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viernes, 8 de marzo de 2024

En espera del próximo verano

Estás leyendo esto que no te habla a vos ni de vos. Que habla de que todos llevamos, a veces, el mismo nombre sin apellido, huérfanos ancestrales
Por: Leila Guerriero, @leilaguerriero2

Estás leyendo esto en el banco de una plaza de Madrid, o de Bogotá, o de Ciudad de México, una plaza repleta de niños ajenos que juegan como si el mundo fuera a ser siempre un carrusel o una hamaca, y toda esa felicidad te resulta ofensiva y dolorosa porque no es tuya. Estás leyendo esto intentando sobrellevar —sin demasiado éxito— la perspectiva de otro fin de semana sin planes, el largo puente de la abulia tendido de sábado a domingo con la posible salvación opaca del lunes que, así y todo, queda demasiado lejos. Estás leyendo esto mientras las ratas roen los débiles cables que todavía te atan a las cosas mientras tomás un café sobre un mantel de hule en una cocina que da a un contrafrente y en la que flota el aroma de repasadores sucios. Estás leyendo esto con temor al sueño —por las pesadillas— y a la vigilia —por las pesadillas—, en un largo viaje hacia la noche que no llega nunca. Estás leyendo esto tratando de sentir algo —cariño por un gato, ganas de leer un libro— pero no sentís nada. Estás leyendo esto mientras él te dejó, mientras ella se fue, cuando todos ellos se murieron. Estás leyendo esto balanceándote con amargura en el recuerdo feliz de un tiempo lejano del que sólo quedan hilachas, un par de zapatos y un vestido pasado de moda. Estás leyendo esto que no te habla a vos ni de vos. Que habla de que todos llevamos, a veces, el mismo nombre sin apellido, huérfanos ancestrales, hijos de la lágrima. Hoy salí a correr a última hora de la tarde. El verano del sur se aleja con honradez, con belleza y señorío, glasea las copas de los árboles con su luz talentosa. Todo anuncia su fin —los días más cortos, la temperatura más baja—, y sin embargo correr a esta hora sigue siendo como nadar entre peces dorados. Dice un poema: “Hay un desierto. Hay otro desierto que llamamos hogar”. Los hogares se desvanecen. Sólo quedamos nosotros. Conviene permanecer, atravesar el invierno de nuestro descontento en espera del próximo verano.
Foto: Olmo Calvo
Fuente: El País

domingo, 6 de septiembre de 2020

Néstor García Canclini: “Lo más novedoso que está sucediendo no es que nos inyecten información, sino que nos la sustraigan”

Con una nueva etapa de la Cátedra Permanente de Imágenes Urbanas, a cargo de Tulio Hernández, la Fundación para la Cultura Urbana celebra su XX aniversario. En la primera de cuatro conversaciones dedicadas a “Los dilemas civilizatorios del coronavirus”, Hernández conversó con Néstor García Canclini
Por: Tulio Hernández

Para comenzar, “calentando” como en el beisbol, quiero pedirte algunas definiciones rápidas. Comencemos con algoritmo.
De modo muy sencillo podemos decir que es una correlación estadística entre datos que pone en conexión masas numerosísimas de información muy caudalosa y permite suscitar comportamientos, articularlos y desarrollar políticas.

Es una palabra reciente, pero su uso social se ha extendido muy rápidamente. Es difícil que alguien no tenga contacto con un algoritmo, aunque ese alguien no sepa bien de qué se trata ni cómo se construye uno. De hecho, son muy pocas personas en el mundo quienes los manejan.

Luego hay imaginarios muy potentes que se van construyendo alrededor de la palabra, porque lo cierto es que vivimos en una sociedad muy distinta desde que los algoritmos existen. No se trata, simplemente, de que haya computadoras, o celulares. Está pasando otra cosa.

Sigamos con “ciudadanía”.
Es una noción moderna que si bien tiene antecedentes desde la Grecia clásica ha recorrido de manera cambiante en contextos que le han dado sentidos distintos en nuestras sociedades, sobre todo a las occidentales. Pensemos que, hasta mediados del siglo XX, en la mayoría de los países occidentales las mujeres no votaban. Ese hecho, junto a otras exclusiones —la de los indígenas, los analfabetos, o los que no tenían propiedades— muestran el grado de restricción que esta noción ha tenido en el tiempo.

Ciudadanía comenzó a usarse más extendidamente como asociada a la democracia —a las posibilidades de democratizar la gestión social—, desde la Revolución Francesa, las revoluciones de independencia latinoamericanas o americanas, pero marcadas por estas restricciones tan elementales como que, por razones de género, la mitad de la población no podía ejercer esa ciudadanía, o tenía que delegarla, que el marido votara, que el papá votara.

“Desciudadanización”.
Desciudadanización alude para mí a procesos que se han dado recientemente, en las últimas cuatro décadas, que han significado el proceso inverso: la pérdida de derechos que habían conquistado para sí los ciudadanos. Tiene varios momentos.

Una primera forma de desciudadanización es la desposesión del trabajo y de la posibilidad de sostener nuestra vida económica, la participación enérgica con derechos que garanticen la sustentabilidad personal y familiar en la vida social. Sin derechos laborales no podemos ser ciudadanos. O si la nación a la que pertenecemos tiene un lugar subordinado en la economía mundial y las decisiones internacionales, por ejemplo, lo que desde el fin del siglo pasado se llamó el Acuerdo de Washington, le quitan a cada gobierno nacional la posibilidad de decidir.

Luego tenemos otros procesos de desciudadanización, que apenas reseño. Uno de ellos, el cambio radical en el habla pública, debido a lo que algunos autores como Oscar Landi llamaron, en los años 70, “la videopolítica”.

La videopolítica hizo pasar la escena pública de las calles y las plazas a las pantallas. De esa manera se modificó el comportamiento de los ciudadanos y tuvimos que delegar la actividad social, la representación de lo que queríamos, a los locutores y comentaristas en televisión, a los periodistas, a los dueños de los canales. Siguió habiendo manifestaciones en las calles como hasta hoy, pero el papel mediador de la televisión generó una videopolítica que reconfiguró todo el modo de comportarse, ahora más delegado.

El espacio público se reconstituyó entonces a través de ciudadanos mediáticos, pero esos ciudadanos mediáticos luego cambian a lo que se llama ciudadanos “monitorizados”, que somos los que cada vez vemos menos televisión, sobre todo los jóvenes, y accedemos a la comunicación únicamente a través de pantallas de pequeños aparatos y computadoras que nos permiten comunicarnos de otro modo.

Estas pantallas reconfiguran el espacio público porque nos dan una sensación de estar inmediatamente conectados, siempre conectados, no solo con las autoridades —lo que realmente ocurre muy pocas veces—, o con las empresas —casi nunca—, pero en cambio tenemos esta experiencia de que hablamos entre Bogotá, Caracas, México, Buenos Aires, y podemos reconocernos, a veces viendo la imagen en la pantalla.

Entonces el ciudadano telespectador se había acostumbrado a estar más disponible. Algo sucede en este momento en la calle, que sabe el helicóptero que llega con periodistas, policías y lo graba. Ese ciudadano que al día siguiente o pocas horas después será convocado para otro acontecimiento y no sabe bien cuáles son los rostros de las personas que ve. Menos aún si tanto los policías como los enmascarados que rompen vidrieras o vitrinas están tapados, viven en un mundo como ciudadanos del ocultamiento.

Paradójicamente, en este momento de desciudadanización, de hegemonía de los algoritmos y de aislamiento social, estamos comunicados como nunca. Pero también es un momento de grandes ocultamientos. A eso alude el título de esta conferencia: “Conspiraciones y profecías, ¿cómo imaginar la pandemia, si no sabemos cómo se originó?”. ¿Por qué es tan importante imaginar la pandemia? O, mejor, ¿por qué es tan importante saber cómo se originó para poder saber qué vamos a hacer?
Tiene dos lados tu pregunta. Uno, porque hay que destacar la explosión de esta forma de comunicación que preexistía al aislamiento, como el Zoom y otras plataformas de videoconferencia que hoy nos comunican mucho más masivamente, son plataformas que ahora nos ofrecen una especie de reemplazo al aislamiento que nos recluye en casa a causa de la pandemia y nos permiten viajar a diferentes ciudades. No sabemos por cuánto tiempo, pero ahora nos lo permiten. La experiencia de no poder comunicarnos presencialmente ha tenido como contraparte esta explosión de comunicaciones. Esto, y es la segunda parte que señalé, está obligando a replantearse las instituciones clásicas: las universidades, los museos, todos ahora tienen su canal en YouTube o su página web. Quizá lo tenían antes, pero se multiplicó porque el museo está cerrado, el campus universitario, el aula tradicional también. La universidad da clases en línea. Hay un bloqueo de las formas presenciales de comunicación, pero es muy valioso que estemos ahora viendo estas oportunidades a distancia, que no sabemos si van a subsistir. En fin, vivimos en una situación de enorme inestabilidad y de gran ocultamiento.

Entonces, en medio de esta opacidad de las comunicaciones presenciales aparece la posibilidad de vernos a distancia y, cuando es un Zoom más pequeño, de hasta treinta personas nos vemos las caras todo el tiempo, es un modo de estar copresentes, de restaurar la presencia, más significativa aún si estamos entre personas que nos conocemos previamente.

Pero, ¿qué pasa con la gran mayoría con los que nos comunicamos o de los que recibimos información, por ejemplo, en los tuits, sin conocernos, sin saber de quién viene, qué garantía podemos darle a esa información o cuando son informaciones contradictorias?

Como buena parte de lo que recibimos sobre la pandemia, una especie de comunicación desde el anonimato.
Efectivamente. Una de estas contradicciones es la que encontramos entre los posibles orígenes de la pandemia. Hay dos versiones principales. Una, aquella que afirma que proviene de contagios de animales a humanos. Y, la otra, que habría sido manipulado cierto tipo de información genética en laboratorios de China. Y las dos hipótesis coexisten. Ninguna de las dos tiene argumentos suficientes como para ser aceptada en forma excluyente de la otra, ni para ser desechada. Podría ser un contacto entre animales y humanos, y podría ser una manipulación, y aquí entraría la teoría de la conspiración.

¿Y por qué exactamente “conspiraciones” y “profecías”?
Creo que vale la pena detenerse aquí un poco, en estas dos palabras “conspiración” y “profecías”. Por eso las coloqué en el título. Son palabras que tienen mucha tradición en las ciencias sociales. La conspiración tiene gran peso en la sociología política pero también en la novela negra y en el cine. Y profecía es un término teológico que está en distintas religiones, pero que ha tenido mucha fuerza en todos los estudios sobre profetismo, sobre mesianismo, que se han hecho en la antropología y que, como sabemos, se han desarrollado especialmente en los estudios amerindios a partir de la llegada de los españoles y los portugueses a América y el enorme quiebre civilizatorio que esa llegada implicó. Entonces surgieron preguntas entre los pueblos originarios: “ Nuestros dioses nos abandonaron, los otros dioses que vienen son más poderosos, nos van a proteger mejor, tenemos que cambiar de sociedad incluida la religión, cómo recomponer nuestras vidas luego de esta crisis civilizatoria que fue fundacional”.

Yo quisiera introducir ahora un modo de definir profecías y conspiraciones, el que suelen usar los lingüistas o los sociolingüistas cuando dicen “a ver, no se sabe qué significa esta palabra revisando en el diccionario, se entiende mejor si revisamos como circula en la sociedad, revisando cómo la usa la gente”.

Haciéndolo de esta manera, para mí hoy las profecías son manejos imaginarios de las creencias cuando es imposible establecer relaciones lógicas, racionales, entre el desorden actual, por el ocultamiento social inducido. Bolsonaro no hubiese llegado a la presidencia sin el apoyo de las iglesias y creyentes evangélicos. Porque ahora son comunes estos eventos en donde los propios líderes laicos, supuestamente laicos, de nuestras sociedades aparecen entronados por un movimiento religioso muy potente. Sobre todo en ciertos países latinoamericanos, pero también en otras regiones del mundo.

Y para reforzarlo aparece entonces la pandemia como algo tan abrumador que ya parecería que fuera inevitablemente una conspiración. La profecía sustituye la imposibilidad de explicaciones racionales, lógicas.

Es fácil preguntarse: “¿Cómo puede ser que todos, en todo el mundo, en cuatro o cinco meses, estemos sometidos por un régimen de contagio que tiene consecuencias en un cambio de vida, en una autorregulación extrema?”. Claro que parece una conspiración.

Unos dicen que los ricos del mundo quieren acabar con los pobres, otros que China quiere apoderarse del resto del mundo. Y así sucesivamente.
Aquí me ha servido bastante acudir a algunas lecturas que se han planteado este tema hace mucho tiempo. Es el caso de un texto iluminador que retomé en estos días, del novelista argentino Ricardo Piglia, en el que habla de cómo las tesis del complot entre actores que forman parte del poder son formas de encubrir la lógica de la explotación capitalista o son conspiraciones que se hacen para naturalizar esa explotación.

Las revoluciones han surgido muchas veces como conspiraciones urdidas secretamente y después manifestándose como gobierno con un sentido conspiratorio, en el sentido de que muy pocos toman decisiones claras o le atribuyen a un enemigo la responsabilidad de lo que sucede, de todo lo malo que sucede.

La conspiración está en el origen de todas las revoluciones, pero lo novedoso es que ahora se las atribuimos a los grandes poderes capitalistas porque muchos percibimos el capitalismo como un sistema de salida, terminal. Desde hace años, hay enormes sectores de la sociedad que tienen esta percepción, la convicción de que solo podemos pasar a otro sistema con una sociedad secreta.

Si pensamos en la informalidad como una sociedad secreta, donde no se declaran las ganancias, no se pagan impuestos, y pueden estar controladas por empresarios que sí pagan impuestos con otras empresas o en alianza con ellos, pero es una sociedad secreta. Y por supuesto, mucho más las mafias que están ocupando enormes territorios en América Latina. No hay país que no tenga una parte importante de su territorio controlada por mafias, entonces lo conspiratorio, los secretos están instalados en la vida social antes de la pandemia y la pandemia le viene a poner un dramatismo particular.

Sigamos en esa línea de la conspiración. Tanto en el cine y la literatura, como en la ciencia política, el siglo XX estuvo particularmente marcado por distopías asociadas a la manipulación ideológica de las masas por parte de los grandes poderes. Desde las novelas de Orwell hasta las advertencias filosóficas de la Escuela de Frankfurt, había un miedo compartido que se resumía en la imagen de la aguja hipodérmica, en la posibilidad de que los grandes poderes y las grandes empresas nos inyectaran a través de los medios de masas un sistema de valores y unas creencias. En tu libro Ciudadanos reemplazados por algoritmos pareciera que el temor del siglo XXI es otro, no que nos inoculen información sino que esos algoritmos de los que has hablado se aprovechen, distribuyan, administren, extraigan nuestra información para imponernos, ya no una ideología extraña, sino el uso de nuestra información aplicada contra nosotros mismos. ¿Puedes desarrollar esta afirmación? 
Me parece útil subrayar lo de la vieja imagen de la aguja hipodérmica. Una idea que, es cierto, fue muy cuestionada en los estudios comunicacionales posteriores, pero que ahora la vemos funcionando al revés. Lo más importante que está sucediendo no es que nos inyecten información —incluso información falsa— sino que nos sustraigan información. Mucha más de la que nosotros o cualquier empresa podía tener en la época de la televisión como comunicación hegemónica.

Lo novedoso es que nos sustraen información de todo lo que hacemos. Yo abro mi Google y me dice cuántos kilómetros recorrí hoy día, las ciudades y lugares que visité recientemente, “estuvo en tal museo”, “estuvo en tal edificio”, “estuvo con tales personas”, o “en tal empresa y tantas horas”. Todos esos datos nos los pueden mostrar o no. Guardárselos para ellos.

Y esa información es mucho mayor que la que cualquier conjunto de seres humanos, aunque sean 500 o 600 expertos en mercadotecnia, con las técnicas tradicionales que podrían reunir. La reúnen en la “nube” —que yo pienso que es más bien un sótano— y se articula, algorítmicamente, para generar nuevos conocimientos que dan la Ilusión de poder controlar los comportamientos de las personas a las cuales se sustrajo esa información.

Este tipo de operación no había existido antes y por eso los sociólogos políticos hablan de que pasamos de una etapa de “gubernamentalidad estadística” a una “gubernamentalidad algorítmica”.

¿Cuál es la diferencia?
La gubernamentalidad estadística era la que existía cuando una empresa o un gobierno querían conocer la opinión de los ciudadanos o de los consumidores y hacían una encuesta, a propósito de un nuevo producto que se iba a poner en el mercado, o de los candidatos que se iban a poner en el mercado político para la siguiente elección. Se hacía una encuesta dirigida en un proyecto de investigación con una finalidad específica y se recogía información, a veces ilegítima, escondida, que se guardaba muy bien. Esa era la gubernamentalidad estadística, basada en encuestas hechas con unas preguntas y unos objetivos precisos.

Ahora no. Hoy se recoge toda la información, o se cree que es toda, y cada paso que damos, cada vez que usamos el coche, cada vez que nos subimos a un autobús, cada vez que entramos en una tienda, toda nuestra información, y más si pagamos con tarjetas electrónicas, va a ser recogida e interconectada. Queda allí, dormida, acumulada, esperando que alguien diga “quiero saber tal cosa” y ya está: ponen a funcionar los algoritmos e interrelaciones en función de esa pregunta, y obtienen la respuesta de inmediato.

Esa disponibilidad de información mundial está manejada por seis o siete empresas que se llaman las “gafas”: Google, Apple, Facebook, Amazon, y las chinas: Huawei y TikTok. Esas empresas recogen una gran cantidad de datos, y desde ahí intentan controlar los comportamientos. Pensemos en China, que es agente importante en este proceso de control. Tiene un billón cuatrocientos millones (1.400.000.000) de personas y 400 millones de cámaras distribuidas por todo el país, una cámara por cada cuatro personas. Entonces, hay una posibilidad de control que permite vigilar, detectar en cada cuadra “comportamientos peligrosos”, pero sobre todo sirve para modelar conductas, disciplinarnos, y la pandemia ha venido a multiplicar y justificar ese control.

No podemos saber el significado de fondo de todo esto, si no sabemos cómo se originó. Están esas dos hipótesis que ya mencioné. Hay signos de que cualquiera de las dos puede ser cierta. Y no hay evidencia suficiente para descartar ninguna de las dos. Entonces tenemos una tercera posibilidad, más interesante como hipótesis, que es combinar las dos. Pensando que quizá fue al mismo tiempo un accidente biológico y social.

Un accidente biológico que luego es instrumentado por gobiernos y empresas transnacionales para diseñar estrategias que cambien la relación entre fuerzas económicas, políticas y culturales, las etnias y las clases sociales. Esto se aplica también en la búsqueda de información de modo segmentada.

Para concluir, si los partidos políticos ya no nos dirigen ni nos orientan; los sindicatos ya no representan a los obreros; las universidades no son los centros generadores de conocimiento de avanzada; las policías se ven desbordadas y las grandes empresas no atienden las solicitudes de los clientes, retomando el título de tu libro, entonces, ¿quién se preocupa?, ¿quién preocupará por los ciudadanos que están siendo suplantados por los algoritmos? ¿Qué podemos hacer al respecto? Porque, supongo, siempre podemos hacer algo.
Ahora es más complicado. Con la pandemia y la cuarentena nos recluyen como ciudadanos, militarizan la vida pública social, como vemos en muchos países donde había fuertes protestas públicas que fueron ahogadas, y las gafas siguen teniendo acceso a nuestros secretos cada vez que usamos la computadora, el celular. ¿Qué hacer? No podemos dejar de usarlos, los necesitamos para vivir, para encargar que nos traigan a la casa los alimentos y no tener que salir al mercado, pero cómo generar algo que se oponga articuladamente a esta dictadura electrónica globalizada, a esta neutralización de los ciudadanos sin instituciones que nos representen, a la decrepitud de los sindicatos de la forma clásica de representar la ciudadanía.

Con un grupo de trabajo que formamos sobre jóvenes, cultura digital y cultura urbana en México, y con otro en Madrid, fuimos detectando que hay muchas otras maneras en que los jóvenes desarrollan una vida por fuera de las redes o de la lógica de esas redes que utilizan intensivamente. No renunciaban a ellas, les daban un uso heterodoxo, rebelde, a veces subversivo, pero esa palabra es quizá muy solemne. Esos jóvenes mostraban con sus vidas mucho de lo que decían muchos economistas y gobernantes, incluso en Inglaterra, que tiempo después llegó a América Latina, lo de la Economía Naranja.

Concebían a los “jóvenes creativos” como gente que vivía trabajando donde quería, por placer, desde su casa, en los horarios que elegía, en la actividad que le gustaba. Lo que nosotros fuimos viendo al seguir sus trayectos de vida fue que salían de una escuela de artes capacitados para ser artistas, pintores, escultores, hacer performances, pero no podían ejercer nada de eso. Entonces conseguían un trabajo de cuatro meses para editar páginas digitales, después se quedaban sin empleo y sin salario, luego producían escenografía para una película independiente, y así, de la ocupación al desempleo y del desempleo a otra ocupación.

Me decía una egresada de una maestría en Arte de la Universidad de México: “Tengo maestría, sé inglés y francés, pero no puedo conseguir un trabajo que dure y con seguridad social, por lo tanto no puedo embarazarme, no puedo comprar un coche, no puedo tener una vida mínimamente estable”. Una inestabilidad radical. Es una generación entera o dos, que ya van incorporadas de ese modo informal, de manera ilegal, sin garantías de derechos, sin poder ser ciudadanos. Entonces existe una enorme creatividad que le da otro sentido a esta posibilidad de trabajo que es independiente pero no necesariamente más libre, porque está sujeto a la pérdida de derechos, incluyendo el derecho al trabajo estable, y ahí viene lo que me parece que podemos pensar como futuro.

Mucho de lo que se está renovando en el mundo, en todos los continentes, se hace a partir de la construcción de estas comunidades que generan nuevas formas de producir, vender lo que producen, hacer intercambio: economías reguladas más por la satisfacción, el goce, los intercambios no lucrativos o parcialmente comerciales para poder sobrevivir, y también las comunidades autogestionadas indígenas que se encuentran con su propias prácticas ancestrales ahora planteadas como novedad o necesidad.

Pero, ¿hay alguna manera de resistir a esa desciudadanización?
Seguro. Lo estamos haciendo ya. Lo veo por todas partes. Quienes no esperan que un partido nos busque para una campaña electoral o un gobierno nos diga que tal domingo tenemos que votar. Y después ellos hagan lo que quieran; sin que haya espacios para debatir durante la campaña electoral —no eslogan, no imágenes—, sino ideas, proyectos de país, de comunidad. Esto está sucediendo, hemos visto que ha habido cambios en América Latina después de las catástrofes.

Está claro que hay una rebelión de los espiados con servicios como Telegram, que no pueden ser intervenidos, movimientos sociales de protesta y movimientos de verificación de datos. En México hay varios, por ejemplo, Signa Lab, que tiene su sede en la Universidad de Guadalajara, o Artículo 19, y varios más que están en producción y contrainformación.

Fue significativo que después de los últimos sismos que tuvimos en México, los “rebeldes” de la información pudieron corregir información falsa o deficiente, dada por los gobiernos, y decir “miren, no es ahí, es acá donde se necesita agua, suero, los problemas son estos, el edificio se cayó por tales razones, por ejemplo, la corrupción manifestada en el uso de materiales más baratos que los que darían seguridad”.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas sociedades de contrainformación, estos esfuerzos de reciudadanización, son minoritarios. Son tan seductores los servidores informáticos que la mayoría de sus usuarios renuncia a guardar sus secretos y más aún renuncia a formar sociedades secretas.

La pregunta es ¿cómo desdisciplinarnos?, ¿cómo organizarnos con nosotros mismos? No nos vamos a desdisciplinar solo si nos quedamos en la casa y nos comunicamos solo por internet, por redes. ¿Cómo le damos potencialidad transformadora a esas nuevas formas de comunicación y organización social? ¿Cómo nos organizamos para tener en los gobiernos de ciudades y del país quienes nos representen y luego controlar su trabajo? Tenemos la ventaja de que hay un sistema económico que ni siquiera para los empresarios, para las grandes corporaciones, está funcionando. El hundimiento del 8, 10, 12% del Producto Interno Bruto, aun en los países más prósperos en el pasado, los pone en evidencia ¿Qué tenemos para ofrecer desde los ciudadanos? Termino con esa pregunta.

*Néstor García Canclini (Argentina, 1939) es escritor, antropólogo, sociólogo y pensador de la cultura. Actualmente reside en México. Ha ejercido la docencia en universidades de Argentina, España, Estados Unidos, Italia y México. Entre sus numerosos libros publicados destacan La producción simbólica. Teoría y método en sociología del arte (1979), Culturas híbridas (1990), La globalización imaginada (1999), La sociedad sin relato (2010) y, el más reciente, Ciudadanos reemplazados por algoritmos (2020).
Foto: Álex García
Fuente: Papel Literario, El Nacional

viernes, 29 de julio de 2011

La revista 'Orsai' adelgaza para sobrevivir

La revista, distribuida por Internet desde su lanzamiento a principio de año, reducirá su paginación, su precio y se convertirá en bimestral en 2012 
Por: Aitor Riveiro 
La revista Orsai era un experimento, una mala idea a contracorriente que estuvo a punto de funcionar pese a los errores de principiante de sus creadores, los argentinos Herán Casciari y Chiri que, pese a todo, le van a dar otra oportunidad a un proyecto que surgió de lo digital para cambiar el paradigma de lo analógico.
A partir de 2012, la publicación, que nació trimestral, se editará cada dos meses, pasará de 212 a 148 páginas y reducirá su precio. Todo con la intención de incrementar el número de ventas y hacer rentable la publicación, según reconoce el propio Casciari en una conversación telefónica. "Prometimos que íbamos a hacer los cuatro primeros números aunque perdiéramos dinero. Para ello contábamos con 100.000 euros", asegura el escritor argentino. "Luego teníamos que ver si funcionaba".
Y funcionó, pero a medias. Los lectores respondieron: el primer número vendió más de 10.000 ejemplares en todo el mundo; el segundo unos 8.000; el tercero, aún a la venta, ronda esa cifra. El secreto de la revista es la preventa: solo se imprimen los ejemplares que se venden. El precio, además, varía según el país del comprador para ajustarlo al nivel de vida.
Textos de calidad, reportajes con firmas de prestigio, edición cuidadísima, envío a domicilio... ¿Qué falló? "La logística", asegura Casciari. La sui generis distribución de la revista en lotes de 10 ejemplares disparaba los gastos de envío. "En algunos países ni siquiera cubríamos", recuerda el director de la revista. Fue un error de principiantes. Cada paquete pesaba 6,9 kilogramos; si hubieran pesado cinco, los costes se hubieran reducido a la mitad. Por eso se reduce el número de páginas y, en consecuencia, el precio.
Una vez decidido que se prorroga la vida de Orsai viene el juego, la complicidad con los lectores, el márketing viral que implica a miles de personas de todo el mundo en un proyecto con "reglas de juego divertidas y trasnochadas pero que pueda ser reales". Casciari y Chiri, amigos de la infancia, se han apostado el futuro de la revista con un pizzero, Comequechu. Si en dos meses es capaz de poner en marcha un local en Buenos Aires hermano gemelo al que regenta en Sant Celoni (Barcelona), situado debajo de la redacción de Orsai, el segundo año de la revista será una realidad.
La apuesta es, evidentemente, un juego. Y una forma de implicar a los lectores, aún más si cabe, en el proyecto. En el post de su blog en el que Casciari anuncia los cambios abre también la puerta para invertir en el restaurante. "Vamos a empezar a ser rentables, pero no voy a volver a poner el capital. Lo van a poner los lectores". Apenas unas horas después de lanzar la petición de ayuda, 134 anónimos se comprometían a poner un mínimo de 1.000 euros. Y la idea parece que gusta: Tras Argentina vendrá Uruguay: ya hay ofrecimientos para abrir en Montevideo. "Queremos una pizzería de Orsai en todas las grandes ciudades que podamos".
Casciari asegura que no deja de sorprenderle la actitud del ser humano, capaz de embarcarse en proyectos que no aseguran en ningún caso la rentabilidad. "Es un enamoramiento", asegura. "El 90% de la gente está encantada con la revista pero nosotros somos críticos. Nos salió muy solemne, seguramente por miedo". Por eso la nueva Orsai, además de menguar, incluirá más humor. Para mantener la fidelidad de un público que es minoritario pero fiel a una idea que solo pudo surgir a destiempo.
Fuente: Diario El País
Ver anterior: Hernán Casciari pierde la inocencia

jueves, 28 de julio de 2011

Diatriba contra Messi

El argentino más universal, el más admirado, es para el escritor Martín Caparrós el menos argentino de los argentinos. Pero esta es apenas una razón para no ver a Messi como todos lo quieren ver. Uno de los más grandes del periodismo latinoamericano se llena de motivos para no comerle cuento al ídolo del Barcelona.
Por: Martín Caparrós
Los argentinos tenemos vocación de halo -o aureola, nimbo, limbo-. Lo tengo dicho: durante muchos años, cada vez que un ugandés, un mongol o un bengalí me preguntaban de dónde era y yo decía -sí, lo decía- que argentino, la respuesta era una y solo una:
-Ah, Argentina, maradona.
He oído esas palabras en docenas de acentos -y pensé a menudo en la crueldad de que todos nosotros, cuarenta millones de argentinos, no fuéramos para la mitad del mundo conocido más que esa confusa nube de gases que rodeaba la cabeza de Diego Armando Maradona: halo, aureola, materia vaporosa. Era un destino curioso, ligeramente insuficiente. Ahora, en los últimos años, todo es igual pero cambió: la frase, en el lugar de maradona, dice messi.
-Ah, Argentina, messi, messi.
El destino es el mismo: para tres mil millones seguimos siendo la masa innominada que rodea a un señor con demasiado nombre. Y es lo mismo pero no es igual, porque la imagen que nos reemplaza a todos ha cambiado mucho. Pasamos de ser un muchacho que resumía cierta idea de la argentinidad -rápido, pícaro, vicioso, siempre al borde- a ser uno en el que nunca supimos cómo reconocernos. Lionel Messi es tan argentino como un pan de manteca: sabés que lo es, nada te muestra que lo sea.
Podría parecer una paradoja que el argentino universal del momento suene tan poco argentino -a menos que uno recuerde que, al fin y al cabo, la mayoría de los argentinos universales tuvieron que dejar de ser argentinos para serlo. Guevara se volvió un revolucionario cubano, Eva Duarte una diva de Hollywood, Borges un escritor inglés antes de que el mundo los adoptase como caras para la camiseta. A Messi le pasó lo mismo, pero con extremos de metáfora mala: dejó la patria para dejar de ser un enano, su única posibilidad de crecer fue la fuga, y aún así su corazón es tan generoso -tan aburrido- que sigue tratando de ser un argentino.
Él intenta serlo, tres mil millones afirman que lo es; solo sus supuestos compatriotas lo dudamos. Sigue sin despertarnos cariño, cercanía: Messi es un tipo de por allá lejos que hace piruetas increíbles con una pelota y que, por suerte, en los mundiales nos toca a nosotros. Lo cual, por supuesto, nos da orgullo -los argentinos tenemos el orgullo fácil, casi tan fácil como la queja plañidera- pero un poco impostado: como si temiéramos que, en cualquier momento, se descubriese la engañifa.
Debe ser que no nos resulta fácil reconocernos en este muchacho tan limpito, con una vida tan dorada cuadrada, con tan poca malicia. Si yo fuera o fuese o fuere -Dios no lo permita- lacaniano o bruja alguna vez, diría que alguien no se puede llamar messi y llamar lío -porque messy, en inglés, significa enredado, liado. Y que llamarse dos veces lo mismo no es solo redundancia, sino también condena: que alguien que se llama kilombo kilombo no tiene más remedio que ser un gran kilombo o, como en este caso, todo lo contrario: el control absoluto. O su apariencia.
Messy es puro control -o parecía. Así, visto de lejos, Messi es -parecía- aquel novio que toda madre querría para su hija -si le aseguraran que nunca tendrá que sentarse a charlar de bueyes perdidos con su yerno. Hay un lugar común o prejuicio -que suelen ser lo mismo- sobre el virtuoso bobo: Mozart en Amadeus, el gran ajedrecista Bobby Fisher, los científicos locos. Messi es -parecía- la encarnación actual y futbolera de ese mito: alguien que solo hace una cosa, pero mejor que nadie. Messi es -parecía- la síntesis de la cultura del especialista: juega al fútbol y solo juega al fútbol. Pero por eso mismo, en un mundo donde cualquier starlette o cantor o locutora dan lecciones sobre lo humano y lo divino, Messi era casi un estandarte: un cuerpo que ejecuta como nadie su ballet y no supone que por eso sus ideas o sus amores o sus odios deban interesarnos. Me gustaba que Messi, gran valor de la cultura masmediática, fuera una piedra en la cultura masmediática: alguien que no dice nada, alguien de quien no había nada que decir salvo que hace lo que todos sabemos que hace: un puro efecto de espectáculo, lo que aparece en la pantalla sin nada por detrás. O eso parecía.
Porque de Messi, durante mucho tiempo, no supimos nada -y, vanos, supusimos que había poco que saber. Leíamos sus contadas -mal contadas- entrevistas y nos enterábamos por ejemplo de que no usa dinero, que le gusta la milanesa napolitana, que no lee ni huele ni se imagina padre, que nunca quiso ser otra cosa que lo que es, que es tan correcto diplomático. Pero no sabíamos nada más y, sobre todo, no sabíamos -no podríamos saber- cómo hace lo que hace. Ahí estaba -parecía estar- todo el misterio.
Es, quizá, la condición del genio. La primera vez que pensé en un futbolista como genio fue, faltaba más, por Maradona: me pareció tan evidente que lo era, si creemos que un genio -un verdadero genio- es alguien que hace lo mismo que millones pero lo hace distinto. Maradona lo hacía, y ahora Messi. Solo que Maradona lo hacía distinto de todos, y Messi lo hace distinto de todos salvo de Maradona. Esa fue, durante años, su condena: Maradona no tenía comparación posible; Messi, en cambio, tuvo que soportar todo ese tiempo la comparación. O, dicho de otro modo: la mayor aspiración de Maradona cuando era chico era ser grande y ganar un mundial; la mayor aspiración de Messi cuando era chico era ser Maradona.
Y lo logró: en una época, lo logró tanto que se camufló de Maradona, fue su Pierre Menard, ese escritor que quería reescribir El Quijote palabra por palabra. Messi hizo el gol a los ingleses -contra el Getafe-, el gol de la mano de Dios -contra quién sabe- y tantos más, maradonianos. Lo había logrado, y entonces descubrió que eso nunca sería suficiente.
Debe haber sido un sacudón. Por fin, después de años de creerse Maradona, Messi empezó a creerse Messi. Es la etapa que atravesó este año; quizá lo hayan visto, en el final de temporada, jugar como si fuera Messi del mito, Messi de la Play: quizá lo vieron lanzarse contra los contrarios vertical, tan decidido, como si todos fueran a apartarse ante el solo poder de su presencia. No siempre lo hacen -lo curioso, en realidad, es que a veces lo hagan- y su juego se resiente: pierde pelotas, pierde goles, paga caro su orgullo. Yo supongo que es solo una etapa, un avance en su carrera zen: si ya superó la etapa de creerse Maradona, no tendrá problemas en superar la de creerse Messi y entonces sí va a ser glorioso: sin creerse, solo creando, puede llegar a ser un jugador de fútbol como nunca se ha visto, uno tan grande que ni siquiera necesite nombre: el Jugador de Fútbol antiguamente conocido como Messi.
Ese va a ser, creeremos, su momento cumbre. Pero estaremos, una vez más, equivocados: nunca va a ser mayor que cuando, al fin, en ese día que todavía no consigue imaginar, se resigne y lo deje: cuando se retire y ya nadie pueda hacer lo que él hace como si lo pudiera hacer cualquiera. Entonces lo que hacía -lo que hace- tomará todo su valor y se convertirá en aquello que tantos querrán imitar como él quiso imitar alguna vez y jugará mejor con cada día que pase. Para eso falta mucho; mientras tanto, corazón sin ideas, sigue con sus esfuerzos denodados por hacerse argentino y parece que lo va logrando. Messi entendió-quién sabe, le explicaron- que, para eso, con la cancha no alcanza. Ahí está, en estos días, su cambio más morboso: su imagen, poco a poco, se hace otra. En los últimos meses hemos sabido, por ejemplo, que es un módico déspota del vestuario, un tiranito silencioso -si te castigo, tú sabrás por qué- y que buena parte de la habilidad de Guardiola consistió en aprender a escuchar sus rabietas mudas y a darles la respuesta adecuada: los despidos de Eto’o y de Ibrahimovic, sin ir más lejos. Y que los nuevos en el Barça solo pueden sentirse aceptados cuando el reyecito empieza a darles pelotas en la cancha. Y que por eso los pequeños jugadores argentinos de selección hacen cola para decir en cada entrevista que Lio es el más grande y que ellos están ahí para dársela redonda -siempre dicen “dársela redonda”, simulando que sabrían cómo dársela cilíndrica o piramidal o paralelepípeda, o incluso no dársela.
Pero, sobre todo, empezamos a saber que su carne -y su fama y su dinero- también puede servir para otras cosas: que va saliendo de la Play donde vivía, que se está haciendo hombre. Desde que algunos tabloides porteños dieron a luz las orgías siliconadas de su piso 34 en el Puerto Madero, el pequeño Amadeus está varios pasos más cerca de volverse argentino y, ahora sí, de amenazar a Maradona en su propio terreno. Vemos -en vivo y en directo- la construcción de un mito bobo: es un show imperdible. Vemos cómo se va resquebrajando la imagen de ese señor que ahora se llama Lio Messi, cómo se le va cayendo la máscara del chico bueno que nunca rompió un plato, un chico sin dobleces, sin peculiaridades, sin perfumes. Una imagen demasiado buena o demasiado ñoña para ser verdad, una imagen tan aburrida que solo pudo mantenerla con goles y más goles, una imagen que no le alcanzó para hacerse argentino. Ahora, por fin, se decidió a trabajar en el asunto: tiranuelo, putañero, un hombre. Ya que va a ser nuestro nombre por los próximos diez o veinte años, se le agradece que esté haciendo lo posible por ponerse a la altura.
Ilustración: Diego Peñuela
Fuente: SOHO

sábado, 23 de abril de 2011

Por un día mundial del derecho a leer

Por: Evelin Heidel
“Veinte leguas más y comieron bocado, a las treinta se prepararon para el descanso, y así llegaron a la ciudad de Uruk. Urshunabu dijo: “He aquí el lugar de donde partiste, y he aquí tu destino final. No has de desechar las experiencias de tu viaje, sino, conviviendo con ellas, regresar a tu morada, descansar y reflexionar, para seguir mañana el curso de tu vida.” Fragmento de El Poema de Gilgamesh, Anónimo 
El Poema de Gilgamesh es el escrito literario más antiguo del que la humanidad tenga registro y conservación: de origen sumerio, escrito sobre tablillas de arcilla, con escritura cuneiforme, el poema narra las aventuras del rey Gilgamesh de Uruk. El poema, transmitido por tradición oral, fue fijado a pedido del rey Asurbanipal en el siglo VII a.C., quien fundó a su vez una biblioteca homónima donde llegó a recolectar más de 25.000 tabletas de arcilla.
El poema presenta algunos de los temas literarios más frecuentes: el descenso del héroe a los infiernos, la ausencia prolongada del hogar, el viaje que exige el aprendizaje por parte del protagonista. Estos temas constituyen la base narrativa de la humanidad.
Sólo cuatro cosas fueron necesarias para que el Poema de Gilgamesh llegara hasta el siglo XXI: un soporte de la escritura, una biblioteca, un escriba y una persona con amor por los libros. No se necesitaron editores, intermediarios o autores. Fue así como desde aquel primer soporte escrito tuvieron que pasar 25 siglos para que el libro pudiera ser un objeto al alcance de todo el mundo: la verdadera revolución cultural no fue la imprenta, la caída de las monarquías, el autor romántico que sufre frente a los avatares del mundo o el editor consagrado a empresas fútiles para defender la cultura y el arte. Cuestiones más mundanas, como el pasaje del rollo al códex y la fabricación del papel industrial, fueron los cambios introducidos en el proceso de fabricación del libro que permitieron que las obras pudieran fijarse en un soporte más maleable y, fundamentalmente, más barato.
Por supuesto, la historia de los últimos siglos trató de personajes y situaciones igualmente mundanas. Editores que se arrogaban los favores de la nobleza; nobles que editaban libros porque les permitía acumular poder simbólico frente a sus pares; reyes desesperados por contener las protestas religiosas; inquisidores y editores que delataban a los herejes y una Iglesia aún fuerte que pretendía controlar las condiciones de circulación del discurso.
Es de estas épocas, también, frente a la censura eclesiástica y monárquica, la creación de las primeras asociaciones “piratas”, que permitieron un comercio paralelo del libro e introdujeron libros prohibidos en el mercado mediante mecanismos tan surtidos como pintorescos: cambiarle los colofones o las tapas a los libros; ingresarlos por el mercado negro, fueron algunas de las tantas estrategias que se idearon para vencer la censura.
Censuras, inquisiciones, persecuciones políticas, deshonestidades intelectuales, impuestos excesivos al papel, a la fabricación de libros, a la circulación o a ambas, son parte de los avances y retrocesos que marcaron la historia desde que se empezó a pensar en procesos industriales de fabricación del libro hasta que se llegó a la fundación de las primeras bibliotecas públicas en el siglo XIX.
A mediados de 1850 comienzan a conocerse las primeras legislaciones nacionales sobre la formación de bibliotecas públicas. En Argentina, en 1870, Sarmiento crea la Ley 419 que instaura la CONaBiP (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares) y le otorga al Estado la misión indelegable de velar por las bibliotecas populares. Ya en 1810 la Junta Revolucionaria de Mayo había decretado la creación de la primera biblioteca municipal, que luego con el devenir de los años se convertirá en la Biblioteca Nacional y adquirirá el depósito legal de los libros, hoy en manos de la Cámara Argentina del Libro, una asociación privada de editores.
Es conveniente hacer notar que a lo largo de todo este tiempo, en un historia no exenta de conflictos, en algunos casos transcurren casi cien años entre la creación de la primera biblioteca pública y la primera ley de derecho de autor. Tal es el caso de Argentina, cuyo primer texto normativo al respecto es de 1910, 40 años más tarde de la ley 419 de Sarmiento y a 100 de la fundación de la Biblioteca Nacional.
Otros países, como Estados Unidos, no difieren demasiado en estos números. Unos cuantos años más tarde, Paul Otlet y Henri La Fontaine, dos inquietos intelectuales, deciden dedicar su vida a la misión bibliotecaria. Otlet fue un hombre de acción, pero también un intelectual dedicado a su causa que soñó con la creación de una gran “red de redes” que pudiera vincular a todas las bibliotecas del mundo entre sí, disponibilizando catálogos y libros por igual. Juntos, estos dos intelectuales propulsaron la creación de comisiones de intelectuales en el marco de la Sociedad de las Naciones, que fracasaría con la Segunda Guerra Mundial y que sería el antecedente directo de la ONU.
La UNESCO, organismo dedicado a instrumentar la paz entre los pueblos mediante la cultura, es una institución heredera directa de las ideas de Otlet y La Fontaine. En 2003, la UNESCO decretó el 23 de abril como el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor con el espíritu de “fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor”. Y en el 2010 decidió festejar sus siete años a pleno, instaurando un Observatorio Mundial de la Piratería. Es curioso que desde el año 1997 se festejan todos los 24 de octubre el Día de las Bibliotecas, pero este evento no cuenta con el excelente nivel de documentación que sí tiene, por caso, el día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Así, para el año 2009, por ejemplo, se hizo “énfasis en el rol del libro en el desarrollo de una educación de calidad y sobre el enlace entre libro y derechos humanos”, pero no se mencionó por caso el rol que cumplen las bibliotecas en dar acceso a las obras.
Los libros son objetos y soportes perecederos. Lo que importa destacar no es papel encuadernado con dos tapas; los libros no se valoran por su calidad en tanto objetos sino porque proveen del acceso a las obras más importantes e interesantes de la humanidad, porque nos permiten aventurarnos, experimentar y disfrutar de la lectura. Y muchas veces quienes nos introducen a este hábito tan loable son las bibliotecarias y los bibliotecarios, sin importar el tamaño de la biblioteca o de la colección, la edición preciosista del libro o la calidad de sus tapas.
Muchos lectores se iniciaron a la lectura con libros roídos, encuadernados una y otra vez por sucesivas generaciones de bibliotecarios. Sin obras no habría libros, sin libros no habría bibliotecarios, sin bibliotecarios no habría lectores, sin lectores no habría escritores de obras. La lectura es la condición indispensable para poder oficiar luego de escritores; tal como el poema de nuestros inicios, permaneció 25 siglos encerrado en las arenas de la Mesopotamia hasta que un lector pudo volver a descodificar su significado invaluable -es decir, no monetarizable- para la humanidad.
Valorar más al objeto y al interés comercial que a la práctica y el hábito lector; más al usurero que al profesional dedicado; valorar más los derechos de cierto sector (los autores) que del otro (los lectores) no parecen objetivos coherentes con la misión de la UNESCO. La instauración de observatorios contra la piratería, el planteo de objetivos serviciales a los intereses comerciales, la fijación de metas poco coherentes, necesitan una respuesta por parte de los lectores y de la ciudadanía en general.
Frente al “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor”, queremos reivindicar el día 23 de abril como el Día del Derecho a Leer y del Respeto a las Bibliotecas Públicas. Las industrias culturales no necesitan financiación ni publicidad; el derecho a leer y las bibliotecas públicas necesitan activistas, militantes, promotores, que acerquen las obras a los lectores ansiosos. Menos criminalización y más derechos sería un buen comienzo.
Fuente: Fundación Vía Libre

viernes, 25 de diciembre de 2009

Los de después sí entendimos

Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa (1) y al frijolar (2); ellas a la leña y al acarreo del agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba.
Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-“Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas. Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cuando tú ya hayas muerto”.
-“Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente”.
El hombre se defendía y decía:
-“Sí, es cierto, yo no voy a ver estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos sólo para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿Quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?"
Nadie lo entendía. Siguió el hombre loco o tonto sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente.
Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, mil pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-“¿Quién sembró esto?", se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cuando los últimos bailadores se fueron a dormir.
Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado.

Así decía: “A los primeros: Los de después sí entendimos. Salud”

(1) plantío de maiz, (2) plantío de frijoles

Fuente: Los otros cuentos

sábado, 31 de octubre de 2009

La guerra del narco

Por: Cristian Alarcón, desde México
A Javier Valdez, el cronista que mejor cuenta el narcotráfico en México, le gusta prepararle el desayuno a su hijo cada mañana en la cocina de su casa en Culiacán, Sinaloa. Es el momento cuando el chico suele tenerlo para él, cuando le hace las preguntas que lo inquietan, sobre todo después de que un comando hizo explotar una granada en las oficinas de Río Doce, el periódico donde trabaja su padre. “Papá, tengo miedo. ¿Te pueden matar?”, le dice el pibe, y Javier –un hombre de pelos pirincho y barba bien recortada en los ojos chinos y radiantes, la mirada sensible compite con el porte rudo– lo traquiliza: que claro que no, que no hay que tener miedo porque allí está él y nada malo va a pasar. Es sólo que la ciudad está revuelta, caliente, y ahí afuera suelen darse tiros que perforan blindados, unos batos a los que les gusta banderear con sus cuernos de chivo, como le dicen a las AK47; y ya, mejor disfrutemos la comida, que el día es largo, hijo.
El día puede ser tan largo como impredecible para un periodista mexicano que se dedica a seguir la huella que deja el paso de la violencia. Mucho más desde que el presidente Felipe Calderón, apenas asumió, débil, acusado de fraude y por una diferencia mínima, declaró con una retórica aprendida ya en tiempos de Fox, “la guerra contra el narco”. El pequeño y enjuto hombre de pocas pulgas que gobierna el país leyó bien las encuestas –que nunca han dejado de decir la misma cantinela—y se decidió a ganarse el apoyo popular con la vieja receta de la mano dura contra un enemigo con aspecto de monstruo. Las grandes organizaciones criminales mexicanas, divididas por intereses económicos sobre el tráfico en todo el territorio, el control de plazas y el mercado norteamericano, les han dado de comer a Calderón y al discurso bélico: la performática de la violencia –como la define la antropóloga Rossana Reguillo– no ahorra en innovaciones y creatividad a la hora de matar. El corte de cabezas, el descuartizamiento, los cuerpos colgados en los puentes de la frontera, las bombas y sus esquirlas, la muerte de inocentes en tiroteos despiadados entre grupos de sicarios y policías o militares, le ponen sal a la herida magnificada hasta el hartazgo por Calderón.

Javier Valdez lleva veinte años reporteando el narco, siempre en la ciudad de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, patria del Chapo Guzmán, capo de la organización que lleva el nombre de sus pagos. Conocido como el Cartel de Sinaloa, el grupo se ha dividido –los hermanos Beltrán Leyva se aliaron con los Carrillo Fuentes del Cartel de Juárez– y el reguero de sangre que deja la pelea por el territorio se estampa en las paginas de Río Doce bien contado, bien investigado, y –lo más extraordinario para México– sin presiones ni autocensura. Río Doce es un medio pequeño, independiente, propiedad de cuatro periodistas que pusieron en él sus ahorros y no se han dejado callar ni apretar. No son muchos en este país de grandes corporaciones, pero los hay. Sí está lleno de periodistas que viven cubriendo el narcotráfico y lo hacen con miedo y la prevención del que mira para atrás en el callejón oscuro, por pura costumbre. Esos mismos periodistas, sobre todo en los medios del interior mexicano donde las grandes organizaciones criminales se allanan el camino con el ofrecimiento de sobresueldos o la amenaza de una muerte dolorosa, conviven con la sospecha sobre sus propios colegas. En algunos medios, nadie está seguro de quién puede ser el delator, de quién acepta el sobre mensual de un capo porque, además, claro está, en los diarios se cobran salarios miserables. Cada diario de la frontera merecería un reportaje en profundidad sobre cómo se trabaja en el límite con lo siniestro.
Javier Valdez tiene muchos miedos, y se los conoce como los pelos de la barba que se cuida y emprolija cada mañana. No los desdeña, no los deja pasar ni los niega: los mira de cerca, como quien busca en ese síntoma la tranquilidad que sólo viene por precaución, seriedad y experiencia. Esta semana, en el seminario “Narcotráfico y violencia en las ciudades de América Latina: retos para un nuevo periodismo”, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano –dirigida por el Nobel Gabriel García Márquez–, Javier habló para medio centenar de periodistas, académicos, guionistas, escritores que llevan años trabajando en historias e investigaciones sobre el narcotráfico. “No es motivo de vergüenza tener miedo, yo sí ando con el culo en la mano, así hago mi trabajo –nos contó–. No está prohibido tener miedo. Hay que enfrentar el miedo. En Culiacán, el miedo es latente. En Culiacán, es un peligro estar vivo. Vivir ahí da miedo, pues los pistoleros no son limpios en su trabajo: traen consigo armas duras, cualquier persona es capaz de morir por estar trabajando o caminando por la calle. Los sicarios disparan sin preguntar a las gentes que están alrededor de la víctima. El narco, al igual que el miedo, es una forma de vida”.
El miedo asume formas distintas en cada quien, y se vuelve una presencia palpable, audible, a medida que el peligro se siente más cerca. Para Francisco Castellanos, corresponsal de la revista Proceso en Morelia –patria grande de la Familia Michoacana, famosa por imponer el decapitamiento como práctica común en las ejecuciones– es el miedo a volver a ser secuestrado por los capos para obligarlo a hacer una entrevista. Para Alejandro Almazan, gran cronista de la revista Emeequis y autor de la novela Entre perros, es volver a cometer la pendejada de dejarse llevar a un oscuro rincón de Ciudad Juárez por un guía poco conocido que lo abandonó ante los narcos y tener que huir de la ciudad temblando. O el miedo, dice Alejandro, es enterarse justo después de publicar un reportaje con un capo que otro grupo masacre a los familiares de su entrevistado, uno por uno, cada día, hasta llegar a viente. Y verse el cronista Almazan amenazado y cuidado por dos policías que le dicen: “Igual, no te aflijas, porque si te quieren matar, por más que estemos nosotros, igual te van a matar”. El miedo en México se respira. Se huele. Se puede palpar como a un arma cargada y celosa escondida en el sobaco.

El seminario que se hizo el lunes y martes pasado en el Museo Rufino Tamayo del DF no puede resumirse aquí. Se podrá consultar todo lo dicho en la página de la FNPI. Sólo habría que subrayar. El periodista Diego Osorno, del diario Milenio, pronto a publicar un libro sobre el Cartel de Sinaloa, se remontó a las cifras para desmitificar la guerra contra el narco creada por Calderón. “La desnutrición y el hacinamiento que provoca la propagación de la tuberculosis matan más que los cuernos de chivo, y eso es ignorado”, dijo y marcó las cifras: 17 mil muertos por la mafia, contra casi 23 mil muertos por la enfermdad curable. El discurso de Calderón entra en crisis en una sociedad que comienza, a través de sus mejores periodistas, a cuestionar la supuesta verdad del monstruo narco. Desde Jorge Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de Fox que publica esta semana el libro El narco: la guerra fallida, hasta las crónicas de la vida cotidiana de las víctimas y los protagonistas del narco, marcan la falacia de una guerra ficcionada por el poder para buscar legitimidad. Mientras Calderón se reúne con Álvaro Uribe y renuevan su misión de luchar contra el narcotráfico, Javier Valdez en Culiacán enfrenta las esquirlas y el miedo con palabras: no sólo las que ofrece en su columna semanal Mala Yerba, sino las que ahora escribió en su libro Miss Narco, historias de mujeres en los lodazales del Chapo. Mientras 50 mil hombres armados por Calderón no han cambiado nada del horror que viven los mexicanos, estos cronistas lo hacen sólo con palabras. Como las que Javier le entrega a su hijo por las mañanas. “Nada nos pasará, hijo, tranquilo, no está tan malo tener miedo, así nos cuidamos, sigamos con el desayuno”.

Fuente:
Crítica de la Argentina

sábado, 2 de agosto de 2008

Secretos y mentiras del deporte

El área 18
Roberto Fontanarrosa. In memóriam. ¿Qué estarás haciendo ahora, Roberto? ¿Dibujando el trazo contorneal de Inodoro Pereyra, aquel gaucho que vivía y coleaba más allá de su viñeta, y que junto a su perro Mendieta se dedicaba a quitarle el antifaz a ese concepto entre tiránico y obtuso de la "argentinidad"? ¿Soñando que Congodia, el pequeño país africano que se hizo independiente gracias a la inexpugnable área 18 de su estadio Bombasí, jamás podrá perder a pesar de que Best Seller, al que todo le sale al vesre, haya sido nombrado capitán del equipo rival? ¿Recreando la patada inmisericorde que Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol, le asestó al niño que lo insultaba haciéndolo responsable de haber perdido el clásico contra Nacional? ¿Riéndote a carcajadas de vos mismo y de todos nosotros? Donde quieras que estés, muchas gracias Roberto.

Fútbol, dinámica de lo impensado
"Ciencia oculta del imprevisto, arte del engaño y la improvisación, la más perfecta introducción a la lección humana del cooperativismo": tan alegre, creativa y visceral era la manera que tenía el periodista argentino Dante Panzeri de entender el fútbol en este libro indispensable, con el que humildemente pretendía que su lectura sirviera "para no ver el fútbol como se lo está mirando". Tirándole un caño al "show internacional de la seriedad", cuyos generales acorbatados no cejan en su empeño de transformar el juego del fútbol en beneficio propio, Panzeri estaba a la altura del azar y sabía que, para ser dueño de uno mismo, hay que estar desprevenido. Al parecer es así nomás, che, Dante: cuando lo conseguimos, en la vida y en la cancha, ahí donde se ven los pingos, la pelota busca al jugador
Fuente: El País

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