Mi pariente joven me miró divertido e hizo un gesto con las manos imitando el aletear de una mariposa. “Es que pusimos una planta hospedera y se llenó de mariposas”, me explicó su madre, el rostro a contraluz, una belleza del siglo XIX, la piel blanquísima, los pómulos marcados, mientras le daba el pecho a otro pariente aún más joven recostada en un sofá. Lo dijo como si yo supiera qué es una planta hospedera, como si todo el mundo tuviera una planta hospedera en su casa, entonces me aclaró que es una planta en la que sobre todo las mariposas suelen poner sus huevos, que la plantaron adrede en el jardín, que un día vio allí una mariposa, que al día siguiente la planta estaba repleta de larvas que al poco tiempo fueron, ellas también, mariposas, y que todo eso había pasado allí, a 10 metros de donde estábamos, en un patio donde hay también una canoa y una larga mesa de madera y una parrilla y plantas de toda clase incluyendo cactus —lo cual hace que después de determinada experiencia que involucró a mi pariente joven y a un trozo de cactus me mantenga lejos de ese sitio si voy acompañada por cachorros humanos; la vigilancia no me sale bien—, y me dije: “Vivimos en mundos distintos. Este es hermoso”. Ahí estaba mi pariente joven haciendo el gesto del aleteo, sonriente, rubio y azul, con todo el aroma del sueño plácido brotándole de la piel de durazno, contándome sin hablar que había presenciado el milagro inconcebible de una planta llamadora de la fertilidad, con toda su familia vibrando alrededor como un cuerpo ambarino en la mañana fría, los pies dentro de sus pantuflas con cara de conejo o de oso —no me fijé bien—, juguetes desparramados sobre la mesa y el piso, planes de ir al parque o a la calesita o a donde sea, porque todos los planes son buenos cuando uno tiene ocho meses o cuatro años y padres que construyen recuerdos para el futuro apelando al mundo, recuerdos hechos de la magia de las cosas.
Foto: Kinzie Riehm - Getty Images / Image Source
Fuente: Diario El País
