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martes, 29 de septiembre de 2026

La tierra en disputa: extractivismo, democracia y resistencias

Este lunes 28 de septiembre,el periodista y escritor Darío Aranda presentó su último libro, Tierra y dignidad, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. La actividad, presentada por Damián Verzeñassi, fue el punto de partida para una extensa exposición sobre extractivismo, democracia, pueblos indígenas, soberanía alimentaria, medios comunitarios y las luchas que, desde distintos territorios, disputan otros modos de pensar el presente y el futuro
La presentación del libro Tierra y dignidad de Darío Aranda no fue solamente la presentación de un libro. Desde las primeras palabras quedó claro que la intención era abrir una conversación mucho más amplia: sobre el extractivismo, pero también sobre la democracia, los derechos humanos, la deuda externa, el periodismo, los pueblos indígenas y, sobre todo, sobre las formas en que las luchas territoriales construyen sus propios caminos aun cuando rara vez ocupan el centro de la escena pública.

El encuentro tuvo como presentador a Damián Verzeñassi, quien dio paso a Aranda, periodista especializado desde hace años en extractivismo, pueblos indígenas, organizaciones campesinas y conflictos socioambientales. Aranda trabajó durante más de dos décadas en PáginaI12 y participa actualmente de proyectos de comunicación cooperativa y comunitaria. Es autor, entre otros trabajos, de Argentina originaria y Tierra arrasada, además de su producción periodística desarrollada durante años desde los territorios. 

Pero esa noche el centro no estuvo puesto en la trayectoria del periodista. Estuvo puesto en aquello que Aranda viene observando desde hace años: un país atravesado por un modelo extractivo que, según su mirada, no puede ser reducido a una discusión ambiental.

El extractivismo, incluso si se deja de lado el ambiente
Aranda comenzó proponiendo un ejercicio. Supongamos, dijo, que lo ambiental no importa. Supongamos que no nos interesa la contaminación de los ríos, ni los desmontes, ni los agrotóxicos, ni los efectos sobre la salud. Dejemos todo eso de lado por un momento y miremos solamente la cuestión económica.

Luego puso un ejemplo para explicar lo que, a su entender, implica el esquema de control y tributación de la actividad minera. "Yo no sé si eso lo han visto", les dijo a los estudiantes. "Viene hoy el gerente de Barrick Gold y firma una declaración jurada que dice: hoy me llevé, vamos a suponer, 100 dólares en cobre. No hay alguien del Estado provincial de San Juan o alguien del Estado nacional controlando. Es una declaración jurada".

A partir de allí planteó otra pregunta: "Obviamente, ¿cuánto van a declarar? ¿Van a declarar lo que están sacando o declaran mucho menos?". Y volvió sobre la cuestión de cuánto queda efectivamente en el país: "¿Cuánto deja al país? ¿Cuánto queda de retenciones? ¿Ustedes saben cuánto queda? Queda el 3%. De cada 100 dólares que se llevan, quedan 3 dólares".

La cifra fue el punto de partida para una comparación que había planteado también en sus charlas con estudiantes: "Si eso no es saqueo, si eso no es expoliación...". Según contó, cuando preguntaba a estudiantes secundarios o universitarios qué porcentaje considerarían justo que permaneciera en el país, "siempre dicen que lo más justo sería por lo menos un 50% que se quede". Y agregaba: "Y cuando les contás que son el 3%, no me pueden creer. Dejás entrar a tu casa a alguien donde te deja el 3% de lo que se está llevando".

La comparación le servía para llevar la discusión más allá de la cuestión ambiental. "Si eso no es saqueo, si eso no es expoliación", planteó, "¿qué es?". Recordó que cuando conversa sobre esto con estudiantes estadounidenses o argentinos, muchos consideran razonable que una parte sustancial de esa riqueza quede en el país. Y, frente a esa expectativa, señalaba la magnitud de la diferencia entre lo imaginado y lo que él describía como el funcionamiento real del modelo.

Para Aranda, entonces, el extractivismo no es una política aislada ni una suma de proyectos empresariales. Es una política de Estado que atraviesa distintos gobiernos y que produce consecuencias económicas, ambientales, sociales y sanitarias.

Un modelo que no termina en la mina
El recorrido siguió por la pampa fumigada, por las denuncias vinculadas a los agrotóxicos y por las investigaciones que relacionan determinadas exposiciones ambientales con problemas de salud. Recordó trabajos científicos y experiencias que, según explicó, muestran la presencia de glifosato incluso en lugares alejados de las zonas directamente fumigadas.

Mencionó investigaciones realizadas en La Plata sobre agua de lluvia que tenía glifosato y recordó la detección de este herbicida incluso en la Antártida. La pregunta que quedaba flotando era sencilla: si eso ocurre allí, ¿qué sucede en los pueblos rodeados de soja y otros cultivos industriales?

La referencia a Andrés Carrasco apareció en ese punto como una síntesis de la preocupación: la Argentina convertida en un "experimento a cielo abierto", con la propia población ocupando el lugar de los cobayos.

Pero Aranda volvió a insistir en que el problema no se agota en la contaminación.

Luego citó a Horacio Machado Aráoz y una idea que, según contó, le resulta especialmente útil: incluso dejando de lado lo ambiental, el extractivismo debe ser cuestionado porque reproduce dependencia y pobreza. El ambiente no es un argumento adicional que se agrega después. Es parte de una discusión mucho más profunda sobre el modelo económico.

Luego llevó esa discusión al litio y cuestionó la idea de que los países latinoamericanos puedan simplemente industrializar sus materias primas y, a partir de allí, alcanzar un proceso autónomo de desarrollo.

"¿Vos creés que Toyota o Mitsubishi va a aceptar que Argentina, Bolivia o Chile desarrollen la batería de litio?", preguntó y con esto apuntaba a poner en discusión quiénes tienen capacidad de decisión dentro de las cadenas globales de producción y qué posibilidades reales tienen los países que aportan las materias primas de avanzar hacia los eslabones de mayor valor agregado.

A partir de allí introdujo una dimensión geopolítica. Se preguntó qué multinacional o qué potencia estaría dispuesta a aceptar que los países latinoamericanos avancen sobre los eslabones de mayor valor de una industria estratégica, y vinculó esa disputa con la capacidad de las grandes potencias para imponer sus intereses incluso por vías de fuerza.  En ese punto mencionó a Donald Trump y los bombardeos como ejemplo de esas relaciones de fuerza.

A continuación, Aranda llevó la discusión a la historia y recordó el caso de Salvador Allende, cuando Chile nacionalizó el cobre: "Hace falta ver Allende, digamos, cuando nacionalizó el cobre. Es muy simple la historia".

La pregunta por el litio, en ese sentido, no aparecía aislada del resto de su exposición. Para Aranda, forma parte de una discusión más amplia sobre extractivismo, dependencia y soberanía económica: quién extrae los recursos, quién controla las tecnologías necesarias para transformarlos, quién captura el valor de esa transformación y qué capacidad tienen los países latinoamericanos para decidir sobre sus propios recursos.

Una política de Estado que atraviesa gobiernos
Aranda fue particularmente cuidadoso en este punto: cuestionó la idea de que solamente determinados gobiernos representan el extractivismo.

Recordó experiencias bajo gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva, Evo Morales, Hugo Chávez y Rafael Correa, es decir, administraciones que para buena parte de la militancia latinoamericana ocupan un lugar político muy distinto al de las derechas tradicionales. Pero inmediatamente hizo una aclaración: señalar continuidades no significa afirmar que todos los gobiernos sean iguales.

Por eso puso como ejemplo la diferencia entre Bolsonaro y Lula en Brasil. La discusión, sostuvo, necesita evitar las simplificaciones. Se puede cuestionar una política sin borrar las diferencias políticas existentes.

Ese equilibrio atravesó buena parte de la exposición: reconocer continuidades del modelo extractivo sin convertirlas en la afirmación de que todo da lo mismo.

La referencia a Hugo Chávez y Las venas abiertas de América Latina, el libro de Eduardo Galeano, apareció entonces como una imagen de esa historia latinoamericana de expoliación. Aranda recordó el episodio en el que Chávez entregó el libro a Barack Obama durante una cumbre presidencial y planteó, con ironía, que quizá debería haber entregado un ejemplar a cada presidente latinoamericano.

Porque, según su planteo, el problema no termina en la relación entre América Latina y las potencias extranjeras. También existe una responsabilidad de los gobiernos nacionales y provinciales.

Extractivismo y democracia
Fue entonces cuando la exposición cambió de eje. "Más extractivismo, menos democracia" fue la relación que Aranda propuso para pensar conflictos como los de Jáchal, Andalgalá, Formosa, Chaco o Salta. Allí, sostuvo, no solamente está en juego el ambiente: están en juego derechos.

La democracia apareció así como una de las grandes preguntas de la charla.

Aranda cuestionó una idea de democracia reducida a votar periódicamente. ¿Por qué votar cada dos años?, preguntó. ¿Por qué no consultar a la población sobre determinadas decisiones fundamentales?

El ejemplo de Esquel le permitió llevar esa pregunta a un caso concreto. En plena crisis de 2002 y 2003, la población de esa ciudad se enteró de que una empresa minera pretendía instalar un proyecto que podía modificar completamente el perfil productivo del lugar. La reacción fue: "Nosotros decidimos nuestro futuro".

La consulta popular contra la megaminería se transformó, en su relato, en un ejemplo de democracia directa y de participación territorial. No se trataba simplemente de rechazar una actividad económica. Se trataba de discutir quién tiene derecho a decidir qué sucede en un territorio.

Derechos humanos más allá de 1976
En ese punto Aranda vinculó extractivismo y derechos humanos. Cuestionó que el concepto de derechos humanos quede restringido a la última dictadura cívico-militar. Recordó a Nora Cortiñas como una de las referentes de organismos de derechos humanos que también acompañó luchas socioambientales.

Para Aranda, los derechos humanos también están presentes en la violencia que sufren comunidades indígenas, en la represión de protestas, en la contaminación, en los problemas sanitarios derivados de determinadas actividades productivas y en la muerte de personas como Rafael Nahuel.

Por eso discutió la idea de que las reivindicaciones de los pueblos indígenas o las luchas territoriales constituyan "contradicciones secundarias" frente a objetivos políticos considerados más importantes.

La pregunta que dejó planteada fue si realmente se puede hablar de derechos humanos mientras se acepta que determinados territorios y poblaciones sean sacrificados en nombre de un modelo de desarrollo.

La democracia de la derrota
El cuestionamiento se extendió a la política partidaria. Aranda recordó cómo diferentes sectores que marchan contra determinados gobiernos suelen considerar que cuestionarlos internamente puede "hacerle el juego a la derecha". Contó que esa misma acusación apareció durante distintos gobiernos y que, de ese modo, nunca parecería existir un momento adecuado para discutir las políticas propias.

Formosa fue utilizada como contraste. Según Aranda, una charla como la que estaba teniendo lugar sería muy difícil de realizar allí sin que existieran mecanismos de vigilancia o intimidación.

La pregunta, entonces, volvió a ser qué entendemos por democracia.

También recordó el debate sobre la deuda externa. Contó una escena que lo había conmovido: una estudiante de 13 años, durante una charla en una escuela porteña, preguntó si era posible no pagar la deuda externa.

La pregunta, dijo, lo impactó porque cuestionaba algo que muchos adultos consideran incuestionable.

A partir de allí discutió la idea de que determinadas decisiones económicas son inevitables. Si una sociedad acepta como natural que la deuda debe pagarse independientemente de sus consecuencias sociales, sostuvo, también está aceptando un límite impuesto previamente a lo que puede imaginar políticamente.

En su exposición vinculó esa deuda con la necesidad de generar divisas mediante actividades extractivas. La soja, la minería y el petróleo aparecen entonces conectados, en su interpretación, con la necesidad permanente de conseguir dólares.

Y ahí reapareció la pregunta por la democracia: ¿quién decide esas políticas y quién participa de esas decisiones?

Del voto con esperanza al voto con miedo
Aranda propuso entonces un ejercicio generacional. Recordó que sus padres votaron a Raúl Alfonsín en 1983 con esperanza, después de los años más oscuros de la historia reciente argentina. Luego habló del entusiasmo que despertó el menemismo en sectores importantes de la sociedad, aunque sus propios padres no lo hubieran acompañado electoralmente.

Después llegó otra etapa: la del "mal menor". "Este no me gusta, pero el otro es peor", resumió. Y finalmente describió una transformación más reciente: el voto con miedo.

Para él, la segunda vuelta de 2023 entre Sergio Massa y Javier Milei representó, en su experiencia, una situación en la que muchas personas votaron fundamentalmente para evitar un resultado que temían.

Lo llamó "la democracia de la derrota". No como una invitación a quedarse en la resignación, sino como una pregunta: ¿qué pasó en cuarenta años para pasar de votar con esperanza a votar al mal menor y finalmente votar con miedo?

La respuesta, insistió, no debía ser buscar inmediatamente al próximo candidato, sino volver a preguntarse qué democracia se quiere construir y qué lugar ocupa la sociedad en esa construcción.

Capitalismo, corporaciones y posibilismo
El extractivismo apareció entonces ligado al capitalismo. Aranda rechazó la idea de que la expansión del extractivismo pueda analizarse separada de la expansión del capitalismo contemporáneo. El problema, dijo, es que quienes ya tienen una parte enorme de la riqueza buscan apropiarse de una porción todavía mayor.

En ese punto recuperó una frase atribuida a Marcos Pastrana, referente de la lucha de los pueblos indígenas del noroeste argentino: la idea de que los ciudadanos terminan eligiendo gobernadores, presidentes, senadores y diputados que funcionan como gerentes locales de grandes corporaciones internacionales.

La frase le servía para discutir el llamado "posibilismo": la política entendida como el arte de aceptar lo que supuestamente se puede hacer y descartar de antemano aquello que aparece como imposible.

Aranda propuso invertir la pregunta. Después de tantos años preguntando qué se puede hacer, quizá sea necesario preguntarse qué es aquello que no se está dispuesto a aceptar.

No presentó esa idea como una receta cerrada. La dejó como una invitación a discutir.

¿La política institucional es el único camino?
La misma discusión apareció cuando habló de los partidos políticos. Contó una experiencia reciente con un partido de izquierda. Durante una charla había dicho que, a su juicio, los partidos políticos "atrasan". Una referente socioambiental le señaló que quizá podría haberlo formulado de otra manera: no como una descalificación, sino como la búsqueda de otras formas de construcción política.

Aranda reconoció que aquella observación le había hecho pensar. Pero mantuvo el fondo de su planteo: no está convencido de que toda la energía social deba orientarse hacia la próxima elección.

La pregunta que formuló fue qué ocurriría si parte de esa energía, tiempo y capacidad organizativa se destinara a construcciones territoriales permanentes.

No estaba proponiendo una conclusión única. Lo planteó como una discusión abierta.

Las voces que no aparecen
El paso siguiente llevó directamente al periodismo. Aranda explicó que uno de los objetivos de su trabajo es privilegiar voces que rara vez tienen espacio en los medios masivos: comunidades indígenas, campesinos, asambleas socioambientales y personas que defienden sus territorios.

Nombró a distintos protagonistas de sus crónicas y explicó que muchos de ellos no son influencers ni figuras conocidas. Están ocupados, dijo, defendiendo sus territorios.

Su crítica a las redes sociales fue fuerte. Reconoció que son herramientas necesarias, pero sostuvo que están modificando la subjetividad y las formas de participación a una velocidad que todavía no estamos dimensionando.

Incluso planteó una comparación deliberadamente provocadora: las pantallas y las redes pueden resultar, en términos de transformación de la subjetividad y de las democracias, más peligrosas que algunos de los contaminantes que habitualmente discutimos.

La cuestión, para él, es que todavía no existe suficiente discusión sobre ese fenómeno ni siquiera dentro de los ámbitos militantes y académicos.

El periodismo como herramienta
Aranda reivindicó, sin embargo, al periodismo. Lo definió como una herramienta para la construcción y el cambio social. Mencionó como referentes a periodistas como Rodolfo Walsh y Osvaldo Bayer, y destacó también a jóvenes trabajadores de prensa que continúan defendiendo el oficio incluso dentro de medios cuyas líneas editoriales consideran adversas.

Pero hizo una invitación concreta a quienes critican a los grandes medios. Si una persona rechaza a TN, C5N o cualquier otro medio hegemónico, preguntó, ¿cuánto dinero aporta a un medio comunitario, popular o alternativo?

La diferencia entre consumir información y sostener económicamente a quienes producen otra clase de periodismo fue presentada como una decisión política.

Del mismo modo que elegir una feria local o un hipermercado, una editorial independiente o una multinacional supone orientar nuestro consumo, elegir qué medios apoyar también implica tomar posición sobre qué tipo de comunicación queremos que exista.

El libro y las luchas que no empiezan de cero

Aranda explicó que el libro reúne 31 crónicas y busca un equilibrio entre distintas actividades y regiones: minería, petróleo, soja, agroecología, pueblos indígenas; Patagonia, Mesopotamia, NOA y centro del país.

Pero había otro equilibrio que consideraba todavía más importante: mostrar las injusticias sin ocultar los avances. Porque, según su mirada, las luchas no son solamente derrotas.

Esquel, por ejemplo, no apareció de la nada. Antes hubo en Chubut una lucha contra el proyecto de instalar un basurero nuclear en Gastre y Gan Gan. En los años noventa, recordó, una enorme movilización logró impedir ese proyecto.

Para quienes después protagonizaron la resistencia a la megaminería en Esquel, aquella lucha previa fue fundamental. Y Esquel, a su vez, se convirtió en una referencia para otras luchas.

Aranda contó el caso de Loncopué, en Neuquén, donde en 2012 una consulta popular terminó con un 80 por ciento de los votos en contra de la megaminería.

Los habitantes de Loncopué agradecieron entonces a Esquel, pero también a Andalgalá y a Gualeguaychú. La cadena continuaba.

¿Cómo se mide una lucha?
La historia de Gualeguaychú le permitió introducir una pregunta que atravesó toda la parte final de la exposición: ¿cómo se mide una lucha?

Desde cierta mirada, la lucha contra las pasteras podría considerarse una derrota porque una planta finalmente se instaló frente a la ciudad.

Pero Aranda contó que Victoria Veronese le había planteado otra manera de mirar ese proceso: originalmente se proyectaban cuatro plantas. Entonces, ¿cómo se mide realmente una lucha? La pregunta no tenía una respuesta sencilla.

Lo mismo ocurrió con los Productores Independientes de Piray, en Misiones. Familias campesinas rodeadas por monocultivos forestales comenzaron a organizarse hasta conseguir la expropiación de 600 hectáreas pertenecientes a una gran multinacional.

Para alguien mirando el mapa desde Buenos Aires, 600 hectáreas pueden parecer poco frente a las enormes superficies que concentra una empresa forestal.

Pero Aranda relató la respuesta de Miriam Zamudio, una de las protagonistas de esa experiencia: en esas 600 hectáreas estaban produciendo alimentos, generando excedentes, comercializando y donando comida a escuelas.

Y agregó una frase decisiva: esas eran las primeras 600 hectáreas.

La dimensión de una lucha, entonces, no se mide solamente en hectáreas, porcentajes o cantidad de territorio recuperado. También se mide por aquello que una comunidad consigue construir a partir de lo recuperado.

La agroecología como construcción
Otro ejemplo cercano apareció en Guadalupe Norte, en el norte de Santa Fe. Aranda habló de Naturaleza Viva y de Remo e Irmina, militantes históricos vinculados a las Ligas Agrarias y perseguidos durante la dictadura, que construyeron allí durante décadas una experiencia de referencia en agroecología.

Le interesó especialmente una cuestión aparentemente pequeña: ellos se definen como campesinos. No como productores, no como pequeños productores: campesinos.

Para Aranda, recuperar esas palabras también forma parte de la lucha. Así como durante años ser indígena o campesino fue presentado como algo negativo, reivindicar esas identidades también implica disputar una forma de nombrar el mundo.

Desde allí llegó a la soberanía alimentaria. Recordó que en 2001, en plena crisis argentina, surgió en la Universidad Nacional de La Plata una cátedra de soberanía alimentaria, cuando el concepto todavía era poco conocido.

La pregunta central es quién decide cómo se produce el alimento, quién lo produce, cómo se comercializa y para quién se produce.

Hoy, explicó, existen más de sesenta espacios de cátedras libres de soberanía alimentaria en universidades públicas argentinas.

Para Aranda, esos espacios tampoco aparecieron por concesión de las autoridades universitarias: son resultado de luchas y construcciones colectivas.

Los pueblos indígenas y el derecho a existir
La exposición volvió entonces a uno de los temas centrales de la trayectoria de Aranda: los pueblos indígenas. Contó que cuando comenzó a estudiar el tema, el Estado argentino reconocía oficialmente 16 pueblos indígenas. Hoy reconoce 38 pueblos indígenas preexistentes al Estado argentino.

La palabra "preexistente" no es un detalle jurídico menor. Significa que esos pueblos existían antes de la conformación del Estado argentino.

El pueblo guaraní habitaba territorios antes de que existieran Argentina, Paraguay, Bolivia o Brasil como Estados nacionales. El pueblo mapuche habitaba el territorio antes de la formación de Argentina y Chile.

Aranda insistió en que ese reconocimiento no fue una concesión espontánea de gobernadores, presidentes o ministros. Fue resultado de décadas de lucha de los propios pueblos indígenas.

Y contó una escena protagonizada por Félix Díaz que le permitió explicar qué significa un triunfo más allá de la obtención inmediata de una reivindicación concreta.

Durante una movilización en Buenos Aires, alguien le preguntó a Díaz por qué, después de tantos años de lucha, todavía no habían conseguido el título de las tierras que reclamaban.

La pregunta contenía implícitamente una idea: después de tanto tiempo, todavía no habían logrado nada. La respuesta de Díaz modificó completamente esa mirada.

Hasta hacía pocos años, dijo, en Argentina prácticamente nadie sabía que existía un pueblo indígena llamado qom. Ahora la palabra Qom formaba parte del vocabulario nacional. Eso también era un triunfo.

No había recuperado todavía todas las tierras reclamadas, pero había conseguido algo que no era menor: que millones de personas reconocieran la existencia de ese pueblo.

Una democracia que se ejerció desde abajo
Uno de los ejemplos que más énfasis recibió fue el de Misiones. Aranda contó que una lucha contra una megarepresa de Corpus terminó dando origen a una legislación provincial que obliga a realizar una consulta popular vinculante frente a nuevos proyectos de represas.

Y recordó otro episodio: en 2014, ante la falta de una convocatoria oficial para discutir el proyecto de Garabí, entre Brasil y Argentina, cincuenta organizaciones se organizaron y decidieron convocar ellas mismas a una votación.

No esperaron al Estado. Se instalaron urnas en plazas y clubes de barrio. Participaron alrededor de 120.000 misioneros y el 96 por ciento votó contra las megarepresas.

Para Aranda, ese episodio constituye uno de los mayores ejercicios de democracia directa de las últimas décadas en Argentina. 

Y volvió a aparecer la pregunta que había recorrido toda la charla: ¿por qué casi nadie conoce esa experiencia? Su respuesta fue provocadora: porque es un mal ejemplo.

No porque haya sido negativo, sino porque muestra que la sociedad puede organizar mecanismos de decisión por fuera de las estructuras institucionales tradicionales.

El pueblo mapuche y la recuperación del territorio
La última parte estuvo dedicada al pueblo mapuche y a lo que Aranda definió como una larga campaña de estigmatización y racismo.

Se refirió particularmente a la afirmación repetida de que los mapuches "son de Chile", y recordó la curiosa inversión de ese argumento del otro lado de la cordillera, donde también se ha dicho que son argentinos.

La cuestión histórica, explicó, es mucho más compleja: el territorio mapuche es anterior a la existencia de los Estados argentino y chileno.

Aranda también se refirió al reconocimiento legal de derechos indígenas y a procesos de recuperación territorial desarrollados por comunidades mapuches.

Mencionó el caso de tierras en manos de grandes propietarios y el de una comunidad que identificó un antiguo cementerio mapuche dentro de un territorio perteneciente a la familia Benetton y recuperó una superficie de 625 hectáreas.

Más allá de las controversias jurídicas y políticas que puedan existir alrededor de estos procesos, el punto de Aranda era otro: mostrar que también allí hay acciones concretas que modifican la relación de fuerzas.

La memoria de los triunfos
En ese momento volvió una idea que había aparecido varias veces durante la charla: las organizaciones populares suelen recordar mucho más sus derrotas que sus victorias.

Cada nueva lucha parece empezar desde cero. No se recuerda suficientemente que Esquel fue posible después de Gastre; que Loncopué aprendió de Esquel; que otras luchas aprendieron de Loncopué; que experiencias campesinas construyeron sobre otras experiencias campesinas; que las comunidades indígenas llevan décadas acumulando reconocimiento y herramientas jurídicas.

Aranda sostuvo que los sectores populares también tienen héroes, mártires, memoria y triunfos. El problema es que esa historia rara vez ocupa los espacios centrales de la comunicación.

Por eso el libro no busca solamente denunciar aquello que sucede en los territorios. También busca registrar las experiencias que lograron avanzar.

El territorio está más cerca de lo que parece
Hacia el final, Aranda volvió a invitar a quienes lo escuchaban a salir de la comodidad de los grandes conceptos y acercarse a los territorios. No necesariamente hay que viajar dos mil kilómetros para hacerlo.

El territorio puede ser el merendero comunitario del barrio, una huerta comunitaria, una organización vecinal o quienes están defendiendo un espacio urbano frente a un proceso de especulación y concentración de tierras.

También mencionó el extractivismo urbano como un campo que merece ser discutido, particularmente en ciudades como Rosario, atravesadas por la cercanía del agronegocio y por procesos de inversión inmobiliaria.

La invitación no era solamente a leer sobre las luchas, sino a conocerlas.

¿De qué lado estamos?
Aranda cerró con una escena que condensó buena parte de la exposición. Contó que, cuando participa en reuniones familiares o conversa con personas alejadas de estos conflictos, a veces le dicen que está en el lado equivocado.

Entre los campesinos y Bayer o Monsanto, le dicen, ya se sabe quién va a ganar. Entre Benetton y los mapuches, también.

Entre las grandes empresas tecnológicas y las comunidades indígenas, nuevamente. La lógica parece ser que, si la relación de fuerzas es tan desigual, luchar es una forma de perder el tiempo.

Pero Aranda respondió desde otra perspectiva. Recordó la imagen de Matrix: llega un momento en que hay que elegir entre una pastilla y otra, y después de elegir ya no se puede volver atrás de la misma manera.

La decisión de involucrarse en una lucha también modifica la manera de mirar la realidad.

Y entonces recuperó una frase que no presentó como propia, pero que eligió para cerrar: si luchamos, sabemos que podemos perder; pero si no luchamos, estamos perdidos.

La frase funcionó como cierre, pero también como síntesis de algo más amplio que un discurso sobre el extractivismo.

Porque la exposición de Aranda no había sido solamente una enumeración de conflictos ambientales. Había sido una discusión sobre quién decide, quién tiene derecho a ser escuchado, qué se considera democracia, qué voces llegan a los medios, qué historias quedan fuera de los relatos oficiales y, sobre todo, qué hacemos con las experiencias de quienes ya llevan décadas construyendo alternativas.

El libro presentado aparece, en ese sentido, como un registro de esas experiencias: las injusticias, pero también las resistencias; las derrotas, pero también los avances; los territorios amenazados, pero también los territorios recuperados.

Y sobre todo, como una invitación a mirar de nuevo aquellas luchas que muchas veces parecen pequeñas desde lejos y que, vistas desde el territorio, pueden significar el comienzo de algo mucho mayor.

Ver también: Tierra y dignidad: el periodismo de Darío Aranda a ras del territorio

domingo, 27 de septiembre de 2026

La Toma, 25 años de resistencia: trabajadores anunciaron medidas ante un nuevo embate judicial

Con una multitudinaria presencia de organizaciones sindicales, sociales y populares, trabajadores y trabajadoras de Rosario se reunieron en el establecimiento conocido popularmente como La Toma, ubicado en Tucumán 1349, para conmemorar los 25 años de resistencia desde la ocupación y puesta en funcionamiento del lugar por parte de sus trabajadores.

El edificio, que anteriormente fue sede central del Supermercado Tigre S.A. de Rosario, permanece desde julio de 2001 bajo gestión de sus trabajadores, quienes resisten desde entonces una sentencia de desalojo y distintas instancias judiciales. Durante estos 25 años, el espacio fue puesto al servicio de organizaciones del movimiento obrero y popular y de distintas iniciativas vinculadas con políticas públicas y sociales.

El acto se realizó una semana después de que los trabajadores fueran notificados de la apertura de nuevas causas judiciales vinculadas con el lugar. En ese marco, denunciaron un nuevo intento de desalojo y de criminalización de quienes sostienen la ocupación y la utilización social del establecimiento.

Rodeados por organizaciones sindicales y populares de la región, los trabajadores resolvieron mantener y profundizar el camino de resistencia y solidaridad frente a esta nueva instancia judicial. Entre las medidas anunciadas se planteó la utilización permanente del espacio por parte de organizaciones populares, la realización de movilizaciones recurrentes y la conformación de un Comité de Lucha y Solidaridad en Defensa de La Toma.
Durante la jornada hicieron uso de la palabra Paulo Juncos, secretario general de la CTA de los Trabajadores; Lorena Almirón, secretaria general de la CTA Autónoma; Edgardo Arrieta, secretario general de la CATT (Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte); Miguel Vivas, secretario general de la CGT; Raúl Godoy, de Zanón (Neuquén); y Jorge Perlo, secretario general del Sindicato Judicial.

En Señales escuchamos las intervenciones de todos los participantes de esta jornada, en una verdadera asamblea popular que reunió a referentes sindicales, trabajadores, organizaciones sociales y representantes del movimiento obrero y popular de la región.

Carlos Ghioldi, uno de los referentes históricos de La Toma, fue quien informó las nuevas instancias de lucha y planteó, en el marco de la asamblea, la necesidad de profundizar la organización colectiva para afrontar esta nueva situación.

La jornada incluyó además una conmemoración por los 50 años del golpe de Estado de marzo de 1976. En ese marco se realizó un homenaje a organizaciones defensoras de los derechos humanos mediante una "condecoración" y un "fraternal abrazo proletario" a Norma Ríos (APDH), Silvia White y Elida Luna (Familiares de Detenidos Desaparecidos), Cristina Solano (Asociación Anahí), Romina Marucco (HIJOS), Camila Sala (NIETES) y Pablo Álvarez (Ronda de Madres).

El acto concluyó con un mensaje de Oscar Lúpori, del MEDH, ante una numerosa presencia de organizaciones sindicales, sociales, populares y de derechos humanos que volvieron a expresar su solidaridad con los trabajadores de La Toma.

A continuación, compartimos el mensaje completo de Carlos Ghioldi, en el que repasa los 25 años de resistencia de La Toma y plantea las nuevas medidas de lucha y organización frente a esta nueva instancia de conflicto judicial:
Es una alegría inmensa recibir a todos y cada uno de los trabajadores, trabajadoras y sectores populares que hoy están aquí presentes. Es una alegría inmensa, nos desborda el corazón lo que hoy recibimos.

Nosotros, cuando empezamos a pensar este acto, era una conmemoración y una demostración de seguir la lucha, pero hace una semana decidieron iniciarnos nuevas causas penales, decidieron volver a la carga desde otro juzgado.

Por lo tanto, nos vimos en la obligación de hacer algunos ajustes.

Vamos a contar un poco la historia de este lugar. Somos trabajadores y trabajadoras que nos dejaron en la calle en un momento en el cual se dejaba a miles de personas en la calle. Era la explosión de las políticas del Consenso de Washington, de las reformas neoliberales, y quedábamos, recordemos, los mayores —los que no habían nacido no lo recordarán—, pero la gente grande sí lo recordamos: que los viernes, desde las radios, se daba un informe de la cantidad de empresas que en tribunales iban a quiebra, concursos de acreedores. Era como el clima o los embotellamientos de tránsito: eran los viernes en las radios, esta semana tantas empresas.

Miles de personas nos quedábamos en la calle cotidianamente, la mitad de la población, la mitad y encima con una desventaja: no existía ningún tipo de seguridad social porque había desaparecido el derecho a jubilarse con la AFJP, porque había desaparecido la asignación, no había Asignación Universal. Porque era una situación terrible.

En ese marco, desde la organización sindical, los trabajadores veteranos que ya teníamos algunas tomas en el lomo, en el 91 habíamos tomado este mismo edificio, que era el Supercoop. Algunos de los que estábamos, en el 91, eran muy chiquitos todos. Nosotros ya estábamos tomando edificios.

La cuestión fue que organizamos una asamblea con las mayorías que se daba cuenta que los dejaban en la calle a los compañeros para ocupar el edificio.

Textualmente, Antonio, dije: "Por tres meses, por tres meses vamos a ver qué pasa", porque era la experiencia anterior.

Nos comunicamos con el presidente de la Cámara de Supermercados, que sabíamos que quería el edificio porque quería abrir una nueva cadena de supermercados, y este edificio, en el microcentro de la ciudad de Rosario, es el único supermercado que tiene la playa de estacionamiento al lado, no en un galpón, no en la otra cuadra, al lado.

Entonces nos dirigimos a plantearle: bueno, si quieren el edificio, nosotros no tenemos problema, pero tenemos que discutir las condiciones para que el personal tenga su puesto de trabajo.

Y me dijo —ya está fallecido el señor que me dijo esto—, me dijo: "No, con usted y esa gente no vamos a charlar nada, pero nada. Si total, en seis meses solitos van a salir gateando por la puerta, cagados de hambre".

"Vamos a ver", le dije.

Y de verdad tuvo razón: nos cagamos de hambre. En eso tenía razón.

Pero nos quedamos 25 años.

Y sintetizar 25 años es muy complejo, porque nosotros no es que ocupamos el lugar y nos trataron bien. A los minutos de que entramos al lugar, ya estaba la policía. El 8 de agosto —tomamos el edificio el 26 de julio—, el 8 de agosto ya teníamos una sentencia de la Corte Suprema que ordenaba el inmediato desalojo, la inmediata ejecución del desalojo del lugar, que sigue en vigencia el día de hoy.

La única manera por la cual esa sentencia no se ha podido llevar adelante es porque hemos recibido la inmensa solidaridad del conjunto de las organizaciones populares y sindicales de la ciudad de Rosario. No nos han desalojado por esa solidaridad.

No nos han desalojado porque nunca renegamos de nuestra condición de trabajadores organizados y en lucha que veníamos a trabajar.

Jamás nos consideramos ni emprendedores, ni recuperadores de empresas, ni nuevos empresarios. Siempre fuimos trabajadores solidarios en lucha. Y así nos dimos a conocer desde el primer momento.

Somos parte, y lo dijo Juan Nucci en este mismo lugar: mientras La Toma esté, es parte del movimiento obrero organizado de la región de Rosario. Y para nosotros eso es una condecoración.

Esa solidaridad recibida a lo largo de todos estos años nos enseñó muchísimo. Si vos recibís solidaridad, vos después no te podés hacer el salame de decir: "Ah, bueno, arréglensela todo solos".

Entonces estaban los compañeros jubilados, no tenían dónde reunirse. "Vengan acá, compañeros". Estaban los organismos de derechos humanos. "Vengan acá, compañeros". Y así los estudiantes, me acuerdo, estaban con un quilombo con Patricia Bullrich. "Vengan acá, compañeros".

"Vengan acá, compañeros". Y así sucesivamente. Empezamos los cadetes, ¿te acordás? "Vengan acá, compañeros". Me quieren matar cuando... "Vengan acá".

Y así fuimos organizando una utilización social, solidaria y compartida del edificio. No fue diagramado en un cuadro teórico. Fue surgiendo de este propio encierro que nos llevó el Poder Judicial, que nos llevó la animadversión empresaria, y resistir por dos razones.

Para que no nos desalojen y para que no vayamos en cana. Porque nos llenaron de causas judiciales. Porque nos inventaron causas judiciales de todos los colores.

Maltrataron a compañeros. Por eso decidimos que yo asumiera la responsabilidad penal. Porque trataban muy mal.

A mí me trataban de una manera, ellos los trataban de otra manera. Entonces decidimos eso. Por eso nosotros, desde ese momento, somos defensores incondicionales de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Porque nosotros soportamos en carne propia lo que es la persecución judicial. Y por eso reclamamos la libertad de todos los presos de causas inventadas. Empezando por Cristina Kirchner, por Milagros Sala, por Sebastián Romero, por todos y cada uno de los compañeros que son detenidos los miércoles por las marchas de los jubilados.

Por eso. Porque sabemos lo que es inventar causas. A mí me inventaron causas por homicidios, me inventaron causas por la violación de la libertad.

Porque dice que a uno lo encerramos. Nunca lo hicimos. Y que le pegamos a un comisario grandote así, le quebramos el tabique.

Jamás.

Bueno, esas... Por eso nosotros tenemos esta política. No es una cuestión pensada teóricamente.

Y ocurrió también en el camino otra cosa. Vivimos un sistema social absolutamente injusto. Es inaceptable. Cada día peor.

Pero hubo momentos en que, a raíz de las explosiones populares en esta región, surgieron gobernantes con cierta sensibilidad hacia los reclamos populares. Eso es indiscutible.

Por eso recuperamos el derecho a jubilarnos, por eso apareció la Asignación Universal por Hijo (AUH) y todo eso.

En ese momento, muchas organizaciones o sectores populares estaban por la calle, ferias, ese tipo de cosas. Entonces nos encontramos por la calle con un compañero de la municipalidad y le ofrecimos el lugar para que la municipalidad instale a los compañeros y compañeras emprendedores en vez de ponerlos en una estación de trenes en la Ruta 34.

Le dijimos: "Vénganse acá, en el centro, y de acá en el centro pueden seguir laburando".

Lo mismo hicimos con los compañeros y compañeras de estudiantes que estaban en quilombo con Patricia Bullrich también. Les cortaban el presupuesto. No sé, algo nuevo... Nunca se les ocurrió.

Entonces, en esas movilizaciones, la compañera que anda por ahí dijo: "Ay, el piso de arriba me hace acordar al comedor universitario, porque acá teníamos un patio de comida".

Entonces le dijimos: "Bueno, hagamos el comedor universitario otra vez, acá en Rosario". Y así se recuperó el comedor universitario.

Una lucha conjunta con los trabajadores de La Toma, las organizaciones estudiantiles y el rector, que también se sumó. Y ahí se rearmó el comedor universitario.

Nos enteramos que los estudiantes tenían que pagar galerías para recibirse de Bellas Artes. Le ofrecimos el sótano para que abran una galería de arte.

Tiene una galería de arte hermosa. Visítenla, está muy buena. Es de la Universidad Nacional de Rosario.

Y luego, gracias a las compañeras del Puente, que estaban en el tema de la salud mental y la lucha por la Ley de Salud Mental, aprendimos el proceso de desmanicomialización y nos llena enormemente de orgullo que el proceso de desmanicomialización más avanzado de Sudamérica se llevó adelante acá, que es "El horno de esta para bollos", que es los internados del Agudo Ávila, que vienen acá a trabajar en una cooperativa, y así sucesivamente.

Son decenas de casos. Los actores, los sindicatos, todas las organizaciones populares, sectores políticos partidarios de un bando retrosko, sectores políticos partidarios de un bando reperonista.

Nosotros, en este sentido, no nos consideramos superiores a nadie y queremos cobijar a todos porque cada organización que cobijamos es un jalón más en la lucha por la defensa del lugar, para que no nos desalojen y no nos lleven canas, porque el día que nos agarren no nos la van a perdonar.

Sepan que estos tipos, este poder económico, entonces es una lucha de vida o muerte para nosotros estos 25 años.

Nosotros así fuimos llegando a esta instancia y ahora, después de 25 años en los que aprendimos algo que es muy importante, que lo dijeron los compañeros: la mejor manera de resistir para el trabajador, para el sector popular, es la organización colectiva, la unidad y la movilización.

No existen posibilidades de que un funcionario sensible pueda desarrollar políticas si no hay un pueblo haciendo tronar el escarmiento en las calles y demandando cuestiones que no deben ser olvidadas.

Es poner en la agenda no lo que se le ocurre a cuatro grandes oligarcas mediáticos y el círculo rojo del poder; es poner en la agenda las necesidades del pueblo trabajador.

Nosotros es lo que ellos hacen lobby con la tarjeta Banelco, con funcionarios, con visitas raras, con regalos. Nosotros no podemos hacer nada de eso: ni Banelco, ni visitas raras, ni nada. Regalo esto, regalo entre nosotros.

Y lo que no podemos escuchar es cuando el pueblo se moviliza y sale a las calles. Eso es imposible de ser desoído.

No es fácil, tampoco se hace en un día, pero es lo que hay que hacer. Y eso lo aprendimos acá.

Y aprendimos también que nunca el enemigo está entre nosotros, que puede estar alguno medio insoportable, medio jodido, todo lo que vos quieras. Te acepto todas, todas, ya ni siquiera políticamente, muy bueno casi sea.

Ahora, lo que sí, no está el enemigo entre nosotros. El enemigo está en otro lado, viviendo de nosotros. No es así como nos lo quieren hacer creer.

Por eso tenemos que saber, sin renunciar a nuestra identidad, porque unidad no es uniformidad, saber encontrar los puntos que nos permitan luchar y movilizarnos conjuntamente. Y eso lo aprendimos acá. Lo aprendimos con ustedes. Lo aprendimos, ustedes nos lo enseñaron.

De un palo medio sectario, medio trosko, que me conocen de antes, saben, pero aprendimos que la necesidad de luchar del movimiento obrero tiene una dinámica muy distinta a lo que uno puede poner. Entonces no hay que anteponer esas cuestiones, hay que saber regularlas. Después se harán un montón de errores, pero eso hay que saber hacerlo.

Bueno, así llegamos a 25 años. Es un quilombo.

Hubo denuncias, una mesa de negociación, nos la rompieron a patadas unos que querían cobrar un montón de guita, los Figueroa Casas, y después vino un fondo de inversión en el juzgado y vino un juez que se instaló a casa, ¿acuerdan?

Cuando vino el juez y lo recibimos entre todos, estuvo 8 horas constatando el lugar, constatando la utilización pública, gratuita del Estado.

El Estado Provincial está gratis, y la Nación, que ahora último no viene mucho, pero estuvo muchos años, estuvo muchos años con la oficina del Centro de Acceso a la Justicia (CAJ) allá arriba y el ANSES allá atrás.

O sea que nosotros siempre pusimos el lugar al servicio del conjunto del movimiento popular, y el Estado también, a condición de que se aplicaran políticas públicas de inclusión social.

Lo único que no permitimos acá —y quiso dar una charla acá, y ahí lo discutimos en una asamblea— y dijimos: "Vos no, porque vos reivindicabas el Código Penal de la dictadura, y acá no van a entrar los que defiendan a la dictadura. Acá no van a entrar los que reivindican el terrorismo de Estado ni sean negacionistas del genocidio".

La ocasión de asamblea, a rajatabla, se cumple. Eso es la historia de estos años.

Hasta ahí, el acto veníamos más o menos así y después, no sé, diríamos alguna arenga y terminábamos.

Pero cayó la semana pasada. La semana pasada nos aterrizamos así, haciéndose los malos: una partida judicial, un mandamiento, todos estos sellos, esa porquería que te ponen, apretando a los compañeros y a las compañeras, especialmente a las compañeras, para armarse unos machirulos de mierda.

Y entonces llegamos y les planteamos qué es lo que pasa. Entonces dijimos: "Vamos a reunirnos en la sala de conspiraciones múltiples", y ahí conversamos.

Hace 25 años lo sacaba a patadas, pero ahora estoy viejo y hacemos distintas las cosas.

Así que fue así. Nos lo llevamos abajo.

Ustedes se imaginan: viene ahora a hacernos una demanda de aseguramiento de prueba para iniciarnos la causa penal, la causa de lucro cesante y la causa de usurpación para el desalojo.

Hipermercado Tigre Sociedad Anónima, empresa indisuelta, apareció.

Nosotros planteamos: "Somos trabajadores que hace 25 años esperamos esta gente y no nos movimos de ahí. Y no estamos solos. Estamos acompañados por el movimiento popular y por el Estado provincial, nacional y municipal, y eso consta en actas".

Hay que ver ahora a dónde deriva esto.

Por eso ahora el acto pasa a ser una resolución, una asamblea informativa de lo que nosotros pensamos, para que ustedes lo piensen, no para que respondan ahora.

Nosotros creemos que para enfrentar este nuevo embate, que no es solamente por 3, 4 abogados, no es eso. Creemos que solo eso nos confundía.

Si escucharon a Trump en la ONU hace unos días, ustedes verán que se ha dado campana de largada para que los malnacidos, como me enseñó la compañera Mabel, los malnacidos, los verdugos, los explotadores, se pueden dar a los trabajadores y a los sectores populares. Y eso lo expresó Trump, lo aplica mi ley, y este tipo, esta basura que ahora se largan contra nosotros, retoman ese camino.

No es por otra razón. Por eso nos vienen ahora a atacar. 

Y saben una cosa: hemos decidido en asamblea que resistimos 25 años.

25 años.

La resolución son 3 medidas.

Nosotros vamos a implementar un plan de lucha que se inicia antes de establecimiento, como hacen mañana las compañeras, como hacen los compañeros de la Asamblea Palestina, que van a dar películas.

Toda actividad popular que se pueda realizar en este lugar, invitamos a que se haga, porque no sabemos si vienen mañana, en 2 minutos o 3 minutos. Es como estos 25 años: tener la sentencia de que no pedíamos nuestra libertad.

Así que esa es la primera medida: invitación a toda la organización popular a que organice, desarrolle, instale, haga. Y si tiene problemas de alquiler, como le pasó a los jubilados, déjense de joder, vénganse acá y no engorden el mercado inmobiliario. Vénganse y salgan de acá. Acá hay lugar para todas las organizaciones del pueblo.

Segunda medida: un plan de movilizaciones recurrentes.

No sé cuándo. Seguramente un día más tarde o más temprano nos van a mandar a declarar allá a Tribunales. Entonces, ese día salimos en movilización para ocupar Tribunales, y así será como lo iremos evaluando.

Pero nosotros tenemos una firme decisión de, primero, ocupar el lugar ya con todas las organizaciones del pueblo, definitivamente para las organizaciones del pueblo.

Nosotros siempre decíamos: "Son 25 años, estamos hechos mierda, ya se nos acaba el tiempo". Ahora háganse cargo, muchachos, porque esta la resistimos todos juntos.

Y tercera medida: piénsenla, no respondan ahora. No se vota porque se piensa.

Nosotros empezamos esta lucha. Charly, ¿dónde está Charly? ¿Dónde era? En mi casa.

Empezamos esta lucha en mi casa, con este individuo, con este otro, con el Charly, con algunos que ya no están. Uno que jugaba con esta, que jugaba con los juguetitos abajo de nuestras patas. Bueno, estaba ahí.

Así empezó la organización de esta lucha. La organización colectiva empezó a través de ese grupo de militantes con el cual íbamos y le comíamos la cabeza a los compañeros y compañeras, ¿se acuerdan?, de que (Francisco) Regunaschi los va a cagar. Ahora estamos jodidos para repetir ese camino.

Pero nosotros sí invitamos a todas las organizaciones sindicales, defensoras de los derechos humanos, organizaciones sociales del movimiento piquetero, de jubilados, a entidades públicas, a constituir un comité de lucha.

Esa es nuestra invitación para todos ustedes. No es para que respondan ahora. Es lo que les queremos ofrecer porque queremos seguir adelante con esta lucha. Solos no vamos a poder y todos ustedes son indispensables para que esto se haga.

Solo que esta vez lo queremos hacer conscientemente, lo queremos hacer de hecho, lo queremos hacer colectivamente, de entrada, porque si estuvimos 25 años, no tendríamos lo que esperamos.

A todas y a todos, para esta nueva etapa de lucha que hoy aquí se inicia.

¡Unidad de los trabajadores!

Y al que no le gusta, se jode, se jode.
Carlos Ghioldi

sábado, 26 de septiembre de 2026

Tierra y dignidad: el periodismo de Darío Aranda a ras del territorio

Este lunes 28 de septiembre, a las 18, Darío Aranda presentará su último libro, Tierra y dignidad, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. El encuentro se realizará en el marco del cursado de la materia electiva Salud Socioambiental. En una entrevista con Señales, Aranda recorrió casi 25 años de crónicas sobre pueblos indígenas, campesinos, asambleas y experiencias agroecológicas, pero también reflexionó sobre el oficio periodístico: escuchar, volver a los territorios, sostener las historias y evitar un periodismo que, como el extractivismo, llega, toma y se va.

Cuando el periodismo también extrae
Llegar a un territorio, hacer unas preguntas, tomar algunas declaraciones, escribir una nota y marcharse. Para Darío Aranda, esa forma de hacer periodismo tiene algo en común con el extractivismo que durante años recorrió como cronista: llega, toma y se va.

Frente a eso, reivindica otra práctica. Ir a los lugares, escuchar, volver, mantener los vínculos, sostener los temas cuando dejan de ocupar las portadas. Entender al periodista como un puente y no como protagonista de las historias que cuenta.

Aranda lleva más de dos décadas recorriendo los territorios donde se disputan la tierra, los bienes comunes y las formas de vida. Periodista especializado en ambiente y extractivismo, durante más de veinte años trabajó en PáginaI12 y actualmente integra la agencia Tierra Viva. En ese recorrido construyó una mirada que combina investigación, presencia territorial y una preocupación persistente por las voces de quienes protagonizan las luchas socioambientales.

Su último libro, Tierra y dignidad, reúne crónicas escritas a lo largo de casi 25 años en lugares muy diferentes de la Argentina. Hay allí historias de represión y encarcelamiento, como la de cuatro hermanos wichí de Las Lomitas, y también experiencias que muestran otras formas de producir y organizar la vida, como la de Naturaleza Viva, en el norte de Santa Fe, junto a Irmina y Remo, o la de productores de yerba mate de Piraí. Entre unas y otras aparece un hilo que, para Aranda, está contenido en el propio título del libro: la lucha por la tierra, por el territorio y por las formas de vida.

Una tierra que también es territorio
El nombre del libro fue una elección largamente pensada. Aranda adhiere al concepto de territorio, que considera más amplio que el de tierra porque no refiere solamente a la superficie, sino también a la historia, la cultura y el futuro que se construyen alrededor de ella. "No solo la superficie", explica.

Es un concepto que conoció principalmente a través de la academia y que luego fue apropiado por sectores ambientales y socioambientales, pueblos indígenas y organizaciones campesinas.

Pero hay otra palabra que decidió recuperar: tierra. La razón está en su propia experiencia como periodista. En la gran mayoría de las entrevistas que realizó a campesinos y pueblos indígenas, cuenta, fueron ellos mismos quienes hablaron de la tierra. Por eso quiso hacerse cargo de ese término, de esa palabra que aparece una y otra vez en sus crónicas.

Algo similar ocurre con expresiones como "bienes comunes" o "bienes naturales". Son conceptos muy utilizados en determinados espacios políticos, académicos y ambientales, pero Aranda señala que rara vez los escuchó directamente de boca de campesinos o pueblos indígenas.

"Era recuperar un poco el término, la palabra tierra, que es la que resuena muchas veces en las crónicas", sostiene.

La dignidad como territorio
La segunda parte del título tampoco fue casual. Si los lugares donde avanza el extractivismo suelen ser definidos como "territorios de sacrificio", Aranda propone mirar esas mismas geografías desde otro lugar.

"Otra forma de verlo es eso, que son también territorios de dignidad. No también, sino sobre todo, son territorios de dignidad", afirma.

Para él, la dignidad nace de los pueblos y de lo colectivo, y está lejos de los sectores de poder. Está presente tanto en las luchas y las resistencias como en las construcciones alternativas: las experiencias agroecológicas, las escuelas que llevan el nombre de Andrés Carrasco, los plebiscitos mediante los cuales una comunidad decide cómo quiere que sea su presente y su futuro.

Después de darle vueltas a distintas posibilidades, Tierra y dignidad terminó condensando buena parte de lo que había encontrado durante años de recorridas: las formas de entender el periodismo, las crónicas reunidas en el libro y también una aspiración.

"Que todos puedan tener la tierra necesaria para vivir y la dignidad para llevar a cabo una vida distinta, una vida menos injusta, una vida digna, justamente", resume.

Veinticinco años de aprender a escuchar
El libro funciona, además, como un balance de casi un cuarto de siglo de la Argentina y de los aprendizajes acumulados en ese tiempo. Aranda reconoce que algunas crónicas incluso quedaron afuera porque eran anteriores, pero que el conjunto permite volver sobre una trayectoria marcada por el contacto con organizaciones y comunidades muy diversas.

No todas esas relaciones permanecen hoy de la misma manera. Algunas organizaciones con las que trabajó durante años se encuentran actualmente más lejos de sus posiciones políticas. Lo conversó incluso recientemente con integrantes de una radio que lo entrevistaron.

Pero esa distancia no borra los aprendizajes.

"He aprendido con ellas y agradezco esos aprendizajes", dice. Las lecturas de la realidad y los posicionamientos políticos pueden haberlos llevado a espacios diferentes, pero Aranda sostiene que eso no necesariamente significa dejar de reconocerse como compañeros ni olvidar que existe un enemigo común.

En ese recorrido aprendió a escuchar y a mirar. Aprendió sobre extractivismo, agroecología, pueblos indígenas, luchas socioambientales y también sobre el propio oficio periodístico.

Las crónicas fueron prácticamente respetadas tal como habían sido publicadas. Solo se corrigieron algunos errores gramaticales, mientras que se conservaron incluso formas de escritura propias de cada momento. El libro es, así, también un registro de ese aprendizaje continuo.

Y hay en él una apuesta por disfrutar el oficio. "Es un disfrute también, un intento de disfrute de este oficio tan lindo que tenemos", dice.
Contar también las cosechas
Esa mirada aparece especialmente en la decisión de no construir el libro únicamente alrededor de las injusticias. Las represiones, los desalojos y los conflictos forman parte de las historias, pero también las experiencias que construyen otras maneras de producir y de relacionarse con la tierra.

Para Aranda, el periodismo tiene la obligación de contar ambas dimensiones.

En Tierra Viva, la cooperativa en la que trabaja desde hace seis años, intenta sostener esa misma perspectiva. La formación tradicional del periodismo suele asociar la noticia con la mala noticia, pero para él el periodismo debe contar todo lo que ocurre.

Y en un contexto atravesado por desalojos, represiones, despidos de trabajadores y trabajadoras del Estado y cierres de fábricas, esa necesidad se vuelve todavía más evidente.

La vida cotidiana, recuerda, no está hecha solamente de malas noticias. Una persona puede atravesar dificultades económicas o laborales y, al mismo tiempo, encontrarse con amigos, tomar mates, compartir una comida, ir a un recital o festejar un cumpleaños. Esos momentos también forman parte de la realidad y merecen ser contados.

Por eso reivindica que el periodismo registre "los pasos adelante, las luchas, las resistencias, las cosechas, las cosechas que uno va obteniendo a pesar de los monocultivos de mentes que hay a veces".

En Tierra Viva intentan trasladar esa mirada al trabajo cotidiano. Cada semana elaboran un boletín y procuran incluir alguna historia vinculada con la cultura, la historia, la agroecología, los medios comunitarios o alguna otra experiencia que permita mostrar que existen también avances, alegrías y construcciones colectivas.

El libro busca reflejar esa otra dimensión: la experiencia agroecológica, los pueblos indígenas organizados, las asambleas que deciden sobre su futuro y los triunfos que pueden producirse incluso frente a un modelo que Aranda considera injusto.

Cuando el periodismo también extrae
Esa forma de mirar también está relacionada con una determinada concepción del oficio.

Para Aranda, hacer periodismo supone ir a los lugares, escuchar, volver, mantener el contacto con las personas y sostener los temas en la agenda. Es, en buena medida, lo contrario de lo que define como "periodismo extractivo".

La comparación no es casual. Así como existe un extractivismo de minerales, de petróleo o vinculado con el modelo agropecuario, Aranda identifica también un extractivismo académico y periodístico.

Habla de investigadores que llegan a un territorio, realizan una tesis doctoral y nunca regresan. Y de periodistas que aparecen durante un día, producen una nota y después abandonan el tema.

También cuestiona la facilidad con la que alguien puede convertirse en supuesto referente de una problemática después de haber visitado un lugar apenas una o dos veces.

Frente a eso, propone una actitud diferente: "Nos falta bastante de humildad, de ubicarnos en nuestro lugar".

El periodista, sostiene, debe entenderse como un puente, como un transmisor de aquello que sucede en los territorios y de los hechos que busca comunicar.

Volver, escuchar, quedarse
Para evitar un periodismo extractivo, considera fundamental respetar las historias que se van a contar y mantener los vínculos incluso cuando no exista una nota inmediata que publicar.

También implica sostener los temas en agenda, acompañar procesos que uno fue conociendo con el tiempo y reconocer los lazos afectivos construidos con muchas de las personas que aparecen en esas historias.

Para Aranda, la minería en Andalgalá es un ejemplo claro de esa continuidad. "No es un tema de un día o de dos días", plantea.

Una problemática territorial puede extenderse durante décadas y, por eso, el vínculo periodístico no debería depender de que los medios hegemónicos o algún funcionario vuelvan a colocarla momentáneamente en agenda.

Se trata de permanecer cerca de esos territorios, sostener las voces y continuar escuchando.

"Me parece que básicamente es por el respeto y el compromiso para contar lo que está sucediendo", afirma.

Las crónicas que no encontraron lugar
El propio recorrido de Tierra y dignidad está atravesado por esa relación con medios diferentes.

El libro recupera trabajos publicados en distintos espacios y, aunque durante la conversación inicialmente parecía que no había textos de Página/12, una revisión posterior permitió comprobar que hay al menos uno y posiblemente dos. Una de esas crónicas corresponde a una campaña en Chaco.

La relación de Aranda con Página/12 es, de todos modos, más compleja y extensa que la cantidad de textos incluidos en el libro. Allí desarrolló una parte fundamental de su formación, de su vida y de su carrera.

Pero también recuerda que en 2011 dejó de poder publicar crónicas en el diario. Según relata, durante un período se le impuso una limitación que le permitía publicar solamente dos notas pequeñas por mes.

El problema no fue solamente una restricción de espacio. Aranda cuenta que realizó coberturas que luego no encontraron lugar en el diario.

Estuvo en Loncopué en 2012 para cubrir el plebiscito y también cubrió el juicio por el barrio Ituzaingó, pero las crónicas que escribió sobre esos lugares no fueron aceptadas.

Por eso, aunque reconoce la importancia que Página/12 tuvo en su trayectoria y el alcance que puede tener un medio de esas características para determinados temas, también reivindica otro tipo de periodismo: el autogestivo y comunitario, muchas veces realizado de la mano de las propias organizaciones.

"Las crónicas fueron justamente gestadas muchas veces de medios comunitarios, autogestivos, y siempre de la mano de las organizaciones", explica.

El propio libro, sostiene, no hubiera sido posible sin esos vínculos. Muchas de las coberturas surgieron a partir de invitaciones de las organizaciones, que en ocasiones consiguieron los pasajes para que pudiera viajar o le ofrecieron un lugar donde quedarse.

Otras veces fueron vecinos y vecinas quienes abrieron las puertas de sus casas.

El periodista como puente
Esa dimensión del oficio aparece también como una toma de posición sobre qué significa hacer periodismo.

Tierra y dignidad es un libro sobre ambiente, extractivismo, pueblos indígenas, campesinos y agro, pero también sobre política y economía. Y, sobre todo, busca ser un libro sobre periodismo.

Aranda entiende ese periodismo como una práctica que comienza por escuchar a los protagonistas de los hechos. No reivindica una supuesta neutralidad: sostiene que el periodista puede tener una postura, pero debe ser intelectualmente honesto con aquello que está sucediendo.

Al mismo tiempo, plantea la necesidad de correrse del centro de la escena.

En tiempos en que buena parte de las historias periodísticas y de los contenidos digitales parecen construirse alrededor de influencers, personalismos y periodistas que hablan permanentemente en primera persona, Aranda reivindica otra tradición.

“Creo que somos muchos los que entendemos que el periodismo es, el periodista tiene que pasar desapercibido lo máximo posible", afirma.

Las voces protagonistas, para él, son las de quienes están en los lugares, luchando, construyendo y soñando otras realidades.

De allí la importancia de recuperar aquello que aprendió de grandes maestros del oficio, algunos reconocidos y otros anónimos: poner el oído, grabar, preguntar, repreguntar y escuchar.

La velocidad de las redes sociales no necesariamente ayuda a ese trabajo. Aranda prefiere tomar distancia de "lo efímero, lo efectista de un reel de Instagram" y de las preguntas rimbombantes para recuperar algo tan elemental como el tiempo.

Ir a un territorio, permanecer horas allí, participar de una charla, sostener una entrevista y después volver sobre lo escuchado para poder contarlo.

"Creo que todavía somos muchos los que entendemos el periodismo de esa manera", dice.

Y agrega otra dimensión que considera central: reivindicar el periodismo como una herramienta para el cambio social.
La pregunta que incomoda al modelo
Esa concepción del oficio se cruza inevitablemente con el modo en que Aranda interpreta el extractivismo.

En sus crónicas aparecen la soja, la minería y el petróleo, pero también una discusión económica que atraviesa esas actividades: la necesidad permanente de generar dólares y su relación con la deuda externa.

Para Aranda, hablar de extractivismo implica hablar también de geopolítica, derechos humanos, historia y economía.

Aunque Tierra y dignidad no contiene una crónica dedicada exclusivamente a explicar el funcionamiento económico de la deuda o el destino de los dólares provenientes de la minería, la soja o el petróleo, el tema aparece en la introducción y atraviesa su lectura del modelo.

Según su interpretación, el extractivismo desarrollado en Argentina durante las últimas décadas forma parte de un esquema que tiene entre sus objetivos centrales la generación de divisas para afrontar el endeudamiento externo.

Aranda sostiene que esos recursos no terminan necesariamente traducidos en hospitales, escuelas, jubilaciones o políticas sociales, sino que buena parte de esos dólares se destina al pago de los acreedores de la deuda que, según su caracterización, distintos gobiernos fueron tomando y renegociando.

En ese punto aparece una pregunta que, aunque no está incluida como crónica en el libro, Aranda suele recordar.

Ocurrió durante una charla en una escuela cooperativa de la Ciudad de Buenos Aires. Una adolescente llamada Juana se levantó en medio del auditorio y preguntó si la deuda externa podía dejar de pagarse.

La pregunta lo sorprendió por su sencillez y por lo que implicaba. "Es maravilloso, porque mucha gente de nuestra edad no se pregunta eso", cuenta.

Para él, algo similar sucede con la posibilidad de imaginar una salida del extractivismo.

Incluso dentro de sectores progresistas, vinculados a los derechos humanos y considerados por él espacios aliados, encuentra una idea arraigada según la cual el extractivismo sería el único destino posible para países como la Argentina.

A eso se suma, sostiene, la expectativa de que una expansión suficiente de esas actividades terminará produciendo beneficios para el conjunto de la población.

Aranda cuestiona esa idea a una de las críticas políticas más fuertes de la conversación. Considera que, a esta altura de la discusión sobre extractivismo, existe una contradicción que debería ser revis y señala que la historia ofrece elementos para discutirla. Habla de los últimos 200 años de los Estados nacionales y de los 500 años de historia del continente americano.

También recupera una formulación del investigador Horacio Machado Araoz: la oposición a la megaminería no se explica únicamente por sus posibles impactos ambientales, sino también por una crítica a la dependencia económica y a las condiciones de pobreza que, según esa perspectiva, el modelo reproduce. "Ese es el fondo", resume Aranda.

Desde allí llega a una de las críticas políticas más fuertes de la conversación. Considera que, a esta altura de la discusión sobre extractivismo, existe una contradicción que debería ser revisada por determinados sectores que participan de las movilizaciones del 24 de marzo y, al mismo tiempo, respaldan modelos extractivos.

Recuerda una frase de Norita Cortiñas, quien planteaba que no era posible repudiar la dictadura y simultáneamente avalar a empresas como Chevron, Minera Alumbrera, Barrick Gold, Monsanto o Syngenta/Bayer, a las que vinculaba con impactos en distintos territorios.

Aranda distingue allí entre quienes apoyan abiertamente el modelo económico del actual gobierno de ultraderecha —de quienes no espera un cambio de posición— y otros sectores que mantienen una identidad vinculada con la memoria, los derechos humanos y las luchas del 24 de marzo.

Para estos últimos, considera que la relación con el extractivismo debería abrir una discusión más profunda acerca del modelo que están impulsando.

Tierra, dignidad y un oficio que se sostiene en el tiempo
Después de casi 25 años de recorridas, la cuestión vuelve así al punto de partida: tierra, dignidad, territorio y periodismo aparecen entrelazados.

Para Aranda, contar una historia no consiste solamente en llegar a un lugar cuando el conflicto ocupa las portadas, entrevistar a sus protagonistas y marcharse. Supone sostener los temas, volver, escuchar nuevamente y comprender que una lucha territorial puede durar décadas.

Supone también reconocer que las personas que viven esos conflictos no son meras fuentes de información. Son quienes protagonizan las historias. El periodista puede ser el puente, pero no debería ocupar el lugar de quienes están allí.

Por eso, Tierra y dignidad termina siendo algo más que una recopilación de crónicas. Es el registro de una manera de mirar y de ejercer el oficio: una forma de periodismo que intenta mantenerse cerca de los territorios, escuchar antes de interpretar, contextualizar antes de simplificar y sostener las voces aun cuando dejan de ser noticia.

Al final de la conversación, Aranda agradece a Aire Libre Radio Comunitaria la posibilidad de volver a hablar con sus integrantes. La entrevista no pudo realizarse en directo porque, precisamente en el momento de la transmisión, tenía previsto ejercer nuevamente el oficio: otra entrevista pendiente para realizar durante la mañana.

Antes de despedirse, deja la invitación para la presentación del libro en Rosario.

Este lunes, la presentación en Rosario
La cita es este lunes 28 de septiembre, a las 18, en el Anfiteatro de Anatomía Patológica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario.

Darío Aranda estará presente para presentar Tierra y dignidad, en el marco del cursado de la materia electiva Salud Socioambiental.

Después de casi 25 años de recorrer territorios, escuchar historias y volver sobre ellas, la presentación aparece como una nueva estación de ese mismo recorrido.

Un libro nacido de las voces de quienes abrieron sus puertas, de las organizaciones que hicieron posible las coberturas y de un oficio entendido, sobre todo, como una forma de estar, escuchar y sostener.

Escuchá la entrevista completa:

domingo, 9 de agosto de 2026

Un caballo rojo: la ciudad que aparece cuando uno se detiene a escuchar

El viernes 14 de agosto, a las 19, la UNR Editora presentará Un caballo rojo, de Santiago Berreta, en el Almacén El Trocadero, Santiago 989. Antes de ese encuentro, Berreta pasó por Aire Libre, Radio Comunitaria, donde en Señales habló de su nuevo libro y reconstruyó el detrás de escena de las dieciocho crónicas que lo componen: cómo nacieron, qué historias encontró en las calles de Rosario y por qué escuchar a los demás se volvió una parte central de su oficio.

En la presentación lo acompañarán Marco Mizzi, escritor y periodista rosarino radicado actualmente en Córdoba y autor del prólogo, y Victoria Herrmann, estudiante de Psicología y productora periodística. Los tres conversarán alrededor del libro y, al finalizar, habrá un brindis para celebrar la publicación del nuevo título de la colección Confingere de UNR Editora, con la presencia de integrantes de la editorial y algo para comer.

Un caballo rojo reúne dieciocho crónicas publicadas en medios de Rosario entre 2020 y 2023. La mayoría fueron escritas entre esos años, aunque la concentración mayor está en 2022 y 2023, después de una etapa marcada por la pandemia. Son textos que fueron apareciendo en medios web de la ciudad, en portales y newsletters, y que ahora, reunidos en un mismo volumen, construyen una mirada sobre Rosario a través de sus personajes, sus territorios, sus escenas y sus formas de vida.

El prólogo de Marco Mizzi propone una clave para entrar al libro. Allí sostiene que estas crónicas se plantan en un lugar incómodo para la prensa comprometida porque no dicen "esto pasó", sino "esto escuché". Retratan la ciudad sin voluntad de sentencia. Hay clase y conflicto, pero aparecen incorporados como experiencia y no como esencia.

Para Mizzi, esa decisión tiene un costo porque implica una renuncia. Instala un clima mental lánguido, donde neurosis y tedio pueden confundirse. Pero justamente ahí encuentra una de las razones de ser del libro: en ese clima aparece la atención, una luz cada vez más difícil de encender. Incluso cuando la carga parece paralizar, hay algo que continúa moviéndose, que cambia de paso y busca otra cadencia. No sueña con salvarse. No intenta escapar. Viaja con el derrumbe.

"Un caballo rojo es ese algo", escribe Mizzi. Tiembla y no se rompe. Es veloz, late cerca del pecho y lleva de vuelta a casa.

Berreta nació en Rosario en 1989. Entre 2010 y 2019 dirigió y editó la revista Apología, que tuvo veintidós números impresos. A lo largo de su recorrido periodístico colaboró en los diarios La Capital y El Ciudadano, en la revista Rosario Express, en el periódico El Eslabón y en publicaciones culturales como La canción del país, Enredando, Rea, revista Ubik y el newsletter Uganda. Publicó en 2017 el libro de conversaciones Rodolfo Elizalde, editado por Iván Rosado; en 2023 compiló ¿Qué nos arrastra hacia un mismo lugar?, el libro de los hinchas de Argentino de Rosario, publicado por UNR Editora; y en 2024 apareció su novela Oficina de Investigación Existencial, editada por Casagrande.

Pero antes de que Un caballo rojo fuera un libro hubo una práctica sostenida durante años: salir, mirar, escuchar, conversar, escribir y mandar.

Berreta es periodista desde aproximadamente 2010 y entiende que el origen de la crónica está, sobre todo, en la posibilidad de escuchar conversaciones y tener conversaciones con otras personas. Esa escucha permite, según explica, salir del automatismo, romper la pared del mundo y prestar atención a palabras que están siendo dichas y que, en determinadas circunstancias, pueden convertirse en una forma de entrar en profundidad sobre la superficie de lo cotidiano.

La operación comienza con esas palabras. Después viene el trabajo de organizarlas en una crónica, en un relato, y de construir detrás una estética que permita que el texto no solamente cuente algo, sino que también pueda ser disfrutado por quien lo lee.

Para Berreta, esa es la clave de sus crónicas: escuchar a los demás y utilizar esas palabras para contar el mundo. En este caso, contar la ciudad de Rosario durante el período en que fueron escritas.

El libro surgió de un conjunto mucho más amplio. De las casi cuarenta crónicas que había escrito, eligió inicialmente veinticinco. Después llegó el trabajo de edición con la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario. Allí los textos fueron revisados, pulidos y editados hasta llegar a los dieciocho que finalmente integran el volumen.

El recorrido de esas crónicas, dice Berreta, también puede pensarse como una sucesión de conversaciones. Primero están las personas con las que habló para hacerlas. Después, los editores y las editoras de los medios que le daban espacio para publicar. Más tarde, la gente de la editorial de la Universidad Nacional de Rosario con la que trabajó para convertir esos textos en libro. Y finalmente aparece el lector, la lectora.

Hay muchas distancias entre una instancia y otra, pero el origen permanece ligado a la crónica callejera tradicional y a la posibilidad concreta de publicar en un medio. En su caso, incluso, a una práctica sencilla: escribir relativamente rápido y mandar.

Entre las crónicas que mejor permiten observar ese mecanismo está Las últimas flores, un retrato de las mujeres que trabajan como floristas en la puerta del cementerio El Salvador. La historia había nacido de un territorio que Berreta conocía de cerca: en aquella época vivía en las inmediaciones, pasaba en bicicleta por los puestos de flores o caminaba por el barrio y las veía trabajar. La escena cotidiana terminó despertando una pregunta y, con ella, la necesidad de acercarse, conversar y conocer de cerca un oficio que también estaba atravesando sus propias transformaciones.

Era un oficio que ya mostraba señales de retroceso. Con el paso de los años quedaban menos puestos y, según le contaban las propias floristas, también iba menos gente al cementerio. Lo que Berreta veía en esos puestos tenía algo de postal y, al mismo tiempo, de mundo que empezaba a desaparecer. La historia completa de esas mujeres, sus voces y el mundo que Berreta encontró frente al cementerio puede leerse más abajo, como un anticipo de Un caballo rojo.

La crónica terminó funcionando como una especie de documental escrito. Allí estaban las voces de las protagonistas y también las de un territorio. Incluso aparecía el recuerdo de una trabajadora sexual que durante muchos años podía verse por la avenida Presidente Perón, una mujer ya muy grande cuando Berreta la conoció visualmente de aquel modo, como parte de esa geografía urbana.

Las últimas flores llegó a publicarse originalmente en Boletín Enredando, en 2022. Para Berreta fue una de las historias más lindas del libro. Durante un tiempo pensó incluso que podía ser el título del volumen, pero finalmente descartó esa posibilidad porque le parecía demasiado tanguera y melancólica. Un caballo rojo, en cambio, le resultaba más luminoso.

Las mujeres de los puestos eran muy dadas a la charla y muy inteligentes, recuerda. Tenían historias duras, pero al mismo tiempo eran personas luminosas. Sus palabras sobre sus propias vidas y sobre el cementerio fueron construyendo la crónica.

Allí también aparece una idea que atraviesa todo el trabajo de Berreta: cuando alguien llega a un lugar, pregunta, propone una conversación y se mete por un momento en una cotidianeidad ajena, esa persona que está acostumbrada a vivir de determinada manera puede encontrarse también con un momento diferente. Puede ponerse a pensar. Puede decir cosas que quizás en otra circunstancia no hubiera dicho.

El diálogo, para Berreta, está en el origen de la crónica.

La de las floristas es, justamente, la que más diálogo y más testimonio contiene. Pero no todas las crónicas necesitan de una búsqueda previa de testimonios. Algunas nacen de la observación de paisajes cotidianos que el propio cronista habita.
Está, por ejemplo, la experiencia de ser inquilino, una condición que Berreta tuvo durante muchos años y que ahora ya no tiene. Está también viajar en colectivo. En esos casos el trabajo tiene más que ver con mirar y observar lo que ocurre alrededor, permanecer atento y dejar que la propia experiencia se mezcle con aquello que aparece delante de los ojos.

Por eso Berreta define su manera de trabajar como una especie de "investigación existencial".

Nunca se sintió un periodista dedicado a buscar una investigación en el sentido tradicional del término. Reconoce que a veces necesita apoyarse en datos duros, cifras, estadísticas o determinadas informaciones. Y la primicia, naturalmente, forma parte del periodismo. Pero no es eso lo que está buscando en estas crónicas.

No intenta confirmar algo ni denunciar un hecho policial o judicial. Lo que quiere es que, a través de los diálogos, aparezca gente diciendo la vida de una manera que pueda funcionar como un espejo de la vida o de los sentimientos profundos de la vida.

La pregunta es cómo puede decirse la existencia en Rosario desde la crónica, con cierta profundidad y también con cierta belleza en las palabras.

Por eso Berreta entiende que lo que hace es periodismo, pero también intenta que sea literatura.

Las dieciocho crónicas no fueron pensadas originalmente como partes de un mismo libro. Cada una era independiente. Le pedían una crónica y él la hacía y la enviaba. No había, entonces, un proyecto previo de construir una obra unitaria.

La unidad apareció después.

Los textos fueron escritos aproximadamente en la misma época y, además, hubo todo un trabajo de edición para armar el libro, decidir que tuviera una primera y una segunda parte, establecer un orden para las crónicas y encontrar una secuencia. El prólogo de Mizzi también aportó una lectura general de los textos.

El resultado, cree Berreta, es un libro bastante uniforme. Cada crónica puede leerse de manera independiente, pero juntas consiguen construir una pieza mayor: contar Rosario entre 2020 y 2023.

Ese retrato comienza en lugares y escenas muy diferentes. Puede estar en la puerta del cementerio y también acercarse a uno de los temas que más se habló sobre la ciudad durante esos años: el narcotráfico y los sicarios.

Pero incluso cuando aborda ese universo, Berreta prefiere correrse de la denuncia o de los datos duros. Le interesa observar cómo es el día a día y cómo fue cambiando esa realidad desde que él era chico hasta el presente.

Su mirada está más cerca de la existencia que de la denuncia. Eso no significa, aclara, estar de acuerdo con ese negocio ni con aquello que cuenta. Significa elegir otra perspectiva para narrarlo.

Hay una crónica que resume particularmente bien esa voluntad de mirar una ciudad desde su movimiento cotidiano. Es una caminata que comienza en la zona de Circunvalación y Presidente Perón y termina en el cementerio, recorriendo unos cuantos cuadrantes hasta llegar a la avenida.

Es un retrato de la avenida durante un día de semana, alrededor de 2021. La crónica comienza con una conversación en una estación de servicio. Después observa cómo empiezan a abrirse los locales comerciales, aparecen las gomerías, se mueve la gente y la mañana adquiere progresivamente su ritmo. El recorrido llega finalmente hasta un geriátrico.

La ciudad se cuenta a través de sus movimientos mínimos.

Otro de los textos se detiene en la zona sur, en la avenida Ayacucho. Allí aparece una avenida comercial, con los locales, los movimientos y las personas que forman parte de su vida cotidiana. También aparece un bar de 1900 y algo, un lugar con una larga historia y cierto carácter legendario para la zona sur y para la ciudad.

La crónica se llama La Comunión del Almuerzo porque pone el foco en la comunidad que comparte ese momento del día en el bar.

El almuerzo aparece como una ceremonia. Tender el mantel, sentarse, comer, conversar, tomar algo. Es una pausa dentro de la rutina comercial. También de la rutina de quienes trabajan en fábricas o en la calle: personas que interrumpen durante un rato la jornada para comer, charlar, tomar algo y después volver a trabajar.
Hay otras crónicas vinculadas a la zona norte y a La Florida. Allí aparece una relación personal y familiar: su padre y sus abuelos paternos son de esa zona. Por eso también hay una parte de su propia historia que se cruza con el mapa de la ciudad que recorre el libro.

Pero el retrato de Rosario no es solamente geográfico. También registra un cambio de época.

Berreta cree que el libro logra mostrar algo que queda bastante claro en el prólogo de Mizzi: el cambio de época que se produce en el mundo y que encuentra en la pospandemia un momento de quiebre particularmente visible.

No es, aclara, un libro que conceptualice la pospandemia ni que intente hacer un ensayo sobre ella. No busca explicar ese período. Lo que hace es recoger determinadas formas de vida y determinadas tradiciones que venían de antes y observar cómo comienzan a chocar y a mutar frente a las nuevas formas de vida.

Hay allí muchos puntos de quiebre.

Algunas de esas transformaciones aparecen en los oficios, otras en los espacios urbanos, otras en los hábitos y otras en la forma en que las personas se vinculan con la ciudad.

La crónica le permite registrar ese movimiento sin necesidad de formularlo como una teoría.

También le permite entrar en territorios que no son necesariamente propios.

Berreta reconoce que la crónica le permitió salir de su territorio habitual y meterse en lugares diferentes. Y eso, dice, "te agranda un montón el mundo".

En una entrevista anterior que le hicieron para El Eslabón por el libro, había aparecido una parte de su propia historia: es hijo de profesores universitarios y ama los libros. Sin embargo, el mundo más institucional siempre le resultó un poco más aburrido.

Ser cronista y estar en la calle le permitió, en cambio, hablar con gente con la que tenía más trato y mantenerse permanentemente aprendiendo.

Esa sensación también aparece cuando vuelve sobre sus propios textos.

Puede confiar en que Un caballo rojo es un buen libro y que las crónicas están bien. Siente que trabajó bien y que sabe trabajar con la crónica. Pero incluso mientras se dirige a una entrevista puede recordar una crónica sobre la avenida Perón, la ex avenida Godoy, y pensar que, aunque el texto sea bueno, en realidad no conoce tanto esa avenida.

Hay un montón de cosas que están pasando allí. Hay gente que vive en ese territorio y tiene una cotidianidad profunda. El cronista puede caminar, escuchar, hablar y dar cuenta de algo de esa vida a través de la crónica. Pero después, cuando se trata de aprender realmente sobre ese territorio, lo que pudo tomar es apenas una parte.

Siempre es muy poco lo que se puede conocer de un lugar ajeno.

Y precisamente por eso la crónica resulta valiosa: permite dialogar con cosas que son propias pero, al mismo tiempo, entrar en la vida de otros territorios. Ese desplazamiento, para Berreta, enriquece mucho.

La atención es entonces una herramienta fundamental.

Hay crónicas que nacen de una búsqueda deliberada. Como la de las flores. Allí Berreta decidió específicamente investigar cómo era el oficio de vender flores en la puerta del cementerio, qué quedaba de ese trabajo, cómo se encontraba ese mundo. Una tarde fue hasta allí y realizó la nota.

Pero hay otras historias que aparecen sin que el cronista haya decidido salir a buscarlas.

Eso ocurrió, por ejemplo, con una crónica sobre viajar en colectivo.

Durante una época Berreta vivía en Cochabamba e Iriondo y se trasladaba a trabajar en el 122. El colectivo venía lleno y algunas veces ni siquiera se detenía para levantar pasajeros. Como cualquier persona que viaja habitualmente en transporte público, había aprendido que los colectivos son lugares donde pasan muchas cosas.

Una de esas situaciones ocurrió en la Terminal.

Berreta escuchó una conversación entre dos mujeres jóvenes que eran evangelistas. Las mujeres empezaron a hablar con otra mujer y esa mujer comenzó a contarles su historia. En algún momento, aparentemente, se le fue el colectivo.

Berreta estaba yendo hacia otro lugar. No había salido a hacer una crónica. Pero se quedó escuchando. Sin darse cuenta, comenzó a registrar lo que estaba pasando.
Otra escena sucedió en Santa Fe y San Martín, también alrededor de un colectivo.

Era un día de mucho calor. Un hombre grande quiso bajarse y medio que se cayó. Unas mujeres que estaban con un cochecito y un chico alcanzaron a frenarlo y evitaron que terminara en el piso.

La escena le pareció de inmediato una imagen del neorrealismo italiano.

Él estaba allí, esperando el colectivo. La historia estaba delante suyo.

Berreta reconoce que durante los últimos años de su vida anduvo más apurado y estuvo menos atento a lo que ocurre en la calle. Pero hubo muchos años en los que su vida estuvo atravesada por esa práctica de mirar, escuchar, preguntar y buscar.

Después de tanto tiempo de hacer de cronista, las escenas empezaban a llegar a él.

Las palabras que escuchaba, las cosas que veía, los pequeños acontecimientos que sucedían alrededor podían convertirse en una crónica.

No necesariamente había que ir a buscar una historia. Muchas veces bastaba con estar en la calle o en un lugar y escuchar.

No es algo difícil, sostiene, aunque hay momentos en que uno está más conectado y otros en que está menos conectado.

Puede ocurrir en un bar. En lugar de mirar el teléfono, uno puede tomar un café o un vino y relajarse durante un rato. Entonces el mundo empieza a hablar.

Y hay que escucharlo.

Esa capacidad es también un ejercicio de muchos años.

Cuando era más joven, Berreta leía a sus héroes, a sus escritores y periodistas, y quería ser como ellos. Quería investigar el mundo, salir a la calle y conseguir que le ocurriera algo increíble para poder contarlo.

Pero muchas veces no ocurría nada.

Con el tiempo, esa expectativa se fue naturalizando. El mundo dejó de ser algo extraordinario que había que salir a perseguir y empezó a formar parte de una atención más espontánea.

"Empezás a ver y empezás a escuchar", resume.

Las crónicas no existirían sin eso: sin estar atento, pero también sin estar entusiasmado e interesado por lo que ocurre.

Puede ser una charla muy pequeña. Dos vecinos que dicen algo. Una frase que obliga a detenerse y pensar: "Mirá lo que dijo".

Eso puede servir para escribir, pero también para pensar la vida.

La crónica, en ese sentido, produce un descubrimiento doble. El cronista descubre algo del mundo que está observando y, al mismo tiempo, descubre algo de sí mismo frente a ese mundo.

Berreta reconoce que esa salida del territorio propio fue una de las cosas que más lo enriquecieron. Hablar con personas diferentes, entrar en lugares que no frecuentaba, conocer otras formas de vida.

Y esa es también una de las razones por las que no pretende agotar aquello que cuenta.

Una crónica puede dar cuenta de una avenida, de un barrio, de un oficio o de una escena, pero siempre queda una enorme cantidad de vida por fuera del texto.

El libro, entonces, no pretende decir que esta es Rosario. Propone, más modestamente, una serie de formas de escucharla.

Eso está en la propia naturaleza del género y también en la lectura que hace Mizzi desde el prólogo: no "esto pasó", sino "esto escuché".

La ciudad aparece así a través de voces.

Las de las floristas del cementerio, con sus historias duras y luminosas. Las de quienes comparten el almuerzo en un bar de zona sur. Las de quienes trabajan, esperan un colectivo, abren un comercio, atienden una gomería, viven frente al cementerio o atraviesan las avenidas de Rosario todos los días.

También aparece la voz de quienes forman parte de una ciudad atravesada por el narcotráfico y los sicarios, pero observados desde las formas concretas de la vida cotidiana y no solamente desde la denuncia.

Y aparece la voz del propio cronista, aunque Berreta intente que la ciudad no quede subordinada a él.

El viernes, en El Trocadero, ese recorrido de voces tendrá otra instancia. Marco Mizzi hará una presentación más formal del libro. Victoria Herrmann conversará con Berreta, le hará preguntas y él responderá sobre los textos, la escritura y la ciudad. Mizzi, además de escribir el prólogo, es un viejo amigo de Berreta y compartió con él durante muchos años la experiencia de Apología. Victoria también es amiga del autor, estudiante de Psicología y productora periodística.

La presencia de Mizzi tiene, además, un sentido particular porque su prólogo pone en palabras buena parte del procedimiento que atraviesa el libro: escuchar, poner la oreja y caminar las calles.

Después de la conversación estarán los integrantes de la editorial y llegará el brindis.

Quienes quieran seguir leyendo a Berreta pueden encontrar sus trabajos en Revista Rea, Uganda, Boletín Enredando y Revista Ubik. También tiene presencia en redes. En Instagram aparece como Berreta Santiago —aunque él mismo ya no está completamente seguro del nombre exacto de la cuenta— y en Facebook como Santiago Berreta. Esta última red todavía la conserva, aunque reconoce que cada vez la utiliza menos. En cualquiera de las dos pueden escribirle.

Sus libros también están disponibles en las librerías de Rosario. Allí pueden encontrarse Un caballo rojo, su novela Oficina de Investigación Existencial y otros trabajos.

El nombre del nuevo libro, sin embargo, no surgió de ninguna teoría sobre la crónica ni de una imagen deliberadamente literaria.

Nació de una bicicleta.

El abuelo paterno de Berreta había trabajado como empleado de Estexa. Cuando la empresa cerró, perdió ese trabajo y empezó a desempeñarse como sereno en el Club Alemán. Para llegar hasta allí iba en bicicleta. En algún momento compró una bicicleta roja que prácticamente nunca utilizó.

La bicicleta terminó en manos de su nieto.

Berreta todavía la conserva. Es una bicicleta inglesa, rodado 28, de ruedas grandes, doble caño, fuerte, de esas bicicletas antiguas que parecen hechas para durar.

Más o menos en la época en que estaba escribiendo las crónicas, alrededor de 2021, Berreta volvía en esa bicicleta después de comer un asado. Había tomado bastante. Al llegar al Parque Independencia todavía tenía que atravesar el parque para llegar a su casa.

Entonces se desplomó un poco sobre el manubrio.

Pero siguió pedaleando.

Y llegó a su casa.

La situación le recordó esas historias de campo en las que alguien que se emborracha termina cayéndose sobre el caballo y el animal lo lleva de regreso hasta su hogar.

Esa noche, en su imaginación, la bicicleta se convirtió en un caballo.

La bicicleta roja se transformó en un caballo rojo que lo llevó hasta su casa sano y salvo.

De ahí surgió el título.

La imagen le pareció una buena metáfora y también una imagen luminosa. Había, además, mucho amor por aquella bicicleta, por la memoria familiar que contenía y por la figura del caballo, ese animal al que también se puede asociar con el cariño hacia las cosas vivas del mundo.

Un caballo rojo. Una bicicleta heredada.

Una noche atravesando el Parque Independencia.

Una ciudad que se vuelve distinta cuando se la recorre con atención.
Quizás el título termine reuniendo, sin proponérselo, buena parte de lo que hay en las crónicas. Porque Berreta escribe sobre Rosario como quien intenta encontrar algo vivo debajo de la superficie de los días. Una florista que habla en la puerta de un cementerio. Dos mujeres evangelistas que conversan con una desconocida en una terminal. Un hombre mayor que casi cae de un colectivo. Un almuerzo que se convierte en ceremonia. Una avenida que despierta. Un oficio que desaparece. Una bicicleta que, por una noche, deja de ser bicicleta.

Todo eso forma parte de una misma ciudad.

Y para encontrarlo hace falta algo que parece sencillo, pero que el ritmo cotidiano vuelve cada vez más difícil: detenerse.

Dejar el teléfono.

Caminar.

Mirar.

Preguntar.

Escuchar.

No salir necesariamente a buscar una gran historia, sino estar disponible para cuando una pequeña escena aparezca.

Después habrá que escribirla.

Convertir las palabras escuchadas en relato, ordenar las escenas, encontrar una cadencia y construir una forma que pueda ser leída como periodismo y, al mismo tiempo, como literatura.

Así se fueron escribiendo estas dieciocho crónicas, primero como textos independientes, publicados en distintos medios de Rosario, y después como un libro que encontró en la edición una unidad que no estaba prevista en el origen.

Una unidad hecha de tiempo y de ciudad. Rosario entre 2020 y 2023.

Una ciudad atravesada por la pandemia y la pospandemia, por cambios económicos y sociales, por viejos oficios y nuevas formas de vida, por tradiciones que resisten y otras que empiezan a desaparecer. Una ciudad que también se transforma en las cosas más pequeñas: en quién se sienta a almorzar en un bar, en quién todavía vende flores frente al cementerio, en quién toma el colectivo, en quién abre una persiana comercial por la mañana.

Berreta no pretende dictar sentencia sobre ninguna de esas escenas.

Prefiere escuchar.

Y quizá por eso el libro pueda leerse como una especie de mapa afectivo de una ciudad que cambia mientras todavía conserva algunas de sus viejas formas.

El caballo rojo de la bicicleta de su abuelo vuelve, finalmente, a la misma idea del prólogo: algo puede estar atravesando el derrumbe sin intentar escapar de él.

Puede temblar y no romperse.

Puede cambiar de paso.

Puede seguir avanzando.

Y, después de recorrer la ciudad, llevarlo a uno de regreso a casa.

Así escribe:

Escuchá la entrtevista completa:
Fotos: Señales, Mariana Terrile, Santiago Berreta

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