De un streaming a un libro urgente, Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano reconstruyen una Argentina atravesada por la historia que vuelve, la política que duele y una memoria que insiste en organizarse como resistencia
En Señales se abre la escena con una certeza que funciona como punto de partida: el libro del que se disponen a hablar no nació, en sentido estricto, como libro. Surgió, más bien, como una urgencia, como la necesidad imperiosa de narrar qué ocurre cuando la historia regresa, cuando aquello que parecía definitivamente clausurado vuelve a hacerse presente y la proscripción deja de ser apenas un recuerdo para convertirse en una experiencia concreta y palpable.
Así nace Proscripta y Sublevada, crónicas de una Argentina indomable. El libro no salió de la nada: primero fue un stream, un encuentro en vivo donde la reflexión se armaba al momento. Después, eso se transformó en crónica escrita, y finalmente tomó la forma de libro. Este cambio no es solo cuestión de formato; trae también un cambio de sentido. El texto pasa a ser una herramienta política, cultural, y a la vez, una clave para entender el presente argentino.
Así nace Proscripta y Sublevada, crónicas de una Argentina indomable. El libro no salió de la nada: primero fue un stream, un encuentro en vivo donde la reflexión se armaba al momento. Después, eso se transformó en crónica escrita, y finalmente tomó la forma de libro. Este cambio no es solo cuestión de formato; trae también un cambio de sentido. El texto pasa a ser una herramienta política, cultural, y a la vez, una clave para entender el presente argentino.
Autores con historia
Para comprender ese recorrido, se introducen a sus autores, los periodistas Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano, ubicándolos dentro de tradiciones y trayectorias bien definidas.
De Caballero se destaca su extensa carrera en medios gráficos, radiales y televisivos. Se recuerda también su paso por la dirección de la revista Veintitrés y su trabajo en diarios como Tiempo Argentino, espacios donde consolidó una mirada atravesada por la investigación, la perspectiva histórica y una posición ideológica explícita. Se lo describe como una voz reconocida del análisis político argentino, alguien que ha construido su perfil articulando memoria y presente. En esa línea, se subraya también su producción como autor de libros dedicados a la historia política del país, al peronismo y al rol de los medios de comunicación, siempre con la intención de recuperar el pasado como herramienta para leer el tiempo actual.
Luego el foco se desplaza hacia Ottaviano, presentada como periodista, escritora y docente universitaria, con una trayectoria igualmente marcada por el cruce entre comunicación y política. Se resalta su papel como la primera Defensora del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual en Argentina, un cargo que la inscribe dentro del proceso de democratización de la palabra. A partir de allí, se reconstruye un recorrido profesional ligado a los derechos humanos, la comunicación y la perspectiva de género. Se la define como una autora e investigadora cuya mirada articula el ejercicio periodístico con la participación ciudadana, aportando una dimensión colectiva a los debates sobre medios y democracia.
Ottaviano recoge las primeras impresiones de la llegada a Aire Libre, Radio Comunitaria y las convierte en escena: la vuelta a Rosario después de un tiempo, el ingreso al barrio, las banderas desplegadas, los símbolos que condensan una historia de luchas. Entre ellos, la defensa de los derechos humanos, de la memoria, la verdad y la justicia, y también la figura de El Eternauta, que aparece como emblema de resistencia colectiva. En ese clima, los autores expresan una gratitud que no es meramente protocolar, sino cargada de emoción. Se los percibe visiblemente conmovidos, felices por el recibimiento y atravesados por una sensación que oscila entre el reconocimiento y el paso del tiempo, incluso con un dejo de ironía cuando deslizan que, con tantas cosas hechas, tal vez empiecen a sentirse "viejos".
Del streaming al libro
A partir de allí, el relato se interna en el origen del libro. Proscripta y Sublevada —explica Ottaviano— no surge de la nada, sino que tiene su raíz en Cenizas quedan, un streaming que llevan adelante a través de Eva TV y ARI12, donde cada domingo, a las 10 de la mañana, publican sus emisiones. La primera temporada ya fue realizada y, aunque el proyecto atraviesa una pausa, la continuidad está prevista para el segundo semestre. El libro, entonces, aparece como una derivación de ese espacio, pero también como una mutación.
El punto de quiebre —señala Caballero— llega con la detención de Cristina Fernández de Kirchner. Ese evento llega como un golpe, sacude todo y nos obliga a mirar el presente de otra manera. Para los autores, profundamente involucrados en los debates sobre la democratización de la comunicación y defensores de la ley de medios, la figura de Cristina había representado una voluntad política capaz de materializar demandas históricas de los medios comunitarios, populares y alternativos. Su detención, entonces, no fue leída como un hecho aislado, sino como una herida propia: la sensación —según reconstruye el periodista— fue que, de algún modo, también ellos estaban siendo encarcelados.
Memoria, historia y presente
Ese impacto inicial da lugar a un movimiento hacia la memoria. Allí evocan historias familiares atravesadas por otras formas de proscripción política y cultural en la Argentina, y en ese ejercicio encuentran claves para interpretar el presente. Así nace el libro: como una respuesta urgente, organizada en diez crónicas que retoman y reelaboran materiales del streaming. Caballero lo dice claro: no intentan ser historiadores. Son cronistas, quieren ayudarnos a ver las cosas con un poco de contexto, a entender lo que está pasando y impedir que lo que sufrió Cristina termine afectando a millones de argentinos.
La voz de Cynthia Ottaviano amplía el diagnóstico y lo vuelve más sombrío. Describe un tiempo de vulneración de los derechos humanos en la Argentina, donde la proscripción de Cristina remite a antecedentes históricos, incluso anteriores a la última dictadura cívico, militar, empresaria, judicial, mediática y clerical. Subraya la excepcionalidad del momento: desde el retorno democrático de 1983, sostiene, no se había producido una prisión política de estas características. Recuerda, además, que la propia Cristina escribe el prólogo del libro tras 150 días de detención, desde su domicilio en San José 1111, en lo que define explícitamente como una prisión injusta.
El intento de magnicidio y el clima de época
Pero el análisis no se detiene allí. Su relato incorpora otro episodio decisivo: el intento de magnicidio contra la ex presidenta, un hecho que, según se subraya, no tiene precedentes en la etapa democrática reciente. La periodista remarca la gravedad del acontecimiento y recupera un punto clave de los fundamentos judiciales: la identificación de los discursos de odio —propagados tanto en medios de comunicación como en redes sociales— como condición necesaria para que ese intento pudiera ocurrir. La advertencia, en ese sentido, es clara: sin una toma de conciencia institucional, social y política sobre estos discursos, hechos similares podrían repetirse.
En ese marco, el relato se vuelve diagnóstico: la Argentina aparece como un país en estado de jaque, con una democracia debilitada y una circulación inédita de discursos de odio, incluso desde las más altas esferas del poder político y en ámbitos centrales como el Congreso. La periodista subraya la ausencia de una respuesta estructural: no hay, según esta mirada, una estrategia sostenida ni en los medios, ni en el sistema educativo, ni en las instituciones para abordar el problema.
Una democracia en tensión
Aunque se reconoce la masividad de las movilizaciones recientes y una mayor sensación de acompañamiento social, el cierre deja una inquietud abierta: la necesidad de profundizar la democracia no parece estar siendo asumida como una práctica cotidiana. Y en esa distancia entre lo que ocurre y lo que debería ocurrir, el libro encuentra, una vez más, su razón de ser.
Ottaviano convierte todo en un hilo continuo donde lo personal, lo político y lo profesional se entrelazan sin cortes. El libro —explica— aparece definido por ellos mismos como un emergente, casi como un grito desesperado frente a una coyuntura que exige ser pensada. No se trata solamente de volver sobre los años setenta, sino de ampliar el lente hacia las décadas del 60 y del 50, en una búsqueda por inscribir el presente en una historia más larga de conflictos, proscripciones y resistencias.
Una historia compartida
En ese recorrido, la crónica se detiene también en la historia compartida de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano. Se reconstruye una relación que lleva más de treinta años, iniciada en la redacción del diario La Prensa, donde se conocieron a comienzos de los años noventa.
"Perdón, para distender, ¿Amalita fue la madrina? ¿Porque La Prensa era de doña Amalia Lacroze en aquel momento?", pregunta el conductor. "Nosotros estábamos desde antes", indica Ottaviano. Entraron por separado, sin conocerse, y fue recién en diciembre de 1992, cuando el medio fue adquirido por Amalita, que sus trayectorias empezaron a entrelazarse en un contexto tan particular como revelador: el de un diario comprado —como ellos mismos evocan— "con la gente adentro".
Aquella etapa aparece en el relato como una experiencia formativa, atravesada por el intento —fallido— de competir con el multimedio Grupo Clarín. Ese momento es reconstruido como una suerte de laboratorio temprano de disputas mediáticas: se menciona el papel que jugó el fenómeno de Gran DT, cuyo control terminó en manos de Clarín y que, según sugieren, inclinó decisivamente la balanza. El proyecto de La Prensa no prosperó y, en pocos meses, ya estaba en crisis.
Pero más allá del fracaso empresarial, la experiencia dejó huellas en términos de organización y conflicto. La crónica recupera el despido de más de 300 trabajadores, la toma de la redacción y una serie de luchas que luego tendrían continuidad en otros medios. Aparece también la figura de Hernán Brienza como compañero de aquellos años en la sección Policiales, donde se abordaban temas como la violencia institucional.
El relato avanza y muestra cómo, a lo largo del tiempo, Caballero y Ottaviano fueron postergando un proyecto compartido: escribir un libro de investigación periodística. Entre la vida profesional y la personal —hijos, proyectos, trayectorias— esa idea quedó en suspenso, hasta que el contexto político reciente actuó como detonante.
Ottaviano sitúa ese punto de inflexión en el clima social posterior al triunfo de Javier Milei y en el balance crítico del gobierno de Alberto Fernández junto a Cristina Fernández de Kirchner. Lo que emerge, según reconstruye, es una sensación extendida de tristeza, angustia y desolación, así como una percepción de deuda y de expectativas incumplidas. En ese contexto surge Cenizas quedan como proyecto comunicacional, que intenta responder a una pregunta de fondo: cómo puede ser que, con una historia marcada por la rebeldía y la insurgencia en el campo nacional y popular, predomine un estado de desánimo tan profundo.
De ese espacio —multimedial por definición, con proyecciones hacia el audiolibro y el formato podcast— nace luego el libro como una de sus derivaciones más urgentes. Y no se trata de un cierre, sino de una apertura: se deja constancia de que ya está en marcha un segundo tomo, con la idea de una trilogía en desarrollo, mientras continúan las presentaciones públicas, descritas como experiencias colectivas antes que simples eventos literarios. En ellas —observa— se produce algo particular: lo que comienza con un público apagado suele transformarse en una suerte de asamblea, con cantos, conmemoraciones y una reconstrucción del sentido de pertenencia, en contraste con la fragmentación que —según interpretan— caracteriza al presente.
Una hipótesis: la baja autoestima social
El núcleo conceptual del libro aparece entonces con mayor claridad. Se sintetiza la hipótesis de los autores: la Argentina atraviesa una suerte de "baja autoestima social". Una serie de convencimientos instalados —la imposibilidad de una democracia plena, la naturalización de salarios bajos, la renuncia al bienestar cotidiano— configuran una subjetividad colectiva degradada. Frente a eso, el libro propone una intervención: recordar que esos límites no son naturales ni inevitables.
Pero, como se subraya, no se trata solo de recordar, sino de comprender. En esa distinción reside una de las claves del proyecto. A través de las crónicas, los autores buscan demostrar que la historia argentina está atravesada por ciclos de persecución y proscripción, pero también por momentos de salida, de recuperación, de afirmación colectiva. Y que en esos momentos hay un factor decisivo: la autoestima de un pueblo que, llegado cierto punto, dice "no", reflexiona Caballero.
Villa Manuelita: la historia que ilumina
Se introduce entonces uno de los episodios que el libro rescata con mayor fuerza: la experiencia de Villa Manuelita, en Rosario, que aparece como símbolo de esa capacidad de resistencia. Se destaca que ese capítulo es especialmente valorado por Cristina Fernández de Kirchner, quien lo menciona en el prólogo, reforzando la idea de que ciertas escenas del pasado permiten iluminar el presente.
En ese cruce, la figura de Cristina vuelve a ocupar un lugar central. El relato sugiere que su situación condensa tensiones más amplias: su detención no solo se interpreta como un hecho individual, sino como una condición de posibilidad para determinadas políticas. En esa lectura, su ausencia del escenario político habilitaría procesos que, de otro modo, encontrarían mayores resistencias.
El conductor retoma una reflexión que atraviesa todo el libro: la elección de la crónica como forma narrativa. No es casual, sugiere. La crónica permite moverse entre el pasado y el presente, entre la memoria y la interpretación y, sobre todo, habilita ese pasaje fundamental que los autores consideran imprescindible: no quedarse en el recuerdo, sino avanzar hacia la comprensión. Allí, en ese desplazamiento, es donde el libro encuentra su sentido más profundo.
Ottaviano recoge esa reflexión y la transforma en una clave de lectura: la tensión entre no ser historiadores y, sin embargo, sumergirse de lleno en la historia. En esa aparente contradicción, reconstruye una idea central de los autores: el ejercicio del periodismo implica, necesariamente, una cuota de irreverencia; una voluntad de intervenir en campos que, en principio, no le son propios, pero que en la Argentina —subraya— siempre estuvieron profundamente entrelazados. La historia nacional, recuerda, está atravesada por figuras que fueron a la vez periodistas y protagonistas políticos, lo que vuelve inevitable ese diálogo entre escritura, poder e interpretación del pasado.
En ese marco, se señala que la propuesta de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano no es disputar el lugar de la historiografía académica, sino intervenir desde otro registro: el de quienes se asumen, ante todo, como narradores. "Contadores de historias", en sus propios términos, pero con un compromiso explícito con la búsqueda de la verdad y con una ética profesional que articula metodologías periodísticas con una reflexión más amplia sobre cómo se construye una verdad que —insisten— es siempre colectiva.
Se destaca entonces una de las apuestas más singulares del libro: trabajar sobre hechos que, según plantean, "no fueron hechos historia". Episodios que quedaron al margen de los grandes relatos, o que fueron absorbidos como mitos sin ser plenamente comprendidos en su dimensión política y social. Allí reaparece Villa Manuelita, no como una postal ni como una anécdota, sino como un capítulo clave para pensar los procesos históricos desde otra perspectiva, más atenta a las experiencias concretas que a las síntesis consagradas.
En ese punto, se introduce una distinción que atraviesa toda la obra y que los autores retoman incluso del prólogo de Cristina Fernández de Kirchner: no alcanza con recordar la historia, ni siquiera con "saberla" en términos enciclopédicos. La verdadera tarea es comprenderla. Además, se subraya la crítica implícita a una forma de conocimiento basada en datos aislados —fechas, nombres, acontecimientos— que puede ser replicada mecánicamente, incluso por herramientas tecnológicas, pero que no logra explicar los mecanismos profundos que hacen posibles esos hechos.
Esa búsqueda de comprensión, se señala, se extiende también a la forma en que el libro circula. Las presentaciones —o, como prefieren llamarlas, "juntadas"— se convierten en espacios donde la historia deja de ser un objeto distante y pasa a ser una experiencia compartida. Se describen escenas en las que los asistentes no solo escuchan, sino que intervienen, narran y aportan sus propias memorias: carnets de afiliación, historias familiares, relatos de participación política. La historia, así, se reconstruye desde abajo, desde los "nadies", en un gesto que busca disputar el sentido mismo de quiénes son los sujetos legítimos de la memoria.
En ese contexto, emerge otro de los núcleos del libro: la idea de pensar el Estado y la organización social a partir de experiencias concretas del pasado. Cynthia menciona el trabajo sobre las llamadas "células mínimas" y el rol de la Fundación Eva Perón como ejemplos de formas de intervención estatal capaces de identificar problemas y resolverlos en plazos breves. No se trata de una evocación nostálgica, sino de un intento por imaginar nuevas formas de estatalidad a partir de esas experiencias.
Soberanía, peronismo y disputa de sentido
El relato avanza entonces hacia otro episodio significativo: la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre, presentada como un hito de la resistencia peronista. Caballero reconstruye el sentido de la consigna "Patria sí, colonia no", surgida en ese contexto, y señala cómo detrás de esa frase se articula una comprensión profunda: la relación directa entre soberanía nacional y bienestar social. No es solo un lema, sino la expresión de una conciencia política de clase que vinculaba la defensa de lo nacional con las condiciones materiales de vida.
Esa línea interpretativa permite, según se plantea, tender puentes con el presente. Ottaviano menciona el proceso de nacionalización impulsado durante el gobierno de Juan Domingo Perón y lo contrapone con decisiones posteriores, como la apertura al FMI durante la presidencia de Arturo Frondizi, estableciendo una continuidad de tensiones en torno a la soberanía económica. Incluso aparecen referencias más cercanas, como el caso Vicentín, para señalar cómo la historia también está hecha de oportunidades perdidas o procesos inconclusos.
Luego se subraya que, en ese entramado, el objetivo del libro no es acumular episodios, sino ofrecer herramientas para interpretar el presente: entender por qué se producen ciertas crisis, por qué se debilita la democracia, por qué el endeudamiento condiciona el desarrollo. Y, sobre todo, por qué resulta necesario enfrentar la proscripción y recuperar una idea de democracia y soberanía plenas.
Más adelante, la escena vuelve a Rosario, más precisamente a Villa Manuelita, presentada como un territorio donde la historia todavía se respira. El conductor recupera una de las frases que emergieron tras el golpe de Estado de 1955 —"los yanquis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora; Villa Manuelita no"— y la describe como un gesto de resistencia que conecta directamente el pasado con el presente del libro.
En esa imagen final, pintada alguna vez en una persiana, se encuentra una síntesis potente: la historia no como algo clausurado, sino como una fuerza viva que sigue disputándose en cada relato, en cada memoria y en cada intento por comprenderla.
Caballero detiene la narración en un recuerdo íntimo que, sin embargo, funciona como puerta de entrada a una comprensión más amplia. Uno de los autores evoca sus 16 años, caminando por la avenida Corrientes, en Buenos Aires, con una formación familiar peronista pero todavía sin haber accedido a ciertos materiales clave. Es allí donde aparece el descubrimiento de un libro de Roberto Baschetti, una primera edición —recuerda— publicada por Punto Sur, cuya tapa incluía la imagen de aquella persiana con la inscripción que lo marcaría: la frase de Villa Manuelita.
En su relato, Caballero reconstruye ese momento como una revelación incompleta. La imagen y la consigna estaban ahí, pero no alcanzaban a explicarse por sí solas. "¿Qué quiere decir Villa Manuelita?", se preguntaba entonces. Esa pregunta, sugiere la crónica, fue el inicio de un camino: una llave para comprender no solo un episodio puntual, sino buena parte del peronismo y de la resistencia peronista. Años después, ese recorrido lo llevaría a conocer al propio Baschetti —a quien denomina el "archivero de la revolución peronista"—, quien no solo forma parte de su círculo cercano, sino que también se integra como aliado en el proyecto Cenizas quedan, aportando materiales y contactos fundamentales.
Entre esos vínculos aparece también el entramado de actores que permitió reconstruir el episodio más allá de su dimensión mítica. Se menciona el trabajo conjunto con la Fundación Villa Manuelita y el aporte decisivo de investigadores y protagonistas que ayudaron a reconstruir el día a día de aquella sublevación. Lo que emerge, entonces, no es solo una consigna o una imagen, sino la historia concreta de un pueblo que se organizó pensando en el regreso de Juan Domingo Perón y en la restitución del orden constitucional.
La narración se detiene luego en otro gesto que Ottaviano subraya como central: el reconocimiento de las fuentes. En un contexto donde —según se indica— esa práctica parece haberse debilitado, el libro insiste en nombrar a quienes hicieron posible la reconstrucción histórica. Así aparece la figura del fotógrafo José Alberto Navarro, cuya historia personal adquiere una dimensión conmovedora. Diagnosticado con un cáncer fulminante y tras una recomendación terapéutica que lo instaba a concretar un proyecto pendiente, Navarro decide dedicar su tiempo a recuperar esa memoria colectiva.
Ese proceso se reconstruye apoyándose también en el trabajo de Pablo José Hernández, autor de un libro sobre Villa Manuelita. A partir de esos materiales, Navarro emprende la realización de un video que rescata los sucesos narrados. Se subraya la potencia simbólica de esa decisión: lo que comienza como una conversación sobre la muerte se transforma en un proyecto de vida. Así nace Apuntes para una historia del movimiento nacional, presentado en espacios sindicales como la Unión de Viajantes y FOETRA Rosario, en plena lucha del autor contra su enfermedad.
Ese gesto de preservación de la memoria es leído a la luz de una advertencia histórica. Es ahí donde se recupera la voz de Rodolfo Walsh, quien había señalado que las clases dominantes buscan despojar a los trabajadores de su historia, de su memoria, de sus héroes y mártires, obligando a que cada lucha comience desde cero. Frente a esa lógica, la reconstrucción de episodios como el de Villa Manuelita aparece como un acto político en sí mismo.
El texto insiste en una pregunta que atraviesa todo el relato: ¿qué cambia cuando se conoce esa historia y cuando no? La respuesta se construye a partir de ejemplos concretos: la decisión de Navarro de "elegir la eternidad" a través de la memoria, o el testimonio de quienes vivieron la sublevación y hoy sienten la necesidad de transmitirla a las nuevas generaciones. En el aire se recoge un capítulo de Cenizas quedan, donde uno de los protagonistas interrumpe su relato para enfatizar que cuenta esa historia para que la juventud la conozca y pueda, a partir de ella, volver a luchar.
En ese punto, el libro encuentra una de sus definiciones más claras: no es solo un registro del pasado, sino una herramienta para intervenir en el presente. La clave —se subraya— está en saber de dónde se viene, en reconocer qué tradiciones, qué memorias atraviesan a la sociedad, para poder transformar un presente que los autores describen como hostil y desalentador.
La narración avanza entonces hacia una idea que funciona como síntesis: los sueños no son domesticables. En los episodios que el libro recupera —las resistencias, las sublevaciones, las luchas— aparece lo mejor de un pueblo que, más allá de sus identidades políticas, ha sido capaz de conquistar derechos fundamentales como la educación pública o los convenios colectivos de trabajo. Esas conquistas, se señala, no fueron concesiones, sino el resultado de procesos históricos impulsados desde abajo.
De allí se desprende otra dimensión del proyecto: la voluntad de recuperar la transmisión oral como forma de construcción de memoria. Se describe ese gesto como una tradición del campo nacional y popular: historias que circulan en torno al mate, en conversaciones cotidianas, en relatos compartidos. El libro, en ese sentido, es apenas una herramienta más, un disparador para que esas historias vuelvan a ponerse en circulación.
La escena final vuelve a poner el acento en lo colectivo. Se señala que el libro no se cierra sobre sí mismo: invita a ser discutido, corregido, ampliado; a escribir en los márgenes, a cuestionar, a sumar datos. Y en ese gesto —que incluye también el agradecimiento a quienes colaboraron en la reconstrucción del capítulo sobre Villa Manuelita— se reafirma una idea que atraviesa toda la crónica: la historia no es propiedad de nadie, sino una construcción común, siempre abierta, siempre en disputa.
Las mujeres de la sublevación
Luego se retoma el hilo y se desplaza la mirada hacia una dimensión muchas veces relegada: la presencia de las mujeres en la historia de Villa Manuelita. Hasta ahora, se señala, los homenajes se han concentrado principalmente en figuras masculinas como Emiliano Páez, Ponciano Alarcón o José Octavio Cardozo, entre otros. Sin embargo, se subraya que el libro también se propone reparar esa omisión, nombrando a las mujeres que participaron activamente en aquella sublevación y abriendo, incluso, una invitación a reconstruir vínculos con ellas o con sus familiares.
Así aparecen, una a una, los nombres recuperados de publicaciones de la Fundación Villa Manuelita: María del Carmen Ludueña de Sakiel —conocida como Porota—, Maruca Flores, Emilia Laschera de Ulibarrie —Pocha—, Blanca Tolosa, Rafaela Riva, Norita Fandy, Chamorra y Berta Temporelli. Se enfatiza que no se trata de una enumeración menor, sino de un acto de memoria: mujeres que, como reconstruye el relato, enfrentaron literalmente a las fuerzas represivas, poniéndole el cuerpo a los tanques, resistiendo sin retroceder.
La escena se vuelve vívida: tanques, aviones, helicópteros y, frente a ellos, hombres y mujeres decididos a no rendirse, sosteniendo la consigna de la vuelta de Juan Domingo Perón y la restitución de un orden que sentían propio. Los invitados recogen la potencia de esa imagen y la convierten en pregunta: ¿cómo es posible que una historia así no haya sido llevada al cine?, ¿que no exista una película o un documental que recupere, por ejemplo, el trabajo de José Alberto Navarro?
En esa ausencia, se sugiere, hay algo más profundo: una dificultad estructural para "poner en valor" estos episodios. Esa carencia no es solo cultural, sino también política, porque limita la posibilidad de generar identificación y comprensión. En otros contextos —se observa—, la representación audiovisual de gestas colectivas permite que amplios sectores sociales tomen partido, se reconozcan en esas luchas. Aquí, en cambio, esas historias quedan muchas veces invisibilizadas.
En ese punto se introduce otra crítica: la tendencia a reducir los relatos a historias mínimas, despojadas de épica. Frente a eso, los autores reivindican la necesidad de recuperar gestas colectivas, incluso reconociendo que hubo intentos en esa dirección durante el período de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, con producciones impulsadas por figuras como Tristán Bauer sobre próceres como José de San Martín o Manuel Belgrano. Pero el señalamiento es claro: aún falta narrar las épicas populares del siglo XX, aquellas que no tienen un liderazgo individual tan visible, sino que emergen desde lo colectivo.
En ese punto, se vuelve sobre una de las emociones centrales del libro: la conmoción que generan esas insurgencias colectivas. Villa Manuelita reaparece como ejemplo paradigmático, no solo por la organización sindical presente, sino por la participación amplia de una comunidad que se levanta en conjunto. Ottaviano incorpora entonces una imagen contemporánea: el recorrido por Rosario, la observación de murales —como el de la bandera o el de Manuel Belgrano— y la imaginación de uno nuevo, dedicado a esa historia de resistencia.
La escena se vuelve casi visual: un mural que dé la bienvenida a "la tierra de la sublevación y la resistencia". Esa idea se presenta como un gesto simbólico potente, capaz de inscribir la memoria en el espacio urbano y de convertirla en algo visible y cotidiano. En ese sentido, los murales se definen como "lienzos de los pueblos", soportes donde la historia se fija en el territorio.
El relato introduce una tensión contemporánea: en un contexto atravesado por la inteligencia artificial, el capitalismo de plataformas y los algoritmos, ciertas imágenes —como la de un trabajador enfrentando un tanque— tienden a ser invisibilizadas en los circuitos digitales. Ottaviano señala que esos sistemas privilegian determinados contenidos y restringen otros, particularmente aquellos vinculados a la resistencia o la sublevación popular. En ese escenario, el mural adquiere un valor renovado: es memoria situada, anclada en el lugar donde ocurrieron los hechos, difícil de borrar —aunque no imposible.
Incluso esa fragilidad forma parte del sentido. En lugares como Buenos Aires, los murales pueden ser tapados, cubiertos, borrados. Sin embargo, hay algo en esa materialidad que resiste, que invita a recordar. Frente a la fugacidad de otros soportes, el mural se presenta como una forma persistente de memoria.
En el diálogo se percibe un tono introspectivo, casi existencial. "La mayoría de las cosas pasan", deslizan los autores. También las personas. Pero algunas huellas quedan. En ese marco, el libro aparece como una de esas posibles permanencias: una herramienta, un registro, una apuesta a que ciertas historias no se pierdan.
Y en ese gesto —que incluye la donación del propio ejemplar a la Biblioteca Popular "Cachilo" y la continuidad de las presentaciones— el texto vuelve a su núcleo: la memoria como construcción colectiva, como transmisión, como algo que solo se sostiene si se comparte. Porque, como se ha sugerido a lo largo del relato, recordar no alcanza; lo que está en juego es, una vez más, comprender y hacer vivir esa historia en el presente.
Caballero introduce el prólogo como una pieza que condensa el sentido profundo del libro y decide incorporarlo casi como un manifiesto. Las palabras de Cristina Fernández de Kirchner resuenan no solo como una validación, sino como una definición conceptual: la historia, allí, es entendida como una herramienta para comprender los procesos en su dimensión política, económica y social. No se trata —subraya esa voz— de acumular datos ni de repetir fechas, sino de construir una mirada capaz de explicar el presente y proyectar el futuro. La insistencia en que "no se trata de saber Historia, sino de comprender" aparece como una clave que atraviesa cada página de Proscripta y sublevada.
Se destaca cómo ese prólogo pone en valor la vigencia de hechos muchas veces relegados, desconocidos o directamente silenciados, y cómo inscribe al peronismo dentro de una tradición vitalista, atravesada por la celebración de la vida y por la responsabilidad de asumir los problemas estructurales del país. En esa lectura, el pasado no es un refugio nostálgico, sino un territorio donde encontrar claves para descifrar lo que ocurre y anticipar lo que vendrá. La frase final —"el futuro siempre tiene historia"— queda flotando como una síntesis que ordena todo el proyecto.
A partir de allí, el texto se desplaza hacia la escena íntima que rodeó la escritura de ese prólogo. Se reconstruye la incertidumbre inicial: los autores no sabían si Cristina aceptaría participar. Se lo propusieron, pero la respuesta no fue inmediata. Hubo una espera, un encuentro previo en el que Caballero y Ottaviano tuvieron que explicar, cara a cara, el sentido del libro, las razones de esas historias, la urgencia que las impulsaba. Ese momento aparece narrado como una instancia de validación política e intelectual.
También se subraya el tiempo de esa escritura: el prólogo llega casi sobre el cierre, cuando el libro ya estaba a punto de entrar a imprenta. En Señales se escucha la voz de Ester Stekelberg leyendo un tramo de ese texto. El detalle de la actualización —de los 150 a los 284 días de prisión— aparece como una marca del presente que irrumpe en la narración, recordando que lo que se cuenta no pertenece solo al pasado.
Escucharlo ahora, en la voz de Ester, con ese cambio —de los 150 días a los 284 al momento de la grabación—, conmueve. "Me emociona muchísimo", dice Ottaviano. Y agrega que esa escucha la interpela, la convoca a insistir en el encuentro, a pensar de qué manera construir colectivamente la liberación, y también a agradecer. "Yo me lo quiero llevar después, ¿me lo puedo llevar a la grabación?", pregunta.
Caballero cierra con una línea breve, casi como un gesto de continuidad: "Muy bien, Ester, muchísimas gracias".
La emoción aparece entonces como un hilo conductor. Escuchar el prólogo, grabado en la voz de Esther, genera una reacción descrita como profunda y movilizadora. No es solo el contenido, sino el contexto: la espera, la incertidumbre, la confirmación tardía. Todo eso convierte al texto en algo más que una introducción; lo vuelve parte de la experiencia misma del libro.
A partir de allí, el relato se abre hacia una reflexión más amplia sobre la figura de Cristina. Se recoge la idea de que se trata de un personaje que requiere ser "redescubierto", en un contexto donde —según se plantea— ha sido fuertemente demonizado. Se menciona un sentido común construido en torno a su figura, alimentado por discursos mediáticos y factores de poder, que la presentan de manera negativa. Esa construcción se vincula nuevamente con la noción de "baja autoestima social" ya desarrollada en tramos anteriores.
Sin embargo, el texto contrapone esa imagen con la experiencia directa del diálogo. Caballero la describe como una dirigente capaz de abordar cualquier tema, cuya conversación deriva rápidamente hacia la geopolítica; alguien que no se limita a un área específica, sino que muestra una comprensión integral de los problemas. Esa percepción se refuerza con un recuerdo: un encuentro en el Instituto Manuel Dorrego, compartiendo espacio con historiadores como Pacho O’Donnell y Felipe Pigna, donde, en un momento, tomó la palabra para desplegar una clase de historia revisionista que dejó una marca indeleble.
YPF, Vaca Muerta y la disputa por el relato
Se incorpora entonces una escena más reciente, casi surrealista: un fallo judicial que, de algún modo, reconoce la validez de la expropiación de YPF para garantizar soberanía energética, mientras al mismo tiempo la declara ilegal. En paralelo, el discurso presidencial cuestiona esa decisión, calificándola como un error o un robo, pero apropiándose de los resultados favorables en tribunales internacionales.
Esa contradicción se presenta como síntoma de una disputa más profunda por el sentido de las políticas públicas. La expropiación de YPF, impulsada durante el gobierno de Cristina junto a su ministro de Economía, Axel Kicillof, aparece como un caso paradigmático: una medida criticada en su momento por amplios sectores y, sin embargo, fundamental —según esta mirada— para el desarrollo energético posterior del país.
El relato refuerza la idea central: la necesidad de comprender los procesos en su complejidad, más allá de lecturas inmediatas o interesadas. El prólogo, la experiencia de escritura, la figura de Cristina y los debates en torno a decisiones como la de YPF se integran en un mismo movimiento: recuperar la historia como herramienta viva, capaz de iluminar el presente y abrir posibilidades hacia el futuro.
Se ancla luego en una afirmación que funciona como toma de posición: sin Cristina Fernández de Kirchner, sostiene la voz que reconstruye, Vaca Muerta no existiría tal como se la conoce hoy. Esa idea no aparece como una consigna aislada, sino como parte de una lectura más amplia sobre el desarrollo energético del país y su impacto en la balanza económica. El texto señala que ese yacimiento permite actualmente pensar en un superávit energético, aunque introduce de inmediato una tensión: la política de precios internos, condicionada por una lógica de internacionalización, impediría que ese beneficio se traduzca directamente en la vida cotidiana.
Se reconstruye entonces el contraste entre pasado y presente. Desde la voz de los autores, se invita a revisar las coberturas mediáticas del momento en que se anunció Vaca Muerta: predominaban las descalificaciones, las acusaciones de que se trataba de un "blef", un proyecto inviable o una promesa imposible de financiar. En ese punto, se introduce el posicionamiento de sectores políticos como el PRO y el radicalismo, señalando su oposición a iniciativas vinculadas con la soberanía energética.
El recorrido deriva en una lectura más amplia sobre política exterior y relaciones de poder. Caballero recoge una ironía que sintetiza esa mirada: la idea de dirigentes "patriotas", pero de los Estados Unidos. La referencia a debates como el de la vacuna de Pfizer aparece como ejemplo de esas tensiones, donde las decisiones locales se cruzan con intereses globales.
Se señala también una paradoja: pese a las críticas históricas, ningún gobierno posterior se animó a revertir la expropiación de YPF. Lo que sí aparece es una práctica que los autores describen como "rebautizar": cambiar nombres, resignificar espacios, apropiarse simbólicamente de políticas sin modificar su sustancia. Se menciona como ejemplo el caso del Centro Cultural Kirchner, convertido en escenario de esa disputa simbólica.
El relato se detiene finalmente en una caracterización más general. El peronismo —señala— puede tener múltiples defectos, pero hay uno que, según esta mirada, no le es propio: la inacción. Se rescata la idea de una fuerza que decide, que actúa, que interviene aun a riesgo de equivocarse. En contraste, ciertos sectores de la derecha argentina se presentan como portadores de una lógica más ligada a la renta que a la construcción de un proyecto de país, una lógica que —según se sugiere— se limita a aprovechar procesos ya en marcha.
Pero el eje vuelve rápidamente a la figura de Cristina y al deseo, expresado en la narración, de que la política recupere un debate de fondo: el de las condiciones de vida de la sociedad. Esa aspiración funciona como puente hacia uno de los episodios más singulares del libro, donde la historia adquiere una dimensión casi épica.
La épica como acción colectiva
Luego se relata la escena del Aconcagua, el punto más alto de América. Allí, en la década del 50, un grupo de militantes se propone una hazaña que roza lo imposible: llevar bustos de Juan Domingo Perón y Eva Perón hasta la cima. La primera reacción de Perón —según se reconstruye— es de rechazo: considera la idea una locura, consciente de las condiciones extremas de la montaña, donde incluso hoy siguen muriendo montañistas.
Sin embargo, el proyecto avanza. Con la colaboración de figuras como Atilio Renzi, se organiza la expedición. Se describen las dificultades físicas con precisión: la altura, la falta de oxígeno, el malestar corporal, el esfuerzo extremo. A eso se suma un obstáculo adicional: el peso de los bustos, fabricados con materiales que obligan a fragmentarlos para poder transportarlos en mochilas. Esa imagen —los cuerpos cargando en partes esos símbolos— se lee como metáfora de la acción colectiva.
La hazaña se concreta. Los bustos llegan a la cima, al "techo de América". Pero la historia no termina allí. Tras el golpe de Estado de 1955, el gobierno de facto encabezado por Pedro Eugenio Aramburu ordena retirarlos. Se introduce aquí una carga crítica: aquella autodenominada "Revolución Libertadora" es recordada como "fusiladora", subrayando la distancia entre su nombre y sus prácticas.
La expedición militar enviada a cumplir la orden enfrenta, según se narra, dificultades similares a las de la primera ascensión. Hay una "ventana" climática específica para intentar la subida, y las condiciones no acompañan. Incluso aparece un tono irónico al señalar la mala fortuna de esa empresa, como si la propia montaña opusiera resistencia.
Finalmente, los bustos son bajados. Pero lo verdaderamente importante no es ese desenlace, sino la historia que lo precede y lo excede: la de un grupo que se atrevió a desafiar límites físicos y políticos, la de una acción colectiva que inscribe en la geografía una marca simbólica.
Este tramo refuerza una idea central del libro: la historia no es solo lo que permanece, sino también lo que se intenta borrar. Y en ese juego entre memoria y olvido, entre construcción y eliminación, se define —una vez más— la posibilidad de comprender el presente.
La narración se centra en la persistencia de la acción colectiva y en cómo el peronismo —en su versión más popular y militante— se representa como una "ola" que vuelve, a pesar de los reflujo y las dificultades. Retoma la épica de los bustos de Juan Domingo Perón y Eva Perón, ahora desde una perspectiva de continuidad: luego de los intentos de eliminación por parte de los militares, un grupo mixto de compañeros, incluyendo militantes de ATE y montañistas, decide volver a subir los bustos. Este acto, acompañado por la bendición del padre Pepe, adquiere un simbolismo que combina devoción, resistencia y memoria histórica. Se resalta la importancia de registrar estas acciones, documentadas en video y accesibles en la serie Cenizas quedan.
El relato transita luego hacia la circulación del libro, mostrando cómo las historias recopiladas cobran vida en distintos formatos y espacios. La preventa autogestiva permitió financiar la impresión y acercar la obra al público, con cientos de lectores que contribuyeron a hacer posible la publicación. Se destaca el alcance colectivo de la obra: no es solo un libro, sino un proyecto cultural que articula memoria, literatura y audiovisual.
Memoria en movimiento
Se explica además la estrategia del segundo tomo: reunir siete historias de la primera temporada de Cenizas quedan junto con nuevas narrativas, conformando un total aproximado de diez capítulos. La intención es mantener un flujo constante de publicación, con la expectativa de lanzar el segundo tomo hacia fines de noviembre y el tercero el año siguiente. Este enfoque refleja la planificación y la construcción de un relato histórico continuo, donde cada entrega se suma a la anterior, formando un mosaico de memoria y acción.
Un elemento innovador es el uso de códigos QR vinculados a cada capítulo. Estos permiten acceder directamente al material audiovisual, complementando la experiencia de lectura. La estrategia busca ampliar la comprensión y el alcance del contenido: quienes no deseen leer pueden acercarse a la historia a través del video, mientras que los lectores pueden profundizar detalles y acceder a información adicional no incluida en la versión impresa. El QR actúa como puente entre lo textual y lo visual, facilitando la transmisión de la memoria histórica en distintos formatos.
La historia desde abajo
Finalmente, se recupera la dimensión comunitaria de la experiencia. La venta del libro y la presentación que ocurrió por la tarde en el Centro Cultural La Toma se inscriben en un marco de participación directa, donde lectores y seguidores se convierten en parte activa del proceso de difusión. La cita funcionó casi como un ritual de encuentro: un espacio para compartir el material, conversar y reforzar vínculos generacionales y colectivos alrededor de la memoria. La insistencia en la participación y la continuidad de la acción refleja la filosofía de toda la obra: la historia no es solo registro, sino un impulso vivo que invita a actuar y a reconocerse en la memoria común.
En este tramo final, la narrativa remarca la dimensión dinámica y colectiva del proyecto: la presentación del libro no fue un acto estático, sino un punto de encuentro que se transforma según quienes asisten. La idea de "stream, libro, juntada, audiolibro, podcast" refleja una estrategia multiformato para transmitir memoria, historia y política, adaptándose a distintos públicos y plataformas, y aprendiendo de cómo la derecha ejecuta su llamada "batalla cultural" a través de teatro, recitales y libros, aunque muchas veces distorsionados.
El pasado como escenario del presente
Se estudia mucho a la derecha, esa "batalla cultural". Se observa cómo utilizan todas las plataformas, desde el teatro de revista hasta los libros, aunque muchos de esos materiales estuvieran falsificados, incluso recitales. Los autores, que aún no podían producir teatro de revista, decidieron intentar varias estrategias a la vez, como forma de responder y seguir participando. "Un poco para seguir dándola", explicaban.
Recuerdan que habían ido incluso a ver a Jorge Lanata, que mientras ellos hacían Crítica de la Argentina, un diario que el periodista dirigía, era parte de una obra de teatro de revista: con plumero en mano, presentaba su espectáculo. "Vamos a verlo porque en algún momento van a decir que esto no pasó", recordaban, como si la memoria misma necesitara testigos. Asistieron también a funciones destacadas, como Salsa Criolla, de Enrique Pinti, con la danza impecable de Laura Fidalgo. Reconocían la calidad de ciertos espectáculos, pero su curiosidad los llevó a un teatro histórico donde se anunciaba una fila larguísima. Al llegar, la incredulidad fue inmediata: la mayoría de las entradas eran de regalo y apenas alguien asistía de manera espontánea. Observaron la obra sin hacer comentarios sobre quienes ya no estaban en ese plano, conscientes de que cada gesto tenía valor histórico.
En paralelo, surge la reflexión sobre memoria política y cultural. Se recuerda un antiperonismo muy marcado, enquistado, aunque también se destacan la técnica y la conservación de ciertas páginas originales, escritas con cuidado y aún vigentes en su poder. La trayectoria periodística se remonta a 1987, con el primer ejemplar de PáginaI12, dirigido por un grupo de jóvenes que incluía a Osvaldo Soriano, Gelman, Bayer y Galeano. Cada línea, cada página, les parecía marcar un rumbo, un punto de referencia.
La narrativa vuelve al teatro de revista y a la escena de la memoria. Los relatos personales se entrelazan con entrevistas pasadas: una última charla con Néstor Kirchner, en Martínez, para la revista Veintitrés, revelaba su origen humilde, su paso por la Secretaría de Prensa del peronismo y su eventual transformación política. La pregunta sobre su heredero político fue clara y contundente: "¿De los que están hoy? Sí… Lanata", respondió, dejando un testimonio que, con el tiempo, se confirmó en parte.
La conversación cerraba con agradecimientos y la convocatoria a encontrarse. La presentación del libro Proscripta y sublevada, Crónicas ardientes de una Argentina indomable, de Roberto Caballero y Cynthia Ottaviano, se anunciaba para esa misma tarde en La Toma, Tucumán 1349, con estacionamiento gratuito y la promesa de una jornada de encuentro y reflexión. Caballero y Ottaviano recordaban cómo muchos llegaban con los hombros caídos y se iban con energía renovada, conscientes de que el futuro tiene historia y que ese futuro se construye juntos.
Entre la charla y la presentación surgían advertencias y esperanzas: la urgencia de valorar lo que son, de considerarse dignos de vivir mejor, y la certeza de que el compromiso colectivo puede cambiar realidades. Y al final, como cierre inevitable y necesario, la declaración de intención: "Obviamente, vamos a pedir por Cristina libre también".
El encuentro prometía ser más que una presentación de libro: un ritual de memoria, compromiso y energía compartida, donde los relatos del pasado se convertían en herramientas para pensar y construir el futuro.
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