domingo, 12 de abril de 2026

Semilla de paz: la canción que nació del horror para sanar a una comunidad

El impacto del hecho trágico en la Escuela N° 40 todavía flotaba en el aire cuando Gerónimo Núñez, docente, músico y nacido en San Cristóbal, encontró en la música una forma de procesar lo ocurrido. De familia atravesada por el arte y con un estudio de grabación propio, transformó el dolor colectivo en una canción que comenzó a circular rápidamente: "Semilla de paz", una pieza que ya recorre redes sociales y se multiplica entre quienes buscan poner en palabras lo que cuesta decir. Sobre este tema, además, Núñez dialogó en Señales, Aire Libre, Radio Comunitaria.

La obra nació como una respuesta íntima, casi urgente. Núñez estaba en la escuela cuando todo sucedió. Se disponía a entrar a un aula cuando la rutina se quebró: movimientos inusuales, murmullos, una compañera que lo alerta por su sobrina. La confusión inicial se transformó en angustia cuando alguien mencionó disparos. En medio de la incertidumbre, llamó a su hermana y supo que la niña estaba a salvo, que había corrido hasta su casa cercana. Ese alivio inmediato no logró disipar la conmoción, pero sí marcó el inicio de un proceso interno que derivaría en su canción.

Con el correr de los días, las imágenes se volvieron persistentes. La escuela, con la bandera a media asta y un silencio inhabitual, quedó grabada en su memoria. De ese paisaje surgieron los primeros versos: un patio enmudecido, un aire detenido, un frío que no era de invierno sino del alma. Núñez comenzó a hilvanar frases, a darle forma a un relato sensible que condensara lo vivido por toda la comunidad.

La composición avanzó durante Semana Santa, en un contexto que él mismo reconoce atravesado por su fe. Católico y profundamente convencido de que, donde las palabras no llegan, la música sí lo hace y sana. Allí aportó su granito de arena para ayudar a otros a sanar, tal como lo ayudó a él escribirla, porque la canción ya no le pertenece: es de la comunidad de San Cristóbal. En cada verso buscó que fuera un abrazo, para que hoy nadie tuviera miedo, con una intención clara: transformar el dolor en esperanza. La escuela no es para él un espacio ajeno; allí cursó desde el nivel inicial hasta el secundario y hoy vuelve como docente de música en el nivel primario. También es el lugar al que asisten su hijo y su sobrina. Esa cercanía volvió todo más intenso, más personal.

En medio de toda esa maraña de emociones, Núñez lo tiene claro: cuando las palabras ya no llegan, la música entra en juego y puede curar. Así pensó "Semilla de paz", no como una obra propia sino como un gesto colectivo, un "granito de arena" que ayude a otros a transitar el duelo. Cada verso fue concebido como un abrazo, como una forma de acompañar y de espantar el miedo. Por eso insiste en que la canción dejó de pertenecerle; ahora es de San Cristóbal.

Desde lo musical, trabajó con especial atención en la carga emocional, en la composición y en la partitura, convencido de que sin esa profundidad el mensaje perdería fuerza. En un principio, la canción fue compartida en un círculo íntimo, pensada para familiares y cercanos. Sin embargo, pronto trascendió ese ámbito y comenzó a difundirse ampliamente. Pero por más lejos que llegue su música, Núñez no pierde de vista lo más importante: si aunque sea una persona se siente menos sola o encuentra un ratito de alivio al escucharla, ya está. Vale la pena, el objetivo se cumplió.

El trasfondo de la obra también es una reflexión sobre el presente. La violencia, advierte, ya no es un fenómeno aislado ni lejano; se ha vuelto cotidiana, visible en las calles y amplificada por las dinámicas actuales. Señala una preocupación creciente por los adolescentes, atravesados por procesos de formación en contextos cada vez más complejos, y por el rol de los adultos, muchas veces ausentes en la mirada atenta hacia sus hijos.

En ese sentido, el hecho que sacudió a la escuela aparece como un extremo, una situación límite que nunca debería haber ocurrido, y menos en un ámbito que históricamente fue concebido como seguro. La herida que dejó es profunda y colectiva.

Al describir San Cristóbal, Núñez apela a una imagen que contrasta con el presente. Recuerda un pueblo que supo ser casi un paraíso: bicicletas apoyadas sin candado, puertas abiertas, chicos que llegaban desde ciudades como Rosario y no querían irse. Con el tiempo, reconoce, ese escenario cambió. La modernidad trajo también nuevas problemáticas: rejas, cámaras de seguridad, una sensación de alerta que antes no existía. Sin embargo, insiste en que lo ocurrido desborda incluso esa transformación; es un quiebre.

La comunidad, ahora, enfrenta el desafío de recomponerse. La escuela, herida pero en pie, debe seguir siendo un espacio abierto. Núñez piensa en sus colegas, en los alumnos, en las familias, y en la necesidad de reconstruir desde el acompañamiento. En ese proceso, su canción se instala como un gesto mínimo pero significativo: una forma de nombrar el dolor, de no negarlo, y al mismo tiempo de sembrar, en medio de la angustia, una posibilidad de paz.

La incertidumbre sobre el futuro aparece como una sombra inevitable en el relato de Gerónimo Núñez. La pregunta —qué va a pasar, si algo así podría repetirse— no encuentra en él una respuesta cerrada, sino una reflexión atravesada por la realidad. Mientras la justicia y el sistema sanitario avanzan en sus respectivos roles, sostiene que a los docentes les corresponde enfrentar lo más difícil: habitar el dolor y acompañarlo.

En ese camino, describe un proceso que será necesariamente lento. Primero, el impacto inicial, la conmoción que atraviesa a toda la comunidad educativa. Luego, el trabajo con las familias, con los padres que hoy sienten miedo e inseguridad, con los niños y jóvenes que deberán volver a un espacio que ya no perciben del mismo modo. No hay apuro posible, insiste; será un recorrido largo, con avances y retrocesos, sostenido también por el acompañamiento institucional y, sobre todo, por el apoyo emocional que la situación exige.

El regreso a la escuela comienza a delinearse. La semana siguiente, los docentes darán los primeros pasos para reencontrarse con ese escenario transformado. Núñez reconoce que no todos llegan de la misma manera: algunos se sienten fuertes, otros profundamente afectados. Hay, incluso, una sensación compartida de haber fallado, como si la escuela —ese lugar históricamente seguro— hubiera quedado expuesta a algo que escapó por completo a sus manos. No lo atribuye a responsabilidades individuales, sino a una trama más amplia, a un sistema y a una realidad social que desbordan a la institución.

En ese contexto, el rol de la comunidad se vuelve central. Núñez retoma una idea que también atraviesa su canción: la necesidad de unirse para que algo así no vuelva a suceder. Habla de una tarea que empieza en los hogares, que continúa en las instituciones y que exige una mirada más atenta sobre los jóvenes. Advierte sobre una generación que crece inmersa en un mundo virtual y tecnológico, muchas veces lejos de la mirada adulta, y sobre la falsa sensación de que ciertas cosas "no van a pasar" hasta que, de pronto, ocurren y dejan al descubierto problemáticas latentes.

El desafío, entonces, no es solo recomponer lo que se quebró, sino construir algo distinto. Núñez es claro: después de lo sucedido, nada volverá a ser igual. La escuela ya no puede limitarse a transmitir contenidos; deberá priorizar lo emocional, reconstruir la seguridad, volver a ser un espacio de contención. Las imágenes de los chicos corriendo, del intento de algunos por regresar a un lugar que sentían propio pero que de repente dejó de ser seguro, condensan esa ruptura.

Aun así, rescata los gestos en medio del caos: quienes buscaron resguardarse, quienes actuaron para evitar que la situación fuera aún peor. En ese entramado de miedo, reacción y cuidado, se sostiene también la posibilidad de seguir adelante.

Su canción, "Semilla de paz", vuelve a aparecer como una extensión de ese compromiso. Núñez la piensa como un abrazo permanente a la comunidad, una forma de no olvidar. Le preocupa que el paso del tiempo diluya la memoria de lo ocurrido; por eso insiste en la importancia de recordar, no como una experiencia que deba repetirse, sino como un punto de reflexión que permita revisar el rumbo colectivo.

Esa reflexión también interpela el trabajo cotidiano en las aulas. Volver a la escuela implicará, para él y sus colegas, correrse del esquema tradicional y abrir espacios para lo emocional, para hablar de lo que duele, para reconstruir vínculos desde la seguridad y el cuidado.

En lo personal, Núñez se define con cierta distancia de la exposición. Aunque su canción circula ampliamente, no es alguien que busque protagonismo en redes sociales. Las utiliza como herramienta, pero prefiere preservar la calma, mantener la cabeza en equilibrio en un contexto que ya de por sí resulta abrumador.

Su vínculo con la música, sin embargo, es profundo y viene de larga data. Criado en una familia de músicos, lleva años apostando a que el arte sea un canal para los jóvenes, una forma de encontrar sentido, de expresar lo que a veces no se puede decir de otra manera. Esa convicción se refuerza en el presente, atravesado también por su rol como padre y como docente.

Al final, lo que queda es una certeza atravesada por dudas: no tiene todas las respuestas —lo reconoce—, pero sí la decisión de enfrentar lo ocurrido. En ese gesto — a caballo entre la fragilidad y el compromiso — está su propia historia y también su canción. Una canción que dejó de ser solo suya, y ahora es una voz de muchos, tratando de abrirse paso, de encontrar una salida en medio del dolor.
Cuando el dolor se vuelve colectivo y la esperanza se construye juntos
La letra de "Semillas de paz" empieza mostrando el golpe inmediato del hecho y cómo el día a día de la escuela se rompe de golpe. De repente, ese bullicio habitual del aula queda en silencio y lo que queda es desconcierto. El dolor que aparece no es de uno solo, sino de todos: lo sienten las familias, los chicos, los maestros, los vecinos. Todos quedan marcados por la misma herida.

El texto pone el foco en los chicos. Hay una preocupación clara por cómo les afecta lo que pasó y por la necesidad de protegerlos, sobre todo cuando todo alrededor se vuelve frágil. Frente a ese dolor compartido, la canción invita a que nadie se quede solo. Propone transformar el dolor en acción conjunta, buscar contención en la unión. Estar juntos es una forma de resistir.

Además, la letra defiende a la escuela como un lugar que hay que cuidar y volver a armar entre todos, porque tiene que ser un espacio seguro, de encuentro, de vida. No ofrece salidas mágicas ni rápidas. Sabe que la recuperación va a llevar tiempo, que hace falta estar presentes y comprometerse.

Sobre el final, el mensaje mira hacia adelante. Invita a recordar y a repetir ese "nunca más", con el deseo firme de que algo así no vuelva a pasar. Lo que queda es un compromiso colectivo para cuidar el futuro.

"Semillas de paz" no es solo una canción. Es un testimonio de lo vivido y un llamado a reconstruir el tejido social que quedó herido, apostando siempre a lo colectivo.

Semillas de paz
El patio quedó en silencio,
el aire se detuvo,
un frío que no es de invierno
en el alma se instaló.

San Cristóbal hoy abraza
un dolor que no buscaba,
y en cada esquina del barrio
se siente el mismo clamor.

Las aulas guardan preguntas
que hoy no tienen respuesta,
y el peso de la tristeza
se hace difícil de andar.

Miramos a nuestros hijos,
buscamos en sus ojos
la luz que ayer brillaba
y que hoy parece temblar.

A las familias que sufren,
a los que hoy tienen miedo,
queremos decirles "fuerte",
nadie solo va a estar.

Porque el camino es largo
y el tiempo será el maestro
que nos enseñe de a poco
el modo de caminar.

[Estribillo]

Que el dolor se vuelva manos,
que la angustia sea unión
para cuidar el futuro
de toda nuestra ciudad.

Que no se apague la infancia,
que no regrese el horror,
queremos escuelas libres,
llenas de vida y color.

San Cristóbal se levanta
con la fuerza del amor
para que nunca, nunca más,
se repita este dolor.

A los alumnos valientes
que hoy buscan un sentido,
les prometemos escucha,
les prometemos sostén.

No hay herida que cierre
si la dejamos de lado,
hay que sanar entre todos,
aprender a estar bien.

Que la palabra sea abrazo,
que el encuentro sea abrigo
y que el respeto sea
el único lenguaje que hablemos hoy.

Llevará tiempo, lo sabemos,
no hay que apurar el paso,
pero cada gesto cuenta,
cada abrazo es un lazo.

Desde el aula hasta la plaza,
desde el vecino al hogar,
somos una comunidad
que hoy elige la paz.

[Estribillo]

Que el dolor se vuelva manos,
que la angustia sea unión
para cuidar el futuro
de toda nuestra ciudad.

Que no se apague la infancia,
que no regrese el horror,
queremos escuelas libres,
llenas de vida y color.

San Cristóbal se levanta
con la fuerza del amor
para que nunca, nunca más,
se repita este dolor.

Que la bandera que izamos
sea un manto de hermandad
por los que están, por los que faltan...
por nuestra comunidad.

Nunca más... por la paz.
Por la paz.

Escuchá el tema y la entrevista completa:

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