domingo, 12 de julio de 2009

Primer año de Crítica de Santa Fe

Por Luis Bastús
Todavía hay gente que cae en la oficina y nos pide “una compu”, creyendo que somos un ciber. Otros avanzan pidiendo que le hagamos fotocopias. “No, flaco, es al lado”. Y eso que la vidriera de nuestro sucucho tiene estampado el isologo del diario en tamaño familiar. Pero no hay caso. Lo que nos confirma que sí somos una Redacción es la colección de freaks que llegan hasta nuestra puerta atraídos por quien sabe qué inexplicable influjo ejerce la cocina de los diarios sobre algunas personas. Invariablemente, todas las redacciones son visitadas por estas personas, unas desopilantes, algunas pesaditas, otras reveladoras.
Seguro que nadie lo sabe y que tampoco importa. El lunes pasado, Crítica de Santa Fe cumplió un año. Momento inoportuno para andar de festejos, cuando todo afuera se ha desinflado y la psicosis gripal esmeriló a los más estoicos. No hay mucho tiempo para pensar reflexiones alusivas al primer aniversario del suplemento dominical de un diario. Tampoco hay demasiado para melonear, supongo, ignoro. Pero de un solo vistazo, la sensación más elemental es que, verdaderamente, un año pasa volando y que, sin embargo, asombra comprobar cuántas cosas caben en él.
Es que el tiempo empezó a medirse por semanas. Desde hace un año, amanecemos relajados los lunes, martes, empezamos a crisparnos los miércoles y jueves, y los viernes y sábados es adrenalina pura. Y en cada una de esas semanas, debe surgir un tema que nos desvele y nos inspire una tapa que –por mandato lanatiano– debe comunicar de manera más o menos original y elocuente. No siempre lo logramos, claro está.
Hace un año que empezamos a pensar que hacer un semanario es más difícil que hacer un diario, porque en estos no queda otra que dejarse llevar por la correntada del día a día y, de mínima, procurar un reflejo lo menos incompleto posible de la sucesión de hechos que la fauna periodística considera “las noticias de la jornada”, lo “importante”, “lo que hay que saber”.
En un semanario no. Hay un laburo de recorte más complejo, arbitrario, incluso. Jugado. Las noticias de la semana lucen viejas el domingo, a excepción de cuando le encontramos una vuelta, un aspecto inédito y diferente de contarlas. Tampoco una publicación dominical puede ajustarse a ser tan sólo la foto de lo que sucedió en la jornada anterior, pues en esos días la vida se toma un respiro y hasta los periodistas –fulanos como cualquiera, qué novedad– anhelamos los tiempos en los que el sábado era sinónimo de descanso. Podría pensarse que debemos despreciar la agenda y apostar sólo a temas propios. Es un recurso válido que nos ha dado satisfacciones, pero tampoco podemos ser autistas marcianos, indiferentes a lo que el resto de los medios ha masticado en las vísperas.
No nos quedó otra que inferir que el equilibrio está en la combinación de todos esos criterios, y rompernos la cabeza, puntualmente, todas las semanas al pensar la edición.
No esperamos ningún premio, pero dejame confesarte los motivos de nuestro módico orgullo: algunas ediciones a lo largo de estos doce meses que nos dieron esa dulce sensación que se saborea al término de un buen laburo.
Anticipamos la conexión Rosario en la ruta de la efedrina, y luego revelamos la historia de quien ha sido dado en llamar su rey. Mostramos el trasfondo del crimen del gremialista de Atilra; te enteramos de las empresas que quisieron sacar tajada de la crisis; las prepagas y las obras sociales que se niegan a atender discapacitados. Sacamos a la luz las irregularidades que había en el Cudaio, y te hicimos conocer a los verdaderos ganadores del boom sojero que esquivaron la guerra gaucha. Un domingo desnudamos cómo la city financiera usa a personas pobres para hacerse de dólares que luego venden sin declararlos en el mercado negro; contamos la conversión religiosa del ex jefe de la barrabrava de Newell’s; y entrevistamos por primera vez al oficial que denunció a la cúpula policial por las cajas negras de recaudación ilegal.
Todo este maremágnum ha ocurrido en un cubil donde una grácil vendedora podría atender una boutique o un local de filatelia. Pero no, estamos nosotros tres –Germán, Richie y yo– cual armada Brancaleone remando esta galera semanal con Lotuf, el mentor de esta publicación que nos convocó hace un poco más de un año. Luego fueron apareciendo los colegas que aportan sus colaboraciones y que nos hacen sentir que somos más, como Noel, Hernán, Lalo, María, Leo, Damián, Gustavo y Javier. Y el indispensable trío santafesino –Lucho, Héctor y Erika– con el que todavía nos debemos un asado. También está Daniel, que se ocupa desde los avisos hasta de reponer los fluorescentes. Todos hacemos esta publicación que nació con el humilde propósito de ofrecer una versión algo distinta de lo que abunda en la vidriera mediática. Ya sé: cada medio se ufana de ser distinto (y otros se jactan de ser primeros y masivos), pero bueno, ahí está el quiosco para el que quiera comparar. ¿Nombré a todos? No. A vos quizás no te importan los quiénes, pero sí los qué. Y en este año, y lo que quede por delante, tratamos de ser consecuentes con el eslogan inaugural del diario: “La diferencia entre informarte y entender”.

Lo hicimos
Por Alberto Lotuf (Director, productor de Crítica de Santa Fe)
Con Lanata compartimos durante años una grilla de programación en Radio Del Plata. Mi contacto con él se limitaba a algunas entrevistas que le hice, algunas muy divertidas y con mucha onda, siempre interesantes. Amigos en común me confesaban que al Gordo le daba por las pelotas que lo llamara los domingos a la mañana para sacarlo en mi programa en Buenos Aires. Pero Lanata es así, y siempre accedió de buen modo.
Un día, Sietecase (amigo incondicional) me dijo que el Gordo estaba más loco que nunca: iba a poner un diario. Le pregunté a Reynaldo si se refería a un portal web. “¡No! ¡De papel!”, contestó. También soltó que le había dicho al Gordo que yo era el hombre indicado para llevar adelante el proyecto del suplemento en Santa Fe. La idea me gustó, y también a Lanata. A mí me faltaba incursionar en la gráfica, y a él le faltaba volver a ella. Nos reunimos, y puedo asegurar que en cinco minutos acordamos. Lo juro. Desde el primer momento hubo gran sintonía. Después, Gabriel Cavallo y Patricio Carballés fueron impulsores notables.
En la fiesta de presentación en Buenos Aires, Gabriel me dijo: “Decidí la fecha y arrancamos”.
Busqué la gente, elegí, pregunté a colegas, recibí recomendaciones, y llegué a la conclusión de que el tándem básico era con Luis Bastús, Germán De los Santos y Ricardo Robins. La base ya estaba; luego le dejé a Luis la tarea de elegir los columnistas, para que fuera asumiendo la responsabilidad que tendría por delante. Hubo más de veinte reuniones previas, veinte sábados de armar el proyecto. Muchas ideas sobre la mesa. Los encuentros con el Sueco, con Capalbo y Alfieri. Margarita diciéndole al Gordo que íbamos a perder plata.
Mi objetivo, además, era que la aventura perdurara.
Todos vinieron a la presentación de Rosario. En Augustus no cabía un alfiler, en El Cairo había gente colgada de los ventanales. Y logramos constituirnos en opción al Decano de la prensa argentina,los días domingos.
Hoy esta publicación es un referente de la prensa santafesina. Su página en internet está entre las más visitadas del país y, gracias a esta tecnología, una noticia local se convierte en minutos en una noticia nacional.
Cumplimos un año. Tuvimos de todo. Titulamos grandes primicias, cometimos errores, aumentamos el tiraje del diario un 50 por ciento los domingos en la provincia. El último diario de papel del país hizo pie en Santa Fe y se hizo realidad.
El desafío fue grande. La crisis del campo, justo en Santa Fe, la crisis internacional, se fue Lanata, la gripe A. Aquí estamos, cumpliendo un año. Muchos no apostaban a esto.
Ya ven: lo hicimos.

Fuente: Crítica de Santa Fe

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