domingo, 11 de enero de 2009

El oficio de periodista

Ahora he terminado de leer un libro que se acaba de publicar, 'Camus. A contracorriente', del veterano periodista francés Jean Daniel (foto), histórico director de 'Le Nouvel Observateur', y ahí he visto otra vez la frase, pero dicha por el autor de 'El extranjero': "El oficio más bello del mundo"
Por: Juan Cruz
Silencio. Siempre creí que esa frase sobre el periodismo como el oficio más bello del mundo era de Gabriel García Márquez. Lo cierto es que podía haber sido de cualquiera, de García Márquez o de Alfonso García-Ramos, que fue uno de los mejores periodistas canarios de todos los tiempos.
Pero era de Albert Camus: "El periodismo es el oficio más bello del mundo". García Márquez la divulgó, le dio carta de naturaleza, y ya todos la decimos como si la hubiera escrito, o dicho, él. La verdad es que García Márquez habla muy poco desde hace muchísimo tiempo; prefiere estar en silencio, en las reuniones privadas y también en las públicas, a las que asiste sólo para hacer acto de presencia, jamás acepta un papel protagonista, ni para decir gracias.
Pero él dijo una vez lo que dijo Camus y la frase ya la firma él para siempre.
Ahora he leído un libro, Camus. A contracorriente del veterano periodista francés Jean Daniel, histórico director de Le Nouvel Observateur, y ahí he visto otra vez la frase, pero dicha por el autor de El extranjero. "El oficio más bello del mundo".
Cuando Camus dijo esto era en medio de la Resistencia y de la segunda Guerra Mundial, cuando él dirigía un periódico de combate, Combat, y el periodismo era un instrumento de lucha a favor de una causa justa, la de la libertad y los derechos humanos frente a la barbarie.
Combat era en ese momento uno de esos instrumentos de lucha, y Camus, que era un joven militante, y un escritor ya muy influyente, lo había tomado en su mano para conducir a una parte de la inteligencia parisina a batallar contra el fascismo de Hitler.
Poder. Hitler era un hombrecillo que había llegado a acumular un poder mortífero, basado en el desprecio de los débiles o de los diferentes, y Camus provenía de la pasión por la libertad de los seres humanos frente a cualquier tipo de barbarie. En París, casi al tiempo que él desarrollaba su escritura, sus ideas y sus ideales, otro periodista muy joven, el norteamericano William Shirer, que trabajaba para el Herald, tomaba notas de los sucesos cotidianos, y escribía su diario, que ahora ha publicado Península como se tituló en origen, Diario de Berlín.
En este diario Shirer hace una adivinación (desde España, y en 1934) de lo que se avecinaba aquí (el fascismo rampante, que ya se subía por las paredes del poder), explicaba su desconcierto por el ascenso de Hitler en Alemania, y por los dientes que ya mostraba la bestia, y hablaba de un oscuro político austriaco que está abriéndole el camino a la bestialidad nazi, y dice sobre el momento en que lo conoció, tiempo atrás: "Me pareció un hombrecillo tímido, todavía un poco asombrado de que él, el hijo ilegítimo de un campesino, hubiera llegado tan lejos. Pero dejad el poder en manos de los hombrecillos y pueden convertirse en peligrosos. Lloro por mis amigos socialdemócratas, los hombres y mujeres más decentes que he conocido en Europa".
Después vino el vendaval; en medio de ese vendaval de barbarie, Camus, que andaba por los mismos años que Shirer, los treinta (Shirer los cumplió en París, en febrero de 1934), descubría el poder del periodismo, un oficio que entonces alcanzaba la plenitud de su compromiso, y en medio de las batallas (que todavía no eran contra Sartre, sino contra la barbarie) halló el centro de su belleza. En ese libro, Camus. A contracorriente, Jean Daniel cuenta una anécdota que revela ese entusiasmo que sentía el escritor de origen argelino por el oficio que estaba ejerciendo.
Éxito. Después de una jornada extenuante, y feliz, en la que había logrado no sé qué éxitos profesionales, Camus decidió que era hora de divertirse un rato, y se llevó a sus compañeros a una boite, a beber y a bailar, y cuando entró en el lugar exclamó a gritos: "¡Por días como hoy merece la pena este oficio!"
Por alguna razón que sólo la memoria entiende, esa frase me hizo detener en años y experiencias, y siempre que la releo o que la recuerdo me vienen a la mente muy buenos años de oficio, y me viene a la mente el entusiasmo que por el periodismo como artesanía sentía un periodista en concreto, Alfonso García-Ramos, que fue subdirector y luego director de La Tarde, novelista, polemista, político (socialdemócrata, en el lenguaje de Shirer), lagunero y fabuloso.
Este es un oficio raro, porque depende de lo que ocurre para que tenga sentido; los periodistas a veces se empeñan (nos empeñamos) en ser más importantes que la realidad, pero la grandeza del oficio es esperar a que suceda lo que tendríamos que contar. Ser testigo es más grande que ser protagonista, cuando uno es periodista. Alfonso fue testigo y protagonista al tiempo, pero como en el célebre verso de Rudyard Kipling, no se creyó nunca a ninguno de los dos impostores, y se siguió riendo de la importancia como se reía de los importantes.
Símbolo. Esa alegría de Camus al final del día es un símbolo del oficio, y hoy, cuando comienza el año, tenía ganas de ligar esa alegría al recuerdo de Alfonso. ¿Por qué? Porque sí. Por su entusiasmo por un oficio que a veces flota como si fuera nada en medio de los que lo hunden para sobresalir ellos, los importantes que se miran al espejo mientras se subrayan su propio currículum. El mejor oficio del mundo, si lo sabemos hacer, y si sabemos huir de la importancia para llegar a la trascendencia humilde de su ejercicio.

Fuente: La Provincia, El Diario de Las Palmas

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