domingo, 28 de junio de 2026

Setenta años después, la Justicia llamó crimen de lesa humanidad a la masacre que el Estado quiso borrar

La Justicia Federal de San Martín declaró que los fusilamientos de José León Suárez fueron crímenes de lesa humanidad, responsabilizó al Estado por su planificación y ejecución y ordenó medidas de reparación. El fallo reconstruye uno de los episodios más emblemáticos de la violencia política argentina y consagra, siete décadas después, una verdad que sobrevivió gracias a las víctimas, sus familias y la investigación de Rodolfo Walsh
A setenta años de uno de los episodios más emblemáticos de la violencia política en la Argentina, la Justicia Federal de San Martín declaró que los fusilamientos de José León Suárez constituyeron crímenes de lesa humanidad, responsabilizó al Estado argentino por su planificación y ejecución y ordenó una serie de medidas de reparación y preservación de la memoria para las víctimas y sus familiares.

La sentencia, dictada por la jueza federal Alicia Vence en el marco de un Juicio por la Verdad, representa un hito en la búsqueda de justicia sobre los hechos ocurridos entre la noche del 9 y la madrugada del 10 de junio de 1956. Aquella noche, un grupo de civiles fue detenido ilegalmente, trasladado a la comisaría de San Martín y luego a los basurales de José León Suárez, donde varios de ellos fueron ejecutados por fuerzas policiales de la autodenominada Revolución Libertadora.
La noche en que comenzó la masacre

La magistrada dio por probado que el operativo comenzó con un allanamiento ilegal en una vivienda de la localidad de Florida, dispuesto por las máximas autoridades de facto encabezadas por el general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Francisco Rojas. Doce personas fueron detenidas. Cinco de ellas -Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Vicente Rodríguez, Carlos Lizaso y Mario Brión- fueron asesinadas. Otras siete -Juan Carlos Livraga, Reinaldo Benavídez, Horacio Di Chiano, Miguel Ángel Giunta, Norberto Gavino, Rogelio Díaz y Julio Troxler- lograron sobrevivir a la balacera, entre ellos Livraga, cuyo testimonio, brindado desde Estados Unidos durante las audiencias, volvió a aportar una voz clave para reconstruir los hechos.

La orden de los fusilamientos había partido del entonces jefe de la Policía de la provincia de Buenos Aires, el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, un militar abiertamente antiperonista que desde la década de 1940 consideraba a Juan Domingo Perón "un peligro para el país".
Un fallo que cambia la historia judicial
En su resolución, Vence calificó los hechos como allanamiento ilegal, privación ilegítima de la libertad agravada y homicidio agravado por alevosía. Aunque todos los responsables directos e indirectos fallecieron antes de ser juzgados, la jueza estableció su responsabilidad penal y sostuvo que, de haber llegado a juicio, les habría correspondido la pena de prisión perpetua. Al fundamentar la decisión, remarcó que "existen hechos cuyo juzgamiento conserva relevancia jurídica e institucional, aun cuando ya no resulte posible una respuesta penal".

El proceso se desarrolló durante tres jornadas con la participación de familiares de las víctimas, investigadores, periodistas y organismos de derechos humanos. La querella estuvo representada por los abogados Alberto "Pepe" Palacio y Walter Omar Arias, integrantes de la Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia de San Martín.
La reparación que llegó setenta años después
Además de reconocer la responsabilidad del Estado, la sentencia dispuso medidas concretas de reparación: la instalación de placas conmemorativas en los lugares de los allanamientos, detenciones y fusilamientos; la creación de un sitio de memoria en el predio de los antiguos basurales de José León Suárez; y la incorporación de los nombres de las víctimas al registro estatal de víctimas de violencia institucional.

Para los familiares, el fallo significó una reparación largamente esperada. Durante las audiencias, Berta Carranza, hija de uno de los fusilados, resumió ese anhelo con una frase que atravesó todo el proceso: "Quiero que se haga justicia. Que, a pesar de que no estén los asesinos, esto se conozca, que sean declarados crímenes de lesa humanidad".

La decisión judicial inscribió por primera vez a los fusilamientos de José León Suárez dentro de la categoría de crímenes de lesa humanidad, reforzando el valor de la memoria, la verdad y la justicia como pilares de la democracia. Setenta años después de aquellos hechos que Rodolfo Walsh reconstruyó en Operación Masacre -una de las obras fundacionales del periodismo de investigación latinoamericano-, el Estado argentino reconoció formalmente la dimensión histórica y jurídica de aquellos asesinatos.
Cuando la justicia ya no puede castigar, pero sí establecer la verdad
Para comprender el alcance de este fallo, pero también el largo camino recorrido para llegar hasta él, conversamos en Señales con Alberto "Pepe" Palacio, abogado especializado en derechos humanos, querellante en causas de lesa humanidad y representante de la Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia de San Martín en este Juicio por la Verdad.

Nacido en San Martín, donde desarrolla su actividad profesional y preside la Comisión de Asistencia a la Víctima del Colegio de Abogados local, Palacio integra además Defensa de los Niños Internacional (DNI), representa a la familia de Diego Duarte -desaparecido en 2004 en el predio del CEAMSE- y cuenta con una extensa trayectoria académica en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de San Martín, donde actualmente dirige la Escuela Secundaria Técnica.

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Para Alberto "Pepe" Palacio, el alcance de la sentencia trasciende ampliamente el plano jurídico. Como abogado querellante de las familias, sostiene que el principal acto de reparación que puede brindar el Estado es una decisión judicial que reconozca la gravedad de los hechos. Que sea el Poder Judicial, uno de los órganos centrales del sistema constitucional y democrático, el que determine que los fusilamientos de José León Suárez constituyeron delitos de lesa humanidad representa, a su entender, un reconocimiento histórico tanto para los familiares como para la sociedad en su conjunto.

Según explica, la calificación de lesa humanidad implica que el daño excede a las víctimas directas y alcanza a todo el pueblo argentino. "No solamente fueron dañadas las familias; fue un ataque al conjunto de la sociedad", resume. Esa definición también tiene consecuencias jurídicas concretas: se trata de delitos imprescriptibles, cuyo juzgamiento puede realizarse sin límites temporales y que, bajo el principio de jurisdicción universal, podrían ser investigados por cualquier tribunal competente.
El juicio como acto de memoria colectiva
La elección del Auditorio Municipal Hugo del Carril como sede del Juicio por la Verdad tampoco fue casual. Palacio recuerda que la Justicia Federal de San Martín ya había realizado allí otros procesos por delitos de lesa humanidad, entre ellos el juicio contra el ex comisario Luis Abelardo Patti, debido a que el edificio reúne las condiciones necesarias para garantizar la participación del público. La sala de audiencias del tribunal federal, explica, resulta demasiado pequeña para procesos de semejante trascendencia.

Pero el valor del lugar excede las cuestiones prácticas. El auditorio fue construido a pocos metros de los antiguos basurales donde los doce detenidos fueron llevados durante la madrugada del 10 de junio de 1956 y donde cinco de ellos fueron asesinados. "A metros de ese lugar se llevó adelante la masacre", señala. Para las familias, agrega, ese espacio está profundamente asociado a la memoria colectiva, porque allí se realizan cada año los homenajes a las víctimas, los reclamos por verdad y justicia y las actividades destinadas a mantener vivo el recuerdo de aquellos hechos.
La sentencia llegó cuando todos los responsables directos ya habían fallecido. Sin embargo, Palacio destaca que el fallo individualiza a cada uno de ellos y establece expresamente la responsabilidad penal que les hubiera correspondido. La resolución menciona con nombre y apellido al general Pedro Eugenio Aramburu, al almirante Isaac Francisco Rojas, al entonces jefe de la SIDE, Cuaranta, al jefe de la Policía bonaerense Desiderio Fernández Suárez y al inspector Rodríguez Moreno, entre otros funcionarios del gobierno de facto. La jueza concluyó que todos ellos debieron haber sido condenados a prisión perpetua, una pena que, sostiene Palacio, debería haber sido además de cumplimiento efectivo y en cárcel común, como ocurrió posteriormente en los juicios por los crímenes de la última dictadura.

El abogado considera que la ausencia de un juzgamiento durante décadas respondió a decisiones políticas orientadas al olvido y la impunidad. Por eso valora especialmente que, aunque los acusados ya no puedan ser condenados penalmente, la Justicia haya reconstruido sus responsabilidades y dejado asentada la verdad judicial.
El plan represivo detrás de los fusilamientos
Ese reconocimiento, sostiene, confirma además que los fusilamientos formaron parte de un plan sistemático de persecución política. A su entender, la dictadura surgida tras el golpe de Estado de 1955 buscó eliminar a quienes pensaban distinto y, en particular, al movimiento peronista, que había sido desplazado del poder luego de haber obtenido el 62 por ciento de los votos en las elecciones. "Fue un plan sistemático dirigido al pueblo y especialmente al pueblo peronista", afirma.

La sentencia, señala, también amplía el marco histórico de esa persecución al ubicar su inicio en junio de 1955, con el bombardeo a Plaza de Mayo. En ese sentido, considera que la resolución reconoce que la violencia estatal no comenzó con los fusilamientos de José León Suárez sino que integró una política represiva más amplia desplegada por la denominada Revolución Libertadora.
La casa de Florida, el basural y la espera de una señal que nunca llegó
Dentro de ese contexto también inscribe el levantamiento encabezado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Palacio recuerda que entre los doce hombres reunidos en la casa de Horacio Di Chiano había distintos niveles de compromiso político: algunos eran militantes peronistas y otros simplemente aguardaban noticias sobre el desarrollo de la sublevación. Esperaban una llamada telefónica o un mensaje transmitido por radio que confirmara el avance del movimiento para salir a encontrarse con otros compañeros y dirigirse hacia Plaza de Mayo. Mientras escuchaban una pelea de boxeo por radio, aguardaban una señal que nunca llegó. Antes de que eso ocurriera, la policía irrumpió en la vivienda y comenzó la secuencia que terminaría en la masacre.
Las memorias que completaron la verdad
Palacio también reconoce los distintos aportes que fueron enriqueciendo la reconstrucción de los hechos a lo largo de las décadas. En ese sentido menciona el trabajo de Daniel Brión, hijo de Mario Brión, quien en su libro El Presidente Duerme retoma la investigación iniciada por Walsh y la profundiza a partir de los recuerdos transmitidos por su madre y de nuevas indagaciones propias. Para el abogado, lejos de contradecirse, las memorias judicial, periodística y familiar dialogan entre sí y permiten completar un relato cada vez más preciso sobre uno de los crímenes más emblemáticos de la Revolución Libertadora.

Ese aporte, explica Palacio, también amplía la mirada sobre la represión desplegada tras el levantamiento de junio de 1956. En El Presidente Duerme, Daniel Brión reconstruye no sólo el caso de su padre sino también lo ocurrido en otros puntos del país donde hubo intentos de sublevación y donde, según sostiene el abogado, también se produjeron ejecuciones arbitrarias.
Walsh, la investigación que sobrevivió al silencio
Al reconstruir el camino que permitió llegar al juicio, Palacio ubica en el centro de esa historia a Rodolfo Walsh. Recuerda que cuando presentó la denuncia ante la Justicia Federal, en junio de 2022, el primer documento que acompañó fue precisamente un ejemplar de Operación Masacre. A partir de esa investigación periodística se fueron incorporando nuevos documentos, trabajos académicos, testimonios de investigadores y periodistas, además de otras obras fundamentales, como Historia de una investigación, de Enriqueta Muñiz, cuya reconstrucción de los hechos considera igualmente valiosa.

El abogado sostiene que la decisión de la jueza de recomendar la incorporación de Operación Masacre y del contenido de la sentencia a los planes de estudio de todo el país constituye uno de los aspectos más trascendentes del fallo. A su entender, el reconocimiento institucional no sólo reivindica la investigación realizada por Rodolfo Walsh, sino que confirma el papel que el periodismo puede desempeñar en la construcción de la verdad judicial. "No era periodista de formación, pero hizo un trabajo de investigación enorme", señala Palacio al destacar una obra que permitió sacar a la luz los fusilamientos y evitar que el intento estatal de ocultarlos se impusiera sobre la memoria colectiva.
Uno de esos episodios ocurrió en Campo de Mayo. Allí, recuerda Palacio, varios militares que habían acompañado el levantamiento encabezado por Juan José Valle fueron juzgados por la Justicia Militar y resultaron absueltos. Sin embargo, esa decisión nunca llegó a hacerse efectiva. "Aramburu rompió esa resolución y decidió que fueran fusilados", señala, al describir un acto que considera una muestra del carácter dictatorial del régimen. Para el querellante, esos hechos también deberían ser objeto de nuevas investigaciones judiciales. La sentencia dictada en San Martín, sostiene, puede convertirse en un punto de partida para profundizar lo ocurrido en cada una de las jurisdicciones donde existieron levantamientos, reconstruir la verdad histórica y establecer las responsabilidades correspondientes.
La sentencia como punto de partida
Tras el fallo, las expectativas de las familias ya no pasan únicamente por el reconocimiento judicial alcanzado, sino también por el cumplimiento efectivo de las medidas de reparación ordenadas por la jueza. Palacio observa que ese proceso ya comenzó a materializarse. Destaca, por ejemplo, que el Concejo Deliberante de San Martín declaró por unanimidad de interés municipal la sentencia, una decisión que, a su entender, demuestra que el reconocimiento trasciende el ámbito de los tribunales y alcanza también a las instituciones políticas.

A ese respaldo se suman iniciativas similares impulsadas en la Legislatura bonaerense y en el Congreso Nacional, donde también se promueve declarar de interés el fallo. Mientras tanto, el juzgado incorporará la sentencia a los legajos personales de cada uno de los responsables identificados, de modo que quede asentado oficialmente que debieron haber sido condenados por crímenes de lesa humanidad. Para Palacio, ese registro tiene un profundo valor simbólico: muchos de esos funcionarios murieron conservando honores y beneficios que nunca debieron recibir. La resolución judicial deja establecido que la pena que les hubiera correspondido era la prisión perpetua.
Al mirar hacia atrás, el abogado reconoce que acompañar este proceso constituye uno de los momentos más significativos de su trayectoria profesional. Después de más de cuatro décadas dedicadas al ejercicio de la abogacía, siempre vinculado a los derechos humanos y a los derechos de las infancias, asegura que representar a las familias y a la Comisión por la Memoria, la Verdad y la Justicia de San Martín fue un verdadero honor.

La satisfacción es todavía mayor porque, durante el proceso, la querella debió asumir una responsabilidad inusual. Según relata, el Ministerio Público Fiscal consideró que no era necesario llevar adelante el juicio debido al tiempo transcurrido desde los hechos. Esa postura obligó a los abogados de las víctimas a desempeñar, en los hechos, un doble papel: sostener la acusación como querellantes y suplir buena parte de la tarea que habitualmente corresponde a la fiscalía. La jueza, recuerda Palacio, reconoció expresamente el derecho de las víctimas a impulsar el proceso y convalidó esa participación.
Una lección para las nuevas generaciones
Pero el sentido de la sentencia, insiste, no se agota en el plano judicial. También adquiere una dimensión profundamente pedagógica. Como director de una escuela secundaria de la Universidad Nacional de San Martín y docente desde hace décadas, considera que estos procesos son herramientas fundamentales para construir ciudadanía. "Los jóvenes necesitan saber qué pasó", afirma. Conocer la verdad histórica, agrega, permite fortalecer los valores democráticos y desarrollar una mirada crítica sobre las injusticias del presente, especialmente aquellas que atraviesan a los sectores populares.

Esa convicción quedó reflejada durante las audiencias, a las que asistieron estudiantes de su escuela y de otros establecimientos educativos de San Martín. Para Palacio, ver a un auditorio con capacidad para quinientas personas completamente colmado por jóvenes, familiares, testigos y vecinos fue una de las imágenes más conmovedoras del juicio. Setenta años después de los fusilamientos, las nuevas generaciones escuchaban de boca de quienes cargaron durante décadas con esa memoria el relato de lo ocurrido. Esa transmisión entre generaciones, sostiene, constituye una de las reparaciones más valiosas que deja el proceso.

Al terminar la conversación, Palacio no oculta la emoción. Habla de una "caricia al alma" en tiempos difíciles y de la enorme alegría que le produjo ver que, siete décadas después de la masacre, la memoria sigue convocando a cientos de personas y encuentra en los más jóvenes a quienes estarán encargados de preservarla. Es, para él, la mejor prueba de que la verdad y la justicia pueden llegar tarde, pero también de que, cuando finalmente llegan, son capaces de proyectarse hacia el futuro.
El relato que anticipó la verdad judicial
En el cierre del reportaje, el propio Palacio vuelve -aunque indirectamente- al corazón narrativo que dio origen a la visibilidad del caso: Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, la obra que reconstruyó por primera vez los fusilamientos de José León Suárez y los instaló en la memoria pública.

El abogado destaca el valor de aquella investigación periodística no sólo como antecedente judicial, sino como pieza fundacional de la reconstrucción histórica. En ese sentido, la sentencia reciente incluso refuerza su vigencia al recomendar su incorporación a los planes de estudio en todo el país. Pero más allá del reconocimiento institucional, el texto de Walsh sigue operando como una escena de origen, un relato donde la violencia aparece sin mediaciones y el lenguaje se vuelve testimonio.
En el capítulo final de la obra, Walsh narra el momento exacto del fusilamiento. Los detenidos son conducidos hacia el basural, entre órdenes breves y un clima de terror que el autor reconstruye en fragmentos de acción y percepción. "Camine para adelante", les ordenan. Ellos insisten en su inocencia, mientras son llevados hacia la oscuridad.

La escena se vuelve progresivamente caótica: los cuerpos avanzan bajo la luz de los faros de una camioneta, los policías preparan las armas, y el silencio previo se quiebra con la certeza de lo irreparable. En ese instante, algunos de los prisioneros comprenden lo que está por ocurrir. Otros dudan hasta el último segundo.

Walsh reconstruye entonces una secuencia de fuga, disparos y supervivencia que se desarma en múltiples focos de acción. Algunos intentan correr, otros se arrojan al suelo, otros quedan inmóviles fingiendo la muerte. En medio de la descarga, los cuerpos caen uno tras otro en el terreno del basural, mientras el humo de la pólvora se mezcla con los gritos y el ruido de los fusiles.
En ese paisaje fragmentado, la escritura se detiene en gestos mínimos: una orden, un salto, una caída, un pedido de auxilio. La violencia aparece sin distancia, sin épica, reducida a su núcleo más brutal. Incluso cuando algunos logran escapar entre los disparos, el relato no abandona la sensación de desborde absoluto.

Sobre el final, uno de los sobrevivientes escucha el pedido desesperado de un compañero herido que ruega que lo maten para terminar con el sufrimiento. El basural queda entonces atravesado por el silencio posterior a la descarga, apenas interrumpido por los gemidos que aún persisten.

Con ese pasaje, Walsh cierra una de las reconstrucciones más impactantes del periodismo argentino, la misma que décadas después seguiría funcionando como prueba narrativa de lo que la justicia tardaría setenta años en reconocer como crimen de lesa humanidad.
La memoria de los sobrevivientes
En otra de las reconstrucciones -una grabación que circula entre testimonios y registros de memoria- se vuelve a situar el clima político que precedió a los fusilamientos de José León Suárez. Allí se recuerda que, en mayo de 1956, ya se conocía la preparación de un movimiento militar encabezado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, al que distintos sectores de la resistencia peronista decidieron adherir masivamente.

En ese relato se describe cómo la proclama comenzaba a filtrarse en los barrios populares, en un contexto atravesado por la precarización laboral y el regreso de formas de explotación sobre el mundo del trabajo. Las reuniones, según esa reconstrucción, se daban en espacios humildes, en casas particulares donde obreros y vecinos volvían a organizarse en torno a la expectativa de una posible apertura política.

En ese marco se ubica también el testimonio de Berta Carranza, hija de Nicolás Carranza, uno de los fusilados. Su voz reconstruye la escena de la noche del operativo en la localidad de Florida, cuando un grupo de trabajadores y vecinos se reunió en una vivienda para escuchar una pelea de boxeo, pero también -y sobre todo- para aguardar una proclama que, creían, llamaría a la movilización general en apoyo al levantamiento encabezado por Valle y Tanco.
Según su relato, la expectativa era que ese mensaje convocara a los trabajadores a dirigirse hacia Plaza de Mayo en el marco de una gran movilización por el retorno del general Juan Domingo Perón. Sin embargo, esa organización quedó trunca cuando la policía irrumpió en la vivienda, detuvo a los presentes y los trasladó primero a la comisaría de San Martín, donde permanecieron incomunicados antes de ser conducidos al lugar de la ejecución.

Carranza retoma entonces la secuencia final con una precisión que mezcla memoria familiar y reconstrucción histórica. Recuerda el momento del traslado al basural y la orden que marcó el inicio de los fusilamientos. En su relato, la escena vuelve a aparecer con los mismos elementos que décadas después reconstruiría la justicia: los detenidos frente a los efectivos, la orden de avanzar, las voces que insisten en su inocencia y la negativa que antecede a la violencia.

La camioneta, describe, detiene su marcha y los faros iluminan a los prisioneros en medio de la oscuridad. En ese instante, el jefe del operativo desciende con un arma en la mano y comienza la ejecución. Allí, dice, mueren su padre Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Carlos Lizaso, Mario Brión y Vicente Rodríguez, entre otros. También recuerda a quienes lograron sobrevivir, como Juan Carlos Livraga y otros que simularon estar muertos para evitar nuevas ráfagas, entre ellos Julio Troxler, cuya experiencia previa en contextos de guerra, señala, pudo haber sido determinante para salvar su vida.
El testimonio no se detiene sólo en la escena del fusilamiento, sino que se prolonga hacia la memoria política de la resistencia. Se mencionan los años posteriores, la persecución, el exilio y la continuidad de la militancia de quienes sobrevivieron o formaron parte de aquellos mismos espacios de organización. Entre ellos aparece la figura de Troxler como uno de los cuadros activos de la resistencia peronista, así como la trayectoria de la familia Lizazo en la zona de Vicente López, donde -según se recuerda- mantuvieron una fuerte presencia política y social.

En ese mismo registro de memoria aparece también una reflexión más íntima, donde el relato se desplaza desde lo colectivo hacia lo familiar. La herencia de la militancia, el compromiso social y la continuidad de esa historia en las generaciones siguientes son presentados como una marca que atraviesa biografías enteras. "Lo que me dejó mi viejo -se recuerda en ese testimonio- fue eso: los años de lucha, de trabajo social y de militancia política, y eso es lo que tomé como ejemplo y que no voy a dejar nunca", cierra una de las voces, condensando en esa frase la persistencia de una memoria que sigue actuando en el presente.

Fotos: Leo Vaca, Ariel Espósito, Derechos Humanos PBA

sábado, 27 de junio de 2026

Jujuy: operativo federal, orden de Lijo y denuncia de Bullrich en una detención cuestionada

Franco Oscari, integrante del MNCI, fue detenido en un operativo de la Policía Federal en Palma Sola que su defensa y organizaciones sociales denuncian como desproporcionado e irregular. La causa, impulsada por una denuncia por supuestas amenazas, se inscribe en un escenario más amplio de disputas territoriales, avance extractivo y criminalización de la protesta campesina en Jujuy
Franco Oscari, joven campesino del paraje Las Goteras, en la zona rural de Palma Sola, Jujuy, e integrante del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), quedó detenido tras un operativo de la Policía Federal que, según su defensa y organizaciones sociales, se ejecutó de madrugada, con un despliegue considerado desproporcionado y en el marco de una causa judicial ordenada por el juez Ariel Lijo a partir de una denuncia por presuntas amenazas impulsada por la entonces ministra de Seguridad Patricia Bullrich.

El caso se inscribe en un escenario más amplio de conflictividad territorial en el norte jujeño, donde comunidades campesinas vienen sosteniendo disputas por la tierra frente al avance de proyectos extractivos y decisiones judiciales que, de acuerdo con el MNCI, en varios momentos habían resultado favorables a las familias del lugar. En ese contexto, la detención de Oscari fue leída por su entorno como un nuevo episodio de criminalización de la protesta rural. Mientras tanto, el joven permanece privado de su libertad en dependencias federales de San Salvador de Jujuy, a la espera de ser indagado, mientras su defensa reclama su liberación inmediata y cuestiona la legalidad del procedimiento.

En las horas posteriores a la detención se reconstruyó también un recorrido previo que sumó desconcierto: el traslado incluyó una parada en Tucumán que interrumpió el recorrido inicial, obligando luego a su retorno a Jujuy, en una secuencia que su entorno describe como confusa y sin información clara sobre los motivos del operativo.

Desde el lugar de detención en el que se encontraba en ese momento, el propio Oscari se presentó como "Franco Matías Javier Oscari" y relató que estaba alojado en la unidad federal de San Salvador de Jujuy, donde permanecía detenido por una denuncia que lo acusaba, según sus palabras, de supuestas amenazas contra Patricia Bullrich. En ese mismo mensaje, se definió como un "preso político" y apeló a la solidaridad pública, pidiendo empatía y apoyo para su liberación. Se describió a sí mismo como una persona de campo dedicada al trabajo rural y a la defensa de la soberanía ambiental, tanto en su vida personal como comunitaria, y reclamó de manera directa que "aboguen por su libertad".

Un operativo de madrugada en un paraje aislado
El joven también reconstruyó su origen territorial para contextualizar la situación: Las Goteras, explicó, es un paraje ubicado a unos 50 kilómetros de Palma Sola, en una zona de difícil acceso, donde el camino puede demandar alrededor de dos horas de recorrido campo adentro. Allí, según detalló, efectivos policiales llegaron específicamente para detenerlo. En ese mismo relato describió su vida cotidiana ligada a la producción agrícola y ganadera: el cultivo de papas, cebollas y ajo, la reciente cosecha de maíz, la crianza de chanchos, ovejas y vacas, la producción de leche y la recolección de miel en algunos casos. También mencionó su intento de volver a emprender una quinta junto a socios del territorio, en una economía de subsistencia atravesada por el trabajo familiar y comunitario. A ello sumó su trayectoria formativa, como exalumno de la Escuela Campesina de Santiago del Estero, su pertenencia histórica al MOCASE y su participación en la organización Tierra Fértil.

La reconstrucción del operativo aportada por su defensa profundiza el contraste entre ese mundo rural y el despliegue policial. La abogada María José Castillo describió que el 23 de junio, a las cinco de la madrugada, cuando todavía no había amanecido, personal de la Policía Federal ingresó al paraje Las Goteras mediante un allanamiento que calificó de violento. Según su relato, la irrupción incluyó el ingreso a la vivienda familiar, la reducción de las personas presentes —tiradas al piso durante el procedimiento—, el secuestro de teléfonos celulares y la detención de Oscari sin notificación previa ni explicación clara del motivo del operativo. La familia, sostuvo, se encontraba en un estado de absoluto desconcierto y temor ante una intervención que no había sido anticipada.

Castillo remarcó además la complejidad geográfica del territorio: para llegar a Las Goteras es necesario atravesar alrededor de 17 arroyos, en un paraje profundamente aislado, cercano al límite con la provincia de Salta, donde la presencia campesina convive con múltiples disputas por la tierra. En ese mismo lugar, señaló, la familia de Oscari atraviesa un conflicto territorial abierto. En ese marco, agregó un dato que suma dimensión al contexto: la madre del detenido había firmado el 17 de abril un amparo ambiental colectivo contra una empresa minera que extrae cobre en la zona de Palma Sola, actividad que, según denuncian, estaría generando daño sobre el bosque nativo.
La acusación judicial y el origen de la causa
Fue recién después de varias horas de incertidumbre, continuó la abogada, que lograron conocer el origen formal de la causa: una investigación radicada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el juzgado del juez Ariel Lijo, vinculada a una denuncia de Patricia Bullrich por supuestas amenazas realizadas por Oscari a través de la red social Facebook. Para la defensa, ese encuadre resulta no solo llamativo sino "totalmente irregular y arbitrario", al considerar que la expresión en redes sociales no puede justificar una detención. En esa línea, sostuvo que una acusación por amenazas no debería implicar la privación de la libertad y cuestionó la validez del procedimiento desde su inicio.

Mientras la causa avanza en sede federal, Oscari continúa detenido en dependencias de la Policía Federal en Jujuy, a la espera de ser indagado. Su defensa insiste en que se trata de una detención injustificada y exige su liberación inmediata, en un caso que, entre el aislamiento del territorio, las disputas por la tierra y la intervención judicial a distancia, vuelve a poner en primer plano las tensiones entre criminalización, protesta rural y derechos en el norte argentino.

Gloria Mamani es una de las referentes campesinas e indígenas de la provincia de Jujuy. Integrante del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) y articulada también con la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo –Vía Campesina–, su voz se inscribe en una trama más amplia de organizaciones rurales que en el norte argentino sostienen la defensa de la tierra, la soberanía alimentaria y los territorios comunitarios frente al avance del agronegocio, los proyectos extractivos y los intentos de desalojo. Productora rural de la zona de Palma Sola, Mamani forma parte de esas redes que, desde hace años, denuncian que los conflictos territoriales en Jujuy no son hechos aislados sino expresiones de una disputa estructural por el control de la tierra.

En ese contexto, la detención de Franco Oscari volvió a colocar en primer plano esas tensiones. Mamani lo define en Señales como un compañero del movimiento, un joven militante formado desde muy temprano en la militancia campesina, convencido —según su caracterización— de la soberanía alimentaria y de la necesidad de una reforma agraria integral y popular. Su recorrido, recuerda, incluye su paso por la Escuela Campesina de Santiago del Estero, en Quimilí, su participación en escuelas de memoria histórica, en campamentos latinoamericanos de jóvenes y en espacios internacionales vinculados a la CLOC y a la Vía Campesina. Ese trayecto político, sostiene, lo ubica dentro de una generación que articula la defensa del territorio con una lectura crítica del modelo económico vigente, al que describe como neoliberal y hostil hacia las comunidades rurales.

Minería, ambiente y conflicto territorial
Desde esa perspectiva, Mamani encuadra la detención de Oscari no como un hecho aislado, sino como parte de una conflictividad más profunda. En su lectura, el avance sobre los territorios campesinos se expresa en múltiples dimensiones: la presión del agronegocio, la expansión de proyectos mineros y los conflictos judiciales que, en reiteradas ocasiones, derivan en intentos de desalojo o en procesos de criminalización. "El agronegocio nos quiere despojar de nuestros lugares, de nuestros territorios donde producimos alimento", resume en su intervención, donde también subraya que, pese a las dificultades, las comunidades continúan produciendo alimentos y sosteniendo la vida rural.

En ese contexto, reconstruye el momento de la detención como un episodio de extrema violencia institucional. Según su relato, la irrupción policial se produjo el 23 de junio durante la madrugada, cuando Oscari se encontraba descansando junto a su familia en Las Goteras. La operación, afirma, no solo implicó el ingreso sorpresivo a un territorio aislado, sino también el impacto emocional inmediato sobre su entorno familiar. La escena, tal como la describe, fue vivida como "horrorosa" por la familia, en especial por la madre del joven, cuya salud se vio afectada por la incertidumbre sobre su paradero.

Uno de los ejes que Mamani enfatiza es la falta de información durante las primeras horas posteriores a la detención. Habla de una situación de "desaparición" en términos de desconcierto y ausencia de datos oficiales, en la que ni la familia ni las abogadas contaban con información clara sobre dónde había sido trasladado Oscari. Esa incertidumbre, relata, se extendió durante horas en las que incluso la madre del detenido debió ser contenida por descompensaciones reiteradas, mientras el entorno intentaba sostenerla sin respuestas concretas.

La dirigente campesina detalla además lo que considera múltiples irregularidades en el procedimiento: el ingreso nocturno sin información previa suficiente, la falta de comunicación inmediata sobre los motivos de la detención, la ausencia de notificación formal a la defensa en tiempo real y el traslado del joven sin aviso a su familia. Incluso menciona una situación posterior en la que, pese a que se habían acercado alimentos y pertenencias a la dependencia policial en San Salvador de Jujuy, se informó a los allegados que Oscari "estaba bien" y que no necesitaba nada, mientras en realidad ya había sido trasladado sin que su entorno lo supiera.

La secuencia se vuelve aún más confusa cuando, según su reconstrucción, la familia recién tomó conocimiento de la ausencia del detenido al momento de la visita formal, el jueves a las 14 horas. Para entonces, Oscari ya no se encontraba en la dependencia, sin que la defensa ni los familiares hubieran sido notificados de un traslado que incluso llegó a incluir su desplazamiento hacia Buenos Aires. Esa situación fue parcialmente revertida tras presentaciones judiciales de la defensa, que lograron frenar el avance del traslado, aunque la incertidumbre persistió en los días posteriores, con movimientos posteriores entre jurisdicciones que no siempre fueron informados de manera clara.

Traslados, incomunicación y un recorrido confuso
Mamani sostiene que todas estas decisiones se inscriben en resoluciones vinculadas al juez Ariel Lijo, quien habría ordenado el curso de la causa y, según la interpretación de la defensa, también el retorno del detenido a Jujuy tras las presentaciones judiciales. Sin embargo, advierte que incluso con esas resoluciones, la situación continuó siendo inestable, con traslados y reubicaciones que no siempre fueron debidamente comunicados, lo que profundizó la sensación de arbitrariedad.

Pero en su análisis, el caso excede lo estrictamente judicial. Mamani insiste en que no puede separarse la detención de Oscari del conflicto territorial que atraviesa Las Goteras y la zona de Palma Sola. Allí, recuerda, existía una orden de desalojo sobre las tierras donde vive la familia del joven, que había sido recientemente frenada por una presentación judicial que derivó en un fallo favorable para las comunidades el lunes 22, apenas un día antes de la detención.

A ese escenario se suma la dimensión ambiental del conflicto. La dirigente señala que la madre de Oscari forma parte de un amparo ambiental colectivo presentado el 17 de abril contra una empresa minera que explota cobre en las serranías de Santa Bárbara, bajo la razón social Mom Mining. Según su relato, se trata de un emprendimiento cuestionado por organizaciones locales por su impacto sobre el bosque nativo, en una zona donde —afirman— existen áreas clasificadas como protegidas en el ordenamiento territorial. También advierte que el avance minero ha llegado a regiones antes no intervenidas, ampliando el alcance de la explotación hacia zonas bajas de la provincia.

A la luz de ese contexto, las comunidades de Palma Sola sostienen que el proceso de autorización del proyecto presenta irregularidades, que no hubo consulta previa a los habitantes y que el emprendimiento se desarrolla en territorios ambientalmente sensibles. Para Mamani, este conjunto de factores permite comprender la detención de Oscari no solo como una acusación por supuestas amenazas en redes sociales, sino como parte de una disputa más amplia en la que convergen intereses económicos, judiciales y territoriales.

Así, la referente campesina cierra su intervención volviendo sobre esa idea central: que lo que está en juego en Las Goteras y en Palma Sola no es únicamente un conflicto puntual, sino la continuidad de un modo de vida campesino frente a procesos de concentración de la tierra y expansión extractiva que, según su mirada, amenazan tanto la producción de alimentos como la permanencia de las comunidades en sus territorios.

La mirada del MNCI: criminalización y modelo extractivo
Gloria Mamani vuelve a hablar desde la urgencia y la bronca contenida de quienes, desde hace años, sostienen la vida campesina en el norte jujeño mientras observan cómo los conflictos por la tierra se multiplican, se judicializan y, cada vez más, derivan en lo que describe como un proceso de criminalización sistemática de las comunidades indígenas y campesinas. Integrante del Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) y articulada con la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo –Vía Campesina–, la referente de Palma Sola enmarca la detención de Franco Oscari en ese entramado más amplio de disputa territorial, avance extractivo y presión sobre quienes producen alimentos en condiciones cada vez más adversas.

Para Mamani, lo que ocurre no es un hecho aislado sino la expresión de un proceso sostenido. Habla de criminalización cuando las comunidades reclaman por su propio territorio y lo vincula con una serie de agresiones cotidianas que, según describe, se han intensificado con el tiempo. Recuerda la exposición constante a fumigaciones con agrotóxicos en zonas rurales y periurbanas, incluso más allá de las temporadas tradicionales de aplicación. Antes, señala, los venenos se esparcían principalmente en verano, pero hoy —con la humedad y las variaciones climáticas— las fumigaciones se extienden durante todo el año, incluso en invierno, con el objetivo de acelerar procesos de secado para la cosecha. Esa dinámica, afirma, se traduce en un impacto directo sobre la salud, la producción y la vida de las familias campesinas.

La dirigente sostiene que, pese a haber obtenido fallos favorables en materia ambiental —incluso a nivel de la Corte Suprema en instancias previas de litigio cuando en la provincia no encontraban respuestas—, esas resoluciones no se cumplen en el territorio. Denuncia que las comunidades siguen siendo afectadas por las fumigaciones, que las plantas se pierden, que los animales enferman o mueren, y que incluso se registran ataques directos contra el ganado. En su relato, la violencia no es solo institucional o judicial, sino también material y cotidiana, en un entorno donde la producción de alimentos se vuelve cada vez más difícil de sostener.

Territorio, vigilancia y denuncias de persecución en zonas rurales
En esa trama, la figura de Franco Oscari aparece nuevamente como parte de una generación militante que, según Mamani, se organiza para defender el territorio frente a ese avance. La referente retoma la idea de que su detención no puede entenderse sin el contexto de Las Goteras y Palma Sola, una zona de difícil acceso donde la geografía misma condiciona la vida diaria. Describe un territorio atravesado por arroyos, con pasos que requieren cruzar hasta 17 veces cursos de agua, con grandes rocas y caminos que en épocas de lluvia se vuelven intransitables. En esos períodos, explica, el acceso solo es posible a caballo o caminando, lo que profundiza el aislamiento de las familias que viven allí.

Sin embargo, contrasta esa dificultad estructural con la capacidad operativa de las fuerzas de seguridad, que —según su relato— lograron ingresar de madrugada al paraje en un operativo que no sería un hecho aislado. Mamani menciona antecedentes recientes de presencia de camionetas sin identificación en la zona, en las que inicialmente se presentaron como personal de la Policía Federal y luego como supuestos trabajadores de un censo agropecuario. Esos episodios, ocurridos aproximadamente un mes o mes y medio antes de la detención, son interpretados por ella como parte de un patrón de vigilancia y hostigamiento previo.

En su testimonio, la dirigente insiste en que esta secuencia configura un escenario de persecución creciente sobre las familias campesinas. En ese sentido, retoma el caso de Oscari para subrayar el impacto humano de los traslados y la falta de información durante el proceso judicial. Según reconstruye, el joven fue movido entre distintas jurisdicciones -Jujuy, Tucumán y luego Salta Capital- sin notificación clara a su defensa ni a su familia, lo que generó desconcierto y angustia tanto en él como en su entorno. Mamani relata que, en una comunicación reciente, Oscari se encontraba emocionalmente afectado, desorientado por los traslados y por la incertidumbre sobre su situación procesal, lo que también impactó en su familia directa.

Detención, traslados y denuncia de arbitrariedad
En ese contexto, la abogada del caso habría confirmado que el joven se encuentra actualmente detenido en dependencias de la Policía Federal en la ciudad de Salta. Para Mamani, esta situación profundiza la sensación de arbitrariedad, no solo por los cambios de lugar, sino también por las condiciones en las que se producen, con incomunicaciones temporales y falta de información clara sobre su paradero.

El propio Movimiento Nacional Campesino Indígena difundió un comunicado en el que advierte que Oscari permanece detenido en la delegación de la Policía Federal en Salta Capital, un edificio que además tiene una carga histórica particular: allí funcionó un centro clandestino de detención y tortura durante la última dictadura cívico-militar, reconocido como sitio de memoria desde 2012. El texto también señala que el joven logró comunicarse con su abogada luego de dos días de incomunicación y que, pese a la situación de traslados y tensiones, se encuentra íntegro y firme, sosteniendo —según la organización— que su detención tiene carácter político.

Desde esa misma declaración se denuncia que cada traslado implica la pérdida de pertenencias enviadas por sus compañeros y compañeras, lo que es interpretado como una forma de maltrato adicional. Aun así, el movimiento sostiene que en cada lugar por el que pasó el detenido recibió acompañamiento de organizaciones campesinas y de derechos humanos, que mantienen la exigencia de su liberación inmediata y el pedido de que la causa sea radicada en la provincia de Jujuy, y no en Buenos Aires, como parte de una disputa más amplia sobre la jurisdicción y el tratamiento judicial del caso.

A partir de allí, la Coordinadora por la Libertad de Franco Oscari refuerza el reclamo con un mensaje político más directo, en el que denuncia lo que considera un accionar desproporcionado del Estado y exige el cese de lo que describe como prácticas de amedrentamiento y ensañamiento. El cierre de esa posición colectiva resume la consigna que atraviesa toda la disputa: la exigencia de "libertad ya" para Oscari y el rechazo a la intervención de las autoridades nacionales en los territorios campesinos de Jujuy.

Escuchá la entrevista completa:

Juicio al veneno en Pergamino: el fallo que reconoció la contaminación pero absolvió a los acusados

El histórico juicio por las fumigaciones con agrotóxicos en Pergamino terminó con la absolución de productores rurales, un ingeniero agrónomo y un aplicador, mientras dos funcionarios municipales fueron condenados por no controlar las pulverizaciones. Las víctimas sostienen que el propio fallo reconoce la contaminación y los daños a la salud, pero deja sin responsables penales a quienes señalan como causantes. Ahora preparan la apelación
Cuando terminó la lectura del veredicto en el Tribunal Oral Federal N.º 2 de Rosario, Sabrina Ortiz no habló de derrota. Habló de veneno. "Nuestros cuerpos tienen veneno", dijo pocas horas después de conocer una sentencia que absolvió a los productores acusados de contaminación ambiental, condenó a dos funcionarios municipales por no controlar las fumigaciones y dejó abierta una discusión que promete continuar en instancias superiores.

El Tribunal Oral Federal N.º 2 de Rosario absolvió a los siete productores agropecuarios, al ingeniero agrónomo y al aplicador acusados de contaminación ambiental, al considerar que no pudo acreditarse su responsabilidad penal en los términos que exige la ley. Al mismo tiempo, condenó a dos funcionarios municipales por incumplimiento de los deberes de funcionario público debido a la falta de controles sobre las fumigaciones.

El fallo que abrió una nueva disputa
El fallo generó fuertes cuestionamientos por parte de la querella y de las familias afectadas, que sostienen que la sentencia reconoce la existencia de contaminación y de daños a la salud, pero deja sin condena a quienes fueron acusados de provocarlos. Además, anunciaron que apelarán la decisión.

Sabrina Ortiz nació y vivió toda su vida en Pergamino, donde las tierras más fértiles del país conviven desde hace décadas con un modelo productivo atravesado por el uso intensivo de glifosato y otros agroquímicos. Hoy tiene 41 años y desde hace más de una década se convirtió en una de las principales referentes de la lucha contra las fumigaciones en esa ciudad, considerada uno de los emblemas del agronegocio argentino.

Fue ella quien, en 2018, presentó la denuncia que dio origen a esta causa como integrante del colectivo -Madres de Barrios Fumigados de Pergamino. Pero su historia comenzó mucho antes de que el expediente llegara a los tribunales. Perdió un embarazo, sufrió dos accidentes cerebrovasculares (ACV) que atribuye a la exposición a sustancias neurotóxicas y los análisis incorporados a la investigación detectaron glifosato en su organismo y en el de sus dos hijos, en concentraciones superiores a las consideradas tolerables. También denunció amenazas, atentados e incluso que un productor rural baleó a su perro. Durante años, asegura, sus reclamos no encontraron respuesta.

A fines de 2017 se recibió de abogada con un objetivo claro: defender judicialmente a las familias afectadas por las fumigaciones y sostener también su propia causa. En 2020, esa lucha obtuvo uno de sus principales resultados cuando la Justicia prohibió las aplicaciones de agroquímicos a menos de 3.000 metros de las zonas urbanas del distrito y ordenó investigar a productores rurales y funcionarios por presunta contaminación ambiental.

Nuestros cuerpos tienen veneno
Tras conocerse la sentencia, Ortiz reconoció en Señales que el resultado dejó un profundo sabor amargo, aunque aclaró que el proceso judicial todavía está lejos de terminar. "Las pruebas científicas son contundentes. Nuestros cuerpos tienen veneno. El que me envenenó fue Mario Roces, que vive frente a mi casa, y está probado", sostuvo durante una entrevista con Señales. Para ella, el fallo representa apenas una instancia dentro de un camino judicial más largo. "Sabemos que podemos doblar este veredicto. Vamos a seguir para que esto se logre y para que dejen de enfermarnos para siempre", afirmó.

La referente ambiental insistió en que la absolución no modifica las evidencias reunidas durante años de investigación. "Ha sido un sabor amargo el que nos llevamos, pero no es el final, no está todo resuelto, no es la última palabra. Sabemos que tenemos otras instancias para pelear donde vamos a esgrimir todas las razones por las cuales llevamos luchando desde hace ocho años", expresó.

Ortiz remarcó que, a su entender, la causa logró demostrar tanto la existencia de la contaminación como sus consecuencias sanitarias. "Sabemos que la contaminación está probada, sabemos que nuestros cuerpos han demostrado que esa contaminación nos ha afectado, tanto a mi familia como a toda la población que vive alrededor de los campos de los que hoy se fueron absueltos", señaló. Y advirtió que las familias afectadas no abandonarán el reclamo. "No vamos a parar hasta que esto se revierta, porque consideramos que hay pruebas que no han sido leídas."

Entre los elementos que, según sostiene, fueron desestimados por el tribunal, destacó los estudios realizados sobre los suelos del campo perteneciente a uno de los productores investigados. Explicó que las muestras obtenidas permitieron detectar la presencia de agrotóxicos en una tercera capa de profundidad, un hallazgo que, según los especialistas que participaron de la investigación, no puede atribuirse a la deriva de las fumigaciones sino a aplicaciones directas sobre ese terreno.

"Nosotros pudimos probar, a través de la recopilación científica y de la toma de muestras de la tierra, que en determinada profundidad se encontraron agrotóxicos en el campo de Rosé. Eso no se produce por la deriva, se produce por una fumigación directa en su campo", explicó.

A juicio de Ortiz, la decisión judicial evidencia una falla en la valoración de la prueba reunida durante la instrucción. Consideró que el tribunal terminó analizando el expediente exclusivamente desde una lógica penal, dejando de lado la complejidad propia de un conflicto ambiental. "Redundó un poco en que es un caso de materia penal y no de materia ambiental, pero sabemos que tiene que haber existido una falta de comprensión de todo lo que se reunió, un análisis bastante vago de lo que se viene dando durante todo este trayecto de instrucción y que no se han tenido en cuenta muchas de las certezas que hoy se han conseguido", sostuvo.

Pese al revés judicial, Ortiz aseguró que mantiene la expectativa de revertir el fallo durante la apelación. Confía en que una instancia superior valore integralmente las pruebas científicas y los estudios incorporados al expediente. "Esperamos, y sabemos que así va a ser, que en una segunda instancia esto se va a tener en cuenta y que realmente vamos a obtener la justicia que venimos persiguiendo desde hace mucho tiempo", concluyó.
La discusión jurídica detrás del veredicto
Para comprender el alcance jurídico del fallo, los fundamentos de la querella y los pasos que seguirán tras el veredicto, el abogado Carlos González Quintana analizó una sentencia que, según sostiene, deja más interrogantes que certezas.

Especializado en derecho penal y derecho ambiental, González Quintana integra el equipo jurídico que representa a las víctimas del caso Pergamino. A lo largo de los últimos años ha participado en distintos litigios vinculados con conflictos socioambientales y, en este proceso, asumió la representación de Sabrina Ortiz y de otras familias afectadas por las fumigaciones con agrotóxicos.

El abogado reconoció que la lectura del veredicto significó un fuerte impacto para la querella, no solo desde el punto de vista profesional, sino también humano. Explicó que la decisión judicial fue un golpe para quienes sostuvieron la causa durante tantos años y recordó especialmente a Sabrina Ortiz, a Alejandra y a Florencia Morales, una de las denunciantes que falleció de cáncer antes de que comenzara el juicio oral.

Según señaló, detrás del expediente existen familias que durante años "pusieron el cuerpo, la salud y, en algunos casos, la propia vida" para que la problemática llegara finalmente a ser analizada por un tribunal. Sin embargo, sostuvo que el veredicto no alcanza para borrar todo lo que quedó acreditado durante los seis meses de debate oral.

A su entender, el juicio permitió demostrar la gravedad de la contaminación que afectó al sector este de Pergamino y su impacto sobre la salud de la población. "Quedó expuesta la gravísima problemática de contaminación y de afectación a la salud que acontecía en ese sector de la ciudad como consecuencia directa de la actividad temeraria de estos productores", afirmó.

Del mismo modo, consideró que también quedó probada la ausencia de controles eficaces por parte del Estado municipal sobre las aplicaciones de agroquímicos. Para González Quintana, el proceso judicial no concluye con este fallo. "La causa no termina acá, esto es solo una instancia", remarcó. Aunque calificó el resultado como doloroso e incluso difícil de explicar desde una mirada técnica, aclaró que todavía resta conocer los fundamentos completos de la sentencia, es decir, el documento en el que los jueces explicarán las razones jurídicas de su decisión. "Claramente no se trata de un final, sino del comienzo de una nueva etapa procesal ante la Cámara de Casación, un tribunal superior encargado de revisar si el fallo aplicó correctamente la ley y estuvo debidamente fundamentado", anticipó.

¿Por qué la querella sostiene que el fallo es contradictorio?
Uno de los aspectos que, según explicó, será eje de la apelación es la aparente contradicción entre el reconocimiento de la existencia de contaminación y daños a la salud y la absolución de quienes fueron acusados de producirlos.

Para la querella, ese punto constituye el principal problema jurídico de la sentencia. "Si se reconoce la existencia de contaminación peligrosa, si se condena a funcionarios por no controlar y si se mantiene la medida cautelar, resulta muy difícil explicar por qué no hay responsabilidad penal de quienes, de manera directa y bajo un dominio material de los hechos, desarrollaron esta actividad contaminante", sostuvo. Consideró que esa contradicción deberá ser analizada en profundidad cuando el tribunal dé a conocer los fundamentos completos del fallo.

Otro de los cuestionamientos apunta al criterio utilizado para evaluar la responsabilidad penal de los productores. González Quintana explicó que la querella nunca intentó demostrar una intención deliberada de contaminar, sino acreditar que quienes desarrollaban esas actividades conocían el riesgo que implicaban y, aun así, mantuvieron el control sobre ellas.

"En los delitos ambientales de esta naturaleza no puede exigirse demostrar que el acusado tuvo la intención deliberada de contaminar (lo que en derecho se conoce como dolo directo), sino que conocía el riesgo que generaba su conducta, afirmó. Según explicó, el derecho penal ambiental contempla situaciones en las que los responsables conocen el peligro que generan sus acciones o, al menos, pueden representarse las consecuencias de su conducta. "Acá lo que había que acreditar es que hay contaminación que fue riesgosa y que los productores tenían conocimiento de ese riesgo y dominio pleno sobre esa actividad contaminante", resumió.
Desde esa perspectiva, también cuestionó la forma en que el tribunal distribuyó las responsabilidades entre los funcionarios públicos y los productores rurales. A su entender, la sentencia separó artificialmente ambos planos cuando, en realidad, estaban estrechamente vinculados.

"El tribunal parece haber separado artificialmente el incumplimiento estatal de los controles de las conductas de quienes aplicaban o disponían las fumigaciones. Para nosotros esa separación es técnicamente discutible y va a ser materia central de agravio", adelantó.

Respecto de la condena impuesta a los dos funcionarios municipales, González Quintana consideró que constituye uno de los aspectos más relevantes del fallo porque reconoce que existieron deberes concretos de control, prevención y fiscalización que fueron incumplidos.

No obstante, entiende que esa responsabilidad difícilmente pueda agotarse en dos personas. Según señaló, esos funcionarios integraban una estructura administrativa y política más amplia. "No actuaban en el vacío, formaban parte de una estructura municipal", explicó.

El abogado observó además que el propio tribunal dejó abierta la posibilidad de investigar responsabilidades superiores dentro del municipio. "Si el propio tribunal está hablando de eslabones bajos de una cadena, quiere decir que hay que investigar hacia arriba", sostuvo. Aunque aclaró que ese nunca fue el objetivo central de la querella —cuya teoría del caso siempre estuvo enfocada en la contaminación provocada por el grupo de productores investigados—, consideró que la sentencia reconoce que el problema tuvo un carácter estructural y no un hecho aislado.

"Si se ordena investigar autoridades superiores, incluida la máxima autoridad política del municipio, es porque el tribunal está advirtiendo que esa falta de control pudo haber provenido también de niveles más altos de esa cadena de responsabilidades", afirmó.

Finalmente, González Quintana volvió sobre uno de los ejes centrales del proceso: la responsabilidad de quienes ordenan, asesoran o ejecutan fumigaciones cerca de zonas pobladas. Desde su perspectiva, no es jurídicamente válido desvincularse de las consecuencias bajo el argumento de que nunca existió una intención expresa de contaminar.

"Quienes explotan, ordenan, asesoran o ejecutan actividades de pulverización con agrotóxicos en zonas sensibles no pueden desentenderse del resultado diciendo que no quisieron contaminar o que no se dieron cuenta", sostuvo. Y concluyó que el derecho penal ambiental se construye precisamente sobre la creación de riesgos y sobre el deber de cuidado que pesa sobre quienes desarrollan actividades peligrosas, especialmente cuando conocen el alcance de los daños que pueden provocar.
La ciencia que llegó al juicio

Consultado sobre el tratamiento que el tribunal dio a la abundante prueba científica presentada durante el juicio, González Quintana rechazó la idea de que ese conjunto de evidencias hubiera resultado insuficiente. Por el contrario, sostuvo que el denominado "bloque de la ciencia digna" tuvo un peso determinante para demostrar la existencia de contaminación ambiental y sus consecuencias sobre la salud de la población.

Recordó que durante el debate se incorporaron estudios de agua y de suelo que detectaron moléculas de agrotóxicos en altas concentraciones, además de los testimonios de médicos, investigadores, peritos y especialistas de distintas disciplinas que declararon a lo largo del proceso. Para el abogado, toda esa evidencia acumulada durante años permitió instalar judicialmente una discusión que trasciende el caso Pergamino.

"Los estudios que se hicieron de agua y de suelo, donde se detectaron moléculas de agrotóxicos en altísimas concentraciones, más lo que declararon los profesionales de la salud, investigadores y peritos, no hace más que corroborar y abrir, a nivel judicial, la discusión sobre la problemática de los agrotóxicos y los tremendos efectos devastadores que generan en la salud", afirmó.

Aun así, consideró que existe una contradicción difícil de explicar en la forma en que esa prueba fue valorada por el tribunal. Según señaló, los jueces incorporaron ese material científico y reconocieron su relevancia, pero al momento de analizar la responsabilidad penal de cada uno de los imputados terminaron fragmentando esa evidencia.

"Creemos que el tribunal receptó esa prueba de la ciencia digna, la incorporó y la utilizó, pero no entendemos por qué pudo haberla fragmentado a la hora de atribuir la conducta penal a cada persona acusada", expresó. Esa valoración, adelantó, será uno de los puntos centrales que la querella analizará cuando conozca los fundamentos completos de la sentencia, es decir, el documento donde los jueces explicarán por qué resolvieron de esa manera.

Pese a las absoluciones, González Quintana sostuvo que el fallo deja aspectos que considera trascendentes para futuras causas ambientales. El principal, dijo, es el reconocimiento expreso de que existió contaminación riesgosa para la salud.

Desde su perspectiva, ese reconocimiento constituye un antecedente judicial de enorme valor, incluso cuando no haya derivado en condenas para los productores imputados. "El fallo deja elementos muy relevantes a futuro", aseguró.

Entre esos aspectos destacó el reconocimiento del daño ambiental provocado por las actividades contaminantes, la confirmación del riesgo al que fueron sometidos los habitantes de la zona, el señalamiento de las omisiones estatales y el mantenimiento de las medidas cautelares de protección.

A su entender, esos elementos podrán ser utilizados en otros procesos penales, civiles y administrativos vinculados con conflictos ambientales. "En materia ambiental, cada reconocimiento judicial de la peligrosidad, de la exposición a estos riesgos y de la falta de prevención siempre va a constituir un precedente", afirmó.

Para el abogado, el eje de la discusión excede ampliamente un expediente judicial. "El ambiente sano y la salud colectiva son derechos humanos que merecenuna tutela judicial efectiva, es decir, una protección real por parte de la Justicia", sostuvo, y recordó que ese fue el horizonte que orientó desde el inicio la lucha encabezada por Sabrina Ortiz y el resto de las familias querellantes.

Lo que viene: la apelación
Respecto de los próximos pasos judiciales, explicó que la estrategia inmediata dependerá de la fundamentación escrita de la sentencia, documento que permitirá conocer en detalle los argumentos utilizados por el tribunal para arribar al veredicto.

Con ese material, señaló, el equipo jurídico elaborará los cuestionamientos jurídicos (conocidos como agravios de apelación) que presentará ante la Cámara de Casación. Sin embargo, advirtió que el recorrido judicial no terminará allí.

"Si hace falta, agotaremos todas las vías recursivas, incluso la Corte Suprema o la Corte Interamericana de Derechos Humanos", aseguró. Según explicó, el caso Pergamino excede el ámbito penal porque involucra un paradigma ambiental directamente relacionado con derechos humanos protegidos por el sistema interamericano.

Al finalizar, González Quintana dedicó un mensaje a Sabrina Ortiz y a las demás familias que impulsaron la causa durante tantos años. Después del impacto inicial provocado por el veredicto, aseguró que ninguno de los esfuerzos realizados fue en vano.

Contó que durante los últimos seis meses compartió con Ortiz el trabajo cotidiano del juicio y destacó que, además de ser víctima directa, es también una colega con quien analizaron la sentencia inmediatamente después de su lectura.

"Tomamos esto no como una derrota", resumió.

Para el abogado, el solo hecho de que el caso Pergamino llegara a un juicio oral federal ya constituye un hito histórico. Gracias a la perseverancia de las familias afectadas, dijo, la contaminación por agrotóxicos fue discutida por primera vez con esa profundidad ante un tribunal federal; además, se obtuvieron condenas para funcionarios públicos por incumplir sus deberes de control y se mantuvieron vigentes las medidas cautelares destinadas a proteger a la población.

"Creemos que la lucha de las víctimas de Pergamino no termina en este veredicto", afirmó.

Con la misma convicción, anticipó que la querella continuará el proceso con serenidad y con herramientas jurídicas. "Vamos a seguir con mucha técnica jurídica y con la misma convicción que hemos tenido a lo largo de todo este proceso, hasta que se haga justicia, hasta que se deje de fumigar y hasta que dejen de comprometer la vida de los seres humanos", expresó.

Finalmente, recordó que muchas de las personas expuestas a las fumigaciones no tienen posibilidades de abandonar los lugares donde viven y continúan conviviendo diariamente con ese riesgo. "A esa gente es a quienes nosotros tenemos el sagrado deber y compromiso de proteger, como trabajadores del derecho y como defensores de los derechos humanos", concluyó.
Un fallo que deja más preguntas que respuestas

La periodista ambiental Anabel Pomar, quien además es vecina fumigada y siguió de cerca el desarrollo del juicio, interpretó que el veredicto dejó una sensación de profunda frustración entre quienes esperaban una reparación judicial después de ocho años de espera.

Según analizó, las víctimas llegaron al juicio con la expectativa de que el tribunal reconociera responsabilidades por las consecuencias de las fumigaciones sobre la salud y el ambiente. "Esperaban que los jueces repararan con algo de justicia, para esas víctimas que tantos años están pidiendo lo mismo: que los dejen de envenenar y que los dejen de matar. Bueno, eso no sucedió", resumió.

Pomar recordó que los fundamentos completos de la sentencia recién se conocerán el 10 de agosto, aunque señaló que durante la lectura del veredicto los magistrados adelantaron algunos de los argumentos que sustentaron la absolución de los siete acusados vinculados a la actividad agropecuaria, entre propietarios rurales, ingenieros agrónomos y aplicadores de agroquímicos.

En contrapartida, destacó que las únicas condenas recayeron sobre los dos funcionarios municipales encargados de controlar las fumigaciones, quienes recibieron penas de dos años de prisión en suspenso por incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Para la periodista, allí aparece una de las principales tensiones del fallo. Los jueces, señaló, reconocieron que quedó acreditada la existencia de daños en la salud de las personas, en los suelos y en el ambiente de Pergamino. Sin embargo, al mismo tiempo absolvieron a quienes estaban acusados de haber generado esa contaminación.

"Esa es la parte sobre la que todos deberíamos reflexionar", planteó. A su entender, el tribunal sostuvo que la discusión sobre quiénes deben responder por el uso de los agroquímicos excede el ámbito del proceso penal y remite a las políticas públicas y al marco regulatorio vigente, cuya responsabilidad recae sobre los distintos niveles del Estado.

Pomar advirtió que esa interpretación deja abiertas preguntas difíciles de responder para quienes conviven cotidianamente con las fumigaciones. "¿Cómo llegaron esos venenos a las personas?", se preguntó al resumir una de las contradicciones que, según entiende, deja expuesta la sentencia.

Recordó además que durante el juicio quedó acreditado que las sustancias detectadas no solo estaban presentes en los cuerpos de las personas afectadas, sino también en los suelos, en el agua de consumo y en las napas subterráneas, alcanzando incluso acuíferos que abastecen a otras regiones.

"Los tres jueces dijeron que está todo contaminado, pero que no hay personas a quienes se pueda responsabilizar penalmente por haber aplicado esos venenos", sintetizó.

Desde su mirada, esa conclusión evidencia una situación de desprotección para quienes viven en zonas expuestas a las fumigaciones. Según expresó, el Estado autoriza el uso de determinadas sustancias, los controles resultan insuficientes y, finalmente, la Justicia considera que no puede atribuir responsabilidad penal a quienes las aplican.

Entre los aspectos que rescató del fallo, destacó la decisión del tribunal de ordenar que se investiguen responsabilidades políticas superiores dentro de la estructura municipal. Recordó que durante la lectura del veredicto los jueces mencionaron expresamente la necesidad de avanzar sobre los funcionarios ubicados por encima de quienes fueron condenados, incluido el intendente.
La batalla continúa
Más allá de las absoluciones, Pomar subrayó que el fallo dejó establecido un punto que considera central para las futuras discusiones judiciales: que existió contaminación ambiental y que contaminar constituye un delito, aun cuando en esta causa no se hayan impuesto condenas por ese hecho.

También recordó que tanto la querella como el Ministerio Público Fiscal ya adelantaron que recurrirán la sentencia, por lo que el expediente continuará su recorrido en instancias superiores.

La periodista retomó además las palabras de Sabrina Ortiz, quien pocas horas después del veredicto aseguró que la resolución judicial no pondrá fin al reclamo de las familias afectadas. "Vamos a seguir, no nos van a quebrar; vamos a seguir hasta que dejen de envenenarnos", reiteró la referente de Pergamino.

En la misma línea, el abogado querellante Carlos González Quintana sostuvo que comienza ahora una nueva etapa, centrada en la elaboración de la apelación contra la sentencia. "Lo que queda ahora es meterse en un laboratorio de producción científica jurídica y, desde el lugar más frío que puede tener el ejercicio de la profesión de la abogacía, construir una pieza jurídica sólida que logre tumbar esta sentencia lamentable que hoy nos comunicó el tribunal", concluyó.

Escuchá el informe completo:


Fotos: Juan José García, para la cobertura colaborativa entre Revista Cítrica, Agencia Tierra Viva y El Ciudadano

domingo, 21 de junio de 2026

"Lo que quieren es acallar las voces": Denuncian persecución gremial en medio de la crisis del sector nuclear

Mariano Saleh, trabajador de Atucha II y delegado gremial desde hace más de una década, enfrenta un proceso de despido y desafuero impulsado por Nucleoeléctrica Argentina. Mientras la empresa argumenta razones vinculadas a la seguridad, el dirigente sostiene en Señales que se trata de una represalia por sus denuncias contra el ajuste, la privatización y el vaciamiento de una actividad estratégica para el país
La situación del sector nuclear argentino atraviesa uno de sus momentos más conflictivos de los últimos años. En el centro de esa disputa aparece Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NASA), la empresa estatal responsable de operar las centrales nucleares Atucha I, Atucha II y Embalse, pilares de una actividad considerada estratégica tanto por su aporte a la generación eléctrica como por el desarrollo tecnológico y la formación de recursos humanos altamente especializados que demandó durante décadas.

En ese escenario se inscribe el caso de Mariano Saleh, trabajador de Atucha II desde hace más de catorce años y delegado sindical desde hace más de una década. Su trayectoria profesional se desarrolló en el área de Química y Procesos, dentro del laboratorio químico de la central. Sin embargo, en las últimas semanas su nombre quedó asociado a un conflicto que, según sostiene, excede su situación personal y expone una disputa de fondo sobre el futuro de la actividad nuclear estatal.

Saleh relata que el episodio que desencadenó el conflicto ocurrió el viernes 12, cuando intentó ingresar a la planta y el sistema de acceso le impidió entrar. En ese momento, afirma, fue notificado por el jefe de Recursos Humanos de que sobre él pesaba una medida cautelar. Según le informaron, el directorio había resuelto avanzar con su despido a partir de un sumario interno y promover un juicio de desafuero que tramita en los tribunales de Campana.

De acuerdo con la documentación que menciona, la cautelar argumenta la necesidad de resguardar la seguridad radiológica de la instalación. Sin embargo, Saleh rechaza esa fundamentación y asegura que nunca existió ninguna conducta de su parte que pusiera en riesgo la seguridad nuclear. "Nunca estuvo en cuestión ni mi profesionalismo ni la seguridad radiológica", sostiene. Por el contrario, interpreta la medida como una represalia vinculada a su actividad gremial y a sus denuncias públicas sobre lo que considera un proceso de desmantelamiento del sector.

Para el trabajador, el conflicto no puede separarse de las discusiones que atraviesan actualmente a Nucleoeléctrica. Según su mirada, existe una orientación destinada a avanzar hacia la privatización de la empresa, algo que considera inviable y perjudicial para el interés público. Argumenta que se trata de una compañía difícil de valorar económicamente debido a que administra tres centrales nucleares únicas en el país y sostiene que una eventual apertura al capital privado permitiría que los nuevos accionistas se apropien principalmente de las ganancias derivadas de la generación eléctrica, mientras el Estado asumiría los costos históricos de inversión y desarrollo.

Saleh también vincula este escenario con las transformaciones impulsadas a partir de la Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos (Ley 27.742) que impulsó el gobierno de Javier Milei. En ese marco, cuestiona duramente el proceso político que permitió su aprobación y considera que allí se encuentra el origen de muchas de las iniciativas que hoy afectan al sector nuclear.

Junto con las críticas al rumbo de la empresa, señala un deterioro sostenido de las condiciones laborales. Afirma que los salarios de los trabajadores nucleares sufrieron una pérdida superior al 60 por ciento de su poder adquisitivo y que los reclamos realizados ante la gerencia y los sucesivos directorios no obtuvieron respuesta. Según explica, durante los últimos años pasaron cinco directorios distintos por la conducción de la empresa sin que se resolvieran los reclamos planteados por los trabajadores.

Respecto de las razones esgrimidas para justificar su despido, sostiene que el expediente disciplinario se basa en publicaciones realizadas desde su cuenta personal de la red social X, anteriormente conocida como Twitter. Considera que el sumario está "completamente amañado" y remarca que ninguna de sus expresiones cuestionó su desempeño profesional ni implicó conductas incompatibles con la responsabilidad que exige el trabajo en una central nuclear. Según explica, sus publicaciones estuvieron dirigidas a denunciar públicamente decisiones que, a su entender, afectan al sector.

Desde su perspectiva, el objetivo de la medida es aislarlo de sus compañeros y debilitar la organización sindical dentro de la empresa. Saleh interpreta que se busca enviar un mensaje disciplinador al conjunto de los trabajadores: demostrar que quienes cuestionen las políticas oficiales o levanten la voz en defensa de sus derechos pueden sufrir consecuencias laborales. "Lo que quieren es acallar las voces", afirma. Aun así, asegura que continuará reclamando judicial y sindicalmente su reincorporación.

El dirigente gremial también advierte sobre las consecuencias que, según él, tendría una eventual privatización de Nucleoeléctrica. Considera que la lógica empresarial privada tiende a reducir costos en áreas sensibles como la capacitación, el mantenimiento, la seguridad y las condiciones laborales. En una actividad de alta complejidad tecnológica y con riesgos específicos, sostiene que cualquier retroceso en esos aspectos podría afectar tanto a los trabajadores como al ambiente.

Para fundamentar su preocupación, menciona los riesgos inherentes a la actividad nuclear: exposición a radiación, manipulación de sustancias químicas, trabajo con grandes cargas eléctricas, tareas de izaje y labores en altura. A su juicio, la reducción de inversiones en seguridad y capacitación podría incrementar la vulnerabilidad frente a esos riesgos.

Además, afirma que ya existen señales de deterioro. Según sus datos, más de 300 trabajadores dejaron la empresa en los últimos tiempos y parte de esas tareas comenzaron a ser cubiertas por personal contratado bajo condiciones laborales menos favorables, con salarios inferiores y menor capacidad de organización sindical. Para Saleh, ese proceso anticipa el modelo laboral que se intenta consolidar en el conjunto de la actividad.

Uno de los ejemplos más claros del vaciamiento que denuncia es la situación del proyecto CAREM, el reactor modular desarrollado por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y considerado uno de los emprendimientos tecnológicos más importantes del país. Saleh explica que numerosos ingenieros, técnicos y profesionales trabajaban en ese proyecto a través de la participación de Nucleoeléctrica en su construcción.

Según relata, durante 2024 esos profesionales atravesaron una fuerte pérdida salarial y muchos percibían remuneraciones que consideraba insuficientes para su nivel de especialización. En ese contexto, denuncia la creación de una empresa llamada Mainer Energy, que habría incorporado trabajadores formados en organismos públicos como la CNEA y NASA. A su entender, ese proceso significó una transferencia de conocimientos estratégicos construidos con inversión estatal hacia el sector privado, sin que este hubiera realizado esfuerzos equivalentes en materia de formación o desarrollo tecnológico.
Otra de sus preocupaciones está vinculada al reactor RA-10, una obra que define como una de las más avanzadas del mundo en su categoría y desarrollada íntegramente por científicos y técnicos argentinos. Saleh destaca que el proyecto se encuentra próximo a su finalización y recuerda que fue concebido para producir radiofármacos, silicio dopado y generar capacidades de investigación mediante haces de neutrones.

Sin embargo, advierte que recientes declaraciones de funcionarios nacionales anticipan la privatización del negocio de los radiofármacos, precisamente el componente económico que permitiría financiar otras actividades científicas y tecnológicas vinculadas al reactor. Desde su punto de vista, avanzar sobre esa área implicaría transferir al sector privado la parte más rentable del proyecto, comprometiendo la sustentabilidad de las restantes líneas de investigación.

A pesar de la situación que enfrenta, Saleh asegura que continuará disputando su reincorporación. Considera que el conflicto no se limita a un problema individual sino que forma parte de una ofensiva más amplia contra los trabajadores del sector nuclear. Recuerda el esfuerzo realizado durante años para operar, reparar y mantener en funcionamiento las centrales nucleares argentinas, muchas veces con jornadas extensas y condiciones exigentes.

Por eso interpreta su caso como un intento de disciplinamiento político y sindical. "No vamos a permitir que me quieran despedir por mi expresión y por mi libertad de expresión", sostiene. También cuestiona lo que considera una contradicción entre el discurso oficial en defensa de la libertad y las medidas adoptadas contra trabajadores que expresan posiciones críticas.

Mientras el conflicto avanza en los tribunales y dentro de la empresa, Saleh afirma haber recibido numerosas muestras de solidaridad de compañeros de trabajo, organizaciones sindicales y distintos sectores de la sociedad. Con ese respaldo, asegura que continuará la pelea "hasta el final", convencido de que lo que está en juego trasciende su situación personal y se vincula con el futuro de una actividad que considera estratégica para el desarrollo científico, tecnológico y energético de la Argentina.

Frente al intento de despido de Mariano Saleh, trabajadores, organizaciones sindicales, sociales y políticas impulsan una campaña de solidaridad y repudio. A través de un petitorio público, denuncian que la medida constituye un acto de persecución gremial, política y antisindical contra un delegado que participó activamente de la defensa de los puestos de trabajo y del desarrollo nuclear nacional. Entre los reclamos, exigen la inmediata restitución de Saleh en su puesto de trabajo, el cese del juicio de desafuero en su contra y la nulidad del sumario administrativo que dio origen a la sanción.

Escuchá la entrevista completa:

El freno al CAREM y al RA-10: una decisión que golpea al desarrollo nuclear argentino
El 4 de abril de 2024, en diálogo con Señales, el ingeniero nuclear Eduardo Gigante advirtió sobre las consecuencias que tendría la decisión de paralizar las obras de dos de los proyectos más importantes del sector nuclear argentino: el reactor multipropósito RA-10 y la Central Argentina de Elementos Modulares (CAREM), cuya construcción se vio afectada por el despido de un centenar de trabajadores.

Para Gigante, la medida representaba una muy mala noticia para el país. Recordó que Argentina acumula más de 70 años de trayectoria en el desarrollo nuclear y que tanto el CAREM como el RA-10 son el resultado de décadas de inversión pública, investigación científica y formación de recursos humanos especializados.

Durante la entrevista destacó que la Comisión Nacional de Energía Atómica y el sector nuclear argentino construyeron y operaron 19 reactores a lo largo de su historia, de los cuales siete fueron exportados a distintos países. Esa experiencia, señaló, convirtió a la Argentina en una referencia internacional en materia de tecnología nuclear.

El especialista explicó que ambos proyectos tienen objetivos diferentes. El CAREM fue concebido como un reactor de potencia destinado a la generación de energía eléctrica, mientras que el RA-10 pertenece a la categoría de reactores multipropósito, orientados a la investigación científica y la producción de radioisótopos medicinales.

Sobre este último, remarcó su importancia para la fabricación de insumos utilizados en diagnósticos por imágenes y tratamientos oncológicos. Entre ellos mencionó al Lutecio-177, un radioisótopo de creciente utilización en terapias contra el cáncer de próstata. Además, destacó que el reactor permitiría incrementar significativamente la producción nacional de radiofármacos y ampliar las posibilidades de exportación hacia otros países de la región.

Respecto del CAREM, Gigante lo definió como uno de los desarrollos más innovadores del sector nuclear mundial. Se trata de un reactor modular de pequeña potencia, diseñado íntegramente en Argentina, pensado para abastecer de energía a localidades aisladas, complejos industriales o proyectos mineros ubicados en zonas alejadas de los grandes sistemas eléctricos.

Según explicó entonces, el CAREM se encontraba entre los proyectos más avanzados del mundo en su tipo, por delante incluso de desarrollos impulsados por potencias nucleares como Estados Unidos, China, Corea del Sur o varios países europeos. "Todos los países desarrollados están trabajando en reactores modulares, y Argentina estaba a la cabeza de ese proceso", sostuvo.

En relación con el RA-10, señaló que la obra se encontraba en una etapa muy avanzada, con gran parte de la infraestructura concluida y pendiente principalmente de trabajos electromecánicos y de puesta en marcha. Por eso consideró especialmente preocupante la decisión de detener su avance.

Consultado sobre las razones oficiales de la paralización, Gigante afirmó que no había encontrado explicaciones técnicas o económicas convincentes más allá del argumento de la falta de recursos presupuestarios. A su juicio, se trataba de proyectos con un enorme potencial para generar ingresos futuros mediante exportaciones de tecnología, servicios y productos de alto valor agregado.

El ingeniero también recordó que Argentina exportó reactores nucleares a países como Australia, Perú, Egipto y Países Bajos, y destacó que el reactor OPAL, vendido a Australia, continúa siendo uno de los mayores hitos tecnológicos de exportación de la historia argentina.

A más de dos años de aquella entrevista, las preocupaciones expresadas por Gigante continúan presentes en el debate sobre el futuro del sector nuclear argentino, una actividad considerada estratégica por su aporte a la producción energética, la investigación científica y el desarrollo tecnológico nacional.

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