Para habitarla. Para vivirla. Para cuidarla.Las Warmis* caminan desde la Puna jujeña hasta Buenos Aires para defender el agua, los territorios ancestrales y una forma de vida amenazada por el avance extractivo. En el camino atraviesan seis provincias, reúnen denuncias y encuentran otras comunidades que también tienen algo que reclamar.
Durante su paso por Rosario, en
Señales recogimos sus testimonios:
Emma Alemán es la mayor de las Warmis. También es una de las que más dificultades tiene para caminar. Pero sigue.
Paso a paso, desde la Puna jujeña hacia Buenos Aires.
Cuando llega el momento de explicar por qué caminan, no habla primero de la minería, ni de los desalojos, ni de las leyes. Mira a quienes están frente a ella y hace una pregunta sencilla:
—El que no tome agua, que levante la mano.
Nadie levanta la mano.
—Porque todos tomamos agua -dice Emma-. Y el agua es vida.
Hay caminos que se hacen con los pies. Y hay otros que se hacen con la memoria, con la dignidad y con una pregunta que atraviesa generaciones: ¿para qué quieren tanta tierra los pueblos originarios?
La respuesta de las Warmis es tan sencilla como profunda: para habitarla, para vivirla, para cuidarla.
Desde la Puna jujeña, las Mujeres del Kollasuyu emprendieron una caminata que comenzó el 3 de agosto en Rinconada, Jujuy, y que tiene como destino final la ciudad de Buenos Aires. En el trayecto atravesaron Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Córdoba.
Ahora la caminata llegó a Rosario.
Son las Warmis, mujeres y feminidades que avanzan juntas en defensa de sus bienes naturales, del medioambiente y de los territorios ancestrales. Caminan durante agosto, el mes de la Pachamama, llevando consigo una demanda que no se limita a una consigna, sino que reúne memoria, presente y futuro: proteger la tierra, el agua y los territorios de los que dependen sus comunidades.
Su recorrido también es una denuncia. Hablan del despojo de los territorios ancestrales, de la contaminación de las cuencas, del avance de la minería y de los desalojos que amenazan a las comunidades.
Pero la caminata no está hecha solamente de aquello que rechazan.
También está atravesada por ceremonias, encuentros, arte, memoria comunitaria y una convicción que las acompaña desde el comienzo: la necesidad de construir un futuro en el que las próximas generaciones puedan vivir en un planeta limpio y puro.
Por eso convocaron a todas las mujeres y feminidades a sumarse a esta gran caminata y a las comunidades de cada lugar a recibirlas en los distintos puntos de llegada. También llamaron a las y los artistas a acompañarlas con su arte, entendiendo que la palabra, la música y las expresiones culturales pueden formar parte de una misma defensa.
La invitación se extendió a toda la comunidad. Con la fuerza de las Warmis, dijeron, buscan llamar a la unidad del pueblo en defensa de la vida.
Porque, para ellas, la amenaza no se reduce a un territorio particular ni afecta únicamente a quienes viven en las comunidades ancestrales. La advertencia es más amplia: "Nuestra Pacha está en peligro, defenderla es un deber de todas y todos".
En ese recorrido hacia Buenos Aires, Rosario aparece como una nueva estación de un camino que ya lleva kilómetros, encuentros y voces acumuladas. Aquí llegan con sus historias, con sus reclamos y con las experiencias que fueron recogiendo a lo largo de las provincias atravesadas.
Llegan después de caminar, de hablar, de encontrarse y de hacer visible una lucha que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.
Hay una frase que resume buena parte del sentido de esta marcha: "Sin tierra y agua limpia no hay vida".
Y detrás de ella, otra que amplía todavía más el horizonte: "Sin naturaleza no hay vida".
Las Warmis caminan en defensa de la Pachamama. Caminan por sus territorios ancestrales, pero también por aquello que consideran un bien común. Caminan para que la tierra no sea entendida únicamente como una superficie disponible para la explotación y negocio, sino como un espacio de vida, de pertenencia y de memoria.
Quizás una caminata no cambie por sí sola un mapa. Pero puede cambiar aquello que un pueblo está dispuesto a tolerar. Puede hacer visible una historia, reunir voces dispersas y poner en movimiento una pregunta que vuelve una y otra vez mientras los kilómetros quedan atrás.
Las Warmis caminan. Y mientras caminan, la tierra habla. Pachamama, kusilla kusilla.
Jallalla.
El agua que baja de los cerrosEntre las voces que llegaron a Rosario está la de Florencia Solís, mujer kolla y defensora ambiental de la Cuenca de Pozuelos. Habla desde el conocimiento íntimo de un territorio que no observa desde lejos: allí creció, allí vive y allí aprendió a reconocer los cambios de la tierra y del agua.
Por eso, cuando habla de la Laguna de Pozuelos, no habla solamente de un paisaje amenazado. Habla de un lugar que forma parte de su historia.
La Laguna de Pozuelos, ubicada en la provincia de Jujuy y extendida sobre los departamentos de Yavi, Santa Catalina, Rinconada y Cochinoca, es Monumento Natural, sitio Ramsar y Reserva de Biosfera de la UNESCO. Sin embargo, para las comunidades que habitan la cuenca, esas figuras de protección no han impedido el deterioro de un ecosistema que consideran cada vez más comprometido por la actividad minera histórica y por el avance de nuevos emprendimientos extractivos.
Solís lo cuenta con una mezcla de dolor y determinación.
"Bueno, buen día, hermanos y hermanas de Rosario", comienza, antes de explicar que las Warmis vienen caminando desde Rinconada, "el último rincón de la patria", en la provincia de Jujuy.
Desde allí emprendieron este recorrido en el mes de agosto, durante el tiempo de la Pachamama, para defenderla y hacer saber que están presentes. "Nosotros somos las verdaderas hijas de la Madre Tierra", afirma.
Y enseguida establece una diferencia que para ella es fundamental: están allí "no para lastimarla, sino para defenderla". La defensa tiene un nombre concreto: ¡agua!.
Y tiene también un paisaje que, según relata, ha cambiado de manera dramática.
Solís recuerda una laguna que alguna vez estuvo habitada por aves playeras, flamencos, gallaretas y distintas especies de patos. Ahora, dice, ya no queda nada de aquella abundancia.
"La minería extractivista a cielo abierto nos contaminó todo el agua y toda la laguna está hecha un desierto". Las aves desaparecieron. "Todo está muerto", repite.
Las comunidades denuncian que la actividad minera, tanto la histórica como la vinculada a emprendimientos como Pan de Azúcar y el proyecto Chinchillas, sumada a la creciente expansión de la explotación del litio, está afectando las fuentes de agua superficiales y subterráneas.
En una cuenca cerrada como la de Pozuelos, explican, el uso intensivo del agua y el vertido de metales pesados agravan la situación de las lagunas y de los cauces de los que dependen las familias y sus animales.
Para el pueblo Kolla, la pérdida de los pastizales y del agua limpia no es una cuestión abstracta. Amenaza directamente el modo de vida de las comunidades, su salud y la posibilidad de permanecer en el territorio.
Allí, explica Solís, muchas familias viven del pastaje y de la cría de llamas y ovejas. Cuando el agua y los pastizales desaparecen, también se vuelve más difícil sostener el arraigo y evitar que las nuevas generaciones tengan que migrar hacia las ciudades.
Ese es uno de los motivos por los que las Warmis decidieron volver a caminar.
Solís ya había realizado, el año anterior, una primera caminata desde la Laguna de Pozuelos hasta San Salvador de Jujuy. Llegó hasta la ciudad para presentar petitorios y notas ante el Gobierno, la Legislatura y las áreas de Ambiente y Minería.
Pero las respuestas favorables nunca llegaron. Por eso, esta vez decidieron ampliar el recorrido.
En agosto volvieron a ponerse en marcha, pero con Buenos Aires como destino. El objetivo, explica Solís, es llegar hasta la Capital Federal para intentar ser escuchadas por el presidente de la Nación, el ultraderechista Javier Milei, a quien responsabiliza por las políticas que, según sostiene, favorecen el ingreso de grandes corporaciones a los territorios.
Mientras enumera las razones de la caminata, aparece también el costo personal de sostenerla.
Las mujeres dejaron hijos, nietos y hacienda para ponerse en camino. Dejaron atrás animales y tareas cotidianas porque, como explica Florencia, su economía y su forma de vida dependen de aquello que están defendiendo.
"Nosotros vivimos también de eso, del pastaje, de la llama, de la oveja", cuenta.
No quiere que las comunidades sean obligadas a abandonar ese modo de vida para terminar en las periferias urbanas. No quiere que sus pueblos tengan que convertirse en habitantes de barrios marginales ni depender de la asistencia para sobrevivir.
"No queremos venir a las grandes ciudades a vivir de dádivas", sostiene. En su territorio, dice, viven felices y tienen lo necesario: carne, verduras, frutas. No necesitan pedirle nada a nadie.
Lo que reclaman, entonces, no es abandonar su tierra, sino que se respeten sus derechos sobre ella. "Como pueblos originarios, queremos que nos respeten nuestros derechos y que respeten los derechos de la Pachamama", dice.
Porque la Pachamama, para Solís, no es una idea distante ni una referencia simbólica: es la que da la vida.
Y dentro de ella está el agua de los glaciares y de los ambientes periglaciares, cuyo deterioro, advierte, termina afectando tanto a los campos como a las grandes ciudades.
Por eso cuestiona también las modificaciones de las leyes que, desde su perspectiva, han sido realizadas en beneficio de las grandes empresas y no de quienes habitan esos territorios.
El agua que nace en las alturas no se queda allí, recuerda. Baja hacia los campos y llega también a las ciudades.
Defenderla, por lo tanto, no es solamente defender a una comunidad de la Puna. Es defender una fuente de vida que atraviesa territorios y alcanza a todos.
"Tenemos que defender el agua, hermano", insiste. "Por eso estamos en defensa de eso, del agua, el ambiente y nuestra Pachamama".
Su denuncia también apunta al Gobierno de Jujuy y al gobernador Carlos Sadir. Solís señala que mientras las Warmis avanzan hacia Buenos Aires, en su provincia continúan produciéndose situaciones que las comunidades consideran nuevos despojos territoriales.
Menciona particularmente el caso de Juella, donde, según denuncia, cinco familias estarían siendo desplazadas de sus tierras. En su relato, los Sajamas estarían siendo despojados para dar lugar a empresas vinculadas a viñedos de altura y emprendimientos turísticos, entre ellos restaurantes destinados a esa actividad.
Todo eso forma parte del reclamo que las mujeres llevan en la caminata.
No se trata únicamente de una protesta contra la minería. Es, en la mirada de Solís, una disputa mucho más profunda por el derecho a permanecer en el territorio y decidir sobre él. Y esa disputa, sostiene, tampoco termina en Jujuy.
Para Florencia, lo que ocurre en la Puna forma parte de un proceso más amplio, ligado al avance de "la ultraderecha" y del modelo "neoliberal". Lo mismo que observa en el territorio lo reconoce, dice, en otros ámbitos de la vida cotidiana.
"Hay muchos médicos mal pagados, faltan agentes sanitarios y medicamentos. En la educación pasa lo mismo, todo se está desmantelando".
Para ella, no es un fenómeno aislado: "Esto está pasando desgraciadamente en todo nuestro Abya Yala".
La falta de respuestas oficiales también alimenta su decisión de continuar.
Después de la caminata realizada en 2025, las comunidades presentaron petitorios formales ante la Dirección Provincial de Recursos Hídricos, la Secretaría de Pueblos Indígenas y la Secretaría de Minería de Jujuy.
Pero, según denuncia Solís, las notas no produjeron soluciones concretas. "Encajonan nuestras notas, las tiran a la basura y se olvidan", afirma.
Y enseguida agrega una frase que parece resumir la persistencia de las mujeres que ahora atraviesan el país: "Piensan que nos vamos a cansar o se ríen de una, pero nosotras no nos cansamos y vamos a seguir luchando".
"Nosotros no comemos baterías"Frente al discurso que presenta la explotación del litio como parte de una supuesta transición energética, las Warmis responden desde otro lugar: desde quienes viven en los territorios donde esa transición se materializa en forma de extracción de agua, transformación de los ecosistemas y contaminación.
No hablan desde una promesa de futuro, sino desde la experiencia concreta de lo que ya ocurrió. "Nos quedamos sin agua y contaminados", dice Solís.
Y resume la contradicción con una frase que se volvió consigna: "Nosotros decimos que no comemos baterías". Su idea de la tierra tampoco se parece a la lógica de concentración que cuestiona.
Florencia imagina el territorio como una torta que debe repartirse de manera justa: "Yo opino que la tierra es como una torta donde todos tenemos que compartir las porciones iguales, y no para los grandes latifundistas mucho y para otros nada".
La caminata, entonces, es también una forma de poner el cuerpo frente a esa desigualdad. Kilómetro tras kilómetro, las Warmis llevan una defensa que no separa el agua de la tierra, ni la tierra de la comunidad, ni la comunidad del futuro.
En su recorrido, el territorio no aparece como una mercancía, sino como aquello que permite que una forma de vida continúe existiendo.
Antes de terminar su testimonio, Florencia anuncia que va a cantar una copla para repudiar el accionar del Gobierno. El relato se transforma en canto y la denuncia adquiere ritmo de consigna:
Esto ya no es democracia y esto es una dictadura.
Esto ya no es democracia, esto es una dictadura.
El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.
El pueblo vive con miedo, nuestra vida no es segura.
La codicia encima nos quiere ya terminar.
La codicia encima nos quiere ya terminar.
Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.
Pero los pueblos unidos sé que vamos a ganar.
El oro no vale nada y el agua es un sustento.
El oro no vale nada y el agua es un sustento.
El agua nos da la vida y el oro es para armamento.
El agua nos da la vida y el oro es para armamento.
¡Que viva Pachamamita!
¡Y que se vayan todos los traidores vendepatrias!
¡Que se vayan!
Desde los cerros hasta las ciudades
Después de la voz de Florencia Solís, Fabiana Quilla toma la palabra y señala hacia arriba. Las Warmis, dice, vienen "desde arriba de los cerros", desde el lugar donde nacen las aguas que después llegan hasta las ciudades.
Esa imagen es, para ella, una de las claves para comprender por qué caminan. "De donde vienen las agüitas", explica. Porque todo el agua "viene de allá arriba".
Y por eso considera necesario que quienes viven en las ciudades también puedan comprenderlo: si se destruyen esos territorios de altura, también se pone en riesgo el agua que llega mucho más lejos.
Fabiana se presenta como una mujer proveniente de los Cerros Colorados, de la Laguna Colorada. Su presencia en la caminata tiene, según cuenta, un doble sentido: acompañar y ser acompañada.
Pero también pedir ayuda, pedir auxilio frente a lo que está sucediendo con la Pachamama. No quiere que continúe la contaminación.
Y cuando habla de Pachamama, su definición abarca mucho más que la tierra en un sentido estrictamente geográfico.
Es todo. "Desde la hormiguita, a todos los animales, todas las plantitas medicinales, del cielo, el sol, la luna, todo es Pachamama", explica. Es la manera en que su visión andina nombra y comprende el mundo.
Por eso la defensa del ambiente no puede reducirse a una cuestión técnica. También tiene una dimensión espiritual.
Fabiana agradece a quienes las reciben y escuchan en Rosario y promete que continuarán el camino "con fuerza, con esperanzas, alegría". Porque, pregunta, sin fuerza y sin esperanza, ¿cómo seguir luchando?
Antes de terminar, insiste en algo que considera primordial: la espiritualidad. "Nuestro cuerpito sin espíritu no andamos", dice. Para sostener una lucha de esta magnitud, sostiene, hacen falta mente, espíritu y cuerpo.
"¡Jallalla! ¡Jallalla Pachamama! ¡Kusilla, kusilla!", celebra.
Alegría, alegría, incluso en medio de una caminata que nace de la preocupación y del dolor.
La siguiente voz llega desde San Salvador de Jujuy. Muriel Maldonado cuenta que decidió acompañar a las hermanas desde la ciudad y que viene vinculada a las bibliotecas populares. Desde allí se sumó al viaje y fue atravesando junto a las Warmis los distintos puntos del recorrido.
En cada parada, explica, fueron apareciendo nuevas problemáticas. Cada una de ellas dejó algo para llevar adelante y, poco a poco, permitió que el mensaje de la caminata se ampliara hasta acercarse a Buenos Aires.
"Ya estamos ahí", dice Muriel. "Estamos muy cerca, muy cerca de lograr el objetivo".
En su relato aparece otra dimensión del viaje: la solidaridad. En cada lugar al que llegaron, cuenta, fueron recibidas por personas que les dieron "una re mano".
El agradecimiento ocupa un lugar central en sus palabras, porque la caminata no se construyó solamente con los pasos de quienes salieron desde Jujuy, sino también con las redes que encontraron en el camino.
Por eso espera que los mensajes que fueron transmitiendo lleguen cada vez a más lugares.
La caminata también tiene una presencia en las redes sociales, a través de Instagram y Facebook, donde quienes quieran seguir su recorrido pueden encontrarlas como caminata.Warmis.
La experiencia, dice Muriel, ha sido hermosa precisamente por esa posibilidad de encontrarse con personas diferentes en cada lugar. La caminata se convierte así en una cadena de encuentros: las Warmis llegan, cuentan, escuchan y vuelven a ponerse en marcha.
La mujer que no se cansó de caminarEntre las caminantes está Emma Alemán. Es la mayor del grupo y también una de las que más dificultades tiene para caminar. Sin embargo, continúa. Paso a paso, sigue avanzando hacia Buenos Aires.
Su presencia adquiere una fuerza particular porque su propio cuerpo parece poner en evidencia aquello que las Warmis repiten durante todo el recorrido: la voluntad de caminar puede ser más fuerte que el cansancio.
Emma habla con la serenidad de quien sabe que el mensaje debe llegar más allá de quienes ya conocen la problemática.
Por eso vuelve a insistir en la importancia del agua y en las distintas formas de contaminación que afectan a los territorios: el aire, la tierra y, principalmente, el agua.
Pero también le interesa responder una pregunta que le hicieron durante el encuentro: ¿cómo pueden defenderse las Warmis frente a tantos problemas y responsabilidades?
La respuesta de Emma no se limita a las herramientas disponibles dentro de Argentina. Recuerda que existen mecanismos de protección internacional para los pueblos y sus territorios. Por eso el destino de la caminata no es solamente el Congreso de la Nación.
El plan es llegar hasta Buenos Aires, presentar notas ante diputados y senadores y también hacer llegar sus reclamos al propio presidente. Y si tampoco allí encuentran respuestas, advierte, están dispuestas a llevar sus denuncias todavía más lejos.
"También hay leyes internacionales que nos protegen", explica. "Estamos dispuestos a ir también hasta Ginebra, a presentar nuestras quejas".
Lo que quieren denunciar, dice, son atropellos y desalojos realizados con una violencia que quienes viven lejos de la Puna muchas veces no alcanzan a imaginar.
Habla de lo que está ocurriendo en Jujuy y relaciona esa situación con el llamado RIGI y el "Super RIGI", mecanismos que, desde la perspectiva de las comunidades, profundizan la desprotección frente al avance de los proyectos extractivos.
Emma señala también el debilitamiento de los organismos estatales destinados a atender las demandas de los pueblos indígenas.
Recuerda el papel que tenía el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, el INAI, y denuncia que ahora distintos trámites y pedidos quedan en manos de sectores del Gobierno que, según afirma, no les dan importancia.
Si no hay respuesta, insiste, habrá que recurrir a las instancias internacionales. Pero Emma no habla solamente para quienes tienen poder institucional.
También les habla a quienes la están escuchando en Aire Libre, Radio Comunitaria. Les pide que sean la voz de las comunidades. No solamente en Rosario, sino allí donde vayan.
Les pide que ayuden a concientizar a otros hermanos, sin importar "de qué color sean", porque hay algo que une a todos por encima de cualquier diferencia.
Todos toman agua.
Y entonces formula una pregunta que parece sencilla, pero que para ella contiene el corazón de toda la caminata: "El que no tome agua, que levante la mano".
Nadie levanta la mano. "Porque todos tomamos agua", explica. "Y el agua es vida y el agua es para todo, todo, todo, todo".
Lo que sucede arriba de los cerros tiene consecuencias abajo. La contaminación, la extracción y la falta de acceso al agua forman parte de una misma trama que conecta territorios aparentemente distantes.
Y Rosario tiene sus propias historias para contar.
Veinte cuadras para conseguir aguaEsa conexión aparece con especial fuerza cuando toma la palabra Noelia Naporichi, una referente local que no solamente acompaña la caminata de las Warmis, sino que aprovecha el encuentro para poner sobre la mesa lo que sucede en el oeste de Rosario.
La defensa del agua, dice, también tiene una dimensión profundamente local. En las comunidades de la zona oeste vienen reclamando agua potable desde la década del 80.
Décadas después, el problema continúa. Hay familias que todavía no tienen acceso constante al agua y personas que deben recorrer hasta veinte cuadras para cargarla.
Noelia habla de las consecuencias concretas de esa carencia: tuberculosis, desnutrición y las dificultades cotidianas que produce no contar con agua suficiente y segura.
No se trata solamente de una deficiencia de infraestructura, sostiene. Es una forma de vulneración que afecta a las personas como ciudadanos y como seres humanos.
La ciudad, dice, también puede destruir. Por eso pide que las comunidades indígenas que habitan Rosario no sean olvidadas. Recuerda que no son una sola comunidad y que tampoco son pocas.
En la ciudad conviven numerosas comunidades indígenas, y todas ellas forman parte de la trama social de Rosario. La defensa de la Pachamama que las Warmis traen desde Jujuy encuentra así un eco inesperado que llega desde el oeste rosarino.
Cambian los paisajes, cambian las distancias y cambian las formas de la desigualdad, pero el agua vuelve a aparecer como una frontera básica entre una vida digna y una vida atravesada por la carencia.
Noelia amplía entonces el reclamo y recuerda a Delcia Mamani Mamani, una joven indígena desaparecida en Córdoba en noviembre de 2025.
Delcia salió de su casa en Punta de Agua, en Malagueño, rumbo a la Escuela Normal Superior Alejandro Carbó, donde estudiaba el profesorado de Educación Primaria.
Desde entonces, no volvió a aparecer. La Justicia investiga una hipótesis vinculada con la trata de personas con fines de explotación laboral. En agosto de 2026, el 21 de agosto, fueron imputadas dos personas que permanecían prófugas.
La voz de Delcia no está presente en la caminata. Pero Noelia insiste en que eso no significa que su historia pueda quedar afuera. "Esta lucha es nuestra lucha, es su lucha", recupera de las palabras de las hermanas.
Porque lo que está en juego no termina en una generación. También involucra a quienes vendrán. "¿Y qué nosotros le queremos brindar con esto?", plantea.
La respuesta aparece en tres palabras: conciencia, humanidad y respeto.
Respeto hacia los pueblos indígenas y hacia quienes defienden la Madre Tierra, esa misma Pachamama que en otras lenguas recibe otros nombres.
Noelia la nombra como Aloa en su lengua y recuerda que en mapuzungun se habla de Mapu.
Las palabras cambian de una comunidad a otra, pero detrás de ellas persiste una misma preocupación: que los territorios sean respetados y que no sean violentados.
Porque la violencia, advierte, no existe solamente en los lugares remotos donde avanzan los grandes proyectos extractivos.
También existe dentro de las ciudades. Está presente cuando se avasalla el derecho al acceso al agua.
Está presente cuando una familia debe caminar veinte cuadras para conseguirla. Está presente cuando una comunidad espera durante décadas una respuesta que nunca llega. Desde la Puna hasta Rosario, la caminata va juntando esas historias.
Las mujeres que bajan de los cerros para hablar del agua encuentran en la ciudad otras mujeres y comunidades que llevan décadas reclamando por ella.
La misma palabra empieza a adquirir distintos rostros: una laguna que se seca, un cauce contaminado, una familia que carga bidones durante cuadras, una comunidad que espera agua potable, una joven que no volvió a casa.
Y en ese entrecruzamiento, la caminata deja de ser solamente un recorrido entre dos puntos del mapa. Se convierte en una manera de unir luchas.
Unidad en la diversidadLa siguiente voz es la de Lorena, nacida en Simoca, Tucumán, y criada en Buenos Aires.
No es la primera vez que camina junto a las Warmis. El año pasado acompañó a las hermanas y este año volvió a hacerlo, pero con un desafío todavía mayor: llegar hasta Buenos Aires.
Habla de lo que significa para las mujeres de la Puna dejar durante un mes aquello que constituye su sustento cotidiano.
Dejar los animales, los campos, las tareas de todos los días y ponerse en camino no es, para ellas, una decisión menor.
"Es enorme lo que están haciendo", dice Lorena, especialmente por quienes "bajan de la Puna", dejan sus animales y se alejan durante semanas de aquello que les permite vivir.
Pero la caminata no comenzó en agosto. Antes hubo notas, petitorios, pedidos de audiencia y reuniones que, según relata, no tuvieron respuestas concretas.
El año anterior habían presentado sus reclamos ante distintos organismos. Este año volvieron a hacerlo.
Incluso solicitaron durante dos meses una audiencia con el gobernador de Jujuy, Carlos Sadir.
La respuesta llegó recién el último día: no habría audiencia. "Ya lo esperábamos", admite Lorena. Pero saberlo no hizo que dejaran de caminar. Al contrario. Cada negativa fue sumando motivos al recorrido.
Durante el camino fueron escuchando testimonios y recogiendo historias. Hablaron con comunidades y familias, primero en los territorios y luego, a medida que llegaron a las ciudades, con comunidades de pueblos originarios que también viven allí.
Lo que están haciendo, explica Lorena, es una especie de relevamiento: escuchar las problemáticas, reunir datos y llevar esas voces junto con ellas.
Todo ese material será incorporado al petitorio que buscan presentar a nivel nacional.
Ya llevaron sus reclamos en Jujuy ante la Comisión de Medio Ambiente y la Comisión de Pueblos Indígenas, además de presentarlos al gobernador.
Ahora quieren llegar a diputados y senadores y, finalmente, al presidente.
Pero el objetivo no es solamente entregar papeles. También quieren concientizar.
Quieren que la caminata sirva para unir a las comunidades, a la gente del campo y a quienes viven en las ciudades. "Es el momento", insiste Lorena.
Y explica por qué: escuchar a las familias hablar de persecuciones, de vivir permanentemente en estado de alerta y de no saber qué futuro les espera es una experiencia que deja marcas.
La incertidumbre más dolorosa tiene que ver con los hijos. Las familias se preguntan si sus niños podrán crecer en los mismos territorios donde nacieron, donde crecieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos.
La amenaza, dice Lorena, no modifica solamente el paisaje. Modifica completamente una forma de vida. En la Cuenca de Pozuelos, cuenta, existen más de 175 pedimentos mineros y cateos.
Y recuerda particularmente el caso de la mina Pan de Azúcar, cuya actividad contaminó con plomo en sangre a habitantes de Abra Pampa, según denuncian las comunidades, sin que hasta el momento se haya realizado una remediación suficiente.
La dimensión del daño, para Lorena, tampoco se limita al agua. A lo largo de la Puna y la Quebrada, dice, están siendo intervenidas y destruidas las apus, las montañas sagradas que forman parte de la vida y de la espiritualidad de los pueblos originarios.
No son solamente montañas. Son parte de una cosmovisión, de una manera de comprender el mundo y de relacionarse con la tierra.
Por eso vuelve a una frase que ya había pronunciado Florencia Solís: agua limpia para la vida. "Eso es dignidad para los pueblos", sostiene Lorena.
Y esa dignidad no pertenece solamente a quienes viven en el campo. También alcanza a quienes habitan las ciudades, porque las aguas están conectadas.
Lorena estuvo personalmente en la Laguna de Pozuelos en mayo de este año. Recuerda que algunas autoridades negaban que la laguna estuviera seca. Ella, sin embargo, dice haberlo visto con sus propios ojos. "La laguna está seca", afirma.
La escena que describe contrasta con las imágenes que todavía circulan en internet.
Allí, en fotografías tomadas en otros momentos, Pozuelos puede aparecer llena de agua, teñida de tonos rosados y cubierta de flamencos.
Esas imágenes todavía sobreviven en las pantallas y en la memoria de quienes conocieron el lugar en mejores tiempos. Pero, dice Lorena, la realidad actual es otra.
"La realidad es que los flamencos ya no van a la laguna". La frase se repite, como si necesitara insistir en la distancia entre la postal conocida y el territorio que encontró.
La laguna está sin agua. Y, según denuncia, está contaminada.
Durante el descenso desde la Puna también recorrieron el río Cincel. Allí volvieron a encontrarse con la misma imagen: contaminación, falta de agua y brazos de río que ya no alcanzan a llevarla como antes.
Para Lorena, ya no se trata de una advertencia sobre algo que podría ocurrir en el futuro. "Es visible la realidad para todos".
Pero el relevamiento que realizan no termina en Pozuelos ni en los territorios rurales. Desde Tucumán y Santiago del Estero fueron encontrando nuevas problemáticas en comunidades indígenas que viven en las ciudades. El acceso al agua vuelve a aparecer.
También el acceso a los servicios básicos y a la salud. Lorena menciona especialmente el problema de la tuberculosis en la comunidad Qom.
Son situaciones que, sostiene, deben ser visibilizadas y que requieren que las comunidades puedan acompañarse mutuamente, tanto en el campo como en las ciudades.
En Tafí del Valle, recuerda, un abuelo les dejó una expresión que terminó funcionando como una síntesis del recorrido: "Unidad en la diversidad".
Para Lorena, esa unidad significa recuperar la capacidad de encontrarse, reflexionar y luchar en conjunto.
Defender la tierra. Defender la dignidad. Y allí aparece otra vez la palabra espiritualidad. La lucha, explica, también devuelve algo de la dignidad que los gobiernos y el sistema les quitan.
"Somos la Pachamama defendiéndose a sí misma", dice.
Porque las personas no están separadas de aquello que defienden: son tierra, agua, aire, fuego y naturaleza.
Aunque muchas veces el mundo contemporáneo intente convencerlas de lo contrario. La espiritualidad, insiste, no está separada de la lucha de los pueblos originarios.
Tampoco debería estarlo de quienes viven en las ciudades y tienen una relación aparentemente más distante con la naturaleza.
En Córdoba, cuenta, alguien les preguntó cómo podía hacer la gente de la ciudad para conectarse con su espiritualidad si ya no vivía rodeada de naturaleza.
La pregunta abrió, para Lorena, una respuesta que las propias comunidades indígenas pueden ofrecer a toda la sociedad.
Los pueblos originarios, sostiene, tienen un saber que puede ser valioso para toda la humanidad. Un conocimiento que debe ser defendido junto con los pueblos que lo sostienen.
Por eso ella también camina.
Camina por el agua, por la vida, por las generaciones futuras, por las apus y por una vida digna en las ciudades.
Camina incluso desde aquellos contextos urbanos que parecen alejados de la naturaleza, porque allí también se juega la posibilidad de vivir dignamente.
En ese mapa de problemas aparece también otro flagelo: los consumos problemáticos. Lorena cuenta que están presentes en la Puna, aunque con menor intensidad, y que se vuelven todavía más visibles en las ciudades.
Habla del alcohol y de otras formas de consumo que afectan especialmente a los sectores populares. Su lectura es contundente: todo forma parte de un "plan sistemático de exterminio" contra los sectores populares y los pueblos originarios.
Para explicar hasta dónde llegan esas consecuencias, menciona nuevamente a Tafí del Valle y Amaicha del Valle. Habla de lugares donde, según los testimonios que recogieron, hace décadas que no nacen niños.
En Tafí del Valle, señala, hace 20 años que no nacen niños, mientras que en Amaicha del Valle se han desarticulado maternidades y se ha perseguido a comadronas.
Son solamente algunas de las historias que las caminantes vienen acumulando.
Lorena advierte que podrían contar muchas más, porque las problemáticas que encontraron son numerosas.
Pero el recorrido también tiene otra cara. La hermosa. Es la de encontrarse con las comunidades. La de llegar a un lugar y descubrir que hay personas dispuestas a escuchar, acompañar y ayudar.
La de comprobar que no están solas. "Que no nos hagan creer que somos poquitos", dice Lorena. "Somos muchos los que estamos defendiendo, poniendo el cuerpo, plantando la semilla en las generaciones futuras".
La semilla también está puesta en ellas mismas.
Aunque sean adultas, reconoce, todavía tienen mucho que aprender y mucho que transmitir a quienes vienen detrás. Por eso el agradecimiento ocupa una parte importante de sus palabras.
Agradece a todas las personas que acompañaron la caminata desde la Puna y en cada una de las etapas del recorrido hasta Buenos Aires.
Porque esta caminata, explica, es colectiva y autogestiva. Comenzó con una rifa. Con lo recaudado fueron solventando parte de los gastos, especialmente los traslados que requiere un recorrido de semejante dimensión.
Pero la organización no se sostiene solamente con dinero. También se sostiene con las redes. Con alguien que facilita un contacto. Con una familia que abre las puertas de su casa. Con una persona que acerca comida. Con esos pequeños gestos que, acumulados, hacen posible continuar.
Lorena recuerda, con una sonrisa, que una hermana les llevó dos bollitas de guiso. Después llegó una sopa. Después un budín. Son gestos sencillos, pero en una caminata de miles de kilómetros adquieren otra dimensión. "Todo esto es colectivo", dice.
Ellas ponen el cuerpo. El resto lo pone la comunidad que las recibe. Y entonces vuelve al principio de todo: la Pachamama.
"Esto es entre todos para todos", sostiene, porque la tierra es de todos y el agua también. Todos la necesitan. Incluso quien dice que no toma agua la consume de alguna manera: en la coca, en el mate, en el café. Todo necesita agua. "El cuerpo es agua", recuerda.
Por eso pide que la defensa no se limite a acompañar una marcha ni a escuchar una conferencia. Se trata de defender aquello que pertenece a todos: la tierra, el agua, los bienes naturales.
Y hace una precisión que para las caminantes es importante.
No quieren hablar solamente de "recursos". "Eso no son recursos", dice Lorena. "Son bienes naturales".
La diferencia está en la forma de mirar. Un recurso puede ser extraído, explotado, convertido en mercancía. Un bien natural, en cambio, forma parte de una vida compartida.
Desde esa mirada, las Warmis siguen caminando. No caminan solamente desde Rinconada hacia Buenos Aires. Caminan entre territorios, generaciones y comunidades.
Caminan llevando el agua de los cerros hacia las ciudades y llevando también hacia los centros de decisión las historias de quienes permanecen en esos territorios.
Y mientras avanzan, la consigna vuelve a hacerse colectiva: defender lo que es de todos.
El agua que todos toman. La tierra que sostiene. La naturaleza de la que todos forman parte.
La Pachamama que, como dice Lorena, se defiende a sí misma a través de quienes deciden poner el cuerpo para defenderla.
"Jallalla".
Caminar con la tierraEl agradecimiento vuelve a aparecer antes de una nueva voz.
Agradecimiento por la presencia, por el amor, por la calidez y por el compromiso de quienes ofrecen su tiempo y su escucha.
También por quienes abren canales para que personas de distintas comunidades puedan encontrarse y entramarse.
Entonces se presenta Yué Ailín Tahiel. Llega desde Córdoba y se sumó a la caminata junto a las hermanas.
Su testimonio abre una dimensión diferente del recorrido: una lectura espiritual de aquello que está sucediendo y de las señales que, según cuenta, comenzó a percibir antes de ponerse en movimiento.
En los lugares donde fueron llegando, Yué fue compartiendo una sensación que la acompañaba desde hacía tiempo: toda la Pachamama le había hecho saber que se aproximaban tiempos de grandes cambios.
En Córdoba, cerca de su territorio, vio cóndores y otras aves de gran tamaño.
También atravesó durante el último mes un período de poco sueño. Se despertaba repetidamente en la madrugada.
Lejos de interpretar esas noches como un problema que debía corregir, empezó a preguntarse qué información podía estar transmitiéndole su propio cuerpo.
La reflexión la llevó a cuestionar una forma de entender la vida que, dice, fue impuesta especialmente en las ciudades: cuando el cuerpo o el espíritu manifiestan algo que no encaja en la rutina, la primera reacción suele ser reprimirlo o buscar rápidamente una explicación que permita volver a la normalidad.
En su caso, decidió escuchar. Tal vez no estaba ocurriendo algo que debía solucionar. Tal vez estaba recibiendo una señal. "Se venía un gran movimiento", interpreta ahora.
Y aquella energía que se acumulaba no le pedía necesariamente más horas de sueño. Le pedía movimiento. Meditación. Canto. Preparación. Caminar.
"Es lo que me invitan los cerros en los que vivo", explica. La reflexión vuelve entonces al agua. De dónde viene el agua que tomamos y, sobre todo, cómo hacemos para cuidarla y cuidarnos.
Porque para Yué hay una relación inseparable entre el cuidado de las personas y el cuidado de los territorios. "Si no hay personas que nos cuiden, difícil es cuidar el territorio", plantea.
Por eso su mensaje no está dirigido solamente a los gobiernos ni a las grandes empresas. Empieza mucho más cerca: en las personas que tenemos alrededor. Si estamos ahí, dice, hay que mirar a quienes están cerca y preguntarse cómo ayudarlos.
No asumir individualmente toda la responsabilidad de resolver problemas enormes, pero tampoco escapar de ella. La clave está en hacerlo juntos.
"No nos carguemos toda la responsabilidad de solucionar problemas grandes solos, pero sí juntos", propone. Y esa palabra —juntos— aparece como una de las claves de su intervención. Porque la continuidad también importa.
Sostener una lucha requiere presencia.
Cuando la presencia desaparece, las cosas se caen, se desvanecen y las comunidades terminan enfermándose.
De allí su invitación a revisar las formas de relacionarse, comunicarse y tratarse. Incluso la manera en que cada persona se trata a sí misma. También pide recuperar el descanso.
Darle al cuerpo la posibilidad de regenerarse para volver a tener fuerza.
No se trata de detener la lucha, sino de encontrar la energía necesaria para continuar entramándose con otros hermanos comprometidos con "caminar con verdad" y "caminar con la tierra".
La caminata, en su mirada, no es solamente una acción política. Es también una forma de reconocerse mutuamente en las necesidades y en las capacidades.
Porque, así como existen muchas carencias, también existen muchos recursos que pueden ponerse en común para sostenerse.
Yué cuenta que se sumó hace poco a la caminata, pero en apenas tres días ya había vivido mucho. Muchas conversaciones, encuentros y momentos compartidos. Y, sobre todo, había podido escuchar de cerca las experiencias de las hermanas.
Entre esas historias aparece nuevamente el agua. El problema de la contaminación. El problema de no tener acceso.
El problema de descubrir que ninguna de esas cuestiones queda encerrada dentro de una frontera provincial. "Va más allá de donde estemos territorialmente", sostiene.
El agua, justamente porque conecta territorios, también conecta las luchas. Lo que ocurre en la Puna no queda en la Puna.
Lo que sucede en una cuenca puede afectar a otras comunidades.
Y la defensa del agua puede convertirse en un punto de encuentro entre personas que viven a cientos de kilómetros de distancia.
Por eso Yué propone pasar de la preocupación a la organización. Pensar sistemas de captación de agua de lluvia. Organizarse en cada comunidad para realizar denuncias contra quienes contaminan. Establecer vínculos con otras provincias.
"Somos un montón", insiste.
La frase aparece otra vez, como había aparecido en la voz de Lorena. No son pocas. No están solas. Hay energía, dice Yué. Hay mucho camino por recorrer.
Y también existe la posibilidad de visitarse entre territorios, de conocerse y de romper con una idea de frontera que considera impuesta.
Las provincias, las nacionalidades y las distintas formas de división territorial pueden separar administrativamente a las personas, pero no necesariamente separan sus espíritus.
"Nuestros espíritus están mucho más allá de eso", afirma.
La caminata vuelve así a su dimensión más profunda: una manera de atravesar las divisiones que fueron construidas para hacer creer que cada comunidad, cada pueblo y cada persona está aislada de las demás.
Frente a esa fragmentación, las Warmis proponen entramarse.
Buenos Aires no es el finalEl recorrido comienza a acercarse a su destino. Buenos Aires es la última estación.
La llegada a la Capital Federal está prevista para este domingo por la tarde.
Allí, el lunes, coincidiendo con el cierre de agosto —el mes dedicado a la Pachamama—, las caminantes realizarán una ofrenda comunitaria junto a quienes las esperan.
Pero no será solamente un momento ceremonial.
También llevarán consigo las firmas que fueron recolectando a lo largo de las distintas provincias atravesadas y presentarán un petitorio dirigido al presidente de la Nación, Javier Milei, a diputados nacionales y al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI).
El organismo, al igual que otras instituciones estatales mencionadas durante la caminata, es cuestionado por las mujeres por lo que consideran una falta de representación y de respuesta activa frente a las demandas de las comunidades.
Las Warmis llegan a Buenos Aires después de haber atravesado territorios y de haber recogido testimonios que exceden ampliamente las razones que dieron origen a la caminata.
El agua, la contaminación, la minería, el avance sobre los territorios ancestrales, los desalojos, la falta de servicios básicos, la salud, la situación de las comunidades indígenas en las ciudades y la defensa de la espiritualidad forman parte ahora de un mismo reclamo.
En sus declaraciones, las caminantes también alertan sobre el avance de políticas que interpretan como una forma de sometimiento y que, según denuncian, promueven la pérdida de autonomía territorial de los pueblos originarios.
Pero si algo fue quedando claro a lo largo del camino es que la caminata no se sostiene solamente en el rechazo.
Se sostiene en los vínculos. En las casas que abren sus puertas. En la comida compartida. En quienes ofrecen un contacto, una cama, una sopa, un budín. En quienes escuchan. En quienes se acercan. En quienes ponen el cuerpo durante algunos kilómetros y en quienes ayudan desde lejos.
También se sostiene en la espiritualidad, en las ceremonias, en los cantos y en las palabras heredadas de quienes entienden que la tierra no es una propiedad separada de quienes la habitan.
Las Warmis ya están cerca de Buenos Aires. Llegarán con sus petitorios, sus firmas y sus reclamos.
Pero también con las voces de todos los territorios que atravesaron y de las comunidades que encontraron en las ciudades.
La caminata comenzó en Rinconada, en la Puna jujeña.
Desde allí descendió de los cerros siguiendo el camino del agua, atravesó provincias y fue sumando voces.
Ahora llega a la Capital. Y llega con una certeza que Yué resume desde otro lugar: no hay que caminar solos. Hay que entramarse. Hay que cuidarse para poder cuidar. Hay que defender el agua porque todos la necesitan.
Y hay que volver a recordar que las fronteras que separan territorios no necesariamente pueden separar aquello que los une.
No caminar solas
Las Warmis todavía tienen kilómetros por delante. Pero ya no caminan solamente con sus propios pasos.
Caminan con las voces que fueron encontrando en el camino. Con la laguna seca. Con los animales. Con quienes cargan agua durante veinte cuadras. Con las comunidades que esperan. Con quienes acompañaron y manifestaron su solidaridad. Con quienes escucharon. Con quienes se acercaron. Con quienes pusieron el cuerpo durante un tramo y con quienes sostuvieron la caminata desde lejos.
Caminan con la memoria de quienes estuvieron y con la preocupación por quienes todavía no llegaron.
La caminata empezó en Rinconada y ahora se acerca a Buenos Aires.
En el medio quedaron cerros, rutas, pueblos y ciudades. Quedaron testimonios, denuncias, canciones y ceremonias. Quedaron las firmas que llevarán hasta los centros de decisión y quedaron también las historias de quienes encontraron en ellas una forma de hacer visible aquello que muchas veces permanece lejos de las grandes ciudades.
Las Warmis caminan por la tierra, por el agua y por las generaciones que vienen.
Y mientras caminan, también van construyendo una red.
Una red hecha de memoria, espiritualidad, denuncia, solidaridad y organización.
Una red que, como la propia Pachamama, no reconoce las fronteras que los mapas dibujan.
Jallalla.
*Warmis es una palabra de origen quechua que significa "mujeres". En esta caminata, el nombre identifica a las mujeres y feminidades de distintos pueblos y comunidades del Kollasuyu que participan de la movilización en defensa de sus territorios, el agua y la Pachamama.
Escuchá los testimonios completos:
Fotos: Señales, gabofotos2, Natalia Naporichi