La crisis de la histórica empresa santafesina Lácteos Verónica se profundizó en 2026 hasta paralizar sus tres plantas industriales —ubicadas en Clason, Suardi y Lehmann— y dejar a más de 700 trabajadores asistiendo a sus puestos sin cobrar salarios desde hace tres meses. Mientras la producción permanece detenida y los productos desaparecieron de las góndolas de muchos supermercados, los empleados siguen esperando que vuelva a ingresar materia prima para reactivar las líneas y recuperar, al menos parcialmente, la rutina laboral. En Señales escuchamos el relata de Mari una vendedora de la empresa láctea
Una marca centenaria que se apaga
Fundada en 1923 por una familia española de origen gallego en la localidad bonaerense de Verónica, la compañía se convirtió durante décadas en una de las marcas tradicionales de la industria láctea argentina. Sus quesos azules y sardos, junto con dulce de leche, manteca y crema, supieron ocupar un lugar habitual en las góndolas de todo el país. Pero ese recorrido comenzó a resquebrajarse a partir de 2016, cuando la muerte de uno de sus fundadores y el retiro de otros miembros de la familia coincidieron con un contexto adverso: caída de precios internacionales de los commodities lácteos, inundaciones en Santa Fe, aumento de tarifas y combustibles, y crecientes dificultades para cumplir con los salarios.
Desde entonces se acumularon señales de deterioro que, para muchos trabajadores, anticipaban la crisis actual: pagos atrasados y fragmentados, incumplimientos con proveedores, falta de insumos, tercerización de parte de la producción y el uso de plantas para procesar leche de otras empresas mediante el llamado "trabajo a fasón", una modalidad que en su momento se interpretó como una salida transitoria para mantener las fábricas en funcionamiento.
Hoy, en pueblos y ciudades como Totoras, Rafaela y Lehmann, muchos trabajadores creen que lo que está ocurriendo va más allá de una crisis económica. Hablan de un proceso de vaciamiento empresarial acompañado por la falta de respuestas del sindicato. En ese escenario, la principal expectativa es la aparición de un comprador que permita retomar la producción y evitar un fuerte recorte de personal.
La escena actual combina varios conflictos superpuestos: la situación financiera de la empresa, la crisis de representación sindical y las estrategias cotidianas de los trabajadores para sostener sus vidas en localidades donde la industria láctea es una de las principales fuentes de empleo.
Trabajar sin cobrar
En Lehmann, mientras una marcha de trabajadores y trabajadoras de la empresa recorre las calles, Mari —empleada de la compañía— intenta poner en palabras lo que atraviesan cientos de familias. Para ella, la crisis no es una noticia reciente, sino una acumulación de decisiones y problemas que se fueron encadenando.
Recuerda que el último golpe llegó cuando todos los trabajadores de la firma —incluidos los de Buenos Aires y las plantas de Clason, Suardi y Lehmann— recibieron nuevas comunicaciones laborales. A ese escenario se sumaron también los empleados que dependían de la sucursal de Alvear, cerrada el año anterior. Tras ese cierre, explica, los trabajadores quedaron "a la deriva".
En esa planta eran 17 personas. Algunos se consideraron despedidos; otros aceptaron un retiro voluntario ofrecido por la empresa. El acuerdo prometía pagar el 50 % de la indemnización —o incluso menos— en diez cuotas. Sin embargo, el compromiso tampoco se cumplió. Mari menciona el caso de un compañero con 35 años de antigüedad que aceptó el retiro voluntario: la primera cuota debía cobrarse el 17 de noviembre, pero hasta hoy no recibió ningún pago.
Cartas documento y reducción salarial
A esa incertidumbre se sumó una nueva medida que llegó a través de cartas documento enviadas a los trabajadores. En ellas, la empresa notificó la reducción de la jornada laboral a cuatro horas diarias y, en consecuencia, una reducción salarial. Para los empleados, la decisión resulta difícil de aceptar: la compañía ni siquiera tiene aprobado un concurso preventivo de crisis que habilite formalmente ese tipo de medidas.
El tema fue discutido en una reunión realizada en el Ministerio de Trabajo de Santa Fe, en la que participó el sindicato del sector, Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina. Según relata Mari, los delegados de base se opusieron tanto a la reducción de jornada como a la baja de salarios. Pero pese a esa negativa, las cartas documento llegaron igualmente a los domicilios de los trabajadores, notificando que la medida regiría durante lo que resta de marzo y parte de abril.
La situación resulta todavía más difícil porque los salarios adeudados se acumulan desde hace meses. En la mayoría de los casos, los trabajadores no cobraron diciembre, enero ni febrero, además del medio aguinaldo. Entre quienes están fuera de convenio —un grupo que incluye a personal administrativo y jerárquico— la deuda salarial se remonta incluso a noviembre.
La contradicción, señala Mari, es evidente: la empresa propone reducir la jornada y los sueldos cuando ni siquiera ha pagado lo que ya debía. "Si no nos están pagando lo anterior, reducir el salario significa que tampoco sabemos cuándo vamos a cobrar lo que nos deben", resume.
Mientras tanto, las plantas siguen paralizadas y los trabajadores continúan asistiendo a sus puestos. Lo hacen en medio de la incertidumbre, esperando señales que permitan imaginar algún futuro para la empresa que durante décadas dio identidad productiva a varios pueblos del interior santafesino. Entre marchas, reuniones y reclamos, el horizonte más repetido entre ellos es uno solo: que aparezca un comprador capaz de poner nuevamente en marcha las fábricas y evitar que la historia de Lácteos Verónica termine convertida en otro capítulo de cierre industrial en la región.
Pero el silencio de la empresa es, para los trabajadores, uno de los aspectos más angustiante del conflicto. Los propietarios actuales, la familia Espiñeira, prácticamente no han dado declaraciones públicas ni señales claras sobre el futuro de la compañía. Según cuenta Mari, existen empresas interesadas en comprar la firma, pero los dueños no parecen dispuestos a venderla.
Incluso el Ministerio de Trabajo de Santa Fe les dio un plazo de 24 horas para que informaran qué decisión tomarían frente a la crisis. Sin embargo, ese plazo venció sin respuestas. Tampoco hubo definiciones ante el Ministerio de Producción provincial. De acuerdo con lo que saben los trabajadores, la intención de los propietarios sería trasladar el conflicto a Buenos Aires para volver a presentar un concurso preventivo de crisis.
Mientras tanto, el tiempo pasa. Y el impacto social se vuelve cada vez más profundo.
Familias en emergencia
Mari cuenta que hace un año que viven en esta situación. Son alrededor de 700 trabajadores y detrás de cada uno hay una familia. Algunos compañeros ya no tienen dinero para sostener la comida diaria de sus hijos o pagar el alquiler. Otros tuvieron que mudarse a la casa de padres o hermanos. Las prepagas médicas fueron cortadas y hay trabajadores que tienen hijos en tratamientos oncológicos que ahora dependen de la incertidumbre del sistema.
También se resintieron los proyectos de vida de muchos jóvenes. Varias familias que enviaban a sus hijos a estudiar a Rosario tuvieron que traerlos de vuelta porque ya no pueden pagarles la estadía ni los estudios.
Incluso los aspectos más cotidianos de la rutina laboral comenzaron a desmoronarse. La empresa dejó de pagar el servicio de transporte que trasladaba a los operarios hasta la planta de Lehmann. La firma que brindaba el servicio decidió suspenderlo porque la compañía acumulaba deudas con ellos.
La organización desde abajo y un año de salarios fragmentados
Paradójicamente, una parte de la organización y visibilización del conflicto surgió de un lugar inesperado: las mujeres de los operarios de la planta de Lehmann. Fueron ellas quienes crearon grupos de WhatsApp para coordinar acciones y apoyarse mutuamente. Muchas lo hicieron al ver el impacto emocional que la situación estaba teniendo en sus parejas, trabajadores que durante años fueron el sostén económico de sus hogares y hoy se enfrentan a una incertidumbre prolongada.
La crisis también se expresa en los números desordenados de los últimos salarios. Durante 2025, los pagos comenzaron a fragmentarse cada vez más: un mes se abonaba en dos cuotas, otro en más de cuarenta, luego en cincuenta. Los trabajadores recibían depósitos imprevisibles: una semana 7.000 pesos, otra 20.000, otra una suma mayor, sin saber cuándo llegaría el próximo pago.
En septiembre se firmó un acuerdo entre la empresa, el Ministerio de Trabajo y el sindicato para depositar un millón de pesos por semana a cada trabajador. Durante un tiempo ese esquema se cumplió parcialmente gracias a trabajos a fasón: las plantas procesaban queso cremoso, barras y leche en polvo para otras marcas, mientras se elaboraban pequeñas cantidades de productos propios.
Pero la situación volvió a deteriorarse. El 20 de diciembre se interrumpió la producción y, en el caso de los vendedores, se quedaron directamente sin mercadería para ofrecer. El acuerdo semanal debía extenderse hasta el 8 de enero, pero ya venía incumpliéndose desde diciembre. Tras esa fecha, los únicos depósitos que recibieron fueron de 17.000 y 20.000 pesos.
La sensación que describe Mari es la de una deriva prolongada. "Estamos perdidos", dice. La crisis no sólo golpea el bolsillo sino también la salud mental. La incertidumbre constante, la imposibilidad de proyectar el futuro y la deuda acumulada van desgastando a las familias.
Un problema que afecta a toda la región y funcionarios que responden
El impacto se extiende por toda la región. Las economías locales de Totoras, Clason, Suardi, Lehmann, San Genaro, Centeno y Santa Ana dependen en parte de la actividad de la empresa.
A pesar de la incertidumbre, Mari también rescata gestos de solidaridad. Menciona especialmente el acompañamiento del diputado provincial Carlos Del Frade, quien —según relata— los acompañó desde el inicio del conflicto y mantiene contacto permanente con las y los trabajadores. También recuerda que, gracias a esas gestiones, pudo comunicarse con la ministra de Desarrollo Social provincial, Victoria Tejeda, y con el ministro de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Roald Báscolo, quienes respondieron siempre sus mensajes incluso durante fines de semana.
Sin embargo, reconoce que el problema ya no depende exclusivamente de las gestiones políticas. Si los dueños no toman una decisión —vender la empresa, reactivar la producción o cerrar definitivamente— la situación seguirá bloqueada.
La incertidumbre es tal que muchos trabajadores ni siquiera saben qué camino legal tomar. Si se consideran despedidos, tampoco tienen garantías de cobrar una indemnización. Pero si continúan trabajando, tampoco reciben salario porque no hay producción ni ventas.
Guardias en fábricas apagadas
Mientras tanto, las plantas industriales permanecen prácticamente abandonadas. Las calderas —el corazón del funcionamiento de las fábricas— están apagadas. Los operarios organizan guardias para vigilar las instalaciones y evitar robos o desmantelamientos.
A Mari le cuesta comprender cómo una marca con más de un siglo de historia pudo llegar a este punto. Está convencida de que la empresa tiene valor: "lo que pongas en el mercado se vende", dice sobre los productos de la firma.
Lo que más la desconcierta es la falta de reacción de los propietarios frente a ese legado. La compañía, recuerda, fue construida con esfuerzo por los fundadores, entre ellos Antonio Espiñeira, a quien muchos vecinos de Rosario todavía recuerdan por su trato cercano y su humildad.
Hoy, sin embargo, esa historia parece estar en riesgo. Para los trabajadores, la sensación es que 103 años de trayectoria pueden diluirse en medio del silencio empresarial y la falta de definiciones.
Mientras tanto, en Lehmann, el pueblo entero se moviliza en respaldo a los empleados de la planta. Muchos vecinos se acercan a las marchas o colaboran como pueden. Algunos trabajadores de Totoras o Rafaela logran viajar hasta allí pese a las dificultades económicas.
Mari observa todo desde Rosario, donde trabaja como vendedora. Cada vez que puede intenta acercarse a Lehmann, pero incluso el costo del viaje se vuelve un cálculo difícil cuando el salario dejó de llegar.
La incertidumbre continúa. Y, como repite una y otra vez, lo único que piden los trabajadores es una definición que les permita saber qué hacer con sus vidas. Porque, en este momento, la sensación que domina es una sola: la de estar completamente a la deriva.
Escuchá la entrevista completa:




