El fin de la mayoría automática y un Concejo reconfigurado El rumor comenzó a circular desde Buenos Aires y rápidamente encontró eco en Rosario: un medio nacional aseguraba que se estaba armando un interbloque peronista en el Concejo Municipal y que Leonardo Caruana sería parte de esa nueva configuración. La pregunta, entonces, era inevitable. ¿Cómo explicar eso a la ciudadanía? ¿Era realmente así?
Caruana, parte de un diagnóstico más amplio antes de entrar en las etiquetas. Para él, lo primero que cambió fue la fisonomía misma del Concejo. La mayoría automática con la que contó el oficialismo durante años terminó y dio paso a una composición más diversa, donde La Libertad Avanza emergió con fuerza y pasó a tener seis concejales. Aunque uno de ellos funcione como monobloque, en los hechos actúan como un conjunto de seis voluntades.
En ese nuevo escenario, explica, el Frente Amplio por la Soberanía no llegó de improviso a un entendimiento con otros espacios. Desde hace tiempo, en proyectos estratégicos, venían votando de manera muy similar con el bloque de Fernanda Gigliani, de Iniciativa Popular; con Norma López, de Comunidad; con sectores del Movimiento Evita y con Ciudad Futura. No en todo coincidieron, aclara, pero sí en iniciativas clave para la ciudad.
Un interbloque transversal: acuerdos políticos sin licuarse
A partir de ese recorrido compartido se abrió una instancia de diálogo que no tuvo como único objetivo —ni como principal— la conformación de un bloque peronista clásico. Caruana insiste en que se trata de algo más transversal. Tanto Iniciativa Popular como el Frente Amplio por la Soberanía provienen de tradiciones políticas distintas, pero con amplios puntos de acuerdo. De ese intercambio surgió la decisión de transformar los monobloques en un interbloque que hoy se consolida como la segunda minoría del Concejo.
La jugada no es solo simbólica. Cambia, dice, la forma de dialogar con la estructura institucional del Concejo y con el resto de las fuerzas políticas. Al mismo tiempo, preserva la autonomía de cada bloque: no se trata de "licuarse" en una voz única, sino de sostener posicionamientos propios dentro de una estrategia común de gobernabilidad legislativa. Esa nueva correlación de fuerzas permitió algo que, como monobloque, le había resultado casi imposible durante dos años en un contexto de mayoría automática: acceder a espacios reales de discusión y capacidad de incidencia.
El acuerdo legislativo derivó en responsabilidades concretas. El interbloque obtuvo la presidencia de la Comisión de Salud, la vicepresidencia de Gobierno, la presidencia de la Comisión de Feminismos y Derechos Humanos, la vicepresidencia de Producción y la vicepresidencia primera del Concejo, que ocupará Norma López, acompañando a la presidenta María Eugenia Schmuck. Desde allí, el objetivo —plantea Caruana— es sostener un diálogo político basado en la defensa de las políticas públicas, el estudio serio de los problemas y la construcción de una ciudad más igual.
Ese posicionamiento también atraviesa su mirada sobre la gestión del intendente Pablo Javkin. Caruana habla con una doble perspectiva: fue parte del primer período de gobierno, atravesado casi por completo por la pandemia, un hecho excepcional que —reconoce— condicionó de manera extrema a todos los ejecutivos, más allá de los límites de cada ciudad. Ese tiempo, dice, merece un paréntesis analítico.
Gobernar sin discutir: límites de una política burocratizada
La crítica aparece con más fuerza en los años posteriores. Señala que su espacio acompañó cuando consideró necesario hacerlo, pero también marcó diferencias. A su entender, la combinación de mayoría automática y la velocidad con la que el Ejecutivo envió proyectos estructurales al Concejo redujo al mínimo los márgenes de discusión. En iniciativas de fuerte impacto urbano, como los cambios de altura y los proyectos de torres, Caruana sostiene que se perdió la oportunidad de construir consensos más amplios. No se trata —aclara— de decisiones coyunturales: modificar la identidad de los barrios implica transformaciones profundas y duraderas.
Desde esa perspectiva, observa un proceso de involución en materia de participación social. No responsabiliza solo a Javkin. Habla de una "clave de época" que atraviesa gobiernos y gestiones. Incluso al revisar los treinta años del Frente Progresista, advierte que, con el tiempo, se fue deteriorando una tradición participativa que había tenido hitos como el presupuesto participativo, los concejos barriales o las mesas territoriales.
Del Estado participativo a la lógica de gerencia
Hoy, describe, predominan lógicas de gerencia y administración, con propuestas verticales que se definen en la cúspide del poder. Esa forma de concebir el Estado no solo reduce la participación de vecinos y organizaciones, sino que también se replica hacia adentro del propio municipio, debilitando los procesos participativos dentro de las secretarías y los equipos de trabajo.
Caruana menciona, incluso, ciertos exabruptos y reacciones desmedidas que, a su juicio, responden más a un clima provincial y nacional que a situaciones puntuales. Desde su banca, dice, fueron críticos de esa lógica y promovieron iniciativas para revertirla: que los cambios en la identidad de los barrios se discutan con los vecinos, que haya votaciones vinculantes, que la participación no sea decorativa. Esos proyectos, admite, no tuvieron siquiera la posibilidad de ser incorporados.
Lo mismo ocurrió —señala— con la ordenanza de autonomía municipal. Allí, cree, se podría haber avanzado desde el inicio en mecanismos participativos de cara a la futura convención estatuyente: participación vecinal en grandes desarrollos inmobiliarios, no regresividad en materia de espacios verdes, debates verdaderamente vinculantes. En lugar de eso, predominan audiencias públicas y jornadas en el Concejo que muchas veces funcionan como espacios de catarsis: las organizaciones conocen los problemas, los exponen, pero luego no ven traducidas esas discusiones en políticas concretas.
En ese marco crítico, Caruana reconoce también aspectos positivos. La ciudad atravesó un período de violencia extrema y, en comparación, hoy existe una mejora relativa en ese indicador. Sin embargo, advierte que las condiciones estructurales de pobreza y desigualdad en los barrios siguen prácticamente intactas. Puede haber un clima distinto, mayor circulación en el espacio público —algo que los propios vecinos reconocen—, pero persisten enormes dificultades en el acceso a servicios básicos, incluso al agua. Rosario, subraya, no es una isla: está profundamente condicionada por las políticas provinciales y nacionales.
Un modelo de ciudad en disputa
Detrás de todo eso, para Caruana, hay un modelo de ciudad en disputa que nunca termina de explicitarse. Observa que hoy los grandes desarrolladores y las grandes empresas tienen más capacidad de incidir en el "hacia dónde" que los espacios de debate colectivo. Instituciones como el Consejo Económico y Social, los foros ciudadanos o los colegios profesionales —de arquitectos, entre otros— existen, pero se han vaciado de contenido. Funcionan, dice, como ámbitos decorativos, sin verdadera incidencia en las decisiones estratégicas.
Cuando esos espacios pierden peso quienes concentran mayor poder económico pasan a definir el rumbo. Rosario supo apostar fuerte a la descentralización, con centros municipales de distrito como eje de la presencia estatal en los territorios. Hoy esos edificios están cerrados por las tardes, sin actividad ni participación. No se trata tanto de un retiro del Estado, reflexiona, sino de una transformación en la manera de concebirlo.

Salud, educación y el legado de un sistema integrado
La situación se replica en áreas sensibles como la salud y la educación. Caruana distingue entre centros de salud municipales y provinciales, una diferencia que los propios vecinos marcan en cada barrio. Recuerda que solo durante el gobierno de Hermes Binner en la provincia se avanzó con fuerza hacia una salud pública integrada. Hoy, en cambio, los centros provinciales acumulan reclamos por infraestructura, falta de agua y medicamentos, mientras que los municipales están desbordados, con largas listas de espera. La gente acude donde percibe mayor acceso, pero esa misma dinámica termina deteriorando el sistema.
La escuela y el centro de salud —subraya— son de las pocas instituciones que sostienen una presencia cotidiana extendida, desde la mañana hasta bien entrada la tarde. El resto de los dispositivos territoriales fue perdiendo intensidad. La centralización de las políticas genera soledad en los equipos, intervenciones fragmentadas en programas y respuestas que, aunque valiosas, resultan insuficientes frente a la magnitud del deterioro social.
Caruana reconoce iniciativas provinciales orientadas a jóvenes como el Nueva Oportunidad, pero insiste en que hace falta mayor masividad e intensidad. Las brechas entre los territorios y el centro de la ciudad son cada vez más profundas. Y es en ese escenario, complejo y desigual, donde el nuevo interbloque busca pararse: no como una uniformidad forzada, sino como una herramienta política para disputar sentidos, participación y modelo de ciudad desde el Concejo Municipal. En la mirada de Caruana, el deterioro de la participación no es un fenómeno aislado ni reciente.
El vaciamiento de lo colectivo en la vida cotidiana
Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, ese vaciamiento atraviesa múltiples niveles de la vida cotidiana. Se percibe en los consorcios, en las cooperadoras escolares, en los espacios comunitarios más básicos. Caruana lo vincula con un clima de época más amplio, atravesado por el peso de las redes sociales y por una creciente exaltación de lo individual. El gobierno nacional actual, sostiene, no surge de la nada: expresa una idea extendida según la cual los problemas siempre los debe resolver otro, mientras cada persona se concibe a sí misma como ajena al proceso colectivo, sin nada para aportar y sin necesidad de dialogar.
Recuperar la participación, pero no de cualquier modo
Frente a eso, insiste en la necesidad de recuperar la cercanía y la participación, pero advierte que no se trata de cualquier participación. No la instrumental, no la que se limita a ofrecer dos proyectos cerrados para que los vecinos elijan entre opciones ya definidas. Lo que propone es algo más profundo y complejo: la construcción compartida de los problemas. Un trabajo lento, artesanal, que exige tiempo, intensidad y, sobre todo, una mirada interdisciplinaria.
No alcanza con una sola perspectiva. Hace falta convocar a sociólogos, antropólogos, comunicadores, trabajadores sociales, especialistas en salud mental. Un verdadero rediseño de la forma en que el Estado se vincula con la sociedad.
La degradación del debate político
Caruana cree que este debate es ineludible. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de seguir un modelo cuyos efectos ya están a la vista. Lo percibió con claridad en la primera sesión del Concejo Municipal tras el recambio de autoridades y la nueva composición política, con la incorporación de La Libertad Avanza. En ese ámbito —describe— muchas veces predominan la descalificación, la degradación y el intento de anular al otro por sus ideas.
La conversación, la discusión argumentada, el diálogo genuino parecen haber sido desplazados. "Eso es lo que nos han robado", plantea, y sostiene que recuperarlo hoy es más difícil, pero también más urgente.
En ese contexto se inscribe, para él, la conformación del interbloque y las decisiones que se tomaron para ganar peso institucional dentro del Concejo. Caruana no niega la dimensión táctica de esas aproximaciones: reconoce que todas las fuerzas políticas involucradas tienen interés en el gobierno de la ciudad. Pero aclara que la discusión va más allá de una estrategia parlamentaria.
Si bien considera necesario repensar ordenanzas, aprovechar la autonomía municipal y revisar el enorme entramado legislativo acumulado, cree que el momento exige algo más profundo: acuerdos políticos que permitan discutir la gobernabilidad de Rosario y cómo se gobierna una ciudad atravesada por desigualdades tan marcadas.
Desde su perspectiva, las transformaciones estructurales que realmente pueden cambiarle la vida a los vecinos no pasan por seguir produciendo ordenanzas desde el Concejo. Muchas ya existen y no se cumplen. Permanecen archivadas en los cajones de los funcionarios. La clave, entonces, no es legislar más, sino hacer efectivas las normas vigentes y abrir una discusión estratégica sobre el rumbo de la ciudad. Ese horizonte, dice, es el que empieza a jugarse en los próximos dos años.

El fin de la mayoría automática y la necesidad de diálogo
La posibilidad de un diálogo real entre oficialismo y oposición, admite, estuvo limitada durante mucho tiempo. La mayoría automática hacía innecesaria la negociación y la escucha. Salvo excepciones puntuales, la discusión profunda no era parte del funcionamiento cotidiano del Concejo.
Caruana rescata, como ejemplo distinto, el debate en torno a la nocturnidad. A partir de un proyecto pensado inicialmente desde una sola dimensión, se logró incorporar —con el aporte de distintas fuerzas políticas— la problemática de los espacios culturales independientes y una mirada más integral sobre la noche en la ciudad. No se trató solo de regular un sector específico, sino de ampliar el enfoque para no excluir a determinados grupos de la población.
Ese tipo de procesos, reconoce, no fueron la regla. Fueron casos aislados. En la mayoría de las iniciativas no existió una dinámica participativa real. Sin embargo, cree que la nueva correlación de fuerzas dentro del Concejo obliga ahora a dar esa discusión. La ecuación política cambió y, con ella, la necesidad de diálogo.
Urbanismo, salud y derecho al sol
La cuestión urbana aparece como uno de los ejes donde esas tensiones se vuelven más visibles. Caruana suele repetir una frase que resume su mirada sanitaria y territorial: "Donde entra el sol, no entra el médico". Para él, el urbanismo no es un tema técnico separado de la salud pública, sino un componente central.
Durante todo el último año —y asegura que lo seguirá haciendo— su espacio insistió en esta relación. Fueron, señala, la única fuerza política que presentó una ordenanza alternativa a la de autonomía municipal, incorporando estas perspectivas, y el oficialismo se comprometió a tomarla como insumo.
Planificar, sostiene, no puede reducirse a votar excepciones* cada quince días ni a modificar permanentemente la identidad de los barrios. La planificación implica pensar el mediano y largo plazo, abordar los problemas de manera integral e incorporar la voz de los vecinos.
Cuando una casa con patio y acceso al sol es reemplazada por una torre de veinte o treinta pisos, no solo cambia el paisaje urbano: se transforma la vida de quienes eligieron vivir allí, los vínculos que construyeron, el hábitat social que se había conformado. No es una modificación sin consecuencias.
Aclara que no se trata de oponerse a la altura ni a la modernización, sino de discutir cómo y con quiénes se decide. Para eso, insiste, deben participar los colegios profesionales, como el de Arquitectos, las organizaciones ambientalistas y los vecinos. La experiencia de otras ciudades —en Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires y también en Europa— muestra que la pérdida de espacios verdes y la impermeabilización del suelo generan efectos irreversibles. Frente a fenómenos climáticos cada vez más frecuentes, esas decisiones urbanas tienen impactos directos sobre la vida y la salud de la población.
Desde esa concepción, Caruana propone una mirada integral de la salud, que excede largamente la existencia de hospitales, centros de atención o medicamentos. La salud colectiva, explica, incluye el acceso al hábitat, a los bienes culturales, a los espacios verdes, al sol, a una alimentación sana y agroecológica.
Por eso sus proyectos tienden puentes entre soberanía alimentaria, derecho al sol, participación vecinal y ambiente. Todo forma parte de un mismo modo de habitar la ciudad y de "andar en la vida", como lo define.
Un Concejo distante de la ciudadanía
La crítica se extiende también al funcionamiento del propio Concejo Municipal. Desde afuera, se percibe como un ámbito cerrado, que sesiona cada quince días, con transmisiones seguidas por muy pocas personas. En muchas ocasiones, se votan decenas de proyectos en cuestión de minutos, sin que quede claro de qué se trata cada uno. Esa dinámica refuerza la sensación de exclusión y distancia.
Caruana no se desmarca de esa observación. El Concejo, dice, no es una isla: forma parte de un proceso más amplio de degradación institucional. Así como se discute cómo transformar un centro de salud, un polideportivo o un club barrial para garantizar acceso y equidad, el propio Concejo debería repensarse y no quedar indemne frente a los cambios sociales.
Las sesiones plenarias, explica, son apenas la culminación de discusiones que se dan —o no— en las comisiones. Algunas funcionan de manera más abierta, con audiencias y participación ciudadana. Otras, no tanto. En comisiones como Ecología o Salud, recuerda, los debates fueron intensos, densos, incluso acalorados.
Para él, eso no debería verse como algo negativo. Al contrario: un espacio donde solo se leen expedientes y no hay diferencias explícitas es un ámbito estéril. Prefiere el conflicto argumentado, la discusión franca, aunque resulte incómoda.
Ese mismo fenómeno, sostiene, atraviesa a la política en general. La falta de debate real también explica el alejamiento entre dirigentes y vecinos. Muchas veces, cuando surgen diferencias en los barrios, el Estado responde con presentaciones cerradas, con un PowerPoint que muestra lo que ya decidió hacer.
Pero los vecinos quieren otra cosa: ser parte de la definición. Esa tensión, concluye Caruana, se reproduce también en el Concejo y explica por qué muchas decisiones terminan deslegitimadas o incumplidas, formando parte de un paisaje político que ya no interpela ni convoca.
El deterioro persistente de la participación En la mirada de Leonardo Caruana, el deterioro de la participación no es un fenómeno aislado ni reciente. Los programas públicos —recuerda— nacieron, en muchos casos, con la intención explícita de incentivar la organización y el involucramiento de vecinas y vecinos. Hoy, en cambio, esa lógica parece haberse invertido: el Estado llega con el programa ya diseñado, lo implementa en el barrio, ofrece determinadas políticas y se retira. El proceso termina ahí, sin construcción colectiva previa ni apropiación social posterior.
Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, ese vaciamiento atraviesa múltiples niveles de la vida cotidiana. Se percibe en los consorcios, en las cooperadoras escolares, en los espacios comunitarios más básicos. Caruana lo vincula con un clima de época más amplio, atravesado por el peso de las redes sociales y por una creciente exaltación de lo individual. El gobierno nacional actual, sostiene, no surge de la nada: expresa una idea extendida según la cual los problemas siempre los debe resolver otro, mientras cada persona se concibe a sí misma como ajena al proceso colectivo, sin nada para aportar y sin necesidad de dialogar.
Frente a eso, insiste en la necesidad de recuperar la cercanía y la participación, pero advierte que no se trata de cualquier participación. No la instrumental, no la que se limita a ofrecer dos proyectos cerrados para que los vecinos elijan entre opciones ya definidas. Lo que propone es algo más profundo y complejo: la construcción compartida de los problemas. Un trabajo lento, artesanal, que exige tiempo, intensidad y, sobre todo, una mirada interdisciplinaria.
Caruana cree que este debate es ineludible. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de seguir un modelo cuyos efectos ya están a la vista.
Discursos cerrados y política guionada
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia dentro del Concejo Municipal: los proyectos ya no solo se "leen" en comisión, sino también en el recinto. Textos cerrados, discursos prefabricados, intervenciones que no se desvían ni un centímetro del libreto. Esa dinámica achata el debate, reduce el cruce de miradas y clausura cualquier posibilidad de construcción colectiva.
Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, la última sesión fue, en ese sentido, paradigmática. Estuvo atravesada por mensajes rígidos, alineados casi de forma automática con los discursos nacionales. Caruana evita personalizar la crítica, aunque reconoce que en el caso de La Libertad Avanza esa lógica se vuelve especialmente evidente: referencias permanentes al presidente, a la diputada local, a consignas repetidas sin elaboración propia.
Pero advierte que no se trata de un fenómeno exclusivo de ese espacio. El Concejo, dice, ya venía funcionando así desde antes, con pocas ordenanzas capaces de generar cruces reales, opiniones contrapuestas y debates genuinos. El formato estaba acordado de antemano y, con él, la participación se fue burocratizando hasta perder sentido.
La pandemia y la épica de lo colectivo
Ese empobrecimiento del intercambio político contrasta con una experiencia reciente que Caruana recuerda con claridad: la pandemia. Rosario, como tantas otras ciudades, atravesó entonces un momento de crisis extrema que, paradójicamente, sacó a la luz un fuerte sentido de comunidad.
Las organizaciones sociales —y muy especialmente las organizaciones de mujeres— cumplieron un rol clave en el cuidado de los adultos mayores y en la contención barrial. Hubo una trama solidaria intensa, sostenida en una larga historia de organización territorial.
Sin embargo, mientras esa épica colectiva se celebraba, Caruana reconoce que también estaba creciendo, sobre todo entre sectores jóvenes, una corriente de descalificación de lo colectivo que no supo —o no quiso— escucharse a tiempo. Junto al relato de la vacunación y el cuidado comunitario, avanzaba otro discurso, más silencioso pero persistente, que rechazaba esas mismas políticas.
Para él, ese fenómeno excede lo local y lo nacional: responde a una dinámica global que ya venía gestándose.
La pandemia, además, dejó secuelas profundas. Se agravaron los problemas de salud mental, se intensificaron los consumos problemáticos, se resintieron los vínculos. Hoy, describe, el clima social es distinto. Aparecen tensiones entre vecinos que antes no estaban tan expuestas.
Incluso políticas que afectaron de manera directa a sectores vulnerables —como la auditoría de los certificados de discapacidad— encontraron defensores en los propios barrios, en nombre de discursos nacionales que terminaron vulnerando derechos básicos. La lógica del "cada uno con lo suyo" se volvió más fuerte.
Aun así, Caruana no da por roto el tejido social. Señala que en muchos territorios las organizaciones siguen intentando reconstruir lazos, aunque en un escenario mucho más adverso. Las matrices ideológicas que hoy logran mayor hegemonía política, advierte, también penetran en los sectores populares y condicionan ese trabajo de base.
El legado de Hermes Binner y la disputa por el largo plazo Esa tensión entre pasado y presente aparece con fuerza cuando se menciona a Hermes Binner. No es casual —dice Caruana— que su imagen siga ocupando un lugar destacado en sus redes. Binner representó una forma de pensar la ciudad a largo plazo: planes estratégicos a veinte o treinta años, sistemas integrales de salud y políticas sociales construidas con otros, desde la diversidad. Ese legado, sostiene, fue clave para lo que Rosario llegó a ser.
Con el tiempo, sin embargo, esa mirada se fue diluyendo. Hoy predominan decisiones pensadas en clave de coyuntura: la semana, el mes, a lo sumo el período de gestión. Los planes estratégicos fueron reemplazados por excepciones, parches y resoluciones inmediatas. Recuperar aquella lógica implicaría volver a convocatorias amplias, al estudio comparado con otras ciudades del mundo y, sobre todo, a una discusión de fondo sobre el sentido del rumbo.
Binner hablaba de horizonte y buena leche: acordar hacia dónde ir y hacerlo con voluntad colectiva. Para eso, remarca Caruana, es indispensable salir del encierro de los núcleos partidarios y animarse a un diálogo mucho más amplio.
En paralelo, obras estratégicas como el Hospital Regional Sur —pensado originalmente como parte de un sistema integral— siguen inconclusas. Para Caruana, el problema no es solo retomar la construcción, sino recuperar el sentido del proyecto, del que poco se conoce: qué perfil debe tener hoy ese hospital, qué rol cumple en la región, cómo se articula con el resto del sistema de salud.
Recuerda que, en su concepción original, el Hospital Regional Sur integraba el hospital provincial, el Roque Sáenz Peña, con una gran maternidad y Roque Sáenz Peña que se transformaba en un CEMAR Sur, con el Hospital Provincial que se transformaba en un centro de alta complejidad en oncología. Era una pieza dentro de un plan mayor. Hoy, en cambio, el debate parece reducirse a etapas de obra, conexiones de servicios y licitaciones, sin discusión pública sobre el para qué. Esa ausencia de sentido estratégico, afirma, es parte de lo que se abandonó.
Caruana deposita una expectativa cautelosa en la futura reforma constitucional provincial, que plantea el derecho a un sistema de salud accesible y al acceso a medicamentos. Sueña con que eso habilite, finalmente, una ley que garantice un sistema único e integrado de salud, como imaginaba Hermes Binner cuando pensó un plan estratégico para toda Santa Fe.
La defensa de la salud pública, reconoce, sigue siendo un valor fuerte en la provincia y en la ciudad, con una historia de inversión estatal que hoy funciona como un dique de contención. Pero el contexto nacional es asfixiante: lo que el Estado nacional deja de hacer recae sobre provincias y municipios, tensionando al límite sus sistemas de salud.
Antipolítica, pandemia y vaciamiento de lo colectivo
En ese escenario crecen los discursos de antipolítica, el descrédito de lo público y la naturalización del ajuste. Caruana advierte que no alcanza con resistir ni con apelar únicamente a consignas del pasado. A cuarenta años de democracia, el Estado no logró resolver muchos problemas estructurales y eso alimenta la desconfianza social.
Frente a esa realidad, sostiene, es imprescindible animarse a reformular las instituciones y construir un Estado más cercano, más comprensible, más presente en la vida cotidiana.
Recuerda situaciones de campaña en las que, al hablar de derechos como la vivienda o la salud, las respuestas de la gente eran concretas y crudas: falta de agua, turnos médicos que nunca llegan, cirugías postergadas durante años. Allí, dice, queda claro que el Estado necesita repensarse para dar respuestas reales.
Ese vacío es aprovechado por discursos que prometen salidas individuales —educarse en casa, vouchers de salud— que seducen porque se apoyan en fallas existentes del sistema.
La contraposición, para Caruana, no pasa por negar esos problemas, sino por construir alternativas desde la cercanía, el diálogo y un lenguaje más sencillo. Seducir, especialmente a los jóvenes, con un proyecto colectivo que vuelva a tener sentido.
Al cerrar el encuentro, el concejal agradece el espacio y el seguimiento crítico permanente. Valora ese ejercicio como parte indispensable de una democracia viva: visibilizar, debatir, analizar. En ese gesto final se condensa su apuesta política: sostener la discusión, incluso en tiempos adversos, como única forma de reconstruir lo colectivo y volver a pensar la ciudad más allá del día a día.
*NdR: El funcionamiento de las llamadas
excepciones urbanísticas ilustra con claridad esa deriva. El mecanismo se repite: un desarrollador presenta un proyecto que se ajusta —al menos en los papeles— a la normativa vigente y obtiene la habilitación correspondiente. Pero una vez iniciada la obra, cuando los números ya no cierran o la rentabilidad prevista no alcanza, llega el pedido de excepción: sumar pisos, aumentar la densidad, correr límites. Esos pedidos, que deberían ser excepcionales, ingresan al Concejo Deliberante semana tras semana y se vuelven rutina.
Bio | Leonardo Caruana
Leonardo Caruana nació en Isla Verde, en la provincia de Santa Fe. Su infancia transcurrió entre distintas localidades del territorio santafesino, una experiencia que marcaría tempranamente su vínculo con lo público y con las realidades diversas del interior provincial.
Es médico, especialista en medicina general y familiar —el médico de familia—, formado en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, donde obtuvo su título y su matrícula profesional N.º 11.493.
Toda su trayectoria profesional se desarrolló en el ámbito de la salud pública. Sus primeros pasos fueron como médico en el barrio Santa Rosa y, durante una década, estuvo al frente del Centro de Salud Emaús, una experiencia que consolidó su mirada territorial y comunitaria del sistema sanitario.
Más adelante asumió la dirección del Centro de Especialidades Médicas Rosario (CEMAR) Doctor Horacio de Zuasnabar y la conducción de la Atención Primaria de la Salud en la ciudad. Entre 2007 y 2013 ocupó cargos estratégicos dentro de la estructura municipal, primero como director general de Servicios de Salud y luego como subsecretario de Salud Pública, hasta llegar a desempeñarse como secretario de Salud Pública de la Municipalidad de Rosario.
En paralelo a su gestión, participó de cursos, maestrías y congresos a nivel local e internacional, con un enfoque centrado en la salud pública, la medicina social y las políticas de gestión sanitaria. En ese recorrido se destacan su participación en seminarios internacionales sobre gestión de riesgos, los debates en torno a la salud mental y su intervención en el debate nacional por la ley de aborto legal.
En la actualidad, Caruana es concejal electo por el Frente Amplio por la Soberanía, en representación de Encuentro por Rosario. Desde su banca impulsa una agenda vinculada a la defensa y el fortalecimiento de la salud pública, la planificación urbana con mirada integral y el rol activo del Estado en la construcción de una ciudad más equitativa.