jueves, 3 de septiembre de 2026

Empalme Graneros se organiza antes de que vuelva el agua

Cuarenta años después de la inundación de 1986, vecinos de Empalme Graneros volvieron a reunirse para discutir qué tan preparada está la cuenca del Ludueña frente a nuevas lluvias extraordinarias. Entre obras pendientes, urbanizaciones y cambios en el territorio, NU.MA.IN. sostiene una pelea que aprendió a librar mucho antes de que el agua llegue a las calles.

A las siete y media de la tarde del miércoles 2 de septiembre, la Vecinal Empalme Graneros ya empezaba a llenarse. Las sillas se ocupaban de a poco y los vecinos seguían entrando cuando la reunión estaba por comenzar. Eran casi doscientas personas.

No era la multitud de aquella asamblea de 1986, cuando alrededor de tres mil vecinos se habían reunido después de una inundación que cambiaría para siempre la historia del barrio. Pero tampoco era una reunión más.

Había gente que había vivido aquella inundación y otros que la conocían por los relatos familiares. En común tenían una preocupación que se había vuelto más concreta en los últimos meses: qué podía pasar si una lluvia extraordinaria volvía a poner a prueba el sistema de la cuenca del Ludueña.

Antes de empezar hubo un minuto de silencio por quienes habían participado de NuMaIn —Nunca Más Inundaciones—: Virginio Ottone, Leonildo Foresto, Domingo Polichiso y el padre Agustín Bullian.

También estaba, entre los presentes, Osvaldo "Lalín" Ortolani, uno de los hombres que habían atravesado las cuatro décadas de esa historia y que hoy preside la Vecinal.

NuMaIn estaba allí como una institución histórica, pero también como una presencia en la memoria de quienes habían llegado esa noche. Los nombres aparecían como aparecen los nombres de familiares: sin necesidad de explicar demasiado quiénes fueron para quienes los conocieron.

Cuarenta años de memoria y reclamo
NuMaIn había nacido después de la catástrofe de abril de 1986. Desde entonces, aquella organización había participado de una pelea larga por obras que terminaron modificando las condiciones de seguridad de la cuenca.

Primero fue la presa retardadora. Después, el Aliviador 2. Más tarde, parte del Aliviador 3, en la zona de Sorrento. Cada obra había llevado su tiempo, sus discusiones y sus enfrentamientos con funcionarios de distintos gobiernos.

Por eso Ortolani no hablaba de las obras como quien enumera una serie de inauguraciones. Hablaba de ellas como quien recuerda algo que costó conseguir.

"Todo lo que se hizo es porque nosotros estamos juntos y lo peleamos", dijo en un momento de la reunión.

La frase explicaba también por qué todos estaban allí.

La historia empezaba antes de aquella noche y mucho antes de 1986. Ortolani volvió sobre los primeros años del barrio, sobre sus bisabuelos y sobre una zona de Rosario que durante décadas había sido tratada como un borde incómodo de la ciudad.

El terraplén debía contener el agua, pero del otro lado estaban los vecinos que sufrían cuando el sistema no alcanzaba.

La inundación había sido, durante buena parte del siglo XX, una presencia recurrente. Ortolani habló de diecisiete inundaciones importantes. Cada una dejaba pérdidas y cada una volvía a poner en evidencia la misma fragilidad.

Cuando el agua entraba, aparecían las donaciones, las colectas y las ayudas de emergencia. Pero los vecinos habían terminado construyendo algo más duradero con aquello que tenían a mano.

La Vecinal, las instituciones, las escuelas, la parroquia, el dispensario, el centro de jubilados. Para Ortolani, eso también era una forma de hacer patria: la que se construye cuando un grupo de vecinos se organiza para conseguir pavimento definitivo, agua, luz o un servicio que falta.

La reunión de este miércoles era parte de esa misma historia.

"Esos viejos que venían hace 40 años a la reunión de NuMaIn, los miércoles a las 20, porque ese era el día de la reunión: con lluvia, con frío, con paro. Pero el miércoles era el día. Lloviendo a cántaros, los viejos estaban acá, peleando por obras. Humildemente, los que estamos aquí presentes somos una simple continuidad. Y ojalá que en este sueño haya mucha continuidad", expresó Ortolani.

La memoria de 1986 apareció varias veces durante la noche.

En aquellos días, contó Ortolani, todavía no comprendían del todo el comportamiento de la cuenca. Los vecinos medían el avance del agua con métodos rudimentarios. Ponían un palo en una esquina para saber hasta dónde había llegado. Preguntaban cuánto había llovido en otros lugares. Trataban de reconstruir el recorrido de una tormenta que podía caer lejos y aparecer en el barrio varios días después.

En aquella inundación, el pico de la crecida había tardado cuatro días y medio en llegar. Ese dato adquiría otro significado cuarenta años después.

En 2012, recordó Ortolani, una lluvia de 396 milímetros había caído durante unos cuatro días y el agua había llegado a la zona baja en menos de veinticuatro horas. El sistema había resistido. La inundación no había repetido la catástrofe de 1986. Pero la velocidad con la que el agua había llegado había cambiado.

Eso era lo que los vecinos querían discutir. No solamente cuánto llovía, sino qué ocurría con el agua desde el momento en que caía hasta que llegaba a Empalme Graneros.

La cuenca del arroyo Ludueña abarca unas 80.000 hectáreas. Una lluvia de cien milímetros significa cien litros de agua por cada metro cuadrado. Sobre esa superficie, el volumen deja de ser una cifra sencilla. Toda esa agua tiene que desplazarse, almacenarse o evacuarse.

Y el territorio por donde circula ya no es el mismo que en 1986.

Había campos que antes absorbían agua y que ahora estaban ocupados por barrios privados y otras urbanizaciones fuera de la ciudad. Había lagunas que habían desaparecido. Había nuevas canalizaciones. Había superficies impermeabilizadas por calles, viviendas y pavimentos.

Cada modificación podía alterar el tiempo que tardaba el agua en desplazarse. Uno de los ejemplos que más se repitió durante la reunión fue el de las lagunas.

Ortolani habló del desarrollador inmobiliario como alguien que mira un terreno de una manera distinta a la de quien observa una cuenca. Si un campo o una laguna pueden comprarse barato y transformarse en un emprendimiento rentable, aparece la oportunidad de negocio.

Después vienen la entrada, el pavimento, las palmeras, las casas y la imagen publicitaria de una familia viviendo allí. Lo que deja de aparecer en esa imagen es el agua.

Una laguna que antes retenía un volumen durante horas o días deja de cumplir esa función cuando es rellenada. El agua no desaparece. Busca otro lugar. Y si además se construyen canales que aceleran su desplazamiento, puede llegar antes a los sectores bajos.

La discusión sobre las urbanizaciones llevaba inevitablemente hacia las localidades ubicadas aguas arriba. Ibarlucea, Funes, Roldán, Pérez, Soldini, San Lorenzo y otras zonas de la región fueron apareciendo en las preguntas de los vecinos.

No todos esos lugares pertenecían a la misma cuenca. Y esa diferencia era importante.

Ortolani insistió en que había que aprender a mirar el territorio de otra manera. Una cuenca no coincide necesariamente con los límites de un municipio o una comuna. Es el territorio cuyos excedentes de agua terminan confluyendo hacia un determinado curso.

En una llanura como la santafesina, pequeñas diferencias de nivel pueden definir hacia dónde se desplaza el agua. Una lluvia que cae de un lado puede terminar en el Ludueña; otra, a pocos kilómetros, puede dirigirse hacia el arroyo San Lorenzo.

El problema aparece cuando las obras y las modificaciones del suelo cambian esos recorridos.

En una ciudad donde las obras hidráulicas suelen ser explicadas con nombres que para la mayoría de los vecinos resultan lejanos —emisarios, aliviadores, represas, cuencas—, la necesidad de saber exactamente qué se está haciendo no es un detalle.

Una vecina preguntó por obras realizadas en la zona de Ibarlucea. Había visto movimientos de suelo y canalizaciones y quería saber qué consecuencias podían tener para la cuenca.

La conversación derivó hacia la posibilidad de trasvasamientos: si una cuenca pierde capacidad o recibe más agua de la que puede manejar, el excedente puede buscar otro camino.

No era necesario que alguien quisiera enviar agua hacia Empalme Graneros. Bastaba con modificar las condiciones aguas arriba para que el agua encontrara un recorrido diferente.

El arroyo San Lorenzo apareció entonces en la discusión. Se habló de puentes, pasos y restricciones para la evacuación. También de las transformaciones producidas en los campos y de la velocidad con la que el agua podía desplazarse.
Video Concejala Majo Poncino

El agua, la memoria y una lucha que continúa
No fue una reunión más. Entre vecinas y vecinos volvió a aparecer una preocupación que permanece latente: el anuncio de un nuevo fenómeno de El Niño, las lluvias extremas que se pronostican y una realidad que conocen demasiado bien. Mientras en distintos puntos de la región se trabaja para acelerar el escurrimiento del agua, en Empalme saben que, tarde o temprano, una parte de ese caudal también llegará hasta el barrio.

"Nos hemos inundado siempre. Y es bueno que estemos informados", dice una vecina. Habla desde la experiencia de quien atravesó dos grandes inundaciones. La de 1986, recuerda, fue especialmente brutal. "Me recontra inundé dos veces. Fue horrible en el 86, espantoso".

La incertidumbre sigue siendo la misma: "Uno nunca sabe si va a venir mucha agua o poca". Por eso, insiste, hay que sostener la participación: "Tenemos que seguir viniendo a las reuniones e invitando a otros. Sabemos que ustedes están peleando por más obras y tenemos que acompañar".

Otra vecina vuelve sobre aquel 1986 que todavía funciona como una herida abierta. "Viví la catástrofe del 86. Tengo miedo de que volvamos a ese momento". Dice que durante estos 40 años trabajaron para reconstruirse, que consiguieron que se realizaran obras y que, sin embargo, lo que ahora escuchan demuestra que no alcanzó.

"Creo que muchas obras se hicieron para cuidar a los barrios donde vive gente de otros estratos sociales, donde el dinero cuenta. Y donde la gente trabajadora, sencilla y de barrio no pesamos aparentemente, o quizás no les importamos". En medio de esa sensación de abandono, reivindica a la institución que los reúne: "Nosotros contamos con la vecinal, que es todo para nosotros".

La historia de las obras también aparece atravesada por el agradecimiento. "Todo lo que tenemos es gracias a la puja que hizo siempre la vecinal y los vecinos. Eso es un agradecimiento que cada uno lo tiene que tener de por vida, eternamente", sostiene otra mujer.

Pero ese reconocimiento convive con el enojo. En los medios, dice, escucha a las autoridades anunciar que "Empalme cambia para siempre". La frase le provoca una reacción inmediata: "Me hincha, no quiero decir una mala palabra, pero me rompe las pelotas".

No es solamente bronca. Es también miedo. "Sabiendo dónde estamos parados, en el peligro que estamos, ¿cómo vamos a quedar quietos si el agua llega acá?". La preocupación, cuenta, ya forma parte de la vida cotidiana. "A veces no deja dormir".

Un vecino pone el foco en otro problema: el paso del tiempo y las transformaciones del territorio. "Se han hecho obras, pero tienen 40 años ya de antigüedad". Mientras tanto, explica, aparecieron nuevos barrios privados y se modificaron superficies que antes funcionaban como zonas de absorción y escurrimiento.

"Se ha impermeabilizado la capa, donde antes eso era campo o un lugar de escurrimiento del agua. Y eso traerá muchísima agua a nuestro arroyo Ludueña".

Por eso siguen reuniéndose. No como un ritual, sino como una forma de estar alertas, de reclamar y de no resignarse frente a una amenaza que conocen de memoria.

El agua no entiende de jurisdicciones
Esa era una de las dificultades que aparecía una y otra vez en la reunión. Una decisión tomada en un municipio podía tener consecuencias en otro. Un canal construido en un campo podía modificar el comportamiento del agua aguas abajo. Una urbanización podía resolver su propio problema de drenaje y, al mismo tiempo, aumentar la velocidad con la que el agua llegaba a otro sector.

Empalme Graneros estaba al final de ese recorrido.

Por eso los vecinos hablaban de sí mismos como la "boca del embudo". La imagen no era nueva. La zona baja recibía el agua que llegaba desde una superficie mucho mayor y tenía que evacuarla a través de un sistema limitado.

Allí aparecía otra pregunta: cuánto podía soportar ese sistema.

La parte baja del Ludueña estaba entubada. Había conductos, aliviadores y emisarios que debían conducir el agua hacia el Paraná. Pero cada uno tenía una capacidad determinada.

En la reunión se habló del Emisario 10, de un conducto de casi cinco metros de diámetro ubicado cerca de las viviendas. Un vecino explicó que por allí podía circular un volumen enorme de agua. La preocupación era qué ocurría si la cantidad que llegaba superaba la capacidad de evacuación.

No se trataba solamente del agua que podía entrar desde arriba. También había que pensar en la salida.

Si el sistema recibía más agua de la que podía sacar, el agua podía acumularse. Y si las condiciones de descarga eran desfavorables, la evacuación podía hacerse todavía más lenta.

Por eso Ortolani insistía en una lógica que había aprendido durante décadas de discutir con ingenieros: antes de incorporar más agua al sistema había que asegurarse de que la parte baja pudiera evacuarla.

Primero había que mirar abajo. Después, arriba.

La discusión llevaba directamente a las represas pendientes.

Los vecinos sostenían que los estudios estaban hechos y que las obras necesarias eran conocidas. No estaban pidiendo que alguien comenzara a investigar qué podía hacerse. Querían saber por qué determinadas obras todavía no se habían construido.

Habían escuchado distintas propuestas a lo largo de los años. Una de ellas había sido el canal Grandoli, pensado como una alternativa para conducir parte del agua directamente hacia el Paraná antes de que alcanzara los sectores más comprometidos de la ciudad.

El problema era el costo y la complejidad.

El canal debía atravesar zonas urbanizadas, infraestructura y numerosos cruces. Hacerlo significaba construir puentes y resolver una cantidad de interferencias que convertían la obra en un proyecto de enorme magnitud.

La alternativa había sido construir represas retardadoras.

En la reunión se mencionaron distintas cantidades de represas proyectadas a lo largo de la historia, pero había una certeza: varias seguían pendientes.

Para los vecinos, esa era una de las preguntas centrales de la noche.

Si los estudios estaban hechos, si los técnicos conocían el comportamiento de la cuenca y si las obras habían sido identificadas, ¿qué faltaba para empezar?

La respuesta no estaba en la hidráulica. Estaba en la decisión política y en el financiamiento.

Mientras discutían eso, apareció otro concepto que había acompañado a NuMaIn durante años: la incidencia hidráulica cero.

La idea era que ninguna nueva intervención sobre la cuenca debía aumentar el caudal que finalmente recibía el sistema.

Si un terreno que antes absorbía agua se convertía en una superficie impermeable, había que compensar ese cambio. Si una urbanización alteraba el escurrimiento, debía contar con reservorios u otras medidas capaces de retener el volumen necesario.

La lógica parecía sencilla cuando se explicaba desde la mesa de la Vecinal.

Si antes un terreno retenía agua y ahora tenía cemento, esa agua debía ir a algún lado. Si antes había una laguna y ahora había viviendas, el agua seguía existiendo. Si antes un campo demoraba el escurrimiento y ahora había un canal que lo aceleraba, el agua llegaría antes.

El problema aparecía cuando todas esas modificaciones se acumulaban. No había una única obra responsable. Había un territorio que iba cambiando. Y una zona baja que debía recibir las consecuencias. La calle Sorrento ocupaba un lugar especial en esa memoria.

Allí había existido una laguna donde los vecinos recordaban haber pescado ranas cuando eran chicos. Con el tiempo, el lugar cambió y terminó atravesado por una infraestructura hidráulica.

Cuando comenzaron las peleas, recordó Ortolani, tuvieron la suerte de contar con el apoyo del ingeniero Gualaberto Venecia, ex vicegobernador, y de Hugo Orsolini, entonces subsecretario de Aguas de la Provincia de Santa Fe.

Hubo muchos intercambios porque ellos no creían que la situación fuera tan grave.

Por entonces, ya se había planificado la construcción del famoso canal Grandoli, aunque se trataba de otra obra. El proyecto habría permitido sacar el agua hacia el Paraná antes de que llegara hasta allí.

"Y, justamente, ustedes son los primeros que no lo quieren", les planteaban.

El Grandoli contemplaba un tramo a cielo abierto y otro entubado, porque debía atravesar la ciudad. De haberse construido, habría permitido sacar toda el agua.

Pero el proyecto tenía sus inconvenientes: exigía la construcción de numerosos puentes y resultaba mucho más caro.

Por eso, finalmente, fue reemplazado por otra alternativa: cuatro, cinco o seis represas.

Ahora había nuevas obras previstas para el sector, además de intervenciones viales en avenida Casiano Casas. Los vecinos querían saber cómo cada una de esas obras encajaba en el sistema general.

No bastaba con mirar una máquina trabajando en una esquina. Había que saber qué ocurría antes y después.

Esa forma de mirar las obras también era una consecuencia de la experiencia de 1986. Al principio habían confiado en la información que recibían. Después aprendieron a comprobarla.

Ortolani recordó una época en la que los vecinos medían las lluvias por sus propios medios.

Un recipiente en un lugar. Otro vecino en otra localidad. Una llamada telefónica. Un número anotado.

Habían aprendido a distinguir entre la lluvia que caía en Rosario y la que caía sobre el resto de la cuenca.

También habían armado una radio FM para comunicar lo que estaba ocurriendo. Cada dos horas intentaban transmitir información sobre la lluvia y el comportamiento del agua.

La razón era sencilla: durante una emergencia, la información también podía convertirse en un problema.

La televisión podía hablar de inundaciones en Brasil, Chile, Perú o cualquier otro lugar. Pero para quienes vivían en Empalme Graneros había una pregunta más urgente: cuánto estaba lloviendo sobre la cuenca que los afectaba.

Los vecinos habían aprendido a no quedarse esperando la información.

También habían aprendido a desconfiar de la primera explicación. Una obra anunciada como solución debía ser examinada. Un canal nuevo podía ser útil en un lugar y problemático en otro.

Una urbanización podía tener su propio sistema de drenaje y, sin embargo, modificar el comportamiento de toda una cuenca.

La prevención, para ellos, consistía también en preguntar.
Video de la Vecinal Empalme

Una organización que aprendió a preguntar

En esa noche apareció además una preocupación más inmediata: qué hacer con las personas si el sistema finalmente no alcanzaba.

Se habló de Defensa Civil y de las consultas que se habían comenzado a realizar.

¿Dónde se evacuaría a los vecinos? ¿Qué escuelas podrían recibir personas? ¿Qué instituciones servirían como refugio? ¿Quién daría la alerta? ¿Quién mediría la lluvia?

La experiencia de 1986 había dejado una memoria concreta de lo que significaba quedar aislado por el agua.

Por eso la prevención no podía limitarse a construir una obra hidráulica. También había que saber cómo reaccionar si la obra no alcanzaba.

El fenómeno de El Niño había puesto esas preguntas nuevamente sobre la mesa.

Un integrante de la Vecinal, Daniel, tomó la posta y explicó durante la reunión que el océano Pacífico, frente a las costas de Perú, presentaba temperaturas superiores a las normales. Habló de cambios en los vientos alisios y de modificaciones atmosféricas que podían favorecer precipitaciones extraordinarias en la región.

La preocupación no era afirmar que una inundación iba a ocurrir. Era reconocer que existía un escenario capaz de aumentar las lluvias y que ese escenario coincidía con un territorio que ya había cambiado.

También estaba el Paraná.

Un río alto podía dificultar la evacuación del agua porque los sistemas de desagüe debían descargar hacia un curso cuyo nivel podía encontrarse elevado.

La suma de factores era lo que inquietaba a los vecinos.

No una lluvia aislada. No El Niño por sí solo. No el Paraná por sí solo. No una urbanización por sí sola.

El problema estaba en la combinación.

Y frente a esa combinación aparecía la misma cuestión que los había llevado a organizarse cuarenta años atrás: cuánto podía soportar el sistema antes de que el agua volviera a entrar en las casas.

La política llegó a la reunión de la mano de esa pregunta.

Los vecinos habían pedido reuniones con funcionarios provinciales. Habían intentado reunirse con el área de Obras Públicas y con Recursos Hídricos. También habían pedido ser recibidos por el gobernador Maximiliano Pullaro.

Según relataron durante la asamblea, no habían conseguido esa reunión. La ausencia había generado malestar.

Ortolani evitaba presentar la historia como una disputa partidaria.

Había discutido con intendentes y gobernadores de distintos signos políticos, siempre. Había apoyado obras impulsadas por gobiernos con los que no coincidía y había criticado decisiones tomadas por gobiernos que consideraba cercanos.

La regla, decía, era otra. Si una obra servía, había que reconocerla. Si una obra perjudicaba al barrio, había que combatirla.

Por eso, cuando llegó el momento de hablar del gobernador, la acusación fue directa.

"Si lamentablemente llega a haber una catástrofe en la cuenca del Ludueña, en esta oportunidad no le van a poder echar la culpa a la lluvia", La frase estaba dirigida a Pullaro.

Y después vino la explicación política que correspondía a esa acusación: si una catástrofe ocurría, sostuvo Ortolani, la responsabilidad no podía atribuirse únicamente a un fenómeno meteorológico si el gobierno conocía el riesgo y no había realizado las obras que los vecinos reclamaban.

Era su planteo. No una conclusión del cronista. La diferencia importaba.

Porque en la reunión también había quienes preferían no hablar de una catástrofe como si fuera inevitable. Ortolani insistió varias veces en que no había que caer en ninguno de los dos extremos.

No se trataba de afirmar que el barrio necesariamente se iba a inundar, pero tampoco de convencerse de que ya no podía suceder.

Había niveles de seguridad. Las obras construidas después de 1986 habían elevado ese nivel. Pero ningún nivel era eterno. El territorio cambiaba. Las lluvias podían cambiar. La capacidad del sistema podía quedar atrás.

Y por eso una obra que había sido suficiente para determinada condición podía dejar de serlo cuando las condiciones cambiaban. La conversación volvió entonces a las represas. No pedían necesariamente que se construyeran todas de inmediato. La discusión tenía otro punto de partida: que empezaran.

"Que empiecen por la que quieran", dijo Ortolani. La prioridad, para él, era salir de la discusión permanente sobre cuál debía ser la primera y comenzar a ejecutar alguna. La frase tenía detrás cuarenta años de experiencia.
Los vecinos habían aprendido que una obra puede tardar años en concretarse. Primero aparece el estudio. Después el proyecto. Luego la discusión presupuestaria. Después la licitación. Después la obra.

Mientras tanto, el territorio sigue cambiando. Por eso la demora también formaba parte del riesgo. La historia de NuMaIn estaba llena de esas demoras.

Ortolani recordó reuniones con intendentes, gobernadores, ministros e ingenieros. Habían hablado con gobiernos de distintos signos. Algunos funcionarios los recibían con frecuencia. Otros no querían verlos. La organización había sobrevivido a todos.

Eso también explicaba la presencia de las concejalas Norma López, vicepresidenta primera del Concejo Municipal de Rosario, y María José Poncino, del bloque Peronista, durante la reunión.

El Concejo podía ser un espacio para trasladar el reclamo, llevar el problema al recinto, llenar el lugar de vecinos, hacer que los funcionarios respondieran, conseguir que los medios registraran la discusión.

El reclamo tenía que salir de la Vecinal.

Ortolani recordó también que, durante las movilizaciones de 1986, los vecinos habían intentado acceder a reuniones con funcionarios. Les habían puesto límites. Les habían dicho que determinadas reuniones eran para técnicos y que ellos no podían participar.

Después marcharon. Fueron miles. La presión abrió las puertas que las reuniones no habían conseguido abrir.

A partir de entonces llegaron otras discusiones y otras obras. El Aliviador 2 fue una de ellas. También la presa. También el Aliviador 3. Pero la historia no había terminado con la última obra.

Al contrario: las obras habían permitido que nuevas zonas pudieran desarrollarse. Terrenos que antes eran considerados demasiado expuestos habían adquirido otro nivel de seguridad y comenzaron a ser urbanizados. La paradoja era evidente para los vecinos. 

Una obra contra las inundaciones podía generar las condiciones para que aparecieran nuevas viviendas. Las nuevas viviendas podían impermeabilizar el suelo. La impermeabilización podía aumentar el escurrimiento. Y ese nuevo escurrimiento podía volver a poner a prueba la obra original.

No era una contradicción de la hidráulica. Era una contradicción del crecimiento urbano cuando no estaba acompañado por una planificación de toda la cuenca.

La reunión avanzaba entre ejemplos concretos. Un vecino mencionó las alcantarillas debajo de las vías. Habían sido observadas y, según explicaron, necesitaban limpieza. No era una represa ni una gran obra de infraestructura. Era algo mucho más pequeño.

Pero si el agua necesitaba pasar por allí durante una emergencia, una alcantarilla obstruida podía convertirse en un problema. 

La prevención también estaba hecha de esas cosas. Limpiar. Revisar. Controlar. Saber qué funciona. Saber qué está tapado. No esperar a que llegue el agua para descubrirlo.

En otro momento se habló de los medios y de cómo se construía la información durante una emergencia.

Los vecinos habían aprendido que no podían depender de que alguien desde un estudio de televisión explicara lo que estaba pasando en su barrio.

La experiencia les había enseñado a producir información propia.

Era una consecuencia inesperada de aquella vieja pelea. La organización había comenzado reclamando obras y había terminado acumulando conocimientos sobre lluvias, cuencas, drenajes, tiempos de respuesta y funcionamiento de la infraestructura.

También había producido memoria.

Ortolani podía recordar nombres de funcionarios, fechas, proyectos y discusiones de décadas atrás porque para él no eran episodios separados. Formaban parte de una misma historia.

Recuerda una escena ocurrida durante la pelea por el Aliviador 2.

Juan Carlos Zabalza, exsenador por el departamento Rosario, estaba con ellos en la Vecinal cuando llegaron unas lluvias terribles. Llovió tanto que hasta cayeron piedras y las calles quedaron intransitables.

Zabalza no podía irse: no había por dónde salir, estaba todo cortado.

"Entonces, estábamos por ahí y se baja la ventanita de un auto. Y alguien mueve la mano", cuenta Ortolani, mientras reproduce con un gesto la escena que todavía recuerda. "Era Zabalza y dijo: 'No puedo salir por ningún lado'".

A partir de aquel episodio, según el relato de Ortolani, Zabalza comenzó a trabajar con ellos en lo que luego se conoció como la Ley de Incidencia Hidráulica Cero.

El principio, explica Ortolani, es que cada modificación que se realiza sobre una cuenca debe mantener sin cambios la cantidad de agua que esta recibe durante una lluvia determinada.

"En este lugar se entrega a la cuenca tanto metro cúbico de agua por segundo. Ante una característica de estas lluvias, si se hace una modificación, hay que hacer un reservorio o lo que fuera para que entregue, luego de la modificación, la misma cantidad de metros cúbicos de agua por segundo", explica.

La idea, en términos sencillos, es que una obra no genere un nuevo problema aguas abajo: si una intervención altera el escurrimiento del agua, debe compensarse de modo que la cuenca siga recibiendo el mismo caudal que antes.

La memoria volvía a servir como herramienta. No para idealizar el pasado. Para comparar.

En 1986 el agua había tardado cuatro días y medio. En 2012 había llegado en menos de un día.

Después de 1986 se habían construido obras. Después de esas obras habían aparecido nuevas urbanizaciones y otras modificaciones del territorio.

La pregunta era qué nivel de seguridad quedaba ahora. Nadie podía responderla con una frase.

Había que estudiar la cuenca completa. Había que conocer cuánta agua entraba. Cuánto podía retenerse. Cuánto podía evacuarse. Cuánto demoraba en llegar. Qué ocurría cuando el Paraná estaba alto. Qué obras existían. Cuáles faltaban. Qué se hacía aguas arriba. Y quién controlaba que cada nueva intervención cumpliera las condiciones necesarias.

Esa era la razón por la que los vecinos insistían tanto en mirar más allá de Empalme Graneros.

La inundación podía comenzar a muchos kilómetros de distancia. Un canal podía estar en otro municipio. Una urbanización podía aparecer en un campo que nadie del barrio había visto nunca. Una represa podía faltar en un lugar que parecía lejano.

Pero el resultado terminaba llegando al mismo sitio. La zona baja. El barrio. La boca del embudo.

Hacia el final de la reunión, la discusión ya no tenía la tensión de las primeras intervenciones. Habían pasado cerca de dos horas.

Algunos vecinos seguían haciendo preguntas y otros conversaban entre ellos. La cantidad de temas tratados hacía difícil encontrar una respuesta que cerrara todo.

Pero tampoco era ese el objetivo.

Una asamblea no podía construir una represa. No podía modificar de inmediato la capacidad de un emisario. No podía detener por sí sola una urbanización. No podía decidir qué obra debía financiar la Provincia.

Lo que sí podía hacer era otra cosa.

Organizar el reclamo. Poner preguntas sobre la mesa. Hacer que las autoridades respondieran. Convocar a más vecinos. Llevar la discusión al Concejo. Hablar con periodistas. Recorrer las obras. Mirar qué se estaba haciendo y preguntar qué faltaba.

Eso era lo que había funcionado en 1986. Y era lo que seguían haciendo ahora.

La organización había sobrevivido porque había aprendido que esperar no era una estrategia. Habían esperado alguna vez que las autoridades entendieran por sí solas. Después dejaron de hacerlo.

Aprendieron a pedir reuniones. A insistir. A marchar. A estudiar. A preguntar. A volver. La bandera de NuMaIn había pasado de una generación a otra de esa manera.

Muchos de los nombres recordados ya no estaban. Pero sus reclamos seguían apareciendo en las conversaciones.

Los hombres y mujeres que habían comenzado la organización después de la inundación habían dejado algo más que una lista de obras: habían dejado un método.

Ortolani era parte de esa continuidad y seguía explicando una cuenca frente a un salón lleno de vecinos.

Seguía recordando cómo había comenzado todo. Seguía contando quién había estado, qué obra se había conseguido y cuál había quedado pendiente.

No hablaba como un hombre que esperara una solución definitiva. Hablaba como alguien que había aprendido que las soluciones también envejecen.

La presa construida después de 1986 había sido necesaria. Los aliviadores también. Las obras habían reducido el riesgo. Pero la reducción del riesgo no significaba la desaparición del riesgo.

Mientras la reunión se acercaba al final, quedó planteada una agenda más concreta que la del comienzo: limpiar las alcantarillas, controlar las obras, seguir recorriendo la cuenca, pedir información, exigir reuniones, llevar el reclamo al Concejo y volver a reclamar las represas pendientes.

Nada de eso parecía espectacular.

No había una inauguración. No había una máquina nueva. No había una fecha de finalización. Había, otra vez, vecinos organizándose.

En la primera fila todavía estaban algunos de los que habían escuchado a Ortolani hablar durante buena parte de la noche. Otros seguían comentando entre ellos.

Las concejalas habían participado de la reunión y el reclamo ya tenía una próxima estación: el Concejo Municipal.

Afuera, mientras tanto, Empalme Graneros seguía siendo el mismo barrio y otro distinto. Las casas estaban donde habían estado. El terraplén seguía formando parte del paisaje.

Pero, fuera de los límites de la ciudad, el territorio también había cambiado: habían aparecido nuevas urbanizaciones, calles, canales y construcciones.

El territorio que los vecinos habían aprendido a mirar cuarenta años atrás ya no era el mismo. El agua tampoco había cambiado su naturaleza.

Seguía buscando la pendiente. Seguía acumulándose donde encontraba una depresión. Seguía entrando por donde podía. Lo que había cambiado era el camino que recorría antes de llegar.

Por eso la pregunta de aquella noche no era si iba a llover. Eso era imposible de saber con precisión. Tampoco era si el barrio se iba a inundar. Nadie allí podía prometerlo ni descartarlo. La pregunta era qué se estaba haciendo mientras todavía no había agua en las calles.

Esa diferencia explicaba buena parte de la historia de NuMaIn.

En 1986 habían esperado que la ciudad entendiera lo que estaba ocurriendo y terminaron organizándose para obligarla a hacerlo.

Después llegaron las obras. Con ellas llegó una mayor seguridad. Y cuando el territorio volvió a cambiar, los vecinos volvieron a reunirse.

La obra pública, para ellos, no podía aparecer solamente después de una catástrofe. Tenía que llegar antes. Y, una vez construida, había que seguir controlándola.

Porque tampoco alcanzaba con inaugurarla. Había que saber qué pasaba aguas arriba. Qué pasaba aguas abajo. Cuánto recibía el sistema. Cuánto podía evacuar. Qué faltaba. Quién debía hacerlo. Quién lo estaba controlando. Y qué ocurriría si la respuesta llegaba demasiado tarde.

Cuarenta años después de aquella inundación, Lalín Ortolani seguía allí, rodeado de vecinos, hablando de una historia que no había terminado.

Los hombres cuyos nombres habían sido recordados al comienzo ya no podían participar de la discusión. Pero otros habían ocupado sus lugares.

La reunión terminó sin una nueva represa, sin una obra anunciada y sin una solución definitiva. Terminó con algo más modesto y, para quienes conocían la historia, bastante más importante: la decisión de seguir.

No esperar a que el agua volviera para preguntar qué había pasado. Preguntar antes. Mirar antes. Reclamar antes. Porque las obras podían reducir el riesgo, pero no podían detener el tiempo ni impedir que el territorio siguiera transformándose.

Y si el agua alguna vez volvía a poner a prueba todo lo construido desde 1986, los vecinos querían poder decir que, esta vez, habían estado allí antes de que llegara.

lunes, 31 de agosto de 2026

Plaza Casasola: vecinos expusieron en el Concejo y reclamaron revertir la cesión del terreno

En una reunión de la Comisión de Planeamiento y Urbanismo, habitantes del barrio Larrea y descendientes de la familia que cedió las tierras para uso comunitario pidieron que se dé marcha atrás con la cesión de una parte del predio de Bolivia al 600 bis. Concejales de distintos bloques reconocieron que aparecieron nuevos elementos que justifican revisar la decisión.

La disputa por la plaza Casasola llegó este lunes al Concejo Municipal de Rosario. Vecinas, vecinos y descendientes de la familia que cedió décadas atrás las tierras para uso comunitario fueron recibidos de manera excepcional por la Comisión de Planeamiento y Urbanismo, donde reclamaron que se revierta la cesión de una parte del predio ubicado en Bolivia al 600 bis, entre Juan José Paso y French.

El encuentro se produjo luego de meses de reclamos por los movimientos de suelo, la colocación de pilares para servicios y el inicio de trabajos en un sector de la plaza. Los vecinos sostienen que nunca fueron consultados y que se enteraron de la situación cuando comenzaron a realizarse tareas sobre el terreno.

La sesión permitió además que concejales de distintos bloques plantearan públicamente la necesidad de revisar el expediente que habilitó la cesión. Entre los argumentos mencionados apareció un dato considerado relevante: el decreto que dispone la cesión del terreno fue aprobado en la última sesión del año, sobre tablas y sin pasar previamente por las comisiones para su análisis.
Nunca pensamos que teníamos que defender la plaza

Juan Peñalosa, vecino del barrio y usuario de la plaza desde hace cuatro décadas, fue uno de los primeros en tomar la palabra. Recordó que el espacio fue inaugurado en 1985, durante la intendencia de Horacio Usandizaga, y cuestionó que una decisión sobre el destino del predio se haya tomado sin participación de la comunidad.

"Nunca pensamos que la teníamos que defender y hoy estamos más unidos como vecinos defendiéndola", señaló.

Peñalosa sostuvo que existen "suficientes irregularidades" como para considerar que el tema no fue analizado con la profundidad necesaria. Entre ellas mencionó las modificaciones que, según entienden, deberían realizarse en materia de uso del suelo para concretar el proyecto previsto en el lugar.

El reclamo vecinal, aclaró, no está relacionado con una oposición a la construcción de escuelas. "No estamos en contra de la educación", planteó, sino de que se utilice para ese fin "el único espacio público que tenemos en el barrio".

Los vecinos reclamaron que el predio vuelva a ser destinado íntegramente a plaza y propusieron que, en lugar de perder superficie, se concrete un proyecto de recuperación del espacio que contemple playones deportivos, iluminación, juegos y mejoras para el uso comunitario.

"Queremos jugar al fútbol como cuando éramos chicos. Queremos tener la seguridad de usarlo todas las noches, como hacíamos", explicó Peñalosa.

También remarcaron que el reclamo no responde a una pertenencia partidaria. "Somos de todas las banderas en nuestro barrio", sostuvo el vecino, y pidió a los concejales de todos los bloques que intervengan para encontrar una salida.

Una donación familiar y un destino que, según los herederos, ya fue cumplido
Durante la reunión también habló Graciela Casasola, nieta de quien cedió originalmente las tierras.

Según relató, su padre y sus cuatro hermanos concurrieron en su momento a la Municipalidad para formalizar la cesión de una superficie perteneciente a la familia, que originalmente formaba parte de una extensión mayor de tierras.

La voluntad familiar, explicó, era que esos terrenos quedaran destinados al barrio y pudieran ser utilizados para equipamiento comunitario, educación pública y actividades deportivas.

La familia sostiene ahora que ese objetivo ya se cumplió con los distintos espacios de equipamiento existentes en el sector. Durante la audiencia se mencionaron, entre otros, un jardín de infantes ubicado sobre calle Ecuador y un centro de salud, además de otros establecimientos que utilizan la plaza para actividades recreativas.

Por ese motivo, los descendientes consideran que la parte del terreno que actualmente funciona como plaza debe conservar ese destino.

"Mi viejo del cielo me ayuda", expresó la heredera, al recordar que se enteró de la cesión cuando pasó por el lugar y vio los trabajos que se estaban realizando. Según relató, si no hubiera observado esa situación, la familia y los vecinos podrían no haberse enterado de lo que estaba ocurriendo.
El expediente y una cesión aprobada sin debate previo
Uno de los puntos que cobró especial relevancia durante la reunión fue el recorrido administrativo del expediente.

Según la información expuesta por los concejales, la cesión actualmente cuestionada corresponde al expediente 68.859 y fue aprobada en diciembre mediante un decreto que establece un plazo de diez años. La superficie involucrada sería aproximadamente la mitad del terreno.

Sin embargo, una de las concejalas señaló que el procedimiento tuvo una particularidad respecto de otros expedientes similares: la iniciativa no pasó por las comisiones de Planeamiento y Gobierno antes de ser votada, sino que fue incorporada a la última sesión del año sobre tablas.

"Es el único caso, por lo menos del que yo soy concejal, de que se le da un terreno público sin debate del Concejo", planteó uno de los ediles durante la reunión.

Desde otro bloque, una concejala que votó favorablemente la cesión reconoció que también aparecieron posteriormente elementos que deben ser analizados. Entre ellos mencionó el planteo de los vecinos acerca del destino original de la donación y la información surgida públicamente respecto de la institución que iba a utilizar el predio.

"Hay que analizar esta cuestión integralmente", sostuvo.

La escuela, la fundación y las versiones sobre el futuro del terreno
El conflicto se inició cuando los vecinos observaron trabajos sobre la plaza y comenzaron a investigar qué estaba sucediendo.

Según habían denunciado meses atrás, quienes realizaban las tareas les indicaron que allí se construiría un templo y que el terreno había sido adquirido por un privado. Posteriormente, el expediente municipal permitió reconstruir otra versión: la cesión de una parte del inmueble habría sido realizada para la construcción de una escuela vinculada a una fundación.

Durante la audiencia, los vecinos señalaron que posteriormente algunos padres del establecimiento educativo habrían consultado a sus autoridades acerca de un eventual traslado y recibido como respuesta que la institución no se mudaría al barrio.

Los propios vecinos aclararon que se trata de información extraoficial y reclamaron que, si efectivamente la escuela no utilizará el terreno, esa decisión sea comunicada formalmente.

Para la Municipalidad y algunos concejales, mientras tanto, las obras se encuentran actualmente frenadas a raíz del conflicto.

"Si realmente no van a disponer del predio, bárbaro, está destrabado el conflicto", plantearon los vecinos. La expectativa es que, en ese caso, se pueda discutir directamente un proyecto de recuperación de la plaza.
El vínculo con la Municipalidad

Durante la reunión, los vecinos también fueron consultados por el contacto que habían mantenido con la Municipalidad desde que comenzó el conflicto.

Según relataron, fueron convocados a la Secretaría de Cercanía, donde —de acuerdo con su versión— funcionarios municipales se limitaron a leerles el decreto que establecía la cesión del terreno. "Nos dijeron que no sabíamos, que no entendíamos la democracia", afirmó uno de los vecinos durante la audiencia.

Los habitantes del barrio calificaron ese trato como "humillante" y "degradante" y reclamaron que el Municipio se retracte de esas expresiones. También señalaron que en aquel encuentro habían recibido el compromiso de obtener una respuesta sobre el conflicto, pero que esa respuesta nunca llegó.

"Esto ya lleva meses desde ese momento. En mayo", señalaron durante la reunión.

El episodio aparece como uno de los puntos de tensión entre los vecinos y el Ejecutivo municipal. Mientras desde la Comisión de Planeamiento se planteó ahora la posibilidad de revisar la decisión y reunir nueva documentación, los habitantes del barrio sostienen que durante meses reclamaron información y participación sin obtener una respuesta satisfactoria.

Antecedentes de otros proyectos sobre el mismo terreno
Durante la reunión también se mencionaron antecedentes que muestran que el predio ya había sido considerado en otras oportunidades para distintos proyectos.

Uno de ellos fue una ordenanza de 1993, identificada como la 5729, que proponía ceder parte del terreno para un centro de día de adultos. El proyecto finalmente no llegó a concretarse.

También se mencionó un expediente de 2017, el 32.808, vinculado a la Asociación Voluntad Integral de Discapacidad Argentina (AVIDA), que tampoco tuvo viabilidad.

La existencia de esos antecedentes fue señalada como parte de la necesidad de reconstruir qué destino tiene asignado el inmueble y cuándo dejó de ser considerado formalmente como plaza dentro de los registros municipales.

Los vecinos afirmaron que durante años realizaron reclamos por el deterioro del espacio, la falta de juegos, problemas de iluminación y situaciones de inseguridad, pero que nunca fueron informados de que el terreno pudiera dejar de estar destinado al uso recreativo comunitario.
"La pelota está en nuestra cancha"

Desde la Comisión de Planeamiento se comprometieron a incorporar al expediente toda la documentación que aporten los vecinos y a solicitar información adicional al Ejecutivo municipal.

Uno de los concejales resumió el escenario señalando que el Concejo debe revisar la decisión a partir de los nuevos elementos que surgieron después de la votación.

"Han aparecido datos posteriores a la votación del cuerpo", planteó, y consideró que corresponde analizar si esas novedades justifican modificar lo aprobado.

También se señaló que, si se confirma que la institución educativa finalmente no utilizará el terreno, la situación podría resolverse rápidamente.

"Así como fue la decisión del Concejo, rápidamente la podemos revertir", sostuvo otro de los ediles.

Al cierre del encuentro, quedó planteada la posibilidad de avanzar con la revisión del decreto en las próximas sesiones. Los concejales solicitaron a los vecinos que acerquen toda la documentación disponible para incorporarla formalmente al expediente.

La discusión ya no pasa solamente por el destino de una parte del terreno. También pone en debate el origen de la donación, el carácter público del espacio, el procedimiento mediante el cual se aprobó la cesión y la necesidad de que cualquier modificación sobre un lugar utilizado durante casi cuatro décadas por el barrio sea discutida con la comunidad.

Mientras tanto, los vecinos continúan organizados alrededor de la defensa de la plaza. Crearon la cuenta de Instagram @laplazabolivia600bis, donde recopilan fotografías, actividades y parte de la historia reciente del lugar.

"Somos un barrio. Nunca fuimos un club", resumió Peñalosa durante la audiencia. Y volvió a reclamar una plaza recuperada, equipada y abierta para todos.

Las vecinas y los vecinos fueron recibidos por los integrantes de la Comisión de Planeamiento y Urbanismo del Concejo Municipal de Rosario que está presidida por María Fernanda Gigliani y la integran Ana Laura Martínez, Damián Pullaro, Samanta Arias, Juan Monteverde y Manuel Sciutto. Estuvo ausente el concejal oficialista Fabricio Fiatti.
Fotos: Señales, Gentileza Juan Pablo Darioli

domingo, 30 de agosto de 2026

¿Para qué quieren tanta tierra los pueblos originarios?

Para habitarla. Para vivirla. Para cuidarla.
Las Warmis* caminan desde la Puna jujeña hasta Buenos Aires para defender el agua, los territorios ancestrales y una forma de vida amenazada por el avance extractivo. En el camino atraviesan seis provincias, reúnen denuncias y encuentran otras comunidades que también tienen algo que reclamar.

Durante su paso por Rosario, en Señales recogimos sus testimonios:

Emma Alemán es la mayor de las Warmis. También es una de las que más dificultades tiene para caminar. Pero sigue. Paso a paso, desde la Puna jujeña hacia Buenos Aires.

Cuando llega el momento de explicar por qué caminan, no habla primero de la minería, ni de los desalojos, ni de las leyes. Mira a quienes están frente a ella y hace una pregunta sencilla:

—El que no tome agua, que levante la mano.

Nadie levanta la mano.

—Porque todos tomamos agua -dice Emma-. Y el agua es vida.

Hay caminos que se hacen con los pies. Y hay otros que se hacen con la memoria, con la dignidad y con una pregunta que atraviesa generaciones: ¿para qué quieren tanta tierra los pueblos originarios?

La respuesta de las Warmis es tan sencilla como profunda: para habitarla, para vivirla, para cuidarla.

Desde la Puna jujeña, las Mujeres del Kollasuyu emprendieron una caminata que comenzó el 3 de agosto en Rinconada, Jujuy, y que tiene como destino final la ciudad de Buenos Aires. En el trayecto atravesaron Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba.

Ahora la caminata llegó a Rosario.

Son las Warmis, mujeres y feminidades que avanzan juntas en defensa de sus bienes naturales, del medioambiente y de los territorios ancestrales. Caminan durante agosto, el mes de la Pachamama, llevando consigo una demanda que no se limita a una consigna, sino que reúne memoria, presente y futuro: proteger la tierra, el agua y los territorios de los que dependen sus comunidades.

Su recorrido también es una denuncia. Hablan del despojo de los territorios ancestrales, de la contaminación de las cuencas, del avance de la minería y de los desalojos que amenazan a las comunidades.

Pero la caminata no está hecha solamente de aquello que rechazan.

También está atravesada por ceremonias, encuentros, arte, memoria comunitaria y una convicción que las acompaña desde el comienzo: la necesidad de construir un futuro en el que las próximas generaciones puedan vivir en un planeta limpio y puro.

Por eso convocaron a todas las mujeres y feminidades a sumarse a esta gran caminata y a las comunidades de cada lugar a recibirlas en los distintos puntos de llegada. También llamaron a las y los artistas a acompañarlas con su arte, entendiendo que la palabra, la música y las expresiones culturales pueden formar parte de una misma defensa.

La invitación se extendió a toda la comunidad. Con la fuerza de las Warmis, dijeron, buscan llamar a la unidad del pueblo en defensa de la vida.

Porque, para ellas, la amenaza no se reduce a un territorio particular ni afecta únicamente a quienes viven en las comunidades ancestrales. La advertencia es más amplia: "Nuestra Pacha está en peligro, defenderla es un deber de todas y todos".

En ese recorrido hacia Buenos Aires, Rosario aparece como una nueva estación de un camino que ya lleva kilómetros, encuentros y voces acumuladas. Aquí llegan con sus historias, con sus reclamos y con las experiencias que fueron recogiendo a lo largo de las provincias atravesadas.

Llegan después de caminar, de hablar, de encontrarse y de hacer visible una lucha que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.

Hay una frase que resume buena parte del sentido de esta marcha: "Sin tierra y agua limpia no hay vida".

Y detrás de ella, otra que amplía todavía más el horizonte: "Sin naturaleza no hay vida".

Las Warmis caminan en defensa de la Pachamama. Caminan por sus territorios ancestrales, pero también por aquello que consideran un bien común. Caminan para que la tierra no sea entendida únicamente como una superficie disponible para la explotación y negocio, sino como un espacio de vida, de pertenencia y de memoria.

Quizás una caminata no cambie por sí sola un mapa. Pero puede cambiar aquello que un pueblo está dispuesto a tolerar. Puede hacer visible una historia, reunir voces dispersas y poner en movimiento una pregunta que vuelve una y otra vez mientras los kilómetros quedan atrás.

Las Warmis caminan. Y mientras caminan, la tierra habla. Pachamama, kusilla kusilla.

Jallalla.

El agua que baja de los cerros
Entre las voces que llegaron a Rosario está la de Florencia Solís, mujer kolla y defensora ambiental de la Cuenca de Pozuelos. Habla desde el conocimiento íntimo de un territorio que no observa desde lejos: allí creció, allí vive y allí aprendió a reconocer los cambios de la tierra y del agua.

Por eso, cuando habla de la Laguna de Pozuelos, no habla solamente de un paisaje amenazado. Habla de un lugar que forma parte de su historia.

La Laguna de Pozuelos, ubicada en la provincia de Jujuy y extendida sobre los departamentos de Yavi, Santa Catalina, Rinconada y Cochinoca, es Monumento Natural, sitio Ramsar y Reserva de Biosfera de la UNESCO. Sin embargo, para las comunidades que habitan la cuenca, esas figuras de protección no han impedido el deterioro de un ecosistema que consideran cada vez más comprometido por la actividad minera histórica y por el avance de nuevos emprendimientos extractivos.

Solís lo cuenta con una mezcla de dolor y determinación.

"Bueno, buen día, hermanos y hermanas de Rosario", comienza, antes de explicar que las Warmis vienen caminando desde Rinconada, "el último rincón de la patria", en la provincia de Jujuy.

Desde allí emprendieron este recorrido en el mes de agosto, durante el tiempo de la Pachamama, para defenderla y hacer saber que están presentes. "Nosotros somos las verdaderas hijas de la Madre Tierra", afirma.

Y enseguida establece una diferencia que para ella es fundamental: están allí "no para lastimarla, sino para defenderla". La defensa tiene un nombre concreto: ¡agua!.

Y tiene también un paisaje que, según relata, ha cambiado de manera dramática.

Solís recuerda una laguna que alguna vez estuvo habitada por aves playeras, flamencos, gallaretas y distintas especies de patos. Ahora, dice, ya no queda nada de aquella abundancia.

"La minería extractivista a cielo abierto nos contaminó todo el agua y toda la laguna está hecha un desierto". Las aves desaparecieron. "Todo está muerto", repite.

Las comunidades denuncian que la actividad minera, tanto la histórica como la vinculada a emprendimientos como Pan de Azúcar y el proyecto Chinchillas, sumada a la creciente expansión de la explotación del litio, está afectando las fuentes de agua superficiales y subterráneas.

En una cuenca cerrada como la de Pozuelos, explican, el uso intensivo del agua y el vertido de metales pesados agravan la situación de las lagunas y de los cauces de los que dependen las familias y sus animales.

Para el pueblo Kolla, la pérdida de los pastizales y del agua limpia no es una cuestión abstracta. Amenaza directamente el modo de vida de las comunidades, su salud y la posibilidad de permanecer en el territorio.

Allí, explica Solís, muchas familias viven del pastaje y de la cría de llamas y ovejas. Cuando el agua y los pastizales desaparecen, también se vuelve más difícil sostener el arraigo y evitar que las nuevas generaciones tengan que migrar hacia las ciudades.

Ese es uno de los motivos por los que las Warmis decidieron volver a caminar.

Solís ya había realizado, el año anterior, una primera caminata desde la Laguna de Pozuelos hasta San Salvador de Jujuy. Llegó hasta la ciudad para presentar petitorios y notas ante el Gobierno, la Legislatura y las áreas de Ambiente y Minería.

Pero las respuestas favorables nunca llegaron. Por eso, esta vez decidieron ampliar el recorrido.

En agosto volvieron a ponerse en marcha, pero con Buenos Aires como destino. El objetivo, explica Solís, es llegar hasta la Capital Federal para intentar ser escuchadas por el presidente de la Nación, el ultraderechista Javier Milei, a quien responsabiliza por las políticas que, según sostiene, favorecen el ingreso de grandes corporaciones a los territorios.

Mientras enumera las razones de la caminata, aparece también el costo personal de sostenerla.

Las mujeres dejaron hijos, nietos y hacienda para ponerse en camino. Dejaron atrás animales y tareas cotidianas porque, como explica Florencia, su economía y su forma de vida dependen de aquello que están defendiendo.

"Nosotros vivimos también de eso, del pastaje, de la llama, de la oveja", cuenta.

No quiere que las comunidades sean obligadas a abandonar ese modo de vida para terminar en las periferias urbanas. No quiere que sus pueblos tengan que convertirse en habitantes de barrios marginales ni depender de la asistencia para sobrevivir.

"No queremos venir a las grandes ciudades a vivir de dádivas", sostiene. En su territorio, dice, viven felices y tienen lo necesario: carne, verduras, frutas. No necesitan pedirle nada a nadie.

Lo que reclaman, entonces, no es abandonar su tierra, sino que se respeten sus derechos sobre ella. "Como pueblos originarios, queremos que nos respeten nuestros derechos y que respeten los derechos de la Pachamama", dice.

Porque la Pachamama, para Solís, no es una idea distante ni una referencia simbólica: es la que da la vida.

Y dentro de ella está el agua de los glaciares y de los ambientes periglaciares, cuyo deterioro, advierte, termina afectando tanto a los campos como a las grandes ciudades.

Por eso cuestiona también las modificaciones de las leyes que, desde su perspectiva, han sido realizadas en beneficio de las grandes empresas y no de quienes habitan esos territorios.

El agua que nace en las alturas no se queda allí, recuerda. Baja hacia los campos y llega también a las ciudades.

Defenderla, por lo tanto, no es solamente defender a una comunidad de la Puna. Es defender una fuente de vida que atraviesa territorios y alcanza a todos.

"Tenemos que defender el agua, hermano", insiste. "Por eso estamos en defensa de eso, del agua, el ambiente y nuestra Pachamama". 

Su denuncia también apunta al Gobierno de Jujuy y al gobernador Carlos Sadir. Solís señala que mientras las Warmis avanzan hacia Buenos Aires, en su provincia continúan produciéndose situaciones que las comunidades consideran nuevos despojos territoriales.

Menciona particularmente el caso de Juella, donde, según denuncia, cinco familias estarían siendo desplazadas de sus tierras. En su relato, los Sajamas estarían siendo despojados para dar lugar a empresas vinculadas a viñedos de altura y emprendimientos turísticos, entre ellos restaurantes destinados a esa actividad.

Todo eso forma parte del reclamo que las mujeres llevan en la caminata.

No se trata únicamente de una protesta contra la minería. Es, en la mirada de Solís, una disputa mucho más profunda por el derecho a permanecer en el territorio y decidir sobre él. Y esa disputa, sostiene, tampoco termina en Jujuy.

Para Florencia, lo que ocurre en la Puna forma parte de un proceso más amplio, ligado al avance de "la ultraderecha" y del modelo "neoliberal". Lo mismo que observa en el territorio lo reconoce, dice, en otros ámbitos de la vida cotidiana.

"Hay muchos médicos mal pagados, faltan agentes sanitarios y medicamentos. En la educación pasa lo mismo, todo se está desmantelando".

Para ella, no es un fenómeno aislado: "Esto está pasando desgraciadamente en todo nuestro Abya Yala".

La falta de respuestas oficiales también alimenta su decisión de continuar.

Después de la caminata realizada en 2025, las comunidades presentaron petitorios formales ante la Dirección Provincial de Recursos Hídricos, la Secretaría de Pueblos Indígenas y la Secretaría de Minería de Jujuy.

Pero, según denuncia Solís, las notas no produjeron soluciones concretas. "Encajonan nuestras notas, las tiran a la basura y se olvidan", afirma.

Y enseguida agrega una frase que parece resumir la persistencia de las mujeres que ahora atraviesan el país: "Piensan que nos vamos a cansar o se ríen de una, pero nosotras no nos cansamos y vamos a seguir luchando".
"Nosotros no comemos baterías"

Frente al discurso que presenta la explotación del litio como parte de una supuesta transición energética, las Warmis responden desde otro lugar: desde quienes viven en los territorios donde esa transición se materializa en forma de extracción de agua, transformación de los ecosistemas y contaminación.

No hablan desde una promesa de futuro, sino desde la experiencia concreta de lo que ya ocurrió. "Nos quedamos sin agua y contaminados", dice Solís.

Y resume la contradicción con una frase que se volvió consigna: "Nosotros decimos que no comemos baterías". Su idea de la tierra tampoco se parece a la lógica de concentración que cuestiona.

Florencia imagina el territorio como una torta que debe repartirse de manera justa: "Yo opino que la tierra es como una torta donde todos tenemos que compartir las porciones iguales, y no para los grandes latifundistas mucho y para otros nada".

La caminata, entonces, es también una forma de poner el cuerpo frente a esa desigualdad. Kilómetro tras kilómetro, las Warmis llevan una defensa que no separa el agua de la tierra, ni la tierra de la comunidad, ni la comunidad del futuro.

En su recorrido, el territorio no aparece como una mercancía, sino como aquello que permite que una forma de vida continúe existiendo.

Antes de terminar su testimonio, Florencia anuncia que va a cantar una copla para repudiar el accionar del Gobierno. El relato se transforma en canto y la denuncia adquiere ritmo de consigna:
Esto ya no es democracia y esto es una dictadura.
Esto ya no es democracia, esto es una dictadura.

El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.
El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.

La codicia encima nos quiere ya terminar.
La codicia encima nos quiere ya terminar.

Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.
Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.

El oro no vale nada y el agua es un sustento.
El oro no vale nada y el agua es un sustento.

El agua nos da la vida y el oro es para armamento.
El agua nos da la vida y el oro es para armamento.

¡Que viva Pachamamita!
¡Y que se vayan todos los traidores vendepatrias!
¡Que se vayan!
Desde los cerros hasta las ciudades

Después de la voz de Florencia Solís, Fabiana Quilla toma la palabra y señala hacia arriba. Las Warmis, dice, vienen "desde arriba de los cerros", desde el lugar donde nacen las aguas que después llegan hasta las ciudades.

Esa imagen es, para ella, una de las claves para comprender por qué caminan. "De donde vienen las agüitas", explica. Porque todo el agua "viene de allá arriba".

Y por eso considera necesario que quienes viven en las ciudades también puedan comprenderlo: si se destruyen esos territorios de altura, también se pone en riesgo el agua que llega mucho más lejos.

Fabiana se presenta como una mujer proveniente de los Cerros Colorados, de la Laguna Colorada. Su presencia en la caminata tiene, según cuenta, un doble sentido: acompañar y ser acompañada.

Pero también pedir ayuda, pedir auxilio frente a lo que está sucediendo con la Pachamama. No quiere que continúe la contaminación.

Y cuando habla de Pachamama, su definición abarca mucho más que la tierra en un sentido estrictamente geográfico.

Es todo. "Desde la hormiguita, a todos los animales, todas las plantitas medicinales, del cielo, el sol, la luna, todo es Pachamama", explica. Es la manera en que su visión andina nombra y comprende el mundo.

Por eso la defensa del ambiente no puede reducirse a una cuestión técnica. También tiene una dimensión espiritual.

Fabiana agradece a quienes las reciben y escuchan en Rosario y promete que continuarán el camino "con fuerza, con esperanzas, alegría". Porque, pregunta, sin fuerza y sin esperanza, ¿cómo seguir luchando?

Antes de terminar, insiste en algo que considera primordial: la espiritualidad. "Nuestro cuerpito sin espíritu no andamos", dice. Para sostener una lucha de esta magnitud, sostiene, hacen falta mente, espíritu y cuerpo.

"¡Jallalla! ¡Jallalla Pachamama! ¡Kusilla, kusilla!", celebra.

Alegría, alegría, incluso en medio de una caminata que nace de la preocupación y del dolor.

La siguiente voz llega desde San Salvador de Jujuy. Muriel Maldonado cuenta que decidió acompañar a las hermanas desde la ciudad y que viene vinculada a las bibliotecas populares. Desde allí se sumó al viaje y fue atravesando junto a las Warmis los distintos puntos del recorrido.

En cada parada, explica, fueron apareciendo nuevas problemáticas. Cada una de ellas dejó algo para llevar adelante y, poco a poco, permitió que el mensaje de la caminata se ampliara hasta acercarse a Buenos Aires.

"Ya estamos ahí", dice Muriel. "Estamos muy cerca, muy cerca de lograr el objetivo". 

En su relato aparece otra dimensión del viaje: la solidaridad. En cada lugar al que llegaron, cuenta, fueron recibidas por personas que les dieron "una re mano".

El agradecimiento ocupa un lugar central en sus palabras, porque la caminata no se construyó solamente con los pasos de quienes salieron desde Jujuy, sino también con las redes que encontraron en el camino.

Por eso espera que los mensajes que fueron transmitiendo lleguen cada vez a más lugares.

La caminata también tiene una presencia en las redes sociales, a través de Instagram y Facebook, donde quienes quieran seguir su recorrido pueden encontrarlas como caminata.Warmis.

La experiencia, dice Muriel, ha sido hermosa precisamente por esa posibilidad de encontrarse con personas diferentes en cada lugar. La caminata se convierte así en una cadena de encuentros: las Warmis llegan, cuentan, escuchan y vuelven a ponerse en marcha.

La mujer que no se cansó de caminar
Entre las caminantes está Emma Alemán. Es la mayor del grupo y también una de las que más dificultades tiene para caminar. Sin embargo, continúa. Paso a paso, sigue avanzando hacia Buenos Aires.

Su presencia adquiere una fuerza particular porque su propio cuerpo parece poner en evidencia aquello que las Warmis repiten durante todo el recorrido: la voluntad de caminar puede ser más fuerte que el cansancio.

Emma habla con la serenidad de quien sabe que el mensaje debe llegar más allá de quienes ya conocen la problemática.

Por eso vuelve a insistir en la importancia del agua y en las distintas formas de contaminación que afectan a los territorios: el aire, la tierra y, principalmente, el agua.

Pero también le interesa responder una pregunta que le hicieron durante el encuentro: ¿cómo pueden defenderse las Warmis frente a tantos problemas y responsabilidades?

La respuesta de Emma no se limita a las herramientas disponibles dentro de Argentina. Recuerda que existen mecanismos de protección internacional para los pueblos y sus territorios. Por eso el destino de la caminata no es solamente el Congreso de la Nación.

El plan es llegar hasta Buenos Aires, presentar notas ante diputados y senadores y también hacer llegar sus reclamos al propio presidente. Y si tampoco allí encuentran respuestas, advierte, están dispuestas a llevar sus denuncias todavía más lejos.

"También hay leyes internacionales que nos protegen", explica. "Estamos dispuestos a ir también hasta Ginebra, a presentar nuestras quejas".

Lo que quieren denunciar, dice, son atropellos y desalojos realizados con una violencia que quienes viven lejos de la Puna muchas veces no alcanzan a imaginar.

Habla de lo que está ocurriendo en Jujuy y relaciona esa situación con el llamado RIGI y el "Super RIGI", mecanismos que, desde la perspectiva de las comunidades, profundizan la desprotección frente al avance de los proyectos extractivos.

Emma señala también el debilitamiento de los organismos estatales destinados a atender las demandas de los pueblos indígenas.

Recuerda el papel que tenía el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, el INAI, y denuncia que ahora distintos trámites y pedidos quedan en manos de sectores del Gobierno que, según afirma, no les dan importancia.

Si no hay respuesta, insiste, habrá que recurrir a las instancias internacionales. Pero Emma no habla solamente para quienes tienen poder institucional.

También les habla a quienes la están escuchando en Aire Libre, Radio Comunitaria. Les pide que sean la voz de las comunidades. No solamente en Rosario, sino allí donde vayan.

Les pide que ayuden a concientizar a otros hermanos, sin importar "de qué color sean", porque hay algo que une a todos por encima de cualquier diferencia.

Todos toman agua.

Y entonces formula una pregunta que parece sencilla, pero que para ella contiene el corazón de toda la caminata: "El que no tome agua, que levante la mano".

Nadie levanta la mano. "Porque todos tomamos agua", explica. "Y el agua es vida y el agua es para todo, todo, todo, todo". 

Lo que sucede arriba de los cerros tiene consecuencias abajo. La contaminación, la extracción y la falta de acceso al agua forman parte de una misma trama que conecta territorios aparentemente distantes.

Y Rosario tiene sus propias historias para contar.

Veinte cuadras para conseguir agua
Esa conexión aparece con especial fuerza cuando toma la palabra Noelia Naporichi, una referente local que no solamente acompaña la caminata de las Warmis, sino que aprovecha el encuentro para poner sobre la mesa lo que sucede en el oeste de Rosario.

La defensa del agua, dice, también tiene una dimensión profundamente local. En las comunidades de la zona oeste vienen reclamando agua potable desde la década del 80.

Décadas después, el problema continúa. Hay familias que todavía no tienen acceso constante al agua y personas que deben recorrer hasta veinte cuadras para cargarla.

Noelia habla de las consecuencias concretas de esa carencia: tuberculosis, desnutrición y las dificultades cotidianas que produce no contar con agua suficiente y segura.

No se trata solamente de una deficiencia de infraestructura, sostiene. Es una forma de vulneración que afecta a las personas como ciudadanos y como seres humanos.

La ciudad, dice, también puede destruir. Por eso pide que las comunidades indígenas que habitan Rosario no sean olvidadas. Recuerda que no son una sola comunidad y que tampoco son pocas.

En la ciudad conviven numerosas comunidades indígenas, y todas ellas forman parte de la trama social de Rosario. La defensa de la Pachamama que las Warmis traen desde Jujuy encuentra así un eco inesperado que llega desde el oeste rosarino.

Cambian los paisajes, cambian las distancias y cambian las formas de la desigualdad, pero el agua vuelve a aparecer como una frontera básica entre una vida digna y una vida atravesada por la carencia.
Noelia amplía entonces el reclamo y recuerda a Delcia Mamani Mamani, una joven indígena desaparecida en Córdoba en noviembre de 2025.

Delcia salió de su casa en Punta de Agua, en Malagueño, rumbo a la Escuela Normal Superior Alejandro Carbó, donde estudiaba el profesorado de Educación Primaria.

Desde entonces, no volvió a aparecer. La Justicia investiga una hipótesis vinculada con la trata de personas con fines de explotación laboral. En agosto de 2026, el 21 de agosto, fueron imputadas dos personas que permanecían prófugas.

La voz de Delcia no está presente en la caminata. Pero Noelia insiste en que eso no significa que su historia pueda quedar afuera. "Esta lucha es nuestra lucha, es su lucha", recupera de las palabras de las hermanas.

Porque lo que está en juego no termina en una generación. También involucra a quienes vendrán. "¿Y qué nosotros le queremos brindar con esto?", plantea.

La respuesta aparece en tres palabras: conciencia, humanidad y respeto.

Respeto hacia los pueblos indígenas y hacia quienes defienden la Madre Tierra, esa misma Pachamama que en otras lenguas recibe otros nombres.

Noelia la nombra como Aloa en su lengua y recuerda que en mapuzungun se habla de Mapu.

Las palabras cambian de una comunidad a otra, pero detrás de ellas persiste una misma preocupación: que los territorios sean respetados y que no sean violentados.

Porque la violencia, advierte, no existe solamente en los lugares remotos donde avanzan los grandes proyectos extractivos.

También existe dentro de las ciudades. Está presente cuando se avasalla el derecho al acceso al agua. 
Está presente cuando una familia debe caminar veinte cuadras para conseguirla. Está presente cuando una comunidad espera durante décadas una respuesta que nunca llega. Desde la Puna hasta Rosario, la caminata va juntando esas historias.

Las mujeres que bajan de los cerros para hablar del agua encuentran en la ciudad otras mujeres y comunidades que llevan décadas reclamando por ella.

La misma palabra empieza a adquirir distintos rostros: una laguna que se seca, un cauce contaminado, una familia que carga bidones durante cuadras, una comunidad que espera agua potable, una joven que no volvió a casa.

Y en ese entrecruzamiento, la caminata deja de ser solamente un recorrido entre dos puntos del mapa. Se convierte en una manera de unir luchas.

Unidad en la diversidad
La siguiente voz es la de Lorena, nacida en Simoca, Tucumán, y criada en Buenos Aires.

No es la primera vez que camina junto a las Warmis. El año pasado acompañó a las hermanas y este año volvió a hacerlo, pero con un desafío todavía mayor: llegar hasta Buenos Aires.

Habla de lo que significa para las mujeres de la Puna dejar durante un mes aquello que constituye su sustento cotidiano.

Dejar los animales, los campos, las tareas de todos los días y ponerse en camino no es, para ellas, una decisión menor.

"Es enorme lo que están haciendo", dice Lorena, especialmente por quienes "bajan de la Puna", dejan sus animales y se alejan durante semanas de aquello que les permite vivir.

Pero la caminata no comenzó en agosto. Antes hubo notas, petitorios, pedidos de audiencia y reuniones que, según relata, no tuvieron respuestas concretas.

El año anterior habían presentado sus reclamos ante distintos organismos. Este año volvieron a hacerlo.

Incluso solicitaron durante dos meses una audiencia con el gobernador de Jujuy, Carlos Sadir.

La respuesta llegó recién el último día: no habría audiencia. "Ya lo esperábamos", admite Lorena. Pero saberlo no hizo que dejaran de caminar. Al contrario. Cada negativa fue sumando motivos al recorrido.

Durante el camino fueron escuchando testimonios y recogiendo historias. Hablaron con comunidades y familias, primero en los territorios y luego, a medida que llegaron a las ciudades, con comunidades de pueblos originarios que también viven allí.

Lo que están haciendo, explica Lorena, es una especie de relevamiento: escuchar las problemáticas, reunir datos y llevar esas voces junto con ellas.

Todo ese material será incorporado al petitorio que buscan presentar a nivel nacional.

Ya llevaron sus reclamos en Jujuy ante la Comisión de Medio Ambiente y la Comisión de Pueblos Indígenas, además de presentarlos al gobernador.

Ahora quieren llegar a diputados y senadores y, finalmente, al presidente.

Pero el objetivo no es solamente entregar papeles. También quieren concientizar.

Quieren que la caminata sirva para unir a las comunidades, a la gente del campo y a quienes viven en las ciudades. "Es el momento", insiste Lorena.

Y explica por qué: escuchar a las familias hablar de persecuciones, de vivir permanentemente en estado de alerta y de no saber qué futuro les espera es una experiencia que deja marcas.

La incertidumbre más dolorosa tiene que ver con los hijos. Las familias se preguntan si sus niños podrán crecer en los mismos territorios donde nacieron, donde crecieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos.

La amenaza, dice Lorena, no modifica solamente el paisaje. Modifica completamente una forma de vida. En la Cuenca de Pozuelos, cuenta, existen más de 175 pedimentos mineros y cateos.

Y recuerda particularmente el caso de la mina Pan de Azúcar, cuya actividad contaminó con plomo en sangre a habitantes de Abra Pampa, según denuncian las comunidades, sin que hasta el momento se haya realizado una remediación suficiente.

La dimensión del daño, para Lorena, tampoco se limita al agua. A lo largo de la Puna y la Quebrada, dice, están siendo intervenidas y destruidas las apus, las montañas sagradas que forman parte de la vida y de la espiritualidad de los pueblos originarios.

No son solamente montañas. Son parte de una cosmovisión, de una manera de comprender el mundo y de relacionarse con la tierra.

Por eso vuelve a una frase que ya había pronunciado Florencia Solís: agua limpia para la vida. "Eso es dignidad para los pueblos", sostiene Lorena.

Y esa dignidad no pertenece solamente a quienes viven en el campo. También alcanza a quienes habitan las ciudades, porque las aguas están conectadas.

Lorena estuvo personalmente en la Laguna de Pozuelos en mayo de este año. Recuerda que algunas autoridades negaban que la laguna estuviera seca. Ella, sin embargo, dice haberlo visto con sus propios ojos. "La laguna está seca", afirma.

La escena que describe contrasta con las imágenes que todavía circulan en internet.

Allí, en fotografías tomadas en otros momentos, Pozuelos puede aparecer llena de agua, teñida de tonos rosados y cubierta de flamencos.

Esas imágenes todavía sobreviven en las pantallas y en la memoria de quienes conocieron el lugar en mejores tiempos. Pero, dice Lorena, la realidad actual es otra.

"La realidad es que los flamencos ya no van a la laguna". La frase se repite, como si necesitara insistir en la distancia entre la postal conocida y el territorio que encontró.

La laguna está sin agua. Y, según denuncia, está contaminada.

Durante el descenso desde la Puna también recorrieron el río Cincel. Allí volvieron a encontrarse con la misma imagen: contaminación, falta de agua y brazos de río que ya no alcanzan a llevarla como antes.

Para Lorena, ya no se trata de una advertencia sobre algo que podría ocurrir en el futuro. "Es visible la realidad para todos".

Pero el relevamiento que realizan no termina en Pozuelos ni en los territorios rurales. Desde Tucumán y Santiago del Estero fueron encontrando nuevas problemáticas en comunidades indígenas que viven en las ciudades. El acceso al agua vuelve a aparecer.

También el acceso a los servicios básicos y a la salud. Lorena menciona especialmente el problema de la tuberculosis en la comunidad Qom. 

Son situaciones que, sostiene, deben ser visibilizadas y que requieren que las comunidades puedan acompañarse mutuamente, tanto en el campo como en las ciudades.

En Tafí del Valle, recuerda, un abuelo les dejó una expresión que terminó funcionando como una síntesis del recorrido: "Unidad en la diversidad".

Para Lorena, esa unidad significa recuperar la capacidad de encontrarse, reflexionar y luchar en conjunto.

Defender la tierra. Defender la dignidad. Y allí aparece otra vez la palabra espiritualidad. La lucha, explica, también devuelve algo de la dignidad que los gobiernos y el sistema les quitan.

"Somos la Pachamama defendiéndose a sí misma", dice.

Porque las personas no están separadas de aquello que defienden: son tierra, agua, aire, fuego y naturaleza.

Aunque muchas veces el mundo contemporáneo intente convencerlas de lo contrario. La espiritualidad, insiste, no está separada de la lucha de los pueblos originarios.

Tampoco debería estarlo de quienes viven en las ciudades y tienen una relación aparentemente más distante con la naturaleza.

En Córdoba, cuenta, alguien les preguntó cómo podía hacer la gente de la ciudad para conectarse con su espiritualidad si ya no vivía rodeada de naturaleza.

La pregunta abrió, para Lorena, una respuesta que las propias comunidades indígenas pueden ofrecer a toda la sociedad.

Los pueblos originarios, sostiene, tienen un saber que puede ser valioso para toda la humanidad. Un conocimiento que debe ser defendido junto con los pueblos que lo sostienen.

Por eso ella también camina.

Camina por el agua, por la vida, por las generaciones futuras, por las apus y por una vida digna en las ciudades.

Camina incluso desde aquellos contextos urbanos que parecen alejados de la naturaleza, porque allí también se juega la posibilidad de vivir dignamente.

En ese mapa de problemas aparece también otro flagelo: los consumos problemáticos. Lorena cuenta que están presentes en la Puna, aunque con menor intensidad, y que se vuelven todavía más visibles en las ciudades.

Habla del alcohol y de otras formas de consumo que afectan especialmente a los sectores populares. Su lectura es contundente: todo forma parte de un "plan sistemático de exterminio" contra los sectores populares y los pueblos originarios.

Para explicar hasta dónde llegan esas consecuencias, menciona nuevamente a Tafí del Valle y Amaicha del Valle. Habla de lugares donde, según los testimonios que recogieron, hace décadas que no nacen niños.

En Tafí del Valle, señala, hace 20 años que no nacen niños, mientras que en Amaicha del Valle se han desarticulado maternidades y se ha perseguido a comadronas.

Son solamente algunas de las historias que las caminantes vienen acumulando.

Lorena advierte que podrían contar muchas más, porque las problemáticas que encontraron son numerosas.

Pero el recorrido también tiene otra cara. La hermosa. Es la de encontrarse con las comunidades. La de llegar a un lugar y descubrir que hay personas dispuestas a escuchar, acompañar y ayudar.

La de comprobar que no están solas. "Que no nos hagan creer que somos poquitos", dice Lorena. "Somos muchos los que estamos defendiendo, poniendo el cuerpo, plantando la semilla en las generaciones futuras".

La semilla también está puesta en ellas mismas.

Aunque sean adultas, reconoce, todavía tienen mucho que aprender y mucho que transmitir a quienes vienen detrás. Por eso el agradecimiento ocupa una parte importante de sus palabras.

Agradece a todas las personas que acompañaron la caminata desde la Puna y en cada una de las etapas del recorrido hasta Buenos Aires.

Porque esta caminata, explica, es colectiva y autogestiva. Comenzó con una rifa. Con lo recaudado fueron solventando parte de los gastos, especialmente los traslados que requiere un recorrido de semejante dimensión.

Pero la organización no se sostiene solamente con dinero. También se sostiene con las redes. Con alguien que facilita un contacto. Con una familia que abre las puertas de su casa. Con una persona que acerca comida. Con esos pequeños gestos que, acumulados, hacen posible continuar. 

Lorena recuerda, con una sonrisa, que una hermana les llevó dos bollitas de guiso. Después llegó una sopa. Después un budín. Son gestos sencillos, pero en una caminata de miles de kilómetros adquieren otra dimensión. "Todo esto es colectivo", dice.

Ellas ponen el cuerpo. El resto lo pone la comunidad que las recibe. Y entonces vuelve al principio de todo: la Pachamama.

"Esto es entre todos para todos", sostiene, porque la tierra es de todos y el agua también. Todos la necesitan. Incluso quien dice que no toma agua la consume de alguna manera: en la coca, en el mate, en el café. Todo necesita agua. "El cuerpo es agua", recuerda.

Por eso pide que la defensa no se limite a acompañar una marcha ni a escuchar una conferencia. Se trata de defender aquello que pertenece a todos: la tierra, el agua, los bienes naturales.

Y hace una precisión que para las caminantes es importante. 

No quieren hablar solamente de "recursos". "Eso no son recursos", dice Lorena. "Son bienes naturales".
La diferencia está en la forma de mirar. Un recurso puede ser extraído, explotado, convertido en mercancía. Un bien natural, en cambio, forma parte de una vida compartida.

Desde esa mirada, las Warmis siguen caminando. No caminan solamente desde Rinconada hacia Buenos Aires. Caminan entre territorios, generaciones y comunidades.

Caminan llevando el agua de los cerros hacia las ciudades y llevando también hacia los centros de decisión las historias de quienes permanecen en esos territorios.

Y mientras avanzan, la consigna vuelve a hacerse colectiva: defender lo que es de todos.

El agua que todos toman. La tierra que sostiene. La naturaleza de la que todos forman parte.

La Pachamama que, como dice Lorena, se defiende a sí misma a través de quienes deciden poner el cuerpo para defenderla.

"Jallalla".
Caminar con la tierra

El agradecimiento vuelve a aparecer antes de una nueva voz.

Agradecimiento por la presencia, por el amor, por la calidez y por el compromiso de quienes ofrecen su tiempo y su escucha.

También por quienes abren canales para que personas de distintas comunidades puedan encontrarse y entramarse.

Entonces se presenta Yué Ailín Tahiel. Llega desde Córdoba y se sumó a la caminata junto a las hermanas.

Su testimonio abre una dimensión diferente del recorrido: una lectura espiritual de aquello que está sucediendo y de las señales que, según cuenta, comenzó a percibir antes de ponerse en movimiento.

En los lugares donde fueron llegando, Yué fue compartiendo una sensación que la acompañaba desde hacía tiempo: toda la Pachamama le había hecho saber que se aproximaban tiempos de grandes cambios.

En Córdoba, cerca de su territorio, vio cóndores y otras aves de gran tamaño.

También atravesó durante el último mes un período de poco sueño. Se despertaba repetidamente en la madrugada.

Lejos de interpretar esas noches como un problema que debía corregir, empezó a preguntarse qué información podía estar transmitiéndole su propio cuerpo.

La reflexión la llevó a cuestionar una forma de entender la vida que, dice, fue impuesta especialmente en las ciudades: cuando el cuerpo o el espíritu manifiestan algo que no encaja en la rutina, la primera reacción suele ser reprimirlo o buscar rápidamente una explicación que permita volver a la normalidad.

En su caso, decidió escuchar. Tal vez no estaba ocurriendo algo que debía solucionar. Tal vez estaba recibiendo una señal. "Se venía un gran movimiento", interpreta ahora.

Y aquella energía que se acumulaba no le pedía necesariamente más horas de sueño. Le pedía movimiento. Meditación. Canto. Preparación. Caminar.

"Es lo que me invitan los cerros en los que vivo", explica. La reflexión vuelve entonces al agua. De dónde viene el agua que tomamos y, sobre todo, cómo hacemos para cuidarla y cuidarnos.

Porque para Yué hay una relación inseparable entre el cuidado de las personas y el cuidado de los territorios. "Si no hay personas que nos cuiden, difícil es cuidar el territorio", plantea.

Por eso su mensaje no está dirigido solamente a los gobiernos ni a las grandes empresas. Empieza mucho más cerca: en las personas que tenemos alrededor. Si estamos ahí, dice, hay que mirar a quienes están cerca y preguntarse cómo ayudarlos.

No asumir individualmente toda la responsabilidad de resolver problemas enormes, pero tampoco escapar de ella. La clave está en hacerlo juntos.

"No nos carguemos toda la responsabilidad de solucionar problemas grandes solos, pero sí juntos", propone. Y esa palabra —juntos— aparece como una de las claves de su intervención. Porque la continuidad también importa.

Sostener una lucha requiere presencia.

Cuando la presencia desaparece, las cosas se caen, se desvanecen y las comunidades terminan enfermándose.

De allí su invitación a revisar las formas de relacionarse, comunicarse y tratarse. Incluso la manera en que cada persona se trata a sí misma. También pide recuperar el descanso.

Darle al cuerpo la posibilidad de regenerarse para volver a tener fuerza.

No se trata de detener la lucha, sino de encontrar la energía necesaria para continuar entramándose con otros hermanos comprometidos con "caminar con verdad" y "caminar con la tierra".

La caminata, en su mirada, no es solamente una acción política. Es también una forma de reconocerse mutuamente en las necesidades y en las capacidades.

Porque, así como existen muchas carencias, también existen muchos recursos que pueden ponerse en común para sostenerse.

Yué cuenta que se sumó hace poco a la caminata, pero en apenas tres días ya había vivido mucho. Muchas conversaciones, encuentros y momentos compartidos. Y, sobre todo, había podido escuchar de cerca las experiencias de las hermanas.

Entre esas historias aparece nuevamente el agua. El problema de la contaminación. El problema de no tener acceso.

El problema de descubrir que ninguna de esas cuestiones queda encerrada dentro de una frontera provincial. "Va más allá de donde estemos territorialmente", sostiene.

El agua, justamente porque conecta territorios, también conecta las luchas. Lo que ocurre en la Puna no queda en la Puna.

Lo que sucede en una cuenca puede afectar a otras comunidades.

Y la defensa del agua puede convertirse en un punto de encuentro entre personas que viven a cientos de kilómetros de distancia.

Por eso Yué propone pasar de la preocupación a la organización. Pensar sistemas de captación de agua de lluvia. Organizarse en cada comunidad para realizar denuncias contra quienes contaminan. Establecer vínculos con otras provincias.

"Somos un montón", insiste.

La frase aparece otra vez, como había aparecido en la voz de Lorena. No son pocas. No están solas. Hay energía, dice Yué. Hay mucho camino por recorrer.

Y también existe la posibilidad de visitarse entre territorios, de conocerse y de romper con una idea de frontera que considera impuesta.

Las provincias, las nacionalidades y las distintas formas de división territorial pueden separar administrativamente a las personas, pero no necesariamente separan sus espíritus.

"Nuestros espíritus están mucho más allá de eso", afirma.

La caminata vuelve así a su dimensión más profunda: una manera de atravesar las divisiones que fueron construidas para hacer creer que cada comunidad, cada pueblo y cada persona está aislada de las demás.

Frente a esa fragmentación, las Warmis proponen entramarse.
Buenos Aires no es el final

El recorrido comienza a acercarse a su destino. Buenos Aires es la última estación.

La llegada a la Capital Federal está prevista para este domingo por la tarde.

Allí, el lunes, coincidiendo con el cierre de agosto —el mes dedicado a la Pachamama—, las caminantes realizarán una ofrenda comunitaria junto a quienes las esperan.

Pero no será solamente un momento ceremonial.

También llevarán consigo las firmas que fueron recolectando a lo largo de las distintas provincias atravesadas y presentarán un petitorio dirigido al presidente de la Nación, Javier Milei, a diputados nacionales y al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).

El organismo, al igual que otras instituciones estatales mencionadas durante la caminata, es cuestionado por las mujeres por lo que consideran una falta de representación y de respuesta activa frente a las demandas de las comunidades.

Las Warmis llegan a Buenos Aires después de haber atravesado territorios y de haber recogido testimonios que exceden ampliamente las razones que dieron origen a la caminata.

El agua, la contaminación, la minería, el avance sobre los territorios ancestrales, los desalojos, la falta de servicios básicos, la salud, la situación de las comunidades indígenas en las ciudades y la defensa de la espiritualidad forman parte ahora de un mismo reclamo.

En sus declaraciones, las caminantes también alertan sobre el avance de políticas que interpretan como una forma de sometimiento y que, según denuncian, promueven la pérdida de autonomía territorial de los pueblos originarios.

Pero si algo fue quedando claro a lo largo del camino es que la caminata no se sostiene solamente en el rechazo.

Se sostiene en los vínculos. En las casas que abren sus puertas. En la comida compartida. En quienes ofrecen un contacto, una cama, una sopa, un budín. En quienes escuchan. En quienes se acercan. En quienes ponen el cuerpo durante algunos kilómetros y en quienes ayudan desde lejos.

También se sostiene en la espiritualidad, en las ceremonias, en los cantos y en las palabras heredadas de quienes entienden que la tierra no es una propiedad separada de quienes la habitan.

Las Warmis ya están cerca de Buenos Aires. Llegarán con sus petitorios, sus firmas y sus reclamos.

Pero también con las voces de todos los territorios que atravesaron y de las comunidades que encontraron en las ciudades.

La caminata comenzó en Rinconada, en la Puna jujeña.

Desde allí descendió de los cerros siguiendo el camino del agua, atravesó provincias y fue sumando voces.

Ahora llega a la Capital. Y llega con una certeza que Yué resume desde otro lugar: no hay que caminar solos. Hay que entramarse. Hay que cuidarse para poder cuidar. Hay que defender el agua porque todos la necesitan.

Y hay que volver a recordar que las fronteras que separan territorios no necesariamente pueden separar aquello que los une.

No caminar solas
Las Warmis todavía tienen kilómetros por delante. Pero ya no caminan solamente con sus propios pasos.

Caminan con las voces que fueron encontrando en el camino. Con la laguna seca. Con los animales. Con quienes cargan agua durante veinte cuadras. Con las comunidades que esperan. Con quienes acompañaron y manifestaron su solidaridad. Con quienes escucharon. Con quienes se acercaron. Con quienes pusieron el cuerpo durante un tramo y con quienes sostuvieron la caminata desde lejos.

Caminan con la memoria de quienes estuvieron y con la preocupación por quienes todavía no llegaron.

La caminata empezó en Rinconada y ahora se acerca a Buenos Aires.

En el medio quedaron cerros, rutas, pueblos y ciudades. Quedaron testimonios, denuncias, canciones y ceremonias. Quedaron las firmas que llevarán hasta los centros de decisión y quedaron también las historias de quienes encontraron en ellas una forma de hacer visible aquello que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.

Las Warmis caminan por la tierra, por el agua y por las generaciones que vienen.

Y mientras caminan, también van construyendo una red.

Una red hecha de memoria, espiritualidad, denuncia, solidaridad y organización.

Una red que, como la propia Pachamama, no reconoce las fronteras que los mapas dibujan.

Jallalla.

*Warmis es una palabra de origen quechua que significa "mujeres". En esta caminata, el nombre identifica a las mujeres y feminidades de distintos pueblos y comunidades del Kollasuyu que participan de la movilización en defensa de sus territorios, el agua y la Pachamama.

Escuchá los testimonios completos:
Fotos: Señales, gabofotos2, Natalia Naporichi

Otras Señales

Quizás también le interese: