Una cerradura forzada, un contrato vigente y once años de trabajo colectivo pusieron en evidencia una disputa más grande que un galpón frente al río
Casi al mediodía de ayer, la noticia empezó a correr como esos rumores que nadie termina de creer. En la redacción, entre colegas, la primera reacción fue un "no puede ser, algo no cierra". Pero sí, estaba pasando. Todo tenía lugar en la costa del río, en el predio donde desde 2015 funciona el Almacén de las Tres Ecologías. Todos hablaron y escribieron sobre ese lugar durante años, desde el día que abrió y, en realidad, desde antes, cuando todavía era solo un proyecto.
Casi al mediodía de ayer, la noticia empezó a correr como esos rumores que nadie termina de creer. En la redacción, entre colegas, la primera reacción fue un "no puede ser, algo no cierra". Pero sí, estaba pasando. Todo tenía lugar en la costa del río, en el predio donde desde 2015 funciona el Almacén de las Tres Ecologías. Todos hablaron y escribieron sobre ese lugar durante años, desde el día que abrió y, en realidad, desde antes, cuando todavía era solo un proyecto.
La gente que hoy cuenta lo que pasó estuvo ahí desde el principio: en la previa a la inauguración, el día que finalmente abrieron las puertas. Todavía se acuerdan de ese espacio lleno de amigos y amigas, de una energía colectiva que buscaba demostrar que otra economía era posible: social, cooperativa, diferente. Por eso el golpe fue inmediato. Los mensajes iban y venían; consultaron a conocidos, al municipio. Nadie sabía bien qué decir. La explicación oficial no llegaba, pero todos la exigían.
La irrupción municipal y la cerradura forzada
Roberto García, una de las caras más visibles del Almacén y referente histórico del proyecto, fue el que logró reconstruir lo que había pasado. No fue una intervención abstracta del Estado municipal, dijo, sino algo concreto, con responsables: la Subsecretaría de Economía Social, que depende de la secretaría de Desarrollo Humano y Hábitat que conduce Nicolás Giannelloni. Ese día, personal municipal apareció en el lugar con un cerrajero. Forzaron la entrada, rompieron los dos candados y la cerradura, la cambiaron y, sin avisar a nadie, se quedaron con el espacio.
Después, desde el municipio dijeron que habían notificado y que necesitaban hacer una obra. García no les creyó ni un poco: "Es una excusa burda", dijo. Recordó que el Almacén ocupa un espacio público gracias a un contrato legal de cesión de uso, algo bastante común en la ciudad. El Estado, dueño del edificio, lo cede para que lo gestionen organizaciones sociales, barriales o vecinales.
Ese galpón no está solo. Es parte de un entramado más grande: los viejos galpones ferroviarios y portuarios de la costa central rosarina, lugares que quedaron vacíos después de las privatizaciones de los años noventa y la caída de buena parte de la economía nacional. Pasaron al ONABE, un organismo nacional, y después a los gobiernos locales. En esos galpones, como recuerda García, la ciudad fue armando parte de su identidad reciente: ahí nació el Museo Macro, en otros puntos surgieron experiencias como la Isla de los Inventos o el Jardín de los Niños.
En uno de esos galpones, la entonces Secretaría de Economía Solidaria imaginó varios proyectos. Por ejemplo, una cocina comunitaria que nunca funcionó y terminó abandonada. En ese contexto —con el espacio vacío, bajo la órbita de un organismo estatal dedicado a promover economías alternativas, no capitalistas ni comerciales, basadas en la cooperación— varias organizaciones sociales presentaron un proyecto. Lo hicieron dos años seguidos. La idea era clara: crear un almacén gestionado en conjunto por redes de comercio justo y organizaciones ya existentes, con autonomía y vocación pública.
Así nació el Almacén de las Tres Ecologías. Un espacio abierto, pensado para que cualquiera pueda comprar, encontrarse, charlar, sentarse a tomar un mate, pedir agua sin pagar. No era como los bares concesionados y privados de la costa, donde el acceso depende de consumir algo. En el Almacén entraba cualquiera. Así funcionó durante once años, con un contrato de cesión de uso que se renovaba automáticamente y estaba vigente hasta julio de 2026.
Por eso, lo que pasó se sintió como un atropello. De un momento a otro, violentando la entrada, el Estado tomó un espacio que había cedido legalmente. Para García y las organizaciones que lo gestionan, fue un acto ilegal. "Si hay un contrato, aunque tengan que hacer una obra, no pueden entrar así", explicó. Es como si el dueño de una casa decidiera irrumpir sin aviso para hacer arreglos, sin explicar nada.
En redes sociales empezó a circular la versión de un problema eléctrico. Pero, según contaron desde el Almacén, ese problema ya estaba solucionado. Incluso, el espacio estaba abierto de forma permanente para que los electricistas y arquitectos municipales hicieran su trabajo. "Entendemos que es lógico", admitió García, pero remarcó la diferencia entre coordinar trabajos y romper cerraduras para tomar el lugar.
Todo se complicó cuando el personal municipal quiso llevarse los productos de las cooperativas que trabajan en el Almacén. De entrada, ese intento se sintió como un robo: estaban por llevarse cosas que no le pertenecen al Estado. Por suerte, la maniobra se detuvo ahí mismo, después de una charla con la policía. Los policías, según cuentan, tampoco entendían mucho la orden que tenían que cumplir: era meterse en un lugar que, por contrato, no podían tocar. Algo parecido les pasó a los trabajadores de la Secretaría de Control. García les agradeció después, porque entendieron rápido en qué lío los habían puesto.
Al final, apareció un jefe y redactaron un acta. Nada nuevo: esas actas suelen usarse para meter presión. García lo explicó claro: frente al Estado, el ciudadano siempre está en desventaja. No quedaba otra más que firmar. Lo único que se consiguió fue un empate: lograron que no se llevaran los productos. Eso sí, las llaves no las devolvieron. Además, las organizaciones tuvieron que firmar que se hacían responsables de cualquier daño que pasara a lo que quedaba adentro.
Pero el problema no es solo lo material. Para la gente que banca el proyecto, lo que está en juego es algo mucho más grande: la legalidad. "Si el propio Estado rompe la legalidad, ¿qué esperamos de la democracia?", tiró García. El Almacén de las Tres Ecologías —que es un proyecto ciudadano, raro o directamente único en el país por su carácter público y comunitario— quedó golpeado y en la cuerda floja. Y ese riesgo, insistió, tiene que enterarse toda la sociedad.
Las preguntas no paran de aparecer. ¿Por qué esta intervención tan repentina? ¿Qué obra es la que tienen planeada y por qué no la explican? Desde la Municipalidad dicen que hay una sobrecarga eléctrica y que hay que arreglarla urgente. Pero la gente del Almacén asegura que ese tema ya estaba resuelto, y que cualquier cosa extra se pudo haber coordinado, como hicieron en diciembre y enero, avisando antes y dejando entrar a los técnicos cuando hacía falta.
Dicen que hay testigos de esto, incluso los arquitectos municipales: nunca se les negó la entrada. Pero hay un detalle que deja dudas. El día de la intervención, aparecieron veinte bolsas de cemento y bloques de ladrillo. "¿Qué tiene que ver eso con la electricidad?", preguntó García. Nadie respondió.
Un barquito en un mar de privatizaciones
Hoy el Almacén está en una de las zonas más codiciadas de Rosario, rodeado de negocios en crecimiento y privatizaciones por todos lados. A metros nomás, el municipio abrió un mercado nuevo: pura postal de una ciudad pensada para comprar y vender. Frente a ese panorama, García usó una imagen literaria para describir el lugar del Almacén: "Es como un barquito a la deriva en medio de un mar inmenso". La frase, de Macedonio Fernández, le queda justa: muestra lo frágil y al mismo tiempo lo terco que pueden ser estos proyectos colectivos cuando se enfrentan a poderes mucho más grandes.
Para García, ese "barquito" representa a todas las experiencias comunitarias que chocan de frente con gobiernos voraces que, aunque sean legítimos porque los eligió la gente, en el fondo piensan la ciudad para unos pocos. Hay un plan, dice, que nadie quiere mostrar del todo, porque si lo hicieran, se vería el juego completo. Las pistas están: en lo que dicen los arquitectos, en rumores en las oficinas, en comentarios dentro del propio Estado. Y la gente lo sabe. No es novedad que existe un proyecto para renovar toda la costa rosarina.
Ese plan, advierte García, no es solo de obras. Incluso algunas escuelas municipales de arte urbano podrían desaparecer. La idea es clara: la costa está pensada para el consumo, casi exclusivamente. Hoy, buena parte de la ribera está en manos privadas o bajo concesión, con zonas de lujo como Puerto Norte. Los espacios públicos que quedan —parques y accesos al río— son fruto de peleas y reclamos. "Si no se hubiera peleado, capaz pasaba lo mismo que en Buenos Aires, donde no hay acceso a la costa", reflexionó.
Aun así, todavía quedan muchos espacios estatales que, según la gente que maneja el Almacén, poco a poco van camino a ser privatizados o concesionados, un poco como ya viene pasando. Si uno mira el mapa —desde Puerto Norte, o incluso antes, desde Avellaneda, hasta el puerto de Rosario y la zona de 27 de Febrero— no hay lugar para un espacio comunitario, ni para proyectos de economía solidaria. Nada de cooperativas de trabajadores que se conectan entre sí, que intercambian con redes nacionales, que prueban otras formas de vender y que defienden una mirada ecológica más amplia.
Esa perspectiva, dice García, no es solo cuidar el ambiente natural. También habla de la ecología de las relaciones sociales y la ecología de lo que pensamos. Y, claro, esa última es la primera que atacan. "Nos colonizan la cabeza y nos hacen creer que la única opción son patios de comida, restaurantes o bares", explicó. No es que esté en contra de esos negocios, salvo cuando los usan como excusa para barrer con otras formas de vida colectiva, sobre todo las que apuestan a la democracia participativa.
Desde esa mirada, el Almacén de las Tres Ecologías es una experiencia real de participación ciudadana. No por el tamaño —apenas un espacio de diez por veinte metros— sino por lo que representa: es del Estado municipal, y por eso mismo de todos los rosarinos y rosarinas, pero lo gestionan organizaciones sociales. "Estamos muy lejos de una democracia real, y mucho más lejos todavía de una democracia participativa", dice García. En ese contexto, romper la cerradura no fue solo algo material: fue un golpe simbólico a una experiencia que aguantó más de diez años.
La asamblea, la feria y lo que viene
Después de la irrupción municipal, las organizaciones llamaron enseguida a una asamblea popular abierta. De esa reunión salieron las primeras decisiones colectivas. El acceso al espacio, aclara García, ya no es libre. Hasta el día anterior, tenían tres llaves, dos candados, una cerradura, y podían entrar y salir sin problemas. Ahora, la municipalidad tomó el control por la fuerza. Lo único que acordaron fue algo precario: las producciones siguen adentro y se puede feriar, pero para entrar hay que pedir permiso. "Hoy podemos entrar, pero con autorización", resumió.
Como respuesta, decidieron armar una gran feria abierta durante dos días seguidos. Invitaron a productores directos, artistas y gente de la cultura, buscando que el conflicto se haga visible y remarcar que el proyecto es colectivo. Al mismo tiempo, empezaron a prepararse para la reunión del lunes, que para ellos es clave. Ahí esperan que el municipio diga, de una vez, cuál es el plan para ese galpón que intentaron desalojar y que ocuparon, aunque sigue vigente un contrato de cesión de uso.
Para García, lo mínimo era terminar formalmente ese contrato. Así, dijo, se hubiera podido discutir de verdad, con todas las cartas sobre la mesa. Pero lo que generaron fue un escenario de desgaste: poner el cuerpo todos los días, discutir, salir a desmentir, aguantar acusaciones de violencia solo por estar ahí. Ahí fue claro: la modalidad del Almacén no es violenta, ni cerca. Todo lo contrario. Insistió: esto es una experiencia basada en el diálogo, la organización colectiva y la participación.
La explicación que llegó al día siguiente
Desde el mismo momento en que entraron al Almacén de las Tres Ecologías, el equipo de Señales trató de reconstruir lo que pasó con la versión oficial. Primero hablaron con el secretario de Desarrollo Humano y Hábitat, que los derivó al subsecretario de Economía Social, William Germán Burgener. La respuesta llegó recién a la mañana siguiente, en un audio que el funcionario aclaró que grabó porque tenía problemas de voz.
En ese audio, Burgener dijo que el Almacén es parte de una nave más grande que incluye el Centro de Emprendedores del Centro y el Mercado del Río, y que todo eso comparte la misma instalación. Según él, los equipos técnicos encontraron una falla eléctrica general que los obligaba a hacer reformas urgentes para evitar daños a personas o cosas. Por eso, decidieron intervenir el espacio y suspender su uso hasta terminar la obra. También aseguró que el municipio se puso a disposición de los emprendedores para buscar alternativas, incluso con un esquema de comercialización alternativo inmediato. Además, señaló que la mayoría de los que participan del Almacén también forman parte de otros circuitos municipales de comercialización, como las ferias fijas, y cerró el mensaje reiterando su voluntad de seguir trabajando en conjunto.
Roberto García escuchó el audio con atención y no tardó en responder, esta vez sin rodeos. No habló de mentiras, pero sí fue directo sobre las imprecisiones, y para él eran graves. La principal, dijo, tiene que ver con cómo se describe el espacio y quiénes lo forman. Explicó que solo cerca del 30% de quienes forman parte del Almacén están vinculados a programas municipales para emprendedores sociales, y algunos de ellos además participan en otras ferias. El 70% restante, el verdadero corazón del proyecto, lo integran organizaciones cooperativas legalmente constituidas. Ellas son las que firmaron el contrato de cesión de uso con el municipio.
Del rebusque individual a la organización colectiva
En el momento en que firmaron ese contrato, recordó García, las cooperativas aceptaron abrir el espacio a emprendedores de los programas municipales, pero con un objetivo claro: que esas personas se formen colectivamente y den el salto hacia la creación de nuevas cooperativas. La idea nunca fue fortalecer carreras individuales, sino fomentar la organización. García incluso cuestionó el término "emprendedor", que ve engañoso y demasiado cargado de individualismo, como si cada quien pudiera arreglárselas solo. Esos formatos, explicó, nacieron como estrategias de supervivencia en tiempos de crisis profunda, sobre todo a fines de los noventa y después de 2001. Pero el objetivo siempre fue la construcción colectiva.
Desde ese lugar, el discurso del subsecretario le resulta a García una distorsión de la realidad. En ese relato, las cooperativas ni siquiera existen. Las borraron del mapa oficial, aunque son quienes firmaron el contrato y llevan el peso del proyecto. Con esas autoridades, avisó, tendrán que sentarse a conversar el lunes. Y lo harán, pero no porque no quede otra, sino convencidos de que defienden algo justo y respaldado por más de diez años de trabajo.
García también puso sobre la mesa la diferencia entre la historia de las organizaciones y el paso fugaz de los funcionarios. "Nosotros estamos acá hace muchos años y vamos a seguir estando", dijo, incluso si al final los expulsan del Almacén. En ese contexto, volvió a remarcar que el argumento de la "obra eléctrica" es solo una excusa. Las reparaciones, aseguró, ya estaban casi terminadas. Los trabajos se hacían a la mañana, cuando el Almacén está cerrado, porque solo abre viernes, sábados, domingos y feriados por la tarde. Así que no hay razón válida para desarmar todo el espacio por ese motivo.
Para García, el objetivo real es vaciar el lugar. Y, dice, hay una pregunta sencilla que el municipio esquiva: ¿van a renovar el contrato en 2026, como se hizo durante once años seguidos? Si la respuesta fuera sí, bastaría con aclarar de qué obra se trata y cuándo se podrá volver a usar el espacio con normalidad. El silencio ante esa pregunta, para él, lo dice todo: no piensan renovar el contrato. "Ahí está la verdad", remarcó, y criticó las palabras amables y las actitudes de manual de la política, que solo buscan esquivar el debate de fondo ante la gente.
Mientras tanto, el Almacén sigue con el acceso restringido. Ese fin de semana, las organizaciones avisaron que van a estar presentes de 19 a 22 horas, durante la feria abierta. El lunes, después de reunirse con el municipio, irán al Concejo Deliberante para pedir un informe detallado sobre el tipo de obra que quieren hacer, sobre todo porque hay algo que sigue llamando la atención: entraron bolsas de cemento y ladrillos, materiales que poco tienen que ver con una reparación eléctrica.
Ya hubo concejales que se acercaron. Entre ellos, Pablo Basso, del peronismo; Julián Ferrero, de Ciudad Futura; y otros que pasaron a expresar su apoyo. García adelantó que va a hablar con todos los bloques, sin importar el partido. Radicales, libertarios, oficialistas: para él, lo que pasó es un atropello directo al orden legal.
El conflicto también hizo ruido dentro del propio municipio. Los delegados y gremialistas de la Secretaría de Desarrollo Humano salieron a apoyar públicamente a los trabajadores y trabajadoras de Economía Social, quienes —según el comunicado— llevan más de diez años acompañando a los emprendedores y fueron testigos del desalojo decidido por la subsecretaría. Desde el Sindicato de Trabajadores Municipales de Rosario repudiaron la violencia y el maltrato, pidieron diálogo y advirtieron sobre la gravedad del conflicto en un contexto de crisis económica que golpea a todo: país, provincia y ciudad.
El Almacén de las Tres Ecologías terminó en el ojo de una pelea mucho más grande que él mismo. No es solo un galpón junto al río ni una obra de cables y postes. Acá hay dos ideas de ciudad que chocan de frente: una mira el espacio público como algo que se compra y se vende, la otra lo cuida como un lugar de encuentro, organización y participación real.
Imagen de archivo
En defensa de un espacio público, comunitario y sin fines de lucro
La costa central de Rosario reúne zonas privadas de alta concentración económica, especialmente en el área de Puerto Norte; espacios estatales como museos, escuelas y talleres; y espacios públicos comunes a toda la ciudadanía, como los parques. Dentro de este reparto de lo sensible existe un solo espacio comunitario y cooperativo que funciona en un edificio del Estado, es decir, de la ciudadanía de Rosario. Se trata de un espacio que desde hace once años fue cedido para su uso mediante contratos con renovación automática, con el objetivo de llevar adelante una experiencia autogestiva y sustentable, sin fines de lucro.
Durante todo este tiempo, el Almacén de las Tres Ecologías abrazó prácticas ecológicas, el amor por la Pachamama, las producciones sanas y solidarias, y los encuentros afectivos de nuestro entorno social y cultural. En este sentido, el Almacén de las Tres Ecologías es un espacio único en nuestra ciudad y uno de los poquísimos que existen a nivel nacional.
Por eso nos preocupa profundamente la idea de que se intente seguir privatizando espacios comunes, incluso la pequeña superficie que ocupamos, para realizar actividades que ya existen en abundancia y que podrían desarrollarse en cualquier otro lugar. En lugar de cuidar y regar este jardín de gentes que buscan compartir otras experiencias productivas y otras lógicas de consumo que no contaminen ni el ambiente, ni el cuerpo humano, ni las conciencias.
Nos quieren echar para seguir sumando patios de comida, contra los cuales no tenemos nada en particular, salvo cuando se utilizan como excusa para terminar con esta experiencia comunitaria.
Para que la democracia sea verdadera, los espacios públicos deben distribuirse de manera equitativa y deben promover experiencias que sanen el cuerpo social y las relaciones humanas, en lugar de impedir que crezcan y se desarrollen. La ecología es una práctica de cuidado y de pervivencia de nuestra vida en el mundo: cuidado de la naturaleza, cuidado de las relaciones sociales y cuidado de las conciencias democráticas e igualitarias. Eso es, en definitiva, ni más ni menos.
Colectivo del Almacén de las Tres Ecologías
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Fotos: Almacén de las Tres Ecologías, CTA Rosario





