sábado, 31 de mayo de 2008

Nélida Rotstein - Nelly Láinez 1920–2008

La risa que nunca pidió permiso. A los 88 años, en la madrugada del 31 de mayo de 2008, se apagó la vida de Nelly Láinez, creadora inolvidable de Isolina y figura esencial del humor argentino. Murió en una clínica del barrio porteño de Mataderos, a causa de una infección urinaria. Con ella se fue mucho más que una actriz: se fue una forma de hacer reír con elegancia, con inteligencia y con una humanidad hoy casi extinguida.
Había nacido el 11 de enero de 1920 en la Ciudad de Buenos Aires como Nélida Rotstein, hija de inmigrantes polacos, en el seno de una familia humilde dedicada a una pequeña mercería. Desde niña estudió piano y danza, pero fue la necesidad económica —y una vocación irrefrenable— la que la empujó tempranamente al mundo artístico. Tras una larga insistencia a su madre, a los doce años se presentó junto a su hermana a una prueba en Radio Porteña, recomendada por un comisario amigo de la familia. Allí, casi de casualidad y no sin resistencia del director, obtuvo unas pocas líneas en Ronda policial (1936): "Adiós, adiós, el barco se va". Ese breve parlamento fue el inicio de una carrera extraordinaria.

La radio fue su gran escuela y su refugio. Trabajó con Olga Casares Pearson, Ángel Walk y bajo la dirección de Armando Discépolo; incursionó incluso en papeles dramáticos y escenas audaces en programas de Narciso Ibáñez Menta. Participó en El otro, en Radioteatro Lux, en Monsieur Canesú junto a Fidel Pintos —con quien forjó una entrañable amistad—, en Ñato Desiderio y, ya consagrada, se convirtió en una voz imprescindible como Amalia Paz, consejera del hogar y del corazón, uno de los consultorios sentimentales más populares del éter argentino.

Reemplazó temporalmente a Eva Duarte en Radio Belgrano y, años después, reconocería que fue ella quien le permitió conservar su trabajo en la radio. Entre 1957 y 1960 encabezó Casino de la alegría, y en Radio El Mundo protagonizó El consultorio de Berta, programa que le valió una nominación al Martín Fierro en la primera edición de los premios, en 1959.

Convocada por Zelmar Gueñol, integró La Cruzada del Buen Humor, luego conocida como Los Cinco Grandes del Buen Humor, grupo con el que trabajó de manera casi ininterrumpida entre 1950 y 1964 y que la catapultó definitivamente a la popularidad.

El cine llegó cuando ya tenía 30 años. Debutó en Fascinación (1949), dirigida por Carlos Schlieper, y pronto se convirtió en una figura imprescindible de la comedia argentina. Filmó cerca de treinta películas y fue encasillada —con inteligencia y coraje— en los papeles de solterona poco agraciada, suegra incisiva o mujer rechazada, roles que transformó en arte puro. Bastaba una ceja, una pausa, una mirada para provocar carcajadas.
Compartió pantalla con Luis Sandrini, Lolita Torres, Osvaldo Miranda, Juan Carlos Altavista, Gogó Andreu, José Marrone, Fidel Pintos, Jorge Porcel y tantos otros. En Suegra último modelo alcanzó uno de los puntos más altos de su carrera, y en los años ochenta fue inolvidable como la madre italiana de Juan Carlos Calabró en Gran valor.

Aunque el teatro nunca fue su territorio favorito —el público en vivo la aterraba—, pasó por escenarios como el Gran Splendid y el Astros, siempre con humor incluso frente a la adversidad: solía decir que, en lugar de convertirse en la "reina de la calle Corrientes", había sido la "reina del Argerich", al ser retirada en ambulancia por problemas de salud.
Su consagración televisiva llegó en 1965 con La Tuerca, hoy considerado el mejor programa humorístico de la historia de la televisión argentina. Durante años, junto a Carmen Vallejo, Vicente Rubino, Tino Pascali, Gogó y Tono Andreu, Rafael Carret, Guido Gorgatti y Julio López, regaló una risa limpia, filosa y profundamente humana. Allí nació Isolina, con sus vestidos floreados, aros exagerados y su frase inolvidable: "¿Qué te pasa, Abelardo? ¿Nunca una ternura, una caricia, una prueba de amor?" Por ese trabajo obtuvo el Martín Fierro en 1973.
El final abrupto del ciclo la sumió en un prolongado silencio laboral y económico. Vendió bienes, premios y recuerdos para sobrevivir. Años después, Antonio Gasalla la rescató del olvido y la integró a El mundo de Antonio Gasalla y El palacio de la risa, donde volvió a brillar y obtuvo dos nuevos Martín Fierro en los años noventa. En 1996 recibió el Premio Podestá a la trayectoria, aunque su frágil salud le impidió asistir a recibirlos.

En lo personal, conoció al amor de su vida tardíamente. En 1968, a los 48 años, recibió una carta de un desconocido de Bahía Blanca: el periodista y escritor Hugo Morales, conocido como Hugo Storni. Tras la muerte de su madre y guiada por una mezcla de dolor, intuición y destino, tomó un tren y fue a buscarlo. Estuvieron juntos 27 años. Se casaron en 1993, después de un cuarto de siglo de convivencia. Hugo murió en 1995. No tuvieron hijos.

Sus últimos años transcurrieron entre problemas de salud, soledad y carencias económicas. Vivió en un geriátrico y luego alternó internaciones. Jamás perdió, sin embargo, el humor. Casi ciega, al igual que su esposo, decidió ponerle a su gato un enorme moño rojo para no pisarlo, ya que se confundía con la alfombra. "Es para distinguirlo", explicó entre risas.

Nelly Láinez murió como vivió: con dignidad silenciosa. Sus restos descansan en el Panteón de la Asociación Argentina de Actores, en el cementerio de la Chacarita.

Fue una actriz histórica, pilar del humor argentino, representante de una época en la que la risa no necesitaba crueldad ni estridencia. Aunque el encasillamiento no siempre le permitió desplegar todo su potencial, su presencia es indeleble.

Nelly Láinez no fue solo una comediante: fue una forma de mirar el mundo y devolverlo, aun en la tristeza, convertido en sonrisa.
Fuentes: Crónica, La Nación y Agencias

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