miércoles, 7 de enero de 2009

Mi programa de gobierno

Por: Osvaldo Bazán
Soy presidente de la Nación y mi primera medida es prohibir que Marcelo Tinelli haga televisión. En cualquier formato, sin dar explicaciones. Punto. Y ahí empieza mi programa de gobierno.
Como estoy convencido de que el gran problema del país no es la pobreza sino la distribución de la riqueza, mi gran innovación va a ser el dos por uno, el mayor programa de inclusión social del que se tenga memoria en la humanidad, modestamente. Es una mezcla del liberalismo más salvaje con el socialismo más recalcitrante. Una joya. Y se me ocurrió a mí solito. No va a faltar quien me critique, quien me tire piedras por ambicioso, o ponga palos en la rueda –uff, ya veo todos esos comments aburridos y envidiosos en criticadigital.com–, pero no me importa, estoy acostumbrado a estar rodeado de gente pequeña. No es la soberbia del gobernante, es que si uno no está muy convencido no puede llevar adelante un plan tan magistral y revolucionario como el mío. Sin un tiro. En principio.
La cosa es así, conciudadanos. ¿Usted quiere hacerse una mansión en un country? Bueh, no hay problema. ¿La quiere más grande? No hay problema. ¿La quiere más grande, más grande, más grande? No hay problema. Pero, claro, tiene que cumplir una condición. Usted hace su mansión y al lado tiene que hacer otra, exactamente igual, para un indigente. Cada dueño de casa de un country tiene la absoluta libertad para hacer la casa que se le cante. Y como la libertad también da obligaciones, tienen el deber –mitad el dueño, mitad el country– de hacer otra igual y regalarla al pobre que viva más cerca. Y así comenzamos a achicar esas horribles diferencias del paredón que separa el country de la villa. Quizá las mansiones sean un poco menos suntuosas, pero sin duda las villas miseria dejarán de existir. Ambicioso, pero posible. Todo el país será un hermoso country, con lo cual no habrá countries ni villas ni paredones.
Otro gran problema del país, quién lo niega, es la educación. Vaciaron la educación pública en una tarea sistemática porque el negocio era la educación privada. De acuerdo, señora, no hay problema, usted quiere que sus hijos estudien en el JaigScul. Todo bien. ¿Quiere con Luisana Lopilato y coreos de Cris Morena? No hay problema. Eso sí, usted anota a su hijo, y entre el colegio y usted le pagan la misma educación a un chico indigente. Y así aprenderán todos juntos, lo mismo, y será cierto eso de la igualdad de oportunidades. Señor, ¿usted está orgulloso de que el nene desde los dos años diga “miss Sánchez”? Bien, lo felicito por su orgullo, pero si el nene aprende inglés, tiene que aprender alguna lengua originaria. Un mapuche, un toba, por qué no un wichi. Usted me va a decir que eso no sirve para nada. Y bueh, yo le voy a decir que está equivocado y a mí me votaron y a usted no. Punto. Fin de la discusión.
Pero hay más ideas, ¡eh, ojo! Esto no se termina acá. Fíjense qué revolucionaria mi manera de enfrentar a las nuevas tecnologías. ¿No es un problema grave que todo el mundo ande boludo con los mensajitos de texto que parece que nos comunican pero en general todo lo contrario? Bueno, tengo una idea genial. Por cada mensaje de texto el Estado cobra 0,05 centavos. Sólo eso, una ganga. Con ese dinero el Estado expropia una manzana cada diez cuadras en todas las grandes ciudades. Y hace un parque con un edificio central que alberga una biblioteca, un teatro, un pelotero y dispenser de agua caliente para el mate. Cuando alguien entra al parque tiene la posibilidad de mandar desde ahí diez mensajes gratis con el texto: “Esty n l park, vní tomr mts”. Se reparten auriculares inalámbricos para quienes quieran escuchar cumbia.
Todas las minorías sexuales, gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales y etc. ya existentes o por descubrir no pagan ningún tipo de impuestos. Con esto se logrará de una manera sencilla y simpática que salga del closet tanta gente que no es feliz. Lo justificará diciendo “lo hice por plata”, argumento que siempre está bien visto.
Se complicarán seriamente los trámites de casamiento. Se facilitarán totalmente los papeleríos de divorcio. Así nos aseguraremos que quien se case tiene claro por qué lo hace y uno se ahorrará de regalar veladores y jarras térmicas a gente que se divorcia al año.
Toda persona que vaya a ver fútbol tiene la obligación de jugar al fútbol con hijos o sobrinos o niños de la calle, tanto tiempo como pasó gritando como un energúmeno en la cancha.
Toda persona linda tiene derecho a tener dos parejas, siempre y cuando una de esas parejas sea fea.
Estas simples medidas de Estado elevarán a tal punto el nivel de felicidad de la población en su conjunto, que ahí mismo le levanto la prohibición a Tinelli. Total, ya no va a importar. Mire qué es lindo mi país, paisano.

Fuente: Crítica Digital

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