sábado, 26 de septiembre de 2026

Fotografiar la marcha de una ciudad desde adentro

En Deriva en marcha, Paula Sarkissian reúne fotografías y escritura para recorrer las movilizaciones de Rosario desde una mirada situada: cuerpos, gestos, símbolos y territorios que se transforman cuando una multitud ocupa la calle. Entre el documento y la expresión artística, el libro también explora la memoria, los feminismos, la tecnología y las distintas formas de habitar la ciudad.

Hay fotografías que registran una manifestación y fotografías que, además de registrarla, intentan entender qué ocurre con los cuerpos, los gestos, los símbolos y las emociones cuando una multitud sale a ocupar el espacio público. En Rosario, Paula Sarkissian viene trabajando desde hace años en ese territorio movedizo donde la fotografía se cruza con las calles, la memoria, los feminismos, la participación y las distintas formas de apropiarse de una ciudad.

Fotógrafa, educomunicadora y militante feminista, Sarkissian acaba de publicar Deriva en marcha, un fotolibro que reúne fotografías y escritura y que integra la Colección Derivaciones de UNR Editora, un proyecto de la Dirección de Comunicación Multimedial y la Maestría en Comunicación Digital Interactiva de la Universidad Nacional de Rosario.

El libro propone recorrer las manifestaciones desde una mirada que no se detiene únicamente en el acontecimiento: observa los cuerpos, los gestos, los símbolos, los recorridos, aquello que podría llamarse el sonido imaginado de una marcha y también las marcas que las movilizaciones dejan sobre la ciudad. La propuesta incorpora, además, una dimensión interactiva a través de códigos QR y un mapa que permite localizar algunas de las fotografías.

La publicación no apareció de manera repentina. Fue, para Sarkissian, el resultado de un llamado de atención y también de una invitación a reunir en un mismo objeto buena parte de una práctica fotográfica que viene desarrollando en las calles de Rosario.

El libro forma parte de una colección cuyo primer número estuvo dedicado a otra deriva: la de los bares de la ciudad. En el caso de Deriva en marcha, la convocatoria proponía pensar la ciudad y la fotografía en el contexto de las manifestaciones sociales.

Sarkissian tuvo entonces que volver sobre sus fotografías y reunir un archivo que, en buena medida, habla de aquello que constituye el centro de su trabajo.

"Básicamente hablan de eso, no hago mucha otra fotografía", explica en Señales.

El proceso de selección no fue sencillo ni inmediato. Durante aproximadamente un año, marcado también por un contexto de fuerte conflictividad social, las fotografías que integrarían el libro fueron cambiando varias veces, al igual que los textos que las acompañarían. La publicación fue así también un proceso de maduración.
La fotografía como deriva
Volver sobre el archivo implicó para ella volver a mirar. Y volver a mirar, sostiene, nunca es exactamente lo mismo.

"Siempre volvemos a mirar el propio archivo, que cada vez que lo miramos es una mirada distinta, porque la lectura siempre es contextual".

Cuando el archivo es propio, agrega, aparece además una dimensión comparativa: permite observar la propia historia, contrastar momentos y revisar incluso la rigurosidad con la que se trabajó en cada etapa.

En ese ejercicio de volver sobre lo fotografiado aparece una de las palabras centrales del libro: deriva. El término remite a una variación lenta y continua de una trayectoria o una dirección, pero también a una forma de desplazamiento que supone dejarse llevar y perder, aunque sea parcialmente, el control.

Para Sarkissian, esa deriva adquiere una dimensión particular cuando fotografía una movilización.

Es "un instante ahí semi-irreal", dice. Un momento en el que cree que, de alguna manera, pueden congelarse las emociones.

La propia idea de congelar el tiempo, sin embargo, contiene para ella una contradicción. La fotografía se sostiene en parte sobre esa fantasía de detener aquello que inevitablemente continúa.

"Una cosa absolutamente ficticia que uno también le impone a veces a la fotografía", define, es ese "restito de verdad y de presencia" que se espera de una imagen fotográfica.

En la práctica, explica, esa ilusión puede transformarse en algo casi irracional: el fotógrafo queda atrapado por la lógica del obturador y por la idea de que puede congelar un instante, aun sabiendo que detener el tiempo es imposible.

"Entonces, bueno, meterse en esa fantasía de detener el tiempo que es la fotografía es bastante ficticio", resume.

Fotografiar una marcha supone, al mismo tiempo, buscar y dejarse encontrar. Sarkissian no renuncia a ninguna de las dos posibilidades. Hay una parte de la fotografía que, para ella, está hecha de insistencia: insistir en estar, en buscar, en volver a un lugar y también en regresar al propio archivo para recuperar herramientas que permitan expresar aquello que se quiere decir.

Porque en su fotografía hay una intención.

"Hay mucho de lo que quiero decir, muchas ganas de decir", reconoce, aunque inmediatamente introduce una duda sobre el resultado: "no sé si logradas".

Ese deseo de decir atraviesa el momento en que la realidad se transforma en imagen. Entre una cosa y otra suceden, según su mirada, "un montón de transformaciones imaginativas".
Adentro y afuera de la marcha
En ese proceso, la fotógrafa ocupa una posición doble: está adentro y afuera al mismo tiempo. Se encuentra involucrada en aquello que registra, pero necesita también tomar cierta distancia para poder verlo.

Para Sarkissian, esa posibilidad de correrse, entrar y salir constituye una forma de darle a la situación la oportunidad de abrirse a nuevas miradas y a un destino incierto.

La distancia, en su caso, tampoco significa neutralidad. Por el contrario, está vinculada con una idea que reconoce como propia de los feminismos: la acción y la práctica situada. Alejarse no implica abandonar el compromiso, sino desprenderse de cierta pretensión de ocupar un lugar exterior a aquello que sucede.

"Un poco soy parte de esta historia", explica.

Lo que hace como fotógrafa, entonces, no se limita a registrar lo que ocurre: también tiene que ver con aquello que la situación le produce.

Esa tensión aparece de manera especialmente visible cuando participa de las marchas de las que forma parte. En muchas ocasiones, cuenta, ni siquiera quiere ocupar el lugar convencional de la fotógrafa. Prefiere estar atrás, mezclada con la marcha, participando de lo que ocurre.

Recuerda incluso que, cuando comenzó a sacar fotografías, miraba su propio archivo y se sorprendía de la cantidad de imágenes tomadas desde atrás. "Qué buenas fotos de nuca que tengo", pensaba.

Con el tiempo encontró en esas imágenes una manera particular de entender su propia posición. Fotografiar desde atrás de la marcha también revela algo sobre el lugar que ocupa quien registra: una forma de estar dentro de la escena sin dejar de mirarla.

Para ella, esa posición está directamente relacionada con una concepción de la fotografía como expresión de activismo. Y supone, al mismo tiempo, no perderse en ninguna pretensión de objetividad.

Hay ocasiones, sin embargo, en las que la fotógrafa directamente deja de serlo para convertirse en una participante más.

Sarkissian señala particularmente las marchas vinculadas con la despenalización de la marihuana, un espacio al que su activismo fotográfico estuvo asociado desde hace años. Va a esas marchas con la cámara, pero su lugar dentro de la actividad también puede ser otro: llevar la bandera, estar con sus compañeros, colaborar con la organización y participar de aquello que sucede.

En esas circunstancias, admite, a veces se pierde algunas fotografías de la marcha porque está ocupando otro lugar.

En otros espacios, en cambio, especialmente en aquellos vinculados con los feminismos, las asambleas y las marchas, esa pertenencia refuerza su posición como fotógrafa. Allí permanece con mayor frecuencia "del otro lado del lente", registrando lo que sucede.

Por eso, para Sarkissian, la neutralidad no es una posibilidad real ni una aspiración. "No creo que haya ninguna neutralidad, no hay ningún espacio para la neutralidad y yo tampoco no la pretendo", afirma.

Eso no significa, sin embargo, que la distancia carezca de valor. Al contrario: considera necesario tomar determinada perspectiva para poder observar cómo se compone una escena y decidir qué quedará dentro y qué quedará fuera de la fotografía.

Toda imagen implica un recorte. "Uno hace un instrumento del recorte", plantea.

El fotógrafo se pregunta qué va a quedar afuera y, para responder, necesita cierta perspectiva sobre lo que está ocurriendo. La fotografía ofrece entonces una posibilidad y, al mismo tiempo, una responsabilidad: decir qué se va a ver y qué no se va a ver.

Para Sarkissian, esa decisión ocurre más allá del lente. Hay que elegir por dónde pasa el corte.

Su trabajo se mueve así en una zona en la que el documento y la mirada artística no aparecen como términos necesariamente opuestos. La fotografía puede funcionar como testimonio de un acontecimiento, pero también como una interpretación subjetiva de aquello que sucede.

Sarkissian viene pensando especialmente en esa relación y en el poder que tienen las fotografías frente a otras formas de producción visual.

La cuestión adquiere relevancia en una sociedad que define como "muy hiper visualizada", en la que cada vez resulta más difícil distinguir entre fotografías, imágenes y gráficas. Todo parece circular simultáneamente.

En ese contexto, considera que a veces resulta más eficaz utilizar recursos plásticos que intentar sostener una supuesta objetividad.

La razón es la misma que atraviesa buena parte de su concepción de la práctica fotográfica: la objetividad no existe como tal y, por lo tanto, tampoco puede ser alcanzada. Pero además, sostiene, tampoco tendría necesariamente sentido perseguirla.

Las imágenes participan de un campo de disputa por el sentido, de una "batalla cultural" en la que las militancias intentan hacer escuchar determinadas voces.

Desde esa perspectiva, la imagen también puede tener una función persuasiva. Algunas herramientas plásticas pueden otorgarle mayor capacidad para comunicar y para intervenir en esa disputa.

La fotografía, al mismo tiempo, posee una característica que para Sarkissian resulta particularmente interesante: puede ser extraída de su contexto y comenzar a decir otra cosa.

Esa posibilidad deja a la fotografía en una zona ambigua, un espacio intermedio entre el arte y el documento. Para Sarkissian, allí aparece precisamente una grieta que vale la pena explorar.

Es una zona "muy plástica", dice, que permite comunicar desde un lugar ligado a la emoción mucho más que a la información pura.
El cuerpo que transforma la ciudad
Esa búsqueda también aparece en la selección de imágenes que finalmente llegó al libro. Sarkissian no sintió que hubiera una censura sobre las fotografías ni que hubiera imágenes demasiado literales que debieran ser descartadas.

Después de ver el libro terminado, sin embargo, descubrió un sesgo propio en el recorte: hay más presencia de lo anónimo que de lo personal, más cuerpos que personajes.

Algunas personas aparecen de manera singular y reiterada en las calles y ella tiene numerosos retratos de esas mismas personas a lo largo de su archivo. Sin embargo, al seleccionar las fotografías para Deriva en marcha, eligió mayoritariamente otro camino.

"Elegí mucho más el camino de lo anónimo", explica.

La decisión le permitió representar mejor aquello que le interesa pensar: "el cuerpo en la calle".

El otro límite fue material. No podía hacer una enciclopedia. La cantidad de fotografías que finalmente integraron el libro estuvo condicionada también por las posibilidades de la publicación y por una decisión formal fundamental: la impresión en blanco y negro.

Para una fotógrafa que viene trabajando principalmente desde la diversidad y los feminismos y que habitualmente utiliza el color pleno, la transformación fue un desafío. En ese proceso tuvo una ayuda decisiva de Sebastián Suárez Meccia, con quien pensó cómo trasladar a otra escala cromática aquello que normalmente construye desde el color.

El blanco y negro no fue solamente una cuestión de impresión. También modificó su mirada sobre las imágenes. "Sí, totalmente", responde cuando reconoce ese cambio.

Para ella, esa ausencia de color lleva a pensar en un gradiente de emociones diferente, más próximo quizás a un costado épico.

Apareció entonces otro trabajo de mediación: trasladar hacia la imagen esa dimensión extrema de lo épico y lo heroico sin que las fotografías perdieran aquello que originalmente contenían.

También allí intervino la edición. El trabajo editorial de Joaquín Paronzini fue, para Sarkissian, fundamental.

"Una cosa es poner 30 fotos apiladas y otra cosa es hacer un libro", señala. Y el resultado, afirma, le parece "bellísimo".

Pero Deriva en marcha no se limita a las fotografías. La escritura apareció como una segunda posibilidad para decir aquello que una imagen no siempre puede expresar.

Sarkissian cuenta que escribir también le permitió sacarse las ganas de hacerlo y que, durante el proceso, dio un salto importante en su relación con la escritura. La posibilidad de realizar un final de obra con Gabby de Cicco fue especialmente significativa y representó, según ella, un avance enorme tanto para el texto como para su propia posición al escribir.

Las palabras le permitieron, además, anclar las fotografías en determinadas ideas y pensamientos sobre aquello que ocurre cuando las movilizaciones atraviesan una ciudad.

En ese punto aparece uno de los conceptos centrales del proyecto: la transformación del territorio.

Cuando pasan los movimientos sociales, las marchas y las multitudes, explica Sarkissian, la geografía impuesta se deforma. Se alteran los sentidos de circulación, se modifica la presencia de los cuerpos en las calles y cambia la relación habitual con el espacio urbano.

Es un fenómeno profundamente fotografiable, pero también un acontecimiento que deja rastros.

Las movilizaciones dejan huellas físicas en la ciudad y, al mismo tiempo, marcas en la memoria colectiva. No se trata solamente de ocupar un espacio ya existente, sino de transformarlo temporalmente y producir otra geografía a partir de los cuerpos que lo recorren.

Mirar Rosario a través de esas marchas también le permitió reconocer una ciudad diferente.

Sarkissian habla de una ciudad que concentra mucho "desde los bordes", una ciudad con muchos bordes y con muchos "marrones". Es precisamente en las manifestaciones sociales, sostiene, cuando esa "marronitud" cobra presencia y centralidad: aparece el cuerpo, la presencia, el sonido.

Frente a una ciudad que muchas veces muestra edificios, superficies y estructuras que pueden resultar "hostiles y plásticas", particularmente en su relación con el río, las manifestaciones producen otra escena. Le ceden espacio a voces y personas que llegan desde los márgenes y que modifican completamente la fisonomía urbana.

En esa transformación, la ciudad deja de ser solamente escenario y se convierte en parte del acontecimiento.
Del papel a la calle
En Deriva en marcha, la tecnología no aparece como algo enfrentado al papel. El libro incorpora códigos QR y un mapa interactivo que permite localizar las fotografías en el territorio y regresar al lugar exacto en el que fueron tomadas.

Esa decisión forma parte de una apuesta más amplia de la Colección Derivaciones: cruzar lenguajes analógicos y presenciales con otros vinculados con la virtualidad.

Sarkissian lo explica de este modo: El libro y la colección buscan poner en diálogo los lenguajes analógicos y presenciales con los virtuales, y pensar las interfaces entre ambos en un momento en que las formas presenciales de participación están siendo disputadas por la aparición de las inteligencias artificiales.

El libro suma así una capa de interactividad que no reemplaza la experiencia física de la publicación, sino que la prolonga hacia el territorio. La fotografía vuelve a la calle de la que salió y permite, mediante una pantalla, regresar al lugar en el que alguna vez estuvo el cuerpo de quien fotografió.

Disputar las herramientas
La mirada de Sarkissian también se enfrenta a otro cambio profundo en el oficio fotográfico: la inteligencia artificial.

Lejos de rechazarla, se define como "re fan de la inteligencia artificial". La utiliza y considera que, como sucede con cualquier tecnología, lo importante es discutir sus bordes y sus usos.

En el terreno de la fotografía documental, uno de los principales problemas aparece alrededor de las posibilidades de producir imágenes falsas y desinformación mediante inteligencia artificial. Pero junto con esos riesgos reconoce una enorme cantidad de posibilidades creativas y generativas.

Las fotografías pueden convertirse, a través de estas herramientas, en superficies de exploración capaces de abrir nuevos escenarios y formas de creación, incluso para piezas documentales, artísticas o informativas.

Por eso, para Sarkissian, la discusión no debería centrarse únicamente en la herramienta sino en quiénes y cómo disputan su utilización.

"La herramienta está ahí y la disputa por el uso de las herramientas es siempre una disputa que está vinculada con las relaciones de clase, las relaciones sociales y la perspectiva de género", plantea.

Desde esa perspectiva, considera necesario "salir a disputar el uso de la inteligencia artificial". De lo contrario, advierte, puede convertirse en un instrumento de domesticación.

Su posición también parte de observar cómo fueron recibidas otras tecnologías cuando aparecieron. Recuerda las advertencias apocalípticas alrededor de la televisión y las contrapone, con humor, a las previsiones de su abuela, que le decía que no mirara televisión de cerca porque podía quedar ciega.

"Si hubieran sido ciertas todas las cosas apocalípticas que se dijeran del televisor, estaríamos todos ciegos y estériles", ironiza.

Eso no significa negar los riesgos. Sarkissian reconoce especialmente los riesgos éticos y medioambientales que rodean a las nuevas tecnologías y considera que son cuestiones sobre las que hay que prestar una atención fuerte.
Mirar, enseñar, participar
La dimensión educativa de la práctica de Sarkissian completa ese recorrido. Su formación como educomunicadora proviene de un profesorado de Comunicación Educativa o Educomunicación de la Universidad Nacional de Rosario, una formación específica que cruza problemáticas vinculadas con la intersección entre conocimiento, comunicación y educación.

Llegó a ese profesorado "por causas de la vida" algunos años atrás, lo terminó y descubrió allí un espacio que le abrió numerosas puertas. Pero, sobre todo, encontró un lugar de "resiliencia y resistencia" dentro de la propia Universidad Nacional de Rosario.

La universidad se convirtió, dice, en "mi casita". Y ocupar ese espacio adquiere para ella una dimensión política y afectiva particular en un momento en que se cuestionan la educación pública y la investigación universitaria. Permanecer allí, sostiene, es una responsabilidad y también un orgullo.

En ese punto, la fotografía, la educación, la militancia y la participación dejan de aparecer como caminos separados. Todos forman parte de una misma manera de habitar el espacio público: mirar, registrar, enseñar, participar y producir memoria.

La deriva continúa
Deriva en marcha condensa esa mirada sobre la ciudad y sobre quienes la recorren cuando salen a ocuparla. El libro no intenta solamente detener las marchas en una sucesión de imágenes: busca capturar algo de aquello que ocurre mientras los cuerpos avanzan, mientras una multitud transforma una calle y mientras la fotógrafa, al mismo tiempo, participa, se distancia, busca y se deja llevar.

La presentación del libro será este domingo 27 de septiembre, a las 19, en Bon Scott Bar, Pichincha 131, Rosario, con entrada libre y gratuita.

Sarkissian estará acompañada por Fernando Irigaray, compilador de la colección, doctor en Comunicación y responsable de la propuesta interactiva; Romina Maruco, autora del prólogo y fundadora de Hijas de Rosario; More García, referente travesti y poeta de Rosario, quien aporta su voz al book trailer y a parte de la capa narrativa audiovisual del libro; Rocío Pumar, fotógrafa y amiga de Sarkissian, con quien compartió el proyecto de El Hoguera, el colectivo de fotógrafas feministas; y Majo Poncino, integrante de la Asamblea Lesbotransfeminista, quien coordinará el panel.

La presentación tendrá también algo de celebración. Porque si el libro es resultado de un proceso de trabajo, archivo, escritura y reflexión, su llegada al público será también una oportunidad de encuentro.

Habrá vino y sándwiches para compartir, anticipa Sarkissian, porque estos espacios, además de ser formales y serios, son para ella espacios de encuentro, festejo y celebración.

En definitiva, Deriva en marcha parece prolongar su propio nombre. No se trata solamente de seguir una trayectoria, sino de aceptar que una ciudad cambia cuando sus habitantes la recorren de otra manera; que un archivo puede transformarse cada vez que vuelve a ser mirado y que una fotografía puede estar, al mismo tiempo, dentro y fuera de una escena.

El domingo, desde las 19, esas fotografías volverán al territorio que las produjo. En Pichincha 131, entre imágenes, palabras, vino y compañeros, la deriva continuará.

Escuchá la entrevista completa: