miércoles, 31 de diciembre de 2025

La oposición de Milei al acuerdo de Telecom y Telefónica dilata una operación clave para Clarín

Telecom y Telefónica han sido los actores dominantes del mercado argentino de las telecomunicaciones desde la privatización de la empresa estatal de telefonía en 1990, durante el Gobierno de Carlos Menem (1989-1999), cuando el país fue dividido en dos regiones para la prestación de los servicios por parte de estas compañías.

A diez meses de concretada la millonaria operación, la compra de la filial argentina del grupo español Telefónica por parte de Telecom Argentina continúa a la espera de una definición por parte del organismo regulador de las telecomunicaciones del país, que analiza si la fusión de ambas compañías configura o no una situación de monopolio.

El próximo 4 de enero vence el plazo para que el Ente Nacional de Comunicaciones (ENaCom) adopte una decisión final sobre la autorización de la compra de Telefónica Móviles Argentina (Movistar) por parte de Telecom Argentina, tras expirar la prórroga dispuesta por el decreto 448/2025.

Según fuentes del sector, la visión del presidente Javier Milei sobre la operación es altamente negativa, tanto desde el punto de vista económico como político. No obstante, para el grupo español la operación es irreversible: Telefónica ya recibió el pago de US$ 1.245 millones, monto que figura desde febrero del año pasado en los balances de la compañía.

La transacción se concretó el 24 de febrero, cuando Telecom Argentina adquirió Telefónica Móviles Argentina (TMA) por 1.245 millones de dólares, de los cuales 1.119 millones fueron abonados en efectivo, luego de descontarse una deuda de 126 millones de dólares que el grupo español mantenía con su filial local.

Tras el anuncio de la operación, el Gobierno dio intervención tanto al ENaCom como a la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia (CNDC) —actualmente Autoridad Nacional de la Competencia— para evaluar si la adquisición implicaba una concentración indebida del mercado.

Fuentes oficiales consultadas por EFE indicaron que, en caso de determinarse la existencia de una posición dominante, Telecom podría verse obligada a ceder o vender activos en uno o más segmentos del negocio.

Como antecedente estructural del mercado, Telecom y Telefónica han concentrado históricamente la mayor parte de los servicios de telecomunicaciones desde la privatización de 1990, lo que constituye uno de los ejes centrales del análisis regulatorio actual.

La compra fue objetada ante el regulador por Claro, filial de América Móvil —propiedad del empresario mexicano Carlos Slim—, y por Telecentro, empresa que presta servicios de internet y televisión paga, ambas competidoras directas de Telecom.

El 21 de marzo, la Secretaría de Industria y Comercio ordenó a Telecom abstenerse de avanzar en la fusión con TMA hasta tanto concluyeran las investigaciones del ENaCom y de Defensa de la Competencia.

Telecom apeló esa decisión y, el 5 de junio, la Justicia suspendió la medida dispuesta por el Gobierno.
 
Objeción oficial
El 19 de junio, la CNDC emitió un informe en el que objetó la operación al advertir “riesgos significativos” para la competencia, al considerar que la fusión elimina a uno de los tres principales operadores de telefonía móvil del país. De concretarse plenamente la operación, el mercado quedaría conformado por Telecom, con una participación del 58 %, y Claro, con el 42 %.

El organismo también alertó sobre la acumulación de espectro radioeléctrico en manos de Telecom, su participación superior al 40 % en telefonía fija en numerosas ciudades, y su posición dominante en los mercados de servicios integrados (telefonía, internet y televisión) y de servicios corporativos.

El 5 de agosto, Telecom presentó su descargo ante la CNDC, rechazó los argumentos del informe y manifestó su disposición a asumir “posibles compromisos que atiendan las preocupaciones” señaladas por la autoridad de competencia.

En el sector se aguardaba un dictamen final inminente; sin embargo, fuentes oficiales indicaron a EFE que “por el momento no hay novedades” respecto de la definición del caso.

En noviembre, en su último estado financiero presentado ante los mercados, Telecom sostuvo que, si bien no puede asegurarse el resultado de la revisión regulatoria, la empresa y sus asesores legales cuentan con “sólidos argumentos para sustentar su posición”.

Telecom Argentina cotiza en las bolsas de Buenos Aires y Nueva York y tiene como principales accionistas a Cablevisión Holding —controlada por el Grupo Clarín— y al fondo Fintech Telecom, del empresario mexicano David Martínez.

Al 30 de septiembre, Telecom contaba con 2,7 millones de líneas de telefonía fija, 20,3 millones de clientes móviles en Argentina y 2,7 millones en Paraguay, 4,1 millones de accesos fijos a internet y 3,4 millones de abonados a servicios de televisión en Argentina, Uruguay y Paraguay.

Por su parte, Telefónica Móviles Argentina registraba 2,1 millones de líneas de telefonía fija, 19,1 millones de clientes móviles, 1,6 millones de accesos fijos a internet y casi 400.000 abonados a servicios de televisión.

Choque político y disputa por el poder en el tramo final de la definición
En el trasfondo del expediente regulatorio, la operación se ha transformado también en un conflicto político de alto voltaje. En el Gobierno de Javier Milei sostienen que la compra se realizó sin la debida intervención del Estado en un sector concesionado y consideran que, más allá de la estructura societaria, el control efectivo de Telecom responde al Grupo Clarín, con el que el Ejecutivo mantiene una relación de fuerte confrontación. En ese marco, fuentes oficiales admiten que la posibilidad de autorizar la fusión, en los términos actuales, es prácticamente nula.
 
Desde el entorno de Telecom, en tanto, argumentan que el análisis de competencia debe contemplar un mercado más amplio, que incluya el ingreso de nuevos actores como la conectividad satelital —con Starlink como principal referencia— y otros servicios digitales, una interpretación que no es compartida por el oficialismo. Así, la definición del ENaCom no solo determinará el futuro de la mayor operación reciente del sector, sino que podría marcar un punto de inflexión en la relación entre el Gobierno y uno de los principales grupos empresarios y mediáticos del país.  

Actualización: El Gobierno prorrogó por tercera vez la intervención del ENaCom
La medida fue oficializada mediante el decreto 938/2025 y extiende el proceso de reorganización del organismo hasta enero de 2027
El Gobierno nacional resolvió prorrogar por tercera vez la intervención del Ente Nacional de Comunicaciones (ENaCom), en el marco del proceso de reordenamiento institucional iniciado en 2024. La decisión fue formalizada a través del decreto 938/2025 y establece que la intervención se extenderá desde el 5 de enero de 2026 hasta el 4 de enero de 2027.

La intervención del ENaCom comenzó en enero de 2024, cuando el Poder Ejecutivo designó a Juan Martín Ozores como interventor del organismo. Desde entonces, la medida ya había sido prorrogada en dos oportunidades, mediante los decretos 675/2024 y 448/2025. Con la nueva normativa, el Gobierno volvió a ratificar a Ozores en el cargo, manteniendo su rango y jerarquía de secretario.

El ENaCom, de carácter autárquico y descentralizado, funciona bajo la órbita de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología de la Jefatura de Gabinete de Ministros.

Los motivos de la nueva prórroga
Según se desprende de los considerandos del decreto, el Ejecutivo justificó la extensión de la intervención en la necesidad de consolidar los avances alcanzados hasta el momento. Entre ellos, se destacan las tareas de relevamiento, análisis y revisión de los procedimientos operativos y sustantivos, que aún se encuentran en desarrollo.

Asimismo, el Gobierno subrayó la importancia de profundizar el reordenamiento administrativo y financiero del Fondo previsto en el artículo 97, inciso f) de la Ley N° 26.522, con el objetivo de transparentar la asignación de recursos y fortalecer los mecanismos de control.

Regularización del sistema y modernización normativa
Otro de los ejes centrales del proceso es la consolidación del trabajo realizado por las comisiones técnicas y grupos especializados, en particular en materia de servicios de comunicación audiovisual. Esto permitirá avanzar en la evaluación de expedientes pendientes, finalizar trámites de adjudicación de licencias y garantizar la continuidad del proceso de regularización de estaciones de radiodifusión y la incorporación de nuevos prestadores.

En paralelo, se avanzó en la revisión integral del Reglamento General del Servicio Universal, con el objetivo de optimizar el uso de los recursos aportados por los licenciatarios de Servicios TIC. Desde el Ejecutivo señalaron que resulta clave implementar plenamente este nuevo esquema para cumplir con los fines para los cuales fue creado.

Finalmente, desde la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología reiteraron que la intervención del ENaCom es una etapa transitoria, pero necesaria, y aseguraron que, una vez concluido el proceso, el organismo continuará cumpliendo su misión de promover comunicaciones de calidad, fomentando la competencia y el equilibrio entre los distintos actores del sector.
Fuentes: Agencia EFE, Señales y Noticias Argentinas

martes, 30 de diciembre de 2025

Empresas millonarias con trabajadores pobres: protesta y marcha contra el Multimedios La Capital

Rosario vivió ayer una ruidosa jornada de protesta y movilización de trabajadores de prensa frente al edificio del Multimedios La Capital, ubicado en Sarmiento al 700, en reclamo de mejoras salariales, pago de deuda de obra social y fin de la precarización laboral. La acción fue encabezada por el Sindicato de Prensa Rosario (SPR) y contó con la participación de periodistas y empleados de distintos medios de la ciudad.

Bajo la consigna "Empresas millonarias con trabajadores pobres", el sindicato puso el foco en la aparente desproporción entre las inversiones millonarias del grupo y la situación de los trabajadores. Mientras el multimedios expande su imperio mediático hacia Bariloche, Tucumán, Salta, Bahía Blanca, Córdoba, Santa Fe y Capital Federal, y destina más de 140 millones de pesos en reformas edilicias y nuevos estudios de streaming con La Capital+, los empleados reclaman un bono que apenas representa 20 millones de pesos.

Durante la protesta, el secretario general del SPR, Edgardo Carmona, denunció que los dueños del grupo —a través de su holding GSS Group, encabezado por Gustavo Santiago Scaglione— priorizan la acumulación patrimonial por sobre los derechos de los trabajadores. "Estos muchachos utilizan los medios para crecer patrimonialmente, pero tienen a sus trabajadores precarizados y con servicios de obra social resentidos por falta de pagos", afirmó Carmona, quien destacó además la reciente compra de Telefe por 100 millones de dólares como ejemplo de la contradicción financiera de la empresa frente a los reclamos de los empleados.
Reclamos y denuncias de los trabajadores
Carmona subrayó la situación de precariedad que viven los empleados y la negativa de la empresa a atender sus pedidos. Señaló además que el conflicto se arrastra desde hace tiempo. Aseguró que mantuvieron reuniones permanentes con la empresa, aunque —según denunció— siempre recibieron la misma respuesta: una actitud sobradora y propuestas que consideró inaceptables. En ese marco, remarcó que el 30 de diciembre, "una fecha nada casual", los trabajadores decidieron iniciar un plan de lucha.

Sostuvo que no abandonarán la pelea hasta que se les reintegre "el último peso" que, afirmó, les fue quitado de manera sistemática. Denunció que más de 300 trabajadores sufren descuentos mensuales que nunca son devueltos, mientras la empresa —según indicó— destina más de 100 millones de dólares a inversiones como la compra de Telefe.

Carmona rechazó el discurso empresarial que promete crecimiento en beneficio de los empleados y lo calificó de falso. "Este es el futuro que nos proponen, y le decimos que no", afirmó, al tiempo que llamó a cada trabajador a defender su puesto laboral y el futuro de sus familias. Cerró su intervención agradeciendo el acompañamiento y reiterando la denuncia de robo salarial.

El dirigente sindical detalló además las cuantiosas inversiones del grupo: más de 80 millones de pesos en la instalación de La Capital+ y el streaming de LT8, y más de 60 millones en la mudanza administrativa al Palacio Minetti, antiguo edificio de Canal 3. "Tienen empresas millonarias con trabajadores pobres y precarizados", remarcó Carmona, haciendo referencia también a la participación del multimedios en la adquisición de Vicentin, ahora rebautizada como Nueva Vicentin Argentina.
Entre los principales reclamos de los trabajadores se destacan:
  • Pago de un bono de fin de año y recomposición salarial.
  • Cancelación de la deuda con la obra social y el sindicato, que supera los 600 millones de pesos.
  • Cese de la precarización laboral, que afecta tanto a periodistas como a empleados administrativos.
  • Respeto a la libertad de expresión, frente a denuncias de censura y condicionamiento editorial.
Una protesta con color y música
La protesta incluyó la instalación de una caja gigante de colores navideños con la leyenda "Feliz año, con la caja no alcanza", acompañada por una volanteada para visibilizar los reclamos. La murga que acompañó la acción aportó ritmo y color a la jornada, mientras Carmona y otros dirigentes explicaban al público los motivos de la movilización y la situación crítica de los trabajadores.

Carmona afirmó con firmeza: "No pedimos limosnas, queremos que nos devuelvan nuestra plata. La empresa cree que los trabajadores tienen temor y que vamos a soportar condiciones indignas, pero estamos dispuestos a defender nuestro salario, nuestros derechos y nuestra obra social".
Marcha por la peatonal Córdoba
Tras la concentración frente a La Capital, los trabajadores marcharon por la peatonal Córdoba hasta la Bolsa de Comercio, en Paraguay al 700, donde reafirmaron los reclamos y denunciaron la continuidad de reuniones infructuosas con la empresa durante más de un año. La recorrida finalizó en San Martín y Santa Fe, con un simbólico brindis con agua, un gesto que unió a los trabajadores en la defensa de sus derechos laborales.

Durante la movilización también se desplegó una bandera en rechazo a la reforma laboral y a la derogación de los estatutos del periodista y del empleado administrativo, proyecto impulsado por el gobierno de Javier Milei, cuya discusión en el Senado se prevé para febrero de 2026. Los trabajadores alertaron que la aprobación de la reforma representaría un retroceso significativo en materia de derechos laborales y sociales.

La jornada dejó en evidencia la tensión existente entre los trabajadores de prensa y el Multimedios La Capital, y expuso la profunda desigualdad entre las millonarias inversiones empresariales y las necesidades básicas del personal. Con firmeza y organización, los trabajadores dejaron claro que no aceptarán condiciones de precariedad y que el plan de lucha continuará hasta ver restituidos sus derechos.
El silencio mediático y la concentración de medios

La protesta y la marcha de las y los trabajadores de prensa no tuvieron cobertura en la gran mayoría de los medios locales. Solo los portales Conclusión y Redacción Rosario marcaron presencia, mientras que el resto del ecosistema mediático local permaneció en silencio. Habrá que esperar si el sábado, medios como Suma Política informan sobre el conflicto.

El silencio no es casual: refleja la concentración de propiedad de los medios en Rosario. El Tres TV, Telefe Rosario, Radio 2, LT8, FM Vida, Frecuencia Plus, Estación del Siglo, La Red Rosario, La Capital y Rosario3 pertenecen al mismo conglomerado, lo que hace previsible que no informen sobre conflictos que involucran a sus propios dueños. La centenaria LT3 tampoco lo menciona; su propietaria, Alpha Media, aún no pagó en su totalidad los sueldos a sus trabajadores y trabajadoras.

Otros medios locales, además de permanecer en silencio, también precarizan a sus trabajadores: RosarioI12, del grupo de Víctor Santa María, arrastra conflictos laborales internos que limitan la visibilización de estas luchas gremiales; los hermanos Vignati (Roberto, María Isabel, Julián, Gabriel y María Eugenia), de RosarioPlus y Radio Sí, tampoco dieron cobertura; y el portal RosarioNuestro.com (Marcelo Diego González), el canal de streaming Vorly TV y la página web Versión Rosario (Orlando Vignatti) tampoco mostraron interés en cubrir la protesta.

En el ámbito del cable, la señal Somos Noticias Rosario pertenece a Personal, del Grupo Clarín y con Scaglione comparten las juntas directivas de Asociación de Teleradiodifusoras Argentinas y Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas . Express levantó su señal local tras la eliminación de regulaciones que obligaban a las operadoras a incluir canales de noticias locales en sus grillas, durante la gestión de Javier Milei. Radio Nacional Rosario depende en gran medida de decisiones editoriales de Buenos Aires, aunque los compañeros y compañeras de la emisora intentarán cuando pueden reflejar estas protestas.

Mientras los trabajadores protestan y sufren precariedad, el poder político y mediático brilla en portada

Déborah de Urieta despedida de Diputados TV: repudios y tensiones en la señal pública

Déborah de Urieta con Mauricio Cantando en DiputadosTV

La periodista Déborah de Urieta, con larga trayectoria en la cobertura parlamentaria, fue informada este lunes que no le renovarán el contrato en Diputados TV luego de seis años de trabajo. La decisión, recibida mediante un mensaje de WhatsApp que se borra automáticamente, se produjo al término de su último programa, impidiéndole despedirse de sus compañeros al aire.

En sus redes, Déborah relató el episodio: "¡Después de 6 años no me renuevan en diputados TV! ¿Será porque soy 'militante' (no sé de qué) o 'tiro fruta', como dijeron las autoridades de la Cámara?

Me hubiera gustado que me avisen antes de que termine mi último programa, así me despedía de mis compañeros. Pero esperaron a que terminara y me mandaron un audio, esos que se borran, para decirme que no me renovaban.

En fin, el fin de una etapa. La pasé súper con mis compañeros. Seguiré haciendo periodismo en otros medios donde trabajo pero, sobre todo, en Tw, que es lo que más le 'molesta' a LLA". (¿Estará brindando el diputado de LLA que pidió mi renuncia después de una entrevista?)

Déborah profundizó sobre las circunstancias de su despido y el contexto de la señal:Déborah de Urieta aclaró que su desvinculación de Diputados TV no debe interpretarse como una crítica hacia sus compañeros de trabajo. "Quiero dejar en claro que los colegas que continúan en el canal son excelentes profesionales y personas. No es que les hayan renovado por obsecuentes ni nada parecido: son, por lejos, quienes más saben del Congreso", señaló. También afirmó comprender las reglas laborales del medio: "Puede no gustarles mi trabajo y pueden no renovarme el contrato. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo son los modos".

En ese sentido, explicó que durante semanas consultó en reiteradas oportunidades si su contrato sería renovado, sin obtener respuestas. "Esperaron a que terminara mi participación en el programa y recién entonces, mediante un audio de WhatsApp de los que se borran, me dijeron que no me renovaban. Yo había preguntado una vez más antes de salir al aire porque quería saber si debía despedirme o no", relató. Pese a la situación, envió un mensaje de agradecimiento: "Un abrazo a mis colegas y al equipo de DTV. Aprendí mucho de todos".

La periodista también rechazó de plano las acusaciones que, según contó, circularon para justificar su exclusión. "No soy militante. Para ellos, criticar, cuestionar o alertar sobre presuntos casos de corrupción te convierte en militante, pero nunca me dicen de qué partido. No milito, nunca milité ni militaré en ningún partido. El insulto que usaron fue 'militante y tira fruta'", afirmó.

En una entrevista posterior, De Urieta relató un episodio ocurrido en el Congreso con el propio presidente de la Cámara de Diputados. "Me lo crucé en el Senado, lo saludé, y me dijo: ‘vos estás muy militante’. Le pregunté '¿militante de qué?', y me respondió 'como Fabián Waldman'", contó, en referencia al periodista que no fue renovado por Diputados TV el año anterior. "Yo le dije que no milito, que informo con datos. Él respondió ‘vos tirás fruta’. Para un periodista, eso es un insulto: significa que mentís, que operás o que no sabés".

Según su testimonio, tras ese cruce escribió al responsable de renovar o no los contratos del canal para contarle lo ocurrido, pero dejó de recibir respuestas. "El lunes siguiente me llegó el mensaje que se borra: después de seis años, no me renovaban", explicó. También sostuvo que uno de los motivos de incomodidad con su trabajo fue su actividad en redes sociales: "Todos los meses publico cuánto poder adquisitivo pierden los trabajadores del Congreso. La motosierra no pasa por los ñoquis, pasa por los trabajadores. En estos años se fue mucha gente muy formada, técnica, que labura muy bien. Eso, sinceramente, es lo que más me duele".

Finalmente, De Urieta aclaró que su salida de Diputados TV no implica que deje de cubrir la actividad parlamentaria. "Que no me hayan renovado en DTV no quiere decir que deje de ser periodista acreditada en el Congreso. Voy a seguir cubriendo para los otros medios en los que trabajo. Lo aclaro porque muchos pensaron que me iba del Congreso, y no es así", remarcó.

La desvinculación de la periodista se suma a una serie de tensiones entre la prensa acreditada y la actual gestión de la Cámara de Diputados, presidida por Martín Menem, en un contexto en el que el funcionamiento de los medios institucionales es objeto de denuncias por recortes, vaciamiento y presunto sesgo ideológico.

Cambios y despidos en Diputados TV
El despido de Déborah de Urieta se enmarca en una serie de transformaciones y tensiones en la señal oficial de la Cámara Baja. Uno de los cambios más drásticos se produjo con la llegada de Jonatan Arioli como director de Diputados TV, bajo la conducción de Martín Menem. A fines de 2023 y principios de 2024, se decidió no renovar la mayoría de los contratos de trabajadores esenciales del canal —productores, maquilladores, camarógrafos y técnicos— cuyos vínculos habían vencido el 31 de diciembre, provocando una reducción considerable de personal y múltiples despidos.

Esa medida fue el paso previo a una reconfiguración del canal, que dejó de emitirse por televisión tradicional para transmitirse únicamente por YouTube, decisión que generó fuertes críticas por limitar el acceso ciudadano a la información parlamentaria. Según contamos en Señales, la transformación contravino la resolución de la Cámara de Diputados de 2006, que establecía que la señal debía transmitirse por aire, cable, Internet y otros medios para cubrir todo el país. El cierre de espacios tradicionales implicó una merma significativa en la disponibilidad del servicio para amplios sectores de la población.

En paralelo a los recortes de personal y al cambio en la forma de transmisión, la señal oficial se vio envuelta en episodios de censura e intervención editorial directa. Por ejemplo, durante una transmisión en vivo de una comisión clave, la periodista acreditada Laura Serra fue interrumpida y se le indicó por auricular que no continuara hablando de la Comisión de Juicio Político, interpretado por colegas y opositores como un intento de censura. Asimismo, otros periodistas, como Fabián Waldman, denunciaron presiones internas y decisiones de la dirección del canal que limitaron su continuidad laboral.

Reacciones de apoyo
El despido de Déborah generó un amplio respaldo en redes sociales y entre legisladores de distintos bloques:
Jairo Straccia, su compañero en "Buenas tardes China", escribió: "A algunos no les gustan las preguntas, las repreguntas, el periodismo profesional y menos la independencia. Aguante @ddeurieta". Y finalizó: "Cuando quieras hablamos al aire @MenemMartin".

Nicolás del Caño, legislador del Frente de Izquierda: "Toda nuestra solidaridad Déborah".

Christian Castillo, diputado de la Provincia de Buenos Aires: "Toda la solidaridad Déborah ante este despido discriminatorio".

Agustín Rossi, diputado peronista, planteó: "¿Dónde queda la libertad de expresión? En @DiputadosTV sacan del aire a una de las mejores periodistas parlamentarias que tiene el Congreso de la Nación. Solidaridad total con @ddeurieta ante esta decisión arbitraria".

Maxi Ferraro, ex diputado: "Banco a la corajuda de @ddeurieta. En tiempos en los que muchos callan, Déborah se anima a preguntar, repreguntar, publicar y pensar; y eso ya es un acto de valentía. Vaya mi reconocimiento a su calidad profesional y mi solidaridad".

Daniel Lipovetzky, ex diputado, escribió: "Toda mi solidaridad con @ddeurieta! Esto demuestra que no defienden ninguna libertad y menos la libertad de expresión. Por suerte la vamos a seguir teniendo en el Congreso como periodista parlamentaria".

Karina Banfi, diputada provincial: "Déborah, te vi crecer. Te consolidaste como periodista parlamentaria, una especialidad que te destaca. Defiendo con todo que sigas interpelando a la política del Parlamento".

Pablo Juliano, legislador radical: "La sacan con un audio que se borra, imagínate que van a hacer con la reforma laboral. Toda mi solidaridad y respeto".

Marcela Pagano, ex diputada libertaria: "Una periodista que incomoda (a todos). Otra periodista en una lista negra. Felicitaciones @ddeurieta, te echan porque no te pudieron comprar!"

El despido de Déborah refleja una tensión creciente entre la prensa acreditada y la actual gestión de Diputados TV, en un momento en que la independencia periodística y el acceso a la información se encuentran bajo presión. La profesional continuará ejerciendo el periodismo parlamentario tanto en medios tradicionales como en redes sociales, manteniendo activa su cobertura parlamentaria.

Alerta y movilización del Sindicato de Prensa Rosario frente al intento de aniquilar derechos laborales

Frente al proyecto precarizador de reforma laboral y derogación del Estatuto del periodista profesional y del empleado administrativo de empresas periodísticas, la asamblea general de trabajadores del Sindicato de Prensa Rosario, reunida ayer en amplia convocatoria en la sede de Pichincha resolvió:
  • Declarar al gremio de Prensa en estado de alerta y movilización.
  • Continuar y profundizar acciones conjuntas con los gremios de prensa de todo el país.
  • Reunirse con legisladores nacionales representantes de Santa Fe para explicar la postura de las y los periodistas frente al proyecto que aniquila derechos laborales.
  • Difundir a toda la sociedad cómo la derogación del estatuto del periodista es un ataque directo a la libertad de expresión y el derecho a la información.
  • Participar en unidad de las actividades que propongan la CGT local y la CTA T y adherir al paro y movilización propuesto por la CGT Nacional para febrero cuando se discuta el proyecto del oficialismo.
La Asamblea resaltó que con organización y unidad es posible detener esta destrucción planificada de los derechos de la clase trabajadora, de sus organizaciones sindicales, del funcionamiento de las obras sociales, de la sostenibilidad de medios cooperativos y comunitarios y del derecho a la información.

En un detallado informe, las abogadas del gremio Rita Frenquelli y Florencia Sanjulián destacaron que el proyecto llamado de "modernización laboral" supone un retroceso en materia de derechos; la derogación de los estatutos del Periodista Profesional y del Empleado Administrativo de Empresas Periodísticas (Ley 12.908 y 12.921), vigentes desde hace 80 años, no sólo afecta directamente a los trabajadores de prensa, sino que compromete la libertad de expresión y el derecho a la información de toda la sociedad.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Cuando la política deja de escuchar: Rosario, el Concejo y la batalla por lo colectivo

Con una trayectoria forjada en la salud pública y hoy desde el Concejo Municipal, Leonardo Caruana, concejal del Frente Amplio por la Soberanía, analiza en Señales la ruptura de la mayoría automática, el armado de un interbloque transversal y los límites de una política cada vez más burocratizada. A partir de ese escenario, traza un diagnóstico profundo sobre la degradación de los procesos participativos, el avance de discursos individualistas y el vaciamiento del debate político. Urbanismo, salud, participación ciudadana, antipolítica y el legado de Hermes Binner se entrelazan en una crónica que expone las tensiones de una ciudad sin proyecto a largo plazo y la necesidad de volver a discutir el "hacia dónde"
El fin de la mayoría automática y un Concejo reconfigurado
El rumor comenzó a circular desde Buenos Aires y rápidamente encontró eco en Rosario: un medio nacional aseguraba que se estaba armando un interbloque peronista en el Concejo Municipal y que Leonardo Caruana sería parte de esa nueva configuración. La pregunta, entonces, era inevitable. ¿Cómo explicar eso a la ciudadanía? ¿Era realmente así?

Caruana, parte de un diagnóstico más amplio antes de entrar en las etiquetas. Para él, lo primero que cambió fue la fisonomía misma del Concejo. La mayoría automática con la que contó el oficialismo durante años terminó y dio paso a una composición más diversa, donde La Libertad Avanza emergió con fuerza y pasó a tener seis concejales. Aunque uno de ellos funcione como monobloque, en los hechos actúan como un conjunto de seis voluntades.

En ese nuevo escenario, explica, el Frente Amplio por la Soberanía no llegó de improviso a un entendimiento con otros espacios. Desde hace tiempo, en proyectos estratégicos, venían votando de manera muy similar con el bloque de Fernanda Gigliani, de Iniciativa Popular; con Norma López, de Comunidad; con sectores del Movimiento Evita y con Ciudad Futura. No en todo coincidieron, aclara, pero sí en iniciativas clave para la ciudad.

Un interbloque transversal: acuerdos políticos sin licuarse
A partir de ese recorrido compartido se abrió una instancia de diálogo que no tuvo como único objetivo —ni como principal— la conformación de un bloque peronista clásico. Caruana insiste en que se trata de algo más transversal. Tanto Iniciativa Popular como el Frente Amplio por la Soberanía provienen de tradiciones políticas distintas, pero con amplios puntos de acuerdo. De ese intercambio surgió la decisión de transformar los monobloques en un interbloque que hoy se consolida como la segunda minoría del Concejo.

La jugada no es solo simbólica. Cambia, dice, la forma de dialogar con la estructura institucional del Concejo y con el resto de las fuerzas políticas. Al mismo tiempo, preserva la autonomía de cada bloque: no se trata de "licuarse" en una voz única, sino de sostener posicionamientos propios dentro de una estrategia común de gobernabilidad legislativa. Esa nueva correlación de fuerzas permitió algo que, como monobloque, le había resultado casi imposible durante dos años en un contexto de mayoría automática: acceder a espacios reales de discusión y capacidad de incidencia.

El acuerdo legislativo derivó en responsabilidades concretas. El interbloque obtuvo la presidencia de la Comisión de Salud, la vicepresidencia de Gobierno, la presidencia de la Comisión de Feminismos y Derechos Humanos, la vicepresidencia de Producción y la vicepresidencia primera del Concejo, que ocupará Norma López, acompañando a la presidenta María Eugenia Schmuck. Desde allí, el objetivo —plantea Caruana— es sostener un diálogo político basado en la defensa de las políticas públicas, el estudio serio de los problemas y la construcción de una ciudad más igual.

Ese posicionamiento también atraviesa su mirada sobre la gestión del intendente Pablo Javkin. Caruana habla con una doble perspectiva: fue parte del primer período de gobierno, atravesado casi por completo por la pandemia, un hecho excepcional que —reconoce— condicionó de manera extrema a todos los ejecutivos, más allá de los límites de cada ciudad. Ese tiempo, dice, merece un paréntesis analítico.
Gobernar sin discutir: límites de una política burocratizada
La crítica aparece con más fuerza en los años posteriores. Señala que su espacio acompañó cuando consideró necesario hacerlo, pero también marcó diferencias. A su entender, la combinación de mayoría automática y la velocidad con la que el Ejecutivo envió proyectos estructurales al Concejo redujo al mínimo los márgenes de discusión. En iniciativas de fuerte impacto urbano, como los cambios de altura y los proyectos de torres, Caruana sostiene que se perdió la oportunidad de construir consensos más amplios. No se trata —aclara— de decisiones coyunturales: modificar la identidad de los barrios implica transformaciones profundas y duraderas.

Desde esa perspectiva, observa un proceso de involución en materia de participación social. No responsabiliza solo a Javkin. Habla de una "clave de época" que atraviesa gobiernos y gestiones. Incluso al revisar los treinta años del Frente Progresista, advierte que, con el tiempo, se fue deteriorando una tradición participativa que había tenido hitos como el presupuesto participativo, los concejos barriales o las mesas territoriales.

Del Estado participativo a la lógica de gerencia
Hoy, describe, predominan lógicas de gerencia y administración, con propuestas verticales que se definen en la cúspide del poder. Esa forma de concebir el Estado no solo reduce la participación de vecinos y organizaciones, sino que también se replica hacia adentro del propio municipio, debilitando los procesos participativos dentro de las secretarías y los equipos de trabajo.

Caruana menciona, incluso, ciertos exabruptos y reacciones desmedidas que, a su juicio, responden más a un clima provincial y nacional que a situaciones puntuales. Desde su banca, dice, fueron críticos de esa lógica y promovieron iniciativas para revertirla: que los cambios en la identidad de los barrios se discutan con los vecinos, que haya votaciones vinculantes, que la participación no sea decorativa. Esos proyectos, admite, no tuvieron siquiera la posibilidad de ser incorporados.

Lo mismo ocurrió —señala— con la ordenanza de autonomía municipal. Allí, cree, se podría haber avanzado desde el inicio en mecanismos participativos de cara a la futura convención estatuyente: participación vecinal en grandes desarrollos inmobiliarios, no regresividad en materia de espacios verdes, debates verdaderamente vinculantes. En lugar de eso, predominan audiencias públicas y jornadas en el Concejo que muchas veces funcionan como espacios de catarsis: las organizaciones conocen los problemas, los exponen, pero luego no ven traducidas esas discusiones en políticas concretas.

En ese marco crítico, Caruana reconoce también aspectos positivos. La ciudad atravesó un período de violencia extrema y, en comparación, hoy existe una mejora relativa en ese indicador. Sin embargo, advierte que las condiciones estructurales de pobreza y desigualdad en los barrios siguen prácticamente intactas. Puede haber un clima distinto, mayor circulación en el espacio público —algo que los propios vecinos reconocen—, pero persisten enormes dificultades en el acceso a servicios básicos, incluso al agua. Rosario, subraya, no es una isla: está profundamente condicionada por las políticas provinciales y nacionales.

Un modelo de ciudad en disputa
Detrás de todo eso, para Caruana, hay un modelo de ciudad en disputa que nunca termina de explicitarse. Observa que hoy los grandes desarrolladores y las grandes empresas tienen más capacidad de incidir en el "hacia dónde" que los espacios de debate colectivo. Instituciones como el Consejo Económico y Social, los foros ciudadanos o los colegios profesionales —de arquitectos, entre otros— existen, pero se han vaciado de contenido. Funcionan, dice, como ámbitos decorativos, sin verdadera incidencia en las decisiones estratégicas.

Cuando esos espacios pierden peso quienes concentran mayor poder económico pasan a definir el rumbo. Rosario supo apostar fuerte a la descentralización, con centros municipales de distrito como eje de la presencia estatal en los territorios. Hoy esos edificios están cerrados por las tardes, sin actividad ni participación. No se trata tanto de un retiro del Estado, reflexiona, sino de una transformación en la manera de concebirlo.

Salud, educación y el legado de un sistema integrado
La situación se replica en áreas sensibles como la salud y la educación. Caruana distingue entre centros de salud municipales y provinciales, una diferencia que los propios vecinos marcan en cada barrio. Recuerda que solo durante el gobierno de Hermes Binner en la provincia se avanzó con fuerza hacia una salud pública integrada. Hoy, en cambio, los centros provinciales acumulan reclamos por infraestructura, falta de agua y medicamentos, mientras que los municipales están desbordados, con largas listas de espera. La gente acude donde percibe mayor acceso, pero esa misma dinámica termina deteriorando el sistema.

La escuela y el centro de salud —subraya— son de las pocas instituciones que sostienen una presencia cotidiana extendida, desde la mañana hasta bien entrada la tarde. El resto de los dispositivos territoriales fue perdiendo intensidad. La centralización de las políticas genera soledad en los equipos, intervenciones fragmentadas en programas y respuestas que, aunque valiosas, resultan insuficientes frente a la magnitud del deterioro social.

Caruana reconoce iniciativas provinciales orientadas a jóvenes como el Nueva Oportunidad, pero insiste en que hace falta mayor masividad e intensidad. Las brechas entre los territorios y el centro de la ciudad son cada vez más profundas. Y es en ese escenario, complejo y desigual, donde el nuevo interbloque busca pararse: no como una uniformidad forzada, sino como una herramienta política para disputar sentidos, participación y modelo de ciudad desde el Concejo Municipal. En la mirada de Caruana, el deterioro de la participación no es un fenómeno aislado ni reciente. 

El vaciamiento de lo colectivo en la vida cotidiana
Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, ese vaciamiento atraviesa múltiples niveles de la vida cotidiana. Se percibe en los consorcios, en las cooperadoras escolares, en los espacios comunitarios más básicos. Caruana lo vincula con un clima de época más amplio, atravesado por el peso de las redes sociales y por una creciente exaltación de lo individual. El gobierno nacional actual, sostiene, no surge de la nada: expresa una idea extendida según la cual los problemas siempre los debe resolver otro, mientras cada persona se concibe a sí misma como ajena al proceso colectivo, sin nada para aportar y sin necesidad de dialogar.

Recuperar la participación, pero no de cualquier modo
Frente a eso, insiste en la necesidad de recuperar la cercanía y la participación, pero advierte que no se trata de cualquier participación. No la instrumental, no la que se limita a ofrecer dos proyectos cerrados para que los vecinos elijan entre opciones ya definidas. Lo que propone es algo más profundo y complejo: la construcción compartida de los problemas. Un trabajo lento, artesanal, que exige tiempo, intensidad y, sobre todo, una mirada interdisciplinaria.

No alcanza con una sola perspectiva. Hace falta convocar a sociólogos, antropólogos, comunicadores, trabajadores sociales, especialistas en salud mental. Un verdadero rediseño de la forma en que el Estado se vincula con la sociedad.

La degradación del debate político
Caruana cree que este debate es ineludible. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de seguir un modelo cuyos efectos ya están a la vista. Lo percibió con claridad en la primera sesión del Concejo Municipal tras el recambio de autoridades y la nueva composición política, con la incorporación de La Libertad Avanza. En ese ámbito —describe— muchas veces predominan la descalificación, la degradación y el intento de anular al otro por sus ideas.

La conversación, la discusión argumentada, el diálogo genuino parecen haber sido desplazados. "Eso es lo que nos han robado", plantea, y sostiene que recuperarlo hoy es más difícil, pero también más urgente.

En ese contexto se inscribe, para él, la conformación del interbloque y las decisiones que se tomaron para ganar peso institucional dentro del Concejo. Caruana no niega la dimensión táctica de esas aproximaciones: reconoce que todas las fuerzas políticas involucradas tienen interés en el gobierno de la ciudad. Pero aclara que la discusión va más allá de una estrategia parlamentaria.

Si bien considera necesario repensar ordenanzas, aprovechar la autonomía municipal y revisar el enorme entramado legislativo acumulado, cree que el momento exige algo más profundo: acuerdos políticos que permitan discutir la gobernabilidad de Rosario y cómo se gobierna una ciudad atravesada por desigualdades tan marcadas.

Desde su perspectiva, las transformaciones estructurales que realmente pueden cambiarle la vida a los vecinos no pasan por seguir produciendo ordenanzas desde el Concejo. Muchas ya existen y no se cumplen. Permanecen archivadas en los cajones de los funcionarios. La clave, entonces, no es legislar más, sino hacer efectivas las normas vigentes y abrir una discusión estratégica sobre el rumbo de la ciudad. Ese horizonte, dice, es el que empieza a jugarse en los próximos dos años.
El fin de la mayoría automática y la necesidad de diálogo
La posibilidad de un diálogo real entre oficialismo y oposición, admite, estuvo limitada durante mucho tiempo. La mayoría automática hacía innecesaria la negociación y la escucha. Salvo excepciones puntuales, la discusión profunda no era parte del funcionamiento cotidiano del Concejo.

Caruana rescata, como ejemplo distinto, el debate en torno a la nocturnidad. A partir de un proyecto pensado inicialmente desde una sola dimensión, se logró incorporar —con el aporte de distintas fuerzas políticas— la problemática de los espacios culturales independientes y una mirada más integral sobre la noche en la ciudad. No se trató solo de regular un sector específico, sino de ampliar el enfoque para no excluir a determinados grupos de la población.

Ese tipo de procesos, reconoce, no fueron la regla. Fueron casos aislados. En la mayoría de las iniciativas no existió una dinámica participativa real. Sin embargo, cree que la nueva correlación de fuerzas dentro del Concejo obliga ahora a dar esa discusión. La ecuación política cambió y, con ella, la necesidad de diálogo.

Urbanismo, salud y derecho al sol
La cuestión urbana aparece como uno de los ejes donde esas tensiones se vuelven más visibles. Caruana suele repetir una frase que resume su mirada sanitaria y territorial: "Donde entra el sol, no entra el médico". Para él, el urbanismo no es un tema técnico separado de la salud pública, sino un componente central.

Durante todo el último año —y asegura que lo seguirá haciendo— su espacio insistió en esta relación. Fueron, señala, la única fuerza política que presentó una ordenanza alternativa a la de autonomía municipal, incorporando estas perspectivas, y el oficialismo se comprometió a tomarla como insumo.

Planificar, sostiene, no puede reducirse a votar excepciones* cada quince días ni a modificar permanentemente la identidad de los barrios. La planificación implica pensar el mediano y largo plazo, abordar los problemas de manera integral e incorporar la voz de los vecinos.

Cuando una casa con patio y acceso al sol es reemplazada por una torre de veinte o treinta pisos, no solo cambia el paisaje urbano: se transforma la vida de quienes eligieron vivir allí, los vínculos que construyeron, el hábitat social que se había conformado. No es una modificación sin consecuencias.

Aclara que no se trata de oponerse a la altura ni a la modernización, sino de discutir cómo y con quiénes se decide. Para eso, insiste, deben participar los colegios profesionales, como el de Arquitectos, las organizaciones ambientalistas y los vecinos. La experiencia de otras ciudades —en Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires y también en Europa— muestra que la pérdida de espacios verdes y la impermeabilización del suelo generan efectos irreversibles. Frente a fenómenos climáticos cada vez más frecuentes, esas decisiones urbanas tienen impactos directos sobre la vida y la salud de la población.

Desde esa concepción, Caruana propone una mirada integral de la salud, que excede largamente la existencia de hospitales, centros de atención o medicamentos. La salud colectiva, explica, incluye el acceso al hábitat, a los bienes culturales, a los espacios verdes, al sol, a una alimentación sana y agroecológica.

Por eso sus proyectos tienden puentes entre soberanía alimentaria, derecho al sol, participación vecinal y ambiente. Todo forma parte de un mismo modo de habitar la ciudad y de "andar en la vida", como lo define.

Un Concejo distante de la ciudadanía
La crítica se extiende también al funcionamiento del propio Concejo Municipal. Desde afuera, se percibe como un ámbito cerrado, que sesiona cada quince días, con transmisiones seguidas por muy pocas personas. En muchas ocasiones, se votan decenas de proyectos en cuestión de minutos, sin que quede claro de qué se trata cada uno. Esa dinámica refuerza la sensación de exclusión y distancia.

Caruana no se desmarca de esa observación. El Concejo, dice, no es una isla: forma parte de un proceso más amplio de degradación institucional. Así como se discute cómo transformar un centro de salud, un polideportivo o un club barrial para garantizar acceso y equidad, el propio Concejo debería repensarse y no quedar indemne frente a los cambios sociales.

Las sesiones plenarias, explica, son apenas la culminación de discusiones que se dan —o no— en las comisiones. Algunas funcionan de manera más abierta, con audiencias y participación ciudadana. Otras, no tanto. En comisiones como Ecología o Salud, recuerda, los debates fueron intensos, densos, incluso acalorados.

Para él, eso no debería verse como algo negativo. Al contrario: un espacio donde solo se leen expedientes y no hay diferencias explícitas es un ámbito estéril. Prefiere el conflicto argumentado, la discusión franca, aunque resulte incómoda.

Ese mismo fenómeno, sostiene, atraviesa a la política en general. La falta de debate real también explica el alejamiento entre dirigentes y vecinos. Muchas veces, cuando surgen diferencias en los barrios, el Estado responde con presentaciones cerradas, con un PowerPoint que muestra lo que ya decidió hacer.

Pero los vecinos quieren otra cosa: ser parte de la definición. Esa tensión, concluye Caruana, se reproduce también en el Concejo y explica por qué muchas decisiones terminan deslegitimadas o incumplidas, formando parte de un paisaje político que ya no interpela ni convoca.
El deterioro persistente de la participación
En la mirada de Leonardo Caruana, el deterioro de la participación no es un fenómeno aislado ni reciente. Los programas públicos —recuerda— nacieron, en muchos casos, con la intención explícita de incentivar la organización y el involucramiento de vecinas y vecinos. Hoy, en cambio, esa lógica parece haberse invertido: el Estado llega con el programa ya diseñado, lo implementa en el barrio, ofrece determinadas políticas y se retira. El proceso termina ahí, sin construcción colectiva previa ni apropiación social posterior.

Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, ese vaciamiento atraviesa múltiples niveles de la vida cotidiana. Se percibe en los consorcios, en las cooperadoras escolares, en los espacios comunitarios más básicos. Caruana lo vincula con un clima de época más amplio, atravesado por el peso de las redes sociales y por una creciente exaltación de lo individual. El gobierno nacional actual, sostiene, no surge de la nada: expresa una idea extendida según la cual los problemas siempre los debe resolver otro, mientras cada persona se concibe a sí misma como ajena al proceso colectivo, sin nada para aportar y sin necesidad de dialogar.

Frente a eso, insiste en la necesidad de recuperar la cercanía y la participación, pero advierte que no se trata de cualquier participación. No la instrumental, no la que se limita a ofrecer dos proyectos cerrados para que los vecinos elijan entre opciones ya definidas. Lo que propone es algo más profundo y complejo: la construcción compartida de los problemas. Un trabajo lento, artesanal, que exige tiempo, intensidad y, sobre todo, una mirada interdisciplinaria.

Caruana cree que este debate es ineludible. De lo contrario, advierte, se corre el riesgo de seguir un modelo cuyos efectos ya están a la vista.

Discursos cerrados y política guionada
Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia dentro del Concejo Municipal: los proyectos ya no solo se "leen" en comisión, sino también en el recinto. Textos cerrados, discursos prefabricados, intervenciones que no se desvían ni un centímetro del libreto. Esa dinámica achata el debate, reduce el cruce de miradas y clausura cualquier posibilidad de construcción colectiva.

Para el concejal del Frente Amplio por la Soberanía, la última sesión fue, en ese sentido, paradigmática. Estuvo atravesada por mensajes rígidos, alineados casi de forma automática con los discursos nacionales. Caruana evita personalizar la crítica, aunque reconoce que en el caso de La Libertad Avanza esa lógica se vuelve especialmente evidente: referencias permanentes al presidente, a la diputada local, a consignas repetidas sin elaboración propia.

Pero advierte que no se trata de un fenómeno exclusivo de ese espacio. El Concejo, dice, ya venía funcionando así desde antes, con pocas ordenanzas capaces de generar cruces reales, opiniones contrapuestas y debates genuinos. El formato estaba acordado de antemano y, con él, la participación se fue burocratizando hasta perder sentido.

La pandemia y la épica de lo colectivo
Ese empobrecimiento del intercambio político contrasta con una experiencia reciente que Caruana recuerda con claridad: la pandemia. Rosario, como tantas otras ciudades, atravesó entonces un momento de crisis extrema que, paradójicamente, sacó a la luz un fuerte sentido de comunidad.

Las organizaciones sociales —y muy especialmente las organizaciones de mujeres— cumplieron un rol clave en el cuidado de los adultos mayores y en la contención barrial. Hubo una trama solidaria intensa, sostenida en una larga historia de organización territorial.

Sin embargo, mientras esa épica colectiva se celebraba, Caruana reconoce que también estaba creciendo, sobre todo entre sectores jóvenes, una corriente de descalificación de lo colectivo que no supo —o no quiso— escucharse a tiempo. Junto al relato de la vacunación y el cuidado comunitario, avanzaba otro discurso, más silencioso pero persistente, que rechazaba esas mismas políticas.

Para él, ese fenómeno excede lo local y lo nacional: responde a una dinámica global que ya venía gestándose.

La pandemia, además, dejó secuelas profundas. Se agravaron los problemas de salud mental, se intensificaron los consumos problemáticos, se resintieron los vínculos. Hoy, describe, el clima social es distinto. Aparecen tensiones entre vecinos que antes no estaban tan expuestas.

Incluso políticas que afectaron de manera directa a sectores vulnerables —como la auditoría de los certificados de discapacidad— encontraron defensores en los propios barrios, en nombre de discursos nacionales que terminaron vulnerando derechos básicos. La lógica del "cada uno con lo suyo" se volvió más fuerte.

Aun así, Caruana no da por roto el tejido social. Señala que en muchos territorios las organizaciones siguen intentando reconstruir lazos, aunque en un escenario mucho más adverso. Las matrices ideológicas que hoy logran mayor hegemonía política, advierte, también penetran en los sectores populares y condicionan ese trabajo de base.
El legado de Hermes Binner y la disputa por el largo plazo
Esa tensión entre pasado y presente aparece con fuerza cuando se menciona a Hermes Binner. No es casual —dice Caruana— que su imagen siga ocupando un lugar destacado en sus redes. Binner representó una forma de pensar la ciudad a largo plazo: planes estratégicos a veinte o treinta años, sistemas integrales de salud y políticas sociales construidas con otros, desde la diversidad. Ese legado, sostiene, fue clave para lo que Rosario llegó a ser.

Con el tiempo, sin embargo, esa mirada se fue diluyendo. Hoy predominan decisiones pensadas en clave de coyuntura: la semana, el mes, a lo sumo el período de gestión. Los planes estratégicos fueron reemplazados por excepciones, parches y resoluciones inmediatas. Recuperar aquella lógica implicaría volver a convocatorias amplias, al estudio comparado con otras ciudades del mundo y, sobre todo, a una discusión de fondo sobre el sentido del rumbo.

Binner hablaba de horizonte y buena leche: acordar hacia dónde ir y hacerlo con voluntad colectiva. Para eso, remarca Caruana, es indispensable salir del encierro de los núcleos partidarios y animarse a un diálogo mucho más amplio.

En paralelo, obras estratégicas como el Hospital Regional Sur —pensado originalmente como parte de un sistema integral— siguen inconclusas. Para Caruana, el problema no es solo retomar la construcción, sino recuperar el sentido del proyecto, del que poco se conoce: qué perfil debe tener hoy ese hospital, qué rol cumple en la región, cómo se articula con el resto del sistema de salud.

Recuerda que, en su concepción original, el Hospital Regional Sur integraba el hospital provincial, el Roque Sáenz Peña, con una gran maternidad y Roque Sáenz Peña que se transformaba en un CEMAR Sur, con el Hospital Provincial que se transformaba en un centro de alta complejidad en oncología. Era una pieza dentro de un plan mayor. Hoy, en cambio, el debate parece reducirse a etapas de obra, conexiones de servicios y licitaciones, sin discusión pública sobre el para qué. Esa ausencia de sentido estratégico, afirma, es parte de lo que se abandonó.

Caruana deposita una expectativa cautelosa en la futura reforma constitucional provincial, que plantea el derecho a un sistema de salud accesible y al acceso a medicamentos. Sueña con que eso habilite, finalmente, una ley que garantice un sistema único e integrado de salud, como imaginaba Hermes Binner cuando pensó un plan estratégico para toda Santa Fe.

La defensa de la salud pública, reconoce, sigue siendo un valor fuerte en la provincia y en la ciudad, con una historia de inversión estatal que hoy funciona como un dique de contención. Pero el contexto nacional es asfixiante: lo que el Estado nacional deja de hacer recae sobre provincias y municipios, tensionando al límite sus sistemas de salud.

Antipolítica, pandemia y vaciamiento de lo colectivo
En ese escenario crecen los discursos de antipolítica, el descrédito de lo público y la naturalización del ajuste. Caruana advierte que no alcanza con resistir ni con apelar únicamente a consignas del pasado. A cuarenta años de democracia, el Estado no logró resolver muchos problemas estructurales y eso alimenta la desconfianza social.

Frente a esa realidad, sostiene, es imprescindible animarse a reformular las instituciones y construir un Estado más cercano, más comprensible, más presente en la vida cotidiana.

Recuerda situaciones de campaña en las que, al hablar de derechos como la vivienda o la salud, las respuestas de la gente eran concretas y crudas: falta de agua, turnos médicos que nunca llegan, cirugías postergadas durante años. Allí, dice, queda claro que el Estado necesita repensarse para dar respuestas reales.

Ese vacío es aprovechado por discursos que prometen salidas individuales —educarse en casa, vouchers de salud— que seducen porque se apoyan en fallas existentes del sistema.

La contraposición, para Caruana, no pasa por negar esos problemas, sino por construir alternativas desde la cercanía, el diálogo y un lenguaje más sencillo. Seducir, especialmente a los jóvenes, con un proyecto colectivo que vuelva a tener sentido.

Al cerrar el encuentro, el concejal agradece el espacio y el seguimiento crítico permanente. Valora ese ejercicio como parte indispensable de una democracia viva: visibilizar, debatir, analizar. En ese gesto final se condensa su apuesta política: sostener la discusión, incluso en tiempos adversos, como única forma de reconstruir lo colectivo y volver a pensar la ciudad más allá del día a día.

*NdR:
El funcionamiento de las llamadas excepciones urbanísticas ilustra con claridad esa deriva. El mecanismo se repite: un desarrollador presenta un proyecto que se ajusta —al menos en los papeles— a la normativa vigente y obtiene la habilitación correspondiente. Pero una vez iniciada la obra, cuando los números ya no cierran o la rentabilidad prevista no alcanza, llega el pedido de excepción: sumar pisos, aumentar la densidad, correr límites. Esos pedidos, que deberían ser excepcionales, ingresan al Concejo Deliberante semana tras semana y se vuelven rutina.

Bio | Leonardo Caruana
Leonardo Caruana nació en Isla Verde, en la provincia de Santa Fe. Su infancia transcurrió entre distintas localidades del territorio santafesino, una experiencia que marcaría tempranamente su vínculo con lo público y con las realidades diversas del interior provincial.

Es médico, especialista en medicina general y familiar —el médico de familia—, formado en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, donde obtuvo su título y su matrícula profesional N.º 11.493.

Toda su trayectoria profesional se desarrolló en el ámbito de la salud pública. Sus primeros pasos fueron como médico en el barrio Santa Rosa y, durante una década, estuvo al frente del Centro de Salud Emaús, una experiencia que consolidó su mirada territorial y comunitaria del sistema sanitario.

Más adelante asumió la dirección del Centro de Especialidades Médicas Rosario (CEMAR) Doctor Horacio de Zuasnabar y la conducción de la Atención Primaria de la Salud en la ciudad. Entre 2007 y 2013 ocupó cargos estratégicos dentro de la estructura municipal, primero como director general de Servicios de Salud y luego como subsecretario de Salud Pública, hasta llegar a desempeñarse como secretario de Salud Pública de la Municipalidad de Rosario.

En paralelo a su gestión, participó de cursos, maestrías y congresos a nivel local e internacional, con un enfoque centrado en la salud pública, la medicina social y las políticas de gestión sanitaria. En ese recorrido se destacan su participación en seminarios internacionales sobre gestión de riesgos, los debates en torno a la salud mental y su intervención en el debate nacional por la ley de aborto legal.

En la actualidad, Caruana es concejal electo por el Frente Amplio por la Soberanía, en representación de Encuentro por Rosario. Desde su banca impulsa una agenda vinculada a la defensa y el fortalecimiento de la salud pública, la planificación urbana con mirada integral y el rol activo del Estado en la construcción de una ciudad más equitativa.

Escuchá la entrevista completa:

Horroris Causa: un actor pone en debate lo que no se ve en la cultura rosarina

Christian Álvarez, con décadas de trayectoria en teatro y gestión cultural, denuncia exclusiones, meritocracia y "aristocracia" simbólica en los espacios culturales de Rosario, y presenta un manifiesto que invita a debatir quién define la cultura y quién queda afuera.

Un manifiesto incómodo
En los últimos días se conoció un documento que empezó a circular fuerte en Rosario, titulado 'Horroris Causa, cierta Cultura de Rosario'. No es un comunicado institucional ni un texto académico. Es un manifiesto crítico, incómodo, escrito desde la experiencia de quien trabaja en el teatro y en la cultura desde hace décadas. El texto pone en cuestión la idea de una cultura única, denuncia lógicas de exclusión, de meritocracia, de institucionalización y plantea una pregunta de fondo: ¿quién define hoy qué es la cultura en Rosario y quién queda afuera de ese relato? 

En Señales charlamos con su autor, actor, trabajador de la cultura, egresado de la Escuela 71 'Dr. Francisco de Gurruchaga' -La Gurru-, Christian Álvarez.

El origen de 'Horroris Causa'
El texto que tituló Horroris Causa no nació de un impulso aislado ni de una bronca repentina. Surgió en el mismo momento en que la ceremonia comenzó a circular por las redes y quedó colgada en la transmisión de la Universidad Nacional de Rosario en su canal de YouTube. Él ya sabía que ese día se iba a distinguir a Fito Páez con el doctorado honoris causa. Escucha radio, sigue esas señales, estaba al tanto. Cuando apareció el video, lo abrió y empezó a mirar. Y fue ahí, mientras avanzaba la ceremonia, cuando algo empezó a incomodarlo de manera persistente.

Fito, el afecto y la incomodidad
No fue Fito en sí. Al contrario: habla de él desde el afecto. Dice que lo quiere, que le gusta, sobre todo ese primer Fito que lo atravesó en la adolescencia, cuando discos como Ey! le pegaron fuerte y lo marcaron para siempre. Todavía hoy reconoce un montón de canciones que lo acompañaron durante años. Incluso cuenta que fue a verlo en vivo con su hija Lucía, de trece años, que también es fan, aunque ahora —le aclara ella— "le gusta menos". Fito es parte de su historia personal y familiar. 

Por eso la sensación que le empezó a crecer mientras veía la ceremonia no tuvo que ver con un rechazo al artista ni con la universidad otorgándole el reconocimiento.

El doctorado y el clima simbólico
Está acostumbrado a que las universidades entreguen doctorados honoris causa y, de hecho, cree que tiene sentido. Le parece interesante como gesto de apertura, como una forma de vincular los claustros con la comunidad, de reconocer trayectorias por fuera del microclima universitario, con sus códigos propios, su universo cerrado. Hasta ahí, nada que objetar. 

Sin embargo, algo en el clima general, en la presentación, en los argumentos, en la locución del propio Fito, empezó a golpearle "feo y duro" en distintos lugares.

La palabra que activó todo: aristocracia
Hubo una frase puntual que terminó de dispararlo todo: cuando Fito habló de pertenecer a una "aristocracia", una "aristocracia espiritual", que —según dijo— sería la única que existe. Él cree que fue una expresión dicha con pudor, quizás corregida en el aire al escucharse a sí mismo. Pero la palabra quedó flotando. Aristocracia. 

Y con ella, todo su peso histórico, simbólico y cultural. La asociación fue inmediata: la idea de una cultura que baja desde Buenos Aires, que pisa fuerte en el resto del país, que se impone como modelo, como centro irradiador de legitimidad. Desde ese lugar, la memoria lo llevó a una acción realizada años atrás.
El negreo naturalizado
Entonces aparece la anécdota que arrastra desde hace años. Vuelve al 2007, cuando junto a otros compañeros reabrieron la delegación Rosario de la Asociación Argentina de Actores y Actrices. En 2008 ya estaban intentando ordenar el trabajo actoral en la ciudad, poner límites, desmarcar prácticas abusivas que se naturalizaban desde hacía décadas. Para ellos, uno de los emblemas más claros de ese "negreo" —lo dice sin rodeos— era y sigue siendo un reconocido director y referente del teatro musical argentino.

Durante años, en todo el país y particularmente en Rosario, ese director montó un mismo mecanismo. Llegaba con seminarios pagos, anunciados con bombos y platillos. Seminarios intensivos, de dos días, por los que la gente pagaba mucho dinero. A cambio, prometía premios: la posibilidad de actuar en alguna de sus producciones más emblemáticas, títulos clásicos del repertorio que solían estar de gira. Se promocionaban elencos de treinta actores en escena, pero cuando llegaba el momento de la verdad, desde Buenos Aires viajaban apenas nueve intérpretes, con contratos en regla. Los otros veinte o veintiuno eran actores locales que no cobraban un peso. El “pago” era el mérito, el honor, la experiencia de haber sido elegidos entre los mejores del seminario que ellos mismos habían financiado.

El conflicto y la denuncia
Muchos actores rosarinos todavía exhiben en su currículum haber trabajado con ese creador. Lo recuerdan como una experiencia maravillosa. Cuando desde la asociación se enteraron de que el mecanismo seguía activo, se acercaron a la producción para pedir una reunión, para charlar. La respuesta fue el ninguneo. El mismo de siempre. El trato distante y despectivo que él asocia, justamente, con los aristócratas.

Con el correr de los días, empezaron a llegar más datos. Una semana antes del estreno, esos actores locales eran convocados a ensayar de madrugada, de once de la noche a tres o cuatro de la mañana. Sin comida. Aportando ellos mismos el vestuario base. Sin cobrar. Y después venía la maratón de funciones: una el viernes en el Teatro El Círculo, dos el sábado, una el domingo y cuatro más el lunes para escuelas privadas de Rosario. Todo envuelto en la retórica de la “experiencia inolvidable” de pisar un gran escenario.

Mientras lo escuchaba hablar de aristocracia espiritual, esa escena volvió con fuerza. No como un recuerdo aislado, sino como una clave para leer un modo de entender la cultura, el mérito y el poder simbólico. De ahí nació Horroris Causa: no como un ataque personal, sino como una incomodidad que necesitaba ser escrita. Y dicha de un modo que invite al debate.

Ministerio de Trabajo y desenlace
Ante la negativa persistente de la producción a recibirlos, decidieron avanzar. Ese domingo se presentaron directamente con el Ministerio de Trabajo y labraron un acta. A partir de ahí empezó a salir todo a la luz: ninguno de los actores tenía contrato, exactamente como ellos ya sabían. El escándalo fue inmediato. Llegaron antes de la función del domingo sin saber bien con qué se iban a encontrar. El director no estaba. Sí estaba el responsable musical del proyecto, visiblemente desencajado, junto a otros actores. Pero no hacía falta que el máximo referente estuviera presente para que el conflicto estallara. Eran actores hablando con actores, y eso ya decía mucho.

La situación fue escalando. Hubo amenazas telefónicas. La producción seguía sin pagar. El conflicto terminó trasladándose a Santa Fe y, finalmente, los pagos se hicieron efectivos. En el medio, aparecieron advertencias de que iban a publicar una solicitada en un diario de alcance nacional para escracharlos, acusándolos de impedir el trabajo de actores y actrices en Rosario. La respuesta era simple: si había dinero para pagar una solicitada, mejor pagarle a la gente y terminar con el problema. Además, cualquier discusión sobre contratos los dejaba en peor lugar, porque directamente no existían.

Aristocracia, cultura y poder simbólico
Todo ese proceso desembocó en una carta —que Christian lamenta haber perdido— escrita por un actor de Buenos Aires a la presidenta de la asociación en ese momento, Cecilia Censi. La firmaba el propio creador del proyecto. Allí los describía como los típicos "patoteros sindicalistas", los que pateaban puertas, los que no lo dejaban trabajar a él, miembro —según decía— de una aristocracia artística, heredero de generaciones dedicadas a descubrir talentos, gracias a los cuales muchos habían llegado a ser lo que eran.

Por eso, cuando escuchó a Fito Páez hablar de aristocracia, el vínculo fue inmediato. Esa palabra activó una cadena de ideas y experiencias que venía masticando desde hacía años como trabajador de la cultura, como actor y como alguien que eligió desarrollar su trabajo en Rosario. No por azar, no como paso previo a otra cosa, sino decididamente en Rosario. 

Cultura, trabajo y responsabilidad
Desde ahí, con una relación permanente con lo colectivo, con la apertura, con la discusión sobre la distribución —una palabra que, dice, ya casi no se pronuncia— empezó a preguntarse qué cultura se está defendiendo, a quién beneficia y a quién deja afuera.

La cultura, insiste, está hecha para la gente o debería pensarse desde la gente. Y la penetración simbólica que tiene una figura como Fito implica una responsabilidad mayor. No es gratuito lo que se dice en un escenario así. No es inocente no asumirse como trabajador. Entiende que cada uno se autoperciba como quiera, pero esa autopercepción también forma parte de una cultura que él siente la necesidad de cuestionar.
¿Por qué el trabajo parece algo negativo?
Ahí aparece la pregunta que atraviesa todo su razonamiento: ¿por qué el trabajo es percibido como algo negativo? ¿Por qué parece estar mal decir "soy trabajador"? ¿Acaso Fito nunca trabajó en su vida? La idea de que el trabajador es siempre otro, alguien a quien hay que decirle qué hacer, alguien que no puede disputar sentidos, que no puede intervenir en el terreno de la cultura, es una visión profundamente arraigada. Como si la cultura solo pudiera ser producida por una aristocracia ilustrada, por artistas que, desde ese lugar, se sienten habilitados a decir cualquier cosa.

El asco, el humor y los cuerpos que soportan
Cuando recuerda el momento en que Fito contó, casi como una anécdota graciosa, que había trabajado un solo día en una pollería sacando menudos y que nunca más lo hizo porque le daba asco, entiende por qué a muchos les resultó cómico. A él mismo, en otro contexto, podría haberle causado gracia. Pero puesta en relación con todo lo anterior, la escena cambia de sentido. Piensa en ese trabajador o trabajadora que saca menudos todos los días, que no puede darse el lujo del asco, porque su sensibilidad no está autorizada a rechazar ese trabajo. Como si hubiera cuerpos destinados a soportar lo que otros no toleran. Como si el asco de uno valiera más que la necesidad del otro. Y ahí, dice, es donde se le erra feo.

El problema no es el humor ni la risa. El problema es no hacerse cargo de qué se está diciendo cuando se ríe. La tradición del grotesco, recuerda, siempre estuvo ahí para habilitar una risa crítica, una risa que expone lo que duele. Estuvieron Discépolo, los dos Discépolos, estuvo Pirandello. Reírse sí, pero reírse en serio de lo que pasa, no para reafirmar jerarquías.

La universidad y la distinción
En el auditorio donde se entregó el honoris causa, además, hubo frases que terminaron de cerrar el cuadro. Cuando el rector dijo "distinguiendo a quien distingo, me distingo a mí", la pregunta se volvió inevitable: ¿qué está distinguiendo realmente la universidad? 

No se trata de separar al artista de la persona. Fito es todo eso junto. Pero también es cierto que se lo distingue desde una institución que está por fuera de su expertise, y que en ese auditorio se aplaudieron afirmaciones cargadas de sentido político y cultural.

No una cultura, sino muchas
Lo que a él le interesa, en definitiva, no es Fito como individuo, sino pensarse —pensarnos— en relación con esa cultura que se celebra y se legitima. Una cultura que algunos necesitan imaginar como única, homogénea, cerrada. Cuando, en realidad, insiste, no somos una sola cultura. Y nunca lo fuimos.

Arístides Vargas y la idea de los muchos teatros
Esa reflexión no era nueva. Él mismo reconoce que en 2015 alguien se la terminó de poner en palabras con una claridad demoledora. Fue Arístides Vargas, director y dramaturgo, un artista al que define como precioso y a quien tuvo la fortuna de tener como director en el Teatro Nacional Cervantes. 

Aquella experiencia fue, dice, maravillosa: un elenco de nueve personas provenientes de ocho provincias distintas que convivieron un mes y medio en Buenos Aires para montar una obra, girar luego por el país con veinte funciones y cerrar finalmente en el escenario del Cervantes.

Un momento político bisagra
Todo eso ocurrió en un momento bisagra. Estaban en Capital cuando cada uno volvió a su provincia para votar y regresó después. Vieron de cerca la transición política, las elecciones presidenciales, el triunfo de Mauricio Macri y la sensación de que se caía un pedazo enorme de un proyecto de país distinto, como si algo que se venía construyendo se desmoronara frente a sus ojos.

En ese contexto, Arístides les decía algo que quedó grabado: no existe el teatro. No se confundan. En Argentina hay muchos teatros. Cada uno venía de una provincia, de una ciudad, de una cultura distinta, con rasgos propios que podían dialogar, complementarse, tensionarse, pero que no se reducían a una sola forma. Y eso, decía Vargas, es la cultura. Por suerte no existe un solo teatro.

Cultura hegemónica y exclusión
El problema, piensa hoy, es que los discursos hegemónicos —y ahí nombra sin rodeos al discurso fascista— necesitan imponer la idea de una única cultura para poder avanzar. Para implementar determinadas cosas, hace falta borrar la diversidad. Y en ese proceso, quienes quedan afuera son siempre las personas. La mayoría. Porque no a todos se les concede un honoris causa, ni simbólico ni real.

Aclara que no está pidiendo ningún reconocimiento para sí mismo. No se trata de reclamar distinciones personales ni de exigir honores por ser actor. La discusión pasa por otro lado: por la idea de distinción como superioridad, por esa noción de ser "distinto" desde un lugar jerárquico, como él entiende que se plantea en el discurso que lo disparó a escribir.

Cultura, educación y origen
Por eso habla de Horroris Causa como un manifiesto político-cultural. No solo como una crítica puntual, sino como una toma de posición. Y no es casual que se presente como egresado de la escuela Gurruchaga. Lo hace a propósito. Porque ahí, dice, hay un vínculo profundo entre cultura y educación. La cultura es la madre de todo lo demás. Desde ahí se puede pensar la política, un proyecto de país, las tensiones necesarias, las disputas inevitables, siempre en relación con un bien común.

La Gurruchaga y la formación temprana
Habla de sí mismo deliberadamente. Recuerda la primera vez que salió en el diario La Capital: tenía once años y, junto a un compañero y una maestra, viajó en 1982 para llevar una ofrenda floral a los soldados de Malvinas. Todavía era dictadura. Ya se percibía el final, pero también estaba naciendo algo: el proyecto de la escuela Gurruchaga, el complejo educativo con talleres a contraturno. 

Había de todo: bonsái, periodismo, coro, teatro. Ahí tuvo a su primera maestra, Chiqui González —que más tarde sería ministra de Cultura de la provincia de Santa Fe—; después Miguel Palma; la gente de la Agrupación Discepolín; Ana Bárzola, enumera. Más tarde, ya adolescente, entró a Discepolín y nunca más se fue del teatro.
El contraste con el presente
Cuando mira el presente, el contraste es brutal. Hoy esa misma escuela ofrece horario extendido solo para un turno, para una cantidad limitada de chicos, con dos o tres talleres y, encima, pagos. Ese es el devenir, dice. Ese es el contexto.

En ese recorrido también aparece Fito. Lo conoció ahí, en la infancia, cuando Chiqui González los acercó en pleno auge de la Trova Rosarina. Y ahora, décadas después, hay que salir a pelear para que los pibes puedan ir a un taller de teatro en contraturno, pagando, y solo si están en el turno mañana, porque el turno tarde directamente no existe para eso. No entiende cómo se piensan las cosas.

Educación financiera y sentido común
Trae otro ejemplo que lo indigna. El año pasado tuvieron que movilizarse contra la introducción de la llamada "educación financiera" en la escuela primaria. Un proyecto presentado como vanguardia, promocionado por la directora en la señal de TN un domingo, destinado a chicos de primero a séptimo grado, vinculado a plataformas como Mercado Pago. 

Un proyecto mal redactado, sin sustento pedagógico, cuya portada mostraba a un nene de nueve años poniendo dólares en un frasco como símbolo del ahorro. Y este año, señala, ese mismo proyecto aparece avalado por el Ministerio de Educación de la provincia.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿dónde estamos? ¿Qué hacemos con todo esto?

Si no pertenecés, no sos
Dentro de ese manifiesto hay una frase que condensa el problema: "si no pertenecés, no sos". No lo plantea como una exageración. En el ambiente cultural, dice, pertenecer a determinado círculo es lo que legitima. Y hablar de eso es delicado. 

Enumera rasgos de una cultura excluyente, bienpensante, cerrada. Una compañera le señaló algo más que él no llegó a incluir: el amiguismo, que funciona como otra forma de exclusión silenciosa.

Pertenecer y quedar afuera
Es un terreno incómodo, porque hay muchas cosas que no se dicen de frente. En un contexto de supervivencia, cuando se empiezan a sentir los codos de los propios pares, emergen pudores difíciles de romper. Se convive con gente querida, admirada, amada, y aun así se reproducen lógicas donde pertenecer implica quedar adentro y, automáticamente, dejar a otros afuera. 

Es algo tácito, no dicho, y por eso mismo más profundo y más difícil de discutir.

Cultura que marca y define
Él lo reconoce como una cultura que marca, que define quién puede estar y quién no en determinados lugares. Y la pregunta que se hace, una y otra vez, es si realmente quiere estar en esos lugares.

Una generación con experiencia
Pertenece a una generación que podría ocupar muchos de ellos. Por trayectoria, por recorrido. Trabajó en la municipalidad, fue precarizado durante años, organizó muestras intercolegiales de teatro, dio talleres, sostuvo múltiples espacios. Eligió otra cosa. Por ejemplo, dar clases. Aclara que no es docente, que no se recibió como tal, y reivindica a quienes sí lo son y tienen esa vocación. Su elección, insiste, no fue ingenua ni casual. Fue una toma de posición dentro de ese entramado cultural que sigue discutiendo, incluso consigo mismo.

Teatro anclado en lo artístico
Su vínculo con el teatro, aclara, siempre estuvo anclado en lo artístico. Entró para actuar, para dirigir, para hacer funciones. Eso fue lo primero que quiso y sigue siendo lo que quiere. Dar clases le encanta y lo hizo durante muchos años, pero cuando sintió que para continuar necesitaba un título que no tenía, decidió correrse. No por desinterés, sino por convicción: si no correspondía, no debía hacerlo.

Instituciones y defensa pública
Desde ahí vuelve sobre otra cuestión central de su texto: la institucionalización. No la demoniza. Al contrario, dice estar convencido de que las instituciones —sobre todo las públicas— no están mal y deben ser defendidas. Pero no solo desde adentro. Cree firmemente que a la escuela pública, a lo público en general, hay que defenderlo desde afuera. De lo contrario, el discurso dominante termina siendo que los docentes defienden la escuela pública solo porque es su fuente de trabajo. 

Y, otra vez, aparece esa idea reduccionista del trabajador como alguien que simplemente defiende lo suyo y nada más.

Instituciones y comunidad
La situación se agrava cuando incluso desde los medios se pone en duda que los docentes sean trabajadores de la educación. Por eso insiste: las instituciones se defienden desde afuera, porque no pertenecen a quienes trabajan en ellas, sino a la comunidad organizada. Son espacios creados para discutir, para sostener derechos, para distribuir. De ahí la importancia de hablar de lo público y de lo universal.

Financiamiento público y agotamiento de luchas
En ese marco, se pregunta qué está pasando con organismos como el Instituto Nacional del Teatro o el INCAA. Señala que se está borrando la idea misma de financiamiento público, que se toman decisiones arbitrarias y que, con el tiempo, también se va agotando la capacidad de pelear cada frente. Las luchas se multiplican y se superponen.

El subsidio y la cultura subsidiaria
Habla desde adentro cuando describe una sensación extendida: la de sentirse privilegiado por recibir un subsidio. "A mí me están subsidiando", dice, como si eso fuera un favor y no una política pública. Por eso plantea que la matriz del debate debería ser otra. 

En el teatro, fundamentalmente, existe una cultura que es subsidiada y subsidiaria. Subsidiada por el Estado —algo que considera correcto— pero no reconocida como trabajo. El subsidio no implica derechos laborales, no implica una concepción del hacer artístico como labor.

Diferencias de legitimación
Ahí aparecen figuras que no se terminan de discutir: los gestores culturales, la industria cultural, la profesionalización real del sector. En lugar de eso, avanza el mecenazgo, con sus propias lógicas. Y otra vez se instala la idea de diferencia, de excepción. Mientras otros trabajadores —los taxistas, los obreros, quienes se levantan temprano y hacen cuentas imposibles— cargan con el peso de sobrevivir, el artista subsidiado parece ocupar un lugar de privilegio. De ahí también una culpa soterrada que atraviesa al sector.

Por otro lado, señala que el trabajo artístico es subsidiario de otros trabajos legitimados socialmente. Está legitimado ser docente, ser empleado estatal, ser funcionario con poder de decisión en cultura. Ser actor, titiritero, sin otro respaldo institucional, queda reducido a "eso y nada más". Esa jerarquía no es casual y reproduce la lógica de pertenencia que critica.

Espacios y accesibilidad
Por eso aclara que la discusión no pasa por ocupar cargos ni disputar puestos individuales. La discusión real es por los espacios. Por garantizar que existan y que sean accesibles para la mayor cantidad de gente posible. Ahí ubica la verdadera disputa y el compromiso que cree necesario asumir.
La ilusión de los consagrados
En su texto también cuestiona con fuerza una idea muy instalada: que solo los consagrados pueden hacer cultura. Una mirada que, dice, causa un daño enorme. Recuerda que a fines de los años noventa un secretario de Cultura de Rosario afirmó públicamente que desde la Secretaría se trabajaba con los artistas rosarinos consagrados en Buenos Aires. Hubo manifestaciones, pedidos de disculpas, cierta marcha atrás, pero la idea quedó flotando, latente.

Esa lógica, además, tuvo consecuencias concretas. Benefició a una compañera que en ese momento era referente de actores, pero también empleada municipal. Llegado el punto, tuvo que elegir lo que le daba de comer. Y esa elección, señala, no habla solo de decisiones individuales, sino de cómo funcionan las cosas desde abajo, en lo cotidiano. Es lamentable, dice, pero real.

Fascinación por Buenos Aires
Mientras tanto, la fascinación por los consagrados de Buenos Aires sigue intacta. Se los aplaude, se los celebra, se los toma como medida de todo. Nadie niega el deseo de ir a Buenos Aires, de probar suerte, de que te vaya bien. Pero no es fácil. No lo fue nunca. Basta preguntarle a alguien como Luis Machín para entenderlo.

El techo invisible
En su reflexión sobre la cultura y el trabajo en Rosario, el actor y gestor cultural subraya que los artistas de la talla de Fito y otros compañeros que buscan nuevos horizontes se enfrentan a un techo: un límite implícito que marca hasta dónde se puede llegar, qué se puede decir y qué incomoda. "Hay un techo que implica que podés ir hasta determinado lugar, pero otras cosas que digas incomodan, y sí, qué querés que haga, incomoda", explica, evidenciando cómo ese límite condiciona la expresión y el desarrollo artístico.

Relación con el Estado
Para él, la relación con el Estado no se reduce a renunciar o aceptar las condiciones de pago de la municipalidad. "No quiero trabajar para la municipalidad porque paga después, o paga mal. Pero ¿por qué tenemos que renunciar al Estado? ¿Por qué no discutimos lo que significa el presupuesto estatal, que vaya a la gente, que vaya a los lugares donde tiene que ir?", reflexiona, insistiendo en la necesidad de que la cultura llegue a todos, y no solo a ciertos círculos consolidados.

Pertenencia y exclusión
Denuncia además cómo la cultura del "pertenecer" reproduce inequidades. "Con esta exacerbación de los 300 años ha pasado todo en el centro. Y no quiere decir que en los barrios no pasen cosas", aclara, mencionando las 320 funciones que realizan en los barrios junto con el colectivo de Titiriteros Rosarinos, con el colectivo de narradores y con el colectivo de teatro en calle.

Tres lenguajes y coproducción
En espacios como la Biblioteca Popular Cachilo y las bibliotecas populares de los distintos barrios y los Centros Cuidar, se trabaja con tres lenguajes —Teatro - Circo, Narración oral y Títeres—, en coproducción con la municipalidad. Sin embargo, ni siquiera el propio Estado logra decirlo o valorarlo como corresponde. Y eso es lamentable, porque son experiencias que deberían crecer: la gente tiene que poder acceder a la cultura, a partir de una verdadera lógica de distribución, de lo que necesitamos como comunidad y de lo que la gente necesita.

Cultura y seguridad en Rosario
Eso es solo una parte de la discusión cultural. Lo que más lo afecta, aclara, no tiene que ver con una cuestión corporativa ligada a su trabajo, sino con el cambio cultural que se está viendo en Rosario. No quiere una ciudad donde la presencia policial se reduzca a pedir documentos a un pibe con gorrita o a un cartonero, incluso cuando ni siquiera queda claro qué se está controlando. "Rosario es otra cosa", insiste, cuestionando la idea de seguridad basada en el control visible, que ignora el verdadero sentido de la convivencia urbana.
 
Reconoce que la seguridad es una necesidad, pero se pregunta qué se busca mostrar con ciertas prácticas: a quién tranquilizan y en nombre de qué. Para él, detener a un cartonero visible y reconocible no construye seguridad. Esas son, dice, las cosas que le interesa discutir.

Tomar la palabra públicamente
En este contexto, explica su decisión de tomar la palabra públicamente: escribir, debatir y convocar. Prefiere la discusión colectiva al activismo individual: "No me gusta escribir y tirar porque sí las cosas, porque nunca fui un petardista. Prefiero el barro de poder discutir y enojarme con otras personas, a ser un llanero solitario". Así surge su convocatoria para reunir a compañeros de distintos ámbitos, no solo del teatro, en un encuentro transversal a partir del 25 de enero.

Sensibilidad y aristocracia cultural
Sobre el impacto de su manifiesto, reconoce la sensibilidad que toca al cuestionar la cultura "bien pensante" o los círculos de amiguismo. Advierte que no se trata de señalar culpables individuales, sino de diferenciar entre quienes toman decisiones y quienes realizan el trabajo cotidiano, reconociendo el esfuerzo de los laburantes que sostienen instituciones. Su experiencia de 18 años como delegado de la Asociación Argentina de Actores y Actrices lo posiciona para comprender las complejidades de estas dinámicas: errores, decisiones y distintas perspectivas se entrelazan en la gestión cultural diaria.

Desde su mirada, hablar de aristocracia cultural es hablar de democracia ausente. La democracia se vacía y, con ella, la cultura. Para él, es fundamental ir a la raíz: advertir los riesgos de discursos que legitiman la meritocracia, promovidos tanto por figuras políticas como por actores culturales que avalan ciertos privilegios. "Una de las cosas que logró Macri instalar es la cuestión meritocrática. Entonces vos pertenecés, yo te legitimo, vos sos meritorio de tal cosa. ¿Quién dice eso? En una democracia lo tenemos que discutir", afirma.

Ciudadanos y cultura
Critica también la visión superficial de la cultura como arte aislado: "Tampoco la cultura es 'qué lindo, somos maravillosos porque hacemos arte'. Somos ciudadanos, somos personas que transpiramos, que sentimos y que vivimos en una ciudad como Rosario y un país como el nuestro". Hay situaciones concretas de la vida cotidiana que ilustran la falta de estructura y contexto. 

Cuenta una escena cotidiana que lo marcó. Vive cerca de la terminal y una noche, mientras esperaba el colectivo con su compañera, dos policías jóvenes les preguntaron qué colectivo podían tomarse para llegar a la terminal, donde terminaban su turno. Estaban a apenas cuatro cuadras. No lo dice con enojo hacia ellos: al contrario, aclara que no quiere que esos pibes sean odiados. Pero señala que hay un sistema que empuja a esa situación y habilita la pregunta inevitable: ¿para qué está un servidor público si no conoce el territorio en el que trabaja?

Recuerda que antes, cuando alguien necesitaba una referencia, podía acudir a una persona del Estado que estaba para eso, entre otras cosas. Para él, esa pérdida es parte de una cultura de vaciamiento: del rol del Estado y de los vínculos colectivos. Una cultura que instala la idea de que todo logro es mérito individual, como si no existiera contexto. "Y eso —advierte— lo estamos padeciendo", dice, señalando cómo la narrativa del mérito ignora las condiciones sociales y culturales que hacen posible cualquier éxito.

Resistencia cultural y ciudadana
Finalmente, su compromiso se centra en la resistencia cultural y ciudadana, más allá de la denuncia: convocar, debatir y sostener espacios para el encuentro y la discusión. "Nos sumaremos a la convocatoria de febrero. A debatir un poco, a vernos, a encontrarnos, a tratar de pensarnos, porque hay un montón de cosas maravillosas para poder sostener y me parece que esa es la verdadera resistencia", concluye. 

También manifiesta un rechazo profundo al discurso bélico y a prácticas denigrantes como la colimba, subrayando que los intereses culturales y políticos deben orientarse al beneficio de la mayoría, y no a la consolidación de privilegios. "Cuando uno manifiesta determinadas cosas hay intereses de por medio, y ese es el hueso. Eso es lo que tenemos que ir viendo: que los intereses sean para la mayoría", finaliza, dejando en claro su compromiso con una cultura inclusiva y democrática.
 
Escuchá la entrevista completa: 

Lee el manifiesto completo:
"Horroris Causa, cierta Cultura de Rosario"
Cierta élite tiene la fantasía de una "Cultura rosarina". No me molesta que quien quiera fantasee con lo que quiera. Lo que me molesta es la hegemonía, el discurso ÚNICO, así con mayúsculas, que emana de los generadores de discursos desde los distintos estamentos. Como todo discurso hegemónico, solo es sostenible por el uso de la posición dominante de las usinas legitimadas.

No quiero aportar a la "mala prensa" institucional, sobre todo cuando la institución "madre", la Democracia, viene siendo tan arteramente atacada y vaciada de contenido. Pero creo que sí, que la "Cultura en Rosario" está "institucionalizada"; en este caso uso esa palabra como sinónimo de: encapsulada, maniatada, subsidiada, encorsetada, formateada, tutelada.

En algún momento encontramos el atajo del "subsidio" para que el Estado "fomente y estimule" la Cultura. Esto generó cierta ilusión de libertad, ya que la "independencia" artística no se veía amenazada por el "yugo" laboral y dependiente (además, no somos trabajadores, somos artistas: no yugamos, gozamos).

Luego vino la definición de "industria cultural", que fue generando pseudoproductores y productores freelance, con mayor o menor llegada a los círculos de decisión, de los cuales la mayoría no asumen su rol empresarial y de empleador, escudándose en el "esfuerzo" y el mérito de poder gestionar recursos (el "movimiento de gestores" es anterior al de industria).

En el discurso hegemónico siempre prevalece el Capital (¡es el capitalismo, estúpido!), ya sea el concreto, el cash, o el simbólico, el meritocrático, que claro, lo determina la propia "institución" que te legitima y, por ende, te institucionaliza.

¿Está mal la institución? Para nada. Si no está mal la institución madre, la Democracia (aunque al atacarla y no ejercerla a pleno parezca que no sirve), ninguna de las instituciones y/u organizaciones que tiendan a tener una comunidad plural tampoco lo están.

Es decir, el ejercicio del Estado de Derecho en cualquiera de las organizaciones es fundamental para que, desde las bases, quienes representan respondan a esas bases. Si el ejercicio del poder se desarrolla en función del usufructo de lo colectivo, es decir, vaciando de contenido lo grupal, lo colectivo, entonces lo convierto en un "síganme que no los voy a defraudar", y la "elección" y la "representatividad" se aplastan, generando la ilusión de la libertad, de la participación, y por ende se subvierte la vitalidad de lo grupal y lo colectivo: lo vivo que es tensar, poner en cuestión, pujar por los intereses individuales para llegar a acuerdos comunes y ejercicios en consecuencia para llevar adelante objetivos superadores de la individualidad.

Recuerdo cuando se lanzó en nuestra ciudad el "Presupuesto Participativo". Con un grupo de compañeras y compañeros planteábamos la preocupación de que se convirtiera en el "siga participando" de la chapita.

El sesgo de confirmación de las redes se ha instalado en los círculos de decisión y ha generado un microclima que expulsa, mira de arriba y, claro, se convence de que es la única cultura, la mejor, la que "quieren todos", incluso aquellos/as que no son alojados, porque es la que se "instala".

El impulso a "pertenecer" genera un accionar errático e ilusorio que permite conformarse con lo que hay: con "si no digo nada, tal vez pueda ocupar aquel lugar", simbólico o concreto. También, y es lo más lamentable, genera en muchos y muchas el "dolor de ya no ser", porque si no pertenecés, "no sos".

Allá por el ’82 salí por primera vez en el diario La Capital, con foto y todo: un compañero, una maestra y yo. La noticia era que nos habíamos juntado un sábado a la mañana, de manera institucional, con guardapolvo y todo, para llevar una ofrenda floral a los "héroes de Malvinas". Esto fue en plena guerra. Subimos al barco Ciudad de Rosario y, en el medio del Paraná, hicimos la ofrenda y vimos cómo las flores se las llevaba el río…

Tal vez esa ofrenda nunca llegó, como los "chocolates" de las 24 hs. El río, o tal vez la marea, las condiciones climáticas, algunos peces o algún pescador desprevenido —ojalá un pescador enamorado— habrán truncado nuestras mejores intenciones. En las 24 hs los "chocolates" no llegaron por las angurrientas y miserables manos de civiles y militares que siempre usufructuaron lo colectivo, manipulando las mejores intenciones en beneficio propio.

Creo que esto es cultural. Esta sistematización de la miseria, esto de "manipular deseos", se convirtió en una "Cultura dominante": un ejercicio de poder cuyo motor es la especulación, el rédito, el escarnio para los muchos que no entran en el molde o ya pasaron de moda. La cultura del "Descarte"… (ojo, en rosarino tal vez suene positivo o al menos cool).

Todavía no había cumplido los 12 y era parte de un proyecto educativo de una escuela que nos permitía descubrir distintos universos desde los distintos talleres (llegué a participar de los talleres de Bonsái, Coro, Periodismo y, por supuesto, el de TEATRO, donde descubrí esto que ejerzo, hago, soy: "trabajador actor").

En esa misma escuela, hoy por hoy, también se promocionan talleres a contraturno, pero para un solo turno, para un solo nivel, para unos pocos y que puedan pagar.

Cierta élite educativa, con cargos directivos, confunde hacer "carrera" con hacer jugar desde temprano "carreras", para que el que llegue primero tenga la posibilidad y pueda sentir que él sí se merece "gozar" del beneficio. Así enseñan: son beneficios a lograr y no derechos a ejercer, porque claro, no hay para todos.

Otra cosa que se ha convertido en cultura: la resignación. Hacemos lo que podemos, es lo que hay y ya.

La Cultura única genera espectadores, bufones y sobrevivientes que van recibiendo migajas para que no hagan demasiado ruido. Pero es una ilusión: habrá quienes quieran llegar a ciertos lugares para repetir la misma matriz, cambiando de denominación y ejerciendo la misma hegemonía con distintas caras o distintas caretas.

Y otros/as ejerciendo, generando, compartiendo sentidos y sentires desde las entrañas de una ciudad diversa.

¿Y con ser parte qué? ¿A dónde hay que llegar? No hay a dónde llegar: hay tránsito, y en ese tránsito un devenir que tendría que transcurrir en una sociedad que, desde las manifestaciones más básicas, responda a premisas que no sean de sometimiento, ni de mayorías ni de minorías; una sociedad que se sostenga realmente en la igualdad, que pueda profundizar la distribución y no un "equilibrio" basado en la dádiva, la exclusión y el mérito de poder sostenerse en una cuerda floja mientras te dé la fuerza, tengas paracaídas o una "red" familiar que te contenga.

No soy quien para criticar a la Universidad como institución, ni tampoco a Fito como artista o persona.
Sí me gusta hacer foco en lo que representan, o quieren representar, o creen representar, o quienes se sienten representados, o tienen cierta referencia aspiracional.

El rector asume que, dando la Universidad esta distinción, se distingue a sí misma por distinguir al hijo pródigo, el mejor de una ciudad que se hizo a sí misma, bla, bla, bla…

Y quien recibe la distinción se define como "aristócrata" de una "aristocracia espiritual" (que es la única aristocracia, agregó —creo— con cierto pudor al escuchar sus propias palabras). ¿Quiere decir que la Cultura que se distingue es la "aristocrática"?

En definitiva, quien quiera distinguir o distinguirse, que lo haga.

Ojalá se distinguiera a todos y todas los y las laburantes de la Universidad con lo mínimo, que es el respeto a los trabajadores. Ojalá que aquel sueño de "mi hijo el dotor" de una clase ninguneada de principios del siglo pasado no se haya convertido hoy en esa élite que solo ve el mérito de unos pocos.

Ah, también el distinguido dijo haber trabajado solo una vez y poco, que lo suyo no es trabajo… (no me meto con la autopercepción). Sí me preocupa el mensaje: lo que define construye, o algo así.

Esto último me da una explicación del porqué ciertos círculos no ven importante el trabajo de quienes nos dedicamos a lo artístico: porque ciertos discursos legitimados no lo ven como trabajo, porque el trabajador no puede hacer nada artístico ni tampoco "Cultura". Solo pueden hacer arte los artistas (consagrados y reconocidos como tales). Y la cultura la puede ejercer el culto (con título, institucionalizado).

Las culturas nos constituyen, y si hay una cultura debería ser el conjunto, o el colectivo, de las distintas culturas, y no una sola ejercida por quien toma decisiones.

Ojalá tuviéramos espacios de discusión, o cátedras abiertas, que permitan construir una cultura que contenga las distintas Rosarios que hay hoy, pero sobre todo que tenga lugar esa Rosario que no se define como tal porque queda fuera del discurso hegemónico.

No hablo de las manifestaciones culturales y artísticas que ejercitaremos como seres humanos a pesar de… Hablo de pensarnos cultores de nuestra propia historia social: colectiva, dinámica, plural, inclusiva, democrática.

Se ejerce una cultura dominante: "bienpensante", "blanca", "meritocrática", "patriarcal", "fragmentada", "concéntrica", "excluyente".

Propongo un espacio, a partir de febrero de 2026, a construir para debatir, cuestionar, pensarnos desde las Culturas.

El eje principal: generar un espacio transversal, multidisciplinario, intergeneracional, con perspectiva de género y basado en los Derechos Humanos universales, que vaya dando cuenta de nuestra ciudad con una mirada plural y democrática.

Quien se quiera sumar me escribe a: christianalvarezteatro@gmail.com

Christian Álvarez
Actor
Egresado de la primaria de la Escuela N.º 71
Dr. Francisco de Gurruchaga

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