miércoles, 9 de julio de 2008

Paradojas televisivas

Prácticas políticas y comunicación surgen emparentadas en el escenario público. La política se representa en los medios, en particular en la televisión. Todo en nombre de “la gente”. Los procesos sociales y políticos transitan por las pantallas, mientras surgen contradicciones prácticas, discursos ambigüos e imprecisos.
Por Beatriz Alem*
Intensificar la dramatización del conflicto. Instalarse en el lugar de la crítica. Pregonar el consenso. Podríamos decir que estas tres acciones marcaron el ritmo televisivo durante los días del conflicto entre el agro y el Gobierno. Una paradoja que sintetiza el ideal que divulga el medio: “Estamos con la gente”. Una imagen que se construye a partir de ciertos datos creados por los sondeos de opinión. En medio de tantas idas y venidas cierto flashback nos devuelve “algunos rasgos” de la escenificación del espacio público que transitó por la pantalla chica en la década de los ’90. Aquella que, en tiempos de crisis de los modos tradicionales de representación, centralizaba los efectos que producía la política en los programas de debate y de entretenimiento.
Una vez más la TV instala el tema en el hogar, en las oficinas, en los ámbitos por los cuales circulamos los ciudadanos que retomamos y discutimos los sucesos cotidianos. Pero esta vuelta responde a otras lógicas, entre ellas a la visibilidad que adquirieron –y no exactamente a partir del conflicto retenciones sí, retenciones no, sino desde la impronta que originó la misma crisis de representación– las nuevas formas de organización de la sociedad civil: la protesta. Una visibilidad que no siempre describe el mismo escenario ni el mismo modo de nominar a los actores que participan de la ella. En algunos casos se tratará del dato necesario que todo automovilista deberá tener en cuenta –tal como se ha descripto en revistas político/culturales– a la hora de circular por la ciudad (nos referimos, por si no lo recuerda, a los piqueteros que cortan avenidas), por otro, a quienes cortan rutas y reclaman “genuinos derechos”: ciudadanos-trabajadores (argentinos que engrandecen la patria). Es en relación con la articulación de la grilla de competencias que otorga el rating de los grandes campeonatos (de fútbol, de baile, de patinaje, etc.) que los noticieros intensifican la dramatización del conflicto campo-Gobierno (nos referimos a la excesiva exposición de las transmisiones en directo, a la voz de aquellos que tienen mayores niveles de confrontación, a las amenazas y a los empujones entre los grupos, etc). Y cuando tanto desmadre es imposible de soportar, entonces se pasa a la segunda fase: pongamos cierto orden. Para ello se necesita la palabra autorizada y la pantalla es el emisor/imagen privilegiado que cumple un rol de comentarista y crítico de la escena política: juzga a unos (por malos) y elogia a otros (por buenos), define el lugar desde donde se realizan las transmisiones (la/s plaza/s, la/s ruta/s) y quiénes serán los comentaristas del momento que, en vivo y en directo, plantearán las discrepancias con los anuncios del gobierno (miramos la TV con De Angeli desde Gualeguaychú). Esta escenificación genera una situación que se instala en el plano de lo que es verosímil porque permite la construcción de personas que son creíbles y otras que no resultan tanto. Ahora bien, el espacio ganado por la TV es, también, el espacio perdido por la comunicación gubernamental que esperó (casi) la finalización del conflicto para explicar, entre otras cuestiones, el destino de la recaudación de las retenciones. Una actitud poco creíble, no sólo por el tiempo que tardó tal explicación, sino porque la posibilidad de generar los efectos que puede producir un discurso de gestión no acompañó los tiempos que, sí, ganó la televisión. Se agregan a esta situación otros datos que emanan de la esfera gubernamental, como los índices de inflación de la canasta familiar.
Pero tanto tire y afloje es imposible de soportar. Por lo tanto, aparece el tercer punto para sacarnos el disgusto: el diálogo, décontracté, bien sûr. Y, entonces, pasamos a las notas de color: si De Angeli se saca fotos y firma autógrafos, si tiene novia; atrás quedaron las bofetadas propinadas por D’Elía, las cacerolas de teflón, los piquetes de la abundancia y los piquetes del hambre. Detrás del telón quedó el componente que define a la acción política: el componente antagónico –que permite reconocer las diferencias entre proyectos en pugna–, porque en este vaivén de paradojas (que no ocurrieron de modo consecutivo, sino también, en algunas ocasiones, superpuestas) la televisación del conflicto está con la gente, que la TV define como posible de representar.
Pero algo diferente ocurrió con algunos medios gráficos –con la consabida estadística: la mayoría de la población hoy no lee los periódicos–, donde se desarrollaron discusiones desde distintos sectores intelectuales sin olvidarnos tampoco de algunos considerables blogs. Una suerte. Quizá porque la característica de estos medios no es pensar en la gente, sino en un lector/actor ávido de confrontación.

* Coordinadora de la Licenciatura en Comunicación. Universidad Nacional de General Sarmiento.
Vía: PáginaI12

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