domingo, 23 de agosto de 2026

El Concejo expuso una fuerte disputa por las garantías constitucionales en un debate sobre seguridad

El Concejo Municipal de Rosario aprobó por 16 votos a favor y 9 en contra un proyecto de beneplácito del concejal Damián Pullaro por el tratamiento en la Legislatura provincial de iniciativas impulsadas por el gobernador Maximiliano Pullaro en materia de seguridad. El Concejo apenas consignó la aprobación de la declaración en su web, pese al intenso debate que generó en el recinto
Pero detrás de una votación que, en apariencia, podía presentarse como una declaración institucional más, se desarrolló uno de los debates políticos más extensos y ásperos de la jornada, que había comenzado en la Comisión de Control, Convivencia y Seguridad Ciudadana. En Señales reconstruimos el debate a partir de las intervenciones de todos los bloques y escuchamos las distintas voces que tomaron la palabra en el recinto.

El expediente abrió una discusión que atravesó el sistema acusatorio, las facultades policiales, los controles judiciales, la política penitenciaria, la situación de las víctimas, los resultados del Plan Bandera, los antecedentes de las gestiones anteriores y hasta la utilización de los beneplácitos como herramienta política del Concejo.

La discusión dejó expuestas dos miradas prácticamente antagónicas: la del oficialismo, que defendió la necesidad de ampliar las herramientas estatales para enfrentar al crimen organizado, y la de buena parte de la oposición, que advirtió que algunas de las reformas en debate pueden afectar garantías constitucionales y terminar debilitando —en lugar de fortalecer— las investigaciones penales. También hubo posiciones propias dentro de esos espacios, con matices y cuestionamientos que atravesaron las distintas intervenciones.

El debate, además, tuvo cruces personales, referencias al pasado político de los distintos bloques, acusaciones de tergiversación y una discusión específica sobre la reciente reforma constitucional de Santa Fe.

"El Estado tiene que evolucionar a medida que el crimen evoluciona"
El debate comenzó con la intervención del concejal Damián Marcelo Pullaro, de Unidos por Rosario, autor del proyecto de beneplácito.

Pullaro planteó que el objetivo era poner en discusión iniciativas destinadas a fortalecer al Estado en materia de prevención, investigación y persecución del delito. Enumeró entre ellas modificaciones al Código Procesal Penal, a la Ley provincial 13.494 de protección y acompañamiento de víctimas, al fondo de recompensas, al sistema de inteligencia y análisis para la prevención del delito y a las herramientas para investigar los entornos digitales.

Su argumento central fue que las organizaciones criminales evolucionan y que el Estado debe hacerlo en la misma dirección.

También vinculó el debate con la política penitenciaria y cuestionó lo ocurrido durante la gestión provincial anterior. Sostuvo que los delitos habían continuado siendo ordenados desde las cárceles y que el retroceso de determinadas medidas penitenciarias había favorecido el crecimiento de la violencia.

Pero Pullaro llevó la discusión un paso más allá: reclamó que cada espacio político explicitara qué posición tenía sobre las reformas.

"Manifestémonos todos", fue, en esencia, su planteo. Y dirigió especialmente la mirada hacia Juan Monteverde, aunque este último no tuvo una intervención.

"Si vos decís que escuchás tanto a la gente, algo te tiene que decir la seguridad", le planteó Pullaro a Monteverde, en un tramo en el que también cuestionó las risas durante su exposición.

Para el autor del proyecto, el Concejo debía pronunciarse sobre una cuestión que atraviesa directamente a Rosario y no limitarse a discutir aspectos formales.

Esto viene a desmantelar un sistema acusatorio
La primera gran objeción llegó con Mariano Romero, del interbloque peronista, quien explicó el voto negativo de su espacio.

Romero sostuvo que el proyecto aprobado era, en su redacción, "inocuo", porque formalmente expresaba beneplácito por el tratamiento de iniciativas orientadas a fortalecer las herramientas estatales, algo con lo que —dijo— difícilmente alguien pudiera estar en desacuerdo.

Sin embargo, señaló que detrás de esa formulación estaba el proyecto impulsado por el gobernador Maximiliano Pullaro y enumeró varias de las reformas en discusión: cambios al reglamento policial, a la ejecución penal y al sistema procesal.

El eje de su intervención fue jurídico. Según Romero, las reformas no significarían simplemente una actualización de las herramientas de seguridad, sino un retroceso respecto del sistema acusatorio que Santa Fe había construido durante los gobiernos del Frente Progresista.

Advirtió particularmente sobre:
  • allanamientos sin orden judicial;
  • medidas coercitivas dispuestas por fiscales sin control judicial;
  • interrogatorios policiales durante las primeras etapas de una investigación sin presencia obligatoria de un defensor;
  • intervenciones de inteligencia policial sin control judicial;
  • facultades especiales para establecer zonas de intervención policial;
  • restricciones a la circulación y controles de acceso y salida en barrios;
  • y la posibilidad de demorar personas por averiguación de antecedentes durante 48 horas. 
Para Romero, el problema no era solamente la afectación de derechos. Sostuvo que una ampliación de facultades de este tipo podía terminar siendo contraproducente para la propia persecución penal.

Su argumento fue que las pruebas obtenidas mediante procedimientos ilegales podrían luego ser cuestionadas por las defensas y derivar en nulidades.

"Quien lleva adelante la acusación tiene que ser el fiscal", resumió, mientras reivindicó el principio según el cual el juez debe funcionar como tercero imparcial y controlar las medidas que afectan derechos.

En su lectura, el proyecto implicaría "desbaratar" un sistema que, según sostuvo, había sido construido para superar el modelo inquisitivo.

Quién puede atribuirse los resultados de la política de seguridad
Juan Pedro Aleart, de La Libertad Avanza, anunció el acompañamiento de su bloque al beneplácito, aunque cuestionó al oficialismo por no haber acercado la información que habían solicitado. Su intervención fue mucho más que una explicación del voto.

Aleart buscó colocar la discusión en una disputa política más amplia entre La Libertad Avanza, Unidos y el peronismo. Defendió las reformas impulsadas por el Gobierno nacional y sostuvo que existía una contradicción entre el apoyo de Unidos a herramientas de seguridad en la Legislatura y su posición durante la reforma de la Constitución provincial.

Mencionó la reiterancia, el régimen penitenciario de alto riesgo y el registro de huellas genéticas como herramientas que su espacio había intentado incorporar con rango constitucional.

También cuestionó al kirchnerismo y sostuvo que había votado en contra de distintas iniciativas nacionales vinculadas con seguridad.

Pero el tramo más político de su exposición llegó cuando presentó el Plan Bandera como una de las principales razones de la mejora de los indicadores de seguridad de Rosario.

Aleart sostuvo que el plan implementado durante la gestión de Patricia Bullrich y continuado por Alejandra Monteoliva había sido determinante para la caída de los homicidios y afirmó que "Rosario está pacificada y es producto del Plan Bandera, de las medidas firmes del presidente de la Nación".

A partir de allí, lanzó un desafío al oficialismo: si el Concejo estaba dispuesto a aprobar un beneplácito por las iniciativas provinciales, también debería pronunciarse sobre las políticas nacionales.

Enumeró, entre otras, la ley de reiterancia, el Registro Nacional de Datos Genéticos, el nuevo régimen penal juvenil, las medidas para impedir el uso de celulares en las cárceles y la resolución del Departamento de Estado estadounidense que modificó el nivel de alerta sobre Rosario.

La discusión, así, dejó de ser solamente provincial y se convirtió también en una disputa sobre quién podía atribuirse los resultados de la política de seguridad en la ciudad.

Este beneplácito no cambia la vida de nadie
La concejala Sabrina Prence, de Nación y Libertad, acompañó el proyecto, pero marcó una diferencia con el tono predominante de su anterior espacio La Libertad Avanza.

Prence también deslizó una crítica política al origen de este tipo de iniciativas. "Entiendo —y esto va sin ánimo de hacer quilombo— que por ahí son órdenes de arriba que reciben, que hay que presentarlos para seguir haciendo buena letra al gobierno provincial", planteó. La concejala cuestionó así que el Concejo termine utilizando su tiempo para celebrar un proyecto que todavía se encuentra en tratamiento en la Legislatura.

Su advertencia no apuntó solamente al contenido del expediente, sino también al papel del Concejo. Consideró que había que tener cuidado de no convertir los beneplácitos en una práctica para respaldar proyectos que todavía no son leyes y cuestionó que el cuerpo legislativo terminara "azotándose con ramos de flores cuando miramos al frente y realmente el país está hecho un desastre, la situación socioeconómica está hecha un desastre, la salud está que explota y nosotros no damos más".

Mientras el debate se concentraba en nuevas herramientas de seguridad, recordó que policías habían reclamado mejoras salariales y sostuvo que las fuerzas de seguridad necesitaban recursos básicos para cumplir su tarea.

Su crítica apuntó además a lo que definió como una "decadencia" de la política y de la calidad de los proyectos. Para Prence, el Concejo estaba corriendo el riesgo de aprobar una declaración que no modificaba la vida cotidiana de ningún rosarino: "Probablemente mañana nos terminen pegando todos porque van a decir: 'El Concejo aprobó un beneplácito para aplaudirle al gobernador Pullaro'. Y con justa razón nos van a pegar, porque realmente no se puede salir a caminar en Rosario sin ver a gente que la está pasando mal".

Y reclamó que la discusión sobre seguridad no se limitara a nuevas facultades represivas, sino que incluyera el fortalecimiento concreto de quienes deben enfrentar al crimen.

La contradicción con los propios criterios del oficialismo
Antonio Salinas, de Ciudad Futura, puso el foco en un aspecto diferente: la naturaleza misma del beneplácito.

Recordó que el oficialismo había sostenido reiteradamente que el Concejo no debía pronunciarse mediante beneplácitos o declaraciones sobre proyectos que todavía se encontraban en tratamiento en otras cámaras legislativas. Por eso consideró contradictorio que este expediente sí hubiera llegado al recinto.

También cuestionó la técnica legislativa. Según Salinas, el título, los vistos y los considerandos no coincidían exactamente con lo que finalmente decía la declaración.

"Lo que estamos debatiendo es el beneplácito por un debate", planteó, retomando uno de los argumentos que había formulado Romero.

Pero Salinas decidió llevar la discusión al terreno jurídico y profesional. Leyó en el recinto un comunicado del Colegio de Abogados de Rosario, institución que —remarcó— había quedado bajo conducción de sectores vinculados a Unidos y La Libertad Avanza.
El comunicado manifiesta su preocupación frente al proyecto de ley y que es su deber advertir que el mencionado proyecto, en los términos en que ha sido presentado, contiene disposiciones que importan un serio retroceso en materia de garantías constitucionales.

La seguridad pública es un objetivo legítimo y necesario, pero debe desarrollarse en el marco de los principios y garantías que sustentan al Estado de Derecho.

En este sentido, el debido proceso y la defensa en juicio mediante la asistencia letrada, independiente y de calidad, constituyen pilares fundamentales de los cuales no podemos apartarnos.
Leyó Salinas, para dejar en claro que las objeciones al proyecto no provenían solamente de la oposición política.

Los datos sobre violencia institucional
La intervención de Norma López, de Comunidad, fue una de las más extensas y argumentadas de la sesión. A diferencia de quienes habían centrado sus exposiciones en la naturaleza política del beneplácito, López comenzó intentando respaldar sus objeciones con datos y antecedentes institucionales.

Recordó que durante la discusión en comisión había sido cuestionada porque sus críticas al proyecto eran consideradas "opiniones" y no hechos verificables. Por eso, explicó, en el recinto iba a presentar información proveniente de organismos oficiales y de instituciones vinculadas con la Justicia y los derechos humanos.

Su primer eje fue la violencia institucional. Citó datos del Ministerio Público de la Defensa según los cuales durante 2025 se registraron 93 víctimas de torturas en cárceles de Santa Fe, con 189 hechos denunciados, y 218 víctimas de violencia policial en la vía pública. También mencionó que 39 personas denunciaron el armado de causas por resistencia a la autoridad y advirtió que solamente una parte de las víctimas se anima a denunciar formalmente por temor a represalias.

López vinculó esos datos con la situación del sistema penitenciario santafesino. Señaló que la provincia tenía una tasa de 351 personas detenidas cada 100.000 habitantes, por encima del promedio nacional, un déficit de alrededor de 3.000 plazas penitenciarias y 43 personas fallecidas bajo custodia durante 2025.

El segundo punto estuvo referido a Naciones Unidas. López citó las observaciones del Comité contra la Tortura de la ONU sobre hechos denunciados en la cárcel de Piñero y mencionó la existencia de reclamos para que el Estado argentino aportara información sobre esas situaciones.

También incorporó datos de la Correpi sobre muertes vinculadas con el aparato represivo estatal y los utilizó para sostener que la discusión sobre nuevas facultades para las fuerzas de seguridad no podía darse sin considerar los antecedentes recientes de violencia institucional.

Luego puso el foco en lo ocurrido después de la última ampliación de facultades policiales. Según relató, durante cinco semanas se produjeron cerca de 4.000 detenciones por falta de documentación, de las cuales solamente una persona tenía pedido de captura. Mencionó en ese punto la intervención del camarista Gustavo Salvador, quien, según su exposición, debió establecer límites judiciales frente a esas prácticas.

El cuarto eje fue el rechazo de sectores profesionales y jurídicos al proyecto. López citó a la Asociación de Abogados Penalistas de Rosario, cuyo presidente, José Nanni, había calificado la iniciativa como un "atropello autoritario". También mencionó al constitucionalista Óscar Blando y al camarista Gustavo Salvador como voces que habían expresado preocupación por las reformas.

A partir de allí llegó al núcleo de su planteo: la Constitución provincial. López sostuvo que las reformas impulsadas por el gobernador Maximiliano Pullaro podían entrar en contradicción con los artículos 14, 15 y 42 de la nueva Constitución santafesina: la prohibición de la tortura y los tratos crueles, la exigencia de orden judicial para ingresar a domicilios y la garantía del hábeas corpus.

También advirtió sobre una posible consecuencia económica. Citando las objeciones de los abogados penalistas, sostuvo que una eventual aprobación del proyecto podría derivar en una multiplicación de planteos de inconstitucionalidad y litigios contra el Estado, con un eventual costo que terminaría siendo afrontado por los contribuyentes.

Para López, por lo tanto, la discusión sobre seguridad no podía reducirse a más patrulleros, cámaras o facultades policiales. Reclamó un Estado capaz de perseguir el delito, pero sometido a controles y garantías democráticas.

¿Cuál es el modelo alternativo?
El concejal Fabricio Fiatti, también de Unidos, retomó la discusión desde una perspectiva política. Primero aclaró que no había realizado señalamientos personales y que cada concejal debía hacerse cargo de las organizaciones políticas a las que pertenece y de sus antecedentes de gestión.

Después defendió el modelo de seguridad provincial y municipal. Para Fiatti, el debate sobre seguridad es demasiado importante como para quedar reducido a una discusión formal sobre el expediente.

Defendió la política penitenciaria de alto perfil, la necesidad de evitar que los presos continúen manejando organizaciones criminales desde las cárceles y la importancia de dotar de herramientas al Ministerio Público de la Acusación.

Pero su pregunta principal estuvo dirigida a la oposición: "¿Cuál es el modelo alternativo?". Fiatti reclamó propuestas concretas y no solamente rechazos a las reformas.

También reivindicó la responsabilidad política del oficialismo y aseguró que el objetivo era continuar transformando el Estado hasta recuperar definitivamente la paz en Rosario.

El concejal cuestionó además la referencia histórica a la dictadura realizada durante el debate y consideró "absurdo" comparar un gobierno democrático con aquella etapa.

La defensa del modelo de seguridad
Anahí Schibelbein, de Unidos por Rosario, defendió el proyecto desde la experiencia cotidiana de comerciantes y vecinos. Se refirió a la caída de los homicidios y a la recuperación de espacios públicos, pero eligió como ejemplo el testimonio de un comerciante rosarino llamado Jorge.

Según relató, el hombre había tenido que trabajar durante años con las persianas bajas por temor a la violencia y ahora podía desarrollar nuevamente su actividad. Para Schibelbein, ese tipo de testimonios debía formar parte del debate tanto como las estadísticas.

También defendió las herramientas tecnológicas implementadas por el Ministerio de Seguridad y sostuvo que la recuperación de la ciudad no podía considerarse algo natural o permanente.

La concejala cuestionó a quienes, según su interpretación, habían tenido responsabilidades de gobierno durante los años más violentos y ahora criticaban las políticas que estaban permitiendo la recuperación de Rosario.

Su intervención reforzó uno de los argumentos centrales del oficialismo: la discusión no debía detenerse en las objeciones jurídicas al texto, sino considerar qué herramientas necesita el Estado para sostener la baja de la violencia.

No estamos acá para hacerle un cumpleañitos a nadie
Fernanda Gigliani, de Iniciativa Popular, llevó la discusión nuevamente hacia la naturaleza del proyecto. "Los que no quisieron discutir el fondo son ustedes", sostuvo, en respuesta al oficialismo. "si uno lee la carátula, claramente era un beneplácito por la presentación y tratamiento del proyecto de ley, 

Para Gigliani, el problema estaba en que la carátula presentaba un beneplácito por un proyecto de ley "falta decir que presentó el gobernador Pullaro. ¿Quién lo presenta? El concejal Damián Pullaro, su hermano" y agregó que el texto se limitaba a expresar apoyo al tratamiento de iniciativas.

A su entender, eso dejaba al Concejo frente a una situación paradójica: aprobar un beneplácito por algo que no se estaba votando concretamente. "Nosotros no estamos acá para hacerle ningún cumpleañitos a nadie", resumió.

También cuestionó la utilización de las estadísticas como una competencia política y sostuvo que detrás de los números existen muertes y dolor.

Su intervención incorporó además otras dimensiones de la seguridad: salud mental, pobreza, desempleo, endeudamiento y violencia digital.

Gigliani sostuvo que Rosario necesita políticas públicas integrales y recordó episodios vinculados con el narcotráfico y la política provincial.

También defendió el sistema acusatorio y cuestionó específicamente la posibilidad de tomar declaraciones policiales sin abogado, allanar sin orden judicial o utilizar pruebas obtenidas ilegalmente.

Gigliani también puso el foco en la contradicción política del oficialismo: recordó que varias de las leyes que ahora se pretende modificar fueron creadas durante los gobiernos del Frente Progresista y que el actual intendente Pablo Javkin fue miembro informante de esas reformas en la Legislatura.

"Interpreto yo que en alguna especie de autocrítica están asumiendo que quieren dar marcha atrás", sostuvo. Para la concejala, esa situación explica parte de la incomodidad del oficialismo y cuestionó que el Concejo terminara aprobando un beneplácito que, según planteó, ni siquiera respaldaba explícitamente los proyectos presentados por el gobernador. "Están haciendo como que votan algo que en realidad no están votando", resumió.

Para ella, no se trataba de una discusión ideológica sino de respetar la Constitución y el Estado de Derecho.

Pullaro y López vuelven a cruzarse
Luego de las intervenciones opositoras, Damián Pullaro volvió a tomar la palabra. Su respuesta fue especialmente dura. Consideró "inaceptable" la comparación con la dictadura y sostuvo que las reformas no vulneraban garantías constitucionales.

"No es momento de ser blando, de ser tibio", afirmó, antes de reclamar una posición más firme frente al crimen organizado. También volvió a mencionar al gobierno de Omar Perotti y sostuvo que un retroceso en las políticas de seguridad podía volver a generar incrementos de violencia.

La discusión se volvió entonces más personal, con Pullaro cuestionando a quienes, según él, "hablan mucho y hacen poco".

López pidió nuevamente la palabra para aclarar su posición y respondió a los cuestionamientos que había recibido durante la sesión. Primero rechazó que su posición pudiera ser reducida a una identidad de "panperonismo", como había planteado Anahí Schibelbein. Y luego respondió directamente a Damián Pullaro y Fabricio Fiatti, quienes habían cuestionado su referencia a la última dictadura.

López aclaró que nunca había equiparado un gobierno constitucional con la dictadura cívico-militar-eclesiástica. Su comparación, explicó, apuntaba a advertir sobre las consecuencias de otorgar al Estado facultades represivas sin un marco constitucional adecuado.

También cuestionó la utilización permanente del "fantasma del peronismo y el kirchnerismo" para responder a las críticas y reivindicó el trabajo que distintos sectores políticos habían realizado acompañando a víctimas de delitos, incluso durante gestiones anteriores.

En ese punto intervino María Eugenia Schmuck para recordar que ella también había participado de ese acompañamiento.

López cerró esa parte de su exposición con una crítica política a Fiatti: sostuvo que el oficialismo había modificado el proyecto original de Pullaro porque no podía aprobarlo tal como había sido presentado y consideró que esos cambios habían mejorado su "espíritu democrático", aunque, a su entender, seguían sin incorporar las herramientas necesarias para una política de seguridad pública compatible con las garantías constitucionales.

Así, la intervención de López tuvo dos momentos claramente diferenciados: primero, una extensa argumentación basada en datos, antecedentes institucionales y normas constitucionales; después, las respuestas políticas a quienes habían cuestionado su posición. Esa estructura es importante porque muestra que su intervención no se limitó al cruce político: el núcleo de su rechazo estuvo en las consecuencias que, según planteó, podrían tener las reformas sobre los derechos y el funcionamiento del sistema penal.

Fiatti vuelve a cerrar filas
Finalmente, Fabricio Fiatti retomó la palabra. Reivindicó el modelo de seguridad de los gobiernos de Unidos y sostuvo que no podía existir resignación frente al crimen organizado.

Para el concejal, el objetivo era que las organizaciones criminales y sus integrantes estuvieran presos, pero también que las herramientas estatales permitieran proteger testigos, intervenir ante búnkeres, actuar frente a inmuebles usurpados y responder ante nuevas modalidades delictivas.

"Las líneas tienen que estar claras", sostuvo. Y volvió a plantear que el oficialismo estaba dispuesto a seguir realizando reformas para garantizar que los rosarinos pudieran volver a caminar y regresar a sus casas con tranquilidad.

Una votación que reflejó una división política más profunda
El cierre estuvo a cargo de la presidenta del Concejo, María Eugenia Schmuck, quien puso el expediente a consideración del cuerpo.

El resultado fue de 16 votos positivos y 9 negativos.

Más allá del resultado formal, el debate dejó varios ejes que excedieron ampliamente el texto del beneplácito:
  • La constitucionalidad de las reformas de seguridad y la tensión entre mayores facultades policiales y garantías individuales.
  • El sistema acusatorio, defendido por la oposición como una conquista institucional frente al viejo sistema inquisitivo.
  • El control judicial de las medidas policiales y fiscales, particularmente en allanamientos, detenciones, interrogatorios e inteligencia.
  • La política penitenciaria, con el oficialismo reivindicando el régimen de alto perfil y la oposición advirtiendo sobre los riesgos de ampliar facultades represivas.
  • La violencia institucional, con López aportando datos y antecedentes de organismos oficiales y organizaciones profesionales.
  • Los resultados de la política de seguridad en Rosario, con Unidos y La Libertad Avanza disputándose buena parte del reconocimiento por la baja de los homicidios.
  • El pasado de las gestiones anteriores, utilizado por el oficialismo para responsabilizar al peronismo por el crecimiento del crimen organizado, y por la oposición para recordar que las actuales leyes que se pretenden modificar fueron impulsadas por gobiernos del propio Frente Progresista.
  • La utilización de los beneplácitos, cuestionada incluso desde sectores que finalmente acompañaron el proyecto.
  • La relación entre seguridad y situación social, introducida por Prence y Gigliani a través de referencias a salarios, pobreza, salud mental, desempleo y endeudamiento.
  • Y, finalmente, la disputa sobre qué significa una política de seguridad democrática: para el oficialismo, un Estado con mayores herramientas para perseguir al crimen; para la oposición, un Estado fuerte pero sometido a controles judiciales y constitucionales.
El expediente terminó aprobado, pero la discusión mostró que el verdadero desacuerdo no estaba en si Rosario necesita seguridad ni en si el Estado debe combatir al crimen organizado. En eso hubo coincidencias.

La diferencia quedó planteada sobre hasta dónde puede llegar el Estado para hacerlo, quién debe controlar esas facultades y qué riesgos está dispuesto a asumir una sociedad que todavía tiene muy presente el pasado reciente de violencia, pero que también reclama respuestas concretas frente al delito.

Y esa discusión, a juzgar por la intensidad del debate en el recinto, recién comienza.

El Concejo Municipal apenas dejó constancia del resultado
El debate no aparece reflejado en la comunicación institucional del Concejo con la dimensión que tuvo en el recinto. Solo en su página web, perdido entre los distintos asuntos tratados durante la sesión, el cuerpo publicó apenas una breve referencia bajo el título "Seguridad pública".

Esa síntesis institucional consigna el resultado, pero omite prácticamente todo lo que convirtió al expediente en uno de los principales debates políticos de la sesión: las advertencias sobre posibles vulneraciones constitucionales, el cuestionamiento al sistema acusatorio, las facultades que podrían otorgarse a la policía, los allanamientos sin orden judicial, los interrogatorios sin defensor, las zonas de intervención policial especial, la política penitenciaria, los datos sobre violencia institucional, las críticas del Colegio de Abogados y las diferencias entre oficialismo, peronismo, Ciudad Futura, Iniciativa Popular y La Libertad Avanza.

Tampoco aparecen en esa comunicación los fuertes cruces políticos que atravesaron la discusión: la acusación de "tergiversación" formulada por Norma López; la crítica de Damián Pullaro a quienes consideró "blandos" o "tibios"; el reclamo de Fabricio Fiatti para que la oposición presentara un modelo alternativo de seguridad; el desafío de Juan Pedro Aleart al oficialismo para que acompañara también las políticas nacionales; ni la advertencia de Sabrina Prence sobre el uso de los beneplácitos.

Mucho menos aparece el resultado de la votación: 16 votos positivos contra 9 negativos.

En otras palabras, registra que el beneplácito fue aprobado, pero deja afuera buena parte de aquello que hizo sustancial la discusión: qué herramientas se le quieren dar al Estado para combatir el delito, qué límites deberían tener esas herramientas y qué riesgos implica avanzar sobre las garantías constitucionales. El resultado quedó publicado; el debate, prácticamente no.

Escuchá el debate completo:

jueves, 20 de agosto de 2026

38 años de Aire Libre, Radio Comunitaria: cuando una voz se convierte en comunidad

El 20 de agosto de 2007, Jesús Yañes llegó a la radio después de escuchar el programa Buscando Trabajo. Era jubilado, tenía un pequeño boliche y quería colaborar con un bono para ayudar a reparar los equipos dañados por los bajones de tensión. No tenía mucho para dar, pero tenía algo que para una radio comunitaria vale mucho más: confianza. Casi dos décadas después, aquella escena sigue contando qué significa sostener una emisora de propiedad social durante 38 años
Hay historias que parecen pequeñas hasta que uno las mira de cerca. Entonces descubren otra dimensión. No hablan solamente de quienes las protagonizan, sino también de aquello que las hizo posibles.

El 20 de agosto de 2007, Aire Libre Radio Comunitaria era —y sigue siendo— mucho más que una radio.

Un medio alterativo, de propiedad social, nacido para interpretar los sentires y pareceres de la comunidad a la que pertenece. Una radio que había elegido no callarse frente a los poderosos, sostener una línea, apostar por la igualdad y acompañar las luchas cotidianas de quienes pocas veces encuentran un micrófono dispuesto a escucharlos.

Y sobrevivir.

Porque hacer radio comunitaria también era eso: aprender a mantenerse a flote en aquella jungla radioeléctrica en la que se había convertido el espectro. Peleársela todos los días. Encontrar la manera de que la voz siguiera llegando al otro lado del parlante.

Por esos días, además, Aire Libre, Radio Comunitaria tenía sus propias heridas.

Los constantes bajones de tensión estaban haciendo estragos en los equipos. Para intentar recomponer, aunque fuera un poco, todo aquello que se había dañado, habíamos puesto en circulación un bono. Lo contábamos al aire. Lo hacíamos, claro, para quienes pudieran colaborar, pero también para que quienes tenían problemas para recibir la señal supieran que detrás de esa voz había una casa, unos equipos, cables, micrófonos y una radio que necesitaba seguir funcionando.

El domingo terminé el programa y sucedió algo que, muchos años después, todavía merece ser contado.

Ese día llegó Jesús a nuestra casa.

No, tranquilos: no me había vuelto místico.

Era Jesús Yañes.

Había escuchado el programa y, cuando terminó, decidió acercarse. Quería dar una mano.

Jesús nos escuchaba siempre. Conocía nuestra voz antes de conocer nuestros rostros. Compartía muchas de las cosas que decíamos al aire, especialmente aquellas que tenían que ver con la solidaridad entre los trabajadores, las luchas contra la injusticia y esa obstinada apuesta por una sociedad más igualitaria.

Era jubilado y tenía un bolichito. No era alguien que llegara con grandes posibilidades económicas. Llegó, justamente, con lo que tenía.

Quería comprar un bono.

Le expliqué que en ese momento no tenía ninguno para darle y que podía tomarle los datos para llevárselo después. Pero Jesús no parecía demasiado preocupado por el papel.

Había otra cosa que para él era suficiente.

Conocía la voz.

Y confiaba en ella.

Entonces metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño fajito de billetes. Entre varios de dos pesos buscó uno en particular. Lo encontró.

Era un billete de cincuenta pesos.
Me lo entregó.

Así, sencillamente.

Sin formulario, sin recibo, sin demasiadas explicaciones. Como quien acerca una mano para sostener algo que siente propio.

Después, como Jesús no conocía la casa —aunque seguramente sentía que la conocía de tanto escuchar todo lo que contábamos al aire—, lo llevé a recorrerla.

Una visita guiada por ese pequeño territorio desde donde salían las voces que él escuchaba en su casa.

Vio los equipos, los micrófonos, los lugares donde se hacía la radio. Puso cuerpo y ojos a aquello que hasta entonces le había llegado convertido en sonido.

Se fue contento.

Y antes de irse dejó una frase:

—Cuando me necesiten, estoy.

No sé si Jesús imaginó entonces cuánto podía significar aquella frase.

Afuera seguía estando la jungla radioeléctrica. Los problemas de siempre. Los equipos castigados por los bajones de tensión. Las cuentas. Las dificultades. La necesidad de sostener una radio que no tenía detrás un gran empresario ni una estructura económica que garantizara su existencia.

Pero ese día había algo más.

Había un oyente que había cruzado la puerta.

Un oyente que había dejado de ser solamente alguien al otro lado de la radio para convertirse, por un instante, en parte de ella.

Ahora Domingo Faustino Sarmiento me mira desde un paquetito que guardé con los datos de Jesús y aquel billete de cincuenta pesos.

El prócer, estampado en el papel moneda, parece observarme con cierta sorpresa.

Yo también lo miro.

Y pienso que, al final, una radio comunitaria no se sostiene solamente con transmisores, antenas, consolas o electricidad.

Se sostiene con vínculos.

Con confianza.

Con personas que escuchan y que, cuando pueden, se acercan.

Con jubilados que tienen un bolichito y aun así encuentran unos pesos para ayudar.

Con quienes entienden que una voz en el aire también puede ser una herramienta para pelear contra la injusticia.

Quizás por eso guardé aquel billete.

No por los cincuenta pesos.

Sino porque durante mucho tiempo fue una pequeña prueba material de algo que en una radio comunitaria resulta esencial y, a veces, difícil de explicar: que del otro lado del micrófono también hay alguien.

Y que, cuando esa voz consigue llegar hasta otro, puede ocurrir algo extraordinario.

Que alguien escuche.

Que alguien confíe.

Que alguien golpee la puerta.

Y diga:

—Cuando me necesiten, estoy.

Ver también: Mirá vos..., La radiodifusión no se hace por decreto..., 23 años de Aire Libre, Radio Comunitaria: Has recorrido un largo camino muchacha..., Archivos Encontrados: 25 años de Aire Libre, Radio Comunitaria, Aire Libre, Radio Comunitaria: Una radio, pocos transistores, mucha tracción a sangre, Aire Libre, Radio Comunitaria ya tiene su licencia definitiva, Prensa Rosario celebra el otorgamiento de la licencia definitiva a Aire Libre, Radio Comunitaria Es oficial: Aire Libre, Radio Comunitaria ya tiene licencia, 32 años de Aire Libre, Radio Comunitaria: ¡Más Libre que nunca!, Cuando el barrio habló en su propia frecuencia: 37 años de Aire Libre

martes, 18 de agosto de 2026

Más de mil científicos y académicos alertan por el "Súper RIGI"

Más de mil académicos, investigadores y referentes tecnológicos enviaron una carta al Senado para advertir sobre los beneficios fiscales, la estabilidad regulatoria por 30 años y el impacto ambiental del régimen de grandes inversiones que impulsa el gobierno de Javier Milei
Más de mil académicos, científicos, investigadores y referentes del sector tecnológico de todo el país difundieron una carta abierta dirigida a las senadoras y los senadores de la Nación para expresar su rechazo y preocupación frente al proyecto conocido como "Súper RIGI", que ya obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados y es analizado por comisiones del Senado.

La iniciativa amplía el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) vigente desde 2024 y establece un régimen de beneficios para proyectos de inversión de gran escala en sectores considerados estratégicos, entre ellos los centros de datos vinculados con inteligencia artificial, la minería, los hidrocarburos, la infraestructura digital, los semiconductores y la biotecnología.

La carta fue suscripta por integrantes de universidades nacionales, organismos científicos y tecnológicos y otras instituciones de distintas provincias. Entre los espacios bonaerenses representados figuran las universidades nacionales de Avellaneda, Hurlingham, Lanús, La Plata, Moreno, Noroeste, Quilmes, San Martín y Tres de Febrero, además de la Universidad Tecnológica Nacional y la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires (CIC).

Una copia del documento fue remitida a los senadores nacionales por la provincia de Buenos Aires Eduardo "Wado" de Pedro, Juliana Di Tullio y Maximiliano Abad, en coincidencia con el tratamiento del proyecto en las comisiones de Presupuesto y Hacienda, Economía Nacional e Inversión y Legislación General.

La renuncia al derecho de regular sectores estratégicos
En el documento, los firmantes cuestionan especialmente la extensión temporal y el alcance de los beneficios que contempla el régimen. Sostienen que el proyecto otorgaría a grandes corporaciones tecnológicas transnacionales beneficios fiscales, estabilidad regulatoria y protección jurídica durante varias décadas, sin establecer —según advierten— contraprestaciones equivalentes en materia de empleo, transferencia tecnológica, investigación y desarrollo o compromisos de desarrollo nacional.

"El Súper RIGI no es una ley de promoción de inversiones, es la renuncia al derecho de regular sectores estratégicos durante una generación entera", sostienen los autores de la carta.

Según el perfil del proyecto difundido junto con el documento, el régimen alcanzaría a inversiones de al menos 1.000 millones de dólares y contemplaría, entre otros beneficios, una alícuota reducida del Impuesto a las Ganancias del 15% durante 30 años, libre disponibilidad de exportaciones e importaciones, estabilidad regulatoria, fiscal y cambiaria por tres décadas y exenciones de aranceles de importación.

Los firmantes también cuestionan la posibilidad de recurrir a mecanismos de arbitraje internacional, como los contemplados en el CIADI, y advierten que ese esquema podría reducir el margen de acción de las autoridades nacionales frente a futuras controversias.

En ese punto, la carta menciona el litigio relacionado con YPF como antecedente de los costos que, a criterio de los autores, puede tener la pérdida de margen de decisión jurisdiccional sobre sectores estratégicos.

La discusión por la inteligencia artificial
Uno de los aspectos centrales del documento es la advertencia sobre la eventual combinación del "Súper RIGI" con otra iniciativa que, según los firmantes, contempla reconocer personalidad jurídica a entidades operadas íntegramente mediante inteligencia artificial.

Para los autores, ambas propuestas podrían conformar una estructura jurídica inédita, en la que grandes empresas tecnológicas contarían con amplios privilegios económicos y regulatorios mientras se mantienen, según su interpretación, interrogantes sobre los mecanismos de control democrático y la asignación de responsabilidades.

La advertencia se produce en un contexto de creciente debate internacional sobre la regulación de la inteligencia artificial, el poder económico de las grandes empresas tecnológicas y las consecuencias de la expansión de la infraestructura necesaria para sostener modelos y servicios de IA.

Beneficios fiscales y centros de datos
La carta también pone en duda que los incentivos tributarios sean suficientes para determinar la localización de grandes centros de datos.

Los científicos y académicos sostienen que la evidencia internacional no ubica a las exenciones impositivas como el principal factor para definir dónde se instalan estas infraestructuras y consideran, por lo tanto, que la magnitud de los beneficios fiscales previstos debería ser revisada en función de las contraprestaciones exigidas a las empresas.

El documento plantea además interrogantes sobre el impacto ambiental de las inversiones de gran escala asociadas a la inteligencia artificial. En particular, señala el elevado consumo de electricidad y agua que pueden requerir los centros de datos y reclama regulaciones específicas sobre el uso de recursos naturales y las emisiones de carbono.

"En un contexto de estrés hídrico y crisis climática, eso no es un detalle técnico: es una decisión sobre el territorio y los recursos de las próximas generaciones", sostienen los firmantes.

La autonomía de las provincias, otro de los cuestionamientos
Otro de los puntos destacados por los autores está relacionado con las facultades de las provincias.

De acuerdo con el documento distribuido junto con la carta, las jurisdicciones que adhieran al régimen deberían comprometerse a no aplicar una alícuota de Ingresos Brutos superior al 0,50% a los proyectos alcanzados. Para los firmantes, esta condición supone una limitación significativa de la autonomía fiscal provincial durante un período de 30 años.

También cuestionan que las inversiones incorporadas al régimen puedan quedar protegidas frente a modificaciones regulatorias posteriores y advierten sobre las consecuencias que esto podría tener en materia ambiental, territorial y de utilización de recursos como el agua y la energía.

Durante su tratamiento en Diputados, el proyecto incorporó la exigencia de un informe técnico ambiental y social y un compromiso mínimo de compras a proveedores locales. Sin embargo, los autores de la carta consideran que esas incorporaciones no constituyen una evaluación de impacto ambiental vinculante ni garantizan a las provincias capacidad suficiente para establecer condiciones adicionales.

La situación de Buenos Aires
El planteo adquiere una dimensión particular para la provincia de Buenos Aires. Según el documento difundido, actualmente existen dos proyectos bonaerenses aprobados bajo el RIGI, vinculados con los sectores siderúrgico y de infraestructura.

El "Súper RIGI", en tanto, ampliaría el alcance del régimen a proyectos de mayor escala, incluidos centros de datos e industrias digitales con inversiones superiores a los 1.000 millones de dólares.

Los autores de la carta sostienen que la adhesión provincial al régimen podría comprometer durante décadas la autonomía fiscal de Buenos Aires y limitar la capacidad de establecer regulaciones propias frente a proyectos de gran impacto territorial.

El planteo también alcanza al sistema universitario bonaerense. La carta señala particularmente a las universidades nacionales del conurbano —entre ellas las de Hurlingham, Avellaneda, Moreno, José C. Paz y Quilmes— y contrapone los beneficios previstos para grandes inversiones con las dificultades presupuestarias que atraviesan las instituciones públicas de educación superior.

Críticas al financiamiento científico
Los firmantes vinculan el debate sobre el régimen de inversiones con la situación actual del sistema científico y tecnológico argentino.

En ese sentido, cuestionan el deterioro del financiamiento del CONICET, las restricciones presupuestarias que, según sostienen, afectan a las universidades y la pérdida de investigadores y profesionales altamente capacitados.

"Mientras se propone eximir durante décadas a grandes infraestructuras tecnológicas extranjeras, el Estado desfinancia al CONICET, desmantela todas las áreas del sistema científico, pone en crisis a las universidades y expulsa valioso capital humano formado durante décadas", afirma la carta.

Para los académicos, una política de desarrollo tecnológico debería combinar la llegada de inversiones extranjeras con el fortalecimiento de las capacidades científicas y productivas locales, la formación de recursos humanos y la generación de conocimiento propio.

Un llamado a los senadores
La carta concluye con un pedido a los integrantes del Senado para que analicen el proyecto no solamente en función de sus posibles beneficios inmediatos, sino también por sus efectos sobre el empleo, los recursos naturales, la soberanía tecnológica y la capacidad futura del Estado para establecer políticas públicas.

Los firmantes aclaran que no cuestionan la necesidad de atraer inversiones ni el desarrollo de nuevas tecnologías, pero plantean que esos objetivos no deberían implicar una renuncia permanente a las herramientas regulatorias del Estado.

"La Argentina necesita inversión y nuevas tecnologías. Pero no a cualquier precio, y no resignando para siempre las herramientas para decidir su propio desarrollo", concluyen.

El proyecto se encuentra ahora en una instancia decisiva de su tratamiento parlamentario. Con el texto ya aprobado por Diputados, el Senado deberá definir si avala el régimen, introduce modificaciones o posterga su tratamiento. Para los autores de la carta, la discusión excede la aprobación de un nuevo esquema de incentivos: se trata de determinar qué margen conservará el Estado argentino —y particularmente las provincias— para regular inversiones estratégicas durante las próximas décadas.

domingo, 16 de agosto de 2026

Cuando nadie miraba, construyeron sus casas: 34 años después, el desalojo amenaza a familias de Refinería

Durante décadas vivieron en un sector sin servicios, sin dirección y prácticamente invisible para la ciudad. Construyeron allí sus viviendas, criaron a sus hijos y vieron crecer a sus nietos. Ahora, una intimación de la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE) les exige abandonar el lugar y esperan una respuesta que les permita saber qué futuro tendrán
Del abandono a las torres
Hace 34 años que Gabriela Saavedra vive en el barrio Refinería. Cuando llegó, el lugar era prácticamente invisible para la ciudad: estaba abandonado, sin luz, sin agua y hasta sin una dirección que permitiera identificarlo. Las familias que fueron llegando tuvieron que construir sus propias casas y, con el paso de los años, convertir aquel espacio en un lugar de vida.

Hoy, después de más de tres décadas, esas mismas familias atraviesan la incertidumbre de una posible expulsión.

Saavedra recuerda en Señales que, cuando se instaló allí, nadie parecía prestar atención a ese sector. Desde Junín, cuenta, prácticamente no se veía. Había tapiales, mucha vegetación y cañaverales que hacían que el lugar pareciera inexistente. En aquel entonces funcionaba la cerealera Genaro García y el entorno era muy diferente al actual.

"Nadie sabía ni que existía este lugar", explica.

La transformación llegó con los años y, sobre todo, con la construcción de las torres que modificaron el paisaje y volvieron visible un espacio al que durante décadas nadie había mirado.

"Hace más de treinta años que estamos acá, no es que usurpamos el lugar, porque estaba totalmente abandonado", sostiene Saavedra. Para ella, esa historia es fundamental para comprender el conflicto actual. Las familias no llegaron recientemente ni ocuparon un terreno que estuviera siendo utilizado: fueron construyendo sus viviendas y sus vidas allí durante décadas, mientras alrededor crecía una ciudad completamente distinta.

La primera intimación fue emitida el 28 de abril por la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE), organismo del Gobierno nacional encargado de administrar los inmuebles del Estado. Las familias recibieron la comunicación al día siguiente, el 29 de abril. La carta les indicaba que debían abandonar las viviendas en un plazo de diez días.

La notificación tomó a los vecinos por sorpresa. Nunca antes, asegura Gabriela, habían recibido una comunicación semejante ni habían tenido problemas con quienes pudieran reclamar el lugar.

"Nunca vino nadie a intimarnos ni a molestarnos, nada", recuerda.

Cuando recibieron la carta no supieron cómo actuar, aunque la propia comunicación incluía un correo electrónico mediante el cual podían responder legalmente. Ante esa situación, tuvieron que recurrir a abogados para presentar una respuesta formal.

Desde entonces, esperan. No recibieron una respuesta a aquella presentación ni información concreta sobre lo que ocurrirá con el terreno o con las familias que viven allí.

La intimación modificó la vida cotidiana. La incertidumbre se instaló en el barrio porque nadie sabe qué puede ocurrir de un día para el otro. Lo que más cuestionan los vecinos es la ausencia de diálogo previo.

"No puede ser que te manden una carta así de un día para el otro, estando uno tanto tiempo acá, que de un día para el otro te digan que tendrás que irte", plantea Gabriela.

Para ella, antes de hablar de desalojo debería haberse conocido la realidad de quienes viven en esas casas. En el lugar hay niños pequeños y también personas con problemas de salud. Cuenta que su padre tiene cáncer, que su madre padece problemas respiratorios y que uno de sus hijos tiene asma.

"Es fácil mandar una carta, pero no sentarse a dialogar", cuestiona.

Lo que esperan es que alguien se acerque, conozca quiénes viven allí y explique qué alternativas existen.

Hasta ahora, nadie les explicó cuál sería el destino del terreno ni qué proyecto podría desarrollarse en ese espacio. Tampoco saben qué se pretende hacer con las tierras una vez que las familias se retiren.

"No sabemos nada, quién está detrás de esto, qué es lo que van a hacer, si tienen algún proyecto, qué es lo que piensan hacer", resume Saavedra.

La sensación, insiste, es estar "en la nada", a la espera de que alguien finalmente responda.

Una historia sin dirección
La irregularidad en la que quedaron las familias tampoco fue una situación buscada, según relata Gabriela. Durante mucho tiempo ni siquiera existió una dirección catastral clara que les permitiera regularizar sus viviendas o pagar impuestos.

Cuando funcionaba la cerealera Genaro García, explica, utilizaban como referencia Francia al 202, ubicado a una cuadra del lugar. Era la manera de indicar dónde vivían en un espacio que todavía no tenía una dirección propia.

Más adelante, cuando se abrió la calle Avenida Madres de Plaza 25 de Mayo, pudieron comenzar a identificarse con esa dirección, que quedó registrada como Avenida Madres de Plaza 25 de Mayo 2891.

Ese vacío administrativo se extendió durante décadas. Nadie les pidió que regularizaran su situación, pero tampoco encontraron un camino para hacerlo. El barrio fue creciendo de manera informal al mismo tiempo que la ciudad cambiaba alrededor.

Las familias construyeron sus casas con los materiales que podían conseguir y fueron armando una comunidad que, para Saavedra, hoy no puede ser reducida a la condición de ocupantes de un terreno.

En el sector ubicado al pie de las torres, explica, son alrededor de cinco las familias que permanecen allí y que llevan aproximadamente 32 años viviendo en ese lugar. Gabriela, en cambio, lleva 34 años en Refinería. Hoy tiene 47 años. Allí creció, tuvo a sus hijos y ahora ve crecer a sus nietos.

"Ahí fueron mis hijos, ahora están mis nietos", resume.

Con el paso de los años, cada integrante de la familia fue construyendo su propia vivienda, con los materiales que tenía a disposición. Así se levantaron las casas y se consolidó una forma de vida que pasó de una generación a otra.

Lo que piden las familias
En estos meses, los vecinos buscaron respuestas en distintos ámbitos. Recurrieron a organismos públicos y participaron de reuniones en el Concejo Municipal, incluida la comisión de Planeamiento. También estuvieron en distintos canales de televisión y medios de comunicación, intentando hacer visible el conflicto y conseguir alguna información.

"Como buscando la forma de ver si alguien nos escucha, si alguien nos baja alguna información de algo", explica Gabriela.

La posición de las familias, aclara, no es cerrarse a cualquier alternativa. No rechazan la posibilidad de una relocalización ni se oponen a encontrar una solución que permita resolver el conflicto. Lo que reclaman es conocer esa alternativa antes de que se produzca un desalojo.

"Uno no se opone, pero queremos saber si nos van a reubicar en algún lugar, cuál es la solución", afirma.

Incluso aceptarían pagar por un terreno o por una vivienda si existiera una posibilidad concreta de regularización. "Estamos totalmente dispuestos", sostiene Saavedra.

La respuesta que presentaron ante la intimación tuvo también ese sentido: dejar abierta una puerta para encontrar una salida. "Ojalá nos dieran la posibilidad, la solución de algo para poder comenzar", dice.

En ese punto se concentra buena parte de la preocupación de los vecinos: no sólo enfrentan la posibilidad de dejar las casas que construyeron durante décadas, sino que desconocen qué sucedería después. No hay, hasta el momento, una propuesta concreta de relocalización ni una respuesta que les permita proyectar cómo continuar sus vidas.

La expectativa está puesta ahora en que pueda abrirse un canal de diálogo con las autoridades nacionales. En el Concejo Municipal, algunos ediles plantearon la posibilidad de que representantes de La Libertad Avanza gestionaran una reunión para que la situación pudiera ser conocida en Buenos Aires, dado que, según explicaron los vecinos, las decisiones vinculadas al terreno se tomarían desde oficinas nacionales.

"Eso es lo que estamos esperando, que se pueda hacer una reunión para dialogar con alguien, para ver cómo seguimos, qué hacemos", dice Gabriela.

La disposición, asegura, existe de parte de los vecinos. "Estamos a disposición nosotros, pero estamos esperando del otro lado que nos respondan".

Un lugar que cambió con la ciudad
Las familias tampoco forman parte del Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP). Saavedra aclara que no fueron censadas ni integran el registro. La explicación que encuentra vuelve a ser la misma: durante años nadie prestó atención a ese espacio.

La aparición de las torres modificó esa situación. Lo que durante décadas permaneció escondido comenzó a quedar a la vista a medida que avanzó el desarrollo inmobiliario de la zona.

El lugar puede ubicarse junto a las torres que se levantaron en Refinería. Gabriela habla de las Torres Dolfines y donde funciona La Casona, un albergue que pertenece a la Municipalidad.

Pero allí también aparece otra parte de la memoria del barrio, una historia que excede ampliamente el conflicto actual. "Yo tengo tanto para contarte", advierte Gabriela mientras reconstruye escenas de otras épocas.

Recuerda que, cuando las familias se instalaban y construían sus viviendas, la casona estaba vinculada al padre Tomás Santidrián. "Nosotros estábamos con el padre", cuenta.

También recuerda que en el predio donde actualmente están sus casas, al pie de las torres y en el mismo espacio donde hoy se instalan circos y parques cuando llegan al barrio, alguna vez hubo una cancha de golf.

Para quienes conocieron Refinería décadas atrás, el paisaje era otro. Los cañaverales formaban parte habitual del entorno y funcionaban como un territorio de juegos para los chicos de la zona, que intentaban descubrir qué había detrás de aquella vegetación y de los muros que ocultaban el río.

El río permanecía escondido del resto de la ciudad, prácticamente inaccesible. En esos años, los chicos recorrían las vías y jugaban entre las viejas instalaciones ferroviarias, en un espacio que hoy resulta difícil reconocer.

Con el tiempo también llegó la lucha de los vecinos de Refinería contra los problemas ambientales y de salud vinculados a la actividad industrial. La cerealera Genaro García quedó asociada a esa historia de reclamos. Durante años, distintos referentes de la zona acompañaron las demandas de los vecinos.

La transformación urbana no borró esa memoria. Los problemas y reclamos históricos conviven ahora con el crecimiento inmobiliario y con la llegada de nuevas familias a una zona que adquirió otra visibilidad y otro valor.

La convivencia entre esas realidades expone una de las tensiones centrales del proceso de transformación de Refinería: el crecimiento inmobiliario avanza sobre un territorio donde también existen historias familiares, reclamos sociales y comunidades que llevan décadas construyendo su lugar.

Treinta y cuatro años después
Para Gabriela Saavedra, la historia de las familias de Refinería no comenzó con una ocupación violenta ni con la intención de apropiarse de un terreno ajeno. Comenzó, justamente, en un lugar que estaba completamente abandonado.

"No es que usurpamos el lugar, nos violentamos para entrar; era un lugar totalmente abandonado", sostiene al reconstruir aquellos primeros años.

Por eso, frente a la intimación de la AABE, las familias no sólo piden que se suspenda cualquier intento de desalojo. También plantean que están dispuestas a encontrar una solución que les permita permanecer legalmente en el lugar o ser relocalizadas de manera acordada.

Cada familia cuenta además con abogados para acompañar las presentaciones y tratar de conseguir una respuesta. El objetivo inmediato es evitar que el conflicto avance sin que nadie escuche a quienes viven allí desde hace décadas.

Desde que apareció la carta, las familias no volvieron a recibir comunicaciones que les permitieran conocer qué ocurrirá con ellas. "Nadie, nadie. Nunca nadie, de nada", insiste Gabriela. La única comunicación fue aquella intimación, a la que respondieron con asistencia legal.

Su voz deja así expuesta una historia de más de tres décadas en un territorio que, durante buena parte de ese tiempo, permaneció prácticamente fuera de la mirada de la ciudad. Una historia de casas construidas de a poco, de hijos y nietos que crecieron allí, de un espacio sin servicios, sin dirección y sin reconocimiento formal que terminó convirtiéndose en hogar.

Su testimonio también vuelve sobre una transformación más amplia de Refinería. El lugar de los cañaverales, los muros y los terrenos abandonados fue cambiando hasta convertirse en una zona atravesada por nuevas torres y desarrollos inmobiliarios. Lo que alguna vez permaneció escondido comenzó a adquirir valor y visibilidad.

Y, con esa transformación, también apareció el conflicto.

Para las familias que permanecen junto a las torres, no se trata solamente de un terreno que debe ser liberado. Es el lugar donde una generación creció, donde otra construyó sus casas y donde ahora juegan los nietos.

Después de recibir una intimación de diez días y de presentar una respuesta que todavía espera contestación, Gabriela y sus vecinos continúan reclamando algo que consideran básico: que alguien se siente a escucharlos y les diga qué futuro les espera.

"Estamos esperando la respuesta", repite Gabriela.

Y detrás de esa espera aparece una historia mucho más larga que la carta que recibieron el 29 de abril: la de un lugar que durante décadas nadie miró y que ahora, justamente cuando adquirió valor y quedó expuesto por las nuevas construcciones, volvió a ser objeto de disputa.

Escuchá la entrevista completa:

Ver también: Pagaron durante décadas y aún no tienen vivienda: crece el conflicto de los ahorristas de Bauen Pilay, Rosario: En dos horas desapareció un siglo y medio de historia verde

19 años pagando por una vivienda: los ahorristas de Pilay que temen quedar atrapados en una espera sin fin

Sergio Liuzzi comenzó a aportar en Córdoba en 2007 y asegura en Señales que cumplió con todas sus cuotas. Ahora, junto a otros ahorristas, cuestiona los plazos de adjudicación, la falta de información y las nuevas condiciones del sistema. Mientras siguen con atención los reclamos en Rosario y Santa Fe, temen que ese escenario se replique en Córdoba. La historia de familias que llevan casi dos décadas aportando y todavía no saben cuándo tendrán su departamento
Sergio Liuzzi está a pocos meses de completar una parte fundamental del plan de vivienda al que ingresó hace casi dos décadas. En diciembre de 2026 terminará de pagar la cuota mensual número 240. Sin embargo, asegura que ese momento no significará que tendrá finalmente su departamento. Según la información que recibió de la empresa, deberá esperar hasta junio de 2027 para participar de un sorteo extraordinario.

La situación resume una preocupación que crece entre los ahorristas de Bauen Pilay en Córdoba y que, al mismo tiempo, los lleva a mirar con atención lo que ocurre en Rosario y Santa Fe. Allí, los reclamos de los suscriptores se multiplicaron en los últimos años por el aumento de las cuotas, los plazos de entrega y las condiciones de las viviendas. En Córdoba, un grupo de aportantes asegura estar atravesando una situación similar y teme que ese escenario sea el que les toque enfrentar en los próximos meses.

Liuzzi comenzó a aportar al sistema hace 19 años. Su historia se remonta a 2007, cuando el sistema de Bauen Pilay comenzó a comercializarse en Córdoba bajo la marca Rigam Pilay.

Según recuerda, Rigam era una empresa de capitales cordobeses, con trayectoria y reconocimiento en la provincia. La firma se asoció con Pilay para comenzar a comercializar planes destinados a la construcción de departamentos. Liuzzi interpreta que se trataba de una estrategia que también se había utilizado en otras ciudades: asociarse con empresas que ya contaban con presencia y reconocimiento local para facilitar la instalación del sistema.

Con el paso de los años, Rigam dejó aquella unión transitoria y Pilay quedó al frente del negocio en Córdoba. Cuando Liuzzi ingresó al sistema, la propuesta que recuerda era concreta: acceder mediante un plan de ahorro a un departamento ubicado en un radio relativamente céntrico de la ciudad, aproximadamente entre 20 y 30 cuadras de la Plaza San Martín.

De "ahorrar ladrillos" a esperar un sorteo
La idea se resumía en una frase que todavía conserva: "Ahorrar en ladrillos".

Liuzzi guarda incluso los folletos que recibió cuando contrató el plan. Recuerda que la vendedora le mostró un gráfico en el que se proyectaba que, después de 20 años, tendría su departamento y se detallaban las cuotas que debía pagar.

"Nos decía que dentro de los 20 años todos los aportantes que estuviesen al día, que hubiesen cumplido con el pago de las cuotas, iban a contar con el departamento", explica.

Durante casi dos décadas, él y muchas otras familias cumplieron con sus obligaciones. Pero cuando comenzaron a acercarse al final de los plazos previstos, aparecieron las dudas.

Liuzzi sostiene que la empresa comenzó a brindar respuestas y a realizar interpretaciones que, a su entender, no se corresponden con lo que los ahorristas habían comprendido al momento de firmar los contratos.

En su caso, además, el plan tiene una particularidad que permite dimensionar cuánto tiempo lleva dentro del sistema. El contrato no contempla solamente 240 cuotas mensuales, equivalentes a 20 años. A esas cuotas se suman otras 40, correspondientes a los llamados "aguinaldos", que se pagan en enero y julio. En total, explica, son 280 cuotas.

A eso se suma una cuestión que los ahorristas consideran especialmente difícil de comprender: algunas personas adelantaron cuotas para intentar acercarse antes al objetivo, pero, según relatan, recibieron como respuesta que ese adelanto no necesariamente implica una adjudicación anticipada.

La empresa les indicaría que deben esperar igualmente a que se cumplan los 20 años desde la firma del contrato o desde el comienzo del plan.

Liuzzi pone su propio caso como ejemplo. Adelantó siete cuotas y terminará de pagar la cuota mensual número 240 en diciembre de 2026. Sin embargo, afirma que la empresa le informó que deberá esperar hasta junio de 2027 para participar de un sorteo extraordinario.

Ese mecanismo, sostiene, no estaba contemplado en el contrato original que firmó. Tampoco recuerda que existiera una cláusula que estableciera que, después de completar el período de pago, debería esperar un sorteo para acceder a una vivienda que todavía deberá ser construida.

Y aun después de una eventual adjudicación quedaría por delante el tiempo de obra. Según las explicaciones que reciben los ahorristas, ese plazo dependería de las características del proyecto, la disponibilidad de terrenos y las condiciones económicas generales.

Para Liuzzi, esa situación modifica sustancialmente la expectativa original. Si una persona adelantó dinero al sistema para acercarse a la vivienda, el razonamiento lógico indicaría que debería estar más cerca de cumplir su objetivo. Sin embargo, asegura que la respuesta que reciben es diferente: el adelanto no necesariamente los acerca a la adjudicación y deben esperar igualmente el cumplimiento del plazo.

Una brecha entre la publicidad y lo que viven los ahorristas
La preocupación no se limita a los plazos. Los ahorristas cuestionan también la diferencia entre la imagen pública de la empresa y la situación que, según sostienen, atraviesan quienes llevan años aportando.

En Córdoba, Liuzzi señala que la publicidad de Pilay continúa mostrando edificios terminados y apelando a conceptos como confianza, desarrollo y cumplimiento. Recuerda avisos en los que la empresa destaca que lleva 20 años entregando viviendas y que continúa desarrollando la ciudad.

"No decimos que la empresa no tenga proyectos o que no haya construido y entregado viviendas", aclara. El problema, desde su perspectiva, está en la relación entre la cantidad de aportantes y las viviendas efectivamente adjudicadas.

Uno de los puntos que cuestionan es precisamente el ritmo de adjudicación. Liuzzi señala que, a medida que avanzaban los contratos y transcurría el tiempo, la cantidad de departamentos adjudicados debería haber aumentado progresivamente. Sin embargo, afirma que eso no estaría ocurriendo en la práctica.

Un episodio reciente terminó de encender las alarmas. Durante una mediación, una persona aportante recibió como respuesta que en un grupo determinado había 144 contratos al día cuyos vencimientos se producirían en los próximos dos o tres años.

Para Liuzzi, esos números permiten dimensionar la magnitud del problema: 144 contratos representan, en principio, 144 departamentos que deberían ser construidos.

"Cualquier persona, sin ser experta en la materia, sabe que no se construyen de un día para el otro", plantea. Una obra de esa magnitud requiere terrenos, proyectos, permisos municipales, habilitaciones y tiempos de construcción. Por eso, considera que la empresa estaría "corriendo muy por detrás de los fondos que está recibiendo".
La explicación de la inflación

El malestar se profundiza porque, mientras los ahorristas continúan haciendo un esfuerzo mensual para sostener los planes, Liuzzi sostiene que parte de las explicaciones de la empresa apuntan a las condiciones económicas del país, la inflación y las variaciones de costos.

Para él, esa explicación no resulta suficiente.

"Nosotros también vivimos en este país, tenemos las mismas vicisitudes", plantea.

El argumento de los ahorristas es que ellos también enfrentaron durante estos años la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y las dificultades económicas, pero continuaron pagando sus cuotas.

La discusión deja así de ser solamente económica y pasa a centrarse en las condiciones del vínculo contractual. Para Liuzzi, existe una relación de poder asimétrica entre la empresa y los consumidores, que hoy se encuentran frente a condiciones que aseguran no haber aceptado cuando ingresaron al sistema.

La información que no llega
Otro de los reclamos está relacionado con la comunicación de la empresa.

Liuzzi cuestiona lo que considera una comunicación lenta y fragmentaria. Cuenta que, ante una consulta realizada por correo electrónico, las respuestas pueden demorar y, cuando finalmente llegan, no siempre resultan completas.

En algunos casos, sostiene, las explicaciones se concentran en fórmulas matemáticas, cálculos, demoras y diferentes variables que terminan siendo difíciles de interpretar para un consumidor que no forma parte de la estructura de la empresa.

"Para una persona que no está dentro de la empresa es muy difícil de entender y de constatar con la realidad", afirma.

Frente a esas dudas, los propios clientes comenzaron a organizarse. En Córdoba, cuenta Liuzzi, los ahorristas se autoconvocaron para intentar obtener respuestas colectivas.

Una de las preguntas que atraviesa esos encuentros es tan sencilla como difícil de responder para quienes llevan tantos años aportando: dónde están los fondos que fueron entregando durante todo este tiempo y cómo se traducirán finalmente en viviendas.

El cambio de modelo
El reclamo se produce mientras Pilay continúa desarrollando proyectos y construyendo viviendas. Pero para los ahorristas históricos existe una diferencia que consideran fundamental.

Liuzzi explica que, en determinado momento, la empresa modificó su producto y comenzó a trabajar mediante fideicomisos. Quienes habían ingresado originalmente al sistema tradicional en Córdoba quedaron, según su mirada, particularmente expuestos frente a las nuevas condiciones.

Para ellos, el conflicto no se reduce al valor de una cuota o a la demora de una obra. Está en juego la posibilidad concreta de acceder a la vivienda que imaginaron cuando firmaron el contrato.

"Hay personas de carne y hueso, familias", resume Liuzzi.

Se trata de personas de clase media, profesionales, trabajadores independientes y empleados que, en muchos casos, todavía no tienen una vivienda propia y destinaron una parte importante de sus ahorros durante 15, 19 o 20 años a un proyecto que entendían como una forma de acceder a un departamento.

"No somos especuladores financieros", remarca.

No ingresaron al sistema para obtener una rentabilidad ni para apostar a una inversión de riesgo. El objetivo, sostiene, era conseguir una vivienda.

Para algunas familias, incluso, la decisión estaba vinculada con sus hijos. Córdoba y Rosario son ciudades universitarias y muchas familias del interior enviaron a sus hijos a estudiar allí. Tener un departamento significaba, para esos padres, evitar el alquiler y construir una solución habitacional a largo plazo.

Liuzzi cuenta que entre los afectados hay personas de La Rioja y de distintas localidades del interior, además de Córdoba y otras provincias.

El esfuerzo económico tampoco fue menor. La cuota, señala, actualmente ronda el equivalente a la mitad de un salario mínimo, vital y móvil. Por eso considera que quienes llevan casi 20 años aportando no están reclamando una vivienda de lujo, sino "un departamento común, sin grandes lujos", acorde con aquello que entendieron que estaban contratando.

La respuesta de la empresa
Ante los cuestionamientos de los ahorristas, la comunicación pública de Bauen Pilay se concentra, según señalan los propios afectados, en avisos publicitarios en los que la empresa sostiene el cumplimiento del 100% de lo prometido.

Para Liuzzi, ese mensaje no alcanza para responder las preguntas concretas que plantean quienes llevan años dentro del sistema: cuándo serán adjudicadas las viviendas, bajo qué mecanismo, qué ocurre con los aportes realizados y cuáles son los plazos reales de construcción y entrega.

Los ahorristas también cuestionan la ausencia de la empresa en ámbitos institucionales donde fueron convocados para abordar el conflicto. En particular, señalan que Pilay no asistió a una convocatoria del Concejo Municipal de Rosario, pese a que el tema fue llevado allí a partir de los reclamos de los consumidores.

La diferencia entre la comunicación publicitaria y las respuestas que los ahorristas buscan obtener se convirtió, así, en uno de los ejes del conflicto.

Mirar a Santa Fe para anticipar lo que puede pasar en Córdoba
La situación que observan en Rosario y Santa Fe aumenta todavía más la preocupación.

El conflicto con los ahorristas de Bauen Pilay lleva años en esas ciudades y alcanzó distintos ámbitos, desde organismos públicos y espacios legislativos hasta instancias judiciales. Los afectados cuestionan cambios en las condiciones, aumentos de las cuotas, tiempos de adjudicación y características de las viviendas.

En Córdoba, Liuzzi y otros aportantes siguen esos reclamos con atención porque consideran que pueden estar viendo anticipadamente una película que podría repetirse.

La preocupación alcanza incluso a quienes todavía continúan pagando sin conocer en profundidad los cuestionamientos que realizan otros ahorristas. Liuzzi advierte que hay personas que siguen abonando sus cuotas sin saber de los reclamos, de las modificaciones que cuestionan los afectados ni de lo que consideran una falta de información sobre las condiciones actuales.

Por eso, los ahorristas comenzaron a establecer contactos con personas afectadas de Rosario, Santa Fe, Entre Ríos, La Rioja y otras localidades del interior. La intención es construir una red que permita visibilizar el problema y reclamar respuestas ante los organismos que correspondan.
Dos décadas de ahorro

Liuzzi reconoce que se trata de una situación compleja, atravesada por contratos, cuestiones judiciales, decisiones empresariales y variables económicas. Pero insiste en que detrás de todos esos elementos hay personas concretas.

Su caso sirve para dimensionar el tiempo que puede transcurrir dentro de un sistema de ahorro destinado a la vivienda: comenzó a aportar en 2007 y está a punto de completar las 240 cuotas mensuales.

Sin embargo, asegura que todavía no sabe cuándo tendrá las llaves de un departamento.

El caso cordobés se suma así a los reclamos que desde hace años se expresan en Rosario y Santa Fe. En distintas ciudades, los afectados buscan respuestas ante los cambios en las condiciones, los tiempos de adjudicación y las características de las viviendas.

En el fondo, la discusión vuelve sobre una pregunta central: qué ocurre cuando un sistema pensado como una herramienta de ahorro para acceder a la vivienda se extiende durante décadas y las expectativas de quienes aportaron durante años chocan con nuevas condiciones, costos y formas de adjudicación.

Para los ahorristas, la respuesta no puede reducirse a una explicación económica.

Reclaman saber qué ocurrió con su ahorro, cuáles son las condiciones que realmente rigen sus contratos y cuándo, finalmente, podrán acceder a la vivienda por la que llevan tantos años pagando.

Para quienes llevan 19 o 20 años dentro del sistema, la discusión ya no es solamente sobre una cuota, una obra o un plazo.

Es sobre el destino de dos décadas de ahorro y sobre la posibilidad de que ese esfuerzo termine transformándose en aquello que aseguran haber entendido cuando firmaron: un lugar propio donde vivir.

Escuchá la entrevista completa:


sábado, 15 de agosto de 2026

"Esto no es mío, es de todos": la pelea por la plaza que los Casasola dejaron al barrio

En barrio Larrea, una familia y un grupo de vecinos cuestionan el proyecto para construir una escuela sobre parte del terreno de Bolivia al 600 bis. Graciela Casasola, nieta del hombre que cedió esas tierras para uso público, sostiene en Señales que el lugar debe conservar su destino original: ser un espacio verde para el barrio
Graciela, manos a la obra, pintando uno de los paredones de la plaza el pasado 9 de Julio

Más de 70 años después de aquella cesión, la discusión enfrenta memoria familiar, uso del espacio público y un proyecto educativo. Mientras el municipio asegura que la escuela ocupará solo una parte del predio y que el resto será una nueva plaza, los vecinos temen perder el espacio verde que utilizan desde hace décadas.

En barrio Larrea, en la zona noroeste de Rosario, el futuro de un terreno ubicado sobre Bolivia al 600 bis abrió una fuerte polémica entre vecinos, descendientes de la familia Casasola y la Municipalidad. Allí, donde durante décadas existió un espacio verde reconocido por los habitantes del barrio como una plaza pública, se proyecta la construcción de una escuela vinculada a la Fundación Fortaleza de Sión.

Desde el municipio sostienen que no hubo una venta del predio, que la cesión fue aprobada por el Concejo Municipal y que solo una parte del terreno será destinada al establecimiento educativo, mientras que el resto se convertirá en una nueva plaza.

Del otro lado del reclamo está Graciela Casasola, nieta de Juan Bautista Casasola, el hombre que dejó esas tierras para que fueran destinadas al uso público. A sus 73 años, Graciela habla de ese terreno como quien habla de una parte inseparable de su propia historia. Su familia, dice, no reclama la propiedad para sí, sino que pretende que se respete el destino que tuvo desde el momento en que sus antepasados cedieron esas tierras.

"Esto no es mío, es de todos", repite Graciela. En esa frase resume el motivo por el que decidió involucrarse en una discusión que, según cuenta, comenzó como una preocupación familiar y terminó convirtiéndose en un reclamo de todo el barrio.

El terreno de los Casasola
Juan Bautista Casasola, su nono, había llegado de Italia después de la guerra. Se instaló en la zona y puso un horno de ladrillos. Con ese trabajo, realizado de sol a sol, consiguió comprar tres cuadras en la zona de La Redonda y luego adquirió tierras en otros sectores. Era, recuerda Graciela, un hombre de trabajo, de esos inmigrantes italianos que construían su patrimonio con las manos y con jornadas interminables.

En julio de 1953, Juan murió a los 68 años. Sus hijos quedaron al frente de la herencia, entre ellos el padre de Graciela. Con el tiempo, al realizarse el loteo y la sucesión, la familia tuvo que cumplir con una disposición municipal de la época: quienes poseían grandes extensiones de tierra debían ceder una parte para calles o para algún espacio de uso público.

Los Casasola decidieron que ese lugar fuera un espacio verde.

Graciela insiste en una precisión que considera fundamental. No se trató de una deuda de la familia con la Municipalidad ni de una entrega realizada porque los Casasola debieran algo. Era, explica, lo que correspondía en aquel proceso de loteo. Podían haberse destinado esas tierras a calles, pero la familia eligió dejar un pulmón verde para el barrio.

"Que no se tome como que la familia Casasola debía, no, nada que ver", sostiene.

Los herederos fueron a la Municipalidad de Rosario y firmaron la cesión porque así correspondía al momento de lotear. Lo hicieron, remarca Graciela, para que ese espacio fuera público y pudiera ser disfrutado por todos.

Durante décadas, sin embargo, el lugar permaneció prácticamente sin intervención municipal. Desde 1953 hasta 1985, su padre lo araba y allí se sembraba maíz y otros cultivos, siguiendo las costumbres de los antiguos inmigrantes italianos. El terreno todavía formaba parte de la vida cotidiana de la familia, aunque su destino final ya estaba establecido.

Fue en 1985, durante la gestión del intendenta Horacio Usandizaga, cuando el lugar se transformó formalmente en una plaza. Se instalaron tres hamacas, un tobogán y algunas luces. No había mucho más, pero para Graciela ese fue el momento en que el espacio comenzó a ser reconocido de manera concreta como aquello para lo que había sido cedido: una plaza para el barrio.

Después de eso, cuenta, prácticamente nunca volvió a ser intervenido.

Pasaron los años y Graciela y otros integrantes de su familia intentaron conseguir que se hiciera algo más. Iba a la vecinal, se acercaba a la Municipalidad y preguntaba por qué no se mejoraba el lugar. También su hijo, arquitecto, se acercó a Planeamiento. No lo hacía solamente desde su profesión, aclara, sino también como nieto de Juan Casasola.

La familia pedía mejoras para el espacio público, no un beneficio propio.

"No pedimos nada para nosotros, porque primero no nos corresponde", explica Graciela. Y enseguida agrega que, además, ese nunca había sido el propósito de su abuelo. El objetivo de Juan Bautista Casasola, sostiene, era que las tierras fueran para el barrio.

La historia familiar quedó también registrada en una placa colocada en el mástil durante la gestión de Usandizaga. Graciela conserva una fotografía de aquel momento. Es, para ella, una de las pruebas materiales de la historia del lugar y de la relación entre su familia y ese espacio.

Pero hay algo que considera todavía más importante que los papeles y las fotografías: la memoria de los vecinos.

Graciela nació y vivió siempre allí. Su padre murió a los 76 años en ese mismo lugar. Ella tiene 73. "Diría Mirta Legrand, somos una leyenda en el barrio", bromea, antes de volver al tono serio con el que cuenta la historia.

Cuando apareció el proyecto
Por eso, la llegada de quienes ahora impulsan la construcción de la escuela la tomó por sorpresa.

Cuando los vio en el terreno, cuenta, le dijeron que se quedara tranquila. Le hablaron incluso de poner el nombre de su abuelo en la biblioteca y de cerrar la plaza. Para Graciela, aquello resultó incomprensible.

"¿Cómo todo eso? No se puede", recuerda haber pensado.

Su reacción fue pedir que le mostraran los documentos y, a partir de allí, comenzó a investigar junto con otros vecinos. Revisaron la información disponible, los antecedentes y aquello que ya se había hecho público. La discusión dejó entonces de ser una preocupación familiar para convertirse en un reclamo vecinal.

Graciela cuestiona también el momento en que la decisión llegó al Concejo Municipal. Según cuenta, el trámite quedó aprobado a fines de diciembre del año anterior, mientras ella llevaba tiempo acercándose a la Municipalidad y recibiendo como respuesta que debía esperar. "Esperar, esperar", recuerda. 

El expediente, según su relato, permanecía en la mesa y nunca avanzaba. Ahora, en cambio, el barrio se moviliza. Graciela asegura que el reclamo no tiene una bandera política. "Nosotros vamos con la verdad, sin política, nosotros vamos con el barrio, con la gente", afirma.

Parte de esa movilización se expresa en las firmas que comenzaron a reunir. Ella las pide a quienes se acercan a su negocio y les explica para qué son: para preservar la plaza y para el barrio.

No sabe si alcanzarán las 1.200 firmas que, según explica, les pide el Concejo para avanzar con el planteo. Pero considera que el número no es lo más importante. Para ella, la voluntad de los vecinos está clara: quieren que ese espacio siga siendo una plaza pública.

Una plaza para los chicos
Detrás del reclamo hay también una preocupación concreta por los chicos.

Graciela habla de los niños del barrio que no tienen dónde jugar, de quienes quieren entrenar y no cuentan con dinero para pagar una actividad. En una zona que describe como industrial, el espacio verde representa también una posibilidad de encuentro y de recreación que, asegura, no sobra.

A pocas cuadras de su casa, sobre Juan José Paso, hay otra escena que para ella demuestra esa necesidad. Cuenta que allí se juntan numerosos chicos para jugar y entrenar. En algún momento, los arcos fueron retirados. Los propios vecinos, relata, los soldaron y volvieron a colocarlos.

Ese gesto resume, para Graciela, la relación que el barrio mantiene con sus espacios públicos. Los vecinos los necesitan, los usan y, cuando hace falta, incluso los reparan por su cuenta.

Por eso considera que el terreno de Bolivia al 600 bis no es simplemente una parcela disponible para un nuevo proyecto. Es la tierra que su abuelo dejó para que el barrio tuviera un lugar donde encontrarse.

La plaza, asegura, se usa. Y lo que ocurrió con los arcos de fútbol es para ella una demostración de ese uso. Fueron retirados en pleno mediodía, según su relato, cuando un vehículo ingresó al lugar. Después, los propios vecinos volvieron a soldarlos y los colocaron nuevamente.

"¿A qué vecino le fueron a preguntar: '¿Vos querés esto?'", cuestiona.

Para ella, el problema no es solamente el proyecto, sino la forma en que se tomó una decisión que afecta a todos sin consultar a quienes viven alrededor. Por eso pide que las autoridades vuelvan a recibir a los vecinos y que puedan explicar sus argumentos "como personas civilizadas".

Los vecinos imaginan incluso qué podrían hacer si el espacio fuera recuperado. Algunos se ofrecen a organizar entrenamientos de fútbol. Una vecina habló de hacer patín; otro vecino imaginó un espacio para básquet aprovechando incluso el paredón del fondo de su casa, de unos cuatro metros de altura.

Graciela también piensa en mesas y bancos de cemento donde las familias puedan sentarse a tomar mate, como ocurre hoy en tantas plazas renovadas de la ciudad.

La necesidad de un lugar de esas características, insiste, es concreta. Quienes viven allí deben trasladarse a otros espacios, como el Parque Alem o la plaza Claudio "Pocho" Lepratti, sobre calle Junín. Para ella, no tiene sentido quitarles el único espacio verde de proximidad cuando el barrio ya tiene una demanda tan fuerte de lugares para jugar, hacer deporte y encontrarse.

El argumento de la escuela
A comienzos de este año, Graciela se cruzó con una concejala que no había participado de la sesión en la que se aprobó la cesión. En esa conversación volvió a escuchar uno de los principales argumentos con los que se defendía el proyecto: en la zona no habría escuelas y, por eso, sería necesario destinar el terreno a la construcción de un establecimiento educativo.

Para Graciela, ese argumento no se sostiene.

Enumera las instituciones que existen en el sector: la escuela Pablo VI, el jardín ubicado a la vuelta de su casa, sobre Ecuador, y la escuela Dr. Luis Chorroarín, además de otra ubicada sobre calle México. También recuerda que en otro terreno que había pertenecido a su abuelo, donde hoy funciona la vecinal 20 de Junio, existe otra institución educativa.

Su cuestionamiento, aclara, no pasa por oponerse a que haya escuelas en el barrio. Lo que discute es que el espacio público sea destinado a una institución que, según denuncia, tendría fines de lucro.

"No queremos escuelas para fines de lucro", aclara. Para ella, si el objetivo fuera responder a una necesidad educativa de las familias de la zona, debería tratarse de una escuela gratuita y de acceso libre.

Desde el municipio, en cambio, el secretario de Gobierno, Sebastián Chale, sostuvo públicamente que la escuela ocuparía apenas un tercio del terreno y que el resto continuaría siendo una plaza completamente renovada.

Para Graciela, esa explicación no refleja lo que se está haciendo en el lugar. "Eso no es verdad", afirma.

Y explica su temor con una imagen concreta: si se coloca un alambrado que atraviese el terreno, de un lado quedaría la escuela y del otro un espacio reducido que, en la práctica, podría quedar limitado a las tres hamacas que existen actualmente.

Para ella, eso no sería conservar la plaza, sino convertirla en una extensión del patio escolar.

Nadie, sostiene, habló con los vecinos para explicarles esa situación. Y recuerda especialmente una conversación con una de las personas que estaban trabajando en el predio, a quien incluso le tomó una fotografía para identificar de dónde provenía.

Según el relato de Graciela, esa persona le confirmó que cerrarían el sector con un alambrado.

Los papeles y el alambrado
La familia tampoco tuvo, según Graciela, un contacto directo con la Fundación Fortaleza de Sión, a la que se cedería parte del terreno.

Cuenta que la primera vez que tuvo contacto con quienes estaban trabajando allí fue cuando vio que pretendían colocar servicios y comenzaron a llevar tierra. Les pidió que retiraran o desparramaran los montículos. En ese momento, relata, pidió explicaciones y documentación.

Su respuesta fue mostrar los papeles que conserva.

Graciela se presenta como heredera y tercera generación de la familia Casasola, pero subraya que existen documentos firmados por su propio padre en la Municipalidad. Para ella, lo que está sucediendo representa un atropello contra su familia, aunque inmediatamente amplía el alcance del reclamo:

"No solamente para mi familia, para el barrio".

La memoria de los vecinos vuelve a aparecer como parte central de su argumento. Si la gente sabe que ese terreno fue donado para uso público, explica, es lógico que los chicos se acerquen a pedirles espacios para hacer actividades. Ellos mismos reconocen que la plaza es pública. Quieren caminar allí, jugar, entrenar y encontrarse.

Graciela sostiene que, si el espacio tuviera una buena vereda y estuviera iluminado, podría convertirse en un lugar mucho más aprovechable. Pero, según cuenta, la situación fue en sentido contrario.

Asegura que quienes comenzaron a trabajar en el predio hicieron cerrar puertas y ventanas de vecinos y que actuaron como si fueran propietarios del lugar. Lo que nunca ocurrió, afirma, fue que alguien le mostrara personalmente la documentación que respaldaba esa situación.

"¿Dónde está la cesión? ¿A dónde está? ¿Quién le dio todo eso?", pregunta.

Reconoce que existe la firma de varios concejales en la documentación, pero cree que quienes votaron la medida no tuvieron en cuenta todos los antecedentes. No cuestiona su capacidad profesional ni su legitimidad para ocupar sus cargos; por el contrario, dice que son personas preparadas y que los vecinos los eligieron para estar allí. Su crítica es que, a su entender, no averiguaron lo suficiente antes de tomar la decisión.

También intentó obtener explicaciones por otros canales. Habló con Anita Martínez y con personas que conoce, pero asegura que nunca recibió una respuesta concreta. Aclara que su vínculo personal con algunos dirigentes no cambia el reclamo: no se trata de una cuestión individual ni de un pedido para su familia.

"Esto no es mío, es de todos", repite.

La plaza, cubierta de tierra
El proyecto que inicialmente avanzaba hacia la construcción de la escuela quedó detenido, al menos por ahora. Pero la paralización no significó que el terreno volviera a su estado anterior.

Al contrario, Graciela describe un espacio atravesado por el barro y las pilas de tierra. Los chicos ya no pueden realizar allí actividades deportivas con normalidad. Los arcos fueron nuevamente soldados y colocados por los vecinos, pero el resto del terreno sigue afectado por las obras y los movimientos de suelo.

La pelea, entonces, también se volvió visible en el estado actual del lugar.

Graciela calcula que hay unos 23 montículos de tierra distribuidos en medio del terreno y que dificultan el uso cotidiano de la plaza.

"¿Cómo puede ser que a una plaza la usurpen así?", se pregunta, convencida de que cualquiera que dude de su relato puede acercarse al barrio y comprobar por sí mismo lo que está ocurriendo.

Mientras esperan respuestas, los vecinos comenzaron a organizar actividades para sostener el reclamo. Hicieron un locro y otras iniciativas destinadas a reunir apoyo. Graciela asegura que van a continuar.

Incluso imagina una nueva etapa para el lugar: pintar, recuperar las paredes que faltan y hacer dibujos para darle color.

Mira las plazas que se construyeron o renovaron en otros sectores de Rosario y quisiera que el municipio pudiera escuchar su propuesta. Menciona especialmente las obras que hizo Pablo Javkin y dice que le gustaría poder explicarle directamente al intendente lo que está transmitiendo públicamente.

Hoy no puede acercarse personalmente porque atraviesa un problema de salud, pero pretende que su voz llegue de todos modos.

En algún momento, cuenta, una secretaria municipal recibió a los vecinos. Pero Graciela cree que el mensaje no llegó correctamente. Según su relato, la funcionaria interpretó que ellos se oponían a la construcción de escuelas.

Ella insiste en que no es eso lo que plantean.

Quieren escuelas, dice, pero no una escuela con fines de lucro instalada sobre el espacio público que consideran destinado al barrio. Quieren una plaza libre, abierta para todos, con iluminación, color, veredas y equipamiento. Una plaza en la que puedan jugar los chicos y reunirse las familias.


Hoy, en cambio, describe un terreno convertido en barro. Las pocas viviendas que quedaron pegadas al predio tienen dificultades incluso para salir de sus casas.

Graciela explica que el tamaño original de las tierras de su abuelo era tan grande que con el tiempo se construyeron galpones y quedaron pocos vecinos alrededor. Pero justamente esos pocos habitantes son quienes, según sostiene, están padeciendo directamente las consecuencias de las obras.

El miedo a que la plaza se vuelva un patio
La respuesta municipal tampoco la convence. Chale sostuvo que la escuela ocuparía aproximadamente un tercio del terreno y que el resto se convertiría en una plaza completamente renovada. Para Graciela, el problema no se resuelve con la cantidad de metros que queden libres, sino con el modo en que ese espacio podrá utilizarse.

Si se coloca un alambrado de un extremo al otro, explica, de un lado quedaría la escuela y del otro una porción de terreno que podría terminar reducida a las tres hamacas que existen actualmente.

Así, las hamacas que hoy sobreviven en la antigua plaza podrían terminar formando parte del espacio de uso de la escuela. Es justamente esa posibilidad la que Graciela rechaza con mayor fuerza.

Para ella, el problema no es solamente cuánto terreno quedará fuera del proyecto, sino quién podrá usarlo y en qué condiciones.

Porque la discusión vuelve al mismo punto desde el que comenzó la historia familiar: aquellas tierras fueron cedidas para que fueran públicas.

Graciela recuerda una conversación con una de las personas que trabajaban en el predio. Según cuenta, fue esa persona quien le explicó cómo sería el cierre del terreno: colocarían un alambrado de un extremo al otro, delimitando unos 600 metros.

"¿Cómo cerrar? No podés cerrar, es público", recuerda haberle respondido.

La explicación que recibió fue que, de esa manera, quedaría el jardín. La propuesta no terminó allí. También le hablaron de la posibilidad de colocar detrás una biblioteca y ponerle el nombre de su abuelo. Pero tampoco esa alternativa la convenció.

Graciela no quiere que le pongan el nombre de su abuelo a una biblioteca como forma de compensación. El nombre de Juan Casasola, dice, ya está inscripto en la memoria del barrio. No necesita una placa ni una denominación para justificar lo que, desde su perspectiva, ya forma parte de la historia de ese lugar.

"Yo no quiero el nombre de mi nono", resume. Para ella, el homenaje ya está hecho de otra manera: en las tierras que su abuelo dejó y en el uso público que tuvieron durante décadas. "Acá fue donado de corazón, de corazón y para el barrio", insiste.

Una historia que el barrio recuerda

El caso despierta también recuerdos de otros espacios públicos que terminaron perdiendo parte de su función comunitaria.

Durante la conversación, la historia de Bolivia al 600 bis fue comparada con la de una antigua plaza y canchita de fútbol ubicada sobre Pellegrini, entre Iriondo y Crespo. Allí, durante años, los chicos del barrio entrenaban, jugaban partidos y organizaban torneos.

Con el tiempo, aquel espacio fue ocupado por un supermercado. La promesa, según recuerdan quienes conocen esa historia, era que se construiría una plazoleta como compensación. Quedó, finalmente, un pequeño espacio triangular con tres árboles y algunos bancos.

El complejo deportivo y el lugar de recreación que utilizaban los chicos, en cambio, desaparecieron.

Ese antecedente vuelve a aparecer ahora como una advertencia para quienes defienden la plaza de Bolivia. La preocupación de los vecinos es que algo similar ocurra allí: que una parte del espacio sea destinada a otro uso y que la promesa de una plaza renovada termine dejando en el camino aquello que hacía que el lugar fuera realmente de todos.

Para Graciela, la diferencia entre una cosa y otra está en algo tan sencillo como la posibilidad de entrar, jugar, caminar y encontrarse.

Un espacio público, sostiene, no debería necesitar permiso para ser utilizado por quienes viven alrededor.

Las firmas, entre carbón y leña
Mientras la discusión continúa, los vecinos mantienen abierta la campaña de firmas para respaldar el reclamo.

Graciela recibe a quienes quieran adherir en su propio negocio, ubicado a pocos metros de la plaza. Está en Juan José Paso 6853, a la vuelta del terreno que perteneció a su abuelo.

Allí funciona una carbonería, un negocio familiar que Graciela heredó de su padre y que mantiene desde hace toda la vida. Es, además, el lugar desde donde sostiene buena parte de la campaña. Las planillas para firmar están allí y, cuando puede, también sale a repartirlas por el barrio.

La respuesta que encuentra entre sus clientes, cuenta, refuerza su convicción de que el reclamo excede ampliamente a la familia Casasola.

Cuando explica para qué son las firmas, muchos hacen la misma pregunta: si es para el barrio. Y cuando Graciela responde que sí, que es para el barrio, la adhesión aparece.

No sabe cómo terminará el reclamo. Espera que las autoridades vuelvan a recibir a los vecinos y que exista una respuesta favorable a su planteo. Mantiene la esperanza de que el lugar pueda recuperarse y transformarse en la plaza que, según entiende, el barrio merece.

Una plaza con juegos, iluminación, veredas, espacios deportivos y lugares de encuentro. Su deseo, dice, es poder festejar algún día con los vecinos la recuperación del espacio.

El destino de una decisión
Más de siete décadas después de la muerte de Juan Casasola, su nieta sigue defendiendo aquella decisión.

No habla de recuperar una propiedad familiar. Los vecinos tampoco reclaman una propiedad privada. Lo que Graciela defiende es que el espacio continúe cumpliendo el destino que, según sostiene y según los documentos que conserva, tuvo desde el principio: ser una plaza para todos.

La discusión sobre el futuro del terreno de Bolivia al 600 bis tampoco se limita, para ella, a cuántos metros serán ocupados por la escuela o a cuánto espacio quedará para una eventual plaza renovada.

Lo que está en juego, sostiene, es el carácter público de un lugar que su familia cedió "de corazón" para el barrio.

Juan Casasola llegó de Italia, trabajó durante décadas, levantó un patrimonio y, cuando llegó el momento de lotear las tierras, una parte fue destinada a convertirse en un espacio público. Graciela cree que aquella decisión debe seguir vigente.

No quiere que le devuelvan las tierras. No pretende ponerle su apellido a una biblioteca. Tampoco pide una plaza en beneficio de su familia.

Lo que reclama es que aquello que Juan Casasola dejó para todos continúe siendo, efectivamente, de todos.

La campaña de firmas sigue en su carbonería de Juan José Paso 6853. Allí, entre leña y carbón, Graciela continúa contando la historia de su abuelo y explicando a cada vecino por qué considera necesario defender ese terreno.

La pregunta que recibe de quienes escuchan su relato es siempre parecida: "¿Es para el barrio?". Y su respuesta también: "Sí, es para el barrio".

Ese es el destino que quiere preservar. Y también, en su mirada, la deuda que el presente tiene con una decisión tomada hace más de setenta años: que una parte de las tierras de Juan Casasola siguiera siendo un lugar abierto para los chicos, las familias y todos los vecinos de Larrea.

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