starlink", dijo Werthein. El servicio se ofrecerá con facturación en monedas locales, atención directa e instalación técnica en sitio.
El holding también buscará ingresar de lleno al negocio móvil para ofrecer triple play en Brasil y Colombia. Prevé lanzar un operador móvil virtual (MVNO) en Brasil en el primer trimestre de 2026, sumándose al servicio que ya opera en Colombia bajo la marca DirecTV Móvil. Brasil, la prioridad de expansión Brasil concentrará buena parte de la inversión inicial. Waiken ILW proyecta superar el millón de suscriptores de fibra óptica en 2026, desde los 500.000 actuales, mediante crecimiento orgánico e inorgánico.
Además, evalúa expandir el Sky Brazilian Broadcast Center en Jaguariúna y desarrollar allí un data center. "Es una locación muy interesante para nuestros clientes y para crecer en servicios digitales", afirmó Werthein.
IPO en estudio Del plan de inversión quinquenal, Werthein señaló que parte del financiamiento ya está cerrada, con capital propio y crédito bancario, y que están en conversaciones con potenciales socios.
También confirmó que analizan una futura salida a bolsa —un IPO, es decir, una oferta pública inicial— tanto en Estados Unidos como mediante colocaciones de deuda. Aclaró que el eventual IPO no necesariamente abarcaría a todo Waiken ILW, sino que podría aplicarse a una o varias verticales según su madurez y necesidad de capital.
Contenidos, streaming y deportes Aunque reconoce que la TV satelital es una "sunset industry", Werthein apuesta a su continuidad combinada con streaming y conectividad. El grupo controla derechos deportivos clave en Ecuador, Colombia y Perú, además del Mundial de Clubes y la Copa Sudamericana.
Torneos —adquirida en 2021— produce contenidos en vivo para varios mercados y comenzará a licenciar su señal DSports. En Brasil, Sky+ ofrece el fútbol a través de add-ons como Amazon Prime y Disney+, formato que según Werthein está logrando "un equilibrio muy bueno".
México en la mira Waiken ILW planea expandirse a México, Paraguay (con Amazon LEO) y Bolivia. En Estados Unidos, Torneos producirá una de las sedes del Mundial en Kansas, un hito para la compañía argentina.
Sobre México, donde el grupo tiene presencia limitada, Werthein sostuvo: "Es un mercado enorme, muy interesante. Queremos crecer, pero con cautela. No queremos hacer ninguna locura". Confirmó que trabajan en varios acuerdos que podrían ampliar su escala local.
Situación en Argentina
Consultado sobre el impacto del gobierno de Javier Milei en los negocios del grupo, Werthein aseguró: "Hasta hoy la experiencia fue muy buena. No tenemos nada trabado en el cepo cambiario y estamos muy contentos". Reiteró que la familia siempre mantuvo inversiones en el país.
En seguros, Experta se consolidó como la cuarta o quinta compañía del mercado local. A través de la Fundación Norma y Leo Werthein, el grupo sostiene distintos programas educativos. "No nos podemos quejar, nos ha ido muy bien", concluyó.
Durante siete años, Manuel Besedovsky acompañó la vida de Luciano, un joven trans de Barrio Tablada cuya historia transformó no solo una película, sino también la mirada del director. Un retrato cercano, afectivo y profundamente humano que sigue iluminando incluso después de su ausencia
Horas después del estreno en El Cairo Cine Público, todavía persistía en el aire la vibración de una sala llena, los abrazos contenidos y la emoción que rodeó la primera proyección en Rosario de Luciano, el primer largometraje documental de Manuel Besedovsky. A sus veinticinco años, Manuel se encontró sosteniendo una película que ya había hecho un largo recorrido antes de llegar a casa y que cargaba, además, la ausencia más dolorosa: la de su protagonista. Pero como él mismo decía, quizá lo más luminoso de todo era que Luciano había llegado a ver la película terminada. Y había sido feliz.
Manuel nació en Rosario en 1999, creció entre aulas de arte, recreos convertidos en sets improvisados y una temprana intuición de que el cine sería su lenguaje. En el Complejo Educativo Dr. Francisco Gurruchaga, "La Gurru", encontró una puerta que quizá no sabía que buscaba: se anotó en la terminalidad de Arte —hoy Tecnicatura en Diseño y Comunicación Multimedial— casi por instinto. Pero fueron las clases de teatro del centro cultural de la escuela las que, según recuerda, le enseñaron a disponer el cuerpo, a leer obras, a trabajar en colectivo, a entender que una historia podía respirarse. "A los 16 años, con los equipos de la escuela y la ayuda de mis mejores amigos dirigí mi primer corto, que filmamos entre los recreos y las horas de almuerzo", contaría después. "Creo que ese fue el momento en que dije: yo quiero hacer esto".
El camino se intensificó cuando ingresó a la Escuela Provincial de Cine y Televisión (EPCTV) y, más tarde, cuando se trasladó a Buenos Aires para estudiar Dirección en la Universidad del Cine. Esos años formativos lo conectaron con una tradición cinematográfica hecha de maestros, militancia estética y experimentación constante. También lo llevaron a recibir una beca del Fondo Nacional de las Artes, que sería crucial para financiar Luciano, un proyecto que le demandaría siete años de trabajo y una forma de mirar que no solo transformó su película, sino también su vida.
Porque lo que comenzó como un encuentro laboral —o incluso más casual que eso— terminó por convertirse en una amistad profunda y en un relato íntimo sobre la identidad, la pobreza, la dignidad y el deseo. Todo empezó en 2018, cuando Manuel terminaba la secundaria y realizaba pasantías como encargado audiovisual de una ONG. Fue allí donde apareció Luciano. Llegó con una idea entre las manos: filmar un video sobre lo que pasaría si un hombre fuera a una ginecóloga. Esa provocación, a la vez ingenua y disruptiva, abrió la primera conversación entre ambos. Y detrás de la ocurrencia, emergió un mundo que Manuel desconocía casi por completo.
Luciano hablaba de varones trans, de lo que significa ser hombre habiendo nacido y sido criada como mujer, de preguntas que él mismo había atravesado y que llevaba consigo como un laberinto íntimo. Manuel, cuyo mundo hasta entonces no había rozado directamente esas experiencias, sintió que algo se abría frente a él. "Ahí empezamos a charlar sobre este mundo", recuerda, pero muy pronto la charla derivó en otra cosa: en largas horas de conversaciones, en un vínculo inesperado, en una amistad. Luciano era más grande que él. Vivía en Barrio Tablada, una de las zonas más vulnerables de Rosario, un lugar donde la violencia, decía, era cotidiana. Pero en sus relatos Manuel descubría algo más profundo: la constancia de una vida a fuerza de changas, la búsqueda diaria de estabilidad, la preocupación por su mamá y por sus hermanas, el deseo de un futuro más digno.
En una de tantas conversaciones, Luciano finalmente le confesó que era trans. No lo hacía desde un afán explicativo, sino desde la confianza. Y Manuel recuerda la sensación de sorpresa, pero también de revelación. No porque estuviera frente a "una historia para filmar", sino porque lo que se desplegaba era el encuentro con un ser humano que le abría una intimidad compleja, frágil, a la vez dura y afectiva. Allí empezó a germinar la película. Lo que en principio sería un video institucional adquirió otra dimensión: se transformó en un documental sobre la vida de Luciano, filmado durante siete años, acompañando su camino, sus preguntas, sus contradicciones, sus luchas.
En ese entonces Manuel (foto) trabajaba con Pablo Romano, quien luego sería productor del filme. Juntos comenzaron a delinear la película desde un lugar casi orgánico, sin más brújula que observar, estar, acompañar. La relación entre Manuel y Luciano, crecida sin planificación alguna, fue el sostén de todo el proyecto: un vínculo de pares, de escucha mutua, de un aprendizaje recíproco donde la cámara no se imponía, sino que se volvía un elemento natural del espacio compartido. "La cámara siempre estaba —cuenta—, no siempre filmando, pero presente. Y llevó mucho tiempo hasta que la cámara logró convivir ahí adentro". Convivir significaba hacerla parte del mundo emocional de Luciano, parte de su casa, de sus silencios, de su barrio.
La primera vez que Manuel caminó el barrio lo sorprendió la estructura espacial: largos y laberínticos pasillos donde la vida cotidiana discurría entre pasajes angostos y conversaciones de puerta. Ese entramado físico lo llevó a pensar en otra forma de laberinto: el interior, el de la identidad. Porque Luciano también era eso: un conjunto de preguntas, de incertezas, de búsquedas. Sin embargo, pronto descubrió que detrás del relato del barrio violento había otras capas. Lo que encontró fue una red afectiva sólida que Luciano había construido: su mamá, su hermanita, su hermana mayor, sus amigos, los vecinos que lo reconocían y lo querían. "Había construido un círculo muy amoroso —dice Manuel— donde uno supondría que no es posible construir una vida trans digna". Ese descubrimiento cambió la mirada de la película: el barrio ya no sería una amenaza, ni un decorado para reforzar estereotipos, sino el territorio real donde Luciano había logrado tejer protección y afecto.
La película empezó a enfocarse en la vida cotidiana: en las rutinas domésticas, en la lucha permanente por conseguir un trabajo, en el deseo profundo de independencia. Luciano lo decía sin vueltas: quería poder trabajar sin patrón, ser dueño de su propio negocio, "así nadie me rompe los huevos". Recordaba que de chico no le habían puesto límites y que eso había marcado su carácter. Su mamá, en cambio, insistía: había que levantarse todos los días, lavarse la cara, aprender responsabilidades mínimas para sostener responsabilidades mayores. Esas escenas, esas charlas, esos contrapuntos familiares se fueron volviendo parte fundamental del relato. No como intervenciones pedagógicas, sino como el retrato de un hogar que convivía con dificultades, pero que también funcionaba como núcleo de cuidados.
El documental avanzó por capas, registrando decisiones delicadas vinculadas a la identidad de Luciano, conversaciones íntimas, dudas, esperanzas, tristezas. Fueron tantos años que la cámara dejó de ser un objeto extraño: se convirtió en un puente entre Manuel y Luciano, en un testigo callado. A esa convivencia se sumó un equipo de producción e instituciones que bancaron el proyecto: el INCAA, casas productoras como Reina de Pike y Doménica Films, y un conjunto de apoyos públicos que hicieron posible una película de largo aliento.
Pero mientras la película tomaba forma, la vida seguía desplegándose con la misma intensidad. Luciano (foto) seguía lidiando con su situación económica, con la vulnerabilidad de su barrio, con los obstáculos que lo atravesaban como varón trans en un entorno desigual. Y, sin embargo, Manuel siempre subraya lo mismo: Luciano había logrado construir una identidad plena, digna, deseante, aun cuando el contexto parecía negarle todas las posibilidades. Se había convertido, sin proponérselo, en un referente para él.
Hacia el final del proceso ocurrió lo inesperado: Luciano murió. Fue de manera repentina, por un virus, meses antes de que Manuel viajara a Alemania para presentar la película en la competencia internacional de DOK Leipzig. La noticia lo atravesó por completo. La película, que ya era íntima y afectiva, quedó entonces cargada de otra dimensión emocional. Sin embargo, había algo que lo sostenía: Luciano había alcanzado a ver la película terminada. La había disfrutado. Estaba ansioso, orgulloso, feliz. Y eso, para Manuel, se volvió un gesto reparador dentro del dolor.
Tras su paso por Alemania, la película llegó al Festival Internacional Asterisco LGBTIQ, donde ganó el premio a Mejor Película. Y luego, finalmente, desembarcó en Rosario, en El Cairo Cine Público, con una sala colmada de familiares, amigos, vecinos del barrio, artistas y curiosos que querían ver la historia de ese chico que había crecido en Tablada y que, aun sin saberlo, había dejado una huella. Durante esos días también se anunció que Manuel viajaría a Cuba para filmar un cuento de Samanta Schweblin en la mítica Escuela Internacional de Cine y TV, fundada por el maestro Fernando Birri.
En cada presentación de Luciano, Manuel repetía algo fundamental: la película no fue concebida para un público específico. No es un documental sobre una "temática trans", ni sobre la marginalidad urbana, ni sobre la pobreza. Es una película para todxs, porque las preguntas que Luciano cargaba eran, al final, preguntas humanas: ¿quién soy?, ¿qué deseo?, ¿qué tengo que hacer para vivir dignamente?, ¿qué significa ser responsable, ser libre, ser afectado por los otros? "No hay una respuesta clara sobre lo que es la identidad", afirma Manuel. "Lo que queríamos era generar interrogantes, que el público se sienta interrogado".
Luciano combina historias de género, de clase, de familia, de amor, de sobrevivencia. Muestra cómo una persona puede construir dignidad aun en los márgenes, cómo puede perseguir un deseo incluso cuando las condiciones parecen negarlo todo. Y allí, en ese trayecto, Manuel sintió que Luciano se había convertido en una especie de maestro inesperado: alguien que lo obligó a replantearse el mundo, a mirar distinto, a romper sus propios prejuicios. Descubrió que la forma más potente de combatir la ignorancia es el conocimiento: estar con el otro, acompañarlo, dejarse atravesar.
Sobre el final, Manuel siempre vuelve a lo mismo: al deseo de que la película circule, que viaje, que llegue a todos los rincones posibles. Que quienes la vean se lleven algo del espíritu de Luciano. "Para mí es fundamental que se siga haciendo cine", dice. "El cine sirve para contarnos como sociedad, para contar la diversidad de historias que existen". Y Luciano —entiende él— es la prueba de eso: una película que nació del encuentro con una persona única, que reveló la complejidad de lo humano y que dejó, sobre todo, un mensaje de esperanza.
Porque Luciano, con su vida, hizo algo digno. Algo enorme. Persiguió su deseo pese a todas las adversidades. Construyó vínculos fuertes donde otros ven solo violencia. Levantó su identidad en un contexto áspero. Y permitió que un amigo —uno mucho más joven que él, casi un hermano menor— hiciera de su historia una película capaz de interpelar a quienes la miran.
Hoy, cada vez que Manuel se para frente a una sala llena, siente que Luciano está ahí, respirando entre las imágenes. Que la película lo mantiene vivo. Y que su historia continúa generando preguntas, conmoviendo, rompiendo moldes, iluminando pasillos iguales a esos de Tablada: laberínticos, inmensos, profundos, llenos de sombras, pero también llenos de luz.
Próximas exhibiciones del documental Luciano en el El Cairo, Cine Público: Sábado 29/11 – 22:30 - Domingo 30/11 – 20:30
Entradas: General: $4000 - Estudiantes y jubilados: $3000
Los derechos humanos corren el riesgo de ser las primeras víctimas del despliegue de la inteligencia artificial generativa, alertó el lunes Volker Turk, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, advirtiendo sobre el potencial negativo de dichos sistemas
El alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, Volker Türk (foto), advirtió este lunes sobre los peligros que para las libertades fundamentales puede entrañar el mal uso de la inteligencia artificial (IA), advirtiendo que "tiene el potencial de convertirse en un moderno monstruo de Frankestein".
"Sin las debidas salvaguardias y regulaciones, los sistemas de IA tienen el potencial de convertirse en un moderno monstruo de Frankenstein, como en la famosa novela de Mary Shelley, concebida a pocos kilómetros de aquí", señaló en la jornada inaugural del Foro de Empresas y Derechos Humanos, que se celebra esta semana en la sede europea de la ONU en Ginebra.
Türk defendió que la IA generativa "tiene un enorme potencial, pero su explotación con fines puramente políticos o económicos puede manipular, distorsionar y distraer".
"Las amenazas a varios derechos humanos, incluidos la privacidad, la participación política, la libertad de expresión y el trabajo, son claras y evidentes", advirtió el jefe de derechos humanos de Naciones Unidas.
"Cuando los poderosos gigantes tecnológicos introducen nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial generativa, los derechos humanos pueden convertirse en la primera víctima", afirmó Türk.
Ante ello, alertó, "los gobiernos tienen la responsabilidad de unirse para evitar ese desenlace y las empresas pueden elegir un camino distinto, como algunas ya han hecho, aprovechando esta oportunidad para desarrollar tecnologías digitales que promuevan los derechos humanos y sirvan al bien público".
Otro modelo de negocio que criticó fue el de las plataformas de redes sociales, que "ya está alimentando la polarización, el extremismo y la exclusión", algo ante lo cual, advirtió, muchos países no encuentran el modo de hacerle frente.
En el comienzo de su alocución, aseguró que desde que las Naciones Unidas nacieran hace 80 años el poder de las corporaciones "ha aumentado de forma considerable, basado en gran medida en la acumulación de riqueza personal y empresarial en manos de unos pocos actores".
En algunos casos, afirmó, "este poder supera al de las economías de países enteros" y "si no está limitado por la ley, puede conducir al abuso y a la subyugación".
Türk agregó que los desequilibrios de poder corporativo también se manifiestan en la crisis climática y que "los pobres resultados logrados en la COP30 en Belém ilustran este punto".
"La industria de los combustibles fósiles está generando beneficios enormes mientras devasta algunas de las comunidades y países más pobres del mundo", afirmó Türk, quien pidió que haya una "verdadera rendición de cuentas por esta injusticia".
Cuando la inteligencia artificial amenaza derechos y libertades
La inteligencia artificial (IA) son algoritmos que simulan capacidades humanas, como aprender o resolver problemas, y se ha vuelto central en nuestra vida diaria. Si bien promete eficiencia y simplificación, también conlleva riesgos importantes, especialmente si no existe una regulación adecuada.
Entre los principales riesgos asociados a la IA se encuentran la discriminación y los sesgos, con sistemas de reconocimiento facial y algoritmos judiciales que pueden generar resultados injustos contra minorías y grupos vulnerables; el uso militar de drones y sistemas autónomos, que plantea dilemas éticos y riesgos de escalada de conflictos; y el desempleo y la desigualdad, derivados de la automatización creciente. Además, la falta de transparencia en herramientas de “caja negra” puede llevar a decisiones críticas sin explicación clara; la desinformación, mediante deepfakes (videos, audios o imágenes falsos que parecen reales) y bots (cuentas automatizadas que amplifican mensajes en redes sociales), amenaza la democracia y aumenta la polarización social; y el impacto ambiental de entrenar modelos de IA genera una huella de carbono significativa. Por último, la concentración de poder en unas pocas grandes empresas tecnológicas les otorga un control casi monopólico sobre el desarrollo de la IA y los datos de los usuarios.
Además, unas pocas grandes empresas tecnológicas —Google, Apple, Facebook, Microsoft, Amazon y sus equivalentes chinos— concentran el control sobre el desarrollo de la IA y los datos de los usuarios, lo que les da un poder desproporcionado sobre la sociedad y plantea riesgos sobre la libertad y la equidad.
Juan Buonuome es un historiador que se mueve con soltura entre el pasado y el presente de la historia argentina. Su trabajo, enfocado en las interacciones entre el periodismo, la política y la cultura de masas en el siglo XX, ha abierto una nueva ventana para entender cómo los medios de comunicación influyeron en los movimientos políticos y en las luchas sociales. Como docente e investigador del CONICET, Buonuome ha dedicado gran parte de su carrera a analizar las tensiones entre los medios y la política, especialmente en los primeros años del siglo XX, cuando la prensa argentina era un campo de batalla fundamental.
Su libro Un diario para el pueblo: Periodismo de izquierda en la historia argentina es el resultado de un minucioso trabajo de investigación sobre La Vanguardia, el periódico socialista que, durante más de 50 años, luchó por darle voz a la clase trabajadora. La obra examina la evolución del diario desde su fundación en 1894 hasta su final, a mediados del siglo XX, cuando el peronismo llegó al poder y clausuró el diario. A través de una mirada crítica y profunda, Buonuome cuenta en Señales, cómo La Vanguardia intentó jugar en la arena de los grandes medios, a pesar de su ideología socialista y sus limitados recursos.
"Este no fue un periódico que pudiera competir con los grandes de la época, como La Nación o La Prensa, pero sin duda dejó una huella importante", explica Buonuome. "A lo largo de las décadas, La Vanguardia intentó representar no solo los intereses económicos y sociales de los trabajadores, sino también los políticos, buscando un lugar dentro del sistema democrático. Esa fue una de sus características distintivas: el esfuerzo por entrar en el juego de los grandes medios sin perder su identidad política".
El surgimiento de La Vanguardia: La larga batalla por la representación del pueblo La historia de La Vanguardia comienza con la figura de Juan Bautista Justo, un médico y político argentino, que fundó el Partido Socialista y con él, el periódico. El 7 de abril de 1894, Justo y su equipo publicaron el primer número de La Vanguardia, con el objetivo de ser la voz del proletariado en una Argentina marcada por el crecimiento económico, la concentración del poder en manos de las élites y la lucha por la consolidación del sistema democrático. En su editorial inaugural, el diario se declaraba como un periódico socialista, marxista y defensor de la clase trabajadora.
"La idea de La Vanguardia no era simplemente crear un diario, sino crear una herramienta política que pudiera movilizar al pueblo trabajador, darle voz a una clase obrera que estaba siendo explotada, y, al mismo tiempo, articular un discurso que pudiera influir en el panorama político argentino", explica Buonuome. La Vanguardia tenía ambiciones grandiosas, pero, como observa el historiador, no pudo lograr todos sus objetivos. Sin embargo, no puede considerarse una experiencia fallida. A pesar de los obstáculos, el periódico se convirtió en un actor clave de la izquierda argentina.
A lo largo de sus primeras décadas, La Vanguardia luchó por ganar terreno. Como un diario vinculado a una fuerza política emergente, intentaba alcanzar a las masas, pero también competir con los grandes diarios, ya establecidos como instituciones de poder en la sociedad argentina.
Pero el camino no fue sencillo. Como relata Buonuome, el diario pasó por diversas etapas de crisis y adaptación, pero nunca dejó de ser una voz representativa de la izquierda argentina. Su estructura periodística se fue moldeando a medida que se consolidaba el Partido Socialista, y aunque nunca alcanzó el tamaño o el poder de otros diarios de la época, su influencia fue innegable.
La Vanguardia: Un diario que no solo imitaba, sino que competía Lo que distingue a La Vanguardia, según Buonuome, es su intento de jugar con las mismas reglas que los grandes periódicos burgueses. No se trataba de un medio marginal ni de un diario contracultural, sino de un diario que buscaba ocupar el mismo espacio que La Nación o La Prensa. La Vanguardia no tenía miedo de usar las mismas herramientas periodísticas que los medios de la élite, como la estructura de un periódico comercial, la diagramación, o incluso el tipo de lenguaje.
"Muchos periódicos de izquierda intentaban posicionarse en un lugar contra-hegemónico. Pero La Vanguardia no. La idea de Justo y de los redactores era usar las mismas armas que los periódicos dominantes, no oponerse a ellos desde una posición marginal", dice Buonuome. Esto, sin duda, fue una de las características más complejas de su estrategia: La Vanguardia no solo competía en la arena del periodismo, sino que lo hacía desde una perspectiva socialista que nunca perdió de vista la necesidad de transformar la sociedad a través de la política y la cultura.
Juan Buonoume, autor de "Un Diario para el Pueblo: Periodismo de Izquierda en la Historia Argentina", publicado por Siglo XXI Editores
El nombre: Una frontera contra el atraso y la civilización El nombre de La Vanguardia no era casual. En él se condensa la mirada eurocéntrica y civilizatoria que Justo y los fundadores del Partido Socialista tenían sobre el país. Según Buonuome, la elección del nombre tiene una historia personal detrás, relacionada con la infancia de Justo, que creció cerca de la frontera con los pueblos originarios, en la provincia de Buenos Aires. Para Justo, esa frontera representaba la lucha contra el atraso, un atraso que asociaba con las fuerzas conservadoras y autoritarias de la política argentina.
"Justo eligió el nombre de La Vanguardia inspirado en la frontera con el 'indio', que él veía como el punto de lucha contra el atraso, lo que él consideraba el atraso en la política argentina", comenta Buonuome. "Era una postura positivista, evolucionista, eurocéntrica. Justo pensaba que el socialismo debía ser la vanguardia de una lucha civilizatoria. Pero esa visión también tenía contradicciones internas, porque al mismo tiempo, en La Vanguardia se daban espacio a voces que defendían lo popular, lo criollo, lo gaucho, lo que en términos de Justo podía ser visto como 'atrasado'". La tensión entre la mirada civilizadora y la reivindicación de lo popular se convirtió en un tema central de su historia.
La tensión interna: El periodismo profesional vs. el militante Uno de los aspectos más fascinantes de La Vanguardia es la compleja relación entre los periodistas que componían su redacción. Esta relación no solo estaba definida por la militancia política, sino por las tensiones entre dos concepciones del periodismo que, en muchos casos, no se superponían fácilmente: el periodismo profesional y el periodismo militante. Estas dos posturas no solo definían la línea editorial del diario, sino que también formaban una de las disputas más intensas y de mayor duración dentro de su redacción.
Según Buonuome, al principio los socialistas argentinos adoptaron una visión muy clara sobre lo que debía ser el papel del periodista: un militante más dentro de la causa política. Para ellos, el periodismo no debía ser un trabajo al servicio del mercado, ni un oficio para ganarse la vida. En cambio, los periodistas tenían la misión de construir una conciencia social, de ser parte activa de un proyecto político destinado a transformar la sociedad. "Para los primeros redactores, el periodista era un militante que debía poner su pluma y su voz al servicio de la causa socialista. El periodismo era una herramienta para luchar por los derechos de la clase trabajadora, por la emancipación del pueblo", explica Buonuome.
Esta visión del periodista como militante no era exclusiva de La Vanguardia. Era una característica común en los periódicos de izquierda de la época. La idea de que el periodismo debía ser un acto político, y que quienes lo ejercieran debían estar comprometidos con la causa social, era un principio fundamental para los socialistas de entonces. Los primeros números de La Vanguardia reflejan esa concepción: no se trataba simplemente de informar, sino de educar a la clase trabajadora y motivar su acción política.
Sin embargo, a medida que el diario fue madurando, la situación comenzó a complicarse. La redacción de La Vanguardia comenzó a estar formada por un abanico más amplio de perfiles profesionales: desde los militantes más comprometidos, hasta los periodistas que, si bien compartían las ideas políticas del Partido Socialista, no necesariamente compartían la concepción militante del periodismo. Esta diversidad de perspectivas dio lugar a un debate interno que, como señala Buonuome, fue uno de los puntos más interesantes de la historia del diario.
En un primer momento, los periodistas con formación profesional en el oficio o en la literatura se sintieron incómodos con el enfoque militante del diario. La imagen del periodista militante, dispuesto a sacrificar la objetividad y el profesionalismo en favor de la causa, les resultaba problemática. "Había una división clara: por un lado, estaban los periodistas que se consideraban profesionales, con una formación previa en el oficio y una visión más neutral o técnica del periodismo; por el otro, estaban los que pensaban que el periodista debía estar completamente alineado con la causa, que el periodismo debía ser un acto de militancia política", describe Buonuome.
Uno de los grandes conflictos en este sentido fue la disputa sobre qué tipo de periodistas debían ocupar las posiciones clave en la redacción. Por un lado, estaban los dirigentes del Partido Socialista, que veían en el periodismo una herramienta estratégica para fortalecer la causa y que, por lo tanto, favorecían a los militantes políticos dentro de la redacción. Por otro, los periodistas más formados en el oficio, que reivindicaban la profesionalización del periodismo, no solo como una cuestión técnica, sino también como una garantía de independencia y rigor.
Buonuome relata cómo estos "periodistas profesionales" comenzaron a cuestionar el ascenso de los "zapateros periodistas", una etiqueta que se usaba para referirse a aquellos militantes que, sin tener una formación periodística sólida, lograban subir en la jerarquía del diario por su lealtad al Partido Socialista. Esta división, aunque nunca alcanzó un punto de ruptura total, generaba tensiones constantes. Los periodistas profesionales sentían que estaban siendo desplazados por personas que, aunque comprometidas con la causa, no tenían el mismo dominio de las herramientas del oficio. Además, las exigencias de los militantes, que a menudo ponían la causa política por encima de cualquier otro criterio, chocaban con los estándares del periodismo profesional.
"Los periodistas más experimentados en La Vanguardia no veían con buenos ojos que figuras que no eran periodistas profesionales subieran rápidamente en la jerarquía, solo por su vínculo con el partido", comenta Buonuome. Esto se traducía en una lucha constante por el control editorial y la dirección del diario, ya que muchos de los militantes ascendidos no siempre tenían la formación necesaria para dirigir las secciones o manejar los aspectos más técnicos del periodismo.
El periodismo como herramienta de movilidad social Pero lo interesante de este fenómeno no es solo la disputa por el poder dentro de la redacción, sino cómo reflejaba una lucha más amplia sobre el concepto de movilidad social y de qué manera los trabajadores intelectuales podían acceder a posiciones de poder en la sociedad. Muchos de los llamados "zapateros periodistas" eran, en realidad, hombres de origen obrero o de clases bajas que, gracias a su militancia en el Partido Socialista, podían acceder a posiciones de prestigio y poder. A través del periodismo, podían pasar de un trabajo manual o humilde a un trabajo intelectual.
Buonuome señala que esta movilidad social fue un tema central en la historia de La Vanguardia. El diario no solo representaba a la clase trabajadora en términos políticos, sino que también actuaba como un espacio en el que los trabajadores podían acceder a un ascenso social. "Muchos de estos periodistas que no tenían formación académica, como Adrián Patroni, por ejemplo, vieron en el periodismo de La Vanguardia una oportunidad para mejorar su posición social. A través de la militancia y el periodismo, podían ascender en la jerarquía social y pasar de un trabajo manual a un trabajo intelectual", explica Buonuome.
Este proceso de ascenso social a través del periodismo también provocaba tensiones. Para algunos periodistas de formación académica, esta movilidad representaba una amenaza a los valores de la profesionalización del oficio. Mientras tanto, para los militantes, se trataba de un paso natural: la lucha por el poder político también implicaba una lucha por el acceso a las herramientas de la cultura y la educación.
Un cambio en la concepción del periodismo A lo largo del tiempo, la concepción del periodismo dentro de La Vanguardia cambió. La idea inicial de un periodismo completamente al servicio de la causa, militante y sin distinción entre profesionalismo y militancia, dio paso a una mayor reflexión sobre la necesidad de profesionalizar el periodismo, no solo por razones técnicas, sino también para garantizar la calidad de los contenidos y la independencia editorial.
"Los socialistas empezaron a darse cuenta de que no solo tenían que luchar por la justicia social, sino también por la justicia en el ámbito del periodismo. El periodismo no solo debía ser un medio para expresar ideas, sino también un trabajo intelectual y una forma de resistencia frente al poder", concluye Buonuome. Aunque La Vanguardia mantuvo su esencia militante, sus periodistas comenzaron a ver que la calidad informativa y la independencia editorial eran también una forma de lucha política. De este modo, el periódico no solo luchaba por la justicia social, sino también por un periodismo que fuera una herramienta genuina de transformación.
La publicidad: El mercado en el corazón del Socialismo Otro de los aspectos más intrigantes de La Vanguardia es su relación con la publicidad. Mientras muchos otros periódicos de izquierda en el mundo rechazaban la presencia de anuncios comerciales, La Vanguardia abrazó la publicidad, aceptando incluso grandes marcas que se relacionaban con los valores de la clase media. "Esto es algo que sorprende. En muchos otros periódicos de izquierda, la publicidad estaba ausente, ya que se veía como una forma de corrupción del mensaje socialista. Pero La Vanguardia aceptó masivamente publicidad comercial. Esto revela cómo el diario, a pesar de sus principios, tuvo que adaptarse a los cambios económicos y sociales", explica Buonuome.
La publicidad no solo incluía productos de consumo básico, sino también artículos de lujo destinados a la clase media. En muchos anuncios, se promovían valores como el ahorro, la familia, la educación y el esfuerzo, valores que estaban empezando a predominar en la Argentina de principios del siglo XX, con el crecimiento de una nueva clase media urbana.
La caída: El Peronismo y el fin de una era El ascenso del peronismo fue un golpe inesperado para La Vanguardia, un diario que había luchado durante décadas para representar a la clase trabajadora y llevar la voz de la izquierda al corazón de la política argentina. La llegada de Juan Domingo Perón al poder en 1946 trajo consigo una reconfiguración total del panorama político y mediático del país, y La Vanguardia, que hasta ese momento había sido un referente de la izquierda socialista, se vio atrapada en la nueva lógica del poder.
"Desde los años 30, ya venían cambiando las condiciones del periodismo argentino. Había una transformación en la relación entre el Estado y los medios. Los socialistas ya veían al Estado como una amenaza, no solo para sus derechos políticos, sino también para la libertad de expresión", explica Buonuome. "Con el peronismo, esa amenaza se convirtió en una realidad palpable. El gobierno de Perón, en su afán por consolidar el poder, comenzó a tomar medidas más agresivas contra los periódicos de izquierda, y La Vanguardia no fue la excepción."
A principios de la década del 50, La Vanguardia sufrió una serie de ataques directos por parte del gobierno peronista. En 1951, el diario fue clausurado, y su redacción pasó a estar bajo una presión constante. Los periodistas del diario ya no solo se enfrentaban a la censura, sino a una amenaza mucho más peligrosa: el riesgo de perder su libertad personal. La intimidación se convirtió en un hecho cotidiano, y a medida que el gobierno de Perón se fortalecía, la represión se intensificaba.
"El peronismo significó el quiebre definitivo para la prensa de izquierda. El Estado se convirtió en el nuevo enemigo, ya no solo las fuerzas del mercado o la prensa burguesa, sino un enemigo que se sentaba en el gobierno", analiza Buonuome. La Vanguardia, que había sobrevivido a otras crisis, esta vez no pudo resistir.
En 1954, después de ser reabierto en una breve etapa, La Vanguardia fue nuevamente clausurado, esta vez de manera definitiva. La persecución incluyó el incendio de la imprenta y la confiscación de los archivos del diario, una de las represalias más brutales contra un medio de comunicación en esa época. Como relata Buonuome, "la clausura de La Vanguardia fue la última fase de una larga agonía que había comenzado con el cambio de los vientos políticos en la década del 30". Aunque el peronismo no fue el único responsable de la caída del diario, fue el factor decisivo en el cierre definitivo de este importante proyecto de la izquierda socialista.
La evolución del conflicto: De la larga batalla a la definición del enemigo Aunque la historia de La Vanguardia llegó a su fin en la década del 50, el relato de su influencia y la transformación de su rol en la historia argentina no puede entenderse sin tener en cuenta el cambio en la naturaleza de los antagonismos políticos y mediáticos de la época. Durante las décadas anteriores, los socialistas habían enfrentado una batalla cultural compleja, que no solo era política sino también ideológica y mediática. A pesar de sus recursos limitados, La Vanguardia logró ganarse un lugar en la prensa nacional, y su lucha por la representación del pueblo trabajador fue un intento de poner al periodismo al servicio de una transformación social.
Pero el ascenso del peronismo, y las presiones internas de un movimiento obrero cada vez más sindicalizado y confrontado con el poder político, alteraron el panorama en el que La Vanguardia había operado hasta entonces. "A partir de la década del 30, lo que empieza a ocurrir es que los socialistas ya no se ven enfrentados únicamente a la prensa burguesa o a las grandes corporaciones periodísticas", reflexiona Buonuome. "Empiezan a identificar al Estado como un enemigo clave. La lucha por la libertad de prensa, que había sido central para los socialistas, se complejiza cuando el propio Estado se convierte en el principal agente represivo".
Así, lo que comenzó como una confrontación con la prensa hegemónica, las grandes publicaciones de la oligarquía argentina, evolucionó hacia una lucha más directa contra el poder estatal, que se reflejó en el golpe de efecto del peronismo. "El peronismo, al final, no solo selló la desaparición de La Vanguardia, sino que también dejó una marca en la historia de la prensa en Argentina. A partir de ese momento, la prensa de izquierda no pudo operar como antes. La libertad de prensa dejó de ser una garantía", sostiene Buonuome.
El final: La huella de La Vanguardia en la historia del periodismo Aunque el peronismo clausuró La Vanguardia, el legado del diario no desapareció de inmediato. En su época de esplendor, La Vanguardia fue un diario que, más allá de su ideología, representó un esfuerzo notable por parte de los socialistas para tener una presencia significativa en la lucha por la justicia social, la igualdad y los derechos de la clase trabajadora en un momento de transformación crucial para Argentina.
"La Vanguardia fue un testimonio de lo que podía ser la prensa política en una época donde los medios de comunicación tenían un poder inmenso. Fue un diario que intentó no solo hablarle a la clase obrera, sino también educarla, darle un lenguaje y una herramienta para poder luchar por sus derechos", comenta Buonuome. A lo largo de los años, La Vanguardia se convirtió en un símbolo de la lucha política y cultural que los socialistas libraron durante décadas.
Buonuome concluye: "Lo que muestra La Vanguardia es cómo el periodismo no solo debe ser una fuente de información, sino también una herramienta para cambiar la sociedad. Y ese es el legado más importante que dejó este diario: la idea de que la prensa tiene un rol activo en la construcción de una sociedad más justa."
Hubo un tiempo en el que muchos querían ser periodistas inspirados por las investigaciones de Bob Woodward y Carl Bernstein, aquellas que llevaron a la dimisión de Richard Nixon. Hoy, muchos aman este oficio de contar historias gracias a maestros como Martin Baron, quien dirigió dos cabeceras míticas: The Boston Globe y The Washington Post. Aprovechando su paso por las jornadas Metafuturo en Barcelona, este diario conversó con él.
En su intervención en Metafuturo ha reivindicado el optimismo en el periodismo pese al momento que vivimos.
Creo que debería ser así. Nunca he conocido a nadie que triunfe pensando que va a fracasar. Necesitamos el optimismo para tener éxito. También hay factores que nos permiten verlo con esperanza. Por ejemplo, durante los desastres naturales la mayoría de la gente acude a los medios tradicionales para informarse. Eso indica que aún hay una reserva de confianza en nuestro campo.
Pero tenemos que cambiar algunas cosas. Debemos cubrir a toda la gente sin desprecio, para entender sus esperanzas y expectativas. También ser más transparentes en nuestro proceso informativo. Si citamos un documento judicial, por ejemplo, deberíamos publicarlo íntegro para que se vea que no hay manipulación ni recortes interesados.
Además, debemos replantear nuestra manera de comunicarnos con el público: la información está cambiando. Los 'influencers' han tenido mucho éxito y deberíamos aprender de su forma de conectar con la gente. A pesar de todo, esta profesión ha sobrevivido muchísimo.
¿Es un peligro la inteligencia artificial para el periodismo?
Es una herramienta muy potente. Puede hacernos más fuertes y eficaces; creo que debemos aprovecharla. Pero también es una amenaza. Ahora se difunden informaciones falsas con vídeos, fotografías y audios manipulados. Es muy difícil refutar ese tipo de contenidos, y eso puede llevar a la gente a creer que ya no es posible distinguir lo verdadero de lo falso. Eso supone una amenaza para nuestro campo, para la democracia y para el progreso básico de la sociedad.
Necesitamos mecanismos de verificación y la capacidad de establecer hechos. Antes nos basábamos en la educación y las pruebas. Ahora esos valores se devalúan y hay políticos que los han denigrado porque no valoran la educación, el conocimiento ni la evidencia.
Me gustaría especular con usted sobre la próxima desclasificación de los papeles de Epstein. ¿Cree que la presidencia de Trump corre peligro?
Es difícil responder porque tendría que especular sobre documentos que no he visto. Sin embargo, Trump se resistió a la divulgación de esos papeles. Es posible que tema su contenido. Veremos.
¿Se están rompiendo las reglas de la relación entre el periodismo y el poder en Estados Unidos?
Trump ha roto las reglas. Cree que no debe cumplir ninguna. Reivindica que él es el único propietario de la verdad. Quiere que los periodistas sean taquígrafos de propaganda y no entiende el papel que desempeña la prensa en una democracia.
No respeta a los periodistas, pero tampoco a la Constitución. Meses después de su toma de posesión, una periodista le preguntó si tenía la obligación de cumplirla, y respondió: "No lo sé". Había jurado preservar, proteger y defender la Constitución, pero claramente lo hizo sin entender lo que decía.
Es un autoritario en ciernes. Ha llevado la democracia al borde del abismo. No cree en el Estado de derecho. Ha intentado socavar los pilares democráticos. Cree en la libertad de expresión solo cuando se trata de él mismo.
¿Cuál fue su reacción al ver a Jeff Bezos, propietario de "The Washington Post", apoyando la toma de posesión de Trump?
Estoy totalmente en desacuerdo con su comportamiento tras la toma de posesión y también antes, porque se negó a publicar un editorial de apoyo a Kamala Harris. Dijo que nunca más se publicarían editoriales de respaldo. Entiendo que en otros países no es habitual, pero en Estados Unidos, en The Washington Post y otros diarios, es tradición.
El periódico fue crítico con la política de Trump, describiéndolo como uno de los peores presidentes de Estados Unidos. Sin embargo, Bezos temía una posible venganza por parte de Trump, dado que sus empresas tenían contratos con el Gobierno, especialmente en el ámbito espacial. No quiso enemistarse con él y sintió la necesidad de reparar la relación. Antes era visto como un enemigo de Trump por una sola razón: la cobertura informativa del Post.
¿Importa el formato en el que se publica una información?
Lo importante es que la información sea veraz. Da igual si aparece en papel o en digital.
El 13 de noviembre apareció un comunicado de la Casa Blanca que abrió más interrogantes que certezas. Bajo el título "Declaración Común sobre un Marco General para un Acuerdo de Comercio Recíproco e Inversiones entre Argentina y Estados Unidos", el documento no permitía saber si se trataba de un marco definitivo o apenas un borrador sujeto a cambios. Lo único evidente era la decepción que generaba: Argentina otorgaba acceso preferencial a productos estadounidenses sin recibir reciprocidad, y la lógica del texto dejaba a la vista una asimetría profunda. Los beneficios parecían reservados para Estados Unidos, mientras que las obligaciones recaían sobre Argentina. Además, algunas referencias indirectas sugerían que el país quedaba en el tablero de la disputa comercial con China que Donald Trump impulsa desde sus primeros años de gobierno. Nueve días después de su anuncio, el acuerdo ni siquiera había sido finalizado ni publicado oficialmente.
Para desentrañar ese panorama, enSeñales, se entrevistó a Julieta Selikowicz, doctora y magíster en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Rosario, especialista en política exterior argentina y economía política internacional. A lo largo de la conversación, la investigadora fue desplegando una radiografía exhaustiva del instrumento anunciado y de las implicancias de cada una de sus líneas.
Desde el comienzo, aclaró una confusión frecuente: lo del 13 de noviembre no fue un acuerdo, sino un comunicado conjunto, una carta de intenciones difundida simultáneamente con textos similares vinculados a Ecuador, El Salvador y Guatemala. "Allí solo se expresan lineamientos generales de un futuro acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos", explicó, enfatizando que el instrumento no tiene forma jurídica ni contenido definitivo.
El formato de este tipo de entendimientos se volvió habitual en la administración Trump desde abril, cuando el presidente estadounidense modificó unilateralmente aranceles para prácticamente todo el mundo, rompiendo cincuenta años de reglas más o menos estables sobre su uso. Después de ese giro abrupto, Washington comenzó a negociar bilateralmente con cada país, siempre desde una posición de fuerza. En el norte global, esos textos se conocen como "acuerdos de servilleta", porque son frágiles, se los "lleva el viento" y no tienen la solidez de un tratado internacional como los que negocian, por ejemplo, Mercosur y la Unión Europea.
Selikowicz recordó que en otros casos —Reino Unido, Malasia o países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN)— existen versiones más desarrolladas de estos acuerdos marco. Sin embargo, comparten una característica clave: casi siempre incluyen un párrafo final que establece que el documento no genera derechos ni obligaciones. Es decir, no pueden ser exigidos ni arbitrados ante un tribunal internacional. Funcionan dentro del ámbito político, no del jurídico, y no cuentan con mecanismos de solución de controversias.
Con ese contexto, la especialista subrayó que el instrumento genera un nivel de previsibilidad muy bajo, aunque eso no reduce sus riesgos. Si se avanza hacia una firma concreta, recordó, Argentina debería asumir compromisos que derivarían en reformas legislativas, mientras que las obligaciones de Estados Unidos son menores y de corto plazo.
Al analizar los compromisos de Washington, Selikowicz señaló que el gobierno de Trump promete apenas una reducción acotada de los aranceles que había elevado unilateralmente en abril. También plantea "tener en cuenta" la condición de aliado del gobierno de Javier Milei en la aplicación de medidas por seguridad nacional que afectan al acero y al aluminio. Pero, precisó, no se sabe si esas consideraciones serán retroactivas, si permitirán una revisión de los aranceles vigentes o si solo regirán hacia adelante.
Para Argentina, los compromisos son mucho más profundos. Entre ellos:
Reformas en propiedad intelectual: Argentina debería ampliar la duración de las patentes y su campo de aplicación, consolidando la posición dominante de la estructura de innovación estadounidense.
Reconocimiento de estándares de Estados Unidos: El país debería aceptar estándares norteamericanos como válidos en farmacéutica, seguridad automotriz y alimentos. No habría reciprocidad: Washington no aceptaría los estándares argentinos.
Cambios en comercio digital: El comunicado plantea que Argentina reconoce la jurisdicción estadounidense como la adecuada para el desarrollo del comercio digital, una afirmación vaga pero con potencial impacto legislativo.
Limitaciones sobre empresas estatales: Estados Unidos busca restringir el rol de empresas públicas, algo que afecta directamente la capacidad del Estado para organizar su economía y que está claramente orientado contra China.
Alineamiento en seguridad económica: Este punto es especialmente sensible. En instrumentos similares, Washington exige que si Estados Unidos sanciona a un país, el socio también lo haga. Lo mismo ocurre con la prohibición de exportar tecnología a China: los países aliados deben acompañar. Selikowicz señaló que este tipo de compromiso genera un "efecto patota" en el sistema internacional.
Condicionamientos sobre derechos laborales: El documento establece que Argentina debe prohibir la importación de países que violen esos derechos. La especialista advirtió que esto abre preguntas cruciales: quién determina la existencia de una violación y por qué una prohibición comercial sería la herramienta adecuada para enfrentar ese problema en un territorio extranjero. El impacto sobre la autonomía de la política exterior argentina sería sustancial.
Selikowicz fue contundente al señalar que todo el proceso avanza sin participación de empresas, sindicatos ni sociedad civil, lo cual afecta la legitimidad democrática de la negociación.
Al evaluar la asimetría del instrumento, la investigadora mencionó tres ejes: la disparidad estructural de poder; la diferencia en la relevancia comercial entre ambos países —Argentina es el segundo o tercer socio de Estados Unidos, pero Estados Unidos es casi irrelevante para Argentina—; y el alineamiento ideológico de la administración argentina con Washington, que ha derivado en un esquema de concesiones para obtener reconocimiento como aliado. En ese marco, recordó también que estas concesiones comerciales funcionan indirectamente como contraparte del swap financiero recibido el mes anterior.
Cuando el periodista planteó el impacto posible sobre sectores clave de la región, como la biotecnología, Selikowicz profundizó en la cuestión de la propiedad intelectual. Explicó que Estados Unidos, en sus primeros albores como nación y mientras se desarrollaba económicamente, no reconocía la propiedad intelectual y copiaba tecnologías europeas sin restricciones. Las leyes fuertes de patentes llegaron recién cuando el país ya era una economía avanzada. Ese dato histórico es relevante porque, afirmó, el equilibrio entre incentivar la invención y evitar monopolios que bloqueen la difusión del conocimiento es siempre delicado.
En Argentina, muchas empresas farmacéuticas logran desarrollos importantes cuando las patentes expiran, lo cual fomenta un entramado productivo que luego permite impulsar vacunas, líneas veterinarias o innovaciones tecnológicas. Si la legislación se endurece siguiendo las demandas históricas de Washington, ese entramado puede deteriorarse y con él la capacidad nacional de generar bienes diferenciados.
Otro punto sensible es el de los datos personales. Selikowicz explicó que existen tres grandes paradigmas globales: el europeo, centrado en la privacidad; el chino, basado en la soberanía de los datos y la obligación de mantenerlos en servidores locales; y el estadounidense, que impulsa la libre circulación global. El comunicado se alinea con esta última visión, pero aún no se conocen los compromisos concretos que asumiría Argentina ni su compatibilidad con el Acuerdo Mercosur–Unión Europea o con las normas internas del Mercosur.
La conversación derivó inevitablemente hacia las tensiones con el Mercosur. No sería la primera vez que un país del bloque firma acuerdos de cooperación con Estados Unidos, pero sí sería la primera que incluye aranceles, un punto prohibido por el arancel externo común. Argentina cuenta con 150 posiciones arancelarias de excepción, ampliadas recientemente. La clave está en determinar si las concesiones a Estados Unidos entran dentro de esas excepciones. Si no, habría una violación directa del Tratado de Asunción y del Protocolo de Ouro Preto, lo que generaría un conflicto institucional serio.
Al finalizar, se le preguntó si el acuerdo llegaría a concretarse. Selikowicz fue clara: depende del calendario y de las prioridades de Washington. "No lo define Argentina. Lo define Estados Unidos", concluyó.