En Aire Libre Radio Comunitaria, dentro del programa Señales, la mañana transcurría con el pulso de una fecha cargada de sentido: a medio siglo del golpe de Estado cívico, militar y eclesiástico, la memoria volvía a ocupar el centro de la escena. Entre actividades en escuelas, bibliotecas, sindicatos y centros culturales, la circulación de materiales documentales se afirmaba como una forma activa de sostener la historia. En ese marco, emergía una obra que, con el paso del tiempo, se había vuelto indispensable: Arderá la memoria.
El periodista introdujo la conversación situando el documental como una pieza clave dentro de ese entramado de iniciativas conmemorativas. La película, centrada en las voces de las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario, tendría una nueva proyección el domingo 22 de marzo a las 18 en el El Cairo Cine Público, con entrada gratuita. Del otro lado de la comunicación, Marianela Scocco, productora e investigadora del film, reconstruía la historia de una obra que, dieciséis años después de su estreno en 2010, no había perdido vigencia.
Scocco evocaba aquel contexto inicial como un tiempo atravesado por el auge de las políticas de memoria y el comienzo de los juicios de lesa humanidad en Rosario. En ese clima, un grupo de jóvenes que acompañaba a las Madres en sus rondas de los jueves empezó a advertir algo urgente: esas voces estaban en riesgo de perderse. Muchas de ellas ya eran muy mayores; otras habían fallecido. La necesidad de registrar sus testimonios se volvió entonces una tarea impostergable. El documental nació de ese impulso: preservar la palabra viva, construir un archivo que capturara sus historias en primera persona.
La decisión estética acompañó esa búsqueda. No habría voz en off. La narración quedaría completamente en manos de las propias Madres, a través de entrevistas que, en aquel momento, aún podían realizarse con cinco o seis de ellas. A ese material se sumaron fragmentos de archivo —imágenes y registros de quienes ya no estaban—, componiendo un tejido donde la memoria se sostenía, literalmente, en las voces de sus protagonistas. Con el tiempo, esa intuición inicial se volvió certeza dolorosa: poco después del rodaje, todas las Madres fallecieron. El documental, decía Scocco, se convirtió así en un lugar donde volver a encontrarlas.
A lo largo de los años, la película construyó un recorrido amplio. Se proyectó en escuelas, clubes, centros culturales y salas de cine, tanto en el país como en el exterior. Su duración —45 minutos— resultó, según la productora, una clave para su llegada a públicos diversos, especialmente a jóvenes. Contra ciertos prejuicios sobre la atención de las nuevas generaciones, la experiencia repetida fue la de una escucha profunda, atenta, atravesada por preguntas. Cada proyección derivaba en conversaciones, muchas veces con estudiantes, que encontraban en el documental una puerta de entrada a la historia reciente.
Hubo un tiempo, recordaba Scocco, en que esas instancias de intercambio contaban con la presencia de las propias Madres. Ellas asistían a las escuelas y dialogaban con los estudiantes, generando momentos de una intensidad difícil de replicar. Sin embargo, el lenguaje audiovisual, con su capacidad de transmitir no solo información sino también sensibilidad, permite hoy que algo de esa experiencia persista. "No es lo mismo que las puedan ver y sentir", sugería, subrayando una dimensión que excede las palabras.
El film, disponible también en plataformas digitales, adquiere otra dimensión en la sala oscura. Verlo en el cine —insistía— potencia su impacto. Y no solo por la imagen: la música original, compuesta por Matías Díaz, constituye uno de sus elementos más conmovedores. Las piezas, creadas especialmente para la película, acompañan momentos clave, como la enumeración de los nombres de los desaparecidos, generando una carga emocional que muchos espectadores destacan. La canción final, también de su autoría, sintetiza ese trabajo atravesado por el compromiso.
La dirección de Eugenio Maglioca aportó una mirada que, según Scocco, se distingue especialmente en el tratamiento sonoro respecto de trabajos anteriores como No somos héroes. Pero más allá de los aspectos técnicos, la productora insistía en una idea: el documental está atravesado por el amor y por una ética militante. Ese espíritu se expresa también en las decisiones narrativas, como la inclusión de la militancia política de los hijos e hijas de las Madres. En un momento en que ese aspecto aún no era tan visibilizado, el equipo optó por incorporarlo como una forma de reivindicación integral: no solo de las Madres, sino también de los proyectos políticos de esa generación.
Esa elección abre, todavía hoy, discusiones en los espacios de proyección. Las preguntas de los jóvenes —sobre organizaciones como Montoneros o el ERP, sobre la lucha armada, sobre el contexto político de la época— habilitan debates que el documental no esquiva. Al contrario, los promueve como parte de una comprensión más amplia del período, incluyendo también a otros sectores perseguidos por la dictadura: trabajadores, estudiantes, militantes sociales.
Realizada con recursos mínimos, casi de manera artesanal, la película es también testimonio de una práctica colectiva. El equipo, joven e inexperto en su mayoría, logró concretarla gracias a aportes solidarios y al acompañamiento de quienes compartían ese espacio con las Madres. Scocco lo resumía como un trabajo "a pulmón", donde la falta de medios se compensó con convicción.
La nueva proyección en El Cairo se inscribe en ese mismo horizonte. Al tratarse de una función gratuita —como es habitual en ese espacio los domingos—, se espera una sala llena, por lo que se recomienda asistir con anticipación para retirar entradas. La actividad no se agota en la exhibición: tras la película, se abrirá un espacio de intercambio con sus realizadores, prolongando ese gesto que ha acompañado al documental desde sus inicios.
A cincuenta años del golpe, Scocco situaba el sentido profundo de la convocatoria: recordar a las Madres no solo como figuras del pasado, sino como protagonistas de una lucha que sigue interpelando el presente. En su mirada, reivindicarlas implica también recuperar los proyectos por los que pelearon sus hijos e hijas, y pensar en las deudas aún abiertas: las desigualdades, los derechos vulnerados, las condiciones de vida de amplios sectores. La memoria, en ese sentido, no es un ejercicio estático, sino una práctica viva.
Así, Arderá la memoria vuelve a proyectarse no como una pieza cerrada, sino como un dispositivo en movimiento. Un puente entre generaciones, una herramienta pedagógica y, sobre todo, un espacio donde las voces que ya no están siguen diciendo.
El periodista introdujo la conversación situando el documental como una pieza clave dentro de ese entramado de iniciativas conmemorativas. La película, centrada en las voces de las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario, tendría una nueva proyección el domingo 22 de marzo a las 18 en el El Cairo Cine Público, con entrada gratuita. Del otro lado de la comunicación, Marianela Scocco, productora e investigadora del film, reconstruía la historia de una obra que, dieciséis años después de su estreno en 2010, no había perdido vigencia.
Scocco evocaba aquel contexto inicial como un tiempo atravesado por el auge de las políticas de memoria y el comienzo de los juicios de lesa humanidad en Rosario. En ese clima, un grupo de jóvenes que acompañaba a las Madres en sus rondas de los jueves empezó a advertir algo urgente: esas voces estaban en riesgo de perderse. Muchas de ellas ya eran muy mayores; otras habían fallecido. La necesidad de registrar sus testimonios se volvió entonces una tarea impostergable. El documental nació de ese impulso: preservar la palabra viva, construir un archivo que capturara sus historias en primera persona.
La decisión estética acompañó esa búsqueda. No habría voz en off. La narración quedaría completamente en manos de las propias Madres, a través de entrevistas que, en aquel momento, aún podían realizarse con cinco o seis de ellas. A ese material se sumaron fragmentos de archivo —imágenes y registros de quienes ya no estaban—, componiendo un tejido donde la memoria se sostenía, literalmente, en las voces de sus protagonistas. Con el tiempo, esa intuición inicial se volvió certeza dolorosa: poco después del rodaje, todas las Madres fallecieron. El documental, decía Scocco, se convirtió así en un lugar donde volver a encontrarlas.
A lo largo de los años, la película construyó un recorrido amplio. Se proyectó en escuelas, clubes, centros culturales y salas de cine, tanto en el país como en el exterior. Su duración —45 minutos— resultó, según la productora, una clave para su llegada a públicos diversos, especialmente a jóvenes. Contra ciertos prejuicios sobre la atención de las nuevas generaciones, la experiencia repetida fue la de una escucha profunda, atenta, atravesada por preguntas. Cada proyección derivaba en conversaciones, muchas veces con estudiantes, que encontraban en el documental una puerta de entrada a la historia reciente.
Hubo un tiempo, recordaba Scocco, en que esas instancias de intercambio contaban con la presencia de las propias Madres. Ellas asistían a las escuelas y dialogaban con los estudiantes, generando momentos de una intensidad difícil de replicar. Sin embargo, el lenguaje audiovisual, con su capacidad de transmitir no solo información sino también sensibilidad, permite hoy que algo de esa experiencia persista. "No es lo mismo que las puedan ver y sentir", sugería, subrayando una dimensión que excede las palabras.
El film, disponible también en plataformas digitales, adquiere otra dimensión en la sala oscura. Verlo en el cine —insistía— potencia su impacto. Y no solo por la imagen: la música original, compuesta por Matías Díaz, constituye uno de sus elementos más conmovedores. Las piezas, creadas especialmente para la película, acompañan momentos clave, como la enumeración de los nombres de los desaparecidos, generando una carga emocional que muchos espectadores destacan. La canción final, también de su autoría, sintetiza ese trabajo atravesado por el compromiso.
La dirección de Eugenio Maglioca aportó una mirada que, según Scocco, se distingue especialmente en el tratamiento sonoro respecto de trabajos anteriores como No somos héroes. Pero más allá de los aspectos técnicos, la productora insistía en una idea: el documental está atravesado por el amor y por una ética militante. Ese espíritu se expresa también en las decisiones narrativas, como la inclusión de la militancia política de los hijos e hijas de las Madres. En un momento en que ese aspecto aún no era tan visibilizado, el equipo optó por incorporarlo como una forma de reivindicación integral: no solo de las Madres, sino también de los proyectos políticos de esa generación.
Esa elección abre, todavía hoy, discusiones en los espacios de proyección. Las preguntas de los jóvenes —sobre organizaciones como Montoneros o el ERP, sobre la lucha armada, sobre el contexto político de la época— habilitan debates que el documental no esquiva. Al contrario, los promueve como parte de una comprensión más amplia del período, incluyendo también a otros sectores perseguidos por la dictadura: trabajadores, estudiantes, militantes sociales.
Realizada con recursos mínimos, casi de manera artesanal, la película es también testimonio de una práctica colectiva. El equipo, joven e inexperto en su mayoría, logró concretarla gracias a aportes solidarios y al acompañamiento de quienes compartían ese espacio con las Madres. Scocco lo resumía como un trabajo "a pulmón", donde la falta de medios se compensó con convicción.
La nueva proyección en El Cairo se inscribe en ese mismo horizonte. Al tratarse de una función gratuita —como es habitual en ese espacio los domingos—, se espera una sala llena, por lo que se recomienda asistir con anticipación para retirar entradas. La actividad no se agota en la exhibición: tras la película, se abrirá un espacio de intercambio con sus realizadores, prolongando ese gesto que ha acompañado al documental desde sus inicios.
A cincuenta años del golpe, Scocco situaba el sentido profundo de la convocatoria: recordar a las Madres no solo como figuras del pasado, sino como protagonistas de una lucha que sigue interpelando el presente. En su mirada, reivindicarlas implica también recuperar los proyectos por los que pelearon sus hijos e hijas, y pensar en las deudas aún abiertas: las desigualdades, los derechos vulnerados, las condiciones de vida de amplios sectores. La memoria, en ese sentido, no es un ejercicio estático, sino una práctica viva.
Así, Arderá la memoria vuelve a proyectarse no como una pieza cerrada, sino como un dispositivo en movimiento. Un puente entre generaciones, una herramienta pedagógica y, sobre todo, un espacio donde las voces que ya no están siguen diciendo.
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