sábado, 17 de mayo de 2008

Cristina, al otro lado del espejo

Por Tomás Eloy Martínez
Es casi seguro que, como la mayoría de las chicas educadas de clase media, Cristina Kirchner leyó en algún momento de su infancia los dos libros de Alicia , que Lewis Carroll escribió entre 1865 y 1871. No debió de imaginar, sin embargo, que alguna vez podría atravesar los espejos, como Alicia, y mirar la realidad desde el otro lado, donde están al revés las letras, los números y las cosas que pasan.
Aunque Carroll no era un vidente sino un escritor de genio y un maestro de la lógica simbólica, en esas obras previó, hace más de un siglo, algunos de los hechos sorprendentes que pasan ahora en la Argentina. Como sucede desde el principio de los tiempos, la literatura bien leída suele ser la meditación más lúcida sobre los desatinos de la realidad.
Hace apenas ciento sesenta días, la Argentina parecía encaminarse hacia un horizonte de prosperidad, con las tensiones sociales bajo control y un crecimiento económico constante. Sobre la nueva presidenta aún pesaba la sombra de un predecesor diestro en acumular poder y más diestro aún en retenerlo, pero a la vez celoso de no compartirlo con nadie y cerrado a cualquier opinión adversa. Como en el primer libro de Alicia , el ex presidente Néstor Kirchner se mostraba como la autoridad que dicta la sentencia primero y oye el veredicto después.
Cristina, que hizo numerosos viajes al exterior mientras fue candidata a la presidencia, parecía la gobernante adecuada para expandir las fronteras nacionales e instalar a la Argentina en el lugar de importancia mayor que le asignaban su cultura, su economía en expansión y su peso geopolítico. Nada de eso ha pasado.
En el diario El País, de Madrid, una larga nota publicada el 13 de mayo subraya los extremos a los que ha llegado el aislamiento internacional de un país que parece resignado a un destino de languidez. Un ejemplo: es el invitado de honor a la Feria de Francfort de 2010 -una de las vitrinas más privilegiadas para exponer lo que una comunidad ha sido capaz de crear-, y allí donde la India y China se tomaron cinco años para organizar las muestras de su grandeza, en la Argentina no se ha pasado de promesas, conversaciones vagas y trabas burocráticas cuando ya sólo faltan dos años para el acontecimiento.
Las encuestas más rigurosas muestran una declinación sin pausa en la popularidad de la Presidenta y de su predecesor. Cristina atribuye la responsabilidad de esa caída a las malas noticias de los medios adversos, que ponen en segundo plano otros datos importantes para el Gobierno, como la disminución de los índices de pobreza, y suponen que la inflación roza el 25 por ciento cuando los números oficiales afirman que es inferior a 9.
La Presidenta ganó las elecciones con casi 45 por ciento de los votos y con el fuerte deseo colectivo de que le fuera bien. Pero, como sucede con los individuos, también las comunidades se desalientan y se deprimen, y ese desánimo suele reflejarse en encuestas, cuya independencia puede disgustar pero no se discute. A fines de marzo, la imagen positiva de la jefa del gobierno nacional cayó al 36 por ciento. Un mes más tarde, aunque sólo en Capital Federal, la consultora Julio Aurelio averiguó que la imagen negativa de la Presidenta había aumentado de 50 a 67 -17 puntos en un mes-, en tanto que la imagen positiva era de un alarmante 29 por ciento.
Las cifras son frágiles y son sólo espejos de una realidad que se mueve a la velocidad de la luz, pero cerrar los ojos ante ellas o atribuirlas a conspiraciones y campañas de enemigos malintencionados equivaldría a meter la cabeza bajo la tierra para no ver el sol. La Presidenta cree -y así lo repite- que las palabras de los medios de comunicación están desvirtuando lo que pasa y mostrando lo que no se debe. Parece suponer que toda verdad distinta de su verdad equivale a una traición que exige ser castigada. En el segundo libro de Alicia aparece un personaje insólito, Humpty Dumpty. Es tan seguro de sí que podría confundirse con un personaje mayor del gobierno K. En uno de sus diálogos, insiste en que, cuando él usa una palabra, "esa palabra significa exactamente lo que yo decidí que significara. Ni más ni menos". "La cuestión es -responde Alicia- si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas." "La cuestión es -porfía Humpty Dumpty- saber quién es el que manda aquí. Eso es todo."
La cuestión es, sin embargo, cómo se ven las cosas a un lado y otro del espejo: cuándo un provocador es en verdad un defensor de la democracia, cuándo las protestas son conatos de conspiración, cuándo una información verdadera es traición. Y de qué clase de traición se trata: traición a los datos de la realidad o traición a la miríada de significados que tiene cada palabra en el lenguaje de Humpty Dumpty. Ya sabía Carroll que, cuando se avanza en una dirección nada es tan difícil como volver atrás. De los errores hay que saber regresar, pero nadie quiere hacerlo cuando cree que los vientos de la razón soplan de su lado.
La Presidenta ha insistido en todos sus discursos de los últimos días en que trata de consolidar una distribución más justa de la riqueza. El 12 de mayo señaló que, desde octubre hasta marzo, la pobreza bajó del 23,4% al 20,7% y la indigencia del 8,2% al 6%. Todos los diarios reprodujeron esos datos, aunque en este lado del espejo -el lado de la realidad- hay evidencias que los cuestionan. Las cifras del Indec -la oficina que estudia las variaciones en los precios- han perdido credibilidad y ya nadie las lee sin aprensión.
La consultora Equis, de Artemio López, estableció que, entre marzo de 2007 y marzo de 2008, el costo de la canasta básica creció un 30%, a un paso mucho más redoblado que el de los salarios. Se ha comprobado que los hogares con mayores ingresos gastan el 23% de sus consumos en alimentos, en tanto que los más pobres se desprenden del 55%. Si esas proyecciones se mantienen, a fines de este año la pobreza habrá alcanzado el 30% y habrá aumentado así la brecha entre los que tienen más y los que tienen menos. Y la verdadera cara de la injusticia no necesitará ocultarse detrás de números verdaderos o amañados.
En el segundo libro de Alicia , el Unicornio da una ajustada lección de cómo están sucediendo las cosas. Sentada a orillas de un arroyo, la heroína de Carroll debe cortar un pastel. Fracasa una vez y otra. El Unicornio la reconviene entonces: "No sabes cómo se manejan los pasteles del espejo. Primero se los reparte y después se los corta". Cuando Alicia regresa a su lugar con la bandeja vacía, el León -que lo ha observado todo- le dice que ha llegado ya el momento de cortarlo. Cortar la nada. Ver a nadie.
Esa es la imagen, la huella que la Argentina, sumida al otro lado del espejo, está mostrándole a la realidad: la imagen de un país aislado en su ciega suficiencia, empacado en su razón -que es la razón de nadie más-, condenado a tocar el bombo en las plazas y en los caminos no se sabe por qué ni para la gloria de quién. Hace un año se eligió a una presidenta -sólo a una- que prometió un país próspero y orgulloso. Es obligación de la nación entera defender las instituciones que esa presidenta representa, del mismo modo que es obligación de la Presidenta -de ella sola- llevar adelante el mandato a que se comprometió.

Fuente: Diario La Nación

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