Thomi tenía 17 años, amaba la música y soñaba con el futuro. Partió a su viaje de egresados con la ilusión de cualquier adolescente, pero regresó gravemente enfermo. Murió pocas horas después por una neumonía que nunca fue diagnosticada a tiempo. Desde entonces, su madre impulsa una causa judicial y reclama cambios en el sistema de atención médica del turismo estudiantil
La historia de Thomás Octavo comienza con el recuerdo íntimo que su madre, Yanina Cáceres, guarda de él. Thomi —como lo llamaban en su familia— tenía 17 años y una personalidad marcada por la sensibilidad y el entusiasmo. Habían vivido en Buenos Aires, pero la familia se había mudado a Rosario. Fue allí donde el adolescente empezó a desarrollar una inquietud muy particular: la música.
Apenas llegaron a la ciudad, Thomi comenzó a interesarse cada vez más por cantar y por acercarse a los demás a través de esa pasión. Su madre recuerda que le gustaba visitar comedores comunitarios, llevar golosinas y cantar para los chicos. Era una actividad que hacía con alegría, y en la que su familia lo acompañaba siempre. "Nosotros como familia lo acompañábamos en todas las decisiones que él tomaba", cuenta Yanina al evocar esos años.
El viaje de egresados que parecía un festejo más
En 2022, mientras cursaba quinto año, tomó una decisión importante: realizar el tradicional viaje de egresados con sus antiguos compañeros de Buenos Aires, no con los que había hecho la secundaria en Rosario. El grupo eligió viajar con la empresa Travel Dance, una de las agencias que organizan viajes estudiantiles a Bariloche.
El contingente partió el 14 de octubre de 2022 rumbo a la provincia de Río Negro, en micro. Como padres, Yanina y su familia firmaron un contrato con la empresa que incluía asistencia médica, internación y seguro de vida, entre otras coberturas. El documento fue revisado incluso junto a otras madres que eran abogadas, lo que les daba tranquilidad. Además, dos madres acompañantes viajaron junto a los estudiantes.
Los chicos llegaron el 15 de octubre a Bariloche. Explica Yanina, desde el inicio hubo algunas incomodidades: el hotel no era exactamente lo que les habían prometido, algo que —admite— suele ocurrir en este tipo de viajes. Sin embargo, hubo un detalle que con el tiempo le quedó grabado como una advertencia que hoy intenta difundir entre otros padres.
La empresa había exigido un chequeo médico previo de los estudiantes, pero ese certificado recién fue entregado el mismo día en que los chicos subieron al micro para viajar. Nadie revisó en profundidad la documentación ni el circuito médico que se suponía que debían cumplir los adolescentes antes de emprender el viaje.
Los primeros síntomas y un diagnóstico que se repetiría: es viral
Los primeros síntomas aparecieron el 19 de octubre. Ese día, Thomi llamó a su madre para contarle que tenía mucha fiebre y que se sentía mal. Yanina le pidió que avisara a los coordinadores para que lo hicieran atender. Dentro del hotel funcionaba una habitación donde atendían médicos que, según les habían informado, eran provistos por la empresa. Además, al lado del hotel había una clínica que formaba parte de la cobertura médica que los padres habían contratado.
Thomi fue revisado ese mismo día. El diagnóstico fue tranquilizador: le dijeron que no era nada grave, que se trataba de algo viral. Incluso le pidieron que llamara a su madre para decirle que se quedara tranquila. Según recuerda Yanina, los responsables del viaje repetían una explicación que, con el tiempo, le resultó alarmante: aseguraban que enfermarse en Bariloche era algo típico. "Ellos como que normalizan estar enfermos con Bariloche", dice. Para ella, ese razonamiento es inaceptable. "Un chico no levanta fiebre porque sí", remarca.
Días de fiebre y una atención médica que nunca cambió el diagnóstico
Al día siguiente, el 20 de octubre, el estado de Thomi empeoró. A la fiebre se sumaron vómitos y diarrea, y los dolores comenzaron a intensificarse. Volvió a ser visto por el médico del hotel, pero el diagnóstico no cambió: lo repitieron y le recomendaron tomar ibuprofeno.
La situación se prolongó así hasta el 22 de octubre, día en que el contingente debía regresar a Buenos Aires. Durante esos días, los coordinadores del viaje —jóvenes de 19 y 20 años, prácticamente de la misma edad que los estudiantes— también estaban enfermos. En total habían viajado 52 chicos y, según cuenta Yanina, 22 de ellos regresaron con problemas de salud.
A medida que pasaban las horas, Thomi se sentía cada vez peor. En una de las llamadas con su madre, ella le dijo que hablaría con la coordinadora para que lo llevaran a la clínica, que estaba al lado del hotel. Pero la respuesta fue que no hacía falta, porque "todos estaban así".
Yanina comenzó a molestarse cada vez más con la situación. Le indignaba, por ejemplo, que a los chicos enfermos ni siquiera les llevaran comida a la habitación. Mientras el resto del grupo salía de excursión, los adolescentes que estaban mal se quedaban solos en el hotel.
El regreso y la gravedad que ya era evidente
Finalmente, el 22 de octubre emprendieron el regreso a Buenos Aires. Cuando el micro llegó, Yanina fue a buscar a su hijo. Apenas lo vio bajar, comprendió que su estado era grave. "Lo encontré muy mal", recuerda.
Lo primero que decidió hacer fue un hisopado, ya que todavía estaban en 2022 y existía la sospecha de que los síntomas pudieran estar relacionados con el COVID-19. El resultado dio negativo. Ante esa respuesta, decidió llevarlo a una pequeña sala de primeros auxilios en Valentina Alsina para que lo revisaran nuevamente.
La médica que lo atendió le hizo una pregunta directa: si había estado en Bariloche. Cuando Yanina respondió que sí y explicó que llevaba varios días enfermo, la respuesta volvió a ser la misma que ya había escuchado antes. Según relata, la profesional le dijo que era algo normal, que muchos chicos regresaban así después del viaje. "Si fueron a Bariloche, estuvieron de joda, todos vienen así", recuerda que le dijo. Yanina insistió en que no lo veía bien, pero la respuesta intentó tranquilizarla: "Mami, todos los pibes vienen así", le repitió la profesional.
Ese día no hubo ninguna mejora. A Thomi le aplicaron dexametasona y diclofenac, pero su estado seguía deteriorándose. Entonces Yanina tomó otra decisión: llevarlo al Hospital Penna. Allí permanecieron cuatro horas esperando en la guardia. El hospital estaba colapsado debido a un accidente y no había camas disponibles.
Finalmente, un empleado de seguridad le sugirió que buscara atención en otro lugar. Le dijo que allí no podrían atenderlo porque faltaban insumos y espacio. Fue entonces cuando decidió trasladarlo a la Clínica Santa Bárbara.
El colapso y el diagnóstico que llegó demasiado tarde
Cuando llegaron a la puerta del establecimiento, Thomi se desplomó.
Lo ingresaron de inmediato a la guardia. Minutos después, un médico se acercó a Yanina con una pregunta que la dejó helada: por qué no lo había llevado antes a un hospital. Ella le explicó que sí lo había hecho, que lo habían revisado varias veces y volvieron a minimizar el cuadro.
La respuesta fue contundente. El profesional le advirtió que su hijo debía ser trasladado de urgencia a terapia intensiva y que probablemente necesitaría intubación. Apenas cuarenta minutos después volvió a hablar con ella, esta vez para darle el diagnóstico definitivo: Thomi tenía una infección pulmonar que no fue advertida.
Según el médico, ya no había posibilidades de revertir el cuadro. Lo único que quedaba era esperar.
Ese mismo día, a las 21.50, Thomás Octavo murió. La causa fue una neumonía que ya estaba muy avanzada.
La investigación: quiénes atendían realmente a los chicos
Con el paso del tiempo, Yanina y su familia comenzaron a descubrir algo aún más inquietante. Las personas que habían atendido a los chicos durante el viaje —presentadas por la empresa como médicos— en realidad no contaban con matrícula profesional. Según pudo reconstruir, no trabajaban únicamente para Travel Dance, sino también para otras empresas de viajes estudiantiles, como Travel Rock, Upgrade, entre otras.
"Claramente —concluye Yanina— si un médico hubiese visto a mi hijo, hubiese detectado que tenía una neumonía".
Una causa judicial larga y llena de obstáculos
Tras la muerte de Thomás Octavo, la vida de su madre, Yanina Cáceres, entró en una etapa que ella misma describe como una odisea. El dolor inicial dio paso a un largo proceso judicial y a una investigación que, con el tiempo, revelaría detalles que la familia jamás había imaginado.
El camino comenzó con la decisión de iniciar acciones legales y tratar de reconstruir qué había ocurrido realmente durante el viaje de egresados a Bariloche. Pero la búsqueda de responsabilidades no fue sencilla. Durante mucho tiempo, las personas que habían atendido a los chicos como supuestos médicos no aparecían en ningún registro ni podían ser ubicadas dentro del país. La investigación se prolongó durante meses, hasta que finalmente, dos años después, lograron encontrarlos en Italia, en un pequeño pueblo alejado.
Hoy esas personas están imputadas en la causa. También lo están los coordinadores del viaje —jóvenes que, según cuenta Yanina, continúan trabajando para la empresa— mientras que la agencia organizadora sigue operando de la misma manera.
Para Yanina, difundir lo ocurrido se volvió una prioridad. Sabe que no puede impedir que los adolescentes sigan realizando viajes de egresados, pero insiste en que los padres deben estar más atentos a los protocolos de atención médica. Entre las recomendaciones que repite cada vez que cuenta la historia de su hijo, señala la importancia de exigir contacto directo con los profesionales de la salud. Si un estudiante se enferma durante el viaje, sostiene, los padres deberían poder participar de una videollamada con el médico y el adolescente para verificar cómo está siendo atendido.
También remarca algo que en el caso de su hijo nunca ocurrió: la entrega de recetas firmadas y documentación médica. Thomi, asegura, jamás recibió una receta formal por los medicamentos que le indicaron. Del mismo modo, cree que los padres deberían exigir comprobantes de pago que acrediten los servicios que se contratan —seguro médico, seguro de vida y cobertura de clínica— porque, según explica, las empresas manejan esos gastos de manera unificada.
En su reconstrucción de los hechos, Yanina sostiene que las agencias suelen evitar llevar a los chicos a clínicas externas salvo en situaciones extremas. Según afirma, el sistema funciona de manera tal que las empresas pagan la atención médica solamente cuando un caso se vuelve crítico, y no como parte de un esquema permanente de cobertura para todo el grupo. Esa lógica, dice, explicaría por qué se evitaba trasladar a los estudiantes enfermos a la clínica que estaba ubicada junto al hotel.
Cuando comenzó a investigar, hubo un aspecto que la impactó por encima de todos: descubrir que quienes habían atendido a los chicos no eran médicos matriculados. "Nunca creí que alguien pudiera poner en juego la vida de otros chicos de esa manera", reflexiona.
En el proceso de reconstruir el caso, también se encontró con un dato que le resultó estremecedor. Según afirma, en las últimas dos décadas se registraron al menos 19 muertes de adolescentes durante viajes de egresados en Argentina. Muchos de esos casos, explica, nunca llegan a una sentencia porque las familias no logran sostener los procesos judiciales.
Yanina dice comprender ese desgaste. En su propio caso, la causa lleva cuatro años. Sostenerla implica atravesar audiencias constantes, ver a los acusados frente a frente y escuchar argumentos que muchas veces resultan hirientes. "Te ponen muchísimas trabas", relata. Incluso recuerda burlas y comentarios despectivos por parte de los abogados de las empresas.
La familia participa en dos procesos paralelos: uno civil y otro penal. En el penal, Yanina se presentó como querellante, lo que implica asistir a cada instancia del proceso. La carga emocional y logística de esa decisión fue enorme. Explica que no pudo volver a trabajar porque su agenda depende de las audiencias judiciales: algunas semanas hay una, otras dos; a veces pasan semanas sin actividad, y otras se concentran varias en pocos días. Las audiencias pueden durar media hora o extenderse durante cinco horas.
Aun así, insiste en que seguirá adelante hasta el final. Su objetivo no es solo una condena judicial, sino también impulsar la creación de la llamada "Ley Tomás", una iniciativa que busca establecer controles más estrictos en los viajes de egresados para garantizar la cobertura médica real de los estudiantes.
Un problema que se repite en los viajes de egresados
La insistencia de Yanina también está marcada por una repetición que, para ella, resulta insoportable: varias de las muertes registradas en este contexto ocurrieron por neumonías no diagnosticadas a tiempo. También recuerda el caso reciente de otra adolescente que murió el año anterior por una neumonía durante un viaje de egresados. Según cuenta, la madre de la joven no pudo sostener el proceso judicial. Antes de ese episodio, menciona también el de otra chica fallecida cinco años atrás por la misma causa: una neumonía que no fue diagnosticada ni tratada a tiempo.
Con el tiempo, incluso algunos profesionales de la salud de Bariloche le explicaron lo que, según ellos, ocurre detrás de ese sistema. Un médico local le dijo que ningún profesional matriculado aceptaría trabajar las 24 horas con grupos de adolescentes por los bajos honorarios que ofrecen las empresas de turismo estudiantil. Por esa razón —le explicaron— algunas compañías recurrirían a personas que se presentan como médicos sin contar con matrícula habilitante.
Para Yanina, las consecuencias de esa lógica fueron devastadoras. "A nosotros como familia nos mató totalmente", resume.
Sin embargo, su determinación se mantiene intacta. Dice que seguirá hablando del caso cada vez que tenga la oportunidad, porque cree que la visibilidad pública es una de las pocas herramientas que tienen las familias para exigir cambios.
En ese reclamo también apunta a las responsabilidades institucionales. Considera que los organismos encargados de controlar el turismo estudiantil deberían supervisar con mayor rigor a las empresas del sector. En particular, señala el rol del área nacional de turismo —actualmente una secretaría— que tiene entre sus funciones verificar que las compañías operen con todas las condiciones legales y sanitarias.
Al mismo tiempo, plantea que la problemática también debería preocupar a las autoridades locales y provinciales de Río Negro y de la ciudad de San Carlos de Bariloche, un destino que recibe miles de estudiantes cada año. Para Yanina, el turismo estudiantil es una de las bases económicas de la ciudad, lo que —según cree— muchas veces lleva a priorizar el negocio por encima de los controles.
A pesar de todo, aclara que no perdió la capacidad de reconocer la belleza del lugar. "Es una provincia hermosa", dice, aunque al mismo tiempo sostiene que el sistema de viajes de egresados funciona con lógicas similares en muchas empresas que operan en todo el país.
Mientras tanto, ella continúa difundiendo la historia de su hijo. A través de redes sociales creó una cuenta dedicada a contar el caso de Thomi y a responder preguntas de otros padres que están organizando viajes de egresados para sus hijos. Allí intenta compartir advertencias, información y todo lo que aprendió durante estos años.
Sostener esa tarea también tiene un costo material. El proceso judicial comenzó en Buenos Aires, pero luego fue trasladado a Bariloche. Ese cambio obligó a la familia a modificar su equipo legal, porque necesitaban un abogado matriculado en esa jurisdicción. Cada traslado, cada audiencia y cada trámite fueron extendiendo los tiempos del proceso.
Yanina sabe que ese desgaste muchas veces termina desalentando a las familias. Aun así, insiste en que nada la va a detener. Cada vez que puede, pide un espacio para contar lo que pasó. Por eso valora especialmente cada invitación a hablar en medios de comunicación.
Aunque vive en Rosario, dice que para ella es importante que la historia de su hijo también se conozca allí, porque cree que la difusión es una de las pocas maneras de evitar que algo similar vuelva a ocurrir.
La entrevista avanzaba entre recuerdos y silencios cuando, en el estudio de Señales, comenzó a sonar una canción. El periodista anunció que no la presentaría él. Prefirió que lo hiciera la propia madre de Thomás. Entonces, Yanina Cáceres tomó la palabra y explicó que el tema se llamaba Exótica Maniática y que era una canción de su hijo.
El adolescente, contó, tenía un nombre artístico: Tstrikee, un juego de palabras que él mismo había inventado. Bajo ese alias publicaba su música y todavía hoy es posible encontrar sus canciones en su canal de YouTube. Para la familia, cada reproducción es una forma de mantener vivo su sueño.
Yanina suele repetir una idea que se convirtió en una especie de mantra personal: que su hijo ya no esté físicamente no significa que ella no pueda seguir ayudando a que su música llegue a otras personas. Esa decisión tomó forma poco tiempo después de su muerte, cuando decidió publicar las canciones que Thomi había grabado.
Quince días antes de viajar a Bariloche, el joven había estado en la provincia de Córdoba, visitando a un amigo productor en la localidad de Achiras. Allí grabó algunas canciones que quedaron registradas como testimonio de su vocación musical. Tras su fallecimiento, su madre decidió editarlas y acompañarlas con videoclips para publicarlas en internet. Además, compartió con Señales algunas fotos que se publican aquí.
Los videoclips, los títeres y una forma de atravesar el duelo
El proceso fue un desafío inesperado. Yanina recuerda que antes de todo esto era simplemente una madre que no tenía ningún conocimiento sobre edición, grabación ni producción audiovisual. Sin embargo, decidió aprender sobre la marcha para poder concretar ese proyecto.
La idea de los videoclips surgió a partir de una anécdota familiar. En medio del duelo, recordó historias y juegos que compartía con su hijo y de allí nació la propuesta de crear dos personajes: El Toto y La Traidora, dos títeres que se convirtieron en los protagonistas de los videos. Con ellos empezó a producir los clips que acompañan las canciones de Thomi.
Los videos, explica, son sencillos, inocentes y pensados para que cualquier persona pueda verlos, desde niños hasta adultos. Cada uno es, para ella, una forma de homenajear a su hijo. "Seguimos honrándolo", dice, convencida de que ese recuerdo permanente es también una manera de mantenerlo presente.
El proyecto todavía no está terminado. Aún queda un videoclip por publicar, correspondiente a una canción que Thomás había grabado junto a un cantante chileno. Además, existe otra composición que el adolescente escribió pero nunca llegó a grabar. La familia trabaja actualmente en la posibilidad de producirla.
Esa última canción tiene un significado especial. Según cuenta Yanina, fue la primera que su hijo escribió en el estilo que realmente quería desarrollar. Hasta ese momento, muchas de sus canciones eran pegadizas, pensadas para un público adolescente. Pero él también tenía interés en escribir letras más profundas.
Ese último tema nació de una experiencia personal: el impacto que le produjo mudarse a Rosario. Cuando llegó a la ciudad, una de las cosas que más lo impresionó fue ver pintadas en los barrios que recordaban a chicos asesinados por la violencia urbana. Ese fue el punto de partida de la letra, que habla de la búsqueda de justicia y de la corrupción policial en la ciudad. Para su madre, cuando esa canción finalmente se publique será probablemente la más movilizante de todas.
Escuchar las canciones de su hijo sigue siendo una experiencia intensa. Cada vez que suenan, dice Yanina, siente un orgullo enorme. Durante el duelo recibió todo tipo de comentarios: algunas personas le sugerían que dejara de publicar fotos o recordar a su hijo, bajo la idea de que debía "dejarlo descansar". Ella piensa exactamente lo contrario. Hablar de él y compartir su obra es, para ella, una manera de celebrar quién fue.
Lo recuerda como un chico de 17 años lleno de sueños. Estaba por comenzar la universidad y tenía una meta muy clara: quería convertirse en locutor de radio. Muchos de esos proyectos quedaron truncos, pero a través de la música ella siente que todavía puede acompañarlo.
Por eso insiste en invitar a la gente a escuchar sus canciones, seguir su canal en YouTube y sus redes sociales. Hoy es ella quien administra todas esas cuentas, tanto el perfil dedicado a la música de T‑Strike como el espacio donde difunde la causa judicial por su muerte.
Ese trabajo en redes también abrió otra puerta inesperada. Los dos títeres que protagonizan los videoclips —El Toto y La Traidora— comenzaron a aparecer en videos humorísticos y musicales en TikTok. Con el tiempo, esos personajes ganaron una popularidad que Yanina nunca imaginó.
Hoy la cuenta supera los cien mil seguidores. Curiosamente, el público que más disfruta de los videos no son los niños, como ella pensaba al principio, sino adultos de más de cuarenta años. Muchos les piden que interpreten canciones clásicas de artistas como Leo Dan, Leonardo Favio, Sandro o Palito Ortega. Ella responde a esos pedidos interpretando los temas con los títeres.
Ese proyecto, reconoce, fue una especie de salvavidas emocional en medio del duelo. Crear contenido con los muñecos y compartirlo en redes la ayudó a atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida. Por eso decidió incursionar en ese espacio: quería mostrar algo que le hacía bien, sin necesidad de contar allí toda la historia de su hijo.
La respuesta del público la sorprendió. Con el tiempo empezaron a llegar mensajes, regalos y propuestas de colaboración. Aunque mantiene separados los contenidos —por un lado el caso judicial de Thomás y por otro el universo lúdico de los títeres—, Yanina reconoce que ambos proyectos nacen del mismo lugar: la necesidad de seguir adelante sin dejar de recordar.
Una causa que sigue abierta
A medida que la conversación llegaba a su tramo final, la pregunta inevitable apareció en el estudio: cómo sigue la causa por la muerte de Thomás Octavo. Para Yanina Cáceres, la respuesta es tan concreta como incierta. El proceso judicial continúa, y después de un período de relativa quietud, vuelve a ponerse en marcha.
Según explicó, en los próximos días está prevista una nueva audiencia con el fiscal para definir cómo continuará el expediente. Ese encuentro marcará la reactivación formal de la causa después de meses de trámites y demoras. La familia, dice, espera conocer allí cuáles serán los próximos pasos del proceso.
En paralelo, el año pasado se inició la instancia civil del caso, aunque por el momento no produjo avances significativos. Por eso, durante este año intentarán impulsar nuevamente esa vía judicial, mientras continúa el proceso penal. El panorama, sin embargo, es complejo: la causa involucra a numerosos imputados y a una gran cantidad de testigos.
Entre quienes podrían declarar están los 52 estudiantes que integraban el contingente del viaje de egresados a San Carlos de Bariloche, además de sus familias y otras personas vinculadas a la organización del viaje. Ese volumen de testimonios anticipa un proceso largo. Yanina ya asumió que el camino judicial será extenso y que probablemente se prolongue durante años.
Aun así, mantiene la esperanza de que en el corto plazo la causa logre avanzar con mayor velocidad. Confía en que este año pueda producirse algún impulso significativo. Al mismo tiempo, es consciente de las dificultades. En más de una oportunidad ha dicho que siente que está enfrentando a un "monstruo", en referencia al peso económico y político que rodea al negocio del turismo estudiantil.
También expresa su desconfianza hacia las autoridades provinciales de Río Negro, a quienes acusa de no acompañar el caso. Sin embargo, insiste en que nada de eso cambiará su decisión de seguir adelante. La determinación, repite, es llegar hasta las últimas consecuencias, sin importar cuánto tiempo lleve.
El desgaste emocional es enorme. Cada audiencia representa un momento particularmente difícil. Durante horas, los participantes del proceso repasan una y otra vez los detalles de la muerte de su hijo. Escuchar su nombre repetido constantemente es, para ella, como recibir una herida una y otra vez.
Aun así, decidió afrontar esas instancias sin pedir interrupciones. Incluso llegó a plantearlo directamente ante el juez: si durante una audiencia se quiebra y se pone a llorar, no quiere que el proceso se detenga. Sabe que cada suspensión puede significar uno o dos meses más de espera hasta retomar el trámite.
La mayoría de las audiencias se realizan por videoconferencia, una modalidad que obliga a permanecer frente a la cámara durante toda la sesión. No puede apagarla ni retirarse del cuadro, incluso cuando la emoción la supera. Pero para ella ese esfuerzo es parte del compromiso que asumió desde el primer día.
Memoria y justicia: el objetivo de seguir contando la historia
Mientras tanto, la difusión pública del caso sigue siendo una de sus principales herramientas. Cada entrevista, cada espacio en un medio de comunicación, representa una oportunidad para mantener viva la historia de Thomás y reclamar justicia.
Desde el estudio radial donde se desarrollaba la conversación, el periodista también señaló la responsabilidad política que, a su entender, deberían asumir las autoridades provinciales. Mencionó directamente al gobernador Alberto Weretilneck y planteó que casos como este merecen mayor atención institucional, no solo por el impacto humano sino también por las consecuencias que pueden tener sobre la imagen del turismo estudiantil.
El conductor también apuntó al peso económico del sector, que mueve millones de pesos cada año y en el que participan empresas, hoteles y agencias de distintas ciudades del país.
Según planteó, esa red de intereses podría explicar por qué algunos medios locales no profundizan en este tipo de casos. Mencionó puntualmente al grupo Televisión Litoral y al Multimedios La Capital, y señaló que empresas vinculadas al turismo estudiantil —como Daminato Viajes, que posee hoteles y servicios para contingentes estudiantiles en Bariloche— mantienen relaciones comerciales dentro de ese ecosistema. En ese contexto, sugirió que esos vínculos podrían influir en el nivel de cobertura que reciben estas historias.
Más allá de esos debates, el cierre de la charla volvió al punto central: la búsqueda de justicia. Yanina asintió cuando el periodista expresó que el objetivo de difundir el caso era justamente amplificar la historia y aportar, aunque sea con un pequeño gesto, a que lo ocurrido no quede en silencio.
Para ella, ese es el verdadero sentido de seguir hablando de Thomás: transformar el dolor en memoria y en una lucha que, espera, sirva para evitar que otras familias atraviesen lo mismo. Porque, como repite cada vez que cuenta su historia, lo único que busca es justicia.
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