domingo, 8 de febrero de 2026

Villa Banana: historia, estigma y comunidad al borde de la vía

Entre las vías del ferrocarril y las oleadas de migración interna, Villa Banana creció en los bordes del Estado y lejos de cualquier planificación urbana. Allí, donde el mapa llegó tarde, se fueron tejiendo historias de infancia, escuela y comunidad. Las docentes Liliana Mesa y Silvia Coronel recuperan esos relatos y hablan de educación comunitaria y resistencia cultural, para mostrar cómo un barrio popular construye identidad propia mientras enfrenta las transformaciones del tiempo y el peso persistente de los estigmas
Orígenes y primeros asentamientos
En el Distrito Oeste de Rosario, al pie de las vías del ferrocarril Belgrano, entre las avenidas 27 de Febrero, Presidente Perón y Avellaneda, se extiende un barrio cuya historia no nació de un plano ni de una licitación pública. Villa Banana creció donde el Estado llegó tarde, como tantas otras barriadas populares que rodean a las grandes ciudades argentinas: sobre terrenos poco urbanizados, sin servicios, sin títulos de propiedad, empujada por la necesidad y la migración interna.

Durante la década de 1960, alrededor de 1968, comenzaron a levantarse las primeras casillas en una zona que hasta entonces había sido de quintas, chacras y hornos de ladrillo. Familias que llegaban a Rosario en busca de trabajo ocuparon tierras ferroviarias y privadas, armando viviendas precarias al borde de las vías. Para 1980, el asentamiento ya se había consolidado como una comunidad firme, con cientos de familias viviendo en condiciones frágiles pero sostenidas por una trama social intensa.

El nombre del barrio no remite a la fruta, sino a una imagen vista desde arriba. Según recuerdan quienes habitan la zona desde hace décadas, las primeras construcciones se acomodaron siguiendo la curva del tendido ferroviario. Desde el aire, las casitas alineadas junto a las vías dibujaban una forma inconfundible: una banana. Así nació el nombre popular que todavía hoy condensa pertenencia, estigmatización y memoria.
La infancia de Liliana Mesa
Liliana Mesa es educadora intercultural y bilingüe. Pero antes de cualquier título, es hija de ese territorio. "Mi villa, mi Villa Banana", dice, y en esa repetición hay identidad y disputa. Creció al costado de la vía, sobre lo que entonces era avenida Godoy y hoy se llama Juan Domingo Perón. Desde allí construye una memoria que no entra en los informes técnicos ni en los renders de urbanización.

Hace poco decidió volver a escribirla y publicarla en sus redes sociales. No como nostalgia ingenua, sino como gesto político frente a un proceso que, según siente, "le lava la cara" al barrio mientras borra lo vivido. En ese texto aparecen los pasillos —como el Sin Fin—, el ferrocarril que funcionaba como despertador cotidiano, las vías convertidas en juego infantil donde había que caminar sin caerse. Aparecen también la escuela y el comedor, las fiestas de fin de año, el vestido nuevo, el asado, el chamamé, la mesa larga, la familia y ese olor a lluvia que, según el acuerdo tácito del barrio, siempre llegaba cada 31 de diciembre.

Liliana recuerda las chapas sonando con cada gota como una señal para ir a dormir, los domingos sin trabajo porque así lo decía su madre, la cocina compartida, la torta asada, el mate cocido. Recuerda a su hermanito Dani, que ya no está, a los amigos, los pies descalzos, los árboles, el cañaveral, la canchita de Vallejo y una lista de nombres propios que funcionan como mapa afectivo: Don Montiel, el Polaco, Doña Juana, la Colorada, Don Galván, los Fernández, los Freitas, Cortito y tantos más. "Ahora me pregunto quién puede nombrar todo eso", escribe, consciente de que la transformación urbana suele avanzar más rápido que la memoria.
Don Montiel y la comunidad QOM
Don Montiel ocupa un lugar central en ese relato. Fue uno de los primeros en llegar desde el norte, hacia fines de 1969, y uno de los pioneros de la comunidad indígena QOM en el barrio. Con él llegaron otras familias. Su casa fue la tercera o la cuarta del asentamiento. Así se fue armando Villa Banana, a fuerza de redes familiares y migraciones encadenadas. La historia que se cuenta en las casas coincide con la que quedó grabada en las fotos aéreas: cuando se realizó el primer mapeo de la zona, la imagen mostraba claramente las viviendas alineadas junto a las vías, formando esa curva que terminó de sellar el nombre.

Con el paso de los años, el barrio cambió. Algunas transformaciones trajeron mejoras visibles: se abrió la trama urbana, se hicieron calles como Lima y Servando Bayo, se construyó la Plaza de la Infancia, la antigua canchita se volvió placita. Pero también llegaron proyectos a medio camino y promesas políticas que nunca se terminaron de cumplir.

El cronista recordó cuando Hermes Binner, en el estudio de Aire Libre, Radio Comunitaria, habló de descentralización y anunció la necesidad de "transformar Villa Banana". El plan era ambicioso: un gran centro municipal de distrito, una avenida paralela, un parque que uniría Presidente Perón con bulevar Seguí, paralelo a Felipe Moré. La crisis económica, la falta de apoyos y los cambios de gestión dejaron esas ideas suspendidas. Después vinieron otros discursos: desde Cambiemos prometieron "abrir" el barrio; Mónica Fein golpeó puertas en Buenos Aires; Pablo Javkin retomó parte del proyecto, aunque —según dicen los propios vecinos— quedó a la mitad.
Transformaciones físicas y sociales
Las obras avanzaron de manera desigual. Algunas familias fueron relocalizadas cuando se abrió la traza de las calles; a otras se les prometió la refacción de sus viviendas. El padre de Liliana quedó del lado de los pasillos y todavía vive allí. Ella lo visita seguido y sigue trabajando con los chicos del barrio. Ve cómo se cierran pasillos con portones, cómo se mejora la fachada, cómo se ordena lo visible. Y también ve cómo, en ese proceso, se van yendo los habitantes más viejos, los primeros, los que sostuvieron el barrio cuando no había nada.

"Quieren mejorar, y se busca la mejora", reconoce. Pero insiste en no olvidar lo que se vivió. Las transformaciones la atraviesan con fuerza porque, mientras cambian las casas, se desarma una parte de la comunidad. Quedan los hijos, quedan los chicos, pero algo se pierde.

A partir de los años ochenta, recuerda, llegaron también otros problemas. La violencia empezó a florecer en un barrio que antes muchos recorrían sin miedo. Ella misma lo caminaba con tranquilidad. Incluso cuando trabajaba en una radio comunitaria y fue a hacer una nota con una médica del hospital Alberdi, se movieron por los pasillos sin inconvenientes para ayudar a una mujer postrada que necesitaba una silla de ruedas. "Después no sé si me animaba a moverme así", admite, aunque aclara que hoy sigue entrando y saliendo, que sigue pasando por los pasillos, y que muchas de las violencias que vio después las conoció fuera de la villa, en otros barrios, lejos de Banana.

Villa Banana no es solo un lugar que cambia con el tiempo. Es una memoria viva, siempre en discusión. Y en esa disputa, la voz de quienes crecieron al borde de la vía sigue insistiendo en que no hay urbanización posible si primero no se reconoce la historia que se intenta tapar.
Educación y memoria
Liliana Mesa creció en Villa Banana y sus recuerdos de infancia eran vívidos y precisos. Recordaba cómo, desde los doce años, comenzó a trabajar mientras cursaba el secundario: su madre los había anotado en una escuela particular en el centro de Rosario, y ellos mismos se pagaban los estudios y el colectivo. "Empezamos a hacer vida social fuera de la villa", decía, y relataba cómo conocer otras clases y sectores de la ciudad les abrió los ojos. Entre esas experiencias, vio violencia y drogas en otros barrios, pero en Villa Banana, mientras creció, nunca presenció lo que ahora muchos asociaban con las villas: bunkers de droga o narcotráfico. Sin embargo, sí recordó que años después la comunidad tuvo que organizarse para sacar un bunker de la villa, en Lagos y Francia, cerca de los FONAVI. Fue una movida grande, popular y cultural, hecha por vecinos comprometidos. "Más que nada lo hicimos nosotros, como vecinos, como comunidad popular", decía, enfatizando la fuerza de la organización barrial.

A pesar de los estigmas que acompañan a los barrios populares, Liliana nunca dejó de recorrer Villa Banana. Seguía caminando por los pasillos, observando cómo se habían abierto nuevas calles, se habían reformado casas y se levantaban plazas, pero al mismo tiempo, percibía la desaparición de vecinos históricos. "Sigo viendo que se está yendo un montón de gente ya grande, los primeros habitantes; iban quedando pocos, quedaban los hijos y están los chicos", contaba. Para ella, la transformación física era acompañada de un sentimiento de pérdida: la memoria colectiva, las historias de vida, los recuerdos de infancia, todo eso permanecía, aunque las calles cambiaran.

Liliana hablaba del estigma con claridad: cuando el gobierno anunció que Villa Banana dejaría de llamarse villa y sería Barrio Banana, ella percibió un intento de "cambiar la vestimenta" del barrio sin modificar la discriminación social de fondo. Recordaba que tanto ella como su hermano habían sentido miradas de juicio. Su madre pertenecía a la comunidad Toba y su padre era Correntino, y la combinación de rasgos influía en la manera en que los demás los percibían. "Mi hermano, que tenía más la cara de gente de la comunidad, sufrió mucha discriminación", decía. Aun así, los valores transmitidos por sus padres —educación, respeto, orgullo de sus raíces— fueron su bandera, y siempre los defendió. "Sentirme orgullosa de lo que me transmitieron, de quién soy, de mis raíces, de dónde vengo, fue siempre mi bandera", repetía, insistiendo en la importancia de mantener la identidad viva.
La villa no es un simple punto en el mapa; es un territorio marcado por la cultura y la educación. En Villa Banana conviven dos bibliotecas populares, el Club Social y Deportivo 20 Amigos y la Bananateca, además de la Escuela Marcelino Champagnat, cuya presencia es constante en el barrio, junto a otras instituciones educativas de la zona que forman parte de la vida cotidiana de niños y jóvenes. Allí también está la casita de Mensajeros de Jesús, donde funciona la Cooperativa Aquelarre, un espacio que condensa prácticas solidarias y organización popular.

El periodista insiste en que conocer antes de juzgar es fundamental: "Antes de levantar el dedito y discriminar, hay que conocer un poco más antes de decir que sos malo porque vivís en la villa". En ese marco, la educación intercultural bilingüe —con jardines de infantes, escuelas primarias, secundarias y el acompañamiento en la educación superior— aparece como una herramienta clave para que los jóvenes respeten sus raíces y, al mismo tiempo, puedan imaginar un futuro más amplio.

"Los chicos tienen que entender que no porque hayas nacido en una villa o seas de la comunidad tenés que ser tal cosa. Aquí estamos y estamos luchando todos los días", decía, con un marcado sesgo político y social, en defensa de la identidad de los barrios populares y del valor de las políticas educativas y culturales.
Comunidad, radio y organización
Silvia Coronel, que también se sumó a la charla, evocó con cariño la Aire Libre, Radio Comunitaria, que había sido un pilar constante de la vida del barrio. Contó que, desde su llegada al barrio Fonavi en 1984 hasta 2010, más de veinticuatro años, la radio fue su "base", un espacio para recoger las inquietudes de los vecinos y acompañar las cuestiones educativas y barriales. Recordaba con detalle la intensidad de la actividad vecinal: las reuniones, las cuotas, los reclamos, las iniciativas culturales y educativas; todo pasaba por la radio, que se convirtió en un punto de encuentro y de organización. "Era nuestra base, nuestra conexión con la comunidad", decía, mostrando cómo el medio no solo difundía información, sino que fortalecía la identidad y la memoria del barrio.

Al ver las fotos y escuchar los recuerdos de Liliana sobre Villa Banana, Silvia sintió un "regreso emocional" a esos años, evocando todos los recuerdos buenos que había vivido como docente en la villa. Su labor en la nocturna 12 implicaba recibir adolescentes y adultos, fundamentalmente de Villa Banana, y a medida que surgieron dificultades para asistir por la noche, comenzaron a abrir cargos, grados y horarios en la propia comunidad. Así, la radio y la escuela se entrelazaban: mientras uno visibilizaba necesidades y experiencias, el otro adaptaba la educación a las circunstancias reales del barrio. Silvia encontraba en Aire Libre un espacio de legitimación y comunicación: "Aquí recogíamos inquietudes y podíamos hacer que se escuchara la voz del barrio", explicaba, mostrando la importancia de los medios comunitarios como herramientas de transformación social y política.
Docencia en contextos precarios
En un galpón de chapa de zinc con piso de tierra, cedido por una iglesia evangélica que aún hoy permanecía en pie, comenzó su recorrido en Villa Banana. El lugar, humilde y precario, no tenía nada de aula formal: apenas un espacio abierto que exigía creatividad y esfuerzo para transformarlo en un sitio de enseñanza. Allí, cargando un pizarrón abandonado desde un depósito, improvisó su primera clase. Con ese tablero a cuestas, lo instaló y dio inicio a una experiencia que definiría su vida como educadora adulta, describiéndola como la más hermosa de todas. Cada gesto, cada detalle de aquel primer encuentro con los alumnos, estaba impregnado de una mezcla de clandestinidad, determinación y entusiasmo: no había ministerio que los acompañara ni recursos oficiales que los sostuvieran. Todo dependía de su voluntad, de su ímpetu, de "ir y ver cómo hacemos", tal como ella misma lo recordaba.

Ese impulso de acción inmediata, de irrupción en los lugares sin esperar permiso ni subsidio, definió a los docentes de aquel tiempo. Buscaban recursos por todos los medios posibles y se instalaban donde podían: un galpón, un comedor comunitario, cualquier espacio que permitiera dar continuidad a la educación. En un momento, se trasladaron a un comedor que habían armado las mujeres del barrio, un lugar más cómodo que el galpón inicial, donde también continuaron las clases. Allí, las madres organizaban el espacio para los niños y se sumaban a la creación de un aula que, pese a sus condiciones precarias, se convertía en un núcleo de aprendizaje y comunidad.

La docente recordaba con emoción los viajes que organizaron con los adultos y sus hijos. Uno de los más significativos fue a Chapadmalal, donde muchos de ellos conocieron el mar por primera vez. La planificación del viaje implicaba un esfuerzo enorme: buscar colectivos, conseguir recursos, coordinar la participación de las familias. Aquella experiencia no solo ampliaba horizontes geográficos, sino que fortalecía lazos comunitarios y reforzaba la importancia de la educación y la inclusión: "¿Te imaginas el viaje al mar? No conocían el mar. Una cosa maravillosa", recordaba, con la voz teñida de emoción.
La escuela como territorio
Su relación con Villa Banana era íntima y cercana. Entraba al barrio como si fuera parte de él, conocida por todos, saludando a los vecinos, identificando a cada alumno y su familia. La escuela y la comunidad se entrelazaban: recorrer las calles, hacer censos, buscar alumnos, ajustar horarios, acomodar espacios improvisados, todo formaba parte de la rutina docente. Cada acción tenía un doble sentido: enseñar y crear comunidad. La docente evocaba con nostalgia aquellos días: andar por el barrio en bicicleta, ser reconocida por los vecinos, sentir que la escuela se extendía más allá de sus paredes.

Pero no todo era alegría. Cruzar la avenida Godoy, enfrentar la discriminación, lidiar con las dificultades de acceso al trabajo y la seguridad, eran desafíos diarios. En la parada de changarines, por ejemplo, se concentraba un fenómeno social particular: hombres y mujeres que ofrecían su trabajo día a día para sobrevivir, enfrentando la precariedad y la necesidad. Allí se evidenciaban las desigualdades y el esfuerzo cotidiano de las familias para sostenerse, y la docente recordaba conmovida lo que significaba para esas personas un trabajo temporal o un gesto de solidaridad. También aprendió a reconocer la labor de los hombres y mujeres luchadores que se integraban activamente en la comunidad, y el valor del trabajo en equipo y la ayuda mutua, enseñanzas que le había transmitido su propia familia.
Educación como herramienta política

La educación, en ese contexto, impulsaba a la docente a involucrarse en la vida del barrio más allá del aula: acompañaba reclamos contra la violencia institucional y apoyaba a quienes sufrían injusticias. La Comisaría 13, escenario de represiones y detenciones arbitrarias, se convertía en un espacio donde las mujeres del barrio asumían la responsabilidad de proteger a los jóvenes: se presentaban en la puerta, exigían su liberación, organizaban movilizaciones y velaban por el respeto de los derechos de los menores. A través del proyecto Comunidades Justas y Seguras, el abogado Quique Font colaboraba brindando asesoramiento legal y capacitaciones para que los vecinos conocieran sus derechos frente a la violencia institucional, una labor pionera y fundamental en la década del ochenta. El periodista subrayaba que esa historia formaba parte de la memoria viva del barrio y de su identidad: educación y organización comunitaria se entrelazaban para generar cambios concretos.

La discriminación también estaba presente en los rostros y en los gestos cotidianos. Muchos chicos y chicas, incluso hoy, podían sufrir exclusión por su apariencia o procedencia. Para la docente, ofrecer oportunidades y herramientas de estudio era fundamental: "Es horrible que a un chico le digan que no por cómo es. La educación es la herramienta", afirmaba, defendiendo la idea de que el estudio y el conocimiento eran la base para enfrentar la desigualdad y promover la justicia social. Cada acto de enseñanza, cada libro rescatado de la biblioteca de la escuela, como los textos de Don Plácido Grela sobre la historia del Bajo Hondo, se convertía en un instrumento para entender que los problemas de un barrio no son individuales, sino el resultado de políticas públicas y decisiones políticas: "El devenir de un barrio y de la historia personal de una persona está relacionado directamente con las decisiones políticas", enfatizaba, subrayando la responsabilidad colectiva.

Conexión de experiencias personales y colectivas
Mientras contaba su historia, la docente hilaba cada experiencia propia con ideas sobre la comunidad y la política. Recordaba con detalle cómo muchas personas habían llegado solas desde provincias lejanas, dejando familias atrás, y cómo la villa se convertía en un lugar de apoyo y contención para quienes buscaban un futuro mejor. La escuela y los docentes no solo ofrecían educación formal, sino también acompañamiento emocional, orientación y solidaridad: un espacio donde la esperanza y la posibilidad de cambio se concretaban en acciones diarias.

Cada recuerdo tenía nombres, calles, detalles: todo mostraba lo fuerte y viva que sigue la comunidad. Las madres que organizaban los comedores, los vecinos que ofrecían ayuda, los activistas legales que enseñaban derechos, los estudiantes que recorrían calles desconocidas para llegar a clase: todos formaban parte de un entramado que mostraba que la educación, la solidaridad y la acción política estaban inseparablemente ligadas. La docente insistía en que la memoria de estas experiencias debía servir no solo para rememorar, sino para enseñar a las nuevas generaciones la importancia de involucrarse, actuar y transformar la realidad desde la educación y la organización comunitaria.

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Fotos: Liliana Mesa, Mensajeros y Señales

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