En diálogo con Aire Libre Radio Comunitaria, en el programa Señales, la cantora y abogada repasó la herencia musical de su padre, Jorge Cafrune, el camino que la llevó a construir una identidad artística propia y las dificultades de sostener una carrera independiente. Defensora del folklore tradicional y de la cultura como derecho, reflexionó también sobre el lugar de los artistas, el avance de la inteligencia artificial y la necesidad de recuperar los espacios culturales como ámbitos de encuentro comunitario.
Hay voces que nos cantan una canción y hay voces que nos cuentan quiénes somos, de dónde venimos y qué cosas no debemos olvidar. Voces que tienen aroma a tierra, a caminos largos, a fogones encendidos, a patios familiares y a esas guitarras que, cuando comienzan a sonar, parecen reunirnos alrededor de algo que nos pertenece a todos: nuestra identidad.
En el folklore, en la música popular y en esa Argentina profunda que se expresa en una zamba, una chacarera, una vidalita o una copla, hay apellidos que forman parte de la memoria colectiva. No son solamente nombres de artistas, sino pedacitos de nuestra historia. Uno de ellos es Cafrune.
El apellido de un hombre que hizo de su voz un abrazo al pueblo. Jorge Cafrune, nuestro querido Turco, fue un cantor que recorrió caminos, cantó con el corazón abierto y defendió la canción popular como una forma de compromiso con la gente, con sus dolores, sus esperanzas y sus sueños. Su huella permanece en la cultura argentina y también en la vida de su hija, Yamila Cafrune, una mujer que lleva esa herencia con orgullo y responsabilidad, pero que, a lo largo de más de tres décadas de carrera, construyó su propio recorrido artístico.
Yamila Cafrune nació en Buenos Aires el 16 de noviembre de 1965 y creció en el ámbito rural de Los Cardales, en contacto con una vida ligada a la tierra y a las tradiciones populares. Su nombre encierra, desde el comienzo, una historia de lucha y libertad: sus padres la llamaron Yamila en homenaje a Yamila Bupacha, heroína de la revolución argelina contra la colonización francesa.
En 1972 regresó a la Argentina después de haber vivido con su familia en España. Seis años más tarde, cuando tenía apenas 12 años, perdió a su padre, el mítico cantor popular Jorge Cafrune, una figura fundamental del folklore argentino. Tras su fallecimiento, la familia se instaló en Santa Fe, donde Yamila cursó sus estudios secundarios y construyó una parte importante de su historia personal. Más adelante se trasladó a Córdoba para estudiar Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba, carrera de la que se recibió en 1991. Aunque su formación académica le abrió un camino profesional, la música fue ganando espacio en su vida hasta convertirse en su oficio y en la forma de continuar, desde una identidad propia, el legado artístico y humano de su padre.
Yamila conoce el peso de un apellido que forma parte de la historia grande del folklore. Sin embargo, sabe que ningún legado puede sostenerse solamente con recuerdos: hay que hacerlo vivir, volver a cantarlo, acercarlo a las nuevas generaciones y permitir que encuentre nuevos oídos. Esa convicción atraviesa su manera de entender la música y de ejercer su oficio.
Durante su participación en el programa Señales, la artista agradeció especialmente las palabras con las que la habían presentado. La idea de que un legado no se mantiene solo con recuerdos la había conmovido. "Nunca me hicieron una presentación tan bonita", reconoció, y aseguró que se iba a acordar de aquella frase. Desde Cañuelas, provincia de Buenos Aires, donde vive, se sumó a la conversación en una jornada lluviosa, de esas en las que el agua cae durante días sin terminar de definirse.
Contó que se encontraba a unos 70 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, en dirección a Lobos, y que llevaba dos o tres días de lluvia intermitente, con momentos de precipitaciones fuertes y otros de una llovizna persistente. Entre el humor y la descripción cotidiana, confesó que prefería que lloviera con fuerza y de una vez, antes que soportar esa incertidumbre de una lluvia que no termina de ser lluvia ni llovizna. La humedad, dijo, también molestaba, aunque reconoció que el agua podía venirle bien al campo y a quienes dependen de ella.
La escena doméstica abrió paso a una de las cuestiones centrales de su historia: la relación con la figura de su padre y la manera en que una herencia artística se transforma en una identidad propia.
Una herencia que no se copia
Cuando se le preguntó cuánto tiempo le había llevado encontrar su lugar frente a un apellido tan grande como el de Jorge Cafrune, Yamila respondió que se trataba de un proceso que acompañaba toda la vida. No existe un momento definitivo en el que una persona pueda afirmar que ya resolvió por completo esa relación con su origen. A veces, explicó, uno cree que está haciendo algo propio y recién con el tiempo descubre hasta qué punto las influencias recibidas siguen presentes.
En su caso, había una circunstancia fundamental para comprender ese vínculo: tenía apenas 12 años cuando murió su padre. A esa edad, sostuvo, estaba muy lejos de tener como referencia consciente la posibilidad de imitarlo. "Era muy fuera de mi radar ver qué era él para copiarlo", explicó. No había existido, durante su infancia, una decisión de reproducir un modelo artístico ni la intención de convertirse en una versión de Jorge Cafrune.
Más adelante, cuando comenzó a dedicarse al canto, muchas personas le señalaron que tenía una dicción parecida a la de su padre. En particular, destacaban que se le entendía lo que decía al cantar. Yamila reconoció esa semejanza, aunque se preguntó si no se trataba, sencillamente, de una herencia o del resultado natural de haber aprendido a cantar escuchándolo desde pequeña.
Para explicar su mirada, propuso imaginar otro escenario: si sus maestras musicales hubieran sido Mercedes Sosa, Ramona Galarza o Teresa Parodi, quizá también habría desarrollado algunas características vocales semejantes a las de ellas. La formación, la escucha y la convivencia con determinadas voces dejan marcas que no siempre responden a una elección deliberada.
Por eso, su conclusión es clara: "Otro Jorge Cafrune no va a haber, por más que lo clonen no va a ser el mismo". La identidad artística no puede reproducirse como una fórmula. Lo que se recibe de quienes nos precedieron puede acompañarnos, pero no reemplaza la experiencia propia ni convierte a una persona en otra. "Esas cosas se heredan, no se copian", afirmó.
En esa frase aparece una de las claves de su trayectoria. Yamila no reniega de la herencia paterna, pero tampoco pretende ocupar un lugar imposible. Su camino consiste en mantener vivo un mensaje musical sin renunciar a su propia voz, comprendiendo que la tradición no exige una repetición mecánica, sino continuidad, sensibilidad y una manera personal de interpretar aquello que se ha recibido.
La música terminó ocupando el centro de su vida, aunque su formación universitaria la había llevado por otro camino. Yamila se recibió de abogada en 1991, en la Universidad Nacional de Córdoba, el 11 de diciembre, precisamente el Día Nacional del Tango. Ese dato, que recuerda con la perspectiva que dan los años, marca el comienzo de una historia profesional que tomaría un rumbo inesperado.
Sus primeras experiencias vinculadas al canto se habían producido en la Universidad Nacional del Litoral. Sin embargo, el momento decisivo llegó al año siguiente de recibirse, cuando viajó a Cosquín, en 1992.
No fue directamente al escenario mayor del festival. Su primera presentación tuvo lugar en la calle, durante un espectáculo que se desarrollaba por la tarde, mientras transcurría el encuentro folklórico. Allí la escuchó Julio Mahárbiz, quien la invitó a subir al escenario principal.
Ese gesto abrió una puerta que transformaría su vida. A partir de entonces comenzó a cantar de manera semiprofesional y, posteriormente, profesional. No hubo necesariamente una decisión solemne, tomada de antemano, ni un instante en el que todo quedara definido. El recorrido se fue construyendo a medida que aparecían oportunidades, escenarios y experiencias.
Por eso, cuando habla de su identidad, establece una distinción que condensa su historia: "Mi profesión es la abogacía, pero mi oficio es el de cantora".
La frase no minimiza ninguna de las dos actividades. La abogacía forma parte de su formación y de su identidad profesional, mientras que el canto constituye ese trabajo cotidiano al que ha dedicado décadas, con todo lo que implica sostener una carrera artística. En su caso, la música no fue el resultado de un plan diseñado desde el principio, sino un camino que fue ganando espacio hasta convertirse en una forma central de estar en el mundo.
La libertad de elegir y el precio de la independencia
Con los años, Yamila fue conquistando una libertad que considera indispensable: decidir qué hacer, dónde cantar y bajo qué condiciones. En distintas oportunidades expresó de manera contundente que hace lo que quiere y donde quiere. Pero esa autonomía, lejos de ser una consigna sin consecuencias, tiene un costo que conoce por experiencia.
"Muchos costos, eso te puedo asegurar", respondió cuando se le preguntó por el precio de esa libertad. Y enseguida aclaró que no depende de la edad ni de la experiencia acumulada. Hacer lo que uno quiere siempre supone un esfuerzo adicional respecto de seguir lo que el mercado propone o espera.
En su caso, asegura que nunca hizo realmente lo que el mercado quiso. No sabe siquiera si tiene una canción que pueda considerarse un éxito en términos comerciales, de esos que se traducen en una presencia masiva y en un circuito de productos y merchandising. Su elección artística se orientó por otros intereses.
Yamila se define como una investigadora del folklore de antes. Incluso pone en cuestión la manera habitual de nombrar esa tradición: para ella, ni siquiera se trata de un folklore antiguo en sentido estricto, sino de expresiones musicales de hace aproximadamente un siglo, de 60, 90 o 100 años atrás. Ese repertorio, sus formas de interpretación y sus historias constituyen un territorio al que le gustaría dedicar buena parte de su trabajo como custodia o guardiana.
La intención no es solamente interpretar canciones, sino conservar una memoria musical que corre el riesgo de quedar relegada. Sin embargo, advierte que esa tarea encuentra dificultades, porque muchas veces el canto tradicional es subestimado. Según observa, existe una tendencia a restarle valor a los artistas que eligen un repertorio folklórico tradicional, como si esa decisión los ubicara fuera de los circuitos de mayor visibilidad o los volviera menos relevantes.
A esa situación se suma la complejidad de gestionar su propia carrera. La libertad de decidir también implica ocuparse de compromisos, acuerdos y condiciones de trabajo. En ese terreno, Yamila reivindica un principio que considera fundamental: "Para mí la palabra vale más que un contrato escrito".
No desconoce, sin embargo, que los contratos son necesarios en determinadas circunstancias. Puso como ejemplo el Festival de Cosquín, donde los acuerdos deben formalizarse porque así lo exige la organización. También sucede cuando intervienen las administraciones municipales. En esos casos, el documento escrito forma parte de las condiciones de contratación y debe cumplirse.
El problema aparece cuando la confianza personal se interpreta como una licencia para postergar obligaciones o desconocer compromisos. La palabra empeñada, explicó, puede volverse en contra de quien confía en los demás. Algunas personas parecen pensar que, si algo no se hace hoy, podrá hacerse mañana, sin considerar que del otro lado también hay una persona que organiza su tiempo, asume responsabilidades y necesita que los acuerdos se respeten.
"Una tiene sus compromisos, un montón de cosas", señaló. Yamila considera que, en ocasiones, los propios artistas han permitido que esas situaciones se naturalicen, quizá por mantener una relación demasiado confiada con la gente. Pero no está dispuesta a modificar su manera de entender el trabajo para adaptarse a esas prácticas.
A esta altura de su vida, sostiene, puede elegir dónde presentarse y con quién trabajar. Puede aceptar compromisos que le exijan esfuerzo, pero no quiere hacer nada que no le guste ni regresar a lugares donde haya sido maltratada. Incluso cuando no se trata de un maltrato explícito, sino de un trato que no estuvo a la altura de lo que esperaba, prefiere tomar distancia.
Esa decisión también tiene consecuencias económicas y profesionales. Elegir significa, a veces, dejar pasar oportunidades, renunciar a escenarios o alejarse de circuitos que podrían darle mayor exposición. Sin embargo, para ella, la independencia artística pierde sentido si obliga a resignar las convicciones que le dan sustento.
La libertad, entonces, no consiste únicamente en elegir las canciones o los lugares donde cantar. También supone establecer límites, cuidar el propio trabajo y defender una forma de relacionarse con la música y con los demás.
La libertad artística que Yamila Cafrune defiende tiene una contracara cotidiana: el trabajo que ocurre lejos de los escenarios. Llevar adelante una carrera de manera independiente significa ocuparse no solamente de cantar, sino también de producir, organizar, coordinar horarios, resolver imprevistos y atender cada uno de los detalles que hacen posible una presentación.
Durante la charla en Señales, le señalaron que, además de todo ese trabajo, debía ocuparse de cuestiones tan terrenales como llevar el auto al mecánico. Yamila recogió la observación con humor y confirmó que la organización de su carrera le demanda buena parte del día.
"Te lleva el 80% del día", reconoció. Y a esa tarea hay que sumarle la vida familiar. Yamila también es mamá y, como cualquier persona que sostiene una casa, debe encontrar tiempo para lavar la ropa, cocinar y resolver los problemas cotidianos. En esos días, además, su hijo Santiago había tenido un inconveniente con el auto. Aunque se trataba de un vehículo de gran porte, la avería había resultado ser una cuestión sencilla, pero igualmente había que llevarlo al mecánico.
En medio de esos contratiempos, destacó la solidaridad de las personas que la rodean. Siempre aparece alguien dispuesto a ofrecerle un auto para que pueda movilizarse, aunque, como explicó, no es lo mismo manejar un vehículo ajeno que el propio. Son pequeños problemas que se suman a una agenda que nunca se limita a los ensayos y las actuaciones.
También está la organización del espectáculo. Yamila debe hablar con Vicky, coordinar cuestiones prácticas, revisar los detalles y asegurarse de que todo esté preparado. Aunque el repertorio ya estuviera definido, todavía quedaban asuntos por ultimar. En esa conversación apareció incluso una preocupación tan sencilla como la comida de los músicos: Vicky había tenido la gentileza de preguntarles si necesitaban algo especial para comer.
La respuesta de Yamila volvió a mostrar su manera de entender el oficio. "Antes de cantora somos músicos", le dijo, con la naturalidad de quien conoce desde hace años las costumbres de las giras y los escenarios. Los músicos comen de todo, explicó, y además llevan un recipiente por si sobra comida, porque siempre conviene estar preparados.
Detrás de esa anécdota aparece una realidad que suele quedar fuera de la mirada del público. El espectáculo que se disfruta durante unas horas requiere una cantidad de trabajo previo que pocas veces se ve. Hay que coordinar personas, prever necesidades, cumplir compromisos y resolver imprevistos sin que esas dificultades lleguen al escenario.
Yamila admite que, por momentos, le gustaría contar con alguien que pudiera ayudarla a llevar adelante parte de esas responsabilidades. Sin embargo, observa cómo se presentan las cosas y, por ahora, se siente conforme. "Estoy bien, estoy trabajando, trabajo no me falta, gracias a Dios", aseguró.
No descarta que en el futuro pueda incorporar personas que se ocupen de algunas tareas, siempre que encuentre a alguien con la responsabilidad necesaria para hacerse cargo. Pero tampoco le resulta sencillo delegar. En su forma de entender el trabajo persiste una convicción arraigada: "El ojo del amo engorda el ganado".
Estar presente le permite seguir de cerca cada detalle, supervisar lo que ocurre y comprobar que las cosas se hagan de acuerdo con sus expectativas. Esa atención personal tiene un precio en tiempo y energía, pero también le ofrece la tranquilidad de saber que la carrera que construyó continúa bajo su propia mirada.
La cultura no puede quedar librada al mercado
La conversación avanzó hacia una preocupación que atraviesa a buena parte del sector artístico. Después de recorrer el país y conocer de cerca la realidad de los músicos, Yamila observa con inquietud un escenario en el que la cultura queda cada vez más expuesta a las posibilidades económicas de cada artista y de cada público.
Frente a la idea de que el acceso a la cultura constituye un derecho que el Estado debería garantizar, señaló que, en la práctica, ese respaldo no siempre existe. Su diagnóstico es contundente: "La cultura es desechable, es algo prescindible".
La definición apunta a una concepción que considera peligrosa, aquella que trata a la actividad cultural como si fuera un gasto del que se puede prescindir cuando los recursos escasean. En ese esquema, la posibilidad de producir, presentar y escuchar música depende cada vez más de la capacidad de cada artista para conseguir financiación y de la disposición del público para pagar una entrada o trasladarse hasta un espectáculo.
A esa dificultad se suma, según planteó, el avance de la inteligencia artificial, que introduce nuevos interrogantes sobre la creación y la interpretación musical. Yamila señaló que hoy es posible recurrir a estas herramientas para obtener una interpretación que suene bien, incluso cuando el canto original no está bien ejecutado, y también para componer canciones.
Su preocupación no se limita a la tecnología en sí misma. La ubica en un contexto donde, a su entender, el Estado no garantiza suficientes espacios culturales para todos los artistas. El problema, subrayó, es que esa falta de respaldo no afecta únicamente a quienes comienzan sus carreras o a quienes trabajan fuera de los circuitos comerciales, sino que limita las posibilidades de que exista una diversidad real de propuestas.
Los espacios culturales no deberían estar reservados exclusivamente para quienes convocan multitudes o tienen la capacidad de llenar plazas y festivales. Para explicar esa necesidad, recurrió a una imagen sencilla: "Los tomates de arriba se sostienen con los tomates del medio y los de abajo".
La metáfora expresa una idea central de su pensamiento: ningún movimiento cultural puede sostenerse solamente con sus figuras más visibles. Los artistas consagrados forman parte de una estructura más amplia que necesita de quienes ocupan escenarios intermedios, de quienes empiezan a cantar, de quienes trabajan en ámbitos pequeños y de quienes mantienen vivas expresiones musicales que no siempre encuentran lugar en los grandes festivales.
Si solo se apoya a quienes ya tienen convocatoria, el sistema pierde diversidad y debilita sus propias bases. Los artistas que hoy ocupan los escenarios principales también fueron, alguna vez, músicos que necesitaban una oportunidad para mostrarse. Por eso, Yamila insiste en la importancia de contar con lugares donde puedan presentarse propuestas diferentes y donde el acceso a la cultura no dependa exclusivamente de la rentabilidad.
La ausencia de esos espacios le hace pensar que falta una pieza fundamental en la organización de la sociedad. La cultura, sostuvo, es "la cuarta pata de una mesa". Una mesa suele tener cuatro patas; si una falta, la estructura queda incompleta y pierde estabilidad.
En esa imagen se concentra su reclamo: la cultura no puede ser tratada como un complemento prescindible de la vida social. Es una parte constitutiva de la comunidad, una dimensión necesaria para el desarrollo de las personas y para la construcción de una identidad compartida.
Volver al club, recuperar el encuentro
Para Yamila, el apoyo estatal a la cultura no debería entenderse como una pérdida de dinero, sino como una forma de producción social. Cuando los gobiernos comprendan que invertir en cultura significa producir, abrir oportunidades y fortalecer los vínculos comunitarios, también podrán reconocer su importancia para los jóvenes y para quienes atraviesan distintas etapas de la vida.
En ese punto, su reflexión se aleja de los escenarios y vuelve a los espacios cotidianos donde la comunidad construye sus relaciones.
Recordó el papel que cumplían los clubes de barrio, especialmente en épocas en las que muchas familias no tenían recursos para otras formas de entretenimiento. El club era un lugar al que se podía ir para encontrarse con los amigos, jugar al fútbol, disputar una partida de cartas o participar en actividades organizadas entre vecinos.
También había kermeses, bingos y distintas propuestas que permitían compartir el tiempo sin necesidad de grandes recursos económicos. Eran espacios de encuentro y diversión sana, donde las personas podían formar parte de algo común, desarrollar intereses y sostener relaciones que excedían el ámbito familiar.
La cultura, entiende Yamila, puede cumplir hoy una función semejante. No se trata solamente de organizar conciertos o financiar espectáculos, sino de generar lugares donde las personas puedan reunirse, expresarse, aprender, compartir y reconocerse como parte de una comunidad.
Por eso relacionó la falta de espacios culturales con la necesidad de ofrecer alternativas frente a situaciones de vulnerabilidad y a determinados consumos problemáticos. En su planteo, las actividades artísticas, los clubes y las propuestas comunitarias pueden convertirse en ámbitos de pertenencia, especialmente para quienes no cuentan con otras posibilidades de acceso al ocio o a la formación.
No se trata de presentar la cultura como una solución automática a todos los problemas sociales, sino de reconocer que su presencia contribuye a construir vínculos, abrir horizontes y ofrecer experiencias compartidas que enriquecen la vida colectiva.
Aquello que alguna vez ocurrió alrededor de una cancha, una mesa de cartas, una kermés o un bingo puede recrearse también alrededor de una guitarra, una canción, un taller o un escenario barrial. La música, en ese sentido, no es únicamente un producto para consumir. Es una práctica que reúne, transmite conocimientos, conserva historias y permite que las personas se encuentren.
De ahí que su defensa del folklore tradicional esté ligada a una preocupación más amplia por el presente y el futuro de la cultura. Preservar una zamba, recuperar una vidalita o volver a interpretar una copla no significa quedarse detenido en el pasado. Significa mantener disponible una parte de la experiencia colectiva, hacerla circular y permitir que las nuevas generaciones puedan conocerla y apropiársela.
La tradición permanece viva cuando encuentra espacios para ser compartida. Necesita artistas que la investiguen, públicos que la escuchen, instituciones que la acompañen y comunidades que la reconozcan como parte de su patrimonio.
Yamila Cafrune ha elegido ocupar ese lugar sin pretender convertirse en una réplica de su padre. Su tarea consiste en continuar un camino, pero hacerlo con su propia mirada, con sus preguntas y con las decisiones que fue tomando a lo largo de una carrera construida entre la formación profesional, el oficio de cantora y la defensa de una música que no siempre ocupa los lugares de mayor visibilidad.
La conversación tenía, además, un motivo inmediato: la presentación de Yamila en Rosario, en la peña Alancay, una propuesta impulsada por la familia del mismo nombre que reúne músicos, artistas, bailarines y público alrededor del folklore.
Para Yamila, presentarse en una peña no representa una vuelta a un espacio que hubiera abandonado. Por el contrario, insiste en que nunca dejó de participar de esos encuentros. Sus comienzos estuvieron ligados a las peñas, a los pequeños festivales al aire libre y a las jineteadas, escenarios donde fue construyendo su vínculo con el público antes de llegar a los espacios de mayor convocatoria.
A veces, señaló, la gente la ve actuar en Cosquín y supone que una artista que ha pasado por un escenario tan importante ya no querrá presentarse en lugares más pequeños. Pero esa idea no coincide con su trayectoria. "Yo nunca dejé de estar en peñas", afirmó. Y, ante quienes le preguntan por qué vuelve a esos espacios, responde con una frase que resume su relación con ellos: "Yo nunca me fui".
La diferencia entre una peña y un gran festival no reside solamente en el tamaño del escenario o en la cantidad de espectadores. Para Yamila, la cercanía modifica por completo la experiencia musical. En una peña puede mirar a cada persona a la cara, observar sus ojos y advertir cómo reacciona ante una canción. Puede reconocer si alguien se emociona, si disfruta de una melodía o si tiene ganas de levantarse a bailar.
En un festival multitudinario, la distancia vuelve más difícil percibir esas reacciones. El artista se encuentra frente a una multitud y el intercambio se produce de otra manera. En la peña, en cambio, existe una proximidad que permite leer los gestos y sentir de forma directa lo que sucede del otro lado de la guitarra.
Es precisamente esa relación la que Yamila disfruta y por la que continúa participando de encuentros populares, aun después de haber recorrido escenarios de gran importancia. No considera que exista una jerarquía que vuelva menos valioso un espacio pequeño. La música conserva su sentido en ambos lugares, pero la experiencia de compartirla es distinta.
En Señales recordaron que la habían visto bailar durante su presentación del año anterior en la Usina Social y también en la peña. La respuesta de Yamila fue espontánea: seguirá yendo mientras pueda. El día que deje de participar, explicó, será porque un problema de salud se lo impida.
Con humor, señaló que no se le cae la corona por presentarse en una peña. O, como suele decirse, no se le caen los anillos. La consagración o el reconocimiento no la colocan por encima de los espacios en los que comenzó su recorrido. Si hace falta, puede tomar la guitarra y tocar ella misma. De hecho, había conversado con Vicky sobre la posibilidad de que le prestaran una guitarra, aunque finalmente llevaría la suya y quizá la tocaría en algún momento para darle otra impronta al espectáculo.
En esa disposición se expresa una manera de entender el oficio sin solemnidades ni distancias innecesarias. Yamila está dispuesta a adaptarse a las condiciones del lugar y a participar activamente de la propuesta. No concibe la presentación como una obligación que deba ajustarse a un formato rígido, sino como una oportunidad de compartir la música con quienes se acercan a escucharla.
"Yo no les voy a decir que no laburo, chicos", explicó. Para ella, cantar es una pasión y una actividad que la llena espiritual y emocionalmente, pero también es su trabajo. Gracias a la música pudo y puede mantener a sus hijos y a su familia. Por eso, aceptar una presentación no supone únicamente responder a una vocación: significa sostener el oficio del que depende su vida cotidiana.
Esa dimensión concreta de la música ayuda a comprender por qué defiende tanto su autonomía. Detrás de cada actuación hay una estructura de responsabilidades que debe funcionar. La independencia implica trabajo, y cada oportunidad de cantar forma parte de una red que le permite continuar con su carrera y mantener a los suyos.
La Ferni y la necesidad de abrir los escenarios
La defensa de los espacios de encuentro también se relaciona con otra de las convicciones de Yamila: la necesidad de que el folklore sea un territorio abierto a distintas identidades, generaciones y maneras de vivir. Durante la entrevista, los conductores recordaron el legado de Jorge Cafrune en materia de respeto entre artistas y le preguntaron por su experiencia al compartir escenarios con otras voces, entre ellas La Ferni.
Yamila contó que conoce a La Ferni desde hace bastante tiempo y que le gusta lo que hace. Pero, además de valorar su trabajo artístico, destacó su capacidad de lucha. Para ella, La Ferni es una persona que ha tenido que abrirse camino en circunstancias difíciles y que pertenece a un colectivo al que pocas veces se le ofrece la posibilidad de participar en los espectáculos centrales.
No hablaba desde una posición teórica ni desde una idea abstracta sobre la inclusión. Aclaró que conocía esa realidad porque la había visto repetirse en distintos lugares del país. Incluso recordó ocasiones en las que le habían aceptado su propio espectáculo, pero le habían puesto una condición: podía presentarse ella, aunque no la artista con la que quería compartir el escenario.
La situación le parecía reveladora. Si una propuesta artística era aceptada, ¿por qué excluir a una de las personas que formaban parte de ella? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo cuando el valor de un espectáculo dejaba de medirse por lo que ofrecía y pasaba a depender de quiénes lo integraban?
Su reflexión también alcanzó la discusión sobre el cupo femenino, una política con la que manifestó estar de acuerdo, aunque consideró que en algunos ámbitos podía aplicarse de maneras que le resultaban poco razonables. Más allá de las herramientas que puedan establecerse para ampliar las oportunidades, sostuvo que es necesario avanzar hacia una situación en la que las personas sean reconocidas por su trabajo y no discriminadas por su identidad.
"Veamos a la persona por lo que hace y no por quién es", planteó. Para explicar su posición, recurrió a su propia experiencia. Cuando la contratan, contó, nadie le pregunta si es heterosexual u homosexual ni le exige que explique su identidad. La convocan porque les gusta lo que canta, porque consideran que su propuesta sirve para determinado espectáculo o porque creen que puede aportar algo a la programación. También pueden decidir no contratarla porque no les gusta su trabajo o porque consideran que no encaja en lo que buscan.
Lo que cuestiona es que se apliquen criterios diferentes a otros artistas por su identidad de género o por pertenecer a un colectivo históricamente excluido. En su mirada, la evaluación debería concentrarse en la propuesta artística y en la capacidad de cada persona para desarrollar su trabajo con responsabilidad.
"Mientras una tenga o uno tenga respeto por lo que hace y sepa qué está haciendo, lo demás va por añadidura", sostuvo.
La frase no desconoce las desigualdades que existen ni las dificultades que deben atravesar determinados colectivos para acceder a escenarios y contrataciones. De hecho, su experiencia junto a La Ferni y los casos que relató muestran que esas barreras continúan presentes. Su planteo apunta a que el respeto por el oficio, la calidad del trabajo y la posibilidad de compartir una propuesta no deberían quedar subordinados a prejuicios sobre la identidad de quienes la integran.
Compartir un escenario, en ese sentido, es mucho más que sumar una voz a un espectáculo. Puede ser un gesto concreto de reconocimiento y una forma de discutir, desde la práctica, los límites que todavía persisten en la industria cultural.
La apertura artística también forma parte de la historia del folklore. Jorge Cafrune había dejado una huella en ese sentido cuando invitó a Mercedes Sosa a cantar en Cosquín, en 1965. Décadas después, Yamila encuentra en la posibilidad de compartir escenarios con otras artistas una manera de sostener esa tradición de encuentro, sin convertirla en una repetición de gestos pasados, sino adaptándola a las necesidades del presente.
Hacia el final de la charla, los conductores invitaron a la audiencia a participar de la peña Alancay, prevista para el domingo 11 de octubre, en el marco de las actividades mencionadas durante la conversación como parte de la conmemoración vinculada a los pueblos originarios. La convocatoria reunía músicos, artistas, bailarines y propuestas gastronómicas criollas desde las 12 del mediodía, en Distrito 7, Ovidio Lagos 790, en Rosario y una programación pensada para compartir mucho más que un espectáculo.
La presentación de Yamila era uno de los atractivos de una jornada que buscaba sostener un espacio cultural independiente, organizado por la familia Alancay y acompañado por quienes participan de sus actividades.
Al despedirse, la cantora quiso hacer una aclaración que terminó convirtiéndose en una de las reflexiones más significativas de la entrevista. Agradeció el espacio de radio, la conversación y las palabras recibidas, pero señaló que, en esta ocasión, ella no era la principal beneficiaria de la difusión.
"Yo, esta vez, voy a lo de la peña Alancay. Ustedes están haciendo promoción a un lugar de cultura que no está bancado por nadie más que por la familia esa y por todas las personas que van a ir mañana, pasado, traspasado, cada vez que sean convocados", explicó.
Su agradecimiento tenía que ver con reconocer la importancia de que Aire Libre Radio Comunitaria pusiera su micrófono una vez más al servicio de una propuesta cultural que se sostiene principalmente con el esfuerzo de quienes la organizan y de quienes asisten. Cuando no existe apoyo de otras instituciones, señaló, son los propios integrantes de la comunidad quienes deben hacerse cargo de mantener viva la propuesta.
En ese contexto, el trabajo de los medios también resulta fundamental. Yamila destacó que las personas que cuentan con un micrófono y con la posibilidad de llegar al público pueden ayudar a que estos encuentros sean conocidos, convocar a nuevos asistentes y contribuir a que los espacios independientes continúen funcionando.
"Si ustedes, las personas que tienen un micrófono y el alcance al público, no nos dan una mano, no podemos hacerlo", afirmó.
La frase recupera, desde una experiencia concreta, la preocupación que había expresado durante toda la entrevista. La cultura necesita artistas que trabajen, públicos que participen, espacios que abran sus puertas y medios de comunicación dispuestos a difundir lo que sucede en sus comunidades. Cuando uno de esos componentes falta, sostener una actividad se vuelve más difícil.
La peña Alancay aparecía así como algo más que el lugar donde Yamila iba a cantar. Era también un ejemplo de cómo una propuesta cultural puede mantenerse gracias al esfuerzo de una familia y al acompañamiento de quienes deciden participar, colaborar y hacer circular la convocatoria.
La artista agradeció infinitamente a los conductores por darle visibilidad al encuentro y expresó su deseo de que al día siguiente pudieran reencontrarse o conocerse personalmente en ese espacio dedicado al folklore.
La despedida fue cálida, en el mismo tono en que había transcurrido la conversación. Después de agradecerles nuevamente, Yamila envió un beso y los conductores anunciaron que la despedirían con Patria que lucha y sueña, junto con La Ferni, en una referencia al universo musical que acompañaba la entrevista.
Quedaba, después de las palabras, la invitación a encontrarse alrededor de una canción.
Cuando se recuerda a Jorge Cafrune, aparece inevitablemente su capacidad de abrir puertas y de convertir la canción en un gesto de compromiso. Su decisión de invitar a Mercedes Sosa a cantar en el escenario de Cosquín, en 1965, forma parte de la memoria del folklore argentino y de una historia en la que la generosidad artística también tuvo un papel transformador.
Décadas después, Yamila protagonizó un gesto que recuperó ese espíritu de apertura al compartir el emblemático escenario con La Ferni. El encuentro reafirmó que la canción popular puede ser un lugar de reconocimiento, intercambio y convivencia entre distintas voces y generaciones.
Una tradición viva no es una tradición encerrada en el pasado. Es una práctica que escucha, comparte y se transforma sin perder su raíz. Por eso, dar lugar a otros artistas no constituye una concesión ni un gesto accesorio: es una manera de sostener el movimiento de la cultura, de permitir que aparezcan nuevas expresiones y de ampliar el horizonte de aquello que se considera parte del folklore.
La historia de Yamila está atravesada por esa tensión fecunda entre la herencia y la autonomía. Es hija de un cantor que dejó una marca profunda en la cultura argentina, pero también es una artista que tuvo que encontrar su lugar, aprender a gestionar su carrera, defender su repertorio y establecer sus propias condiciones de trabajo.
A lo largo de más de tres décadas, fue construyendo una relación con la música que no depende exclusivamente del éxito comercial ni de la aceptación del mercado. Su apuesta está puesta en un repertorio que considera valioso, en la recuperación de expresiones folklóricas de otras épocas y en la posibilidad de transmitir ese patrimonio a quienes todavía no lo conocen.
Su defensa de la cultura como derecho se desprende de esa misma convicción. Para que una canción siga existiendo, no alcanza con que alguien la recuerde. Tiene que haber quien la interprete, un lugar donde pueda sonar, un público que la escuche y una comunidad que encuentre en ella algo propio.
La voz de Yamila Cafrune no es la de Jorge, ni pretende serlo. Es una voz que aprendió de aquella historia y que hoy la prolonga desde una identidad construida con trabajo, libertad y compromiso. Una voz que reconoce que el legado no se conserva por inercia, sino que exige decisiones cotidianas: investigar, cantar, compartir escenarios, defender espacios culturales y sostener la palabra empeñada.
En tiempos en que la cultura corre el riesgo de ser considerada prescindible, su recorrido recuerda que la música popular es mucho más que entretenimiento. Es memoria, pertenencia y posibilidad de encuentro. Es una forma de narrar la historia de un pueblo y de mantener abiertas las puertas para que otras voces puedan contarla.
Tal vez allí resida el sentido más profundo de su camino. No en intentar ocupar el lugar de su padre, sino en permitir que aquello que él defendió continúe caminando, con nuevas canciones, nuevos intérpretes y nuevas formas de encontrarse con la gente.
Porque detrás de cada zamba hay una historia, detrás de cada guitarra hay una comunidad y detrás de cada voz que se anima a cantar hay una memoria que busca seguir viva.
Yamila Cafrune lo sabe. Por eso sigue cantando a su manera, con la herencia como punto de partida y la libertad como horizonte. Porque, como ella misma recordó, las cosas verdaderamente importantes no se copian: se heredan, se trabajan y se comparten.
Y para que esa memoria no se convierta solamente en un recuerdo, hace falta volver a cantar. Hace falta que existan escenarios, clubes, radios comunitarias y espacios donde la música pueda encontrarse con su gente. Hace falta, en definitiva, que la cultura vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la vida de todos.
Una tradición que sigue caminando
La charla con Yamila Cafrune dejó ver a una artista que conoce tanto el escenario como el trabajo silencioso que lo hace posible. Una mujer que se ocupa de organizar su carrera, resolver los problemas cotidianos, coordinar con otros músicos y sostener a su familia con el oficio que eligió. Pero también una cantora que no renuncia a los espacios pequeños, que sigue encontrando en las peñas una forma privilegiada de mirar al público a los ojos y que entiende la música como un trabajo, una pasión y una manera de construir comunidad.
Su independencia no está hecha solamente de libertad para elegir repertorios o escenarios. También se construye con decisiones difíciles, con la necesidad de administrar tiempos y recursos, con la responsabilidad de cumplir compromisos y con el esfuerzo de mantenerse fiel a sus convicciones en un mercado que no siempre reconoce el valor de las propuestas tradicionales.
En su defensa del folklore, Yamila no reclama que las canciones permanezcan congeladas en una época ni que los artistas reproduzcan modelos del pasado. Por el contrario, propone que esa memoria siga circulando, que encuentre nuevos intérpretes y que pueda compartirse con públicos diversos. La tradición, para ella, se fortalece cuando se abren las puertas, se reconocen otras voces y se crean oportunidades para quienes todavía no han llegado a los escenarios principales.
También reclama que la cultura deje de ser considerada prescindible. Los festivales, las peñas, los clubes, las radios comunitarias y los espacios independientes forman parte de una trama que permite que la música exista más allá de los grandes espectáculos. Allí se encuentran artistas consagrados y principiantes, familias, bailarines, vecinos y personas que buscan compartir una experiencia común.
Por eso, al agradecer la difusión de la peña Alancay, su mirada volvió al punto de partida: el legado no se mantiene solamente con recuerdos. Necesita acciones concretas, trabajo y compromiso. Necesita que alguien abra un espacio, que otra persona tome una guitarra, que un medio de comunicación cuente lo que sucede y que el público se acerque para escuchar.
Yamila Cafrune lleva consigo una historia que comenzó mucho antes de su propia carrera, pero que hoy continúa con su voz y sus decisiones. No pretende ser otro Jorge Cafrune. Busca, en cambio, sostener aquello que considera esencial de su herencia: el vínculo con la gente, el respeto por la música popular y la convicción de que cantar puede ser también una forma de compromiso.
En una peña, frente a un público cercano, con una guitarra entre las manos o compartiendo el escenario con otra artista, esa convicción encuentra una expresión concreta. La canción deja de ser solamente un espectáculo y vuelve a convertirse en un lugar de encuentro.
Porque detrás de cada zamba hay una historia, detrás de cada escenario hay personas que trabajan para hacerlo posible y detrás de cada voz que se anima a cantar hay una memoria que busca seguir viva.
Y mientras existan artistas dispuestos a cuidar esa memoria, familias que sostengan espacios culturales, radios que les den lugar y comunidades que se reúnan alrededor de la música, el legado seguirá su camino. No como una copia del pasado, sino como una tradición viva, capaz de abrirse a nuevas voces sin olvidar de dónde viene.
En una peña, frente a un público cercano, con una guitarra entre las manos o compartiendo el escenario con otra artista, esa convicción encuentra una expresión concreta. La canción deja de ser solamente un espectáculo y vuelve a convertirse en un lugar de encuentro.
Porque detrás de cada zamba hay una historia, detrás de cada escenario hay personas que trabajan para hacerlo posible y detrás de cada voz que se anima a cantar hay una memoria que busca seguir viva.
Y mientras existan artistas dispuestos a cuidar esa memoria, familias que sostengan espacios culturales, radios que les den lugar y comunidades que se reúnan alrededor de la música, el legado seguirá su camino. No como una copia del pasado, sino como una tradición viva, capaz de abrirse a nuevas voces sin olvidar de dónde viene.
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