En el Museo de la Memoria de Rosario, un espacio cargado de historia y significado, se llevó a cabo un acto encabezado por el Sindicato de Prensa de Rosario en el que confluyeron memoria, investigación y reconocimiento. Allí se dieron a conocer avances de un trabajo en curso que busca reconstruir historias silenciadas: la identificación de tres víctimas del terrorismo de Estado como trabajadores de prensa, una faceta hasta ahora desconocida en sus trayectorias.
La elección de la fecha no fue azarosa. El acto se realizó en el Día del Trabajador de Prensa, en coincidencia con un nuevo aniversario de la desaparición de Rodolfo Walsh, figura emblemática del periodismo y de la denuncia contra la dictadura. Su nombre atravesó la jornada como símbolo de compromiso y lucidez, especialmente por aquella carta en la que supo anticipar, con precisión inquietante, las consecuencias del régimen militar en uno de los contextos más oscuros de la historia argentina.
Tres historias que emergen del silencio
En ese marco, el sindicato presentó públicamente la identidad completa de Mario Eduardo Russo, Mariano Martínez Villalonga y Alfredo Mónaco, tres jóvenes asesinados por la última dictadura cívico-militar. Hasta ahora, no solo se desconocía en profundidad su historia personal, sino también su pertenencia al campo del periodismo. El trabajo, titulado "Una búsqueda en construcción", recupera sus trayectorias como periodistas y reporteros gráficos en medios como La Capital, Canal 5 y LT8, restituyéndoles un lugar en la memoria colectiva desde su oficio y su militancia.
La iniciativa, dada a conocer a cincuenta años del golpe de Estado, se inscribe en una búsqueda más amplia por reconstruir verdades fragmentadas. En ese sentido, el secretario general del sindicato, Edgardo Carmona, enmarcó el acto en un clima social que, según expresó, sigue reclamando memoria, verdad y justicia. Evocó la masiva movilización del día anterior como una muestra de ese pulso colectivo y sostuvo que el trabajo del gremio apunta precisamente a sostener viva esa demanda: refrescar la memoria, hacer emerger la verdad y continuar exigiendo respuestas sobre el destino de los desaparecidos, los nietos apropiados y los cuerpos aún no encontrados.
Rodolfo Walsh como guía del compromiso periodístico
Carmona también subrayó el valor simbólico del momento elegido, al recordar que fue en una fecha como esta cuando Walsh fue asesinado mientras distribuía su célebre Carta Abierta a la Junta Militar. Destacó la lucidez del periodista para describir anticipadamente el rumbo que tomaría el país bajo la dictadura, y vinculó ese gesto con la tarea actual del sindicato: un "pequeño granito de arena" que, sin embargo, adquiere una dimensión significativa en la construcción de memoria y en la persistencia por alcanzar una verdad completa.
La reconstrucción de trayectorias invisibilizadas
La investigación que llevó adelante Stella Hernández, junto a su colega Gustavo Di Prinzio, surgió de una pregunta que había rondado durante años: ¿existían periodistas desaparecidos durante la última dictadura en Rosario? La cuestión no era menor. Hasta ese momento, el recuerdo de las víctimas de la represión incluía nombres de militantes, vecinos, docentes, pero el de los trabajadores de prensa permanecía en gran parte invisible. Hernández y Di Prinzio decidieron explorar esa invisibilidad, indagando en archivos, legajos y testimonios familiares, con el objetivo de reconstruir historias que habían sido ignoradas o desestimadas.
Gustavo Di Prinzio, Edgardo Carmona, José Maggi y Stella Hernández
El punto de partida fue la masacre de Clark, un episodio oscuro durante la dictadura donde varios militantes fueron fusilados en Carrizales. Entre ellos estaba Mario Eduardo Russo. Él llevaba consigo un carné del Sindicato de Prensa Rosario, un detalle que en investigaciones previas había sido desestimado como posible documento falso. Sin embargo, Hernández y Di Prinzio lograron recuperar la ficha de afiliación en el sindicato, confirmando que Russo había sido, efectivamente, trabajador de prensa y militante del PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo). La reconstrucción de su historia permitió dar identidad laboral a una de las víctimas de la represión, devolviéndole, aunque sea parcialmente, el reconocimiento que le había sido negado.
Otro caso que emergió fue el de Mariano Martínez Villalonga. Hijo de Lucrecia Villalonga de Martínez, una de las fundadoras de la organización Madres de Plaza 25 de Mayo, Mariano siempre había sido recordado como cineasta. Pero los investigadores descubrieron que su vínculo con los medios locales era más profundo: había trabajado como camarógrafo en Canal 5, y tras mudarse a Santa Fe para estudiar cine, también desempeñó funciones como reportero gráfico en el periódico Nuevo Diario. Ese diario desapareció con la llegada de la dictadura, dejando un vacío en los registros fotográficos y en la memoria laboral de Martínez. La familia confirmó que, además, los militares se habían apropiado de todo el material que Mariano había trasladado para instalarse en Mendoza, borrando gran parte de sus rastros profesionales. La reconstrucción de su trayectoria profesional permitió ubicarlo en el mapa de la prensa local, más allá de su identificación como cineasta.
Alfredo Mónaco (foto restaurada), locutor y periodista, constituyó otro eslabón de esta investigación. Poco se sabe de su vida, salvo los testimonios de compañeros de radio que trabajaron con él. Tenía 31 años cuando fue asesinado en junio de 1976, y su muerte figura registrada en los archivos del CELS (foto), en documentos desclasificados de la Embajada de Estados Unidos y en el libro "Muertos por la represión". Mónaco trabajó en varias radios, destacándose en LT8 con su programa "Mundo Joven", y también cumplía funciones como inspector del Ministerio de Trabajo de la Nación. A través de los recuerdos de sus colegas se pudo reconstruir algo de su personalidad y trayectoria, aunque los detalles concretos de su vida profesional se mantienen fragmentarios.
Hernández explica que hasta ese momento, el conocimiento sobre periodistas desaparecidos en Santa Fe estaba limitado a casos de la capital provincial durante 1975, mientras que en Rosario la única referencia previa era Leonardo Bettanín. Bettanín, aunque vinculado a medios, no trabajaba activamente como periodista local: había sido diputado nacional y militante de Montoneros, con su actividad periodística desarrollada de manera clandestina y en Buenos Aires. Su hermana, reportera gráfica, también estaba vinculada a la prensa porteña, y su compañero Jaime Colmenares, fotógrafo y reportero gráfico, desapareció tras un enfrentamiento en el Barrio Gráfico, presuntamente visto luego en la ESMA. A partir de esa referencia, los investigadores comenzaron a construir una lista de trabajadores de prensa rosarinos desaparecidos.
El proyecto de Hernández y Di Prinzio se define como "una lista en construcción". Desde los registros de la CONADEP en 1985, que identificaban a 84 periodistas víctimas de la represión, hasta hoy, se han logrado documentar más de 200 casos de trabajadores de prensa desaparecidos, asesinados, detenidos o muertos por la dictadura. Sin embargo, para muchos de ellos, la identificación de su profesión seguía ausente. La investigación busca restituir ese fragmento de identidad, devolviendo a cada víctima su lugar en la historia de la prensa y en la memoria colectiva.
La reconstrucción de las historias individuales también refleja las dificultades que impone la ausencia de registros. En el caso de Russo, su carné sindical había sido desestimado, y su muerte durante la masacre de Carrizales fue inicialmente registrada sin reconocerlo como trabajador de prensa. En el caso de Mariano Martínez Villalonga, la desaparición del diario Nuevo Diario y la confiscación de su material fotográfico por parte de los militares borraron gran parte de sus evidencias. En el caso de Alfredo Mónaco, la información disponible provino principalmente de archivos del CELS y testimonios de colegas. Cada historia requiere paciencia, contrastes y reconstrucción de fragmentos dispersos para que la identidad profesional de estas víctimas emerja de la invisibilidad.
Hernández subraya que la investigación no se limita a enumerar nombres, sino que busca restituir la memoria de estos periodistas. Mario Eduardo Russo (foto inferior restaurada) ingresó muy joven a La Capital como linotipista; Mariano Martínez, además de cineasta, se desempeñó como camarógrafo y reportero gráfico; y Alfredo Mónaco, locutor y conductor de radio, también trabajó como inspector laboral. Restituir a cada uno su condición de trabajador de prensa implica reconocer su aporte a la comunicación local y su lugar en la historia reciente de Rosario y Santa Fe.
El trabajo de investigación también se enmarca en un contexto más amplio: el seguimiento de las víctimas de la represión. Desde los 30.000 desaparecidos hasta los más de 200 periodistas identificados, el objetivo de Hernández y sus colegas es sumar detalles que permitan completar las historias individuales. Los datos que emergen de archivos, entrevistas familiares y registros institucionales no solo enriquecen la memoria histórica, sino que también habilitan nuevas preguntas y posibles hallazgos. Cada ficha de afiliación, cada testimonio, cada registro documental constituye un fragmento que reconstruye la identidad profesional de los desaparecidos.
El trabajo de Hernández y Di Prinzio enfatiza la importancia de la memoria activa. Al visibilizar a periodistas que fueron víctimas de la represión, no solo se rescata su identidad laboral, sino que se aporta al conocimiento histórico de la región. La investigación busca que familiares, colegas y la sociedad tengan referencias más completas sobre los trabajadores de prensa que desaparecieron o fueron asesinados, y que su memoria no se limite a la condición de víctima política, sino que también reconozca su rol en la comunicación local.
Finalmente, Hernández subraya que esta investigación sigue abierta. Cada dato nuevo, cada contacto con familiares, cada documento hallado contribuye a ampliar la lista de trabajadores de prensa desaparecidos o asesinados. La reconstrucción de sus vidas profesionales y personales permite devolver a estas víctimas un "cachito de su historia", reforzando el valor de la memoria histórica y profesional en la sociedad rosarina y santafesina.
Donde la memoria insiste: la historia de Mariano Martínez
Silvia Martínez recuerda a su hermano Mariano con la precisión que otorga tanto el amor como el dolor de una ausencia que dura décadas. Desde que lo desaparecieron, el 27 de enero de 1977, nunca volvieron a saber de él. Hoy, cuando el Sindicato de Prensa Rosario reconoce oficialmente su trayectoria como trabajador de prensa, Silvia siente que se hace justicia, aunque de manera tardía. Es un reconocimiento a la actividad profesional de Mariano, a su persona y, también, a la lucha incansable de su madre, Lucrecia Villalonga de Martínez, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo en Rosario, que dedicó años a buscar respuestas y preservar la memoria de su hijo y de tantos otros desaparecidos.
El archivo que su madre había recopilado a lo largo de los años, con registros de actividades, documentos y fotografías, llegó a Silvia a través de su propia hija, quien también se dedica al cine. Ese legado permitió aportar datos que antes estaban dispersos o perdidos, reconstruyendo la historia de Mariano como trabajador de prensa, pero también como hijo, hermano y joven con proyectos y sueños que la represión le arrebató. Para Silvia, cada nuevo hallazgo que surge de la investigación es un puente hacia quienes quizá lo conocieron, lo vieron o trabajaron con él, en Santa Fe, donde cursó estudios de cine y desarrolló parte de su trayectoria profesional.
Mariano estaba a punto de mudarse a Mendoza, preparando su vida con entusiasmo y dedicación. Silvia recuerda cómo, junto a su pareja, arreglaba y adaptaba la nueva casa: él con la madera de pinotea construyendo las sillas, ella tapizando los asientos. A la vez, Mariano organizaba cuidadosamente su archivo personal y político, un registro de su actividad y compromiso que reflejaba su inquietud, su habilidad y su determinación. Todo ese archivo, junto con sus pertenencias, desapareció el día en que lo secuestraron. El Expreso Malargüe, donde había dejado sus cosas para ser trasladadas, fue el lugar donde la represión se llevó su historia tangible; los militares confiscaron todo, borrando gran parte de la evidencia de su trabajo y de su vida cotidiana.
Silvia reconstruye con detalles cómo sucedió el secuestro. Esa mañana, Mariano había salido de su casa en el barrio Francia, casi en la esquina de Pellegrini, para hacer un mandado. Apenas había dejado la puerta cuando un diariero les informó que se lo acababan de llevar. Una Citroneta azul, que pertenecía a Mariano, fue utilizada por quienes lo secuestraron, y sus padres no encontraron ninguna respuesta en la policía ni en la jefatura local. Intentaron investigar por todos los medios, preguntando incansablemente, y su madre acudió al espacio que antes funcionaba como comando militar en Rosario en numerosas ocasiones, sin hallar ninguna respuesta. Al volver a casa, la familia encontró que otra patota había irrumpido: a su padre lo golpearon con picana, a su madre la amenazaron de ahogarla en la bañera, y se llevaron todo lo que tenía algún valor. La violencia sistemática, relata Silvia, no solo buscaba borrar a Mariano, sino también amedrentar y quebrar a quienes quedaban vivos, dejando marcas imborrables en la memoria de la familia.
Para Silvia, la desaparición de su hermano es un agujero abierto que la muerte nunca podría haber causado de la misma manera. "Si bien una muerte es muy dolorosa, una desaparición es terrible, porque no te permite hacer un duelo", dice. Aun así, cada reconocimiento, cada dato adicional que aporta la investigación, es un paso hacia la reconstrucción de la historia de Mariano, hacia la restitución de su identidad como trabajador de prensa y como ciudadano comprometido con la cultura y la comunicación. La esperanza de Silvia se mantiene viva en la posibilidad de que alguien, que haya conocido a Mariano en Santa Fe o en sus primeros años en Rosario, aporte algún dato más, alguna fotografía, algún testimonio que complete los vacíos que dejó la represión.
La memoria de Mariano Martínez, reconstruida a través de la investigación y del reconocimiento del Sindicato de Prensa, se convierte en un símbolo del esfuerzo por rescatar la identidad y el legado de los periodistas desaparecidos durante la dictadura. Cada archivo recuperado, cada ficha de afiliación encontrada y cada relato de los familiares devuelven a estas víctimas un "cachito de su historia", sostiene Hernández, y transforman la ausencia en memoria activa, otorgando sentido a décadas de búsqueda. Para Silvia, este proceso no solo honra a su hermano, sino que también reafirma el compromiso de quienes siguen luchando para que la verdad y la memoria no se pierdan y para que la historia de Mariano, como la de tantos otros, sea finalmente reconocida y contada.
La memoria de Mariano Martínez, reconstruida a través de la investigación y del reconocimiento del Sindicato de Prensa, se convierte en un símbolo del esfuerzo por rescatar la identidad y el legado de los periodistas desaparecidos durante la dictadura. Cada archivo recuperado, cada ficha de afiliación encontrada y cada relato de los familiares devuelven a estas víctimas un "cachito de su historia", sostiene Hernández, y transforman la ausencia en memoria activa, otorgando sentido a décadas de búsqueda. Para Silvia, este proceso no solo honra a su hermano, sino que también reafirma el compromiso de quienes siguen luchando para que la verdad y la memoria no se pierdan y para que la historia de Mariano, como la de tantos otros, sea finalmente reconocida y contada.
Memoria activa: del archivo familiar al Museo
Cecilia Sarmiento nunca llegó a conocer físicamente a su tío Mariano Martínez (foto restaurada), uno de los periodistas desaparecidos durante la dictadura. Sin embargo, su imagen se ha formado con fuerza a través de los relatos de su abuela Lucrecia y de su madre. A partir de esas historias familiares, Cecilia siente que conoce profundamente a Mariano, que lo quiere y lo reconoce como una figura que marcó su propia vida. La militancia política de Cecilia, su participación en centros de estudiantes y en partidos de izquierda, y su trabajo en movimientos obreros, la conectan directamente con la sensibilidad de su tío: cuando filmaba, recuerda, no podía evitar pensar en cómo él había registrado las luchas obreras en Villa Constitución o en Paraná Metal durante el Villazo, y en la fuerza con que veía la organización de los trabajadores.
El vínculo entre ellos se extiende también por la pasión compartida por el cine. Cecilia, como Mariano, se dedica al cine, trabaja en rodajes y realiza dirección de fotografía y cámara. A través de esa mirada artística, siente que hereda parte de su tío: la creatividad, la curiosidad, la capacidad de observar y registrar. "Nunca me senté a comer con él ni le di un beso", dice, "pero siento que está presente en mi vida". Esa presencia se hace tangible cuando visita lugares donde él trabajó, como Canal 5, o cuando contribuye a preservar su legado mediante la donación de archivos de su abuela al Museo de la Memoria, documentos que conservaban con enorme cuidado pese a las inundaciones y las dificultades de esos años.
La desaparición de Mariano no solo significó la pérdida de un ser querido: implicó la apropiación de sus objetos personales y de su archivo profesional. Su Citroneta azul, utilizada por los represores para operaciones de inteligencia, y todo el material que enviaba para su mudanza a Mendoza desaparecieron con él. Los militares también irrumpieron en la casa de sus abuelos, torturando a sus padres y llevándose objetos de valor. Poco quedó de sus registros, fotografías y proyectos, lo que convierte la reconstrucción de su historia en una tarea delicada y fragmentaria. Sin embargo, Cecilia subraya que, más allá de los objetos, lo más importante son las ideas, la creatividad y el compromiso de Mariano, que permanecen vivos a través de quienes lo recuerdan y buscan reconstruir su historia.
Mariano Martínez fue camarógrafo en Canal 5, asistente de dirección y, durante sus estudios en Santa Fe, fotógrafo en el Nuevo Diario, junto a otros compañeros y a su amigo Jorge Ferrario, también asesinado por la AAA. Participó en documentales y películas experimentales, y su trabajo en la Escuela de Cine de Santa Fe demuestra que la formación cinematográfica de la época combinaba documental y propuestas artísticas audaces. Su habilidad manual le permitió, además, construir dispositivos para cámaras y escenografías, destreza que también aplicaba en la militancia para resguardar documentos y material sensible.
Cecilia evoca a su tío como una persona solidaria, valiente y cuidadosa con quienes lo rodeaban. Su vida, aunque truncada, estuvo marcada por la defensa de los demás, el compromiso político y la creatividad artística. Para ella, reivindicar su historia es también un acto de justicia, un modo de mantenerlo presente y de enseñar a las nuevas generaciones el valor de la memoria, la militancia y la cultura que él cultivó y representó. Cada archivo conservado, cada investigación que reconstruye su trayectoria, cada espacio donde se recuerda su trabajo, es una forma de mantener vivo a Mariano, de "encontrarlo" aunque su cuerpo nunca haya vuelto.
El testimonio de quienes compartieron militancia y compromiso
Leónidas "Noni" Ceruti, destacado historiador radicado en Rosario, especializado en historia obrera y movimientos sociales en la zona industrial de San Lorenzo y Rosario, participó del homenaje. Ceruti habló sobre Mariano Martínez Villalonga, a quien conocía como Marianito, o Tito en el ámbito de la militancia.
Lo había conocido en 1975, cuando Mariano, tras militar en la organización comunista Poder Obrero, se incorporó al grupo político en el que Ceruti militaba, Socialismo Revolucionario. Durante esos dos años, Ceruti pudo comprobar la intensidad y la disciplina de Mariano: un militante activo "veinticuatro horas por veinticuatro", siempre presente en las luchas obreras de aquel momento. Había participado en el Villazo de 1974 y 1975, y compartió varios meses con Ceruti en su departamento, donde también se alojaba la hermana de Ceruti, mientras Mariano organizaba actividades y encuentros políticos. Hasta días antes de su desaparición, Ceruti mantuvo contacto con él.
El veintisiete de enero de 1977, el día que Mariano debía encontrarse con él en una esquina, no apareció. Preocupado y temiendo por la seguridad de su compañero, Ceruti se dirigió a la casa de Mariano, donde su madre le confirmó lo que temía: Mariano había sido secuestrado. Ese día marcó el inicio de un período de clandestinidad más profunda para Ceruti, quien sabía que otros compañeros de su organización habían desaparecido entre agosto de 1976 y enero de 1977. La información sobre Mariano la mantuvo oculta hasta regresar de su exilio interno y poder reunirse con la familia: primero con su sobrina Cecilia, militante de izquierda, y luego con su madre Silvia y su abuela, fundadora de la Asociación de Madres de Plaza 25 de Mayo.
Ceruti recordó a Mariano con afecto, como a tantos otros desaparecidos de aquel período, pero también con el compromiso de seguir luchando. Narró sus días de militancia compartidos en Rosario, la dedicación constante a las causas obreras y sociales, y la entrega que él y otros compañeros habían demostrado por ideales de justicia social. Para Ceruti, Mariano no era solo un amigo ni un compañero: era un ejemplo de militancia inquebrantable en una época de represión y violencia sistemática, donde muchos dieron la vida por una sociedad más justa, sin explotadores ni explotados.
En su intervención, Ceruti transmitió no solo la memoria de Mariano, sino también la de todos los desaparecidos, resaltando la necesidad de mantener viva la historia de compromiso, resistencia y solidaridad que los caracterizó. Su relato no solo evocaba la figura de Mariano, sino también la conciencia de un pasado que no puede olvidarse, y la responsabilidad de reconstruirlo para las generaciones futuras. Con palabras cargadas de emoción, cerró su testimonio con un abrazo simbólico a la lucha y a la memoria de aquellos que no regresaron: "Abrazos y luchas", dijo, reafirmando la continuidad del compromiso por justicia y memoria.
Fotos del evento: Julia Carmona











