lunes, 10 de setiembre de 2007

Christian Von Wernich: Un Enorme Fraude dentro de la Iglesia Católica Argentina

Patrick Rice, es un sacerdote católico de origen irlandés, durante la dictadura fue secuestrado por fuerzas de seguridad junto con una joven, se estima que fue entre octubre y noviembre de 1976. Ellos caminaban en una de las calles de la ciudad de La Plata. Fueron encarcelados y brutalmente torturados. El Padre Rice fue finalmente liberado debido a las presiones ejercidas por el Gobierno irlandés, de la suerte de la joven nada se sabe.
Patrick Rice, escribió esta carta con su opinión sobre el desempeño de la Iglesia argentina y el juicio que se le sustancia a Von Wernich.

Padre Christian Von Wernich: Un Enorme Fraude dentro de la Iglesia Católica Argentina
El juicio en la ciudad de La Plata al padre Christian Von Wernich por su participación en asesinatos, torturas y desapariciones forzadas durante la ultima dictadura militar (1976 -83) nos obliga a la reflexión como creyentes católicos sobre la tortura, el sacerdocio y los sacramentos, especialmente de la Penitencia, ya que los delitos debatidos en el tribunal sucedieron cuando el acusado se desempeñaba como capellán general de la policía de la Provincia de Buenos Aires.
Este texto refleja la experiencia recogida desde mi integración en 1970 -cuando llegué por primera vez a Argentina desde mi Irlanda natal- a un sector de la Iglesia argentina que junto a obispos, sacerdotes y laicos sufrió la persecución, la tortura y el martirio a manos de la dictadura militar. Después de 15 años de sacerdocio en 1985 me retiré del estado clerical para contraer matrimonio. Desde entonces me dedico junto a mi esposa a la militancia laica en el movimiento de la Iglesia “La Fraternidad Secular Padre Carlos de Foucauld” a nivel nacional e internacional. En fidelidad a esta vertiente del Pueblo de Dios sigo trabajando para una Iglesia que vive fielmente el mensaje sencillo y profundo del Evangelio pero que ha sido traicionada en la historia reciente de Argentina por aquellos miembros del clero y del episcopado que debieron y deben cumplir su deber de sostener en alto este tesoro ante el pueblo de Dios.
Como es necesario algunas precisiones canónicas para comprender lo que está en juego hago este aporte también desde mi condición de bachiller de teología recibido en la Universidad Pontificia de Irlanda en 1969.

Christian Von Wernich y la Doctrina Católica contra la Tortura
El Magisterio de la Iglesia considera la práctica de la tortura como “pecado grave o mortal” similar al homicidio, una clara violación del llamado Quinto Precepto (“No Matarás”) del derecho natural. Esta posición se sustenta precisamente en el documento central del Concilio Vaticano II Gaudium et Spes (7 de diciembre, 1965) -párrafo 27, donde encontramos esa condena inequívoca a las “torturas morales o físicas”
“Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las torturas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena; cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador”
Esa declaración no admite discusión porque la teología católica reconoce a los concilios de la Iglesia como su máxima autoridad cuando los obispos de todo el mundo, conjuntamente con el Papa, obispo de Roma, hacen un pronunciamiento solemne. De hecho en algunas diócesis de Chile, México y Argentina (Viedma y Neuquén), durante los años los setenta y ochenta, hubo decretos de excomunión para aquellas personas que participaron en actos de tortura, actos que en muchos casos equivalen a cometer un “pecado mortal” de confesión reservada al obispo. Cristian Von Wernich, como ministro de la Iglesia, debería haber sabido de esta doctrina pero eligió ignorarla y se hizo partícipe de crímenes atroces, provocando un verdadero escándalo entre los que lo vieron actuar entonces y también hoy entre los feligreses y el pueblo argentino en general que siguen con atención los testimonios en el juicio oral y público de La Plata, cuya etapa testimonial termina el 13 de setiembre de 2007.

Christian Von Wernich como Presbítero o Sacerdote
El capellán es normalmente un presbítero, es decir un sacerdote o ministro sagrado de la Iglesia. El candidato al sacerdocio como seminarista recibe una formación intensa a lo largo de varios años en teología, estudios bíblicos, espiritualidad, ética, sociología, psicología, filosofía y acompañamiento pastoral para que pueda ejercer las funciones de enseñanza, predicación, y administrar los ritos litúrgicos de los sacramentos (que, para los creyentes, hacen presente la acción salvífica de Cristo a los fieles), mediante el Bautismo y la Confirmación (que normalmente administra el obispo), la Eucaristía (la Misa), el Matrimonio, la Penitencia (el sacramento de la Confesión) y la Santa Unción de los Enfermos.
Cuando al terminar los estudios un obispo lo considera apto, el candidato recibe el sacramento de las Santas Ordenes como diácono. Luego de un tiempo el obispo lo ordena presbítero para ser otro Cristo -“alter Christus”. Para ejercer su ministerio pastoral dentro de la jurisdicción de una parroquia recibe de su obispo las “facultades”. Estas, otorgadas mediante un documento escrito, son necesarias para administrar el sacramento de la Penitencia. El obispo puede retirarlas si el presbítero incurre en alguna enseñanza errónea o práctica inmoral. En otras palabras, el obispo debe ejercer una supervisión sobre la orientación, el modo de celebración y la doctrina que imparte un sacerdote en las confesiones. El código del derecho canónico indica que un presbítero debe vivir en forma decorosa, no ser negociante de dinero, ni portar armas, no hacer servicio militar ni, por supuesto, protagonizar escándalos públicos.
Von Wernich, oriundo de la provincia de Entre Ríos, tuvo dificultades para ser ordenado sacerdote debido, se dice, a su personalidad altanera. De hecho pasó por dos seminarios (Paraná y Villa Devoto) antes de conseguir que lo aceptara el obispo de Nueve de Julio, monseñor Alejo Benedicto Gilligan. Este le asignó funciones parroquiales dentro de la diócesis y luego lo nombró capellán de la policía. En tal carácter sus hermanos en el sacerdocio lo conocían bien debido a su gusto por las armas de fuego y por los equipos policiales de comunicación en su lujoso auto particular -una conducta que ciertamente no acordaba con el decoro esperado de su condición clerical- . Sin embargo Mons. Gilligan lo protegió siempre, inclusive asignándole, ya en democracia, una parroquia en Bragado a pesar de las protestas de los feligreses. El obispo facilitó años después su huida de la justicia argentina y su trabajo de incógnito en Chile hasta su detención en 2003. No es sorprendente que, lejos de sancionarlo, la superioridad eclesiástica lo siga defendiendo al permitirle vestirse con ropa clerical y no tener ninguna limitación, que sepamos, a su ministerio sacerdotal, a pesar de las gravísimas acusaciones en su contra.

Christian Von Wernich; Capellán y confesor
La función de capellán de la policía es brindar “asistencia espiritual” que consiste en la enseñanza religiosa y el otorgamiento de bendiciones, oraciones, mensajes religiosos en los actos públicos. El capellán acompaña espiritualmente con sus consejos a la policía, incluyendo a la oficialidad. En casos especiales administra el sacramento de la Penitencia y de la Santa Unción a los gravemente enfermos. En todos los casos debe buscar un espacio apropiado y digno para realizar cualquiera de estas actividades.
También puede tener acceso y dar acompañamiento espiritual a los detenidos en los establecimientos policiales pero esto no es de su estricta competencia. Sí está obligado, si ve algunas prácticas o situaciones que contradicen la moralidad católica, a denunciarlo a sus superiores eclesiásticos y hacer todo lo posible por cambiar la situación.
Una de las responsabilidades más delicadas que cumple un sacerdote es ser ministro del sacramento de la Penitencia. En este rito litúrgico el sacerdote, en forma privada pero en representación de Cristo y de la Iglesia, recibe libremente la confesión de un feligrés quien, después de ser orientado y recibir una penitencia apropiada, expresa junto con su arrepentimiento su voluntad de corregirse. El sacerdote en nombre de Cristo “Buen Pastor” administra el perdón de Dios haciendo sobre el penitente el signo de la Cruz y rezando la oración correspondiente designada por la Iglesia. Durante la ceremonia se viste con una pequeña estola morada alrededor del cuello de su clerygman o sotana (en representación de Cristo) y sigue los textos del Misal Romano. Es evidente que, salvo en casos extremos de peligro de muerte, el sacerdote debe garantizar un espacio privado y decoroso para celebrar este sacramento. Se considera luego inviolable para las dos partes el secreto o “sigilo” sobre lo tratado en la Confesión. Es evidente que en todo caso, también en el caso de personas detenidas, se tiene que garantizar la libertad de espíritu de quien se confiesa, y hacerlo en un espacio privado.
Surgen entonces varios interrogantes sobre las actuaciones pastorales de Christian Von Wernich: ¿Cómo podía celebrar dignamente el sacramento de la Penitencia con personas secuestradas y torturadas en un centro clandestino de detención?¿Cómo podía confesar a personas encapuchadas, a veces maniatadas, sin bañarse ni comer durante días, cubiertas de sangre, tiradas en el suelo, desesperadas? ¿Buscaba algún espacio privado y decoroso donde el detenido podría sentirse digno y libre? ¿Qué hacía Christian Von Wernich para denunciar a sus superiores las situaciones inhumanas que veía todos los días? ¿Qué hacía el superior para supervisarlo como era su obligación canónica como obispo?
En su propia defensa Von Wernich utiliza el “secreto” de la Confesión para no declarar. Sin embargo según los sobrevivientes su empeño al dar consejos espirituales fue torcer la voluntad de los presos clandestinos, en abierta complicidad con los torturadores. Esta actividad no puede considerarse nunca como asistencia espiritual. Además, si esas personas se confesaban y el sacerdote ahora enjuiciado transmitía a los captores la información obtenida, ¿no estaba transgrediendo el mismo “secreto” que ahora pretende usar en su defensa? Su única declaración en el juicio hasta el momento fue el intento de desacreditar a un testigo revelando supuesta información confidencial recibida de uno de sus feligreses, el condenado torturador ex –comisario Miguel Etchecolatz. Este hecho por sí mismo arroja la sospecha de que Von Wernich no tiene reparos en revelar confidencialidades cuando le conviene.

Conclusiones:
Según las evidencias surgidas de la causa, Christian Von Wernich estuvo presente libremente como sacerdote capellán en varios centros clandestinos donde se practicaban la detención arbitraria y la tortura, y tuvo una interacción fluida con las personas detenidas-desaparecidas allí. No sólo sabía de las ejecuciones ilegales que perpetraba la policía sino que en reuniones informales del clero reivindicaba las “bajas de subversivos” como victorias patrióticas. Lejos de rechazar tales prácticas se hizo partícipe de la tortura al presionar a las víctimas con el fin de que hablasen para no sufrir más. Abusó de la confianza vertida en él por las familias de varias victimas, todas jóvenes, cuando prometió salvar las vidas de sus seres queridos. Inclusive hay informes que lo involucran en extorsiones por dinero. Luego en el momento de producirse la supuesta libertad, los abandonó a su suerte: inmediatamente estos jóvenes fueron nuevamente desaparecidos y presuntamente asesinados por los mismos efectivos de las fuerzas de seguridad a las que él servía como capellán. Sin su activo concurso, graves crímenes como la tortura y el homicidio político no hubieran sido posibles, o por lo menos no se hubieran cometido del modo en que fueron hechos.
Desde el punto de vista de la Iglesia, abdicó de su misión de predicar la doctrina católica de respeto por la vida y la integridad de los detenidos. Abusó sacrílegamente de sus sagradas órdenes, que lo obligaban a cumplir el papel de “Buen Pastor”, y burlándose de su responsabilidad como capellán asumió dolosamente el papel de cómplice necesario en graves crímenes. No hay duda de que Christian Von Wernich al degradar su propia condición sacerdotal comete un sacrilegio, es decir una violación de lo sagrado.

La Responsabilidad de la Iglesia Jerárquica
Lo grave de su caso es que no actuó solo en la Iglesia. Sus superiores eclesiásticos tuvieron una responsabilidad ineludible al no aplicar las claras directivas del derecho canónico correspondiente. Esta complicidad alcanza a algunos obispos destacados de la Iglesia, incluyendo a su propio obispo Mons. Alejo Gilligan, el arzobispo de la Plata Mons. Plaza y su auxiliar Mons. Mario Pichi. Y también es grave que un testigo haya involucrado al entonces superior jesuita y actualmente Cardenal Arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio en el encubrimiento del caso de una familia desaparecida. Paradójicamente Von Wernich quiere aparecer ahora como mártir o víctima de una conspiración contra la Iglesia Católica. La realidad es que la conspiración provino de él y sus superiores eclesiásticos quienes, aprovechando su inserción en importantes estructuras jerárquicas de la Iglesia, conformaron una verdadera asociación ilícita para cometer crímenes contra la libertad, la integridad y la vida de numerosos jóvenes señalados por ellos como subversivos.
El Tribunal Federal de La Plata, lejos de cometer un atropello contra el orden sagrado del acusado o de entrometerse en asuntos internos de la Iglesia, está cumpliendo con su deber de investigar y sancionar crímenes graves en que Von Wernich está involucrado.

¿Por que el silencio de la Iglesia Argentina?
La pregunta que enseguida surge en las parroquias y los colegios católicos es: ¿por qué nuestros obispos no hablan públicamente ni toman ninguna medida disciplinaria contra Von Wernich ? Tal pasividad episcopal a esta altura del juicio penal está llevando a un escandaloso descrédito de la figura del sacerdote en general y de los propios sacramentos de la Iglesia. Basta participar en cualquier diálogo con católicos y otros cristianos de los más diversos ambientes para comprobarlo.
Su superior Mons. Martin de Elizalde, actual obispo de Nueve de Julio, ex abad benedictino de trayectoria intachable, dijo públicamente (30 de julio 2007) que Christian Von Wernich “podría ser suspendido del estado clerical” si es condenado por la justicia. Fundamenta esta posición en que la Iglesia tiene su propio régimen de derecho penal. Cuando un clérigo se ve involucrado en un delito, posteriormente al dictado de la sentencia en el fuero civil se inician los procesos penales en los órganos correspondientes de la Iglesia. Sin embargo, este criterio no siempre ha sido aplicado. En tiempos de la dictadura, el arzobispo de La Plata no permitió a varios sacerdotes (incluyendo al firmante) encarcelados en la Unidad 9 de dicha ciudad concelebrar la Eucaristía y menos vestirnos con ropa clerical.

¿Hasta cuando tenemos que seguir esperando una decisión de los obispos argentinos?
La tardanza de los procesos penales canónicos se hizo tan escandalosa en los casos de juicios por el abuso de menores en países como Canadá y Estados Unidos de América que allí, apenas se formaliza una acusación fundada, se suspende temporalmente a los sacerdotes implicados.¿Por qué en la Argentina no? Aquí, a pesar de la vergüenza y el dolor que sufrimos los católicos desde tiempos de la dictadura tenemos que seguir viendo a Von Wernich disfrutar de todos los privilegios de su estado clerical, incluyendo la celebración de los sacramentos y de la Eucaristía. ¿Los obispos no saben que así están permitiendo una grave afrenta a todo el pueblo de Dios?
Sospecho que la verdadera razón de la negativa de los obispos a hacer pública su palabra o tomar una medida disciplinaria contra Von Wernich no es la lentitud de los procesos canónicos, sino la disposición episcopal a una férrea defensa del cuerpo eclesial. Y, sobre todo, esta actitud de silencio encubre convenientemente la complicidad de varios obispos con crímenes aberrantes ocurridos durante la dictadura. Tales son los casos de Mons. Adolfo Tortolo y los cardenales Raul Primatesta y Juan Carlos Aramburu quienes con sus palabras y aun más con sus acciones apoyaron el actuar de las Fuerzas Armadas durante la dictadura militar incluso con el “vertimiento de sangre” (palabras del Obispo Castrense Victorio Bonamín). No es de extrañarse entonces el comportamiento del padre Von Wernich durante los años de plomo ni tampoco que hoy día los obispos prefieran guardar silencio.
No voy a adelantarme a la sentencia del Tribunal Oral Federal de La Plata y menos convertirme en juez de nadie en su fuero interior. Pero no me cabe ninguna duda de que por sus acciones puestas a la luz en las sesiones publicas, el padre Christian Von Wernich se nos revela como un enorme fraude religioso metido adentro del propio seno de la estructura jerárquica de la Iglesia. Y urge terminar con esta situación. Von Wernich no puede actuar más como “alter Christus” ni en privado ni en publico.¡Por favor! Es tiempo de que los obispos argentinos tomen realmente en serio su misión pastoral y expresen su plena adhesión al magisterio de la Iglesia, expresada hace más de 40 años por el Concilio Vaticano II para condenar a la tortura como un grave atentado contra la vida.

¡No pueden seguir protegiendo a Christian Von Wernich ni ungiéndolo como presbítero!

Buenos Aires, 10 de septiembre 2007

Patrick Rice

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