sábado, 21 de marzo de 2026

Arderá la memoria: las voces de las Madres de Rosario en un documental imprescindible a 50 años del golpe

En Aire Libre Radio Comunitaria, dentro del programa Señales, la mañana transcurría con el pulso de una fecha cargada de sentido: a medio siglo del golpe de Estado cívico, militar y eclesiástico, la memoria volvía a ocupar el centro de la escena. Entre actividades en escuelas, bibliotecas, sindicatos y centros culturales, la circulación de materiales documentales se afirmaba como una forma activa de sostener la historia. En ese marco, emergía una obra que, con el paso del tiempo, se había vuelto indispensable: Arderá la memoria.

El periodista introdujo la conversación situando el documental como una pieza clave dentro de ese entramado de iniciativas conmemorativas. La película, centrada en las voces de las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario, tendría una nueva proyección el domingo 22 de marzo a las 18 en el El Cairo Cine Público, con entrada gratuita. Del otro lado de la comunicación, Marianela Scocco, productora e investigadora del film, reconstruía la historia de una obra que, dieciséis años después de su estreno en 2010, no había perdido vigencia.

Scocco evocaba aquel contexto inicial como un tiempo atravesado por el auge de las políticas de memoria y el comienzo de los juicios de lesa humanidad en Rosario. En ese clima, un grupo de jóvenes que acompañaba a las Madres en sus rondas de los jueves empezó a advertir algo urgente: esas voces estaban en riesgo de perderse. Muchas de ellas ya eran muy mayores; otras habían fallecido. La necesidad de registrar sus testimonios se volvió entonces una tarea impostergable. El documental nació de ese impulso: preservar la palabra viva, construir un archivo que capturara sus historias en primera persona.
La decisión estética acompañó esa búsqueda. No habría voz en off. La narración quedaría completamente en manos de las propias Madres, a través de entrevistas que, en aquel momento, aún podían realizarse con cinco o seis de ellas. A ese material se sumaron fragmentos de archivo —imágenes y registros de quienes ya no estaban—, componiendo un tejido donde la memoria se sostenía, literalmente, en las voces de sus protagonistas. Con el tiempo, esa intuición inicial se volvió certeza dolorosa: poco después del rodaje, todas las Madres fallecieron. El documental, decía Scocco, se convirtió así en un lugar donde volver a encontrarlas.

A lo largo de los años, la película construyó un recorrido amplio. Se proyectó en escuelas, clubes, centros culturales y salas de cine, tanto en el país como en el exterior. Su duración —45 minutos— resultó, según la productora, una clave para su llegada a públicos diversos, especialmente a jóvenes. Contra ciertos prejuicios sobre la atención de las nuevas generaciones, la experiencia repetida fue la de una escucha profunda, atenta, atravesada por preguntas. Cada proyección derivaba en conversaciones, muchas veces con estudiantes, que encontraban en el documental una puerta de entrada a la historia reciente.

Hubo un tiempo, recordaba Scocco, en que esas instancias de intercambio contaban con la presencia de las propias Madres. Ellas asistían a las escuelas y dialogaban con los estudiantes, generando momentos de una intensidad difícil de replicar. Sin embargo, el lenguaje audiovisual, con su capacidad de transmitir no solo información sino también sensibilidad, permite hoy que algo de esa experiencia persista. "No es lo mismo que las puedan ver y sentir", sugería, subrayando una dimensión que excede las palabras.
El film, disponible también en plataformas digitales, adquiere otra dimensión en la sala oscura. Verlo en el cine —insistía— potencia su impacto. Y no solo por la imagen: la música original, compuesta por Matías Díaz, constituye uno de sus elementos más conmovedores. Las piezas, creadas especialmente para la película, acompañan momentos clave, como la enumeración de los nombres de los desaparecidos, generando una carga emocional que muchos espectadores destacan. La canción final, también de su autoría, sintetiza ese trabajo atravesado por el compromiso.

La dirección de Eugenio Maglioca aportó una mirada que, según Scocco, se distingue especialmente en el tratamiento sonoro respecto de trabajos anteriores como No somos héroes. Pero más allá de los aspectos técnicos, la productora insistía en una idea: el documental está atravesado por el amor y por una ética militante. Ese espíritu se expresa también en las decisiones narrativas, como la inclusión de la militancia política de los hijos e hijas de las Madres. En un momento en que ese aspecto aún no era tan visibilizado, el equipo optó por incorporarlo como una forma de reivindicación integral: no solo de las Madres, sino también de los proyectos políticos de esa generación.

Esa elección abre, todavía hoy, discusiones en los espacios de proyección. Las preguntas de los jóvenes —sobre organizaciones como Montoneros o el ERP, sobre la lucha armada, sobre el contexto político de la época— habilitan debates que el documental no esquiva. Al contrario, los promueve como parte de una comprensión más amplia del período, incluyendo también a otros sectores perseguidos por la dictadura: trabajadores, estudiantes, militantes sociales.

Realizada con recursos mínimos, casi de manera artesanal, la película es también testimonio de una práctica colectiva. El equipo, joven e inexperto en su mayoría, logró concretarla gracias a aportes solidarios y al acompañamiento de quienes compartían ese espacio con las Madres. Scocco lo resumía como un trabajo "a pulmón", donde la falta de medios se compensó con convicción.
La nueva proyección en El Cairo se inscribe en ese mismo horizonte. Al tratarse de una función gratuita —como es habitual en ese espacio los domingos—, se espera una sala llena, por lo que se recomienda asistir con anticipación para retirar entradas. La actividad no se agota en la exhibición: tras la película, se abrirá un espacio de intercambio con sus realizadores, prolongando ese gesto que ha acompañado al documental desde sus inicios.

A cincuenta años del golpe, Scocco situaba el sentido profundo de la convocatoria: recordar a las Madres no solo como figuras del pasado, sino como protagonistas de una lucha que sigue interpelando el presente. En su mirada, reivindicarlas implica también recuperar los proyectos por los que pelearon sus hijos e hijas, y pensar en las deudas aún abiertas: las desigualdades, los derechos vulnerados, las condiciones de vida de amplios sectores. La memoria, en ese sentido, no es un ejercicio estático, sino una práctica viva.

Así, Arderá la memoria vuelve a proyectarse no como una pieza cerrada, sino como un dispositivo en movimiento. Un puente entre generaciones, una herramienta pedagógica y, sobre todo, un espacio donde las voces que ya no están siguen diciendo.

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El Vilela en tensión: el corazón de la salud pública rosarina frente a una crisis silenciosa

El Hospital de Niños Víctor J. Vilela no es solo un lugar donde se atiende la salud: es el corazón del sistema público que cuida a niños y niñas de Rosario y de gran parte del sur de la provincia. Sin este hospital, la atención pediátrica en la región sería muy distinta. Allí, pacientes, familias, médicos y trabajadores reconocen en el Vilela un pilar fundamental, capaz de sostener desde consultas cotidianas hasta cuadros de alta complejidad que requieren equipos especializados y tecnología específica. En un sistema donde no todos cuentan con cobertura privada, el hospital funciona como una garantía concreta de acceso a la salud infantil, especialmente para los sectores más vulnerables.

Pero su importancia no se agota en lo asistencial. El hospital también es un espacio de formación de profesionales, un punto de referencia para derivaciones regionales y un lugar profundamente arraigado en la vida de la ciudad. Generaciones de familias rosarinas lo reconocen como escenario de momentos críticos, pero también de recuperación y cuidado. En ese punto donde se juntan la medicina, la comunidad y el Estado, el Vilela se vuelve una institución clave. No solo por todo lo que logra cada día, sino también por lo que significa para la ciudad.

Cuando las tensiones empiezan a hacerse visibles
Pero esa misma estructura, que es motivo de orgullo en Rosario, ahora está bajo presión. Las tensiones empiezan a notarse, y cada vez son más difíciles de ignorar. No se trata de un conflicto aislado ni reciente, sino del resultado de un desgaste acumulado que, puertas adentro, las trabajadoras y los trabajadores vienen señalando desde hace tiempo. En ese contexto, las voces de quienes lo habitan todos los días comenzaron a organizarse y a salir del ámbito hospitalario.

Fue así como, en el estudio de estudio de Aire Libre, Radio Comunitaria, el conflicto encontró una forma de narrarse en primera persona. En las Señales, profesionales del hospital pusieron en palabras lo que hasta hace poco circulaba en pasillos, guardias y reuniones informales: el diagnóstico de una crisis que ya no puede postergarse y la decisión colectiva de hacerla visible.
Las voces que comienzan a organizarse
Las voces de María José Benetti y Josefina Rodríguez, profesionales del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, llegaban con la claridad de quienes ya no podían postergar lo que tenían para decir. No hablaban solo por ellas, sino como parte de un colectivo que, casi sin proponérselo, había empezado a organizarse.

Todo había comenzado, según relataban, de una manera espontánea. Más que una convocatoria formal, fue una reunión que surgió de la necesidad compartida. En realidad, explicaban, la crisis en el sistema de salud no era nueva. Desde hacía años, distintos sectores del hospital —profesionales, camilleros, mucamas— venían realizando reclamos aislados, pedidos de reconocimiento que no encontraban respuesta ni espacios de escucha. En el caso de ellas, pediatras, el año anterior había estado marcado por intentos reiterados de diálogo que nunca llegaron a concretarse.

El punto de quiebre fue el cierre reciente de la paritaria. Allí, decían, todo lo acumulado terminó por desbordar. Las conversaciones informales, los momentos de queja compartida entre pasillos y guardias, el desgaste sostenido, derivaron finalmente en una decisión: reunirse. Convocaron también a los delegados sindicales, que estuvieron presentes en ese primer encuentro. De esa instancia surgió una definición clave: declararse en asamblea permanente como trabajadores del hospital, con el objetivo de discutir y organizar medidas que permitieran recomponer los salarios.

Desde entonces, la escena se repite cada lunes al mediodía en la puerta del hospital. Sin cortar el tránsito ni interrumpir la dinámica de la ciudad, se hacen visibles con carteles y ruido, intentando que su situación deje de ser invisible. En paralelo, acordaron junto al sindicato una movilización prevista para el 30 de marzo, cuya modalidad —con o sin paro— aún estaba por definirse.
Salarios, sobrecarga y un sistema exigido al límite
El reclamo, insistían, es tan básico como urgente. Como pediatras, perciben salarios que no alcanzan los dos millones de pesos, una cifra que queda por debajo de lo necesario para cubrir una canasta básica familiar. Citaban estudios que ubican ese umbral entre los dos millones y medio y más de tres millones de pesos para una familia tipo. La brecha no es menor: "no llegamos, y no llegamos por mucho", dejaban en claro.

Esa insuficiencia salarial tiene consecuencias directas. Obliga a multiplicar las horas de trabajo, a sostener más de un empleo o a extender jornadas dentro del propio hospital. En su campo, eso significa turnos de 12 o 24 horas, con el desgaste físico y mental que implica. Todo esto ocurre en un contexto donde la demanda no deja de crecer. Cada vez más personas recurren al sistema público, no solo quienes perdieron su trabajo y cobertura, sino también quienes, aun teniendo obra social, optan por atenderse allí. Según señalaban, cerca del 50% de quienes cuentan con cobertura privada están utilizando el sistema público.

El fenómeno no es exclusivo de un área, pero en pediatría adquiere un peso particular. No consideran casual que el proceso de organización haya surgido en un hospital pediátrico. Allí, decían, el compromiso emocional es profundo: trabajar con niños y niñas implica una carga afectiva que intensifica cada situación. En tiempos de crisis, los hospitales —y especialmente los pediátricos— se convierten en el primer lugar donde se hacen visibles las desigualdades más duras.
Una demanda que no deja de crecer
Cuando la demanda no para de crecer, las y los trabajadores, que viven la misma crisis que los pacientes, tratan de responder, el sistema se acerca a un límite. Ya lo advertían. Y la preocupación ya no es solo salarial, sino estructural: qué sistema de salud encontrará la población si quienes lo sostienen llegan al colapso. Porque, como subrayaban, cualquier persona que acude a una consulta espera ser atendida por alguien lúcido, descansado, en condiciones. Y eso, hoy, no está garantizado.

Por eso, el sentido del reclamo excede el ingreso mensual. Lo que está en juego, sostenían, es la defensa de la salud pública tal como se la conoce y se la valora en la ciudad. No se trata únicamente de cuestionar el último aumento —un 16% escalonado en seis meses que describen como "una cachetada"— sino de un deterioro acumulado a lo largo de años.

La estrategia, remarcan, es colectiva y articulada con los representantes sindicales. También tiene un alcance amplio: no se trata de un sector aislado. El reclamo incluye a todos los trabajadores y las trabajadoras del hospital. La experiencia les había demostrado que las demandas fragmentadas no daban resultados. Por eso, el planteo es conjunto e involucra a todo el personal: desde mantenimiento y cocina hasta enfermería, administración, profesionales médicos y el resto de quienes habitan el Vilela.

En esa unidad encuentran también el sentido de su lucha. Porque, como concluyen, el hospital —y la salud pública en general— no es obra de un solo grupo, sino el resultado del trabajo cotidiano de todos sus integrantes. Y el malestar que hoy expresan no es individual ni sectorial: es el reflejo de un sistema que, poco a poco, empezó a tensarse al límite.

La conversación avanzaba y, a medida que se profundizaba el relato, la dimensión del conflicto empezaba a tomar forma concreta. Dentro del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, explicaban, no resultaba sencillo precisar una cifra exacta de trabajadores, pero sí podían dar una referencia clara: solo en esa primera instancia de organización habían logrado reunir a unas 800. Ese número, sugerían, servía también para dimensionar algo más amplio: el peso de la salud pública en Rosario.

Porque, como señalaban, muchas veces la magnitud del sistema pasa inadvertida. La ciudad sostiene una red extensa, con múltiples hospitales y más de medio centenar de centros de salud, una estructura que la convierte en un caso singular dentro del país. La salud pública, insistían, no es solo un servicio: es un emblema construido históricamente por sus trabajadores y trabajadoras. Y es justamente por eso que duele, decían, la falta de reconocimiento.

El contraste con lo ocurrido durante la pandemia era inevitable. Recordaban cómo, en aquel momento, el sistema sanitario de la ciudad había sido ampliamente valorado, con un reconocimiento generalizado al trabajo de todos los efectores. Sin embargo, esa visibilidad parecía haberse diluido con el tiempo. Hoy, en cambio, perciben una suerte de indiferencia frente a las mismas condiciones que, incluso, se han vuelto más complejas.

Desde su lugar en pediatría, una de ellas sumaba un dato que encendía alarmas: cada vez hay menos especialistas en esa área, y recientemente se habían conocido informes que mostraban un aumento de la mortalidad infantil en el país. En ese contexto, sostenía, cuidar la salud pública debería ser una prioridad urgente. Más aún en un escenario nacional que describía como de retirada del Estado, con faltantes de insumos, medicamentos y el debilitamiento de programas sanitarios.

Aun así, el hospital como institución logra sostenerse. No sin dificultades, pero con una inercia que combina esfuerzo cotidiano y algunos avances puntuales. Mencionaban obras en marcha, como la construcción de un nuevo hospital de día y mejoras en el área de oncología. También señalaban el crecimiento de ciertos servicios, como la cirugía cardiovascular. Son, decían, pasos pequeños dentro de un contexto adverso, pero que reflejan una intención de sostener y mejorar la atención.
Lo que está en juego: una construcción colectiva
Ese esfuerzo cobra mayor dimensión cuando se comprende el rol del hospital dentro del sistema. El Vilela no es un efector más: es un hospital de alta complejidad, de tercer nivel, que funciona como centro de referencia para gran parte del sur de la provincia. Allí se realizan trasplantes de médula ósea, cirugías cardiovasculares y sus posteriores recuperaciones, y se concentran áreas clave como la neurocirugía pediátrica. Es, en muchos casos, el lugar al que llegan las situaciones más complejas.

Sin embargo, esa capacidad técnica convive con una tensión creciente. La calidad del servicio, advertían, no es ajena al desgaste de quienes lo sostienen. Las jornadas extendidas, las horas extras acumuladas y el cansancio empiezan a plantear un interrogante inevitable: cuánto tiempo puede sostenerse ese ritmo. Y más aún, qué ocurrirá si ese límite se cruza. La posibilidad de que profesionales migren hacia otros espacios con mejores condiciones ya no parece lejana.

En ese marco, la asamblea permanente que habían decidido constituir adquiere un sentido concreto. No se trata solo de una definición simbólica, sino de una dinámica de organización continua. Mantienen reuniones semanales —habitualmente los lunes al mediodía, aunque adaptadas por feriados— en la puerta del hospital, y sostienen un contacto permanente entre los trabajadores. La movilización prevista busca ampliar esa base: no solo convocar a los efectores de salud, sino también al conjunto de los trabajadores municipales y a la comunidad.

Un punto que subrayan con énfasis es que estas acciones no afectan la atención. Las actividades se realizan fuera del horario laboral, y el funcionamiento del hospital continúa con normalidad: turnos, guardias e internaciones se sostienen sin interrupciones. La intención, remarcan, es visibilizar sin perjudicar a quienes dependen del sistema.
La articulación con otros espacios también empieza a consolidarse. Relatan que trabajadores de otros hospitales y centros de salud se han ido acercando, interesados en sumarse o replicar la experiencia. Mencionan vínculos con el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez y el Hospital Carrasco, entre otros, donde también se desarrollan procesos similares. En muchos casos, las asambleas surgieron de manera espontánea; en otros, fueron impulsadas por el propio gremio. Pero el diagnóstico es común y el malestar, compartido.

Esa convergencia empieza a dar forma a una unidad incipiente dentro del sistema de salud pública. Los reclamos ya no aparecen como hechos aislados, sino como parte de un mismo proceso. Y, según describen, basta con que alguien dé el primer paso para que otros se sumen: preguntas, contactos, participación en reuniones. Una red que se va tejiendo desde abajo.

Hacia el final, el mensaje se dirige directamente a la comunidad. No hay reclamos abstractos ni demandas lejanas. Lo que piden es, ante todo, apoyo. Apelan a la experiencia de quienes alguna vez encontraron respuestas en el hospital, a quienes fueron atendidos en momentos difíciles. Recuerdan que, en cada consulta, el compromiso no se limita a lo médico: también abarca lo social, lo humano, la escucha.

Ahora, dicen, es el momento inverso. Así como ellos sostienen cotidianamente ese entramado de cuidados, necesitan que la sociedad acompañe su reclamo. No con más que eso: con presencia, con respaldo, con la conciencia de que lo que está en juego excede a un sector. Al final, mantener este sistema es parte de la historia de Rosario. Lo construyeron entre todos, lleva décadas funcionando y está muy ligado a la ciudad democrática que la gente reconoce como propia.

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miércoles, 18 de marzo de 2026

Sin seguridad no hay información: Repudian ataques a periodistas y cuestionan la pasividad policial en Newell’s

Repudiamos las agresiones físicas, robos de elementos de trabajo e insultos que recibieron trabajadores de prensa de parte de hinchas de Newell’s cuando fueron a cubrir la conferencia de prensa y el acto convocados por la oposición a la actual dirigencia del club.

Equipos de trabajo periodísticos de Radio y Televisión Santafesina y de Telefe sufrieron fuertes hostigamientos y tuvieron ser auxiliados por los propios compañeros ante la pasividad de la policía que estaba ubicada a metros de la Puerta 6 de ingreso al club.

El camarógrafo y el cronista de RTS recibieron golpes, también les robaron el micrófono y el trípode de la cámara; todo en medio de insultos hacia las y los trabajadores de los medios que desarrollaban la cobertura. Al móvil de Telefe le arrojaron piedras, mientras los periodistas recibían empujones, amenazas de muerte e insultos de los convocados en el Parque.

Este clima de alta inseguridad se reitera pese a los reclamos ante los funcionarios de la provincia responsables de garantizar la seguridad. Nuestros compañeros no pueden cumplir con su trabajo, queda en riesgo su integridad física y se ve afectado el derecho a la información de la sociedad.
Sindicato de Prensa de Rosario

La información en riesgo: Preocupación por censura y presiones sobre periodistas en Santa Fe

La Asociación de Prensa de Santa Fe (APSF) y el Sindicato de Prensa de Rosario (SPR) mantuvieron el miércoles pasado una reunión con funcionarios de la Secretaría de Comunicación de la provincia en la que se plantearon las distintas dificultades que atraviesa el ejercicio de la actividad periodística.

En el encuentro estuvieron presentes el secretario de Comunicación de la provincia, Luis Persello; el subsecretario de Comunicación y Prensa, Pablo Pizzi; el secretario general del SPR, Edgardo Carmona; el secretario general de la APSF, Pablo Jiménez, junto a los periodistas Luis Rodrigo y Gustavo Poles.

Los dirigentes sindicales plantearon la preocupación por los condicionamientos que pesan sobre las y los periodistas para abordar distintos temas conflictivos que hacen a la vida cotidiana de nuestra sociedad, los que llegan incluso en algunos casos a levantar notas o a eliminar algunas ya publicadas.

La información es un bien sensible que no debe estar sujeto a presiones de ningún tipo, ni políticas, ni económicas y, menos aún, a los intereses de las empresas periodísticas que deben cumplir con el deber social de fidelidad con sus audiencias. Asegurar la veracidad en la información constituye un derecho fundamental de toda la ciudadanía.

Los funcionarios explicaron los lineamientos generales de la política comunicacional del gobierno y destacaron el tema seguridad como la mayor preocupación de la administración provincial.

Frente a este planteo, los gremios propusieron un encuentro tripartito entre el gobierno, las empresas periodísticas y los representantes de prensa para elaborar un protocolo sobre la cobertura de los temas de seguridad exclusivamente.

Desde la Asociación de Prensa de Santa Fe y el Sindicato de Prensa Rosario apostamos al diálogo para resolver los problemas que hoy obturan el libre flujo informativo y el ejercicio ético de la profesión, como esperamos de los otros actores intervinientes respuestas concretas a nuestros planteos.

lunes, 16 de marzo de 2026

Un viaje de egresados, una neumonía ignorada y una madre que exige justicia y alerta a otras familias

Thomi tenía 17 años, amaba la música y soñaba con el futuro. Partió a su viaje de egresados con la ilusión de cualquier adolescente, pero regresó gravemente enfermo. Murió pocas horas después por una neumonía que nunca fue diagnosticada a tiempo. Desde entonces, su madre impulsa una causa judicial y reclama cambios en el sistema de atención médica del turismo estudiantil
Un adolescente sensible y apasionado por la música
La historia de Thomás Octavo comienza con el recuerdo íntimo que su madre, Yanina Cáceres, guarda de él. Thomi —como lo llamaban en su familia— tenía 17 años y una personalidad marcada por la sensibilidad y el entusiasmo. Habían vivido en Buenos Aires, pero la familia se había mudado a Rosario. Fue allí donde el adolescente empezó a desarrollar una inquietud muy particular: la música.

Apenas llegaron a la ciudad, Thomi comenzó a interesarse cada vez más por cantar y por acercarse a los demás a través de esa pasión. Su madre recuerda que le gustaba visitar comedores comunitarios, llevar golosinas y cantar para los chicos. Era una actividad que hacía con alegría, y en la que su familia lo acompañaba siempre. "Nosotros como familia lo acompañábamos en todas las decisiones que él tomaba", cuenta Yanina al evocar esos años.

El viaje de egresados que parecía un festejo más
En 2022, mientras cursaba quinto año, tomó una decisión importante: realizar el tradicional viaje de egresados con sus antiguos compañeros de Buenos Aires, no con los que había hecho la secundaria en Rosario. El grupo eligió viajar con la empresa Travel Dance, una de las agencias que organizan viajes estudiantiles a Bariloche.

El contingente partió el 14 de octubre de 2022 rumbo a la provincia de Río Negro, en micro. Como padres, Yanina y su familia firmaron un contrato con la empresa que incluía asistencia médica, internación y seguro de vida, entre otras coberturas. El documento fue revisado incluso junto a otras madres que eran abogadas, lo que les daba tranquilidad. Además, dos madres acompañantes viajaron junto a los estudiantes.

Los chicos llegaron el 15 de octubre a Bariloche. Explica Yanina, desde el inicio hubo algunas incomodidades: el hotel no era exactamente lo que les habían prometido, algo que —admite— suele ocurrir en este tipo de viajes. Sin embargo, hubo un detalle que con el tiempo le quedó grabado como una advertencia que hoy intenta difundir entre otros padres.

La empresa había exigido un chequeo médico previo de los estudiantes, pero ese certificado recién fue entregado el mismo día en que los chicos subieron al micro para viajar. Nadie revisó en profundidad la documentación ni el circuito médico que se suponía que debían cumplir los adolescentes antes de emprender el viaje.

Los primeros síntomas y un diagnóstico que se repetiría: es viral
Los primeros síntomas aparecieron el 19 de octubre. Ese día, Thomi llamó a su madre para contarle que tenía mucha fiebre y que se sentía mal. Yanina le pidió que avisara a los coordinadores para que lo hicieran atender. Dentro del hotel funcionaba una habitación donde atendían médicos que, según les habían informado, eran provistos por la empresa. Además, al lado del hotel había una clínica que formaba parte de la cobertura médica que los padres habían contratado.

Thomi fue revisado ese mismo día. El diagnóstico fue tranquilizador: le dijeron que no era nada grave, que se trataba de algo viral. Incluso le pidieron que llamara a su madre para decirle que se quedara tranquila. Según recuerda Yanina, los responsables del viaje repetían una explicación que, con el tiempo, le resultó alarmante: aseguraban que enfermarse en Bariloche era algo típico. "Ellos como que normalizan estar enfermos con Bariloche", dice. Para ella, ese razonamiento es inaceptable. "Un chico no levanta fiebre porque sí", remarca.

Días de fiebre y una atención médica que nunca cambió el diagnóstico
Al día siguiente, el 20 de octubre, el estado de Thomi empeoró. A la fiebre se sumaron vómitos y diarrea, y los dolores comenzaron a intensificarse. Volvió a ser visto por el médico del hotel, pero el diagnóstico no cambió: lo repitieron y le recomendaron tomar ibuprofeno.

La situación se prolongó así hasta el 22 de octubre, día en que el contingente debía regresar a Buenos Aires. Durante esos días, los coordinadores del viaje —jóvenes de 19 y 20 años, prácticamente de la misma edad que los estudiantes— también estaban enfermos. En total habían viajado 52 chicos y, según cuenta Yanina, 22 de ellos regresaron con problemas de salud.

A medida que pasaban las horas, Thomi se sentía cada vez peor. En una de las llamadas con su madre, ella le dijo que hablaría con la coordinadora para que lo llevaran a la clínica, que estaba al lado del hotel. Pero la respuesta fue que no hacía falta, porque "todos estaban así".

Yanina comenzó a molestarse cada vez más con la situación. Le indignaba, por ejemplo, que a los chicos enfermos ni siquiera les llevaran comida a la habitación. Mientras el resto del grupo salía de excursión, los adolescentes que estaban mal se quedaban solos en el hotel.
El regreso y la gravedad que ya era evidente
Finalmente, el 22 de octubre emprendieron el regreso a Buenos Aires. Cuando el micro llegó, Yanina fue a buscar a su hijo. Apenas lo vio bajar, comprendió que su estado era grave. "Lo encontré muy mal", recuerda.

Lo primero que decidió hacer fue un hisopado, ya que todavía estaban en 2022 y existía la sospecha de que los síntomas pudieran estar relacionados con el COVID-19. El resultado dio negativo. Ante esa respuesta, decidió llevarlo a una pequeña sala de primeros auxilios en Valentina Alsina para que lo revisaran nuevamente.

La médica que lo atendió le hizo una pregunta directa: si había estado en Bariloche. Cuando Yanina respondió que sí y explicó que llevaba varios días enfermo, la respuesta volvió a ser la misma que ya había escuchado antes. Según relata, la profesional le dijo que era algo normal, que muchos chicos regresaban así después del viaje. "Si fueron a Bariloche, estuvieron de joda, todos vienen así", recuerda que le dijo. Yanina insistió en que no lo veía bien, pero la respuesta intentó tranquilizarla: "Mami, todos los pibes vienen así", le repitió la profesional.

Ese día no hubo ninguna mejora. A Thomi le aplicaron dexametasona y diclofenac, pero su estado seguía deteriorándose. Entonces Yanina tomó otra decisión: llevarlo al Hospital Penna. Allí permanecieron cuatro horas esperando en la guardia. El hospital estaba colapsado debido a un accidente y no había camas disponibles.

Finalmente, un empleado de seguridad le sugirió que buscara atención en otro lugar. Le dijo que allí no podrían atenderlo porque faltaban insumos y espacio. Fue entonces cuando decidió trasladarlo a la Clínica Santa Bárbara.

El colapso y el diagnóstico que llegó demasiado tarde
Cuando llegaron a la puerta del establecimiento, Thomi se desplomó.

Lo ingresaron de inmediato a la guardia. Minutos después, un médico se acercó a Yanina con una pregunta que la dejó helada: por qué no lo había llevado antes a un hospital. Ella le explicó que sí lo había hecho, que lo habían revisado varias veces y volvieron a minimizar el cuadro.

La respuesta fue contundente. El profesional le advirtió que su hijo debía ser trasladado de urgencia a terapia intensiva y que probablemente necesitaría intubación. Apenas cuarenta minutos después volvió a hablar con ella, esta vez para darle el diagnóstico definitivo: Thomi tenía una infección pulmonar que no fue advertida.

Según el médico, ya no había posibilidades de revertir el cuadro. Lo único que quedaba era esperar.

Ese mismo día, a las 21.50, Thomás Octavo murió. La causa fue una neumonía que ya estaba muy avanzada.

La investigación: quiénes atendían realmente a los chicos
Con el paso del tiempo, Yanina y su familia comenzaron a descubrir algo aún más inquietante. Las personas que habían atendido a los chicos durante el viaje —presentadas por la empresa como médicos— en realidad no contaban con matrícula profesional. Según pudo reconstruir, no trabajaban únicamente para Travel Dance, sino también para otras empresas de viajes estudiantiles, como Travel Rock, Upgrade, entre otras.

"Claramente —concluye Yanina— si un médico hubiese visto a mi hijo, hubiese detectado que tenía una neumonía".

Una causa judicial larga y llena de obstáculos
Tras la muerte de Thomás Octavo, la vida de su madre, Yanina Cáceres, entró en una etapa que ella misma describe como una odisea. El dolor inicial dio paso a un largo proceso judicial y a una investigación que, con el tiempo, revelaría detalles que la familia jamás había imaginado.

El camino comenzó con la decisión de iniciar acciones legales y tratar de reconstruir qué había ocurrido realmente durante el viaje de egresados a Bariloche. Pero la búsqueda de responsabilidades no fue sencilla. Durante mucho tiempo, las personas que habían atendido a los chicos como supuestos médicos no aparecían en ningún registro ni podían ser ubicadas dentro del país. La investigación se prolongó durante meses, hasta que finalmente, dos años después, lograron encontrarlos en Italia, en un pequeño pueblo alejado.

Hoy esas personas están imputadas en la causa. También lo están los coordinadores del viaje —jóvenes que, según cuenta Yanina, continúan trabajando para la empresa— mientras que la agencia organizadora sigue operando de la misma manera. 
Las advertencias de una madre a otras familias
Para Yanina, difundir lo ocurrido se volvió una prioridad. Sabe que no puede impedir que los adolescentes sigan realizando viajes de egresados, pero insiste en que los padres deben estar más atentos a los protocolos de atención médica. Entre las recomendaciones que repite cada vez que cuenta la historia de su hijo, señala la importancia de exigir contacto directo con los profesionales de la salud. Si un estudiante se enferma durante el viaje, sostiene, los padres deberían poder participar de una videollamada con el médico y el adolescente para verificar cómo está siendo atendido.

También remarca algo que en el caso de su hijo nunca ocurrió: la entrega de recetas firmadas y documentación médica. Thomi, asegura, jamás recibió una receta formal por los medicamentos que le indicaron. Del mismo modo, cree que los padres deberían exigir comprobantes de pago que acrediten los servicios que se contratan —seguro médico, seguro de vida y cobertura de clínica— porque, según explica, las empresas manejan esos gastos de manera unificada.

En su reconstrucción de los hechos, Yanina sostiene que las agencias suelen evitar llevar a los chicos a clínicas externas salvo en situaciones extremas. Según afirma, el sistema funciona de manera tal que las empresas pagan la atención médica solamente cuando un caso se vuelve crítico, y no como parte de un esquema permanente de cobertura para todo el grupo. Esa lógica, dice, explicaría por qué se evitaba trasladar a los estudiantes enfermos a la clínica que estaba ubicada junto al hotel.

Cuando comenzó a investigar, hubo un aspecto que la impactó por encima de todos: descubrir que quienes habían atendido a los chicos no eran médicos matriculados. "Nunca creí que alguien pudiera poner en juego la vida de otros chicos de esa manera", reflexiona.

En el proceso de reconstruir el caso, también se encontró con un dato que le resultó estremecedor. Según afirma, en las últimas dos décadas se registraron al menos 19 muertes de adolescentes durante viajes de egresados en Argentina. Muchos de esos casos, explica, nunca llegan a una sentencia porque las familias no logran sostener los procesos judiciales.

Yanina dice comprender ese desgaste. En su propio caso, la causa lleva cuatro años. Sostenerla implica atravesar audiencias constantes, ver a los acusados frente a frente y escuchar argumentos que muchas veces resultan hirientes. "Te ponen muchísimas trabas", relata. Incluso recuerda burlas y comentarios despectivos por parte de los abogados de las empresas.

La familia participa en dos procesos paralelos: uno civil y otro penal. En el penal, Yanina se presentó como querellante, lo que implica asistir a cada instancia del proceso. La carga emocional y logística de esa decisión fue enorme. Explica que no pudo volver a trabajar porque su agenda depende de las audiencias judiciales: algunas semanas hay una, otras dos; a veces pasan semanas sin actividad, y otras se concentran varias en pocos días. Las audiencias pueden durar media hora o extenderse durante cinco horas.

Aun así, insiste en que seguirá adelante hasta el final. Su objetivo no es solo una condena judicial, sino también impulsar la creación de la llamada "Ley Tomás", una iniciativa que busca establecer controles más estrictos en los viajes de egresados para garantizar la cobertura médica real de los estudiantes.

Un problema que se repite en los viajes de egresados
La insistencia de Yanina también está marcada por una repetición que, para ella, resulta insoportable: varias de las muertes registradas en este contexto ocurrieron por neumonías no diagnosticadas a tiempo. También recuerda el caso reciente de otra adolescente que murió el año anterior por una neumonía durante un viaje de egresados. Según cuenta, la madre de la joven no pudo sostener el proceso judicial. Antes de ese episodio, menciona también el de otra chica fallecida cinco años atrás por la misma causa: una neumonía que no fue diagnosticada ni tratada a tiempo.

Con el tiempo, incluso algunos profesionales de la salud de Bariloche le explicaron lo que, según ellos, ocurre detrás de ese sistema. Un médico local le dijo que ningún profesional matriculado aceptaría trabajar las 24 horas con grupos de adolescentes por los bajos honorarios que ofrecen las empresas de turismo estudiantil. Por esa razón —le explicaron— algunas compañías recurrirían a personas que se presentan como médicos sin contar con matrícula habilitante.

Para Yanina, las consecuencias de esa lógica fueron devastadoras. "A nosotros como familia nos mató totalmente", resume.

Sin embargo, su determinación se mantiene intacta. Dice que seguirá hablando del caso cada vez que tenga la oportunidad, porque cree que la visibilidad pública es una de las pocas herramientas que tienen las familias para exigir cambios.

En ese reclamo también apunta a las responsabilidades institucionales. Considera que los organismos encargados de controlar el turismo estudiantil deberían supervisar con mayor rigor a las empresas del sector. En particular, señala el rol del área nacional de turismo —actualmente una secretaría— que tiene entre sus funciones verificar que las compañías operen con todas las condiciones legales y sanitarias.

Al mismo tiempo, plantea que la problemática también debería preocupar a las autoridades locales y provinciales de Río Negro y de la ciudad de San Carlos de Bariloche, un destino que recibe miles de estudiantes cada año. Para Yanina, el turismo estudiantil es una de las bases económicas de la ciudad, lo que —según cree— muchas veces lleva a priorizar el negocio por encima de los controles.

A pesar de todo, aclara que no perdió la capacidad de reconocer la belleza del lugar. "Es una provincia hermosa", dice, aunque al mismo tiempo sostiene que el sistema de viajes de egresados funciona con lógicas similares en muchas empresas que operan en todo el país.

Mientras tanto, ella continúa difundiendo la historia de su hijo. A través de redes sociales creó una cuenta dedicada a contar el caso de Thomi y a responder preguntas de otros padres que están organizando viajes de egresados para sus hijos. Allí intenta compartir advertencias, información y todo lo que aprendió durante estos años.

Sostener esa tarea también tiene un costo material. El proceso judicial comenzó en Buenos Aires, pero luego fue trasladado a Bariloche. Ese cambio obligó a la familia a modificar su equipo legal, porque necesitaban un abogado matriculado en esa jurisdicción. Cada traslado, cada audiencia y cada trámite fueron extendiendo los tiempos del proceso.

Yanina sabe que ese desgaste muchas veces termina desalentando a las familias. Aun así, insiste en que nada la va a detener. Cada vez que puede, pide un espacio para contar lo que pasó. Por eso valora especialmente cada invitación a hablar en medios de comunicación.

Aunque vive en Rosario, dice que para ella es importante que la historia de su hijo también se conozca allí, porque cree que la difusión es una de las pocas maneras de evitar que algo similar vuelva a ocurrir.
La música de Thomás, el sueño que sigue sonando
La entrevista avanzaba entre recuerdos y silencios cuando, en el estudio de Señales, comenzó a sonar una canción. El periodista anunció que no la presentaría él. Prefirió que lo hiciera la propia madre de Thomás. Entonces, Yanina Cáceres tomó la palabra y explicó que el tema se llamaba Exótica Maniática y que era una canción de su hijo.

El adolescente, contó, tenía un nombre artístico: Tstrikee, un juego de palabras que él mismo había inventado. Bajo ese alias publicaba su música y todavía hoy es posible encontrar sus canciones en su canal de YouTube. Para la familia, cada reproducción es una forma de mantener vivo su sueño.

Yanina suele repetir una idea que se convirtió en una especie de mantra personal: que su hijo ya no esté físicamente no significa que ella no pueda seguir ayudando a que su música llegue a otras personas. Esa decisión tomó forma poco tiempo después de su muerte, cuando decidió publicar las canciones que Thomi había grabado.

Quince días antes de viajar a Bariloche, el joven había estado en la provincia de Córdoba, visitando a un amigo productor en la localidad de Achiras. Allí grabó algunas canciones que quedaron registradas como testimonio de su vocación musical. Tras su fallecimiento, su madre decidió editarlas y acompañarlas con videoclips para publicarlas en internet. Además, compartió con Señales algunas fotos que se publican aquí.

Los videoclips, los títeres y una forma de atravesar el duelo
El proceso fue un desafío inesperado. Yanina recuerda que antes de todo esto era simplemente una madre que no tenía ningún conocimiento sobre edición, grabación ni producción audiovisual. Sin embargo, decidió aprender sobre la marcha para poder concretar ese proyecto.

La idea de los videoclips surgió a partir de una anécdota familiar. En medio del duelo, recordó historias y juegos que compartía con su hijo y de allí nació la propuesta de crear dos personajes: El Toto y La Traidora, dos títeres que se convirtieron en los protagonistas de los videos. Con ellos empezó a producir los clips que acompañan las canciones de Thomi.
Los videos, explica, son sencillos, inocentes y pensados para que cualquier persona pueda verlos, desde niños hasta adultos. Cada uno es, para ella, una forma de homenajear a su hijo. "Seguimos honrándolo", dice, convencida de que ese recuerdo permanente es también una manera de mantenerlo presente.

El proyecto todavía no está terminado. Aún queda un videoclip por publicar, correspondiente a una canción que Thomás había grabado junto a un cantante chileno. Además, existe otra composición que el adolescente escribió pero nunca llegó a grabar. La familia trabaja actualmente en la posibilidad de producirla.

Esa última canción tiene un significado especial. Según cuenta Yanina, fue la primera que su hijo escribió en el estilo que realmente quería desarrollar. Hasta ese momento, muchas de sus canciones eran pegadizas, pensadas para un público adolescente. Pero él también tenía interés en escribir letras más profundas.

Ese último tema nació de una experiencia personal: el impacto que le produjo mudarse a Rosario. Cuando llegó a la ciudad, una de las cosas que más lo impresionó fue ver pintadas en los barrios que recordaban a chicos asesinados por la violencia urbana. Ese fue el punto de partida de la letra, que habla de la búsqueda de justicia y de la corrupción policial en la ciudad. Para su madre, cuando esa canción finalmente se publique será probablemente la más movilizante de todas.

Escuchar las canciones de su hijo sigue siendo una experiencia intensa. Cada vez que suenan, dice Yanina, siente un orgullo enorme. Durante el duelo recibió todo tipo de comentarios: algunas personas le sugerían que dejara de publicar fotos o recordar a su hijo, bajo la idea de que debía "dejarlo descansar". Ella piensa exactamente lo contrario. Hablar de él y compartir su obra es, para ella, una manera de celebrar quién fue.

Lo recuerda como un chico de 17 años lleno de sueños. Estaba por comenzar la universidad y tenía una meta muy clara: quería convertirse en locutor de radio. Muchos de esos proyectos quedaron truncos, pero a través de la música ella siente que todavía puede acompañarlo.

Por eso insiste en invitar a la gente a escuchar sus canciones, seguir su canal en YouTube y sus redes sociales. Hoy es ella quien administra todas esas cuentas, tanto el perfil dedicado a la música de T‑Strike como el espacio donde difunde la causa judicial por su muerte.

Ese trabajo en redes también abrió otra puerta inesperada. Los dos títeres que protagonizan los videoclips —El Toto y La Traidora— comenzaron a aparecer en videos humorísticos y musicales en TikTok. Con el tiempo, esos personajes ganaron una popularidad que Yanina nunca imaginó.

Hoy la cuenta supera los cien mil seguidores. Curiosamente, el público que más disfruta de los videos no son los niños, como ella pensaba al principio, sino adultos de más de cuarenta años. Muchos les piden que interpreten canciones clásicas de artistas como Leo Dan, Leonardo Favio, Sandro o Palito Ortega. Ella responde a esos pedidos interpretando los temas con los títeres.

Ese proyecto, reconoce, fue una especie de salvavidas emocional en medio del duelo. Crear contenido con los muñecos y compartirlo en redes la ayudó a atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida. Por eso decidió incursionar en ese espacio: quería mostrar algo que le hacía bien, sin necesidad de contar allí toda la historia de su hijo.

La respuesta del público la sorprendió. Con el tiempo empezaron a llegar mensajes, regalos y propuestas de colaboración. Aunque mantiene separados los contenidos —por un lado el caso judicial de Thomás y por otro el universo lúdico de los títeres—, Yanina reconoce que ambos proyectos nacen del mismo lugar: la necesidad de seguir adelante sin dejar de recordar.

Una causa que sigue abierta
A medida que la conversación llegaba a su tramo final, la pregunta inevitable apareció en el estudio: cómo sigue la causa por la muerte de Thomás Octavo. Para Yanina Cáceres, la respuesta es tan concreta como incierta. El proceso judicial continúa, y después de un período de relativa quietud, vuelve a ponerse en marcha.

Según explicó, en los próximos días está prevista una nueva audiencia con el fiscal para definir cómo continuará el expediente. Ese encuentro marcará la reactivación formal de la causa después de meses de trámites y demoras. La familia, dice, espera conocer allí cuáles serán los próximos pasos del proceso.

En paralelo, el año pasado se inició la instancia civil del caso, aunque por el momento no produjo avances significativos. Por eso, durante este año intentarán impulsar nuevamente esa vía judicial, mientras continúa el proceso penal. El panorama, sin embargo, es complejo: la causa involucra a numerosos imputados y a una gran cantidad de testigos.

Entre quienes podrían declarar están los 52 estudiantes que integraban el contingente del viaje de egresados a San Carlos de Bariloche, además de sus familias y otras personas vinculadas a la organización del viaje. Ese volumen de testimonios anticipa un proceso largo. Yanina ya asumió que el camino judicial será extenso y que probablemente se prolongue durante años.

Aun así, mantiene la esperanza de que en el corto plazo la causa logre avanzar con mayor velocidad. Confía en que este año pueda producirse algún impulso significativo. Al mismo tiempo, es consciente de las dificultades. En más de una oportunidad ha dicho que siente que está enfrentando a un "monstruo", en referencia al peso económico y político que rodea al negocio del turismo estudiantil.

También expresa su desconfianza hacia las autoridades provinciales de Río Negro, a quienes acusa de no acompañar el caso. Sin embargo, insiste en que nada de eso cambiará su decisión de seguir adelante. La determinación, repite, es llegar hasta las últimas consecuencias, sin importar cuánto tiempo lleve.

El desgaste emocional es enorme. Cada audiencia representa un momento particularmente difícil. Durante horas, los participantes del proceso repasan una y otra vez los detalles de la muerte de su hijo. Escuchar su nombre repetido constantemente es, para ella, como recibir una herida una y otra vez.

Aun así, decidió afrontar esas instancias sin pedir interrupciones. Incluso llegó a plantearlo directamente ante el juez: si durante una audiencia se quiebra y se pone a llorar, no quiere que el proceso se detenga. Sabe que cada suspensión puede significar uno o dos meses más de espera hasta retomar el trámite.

La mayoría de las audiencias se realizan por videoconferencia, una modalidad que obliga a permanecer frente a la cámara durante toda la sesión. No puede apagarla ni retirarse del cuadro, incluso cuando la emoción la supera. Pero para ella ese esfuerzo es parte del compromiso que asumió desde el primer día.

Memoria y justicia: el objetivo de seguir contando la historia
Mientras tanto, la difusión pública del caso sigue siendo una de sus principales herramientas. Cada entrevista, cada espacio en un medio de comunicación, representa una oportunidad para mantener viva la historia de Thomás y reclamar justicia.

Desde el estudio radial donde se desarrollaba la conversación, el periodista también señaló la responsabilidad política que, a su entender, deberían asumir las autoridades provinciales. Mencionó directamente al gobernador Alberto Weretilneck y planteó que casos como este merecen mayor atención institucional, no solo por el impacto humano sino también por las consecuencias que pueden tener sobre la imagen del turismo estudiantil.

El conductor también apuntó al peso económico del sector, que mueve millones de pesos cada año y en el que participan empresas, hoteles y agencias de distintas ciudades del país. 

Según planteó, esa red de intereses podría explicar por qué algunos medios locales no profundizan en este tipo de casos. Mencionó puntualmente al grupo Televisión Litoral y al Multimedios La Capital, y señaló que empresas vinculadas al turismo estudiantil —como Daminato Viajes, que posee hoteles y servicios para contingentes estudiantiles en Bariloche— mantienen relaciones comerciales dentro de ese ecosistema. En ese contexto, sugirió que esos vínculos podrían influir en el nivel de cobertura que reciben estas historias.

Más allá de esos debates, el cierre de la charla volvió al punto central: la búsqueda de justicia. Yanina asintió cuando el periodista expresó que el objetivo de difundir el caso era justamente amplificar la historia y aportar, aunque sea con un pequeño gesto, a que lo ocurrido no quede en silencio.

Para ella, ese es el verdadero sentido de seguir hablando de Thomás: transformar el dolor en memoria y en una lucha que, espera, sirva para evitar que otras familias atraviesen lo mismo. Porque, como repite cada vez que cuenta su historia, lo único que busca es justicia.

Escuchá la entrevista completa:

domingo, 15 de marzo de 2026

Odiocracia: el clima que empujó al exilio a una periodista en la Argentina de Milei

Dejó Argentina tras denunciar amenazas de los poderosos. En su último libro reflexiona sobre "la odiocracia", un sistema que "hace que las personas se culpen entre sí"
Por: Raquel Miralles
Luciana Peker (Argentina, 1973) es periodista y escritora. Ha desarrollado su carrera profesional dando voz a las mujeres y defendiendo los derechos de los colectivos más vulnerables en su país natal, pero en su último libro se desvía ligeramente de estos temas -aunque todo está relacionado- para poner el foco sobre otra cuestión que le interesa y le afecta: el odio.

Por ese sistema del odio, que ha bautizado como "la odiocracia", tuvo que salir de su país y pedir asilo en España, donde reside desde el año 2023, por amenazas relacionadas con su labor periodística.

Está en Valencia para dar una charla sobre la diversidad y la igualdad en el marco del deporte, invitada por la organización de los Gay Games que se celebrarán en la capital del Turia este verano.

Recibe a El Español para reflexionar sobre el odio, pero también sobre la masculinidad, el movimiento feminista y el avance de las ideas ultras en el mundo, especialmente en Argentina.

Afirma que "viene del futuro", que conoce de primera mano cómo afecta esta maquinaria de la hostilidad y el rencor en las personas, especialmente con los colectivos más vulnerables. Cuenta su experiencia para que pueda "servir como espejo" a España y que la ciudadanía "actúe antes de que sea demasiado tarde".

"Impera ahora un sistema de odio que pone como enemigos a las personas trans, a las mujeres y a la diversidad sexual", asegura. Insiste en la idea de que no se refiere a la derecha tradicional con la que "puedes coincidir o no, pero que sigue unas reglas claras".

Para hacer frente a esta hostilidad, aboga por la unidad y también un poco por el pragmatismo. "Hay que cuidarse", afirma y denuncia que las mujeres que alzan la voz, las que luchan de manera visible por la igualdad, sufren grandes campañas de desprestigio y de violencia que las lleva a la "autocensura".

"Las que discuten y las que hablan se quedan rotas y solas", subraya. Este es su caso. Y el de muchas otras. Por ello, lamenta que estamos en un momento de "desempoderamiento" y vaticina que los hombres están volviendo a ocupar todas las esferas públicas, con marcados liderazgos masculinos, tanto en la derecha, como en la izquierda.

"Está todo monopolizado por varones. Le llamo la machópolis y las mujeres tenemos que prevenirlo a tiempo", señala.

Sobre esta machópolis en la que el machismo es transversal y afecta a todo el arco parlamentario, como el caso Errejón en Sumar, el de Paco Salazar en el PSOE o el del alcalde de Móstoles del PP, asegura que "los varones ultras odian los avances de las mujeres, mientras que los de izquierdas, nos subestiman".

En esta línea, expresa su "sorpresa" de que todos estos casos sean posteriores a la ola feminista que se dio en los años 2017 y 2018.

En ese momento, según explica, se dio un cambio de escenario y el feminismo y la igualdad empezaron a formar parte del debate público y "la mayoría de casos que se destaparon de hombres de izquierdas en España son de varones que sabían lo que hacían y querían una revancha".

"Lo que yo veo es una reacción de los hombres que no soportan la interpelación de las mujeres. No soportaron escuchar a las mujeres", alega.
Acaba de publicar su último libro, La odiocracia. Al fondo a la derecha. ¿Qué es la odiocracia?
Es un sistema de odio que se expresa en el avance de ideas ultras. Quiero ser muy respetuosa con la pluralidad, porque no tiene que ver con un partido o el otro o la alternancia a la que estamos acostumbrados, pero sí con sistemas muy ultras.

Es un sistema que ya atenta contra la democracia como sistema político de convivencia y que genera confrontaciones sociales muy fuertes.

La odiocracia no se basa en que hay un poder que odia y que ejerce su odio contra algunas personas, sino en hacer que las personas se odien entre sí, se culpen entre sí y ejerzan ese odio. Todos terminamos siendo víctimas del odio de los demás, teniendo miedo e inhibiéndonos.

Es una sociedad que entiende la indignación y la rabia no como movilización para intentar reclamar una sociedad mejor, sino para desquitarnos con quién creemos que nos está quitando algo.

¿Por qué triunfa tanto el odio, especialmente entre los más jóvenes?
Creo que los chicos, entre la desorientación de la interpelación feminista y la falta de acceso a empleos, a viviendas, están agarrando esta idea del odio como una idea que les pertenece y que les da una motivación. Y es muy peligroso por el efecto social y porque también es algo que les va a perjudicar.

La sociedad incentiva a los varones a hacer cosas que son odiantes, pero a la vez les castiga por ello. Hay que intentar hacer todo lo posible para frenar este fenómeno y, en ese sentido, creo que el deporte puede tener una gran función contenedora.

¿Cómo se combate este sistema de odio que describe?
Es un enorme desafío. Hay que tener perspectiva histórica, tanto en los derechos de las mujeres, como de la diversidad sexual y ver que logramos muchísimas cosas en poco tiempo. Sin embargo, esto se está gestando y creando desde hace décadas y con mucha unidad entre los sectores ultras. En España está pasando algo más grave de lo que se nota.

No hay una fórmula mágica. En lo personal, cada una tiene que elegir las batallas cuando quiere y cuando puede. Hay que cuidar a las que hablan, hay que autocuidarse y hay que estar unidas, que parece una frase hecha, pero si nos quedamos solas y fragmentadas la tarea es imposible.

Estamos en un momento en que la sociedad está polarizada y esto afecta al movimiento feminista, que ha tenido en los últimos años fuertes debates, como el relativo a las mujeres trans. ¿Cuál es el futuro del feminismo?
No existe hoy un feminismo sin las personas trans, para mí no hay ni un margen de duda. Yo creo en una unidad que respete a los seres humanos por encima de todas las cosas y en una unidad que no es un lobby que defiende derechos específicos.

El feminismo hoy, y el 8 de marzo lo demuestra, es el único movimiento que tiene marchas multitudinarias en España, en México, en Argentina, en Francia, con gobiernos de un punto o del otro.

Es el único movimiento social internacional que hoy implica valores humanos y en un mundo que ya no tiene reglas, la esperanza es el potencial de ese movimiento. Es el único que disputa no solamente el fascismo, sino un mundo que ya no valora los derechos humanos y en el que ya no hay derecho internacional ni reglas democráticas.

Si hay gente que todavía piensa que la humanidad se puede salvar, somos las mujeres y las diversidades marchando juntas hacia un modelo mejor.
Exilio a España
A finales del año 2023, Peker tomó una de las decisiones más difíciles de su vida, una decisión que todavía le pesa. Exiliarse de su país debido a una serie de amenazas de muerte y a un hostigamiento sistemático vinculado, según explica, a su defensa de los derechos de las mujeres en Argentina.

Los ataques se intensificaron por apoyar públicamente a la actriz argentina Thelma Fardin, que denunció al actor Juan Darthés por violación. También por una noticia en la que relacionaba que la liberación de las armas en su país podía aumentar el número de feminicidios.

Peker denunció que las amenazas provenían de una estructura organizada con presuntos vínculos con sectores políticos y militares. En la causa judicial, se detectó que algunas denuncias en su contra se iniciaron desde una dirección IP vinculada a la Fuerza Aérea.

"Quedó demostrado que hubo un grupo orquestado para hostigarme y amenazarme", subraya. En este punto, la escritora y activista lamenta la "impotencia de la justicia para detener los ataques digitales".

Peker, a través de su experiencia personal de exilio, advierte que España enfrenta ataques organizados contra la libertad de expresión y la diversidad. Considera que "ver lo que pasa en otros países y cómo avanzan los grupos violentos es bueno para actuar antes de que sea demasiado tarde".

"La inacción, la indiferencia o el silencio son pegarse un tiro en el pie", manifiesta.

En su caso, posicionarse y alzar la voz le ha pasado factura hasta el punto de tener que abandonar su país.

Fue y es muy difícil, pero al demostrarse esta orquestación que yo nunca me hubiera imaginado supe a lo que me enfrentaba. Consideré que para poder seguir escribiendo y seguir hablando con libertad no era posible hacerlo desde ese lugar de amenazas.

La violencia digital contra las mujeres cada vez es mayor, sin que parezca que llegue una solución.

Estoy completamente a favor de una mayor regulación y control de las redes sociales. Si no se regulan no habrá democracia.

Yo lo que hice fue poner una denuncia, pero ni la justicia ni las leyes están a la altura. De hecho, los tecnofeudalistas le están diciendo a Donald Trump que la Unión Europea no puede ni ponerles una multa porque si no amenaza con aranceles.

Esa locura en la que estamos es la que hace tener ansiedad a una mujer. Además, estas agresiones no están ligadas a la hombría clásica, que tenía privilegios, pero también obligaciones. Esto es solo odio.

¿Qué le parece la herramienta que presentó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para medir el discurso de odio en las redes sociales?
En el último mes en España, y no es casual por los ataques de Elon Musk a Sánchez o a Montero. Hay una reacción de las periodistas y del gobierno para frenar los discursos de odio e intentar que la sociedad tenga una alarma y los intentos de hacer algo son buenos. Mejor hacer algo a no hacer nada, frente al autoritarismo se necesita autoridad.

De todas maneras, la herramienta no es para frenar el odio, sino que es para el diagnóstico. El diagnóstico de donde hay más odio ya lo sabemos, es decir, no es una medida contra el odio, sino para diagnosticar un odio que ya está diagnosticado.

Los diagnósticos pueden sumar puntos para el debate, pero decir que las redes transmiten odio no es suficiente. No es cierto que X sea mucho peor que Instagram, ni que sea tan fácil irse o que haya redes nuevas que reemplacen a las antiguas con otros modos. Es una medida simbólica, pero que se queda muy corta con lo que está pasando. Además, anunciar que se está haciendo algo puede generar impotencia; las acciones tienen que ser más profundas y concretas.

Está en Valencia en el marco de la celebración de los Gay Games. ¿La diversidad y la igualdad es todavía una asignatura pendiente en el deporte?
Creo que el deporte tiene algunas asignaturas pendientes y además importa mucho, porque si hay un mandato social es hacer deporte.

Cuando yo tenía 15 años iba a la cancha del Boca, que es el club más popular de Argentina, a la Barra Brava donde estaban los hombres más tradicionales, por decirlo así. Y era el lugar más seguro para las mujeres.

Esa hombría era violenta con los otros, de enfrentamiento y no la defiendo, pero sí que creo que esta sobrerreacción de odio actual no tiene que ver con la hombría tradicional, que tenía costos muy altos, pero también responsabilidades.

Lo que hay hoy es una simulación de hombría a la que lo único que le queda es el odio, pero sin responsabilidades. No es protectora, no es proveedora, es puramente odiante.
Fuente: El Español

sábado, 14 de marzo de 2026

Cristina Solano: Una vida dedicada a la salud mental y a los derechos humanos

El documental Cristina Solano: una apuesta por la salud mental como derecho humano se estrenó el sábado 14 de marzo en el Centro Cultural de las Madres de Plaza 25 de Mayo, en Rosario, acompañado de una charla y un debate con la propia protagonista. La película recorre la trayectoria de Solano, desde su trabajo con familiares de desaparecidos durante la dictadura hasta su acompañamiento a niños restituidos y veteranos de Malvinas, mostrando su compromiso con la salud mental inclusiva y los derechos humanos. En diálogo con Señales, la directora Magalí Besson destacó cómo el proyecto nació a partir de un cuento inédito de Silvia Bleichmar, que inspiró la película y permitió combinar testimonio, música y narrativa para hacer accesible y emotivo un relato sobre memoria, trauma y reparación social.

Magalí Besson nació en Rosario, en plena dictadura, y sus primeros años de escolaridad transcurrieron en La Integral de Fisherton, una escuela y comunidad que, según recuerda, le cambió la vida para siempre. Con el tiempo, su pasión por el psicoanálisis se entrelazó con el interés por la política, dos ejes que luego articularía en diversas militancias culturales y en el campo de la salud mental.

Se graduó como psicóloga en la Universidad Nacional de Rosario, hoy se desempeña como docente de la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental (RISaM) Rosario y de espacios de formacion autónomos, al mismo tiempo que mantiene su práctica profesional independiente, aunque su labor central sigue siendo la de analista. Hace ocho años, mientras editaba su primer libro dedicado a la salud mental y a las prácticas situadas, se convirtió en madre, un hito que marcó tanto su vida personal como profesional.

El legado de una psicóloga pionera
En el marco de su trabajo documental, Besson decidió registrar la trayectoria de Cristina Solano, una figura emblemática de la psicología y el psicoanálisis en Rosario. Solano inició su vínculo con Aire Libre, Radio Comunitaria, a principios de los años 90, cuando, junto al doctor Norberto Liwski, integraba Defensa de Niñas y Niños Internacional – Sección Argentina, un organismo no gubernamental con estatus consultivo ante Naciones Unidas. Desde allí, la radio se nutrió de su experiencia en el trabajo con niñas y niños.

Cristina fue parte de los primeros "Talleres para niños víctimas de la dictadura", donde acompañó a algunos de los primeros nietos restituidos. Aquellos espacios de encuentro y elaboración sirvieron también como germen de la organización HIJOS, tema que la emisora documentó en el especial "30 años, 30 historias, 30 horas". Más adelante, Solano desarrolló un extenso trabajo como psicóloga e investigadora en el PAMI, focalizado en la salud de los veteranos de guerra de Malvinas a nivel nacional.

Memoria, derechos humanos y compromiso social
Su compromiso con la memoria y los derechos humanos se reflejó también en el vínculo estrecho que mantuvo con la Asociación Anahí y con la Casa Mariani–Teruggi de La Plata, declarada Monumento Histórico Nacional, participando en actividades conmemorativas como el cumpleaños de Clara Anahí Mariani, desaparecida durante la dictadura. En ese marco, dialogó en reiteradas ocasiones con su abuela, María Isabel "Chicha" Chorobik de Mariani, fundadora y presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, hasta su fallecimiento en 2018.

Besson describe a Solano como una psicóloga y psicoanalista graduada en la UNR durante los años 70, en plena dictadura, que simultaneó sus estudios con su práctica militante en el peronismo de base. Madre de dos hijos, Cristina ha dedicado su vida a la salud mental inclusiva y al trabajo con situaciones extremas, abordando algunos de los episodios más dramáticos que atravesó el país. Su experiencia incluye tanto talleres con niños víctimas directas del terrorismo de Estado como el acompañamiento a veteranos de Malvinas desde PAMI.

El recorrido de Solano es vasto y plural, pero mantiene un hilo conductor: trabajar con aquellos grupos que han sufrido traumatismos vinculados al sometimiento social y al horror. Su capacidad de transmitir ideas y sentimientos fue un motivo central para que Besson eligiera registrar su testimonio en un formato en el que se escucha casi exclusivamente a Solano, acompañado solo de breves intervenciones de otros, fragmentos musicales y fotografías. La sensibilidad y fuerza de su relato permiten que su historia se perciba no solo como un testimonio profesional, sino como un legado humano y emotivo.

El nacimiento del documental
El documental Cristina Solano: una apuesta por la salud mental como derecho humano nació de la emoción colectiva que generó el testimonio de la psicóloga y psicoanalista rosarina. Magalí Besson recuerda la sensación de alegría y conmoción que atravesó al grupo de hombres y mujeres que trabajaron en la realización del proyecto, y que finalmente pudo ser estrenado el sábado 14 de marzo a las 18 horas en el Centro Cultural de las Madres de Plaza 25 de Mayo, ubicado en el Palacio Fracassi, en la calle Corrientes casi esquina San Luis, en Rosario. La proyección se acompañó de una charla, un intercambio y un debate posterior, con la presencia de Cristina Solano, constituyendo un espacio único de encuentro entre el público y la protagonista del documental.

Besson relata que la idea de hacer la película surgió de un gesto de generosidad de Solano: le entregó un cuento inédito de la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar, un material que ya comenzaba a circular gracias al documental y que prometía encontrar un público más amplio. Este cuento, según Besson, se convirtió en el corazón del proyecto, pues no solo narraba una ficción, sino que estaba profundamente inspirado en la experiencia clínica de Solano con niños víctimas del terrorismo de Estado.

El valor del testimonio y la ética profesional
El relato de Besson contextualiza el cuento: se trataba de un trabajo que Solano había iniciado con Bleichmar a mediados de los años 80, alrededor de 1985 o 1986, en el marco de una supervisión clínica. Cristina se había comprometido a sostener tratamientos con chicos que habían sido objeto del robo y apropiación de sus identidades, y que se encontraban en el proceso de restitución a sus familias. Para asegurar la calidad y la ética de su intervención, decidió supervisar sus prácticas con Silvia Bleichmar, cuya experiencia con infancias víctimas del terrorismo de Estado en Argentina era ya reconocida. De ese encuentro surgió un material muy fecundo, y uno de sus efectos fue precisamente el cuento que Besson recibiría años más tarde. Este relato ficticio, llamado El medallón, tenía un enfoque crítico sobre las malas intervenciones y los malos tratos en contextos de vulnerabilidad extrema, un tema que Besson considera crucial para entender la responsabilidad ética en el trabajo con niños y niñas atravesados por la violencia política.

El encuentro que dio origen al documental fue casi casual: en un café, Cristina le entregó a Besson el cuento y le contó sobre su historia, su trabajo incansable y su recorrido profesional. Besson rememora cómo, en los años de la dictadura en Rosario, Solano ya acompañaba a familiares de víctimas, y cómo luego extendió su trabajo a los niños y niñas afectados tanto en Rosario como en Buenos Aires. La directora se preguntaba por qué este testimonio no había circulado antes y, al mismo tiempo, percibió la necesidad de "hacer justicia" con la historia de Solano, proponiéndole grabarla para preservar y transmitir algunos de los hitos fundamentales de su práctica en derechos humanos.
Escucha más allá de la palabra
El cuento de Bleichmar adquirió un lugar central dentro del documental, porque dialoga con el testimonio de Solano y contribuye a darle un tratamiento artístico a un material que, de otro modo, podría resultar demasiado duro para algunos espectadores. Besson señala que la combinación del cuento, la música y la manera de comunicar de Solano —quien también es actriz— permite que el relato sea accesible y digerible, sin perder la crudeza de las experiencias narradas. Destaca que, aunque el testimonio aborda episodios difíciles, está presentado de manera que el público puede mantener la escucha y la conexión afectiva con lo que Solano transmite.

Para Besson, uno de los logros más interesantes del documental es precisamente esa capacidad de sostener la conexión emocional mientras se enfrentan relatos sobre el horror de la dictadura. El testimonio de Cristina conmueve por la manera en que supo generar espacios de escucha y acompañamiento para los niños y niñas afectados, más allá de la palabra. Desde los años de la dictadura en Rosario, Solano, junto con un grupo de compañeras y compañeros, fue construyendo modos sutiles e innovadores de atención, que no solo sostenían a los niños y ofrecían presencia y compañía, sino que buscaban acompañar los efectos de los traumatismos ocasionados por el terrorismo de Estado. En muchos casos la palabra no era el principal vehículo de expresión para los niños; estos podían transmitir su sufrimiento a través de juegos, escenificaciones o materiales creativos.

Salud mental como derecho y construcción colectiva
Argentina, señala Besson, ha demostrado una capacidad excepcional de producir salud mental en contextos de trauma social, precisamente porque la historia de violencia y represión dejó marcas profundas en sus habitantes. Muchas de estas marcas no son fácilmente verbalizables ni narrables, sino que se inscriben en los cuerpos y en los psiquismos como impresiones, imágenes, ruidos y sensorialidades desconectadas de un relato convencional. El trabajo de Solano consiste en reconocer y acompañar estas marcas, ofreciendo herramientas para su simbolización y procesamiento, y mostrando cómo intervenir en situaciones de trauma extremo de manera ética y respetuosa.

El legado de Solano se manifiesta también en su apuesta por el trabajo colectivo y por la creación de espacios de pensamiento compartido. Su experiencia demuestra que, para enfrentar situaciones que buscan destruir la posibilidad de pensar y construir comunidad, es imprescindible sostener la confianza en el trabajo con otros. Mantener espacios de reflexión, cuidado y colaboración permite a los trabajadores de la salud mental ofrecer herramientas para elaborar y tramitar los efectos de traumas que buscan desarticular toda vida comunitaria. Besson subraya que este legado también implica una crítica a las soluciones rápidas y al eficientismo: muchas veces, los conflictos y traumas no pueden resolverse con velocidad, sino que requieren paciencia, ética y colaboración.

Talleres, encuentros y reparación emocional
En su testimonio, Solano recupera su experiencia de los años de dictadura, cuando acompañaba a familiares de desaparecidos y trabajaba posteriormente con niños restituidos a sus familias. Su relato enfatiza la creación de espacios de cuidado, reflexión y reparación para las infancias atravesadas por el terrorismo de Estado, así como la necesidad de un compromiso ético profundo de quienes ponen su práctica profesional al servicio de la defensa de la vida.

Los años de 1978 marcaron un hito en la trayectoria de Solano. En aquellos momentos, los familiares de los compañeros desaparecidos estaban organizados y enfrentaban situaciones de horror que demandaban acompañamiento profesional. Solano, junto con su colega Daniel Michelli, intervino directamente en espacios como la calle Ricardone y la calle Corrientes, ofreciendo apoyo a madres, abuelas y familiares de desaparecidos. Su trabajo fue, en muchos casos, casi clandestino, un modo de participar activamente en la lucha permanente de los militantes de los años 70, utilizando su formación profesional y las herramientas que el Estado le brindaba a través de la educación y la psicología.

Posteriormente, Abuelas de Plaza de Mayo convocó a Solano para continuar la labor terapéutica con los niños restituidos, y al mismo tiempo, ella comenzó a organizar espacios de reflexión, encuentros y talleres de acompañamiento en diversas regiones del país. Entre estos espacios se destaca el taller Avión Aves, que se desarrolló durante diez años con niños víctimas directas de la dictadura, buscando reparar y restablecer afectos, amor y valores fundamentales en las infancias marcadas por el horror del terrorismo de Estado.

Un legado vivo para futuras generaciones
Besson destaca que este enfoque muestra cómo la salud mental puede ser una herramienta para la defensa de la vida y la restitución de derechos, y cómo las prácticas de Solano se extendieron más allá de la clínica individual para convertirse en un compromiso social y comunitario. La atención no se limitaba a los síntomas visibles o a la narrativa verbal de los niños, sino que abordaba la totalidad de su experiencia: sensorialidades, juegos, imaginarios y emociones, integrando múltiples lenguajes de expresión. Esta ampliación del campo de la intervención clínica constituye un aporte histórico y pedagógico para la profesión, mostrando la importancia de adaptar los recursos a la singularidad de cada trauma y contexto.

El documental, por lo tanto, no solo registra un testimonio personal y profesional, sino que recupera un conjunto de estrategias, prácticas y aprendizajes que pueden servir como guía para quienes trabajan en salud mental. Frente a situaciones donde la violencia y la represión buscan anular la capacidad de pensar y crear comunidad, la experiencia de Solano demuestra que la perseverancia, la colaboración y la ética profesional son fundamentales.

La directora señala también la relevancia de que el documental sea accesible para un público amplio, no solo para especialistas. Gracias a la combinación de la narrativa de Solano, la musicalización y los elementos artísticos, el testimonio se hace digerible sin perder intensidad ni profundidad. La película permite que los espectadores comprendan el impacto del terrorismo de Estado en las infancias y en la memoria social, así como la importancia de la atención ética, sensible y comprometida.

Finalmente, Besson subraya que el documental busca que el material pueda ser compartido y utilizado con fines educativos y de reflexión. La historia de Solano, sus estrategias de intervención y su ética profesional se presentan como un insumo vivo para la construcción de comunidades más resilientes, sensibles y comprometidas con la salud mental y los derechos humanos.

En suma, el relato de Besson sobre Solano muestra cómo una profesional puede transformar el dolor en acción ética y colectiva, acompañar la restitución de infancias robadas y enseñar a futuras generaciones la importancia de sostener espacios de pensamiento, cuidado y creatividad frente a la violencia, el horror y la pérdida. Su historia evidencia que la atención psicológica puede ser, a la vez, acto de justicia, acto de amor y acto de construcción de comunidad, y que incluso en los contextos más devastadores, es posible abrir vías de reparación, memoria y esperanza.

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